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A los pies de Venus (los Borgia)

Chapter 20: IV
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About This Book

La novela arranca con la transformación vital de un joven tras el encuentro con una viuda seductora, y sigue su relación apasionada y cosmopolita, marcada por la exaltación amorosa, la exhibición social y la tensión entre deseo y reputación. En capítulos posteriores la narración amplía su foco hacia una saga familiar poderosa, retratando ambiciones políticas, luchas por el poder y las intrigas que generan enemigos y una reputación negativa. A través de episodios íntimos y panorámicas históricas se exploran la corrupción del poder, la supervivencia social y la ambivalencia moral de personajes públicos y privados.

Explicábase Claudio dicho suceso recordando las costumbres políticas de entonces. Todos reconocían la necesidad y hasta la santidad del crimen de Estado. El que estorbaba á un príncipe debía morir por obra del puñal ó del veneno.

No había gobernante ni personaje rico que dejase de hacer probar viandas y bebidas á sus criados antes de sentarse á la mesa. Tampoco existía Papa, rey, príncipe, cardenal ó simple condottiere que no poseyera un navío de plata con las velas desplegadas, cuyo casco se abría con llave, guardándose en su interior el cubierto propio, la servilleta, la sal y todas las especias, para evitar así un posible envenenamiento. Todo invitado á un banquete enviaba por delante su navío con un doméstico fiel encargado de colocarlo en la mesa, y al llegar lo abría con su llave, sacando el cubierto y las especias, sin que al dueño de la casa le ofendiese tal precaución.

Una de las razones de la vida nocturna de César y su aislamiento de la multitud, que le hacía ir enmascarado, era que así podía librarse más fácilmente de las tentativas de asesinato y envenenamiento urdidas contra él por los tiranuelos de Italia. Ninguno de éstos sentía limpia su conciencia. Todos tenían en su historia uno ó varios homicidios por motivos políticos ó privados.

La muerte del duque de Biseglia fué relatada de diverso modo por cada uno de los embajadores y los folicularios enemigos de los Borgia. Atribuyéronla unos al veneno, los más á la estrangulación.

Contaban que el príncipe napolitano estaba en su dormitorio, convaleciente de sus heridas, conversando con su esposa y su hermana Sancha, cuando llamaron á la puerta. Una de las dos preguntó:

—¿Quién es?

—El diablo—repuso desde fuera una voz burlona.

Se abrió la puerta bajo el rudo empujón de varios hombres. Unos echaron fuera de la cámara á las dos señoras, mientras otro más pequeño, que parecía su jefe, el terrible don Michelotto, estrangulaba en su lecho al duque de Biseglia.

En realidad, este suceso no produjo gran escándalo. Todos vieron en él un crimen de Estado, corriente en aquella época, y los embajadores de las principales naciones no le concedieron en sus despachos extraordinaria importancia. Casi lo atenuaron por odio á César, como si tal asesinato fuese un acto meritorio de gran político.

«El salvajismo de los mencionados procedimientos—pensó Claudio—nos espanta, porque tenemos un alma diversa á la de entonces; porque hemos perdido las nociones del arte de morir, amando más la vida con todas las cobardías que comporta dicho amor; cobardías que los hombres del Renacimiento no conocieron por estar convencidos de que morirían jóvenes.»

Aterrada é indignada Lucrecia por la muerte del padre de su hijo, se retiró á Nepi, cayendo enferma de fiebre; pero transcurridos tres ó cuatro meses volvía á Roma para figurar en las fiestas papales, consolada ya de su viudez.

Mujer de su época, respetuosa ante los crímenes de Estado, la convencía César fácilmente de sus razones para obrar así, en defensa propia, demostrando que su difunto esposo merecía la muerte que él le había hecho dar. La misma razón de Estado consiguió que Lucrecia aceptase, sin oposición alguna, un tercer matrimonio, el más brillante de todos, con el duque Alfonso de Este, soberano de Ferrara, uno de los mejores Estados de Italia.

César iba á empezar de nuevo la guerra. Luis XII, que se había preparado á invadir el reino de Nápoles, enviaba otra vez al Valentino las tropas que le retiró. Esta segunda campaña contra los vasallos rebeldes de la Iglesia también la secundaban las ciudades sometidas á ellos. Oprimidas y arruinadas, acogían al duque del Valentinado como un salvador. Los vecindarios de Pésaro y Rímini sublevábanse contra sus señores al ver las avanzadas del ejército papal.

El primer marido de Lucrecia, implacable calumniador de los Borgia, huía despavorido de Pésaro antes de la llegada de César, que había hecho juramento de matarlo por su propia mano.

Se entregaban las poblaciones ó eran tomadas por asalto después de corto asedio. La única ciudad que opuso una resistencia heroica fué Faenza, debiéndose esto á que los habitantes sentían un sincero afecto por su soberano, Astor Manfredi, casi un adolescente, el mozo más hermoso de su época, valeroso, de nobles sentimientos, y que trataba á sus súbditos con una bondad constante. Reconociendo César el heroísmo de este adversario, lo combatió con toda clase de miramientos caballerescos. En los días que se suspendía la lucha, mantenían los dos jefes y sus tropas relaciones de amistad.

Consideraba Claudio Borja estas campañas del hijo de Alejandro como una obra de artista. Su ejército celebraba las fiestas de Carnaval mientras mantenía el sitio de una de las ciudades de la Romana, y para que los sitiados se divirtiesen igualmente, César hacía entrar en la plaza, como regalo suyo, varios carros cargados de disfraces y caretas.

Su corte militar abundaba en literatos, músicos, pintores y escultores. Su secretario, Agapito de Amalia, era un gran humanista. También acompañaban al duque varios poetas, entre ellos el célebre improvisador Serafino de Aquila.

El ingeniero general de su ejército y constructor de fortificaciones se llamaba simplemente Leonardo de Vinci y era ignorado aún en Italia. Esta profesión de ingeniero del futuro autor de la Gioconda no resultaba extraordinaria en una época cuyos grandes hombres mostraron las más diversas aptitudes. Mientras llegaba la hora de inmortalizarse como pintor, Leonardo de Vinci hacía dibujos para el Valentino, planos de fortalezas, puentes, acueductos, caminos y puertos, ó discurría nuevas máquinas de guerra. Tal multiplicidad en las manifestaciones del talento la mostraban igualmente otros artistas de entonces, aunque ninguno de ellos llegó al proteísmo genial de Leonardo.

De vida aventurera, ansioso de abrirse paso en medio de la general indiferencia, sin sentir los trastornos que causa la atracción de la mujer, con una tranquila asexualidad que le permitía ser dueño de sus acciones, y acusándole algunos injustamente de afición al «vicio griego», Leonardo de Vinci sentíase deslumbrado por este capitán glorioso que acababa de surgir como un astro de rápida trayectoria.

No siendo hombre de espada, le servía como ingeniero y mecánico, pensando incesantemente para él, ofreciéndole todas las semanas un nuevo invento.

«También el artista—pensó Claudio—era distinto en los albores del Renacimiento á como es ahora. Pintores y escultores vivían como simples artesanos, formando gremios semejantes á los de los obreros manuales, sin otras aspiraciones que las de su pequeño círculo, divirtiéndose á su manera y procurando que los señores no los invitasen á sus palacios, pues se encontraban desorientados y tristes en un ambiente superior al suyo.»

Una de sus sociedades en Florencia, titulada «La Cazuela», obligaba á cada uno de sus individuos á asistir á los banquetes comunes, aportando un plato diferente al que llevasen los demás, imponiéndole multas ó penitencias grotescas cuando resultaba igual al de otro socio más antiguo.

Gobiernos y grandes señores empleaban á los artistas célebres en trabajos de guerra. Los escultores con el título de magister arcium construían fortificaciones ó labraban con el cincel pelotas de piedra para las bombardas. Los pintores se esforzaban por inventar nuevas máquinas bélicas, viéndose recompensados por ello con más largueza que por sus cuadros.

Servían los artistas para todo lo que significase estudio, invento ó dirección de trabajos, y muchas veces les pagaban con un tabardo de brillantes colores ó unas cuantas varas de paño para la familia. «Son gentes groseras, que sólo conocen su arte.» Así se expresaba un obispo de la época.

En realidad, no existían especialistas. Todos servían para todo, siendo el gran Leonardo de Vinci el tipo perfecto de estos acumuladores de genio. También se dedicaban á contratistas de trabajos públicos. Miguel Ángel perdió siete meses de su vida dirigiendo en las canteras de Lumi la extracción de piedras, rodeado de excavadores y de carreteros, trabajo que podía haber hecho cualquier maestro de obras. Tal era su aburrimiento durante estos siete meses de capataz, que pensó esculpir toda la montaña, como si fuese un solo bloque, haciendo de ella gigantesca estatua.

El trato con los humanistas educaba y dignificaba á estos genios incultos que vivían como obreros. Se hicieron menos brutales en sus costumbres. Ya no admiraron á un Torrigiano que aplastaba de un puñetazo la nariz de su camarada Miguel Ángel. Y como los humanistas imponían la moda en aquel tiempo, señores laicos y eclesiásticos, viéndoles tratar con deferencia á los artistas, se acostumbraron á hacer lo mismo.

«Fueron los escritores—afirmó mentalmente Borja—los que sacaron de su humildad obrera á los artistas plásticos, iniciando la importancia que gozan en nuestra época el pintor y el escultor.»

César Borgia apenas tuvo tiempo para ejercer el mecenazgo. Su verdadera vida duraba tres años nada más, y fué la de un guerrero, preocupándose sólo de las artes en los raros intervalos de reposo que le dejaron sus campañas. A pesar de esto, su generosidad para los literatos y los artistas resultaba proverbial, designándola los poetas con el nombre de Liberalita Cesarea. En sus tiempos de cardenalato, todo el producto del arzobispado de Valencia, que era de los más ricos, gastábalo en mantener escritores, escultores y cinceladores.

No pudo conocer á todos los artistas de entonces, pero protegió á tres, los más famosos: el Pinturicchio, maestro tan admirado años después por Rafael, Leonardo de Vinci y Miguel Ángel.

Una constelación de poetas, algunos de ellos prodigiosos improvisadores, le seguía á todas partes, muriendo jóvenes lo mismo que su Mecenas, á causa de una existencia atropellada y libertina. Muchos escribieron en latín relatando las hazañas de su protector De Gestis Cesaris Borgia. Otros cantaban al toro, emblema heráldico de la poderosa familia, dedicando sus versos Ad Bovem Borgia, ó exclamaban así en honor del duque de las Romañas, futuro creador de una Italia única:

Salve Italum o splendor Dux illustrissime
Cesar, o Salve Cesar, Maxima fama Ducum.

El arte antiguo iba resurgiendo entre las ruinas de la campiña romana. Con frecuencia, el arado, movido por búfalos, sacaba á luz mármoles prodigiosos ó dejaba descubiertas tumbas cuyos cadáveres, envueltos en vestiduras áureas, se deshacían al quedar en contacto con la atmósfera.

César hacía siempre regalos de valor artístico, enviando á las señoras estatuas antiguas ó ricas joyas cinceladas por sus protegidos. Muchas damas de entonces adoraban las obras de la antigüedad.

A Miguel Ángel lo conoció de un modo extraordinario. Llegaba éste á Roma por primera vez, casi ignorado, y el cardenal Riario, sobrino de Sixto IV, enseñó al joven florentino su museo de mármoles clásicos, dándole á entender que nunca los artistas del presente conseguirían producir obras parecidas.

Fijábase Miguel Ángel en un Amor dormido que tenía un pie roto, y declaraba que dicha obra la había hecho él en Florencia, años antes, enviándola á un vendedor de Roma. Este había quebrado un pie á la pequeña estatua para hacerla pasar mejor por obra remota, vendiéndola en doscientos ducados al cardenal Riario, y no dando al artista mas que treinta.

Procedió el príncipe eclesiástico con avaricia y falta de nobleza. Al enterarse de que tan hermosa obra no era antigua, á pesar de que todos la creían así, protestó exigiendo que le devolviesen su dinero. Entonces intervino César con su generosidad de gran señor, adquiriendo la estatua por su primer precio, y guardándola algunos años. Luego la envió á Isabel de Este, que se la había pedido en repetidas ocasiones, afirmando que le sería imposible dormir tranquila mientras no la hiciese tal regalo.

Desde entonces el escultor florentino empezó á ser célebre, gracias á la intervención de César; pero éste sólo pudo verlo en contadas ocasiones, á causa de sus guerras. Miguel Ángel, poco afecto á las cosas militares, no quiso seguirle en su vida de campamento, como hicieron otros artistas.

Se apoderaba al fin de Faenza el duque Valentino, tratando amistosamente á su heroico defensor. Los dos jóvenes comían juntos y se apreciaban como hermanos de armas.

Conocedor César de los nobles sentimientos de este guerrero casi adolescente, quiso hacer de él uno de sus capitanes. Al perder Faenza y sus tierras, quedaba Astor Manfredi sin fortuna, y aceptó con agradecimiento las proposiciones de Borgia. Siguiendo al caudillo victorioso, que sólo tenía unos pocos años más que él, podría conseguir nuevos señoríos en los países que éste conquistase.

Si César hubiese querido deshacerse de Manfredi, fácil le habría sido en los primeros momentos de su triunfo. Astor se fué con él á Roma, llevando la vida alegre de un héroe joven, en una ciudad de costumbres licenciosas. Su belleza era famosa en toda Italia. Mujeres y artistas conocían de oídas al hermoso señor de Faenza, semejante á las estatuas más puras legadas por la antigüedad.

Una mañana el cadáver de Astor Manfredi apareció flotando sobre las aguas del Tíber con los brazos atados y—según decían algunos, sin poder aducir pruebas—con vestigios del mayor de los ultrajes que puede recibir un hombre. Horas después se encontraban en el río los cadáveres de otros dos jóvenes y el de una mujer desconocida. El Tíber daba estos presentes casi á diario, como testimonio de las bacanales y citas misteriosas de la noche anterior.

Inmediatamente los agentes de Venecia atribuyeron dicha muerte al duque Valentino, como si fuese el único, en aquella Roma depravada, capaz de realizar tales crímenes. Ningún interés le aconsejaba suprimir al señor de Faenza; en cambio, le convenía conservarlo á su lado para que los faenzinos, que amaban mucho á su antiguo príncipe, aceptasen voluntariamente el nuevo gobierno papal. Su única culpabilidad consistió en acceder á los ruegos de Astor, deseoso de acompañarlo á Roma para gozar sus placeres y lujos, en vez de obligarle á que se retirase á otra población, en uso de la libertad que le había concedido.

Todo lo malo de entonces, ocurriese donde ocurriese, era sabido de antemano que lo hacía César Borgia, con asombrosa ubicuidad. Igualmente le atribuían todas las demasías amorosas de los soldados á sus órdenes, los cuales no eran mejores ni peores que otros guerreros de aquella época.

Diego Ramírez, uno de sus capitanes españoles, raptaba á la bella Dorotea Caracciolo, esposa de un militar al servicio de la República de Venecia. Y sin embargo, César se veía acusado como autor directo del rapto, á pesar de que la hermosa Dorotea y el capitán español habían desaparecido y sus relaciones adúlteras databan de mucho antes. En su campaña contra Nápoles, al entrar en Capua, sus tropas italianas se llevaban cautivas á cuarenta mujeres de dicha ciudad, tal vez para exigir rescate por ellas, cosa corriente en las guerras de entonces, pues igual habían hecho los franceses con damas de la corte papal. Acto continuo, los gaceteros de Venecia y Florencia hacían circular por toda Italia la noticia de que César Borgia, en el botín de Capua, se había reservado cuarenta hermosas cautivas para llevarlas á su harén.

El capitán francés Ives d’Allegre reía de tales calumnias contra su compañero de armas, considerándolas estúpidas.

—Las mujeres—decía—no le han faltado nunca al duque del Valentinado. Tiene que defenderse de ellas, tanto es lo que le buscan, y no necesita tomarlas por la fuerza.

En aquel tiempo era imposible mantener agrupado un ejército si no se ofrecía á los soldados, de tarde en tarde, el saqueo de alguna ciudad, con todas sus consecuencias, para su diversión y provecho.

Después de haber tomado á Capua en su campaña contra Nápoles, tuvo que atender César al sitio de Plombino, confiado hasta entonces á sus lugartenientes.

Figuraba en su corte ambulante un ciudadano de Florencia llamado Nicolás Maquiavelo. La República florentina, justamente alarmada por los progresos de César, había encargado al más sutil de sus diplomáticos que le siguiese de cerca para adivinar sus intenciones. El duque, tan diplomático como él, adivinaba esta hipócrita vigilancia, comunicándole únicamente aquello que le convenía decir. De todos modos, Maquiavelo se mostraba cada vez más convencido de que este conquistador de veinticuatro años acabaría por adueñarse de Florencia y demás Estados inmediatos, creando una Italia única y compacta bajo el protectorado de los Pontífices.

Lucrecia se casaba en Roma por poderes con Alfonso de Ferrara, emprendiendo una marcha lenta hacia los Estados de su marido, seguida de majestuoso cortejo. Durante el baile con que se celebró su matrimonio en el Vaticano, mostrábase de pronto un danzarín, vestido elegantemente de negro, con antifaz del mismo color. Bailaba solo, con una maestría y una gracia que hacían retirarse á los demás, atrayendo las miradas de todos los presentes y creando en torno á su persona un silencio admirativo. A los pocos momentos lo reconocían á causa de su habilidad.

—Es nuestro César... el único César. Sólo puede ser él.

Había abandonado sus tropas, llegando á Roma en una de aquellas galopadas que duraban días enteros y eran motivo de que las gentes le viesen á un mismo tiempo en diversos lugares, muy apartados unos de otros. Bailaba algunos minutos nada más en la boda de su hermana y desaparecía tan misteriosamente como había llegado.

El Papa hacía un viaje por mar á Piombino para ver esta última conquista de su hijo, cuyo puerto y murallas reparaba Leonardo de Vinci.

Mostrábase triste Alejandro luego de la partida de su hija para sus nuevos Estados, como si presintiese que ya no la vería más. Después de las fiestas de Piombino y las conversaciones del Pontífice con Leonardo, maravillosamente experto en toda clase de materias, una horrible tempestad ponía en peligro las galeras pontificias ante las costas de Toscana.

Fué una tormenta comparable á la de treinta años antes, cuando el nuncio Rodrigo de Borja volvía de su legación de España. César y los hombres más temibles de su séquito permanecían tumbados, sin voluntad, víctimas del mareo y del terror que inspiran el mar y el viento desencadenados á los que siempre combatieron en tierra. Las tripulaciones se daban por perdidas. Sólo el Pontífice guardó una admirable lucidez, considerando los marinos esta tranquilidad sonriente como algo milagroso.

Continuó el Valentino su guerra contra los señores italianos después de avistarse en Milán con Luis XII de Francia, que le daba públicamente grandes muestras de afecto.

Uno de los condottieri á su servicio, Vitellozzo-Vitelli, fingía haber abierto por su cuenta la guerra contra la República florentina, aunque en realidad trabajaba siguiendo las órdenes de su jefe. De pronto, César empezó á notar que el suelo vacilaba bajo sus pies.

Su verdadero punto de apoyo era aquel ejército siempre invencible, formado con arreglo á la táctica de los tiempos modernos que empezaba á iniciarse entonces, basada en la fuerza demoledora de los cañones y la ligereza de la infantería. Pero este ejército resultaba heterogéneo; los condottieri, atraídos por la buena fortuna del joven capitán, eran demasiado numerosos. César sólo podía tener fe en los dos mil ó tres mil españoles alistados bajo sus banderas.

Habían vivido siempre de hacer la guerra sus principales lugartenientes italianos, y empezaban éstos á percatarse de que el joven caudillo, de victoria en victoria, los iría devorando á ellos mismos, pues su autoridad se engrandecía suprimiendo á las antiguas familias feudales. Además, creían llegado el momento de trabajar por su cuenta, quedándose con las tierras conquistadas, y si era necesario matar á su jefe, estaban dispuestos á hacerlo. Pero César no era hombre que tardase en enterarse de un peligro inmediato.

Todos los capitanes importantes que seguían al llamado ahora duque de las Romañas entendíanse secretamente en Septiembre de 1502, provocando una revuelta de sus tropas. Los dos más prestigiosos, Ventivoglio, señor de Bolonia, y Vitellozzo-Vitelli, convocaban á los demás condottieri al servicio de César, ligándose entre ellos con un juramento trágico para desembarazarse del duque.

Juntaban una cantidad de tropas tan extraordinariamente superior á las que se mantenían fieles á César, que la derrota y la muerte del jefe no parecían dudosas; mas el duque de las Romañas, admirado por Maquiavelo, era «el Príncipe» descrito por éste en su libro famoso, y supo desbaratar las maquinaciones sordas de sus enemigos, proponiéndose al mismo tiempo el castigarlos con severidad.

Acababa de tomar á Urbino, destronando á Guidobaldo su soberano, el mismo que sirvió de maestro militar al duque de Gandía. Guidobaldo, condottiere de profesión, se había puesto de acuerdo con sus camaradas, conjurados contra César. Los habitantes de Urbino, enterados de las divisiones en el ejército del gonfaloniero de la Iglesia, se sublevaban contra éste, repeliendo á sus capitanes. A la vez, Pisa llamaba á César para entregarse á él en odio á Florencia, pero el Valentino no se atrevía á emprender dicha campaña después de la defección de sus lugartenientes.

En realidad, estos revoltosos temblaban ante la idea de luchar de un modo decisivo contra su antiguo señor. Además, repugnábales ir muy lejos en su indisciplina, al no sentirse sinceramente unidos entre ellos.

Entablaba César relaciones secretas con muchos de sus antiguos subordinados para dislocar de tal modo la conjuración. Vitellozzo, Paolo Orsini y Oliveretto da Ferino, que eran los tres revoltosos más tenaces é influyentes, le presentaban una serie de reclamaciones abusivas, exigiendo su inmediato reconocimiento y amenazándolo en caso contrario con una franca revuelta.

Paolo Orsini iba á buscar á César en Imola para llevarle este documento firmado por todos los condottieri. El duque de las Romañas aceptaba una entrevista con los más principales, y finalmente, designábase como punto de reunión la ciudad de Sinigaglia, que acababa de ser tomada por uno de sus tenientes. El gobernador aún se mantenía en el castillo de dicha ciudad, manifestando que sólo rendiría la fortaleza á César en persona, y esperaba para entregarla á que éste se presentase.

Salió César de Cesana el 26 de Diciembre. El día anterior, al amanecer, el vecindario había visto en la plaza principal el cuerpo decapitado de don Ramiro de Lorca, gobernador de las Romañas desde unos meses antes, y su cabeza clavada en el hierro de una pica.

Permaneció en el misterio esta ejecución del alto personaje español, favorito del duque. Tal vez estaba relacionada con la actitud de los conjurados. También pudo ser, como insinuó César, un castigo ejemplar por su conducta abusiva con los pueblos sometidos á su gobierno.

El 30 de Diciembre llegaba César á Sinigaglia, sin más escolta que una pequeña tropa de españoles, fieles á toda prueba, mandada por don Michelotto.

Nunca mostró tanta audacia ni tan firme seguridad en su buena estrella. Avanzó á sabiendas entre las mallas de la traición, sin guardar ninguna salida para salvarse.

La exigencia del gobernador de Sinigaglia de no entregar su castillo mas que á César era un ardid concertado con los condottieri rebeldes. Estos mantenían disimuladas sus tropas á cierta distancia de la ciudad, para que el duque no sintiese inquietud, y cuando penetrase confiado en ella, con su escolta mandada por don Micalet, todo el ejército avanzaría en un movimiento envolvente, matando á César y á los españoles que lo guardaban.

Borgia, por su parte, tenía pensada otra traición como respuesta á tales preparativos. Era un duelo de disimulo y ligereza. El más audaz, el que pegase antes, sería el vencedor.

«Este descendiente de caballeros de la Reconquista española—se dijo Claudio—era por nacimiento generoso é intrépido. En todos los Borgia la franqueza y la bravura fueron condiciones naturales; pero trasladados al ambiente italiano del siglo XV, tuvieron que adaptarse á él, para poder vivir. Teniendo en torno la traición y la astucia, la mentira y la duplicidad, propias de la corte romana, en medio de eclesiásticos familiarizados con el disimulo y la perfidia, acabaron por sobresalir en esta nueva atmósfera, pues su inteligencia superior y su voluntad férrea les facilitaron dicha transformación. César, nacido en Italia y desarrollando su infancia y su juventud en el mundo papal, resultó el hombre más sutil de su época.»

Encontraba en los alrededores de Sinigaglia á Vitelli, á Paolo Orsini y Oliveretto da Fermo. Las tropas numerosas de éstos se mantenían invisibles lejos de dicha ciudad.

El jefe y sus antiguos tenientes se saludaron con falso regocijo. Los conjurados estaban seguros de que César admitiría todas sus exigencias, por la persuasión ó por la fuerza. No les seguían como escolta mas que dos pequeñas huestes: la que mandaba don Michelotto y la de Oliveretto, esta última de mercenarios italianos.

Don Michelotto marchó delante de todos al entrar en Sinigaglia, con el pretexto de que el enemigo, poseedor aún de la fortaleza, podía atacarlos de pronto. Un puente daba acceso á la ciudad, y don Miguelito, que ya tenía sus gentes dentro de ella, dejó pasar á César y á los tres condottieri nada más. Luego se interpuso, é impidió la entrada de los soldados de Oliveretto, alegando la falta de alojamientos y que era mejor se instalasen en el arrabal.

Mientras Corella realizaba esta astuta maniobra, el duque y sus capitanes traidores llegaban á la puerta del caserón donde iba á instalarse aquél. Los tres intentaron despedirse; pero César los retuvo amablemente, rogándoles que entrasen en su alojamiento para continuar hablando de la toma del castillo de Sinigaglia, que debía realizarse aquella misma tarde, por rendición ó á viva fuerza. Le siguieron los condottieri, y el duque los abandonó en un salón, manifestando el deseo de cambiar de ropas ó con otro pretexto más natural y apremiante.

Pasaron unos minutos de espera, y la puerta de la sala se abrió, apareciendo en ella don Michelotto. Inmediatamente su gesto les hizo adivinar la emboscada en que habían caído. Los ojos del hombrecito eran los de un dogo feroz que considera inútil ladrar para morder. Hizo un ademán al grupo de españoles que le seguía, y en un instante los tres condottieri se vieron amordazados y amarrados con cuerdas.

Volviendo en seguida don Michelotto su tropa contra la de Oliveretto, que había quedado en el arrabal, cayó sobre ella, matando á cuantos hombres intentaron resistirse y rindiendo á los más.

El verdadero ejército de los conjurados, que se mantenía esperando órdenes á varias millas de Sinigaglia, al saber lo ocurrido se apresuró á retirarse, no obstante estar mandado por un sobrino y un hermano de los presos. Terminada esta operación tan rápida y eficaz, el duque de las Romañas se posesionó de la fortaleza de Sinigaglia antes de que se ocultase el sol, tal como lo había prometido.

Luego de una especie de juicio muy rápido, Vitellozzo-Vitelli y Oliveretto da Fermo eran estrangulados á la mañana siguiente, en presencia de don Michelotto. César no gustaba de presidir las ejecuciones ordenadas por él. Su elegancia sólo consentía la vista de la muerte en los campos de batalla. Era el sanguinario y puntual Micalet quien atendía á estos quehaceres, inevitables en aquella época.

A Paolo Orsini, el tercer prisionero, lo guardó para conducirlo á Roma y confrontarlo con otros miembros de su familia que habían preparado una conjuración contra la vida del Pontífice. Dicha revuelta debía iniciarse en la capital tan pronto como se recibiesen nuevas de la prisión de César en Sinigaglia, ó de su muerte. Pero la noticia que llegó á Roma fué la del inesperado triunfo de César, y Alejandro VI se apresuró á encarcelar en el Vaticano á todos los de la familia Orsini, un cardenal, un arzobispo, un protonotario de la Curia y varios hombres de guerra.

Después de este golpe certero pudo completar el Valentino sus conquistas, seguido de un ejército fiel y compacto, cuyos capitanes, escarmentados por el ejemplo, no quisieron ya intentar ninguna sublevación contra su invencible señor.

Paolo y Francesco Orsini, cuya complicidad en la conjuración de los condottieri era notoria, fueron ejecutados después de un proceso rápido, pero ordinario y legal.

Los Borgia, tan acusados de asesinos y envenenadores, podían haberse librado en tal ocasión de todos los Orsini, sus peores enemigos. Sin embargo, los de dicha familia presos en Roma quedaron con vida, y el único que murió en la prisión durante el proceso, el cardenal Orsini, fué sometido á toda clase de exámenes para demostrar que su muerte había sido natural, á causa de las emociones sufridas y de sus muchos años, reconociéndolo así sus parientes. Esto no fué obstáculo para que los embajadores de Venecia y de Florencia hablasen de envenenamiento, quedando visible una vez más la mala fe de estos enviados á la corte de Roma, todos enemigos de los Borgia, y especialmente de César, por sus pretensiones á favor de la unidad peninsular.

La astucia de Sinigaglia fué comentada en toda Europa con admiración. El duque de las Romañas había informado á las cortes del juicio y muerte de los culpables, así como de las medidas tomadas en Roma contra la facción Orsini. Casi todos los soberanos respondieron con cartas laudatorias.

Actos como el de César eran considerados entonces de buena guerra y excelente política. Resultaba acción brillante adivinar la traición de los adversarios y valerse de la sorpresa para desembarazarse de ellos con una traición más hábil y pronta.

Maquiavelo no pudo contener su entusiasmo ante la tragedia de Sinigaglia. Como florentino, temía al «Príncipe» que meditaba la conquista de su país; como tratadista político, lo admiraba, viendo en él una brillante personificación de todas sus ideas sobre la vida del Estado.

Y al examinar con qué serenidad y audacia se había ido prestando á las combinaciones de sus enemigos, dejándose envolver á sabiendas por su traición para sorprenderlos mejor, exclamó con un fervor de discípulo:

—¡Oh, el bello engaño!...

IV

De la conversación que sostuvo Claudio en un «dancing» y de cómo Enciso le regaló al día siguiente media estampa de los Reyes Magos de Colonia.

Repentinamente dejó de pensar en los Borgia.

De las múltiples caras de Roma sólo vió la moderna, la víctormanuelesca, calles de reciente edificación, con hoteles imitando los palaces yanquis, legaciones diplomáticas, el mundo, en una palabra, que había frecuentado antes de su imprudente y escandalosa conducta en los salones de Enciso. Pasaba ahora el día entero fuera de su «villino», huyendo de la melancolía «histórica»—así la llamaba—de aquellos alrededores de la Ciudad Eterna, abundantes en ruinas y recuerdos.

Comía en un restorán donde estaba seguro de encontrar compatriotas suyos, pintores y escultores, ó varios secretarios y agregados diplomáticos pertenecientes á legaciones de diversos países de la América que habla en español (no en latín) y que el vulgo llama impropiamente América latina. Gustaba de sus diálogos alegres, sin relación alguna con las resurrecciones históricas que le habían mantenido varios días aislado en un estudio de pintor.

Sólo guardaba de dichas evocaciones un recuerdo insistente, el de la energía varonil de César Borgia, su prontitud en desembarazarse de los enemigos, su desprecio elegante y amable para las mujeres, que le proporcionaba el verse deseado por todas ellas. Y al pensar en esto último, sonreía ligeramente con una expresión—según él—semejante á la del Valentino cuando estaba preparando su terrible encerrona de Sinigaglia.

Influenciado por sus lecturas y sus meditaciones, se creyó poseedor de una parte del carácter complejo y temible de su remoto ascendiente. ¡Lástima que los tiempos actuales fuesen tan distintos á los de entonces y no permitieran el desprecio de la vida ajena y de la propia!...

De todos modos, pensaba hacer algo, sin saber con certeza qué podría ser. Iba creciendo en su voluntad el deseo de ponerse en relación con aquella señora de Pineda, de la que le hablaban muchas veces sus amigos en el restorán y en el café, como si ignorasen ó tuviesen olvidada la vida común que habían hecho ambos un año antes.

Mencionaban á Urdaneta, el general-doctor, sin acordarse nunca de Borja en sus comentarios. Esta preterición le indignó, viendo en ella un testimonio de su insignificancia. Además, le irritaba el tono de envidia con que todos ellos se hacían lenguas de la buena suerte de López Rallo, nombre de aquel diplomático sudamericano que acompañaba ahora á Rosaura en sus viajes.

No conocía personalmente á este joven, pero se lo imaginaba, sin grandes errores de apreciación, teniendo en cuenta lo que había oído á las señoras en el banquete de Enciso y lo que le contaban sus amigos de Roma al hablar con él en la trattoria de artistas donde hacían sus comidas ó en el café.

Algunos de ellos aceptaban con indiferencia la fama de hombre elegante de López Rallo; otros negábanse indignados á admitir su distinción. Un escultor español amigo de Claudio protestaba de que las mujeres lo considerasen interesante.

—Un cursi—decía—, un personaje untuoso, que parece dado á todas horas de barniz. Tiene cierto exotismo en su persona; es un mulatón que alaba á sus nobles ascendientes españoles, y es posible que algún día le veamos con una corona en los gemelos de la camisa y otra en las tarjetas de visita. Lo único que admiro en él sinceramente es su monóculo.

Y todos celebraban, no sin asombro, la rara habilidad de este joven, que le permitía vivir las horas diurnas y gran parte de la noche, cumpliendo todas sus funciones vitales, sin que se desprendiese una sola vez el redondel de vidrio incrustado en una de sus cejas.

Atribuían los amigos de Claudio á este adorno ocular, detrás del cual se mostraba como empañada y moribunda una pupila gris, distinta á la otra descubierta, el agrado con que le acogían en los salones. La coexistencia de tres sangres diferentes en su organismo, «la blanca, la negra y la india», como decía el escultor, condición poco gustada en América, le proporcionaba en Europa cierto prestigio semejante al de los héroes de novelas de viajes. Además, poseía la esbeltez de cuerpo, la ligereza de miembros, la adaptación inmediata al ritmo bailable de todas las razas primitivas, viéndose buscado y admirado como danzarín.

La frivolidad de sus aficiones y su aplomo, producto de una osadía con éxito, le ayudaban á penetrar en todas partes, mirado al principio con recelo y tolerado finalmente.

—Es un hombre—siguió diciendo el escultor—que va á caza de amistades, y debe sentirse feliz cuando se acuesta habiendo sido presentado durante el día á un duque ó un príncipe. En fin, un «arrivista». Según cuentan, habla frecuentemente de su honor y su prestigio, para obligar á esa señora argentina á que se case con él. ¡Como si el muy tunante fuese una doncellita que ve en peligro su reputación!... Tal vez hace valer que su tío es ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede, y él no puede vivir en la irregular y pecadora situación de amancebado.

Reían todos al comentar estas supuestas añagazas de López Rallo para casarse con la rica señora, dando solidez á su incierta posición social.

Claudio conocía al tío de dicho joven, un señor López Rallo del que hablaba mucho Bustamante, apreciándolo como el mayor genio diplomático de la América de habla española. Lo había visto en los salones de don Arístides en Madrid, y una sola vez en Roma, en la Embajada de España. Este personaje ilustre pasaba ahora la mayor parte del año viajando. Su mala salud le hacía ser un alojado continuo de balnearios célebres ó de ciertas poblaciones de Suiza y Alemania donde vivían especialistas famosos en su enfermedad.

Bustamante lamentaba la decadencia de tan eminente amigo. Su silencio diplomático, célebre al otro lado del Océano, se cortaba ahora durante sus visitas con un jadeo acompañado de movimientos aprobativos de cabeza. Hablaba con lentitud, y como muchas veces la otra celebridad diplomática visitada por él era igualmente vieja y tarda en palabras y pensamientos, ocurría que las dos Excelencias iban bajando el tono de su voz y acababan por adormecerse, quedando en meditativa inmovilidad, hasta que un estrépito venido de la calle ó un ruido en la pieza inmediata los despertaba sobresaltados, continuando su pausada conversación.

—Ahora está un poco apagado—había dicho don Arístides á su antiguo pupilo—; pero hay que ver la inmensa obra internacional que lleva hecha este hombre.

La pequeña república representada por él tenía tratados con todas las naciones de la tierra, comerciales, políticos, hasta de propiedad literaria y artística, no obstante carecer el citado país de producciones de este género necesitadas de que las protegiesen. Y todo lo había hecho teniendo en cuenta la inmortalidad de su nombre, cuidándose bien de colocar al frente de cada uno de los mamotretos el título de Tratado López Rallo y... (aquí el nombre del representante de la otra nación). Los tratados López Rallo y consorte eran tantos, que con ellos había formado ya unos cuantos volúmenes, impresos á costa del país que tenía la dicha de contarlo por suyo.

—En realidad, el célebre «tratadista»—dijo uno de los amigos de Claudio, en el café—es hombre bueno, y hay que disculpar su manía. Después de ajustar tantos tratados se ve tan pobre como al principio. Su patria paga mediocremente sus esfuerzos, y se mantiene gracias á su esposa, una señora buena creyente y algo mulata, orgullosa de la gloria marital. Ella es la que lo ha traído junto al Papa, pues prefiere ser diplomática en el Vaticano á ver cortes y reyes, como en su juventud. Se considera así más cerca del cielo, ahorrando camino para cuando muera. Y como López Rallo, sobrino, no tiene ninguna esperanza de heredar, ni posee otra fortuna que su exagerado chic y sus habilidades indiscutibles de bailarín, busca casarse con esa señora de Pineda tan rica... No se le presentará mejor ocasión.

La había conocido meses antes en un balneario de moda, siguiendo al eminente «tratadista». Claudio adivinaba la historia de estos amores, iguales á todos los que atraen y juntan á las gentes frívolas de nuestra época. Primero la proximidad y la confianza por medio del baile; luego la cita, precedida de las vacilaciones de una voluntad titubeante.

Sintió el joven español cólera y asombro, como un enamorado que descubre de pronto la infidelidad de la mujer amada. En vano su buen sentido protestó de tal indignación, encontrándola ilógica. Era él quien había abandonado á Rosaura voluntariamente, desoyendo con tenacidad las palabras de ella, más conocedora de la vida, aconsejándole que se quedase. ¿Qué fantasmas engañadores le habían hecho adoptar esta decisión, moviéndose desde entonces con la incertidumbre de un buque abandonado? ¿De qué le servía la libertad?... Y ella, lógicamente, había seguido nuevos rumbos.

Esto último era lo que no podía admitir Borja. Irritábase su vanidad de hombre ante la idea de que Rosaura le hubiese olvidado completamente. Volvían á su memoria recuerdos íntimos, guardados en púdico secreto, cuya evocación parecía caldear su sangre. Rosaura seguía amándolo; estaba seguro de ello. Nadie podía conocer lo que había sido para él en el misterio de sus voluptuosidades. Resultaba imposible que otro hombre pudiera sustituirlo, hasta el punto de borrar por entero su recuerdo. ¡Quién sabe si le tenía presente en su imaginación á todas horas y por orgullo se sacrificaba, fingiendo ignorar su existencia!...

Presentándose de pronto ante ella todo cambiaría en un momento. Viéndole renacería en su memoria el misterioso pasado. Sólo se ama una vez con honda pasión, que hace llevadera la esclavitud y gratas las abdicaciones de la dignidad.

Sentía además una fiereza sexual, comparable á la petulancia orgullosa que muestran los machos entre los seres irracionales. Esta mujer había sido suya, y al verla de otro, cegábale la cólera egoísta del que defiende su propiedad.

Lamentó no llevar un puñal al cinto como César Borgia. Las costumbres modernas le parecieron despreciables con su dulzura de vivir y las cobardías que ésta impone. Juzgó preferible aquella época del Renacimiento, en la que no se respetaba otra ley que el propio deseo, muriendo todos jóvenes y hartos.

Dos veces llegó, al atardecer, frente al gran hotel donde estaba alojada Rosaura. Podía verla en el dancing. Era su hora. Pero acabó por huir, sintiéndose poco después avergonzado de su indecisión.

Otro día, en vez de quedarse titubeando ante la portada del lujoso hotel, entró decididamente, llegando al salón donde bailaban numerosas parejas.

Empezaba á marcharse el público, y tuvo que atravesar la corriente adversa de damas que se envolvían en sus abrigos para salir ó conversaban entre ellas, caminando con lentitud en busca de sus vehículos.

Siguió avanzando hasta los amplios corredores casi desiertos inmediatos al gran salón. Sonaba la música más intensamente al haber bajado de tono el susurro de las conversaciones, aumentándose la sonoridad de techos y muros.

De pie, junto á una de las puertas, paseó Borja su mirada por todo el centro del salón. Hecho extraordinario para él: vió á Rosaura, sin conseguir reconocerla en el primer momento. Bailaba con un joven más alto que ella, de palidez exótica, los cabellos negros y lacios echados atrás, un tipo de mestizo esbelto, llevando un monóculo en su ojo izquierdo. Este hombre fué quien se la hizo conocer. Luego sus ojos se familiarizaron con la adorada imagen, hasta el punto de no ver más al que bailaba con ella.

Ahora la conocía demasiado; la iba desnudando con sus ojos; la contemplaba en su imaginación lo mismo que muchas noches en aquel dormitorio de la Costa Azul, junto al Mediterráneo obscuro, partido por el reguero triangular de plata viva desprendido de la luna, viendo el ébano de sus sombras enlazadas y casi desnudas proyectándose sobre el mosaico de la terraza inmediata con barandas de flores.

La argentina no adivinó su presencia. Sólo tenía ojos para su danzarín y para las otras gentes, á las que saludaba con su sonrisa, por encontrarlas todas las tardes en aquel mismo lugar.

No existía entre los dos la menor relación telepática. En otros tiempos, aunque estuviese vuelta de espaldas, adivinaba Rosaura inmediatamente su proximidad. Ahora los envíos misteriosos de su voluntad y de su recuerdo caían inertes á pocos pasos de él, como proyectiles faltos de impulso.

Le pareció el ambiente de una engañosa fluidez: sólido, duro, impenetrable, y al mismo tiempo, claro como una masa de cristal. Tales fueron su decepción y su desaliento, que sintió deseos de huir, como en las tardes anteriores, cuando llegaba hasta la puerta del hotel. Su pasado estaba muerto y bien muerto. El lo había suprimido voluntariamente. ¿A qué insistir, buscando una resurrección imposible?...

Calló la música, y este accidente sin importancia pareció clavar sus pies en el suelo. Tuvo vergüenza de marcharse, como si sólo pudiera hacerlo aprovechando el baile de ella, cuando ignoraba aún su presencia. Si huía, este danzarín del monóculo iba á enterarse tal vez de su fuga. Necesitaba seguir allí.

A pesar de que López, al cesar el baile, se alejaba de la señora de Pineda, saliendo del salón por otra puerta, Claudio no pensó en moverse. Iba á volver muy pronto, lo había adivinado en su gesto. Luego sintió inquietud, casi pavor, al ver que Rosaura venía hacia él.

Después de haber deseado tanto este encuentro, la vió aproximarse cada vez más grande, como si hubiese crecido monstruosamente en un año de ausencia. De nuevo quiso huir, pero le inmovilizó la triste certeza de que esta mujer avanzaba sin reconocerlo, como si fuese uno de los muchos curiosos ó huéspedes que se situaban en la galería principal, entre el vestíbulo y el salón.

Pasó sin mirarle, sin la menor inquietud nerviosa que le hiciese adivinar su persona. Iba sin duda á dar alguna orden á los empleados que estaban en el vestíbulo ó á la oficina directora del hotel.

Siguió adelante, serena, con el andar gallardo de siempre, y únicamente se estremeció al sonar á sus espaldas la voz de Borja.

—¡Rosaura!...

También ella vaciló un poco antes de reconocerle, pero su duda fué más corta.

Palideció, é inmediatamente aquella sonrisa que tanto conocía Claudio, la sonrisa amable é hipócrita «para las amistades», así como su voz que él había comparado muchas veces á las vibraciones del cristal golpeado por una perla, parecieron esparcir por su rostro un arrebol de amanecer alegre.

—Borja... ¡Es usted!... ¡Qué sorpresa! ¿Cómo le va?

Y le tendió una mano afable y blanda, como á cualquier amigo falto de interés para ella.

Usaba el «usted» á pesar de que estaban solos, acogiéndolo cual si se hubiesen visto semanas antes en otra ciudad. Un encuentro de hotel, ni más ni menos.

El la tuteó, suprimiendo el pasado, como si sólo les separasen unos días de su vida común en la Costa Azul; lo mismo que dos amantes después de una divergencia pasajera, cuando se buscan para la reconciliación.

Al evocar Claudio en los días siguientes este encuentro, le era imposible reconstituir con exactitud lo que había dicho. Sólo conseguía acordarse de que ella le escuchaba en silencio, mirándole fijamente, con gesto de extrañeza, apreciando sus palabras como algo inesperado, molesto é inquietante.

Callaba Rosaura, adivinando la conveniencia de no oponer ninguna respuesta capaz de enardecerle. Era mejor dejar libre el curso de su catarata verbal, que sonaba con una continuidad sorda de confesión y arrepentimiento. De este modo se agotaría esparciéndose sobre una llanura silenciosa, limpia de obstáculos.

Lo único que recordaba Borja era su tono de enamorado humilde que vuelve é implora perdón. Se cumplían las amenazas de la Venus de la Costa Azul, cuando él la había pedido que le dejase partir. Tornaba como un pordiosero. Le era imposible continuar existiendo sin la limosna de su amor. Estaba arrepentido de su locura... De no encontrarse los dos en una galería de hotel, se hubiese arrodillado á sus pies.

—Di que me perdonas... Mírame con ojos misericordiosos. Tómame otra vez. Ahora me doy cuenta de que estoy solo en el mundo. Te necesito como amante, como amiga, como hermana. Al verte comprendo lo que he perdido. Lo veo mejor que hace media hora... Di que me perdonas... ¡Habla!... Insúltame si te place... pero no calles, no sonrías... ¡Ay, tu silencio!

Y ella habló al fin, con frases entrecortadas, alzando los hombros, sin dejar de sonreir.

—¿Qué puedo decirle, Borja? Usted se fué... usted lo quiso. No iba yo á esperar toda mi vida la hora en que se le ocurriese volver. Creí que me había olvidado para siempre. Los hombres como usted se aburren de todo... ¡hasta de la felicidad!

—Yo te he escrito muchas veces...—dijo él apasionadamente, intentando coger sus manos—. Luego un sentimiento inexplicable de vergüenza me hacía romper mis cartas.

Ella contestó, repeliendo aquellas manos audaces y cálidas:

—También yo he roto, tal vez, muchas cartas... Pero esto debió ser al principio, cuando aún me dolía la separación... Afortunadamente, tenemos en nosotros dos fuerzas que nos ayudan á vivir: el olvido y la esperanza; lo que necesitamos para suprimir el ayer y para hermosear el mañana... Lo pasado ya es irremediable. ¿Por qué se empeña, Borja, en resucitar lo que mató usted mismo?... Siga su camino y sea feliz.

Hizo una pausa, añadiendo poco después, como si intentase consolarlo:

—Me han dicho que al fin va usted á casarse con Estela Bustamante. Yo también pienso casarme... no sé cuándo. Tal vez sea algo repentino, que sorprenderá á la gente.

Volvió Borja á hablar con voz sorda, pero ahora su tono era amenazante... Sólo él podía ser su esposo. Considerábase con mayores derechos que todos los hombres. Hasta aquel Urdaneta, á pesar de su leyenda de bravucón, le había cedido el paso. Y formuló promesas de muerte contra todo el que intentase despojarlo de lo que apreciaba como suyo.

Esta despótica pretensión irritó á Rosaura.

—¡Y yo no cuento para nada!—dijo—. ¿Cree que á mí se me deja y se me toma sin consultar mi voluntad, como hacen en los barrios bajos los galanes de gorra y navaja con sus pobres hembras?... Siempre ha sido usted, Borja, un hombre demasiado original en sus afectos. Eso interesa al principio, luego resulta una calamidad... Reconozco que puede ser usted un amante adorable, pero ¡qué marido!... A su lado es imposible la calma. Nunca se sabe de dónde soplará el viento. Y yo, amigo mío, me voy haciendo vieja. Necesito verme querida por mí misma, sin sufrimientos ni sacrificios para mantener la pasión del otro. Me va gustando tener un esposo, no un amante, y usted, Borja, puede serlo todo menos marido de una mujer como yo... Con una jovencita que le adore hasta la ceguera y no conozca sus defectos, marchará usted bien. ¡Pero conmigo, que siempre me vi buscada, no tolerando ninguna dominación de mis enamorados!... Usted es el único con quien me mostré un poco blanda, y reconocerá que me fué muy mal.

De toda esta palabrería, lo que más irritó á Claudio fué la continua alusión que hizo ella á la posibilidad de casarse. Adivinaba el trabajo envolvente del llamado «hombre del monóculo», inculcándola la idea de dar una forma legal á sus amores.

Este danzarín mostraba mayor habilidad que el general-doctor, tal vez por ser más joven que Urdaneta y que el mismo Borja. Las mujeres cercanas á la madurez acogen con una irreflexiva supeditación el ascendiente de la juventud.

Mostró Claudio una agresividad helada y cruel al hablar de este hombre que tanto influía ahora en ella; un snob medio indio, medio negro, ignorante, sin otro talento que el de llevar bien un tercer ojo de vidrio y mover rítmicamente los pies. Nunca estaría tranquila á su lado; bailaría con todas.

Se apresuró Rosaura á interrumpirle con acento de seguridad.

—Bailará conmigo nada más—dijo sonriendo—, ó no bailará con nadie cuando nos casemos. Vamos á cambiar de existencia. Usted no se acuerda de que tengo hijos, y debo dedicarme á ellos, diciendo adiós á esta vida de joven que llevo ya demasiado tiempo.

Luego sintió lástima ante la tristeza de su antiguo amante.

—¿Y así puede olvidarse todo un pasado?—preguntó él con voz temblorosa—. ¿Nada de nuestra antigua felicidad perdura entre nosotros?...

Rosaura habló en el mismo tono, melancólicamente.

—Fué un sueño... un sueño nada más. Olvídelo.

Y con emoción sincera, cual si no pudiese mirar de frente los días ya perdidos, añadió en voz baja, como hablándose á sí misma:

—Un sueño nada más... un sueño hermoso. ¡Ay! ¿quién no ha soñado?...

Luego miró en torno con azoramiento, adivinando una presencia inquietante, y empezó á balbucear:

—Déjeme, Borja. Otro día conversaremos más despacio... Nos veremos tal vez en casa de Enciso. Ahora hay que separarse... La gente se fija en nosotros. ¡Adiós!... ¡adiós! Hasta la vista.

Hablando maquinalmente, como atolondrada, intentó alejarse hacia el vestíbulo. Pero al irse le había ofrecido una de sus manos, y él la guardaba entre las suyas, impidiendo que se marchase.

Por instinto miró en torno, lo mismo que ella. El «hombre del monóculo» estaba á pocos pasos, apoyado en una columna, haciendo gestos de impaciencia. Al verse sorprendido por los ojos de Borja, miró á éste con fijeza agresiva.

Claudio sintió una furia algo pueril, ocasionada por el brillo de aquel disco de cristal, que juzgaba insolente. Se dió cuenta de que si no había visto hasta aquella tarde á López Rallo, éste le conocía desde mucho antes, no pudiendo explicarse cuándo ni cómo. Indudablemente estaba celoso de él. Lo consideraba el único capaz de estorbar su tranquilidad de amante y sus posibilidades de convertirse en marido.

Después de las miradas que se cruzaron entre ambos, creyó Rallo necesario el aproximarse con una amabilidad fría, dirigiéndose únicamente á la viuda de Pineda, fingiendo no ver al otro, como si le considerase indigno de su atención.

—Señora, la están esperando. Si usted me permite...

Y la ofreció un brazo, lo mismo que si hubiesen terminado un baile y la volviera á su asiento.

Intentó Rosaura apoyarse en dicho brazo, pero no pudo conseguirlo. Algo inesperado, bárbaro, al margen de las convenciones de la vida social, cortó su acción.

Claudio había vacilado un poco ante el inesperado avance de este hombre. Luego creyó que estallaban de pronto todas las bombillas de las lámparas inmediatas, esparciendo llamas en el ambiente hasta hacerlo de fuego flúido. ¡Puñal de César Borgia! ¡Apasionada brutalidad de una vida de acción, más allá de las cobardías de nuestra existencia civilizada y dulce!... Y sin decir palabra, sin el más leve murmullo de cólera, levantó su diestra, abofeteando al hombre que tenía delante.

Su mano realizó el prodigio inútilmente esperado por los admiradores de la estabilidad de aquel monóculo que parecía sujeto con tornillos á la arcada de la ceja. Por primera vez se desprendió el redondel de vidrio de su marco, cayendo al suelo con un retintín que amortiguó el espesor de la alfombra.

Sintióse desarmado su portador. Luego se inclinó para recobrarlo, y una vez vuelto á su lugar, responder á la agresión, luchando cuerpo á cuerpo. Pero Rosaura se interpuso entre los dos, fijando en Borja unos ojos iracundos.

Esta mirada abatió instantáneamente su cólera. ¡Ay! ¡Qué interés el suyo por un personaje que él creía grotesco!...

No pudo seguir sus reflexiones. La hermosa viuda tiraba de su futuro esposo, y éste dejábase conducir sin esfuerzo, llevando en la diestra un cartoncito blanco.

Adivinó Claudio que era una tarjeta suya. De no ver el pequeño cartón, no lo habría creído. Tal vez acababa de darla, accediendo á una demanda de su adversario. También podía ser que hubiese repetido inconscientemente una acción tantas veces vista en las situaciones más dramáticas del teatro y el cinematógrafo.

Salió del palace con aparente tranquilidad. Nadie se había enterado de lo ocurrido. Era la hora anterior á la comida, la más solitaria en todo hotel de lujo, cuando ha cesado el baile y los huéspedes están en sus cuartos, cambiando de vestimenta para bajar al comedor.

Comió Claudio en su trattoria con más apetito que otras veces.

—Me he desahogado—musitaba—. Esto hace bien, digan lo que digan.

Y apreció con cierto orgullo la torpeza de su muñeca un poco tumefacta, como prueba del vigor de su bofetada.

Aquella misma noche, estando en su tertulia habitual, se presentaron dos señores para hablar con él. Venían de su «villino», y el criado italiano, conocedor de las costumbres diarias de Borja, los había enviado al café. Eran los representantes de don Rodolfo López Rallo.

Los presentó Claudio á su amigo el escultor, quedando citado éste con ellos para la mañana siguiente. Necesitaba buscar en seguida á un amigo suyo y de Borja, militar, agregado á la Embajada española, no á la de don Arístides Bustamante, sino á la otra, á la acreditada en el Quirinal, cerca del rey de Italia.

Cuando el joven acababa de levantarse, al otro día, un automóvil se detuvo ante su casa. Poco después vió entrar á don Manuel Enciso, sorprendiéndole en mitad de los cuidados higiénicos de su persona, sin miramiento alguno, como si un suceso de inmensa importancia hubiese suprimido todos los escrúpulos corteses y las fórmulas de buena educación, de las que vivía esclavo el diplomático.

—Lo sé todo—dijo con voz dramática, imitando lo que tantas veces había oído desde su palco en parecidas situaciones.

Uno de los padrinos de López Rallo era el nuevo secretario de su Legación, que acababa de llegar á Roma, y al que no conocía Borja. Por él se había enterado el plenipotenciario de lo ocurrido.

En el primer momento se opuso á que alguien de su casa interviniese en un duelo, cosa prohibida por las leyes de la Iglesia. Era un diplomático católico y no podía incurrir en tal pecado. Pero el joven había hecho constar los deberes del compañerismo, el apoyo que se deben las gentes de la «carrera». Se encontraba en la misma situación que los guardias nobles del Papa, incapaces de dejar impune una ofensa cuando van de uniforme, no obstante ser considerados como militares imbeles. Y Enciso acababa por aceptar las objeciones de su subordinado.

Un interés novelesco parecía enardecer desde dos horas antes la existencia del diplomático-artista. No contento con permitir que su secretario se mezclase en dicho asunto, interesábase por sus resultados, visitando á los dos adversarios.

López Rallo era sobrino del autor de tantos monumentos del derecho internacional. A Borja lo apreciaba no menos, á causa de su apellido y por su antiguo tutor don Arístides Bustamante, aunque ambos viviesen ahora algo separados.

Consideraba inútil hacer gestiones de mediador entre ambos contendientes. Había visto al «hombre del monóculo». Se mostraba irreductible. Quería matar ó que lo matasen. Aquella agresión en presencia de la señora de Pineda le hacía intolerable una vida sin venganza.

La frialdad burlona de Claudio al hablar de su rival le convenció igualmente de la ineficacia por esta parte de toda mediación amistosa.

—¡Ah, las mujeres!... ¡Qué cosa tan terrible el amor!—dijo con falso acento de protesta.

En el fondo de su ánimo, este padre de familia admiraba las violencias y escándalos que acompañan al amor, y parecía contentísimo de intervenir en un lance de la vida real, semejante á los que había conocido hasta entonces únicamente en los libros.

Consideraba lógico que dos hombres quisieran matarse por aquella hermosa viuda, hacia la cual se volvía su recuerdo muchas veces. Todas las mujeres de vida interesante que provocaban batallas entre los hombres ó eran motivo de sus lágrimas, heroínas de teatro y de libro, le hacían pensar inmediatamente en la señora de Pineda. Era para él una concreción de cuantas aventuras y caprichos alegran la existencia humana y la amargan á un tiempo, embelleciendo su natural monotonía. El también, de no ser quien era, habría acabado por hacer locuras, lo mismo que estos jóvenes que le inspiraban una envidia mansa.

—Estoy en relaciones—dijo—con los cuatro testigos que preparan el encuentro. Hasta les he ayudado un poco con mi influencia.

Había conseguido el permiso necesario para que el duelo se efectuase en un jardín, cerca de Roma, propiedad de una princesa austríaca, que ahora tenía embargado el gobierno de Italia, pero exigiendo á los padrinos la más absoluta discreción.

—Que nadie sepa nada. Imagínese usted si en el Vaticano llegaran á enterarse de estas cosas... ¡Un ministro plenipotenciario cerca de la Santa Sede!...

El encuentro iba á realizarse aquella misma tarde. Como él no había presenciado nunca un duelo, deseaba aprovechar la ocasión.

—Les veré sin que ustedes me vean—siguió diciendo—. Me he preparado un escondrijo de acuerdo con el hombre del jardín. No pasará nada grave; me lo dice el corazón.

Esta tranquilidad permitió al buen Enciso mostrarse algo jactancioso en sus apreciaciones sobre el próximo combate. Hubiese preferido un duelo á espada. Aborrecía las armas modernas. La pólvora, según él, había acabado con la poesía de la Historia.

—Además, ya sabe usted, amigo mío, que soy un cardenal del Renacimiento, nacido con cuatro siglos de retraso; uno de aquellos cardenales aseglarados como nuestro Rodrigo de Borja, que se presentaban en las fiestas con espada al cinto, botas altas y plumas en el gorro. La pistola no me parece de mi época; pero debemos resignarnos á los usos de los tiempos de ahora, ya que en ellos vivimos.

Era López Rallo quien había exigido esta arma, creyéndola más eficaz para suprimir á su enemigo. De un combate con armas blancas podían salir, uno ú otro, sin mas que un simple rasguño.

—Dicen que es gran tirador...—continuó Enciso—. A usted también lo creen experto en la pistola y otras armas... Por suerte, yo tengo la corazonada de que no correrá sangre, y nunca me equivoco en mis presentimientos.

Recibió Claudio con gestos despectivos esta afirmación de la habilidad de su adversario. Le parecía bien la pistola. Recordaba sus ejercicios en Madrid, durante varios años, amaestrándose en el uso de diversas armas.

—Hace tiempo que no tiro—dijo—, pero le aseguro que al primer disparo le partiré de un balazo el monóculo. Téngalo por indudable.

Se alarmó Enciso ante esta afirmación, dicha con una sinceridad que le parecía terrorífica.

—No, amigo mío; usted no hará eso. Usted va á limitarse á tirar sin mala intención, y el otro hará lo mismo. Yo se lo exigiré, y me obedecerá. Deben ustedes salir del paso como buenos caballeros, y luego... ¡ya veremos! Hablaré á esa señora para que resuelva las cosas á gusto de todos... no sé cómo.

Después de dudar unos segundos, comprendiendo la inutilidad de su última promesa, se apresuró á añadir:

—Lo importante es lo inmediato, lo que ocurrirá dentro de unas horas.

Tomó cierto aire solemne mientras sacaba de un bolsillo interior de su chaqué un pequeño sobre de los que sirven para tarjetas.

—Va á prometerme, amigo Borja, que guardará esto en el traje que lleve esta tarde. Es el ruego de un hombre que sabe de la vida más que usted... No me pregunte. Obedezca.

A pesar de su tono de mando, se notaba en don Manuel un deseo vehemente de ser interrogado acerca del misterio del pequeño sobre.

Claudio lo mantuvo en su diestra, preguntando con su mirada, antes de guardarlo, y el diplomático se decidió finalmente á revelar su contenido.

Era la mitad de una estampita representando á los Reyes Magos tales como los conservan en la catedral de Colonia. Todo el que llevase este santo papel encima de su cuerpo no podía morir de muerte violenta. Sin duda, en su visita al otro combatiente, le había regalado la primera mitad del sacro fetiche.

—No sonría usted, Borja. Un cardenal alemán, muy sabio y gran amigo mío, me ha hecho conocer infinitos milagros de esta estampa; un varón eminentísimo, incapaz de mentir... No se extrañe de que yo lo crea, á pesar de que soy hombre mundano, «demasiado artista», como dice de mí el tío de su adversario.

Luego adoptó cierto aire pedantesco, para añadir:

—«Existen entre el cielo y la tierra muchas cosas misteriosas que los hombres ignoramos...» Ya sabe usted quién dijo esto, mejor que lo digo yo.

Claudio hizo esfuerzos para mantenerse serio al oir que el gran Enciso citaba á Shakespeare con el deseo de probar la fuerza milagrosa de una media estampa de los supuestos Reyes Magos de Colonia.

Al darse cuenta el diplomático-artista de este asombro de su oyente, añadió con modestia, como si se excusase:

—Inútil reirse de mí. Ya le he dicho que soy de otra época: igual á aquellos personajes que creían á la vez en la Virgen María y en Venus, llevaban sobre el pecho un medallón con la hostia consagrada y se entregaban á la astrología y la magia. Siendo grandes pecadores, no dudaban un momento del poder de Dios y la existencia de la vida eterna... Le repito que soy el último cardenal del Renacimiento, con mujer y cargado de hijos, lo mismo que muchos de ellos... pero todos hijos legítimos.