Del terrible don Miguelito y de cómo el cardenal de Valencia pasó á ser duque de Valencia en Francia, casándose y enviando á su padre el Papa una carta con un número 8.
«Ni reforma de las costumbres de la Iglesia—siguió pensando Borja—, ni abdicación de la tiara, ni vida de penitencia. Al Pontífice le ocurrió lo que á muchos hombres enérgicos cuando surgen indemnes de una gran borrasca y recobran su tranquilidad. Fué semejante al marino ó al militar que hace una promesa viendo su existencia en peligro, y después la olvida.»
Su lucha con los turbulentos feudatarios de la Santa Sede, y sus propios intereses de padre, ansioso de engrandecer á sus hijos, le hicieron recobrar el equilibrio de su vida diaria, olvidando al muerto.
César Borgia procedía en todo como un príncipe laico. Cuando se presentaba en público era siempre con la espada al cinto, vestido elegantemente á la española, ó sea de negro, con larga pluma blanca en el birrete. Otras veces lo veían los romanos á caballo, llevando turbante y rico caftán, por gustarle las modas orientales después de su amistad con el príncipe Djem.
Se había hecho fabricar una espada, magnífica obra de arte, en cuya hoja estaban grabados los episodios más interesantes de la historia de Julio César, y una inscripción latina, que luego fué el lema de su existencia, tan corta y abundante en aventuras: Aut Cesar aut nihil: «O César ó nada».
Manteníase en su familia una ambición tradicional que podía titularse borgiana. Desde Calixto III, los Borgia deseaban crear un reino en Italia que sirviese de apoyo al Pontificado. César se creía igual á los príncipes reales, destinados á heredar una corona. La única diferencia consistía en que él necesitaba adquirir el reino por su propio esfuerzo, apelando á la astucia y á la espada.
Lo más urgente era librarse de su cardenalato. Luego realizaría lo que no pudieron conseguir ninguno de los Borgia hombres de guerra; ni el arrogante Pedro Luis, predilecto de Calixto III, ni su propio hermano, el hermoso é inútil duque.
Todos sabían en Roma que el cardenal de Valencia pensaba abandonar la carrera eclesiástica. El mismo Papa no hacía un secreto de ello, diciendo que «en vista de su conducta mundana, era mejor que renunciase á la púrpura cardenalicia, para salvar su alma».
Dando ya por seguro este cambio de estado, César concentró su ambición en la casa reinante de Nápoles. Deseaba casarse con Carlota, hija de Federico, al que había impuesto la corona él mismo como legado. Este último monarca de la casa de Aragón rechazó todas las insinuaciones para dar su hija á César Borgia.
—No puedo tener por yerno á un capellán, hijo de otro capellán—dijo rudamente.
Soñaba César con ocupar el trono de Nápoles por herencia. Todos los Borgia se consideraban con derecho á dicho reino, creado por Alfonso el Magnánimo, el amigo de Calixto III, y ocupado por los descendientes de un bastardo valenciano, del que había sido maestro y protector dicho personaje antes de verse Pontífice.
Nápoles, los Estados de la Iglesia y lo que César fuese conquistando luego, formarían un gran reino italiano regido por una dinastía Borgia, protectora de Pontífices elegidos bajo su influencia. Pero el rey Federico siguió negándose á todas las propuestas indirectas de Alejandro y de su hijo.
—Que el Papa—dijo á los intermediarios—cambie las reglas de la Iglesia, si quiere ser mi consuegro, y declare que un cardenal puede tomar mujer.
Dándose cuenta después de su débil situación y necesitado del apoyo papal, se ofreció á unir su sobrino Alfonso, hermano de doña Sancha, con Lucrecia la divorciada del señor de Pésaro. Los dos cónyuges eran de nacimiento ilegítimo, pero esto nada tenía de extraordinario en aquella época de príncipes bastardos. El Pontífice acabó por aceptar dicho matrimonio con la esperanza de que facilitase luego el de César con Carlota de Aragón.
Las bodas de Lucrecia y Alfonso se celebraron en Roma al principio del verano de 1498. Presentábase el novio en la ciudad papal, dotado por su tío el rey de Nápoles con los ducados de Biseglia y de Quadrata. Al contrario de su hermana Sancha, este Alfonso era débil de carácter y algo tímido. Tenía diez y siete años, uno menos que Lucrecia, y no parecía sentir gran entusiasmo por el matrimonio. En cambio, la hija del Papa mostró una verdadera pasión por este joven napolitano, esbelto, elegante y de bello rostro. Su carácter, siempre pasivo hasta entonces, se caldeó con el fuego del deseo. Fué ella la que amó verdaderamente, y el duque de Biseglia se dejó admirar, correspondiendo con cierta tranquilidad á los transportes de su esposa.
De todos modos, el segundo casamiento de Lucrecia no se pareció en nada al que se había roto siete meses antes, pues dentro del mismo año la joven duquesa de Biseglia quedó embarazada.
Alfonso y la hija del Papa se instalaron en el palacio de Santa María in Portico. Adriana y la bella Julia Farnesio ocupaban ahora el palacio Orsini en Monte Giordano. Las bodas de Lucrecia dieron ocasión á largos festejos. Doña Sancha, que era ágil de pluma, relató detalladamente sus magnificencias. El banquete nupcial se celebraba de noche y las danzas duraron hasta la salida del sol.
Mostraba el Pontífice una afición extraordinaria por el baile, atribuyéndolo los italianos á su origen español. Lucrecia y su hermano César eran consumados danzarines. Los cardenales y demás personajes de la corte tenían verdadero gusto en ver bailar á Madona Lucrecia, poseedora de una gracia especial para las danzas españolas, heredada sin duda de sus abuelas paternas. Toda la tribu de los Borja más ó menos auténticos, venidos de España para engrandecerse, los señores romanos afectos á la familia y los cardenales fieles á Alejandro, figuraron en dichas fiestas. De acuerdo con las costumbres de entonces, era un honor servir los platos y las bebidas al Pontífice. Un prócer le escanciaba los vinos, otro le servía de «paje de pañizuelo», ofreciéndole la servilleta. Tres horas duraba el banquete, y antes de levantarse los manteles hacía entrar Su Santidad los regalos destinados á doña Lucrecia: dos fuentes enormes de plata cincelada con dos copas no menores, en cuyo interior había muchas joyas; dos candelabros del mismo metal para sostener hachones; una nave, también de plata, con sus velas desplegadas, y guardando en su casco, bajo llave, toda clase de especias; una caldereta de agua bendita, con su hisopo, y en su interior un collar de oro con numerosas piedras preciosas.
Los cardenales presentes le fueron entregando por turno sortijas y otras alhajas. Madona Lucrecia era una princesa, á la que convenía halagar para tener propicio á su omnipotente padre.
Terminado el banquete, todos se dirigían á las Estancias nuevas, ó sea los salones pintados pocos años antes por el Pinturicchio.
César, cardenal de Valencia, aparejaba una montería en dichos salones. Uno de éstos, donde estaba el sitial de Su Santidad, figuraba un bosque, y en la pieza inmediata existía una fuente con cascadas y varias culebras nadando en ella, para dar un carácter más auténtico al decorado.
Saltaban y rugían á través de los árboles varios invitados y familiares del Pontífice vestidos de fieras: Barleta, en forma de raposo; don Rodrigo Corella, de jirafa; el príncipe de Esquilache, marido de doña Sancha, de pato marino; el prior de Santa Eufemia, hermano del cardenal Borgia, de orifante; don Juan Caños, de ciervo; Nogué, de león, y el cardenal de Valencia, último de todos, en figura de unicornio. El aspecto de estas bestias resultaba convencional. Disfraces de raso y de brocado imitaban con sus colores los de las mencionadas animalías. Unicamente sus cabezas se aproximaban á la realidad de los irracionales representados.
Llegaron bailando á la presencia del Pontífice, fingiendo que reñían unos con otros para beber en el gran tazón, hasta que se presentaba el unicornio, con «un cuerno en la frente, según es de su naturaleza», y establecía la paz entre ellos.
Cuando acabaron estos «bailes de momos», el cardenal de Valencia pidió permiso á Su Santidad para danzar con su hermana doña Lucrecia «la baja y la alta», que era la danza de España más celebrada entonces, y todos hubieron gran placer en ella, por ser ambos los más famosos danzarines de Roma, especialmente en bailes hispanomoriscos, muy de moda en aquel tiempo. El primero en admirar á dicha pareja era el Pontífice. Sonreía embelesado siguiendo los graciosos y elegantes movimientos de sus hijos.
«Era un verdadero padrazo—se dijo Borja—, semejándose en esto á Fernando el Católico, otro hombre temible, también muy padrazo, que lloraba como un niño por los disgustos que le daban sus hijas, y sobre todas doña Juana la Loca, aconsejada por su esposo.»
En estas fiestas palaciegas, hombres y mujeres se trataban de muy distinto modo que en los tiempos presentes. Aunque hubiera sitiales sobrantes, la galantería recomendaba que los hombres se instalasen sobre la alfombra, á los pies de las señoras, apoyando la espalda en sus piernas, y otras veces encima de sus rodillas.
Doña Sancha contaba en su relación que el cardenal de Valencia, fatigado de bailar, venía á sentarse en sus faldas, su marido el príncipe de Esquilache en las rodillas de su hermana Lucrecia, y así los demás invitados.
Todas las damas de la familia Borgia lucían trajes enviados de Valencia, con adornos de oro á martillo y cuentas de vidrio de colores, que se llamaban «á la capellana» y eran entonces la última novedad en el adorno femenino. César y sus compañeros de montería regalaban sus disfraces lujosos á los criados que presenciaban la fiesta, vistiéndose inmediatamente trajes de corte y ciñendo sus espadas para seguir bailando con las señoras.
Al día siguiente celebrábase, en la parte del Vaticano llamada del Belvedere, otra fiesta nocturna, desde las ocho de la noche á las cuatro de la mañana. Varias compañías de truhanes hacían juegos de gimnasia y prestidigitación, empezando á medianoche las danzas de los señores, y otra vez César y Lucrecia, á pedimento del Pontífice, bailaban «la baja y la alta». A la salida del sol les servían una colación de cien platos grandes de confitería que tenían inscritos versos latinos en honor de los cónyuges y de Alejandro VI.
La última fiesta era una corrida de toros en los jardines del Vaticano, á la que asistían más de diez mil personas. Avanzaba el cardenal de Valencia al frente de su cuadrilla, compuesta de doce jinetes, llevando un traje á la morisca como los sarracenos españoles, compuesto de marlota de raso blanca y roja que doña Sancha había bordado de oro, bonete carmesí con penacho, borceguíes azules y una espada forjada expresamente para dicha fiesta. Iba montado en un caballo blanco con ricos jaeces y blandía en su diestra un lanzón, regalo también de doña Sancha. Doce mozos vestidos de raso amarillo y terciopelo carmesí marchaban á pie delante de él.
Los doce caballeros que le seguían eran todos españoles: don Juan de Cervellón, don Guillén Ramón de Borja, don Ramón y don Juan Castellar, don Miguel Corella y otros, vestidos igualmente á la morisca, sobre caballos ricamente encaparazonados.
César costeaba todo este lujo. Los romanos aclamaban al Borgia generoso que les ofrecía, á sus expensas, una fiesta tan interesante. En los estrados ó cadalsos figuraban las damas de la corte pontificia y de la aristocracia de la ciudad, muchas con los mismos trajes á la española que se habían hecho años antes para las fiestas en celebración de la toma de Granada.
Se corrían ocho toros en cinco horas, y el cardenal de Valencia mataba por sí mismo dos de ellos: el primero de una lanzada que le atravesó el pescuezo, acabándolo instantáneamente; el segundo á pie, con su capa en una mano y la espada en la otra.
Le dió tan gran cuchillada, que no necesitó repetir el golpe, haciéndolo caer con el pescuezo partido. El pueblo aclamó al que llamaba «nuestro César», asombrado del vigor inaudito de este joven débil en apariencia y de elegante fragilidad.
En esta evocación de las fiestas profanas que se iban desarrollando en el Vaticano y sus jardines, olvidaba Claudio Borja momentáneamente á César «el único», para concentrar su atención en un personaje que había empezado á figurar al lado de éste, siguiéndole á todas partes como la sombra al cuerpo.
Era un hidalgo valenciano, don Micalet Corella, cuyo nombre castellanizaban los otros españoles residentes en Roma, llamándolo don Miguelito, y al que los italianos dieron meses adelante una celebridad terrorífica, convirtiéndolo en don Michelotto.
Hijo bastardo del marqués de Cocentaina, noble de Valencia, había venido á Roma en compañía de su hermano legítimo Rodrigo Corella, en busca de la protección de los Borgia. Desde el tiempo de Calixto III existía un amistoso comercio entre ambas familias. Alfonso el Magnánimo tenía de confidente íntimo á un Corella, y éste, gran amigo de Alfonso de Borja, había cuidado de la educación del bastardo real don Ferrante, luego rey de Nápoles.
Muchos años después, al ir el cardenal Rodrigo de Borja como legado á España, conocía en Valencia al sucesor de Corella, ya marqués de Cocentaina, residente en dicha ciudad. Los hijos de éste, Rodrigo y Micalet, al ver elegido Papa al amigo de su padre, se dirigían á Roma.
Rodrigo Corella, segundón de ánimo grave, esperando heredar algún día el marquesado de Cocentaina por muerte de su hermano mayor, entraba especialmente al servicio del Pontífice, acompañándole en sus paseos como hombre de confianza, pues á la par que de costumbres tranquilas era muy valeroso. El bastardo don Micalet sentíase atraído por César, y le dedicaba toda su existencia con la fidelidad agradecida que un perro feroz puede mostrar al que lo favorece.
Había ido á Italia como el que va á bodas. Ningún país podía convenirle mejor que éste, por el desprecio absoluto á la vida ajena que mostraban en aquella época lo mismo los grandes señores que las gentes del pueblo.
Para Micalet, matar á un hombre era accidente sin importancia. La estocada frente á frente ó la puñalada por detrás le parecían iguales. Lo interesante era suprimir al enemigo. Su fuerza extraordinaria procedía más de los nervios que de los músculos. Incapaz de olvidar ofensas, y sin respeto alguno para los que fuesen adversarios de sus amigos, pronto adquirió su nombre una terrible celebridad, que contrastaba con lo ruin de su cuerpo, en apariencia débil, y con su exigua estatura, lo que motivó que todos lo tratasen en diminutivo, llamándole Micalet, Miguelito ó Michelotto.
En los últimos años de César, al mandar éste ejércitos, su fiel matón, desconocedor de las reglas y escrúpulos que guían á los otros hombres, se convirtió en un buen capitán de guerra. Fué el jefe de confianza del hijo del Pontífice, y cuando todos lo abandonaron, él se mantuvo leal.
Llamándose el capitán don Miguel Corella, combatió al lado de don Hugo de Moncada y otros españoles célebres, así como de los condottieri italianos de mayor renombre, y tuvo tratos con Leonardo de Vinci, el ingeniero militar de César Borgia. Su vida fué tan corta como la de su protector, marchando detrás de él con la fidelidad amenazante de un mastín.
Siempre bondadoso el Papa para sus compatriotas, veía vagar por los salones del Vaticano á este hombrecito inquietante, con las mandíbulas apretadas y unos ojos pequeños, de mirar agudo y receloso, que parecían ir esparciendo alfilerazos en torno á su persona.
—¡Micalet!... ¡Micalet!—decía Alejandro VI moviendo el índice de su diestra pontifical, como si presintiese alguna mala acción de esta bestezuela temible y la amenazase de antemano.
Varias veces provocó riñas con otros españoles dentro del palacio, sacando á luz sus armas. Prefería el trato con César, que era de su edad, y acabó por vivir cerca de él á todas horas.
Figuraba el Corella legítimo en las fiestas palatinas entre los gentileshombres del séquito del Papa, y éste le había dado varias prebendas, especialmente á raíz de una aventura en que le salvó la vida.
Le acompañaba una tarde Rodrigo Corella en su paseo por una huerta cercana al Belvedere, cuando vieron venir hacia ellos un enorme león. Lo tenían guardado en una casa inmediata y había huído de su jaula. Todo el acompañamiento papal, prelados, domésticos, cubicularios y otros servidores, huyeron despavoridos, dejando solos al Pontífice y al joven español.
—Santo Padre—dijo éste sin perder un momento su calma—, poneos detrás de mí y no os separéis.
Rodrigo de Borja, famoso por su valor tranquilo, siguió estas indicaciones, y Corella, con la espada en la diestra y la capa enrollada en el brazo izquierdo, continuó marchando, siempre de frente á la fiera, teniendo á sus espaldas al Papa, más alto y corpulento que él. Tal situación angustiosa duró largos minutos, mostrándose indeciso el león ante la actitud resuelta de la masa humana formada por los dos hombres. Al fin, los fugitivos, que habían dado la alarma en los jardines del Vaticano, volvieron con numerosos soldados españoles de la guardia del Pontífice, y éstos acosaron el león hasta su jaula, terminando así tan peligroso episodio.
Concedió Alejandro VI varios beneficios á su joven acompañante, asegurándole una renta de 2.000 ducados al año, y hubiese hecho de él un cardenal; pero Rodrigo Corella no quiso dedicarse á la Iglesia, esperando heredar algún día á su hermano mayor, y así fué, volviendo finalmente á Valencia para casarse y tomar el título de marqués de Cocentaina.
El bastardo don Micalet sólo entraba ya en el Vaticano para acompañar á su señor y amigo el cardenal, y si participaba de las fiestas papales era únicamente en corridas de toros ú otros regocijos que exigían fuerza y destreza.
Su nombre empezaba á adquirir celebridad. Para los enemigos de César Borgia, era don Michelotto á modo de un dragón que nunca podían sorprender dormido, pronto á dar el zarpazo de muerte en defensa de su amo. Los calumniadores de la familia papal intentaron hacer una misma persona de don Michelotto y aquel enmascarado que acompañaba al duque de Gandía en la noche de su asesinato. La pequeñez de cuerpo de ambos fué el único detalle para justificar tal identidad, lo que resultaba pueril. El duque Juan conocía perfectamente á Micalet como un familiar de su casa, y no podía equivocarse por más antifaces que se colocara el otro. Al ocurrir el crimen nadie hizo tal suposición sobre don Miguelito, y éste continuó siendo admitido en el Vaticano y tolerado por el Pontífice.
Un mes después de la boda de Lucrecia, el cardenal César Borgia renunciaba á su capelo, y el Sacro Colegio admitía la abdicación. Intentó el embajador de España, Garcilaso de la Vega, oponerse en el consistorio á dicho acto, siguiendo las instrucciones de su rey. Sin duda, Fernando el Católico temía ver convertido en príncipe laico á César Borgia, por creerlo el más temible de los hijos del Papa, poco dispuesto á someterse á su dirección, como lo había hecho el ligero duque de Gandía.
Supo acallar el Pontífice al embajador español y á los cardenales dispuestos á apoyarle, prometiendo que cuantos empleos y beneficios dejase vacantes el cardenal de Valencia al abandonar su estado eclesiástico se repartirían entre los miembros del consistorio amigos de la corte de España, é inmediatamente quedó César desligado de sus votos. En realidad, sólo tenía las órdenes menores y su caso no era sin precedentes.
Al mismo tiempo desembarcaba en Ostia un enviado del rey de Francia con documentos interesantes para el Pontífice y su hijo. Carlos VIII, el de la expedición á Roma, había muerto, heredándole su primo Luis XII. Este vivía mal con su esposa y ansiaba divorciarse para contraer matrimonio con la bellísima Ana, duquesa de Bretaña, unión que satisfacía sus gustos amorosos, aportando á Francia un nuevo Estado.
Conocedor el Papa de los deseos de dicho rey, mostrábase dispuesto á satisfacerlos, pero creía la ocasión propicia para vender caro su consentimiento, creando de tal modo la verdadera grandeza de su hijo. Igualmente veía César en Luis XII el único monarca capaz de apoyar sus ambiciones que asustaban á otros. Vivía rodeado de españoles, el castellano y el valenciano eran las lenguas que empleaba en la intimidad; pero no tenía, como su padre, los recuerdos de la niñez que unen á la tierra originaria. Había nacido en Roma, era verdaderamente un italiano, y mostraba poca afición hacia Fernando el Católico. Conocía muy bien á este viejo é infatigable zorro de la diplomacia, que engañaba á todos los reyes de su tiempo y no podía permitir que alguien medrase á su sombra.
Convenció á su padre de que sirviendo al rey de España serían siempre una especie de autómatas, moviéndose á ciegas, sin saber adónde quería llevarles aquél. Resultaba preferible unirse al monarca de Francia, más inexperto y necesitado del apoyo papal.
Un convenio secreto se estableció entre el Pontífice y Luis XII. César, que era ahora príncipe laico, iría como embajador á Francia para entregar al rey el documento pontificio divorciándolo de su primera esposa y la dispensa para contraer matrimonio con la bella Ana de Bretaña. Luis XII daría á su vez al hijo del Papa el condado de Valencia (Valence), convirtiéndolo en ducado. Así, el antiguo cardenal de Valencia pasaría á ser duque de Valence y personaje francés, luego de haber figurado como arzobispo español.
La parte secreta del convenio era que el monarca de Francia procuraría el casamiento de César con una dama de familia real (Carlota de Nápoles), y el Santo Padre facilitaría á Luis XII los medios para apoderarse de Milán y Nápoles, con más eficacia que lo había hecho su antecesor. A su vez, Luis XII ayudaría al nuevo duque de Valence á reconstituir los dominios de la Iglesia, fundados al principio de la Edad Media por Pepino y Carlomagno, desposeyendo uno tras otro á los barones feudales que detentaban las antiguas tierras de los Papas, representando un peligro permanente para éstos.
En Agosto de 1498 todos hablaban en Roma de que César iba á partir para Francia, donde le harían duque, pero nadie conocía las cláusulas políticas del tratado, guardadas cuidadosamente.
César, héroe del Renacimiento, terrible y fastuoso, gran amigo de exterioridades, dispuesto á conversar con los artistas de su cortejo, entre dos asuntos políticos ó dos batallas, sobre los dibujos de un tapiz, la autenticidad de una estatua antigua ó el cincelado de un puñal, se ocupó durante varias semanas en sus preparativos de viaje, que fueron enormes, amontonando vestiduras lujosas, pedrerías, armas, jaeces de caballo, libros valiosos, toda clase de ricos presentes.
Para los gastos llevaba 200.000 ducados de oro, cantidad enormísima en aquella época. Gran parte de dicho dinero se la sacaron él y su padre á los judíos residentes en Roma. Su séquito componíase de treinta gentileshombres, un médico, un mayordomo y cien criados, pajes y escuderos. Doce carros y cincuenta mulas de carga llevaban su equipaje. Sus caballos de montar eran tantos que ellos solos ocuparon un navío.
Además del buque de guerra enviado por Luis XII, en el que se embarcó con sus más íntimos compañeros, dos naves de cabotaje y cinco galeras del puerto de Ostia formaron una pequeña flota, acompañándolo hasta Marsella.
Desde este puerto á la Turena, donde se encontraba Luis XII, el viaje de César fué una brillante cabalgata. El cardenal Juliano de la Rovere, residente en Aviñón como legado del Pontífice, había vuelto á buscar la amistad de éste al verle en alianza con el monarca francés. Rodrigo de Borja le cortaba todo camino. Ya no podía encontrar nuevos aliados para combatirlo y le convenía ser su adulador.
Claudio Borja sentía cierto desprecio al pensar en la conducta del futuro Julio II, el cual figuraba en la Historia como hombre enérgico, incapaz de servilismos, no obstante haberse agachado tantas veces ante Alejandro VI, su rival. Este pudo aplastarlo en justa venganza, y lo perdonó con una bondad de varón realmente fuerte, sin sospechar que luego de su fallecimiento sería el encargado de ennegrecer su memoria fabricando una biografía falsa que ha durado tres siglos.
Siempre que hablaba de Alejandro VI con sus íntimos le llamaba «judío», «marrano» ó «circunciso». Como entre los españoles avecindados en Roma los había que eran «marranos», ó sea judíos conversos, los italianos, por odio al extranjero, creían de origen israelita á todos los procedentes de España. En cuanto al apodo de «circunciso», aludía Rovere, al mismo tiempo que á un imaginario judaísmo, á ciertos rumores de la maledicencia popular, que suponían en Rodrigo de Borja, cuando era cardenal y atraía á las mujeres «como el imán al hierro», un monstruoso desarrollo de cierta parte de su organismo.
El hipócrita legado en Aviñón recibía á César como un príncipe real, y tales eran sus fiestas y banquetes al hijo del «circunciso», que en una semana gastó 7.000 ducados de oro. Luego escribía entusiásticas cartas al Pontífice alabando la modestia y las virtudes del que todos empezaban á llamar el duque del Valentinado.
Esto último no lo consideraba Claudio hipérbole adulatoria, pues el valor de las palabras cambia con los tiempos. «Modestia» significaba entonces simpatía, y eran llamadas «virtudes» la elegancia, la cultura y el gracejo en la conversación.
Seguía adelante el duque del Valentinado, siempre de fiesta en fiesta, acogido regiamente por los más altos señores franceses, que habían recibido órdenes de su monarca para obsequiarle cual si fuese un príncipe heredero. En Lyón le daban un banquete pantagruélico, con 360 piezas de volatería ó de caza mayor y 162 platos montados de confitería, corriendo verdaderos ríos de hipocrás y los mejores vinos de Francia. Por Valence, capital de su ducado, pasaba casi sin detenerse, pretextando que debía ser investido por el mismo rey en persona, y también se negaba á recibir el collar de San Miguel presentado por un embajador del monarca, arguyendo que él sólo podía aceptarlo de manos de Luis XII.
Al fin se encontraba con éste en Chinon, y tan esplendoroso era el cortejo de César, que Brantôme hablaba de él en su libro Vida de hombres ilustres, mostrándose deslumbrado, como los otros cortesanos, por el lujo del hijo del Papa, y burlándose al mismo tiempo á impulsos de la envidia.
Los grandes señores franceses se reconocían algo rústicos é incultos al lado de este príncipe de origen eclesiástico que traía de Italia todas las exquisiteces de la nueva existencia creada por el Renacimiento. Comparado con ellos, que vivían como hombres de guerra, resultaba un poco afeminado este joven, vestido á todas horas de seda y terciopelo lo mismo que una dama, luciendo armas de oro y piedras preciosas semejantes á joyas, esparciendo al andar perfumes orientales, seguido en su entrada triunfal de servidores que arrojaban puñados de monedas á la muchedumbre. Todos sus corceles llevaban herraduras de plata, sostenidas apenas por un clavo del mismo metal para que se soltasen y las recogiese la plebe.
En la corte de Francia encontró á Carlota, la hija del rey Federico de Nápoles, que perfeccionaba en aquélla su educación, y todos los esfuerzos de Luis XII para que se uniese en matrimonio con César resultaban inútiles.
Carlota de Aragón estaba enamorada de un señor de Bretaña, y Federico, su padre, decía que le era imposible contrariar los afectos de su hija por conveniencias diplomáticas. Tal vez el amor por el bretón no fué mas que un pretexto para librarse de César.
Insistía éste en sus pretensiones matrimoniales por verdadero deseo amoroso ó por orgullo, pues su matrimonio con Carlota no le ofrecía ninguna ventaja política, ya que estaba convenido entre Luis XII y Alejandro VI repartirse los Estados del rey de Nápoles. En aquella época eran frecuentes tales perfidias, y los que estaban al tanto del tratado secreto no extrañaban ver al rey de Francia, al Papa y á su hijo trabajando para que este último se casase con la hija del que proyectaban destronar en breve.
Desde España, el primer político de la época que lo veía todo por oculto que estuviese—y lo que no sabía lo adivinaba—había acabado por presentir la maquinación papal y francesa. Fernando el Católico se indignó al ver que un español convertido en Pontífice intentaba moverse solo, siguiendo una política independiente que podía resultar contraria á la suya. Como era hombre de acciones múltiples y contradictorias, valiéndose á la vez de minas y contraminas, hasta el punto de enmarañar las cosas de tal modo que, finalmente, sólo él conocía el hilo conductor, buscó ponerse de acuerdo en secreto con el rey de Francia para repartirse entre ambos los territorios de Nápoles, si es que la tal partición resultaba inevitable, y envió al mismo tiempo una embajada amenazadora al Papa, pretendiendo asustarlo.
Llegaron los embajadores españoles á Roma en un momento angustioso para Alejandro VI. César se veía muy agasajado en la corte francesa y era duque de Valence, pero su situación resultaba algo ridícula. Todos sabían que había ido allá para casarse con una princesa de sangre real y el matrimonio no pasaba de ser un proyecto.
Desistiendo Luis XII de Carlota de Aragón, le había propuesto casarse con otra princesa del mismo nombre, Carlota de Albret, hermana del rey de Navarra, que también vivía en su corte. Aceptó César á esta joven de buena presencia, sana, fuerte y con discreto carácter, condiciones que hacían presentir en ella una esposa amable y sumisa. Además, mostraba gran amor por este príncipe bello y lujoso, pródigo en deslumbrantes magnificencias. Pero la familia de Carlota de Albret, especialmente su padre, viendo el apuro del rey, explotaban la situación, renovando sus peticiones de recompensas antes de dar á Carlota.
Esto hacía vivir al Papa en continua incertidumbre, viéndose al mismo tiempo rodeado de peligros más inmediatos. Los Colonna y los Orsini, siempre enemigos, acababan de unirse para hacer una guerra común al Papa. Ascanio Sforza, enterado de su alianza con el monarca francés, que ponía en peligro á Milán, lo abandonaba para unirse á Fernando el Católico y al emperador Maximiliano de Austria, proyectando con éstos la convocación de un concilio que quitase la tiara á Alejandro.
Al presentarse los embajadores españoles en el Vaticano á fines de 1498, traían el encargo de amenazar al Pontífice con la convocación del mencionado concilio. La entrevista del Papa español y los enviados de los reyes de España resultaba borrascosa. Empezaron éstos por hablar de los medios ilegales de que se había valido Alejandro VI para obtener su tiara, pero éste les interrumpió enérgicamente:
—Poseo el pontificado—dijo—con más derecho que los monarcas españoles poseen sus reinos, de los cuales se apoderaron sin título legal y contra toda ley de conciencia, pues correspondían en justicia á otros de su familia, con mayores derechos á obtener la corona. Vuestro rey y vuestra reina no son sino intrusos, y yo lo sé mejor que nadie por haberles ayudado y apoyado en su juventud, acción de la que tal vez me arrepiento ahora.
Todo el resto de la entrevista continuaba en el mismo tono, rechazando el Papa las imputaciones que le hacían y de las cuales la más importante era la exagerada protección á sus hijos. Y como aludiesen los delegados españoles á la muerte del duque de Gandía, presentándola como un castigo divino, replicó el Papa, enojado:
—Más castigados por Dios han sido vuestros reyes, pues no tienen descendencia masculina. Ese sí que es castigo, por los repetidos ataques que se permite don Fernando contra los derechos de la Iglesia, para satisfacer su ambición.
De que el Papa tuviese hijos ilegítimos no hablaron una palabra los embajadores, pues el rey católico poseía cuatro bastardos reconocidos y muchos más cuya paternidad no había querido aceptar. En aquel tiempo pocos podían jactarse de su moral doméstica y de la legitimidad de toda su prole. Monarcas, Papas y prelados eran igualmente padres, al margen de las convenciones sociales y de las leyes eclesiásticas.
Quedaban rotos los tratos entre Alejandro VI y los reyes de España. El antiguo legado, que los había conocido simples príncipes en desgracia, legitimando su matrimonio anormal, protegiéndolos con su influencia y dándoles finalmente el título de Reyes Católicos, decía ahora al nombrarlos:
—Son los dos bellacos más grandes que he conocido en mi vida.
En realidad, les llevaba dado más que había recibido de ellos, y don Fernando abusaba de su condición de español queriendo emplear la fuerza espiritual y política del Papado como un arma diplomática. Luis XII tranquilizó á Alejandro haciéndole saber que el rey de España estaba en tratos secretos con él, al mismo tiempo que pretendía asustar al Pontífice con amenazas de concilio y deposición, por ser aliado de Francia.
Se hablaba tanto en Europa de la posibilidad de un concilio y de negar la obediencia al Papa, que Cristóbal Colón, al fundar un mayorazgo, en el mismo año 1498, disponiendo de las riquezas descubiertas por él, que aún eran entonces imaginarias, encargaba á su hijo mayor, Diego, que acudiese en auxilio del Pontífice si un cisma de la Iglesia hacía perder á éste su dignidad ó sus bienes temporales.
Todos los peligros que se cernían sobre Alejandro VI quedaron repentinamente desvanecidos cuando Luis XII le hizo saber, por un mensajero, que el 12 de Mayo de 1499 se había celebrado y consumado el matrimonio de su hijo con Carlota de Albret.
César, que sólo contaba entonces veintitrés años, conseguía con esto cuanto llevaba en su mente al emprender el viaje á Francia venciendo la oposición de los principales Estados de Italia, cuyos diplomáticos pasaban por maestros en dicho arte, é igualmente las maquinaciones de dos zorros tan astutos como el rey de España y el emperador de Austria.
Un correo expedido por el duque de Valence al otro día de su boda llegaba á la Ciudad Eterna á matacaballo para entregar un pliego al Pontífice. En él daba César breve cuenta á su padre de este triunfo diplomático, añadiendo de pasada, en un estilo crudo, propio de la época, su segundo triunfo, puramente matrimonial.
La carta contenía un simple número 8, indicador de las veces que había poseído á la bella y robusta Carlota de Albret.
Claudio se explicaba este «ocho». Era inverosímil que hubiese enviado un correo especial á su padre únicamente para jactarse de tal hazaña voluptuosa. Su lacónica confidencia no estaba dictada por el impudor ó la grosería.
«Denota orgullo—pensó—por la solidez y aguante de esta navarra vigorosa que va á ser la madre de sus hijos. Necesita alegrar con su confidencia al futuro abuelo, ansioso de que la estirpe de los Borja se prolongue, de que lleguen éstos á ser reyes de Italia, ambición persistente en la familia desde Calixto III.
Esta exagerada repetición de los cabalgamientos amorosos era algo común en aquella época de vidas cortas, tumultuosamente apasionadas. Los hombres de alta clase vivían entre continuas hazañas de guerra y de amor, obligándoles las últimas al uso de violentos afrodisíacos para exacerbar su vigor genésico. Tal fué una de las causas de que todos muriesen jóvenes, envenenadas sus vísceras por mixturas excitantes y roedoras.
En el resto de su existencia demostró César pertenecer á la misma especie que todos los hombres célebres por sus hazañas amorosas. Disponía á su arbitrio del ejercicio de sus fuerzas sexuales, dejándolas dormidas cuando le convenía, sin que le estorbasen con el acuciamiento del deseo; centuplicándolas otras veces si lo consideraba útil á sus fines. Esta cualidad era para Claudio el gran secreto de todos los héroes de la seducción agrupados en torno á la figura de su maestro el legendario Don Juan.
Recordaba la breve y obscura historia de la duquesa del Valentinado. También ella escribía al Pontífice mostrando gran entusiasmo por las asiduidades de su esposo. Un matrimonio que empezaba tan generosamente no podía reservarle desilusiones en lo futuro.
Durante cuatro meses, de Mayo á Septiembre de 1499, César y Carlota permanecían en silencioso retiro. Nadie hablaba de ellos, y á su vez, los nuevos duques procuraban vivir lejos de la Historia. De pronto, César tenía que abandonar á su esposa para ir á Roma y emprender la guerra contra los tiranuelos que detentaban las posesiones de la Santa Sede.
El estado físico de la duquesa no la permitió seguir á su esposo. En los primeros meses de 1500 daba á luz una niña, que recibió el nombre de Luisa. Ni ésta vió nunca á su padre, ni Carlota volvió á encontrar á su marido.
Al separarse de ella, iba César Borgia hacia las mayores glorias de su vida, á demostrar en tres campañas nada más que el antiguo cardenal de Valencia era un capitán famoso y á morir como soldado obscuro, sin que los que le daban muerte presintiesen la importancia de su acto.
Dos años se esforzó Carlota de Albret por ir á Italia en busca de su marido y que éste conociese á su hija. Enviaba para ello frecuentes cartas á su suegro el Papa; pero la continua movilidad del ejército pontificio, las inesperadas marchas y contramarchas de su estrategia, los peligros del viaje, la impidieron cumplir su deseo.
Claudio Borja sonreía al pensar en el «ocho» de la carta de César y en los cuatro meses de silenciosa felicidad de la bella Carlota, cuyo recuerdo le acompañó toda su vida, manteniéndola en voluntaria viudez.
Nunca quiso ser de otro hombre, pensando siempre en el único que había amenizado su existencia con tan apasionado vigor. Y moría á la edad de treinta años, sin haber hecho otra cosa que dedicarse á la educación de Luisa, la hija de César Borgia, casada por primera vez con un príncipe de Talmond, muerto en la batalla de Pavía, y finalmente con otro príncipe de la familia Borbón.
III
Las campañas de César, el heroico arremangamiento de faldas de Catalina Sforza y «el bello engaño» de Sinigaglia.
En las evocaciones de sus lejanos ascendientes, asimilaba Claudio el carácter de cada Borgia á la imagen de un animal.
El papa Alejandro le parecía un toro impetuoso, franco en sus arranques, como los que corren por el redondel del circo, acometiendo de frente á todos y dejándose engañar al fin. Los grandes diplomáticos de aquella época—los más retorcidos y astutos de la Historia—lo consideraban un hombre apasionado, y por lo mismo propenso á desorientarse en sus maquinaciones.
A César lo veía como un tigre de dorada piel, ojos de esmeralda y estiramientos peligrosamente elegantes. A continuación convertíalo en pájaro, á causa tal vez de su afición á vestirse, según la moda española, con rasos y brocados negros. Era un ave de presa del mismo color de la noche, las pupilas de fuego y un penacho blanco como remate.
Le parecía el padre más simpático y bondadoso. César tenía, en cambio, mayor elegancia, aun en su lobreguez misteriosa. Abarcaba su ambición más dilatados horizontes, y la vanidad masculina lo ponía á cubierto de las abdicaciones del amor.
Rodrigo de Borja era un enamorado hasta su vejez, dejándose guiar por las mujeres. César las poseía más por ansia de dominación que por verdadero amor, sin obedecerlas nunca, manteniéndolas lejos de sus asuntos, utilizándolas sólo para sus placeres, y mostrando á continuación cierto desprecio por ellas, semejante al de los orientales poseedores de un gran harén.
«De ser mujeriego simplemente, como su padre—pensaba Claudio—, no habría podido realizar lo que hizo en tres años».
Su regreso á Italia esparcía la inquietud entre los soberanos italianos, quienes venían temiendo desde mucho antes las consecuencias de tal viaje.
Claudio Borja se dirigía siempre, en sus paseos por Roma, á los lugares donde se había desarrollado la última parte de la vida de César y de su padre, las Estancias de los Borgia, los jardines del Belvedere, teatro de suntuosos banquetes y fiestas al aire libre, el castillo de Sant Angelo, fortificado por Alejandro VI hasta hacerlo inexpugnable para las armas de aquella época.
Suprimía con la imaginación toda la obra de los Pontífices posteriores, y después de eliminada esta cascara histórica que él llamaba «moderna», creía ver el Vaticano tal como era entonces, con su vida de intrigas y pequeñas guerras, con el populacho al exterior, maldiciente y tornadizo, entusiasmado unas veces por los triunfos de los Borgia, llamando á César «el único», propalando y aceptando en otras ocasiones las calumnias más monstruosas forjadas contra ellos en Venecia y en Florencia, que los cronistas copiaban en sus Dietarios y los embajadores en sus cartas, precedidas simplemente de un «se dice» ó un «según cuentan».
El triunfo de César en Francia sembraba el pánico entre los enemigos de la política pontificia. El cardenal Ascanio Sforza, de carácter pusilánime, no obstante sus intrigas continuas, huía de Roma temiendo la vuelta de César; mas en su perpetua indecisión se abstenía de ir á Milán al lado de su hermano Ludovico «el Moro», para que no le creyesen de acuerdo con éste. Tal ejemplo influía en Alfonso de Aragón, esposo de Lucrecia, el cual escapaba igualmente del Vaticano. Era sobrino del rey de Nápoles, y como el duque de Valence mostraba enojo contra dicho monarca por haberle negado la mano de su hija Carlota, temió las consecuencias de la mala situación en que le colocaba esto dentro de la familia Borgia. Y sin que le amenazase ningún peligro inmediato, salió de Roma, yendo á reunirse con el cardenal Sforza.
Lucrecia no quiso seguirle, á pesar de sus ruegos, considerando inoportuno tal pánico, y su padre la nombró regente de Spoleto, ciudad y territorio gobernados hasta entonces por cardenales legados.
Este nombramiento no resultaba extraordinario. Era un gobierno político, sin ningún carácter religioso, y muchos Estados italianos vivían regidos por mujeres. Lucrecia, de juicio claro y tranquilo para resolver los asuntos públicos, fué objeto de las alabanzas de sus administrados. Más tarde, el Papa le dió el gobierno de Nepi, y al casarse con el duque de Ferrara administró igualmente, en ausencia de su esposo, este principado importante, demostrando poseer las mismas condiciones políticas de su padre y de su hermano César.
Al fin el marido de Lucrecia, convencido por ella, se tranquilizó, volviendo á su lado. La hija del Papa daba á luz en Noviembre un hijo, que recibió el nombre de su abuelo Rodrigo, siendo bautizado con gran pompa en la Capilla Sixtina.
Había penetrado en Italia el rey de Francia, apoderándose el 6 de Octubre de Milán, abandonado por Ludovico «el Moro», quien fué á refugiarse cerca de Maximiliano, emperador de Austria. César Borgia, llegado con Luis XII, organizaba rápidamente un ejército para guerrear por su cuenta contra los barones feudatarios de la Santa Sede que se negaban á obedecerla, y á los que Alejandro había declarado desposeídos de sus territorios.
Iban á empezar las brillantes campañas del nuevo duque. Su ejército se componía de mercenarios facilitados por el rey de Francia ó reclutados por él mismo. Con César Borgia y con Gonzalo de Córdoba iniciábase la verdadera guerra moderna.
Su caballería constaba únicamente de trescientas lanzas, al mando del capitán Ives d’Allegre, el mismo que años antes había cautivado á Julia Farnesio. El bailío de Dijón mandaba una hueste de suizos y gascones, y á estas tropas de procedencia francesa había unido Borgia las compañías de los condottieri Tiberti y Ventivoglio. Además contaba con una legión de españoles, que ascendió algunas veces á 3.000 combatientes, figurando á su cabeza el noble valenciano don Hugo de Moncada, que fué luego uno de los mejores capitanes de mar y tierra de Carlos V, pereciendo como almirante en una batalla naval.
Claudio se detenía á reflexionar sobre la composición de esta tropa española, núcleo, durante tres años, del ejército de César.
Eran los más de sus hombres temibles revoltosos, inclinados á las acciones heroicas y á los actos reprensibles, que sólo podía gobernar un capitán como César, semejante á ellos, cruel y generoso, dispuesto á sostener la disciplina matando, y tolerante al mismo tiempo para los atentados particulares que cometiesen sus gentes, sobre todo en lo referente á mujeres. Estos soldados llegaban de España atraídos por las hazañas del «Valentino», como ellos llamaban á César, ó se habían trasladado desde el vecino Nápoles, desertando las banderas de Gonzalo de Córdoba, por parecerles más fructíferas y gloriosas las campañas del hijo del Papa. Muchos iban á embarcarse años después para combatir contra guerreros cobrizos, explorar tierras de misterio y echar los cimientos de famosas ciudades al otro lado de la mar océana, en un mundo recién descubierto. Otros se quedaban para siempre en Europa, haciendo la guerra en diversos países, como si todo el viejo mundo, sin distinción de idiomas ni fronteras, fuese para ellos interminable campo de batalla.
Uno se llamaba Diego García de Paredes, y era apodado «el Sansón de Extremadura», atribuyéndole la tradición—tantas eran sus fuerzas—el arranque en una iglesia de la pila de agua bendita para que una dama mojase sus dedos en ella con más facilidad, el detener con sola una mano la marcha de una carreta de bueyes, el hacer frente á todas las avanzadas de un ejército, protegiendo de este modo la retirada de los suyos. A otro, también extremeño, Gonzalo Pizarro, lo apodaban «el Romano» en Trujillo, su ciudad natal, á causa de sus campañas en Italia. Mucho antes de servir á César Borgia había tenido un bastardo con una campesina de su tierra, abandonándolo, y este chicuelo, llamado Francisco, que guardaba cerdos y no había tenido tiempo para aprender á leer, conquistaba años adelante á orillas del Pacífico un Imperio enorme, llamado del Perú, gobernando como rey los vastísimos territorios de los Incas vencidos.
Don Michelotto era capitán de una de las más temibles compañías, compuesta de españoles bullangueros y espadachines reclutados en los suburbios de Roma.
También en la hueste italiana los hombres eran de una existencia no menos aventurera. Los había ignorantes y brutales, verdaderas bestias de combate; otros cultos, de gustos artísticos, llevados á la guerra por violencias de su carácter ó aventuras de su historia azarosa. Todos los escritores capaces de manejar una espada, estudiantes de humanidades aburridos de su vida sedentaria, pintores ó escultores que habían descalabrado á un compañero en sus peleas de taller y andaban huyendo de la justicia, se acogían á las banderas del Valentino. Uno de estos soldados se llamaba el Torrigiano, y era el mismo escultor feroz y brutal que, discutiendo con su condiscípulo Miguel Ángel en la iglesia del Carmine de Florencia, lugar de su escuela, le aplastaba la nariz de un tremendo puñetazo, dejando para siempre afeado su rostro con esta desfiguración.
El ejército de César constaba solamente de unos diez mil hombres, pero con abundante artillería. Había observado en silencio el modo de hacer la guerra usado por Gonzalo de Córdoba cuando guiaba al duque de Gandía, aprovechando sus lecciones indirectas y perfeccionándolas. La infantería y la artillería eran sus verdaderas armas. Los peones marchaban, bajo sus órdenes, desembarazados de impedimenta, con gran movilidad. En aquel tiempo de caballería pesada, de jinetes cubiertos de hierro, de marchas lentas y reposos que duraban años ante las plazas sitiadas, César Borgia fué de un lado á otro, buscando á sus enemigos, con celeridad pasmosa.
Recordaba Claudio cómo algunos autores franceses habían comparado la rapidez de movimientos del joven conquistador papal con las campañas que debía realizar sobre el mismo suelo de Italia, tres siglos después, otro caudillo de sus mismos años llamado Bonaparte.
Empezó su guerra atacando á los señores que detentaban los feudos de la Iglesia al otro lado de los Apeninos, sobre la vertiente del Adriático, en las llamadas Romañas y la Marca de Ancona: los Manfredi de Faenza, los Riario de Imola y de Forli, los Malatesta de Rímini, el Juan Sforza de Pésaro, los Montefeltro de Urbino y tantos otros.
Las primeras operaciones fueron seguidas de rápidas victorias, casi sin combate. Abrían sus puertas los vecindarios de muchas ciudades al joven conquistador, recibiéndolo en triunfo. Habían vivido sometidos hasta entonces á la tiranía rapaz de pequeños déspotas, que se hacían guerra entre ellos y siempre estaban de acuerdo para explotar á la plebe. A César Borgia lo aclamaban como un libertador. Conocían su generosidad y sentíanse halagados por sus costumbres democráticas.
El astuto Borgia conquistaba para el porvenir, llevando ante sus ojos la quimera de agrupar todos los Estados italianos en un reino único, obediente al Pontífice, pero gobernado por monarcas salidos de su familia. La jornada iba á ser larga, y él debía acariciar al pueblo, que le serviría de cabalgadura en tal camino, economizando sus fuerzas en vez de molerlo á golpes y agotar su vigor, como hacían todos los pequeños tiranos del Renacimiento.
Se había propuesto una conducta política, concretándola en este lema: «Duro con los grandes, dulce con los humildes». Y para mantener dicha máxima derramó la sangre de sus allegados cuando fué necesario. En varias ocasiones ahorcó ó decapitó á gobernadores suyos, por haber imitado la mala conducta de los señores desposeídos, abrumando al pueblo con injusticias y robos.
Los romañoles, montañeses del Apenino, hercúleos y con gran afición á los ejercicios violentos, veían favorecidos sus gustos por este gran señor, siempre vestido de ricas telas y cubierto de joyas como las damas. Su exterior delicado en apariencia, su rostro fino y sus elegantes maneras ocultaban una fuerza atlética.
En las fiestas populares de los países conquistados por él, la muchedumbre veía al poderoso duque Valentino hablando familiarmente con labriegos y pastores. De pronto se quitaba el jubón de seda y la camisa de blondas, quedando con el torso al aire, é invitaba á hacer lo mismo á los señores que le acompañaban, entregándose á la lucha cuerpo á cuerpo con los más humildes de sus súbditos, siempre que tuviesen una poderosa musculatura, venciéndolos ó siendo vencido por ellos, y estrechando finalmente la mano de su adversario entre aplausos y aclamaciones.
Como la distancia carecía de obstáculos suficientes para intimidar á este jinete incansable, dejaba ir á sus tropas sobre Imola y á todo galope se dirigía á la Ciudad Eterna para ver á su padre, después de un año de separación. Permanecía dos días junto á él y tornaba á partir para Imola en una galopada inverosímil, corriendo en veinticuatro horas lo que exigía para otros varias jornadas.
Seguían las ciudades rindiéndosele sin resistencia. Sublevábase el vecindario contra sus antiguos déspotas, aclamando á César. Eran los castillos de cada población los que se defendían, por haberse encerrado en ellos el señor del pequeño Estado ó su principal lugarteniente.
En Forli, capital de las tierras de la célebre Catalina Sforza—una de las más trágicas figuras del Renacimiento italiano—, ocurría lo mismo. Entregábase la ciudad á discreción, mientras Catalina corría á encerrarse en la fortaleza, dispuesta á morir entre sus ruinas.
Este virago, sin duda heroico, vivió una existencia abundante en desgracias y crímenes. Sus infortunios conmovían á los contemporáneos porque era mujer, pero verdaderamente resultaba superior por la brutalidad de su carácter, más salvaje que viril, á todos los tiranos de su época.
Su padre, antiguo déspota de Milán, exasperaba de tal modo al pueblo, que éste lo mató, haciendo pedazos su cadáver. La mayor parte de sus parientes, todos ellos tiranos, perecían víctimas de motivadas venganzas. Mujer de cuerpo grande y vigoroso, teñida de rubio, como era la moda entonces, violenta en sus amores y en su sistema de gobernar, se había casado muy joven con un Riario, sobrino de Sixto IV y primo de Juliano de la Rovere. Dicho Riario cometía tales atrocidades, que los habitantes de Forli lo mataban, arrojando su cadáver desde lo alto de la fortaleza. En vez de corregir tal castigo popular el carácter de Catalina, lo hizo más autoritario y cruel. Tomó un amante que realizó iguales excesos, provocando una segunda revolución, en la que fué hecho pedazos, lo mismo que el esposo. Después de esto se dedicó ella sola á oprimir y castigar á su pueblo.
Montada á caballo al frente de sus tropas, hizo pasar á cuchillo una parte de la población de Forli, sin perdonar mujeres y niños. Repelida por la muchedumbre hasta la fortaleza de la ciudad y sitiada en ella, le exigieron los sublevados que se rindiese, avisándola que tenían entre sus manos á sus hijos y los harían morir si no capitulaba.
Entonces la rubia amazona, subida en una almena, se remangó las faldas, mostrándose desnuda de cintura abajo, y por toda contestación golpeó con su diestra el blanco globo de su vientre y el musgoso triángulo final. Podían matar á sus hijos: ella guardaba el molde para hacer otros.
Poseedora de Forli y las poblaciones anexas, como viuda de un sobrino de Papa que las había recibido en feudo, este marimacho joven y bárbaramente heroico resultaba un enemigo digno de César. En vano avanzó Borgia á pecho descubierto hasta el pie del castillo para rogar á la Sforza que capitulase, evitando las consecuencias de una lucha desesperada. La terrible hembra no le quiso oir, y el 12 de Enero de 1500, por una brecha abierta á cañonazos, penetraban los asaltantes en el primer recinto. Catalina se refugió entonces en la torre central, apodada «el Macho», pero las minas preparadas estallaron á destiempo, haciendo más daño á los suyos que á los enemigos, y éstos consiguieron apoderarse de toda la fortaleza.
César hizo prisionera á Catalina, tratándola con los honores debidos á su rango, mientras esperaba ocasión de enviarla á Roma, donde la seguían un proceso por haber intentado envenenar al Papa. Los cronistas de Venecia, que aprovechaban todos los sucesos para inventar una nueva calumnia contra los Borgia, escribieron que el vencedor de Catalina Sforza no se había contentado con penetrar en la fortaleza de Forli, haciendo sufrir á su antigua poseedora otros asaltos. También llegaron á insinuar que Alejandro VI había abusado de ella cuando la tuvo cautiva en el Vaticano, cómodamente alojada en el palacio del Belvedere.
Tales suposiciones eran absurdas. César, de gustos refinados en sus amores, no podía sentirse atraído por esta amazona admirable á causa de su brutalidad, pero poco atractiva como mujer; y en cuanto al padre, vivía más dominado que nunca por Julia Farnesio.
En cambio, resultaban indiscutibles la bondad y la tolerancia de Alejandro. Tenía pruebas de que Catalina había preparado su envenenamiento, librándose de él por un azar. Podía haberla sometido á un tribunal que la condenase á muerte con todas las formas legales; también le habría sido fácil desembarazarse de ella haciéndola estrangular cuando vivía en el castillo de Sant Angelo ó en la dulce prisión del Belvedere, imitando los procedimientos de otros soberanos. Pero al verla vencida se dejó llevar por su carácter jocundo, incapaz de largas y premeditadas venganzas, permitiendo finalmente que se retirase á un convento de Florencia. De él salió luego para casarse con Juan de Médicis, teniendo un hijo que fué el famoso condottiere Juan de las Bandas Negras.
Dejaba César como gobernador de Forli á un español de su confianza, don Ramiro de Lorca, y pretendía seguir adelante en sus campañas, cayendo sobre los territorios de Pésaro y otros Estados inmediatos, cuando Luis XII, por exigencias de Tribulcio, su representante en Milán, le quitó momentáneamente las tropas francesas que figuraban en su ejército. Esto le obligó á suspender sus operaciones, retirándose á Roma, no sin antes conquistar otras plazas de menos importancia.
Toda Italia se convenció de que la Iglesia tenía por primera vez un gran capitán propio, capaz de defender sus tierras actuales y recobrar las perdidas. Movíanse Alejandro y César por una ambición de familia, «pero no resultaba menos cierto—como dijo Maquiavelo—que después de fallecidos Alejandro y el duque Valentino, la Santa Sede iba á heredar todas sus conquistas».
«La Iglesia—pensaba Claudio—salió agrandada del pontificado de Alejandro VI y no disminuída, como en muchos papados anteriores. Julio II, el vengativo Juliano de la Rovere, que tanto escarnecía á su antiguo amigo Borgia, heredaba de él la paz y el orden establecidos por su autoridad en los Estados pontificios, el aumento de las Romañas y otras provincias, así como la ruina de los barones feudatarios, escarmentados é incapaces de reproducir sus demasías contra los Papas. El cosechó lo que otros habían sembrado.»
Fué la entrada de César en Roma una imitación de los cortejos triunfales de la antigüedad. Le esperaba su padre con una impaciencia que no podía disimular, llorando y riendo al mismo tiempo. Sentíase orgulloso de este hijo de veinticuatro años que, luego de mostrarse en Francia superior á los primeros diplomáticos de Europa, acababa de revelarse un guerrero invencible.
«Ante sus ojos—siguió pensando Claudio—se abrían nuevos cielos. El también soñaba, como César, en un porvenir glorioso. Su vida particular, con todas sus debilidades y pecados, la consideraba independiente de sus funciones de Pontífice. Aspiraba á ser uno de los más grandes Papas, trabajando con desinterés por la prosperidad de la Iglesia. Sus carnalidades de hombre no le impedían sentir una profunda fe religiosa. Era igual á los personajes de su época, creyentes en los dioses paganos, en la astrología, en la magia, y al mismo tiempo en el cristianismo; adoradores sinceros de la Virgen y escandalosamente licenciosos en su vida ordinaria.»
Dios le protegía; estaba seguro de ello. Un nuevo mundo había sido descubierto bajo su pontificado. Y un gran capitán de la Iglesia revelábase ahora en su familia. Cuando sojuzgase á los tiranuelos de Italia, estableciendo en ella la unidad política, el orden y la prosperidad, tendría que pensar en la reconquista de Jerusalén y Constantinopla, aspiración de todos los Pontífices anteriores, que nunca pasó de ser vano proyecto. El y su hijo realizarían tan enormes empresas.
Todo el Sacro Colegio, los embajadores, la curia, la nobleza romana, los ciudadanos notables, salían fuera de la puerta de Santa María del Popolo para recibir con la cabeza destocada al nuevo caudillo de la Iglesia.
César, que había heredado de su padre el genio de la magnificencia, supo mostrarse digno de tan grandiosa recepción. Sus tropas de italianos y españoles, así como su cortejo de caballeros, desfilaron con un orden poco conocido en los ejércitos de entonces, mostrando gran suntuosidad en sus vestimentas. Hasta los carromatos de su bagaje llevaban ricas fundas con el escudo de los Borgia.
En cambio, él, deseoso de llamar la atención por el contraste, iba á la española, su traje favorito, vestido de terciopelo y satén negros, con elegante modestia, pero llevando al cuello el gran collar de San Miguel, presente de Luis XII, distintivo reservado á los príncipes de sangre regia. Además, cada una de sus armas era una joya artística.
Entró en la empavesada ciudad entre cañonazos y volteos de campanas; las mujeres le enviaban flores, sonrisas, besos. El pueblo daba vivas á «nuestro César». Era un capitán victorioso nacido en Roma, el hijo de la señora Vannoza la del Transtevere, y todos creían propia la gloria del hijo del Papa. Por el Corso llegó al castillo de Sant Angelo y luego al palacio papal, recibiéndolo el Pontífice en el célebre salón del Papagayo, destinado á los embajadores.
Modesto y grave, dió gracias el joven caudillo en una corta arenga, inclinándose á continuación ante el Papa para besarle un pie, según el ceremonial; pero Alejandro, con los ojos llenos de lágrimas, le tendía los brazos, estrechándolo en ellos.
Sucedíanse las fiestas, desfilando á través de la ciudad un cortejo simbólico que representaba el triunfo de Julio César. Las glorias de los dos Césares, hijos de Roma, eran confundidas por la muchedumbre entusiástica. Mientras ésta se regocijaba día y noche en mascaradas y bailes, el héroe permanecía al margen de tales diversiones, oculto en su alojamiento del Vaticano, entre caudillos, prelados, escritores y pintores, hablando con ellos de poesía, de historia ó artes plásticas.
Empezó á llevar la existencia anormal de sus últimos años, que le rodeaba de misterio, dando cierta veracidad ficticia á las calumnias de sus enemigos. Gustaba de no ser visto nunca por las gentes que hablaban de él en todo momento. Vivía de noche, dando audiencia en las horas de la madrugada. Si salía por la ciudad, era con antifaz y vestido de negro, para que nadie lo reconociese.
«Particularidad inexplicable—se decía Claudio—. Este hombre tan rápido en sus operaciones de guerra, tan amigo del esfuerzo físico, que consideraba un placer la lucha á brazo partido con sus más vigorosos súbditos, cuando estaba en su casa, rara vez usaba las sillas. Permanecía días enteros acostado en un diván, y así leía ó escuchaba las lecturas de su secretario; así escribía sus breves cartas, comía ó jugaba al ajedrez con sus amigos. En los últimos años de su existencia, cuando no estaba á caballo vivía tendido.»
Todo en él era con exageración y violentas alternativas. Podía galopar días enteros, reventando corceles, y era capaz de pasar una semana lo mismo que un musulmán en su harén, sin sentir necesidad de movimiento.
Después que el Papa le dió la Rosa de Oro, distinción reservada casi siempre á los reyes, que el Sacro Colegio votó unánimemente premiando sus servicios á la Iglesia, dejóse ver otra vez en público, pasando sin esfuerzo de su pereza oriental á la más arriesgada actividad. A espaldas de la basílica de San Pedro se había improvisado una plaza de toros, para dar una corrida, á la que asistió toda Roma.
Mostrábase el héroe en esta corrida á cara descubierta, bajando á la arena con simple jubón y calzas para torear á pie, matando cinco toros con una espada pesadísima y una capa que le servía de muleta. El último toro lo remató de un golpe que era su secreto, hiriéndolo entre dos vértebras tan profundamente que cortaba por entero su pescuezo, y el público rugió de admiración ante dicha habilidad, no pudiendo explicarse tanta fuerza en un joven esbelto y de facciones delicadas. Los embajadores enemigos de la familia papal escribían á sus gobiernos asombrados del valor y la maestría de César, reconociendo el inmenso entusiasmo de los romanos por él.
Pronto empezaron á sentir los Borgia las consecuencias de su triunfo militar en forma de calumnias y ataques anónimos.
Claudio veía imaginariamente al padre y al hijo como si hubiesen metido los pies en un inmenso avispero, no pudiendo defenderse de sus enjambres irritados. Un Papa español osaba hacer lo que ninguno de los Pontífices nacidos en Italia, restableciendo la autoridad de la Santa Sede, desconocida siempre por los tiranuelos que detentaban las tierras de la Iglesia. Un joven romano, cuya sangre era por mitad española, iba á acabar con todos ellos, acariciando el designio de apoderarse más adelante de Florencia y hasta de los Estados que tenía Venecia en la tierra firme, para constituir una Italia única... Y todos los señores, grandes ó mediocres, así como las repúblicas comerciales, difamaban á estos dos extranjeros triunfantes en Roma. Los libelistas escribían contra los Borgia crónicas monstruosas, que empezaban siempre por un «se dice». Forjaban epigramas feroces ó historias inverosímiles, aceptadas sin obstáculo por las muchedumbres, dispuestas siempre á creer todo lo que causa daño á los poderosos.
Nadie mostraba interés en apoyar al Pontífice y á su hijo, y en cambio, eran muchos los que juzgaban conveniente su muerte. Sólo podían proteger á un contado número de autores residentes en Roma, y los demás escribían ó inventaban en el resto de Italia contra la victoriosa familia.
Los mismos españoles instalados en el país contribuían á esta guerra desleal. Los Borgia no podían dar colocación á todos, y con una saña reconcentrada y envidiosa repetían las maledicencias de los noveleros italianos, agrandándolas. Uno de ellos, el capitán Fernández de Oviedo, que fué años después el primer historiador del Nuevo Mundo, acogió en Roma las más absurdas patrañas contra Alejandro y César, culpables en realidad de no haberlo empleado nunca.
En Nápoles, el rey Federico, que adivinaba un próximo ataque del monarca francés y de César Borgia, dió libertad á sus escritores para que agrediesen con la pluma á la familia papal. El rey de España, desde lejos, aprobaba igualmente esta guerra contra un compatriota que había osado emanciparse de su autoridad. Venecia era un foco de propaganda antiborgiana. En Florencia, los consejeros del Estado indicaban á Maquiavelo la necesidad de impedir que César continuase sus campañas «fuese como fuese», lo que significaba, en el lenguaje de entonces, la conveniencia de asesinarlo.
Dos sucesos ocurridos dentro del Vaticano preocuparon por algún tiempo al pueblo de Roma. En Junio de 1500 una tempestad echó abajo la gran chimenea del palacio papal, destruyendo con sus escombros el techo del salón donde daba audiencia Alejandro VI. Dicho derrumbamiento mató á varios de los que rodeaban al Pontífice, pero éste resultaba indemne gracias á una larga viga que al caer formó ángulo encima de su cabeza, librándole de la lluvia de cascotes que indudablemente le habría matado.
Una vez más se mostró el valor tranquilo del Papa, hombre que ya contaba setenta años. Sólo quiso dejarse curar por su hija Lucrecia, sin que se notasen en él signos de miedo; antes bien, creyó en un influjo providencial que velaba por su existencia para que pudiese realizar todos sus planes en pro de la grandeza del Pontificado. Semanas después, cuando los romanos comentaban aún el «milagro» con que Dios había protegido al papa Borgia, un crimen hizo olvidar dicho suceso.
Alfonso de Aragón, duque de Biseglia y marido de Lucrecia, era apuñalado á las once de la noche en la escalinata de San Pedro por un grupo de hombres enmascarados, cuando iba á reunirse con su esposa en el Vaticano. Los agresores huían creyéndole muerto, protegidos por un grupo de jinetes, hasta una de las puertas de Roma. Alfonso, que sólo estaba herido de gravedad en la cabeza y los brazos, llegaba arrastrándose á las habitaciones del Pontífice, pidiendo auxilio, y su mujer sufría un síncope al reconocer su voz.
Sancha y Lucrecia dedicábanse á su curación, y el Papa prohibía bajo pena de muerte que las gentes penetrasen con armas en la llamada Ciudad Leonina, ó sea en los barrios inmediatos al Vaticano. Además, colocó centinelas ante la puerta del dormitorio del herido, á pesar de que le velaban su mujer y su hermana á todas horas. Esta conducta de Alejandro denunció su temor de que volviera á repetirse la intentona de asesinato por parte de alguien que él no se atrevía á castigar.
Mostrábase el esposo de Lucrecia más inclinado á favor de su tío el rey de Nápoles que de la familia Borgia, y dicho monarca napolitano consideraba gran fortuna la posibilidad de que desapareciese César. Este era enemigo suyo y esperaba solamente que el rey de Francia avanzase contra Nápoles para unirse á él. Ofendido, por su parte, el hijo del Papa á causa del menosprecio con que le había tratado Federico cuando solicitó la mano de su hija, incitaba á Luis XII para que se apoderase de Nápoles cuanto antes. Convenía esta conquista á sus intereses políticos, esperando sacar de ella muchos territorios para aquella Italia futura unificada bajo su mando.
La opinión general creyó la tentativa de asesinato del duque de Biseglia obra de César. El tampoco se recató en mostrar el odio que le inspiraba su cuñado.
«Los encargados de ennegrecer á los Borgia—se dijo Claudio—sólo hablan del asesinato del príncipe napolitano y no consignan las declaraciones de César, el cual afirmó que Biseglia, por encargo del rey de Nápoles, había querido matarlo dos veces; una de ellas valiéndose de un arquero muy hábil, para que lo suprimiera desde lejos y sin ruido con un flechazo certero cuando lo viese pasar por un patio del Vaticano.»
Sin duda, su guardia personal, dirigida por el terrible don Michelotto, había descubierto las mencionadas asechanzas, y el duque Valentino se mostraba implacable en tales casos, ordenando matar para que no le matasen.