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A los pies de Venus (los Borgia)

Chapter 7: IV
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About This Book

La novela arranca con la transformación vital de un joven tras el encuentro con una viuda seductora, y sigue su relación apasionada y cosmopolita, marcada por la exaltación amorosa, la exhibición social y la tensión entre deseo y reputación. En capítulos posteriores la narración amplía su foco hacia una saga familiar poderosa, retratando ambiciones políticas, luchas por el poder y las intrigas que generan enemigos y una reputación negativa. A través de episodios íntimos y panorámicas históricas se exploran la corrupción del poder, la supervivencia social y la ambivalencia moral de personajes públicos y privados.

Los Borgia, individualidades robustas, conseguían imponer durante varios años sus concepciones políticas, creándose con esto muchos enemigos, que escribieron contra ellos. Además, tenían para Italia el enorme defecto de ser extranjeros, de proceder de España, y los españoles eran odiados por los italianos de entonces poco menos que los franceses.

—Nadie tuvo interés en defenderlos luego de su muerte, cuando sus enemigos pudieron ejercer contra ellos una larguísima venganza. Los historiadores imparciales encontraron más cómodo llegar hasta nuestros días copiándose unos á otros de un modo automático, sin examinar antes la autenticidad y veracidad de los relatos antiguos. Aún tenían los autores de la época de los Borgia la precaución ó el escrúpulo de poner al frente de sus más injuriosas afirmaciones un «se dice» ó un «según cuentan». Los que llegaron después suprimieron este dubitativo, dando como indiscutibles todas las murmuraciones y calumnias de antesalas y plazuelas.

El canónigo dejó de mirar á su sobrino y siguió hablando, como si los árboles y las plantas floridas que le rodeaban formasen un auditorio enorme.

—¿Qué le echan en cara á Alejandro VI?... ¿que tuvo hijos? También los tenían varios de los Papas que se sentaron antes en el trono de San Pedro, y los tuvieron igualmente después otros Pontífices. Su crimen consistió en que algunos de sus hijos fueron personalidades enérgicas, ardorosas en sus deseos, inteligentes y audaces, como verdaderos Borja, ansiosos de poder y de gloria; y los hijos de los otros Papas no pasaron de simples parásitos del Vaticano, atentos únicamente á engordar como sanguijuelas con la sangre de la Iglesia, á vender empleos y reunir tesoros. Tampoco puede atacarse á nuestro Papa como una especialidad por sus malas costumbres. En tal caso, hay que extender la censura á otros Pontífices anteriores y posteriores á él, igualmente aficionados á carnalidades con hembras ó á vicios más horrendos.

Y sin embargo, Alejandro VI, el simpático Rodrigo de Borja, que durante su vida ejerció una especie de encantamiento sobre cuantos se aproximaban á él, hombres y mujeres, se veía en el curso de tres siglos considerado como uno de los monstruos más excepcionales de la Historia. Los italianos enemigos del Papado caían con preferencia sobre este Pontífice porque no era de Italia. Los escritores protestantes, en su guerra con la Roma católica, escogían para sus golpes á este Papa, que además era español, hijo del país que se desangró luchando contra la Reforma por sostener la unidad católica.

—Este es el verdadero origen de la gran calumnia universal que pesa aún sobre los de dicha familia. Fueron españoles, y Alejandro VI resulta la víctima expiatoria de todas las licencias y escándalos del período del Renacimiento.

Lucrecia Borgia, hija del Pontífice, había sido también otra gran calumniada.

—Ya la han justificado muchos historiadores, demostrando la falsedad de los crímenes y vicios que la atribuyeron; pero esto no impide que la gente ignorante continúe sin conocer otra figura que la antigua, la creada por la mentira, y cada vez que en los diarios se habla de una envenenadora célebre, nunca falta un periodista ignorante ó un lector bodoque que diga: «Es una Lucrecia Borgia.»

El santo hombre hizo una pausa, para hablar luego con tono indignado.

—¡Ese Víctor Hugo!... Tú lo admiras devotamente, pero reconocerás que su Lucrecia Borgia es una mala acción. No sólo recogió cuantas falsedades dijeron los enemigos de los Borgia; además fué añadiendo por su cuenta muchas otras. En su drama tiene Lucrecia un hijo ilegítimo, Gennaro, que nadie conoció, pues lo inventa el poeta de cabeza á pies, y este hijo mata á su madre. Tú sabes que á la pobre señora sólo la mató Dios, pues falleció de parto siendo princesa reinante de Ferrara, después de tener varios hijos. Usaba cilicio, vivía devotamente, fué la admiración de sus contemporáneos, y jamás le atribuyó nadie envenamiento alguno, ni los más encarnizados enemigos de su familia.

Cambió don Baltasar el curso de su cólera.

—¡Y si sólo existiese el drama de Víctor Hugo!... Hace años que está olvidado; es tal vez la peor de sus obras teatrales; pero á Donizetti se le ocurrió ponerlo en música, y ¿quién no ha oído su ópera?... ¿Cómo luchar con la estulticia de dos generaciones que han aprendido la historia de Lucrecia Borgia en el teatro, con acompañamiento de orquesta, inventada en los tiempos más delirantes del romanticismo y modificada todavía por un obscuro «libretista»?

La consideración de que ésta era la única Lucrecia conocida de todos le puso aún más triste, y dijo á su sobrino con tono de ruego:

—Tú tienes la obligación de ayudarme en esta obra de justicia. Los Borgia deben interesarte más que «el Papa del mar», al que quisiste describir en un libro. Don Pedro Luna está olvidado y nadie lo calumnia, mientras los Borgia continúan siendo considerados por el vulgo como unos modelos de monstruosidad.

Hizo una pausa, para añadir con desaliento:

—Y yo no puedo defenderlos desembarazadamente. Soy un sacerdote, y cada vez que tomo la pluma para escribir sobre ellos, dudo, siento miedo, me parece que voy á faltar á los deberes que me impone la disciplina de la Iglesia. Debo justificar la conducta de este Pontífice relatando los escándalos de otros Pontífices de su época. Necesito recordar lo que olvidaron muchos maliciosamente, para ir concentrando sobre el Papa español todas las maldades de su tiempo, presentándolo como si fuese un caso único. ¿Puedo hacer yo esto, un canónigo, con entera tranquilidad de conciencia?... Tú eres otra cosa. Eres un laico, y te es posible decir la verdad sin faltar á ningún ministerio sagrado.

Claudio sonrió distraídamente. Fingía escuchar con atención á su tío, mientras su pensamiento se iba alejando de él.

¿Qué podían importarle los Borgia?... Tal vez le hubiesen interesado un año antes, cuando estudiaba las andanzas novelescas de don Pedro de Luna; pero ahora vivía en otro mundo y eran distintas sus aficiones é ideas.

Pensaba con inquietud en Rosaura. Hacía dos horas que se había ausentado. Su automóvil les esperaba ante la verja del jardín. Seguramente estaba bailando entre los brazos de otro hombre, sin acordarse de él.

¿Por qué seguir aquí, oyendo la charla apasionada de este erudito, sinceramente indignado por la injusticia póstuma infligida á la memoria de unos seres que habían dejado de existir cuatrocientos años antes?...

III

En el que se habla del hijo de la universidad de Canals y de la victoriosa batalla de los Tres Juanes

A los pocos días de permanencia en la Costa Azul, sintió don Baltasar Figueras la comezón de continuar su viaje á Roma.

Ya había visto bastante. De Niza sólo le interesaban la ciudad vieja y su mercado de legumbres y flores, semejante al antiguo de Valencia. En el principado monegasco prefería la ciudad de Mónaco, con sus callejuelas tranquilas, donde encontraba frailes y monjas, y la gran plaza, frente al palacio de los Príncipes, adornada con cañones del tiempo de Luis XIV y pirámides de proyectiles esféricos. Esta artillería, teatral é inútil, imponía respeto al canónigo, predispuesto á la admiración de todo lo viejo, haciéndole aceptar dicha planicie como una verdadera plaza fuerte.

La inmediata altura de Monte-Carlo, al otro lado del puerto, le inspiraba menos respeto. Era, según él, una ciudad peligrosa. Todos sus habitantes le parecían terribles bandidos internacionales, y en cuanto á las mujeres, se abstenía, por pudor, de darlas su verdadero nombre.

Como llevaba leídas cosas tremebundas sobre este país, pidió á Claudio que le enseñase cierto banco llamado de «los suicidas», porque en él solían matarse los desesperados del juego.

Inútilmente paseó Borja sus miradas por los numerosos bancos de un jardín dividido en terrazas. No pudo saber cuál era el que gozaba de tal privilegio fúnebre. Esto no impidió que el santo varón mirase con cierta inquietud los peñascos de la costa y las palmeras de los paseos, esperando ver pendiente de su frágil ramaje algún ahorcado puesto de frac, ó hechas pedazos, junto á las olas, á varias damas en traje de baile.

Dentro de los salones del Casino se mostró nervioso y ruborizado, cual si estuviese cometiendo una mala acción. En vano le señaló su sobrino un grupo de clérigos portugueses que venían de Roma ó se encaminaban á ella. Casi todos los que iban en peregrinación á ver al Papa hacían alto unas horas para conocer este Casino de Monte-Carlo, famoso en el mundo entero, y arriesgar algunas monedas sobre las mesas verdes. Don Baltasar dudó en el primer momento de la autenticidad de sus compañeros portugueses.

—Deben ser pastores luteranos—dijo á Claudio.

Y al convencerse finalmente de que eran católicos como él, no por esto recobró su tranquilidad.

Nada le interesaba en este mundo de la Costa Azul. Tenía otras cosas que hacer. Y anunció á su sobrino y á la «distinguidísima viuda», admirada por él como una gran señora de los mejores tiempos de la Historia, su propósito de continuar el viaje.

Rosaura lo invitó segunda vez á almorzar, mostrando repentino interés por su gran empresa en favor de los Borgia. Era sin duda una amabilidad de última hora, un deseo de serle agradable, ya que no lo iba á ver más. Y escuchó atenta la descripción que el canónigo fué haciendo de la ciudad de Játiva, donde los árabes españoles fabricaron el primer papel conocido en Europa.

Situada al pie de una colina que tiene en su cumbre un castillo famoso á causa de los personajes que guardó prisioneros, la circunda extensa huerta, en la que alternan los campos siempre verdes con grupos de palmeras.

Un agua fresca y rumorosa viene de las fuentes de la montaña á esparcirse por las casas, en chorros sin grifo que se desgranan día y noche sobre las pilas de los patios. Al pasar el transeunte frente á las puertas, es acogido por el rumor melodioso de estos arroyuelos continuos.

—Los Borja—dijo don Baltasar—fueron de Játiva, pero el primero de ellos, el papa Calixto III, no nació dentro de la ciudad, sino en la «universidad» de Canals.

Sonrió con malicia al notar cierta extrañeza en sus oyentes, y siguió diciendo:

—El significado de las palabras cambia con el transcurso del tiempo. Antes, «presidio» quería decir plaza fuerte. Del mismo modo «universidad» equivalía á reunión ó gremio. La llamada Universidad de Mareantes de Sevilla no era escuela de navegación; significaba cofradía ó sociedad de hombres de mar. Los grupos de caserío demasiado pequeños para titularse pueblos, y que vivían á la sombra de un municipio mayor, se designaban con el nombre de «universidad».

Dotado el canónigo de prodigiosa memoria, recordaba lo dicho por un teólogo del siglo XVIII al describir la pequeña patria del primero de los Borja. «La universidad de Canals se llama universidad porque así debe apellidarse toda república que es menos que villa y mucho más que lugar.»

Procedían los Borja de la ciudad de su mismo nombre situada en Aragón, y bajaban á Valencia para su conquista, siguiendo al rey don Jaime, que expulsó á los moros. Todos eran de notable hermosura corporal y espíritu ardiente, con grandes ánimos para sus empresas, deseosos de realizar hazañas famosas y unidos por una solidaridad de familia semejante á la de las tribus primitivas.

Alfonso de Borja había nacido el último día del año en que estalló el Gran Cisma, ó sea en 1378. Una tradición le acompañaba desde la cuna, dándole gran fe en sus destinos. Su madre le había contado que, en los primeros años de su vida, el gran taumaturgo y predicador que fué luego San Vicente Ferrer profetizó, al verle, su ascensión al más alto puesto de la Iglesia.

—Debo añadir—dijo Figueras—que el futuro santo hizo otras muchas predicciones semejantes. Nada le costaba alegrar de este modo á una pobre madre.

Establecidos los Borja en Játiva, con otros caballeros guerreadores, para hacer frente á los moros que intentaban recobrar el reino de Valencia, fueron dividiéndose y cambiando de situación al transcurrir el tiempo. Hubo Borjas ricos que mantuvieron el prestigio de su nobleza con el dinero. Otros, dedicados al cultivo de la tierra, fueron descendiendo en rango social, aunque sin perder su primitiva nobleza. Alfonso de Borja era hijo de uno de estos hidalgos venidos á menos, que vivían á estilo de labradores, pero conservando con orgullo el escudo de la familia: un toro rojo sobre fondo de oro, símbolo de la robustez, la acometividad y el ardor de todos los que llevaban dicho apellido. Estos labriegos de noble origen ostentaban el título de «generosos», ó sea de generación militar.

Dedicado á los estudios jurídicos en la Universidad de Lérida, obtenía una cátedra en plena juventud. El papa Luna, apreciando los méritos del nuevo doctor, le daba un canonicato en dicha ciudad. Los cargos eclesiásticos eran entonces la mejor recompensa para literatos y jurisconsultos, ya que se podía disfrutar su renta sin necesidad de hacerse sacerdote.

Al subir Alfonso V al trono de Aragón, reconocía los méritos de este joven experimentado en cuestiones jurídicas y hábil para las negociaciones diplomáticas, haciendo de él su secretario. Los servicios que prestó á Martín V—el Papa elegido por el Concilio de Constanza—le abrían el camino de los altos honores de la Iglesia. El fué quien trató con el sucesor del papa Luna, el canónigo de Valencia Gil Muñoz, llamado Clemente VIII, para que renunciase á la tiara en el castillo de Peñíscola, y el Pontífice de Roma lo premió otorgándole el obispado de Valencia. Luego vivía en Nápoles al lado de Alfonso V, ayudándole en la reorganización de dicho reino, despedazado por largas guerras.

Aquí el canónigo abandonó momentáneamente á Alfonso de Borja para hablar de su regio protector.

—Con razón—dijo—llamaron á Alfonso V «el Magnánimo». Ningún rey de su época tan caballeresco y tan humano.

Célebre en Europa por tales condiciones, Juana II de Nápoles, que no tenía hijos, le prometía su corona en herencia si la apoyaba contra el duque de Anjou, aspirante á dicho trono con el auxilio de un partido de descontentos.

Ayudado por la flota aragonesa, conquistaba Alfonso V el reino napolitano. Luego, la vieja Juana reñía con él, nombrando heredero al de Anjou; pero el aragonés continuaba la guerra, y tras muchas alternativas, adueñábase definitivamente del reino de Nápoles en 1442, quedando en él para siempre.

—En realidad, este rey español vivió más tiempo en Italia que en España. Una historia de amor contribuyó, según dicen algunos, á mantenerlo lejos de su patria. Cuando acababa de recibir la corona de Aragón y vivía en Valencia, su ciudad favorita, tuvo relaciones ilícitas con doña María de Híjar, noble dama valenciana. Estaba casado don Alfonso con una prima suya, doña María, hija de Enrique III de Castilla, y se ha dicho, no sé con qué fundamento, que la esposa, en un arrebato de celos, hizo matar á la amante, historia romántica con la que se justifica el hecho de que Alfonso V viviese treinta y ocho años lejos de su mujer, guerreando en Italia ó gobernando pacíficamente á Nápoles.

Ensalzó don Baltasar la popularidad italiana del rey español, protector de sabios y escritores. Los humanistas más atrevidos buscaban refugio en Nápoles. Como era amante de la gloria, procuraba merecer los elogios de estos literatos, distribuidores entonces de la celebridad. Griegos desterrados de Constantinopla venían á dar lecciones en Nápoles y Sicilia, honrándolos el rey con títulos de caballero.

Se contaban anécdotas sobre el respeto de Alfonso V á las letras clásicas, afirmando que empleaba muchas veces como medicina la lectura de ciertos autores antiguos, curándose así las dolencias nerviosas. Hasta se abstuvo en una recepción de espantar una mosca posada sobre su nariz por no perder ninguna frase de la arenga latina que le dedicaba un orador célebre. En sus guerras para conseguir la posesión definitiva de Nápoles, perdonó á varias poblaciones que le habían opuesto empeñada resistencia, al acordarse de que eran patria de grandes hombres de la antigüedad.

—Su título de «magnánimo» fué merecido. Al combatir á su adversario el duque de Anjou en su misma tierra de Provenza, apoderándose de Marsella, rehusó los presentes que le ofrecían las damas de dicha ciudad por haberla salvado del pillaje de sus tropas. «Yo he venido á vengarme como príncipe—dijo—y no á hacer la guerra como ladrón.»

Sitiando á Gaeta, dejaba salir de la famélica plaza á las mujeres y los niños. Esto permitía á sus defensores aguardar un avituallamiento que imposibilitó momentáneamente la toma de la población; mas no por ello se arrepintió «el Magnánimo» de su generosidad. A unos que conspiraban contra él los perdonó, diciendo: «Yo los obligaré á reconocer que cuido más de su vida que ellos mismos.»

Una galera llena de soldados estaba próxima á naufragar, y como notó Alfonso V que sus órdenes para salvarla eran obedecidas con timidez, se arrojó el primero en una chalupa, gritando á los vacilantes: «Quiero mejor ser el compañero que el testigo de su muerte.» Y esta resolución enardecía á sus gentes, haciéndolas salvar el buque.

Sonrió Figueras con cierto rubor, como si pidiese perdón á la dama que le estaba escuchando, y dijo:

—Lo único que se le pudo reprochar fué su gran afición á las mujeres. Toda su vida mostró esta debilidad, hasta en sus últimos años. Cuando ya tenía cerca de sesenta, hizo reir un poco á los de Nápoles con su amor senil por la hermosa y joven Lucrecia de Alagno, aunque él dijo siempre que esta pasión era puramente platónica. Hasta en su vejez tenía bella presencia y aspecto majestuoso, siendo uno de los caballeros más cumplidos de aquella época.

Cuando su secretario Alfonso de Borja pasó á ser Papa con el nombre de Calixto III y andaban ambos en cuestiones por considerar el Pontífice un feudatario de la Iglesia á su antiguo señor, la bella Lucrecia de Alagno marchó á Roma con imponente cortejo, siendo recibida como una soberana. Pero Calixto se negó á dar licencia para que Alfonso V pudiera contraer con ella un segundo matrimonio. Mantenía su antigua amistad con la verdadera reina doña María, residente en Zaragoza ó en Valencia. Sin esto la hermosa Lucrecia habría acabado por ser soberana de Nápoles.

—Pero volvamos—dijo el canónigo—á la carrera prodigiosa del profesor de Lérida y rector de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, que llegó á Pontífice.

Alfonso de Borja procuraba reconciliar á su rey con el papa Eugenio IV, y éste, agradeciendo las gestiones del obispo de Valencia, lo hacía cardenal en 1444, asignándole como iglesia titular la antigua basílica de los Cuatro Santos Coronados, situada en una eminencia del llamado Monte Celio. Obedeciendo los deseos del Pontífice, se quedaba en Roma, logrando fama de cardenal exento de adulación, independiente, sin espíritu de partido.

La sencillez y pureza de costumbres de Borja, que no se había ordenado de sacerdote hasta que fué obispo, llamaron la atención en aquella época de cardenales aseglarados, iguales á los príncipes laicos en desórdenes y liviandades. El titulado cardenal de Valencia vivía modestamente, en riguroso celibato. Hasta en las épocas que gobernó á Nápoles como delegado de Alfonso V, concitándose enemigos por sus medidas extraordinarias, los libelistas napolitanos sólo supieron decir de él que amaba los perfumes y gustaba de conversar con las damas de la corte, sin poder añadir anécdotas escandalosas á estas particularidades ordinarias en el consejero de un monarca, acostumbrado á vivir en palacios.

Así fué llegando á la ancianidad. Sus estudios y el mucho trabajo á que le obligó la incesante colaboración con el rey de Nápoles habían quebrantado su salud, hasta el punto de figurar como uno de los cardenales más enfermos y débiles de la corte pontificia.

Algunas veces hablaba melancólicamente á sus íntimos recordando la profecía del maestro Vicente Ferrer. Nunca llegaría á Papa. Aquel santo predicador se había equivocado. Otro fraile ascético, que luego figuró igualmente en los altares, San Juan de Capistrano, gran amigo de Alfonso de Borja, oyó muchas veces cómo recordaba éste dicha predicción, seguro de que iba á resultar falsa.

Tres Papas se habían sucedido en Roma después del Concilio de Constanza: Martín V, Eugenio IV y Nicolás V, todos italianos. A la muerte de Nicolás, «el Papa bibliotecario», preocupado especialmente de proteger á los humanistas y adquirir libros valiosos, mientras los turcos, dueños de Constantinopla recién conquistada, amenazaban el centro de Europa, la elección del nuevo Pontífice se presentó como un problema pavoroso.

El prestigio de la Iglesia se había extinguido. Reyes y príncipes desobedecían al Pontificado después de verlo pasar por las vergüenzas del Gran Cisma. Dentro de Roma existía un gran partido republicano y antipapal. Pocos años antes, en tiempo de Eugenio IV, el patricio Esteban Porcaro, ardoroso y enérgico, de mejores condiciones que Rienzi, había pretendido hacer una revolución para proclamar la República romana, muriendo en la horca por orden del Papa.

De existir el elocuente y hábil Porcaro en Marzo de 1455, la reunión del cónclave para elegir nuevo Pontífice habría sido la señal de una gran revolución popular. Las dos facciones aristocráticas, representadas por las familias de los Colonna y los Orsini, siempre en pelea por el gobierno de la ciudad, iban á guerrear dentro del cónclave para obtener la tiara. Un cardenal Colonna y un cardenal Orsini, deseosos cada uno de ser Papa, buscaban alianzas por medio de la intriga y el dinero. De los quince cardenales electores, siete eran italianos, dos franceses, dos griegos y cuatro españoles: Torquemada, Lacerda, Carvajal y Borja.

Nadie pensaba en la posibilidad de un Papa extranjero. El Gran Cisma había sido motivado por la oposición de Roma á todo Pontífice que no fuese de Italia. Hasta en el Concilio de Constanza, gran asamblea internacional de la Iglesia, había sido elegido un italiano, Martín V, para terminar el conflicto definitivamente.

Como ni Colonna ni Orsini tenían votos suficientes para triunfar, se hablaba de otras candidaturas italianas, profetizando la victoria de Scarampo, cardenal muy rico, aficionado á la espada, ó de Pedro Barbo, que años después fué Pontífice con el nombre de Paulo II.

—En realidad, era Pedro Barbo el más cercano á la tiara al abrirse el cónclave; pero los romanos tienen un refrán que dice: «el que entra en el cónclave como Papa sale como cardenal», y así fué una vez más.

Apenas empezaron las sesiones, los que deseaban un candidato independiente, agradable á todos, se fijaron en el cardenal Bessarion, griego refugiado en Roma, de grandes conocimientos científicos, y que vivía apartado de contiendas, en un aislamiento de hombre estudioso. Pero no hizo nada por robustecer su candidatura, y algunos cardenales dijeron que era indigno ver á un neófito, que aún usaba la barba á estilo oriental y acababa de abandonar el cisma griego, colocándose de golpe á la cabeza de la Iglesia romana. Además, los cardenales aseglarados como Scarampo temían la severidad de costumbres de Bessarion.

Transcurrió el tiempo, se hicieron muchas votaciones inútiles, el pueblo se impacientaba, y al fin los dos partidos difirieron su lucha para otra elección, acordando proclamar á uno de los cardenales más ancianos, amigo del poderoso rey de Nápoles, y al que le quedaban pocos meses de vida. De esta suerte fué elegido inesperadamente Alfonso de Borja, á la edad de setenta y siete años, tomando el nombre de Calixto III.

Toda la población de Roma quedó absorta al ver elegido á un español. La tradicional resistencia á los Papas extranjeros, origen del Gran Cisma, resultaba de pronto ineficaz. Pedro de Luna, último Papa de Aviñón, triunfaba póstumamente treinta y dos años después de su muerte. El mundo católico no le había querido, á pesar de sus virtudes, porque era español, y un segundo español venía ahora á sentarse en el trono de aquella Roma donde no pudo entrar nunca el otro.

Se llegó á temer que estallara de nuevo el cisma y los cardenales italianos abandonasen á Roma para elegir un segundo Pontífice. Al Papa inesperado le daban el apodo de «el viejo catalán», y su amistad con el rey de Nápoles era interpretada como un anuncio del crecimiento de dicho reino.

—Si al valenciano Borja—continuó Figueras—lo llamaban catalán, era porque los catalanes gozaban en Italia de una impopularidad algo menor que la de los franceses, mas no por eso menos odiosa é intolerable para el vulgo. Dominaban á Sicilia y Nápoles y hacían la guerra en el mar á las galeras de varias repúblicas y principados italianos. Temían las gentes de Roma que el nuevo Papa confiase las fortalezas de la Iglesia á guerreros «catalanes», ó sea españoles, de suerte que luego de su fallecimiento fuese difícil volver á recobrarlas. Pero la índole apacible y bondadosa de Alfonso de Borja, su fama de hombre justo y puro de costumbres, la severidad para el trato de su propia persona y el tono suave con que acogía á todos, acabaron por acallar estas inquietudes públicas.

Además, el descendiente de los caballeros de Játiva, eternos guerreadores contra los moros, publicó inmediatamente cuál iba á ser la verdadera finalidad de su pontificado: combatir á los turcos hasta reconquistar Constantinopla, que su antecesor, el Pontífice bibliófilo, había dejado perderse con desesperados lamentos, pero sin ninguna medida enérgica que impidiese dicha catástrofe cristiana.

Los primeros días del pontificado de este español no fueron dichosos. Roma continuaba viviendo en la inseguridad de la guerra civil, con su vecindario dividido en bandos implacables. El 20 de Abril se celebraba la coronación del primer Borgia. Por la mañana iba Calixto á la basílica de San Pedro, y un canónigo, para recordarle la fugacidad de las cosas terrenas, quemaba ante sus ojos un poco de estopa, diciendo: «Santo Padre, así pasa la gloria de este mundo».

Luego celebraba la misa ayudado por los dos candidatos que días antes figuraban en el cónclave como Papas probables, cuando nadie pensaba en él. El cardenal Orsini cantó la epístola y el cardenal Colonna el Evangelio. Finalmente se procedía á la coronación ante la basílica, y Próspero Colonna, como el más antiguo de los cardenales diáconos, colocaba en la cabeza de Calixto el tryreinum, diciendo así:

—Recibe la tiara adornada con tres coronas, y sabe que eres padre de los príncipes y de los reyes, guía del orden y vicario en la tierra de nuestro salvador Jesucristo, cuya es la honra y la alabanza por una eternidad de eternidades. Amén.

El español fué á tomar posesión de la iglesia de Letrán, que es el templo correspondiente á los Pontífices, como los cardenales tienen cada uno su iglesia propia. Iban en su cortejo ochenta obispos vestidos de blanco, todos los cardenales vestidos de rojo, muchos barones romanos con armaduras y los magistrados de Roma.

El hijo de la «universidad» de Canals, jinete en un caballo blanco, parecía rejuvenecido, no obstante sus años y enfermedades, por esta autoridad de carácter universal que acababa de serle impuesta. Ya no era un consejero del rey de Aragón; se veía por encima de todos los monarcas de la tierra.

Según antigua costumbre, en el lugar llamado Monte Giordano, una diputación de los judíos residentes en Roma aguardaba el cortejo solemne de todo nuevo Pontífice, para ofrecerle el libro de su Ley, ricamente encuadernado, en cuyo volumen leía el Papa algunas palabras, diciendo finalmente: «Nos, confirmamos vuestra Ley, pero condenamos vuestra exposición; porque Aquel de quien ella dice que vendrá ha venido ya, y es Jesucristo nuestro Señor, como la Iglesia nos lo enseña y predica.»

Para el populacho de Roma, la elección de un Pontífice era pretexto de motines, diversiones brutales y saqueos. Entre dos Papados, la ciudad vivía un período anárquico, negando obediencia á las autoridades del Pontífice muerto y aprovechándose de la incertidumbre y desorientación de las autoridades recién nombradas.

Otra de sus costumbres era saquear el palacio del cardenal que acababa de ser elegido Papa. Como iba á instalarse en el Vaticano, el populacho se creía con derecho á apropiarse todo lo de su antigua vivienda, llevándose muebles, ropas y joyas. Años después, los cardenales que aspiraban á ser Pontífices, antes de ir á encerrarse en el cónclave procuraban dejar en sus palacios una guarnición de espadachines y arcabuceros para que repeliese el asalto de la muchedumbre en el caso de que su candidatura resultase triunfante.

Al llegar Calixto III al Monte Giordano, mientras realizaba la ceremonia de leer el libro de la Ley judaica y contestar á la diputación del ghetto las palabras rituales, el populacho se sintió tentado por la riqueza de este magnífico volumen encuadernado en oro, y para robarlo arrolló á los guardias del Pontífice. Se produjo tal confusión, que el anciano Borja vióse próximo á morir aplastado por el gentío. Los soldados papales repelieron á las turbas con sus espadas y lanzas, pero esto no impidió que arrebatasen en su retirada el rico baldaquino que servía al Pontífice cuando era llevado en andas dentro de las iglesias y que le seguía en este cortejo como símbolo de su dignidad.

Poco después, al pasar por el Campo dei Fiori, surgió otro incidente más grave. Napoleón Orsini andaba en pendencias con el conde de Anguillara, acuchillándose los partidarios de uno y otro dentro de Roma.

Orsini quiso aprovechar la ocasión, y abandonando la comitiva papal corrió al Campo dei Fiori, donde habitaba dicho conde, haciendo saquear su vivienda. «¡Quien quiera bien á la casa de Orsini que acuda en su auxilio!», gritaban los del mencionado partido. En pocos momentos se reunieron tres mil hombres armados á favor de los Orsini, mientras los Colonna, por la eterna rivalidad entre las dos familias, daban auxilio al conde de Anguillara, juntando otra tropa no menos considerable.

Ambos partidos se aprestaron á dar una verdadera batalla en presencia del nuevo Pontífice, siendo necesaria la intervención de los cardenales Colonna y Orsini para que, exhortando á sus parientes, restableciesen la tranquilidad.

Encargó Calixto III á Pedro Barbo y otros cardenales influyentes el afianzamiento de la paz en los Estados pontificios, ajustando una tregua de varios meses entre las familias rivales. El necesitaba su tiempo y su actividad para la organización de la guerra contra los turcos.

Resultaban sin fundamento los temores que había inspirado al principio de querer trasladar la corte pontificia lejos de Roma, tal vez á España, imitando con ello á los Pontífices franceses que la habían establecido en Aviñón.

—Este viejo español—siguió diciendo el canónigo—era de vista más larga y concepciones más universales. Sólo le preocupó la suerte del cristianismo; únicamente prestaba atención á la empresa de reconquistar Constantinopla y los Santos Lugares.

Los humanistas, acostumbrados á vivir como parásitos de la generosidad de príncipes y Papas, no encontraron apoyo en este antiguo jurisconsulto. Nunca se mostró hostil al Renacimiento, pero lo miró con indiferencia, preocupándole más el reunir dinero para la guerra contra los turcos que dar salarios á escritores venales y de estilo fácil, como lo había hecho su antecesor, Nicolás V, erudito confiado é ingenuo.

—Por un motivo inexplicable para muchos, el único humanista que protegió este Papa tan devoto fué el incrédulo Lorenzo Valla. Apenas elevado al trono pontificio, lo hizo secretario suyo, dotando liberalmente con algunos canonicatos al terrible librepensador. Sin duda le guardaba Calixto un gran afecto personal desde los tiempos que lo tuvo á sus órdenes como gobernador de Nápoles; pero Valla apenas pudo gozar las dulzuras de dicha protección, pues murió dos años después.

Todo el dinero de la Iglesia lo iba dedicando el ardiente anciano á la cruzada contra los turcos. Anunció que iba á empeñar para esto su propia tiara, y hasta arrancó sus encuadernaciones á muchos códices de la biblioteca del Vaticano, porque tenían adornos de metales preciosos.

El rey Alfonso de Nápoles, muy entendido en objetos de arte, compró al Papa ánforas, copas y otros servicios de plata y oro, cálices, patenas y un tabernáculo con valiosos esmaltes. El Pontífice comía en platos de barro, y afirmó en uno de sus Breves que iba á contentarse con una simple mitra de lino, enajenando todas las joyas de la Iglesia para la guerra santa.

Contempló Europa con admiración y al mismo tiempo con apatía los esfuerzos de este anciano, enardecido por una extraordinaria juventud.

—Quiero ser—dijo—el emperador y el campeón de la cristiandad contra los infieles.

Sólo un español podía mostrar este ardor antimahometano. Las naciones del centro de Europa ya no se acordaban de las cruzadas. Además, éstas sólo habían sido un episodio de su historia, mientras en España la guerra contra los musulmanes se prolongaba siete siglos. Todavía en aquellos momentos poseían los moros el floreciente reino de Granada, representando un peligro nacional.

Su propósito era coligar todo el Occidente cristiano contra el nuevo emperador de Constantinopla, socorrer á los húngaros, amenazados por los turcos, crear una flota de guerra pontificia que fuese á atacarlos en el archipiélago griego, del cual se iban apoderando rápidamente.

—Todos los cronistas de entonces se asombraron del celo guerrero y la fuerza de voluntad de este anciano, que muchos creían próximo á morir. Los asuntos generales de la Iglesia los trataba brevemente, pero de la cruzada discurría con gran prolijidad, atendiendo á todos sus detalles.

Falto de dinero, licenciaba á cuantos escritores y artistas vivían á sueldo del Pontificado, y si retenía á algunos de los últimos, era para que trabajasen en cosas de la guerra. A los pintores y bordadores les encargaba estandartes. Los escultores tallaban pelotas de piedra para las bombardas. Enviaba exhortaciones á los reyes cristianos para que tomaran la cruz y marchasen contra los turcos. Exigía de los cleros de todos los países una contribución para el sostenimiento de dicha campaña...

—Pero ¡ay! la antigua fe guerrera—continuó el canónigo—se había extinguido. Los monarcas se embolsaban cínicamente las cantidades recogidas para la cruzada, siendo el primero en dar tan perverso ejemplo Alfonso V de Aragón. Aún hizo algo peor. Se apropió los buques que por encargo del Pontífice había reunido el arzobispo de Tarragona Pedro de Urrea, y que estaban mandados por Antonio Olcina. Estos buques, en vez de ir á Ostia, poniéndose á las órdenes del Papa, se unían á la flota del rey Alfonso para hacer la guerra á los genoveses y otros Estados cristianos enemigos de dicho rey.

Protestaba el viejo Pontífice inútilmente contra el arzobispo de Tarragona y Alfonso V, llamándolos «traidores». Era el único, en todo el Occidente, que hacía algo por oponerse al avance de los turcos, y con asombro de todos los que ridiculizaban su empresa, considerándola quimerática, empezaron á verla realizarse bajo el influjo milagroso de una ardiente voluntad.

Las riberas del Tíber, siempre dormidas y casi desiertas, resucitaron á la vida del trabajo por obra de este anciano. En la Ripa Grande estableció arsenales, y junto á San Espíritu construyó un dique para limpiar galeras.

Carpinteros y marineros acudían de toda Italia contratados por los agentes del Pontífice. Este gustaba de dirigir los preparativos personalmente, y cuando no escribía cartas á los reyes invitándolos á tomar la cruz, intervenía en las compras de hierro, brea y maderaje para las construcciones navales, vigilando igualmente los acopios de pelotas de piedra y plomo para las bombardas, de ballestas, cascos, escudos, lanzas, espadas, cadenas, áncoras y cables. Lo mismo se preocupaba del bizcocho ó galleta para las tripulaciones que de las banderas y gallardetes que debían ondear en las arboladuras de las naves. Hasta se cuidó de dar cinco resmas de papel á los jefes de su flota para que pudiesen escribirle acerca de las operaciones.

Ludovico Scarampo, el cardenal-almirante, uno de los príncipes de la Iglesia más ricos, deseaba quedarse en su lujoso palacio de Roma; pero como había demostrado ser el mejor hombre de guerra entre todos los del Sacro Colegio, venció Calixto su resistencia, y prendiéndole con sus propias manos en un hombro la insignia de cruzado, consiguió que al fin zarpase su flota de las bocas del Tíber á fines de Junio de 1456.

Se componía de veinticinco naves, con mil marineros, cinco mil soldados y trescientos cañones. Este milagro naval lo había conseguido Calixto por sus propias fuerzas. El rey de Francia, Carlos VII, abusaba de su entusiasmo, lo mismo que el de Nápoles. En vano le recordó la historia de San Luis, héroe de las cruzadas. El descendiente del santo rey se quedó con todo el dinero recogido, dedicando á guerrear contra ingleses y napolitanos cuantos buques había juntado en Francia el Pontífice para su expedición.

Al mismo tiempo que enviaba la flota de Scarampo al encuentro de los turcos, haciéndose ilusiones sobre su eficacia, sin tener en cuenta el número limitado de los buques, se preocupó de auxiliar á los húngaros, contra los cuales había empezado á marchar el sultán Mohamed, invadiendo el centro de Europa.

Este auxilio terrestre era más espiritual que efectivo. Ningún rey cristiano le enviaba las tropas prometidas. Cada vez se veía más claramente que la época de las cruzadas había terminado. El Papa era el único que aún soñaba con la posibilidad de levantar contra los musulmanes toda la Europa, por cuyo motivo algunos soberanos de su época le llamaron irónicamente «el último cruzado».

En realidad, sólo pudo enviar á Hungría dos hombres: el cardenal español Juan de Carvajal, enérgico y tenaz como él mismo en la lucha contra los infieles, y un fraile, igualmente amigo suyo, que tenía más de setenta años y estaba debilitado por una vida de privaciones: el futuro San Juan de Capistrano.

Carvajal vivió seis años en Viena y en Buda como legado pontificio, organizando con diversa suerte la cruzada contra los turcos. Gracias á sus gestiones para restablecer la paz entre los magnates húngaros, consiguió que muchos de éstos olvidasen sus querellas, tomando las armas contra los infieles. El más famoso de todos fué el heroico Juan Hunyades. Mientras tanto, Capistrano iba de un lado á otro predicando á las muchedumbres para que se armasen y tomaran la cruz.

Capistrano y Carvajal, que se habían presentado á los húngaros con las manos vacías, sin más auxilio que las palabras ardorosas de su Pontífice, consiguieron improvisar un ejército. Pareció éste ridículo á los verdaderos hombres de guerra comparado con el de los turcos, que era tenido por toda Europa como invencible. Hunyades organizó á su costa siete mil húngaros, y Capistrano y Carvajal le dieron como fuerza auxiliar una muchedumbre abigarrada, enardecida por sus predicaciones, compuesta de artesanos, labriegos, frailes, eremitas y estudiantes, armados casi todos con guadañas, venablos y horquillas. Muchos de los nuevos cruzados eran aventureros que iban en busca de botín; pero los más acudían á la pelea con el deseo de morir, ganando el cielo. Varios grupos de lansquenetes alemanes y guerreros polacos dieron cierta consistencia militar á esta masa confusa y mal armada, conducida por el fraile Capistrano.

El sultán Mohamed, con las tropas invencibles que habían tomado á Constantinopla, y una artillería monstruosa, sitiaba á Belgrado, puerta de Hungría. Tomada esta ciudad, el Gran Turco pensaba invadir fácilmente todo el centro de Europa.

Avanzó Hunyades con su ejército irregular en auxilio de Belgrado. Junto á él marchaba Capistrano llevando en alto un crucifijo, regalo de Calixto III, é invocando el nombre de Jesús. Contra toda regla militar y con menosprecio de la ley de las probabilidades, dicha muchedumbre mal organizada, pero dispuesta á morir, rompió el cerco de los turcos y dió auxilio á los que defendían Belgrado. Luego, revolviéndose contra los sitiadores, con una audacia desconcertante para éstos, consiguió desbaratarlos, apoderándose de su campamento, de su enorme artillería y obligando á huir al famoso conquistador de Constantinopla.

Tal combate, desarrollado entre el 14 y el 21 de Julio, causó asombro en los pueblos cristianos. Todos esperaban la derrota del Papa. Quedaba deshecha la opinión general de entonces, que suponía invencible á la media luna. El viejo y tenaz español había derrotado por primera vez á los turcos.

La empeñada y sangrienta batalla de Belgrado la llamaron todos «la batalla de los Tres Juanes», por ser éste el nombre de Hunyades, Capistrano y Carvajal. El anciano Alfonso de Borja, cuando llegaron á Roma las primeras noticias de la victoria, lloró de emoción y rió de alegría, con el desordenado regocijo de un niño. Los hombres le habían abandonado, pero Dios le apoyaba para que venciese él solo á sus enemigos.

Aunque la peste causaba grandes estragos en Roma, no quiso abandonar la ciudad, como lo hacían los personajes de su corte. Creyó que desafiando á la muerte le protegería mejor el cielo en su empresa. Algunos embajadores, en las cartas dirigidas á sus gobiernos, se mostraban conmovidos por la férrea entereza de este varón casi octogenario. A pesar de su inesperada victoria, siguieron mostrándose los Estados cristianos indiferentes á dicha guerra, y Venecia hasta contrajo alianza secreta con los turcos.

Una epidemia se había desarrollado sobre el enorme campo de batalla por la corrupción de los montones de cadáveres. El heroico Hunyades murió de ella cuando sólo habían transcurrido algunas semanas desde su triunfo, y poco después perecía igualmente su compañero de armas San Juan de Capistrano.

Quedó Carvajal en Hungría, extremando su elocuencia para crear un nuevo ejército; pero las divisiones y rivalidades de los señores húngaros imposibilitaron su empresa.

Otro héroe, el famoso Scanderbeg, por su verdadero nombre Jorge Castriota, príncipe de Albania, recibía de Calixto III el título de «Atleta de Cristo». Este guerrero de historia novelesca, que entraba en los combates arremangado un brazo para manejar con más soltura la espada ó la maza, se sostuvo veinticuatro años cortando el paso á los turcos y batiendo sus ejércitos, diez ó veinte veces mayores que el suyo.

Alfonso de Borja lo animaba en su resistencia, dándole sobrenombres honoríficos ya que le era imposible enviarle soldados ni dinero. La más brillante y sangrienta de sus victorias, la llamada de Tomorniza, la obtuvo el «Atleta de Cristo» en 1457, y el Pontífice le confería por ella el título de Capitán General de la Curia.

La escuadra del Papa había dejado pasar semanas y meses sin hacer nada positivo contra sus adversarios. El cardenal-almirante Scarampo se veía mal recibido en las islas griegas. Sus habitantes, convencidos de la victoria final de los turcos, no querían comprometerse prestando ayuda á las naves papales. Al fin Scarampo encontraba una flota turca cerca de Mitilene, batiéndola completamente y apoderándose por abordaje de veinticinco de sus buques.

Esta fué la postrera satisfacción del «último cruzado». Hasta su muerte se mantuvo en una firme actividad á prueba de desilusiones; pero no conoció ya nuevas victorias. Sus inesperados triunfos por mar y tierra no pudo explotarlos, falto de cooperación. Luchaba en medio de la indiferencia de los suyos, hostilizado sordamente por los príncipes cristianos y gran parte del clero. Su dolor al verse solo le hacía decir: «La mies es grande y los obreros muy pocos.»

El canónigo quiso concretar su relato, y añadió:

—Nuestro Papa español llegaba demasiado tarde para la defensa de la cristiandad. Era el último Pontífice de la Edad Media entusiasta y lleno de fe. Sus asombrosos y rápidos triunfos no los apreció nunca como resultado de su actividad personal. Los consideraba modestamente un efecto de las plegarias que dirigía á Dios y de las rogativas ordenadas á los pueblos cristianos, ya que sus príncipes no querían ayudarle. De no traicionarlo y robarlo descaradamente estos gobernantes, ¿quién sabe si el primero de los Borja habría acabado por plantar otra vez la cruz sobre las murallas de Constantinopla?...

Figueras cesó de hablar. Rosaura se había puesto de pie y le tendía una mano.

—Son cerca de las cuatro; ¡cómo pasa el tiempo escuchando á don Baltasar!... Debo irme; me esperan. ¡Adiós! Nos veremos cuando vuelva usted de Roma... Porque espero que á su regreso se detendrá unos días en esta casa. Ahí se quedan ustedes hablando de cosas tan interesantes.

Y desapareció, dejando en Claudio Borja cierta duda sobre la intención de sus últimas palabras, haciéndole sospechar si ocultaban éstas una ligera ironía.

IV