Entre ricas tapicerías estaba servida la mesa, con letras góticas sobre el mantel hechas de flores, que repetían la leyenda del escudo episcopal de Borja: Ave Maria gratia plena. Ocho obispos pertenecientes á ambas comitivas sentábanse al banquete, con los dos poderosos magnates eclesiásticos y numerosos invitados seglares.
El lavatorio de las manos lo hacían en «grandes bacines de plata dorada con el fondo de esmalte», poniéndose inmediatamente sobre la mesa varias copas llenas de jengibre verde, planta aromática que se mezclaba entonces en todas las salsas. Luego aparecían siete grandes platos con dos pavos cada uno rodeados de numerosas perdices, siendo doradas las cabezas de aquellos animales y pendiendo de sus cuellos cartelitos con el escudo de los Borja. Desfilaban á continuación cuatro fuentes de plata, enormes como rodelas, llevadas cada una por cuatro hombres, en las que había altísimos pastelones rellenos de ocas, ánades, fúlicas, palomos, gallinas, terneras, cabritos y otras viandas. Todos estos manjares eran acogidos con músicas de los ministriles, que ocupaban un tablado, y llevaban su escolta correspondiente de salsas.
A continuación eran presentados dos soberbios platos, teniendo ambos el aspecto de una montaña cubierta de verdura, sobre cuya cúspide se erguía un pavo con todo su plumaje y la cabeza intacta, lanzando por su pico un chorro de agua perfumada. Y mientras los trinchantes cortaban la carne por debajo de las alas, los dos pavos seguían derramando sus fuentes de perfume. Luego venía la «comida blanca», llamada así por ser de leche, huevos y gran abundancia de azúcar, terminándose el banquete con numerosas variedades de confites y conservas dulces.
Duraban muchos días los festejos y mascaradas, y una vez más el cardenal Borja abandonaba Valencia para irse á Castilla, siendo recibido en Madrid con gran pompa y bajo palio, al lado del rey don Enrique, apellidado «el Impotente», que iba á su izquierda. Se esforzaba el cardenal por inclinar al monarca á favor de la sucesión de su hermana doña Isabel, contra las pretensiones de los partidarios de su hija única, apodada «la Beltraneja», por creerla adulterina, ocasionándole todo esto grandes enemistades. Al fin, conseguía que don Enrique hiciera las paces con su hermana y su cuñado Fernando, y en Julio de 1463 volvía de nuevo á Valencia, preparando su regreso á Roma.
Esto fué en el mes de Septiembre. Muchos valencianos de familia noble y otros dedicados á las Letras se dispusieron á seguir al cardenal. Tenían gran fe en su porvenir, repitiendo la tradicional marcha á Roma de los españoles en tiempos de Calixto III.
Varios centenares de caballeros y estudiantes componían ahora el cortejo del legado. Todos se dirigieron al puerto tan alegres «que parecía iban á bodas», según expresión de un cronista contemporáneo. Los del nuevo cortejo y los del antiguo, llegado con el cardenal, se embarcaron en dos navíos venecianos, cuyos capitanes hacían pagar de un modo abusivo el precio del pasaje.
Apenas salidos al mar, se desencadenó una de las horribles tempestades que agitan el Mediterráneo al iniciarse el otoño, acompañándoles dicha tormenta en toda su travesía, que duró más de un mes, por haber tenido que refugiarse en varios puertos.
El 10 de Octubre, hallándose frente á Liorna, se recrudeció la tempestad, y asaltando las olas de través á una de las galeras la echaron á pique, desapareciendo instantáneamente. La otra nave, rota la quilla y descuadernada, pudo aproximarse á tierra, salvándose el cardenal Borja con algunos señores de su séquito.
Al día siguiente aparecían en la playa más de doscientos cadáveres, entre ellos los de tres obispos italianos y otros personajes que habían seguido al legado en su viaje á España. Setenta y cinco familiares de la servidumbre del cardenal se ahogaron igualmente, y con ellos doce jurisconsultos, seis caballeros y gran número de jóvenes valencianos que iban á Roma por el gusto de vivir en ella ó para estudiar en la Universidad de Bolonia.
Todas las ropas y alhajas del fastuoso cardenal se perdieron, así como gran cantidad de valiosos regalos que le habían hecho en España reyes y próceres, y numerosas cajas de vajilla de Manises.
Rodrigo de Borja no llevaba mas que la camisa puesta cuando los tripulantes de la encallada nave lo sacaron en hombros. Su valor sonriente había infundido admiración á los más duros marineros.
Según costumbre de la época, los habitantes de la costa, que consideraban todo naufragio un presente de Dios, se arrojaron sobre el buque, robando lo que no se había llevado el mar y apoderándose igualmente de las ropas de los cadáveres.
Volvió el cardenal de Valencia de su legación en España con las manos vacías, pero Sixto IV le hizo un recibimiento como si hubiese obtenido éxitos enormes á favor de la Santa Sede. En realidad, traía grandes promesas de los reyes españoles para ayuda de la cruzada, pero ninguna de ellas llegó á cumplirse.
A partir de este viaje, empezó Rodrigo de Borja á tropezar con la influencia cada vez más grande del cardenal Juliano de la Rovere. Los dos eran igualmente hábiles, de carácter enérgico y pocos escrúpulos, con arreglo á la política de entonces; pero Borja llevaba la ventaja de su serenidad majestuosa, su valor tranquilo, su cautela, que le hacía contenerse á tiempo y no decir palabras irreparables. Juliano era más impetuoso, y parecía repulsivo á muchos por sus cóleras sombrías y sus venganzas. Adivinando Borja que Rovere preparaba su candidatura para el Papado, empezó también á pensar en su propia persona como aspirante á la tiara.
Celebró el pueblo romano, en 1481, con fiestas é iluminaciones la muerte de Mohamed, el terrible sultán conquistador de Constantinopla. Sixto IV había conseguido reunir una flota de treinta y cuatro barcos, mandada por un cardenal. Esta escuadra pontificia, con otros buques del rey de Nápoles, reconquistó á Otranto, puerto tomado por los turcos; pero después de tal victoria tuvo que volverse, por la flojedad de su almirante y la insubordinación de la marinería, asustada de la gran mortandad que empezaba á causar en ella la peste. Una vez más fracasaba el Papado en su guerra contra los turcos.
Continuó Sixto IV hasta su muerte sustituyendo los cardenales que fallecían con otros, en su mayor parte de vida mundana y pocos años. Mientras tanto, sus numerosos sobrinos, todos príncipes de la Iglesia, eclesiásticos ó laicos, se dedicaban á deplorables operaciones, concediendo por dinero las cosas más santas. Hasta el mismo Papa era acusado, sin prueba alguna, de dedicarse al acaparamiento de cereales para venderlos más caros al pueblo.
Al morir Sixto IV, en Agosto de 1484, el vecindario romano se entregaba á mayores excesos que al finalizar los Papados anteriores. Odiaba ahora á los genoveses, escandalosamente protegidos por el Papa difunto. La muchedumbre asaltó el palacio de su sobrino Jerónimo Riario, saqueándolo de tal modo que sólo quedaron las paredes. Hasta los árboles de su jardín desaparecieron. Todo lo que en Roma pertenecía á genoveses fué robado ó destruído: numerosos almacenes de cereales, dos barcos cargados que estaban en el Tíber, muchas tiendas de comestibles.
Este trastorno general iba á provocar una vez más la guerra civil entre Colonnas y Orsinis. Los vecinos se ocultaban en sus casas. Los palacios de los cardenales aparecían transformados en fortalezas. Especialmente Juliano de la Rovere y Rodrigo de Borja habían guarnecido sus elegantes viviendas con tropas de mercenarios á sueldo, levantando además bastiones de tierra ante las puertas, con abundante artillería. Toda la gente belicosa de la ciudad estaba en armas, dispuesta á la batalla.
Finalmente las gestiones de los cardenales más viejos lograban establecer cierta calma, y se reunía el cónclave para elegir el nuevo Pontífice.
Borja y Rovere iban á luchar frente á frente en esta elección; pero como ambos eran astutos y veían sin engaños la realidad, se dieron cuenta de que aún no había llegado su hora.
El número de cardenales aseglarados había sido aumentado por Sixto IV y ya no era Borja su único capitán. Rovere, sobrino de Papa lo mismo que él, rico, fastuoso, mujeriego y además muy jugador, dirigía igualmente á estos príncipes de la Iglesia semejantes en pasiones y vicios á los magnates laicos.
Algunos cardenales de sanas costumbres pensaron en elegir á su compañero Juan Moles, que era español y se había mantenido ajeno á las contiendas de Roma, viviendo con el decoro de un anciano virtuoso; pero su nacionalidad resultaba un obstáculo, y los italianos desistieron de su candidatura. Todos los embajadores residentes en Roma creían en la elección de Rodrigo de Borja, y él había fortificado su palacio para que no lo saqueasen, considerando seguro, durante algunos días, su próximo triunfo.
Rovere, su adversario, convencido de su propio fracaso, trabajó por crear un Pontífice que se lo debiera todo á él y siguiese su dirección, fijándose en Juan Bautista Civo, cardenal de origen genovés, como su tío Sixto IV. Apeló Juliano á todos los medios para hacerlo triunfar, valiéndose hasta del soborno, y finalmente ganó la votación el cardenal Civo, tomando el nombre de Inocencio VIII.
Era un hombre grande, fuerte, carilleno, extraordinariamente blanco y de ojos muy débiles. Su familia genovesa, aunque pobre, estaba emparentada con la riquísima de los Doria. Tenía dos hijos ilegítimos: Teodorina y Franceschetto. Sus enemigos afirmaban que estos hijos eran únicamente sus predilectos y que había dado la vida á muchos más, haciéndolos ascender algunos comentaristas á siete, y otros á diez y seis.
Sixto IV lo había protegido por su carácter blando y tolerante, que le permitía ser benigno con todos. Juliano esperaba obtener cerca de él una influencia mayor que durante el pontificado de su tío. Todos los embajadores escribían á sus potencias que el cardenal de San Pedro, ó sea Juliano de la Rovere, iba á resultar el verdadero Papa.
Pronto se dió cuenta de que no era tan absoluto su poder como se lo había imaginado en el momento de la elección. El Pontífice tenía un hijo cerca de él, Franceschetto Civo, deseoso de aprovechar la buena fortuna paternal para reunir dinero y entregarse á toda clase de desenfrenos. Como era extremadamente jugador y poco favorecido por la suerte, intervenía en toda clase de negocios á cambio de valiosas comisiones. Mientras tanto, Inocencio VIII parecía preocuparse de la organización de una cruzada, lo mismo que sus antecesores, pero sin éxito alguno. Su única victoria fué traer á Roma al príncipe turco Djem ó Hixem, como decían los españoles.
A la muerte del gran Mohamed, dos de sus hijos se habían disputado la corona imperial. Era Bayaceto quien sucedía al victorioso padre, y su hermano menor, Djem, que contaba con muchos partidarios, tenía que huir de Constantinopla en 1482 para que aquél no lo suprimiese, buscando refugio entre los caballeros de San Juan que ocupaban la isla de Rodas. El Gran Maestre de dicha orden veía en Djem un poderoso medio para tener en jaque á Bayaceto, y ajustaba, finalmente, con éste un tratado, en virtud del cual los llamados caballeros de Rodas guardarían en custodia al pretendiente Djem, á condición de que el emperador turco no atacase su isla, pagando, además, con pretexto de la manutención de su hermano, un tributo anual de 45.000 ducados.
Djem era enviado á unas tierras que los sanjuanistas poseían en Auvernia, y desde entonces los reyes de Francia, de Nápoles y de Hungría, la república de Venecia y el Papa—todos los que deseaban ser temidos de Bayaceto para que les dejase en paz—pretendieron tener bajo su custodia al «Gran Turco», pues así llamaban al príncipe Djem.
Inocencio VIII pudo más que sus contendientes, dando el capelo cardenalicio al Gran Maestre de Rodas, así como muchos privilegios y libertades á la mencionada orden, y el príncipe turco pasó á vivir en Roma con una guardia, para su propia seguridad, de caballeros sanjuanistas. Además, como Djem iba á ser huésped del Papa, éste cobraría en adelante los 45.000 ducados anuales que entregaba el sultán.
Roma entera se puso en movimiento para recibirlo. Tal era el pavor infundido por Mohamed después de la toma de Constantinopla, que había circulado la predicción de que el soberano de los turcos iría un día á apoderarse de la Ciudad Eterna, estableciendo su alojamiento en el Vaticano. Y todos creyeron ver un acto de la voluntad divina al cumplirse tal vaticinio, pero de diferente modo, llegando el «Gran Turco» como cautivo y no como vencedor.
Se aposentó Djem en el Vaticano, y allí vivió tranquilamente varios años, sin dejar de inspirar inquietudes á su hermano Bayaceto, pues una parte del pueblo turco, así como los genízaros, parecían dispuestos á sublevarse á favor suyo si se presentaba en el país.
Otro suceso más importante hizo olvidar la llegada de Djem. En la noche del 31 de Enero de 1492, recibió el Papa la noticia de haberse rendido Granada á los Reyes Católicos el 2 de dicho mes, colocándose en las torres de la Alhambra las banderas cristianas y un gran crucifijo de plata regalado por Sixto IV para que precediese á las tropas en esta última guerra contra los infieles.
La rendición de Granada la consideraron en Roma como una especie de compensación por la pérdida de Constantinopla. Los futuros Reyes Católicos enviaron al Papa cien prisioneros moros, en agradecimiento á los auxilios que les había prestado durante su campaña.
A pesar de hallarse muy enfermo, fué Inocencio VIII en procesión desde el Vaticano á la iglesia de Santiago, en la plaza Navona, que era propiedad de los españoles, celebrando allí una gran fiesta. Los regocijos públicos resultaron numerosos. El embajador español pagó una representación pública de la conquista de Granada, el cardenal Rafael Riario organizó un cortejo reproduciendo la entrada triunfal de los soberanos españoles en dicha ciudad, y Rodrigo de Borja dió en la plaza Navona la primera corrida de toros, á estilo de España, que presenciaron los romanos.
El sultán turco, en relaciones continuas con el Papa desde que éste guardaba á su hermano Djem, le envió como regalo una preciosa reliquia: la lanza con que Longinos había abierto el pecho de Cristo clavado en la cruz. El musulmán Bayaceto garantizaba la autenticidad de dicha reliquia.
Los cardenales más afectos al Papa, presididos por Juliano de la Rovere, salieron lejos de Roma para recibir á los mensajeros turcos, incautándose de la Santa Lanza. Inocencio VIII, próximo ya á la muerte, abandonó el lecho para presidir dicha solemnidad. El arma bendita fué llevada en procesión á través de Roma, hasta las habitaciones particulares del Pontífice.
Al verse Rodrigo de Borja suplantado por Rovere, que ocupaba en la ceremonia el sitio más honorífico después del Papa, quiso abrumar á dicho rival con su riqueza y su gallardía, y asistió al recibimiento de la Santa Lanza vestido lujosamente á la española, montando un brioso corcel, que manejaba con su habilidad de consumado jinete, la espada al costado y en la cabeza una gorra con adornos de perlas, rematada por airoso penacho.
Dicha procesión fué el último acto público de Inocencio VIII. De Junio á Julio estuvo entre la vida y la muerte, y la certeza de su próximo fin agravó la falta de seguridad en Roma.
No pasaba un solo día sin asesinatos. Las turbas vivían olvidadas de todas las imposiciones del orden. El médico del Papa, que era judío, hizo degollar tres niños de diez años—según contaban las crónicas de entonces—, llevando al enfermo la sangre de ellos para que la bebiese, único medicamento capaz de reanimar su vigor. Este remedio monstruoso no era raro en la medicina de aquella época, siempre predispuesta á emplear la sangre humana para fines terapéuticos.
Se negó Inocencio á admitir el terrible brebaje, y en sus últimos días aún tuvo fuerzas para llamar á los cardenales en torno á su lecho, exhortándolos á la concordia, pidiendo que eligiesen un Pontífice mejor que él.
El 25 de Julio de 1492, en las primeras horas de la noche, moría Inocencio VIII. Sus actos más notables habían sido dar ayuda á los Reyes Católicos en la expulsión de los judíos de España y publicar una bula contra las brujas y hechiceros existentes en Alemania, documento que sirvió de base á ulteriores persecuciones de la Inquisición.
También en su tiempo se falsificaron muchas bulas pontificias por empleados de la Santa Sede, ganosos de adquirir dinero fuese como fuese, á imitación de Franceschetto Civo, el hijo del Pontífice. Este, cuando no andaba á altas horas de la noche por las calles de Roma con un grupo de libertinos, intentando penetrar á viva fuerza en las casas donde vivían mujeres bonitas y recibiendo las más de las veces palizas de padres y esposos, se dedicaba al juego en casa del cardenal Riario, que era un incansable tahúr. Una noche perdió Franceschetto 14.000 ducados, y fué á quejarse á su padre de que el cardenal jugaba con cartas marcadas. Así debía ser, pues todos los que jugaban con Riario, aunque fuesen compañeros suyos de consistorio, salían perdiendo.
Claudio Borja recordaba la tumba de Inocencio VIII. Como era un monumento de bronce con hermosas esculturas del arte cuatrocentista, la habían conservado, pasando de la antigua iglesia de San Pedro á la actual basílica. Gracias al valor artístico de dicha sepultura, la memoria de Inocencio VIII se perpetuaba más que la de otros Pontífices superiores á él, caídos en olvido.
Lo designaba la inscripción sepulcral como el Papa bajo cuyo reinado había sido descubierto el Nuevo Mundo.
«Una falsedad escandalosa—pensó Claudio—. El Papa murió el 25 de Julio de 1492, ó sea cuando Colón vivía aún en Palos, sin saber cómo iniciar su viaje por falta de marineros, y Martín Alonso Pinzón lo salvaba reclutando las tripulaciones.»
Esta inscripción de la tumba de Inocencio VIII había sido redactada muchos años después de la muerte de dicho Papa. Los enemigos y calumniadores del español Alejandro VI hasta pretendían robarle la gloria del gran acontecimiento geográfico ocurrido bajo su pontificado.
III
En el que se habla del ruidoso triunfo del vicecanciller, de la bella Julia, «esposa de Cristo», y de su hermano «el cardenal faldero».
Cuando doña Natividad, la cuñada de Bustamante, torcía el curso de su humor agrio contra Enciso de las Casas, formulaba siempre la misma crítica:
—Le gustan las gentes de mala conducta; no lo puede evitar. ¡Un hombre que la echa de cristiano! ¡Un padre de familia con tantos hijos, y una esposa tan buena... y tan tonta!
Si el embajador oía tales críticas, procuraba excusarlas con una benevolencia protectora.
Su rico amigo, y ahora compañero de diplomacia, quería ser ante todo un artista, un escritor. Tenía una concepción romántica de la vida. Todos los grandes hombres, según él, habían llevado una existencia desordenada, hasta incurrir á veces en los mayores vicios. Le parecía imposible el talento sin ir acompañado de escandalosos defectos y hasta de aberraciones. Y por una lógica á la inversa, imaginábase que todos los que vivían emancipados de la moral corriente debían ser de gran talento, aunque no lo demostrasen. Por esto consideraba con irresistible simpatía á los intelectuales y á los pecadores, cual si unos y otros perteneciesen á la misma familia.
Doña Nati no iba completamente descaminada en sus maledicencias. Este personaje que visitaba al Papa todos los meses y mantenía una estrecha relación de amistad con la mayor parte de los príncipes eclesiásticos, se consideraba obligado á ser «un poco bohemio» dentro de la magnificencia de su vida, perdonando fraternalmente á cuantos menospreciaban las conveniencias sociales y morales, manteniéndose al margen de ellas. Por algo escribía libros y coleccionaba cosas antiguas.
La concurrencia á su mesa y sus salones resultaba algo heterogénea. Al lado de los cardenales tomaban asiento gentes de vida aventurera, pero de nombre célebre: aristócratas arruinados y sospechosos, artistas cuyas costumbres eran contadas al oído con guiños de ojo y rubores.
—A mí lo que me interesa—decía Enciso—es que las personas tengan una novela en su vida. Lo importante es ser alguien. El malo acaba por hacerse bueno; Dios perdona á todos, y debemos imitar su bondad infinita.
Esta tolerancia causaba extrañeza á muchos de sus comensales. No podían explicársela en un hombre clasificado para siempre entre las gentes tranquilas y de morigeradas costumbres. Invitaba á todas las familias de su país que pasaban por Roma, y sonreía conmovido agradeciendo los elogios dedicados á su lujosa vivienda.
—Me distingo algo de mis colegas de las otras repúblicas de América—decía con falsa modestia—. Esto consiste en que soy un poco artista. Tengo aficiones que ellos no conocen. ¡Y pensar que en nuestro país no se enteran de la importancia que les estoy dando con mi prestigio en Roma!...
Algunas matronas sudamericanas resumían su admiración deseando para sus hijas un esposo tan rico y tan bueno como Enciso de las Casas.
—¡Qué suerte ha tenido Leonor!—éste era el nombre de su esposa—. ¡Qué marido insustituíble!...
Para Enciso resultaban molestos y hasta ofensivos estos elogios á su fidelidad conyugal y que todos la considerasen fuera de duda.
—No se fíe, señora—contestaba con una expresión maliciosa según él—. Tal vez la estoy engañando con mi hipocresía. ¡Soy muy diablo!
—¿Usted, Manuel?...
Y quedaba confundido y apesadumbrado al mismo tiempo por la extrañeza casi burlona de las damas. De ningún modo podían admitir que fuese «un diablo». Todas se resistían á creerle de vida desordenada y secreta... «como los hombres de talento».
Definitivamente era un padre de familia que sólo podía pensar en los suyos; un personaje tranquilo, incapaz de tener una historia secreta; un «burgués» que debía quedarse para siempre ante las puertas de la bohemia, sin conseguir penetrar en ella por más que hiciese. Pero esto no disminuía su afecto hacia los que estaban dentro de aquel infierno, cerrado para él.
A Claudio Borja considerábalo interesante á pesar de su gravedad melancólica y poco expresiva. Incluíalo entre los que «tienen novela». Y al español le agradaba que Enciso aludiese en sus conversaciones á la hermosa viuda, mostrando gran aprecio por su persona.
Era el único que parecía acordarse de la existencia de Rosaura, sin duda porque ésta también «tenía novela». Con una discreción sonriente procuraba mencionar á la argentina valiéndose de los más diversos pretextos, y al mismo tiempo sus ojos de pupilas claras, con las córneas un poco purpúreas, miraban al joven como diciéndole: «Lo sé todo y envidio su buena suerte».
En realidad, había pensado muchas veces en Rosaura como algo que se admira de muy lejos, con el convencimiento de no poseerlo nunca. Una mujer así hubiese redondeado su vida de «artista». Pero juzgándola fuera de su alcance, dedicaba una parte de la mencionada admiración á los que habían sido más dichosos que él, viendo en Claudio un reflejo de la personalidad de la otra.
Esta era la causa, tal vez, de que lo invitase con frecuencia á su palacio, conversando ambos en la vasta biblioteca, cuyos libros parecían luminosos por la rutilancia de sus encuadernaciones.
—Yo soy un creyente—dijo una tarde después de haber almorzado con Borja—. Acepto cuantas reglas me imponga la Iglesia; pero al mismo tiempo soy muy humano y conozco las debilidades del hombre, consecuencia lógica de su imperfección. Simpatizo con los Borgia, sin que esto disminuya mi catolicismo. No incurriré en el absurdo de querer hacer de ellos unos santos calumniados, como algunos de sus panegiristas; pero tampoco fueron unos demonios, como quieren sus detractores. En punto á pecados, resultaron iguales á sus contemporáneos, y si alguna vez llegaron un poco más lejos que ellos (un poco nada más), fué por la fogosidad excesiva, por la tendencia al contraste y á desafiar á la opinión, propias de las gentes del Mediterráneo... Todos ellos se mostraron religiosos y creyentes. No hablemos de Calixto III, varón de santa memoria. Alejandro VI, el Borgia más abominado, fué un Pontífice eminente, que manejó con maestría los intereses de la Iglesia y la dejó poderosa, hasta el punto de que su adversario y sucesor Julio II le debe la mayor parte de su grandeza, heredada de él. Usted sabe que Rodrigo de Borja mostró siempre una sincera devoción á la Virgen y llevaba á todas horas una hostia consagrada dentro de un relicario de cristal pendiente del pecho ó de una muñeca, para poder comulgar sin pérdida de tiempo en el caso de que le sorprendiera la muerte.
Hizo don Manuel una pausa, mientras parecía retroceder con su pensamiento á través de la Historia.
—Los que juzgan el pasado con arreglo á su mentalidad moderna—siguió diciendo—se equivocan de un modo lamentable y no pueden comprender el alma de los hombres de aquellos tiempos. Era más compleja que la nuestra; vivían en el período renacentista, donde todos luchaban entre las ansias de placer, despertadas por la literatura, y una educación cristiana adquirida en su juventud. Comprendo perfectamente la devoción mística por la Virgen que mostró el papa Alejandro, la Santa Forma acompañándole á todas horas, y al mismo tiempo sus varios hijos ilegítimos, su lubricidad acometedora, sólo comparable á la del animal que figura en su escudo.
Casi todos los cardenales y muchos Pontífices eran parecidos á él. Aún no se habían purificado las costumbres eclesiásticas para hacer frente á las críticas de los protestantes. Los Papas vivían como reyes, teniendo sus mismos defectos, y los cardenales como príncipes laicos. Estaba lejos todavía el Concilio de Trento con su nueva disciplina eclesiástica. Los pecados de la carne cometidos por gentes de la Iglesia provocaban regocijados comentarios, nunca indignación ó severidad, como ahora.
Enciso se valía de una imagen para aminorar los defectos de Rodrigo de Borja y de los Papas y cardenales de aquella época, igualmente culpables por sus lascivias y escándalos. Los comparaba al soldado que merece castigo por faltar á los reglamentos militares: desobediencia á sus jefes, mal ejemplo para sus compañeros, palabras sediciosas, costumbres desmoralizadoras. Pero este soldado criminal no es un traidor á su país, no ha renegado de su bandera, no ha servido á los enemigos de su patria.
Aquellos Pontífices y cardenales pecadores continuaban siendo, en medio de sus desórdenes, buenos católicos, y muchas veces (el caso de Alejandro VI) servían á la grandeza de la Iglesia mejor que los Papas virtuosos, gracias á su talento y á su carácter. Ninguno de ellos incurría en herejías; antes bien, se mostraban intolerantes y enérgicos en la defensa de la fe.
—Rodrigo de Borja se preocupó en todo momento de mantener la pureza del dogma y ensanchar los dominios de la Iglesia. Esta no perdió nada durante su pontificado; al contrario, aumentó enormemente su poder temporal. Era sobrio en la mesa, apenas bebía vino, nunca se mostró jugador, como Scarampo, los Riario y otros cardenales. Su pecado fué gustarle las mujeres de un modo irresistible, hasta en su más extrema ancianidad, sin incurrir nunca en el «vicio griego», como muchos de sus compañeros de cardenalato... Podía haber ocultado fácilmente sus hijos, por ser ilegítimos, llamándolos «sobrinos», á imitación de otros Pontífices; pero este español era incapaz de tapujos é hipocresías en sus afectos. Amaba á sus retoños con un apasionamiento extremado de meridional; fué un «padrazo», preocupándose sin recato de engrandecerlos. Una lujuria de toro bravo, siempre fecunda, y un ambicioso deseo de elevar á su prole, fueron los dos grandes defectos de este varón, indiscutiblemente superior, por la firmeza de su carácter, por su coraje reposado y sereno y por sus talentos de gobernante, á todos sus contemporáneos.
Animado Enciso por la atención con que le escuchaba Claudio, siguió comunicándole algunas particularidades de la vida de sus remotos antepasados, seguramente desconocidas para él. Guardaba en su biblioteca cuanto se había escrito acerca de los Borja, convertidos en Borgia al establecerse en Roma. Todos le eran familiares; sabía cómo habían sido sus casas, su manera de vivir, sus comidas, sus aventuras.
Describió el segundo palacio de Rodrigo de Borja con arreglo á una carta recientemente descubierta del cardenal Ascanio Sforza, su amigo más íntimo en el Sacro Colegio.
El cardenal de Valencia, frugal en su mesa ordinariamente, daba una espléndida cena á Sforza y otros tres príncipes eclesiásticos, entre ellos Juliano de la Rovere. Todo el palacio estaba adornado con magnificencia, siendo admirables los tapices que cubrían las paredes, representando sucesos históricos. Cada uno de los salones, según la moda de entonces, tenía un rico lecho de aparato, por considerarse este mueble el más importante de todos. Las alfombras y tapices estaban en perfecta armonía de colorido con el resto del decorado. En el último de los salones, el lecho de honor era de tela de oro y las alfombras traídas de Egipto. Había varias credencias ó aparadores, con vajillas de oro y plata cinceladas por los más famosos orfebres de la época.
—En aquel momento—continuó el diplomático—, Borja y Rovere eran amigos. Se juntaban y apartaban según las conveniencias políticas; pero en realidad Rovere mostrábase más implacable en su odio, por no hallarse éste exento de envidia. Sentíase indignado sordamente por los éxitos mundanos del cardenal de Valencia, por aquel «imán misterioso» que atraía de un modo irresistible á las mujeres, según decían los cronistas, por la certeza de que iba á ser Papa antes que él, no obstante la influencia que venía ejerciendo sobre Inocencio VIII, influencia que indignaba á muchos embajadores, haciéndoles gritar que «ya tenían bastante con un Pontífice y no necesitaban dos».
Junto á la cama de Inocencio VIII, enfermo de muerte, disputaban un día ambos cardenales, faltando poco para que viniesen á las manos. Borja, vicecanciller de la Iglesia, no podía admitir los aires de verdadero Papa que se daba Rovere... Y el cardenal de Valencia, siempre alegre, insinuante y cortés, resultaba temible cuando, de tarde en tarde, conseguía algún enemigo que montase en cólera.
Era grande, vigoroso, ágil para la acción, y tenía la costumbre de ir casi siempre en traje seglar y ciñendo espada.
Ascanio Sforza, el cardenal más amigo suyo, gustaba especialmente de la caza, y como recibía al año rentas eclesiásticas por valor de millón y medio de francos oro, ningún monarca de la tierra poseía caballos, perros y halcones como los suyos, con todo el personal necesario para el cuidado de tantas y tan costosas bestias.
—Cardenales como Borja, Sforza y Rovere—siguió diciendo Enciso—no eran una excepción. Casi todos los de entonces, á semejanza de los senadores de la antigua Roma, vivían rodeados de una curia de parásitos, á más de sus numerosos sobrinos ó hijos. Cabalgaban vistiendo traje guerrero, iban á diario con capa y espada, tenían en sus palacios una servidumbre de centenares de personas, aumentándola en caso de peligro con tropas de matones á sueldo. Los más ricos y mundanos capitaneaban una facción de partidarios de su nombre, porfiando entre ellos por quién desplegaría mayor esplendidez en las fiestas del Carnaval, costeando carros triunfales llenos de máscaras, orquestas y cantores para dar serenatas, ó compañías de cómicos que representaban en medio de la calle, ante sus palacios.
La antigua nobleza de Roma veíase humillada por los príncipes de la Iglesia. Cada uno de los cardenales tenía sus pintores, sus escultores, y sobre todo sus humanistas y poetas, que componían obras en loor suyo ó de su familia.
Rodrigo de Borja había tenido un hijo, llamado Pedro Luis, de una dama romana cuyo nombre se ignoró siempre, y una hija, Jerónima, habida probablemente de otra madre. Esto ocurrió algunos años antes de 1468, fecha en que el cardenal de Valencia, que se había mantenido hasta entonces simple diácono, tuvo que recibir la orden sacerdotal para posesionarse del obispado de Albano.
—Después de ser sacerdote continuó su vida irregular, teniendo nuevos hijos. La mujer que le dió mayor descendencia y vivió más tiempo con él fué Juana de Catanzi ó Catanei, una romana apodada «la Vannoza», de la que no ha quedado ningún retrato; pero la opinión general la supone grande, de hermosura rozagante, con carnes pomposas y frescas como todas las mujeres del Transtevere, una especie de Juno popular. Fué la amante de «todo reposo» para Rodrigo de Borja, que además no era tornadizo y predispuesto á cambiar de mujer, dando á sus relaciones ilícitas una tranquilidad familiar. Tal vez esta tendencia al concubinaje permanente y sólido le libró de la más terrible enfermedad de la época, que hacía entonces estragos horribles, y de la que no se libraron cardenales ni Papas. Su enemigo Rovere, menos franco en sus amoríos y también menos consecuente, aficionado á pasar de una mujer á otra sin ligarse con ninguna, fué víctima de la sífilis, y se agravó su dolencia de tal modo, que en una ceremonia de Viernes Santo le fué imposible descalzarse por no mostrar las llagas que el vergonzoso mal había abierto en sus pies.
La Vannoza daba cuatro hijos al cardenal Borja: Juan, que fué segundo duque de Gandía, César, Lucrecia y Jofre. Poseía en Roma una casa cerca del palacio de su amante, y por tres veces se casó con italianos que aceptaron una posición tan deshonrosa á cambio de los buenos empleos proporcionados por el cardenal.
Cuando Borja llegó á Papa ya hacía tiempo que la Vannoza había dejado de ser su amante, pasando á la tranquila situación de madre de sus hijos. Esta mujer moría devotamente en Roma á los setenta y seis años, mucho después de la desaparición de los Borgia. Todas las gentes de su barrio la tenían en altísimo concepto porque costeaba grandes funciones religiosas en la iglesia de Santa María del Popolo, y se había hecho construir en ella una tumba cuyo epitafio latino mencionaba á sus cuatro hijos con una vanidad de plebeya triunfante: Juan, duque de Gandía; César, duque del Valentinado; Jofre, príncipe de Esquilache; Lucrecia, duquesa de Ferrara.
Los dos hijos anteriores del cardenal Borja desaparecieron antes de su papado. Jerónima moría joven y sin historia. Su verdadero primogénito, Pedro Luis (igual nombre que su tío, el favorito de Calixto III), después de una brillante y rápida juventud se extinguía igualmente. El cardenal lo había enviado á España para que hiciese la guerra contra los moros á las órdenes de Fernando el Católico, distinguiéndose en varios combates como soldado ardoroso. Su padre compraba para él un ducado, el de Gandía, consiguiendo, además, que se desposase con doña María Enríquez, hija de un tío del rey don Fernando. El joven tuvo que volverse á Roma en 1488, donde enfermó gravemente, muriendo poco después, y el ducado de Gandía pasó al primer hijo de la Vannoza, el llamado Juan, destinado por su padre á ser hombre de guerra.
César, el segundo hijo de la romana, dedicábalo Rodrigo desde su niñez al estado eclesiástico, sin consultar su voluntad. Seguía con esto la tradición de la familia; el hermano mayor debía ser soldado y el segundo cardenal; lo mismo que Pedro Luis y él, bajo Calixto III.
El eterno vicecanciller era de mano larga para la protección de los suyos. Sixto IV dispensaba al pequeño César, teniendo éste cinco años, del obstáculo canónico para recibir las órdenes, por ser su padre un cardenal-obispo y su madre una mujer casada. A los siete lo hacía protonotario, dándole, además, beneficios eclesiásticos en Játiva y otras ciudades españolas.
Inocencio VIII le nombraba obispo de Pamplona siendo niño aún. Esto no parecía extraordinario en aquel tiempo. Pocos eran los obispos residentes en sus diócesis. Los que recibían la investidura episcopal enviaban á un sacerdote para que gobernase en su nombre, preocupándose solamente de cobrar las rentas de su mitra.
—Yo he leído repetidas veces—continuó Enciso—la carta del cardenal Borja al cabildo de Pamplona anunciándole el nombramiento de este obispo de diez años. Una obra admirable por su amabilidad insinuante y el conocimiento que revela su autor del egoísmo humano. Recuerda el cardenal á los canónigos de Pamplona que es vicecanciller de la Santa Sede, tan poderoso casi como el Papa, y se ofrece á ellos y á su iglesia para servirles en Roma. ¿Cómo no contestar agradecidos?...
Jofre, único de sus hijos, insignificante y sin historia, que recibió el mismo nombre puramente valenciano de su abuelo, fué también en su infancia canónigo y arcediano de la catedral de Valencia. Lucrecia, por su sexo, no podía aspirar á ninguna prebenda eclesiástica, y su padre la destinó á unirse en matrimonio con el hijo de alguno de aquellos señores de la nobleza valenciana, grandes amigos de la familia Borja desde los tiempos en que Calixto III figuraba como secretario del rey Alfonso.
Los contemporáneos de Rodrigo tuvieron á éste por «hombre de ingenio, hábil para todo, de altos pensamientos, sagaz por naturaleza y de admirable actividad en el manejo de los negocios». No era gran orador, pero mostraba una palabra elocuente en conversaciones y pequeñas asambleas, que parecía agrandar sus conocimientos literarios deslumbrando al auditorio.
—Me lo imagino—siguió diciendo don Manuel—cuando ya Pontífice hablaba á cardenales y embajadores. Su voz fué indudablemente abaritonada, en consonancia con su figura majestuosa y sus ojos negros, acariciadores y tenaces. Debió tener mucho de hombre de teatro, expresándose á todas horas con cierta solemnidad, lo que es bastante común en las gentes del Mediterráneo.
Recordó Enciso la relación de un embajador de Venecia á su gobierno, hablando de esta oratoria algo dramática que usaba Alejandro VI, no sólo en los actos públicos, sino igualmente en la vida privada. Cuando el Papa tenía que comunicarle algo secreto (y muchas veces el tal secreto era un engaño diplomático), lo hacía entrar en un pequeño gabinete, cerraba la puerta por dentro, y señalándole un sillón, decía con majestuosa gravedad:
—Sentaos, embajador, y todo cuanto aquí hablemos sólo tres lo sabrán: vos, yo... y Dios que nos escucha.
Levantaba la mano al decir esto señalando al cielo, y era tan solemne el tono de su voz, que al veneciano, no obstante ser un escéptico y tener al Papa por admirable comediante, le era imposible impedir la propia emoción.
Su palacio, sito en el comedio del camino entre el puente de Sant Angelo y el Campo di Fiore, lo consideraban entonces el mejor de Roma.
—Puede usted verlo cuando quiera, querido Borja. Es el actual palacio Sforza Cesarini.
Sólo el cargo de vicecanciller le producía anualmente 8.000 ducados de oro. Sus obispados dábanle mayores rentas, y todos conocían en Roma sus numerosas alhajas, su afición á las perlas, sus tapices, sus ricos ornamentos sacerdotales, su biblioteca abundante en libros de literatura y de ciencias. Como jinete que había empezado á cabalgar á la edad de ocho años, tenía una caballeriza mejor que la del Papa y la de muchos reyes. Todos sospechaban, además, que guardaba ocultos valiosos tesoros en dinero acuñado. Durante treinta y siete años de cardenalato había ido acumulando riquezas, no obstante su generosidad y la opulencia de su vida. Era una reserva irresistible para cuando llegase el momento de entablar la batalla con su adversario Juliano de la Rovere.
La luenga agonía de Inocencio VIII dió tiempo al Sacro Colegio para evitar aquellas alteraciones del orden público que seguían á la muerte de todo Pontífice, y el cónclave se reunió en medio de una relativa tranquilidad. «Sólo han sido unos centenares los heridos y muertos», decía un embajador al relatar los sucesos de Roma después del fallecimiento de Inocencio.
El 6 de Agosto de 1492 se reunía el cónclave en la Capilla Sixtina, compuesto de veintitrés cardenales, y el sermón de costumbre era pronunciado por el obispo español don Bernardino López de Carvajal, describiendo el grave estado de la Iglesia y excitando á los cardenales á «una pronta y buena elección».
Juliano de la Rovere, verdadero Papa durante el pontificado de Inocencio, quería ocupar ahora directamente la silla de San Pedro, apelando al soborno de los cardenales dispuestos á tal venalidad, lo mismo que había hecho en la elección anterior. Como estaba al servicio de los intereses de Francia, se contaba en Roma que el rey Carlos VIII había hecho depositar en un Banco 200.000 ducados para su elección, y otros 100.000 la república de Génova.
Todos los genoveses de Roma daban por seguro el encumbramiento de su compatriota. El rey de Nápoles también parecía inclinarse hacia Juliano.
Frente á él figuraban como candidatos probables el cardenal portugués Costa, varón de austeras costumbres, Ascanio Sforza, el cardenal Caraffa y sólo en cuarto lugar Rodrigo de Borja.
Únicamente el obispo Boccacio, embajador de Ferrara, vió con más claridad que los otros diplomáticos residentes en Roma. «Borgia—dijo en una comunicación á su gobierno—tiene el cargo de canciller, que equivale á un segundo Papa, y tantos obispados, tantas abadías ricas, tantas rentas de miles y miles de ducados, tantos palacios, que tal vez acaben por elegirlo los cardenales, con la esperanza de que así quede vacante lo que ahora posee y poder repartírselo».
Pesaba contra él su calidad de español. Muchos cardenales italianos no querían hablar siquiera de la posibilidad de un Papa extranjero, «un Papa ultramontano», nacido más allá de los Alpes.
Como si Boccacio el de Ferrara hubiese conocido de antemano las intenciones del cardenal de Valencia, éste, que aparecía como el último de los candidatos, fué iniciando hábilmente su obra de amigable soborno frente á los trabajos de la misma índole realizados por su adversario Juliano con el dinero de Francia y de Génova.
Ascanio Sforza, convencido de que no reuniría bastantes sufragios para que lo eligiesen Papa, empezó á escuchar las tentadoras proposiciones de su amigo Borgia. Este le ofreció, á cambio de sus votos, el cargo de vicecanciller, su propio palacio con todos los muebles y riquezas que tanto admiraba Sforza, y además el castillo de Nepi, el obispado de Erlau, que daba una renta de 10.000 ducados, y otros beneficios.
Las fuertes é importantes ciudades de Monticelli y Soriano, que eran suyas, las cedió al cardenal Orsini con la legación de la Marca y el obispado de Cartagena. Al cardenal Colonna, la abadía de Subiaco con todos los lugares fuertes que la rodeaban; al cardenal Savelli, Civita-Castellana y el obispado de Mallorca; á Palavicini, el obispado de Pamplona, que era de su hijo César; al cardenal Michiel, el obispado de Porto, y á los cardenales Sclafenati, San Severino y Riario, otras ricas abadías y valiosos beneficios. Hasta el cardenal Domenico de la Rovere abandonó á su pariente Juliano porque Borgia le ofrecía mayores recompensas. Además, los cardenales aseglarados esperaban bajo su gobierno una existencia más grata aún que la que habían llevado hasta entonces.
Con los votos que Borgia consideraba propios y los del partido de Sforza, llegó á reunir catorce. Le faltaba uno para obtener la mayoría de los dos tercios, pero resultaba difícil conseguirlo. Ninguno de los del bando de Juliano quería ceder, conociendo la rivalidad implacable entre su jefe y Rodrigo. Sólo quedaba el anciano cardenal Gerardo, de noventa y cinco años, casi irresponsable, al que pretendían ganar uno y otro bando; pero el insinuante Borgia y el hábil Sforza consiguieron al fin conquistar á este macrobio, y su voto fué decisivo en favor del cardenal de Valencia.
En la madrugada del 11 de Agosto se abrió la ventana del cónclave para anunciar que el vicecanciller Rodrigo de Borja había sido elegido Papa y tomaba el nombre de Alejandro VI.
Tal noticia fué acogida con estupor en el primer momento. Muy pocos habían creído en la posibilidad de que triunfase. Era un extranjero, un español, y todos temían que surgiese un nuevo cisma si conseguía la tiara un cardenal no italiano.
Aquí pudo verse el prestigio simpático que Borgia había adquirido en Roma y el concepto en que le tenían las diversas cortes de Italia, así como el resto de Europa.
En vano sus enemigos murmuraron contra los procedimientos empleados en el cónclave, y escribió el mordaz Infesura que «Alejandro VI, para ser creado Papa, había repartido antes sus bienes á los pobres». Pasado el primer instante de sorpresa, todos reconocieron que este cardenal, versado como muy pocos en los asuntos eclesiásticos por haber sido vicecanciller durante cinco Papados, resultaba el Pontífice más oportuno en aquel momento.
Poseía las condiciones de un gran soberano temporal, y nadie como él guiaría á la Iglesia entre las dificultades presentes. Alababan también su celo incansable para el trabajo, recordando que en treinta y siete años de vida cardenalicia no había dejado de asistir á un solo consistorio, salvo en casos de enfermedad, lo que no podía decirse de ningún otro cardenal.
Al pueblo de Roma, admirador de hermosas exterioridades, le gustó mucho este nuevo Papa, majestuoso como un rey. El célebre Pico de la Mirandola escribió un panegírico en honor del nuevo Pontífice, ensalzando todos sus méritos, hasta el de su hermosura corporal.
—De sus amores faltos de recato—dijo don Manuel—y de sus hijos reconocidos nadie hizo caso. En la Italia de entonces, lo mismo que en las demás naciones cristianas, juzgábanse los escándalos de las altas personalidades eclesiásticas con una indulgencia que ahora nos parece increíble. Era algo que se veía todos los días, mereciendo solamente comentarios regocijados. Los mismos enemigos de Borja hubieron de reconocer que dentro y fuera de Italia fué saludada su elección con sinceras muestras de alegría.
Lo mismo que Juan Pico de la Mirandola (el autor más popular entonces), muchos literatos escribieron para hacer públicas sus esperanzas, viendo en el trono pontificio á «un hombre de condiciones tan eminentes, lleno de fuerzas prometedoras de un brillante y largo Pontificado».
En el atardecer del mismo día de la elección, los «conservadores» de Roma, nombre que se daba entonces á sus ediles, juntos con los ciudadanos más distinguidos de la ciudad, en número de ochocientos, se dirigieron á caballo y con antorchas á la residencia papal, para prestar homenaje al nuevo Pontífice. En las calles llameaban alegres fogatas. El pueblo daba gritos aclamando al antiguo cardenal de Valencia.
Su coronación, el 26 de Agosto, resultó una ceremonia extraordinaria por su fastuosidad. Los embajadores escribían á sus cortes que «nunca se había visto una coronación tan esplendorosa». Toda la nobleza de los Estados pontificios acudía á Roma. Las calles ostentaban ricos tapices, guirnaldas de flores, arcos de triunfo con poesías laudatorias para Alejandro VI, escritas en el estilo pagano, de moda entonces. Tales eran el entusiasmo y la adulación inspirados por Borja, que en uno de los arcos figuraba este dístico: