De la escandalosa vida romana, de «la hija de Cicerón» y otras particularidades de una época que mezcló el santoral cristiano con los dioses del Olimpo.
Vió Claudio á Enciso de las Casas casi igual á como era algunos años antes, cuando leía sus conferencias en el Ateneo de Madrid, ostentando en el lado izquierdo de su frac una colección de condecoraciones papales y casi todas las de los Imperios existentes entonces en Europa.
El ilustre diplomático sudamericano tenía ahora algunas canas en su barba rojiza, y el cráneo más desnudo, blanco y lustroso. Sus párpados estaban siempre un poco inflamados, lo que parecía obligarle, mientras hablaba, á cerrarlos y abrirlos con un tic nervioso.
Instalado en Roma, después de ocho meses de vida errabunda, gustaba Borja de conversar con dicho personaje.
Creyendo conocerlo en su justo valor, dejaba sin eco las burlas de muchos que acudían á sus fiestas y tomaban asiento á su mesa, para ridiculizar luego su fervorosa actividad literaria. Guardaba, con las páginas sin cortar, todos los libros impresos en grueso papel que le había regalado Enciso, con pomposas dedicatorias llamándole «eminentísimo poeta». No le interesaba conocer por segunda vez particularidades del Renacimiento italiano leídas en su adolescencia; pero declaraba sinceramente á este diplomático gratuito, ansioso de honores, una excelente persona, amable, tolerante, con afición al estudio y gran respeto á la inteligencia ajena, condiciones que lo colocaban por encima de la mayor parte de sus amigos y parásitos, vulgares de gustos, cobardes ante la novedad, con un pensamiento rutinario.
Se retrató Enciso sin saberlo, al decir una vez á Borja que era capaz de ceder cuanto poseía en América y Europa, sus campos de café, su refinería de azúcar, el palacio comprado en Roma, tal vez hasta su mujer y sus hijas, á cambio de haber sido cardenal en los siglos XV ó XVI, su época favorita.
Dicho palacio romano era un motivo de irónicas conmiseraciones para las personas envidiosas que asistían á sus banquetes. Hombre de negocios en su país, adivinaba Enciso que le habían robado varios nobles de Roma amigos suyos, y especialmente una princesa, gentes que le sirvieron de intermediarios en la compra del edificio; pero esto no amenguaba el orgullo de su posesión, creyéndolo palacio histórico por ser obra del sobrino de un Papa del siglo XVIII, que los maldicientes suponían hijo ilegítimo.
Su interior lo había remozado hábilmente, pues el diplomático honorario mostraba cierto talento natural como ornamentista. De sus viajes por España había traído altares enteros. Las paredes desaparecían bajo tapices, columnas y frontones de madera tallada, con oros pálidos; gruesos angelotes policromos; santos cadavéricos; arquetas taraceadas de nácar sobre mesillas de diversos mármoles; bargueños de construcción moderna, con pistoletazos de perdigones ó de sal que imitaban la perforación de la carcoma; sillones fraileros de cordobán y clavos enormes; cuadros representando sanguinolentos martirios, paisajes versallescos ó mitológicas desnudeces. Las Vírgenes sobre fondo de oro ó los Cristos moribundos alternaban con Venus desnudas. Por algo Enciso pretendía ser un cardenal del Renacimiento reencarnado al otro lado del Atlántico.
Todas las piezas de la casa parecían salones de museo. No quedaba un palmo de pared limpio de adornos, y había que avanzar por los recovecos que formaban los muebles, excesivamente abundantes, casi aglomerados al azar de compras favorables. El comedor parecía revestido de escamas metálicas: tantos eran los platos dorados de Valencia y de Sevilla que ornaban sus muros. El gran salón recordaba al visitante los estudios de ciertos pintores románticos que hace medio siglo fabricaron enormes cuadros de «historia». El mismo amontonamiento híbrido de objetos vistosos é incoherentes. Hasta del techo pendían, como solemnes guiñapos, banderas agujereadas y polvorientas.
Exhibía con orgullo Enciso de las Casas su origen hispano-americano, como si fuese la más alta é interesante de las noblezas. Unicamente la de los príncipes romanos podía compararse con la suya. Era de un hispanismo optimista, que halagaba á Claudio y al mismo tiempo le hacía sonreir.
Para este personaje, cuantos españoles marcharon en otros siglos á América fueron segundones de grandes casas, todos linajudos, todos muy caballeros y de valor heroico, lo mejor de la raza, y se abstenía modestamente de añadir que entre la selección aristocrática que pasó el Océano, los que llevaban sus dos apellidos eran los mejores. Su fe en la sangre noble de los que colonizaron el Nuevo Mundo—como si nunca hubiesen ido allá bandidos, ni buena gente de origen modesto—le hacía considerar con ciega simpatía á todos los que llegaban hasta él procedentes de España. Cuanto más alto ponía á este país y más entusiásticas hipérboles dedicaba á su historia, mayor lustre creía dar á su propio origen y al nombre doblemente famoso, por la aristocracia y por la literatura, que iba á legar á sus hijas.
Apreciaba mucho á Claudio Borja, por ser español y por su apellido. Una de sus curiosidades era averiguar los grados de nobleza de cada uno de sus amigos, para lo cual se valía de varias obras de heráldica, colocadas preferentemente en su biblioteca, y de consultas, pedidas por escrito, á los llamados «Reyes de Armas» residentes en Madrid, técnicos indiscutibles de lo que él titulaba «la ciencia del blasón».
—Usted es de una gran familia histórica—dijo á Claudio—. Pertenece á la nobleza en la que yo hubiese querido figurar de no bastarme la mía, herencia de hombres de espada que pasaron el Océano, ó sea de los conquistadores. Procede usted de la aristocracia papal. ¡Gran familia la de los Borgia! Muchas veces siento la tentación de escribir un libro sobre ellos. Su tío don Baltasar me incitó á que lo hiciese, en su reciente visita; ¡pero son tantas las cosas que debo escribir antes!... Una familia que empieza á figurar en el mundo gracias á Calixto III, el octogenario é incansable cruzado, y termina un siglo después dando un gran santo, el cuarto duque de Gandía, cortesano elegante que se hace jesuíta y acaba por ser San Francisco de Borja. Todos en ella se muestran ardorosos, enérgicos, de vigorosa personalidad. ¡César Borgia y San Francisco de Borja surgiendo de la misma estirpe en el transcurso de pocos decenios!... Unos Borja fueron héroes, otros santos, otros terribles pecadores, pero ninguno vulgar ni mediocre.
Y Enciso había terminado por decir un día, con el aire protector del maestro que da consejos:
—Amigo Claudio, usted que es joven, que empieza ahora su carrera y puede disponer de todo su tiempo, debía escribir algo sobre estos personajes tan calumniados ó mal comprendidos.
Borja acogió fríamente dichas insinuaciones. ¡Escribir!... ¡Trabajar!...
Llevaba ocho meses de inacción, yendo de un lado á otro, con la inútil esperanza del enfermo que pasa de balneario en balneario sin encontrar reposo. Era dueño absoluto de su persona, vivía solo, con entera libertad; ¡mas de qué le servía la libertad!...
Se había dirigido á Madrid al marcharse de la Costa Azul. Fué á modo de una fuga, sin otra despedida que una breve carta.
La noche anterior había hablado con Rosaura tranquilamente. Los dos seguían viéndose; pero quedaba en su memoria el recuerdo de aquella conversación, frente al mar, en lo alto de la pendiente cubierta de flores, bajo la luz rosada del ocaso. Consideraban indudable la separación de que habían hablado; pero transcurrían los días sin que se realizase. Y de pronto Claudio tomaba el tren, dejando en su vivienda una breve carta para que la llevasen á la «villa» de Rosaura.
Era una repetición inconsciente de lo que había hecho la argentina en Marsella un año antes.
Al llegar á Madrid, creyóse libertado para siempre de lo que él llamaba «esclavitud con cadenas de oro». Se imaginó haber suprimido el tiempo al verse lo mismo que antes de que se encontrasen los dos en Aviñón. Al final conseguiría borrar los últimos meses de su existencia.
Vivió en el mismo hotel, visitó á sus amigos antiguos, se mostró discretamente en los lugares donde se reunían estos compañeros de su juventud. Seguían batiéndose y envidiándose entre ellos, lo mismo que antes. Necesitaban verse todos los días, como si la vida les fuese imposible sin este contacto hostil. Otra vez, animados por su presencia, le pidieron dinero, tratándolo con la consideración y el menosprecio de que juzgaban merecedores á todos los ricos aficionados á las Letras.
Había escogido á Madrid como término de su fuga, creyendo encontrar en esta ciudad un ambiente refractario á sus melancolías; pero los recuerdos de aquella mujer fueron saliéndole al paso. Un día, en el barrio de Salamanca, vió el edificio habitado en otro tiempo por Bustamante. Personas desconocidas lo ocupaban ahora. Doña Nati había creído prudente «levantar la casa», imaginando que el alto cargo de su cuñado en Roma sería eterno.
Aquí había visto él por primera vez á Rosaura. Evocaba con todo el relieve de las cosas recientes aquella comida en honor de la viuda de Pineda, así como el amoroso deslumbramiento que parecían sufrir los hombres y la envidiosa admiración de las señoras. Y procuró no pasar más por dicha calle. Era prudente impedir una resurrección molesta del pasado.
Nuevas imágenes fueron emergiendo en su memoria, nunca recordadas cuando vivía al lado de ella.
Un año antes la había visto en su automóvil por el Paseo de la Castellana. Días después, ante los escaparates de una tienda elegante de la Carrera de San Jerónimo, se fijó en unos hombres que miraban al interior, haciendo comentarios admirativos y salaces sobre una dama hermosísima que acababa de entrar, dejando su coche á la puerta. Era la hermosa viuda sudamericana, que no podía mostrarse en las calles sin excitar ávida curiosidad y carnales deseos.
«Esto pasará—se dijo Borja—. Mi fuga está todavía muy reciente. Aún no hace un mes que me separé de ella. Cuando trabaje de veras, estos recuerdos se disolverán como humo.»
Y se dedicó á organizar su trabajo, lo mismo que si preparase un remedio. Alquiló una casa en las afueras de Madrid, llevando á ella libros y muebles que las andanzas de su vida le habían hecho confiar á la custodia de varios amigos. Con repentino optimismo ideó la producción de varias obras literarias que llegarían á hacerse famosas. Indudablemente, su ruptura con Rosaura tenía algo de providencial. Iba á escribir en seguida la novela poemática del papa Luna, contando sus aventuras pontificales de mar y tierra. Luego seguiría dedicándose al género novelesco, produciendo nuevas historias de la vida contemporánea.
Pensó un momento en escribir una novela sobre el tema de sus amores; las voluptuosidades y las inquietudes de un Tannhäuser moderno adormecido á los pies de Venus. Inmediatamente desistió de tal proyecto. Era destapar una herida propia, hundiendo en ella sus dedos, irritándola. Un poeta puede cantar sus dolores. La obra es rápida, un trabajo de horas, que no se prolonga más allá de la impresión momentánea. Al novelista sólo le es dado contar historias ajenas. Su trabajo exige muchos meses. ¡Imposible dedicarse día á día, en un plazo tan largo, á la evocación de penas propias ya casi olvidadas!... Es un suplicio superior á las fuerzas del hombre. Nada de su historia. Contaría las de los otros.
De pronto esta energía productora se vino abajo, y su voluntad desfalleciente buscó excusas.
Había llegado el verano, iniciándose la desbandada de los habitantes de Madrid hacia las costas del Norte. Volvería á trabajar en los primeros meses del invierno. Ahora debía hacer lo mismo que los otros. Pero en vez de dirigirse hacia el mar Cantábrico, como los más, buscó el Mediterráneo, y fué á Valencia, por haber recibido una carta de don Baltasar Figueras.
Ya estaba el canónigo de regreso en su caserón-archivo, haciéndose lenguas de lo que llevaba visto en Roma, gracias al apoyo del embajador español y de aquel diplomático sudamericano, el señor Enciso de las Casas, que él apreciaba como uno de los personajes más importantes de la Ciudad Eterna, después del Papa, por su palacio comparable á un almacén de antigüedades, por su amistad con numerosos príncipes de la Iglesia que asistían á sus banquetes, por los libros que publicaba magníficamente impresos, de los cuales había dado algunos á Figueras, edición especial destinada á los bibliófilos.
Recibió don Baltasar á su sobrino con admirable tranquilidad, como si la existencia del joven y la suya propia no significasen nada al lado de las obras de erudición que llevaba entre manos y los descubrimientos de arte retrospectivo que acaba de hacer en Roma.
No se enteró siquiera de lo que esperaba hacer Claudio al instalarse de nuevo en España. Tampoco le preguntó por la señora de Pineda, ni quiso averiguar los motivos de este cambio de residencia. Como si no lo hubiese visto en la Costa Azul; como si no hubiera almorzado dos veces en la «villa» de aquella dama.
Inmediatamente le habló con entusiasmo de las habitaciones del Vaticano llamadas «Estancias de los Borgia», preocupándose en especial del pavimento antiguo de dichas salas.
Sólo quedaban de él algunos fragmentos de ladrillos, guardados como reliquias artísticas. Había sido hecho indudablemente de azulejos de Manises, adornados con escudos heráldicos en los que figuraba el toro rojo de los Borgia. Traía dibujos de ellos, destinados á la ilustración de su próximo estudio sobre la azulejería valenciana. Y dejándose arrastrar por sus entusiasmos de erudito, enumeró las glorias de este arte, que iniciaron los árabes en Valencia y fué perfeccionado por los cristianos, hasta convertirse en la producción decorativa más importante de la España medieval.
—Los azulejos de Valencia—dijo—, así como sus platos y jarrones de reflejos dorados, los llevaban á todas partes los marinos de Mallorca, y por eso todavía guardan en el mundo el título de «mayólicas». Los azulejeros establecidos en los pueblos de Manises y Paterna eran verdaderos maestros. En los documentos de la época se les designa siempre en latín, con el título honorífico de magister operis terræ, y otras veces, cuando sólo fabrican azulejos en forma de ladrillos (en valenciano rajòles), se les da igualmente el título latino de rajolarius.
La fama de los azulejos de Valencia había llegado á Roma, y cardenales y Papas encargaban las llamadas «mayólicas» para el adorno de sus nuevas construcciones, encontrándolas más alegres y atractivas á la vista que el mármol extraído de los monumentos ruinosos de la antigüedad.
—El primer papa Borja, ocupado en combatir á los turcos, apenas construyó. Además era un jurisconsulto. Alejandro VI, más artista, fué ensanchando el Vaticano y quiso adornar los salones papales con azulejos de Manises, encargando pisos enteros á los rajolarius de aquí, tal vez con arreglo á dibujos hechos por el Pinturicchio. Esto último es lo que me falta averiguar.
A Claudio no le interesaban las preocupaciones del canónigo, y hasta miró á éste con cierta hostilidad. Excelente persona, pero sin corazón. Viejo y además clérigo. Un egoísta, que sólo se preocupaba de sus magister operis terræ.
Ni una sola vez nombró á Rosaura. ¡Como si ignorase su existencia! Al pasar por la Costa Azul en el viaje de regreso, su tren se habría deslizado á lo largo del jardín de ella, sin que se le ocurriese buscar con los ojos la «villa» lujosa donde había estado.
Deseó más noticias, é hizo preguntas intencionadas al canónigo, para enterarse de cómo había sabido que él vivía ahora en Madrid, enviándole allá su carta.
—Me lo dijo el señor Bustamante antes de que yo saliese de Roma—contestó con indiferencia don Baltasar, no dando importancia á sus palabras.
Así supo Claudio que don Arístides y su familia se habían enterado de su fuga de la Costa Azul, pocas semanas después de realizarla. Esto le pareció asombroso. Luego se dió cuenta de la continua relación que existe entre el mundo invernal agrupado en torno á Niza y la sociedad diplomática y cosmopolita establecida en Roma. Siempre hay gente que circula entre ambos núcleos, transmitiendo noticias y murmuraciones. Esta especie de policía voluntaria había llevado la nueva de la desaparición del joven, último béguin de la rica viuda argentina.
Sólo estuvo en Valencia unos días. Volvió otra vez á Madrid, no queriendo seguir el viaje en ferrocarril hasta Barcelona. Peñíscola estaba en el camino. Además, saliendo de España por la estación de Port-Bou caería en Aviñón, y esto le pareció equivalente á volcar con un pie la colmena de sus recuerdos, que, como abejas irritadas, le perseguirían en su fuga.
Permaneció una semana en San Sebastián, aburriéndose. Pasó á Biarritz, y el fastidio fué pisando sus huellas.
Al principio de su fuga había creído conveniente enviar á Rosaura algunas cartas y tarjetas postales con saludos corteses, para hacerla saber dónde se hallaba. Ninguna respuesta. Tal silencio le pareció natural. Luego fué espaciando dichos recuerdos epistolares y finalmente se abstuvo de ellos.
Durante el verano sintió repetidas veces la necesidad de escribirla de nuevo; pero ahora fueron cartas largas, con evocaciones melancólicas del pasado, apuntando su deseo de implorar perdón y reteniéndose en seguida por miedo á la humildad del mencionado gesto.
No envió ninguna de las cartas. Después de escritas durante la noche, las dejaba sobre una mesa para echarlas al correo á la mañana siguiente... y lo primero que hacía al levantarse, era romperlas.
«Mejor es así—pensaba—. No intentemos reformar lo que ya está hecho. Debo mantener mi libertad.»
Y se preguntaba vanidosamente si ella habría procedido lo mismo, escribiendo apasionados llamamientos para que volviese á su lado, y rompiéndolos horas después, bajo la rabiosa sugestión del orgullo.
A pesar de que Claudio se juró á sí mismo muchas veces que Rosaura empezaba á serle indiferente, y según transcurría el tiempo su imagen se iba esfumando un poco en su memoria, procuró averiguar dónde vivía.
Estando en París, á principios del otoño, hizo preguntas á muchos conocidos suyos, pertenecientes á la sociedad cosmopolita que cambia de domicilio á cada estación del año, según las exigencias de la moda. Todos acogían sus preguntas con un gesto igual: primero de asombro, luego de duda.
—¿Madame Pineda?... Hace mucho tiempo que no la veo... Es cierto; nada se sabe de ella. ¿Dónde estará?
Los que presumían de mejor enterados daban noticias contradictorias. Afirmaron algunos haberla visto en Deauville durante el verano; otros en Venecia. Uno hasta dijo que la había saludado en Biarritz; pero Claudio estaba allá en la misma época. En realidad, nadie sabía con certeza qué era de ella después del invierno anterior, pasado en la Costa Azul.
Pensó Claudio que tal vez vivía en Londres, cerca de sus hijos. Las decepciones amorosas iban seguidas en esta mujer de un recrudecimiento del cariño maternal.
Sin saber cómo, al principio del invierno se vió Borja en Roma. El señor Bustamante le había escrito á París con tono de padre bondadoso, después de un año de frialdad epistolar; pero no fué esta carta ni el deseo de ver al solemne personaje lo que le impulsó á ir á dicha capital.
Cuando en su reflexiva soledad se preguntaba el motivo de tal viaje, atribuíalo á no existir en el presente momento ningún lugar de la tierra que pudiese ejercer sobre él mayor atracción. Había vuelto á pensar en aquella novela suya cuyo protagonista era el papa Luna, varón tenaz, empeñado en la conquista de Roma, y que nunca llegó á pisar su suelo.
«Yo iré por él—se dijo el joven—. Tal vez en esa ciudad, meta de todas sus ambiciones, vea yo al personaje bajo una nueva luz.»
Además llevaba leídos los manuscritos y artículos de revista que don Baltasar le dió en Niza, apreciaciones sobre los Borgia y el Renacimiento italiano, que despertaron en su voluntad un vivo deseo de volver á visitar la metrópoli papal. Y se instaló en ella pensando que en Roma podría trabajar lo mismo que en Madrid.
Lo recibió como un hijo el ilustre Bustamante, en su palacio de la plaza de España. Toda su familia parecía haber pasado la existencia entera en este edificio destinado á los embajadores españoles acreditados cerca del Papa. Doña Nati se movía dentro de él como si estuviese en su casa paterna.
Nadie hizo alusión á la vida anterior de Claudio. Jamás surgió en sus conversaciones el nombre de la viuda de Pineda. Como si no la conociesen. Se adivinaba que era cosa convenida entre ellos no hablar de lo pasado.
La cuñada del embajador fué la única que, en ciertos momentos, por una agresividad irresistible, mostró intención de recordar á la dama sudamericana, tan aborrecida por ella en otros tiempos. Pero inmediatamente desistía de sus propósitos la viuda de Gamboa, aunque no estuviese presente su ilustre cuñado para llamarla á la prudencia con significativos carraspeos y movimientos de párpados. Estela, por su parte, sentíase tan contenta de ver á Claudio, que para conservar este gozo se abstuvo de preguntarle qué había hecho durante tan largo apartamiento.
Guiaba y mantenía el hombre ilustre la prudencia de su familia dando ejemplo de discreción en sus conversaciones con Borja. Continuaba hablando, como siempre, de las grandes familias hispano-americanas, todas amigas suyas; pero al mismo tiempo, con la pericia del piloto que presiente la cercanía de un peligro oculto, deslizaba su verbosidad entre tantas personas allegadas á la viuda de Pineda, sin nombrar nunca á ésta.
Su propia gloria era el tema ahora de la mayor parte de sus conversaciones. Mostraba una melancolía de grande hombre, mal comprendido y peor remunerado, al quejarse de que su gobierno no se daba cuenta de los inmensos servicios que estaba prestando en Roma. Casi todos los representantes diplomáticos de las repúblicas hispano-americanas eran amigos suyos, y habían pasado por Madrid para recibir los homenajes de la «Fraternidad Hispano-Americana». Esto le permitía figurar á la cabeza de todos ellos, honor que no habían conseguido nunca, según don Arístides, los otros embajadores.
—Soy el cordón umbilical—dijo gravemente á Borja—que une á nuestras hijas de América con la Santa Sede. Todos sus ministros me buscan para que les sirva de intermediario. Habrás notado que esta casa se ve más frecuentada que nunca por la diplomacia de habla española.
Y acto seguido, como si hiciese una concesión, añadió con envidia é ingratitud, sin darse cuenta de ello:
—Unicamente Enciso tiene tanta gente en su palacio. Tal vez tenga más, pues convida á todos los cardenales... Pero él es rico, y gracias á su dinero, que le permite dar banquetes casi á diario, puede creerse un gran diplomático y un verdadero escritor.
Don Arístides tenía que limitarse á dar tés, bajo la dirección económica de su cuñada.
—No hemos venido aquí á arruinarnos—decía agriamente la viuda de Gamboa—. Nuestro gobierno da muy poco para gastos de representación. Con un té cada mes hay de sobra. Que vayan todas esas gentes á matar el hambre á casa de Enciso, divirtiendo su vanidad de fantasmón.
Estos comentarios no impedían que la terrible cuñada de Bustamante fuese la primera en halagar con visitas puntuales y exagerados elogios á la esposa de Enciso y sus numerosas hijas. Era el medio más seguro para que no se olvidasen de invitarla á sus banquetes.
Vióse Claudio rodeado al poco tiempo de igual ambiente que dos años antes en Madrid. Todos lo consideraban como yerno futuro del embajador de España. Ni siquiera hacían alusiones verbales á su noviazgo con la hija. Era algo sobre lo cual resultaban imposibles las dudas.
La tía de la joven lo había vuelto á tratar como un sobrino futuro, reservando para él las avaras dulzuras de su carácter. Lo invitaba á que las acompañase, á ella y á Estela, en sus paseos por los alrededores de Roma, ó en sus visitas á ciertos amigos comunes, disponiendo tales salidas hábilmente, para que los dos «novios» pudiesen hablarse á solas. Y Claudio se dejaba arrastrar por esta complicidad, encontrando un nuevo placer, pálido y discreto, en su trato con la joven.
Siempre, al iniciar la conversación con ella, resurgía en su memoria la imagen de Rosaura. Luego la olvidaba, influenciado por el encanto ingenuo y discreto de Estela. Seguía comparando mentalmente esta atracción con el perfume de la violeta silvestre. Además, llevaba muchos meses de aislamiento, y esta criatura modosita y tímida era una mujer, aunque ¡tan distinta de la otra!...
De pronto, en una de aquellas inconsecuencias de su naturaleza caprichosa, sentíase cansado de Bustamante y su cuñada, así como de toda la tribu (era su palabra) de cardenales, príncipes italianos y diplomáticos de diversas procedencias que acudían como á un refectorio á la mesa de Enciso de las Casas.
El recuerdo de Estela embalsamaba su memoria discretamente. Era el único ser que no le infundía odio en tales momentos, pero le resultaba grato vivir sin verla, manteniéndose recluído varios días en su casa.
Tenía alquilado un «villino» en las afueras de Roma, una construcción «género artista», con pequeño jardín y estudio de pintor, propiedad de un joven yanqui aficionado á diversas artes que se mantenía á la puerta de todas ellas; situación casi igual á la suya en literatura. Se había ido á Nueva York por varios meses, y al conocerse ambos en París, en el salón de un amigo, el norteamericano le arrendaba á última hora su casa de Roma, incluyendo en tal cesión la servidumbre: un ayuda de cámara italiano y su mujer, que actuaba de cocinera.
Tendido en un profundo diván persa, con toldo de seda á rayas sostenido por lanzas, mueble el más importante del estudio, y entre pinturas que Claudio definía como «ultramodernistas», dejaba correr su pensamiento á través del pasado.
Sentía la influencia espiritual de Roma, la presión de un ambiente que hace amar la antigüedad hasta á los seres de gustos más vulgares, con inesperado romanticismo.
Entre los veinticinco siglos de vida de esta urbe, buscaba con predilección un período de cien años marcado por los historiadores con el título de Renacimiento.
También él sentíase agitado por un deseo semejante al de Enciso, que lamentaba no haber sido cardenal en el siglo XV. Le daban envidia los príncipes y condottieri de la época de Segismundo Malatesta y César Borgia, haciendo la guerra entre baile y baile, organizando las fiestas del Carnaval ante ciudades sitiadas, confundiendo en su existencia, para apurarlos de un solo golpe, como el ebrio que bebe de un trago toda su botella, cuantos vicios ha podido inventar el hombre y cuantos placeres ideales guardan las artes.
Moviéndose en pequeños escenarios, eran, sin embargo, para Borja los mayores hombres de acción que mencionaba la Historia. Todos morían jóvenes, como si, pasados los treinta años, no pudiendo ya reservarles la vida ninguna novedad, se marchasen de ella voluntariamente.
Hacía desfilar por su imaginación cuanto había oído á los eruditos sobre dicha época y lo que llevaba aprendido en incesantes lecturas.
Era un período de personajes hambrientos de gloria. Lo mismo los Papas que los soberanos laicos, sólo pensaban en inmortalizar su nombre, y esto les permitía mirar á la muerte cara á cara.
El lujo resultaba mayor que nunca. Los florentinos, que habían llamado siempre «vaqueros» á los romanos por ser su principal riqueza los rebaños salvajes de una campiña abundante en marismas, empezaban á reconocer que esta gente ruda rivalizaba con ellos en lujo y en placeres.
Venecia, Florencia y Nápoles eran de una riqueza considerable. Roma atraía el dinero de toda la cristiandad. El juego causaba tantos estragos en las familias como el amor. Los novelistas á la moda extremaban los modelos que Boccacio les había dejado en sus cuentos, divirtiendo al público con relatos que ponían en ridículo el matrimonio y la familia. Empezaba el teatro en los alcázares de los soberanos italianos, y todas las comedias tenían por base anécdotas lascivas.
Pontífices y reyes se ocupaban igualmente en la organización de las fiestas del Carnaval, como si fuesen un asunto de Estado. Les convenía que el pueblo se entregara á desenfrenadas diversiones, creyéndose de este modo completamente libre. Había que fomentar la inmoralidad estrepitosa del populacho, para que no diese oídos á los revolucionarios.
Respetables personajes tenían esclavas orientales en sus casas é iban además de visita á los palacios de las cortesanas célebres. Escritores famosos ensalzaban el «vicio griego», llegando á decir el poeta Ariosto que todos los humanistas de su época habían incurrido en dicha aberración sexual. Algunos de ellos, para justificarse, alegaban el ejemplo de la antigüedad, recordando á Platón y á Sócrates como de los mismos gustos.
No eran menos inmorales la pintura y la escultura. Se permitían los artistas los más audaces atrevimientos dentro de las iglesias, retratando á los contemporáneos en las imágenes santas. Segismundo Malatesta levantaba un templo en Rímini á la gloria de su amante la bella Isotta, que no sabía leer y escribir—cosa rara en aquella época, por ser las mujeres muy letradas y artistas—, y en el interior hacía colocar estatuas de los dioses olímpicos, figurando Venus desnuda cerca de la Virgen.
Justificaba la corrupción general el excesivo celo y el fanatismo desorientado del virtuoso Savonarola, quien incluía en idéntico anatema la liviandad y los esplendores del arte, como si fuesen pecados iguales.
En vano legislaban príncipes y Pontífices contra el lujo de la época. Un vestido de una de las Sforza hallábase de tal modo cubierto de perlas y bordados, que su valor se estimaba en 5.000 ducados de oro, cantidad equivalente á 50.000 dólares actuales. Los padres sólo podían casar á una de sus hijas, enviando las otras al convento. Una boda iba acompañada de tan fastuosas ceremonias, que arruinaba á una familia.
La usura era la principal industria de muchas ciudades italianas. Los judíos, únicos que la ejercían al principio, veíanse suplantados por los cristianos, resultando éstos al fin más sin entrañas que los prestamistas israelitas. El interés de treinta por ciento era ordinario, llegando algunas veces al setenta ú ochenta. Todos querían dinero para divertirse, tomándolo sin fijarse en las consecuencias.
Los que se dedicaban al placer habían hecho voto de morir jóvenes. Nunca se conoció mayor desprecio por la vida ajena. El que tenía un enemigo lo asesinaba por sí mismo ó valiéndose del auxilio de un mercenario. Los grandes mantenían un alquimista de cámara para que les preparase nuevos venenos. La liviandad de esposas é hijas daba origen á terribles venganzas. En la Roma de entonces raro era el amanecer que no se encontraban en las calles varios cadáveres; pero esto no impedía las arriesgadas aventuras de la noche siguiente. Además, según decían los humanistas, «los favoritos de los dioses deben morir jóvenes», y únicamente los burgueses, vulgares y tímidos, podían aspirar á una monótona vejez.
El humanismo que parecía materialista representaba en realidad una gran aspiración espiritual.
«Los hombres de estudio y los artistas—pensaba Borja—vivían postrados á los pies de Venus, divinidad despertada después de tantos siglos de sueño mortal, como las estatuas que iba desenterrando el arado en la campiña romana.»
Venus ya no era solamente la diosa del amor; servía de símbolo á la belleza, á la razón, á la dulzura de vivir, evocadas por el Renacimiento.
Hasta el populacho sentía estos entusiasmos idealistas. Desenterraban los excavadores con sus picos un sarcófago de la antigua Roma, y dentro de él una joven desnuda, blanca como el marfil, con rubia cabellera semejante á los rayos del sol, conservada durante mil quinientos años por un líquido misterioso que llenaba su tumba.
Corrían las gentes á admirarla, dándole en seguida un nombre. Era «la hija de Cicerón». No podía ser otra. Cicerón presidía el Renacimiento, como el mago Virgilio la Edad Media.
Repartíase entre los poderosos el bálsamo protector de «la hija de Cicerón» para usos medicinales, y el cadáver de quince siglos, bello como la antigüedad clásica, se disgregaba á las cuarenta y ocho horas bajo la acción del aire y la luz, falto de su envoltura líquida.
La blanca Venus había vuelto á la tierra.
Veíase el cristianismo invadido por el paganismo. Los altos dignatarios de la Iglesia, bajo el influjo de los humanistas, eran los primeros en realizar la mezcla de las dos religiones, queriendo mostrarse así hombres de su tiempo con refinados gustos literarios.
Dios recibía el nombre de «Júpiter», y el cielo el de «Olimpo». Los santos eran llamados «dioses», los ángeles «genios», Cristo «el sublime héroe», y María «resplandeciente ninfa». Las monjas se veían designadas con el sobrenombre de «vestales», los cardenales eran «senadores», el infierno «el Tártaro» y Santo Tomás de Aquino «el Apolo de la cristiandad». Y tal mezcolanza pagano-cristiana, que iba expresando las cosas del catolicismo con un lenguaje gentílico, conseguía implantarse en los púlpitos y las altas asambleas de la Iglesia, hablando los predicadores en la basílica de San Pedro de «María, madre de los dioses», de «Cristo, dios del trueno», viéndose además comparados los Pontífices por sus aduladores, en italiano y en latín, con César ó Augusto, Aristóteles ó Platón, Cicerón ó Virgilio.
Este amor á la antigüedad no había extinguido las supersticiones, siendo la astrología la más saliente de todas ellas. Hasta los Pontífices creían en la influencia de los astros sobre los destinos del hombre, consultando á los versados en dicho estudio.
Unicamente Pío II, el escritor, y Alejandro VI, el segundo papa Borgia, mantuviéronse al margen de tales engaños. Alejandro hasta se negaba á recompensar varias obras de astrología que le dedicaron sus autores. En cambio, su hijo César Borgia, casi siempre incrédulo, mostraba la misma superstición de todos los hombres de lucha que exponen frecuentemente su vida, y semejante á numerosos capitanes de la misma época, consultaba á los astrólogos antes de emprender una batalla ó poner sitio á una ciudad. Papas célebres como Sixto IV, Julio II, León X, y todavía más adelante Paulo III, se dedicaban directamente á la astrología ó escuchaban con gravedad los diagnósticos celestes de los profesionales. Un médico y erudito como Pablo Toscanelli servía de astrólogo á los Médicis, no perdiendo su fe en dicha ciencia hasta los últimos años de su vida, cuando se vió arruinado, á pesar de que los planetas le habían prometido grandes riquezas.
Todas las soluciones importantes de los soberanos y hasta los asuntos de su vida corriente, como por ejemplo, la recepción de un embajador, un pequeño viaje ó el tomar una medicina, se determinaban consultando antes á las estrellas. Tal era la superstición sideral, que entre las gentes ricas nadie se atrevía á comer, á ponerse un vestido nuevo ó á intentar cosa alguna sin estudiar los astros.
Claudio terminaba siempre sus reflexiones acordándose de los Borgia y de las calumnias que los contemporáneos enemigos de dicha familia habían hecho pesar sobre ella.
Era absurdo juzgarlos con el criterio de los tiempos modernos. Resultaba falto de toda equidad no tener en cuenta su época y el ambiente en que se desarrollaron sus existencias.
«Si los salvajes que aún quedan en la tierra—pensaba Borja—nos parecen repugnantes, es porque la barbarie de sus costumbres contrasta con la civilización más ó menos relativa á que hemos llegado. Pero todavía existen en nuestra vida actual excesos, abusos é injusticias que los siglos futuros tendrán por execrables, mientras que á nosotros nos parecen una consecuencia forzosa del espíritu especial de nuestro tiempo. Para apreciar lo que fueron los Borgia hay que conocer los hombres y las costumbres de su época. Los devotos de ahora piensan con horror en Alejandro VI, Papa con hijos. Es porque en la actualidad el Papado vive como un simple poder espiritual, libre de las impurezas y tentaciones que traen consigo los gobiernos terrenales, y además, vigilado y depurado por los enemigos que tiene enfrente, el anticlericalismo de los incrédulos y las numerosas iglesias protestantes en que se fraccionó el cristianismo.»
Durante los siglos XV y XVI el Papado era todo lo contrario. La Iglesia católica dominaba moralmente á los grandes Estados de Europa, figurando al mismo tiempo como un Estado más, pues gobernaba políticamente á Roma y los territorios de la Santa Sede. El Papa era un soberano como los otros soberanos laicos, un rey electivo, lo mismo que los demás reyes. Y no resultaba Rodrigo de Borja el único Pontífice que tenía hijos y procuraba favorecerlos.
Casi todo el cardenalato de aquella época, del cual había de surgir el futuro Papa, estaba compuesto de ricos señores, acostumbrados á vivir con más ostentación que los príncipes seglares, por ser mayores sus rentas.
Se dedicaban á la protección de las bellas artes, se fortalecían en la caza cuando no podían hacerlo en la guerra, tenían numerosas amantes durante su juventud, que les daban no menos herederos, y llamaban á éstos unas veces sobrinos, por modestia, concediéndoles otras el título de hijos francamente, cuando sentían halagada su vanidad paternal por las condiciones de sus retoños, buenas ó malas.
II
Donde pasan y mueren cuatro Pontífices, mientras el vice-Papa se mantiene treinta y cuatro años esperando su hora.
Tendido en el gran diván de su estudio, seguía recordando Claudio la vida del cardenal Rodrigo de Borja, tan interesante para él como su pontificado.
Duraba treinta y cuatro años, entre la muerte de su tío Calixto III y su propia ascensión á la Santa Sede con el nombre de Alejandro VI.
En dicho período servía á cuatro Papas, Pío II, Paulo II, Sixto IV é Inocencio VIII, conservándolo todos ellos en su alto cargo de vicecanciller de la Iglesia y añadiendo cada uno nuevas prebendas y lucrativos obispados, que convertían al llamado cardenal de Valencia en uno de los más ricos príncipes eclesiásticos.
De actividad infatigable, múltiple y contradictorio en sus acciones, como la mayor parte de los personajes del Renacimiento, dedicaba una mitad de su existencia á los placeres y otra á los negocios de Estado y á la devoción, pues los excesos del libertinaje iban unidos en él á la fe de un sincero creyente.
Esta complejidad no representaba un caso único. Muchos de los hombres de su época fueron iguales. Lorenzo de Médicis peroraba en la Academia Platónica de Florencia sobre la virtud y la moralidad, sosteniendo al mismo tiempo relaciones ilícitas con doncellas y casadas. Escribía poemas en honor de la Virgen y canciones licenciosas de Carnaval para ser entonadas en las orgías.
Si cuatro Papas conservaban á Rodrigo de Borja en su alto cargo de vicecanciller, era porque le creían insustituíble. El llevaba adelante los negocios más difíciles de la Iglesia y bajo su dirección se iba ensanchando el poder político de la Santa Sede.
La muerte de su tío no disminuía su influencia en el Vaticano. Mientras el populacho de Roma se ocupaba en saquear lo que había quedado oculto bajo las ruinas de su palacio ó corría las calles gritando: «¡Mueran los catalanes!», él creaba un nuevo Papa, amigo suyo.
El sienés Piccolomini, bautizado Eneas Silvio, conforme á la moda impuesta por los humanistas, había sido siempre un escritor, fuera cual fuera el alto cargo que desempeñase. Su carácter ligero, agradable, dulce é inconstante parecía un reflejo de su estilo literario.
Había fluctuado durante su juventud del cisma á la legalidad pontifical, sirviendo á unos y á otros en los conflictos del Concilio de Basilea entre el Papa y el anti-Papa. Su juventud era libertina, como la de todos los letrados de su época, teniendo dos hijos de una inglesa que vivió con él y suponiéndole sus enemigos una segunda prole más oculta y numerosa.
Escribía novelas, poemas y libros científicos, con arreglo al gusto contemporáneo. Su compendio de geografía, que dejó sin terminar, describiendo el mundo conocido hasta entonces, especialmente el Asia, sirvió treinta años después á un visionario llamado Cristóbal Colón, figurando entre su reducido caudal de libros junto con otra enciclopedia cosmográfica escrita en el siglo anterior por el cardenal Pedro de Ailly.
Eneas Silvio amaba la Naturaleza, como Petrarca. El mismo se dió el título de «amigo de los bosques», y en su época papal huía, siempre que le era posible, de los palacios pontificios, para instalarse en alguna arboleda de la Umbría, abundosa en encinas seculares. Calixto III, preocupado en hacer la guerra á los turcos, no tuvo tiempo para proteger las artes y las letras; pero fijó sus ojos en este escritor, abriéndole la puerta más grande de la Iglesia, y veinte meses antes de su muerte lo hizo cardenal.
Al reunirse el cónclave, Piccolomini era el más moderno de sus individuos, pero tenía en su favor la popularidad literaria. El hábil Rodrigo de Borja, que sólo contaba en aquel entonces veintiséis años de edad, se propuso, con una audacia propia de su juventud ardiente, hacer Papa á Eneas Silvio, que era como de su familia, pues siempre se mostró agradecido á Calixto, su protector. No dejó que los cardenales se dividieran, sosteniendo cada uno á su candidato particular, y apenas reunido el cónclave, se adelantó á todas las opiniones proponiendo que Piccolomini fuese nombrado Papa por aclamación. Su elocuencia de meridional y la sorpresa causada por su iniciativa obtuvieron un triunfo instantáneo, y el nuevo Papa tomó el nombre de Pío II. Continuó siendo Borgia bajo su pontificado una especie de ministro universal de la Iglesia, pues á esto equivalía su cargo de vicecanciller.
Pío II, á los cincuenta y tres años, se mostraba de gran virtud por estar quebrantado su cuerpo, sufriendo especialmente el mal de gota á consecuencia de haber ido descalzo, por caminos helados, á una iglesia de la Virgen, en Escocia, para cumplir cierto voto hecho durante una tempestad en el mar. Sus dolencias le inmovilizaban en el lecho largo tiempo, y sólo en días de calma podía atender á los negocios del Papado ó á continuar la redacción de su libro Cosas memorables, en el que iba transcribiendo historias oídas y todo lo digno de mención visto en sus viajes.
Pequeño de estatura, algo rechoncho, con la cabeza blanca, sus gestos eran una mezcla de severidad y mansedumbre. Vestía modestamente, y su mesa resultaba frugal, contrastando dicha parquedad con el lujo que desplegaban los más de los cardenales.
Eneas Silvio hacía frecuentes viajes, sin miedo á sus molestias. El «amigo de los bosques» se mostraba cada vez más sensible á las plácidas impresiones de la Naturaleza, é ir en busca de ellas era el único placer que podía gozar. Viviendo en las arboledas de la Umbría, daba audiencia ó firmaba sus documentos bajo el ramaje de una encina de varios siglos.
Este Papa, que no amaba la guerra, tuvo que hacerla arriesgadamente al más terrible capitán de entonces, el famoso Segismundo Malatesta, feroz como un oso en sus momentos de cólera, y á otras horas artista de gustos refinados. Dicho monstruo servía á los Papas ó se burlaba de ellos, según convenía á sus intereses de soberano de Rímini.
Adivinando la debilidad de este Pontífice imbele, quiso despojarlo de una parte de las tierras de la Iglesia, mas el antiguo escritor acabó por aceptar la lucha, venciéndolo para siempre.
La impiedad de Malatesta dió á esta guerra el carácter de una pequeña cruzada. El señor de Rímini había matado á muchos clérigos y frailes. Además, colocaba dioses paganos en los templos, y una noche de orgía había ordenado que echasen tinta en todas las pilas de agua bendita de las iglesias de su capital, para que al día siguiente los devotos se viesen, durante la misa, con las caras tiznadas.
Reproducíase bajo el pontificado de Pío II el nepotismo de Calixto III y la invasión de sus conterráneos. Miles de habitantes de Siena corrían á Roma para obtener empleos de su compatriota, á semejanza de los «catalanes» durante el reinado del primer Borgia. Todos los que se llamaban Piccolomini exigían ricas prebendas sin alegar otro mérito que su apellido. Varios sobrinos del Papa ocupaban los primeros cargos laicos de la Iglesia. Repetíase una vez más lo ocurrido bajo los pontificados anteriores, y que lo mismo volvería á suceder en los siguientes.
Protestaba ahora el pueblo de Roma contra los sieneses, herederos de su antiguo odio contra los «catalanes». Mientras tanto, Pío II saboreaba la vanidad de haber vencido á Malatesta, terror de príncipes y Papas, instalándose, siempre que le era posible, en los montes Albanos, entre ruinas de la antigüedad, frente á los lagos Albani y Nemi, cuyas orillas estaban cubiertas entonces de frondosos bosques. El antiguo humanista esperaba encontrar en dichas espesuras «dioses» ó «ninfas», y toda gruta lacustre le parecía el refugio de Diana.
Seis años duró su pontificado, resultando un fracaso la cruzada organizada por él contra los turcos, á imitación de la del primer Borgia. El viejo y entusiasta español Juan de Carvajal, el de la «batalla de los tres Juanes», dirigía esta nueva cruzada, cuyo punto de reunión fué Ancona.
Casi todos los cruzados, españoles y franceses, mientras llegaban las naves que debían llevarlos á Oriente, se mataban entre ellos en continuas pendencias. No encontrando el Pontífice buques ni dinero, moría en Ancona, viendo con tristeza, desde una ventana de su dormitorio, las pocas naves que había conseguido reunir y la muchedumbre sin orden y sin armas, que nunca llegaría á formar un verdadero ejército.
Al recibirse en Roma la noticia de su muerte, se reprodujeron los mismos desórdenes que al desaparecer su antecesor. El populacho dió el grito de: «¡Mueran los sieneses!», matando á cuantos encontraba en las calles. Antonio Piccolomini, duque de Amalfi, sobrino favorito de Pío II, poseía el castillo de Sant Angelo, como Pedro Luis de Borja en el pontificado de Calixto III.
Cuando se reunió el cónclave, unos hablaron de hacer Papa al infatigable y virtuoso Carvajal, otros defendieron al anciano Torquemada, también español, de costumbres austeras, tenido por el primer teólogo de su tiempo. Pero los dos candidatos, á causa de su nacionalidad, se veían desechados. Además, Rodrigo de Borja, agitador incansable y teniendo á su disposición un grupo adicto de electores, procuraba nombrar Papa á un amigo suyo.
El cardenal Pedro Barbo, rico y noble veneciano, muy afecto á los Borgia, había arrostrado las iras de los enemigos de dicha familia cuando facilitó en compañía de Rodrigo la fuga del hermano de éste. Tal interés tenía el cardenal Borja en el triunfo de su compañero Barbo, que se hizo llevar al Vaticano, gravemente enfermo de fiebre, con la cabeza cubierta de trapos y vendas. Otros cardenales se quedaron en cama á causa de la peste reinante, evitándose con ello las privaciones y el encierro del cónclave, y Rodrigo de Borja se aprovechó de tales ausencias para hacer triunfar la candidatura de su amigo.
Barbo, que era de hermoso aspecto, quiso tomar como Pontífice el nombre de Formoso; pero los cardenales opusieron objeciones, por miedo á los comentarios del pueblo. Tampoco permitieron que se llamase Marcos, por ser San Marcos el grito de guerra de sus compatriotas los venecianos, y resolvió finalmente tomar el nombre de Paulo II.
La elección fué acompañada de los desórdenes y saqueos que eran cortejo inevitable de todo cónclave. Barbo y el belicoso cardenal Scarampo, antiguo almirante de Calixto III, ante la posibilidad de ser electos, habían guarnecido sus palacios con soldados y cañones.
Primeramente corrió la voz de que Scarampo era el elegido, y el populacho se dirigió contra su palacio, viéndose rechazado. Luego, al saber que era Barbo el triunfador, intentó asaltar su lujosa vivienda, llena de riquezas y tesoros de arte, siendo igualmente recibido á tiros de bombarda y espingardazos. Al fin, como todos deseaban robar algo, corrieron al monasterio de Santa María la Nuova, por imaginarse que se guardaban allí las riquezas del Papa electo, pero lo encontraron previsoramente guarnecido de tropas. Cuando, engrosadas las turbas, se empeñaron por segunda vez en tomar el palacio Barbo, hizo un convenio el nuevo Papa con los jefes del motín, dándoles 1.300 ducados de oro á cambio de que respetasen su vivienda. Esto no impidió que, al mismo tiempo, los servidores del Vaticano saqueasen la habitación ocupada por el cardenal Barbo durante el cónclave.
Así vivían los Pontífices en Roma. Paulo II tuvo que dar además 30.000 ducados á Piccolomini, duque de Amalfi, para que abandonase el castillo de Sant Angelo y los de Tívoli, Spoleto y Ostia, que le había confiado su tío, el Papa anterior. Queriendo evitar que en lo futuro se repitiesen tales abusos, puso el mencionado castillo, llave de Roma, bajo el gobierno de un hombre seguro. Y por consejo de su amigo Borgia, entregó dicha fortaleza al erudito español Rodrigo Sánchez de Arévalo, que unía poco después una mitra á su cargo de gobernador militar.
Activo y enérgico Barbo como cardenal, le hizo el Papado flojo de carácter, y sobre todo, perezoso y algo misántropo. Empezó á vivir al revés de los demás, haciendo de la noche día, dando audiencia á las dos ó las tres de la madrugada y obligando á esperar varias semanas á sus amigos más íntimos, deseosos de hablarle.
La suciedad de Roma y las charcas de su campiña prolongaban la peste hasta en los meses más fríos del invierno. La mortandad alcanzaba cifras aterradoras. Esto no impedía que el pueblo de Roma se preocupase del Carnaval como de la fiesta más importante del año, y Paulo II dispuso que sus procesiones de máscaras y sus carreras saliesen de la estrechez de la plaza del Capitolio, desarrollándose desde entonces en la calle más larga de la ciudad, la llamada vía Flaminia, que á consecuencia de tales desfiles tomó su moderno nombre de Corso. Una de las innovaciones del Carnaval fué establecer carreras de asnos, carreras de muchachos y carreras de judíos, siendo estas últimas las que divertían más á la grosera muchedumbre.
Tal fomento de las fiestas carnavalescas fué para Paulo II un medio de alejar al pueblo de los manejos revolucionarios. Durante su reinado se descubrió una conspiración que tenía por finalidad asesinar al Pontífice, proclamando la República romana. La dirigían los humanistas, uno de ellos el célebre erudito Platina; pero el más temible por su actividad y su audacia fué el poeta Calímaco.
Su propósito era introducir secretamente en Roma á todos los proscritos, ocultándolos en las ruinas de las casas derribadas para engrandecer el Vaticano. Luego fingirían una riña delante del palacio con los criados de los cardenales que esperaban á sus señores, llamando de este modo la atención de la reducida guardia del Pontífice, y mientras tanto, conspiradores ocultos penetrarían en el Vaticano, asesinando al Papa y á cuantos le rodeaban.
Dicho plan, semejante al de Porcaro años antes, acabó por ser descubierto, fulminando Paulo II terribles anatemas contra la llamada Academia de Roma, donde se reunían los adeptos del humanismo, todos ellos «materialistas y paganos».
Negaban á Dios, según el Papa, afirmando que no hay otro mundo fuera de este visible; que el alma muere con el cuerpo y el hombre puede entregarse á todos los deleites, sin miedo á los mandamientos divinos, cuidándose sólo de no ponerse en conflicto con la justicia criminal del Estado. Eran epicúreos, según las doctrinas de Lorenzo Valla, expuestas en su libro Sobre el placer. Comían carne en días de vigilia é insultaban á los sacerdotes por ser inventores de los ayunos y haber prohibido que se tomase más de una compañera. Reproducían las doctrinas del misterioso libro Los tres impostores, del que tanto se había hablado en la Edad Media, afirmando que Moisés engañó á los hombres con sus leyes, Cristo fué un adormecedor de pueblos, y Mahoma hombre de gran espíritu, pero asimismo engañador. «Se avergüenzan de sus nombres cristianos—continuaba el Papa—, prefiriendo otros gentílicos, y se permiten también los más escandalosos vicios de la antigüedad».
Calímaco y otros dos humanistas comprometidos conseguían huir de Roma. El célebre Platina sufrió larga prisión en el castillo de Sant Angelo, y como el gobernador de éste, Rodrigo Sánchez de Arévalo, obispo de Calahorra, era también muy versado en letras clásicas, cruzábanse numerosas epístolas en latín entre el guardián y el prisionero, dando por resultado tal correspondencia una creciente dulzura en las condiciones de su cautividad.
El único príncipe de la Iglesia respetado de todos era el anciano Carvajal. Vivía en una casa modestísima, repartiendo su dinero entre los pobres de Roma, avejentado y enfermo prematuramente por los seis años pasados en Hungría oponiéndose al avance de los turcos. Los demás cardenales eran grandes señores, procedentes de familias ilustres ó parientes de Papas, que habían obtenido los más ricos obispados de la cristiandad, derrochando alegremente sus rentas enormes.
Rodrigo de Borja, uno de los más jóvenes, tenía delante á otros príncipes eclesiásticos de mayor edad, que le superaban en opulencia. El más famoso, Scarampo, almirante pontificio, era apodado «el cardenal Lúculo» por los derroches de su mesa. Al mismo tiempo que mantenía numerosos palacios y costosas amantes, daba protección al célebre pintor Mantegna. Otro cardenal, el francés Guillermo de Estouteville, poseedor de incalculables rentas, vivía igualmente como un príncipe seglar, con numerosos hijos, sin miedo á los escándalos que provocaba su vida licenciosa y pensionando también á pintores y escultores.
Al fallecer estos dos magnates eclesiásticos, Rodrigo de Borja quedó á la cabeza de los cardenales que la gente llamaba «aseglarados», á causa de sus costumbres.
Paulo II moría casi repentinamente en 1471 á consecuencia de un hartazgo de melones, después de cenar al aire libre en los jardines del Vaticano, á la hora en que la atmósfera parecía más envenenada por las pestilencias palúdicas.
Como los venecianos habían sido los más influyentes durante el pontificado de su compatriota, el pueblo de Roma los aborrecía, lo mismo que años antes á los sieneses y á los españoles. Otra vez Rodrigo de Borja, que figuraba al frente del importante grupo de cardenales aseglarados, ricos, audaces é inquietos, influyó en la elección pontifical, ayudado por sus compañeros Gonzaga y Orsini, que tampoco eran de mejores costumbres. Fué el elegido un genovés, antiguo fraile, el cardenal Francisco de la Rovere, que tomó el nombre de Sixto IV.
La primera preocupación del nuevo Pontífice y del Sacro Colegio fué buscar los tesoros reunidos por Paulo II durante su pontificado. Poco antes de su fallecimiento había hecho saber al consistorio que guardaba medio millón de ducados para hacer la guerra á los turcos si los príncipes de la cristiandad se decidían á ayudarle. Lentamente fueron descubriendo estas riquezas que el Papa noctámbulo había ocultado en distintos lugares: cincuenta y cuatro copas de plata llenas de perlas, enorme cantidad de oro sin labrar, numerosas piedras preciosas y cuatro depósitos de moneda acuñada, que sumaban más de cuatrocientos mil ducados. Todos estos tesoros se confiaban á la custodia del obispo de Calahorra, alcaide del castillo de Sant Angelo.
Era el cardenal Borja quien ceñía la tiara al nuevo Pontífice, viendo asegurada por tercera vez su autoridad en el manejo de los negocios de la Santa Sede. Pero aunque Sixto IV le apreciaba en mucho y lo favorecía con valiosos donativos, se fué entregando á la influencia de sus nepotes, que formaban dos grupos igualmente rapaces, los Rovere y los Riario, hijos estos últimos de una de sus hermanas.
A la cabeza de los Rovere estaba Juliano, cardenal de carácter ardoroso y enérgico, semejante en costumbres y ambiciones á Rodrigo de Borja, sobrino de Papa como éste, licencioso en su vida, lo mismo que el cardenal de Valencia, amigos ambos unas veces por la comunidad de gustos, y tenaces adversarios en otras ocasiones, hasta los mayores extremos de enemistad. Juliano de la Rovere había de ser el eterno conspirador contra Alejandro VI, ciñéndose la tiara, después de la muerte de éste, con el nombre de Julio II.
En realidad, Sixto IV mostraba mayor afecto por otro sobrino suyo, Pedro Riario, al cual hizo cardenal teniendo veinticinco años. Juliano no pasaba de los veintiocho cuando recibió la púrpura al mismo tiempo que su primo. Muchos contemporáneos tenían la certeza de que el cardenal Riario era hijo, y no sobrino, de Sixto IV, explicándose así que el Pontífice lo prefiriese á Juliano de la Rovere, de más talento y carácter.
Jamás llegaron los Borgia á las fastuosidades de este cardenal Riario, presunto hijo del Papa, el cual pasó repentinamente de ser un pobre frailecito á malgastar las riquezas de la Santa Sede. Le dió su padre tantos obispados, abadías y otros cargos fructuosos, que sus rentas anuales ascendieron á tres millones de francos oro, y aun con esto no tenía bastante para su desatinada prodigalidad.
Sólo comía en vajilla de oro; montaba los más valiosos corceles; su servidumbre vestía de seda y púrpura; iba á todas partes llevando un cortejo de poetas y pintores; daba la importancia de negocios de Estado á la organización en sus palacios y jardines de funciones teatrales y representaciones bélicas. «Quiso competir—dijo Platina, el humanista protegido por él y nombrado por Sixto IV bibliotecario del Vaticano—con todos los personajes antiguos en grandiosidad y magnificencia... lo mismo en las cosas buenas que en los vicios.»
Este joven, que era fraile franciscano meses antes, andaba por sus palacios con vestiduras de oro y «cubría á sus amigas de perlas finas desde la cabeza á los pies». Los personajes que pasaban por Roma, reyes cristianos de Oriente empujados por el avance de los turcos, ó soberanos occidentales, no podían disimular su asombro ante las fiestas con que les obsequiaba el cardenal Riario.
Hacía construir palacios de madera para banquetes de gala que sólo duraban unas horas, deshaciéndolos á continuación. Cada servicio lo anunciaba su senescal entrando á caballo en el comedor, con traje distinto y seguido de músicos que escoltaban los platos.
A una princesa de la dinastía Aragón de Nápoles la obsequiaba con un banquete que duró seis horas, sirviéndose en su transcurso cuarenta y cuatro platos, ciervos enteros asados con su piel, cabras, liebres, terneros, grullas, pavos y faisanes conservando su plumaje. El plato más enorme, llevado en hombros por una docena de servidores vestidos de seda, tenía la apariencia de un oso de tamaño natural, con un palo en la boca. El pan había sido dorado, y los peces, así como otros manjares, llegaban á la mesa cubiertos de plata. En las obras de confitería intervenían los mejores escultores de Roma. Los doce trabajos de Hércules, todos ellos con personajes de dimensiones ordinarias, estaban esculpidos en materias azucaradas. Otro plato era una montaña con una sierpe gigantesca que se movía lo mismo que un reptil viviente.
También desfilaban ante las mesas castillos embanderados, todos de confitería, y estas obras eran arrojadas á continuación por los balcones del comedor sobre el populacho, que coreaba desde fuera con sus gritos las músicas del banquete. Igualmente estaban hechos de turrón y otras materias semejantes diez navíos que se presentaban cargados de peladillas en forma de bellotas, por figurar la bellota en el escudo de los Rovere. Como final, aparecía Venus en su carro de nácar tirado por cisnes; una montaña que se partía, saliendo de ella un poeta para expresar en forma rimada su admiración ante tal banquete; y tropas coreográficas de mujeres, bailando danzas antiguas, pretexto, según el gusto de entonces, para excitar la concupiscencia.
En los tres años que duró su cardenalato, gastó Pedro Riario 300.000 ducados de oro (varios millones de la moneda actual), dejando aún deudas por valor de 60.000. Sixto IV le lloraba con un dolor de padre, olvidando sus despilfarros y la enfermedad crapulosa que ocasionó su muerte en pocos días, viendo solamente lo que este joven, digno de su época, había hecho en favor de las artes, protegiendo á pintores, escultores y arquitectos. Todos los poetas de Roma le lloraron en sus versos como un nuevo Mecenas.
La desaparición de Pedro Riario dejó campo libre á las ambiciones de su primo Juliano de la Rovere. Además, éste pudo robustecer su influencia entre los cardenales aseglarados, sin obstáculo alguno, por hallarse Rodrigo de Borja fuera de Roma.
Pretendió Sixto IV organizar de nuevo la cruzada contra los turcos, enviando legados á las principales potencias cristianas para que le ayudasen en dicha empresa. A Borja le encargó que fuese á España, emprendiendo éste el viaje en Mayo de 1472.
Era la primera vez que regresaba á su patria, de la que había salido siendo adolescente, y luego de dicha visita nunca volvió á ella. Según era costumbre, todos los cardenales residentes en Roma escoltaron á su compañero hasta la puerta de San Pablo, dándole el beso de despedida. En el puerto de Ostia tuvo que aguardar á que pasase un furioso temporal, y emprendió su navegación días después en dos naves del rey Ferrante de Nápoles, haciendo escala en Córcega y llegando el 17 de Junio á la playa de Valencia.
Llevaba con él varios obispos italianos, abades, jurisconsultos, poetas, que le servían de secretarios, y dos pintores napolitanos que acabaron quedándose en España.
Valencia era entonces la ciudad más rica del Mediterráneo español y la de costumbres más alegres y libres. Juan II, padre de Fernando el Católico, vivía en incesante lucha con los catalanes, negándose Barcelona á reconocer su autoridad, y todo el movimiento marítimo había pasado á Valencia. Su puerto era desde el reinado de Alfonso V un centro receptor y distribuidor del comercio con Italia.
Recordaba Claudio Borja lo que había leído en las Memorias de un tal Münzer, viajero alemán que visitaba dicha ciudad en el último tercio del siglo XV, admirando sus campos de limoneros, naranjos y palmeras, y aún más la elegancia de sus mujeres.
«Las valencianas—decía el alemán—visten con singular pero excesiva bizarría, pues van descotadas de tal modo, que se les pueden ver los pezones, y además, todas se pintan la cara y usan afeites y perfumes, cosa en verdad censurable. Los habitantes de Valencia acostumbran á pasear de noche por las calles, en las que hay tal gentío que se diría estar en una feria, pero con mucho orden, porque nadie se mete con el prójimo. Las tiendas de comestibles no se cierran hasta medianoche. No hubiera creído que existiera tal espectáculo á no haberlo visto.»
Esta ciudad rica y jocunda, que parecía reflejar las costumbres de la Italia del Renacimiento, situada enfrente, en la otra ribera del Mediterráneo occidental, recibió al embajador del Papa con el mismo aparato que si fuese un rey. Tuvo que pasar Rodrigo de Borja dos días en un monasterio inmediato, mientras preparaban su recibimiento. El cortejo ocupó una extensión de dos kilómetros. El cardenal de Valencia entró á caballo, bajo un palio que sostenían los personajes más importantes de la ciudad, entre timbales y trompetas, por calles cubiertas de ricos tapices, precediéndole todas las parroquias con cruz alzada y numerosas hermandades. En días sucesivos empezaron los banquetes dados por Borja en su palacio episcopal.
Este vicecanciller de la Santa Sede poseía, además de las ricas mitras de Valencia, Cartagena y Oporto, numerosas abadías, y la fortuna heredada de su hermano Pedro Luis. Todas sus rentas las gastaba espléndidamente.
Viviendo en Roma, había vencido en 1461 á los cardenales más opulentos cuando se estableció una pugna entre ellos por quién arreglaría mejor la fachada de su palacio en la fiesta del Corpus. El pueblo romano lo apreciaba como el más generoso y munificente de los príncipes de la Iglesia. También había sobrepasado á sus compañeros del Sacro Colegio al disponer Pío II grandes fiestas para recibir en Roma la cabeza del apóstol San Andrés, y al intentar dicho Pontífice la organización de una escuadra contra los turcos. En esta ocasión era el único que le obedecía, regalando un buque completamente armado.
La gula resultaba, según sus enemigos, el solo vicio ignorado por él. Le gustaba comer un plato único, pero abundante, y cuando fué Papa los cardenales temían como una desgracia que los invitase á su mesa. Tampoco mostraba afición al vino, condición de muchos hombres del Mediterráneo, enérgicos y ardorosos, y cuando lo bebía era mezclado con agua.
Todo esto no fué obstáculo para que el fastuoso cardenal—obispo de Valencia—diese grandes banquetes en su palacio. La ciudad había adornado sus calles en relación con la especialidad de los comerciantes ó menestrales establecidos en ellas. En la Tapinería, donde trabajaban los fabricantes de tapines ó chapines, calzado alto, inventado por los moros, que aumentaba la estatura de las mujeres y cuya moda se extendía hasta Venecia, las casas se mostraban cubiertas de chapines de los más caros, que tenían las suelas con adornos de oro, plata y diamantes. En la calle de las Platerías los orfebres ostentaban sobre tapices de brocado sus obras más suntuosas, y en la Puerta Nueva, cerca del sitio donde se iba á construir poco después la famosa Lonja, aparecían revestidos los edificios, del tejado al suelo, con piezas de ricas telas. Los señores circulaban entre la muchedumbre montados en mulas y llevando á la grupa su dama.
El sobrino de Calixto III era saludado por el pueblo como una gloria nacional. Todos presentían que iba á ser Papa como su antecesor. Tuvo que abandonar la ciudad para ir en busca del rey de Aragón y su hijo, el futuro don Fernando el Católico, que estaban sitiando á Barcelona. Este último se había casado con la princesa Isabel, hermana del rey de Castilla, y necesitaba que le ayudase el cardenal para la legitimación de dicho matrimonio.
Como los que se llamaron después Reyes Católicos eran parientes en tercer grado de consanguinidad, habían visto negada por el papa Paulo II la dispensa necesaria para su casamiento. El Pontífice obedecía á las sugestiones de los reyes de Castilla y de Portugal, opuestos á la mencionada unión. Pero el entonces arzobispo de Toledo, don Alfonso Carrillo de Acuña, hombre enérgico, de pocos escrúpulos en las cosas eclesiásticas por considerarlas como propias, falsificó una dispensa del Papa, y el matrimonio pudo realizarse fingiendo los Reyes Católicos no estar enterados de dicha irregularidad.
Después, cuando Isabel la Católica mostró remordimientos, viéndose en estado de concubinaje según las leyes de la Iglesia, el cardenal Rodrigo de Borja, que se había interesado por los dos, como español, obtuvo una bula de Sixto IV, en la cual recriminaba el Pontífice á los contrayentes por haberse ido á vivir juntos sabiendo que su casamiento era nulo; pero de todos modos comisionaba al actual arzobispo de Toledo para que lo revalidase.
Esta dispensa, en realidad, no era gratuita. Sixto IV esperaba que á cambio de ella don Fernando, rey de Sicilia y heredero de la corona de Aragón, diese barcos y hombres para la cruzada contra los turcos.
Luego de pasar varios meses en Cataluña volvió á Valencia el legado para avistarse con don Pedro de Mendoza. Este era entonces obispo de Sigüenza nada más, y Borja le traía el capelo cardenalicio. En adelante fué el famoso cardenal Mendoza, que llegó á ministro universal, llamándole muchos por su influencia «el tercer rey de España».
Viajaba don Pedro de Mendoza con más aparato que los monarcas, siendo su lujo tan grande como el de los más fastuosos cardenales. Entró en Valencia precedido de una música de negros á caballo, entre muchos señores castellanos que llevaban sobre sus pechos pesadas cadenas de oro, y seguido de una escolta de doscientos jinetes y una tropa no menor de halconeros y monteros. Como Borja conocía la esplendidez del prelado de Castilla, lo obsequió con un banquete que hizo recordar á los cronistas de Valencia el lujo de Alfonso el Magnánimo.