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A los pies de Venus (los Borgia)

Chapter 14: V
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About This Book

La novela arranca con la transformación vital de un joven tras el encuentro con una viuda seductora, y sigue su relación apasionada y cosmopolita, marcada por la exaltación amorosa, la exhibición social y la tensión entre deseo y reputación. En capítulos posteriores la narración amplía su foco hacia una saga familiar poderosa, retratando ambiciones políticas, luchas por el poder y las intrigas que generan enemigos y una reputación negativa. A través de episodios íntimos y panorámicas históricas se exploran la corrupción del poder, la supervivencia social y la ambivalencia moral de personajes públicos y privados.

Un César hizo grande á Roma, y ahora la levanta Alejandro,
osadamente, hasta el cénit. Hombre fué aquél; éste un dios.

Los cronistas expresaban con ingenuidad la admiración provocada en el pueblo por este Pontífice «grande de cuerpo, rebosando salud, de aspecto naturalmente majestuoso, montado en un corcel blanco como la nieve, con aire de experto jinete, el rostro sereno, bendiciendo á la muchedumbre con nobleza». Uno de ellos, Miguel Fernus, terminaba el relato de la gran fiesta con estas exclamaciones: «¡Qué serenidad noble en su frente! ¡Qué liberalidad en su mirada! ¡Cómo la veneración que inspira se aumenta con el brillo y el equilibrio de una hermosura enérgica y con la salud floreciente de que goza!»

Tardó la comitiva papal muchas horas en ir desde el Vaticano hasta Letrán, á través de una multitud enardecida que luchaba con los guardias papales para poder tocar los pies del nuevo Pontífice ó su caballo blanco.

Como era en Agosto, el ardor del sol y el polvo flotante en la atmósfera produjeron numerosos desmayos. El mismo Papa, á pesar de su recia complexión, fué acometido de un síncope al echar pie á tierra frente á la basílica de Letrán y no volvió en sí hasta que le rociaron el rostro con agua.

—Esta apoteosis espontánea—siguió diciendo Enciso—, no obtenida por ninguno de los Pontífices anteriores, contrastó con los inauditos insultos y las inverosímiles calumnias de que iba á ser objeto Alejandro, algunos años después, por parte del mismo pueblo romano y de los poetas que ahora le ensalzaban hasta la adulación.

El resto de Italia se unía al entusiasmo de Roma. En Milán y Florencia hubo grandes regocijos públicos para celebrar el advenimiento del Papa español. Pudo influir en Milán el hecho de ser el cardenal Ascanio Sforza pariente del soberano milanés y gran amigo del nuevo Pontífice; pero Florencia se asoció igualmente á dicho homenaje, y hasta en la república de Génova, patria de su enemigo Rovere, todos los que no eran partidarios de la mencionada familia recordaron con gratitud á Calixto III, saludando la elección de su sobrino. En Alemania afirmaban los cronistas que «el mundo tenía mucho que esperar de las virtudes del nuevo Pontífice», y el regente de Suecia le envió embajadores con un regalo de caballos magníficos y preciosas pieles.

Durante los primeros tiempos de su gobierno fué justificando las esperanzas que su elección había hecho sentir á la mayoría de sus contemporáneos. Impuso ante todo el orden en Roma, para que sus habitantes pudiesen vivir tranquilamente.

Sólo en los pocos días transcurridos entre la última enfermedad de Inocencio VIII y la coronación de Alejandro VI se habían perpetrado en Roma doscientos veinte asesinatos. Por voluntad del Pontífice, cuatro delegados suyos oyeron las quejas de los vecinos, y el mismo Alejandro concedió audiencia á los que deseaban presentarle sus reclamaciones directamente.

Para ordenar la hacienda de la Iglesia dió ejemplo de economía, dedicando á los gastos de su casa, todos los meses, setecientos ducados nada más (unos 3.500 francos). Su mesa era de tal simplicidad, que los cardenales, acostumbrados á suntuosos banquetes, consideraban una desgracia recibir convites del Pontífice, especialmente su amigo Ascanio Sforza. El cardenal Juan de Borja, sobrino del Papa, y su mismo hijo César, procuraban también evitar estas comidas de un solo plato.

Todos los embajadores lo elogiaban. Era el Papa deseado que iba á reformar la despilfarradora corte de Roma, á restablecer el orden en la ciudad, á inaugurar una vida pontifical modesta y justa, con arreglo á los principios cristianos. Conocían su existencia anterior, su juventud y su madurez extremadamente alegres, sus amantes y sus hijos; pero en aquella época todos hacían diferencia entre el hombre y la función, y el hecho de que el cardenal Rodrigo de Borja hubiese vivido escandalosamente, como tantos otros, no hacía dudar de que pudiera ser un gran Papa.

—Por desgracia—siguió diciendo don Manuel—, un exagerado amor á los suyos, el deseo de elevar la casa de los Borgia á un poderío permanente, dominó sus pensamientos y designios. En el fondo era lo mismo que había intentado Calixto III al proteger á su sobrino Pedro Luis; pero Alejandro VI ponía en sus deseos mayor vehemencia, y además, sus herederos no eran sobrinos, sino hijos. Apenas se vió Papa recompensó á sus cardenales electores dándoles todo lo prometido, y en el mismo consistorio otorgó á su hijo César (de quince años entonces) el arzobispado de Valencia, creado por el Pontífice anterior á instancias suyas, una de las mitras más ricas de la cristiandad, rentando al año 16.000 ducados de oro. A la vez nombró cardenal á su sobrino Juan de Borja, que era ya arzobispo de Monreale.

Sonrió amablemente el diplomático, como si pidiera á Claudio que le perdonase lo que iba á decir, teniendo en cuenta su calidad de español.

—No hay que olvidar, además, la invasión que sufrió Roma de parientes y compatriotas de los Borgia. Llegaban muchos valencianos sin más título que el de ser de la misma tierra que Alejandro, y mayor número de españoles de otras regiones de la Península, enardecidos por la novedad de ver un Papa compatriota de ellos. Fué á modo de una nube de langosta que se posó sobre el Vaticano, sus dependencias y propiedades. La marcha á Roma en tiempo de Calixto III resultaba insignificante en comparación con la que inició el triunfo de Alejandro VI.

Era éste liberal y dadivoso por naturaleza, y aunque había pasado casi toda su vida en Italia y tenía en ella sus mejores amigos, le gustaba verse rodeado de españoles, hablándoles en el idioma natal. Los empleos más íntimos de su servicio dábalos á gentes de Valencia, con las que podía expresarse en valenciano, lengua familiar de los Borgia.

A estas causas que perturbaron los buenos propósitos del Pontífice, impulsándolo á vivir poco más ó menos como sus antecesores, vino á unirse otra de mayor escándalo, un amor tardío, una pasión senil, que divirtió al principio á las gentes de Roma y luego á toda Italia.

Sus relaciones con la Vannoza no eran ya mas que un lejano recuerdo, atestiguado por la existencia de cuatro hijos: Juan, César, Lucrecia y Jofre. Estos amoríos con la buena moza del Transtevere habían empezado al regreso de su legación en España. Cuando el cardenal Borja tenía cincuenta y dos años, ella contaba ya cuarenta, no inspirando ningún deseo al poderoso personaje. Además, esta romana no menos fecunda que ardiente, al abandonarla el cardenal, tomó un segundo marido, letrado intrigante, sin ningún escrúpulo sobre el pasado de su mujer.

Después de tal separación, Rodrigo de Borja había vivido mucho tiempo sin dar ningún escándalo público, mientras algunos de sus compañeros del Sacro Colegio jugaban desenfrenadamente ó mantenían con ostentación á sus amantes. Sólo parecían preocuparle los cuatro hijos de la Vannoza, atendiendo á su porvenir. Los había alejado de la casa de su madre por juzgar que esta transtiberina guapetona, apasionada, de buenos sentimientos, pero ignorante y vulgar en sus gustos, no podía ser una buena educadora.

Figuraba entonces en la aristocracia romana una sobrina suya, Adriana de Milá y Borja, nieta de Catalina de Borja, la segunda hermana de Calixto III.

—Sabe usted que las hermanas del primer papa Borja, apodadas en Valencia «las Bisbesas» (las Obispas) cuando Alfonso de Borja no era mas que obispo de aquella ciudad, se preocuparon de casar á sus hijas con caballeros de la más alta nobleza valenciana. Las «Obispas» hasta habitaban el palacio episcopal de Valencia, por estar ausente su hermano, recibiendo en sus salones á los novios de sus niñas. Esto lo hicieron tres de las hermanas, pues la menor de ellas, doña Francisca, quedó soltera, muriendo en olor de santidad. Fué una precursora de San Francisco de Borja, en esta familia de individualidades enérgicas, donde todos se mostraron extremados, llegando á ser santos ó grandes pecadores.

Doña Catalina, hermana mayor de doña Isabel, la madre de Rodrigo, contrajo matrimonio con un noble caballero de Játiva, don Juan de Milá, y nieta suya era esta doña Adriana, que pasó á Roma como descendiente de un Papa y sobrina del famoso cardenal vicecanciller, llegando á casarse con Luis Orsini, dueño del lugar de Basanello.

Dicha señora había quedado viuda con un solo hijo, y era muy dada á la vida elegante, ostentando vanidosamente su doble calidad de Borgia y de Orsini. Para el vicecanciller representaba una buena suerte tenerla á mano, y le confió la educación de sus cuatro hijos en el palacio que ella poseía en Roma, cerca de Monte Giordano.

Adriana de Milá, con todas sus pretensiones aristocráticas, era pobre y vivía obediente á lo que le mandase su tío, cada vez más poderoso.

—Hay que reconocer su obra de preceptora—siguió diciendo don Manuel—. Los cuatro hijos de la populachera Vannoza, bajo la dirección de esta Orsini valenciana, adquirieron todos los conocimientos escogidos que podían obtener en aquella época los primogénitos de los príncipes. Debió ser hembra enérgica y algo dura en sus lecciones. Lo prueba el hecho de que los hijos del Papa, cuando fueron personajes célebres, aunque no dejaron de tratar á su prima y maestra, mostraban siempre hacia ella cierta frialdad rencorosa.

Se interrumpió un momento el diplomático, para añadir con malicia:

—Tal vez, aparte de esto, la odiaban por el papel que desempeñó cerca del padre. En los años anteriores á su papado, allá por el 1489, Rodrigo de Borja experimentó una emoción profunda al visitar á su sobrina Adriana. Sus hijos Juan y César ya no estaban al lado de ella. Seguían sus estudios lejos: César en la Universidad de Perusa, aprendiendo las bellas Letras y ejercitándose en todos los deportes de entonces. Lucrecia, destinada á un precoz casamiento de conveniencia política, también se había alejado de su aristocrática prima, así como Jofre. En cambio encontró en el palacio de la Orsini á una jovencita rubia, de una belleza que empezaba á ser célebre en Roma, la cual, según costumbre de aquel tiempo, estaba prometida en matrimonio, desde su niñez, al hijo de Adriana, llamado Ursino Orsini. Dicha adolescente, Julia Farnesio, era de tal hermosura que todos la designaban con el simple nombre de «la bella Julia». La alegría y malicia de su carácter resultaban tan extraordinarias como su belleza. Tenía diez y ocho años, y el cardenal podía ser dos veces su padre, por contar cuarenta más que ella. La viuda de Orsini se percató inmediatamente de la profunda impresión que «la bella Julia» había causado en su tío. Este acababa de cumplir cincuenta y ocho años, la edad de las grandes pasiones para los libertinos viejos que se sienten tentados por una extremada juventud.

Movida Adriana por sus vanidades aristocráticas y un desorientado deseo de engrandecer á su hijo, pensó sin duda en las muchas familias nobles que debían su prosperidad al hecho de haber sido alguna de sus mujeres amante de un rey. Su tío el cardenal podía llegar á monarca algún día, pues los más consideraban segura su ascensión al Pontificado.

La maliciosa y precoz Farnesio pensó lo mismo. Además seducía su vanidad de romana verse solicitada por el más eminente de los príncipes del Sacro Colegio. No salieron fallidos los cálculos de «la bella Julia». Sus amores con este personaje que podía ser su abuelo sirvieron de punto de arranque á la vertiginosa ascensión de la familia Farnesio.

Sólo había producido hasta entonces dicha familia pequeños señores pobres, y á partir del amancebamiento de Julia con el futuro Papa, se encumbró de un modo rápido. Alejandro VI hizo cardenal á Alejandro Farnesio, hermano mayor de su tierna amante. El pueblo romano, al conocer tal nombramiento, dió al nuevo príncipe de la Iglesia el apodo de cardenal de la gonnella, «cardenal de la falda» ó «cardenal faldero». Aludía con esto á las faldas de «la bella Julia» y á los libertinajes de dicho Farnesio, más escandalosos y violentos que los de los Borgia.

Este «cardenal faldero» no perdía el tiempo en cortejos, ni atraía á las mujeres «como el imán», según decían de Rodrigo de Borja en su juventud. Robaba simplemente á mano armada todas las que habían excitado sus deseos, aunque para ello tuviese que derramar sangre. Años después, el hermano de «la bella Julia» llegó á ser Papa con el nombre de Paulo III, y la última de las Farnesio, la reina Isabel del mismo apellido, moría en 1758 ocupando el trono de España.

—Sabe usted, querido Claudio, que el protegido del papa Borgia fué más afortunado que éste después de su muerte. Los restos de Alejandro VI los guarda una tumba modesta en la iglesia de Montserrat, que es la de los españoles en Roma, mientras los de Paulo III, el «cardenal faldero», se ofrecen á la veneración del mundo cristiano en un monumento imponente dentro de la basílica de San Pedro, figurando al pie del sarcófago una estatua de la Justicia, para la que sirvió de modelo su graciosa hermana, al principio completamente desnuda, y cubierta casi en nuestros tiempos con una camisa metálica para que no se escandalicen los fieles.

Veíase Rodrigo de Borja elegido Papa en el momento que más intensa era su pasión por esta amante primaveral y maliciosa. Adriana, la suegra de Julia, amparaba dichos amores. La había casado con su hijo Ursino Orsini, y al día siguiente del matrimonio, que se celebró en el mismo palacio del cardenal, salía el joven esposo para su castillo de Basanello, mientras la Farnesio se quedaba en Roma con el título de dama de honor de Lucrecia, hija del vicecanciller. Este, terriblemente prolífico, hacía madre á «la bella Julia», llamada también «la Farnesina», en 1492, poco antes de ser elegido Papa.

—Lo increíble—dijo Claudio—fué que aún tuviese de ella un segundo hijo, Juan de Borja, en 1498, cuando ya contaba sesenta y siete años de edad y cinco de Pontificado.

Este hombre de ardores impetuosos, á pesar de su vejez, satisfacía durante mucho tiempo los sentidos y las ilusiones de «la bella Julia». Mostraba ésta menos cuidado que su sacro amante en ocultar el escándalo de tales amoríos.

Ni ella ni su suegra Adriana, desmoralizadas por las costumbres licenciosas de la aristocracia á fines del siglo XV, veían ningún sacrilegio en el hecho de ser amante de un Pontífice. La Farnesio hasta exhibía su concubinaje por los vivos halagos que proporcionaba á su vanidad.

La envidiaban, la felicitaban, y en vez de huir las gentes de ella, la perseguían con adulaciones y súplicas, implorando su preciosa protección.

Grandes familias de Italia tenían como origen de su poder el haber estado emparentadas con mancebas de Pontífices en los siglos XIV y XV. Así habían obtenido honores y beneficios. Algunos hombres de fe ardorosa y costumbres puras gritaban contra la licencia de la corte papal, pero la gente sólo veía en ellos unos fanáticos, indignos de interés, no dando importancia á la conducta privada de los Papas. Cuando más, reían de éstos, pero sin indignarse.

Al avanzar Alejandro VI en su pontificado, creándose cada vez mayores enemigos á causa de su política, las inscripciones injuriosas y las sátiras anónimas empezaron á llamar á Julia Farnesio «la esposa de Cristo».

Tal apodo sacrílego nunca la hizo llorar; antes bien, despertó su regocijo, encontrándolo ingenioso. Representaba una broma, no un insulto. Lo importante para ella era que prosperasen los Farnesio á la sombra del Pontificado.

—Y hay que reconocer—dijo el joven español, comentando las palabras del diplomático—que consiguió sus deseos. Cuentan que la hermosa y pizpireta «Farnesina», tan fácil en la distribución de sus encantos, después de la muerte de Alejandro VI fué amante de Julio II, el implacable enemigo de los Borgia, para que siguiese protegiendo á su hermano, el futuro Paulo III. Supo trabajar con sus herramientas naturales, de un modo incansable, para el triunfo de la parentela... ¡Un Papa y una reina Farnesio!... Todo gracias á Rodrigo de Borja y á su inagotable capacidad amorosa, simbolizada por el toro rojo, emblema de su familia.

IV

De cómo se casó por primera vez Madona Lucrecia, y su padre partió el mundo en dos pedazos.

Enciso continuó describiendo á Alejandro VI tal como lo veía á través de sus lecturas.

—Si se hubiese limitado á gobernar la Iglesia, sin intervenir en la política de su tiempo, los excesos de su conducta privada habrían quedado olvidados como los de otros Pontífices. Pero el deseo de robustecer la autoridad papal, desobedecida y menospreciada más allá de las puertas de Roma, no le dejó vivir en pacífico egoísmo. Además era español, y Fernando el Católico, el más astuto diplomático de aquella época, pretendía dirigirlo como un autómata, creándole temibles adversarios y dejándolo abandonado algunas veces después de meterlo en difíciles aventuras. Los que juzgan á Rodrigo de Borja como un político sin entrañas, guiado únicamente por su interés personal, olvidan que vivió en un tiempo de reyes ladinos y complicados: el terrible Luis XI de Francia, Fernando V de España y Enrique VII de Inglaterra. Al lado de estos hombres, de un disimulo y una falsía desconcertantes, Alejandro VI y aun el mismo César Borgia resultaban francos y de noble conducta.

Tenía que gobernar el nuevo Papa en medio de la anarquía de los Estados italianos. Su enemigo Rovere, enfurecido por su elección, poníase de acuerdo con el rey de Nápoles, adversario de la familia Borgia desde los tiempos de Calixto III. El reino de Nápoles, así como Florencia y otros Estados, se ensanchaba quitando tierras al patrimonio de la Iglesia.

Pocos soberanos tuvieron que luchar con dificultades tan enormes como Alejandro VI. Apenas sentado en el trono pontificio, Franceschetto Civo, hijo de su antecesor Inocencio VIII, vendía á Virgilio Orsini, capitán general al servicio del rey de Nápoles, los Estados de Cervetti y Anguillara que había recibido en feudo de su padre el Papa. Dicho Orsini no podía poseer los 40.000 ducados que entregó á Civo. Todos sabían que la mencionada cantidad la había facilitado el rey de Nápoles para colocar un pie, de este modo, dentro de los dominios pontificios. Juliano de la Rovere mediaba en la operación para crear conflictos á su adversario.

Indignóse la mayoría del Sacro Colegio contra esta conducta de un cardenal, tan desfavorable para los intereses de la Iglesia, y Rovere huyó de Roma, yendo á encerrarse en la ciudadela de Ostia, junto á la desembocadura del Tíber, juzgada inexpugnable por todos los de la época y que le mantenía en comunicación con Nápoles.

Al mismo tiempo, Ludovico Sforza, apodado «el Moro», que gobernaba el ducado de Milán como tutor de su sobrino Juan Galeas Sforza, negábase á entregar á éste su Estado. Juan Galeas había contraído matrimonio con Isabel de Aragón, perteneciente á la dinastía de Nápoles, y ella impetraba el auxilio del rey napolitano para que defendiese la herencia de su marido.

Para no efectuar Ludovico Sforza dicha restitución, incitaba al nuevo rey de Francia, Carlos VIII, hijo del terrible Luis XI, á que invadiese Italia, apoderándose de Nápoles, cuya corona había pretendido siempre como heredero de los Anjou.

Toda la península italiana se veía envuelta en una red de intrigas, y Alejandro VI necesitaba moverse entre dificultades interminables, armándose unas veces contra Nápoles y ajustando luego alianzas con sus reyes, rechazando las pretensiones de Carlos VIII y fingiendo á continuación admitirlas mientras las combatía en secreto.

Empezaba á vivir junto á él su hijo César, y á pesar de que éste aún no contaba diez y siete años, su padre le hacía saber los secretos y enredos de la vida italiana, teniendo muy en cuenta sus palabras.

—Estos Borgia jóvenes—dijo el diplomático—fueron de asombrosa precocidad á juzgar por las cartas que poseemos de ellos, en las cuales el padre y los hijos tratan de los asuntos públicos. Un hombre de tan gran talento político como Alejandro VI consulta á Lucrecia cuando ésta tiene catorce años. El mayor, Juan de Borgia, hermoso, bravucón y vano, así como Jofre, el más insignificante de todos, sólo piensan en vivir y en brillar, mostrando una deplorable inferioridad mental comparados con César y Lucrecia.

César se había educado en la Universidad de Perusa, entre dos camaradas de estudio y á la vez guardianes puestos por su padre, ambos españoles: Juan Vera, natural de Valencia, que era á modo de ayo suyo, y Francisco Remolino de Ilerda, casi de su misma edad.

Gustaba especialmente de los estudios literarios, escribía versos, y en dicha Universidad le sorprendió la noticia de que su padre era Papa, no volviendo á Roma hasta el año siguiente (1493).

Boccacio, embajador de Ferrara, el único que supo adivinar la elección de Alejandro, se hizo gran amigo de César, describiéndolo como un príncipe laico, elegante y mundano, á pesar de su nombramiento de arzobispo de Valencia y su próxima elevación al cardenalato. Lo veía unas veces vestido de seda, otras luciendo rico traje de caza, siempre con la espada al costado, y apenas si un pequeño redondel abierto en su cabellera recordaba la tonsura eclesiástica. Elogió su humor sereno, su alegría continua, así como cierta modestia en la conversación, que le hacía muy preferible á su hermano Juan, el duque de Gandía.

—Las descripciones de este obispo Boccacio parecen referirse á un hombre de treinta y cinco años, tal era el conocimiento de los negocios públicos mostrado por César y su asombrosa precocidad para juzgarlos... Y en dicha época sólo tenía diez y siete.

Necesitaba Alejandro crearse alianzas para hacer frente á los soberanos italianos y salvar al mismo tiempo los intereses de la Iglesia. Como el rey de Nápoles era su más temible enemigo, procuró buscar auxiliares contra él valiéndose del matrimonio de los suyos.

—No hizo con esto—dijo Claudio Borja—mas que imitar á su amigo Fernando el Católico. Este se proporcionaba aliados en Europa casando á sus hijas, por razones políticas, sin consultar su voluntad ni preocuparse de su porvenir doméstico. La suerte de Juana la Loca y de Catalina de Aragón, mujer de Enrique VIII de Inglaterra, prueban el mal éxito de una diplomacia sin entrañas.

Según costumbre de entonces, el cardenal Rodrigo, antes de ser Papa, había procurado ligar á su hija por medio de una promesa de casamiento con altas familias que acrecentasen el prestigio de los Borja. Y como estaba en relación con los más poderosos nobles de Valencia, ajustaba primeramente el matrimonio de Lucrecia, cuando sólo tenía ocho años, con don Querubín de Centelles, señor del valle de Ayora, y luego, siendo aquélla de once, con don Gaspar de Prócida, conde de Almenara. De no ser elegido Papa, la célebre Lucrecia Borgia se habría casado con un noble de Valencia, yendo á llevar en la tierra de su padre una vida de señora tranquila y sin historia, teniendo muchos hijos y entregándose á austeras devociones al perder su belleza y su juventud.

—Esta era tal vez su vocación verdadera—añadió don Manuel—. Sabe usted que á pesar de sus éxitos mundanos y de la elevada posición en que acabó sus días como esposa de príncipe reinante, usaba cilicio debajo de sus vestiduras lujosas y murió de un mal parto, luego de haber tenido varios hijos.

La elección papal de su progenitor la alejó de España. Alejandro VI no podía ya unir á Lucrecia con un noble de su país. Era poca cosa para una hija única que necesitaba emplear como instrumento diplomático, lo mismo que hacían los reyes.

Dió una indemnización de 3.000 ducados á don Gaspar de Prócida para que no reclamase más á su futura, haciendo valer un antiguo contrato matrimonial firmado ante notario, y casó á Lucrecia con Juan Sforza, señor de Pésaro, pequeño Estado feudatario de la Santa Sede, á orillas del Adriático.

En realidad, no valía éste más que los dos prometidos españoles, pero el modesto señor de Pésaro era sobrino de su gran amigo el cardenal Ascanio Sforza y sobrino también de Ludovico «el Moro», déspota de Milán, interesado especialmente en apoyar al Papa contra Nápoles.

La boda se celebró en Febrero de 1493, con la condición de que los cónyuges no se juntarían maritalmente hasta pasado un año. Lucrecia apenas contaba trece años, y era prudente retardar la consumación del matrimonio. El marido, que ya era de veintiséis, se hizo representar en Roma para la ceremonia nupcial, quedándose en su ciudad de Pésaro, donde celebró tal acontecimiento con una gran fiesta.

—El legado del Papa en Pésaro, un obispo, presidió el baile dado en el castillo para solemnizar la boda. Las danzas duraron toda la noche, y dicho obispo las hizo continuar en las calles, guiando una cadena de invitados que en forma de «farandola» corrió toda la ciudad. En nuestros días resulta difícil imaginarse tal fiesta: un baile en un palacio, el Nuncio del Papa dirigiendo las danzas y colocándose, finalmente, con su sotana violeta, á la cabeza de una larguísima fila de caballeros y señoras, saltando con ellos á través de las calles iluminadas, entre los aplausos y aclamaciones de una muchedumbre popular asociada á tal regocijo. En aquel tiempo parecía todo esto natural y corriente. Por ello insisto, amigo Borja, que para juzgar á los remotos antecesores de usted, es preciso conocer antes las costumbres de la época y formarse una opinión de acuerdo con ellas.

Inquietó al rey de Nápoles el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza. Significaba la unión del Papado con el duque de Milán, y para contrabalancearla restableció el rey Ferrante sus relaciones con Alejandro VI, iniciando un proyecto de matrimonio entre César y una de sus hijas naturales.

Dos bastardos reconocidos y generosamente dotados podían servir para una alianza diplomática en aquellos tiempos que la mayor parte de los príncipes ostentaban un nacimiento ilegítimo. El rey de Nápoles también era bastardo de Alfonso el Magnánimo. Además, no era un secreto que César, arzobispo de Valencia, detestaba la carrera eclesiástica.

Había seguido el Papa ciegamente una tradición de familia. Su hijo mayor, Juan, debía ser hombre de espada, á semejanza de Pedro Luis bajo el reinado de Calixto III. César, el segundo, iba á vivir como cardenal, lo mismo que él en la época de su tío. Pero este segundón, el más notable de todos los Borgia jóvenes, no obstante sus altas dignidades eclesiásticas, seguía ejercitándose en el manejo de las armas, llegando á ser, como su padre en otro tiempo, el primer jinete de Roma. Dotado de igual temperamento ardoroso que su progenitor, y notabilísimo por su belleza varonil, iniciaba á los diez y siete años su historia amorosa, favorecido por las libertinas costumbres de la época y el entusiasmo que inspiraba á las damas. Estas empezaron á popularizar los nombres con que luego le fueron designando sus panegiristas: «el rubio César», «nuestro César», «el único César».

Desde el pontificado de Calixto III, las relaciones de la Santa Sede y Nápoles fluctuaban entre la guerra y la concordia, siguiendo Alejandro VI esta política de balanza. Cuando el Pontífice se encontraba en una situación difícil, el rey napolitano lo combatía; si el Papa se afirmaba, sostenido por un protector poderoso, el monarca de Nápoles hacía toda clase de concesiones para restablecer la amistad.

Bajo la influencia de Ascanio Sforza y deseoso de recobrar las posesiones de la Santa Sede usurpadas por la dinastía de Nápoles, entró Alejandro en una alianza formada por Venecia, Milán y otros Estados italianos. Esta liga iba á proporcionarle tropas con que combatir á Virgilio Orsini, quitándole los dominios de la Iglesia vendidos indebidamente por Civo, el hijo de Inocencio VIII.

Para dar sin duda más fuerza á dicha coalición, en la que representaba Ludovico Sforza el principal poder ofensivo, se efectuaron en el mes de Junio las bodas verdaderas de Lucrecia y Juan Sforza, siendo celebrado tal suceso con uno de los banquetes más famosos de aquella época.

Las necesidades de la política no permitieron el transcurso del año que se había marcado como plazo para que se juntasen los dos esposos, y Juan Sforza entró en Roma á la cabeza de un séquito brillante, entre sus cuñados Juan y César, que habían salido á recibirle.

Lucrecia le vió pasar desde un balcón de su palacio de Santa María in Portico, donde vivía con Adriana de Milá, su antigua educadora, y «la bella Julia», su dama de honor.

El señor de Pésaro, hermoso jinete, la saludaba graciosamente con su gorra, y ella devolvía el saludo á este esposo visto por primera vez. Después de la ceremonia del matrimonio celebrábase un banquete en el Belvedere del Vaticano, al que asistían ciento cincuenta damas de la nobleza romana, los embajadores, los personajes más notables de la ciudad, once cardenales y numerosos obispos. También estaba presente la señora Teodorina, hija de Inocencio VIII, y su hija la marquesa de Gerase. Los hijos de los Pontífices difuntos continuaban figurando honorablemente en la corte de los Papas herederos. Su situación era comparable á la de las familias de los expresidentes de República, que siguen teniendo entrada libre en las fiestas de los presidentes sucesores, si es que no existe una enemistad irreconciliable.

Además, sentábase á la mesa toda la tribu de los Farnesio, escoltando á «la bella Julia». Asistían así completas las dos familias del Papa, la antigua y la moderna, la procedente de «la Vannoza» y la de «la Farnesina».

Duró muchas horas este banquete nocturno, y fué seguido de representaciones cómicas y trágicas, de recitaciones poéticas y bailes lascivos, que excitaron la concupiscencia de los asistentes.

—Este último espectáculo no resultaba extraordinario, dadas las costumbres de la época. Usted no ignora, Borja, que en todas las cortes de la Italia de entonces la alegría de vivir se preocupaba poco de la moralidad. Lo interesante era gozar, fuese como fuese. Una de las diversiones finales, á las cuatro de la mañana, fué ofrecer á los esposos cincuenta copas de plata llenas de confites. Infesura, implacable enemigo de los Borgia, dice en su crónica que fué el mismo Papa quien ordenó que vertiesen los confites en los escotes de las hermosas invitadas. Y como todas las señoras tenían al lado cardenales ó personajes laicos que no eran sus maridos, pues ya existía en aquellos tiempos el uso de separar á los esposos en los banquetes, cada invitado se cuidó de extraer los bombones y almendras azucaradas del escote que tenía más cerca, dando lugar dicha diversión á «muchas risas é inmoderadas palpitaciones de senos».

Varios embajadores que asistieron á la fiesta, y no hablaban de oídas como Infesura, dijeron en las cartas á sus soberanos que el banquete duró hasta el amanecer y se divirtieron mucho en él, pero sin mencionar nada especial que le distinguiese de las otras fiestas de la época.

En realidad, la unión de los dos cónyuges sólo fué aparente. El Papa, cuidadoso de la salud de su hija, dejó para más adelante la realización material del casamiento, ó sea cuando se cumpliese el plazo convenido de un año, fecha en que Lucrecia iría á Pésaro, capital de las tierras de su marido.

—Por su parte, Juan Sforza no tenía ninguna prisa en la consumación del matrimonio, según se vió más adelante. Fué al ir á Pésaro cuando Lucrecia empezó á quejarse de no estar «servida» por su esposo, como ella esperaba, pronunciándose finalmente el divorcio, después de probar que la joven Borgia continuaba virgen. Sforza se vió acusado, por unos de impotencia y por otros de inversión sexual, luego de negarse á realizar la prueba de su virilidad, exigida por los jueces.

Así empezó su vida matrimonial la famosa Lucrecia Borgia, descrita por los enemigos de su estirpe como un monstruo nunca visto desde los tiempos de Mesalina, y calumniada por las invenciones de su primer marido, deseoso de vengar de tal modo un divorcio que le afrentaba como hombre.

—Más de tres siglos—continuó Enciso—ha creído la gente en los crímenes de esta mujer, que fué dulce de carácter y falta de voluntad, como si todas las energías de la familia, los regocijos ardientes y las cóleras terribles se los hubiesen llevado los Borgia varones.

—Víctor Hugo—dijo Claudio—, con la maravillosa difusión de la poesía fijó inconscientemente en la memoria de todos esa Lucrecia monstruosa inventada por los folicularios al servicio de los señores feudales, del cardenal Rovere y demás enemigos de Alejandro VI. En realidad, no sintió otros deseos que verse admirada por su hermosura y su elegancia, casándose y divorciándose según convino á la política de su padre (lo mismo que las hijas de todos los reyes de entonces), y en el curso de su vida sólo tuvo uno ó dos flirts verdaderos. Fué preciso que los historiadores revisasen de nuevo su existencia, casi en nuestros días, para que recobrara su legítima personalidad. Por suerte, únicamente en novelones terroríficos, buenos para porteras, vive ya la Lucrecia Borgia de melodrama que conocimos de niños.

Dos protestantes, el inglés Roscoe y el alemán Gregorovius, estudiando directamente los documentos de la época, se convencían de tan enorme calumnia histórica, emprendiendo la rehabilitación de dicha princesa, comparable por su carácter á las Gracias antiguas, y que los enemigos de la familia Borgia habían pintado como una Euménida sedienta de sangre, con un puñal y un frasco de veneno en sus manos.

Describía Enciso á Lucrecia tal como la había visto en los documentos de su época, con vestiduras casi siempre blancas y muy bordadas de oro, mangas abiertas, fijas en sus muñecas con brazaletes á la moda española y llevando al cuello una sarta de perlas enormes.

—Las perlas fueron su orgullo y su ambición, apreciándolas tanto como su hermano César, aunque ambos no llegaron nunca al entusiasmo de su padre. Puede llamarse á la perla «la favorita de los Borgia». Muchas veces los embajadores encontraron al Pontífice junto á una ventana del Vaticano contemplando al trasluz gruesas perlas regaladas á Lucrecia. Cuando la hija del Papa fué duquesa de Ferrara, una de sus mayores satisfacciones consistió en poseer el célebre collar de perlas y rubíes que había pertenecido á su suegra.

Todos los contemporáneos alababan su hermosura, su esbeltez, su boca un poco grande, pero fresca y carnosa (una boca de Borgia), sus dientes brillantísimos, su pecho firme y blanco, visible en gran parte por los audaces descotes de entonces, y sobre todo, su dulce sonrisa. Esta alegría de su rostro la había heredado de su padre, rara vez triste, aun en los momentos mas difíciles de su vida, jocundo hasta en su concupiscencia.

Esbelta y graciosa de jovencita, redondeábase luego de formas, sin perder la elegante ligereza de sus movimientos. Había algo en ella de blando, revelador de una voluntad floja y sin iniciativas. Era de pocos nervios, incapaz de resistirse al destino, dejándose llevar por él, buscando solamente las alegrías momentáneas, sin energía para ir más allá de los goces de su vanidad, mostrándose en toda ocasión un instrumento dócil de su familia.

—No heredó la energía de los Borgia, pero sí el talento. Ella y César fueron los hijos de Alejandro más inteligentes. Vivía esclava de su propio medio, haciendo lo mismo que las personas que la rodeaban. Mientras existió su padre mostróse aficionada á los asuntos políticos, y hasta gobernó tierras de la Iglesia en ausencia del Pontífice. Al morir Alejandro y quedar en Ferrara como esposa del príncipe Alfonso de Este, vigoroso soldado, la hija del Papa fué «la perla de las esposas», «la triunfante princesa», «la santa Madona Lucrecia». El poeta Ariosto cantaba sus virtudes, el pintor Ticiano la admiraba al tratarla en su corte... Es una esposa que sólo piensa en sus hijos, en el gobierno de su palacio, y sobrelleva resignada y afable las infidelidades de un marido rudo que en el fondo la adora.

Claudio Borja se la imaginaba en su primera juventud, tal como la habían descrito muchos, creyendo reconocerla en la Santa Catalina pintada por el Pinturicchio, con su rostro gracioso é ingenuo de niña un poco «paradita», orlado de magnífica cabellera rubia y luminosa, comparable á una nube de oro flúido.

—En algunas ocasiones, Madona Lucrecia, que el Papa llamaba siempre á la española, «Doña Lucrecia, mi hija», tenía oculta su esplendorosa mata de pelo dentro de amplia redecilla de oro con una piedra preciosa en cada cruce de sus mallas. Otras veces, orgullosa de tal opulencia capilar, daba suelta á sus chorros esplendorosos, que descendían casi á sus pies. Todavía se conserva en la Biblioteca de Milán un rizo, color oro fuego, de esta beldad hispano-italiana, bucle cuyo tono brillante desafía al tiempo, y que hizo ensoñar tres siglos después á lord Byron, sumido en su contemplación.

Acogió Enciso con una sonrisa escéptica los entusiasmos del joven.

—Siento decirle, querido Borja, que su remota parienta nunca fué rubia. Era una valenciana de tez morena, clara y mate, semejante al color pálido del arroz. César Borgia también debió ser algo moreno, y sin embargo le llamaban las damas de entonces «il biondo Cesar»... Tal vez tuvo Lucrecia los cabellos castaños; pero esto no le impidió ser rubia oro ardiente, rubia veneciana, ensalzando su cabellera color de antorcha pintores y poetas. Algo semejante ocurre en la actualidad. Las damas teñidas conocen, mejor que nadie, el secreto de su falsificación, y no obstante aceptan de buena fe los elogios de personas igualmente enteradas de que no son rubias. Ya sabe que vivimos de convencionalismos é ilusiones. ¡Qué haríamos sin la mentira!...

Los alquimistas vendían muy cara la receta de los «cabellos de oro». En España, el mismo tinte recibía el título de «lejía de enrubiar», siendo uno de los secretos de la madre Celestina para ganar dinero.

—Todas las damas de la época eran rubias, hasta el valeroso marimacho Catalina Sforza, de la cual conoce usted el heroico arremangamiento de faldas, apreciado por la Historia como un hecho sublime. De este virago batallador llegó hasta nosotros una receta para enrubiar, escrita por ella misma, á fin de que ninguna otra mujer participase de su secreto. Consistía en ceniza de madera y paja de cebada, hervidas un día entero. A esta lejía se agregaban flores y hojas de nogal durante una noche. Bastaba lavarse la cabeza á la mañana siguiente para tener los cabellos dorados; pero había que secarlos al sol, con peligro de las neuralgias, de que se quejaba con frecuencia Madona Lucrecia.

Una de las preocupaciones de la hija del Papa era el lavatorio de la cabeza, acto indispensable todas las semanas. Cuando partió de Roma para siempre, yendo á reunirse con su tercero y último esposo en Ferrara, invirtió veintisiete días en el viaje. Cada cinco días, el lento y majestuoso cortejo hacía alto en una población para que Madona Lucrecia pudiera «lavarsi il capo». Y príncipes, embajadores, damas de honor, escuderos, hombres de armas, suspendían su marcha un día entero, mientras la nueva princesa de Ferrara permanecía varias horas bajo los ardores del sol, llevando encima de sus vestidos un peinador de seda blanca, de gran finura y sutilidad, llamado schiavonetto, y en la cabeza un sombrero de paja sin cumbre, por cuya abertura pasaba la cabellera, abrigando sus bordes los ojos y el cuello de la beldad.

—La coqueta Borgia decía que necesitaba lavarse la cabeza todas las semanas á causa de sus neuralgias, y eran, por el contrario, estas teñiduras solares las que exacerbaban los dolores de su cerebro. Indudablemente, César también se teñía la barba, adorno capilar de moda reciente entre los hombres. Todos los jóvenes se dejaban crecer la barba, al revés de sus padres, que habían mantenido durante el siglo XV la costumbre de rasurarse el rostro á la romana. Fueron los humanistas, imitando á los filósofos y poetas griegos, los que resucitaron esta moda, generalizada por Carlos V y Francisco I años adelante.

Enciso volvió á ocuparse de Lucrecia.

—Muy mujer, muy aficionada á vestidos y joyas; ninguna de su tiempo poseyó tantos trajes, y hay que pensar que uno de ellos valía entonces una fortuna. Algo indolente y pasiva, pero de gran talento. Hablaba el italiano, el francés, el griego y el latín. (Inútil mencionar las lenguas castellana y valenciana, que eran las íntimas de su familia.) Sabía igualmente el alemán, aunque menos que los idiomas ya citados, y escribió poesías muy aceptables en algunos de ellos. César también había hecho versos en la Universidad. En esta familia de exaltados y ardorosos, todos tenían algo de poeta. Una hermana de Alejandro VI, doña Tecla de Borja, fué notable poetisa en su tierra, muy loada por el gran trovador Ausias March. Al morir la lloraron casi todos los poetas de Italia.

Claudio se acordó de su tío. Esta señora era la Tecleta que jugaba con su hermano Rodriguet, el futuro Pontífice, en el caserón señorial de Játiva, según le contó repetidas veces el canónigo.

Mientras tanto, don Manuel había abandonado á los hijos de Alejandro VI, para hablar de las aventuras políticas de éste.

Asustado el rey de Nápoles al ver unido el Pontífice con sus adversarios, pedía auxilio á su primo ilegítimo Fernando el Católico para que interviniese en la política del Vaticano. Consideraba dicho rey al papa Borgia como un súbdito, abusando de su españolismo, y le hizo saber, por medio de su embajador en Roma, que siendo la dinastía de Nápoles obra de su tío Alfonso el Magnánimo, la consideraba igual á su propia familia.

—Es justo reconocer que Rodrigo de Borja mostró al principio un afecto sincero por Fernando é Isabel, reyes de origen no muy legítimo, á los que había ayudado en sus primeros años de matrimonio, cuando no eran mas que príncipes. Después de la toma de Granada, apenas ascendido al Papado, les dió el título de Reyes Católicos, que aún usan los actuales monarcas españoles. Todo lo que le pedía don Fernando se apresuraba á concederlo, entre otras cosas, los maestrazgos de las Ordenes militares, regalo que representaba cuantiosas rentas. En realidad, el papa Borgia dió á los Reyes Católicos más que éstos á él. Las exigencias continuas de Fernando fueron causa de que el Pontífice, aconsejado por su hijo César, se inclinase finalmente del lado del rey de Francia, más atento con su persona y con los suyos.

En los primeros tiempos de su pontificado admiraba á Isabel la Católica como una de las damas más hermosas y prudentes de aquella época. Aficionada á trajes costosos y ricas alhajas, era, sin embargo, de una virtud escrupulosa, exagerándola hasta la austeridad. Cuando su marido estaba ausente, aunque sólo fuese por una noche, hacía colocar su lecho en un gran salón, durmiendo rodeada de sus hijos y las damas de palacio, encargadas de velar el sueño de los reyes, que recibían el título de «cobijeras». Así se ponía á cubierto de maliciosas suposiciones en aquel tiempo de grandes escándalos. Todos los héroes de la guerra contra los moros estaban enamorados de doña Isabel, románticamente, sin esperanza y sin carnales deseos. Tenían por «dama de sus pensamientos» á esta reina de un rubio indiscutible, con ojos azules, grandes y tranquilos.

Fernando el Católico inspiraba al papa Borgia un afecto de compadre, y sonreía al hablar de sus hijos ilegítimos, tan numerosos como los suyos. Uno de dichos bastardos era arzobispo de Zaragoza. El cardenal Rodrigo de Borja, en sus tiempos de vicecanciller, había hecho este favor á su amigo, entonces simple heredero de la corona de Aragón. Otro» hijos del rey ocupaban cargos eclesiásticos y las hijas entraban en conventos.

Una vez más el nuevo Pontífice obedeció desinteresadamente las insinuaciones del monarca católico. Lo que á él le convenía, en realidad, era seguir fiel á su primera alianza con el Milanesado y Venecia, detrás de la cual se mantenía oculto el rey francés. Dicha alianza representaba un peligro inmediato, por estar Carlos VIII preparando numerosas tropas para entrar en Italia y apoderarse del reino de Nápoles.

El austero Savonarola que tenía algo de charlatán, como la mayoría de los taumaturgos, enterado en secreto de la próxima campaña invasora de los franceses, anunciábala en sus sermones como una revelación que le había hecho Dios para castigo del Pontífice y del rey tirano de Nápoles. Y en un momento tan crítico, su amigo don Fernando le exigía que abandonase á los más fuertes y se uniera á un monarca próximo á ser destronado...

Sin embargo, aceptó, y los dos reyes procuraron endulzar con seductores presentes su aventurada resolución.

Jofre Borgia, el menor de sus hijos, se casaría con doña Sancha, hija natural de Alfonso de Aragón, heredero de la corona de Nápoles, llevando ésta como dote el principado de Esquilache y el condado de Caliata, en Calabria. Por su parte, Fernando el Católico propuso para Juan de Borja, segundo duque de Gandía, el matrimonio con doña María Enríquez, prima suya, que ya había estado prometida á Pedro Luis, el primer hijo de Alejandro VI.

Al mismo tiempo, don Ferrante de Nápoles procuraba reconciliar con el Papa á todos los enemigos de éste que se habían puesta á su servicio.

—De un lado, el peligro de la invasión francesa, que aún estaba lejos; de otro, la amenaza más inmediata de ver atacados los Estados romanos por el rey de Nápoles, sostenido ocultamente por el rey de España... Y optó, al fin, por esta última alianza, que al mismo tiempo ofrecía brillantes matrimonios para sus hijos.

El cardenal Juliano de la Rovere fué cínicamente á reconciliarse con Alejandro VI, sentándose á su mesa, él y Virginio Orsini, por ordenarlo así el monarca de Nápoles. Virginio entregó 35.000 ducados á cambio del señorío feudal de las tierras de la Iglesia ocupadas por él. Todos quedaron amigos, y Juan de Borja se embarcó en una galera española con séquito de príncipe y gran cantidad de alhajas, para ir á Valencia y casarse allá con la prima de Fernando el Católico.

Pocos días después Jofre se unía por poderes con doña Sancha de Aragón, dejando para más adelante, como ocurrió con Lucrecia, la consumación de su matrimonio. Sancha tenía catorce años y Jofre doce.

A la vez que ocurría esto, llegaba á Roma un enviado de Carlos VIII para solicitar del Pontífice—que aún creía amigo—la investidura del reino de Nápoles, antes de conquistarlo. Y Alejandro, que estaba ya comprometido con el monarca napolitano, sólo dió al embajador vagas palabras.

Los tres matrimonios, efectuados en un solo año, el de Lucrecia, el de Jofre y el del duque de Gandía, habían ocasionado gastos enormes al Papa, empobreciéndolo. Únicamente podía contar con los 35.000 ducados de Virginio Orsini, que en realidad eran de Nápoles, y para reunir más dinero acudió á uno de los expedientes empleados por otros Pontífices: hacer una promoción de nuevos cardenales.

Once príncipes de la Iglesia nombró en un consistorio celebrado en Septiembre de 1493. Dos de ellos era indudable que no habían dado nada á cambio de su nueva dignidad, por pertenecer á la familia del Pontífice: Alejandro Farnesio, más tarde Paulo III, y César Borgia, que sólo contaba diez y ocho años al recibir la púrpura. El público apenas habló de la elevación de César. Encontraba natural esta generosidad de padre, que ya habían mostrado otros Papas. Las ironías y los comentarios escandalosos se concentraron sobre el hermano de «la bella Julia», que entraba de un modo tan retorcido en el Sacro Colegio. Y entonces fué cuando le infligieron el epíteto de «cardenal faldero».

—En la vida extraordinaria de este papa Borgia, de carácter tan complejo—dijo don Manuel—, alternaron las anécdotas íntimas, agrandadas por la crónica escandalosa, las intrigas políticas en incesante juego de balanza y los más grandes sucesos históricos. Un día recibió Alejandro la noticia de que «cierto Cristóbal Colón», que había salido con un centenar de españoles y tres naves en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, en el extremo oriental de Asia, atravesando para ello el Océano siempre al Occidente, acababa de encontrar por tan nuevo camino las islas más avanzadas del mundo asiático, trayendo de allá muestras de oro y especiería. Algunos empezaban á sospechar si estas tierras descubiertas, sin más que hombres desnudos y una civilización rudimentaria, no serían de Asia, sino de un mundo completamente nuevo, ignorado hasta entonces.

Alejandro no era un sabio, pero dedicó á la lectura gran parte de su juventud, guardando en su biblioteca todos los libros, impresos ó manuscritos, célebres entonces. Muchas veces había conversado de cosmografía con Eneas Silvio, el Papa cuyo tratado geográfico iba á servir de guía á Colón. Inmediatamente se preocupó de las tierras descubiertas, organizando una misión de frailes españoles para evangelizarlas, é hizo obispo de ellas al padre Boil, religioso catalán.

—Como si el destino de este Pontífice fuese ser el Papa del descubrimiento de América en todas sus zonas, también había despachado poco antes una misión de evangelizadores para que fuesen á recuperar las tierras de la Groenlandia. Sabe usted que la América extremamente septentrional fué conocida por los navegantes escandinavos en el siglo X, estableciéndose en ella algunas misiones cristianas, que acabaron por extinguirse. En los primeros meses del pontificado de Alejandro VI iban de nuevo los misioneros á dicha América fría, levantando otra vez sus pobres iglesias de madera, al mismo tiempo que los frailes españoles elevaban los primeros templos de piedra y ladrillo bajo el cielo tropical de las Antillas.

Claudio Borja quiso hablar, pero Enciso, como si adivinase sus pensamientos, añadió:

—Sé lo que usted va á decir. También hizo Rodrigo de Borja el reparto más grande que se conoce en la Historia. Desde Alejandro el Magno hasta Napoleón, ningún conquistador trató con tanta desenvoltura la faz de la tierra, ni dividió sobre los mapas superficies tan enormes.

Partían los navegantes de la península ibérica al descubrimiento del mundo entero. Los portugueses navegaban al Oriente y los españoles al Occidente, buscando las flotas de unos y otros las riquezas de Asia, las maravillosas tierras del Gran Kan, descritas por Marco Polo y Mandeville. Todos iban en busca de las llamadas Indias.

El descubrimiento de Colón alarmaba al rey de Portugal, agriando sus relaciones con los reyes de España. Era preciso establecer un acuerdo entre ambas monarquías católicas, para que no se peleasen en lo futuro, dejando bien marcados los límites de sus respectivas zonas de descubrimiento.

—Aconsejado por cosmógrafos y marinos y basándose en sus propios estudios, trazaba el papa Borgia una línea de Norte á Sur, más allá de las islas de Cabo Verde, partiendo el globo terráqueo en dos hemisferios. Al Oriente de la llamada «línea alejandrina», todo era para los navegantes portugueses, y al Occidente para los españoles. Que cada cual navegase siguiendo su rumbo propio, hasta que vinieran á encontrarse en la cara opuesta del planeta.

Enciso, influenciado por el entusiasmo que le inspiraba España, se apresuró á quitar importancia á la decisión del Pontífice.

—Muchos autores extranjeros, ignorantes de nuestra historia, han creído ver una gran audacia científica del papa Alejandro en esta partición del mundo. Es verdad que su acto representa el primer reconocimiento público de la redondez de la tierra hecho por la Iglesia. Nunca habían hablado de ello los anteriores Pontífices. Pero resulta falso elogiarlo, como si entonces las gentes de estudio ignorasen que la tierra es redonda y sólo hubieran descubierto Colón y los sabios del Vaticano dicha esfericidad... Usted sabe bien que, antes de la era cristiana, Ptolomeo y Eratóstenes ya habían probado la redondez de nuestro planeta, midiéndolo más ó menos, aproximadamente, á las dimensiones que le da la ciencia moderna. Luego los árabes volvieron á establecer dicha redondez, especialmente su geógrafo Alfagramo. Los moros de España enseñaban en sus escuelas, durante siglos, la esfericidad de nuestro planeta, y los judíos españoles servían de intermediarios, revelando la geografía árabe á los hombres estudiosos de la cristiandad. Una oculta y sincera relación científica unía las escuelas de mezquitas y sinagogas con las bibliotecas de los conventos.

Era cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, algunos Santos Padres no creían en los antípodas y consideraban absurda la afirmación de que el mundo fuese redondo. Durante la primera Edad Media imperaba la geografía mística y absurda del monje bizantino Cosmas Indicopleustes; pero en la segunda Edad Media, á partir del siglo XIII, aurora del Renacimiento, era en España, país de moros, judíos y cristianos, donde más se creía en la llamada «esfera».

—Colón—siguió diciendo Enciso—, en vez de ser perseguido por la ignorancia española, como han supuesto tantos autores ligeramente, copiándose unos á otros, resultó en España un ignorante, comparado con muchos que escuchaban sus planes. Usted sabe que Colón no creía que el mundo fuese redondo, sino más bien en forma de pera, teniendo colocado en su pezón ó parte más alta el Paraíso terrenal. También afirmaba que en nuestro planeta, dividido en siete partes, seis de ellas son tierra firme y sólo una la ocupan los mares. En cambio, un obispo de España, cuando algunos colegas suyos criticaban por rutina el proyecto de Colón de ir hacia Occidente dando vuelta á la tierra, fundándose en que San Agustín y otros autores sacros dudaban de dicha esfericidad, contestó con energía: «San Agustín y otros respetables varones son autoridades en materias teológicas, pero de ningún modo en cosmografía».

Hubo un silencio, y Claudio Borja dijo con aire pensativo:

—De todos modos, fué un acto hermoso é interesante el del padre de Madona Lucrecia partiendo la tierra en dos pedazos. Demuestra la autoridad que aún gozaba entonces el Pontífice, no obstante sus propias liviandades y las de muchos antecesores. Pudo repartir el mundo como cosa propia... Lo malo fué que ya empezaba entonces á moverse en Alemania un frailecillo agustino llamado Martín Lutero.

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