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A los pies de Venus (los Borgia)

Chapter 9: PARTE SEGUNDA
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About This Book

La novela arranca con la transformación vital de un joven tras el encuentro con una viuda seductora, y sigue su relación apasionada y cosmopolita, marcada por la exaltación amorosa, la exhibición social y la tensión entre deseo y reputación. En capítulos posteriores la narración amplía su foco hacia una saga familiar poderosa, retratando ambiciones políticas, luchas por el poder y las intrigas que generan enemigos y una reputación negativa. A través de episodios íntimos y panorámicas históricas se exploran la corrupción del poder, la supervivencia social y la ambivalencia moral de personajes públicos y privados.

Donde se cuenta la primera invasión de Roma por los españoles, cómo los Borja pasaron á ser Borgia, y otras singularidades de la familia del toro rojo.

Una vez enfrascado en lo que él mismo llamaba su «tema favorito», don Baltasar era incapaz de poner voluntariamente punto á sus relatos. Además, el presente día era el último que pasaba con su sobrino.

—De algo hemos de hablar, ¿no te parece?... Vámonos al jardín. Luego me acompañarás á Niza y te daré ciertas revistas que guardo en mi equipaje: artículos que he escrito sobre los Borja, y que tal vez te parecerán interesantes; todos con documentos nuevos encontrados por mí. Nadie conoce á esta familia como yo. Quiero que sepas algunas cosas más de ella.

Tomando asiento en el mismo lugar del jardín donde habían conversado días antes, siguió el canónigo su relato, sólo interrumpido de tarde en tarde por las preguntas curiosas de Claudio.

—El único defecto que le echan en cara á Calixto III fué un exagerado amor á su familia. Reconozco que estos Borja se querían y protegían con un cariño casi feroz, semejante á la fraternidad de los individuos de una tribu rodeada de enemigos. Pero ¿qué Pontífice de aquella época y de otras no protegió á sus parientes y puso en sus sobrinos un afecto de padre?... Además, el «viejo catalán», como le llamaban sus enemigos, era extranjero para los romanos, y necesitaba gente adicta, unida á él por intereses de familia ó por la solidaridad que agrupa á los compatriotas.

Figueras habló con indignación contra los historiadores que censuraban á Calixto III por haber hecho cardenal á su sobrino Rodrigo de Borja, y nada decían de Nicolás III, Paulo II, Sixto IV, Inocencio VIII, Julio II y otros, que dieron el capelo á personas más indignas y de triste celebridad. Pedro y Rafael Riario, sobrinos de Papa ó tal vez hijos, eran unos cardenales de conducta más escandalosa que los Borgia, y sin la elegancia de éstos, bestialmente groseros en sus pasiones.

—Pero toda esta gente había nacido en Italia—añadió el canónigo—, y Calixto III, así como sus parientes, tuvieron la audacia de gobernar á Roma siendo españoles.

Desde su juventud había sido mirado Alfonso de Borja por su numerosa parentela como el individuo más notable de la familia, confiando todos en sus futuros triunfos. No tenía hermanos varones y sus hermanas eran cuatro: Juana, Francisca, Isabel y Catalina. Los Borja ricos, que conservaban en Játiva su rango social, al verle amigo y consejero del rey Alfonso, empezaron á tratar con más atención á estos parientes pobres, de entre los cuales había surgido tan importante personaje. Isabel de Borja, la tercera hermana, casábase en Játiva con su pariente Jofre de Borja, hijo de uno de los adinerados de la familia.

—Todos los historiadores, durante tres siglos, han venido equivocándose al suponer que el caballero que casó con Isabel de Borja se apellidaba Llansol, y por tanto, Rodrigo de Borja, el futuro Alejandro VI, debía llamarse en realidad Llansol de primer apellido. Y como no hay argumento que no se haya usado para ennegrecer la figura de Alejandro VI, le acusaron de renegar del apellido de su padre Llansol, anteponiendo el de su madre para ser Borja... Todo falso, sin fundamento alguno, como la mayoría de las calumniosas historias que se atribuyen á esta familia. Los Llansol (tú sabes lo que significa esta palabra en valenciano: sábana ó sudario) fueron caballeros de guerra que también bajaron de Aragón con el rey don Jaime á la conquista de Valencia. Cierto Llansol casó, efectivamente, con otra de las hermanas de Calixto III, y uno de sus hijos, Llansol y Borja, llegó á cardenal, confundiéndolo los historiadores con Alejandro VI. Este se llamó en realidad Rodrigo Borja y Borja, por ser del mismo apellido su padre y su madre.

Guardaba el canónigo un documento en el que Calixto III, simple rector entonces de la parroquia de San Nicolás, en Valencia, entregaba quinientos florines de oro aragoneses como parte del dote de su hermana Isabel de Borja, esposa de Jofre de Borja, doncel y vecino de Játiva.

—Don Jofre figura con el título latino de domicellus (doncel), que, según las leyes torales, equivalía á hijo de noble. Miles (caballero) significaba en toda la corona de Aragón noble ya armado, y el que aún no había recibido el espaldarazo tenía que contentarse con el título de doncel.

Continuó don Baltasar el relato de los descubrimientos que llevaba hechos en sus papeles propios y en el archivo de la catedral. Rodrigo de Borja nacía en Játiva, en casa de su padre don Jofre, cerca del Mercado, en una plaza llamada de los Borja. Un tal Antonio Noguerales era su maestro y ayo, y le daba el pecho una mujer apodada «la Villena». Todos le llamaban Rodriguet, y jugaba con una hermana suya, Tecla, igualmente designada con el diminutivo valenciano de Tecleta.

—Mis documentos me han enseñado que de niño fué muy moreno y morrudet, que es, como tú sabes, de labios gruesos. Su padre tenía cuatro caballos, y Rodriguet, á los ocho años, cabalgaba en una jaquita por las calles de Játiva. Muerto su padre cuando él sólo tenía diez, doña Isabel se trasladó con toda su familia á la ciudad de Valencia, viéndose allá muy atendida, como hermana de un personaje cada vez más eminente.

Siendo aún cardenal, Alfonso de Borja se llevaba á Roma á su sobrino Rodrigo, así como á un hermano de éste, mayor de un año, llamado Pedro Luis. Estudió Rodrigo en la Universidad de Bolonia los sagrados cánones y otras materias durante siete años, escribiendo algunas obras en defensa de la autoridad del Pontífice, que le valieron el ser tenido en la corte romana por «eminentísimo y sapientísimo jurisconsulto».

Según costumbre de la época, su tío el cardenal le proporcionó ricas prebendas mientras continuaba sus estudios, haciéndolo finalmente protonotario de la Iglesia. Al mismo tiempo, un primo suyo, hijo de otra hermana de Alfonso de Borja, llamado Juan de Milá, recibía el obispado de Segorbe, en España.

Apenas el llamado cardenal de Valencia tomaba el nombre de Calixto III, los dos primos Juan de Milá y Rodrigo de Borja eran ascendidos á cardenales, y el hijo de don Jofre tomaba el título de cardenal-diácono de San Nicolás in Carcere Tuliana, siendo después prefecto de Roma, gobernador de Spoleto, legado en la Marca de Ancona, y finalmente, vicecanciller de la Iglesia, cargo el más elevado de la curia pontificia, que hizo de él una especie de vice-Papa.

Era igual á todos los Borja, «de índole recia, hermosos de cuerpo, sensuales y altaneros». Por algo en su escudo ostentaban un toro. Guicciardini, implacable enemigo de Rodrigo de Borja, reconocía «juntas en él una rara prudencia y vigilancia, madura consideración, maravilloso arte de persuadir y habilidad y capacidad para la dirección de los más difíciles negocios».

Calixto III, que únicamente pensaba en su guerra contra los turcos, se confió á la pericia de este cardenal de veintiséis años, encargándole todos los asuntos de Roma y los Estados pontificios. Según los historiadores de la época, tenía hermosa figura y una naturaleza ardientemente sensual, que sojuzgaban al otro sexo con fuerza irresistible. Un contemporáneo, Gaspar de Verona, lo describía así: «Es bello, de semblante sereno y gracioso, de una elocuencia dulce y llena de ornato. Con sólo mirar á las mujeres nobles, enciende en ellas el amor con maravilloso modo, y las atrae á sí más fuertemente que el imán atrae el hierro.»

Cambia la belleza según los gustos. Rodrigo tenía la hermosura varonil admirada en aquellos tiempos de ferviente culto á todo lo antiguo. Era grande, carnudo, vigoroso, con una majestad natural en el andar y en los ademanes, los ojos negros, de mirar intenso, la tez morena, la boca sensual, de labios abultados, la barbilla algo entrante. En la madurez de su vida se hizo obeso, pero esto pareció aumentar más la prestancia de su persona. Era como un reflejo viviente del símbolo que figuraba en el escudo de su familia. Sus fuerzas y su fogosidad carnal hacían recordar al toro rojo sobre su fondo heráldico de oro. Ocho llamas orlaban dicho escudo, cual si la mencionada bestia no bastase para expresar las pasiones ardorosas de los Borja.

Durante el pontificado de su tío dió poco que hablar el futuro Alejandro VI por sus malas costumbres. Esto lo reconocen sus más enconados enemigos. Se dedicó únicamente á los asuntos públicos, con una gravedad impropia de sus pocos años. Fué después de muerto Calixto III cuando Pío II (el célebre humanista Eneas Silvio) tuvo que reprenderle bondadosamente por primera vez, á causa de las fiestas que dió á las damas de Siena en los jardines de un amigo.

Claudio, que conocía el hecho y estaba igualmente enterado de la juventud desordenada del escritor Eneas Silvio, futuro Pío II, dijo sonriendo:

—Creo que usted conoce la frase, tío: «La vejez se consuela dando buenos consejos de no poder ya dar malos ejemplos.»

Fingió el canónigo no entenderle, y siguió su relato.

Reconocía el anciano Calixto las notables condiciones de su sobrino el cardenal como jurisconsulto y hombre de gobierno; pero lo mejor de su cariño era para el hermano mayor, Pedro Luis, que permanecía en estado seglar.

Su hermosura sobrepasaba la de Rodrigo, tal vez por realzarla con los arreos militares y el lujo de su vestimenta. También mostraba algún ingenio, aunque sin las facultades intelectuales de su hermano, al que todos llamaban ahora el cardenal de Valencia, como en otros tiempos á su tío.

A los pocos meses del pontificado de Calixto III, se vió Pedro Luis capitán general de la Iglesia, gobernador del castillo de Sant Angelo y comandante de todas las fortalezas pontificias. Los dos sobrinos del Papa mantenían estrechas relaciones con los Colonna, afirmándose en público que don Pedro Luis iba á casarse con una Colonna, lo que le puso en hostilidad con los Orsini.

Tanto el Papa como sus dos nepotes, para vivir rodeados de gente adicta, llamaron á su lado á muchos de los amigos que tenían en España.

—Además, una multitud de españoles acudieron á Roma al enterarse de que el nuevo Papa era de su país. Todos querían ser parientes de los Borja. Una verdadera invasión cayó sobre Roma.

—Esta fué la primera invasión española—dijo sonriendo Claudio—. En tiempos de Alejandro VI llegó la segunda... Y la tercera resultó la más terrible, el saco de Roma por las tropas de Carlos V.

Llegaban los españoles desde el vecino Nápoles, país medio hispanizado bajo el gobierno de Alfonso de Aragón. Otros venían directamente de las costas de España.

—Aquellos años—continuó el canónigo—fueron de gran miseria en el reino de Valencia, á causa de una larga sequía. Los campos estaban abrasados. Hasta la Albufera perdió la mayor parte de sus aguas, muriendo toda la pesca que se refugia en dicha laguna... Cuantos podían tomar pasaje en una galera, y otros muchos á pie, se marchaban á Italia, buscando el amparo de dos compatriotas: uno rey en Nápoles, otro Papa en Roma.

De toda España iban llegando á la Ciudad Eterna clérigos solicitantes y gran cantidad de soldados vagabundos, agrupándose muchos de éstos en torno á don Pedro Luis, «hombre violento y dotado de caballeresca hermosura».

Designaban los italianos á los españoles con el nombre común de «catalanes». Los que se creían parientes del Papa, por llevar su mismo apellido en tercero ó cuarto grado, suprimían los otros, ostentando sólo el último, lo que aumentó en Roma prodigiosamente el número de los Borja.

—Tal apellido se había modificado—continuó Figueras—. Los italianos, al hablar del papa Borja, pronunciaban Borcha, y la ch la escribieron gi. De este modo, los Borja de España, venidos á Roma, pasaron á ser Borgia para el resto del mundo.

El mismo Calixto III, á pesar de que la guerra contra los turcos no le dejaba fijarse en otras cosas, se alarmó del crecimiento de su familia ficticia y de las ambiciones de la verdadera, quejándose de sus hermanas, y especialmente de Isabel, madre de Rodrigo y de Pedro Luis, porque procuraba engrandecer á sus hijas á costa del dinero de San Pedro, casándolas en España con nobles personajes.

Los alemanes y franceses que habían vivido hasta entonces emboscados en los altos empleos de la curia tenían que abandonar sus puestos, viéndose sustituídos por españoles. Todos los artistas de la corte pontificia eran compatriotas del Papa, hasta los músicos y cantores de su capilla. También el viejo Calixto enviaba valiosos regalos á las iglesias españolas, especialmente á las de Valencia y Játiva. «En toda la ciudad no se ven mas que catalanes», afirmaban las crónicas de la época.

—Roma, como ya te dije—siguió el canónigo—, era desde mucho antes un lugar de corrupción, lleno de cortesanas, de aventureros de todos los países, y el nuevo aporte de españoles, ávidos y ensoberbecidos, provocó frecuentes peleas y escándalos.

Vivía el Papa en abierta hostilidad con su antiguo amigo el rey de Nápoles. No podía olvidar cómo le había traicionado en la empresa de la cruzada, quedándose con el dinero y los barcos de la Iglesia. Alfonso V, por su parte, seguía viendo en Calixto III al antiguo rector de la parroquia de San Nicolás en Valencia, al pobre hijo de un labrador de la «universidad» de Canals, y pretendía manejarlo á su capricho, como si aún fuese su secretario.

—La función hace al hombre—dijo don Baltasar—, y de todas las funciones existentes ninguna transforma y engrandece al que la desempeña como la del Pontificado.

Al ceñirse la tiara Alfonso de Borja, sólo vió en el rey de Nápoles un monarca inferior á él. Además era su vasallo, por considerar la Iglesia dicho reino propiedad suya, pudiendo dar ó quitar su corona. El mismo, cuando era simple jurisconsulto y vivía en Nápoles al lado del rey Alfonso, había dicho á éste repetidas veces que prestase homenaje al Papa de entonces, como feudatario de la Iglesia.

Seguía Calixto III en malas relaciones con su antiguo señor, cuando en el verano de 1458 se declaró la peste en Roma, con tal violencia, que todos los personajes de la corte pontificia huyeron de la ciudad, menos el viejo Papa. Este se mantuvo en el Vaticano, por reclamar en aquel momento su atención la grave enfermedad de su adversario el rey Alfonso, quien murió finalmente en Nápoles el 27 de Junio.

Como no tenía hijos legítimos, el reino de Aragón y la isla de Sicilia los dejó á su hermano don Juan II, padre de Fernando el Católico. El reino de Nápoles, que él consideraba propiedad individual por haberlo conquistado con su espada, lo cedió á su hijo ilegítimo Fernando, nacido en Valencia, disposición que indignó al Papa.

En sus tiempos de secretario de Alfonso V, había mirado siempre con menosprecio á este bastardo, y le era imposible admitirlo como rey. Un caballero de Valencia, avecindado en la calle de la Bolsería, se cuidó de educar al pequeño Fernando, que luego sus súbditos italianos llamaron Ferrante, siendo el fundador de la dinastía de Aragón en Nápoles. Su madre, dama valenciana sin importancia, apenas había dejado recuerdos.

Calixto III, con su autoridad de gran jurisconsulto, declaraba el reino de Nápoles perteneciente á la Iglesia, no pudiendo ceñirse nadie su corona sin la aprobación papal. Por esto se indignó al saber que el bastardo, apenas muerto su padre, montaba á caballo con vestiduras reales, cabalgando por las calles de Nápoles entre la muchedumbre, que gritaba: «¡Viva el rey don Ferrante!»

Prefería el viejo Pontífice entregar dicha corona al partido francés, que venía disputándola hacía siglos, representado por el duque Renato de Anjou y su hijo Juan.

—El yugo se ha roto y al fin quedamos libres—dijo al recibir la noticia de la muerte de Alfonso.

Muchos creían en Roma que el anciano Borgia tenía en realidad el designio de hacer rey de Nápoles á su sobrino Pedro Luis. Entre éste y un bastardo como don Ferrante, no podía admitir Calixto comparación alguna. Aparte de la diferencia en la legitimidad del linaje, consideraba á su gallardo sobrino como un segundo Julio César, y hasta, según afirmaciones de sus enemigos, soñaba con verlo emperador de Constantinopla, si conseguía arrebatar esta ciudad á los turcos, ó cuando menos, monarca de Chipre.

—Los dos papas Borgia—dijo Figueras—mostraron el mismo empeño: hacer rey á uno de su familia que ciñese espada y tuviese afición á las cosas de la guerra. Calixto III se esforzó por dar una corona á Pedro Luis. Alejandro VI trabajó no menos por convertir en príncipe soberano, primeramente, á su primogénito el duque de Gandía, luego á César Borgia. Los Papas necesitaban apoyarse siempre en algún rey capaz de defenderlos, el cual les hacía pagar muy cara su protección. Los Borgia Pontífices consideraron más seguro y fácil crear esta monarquía guerrera y protectora de la Iglesia dentro de su misma familia.

Los últimos meses de Calixto III se compartían entre la cruzada contra los turcos y la sucesión al reino de Nápoles. Reclamó en una Bula como feudo vacante «el reino de Sicilia desde el Faro acá», ó sea Nápoles, á partir del estrecho de Messina. Don Pedro Luis empezó á alistar tropas para hacer una demostración bélica contra dicho reino.

El Pontífice de ochenta años llamaba al nuevo monarca don Ferrante «pequeño bastardo, cuyo padre nadie sabe con certeza quién fué; muchacho que no es nadie y usurpa el nombre de rey sin el permiso de Nos, pues Nápoles pertenece á la Iglesia».

Cuando todos creían próxima una guerra entre el Papa y el nuevo rey napolitano, sintió Calixto III que le abandonaban de pronto aquellas fuerzas extraordinarias, producto de su voluntad. Viéndolo próximo á la muerte, el populacho de Roma empezó á atacar á los llamados «catalanes», siendo frecuentes las riñas en las vías públicas. La agonía del Pontífice resultó muy larga, de Julio á Agosto, con bruscas mejorías y decaimientos que cambiaban el curso de la opinión.

Este octogenario era quien menos creía en su propia muerte. Hasta el último instante se preocupó de la guerra contra los infieles. Cuando el cardenal español Antonio de Lacerda lo visitó para hacerle saber que los médicos le habían desahuciado y debía pensar en la salvación de su alma, como conviene á un Pontífice, contestó que no era cierto que hubiese de morir esta vez y aún le quedaban años para continuar su empresa contra el Gran Turco.

Todavía desde su lecho presidió un consistorio, dirigiendo los negocios de la Iglesia. Entre los asuntos espirituales de su pontificado, dos atrajeron especialmente su interés.

Declaró santo al maestro predicador Vicente Ferrer, que había predicho su ascensión á la Santa Sede cuando aún se hallaba él en la infancia.

—Además, fué el primero—añadió el canónigo—en venerar á una amazona del cristianismo, una doncella francesa, Juana de Arco, que años antes había sido quemada en Reims por un tribunal de obispos, cual si fuese una hechicera. Alfonso de Borja rehabilitó su memoria, limpiando su nombre de tales calumnias, y ordenó las primeras gestiones para su santificación, que sólo ha decretado la Iglesia en nuestros días, cuatro siglos después.

Mientras Calixto III agonizaba, expedía don Ferrante desde Nápoles atrevidos emisarios para que clavasen en las mismas puertas de San Pedro una protesta contra las pretensiones políticas del Pontífice, amenazándole con hacer una revolución en Roma ayudado por sus habitantes. Un grupo de cardenales guardaba el orden en la ciudad, luego de ponerse en inteligencia con don Pedro Luis, lo que resultó más fácil que ellos habían creído al principio, teniendo en cuenta su arrogancia y sus ambiciones.

Rodrigo de Borja influía en el ánimo de su hermano, aconsejándole prudencia, haciéndole ver los peligros que arrostraba quedándose en Roma. Gracias á esto, don Pedro Luis entregó todas las fortalezas de la Iglesia, incluso el castillo de Sant Angelo, y sus tropas de aventureros italianos y españoles prestaron juramento de fidelidad al Sacro Colegio, sin que se diese cuenta de nada de esto al Papa, el cual seguía creyéndose muy lejos de la muerte. La comisión de cardenales se incautó además del tesoro de la Iglesia, en el que se hallaron ciento veinte mil ducados.

Enemiga la familia Orsini de don Pedro de Borja, quiso acabar con él cortando su retirada por mar y por tierra. En el Sacro Colegio había cardenales agradecidos á Calixto III, que se preocuparon de salvar á su sobrino. Uno de ellos fué el célebre humanista Eneas Silvio Piccolomini, que el viejo Pontífice había hecho cardenal en los últimos meses, no obstante su vida anterior, de costumbres extremadamente libres. Otro cardenal, Pedro Barbo, que luego fué Papa con el nombre de Paulo II, aún se arriesgó más en la defensa del sobrino del Pontífice, arrostrando las iras de los Orsini. El organizó con Rodrigo de Borja la huida del hermano de éste.

El 6 de Agosto, horas antes de amanecer, los cardenales Borgia y Barbo colocaron entre ellos, humildemente disfrazado, al que había sido hasta poco antes capitán general de la Iglesia, y con una escolta de trescientos jinetes y doscientos peones salieron de Roma á las tres de la mañana por la puerta del castillo de Sant Angelo, dirigiéndose hacia Ponte Molle. Dicha salida no era mas que un engaño para desorientar á los asesinos que indudablemente galoparían en persecución al conocer esta fuga. Dando un rodeo volvió la tropa á entrar en Roma por la puerta del Popolo, y deslizándose silenciosamente á través de los barrios desiertos, cuyos vecinos estaban aún durmiendo, salió otra vez de la ciudad por la puerta de San Pablo.

Aquí los cardenales Barbo y Borgia abandonaron á Pedro Luis, ordenando á la escolta que le acompañase hasta Ostia, donde debía embarcar en una galera á la que se habían enviado dos días antes sus bagajes y su dinero. Todos los soldados se negaron á ir más lejos, no queriendo proteger la fuga de este poderoso caído en desgracia, y empezaron á desbandarse.

Ni un solo caballerizo se quedó con él, por miedo á sufrir su misma suerte. Obligado á marchar solo, Pedro Luis llegó á Ostia sin ningún accidente, pero la galera que había fletado con anticipación no le aguardaba. Había huído con su equipaje y su dinero. Tuvo que tomar una simple barca para ganar Civita-Vecchia, refugiándose en la fortaleza de dicho puerto, donde murió seis meses después, á causa sin duda de tantas emociones.

Mostró el cardenal Rodrigo en esta ocasión una conducta más valerosa y audaz que la de su hermano.

Vivía en Tívoli desde el mes de Junio, por haber huído de la Ciudad Eterna, como la mayor parte de los romanos, para librarse de la malaria, fiebre palúdica que producía enorme mortandad; pero al saber el estado de su tío volvió á Roma, sin reparar en peligros, manteniéndose al lado del moribundo.

No le hizo retroceder el furor del populacho contra los «catalanes». Su palacio acababa de ser asaltado y saqueado, muchos proferían en las calles gritos de muerte contra el cardenal de Valencia; mas no por esto cambió de conducta.

Después de favorecer la fuga de su hermano, separándose de él en las afueras de Roma, podía haberse vuelto á su tranquila residencia de Tívoli. Pero pensando que su tío iba á morir solo, volvió á entrar intrépidamente en la ciudad, yendo por las calles principales al Vaticano para rezar junto al lecho del agonizante. Mientras él despreciaba de este modo á sus enemigos, veíase obligado el cardenal Barbo á escapar de Roma huyendo de los Orsini, que pretendían hacerle pedazos por haber facilitado la fuga de Pedro Luis.

—Un valor tranquilo—terminó diciendo el canónigo—, reposado, inconmovible, fué la condición más característica de Rodrigo de Borja. Sus más ardientes detractores jamás osaron suponerle cobarde. Este valor, que no se eclipsó ni un segundo en el curso de su existencia, recordaba el coraje del toro. Dos veces estuvo próximo á naufragar en el Mediterráneo, y los marineros más viejos, quebrantados por una tormenta que duraba días y días, mostraron asombro ante la serenidad risueña de este hombre de Iglesia.

V

«Diosa, te amo... Déjame partir»

Años enteros había pasado Claudio sin que le preocupase la necesidad de ver á su tío. Era éste un agradable recuerdo nada más, surgido de tarde en tarde en su memoria. Sus gustos y costumbres resultaban diversos, y Borja veíase unido á él únicamente por la evocación de su infancia.

Al marcharse don Baltasar, sintió el joven «un enorme vacío», según sus palabras. Poco menos de una semana había bastado para que se acostumbrase al trato con el canónigo, haciéndole falta sus conversaciones y su presencia.

Extrañó inmediatamente el aislamiento verbal en que le hizo caer la desaparición de Figueras. Otra vez volvieron á transcurrir días y días sin que pudiese hablar en su idioma, fuera de las conversaciones sostenidas con su amante, y aun éstas eran muchas veces en francés si se presentaba alguna amiga. Nadie de la servidumbre hablaba español. Hasta aquella parienta pobre, encargada antes del cuidado de sus hijos, la mantenía Rosaura lejos de la casa, para que no conociese las intimidades de su existencia.

Se había acostumbrado Borja á las interminables conversaciones del erudito sacerdote, basadas unas veces en sus estudios históricos, otras en particularidades de la vida española. Era la patria lejana y algo olvidada que volvía á él inesperadamente, conmoviéndolo con su abrazo.

Apreciaba el exacto valor psíquico del canónigo en sus relaciones con él. Lo había querido siempre con un cariño casi filial, sonriendo al mismo tiempo de la inocencia de su carácter y sus entusiasmos históricos. Mas ahora, por obra del ambiente, este santo varón era el símbolo de su propio pasado. Resucitaba con su presencia las olvidadas aspiraciones de su primera juventud, dejándolo en tenaz nostalgia al marcharse.

A continuación de aquellos días pasados con don Baltasar hablando horas y horas en español—idioma que siempre había moldeado su pensamiento—, sintió renacer antiguos fervores que dieron cierta superioridad sobre las gentes frívolas tratadas á diario. Durante la noche componía versos mentalmente, como en los entusiásticos y crédulos años de su adolescencia. Figueras era su antigua vida (¡quién lo hubiera sospechado días antes!), y le atormentaba un deseo imperioso de irse tras de él.

Sus conversaciones con el panegirista de los Borgia habían hecho despertar igualmente en su memoria cierto número de personajes olvidados, volviendo á adquirir plasticidad de carne humana los que eran hasta poco antes indecisos fantasmas.

Contemplaba remozados por el atractivo de la novedad al solemne embajador en Roma don Arístides Bustamante, á su cuñada doña Nati, al majestuoso Enciso de las Casas, «primer diplomático-artista de la América del Sur».

Estela Bustamante ya no era una muñeca tímida y modosita entre la bruma de vagorosos recuerdos. La dulce mediocridad de su carácter se transformaba en encanto místico. Era la Elisabeta de Tannhäuser, tolerante, abandonada y dispuesta á perdonar al poeta pecador rendido á los pies de Venus.

Le parecía reprensible su vida actual, monótonamente feliz, sin ningún altibajo de los que despiertan con su sacudida las energías del hombre, buenas ó perversas.

Bostezaba en medio de un aburrimiento color de rosa, contando cada mañana al despertar, con anticipado cansancio, todas las fiestas, siempre idénticas, á las que tendría que asistir, siguiendo á Rosaura. Además, ¡aquellas gentes felices y aburridas lo mismo que él, considerándolo como un semejante suyo, sin sospechar que pudiese sentir aspiraciones superiores á la de los hartazgos materiales!... Y así continuaría, sin saber hasta cuándo, esclavo de un amor que le había dado cumplidas todas sus ilusiones y empezaba á pesarle con la gravitación abrumadora de todo lo que no puede ya reservarnos la sorpresa de un mañana completamente nuevo.

No podía quejarse de Rosaura. Un poco aturdida é inconsciente por sus aficiones mundanas... y nada más. Comprendía los afectos de otro modo que él, ignorando exclusivismos apasionados y celosos. Se permitía ciertas confianzas, á lo muchacho, con los hombres de su grupo social, y luego, al quedar á solas con Claudio, mostraba inmediatamente el mismo amor que en los primeros meses de su vida común, tal vez más reposado y profundo.

Habían seguido los dos su carrera amorosa de distinto modo, con falta de sincronismo. En el primer tiempo era él quien amaba con mayor vehemencia, y ahora reconocía que, por una misteriosa ley de gravitación, este amor iba descendiendo. Ella, por el contrario, se había sentido al principio menos apasionada, con instintiva inquietud, como si temiese ir demasiado lejos.

«La mujer—se decía Borja—siempre es la que duda y teme en el primer momento. Luego se afirma su confianza, se entrega sin miedo, creyendo á ciegas en el amor del hombre, precisamente cuando éste empieza á sentir que se aminora su pasión por efecto de un disfrute seguro y monótono, ó tal vez porque ya se ha extinguido la primera vanidad de su triunfo.»

Examinábase interiormente con la inquietud del que está cometiendo un acto reprensible. ¿Es que ya no amaba á Rosaura?... Inmediatamente se respondía con una sincera afirmación para tranquilizar su conciencia. La amaba como antes, pero le era imposible permanecer en aquel ambiente selecto y frívolo, fuera del cual ella no podía vivir.

Empezó á considerar muy lógica y puesta en razón cierta costumbre seguida por algunas parejas británicas y norteamericanas que él había conocido en París y la Costa Azul. Se amaban, pero tenían la certeza de que el amor no puede luchar á la larga con la monotonía del tiempo y necesita el auxilio del espacio para rehacerse con una separación momentánea. Todos los años estas parejas se partían, alejándose por algunos meses. Uno quedaba en Europa, el otro iba á América ó á dar vuelta al mundo. Se escribían como si fuesen novios y, transcurrido el plazo, tornaban á juntarse, con ilusiones y entusiasmos nupciales. ¿Por qué no hacer lo mismo Rosaura y él?...

Le parecían organizados los placeres casi lo mismo que en los tiempos prehistóricos, faltos de una dirección racional y previsora, admitiendo todos los humanos como dogma indiscutible la fijeza eterna de las pasiones verdaderas; y precisamente si éstas alegran nuestra vida es porque se renuevan, gracias al deseo de nuevos cambios que nos acompaña hasta la muerte.

Al sentirse sacudido Borja en su interior por el paso de este varón bondadoso, que nunca llegaría á sospechar el gran trastorno ocasionado con su presencia, le asaltaron las mismas inquietudes vagorosas y ardientes de su juventud.

Era de la raza de los eternos inquietos. Recordaba á Fausto yendo anhelante, del deseo á la satisfacción del placer, y cuando estaba harto de placer, languidecía nuevamente, intentando tornar al deseo. Así también Tannhäuser, con el que le comparaba la bella Rosaura en sus horas de intimidad.

Se reconocía un hambriento insaciable de todo lo inédito que guarda nuestra existencia. En sus avances marchaba entre titubeos y dudas, tentado por diversas cosas á la vez. Todo lo que el destino dió en herencia á los hombres intentaba atesorarlo en su persona. Creía haber conocido últimamente cuantas alegrías sensuales se pueden gustar, mas esto no bastaba á su alma inquieta. Su naturaleza exigía otra cosa, el cambio incesante, ver paisajes renovados en cada excursión sentimental, nuevos rostros, ir al encuentro de la felicidad desconocida, ó de placeres ya olvidados que tornaban á presentarse.

Borja se comparó una vez más con su héroe favorito. Era el poeta Tannhäuser soñoliento á los pies de Venus, separando la cabeza de sus divinas rodillas, sordo á los cantos de sirenas y amorcillos, extasiado por el lejanísimo son de la campana cristiana oída en su adolescencia. Resumía en su persona la eterna inquietud del hombre que sólo puede reposar en el regazo de la muerte.

El deleite de los sentidos no le bastaba para considerarse satisfecho. Quería ir siempre más lejos... ¡más lejos! para abrazar una dicha que retrocedía ante su avance, como los castillos encantados de las leyendas huyen delante del viajero.

Una voluptuosidad sin inquietudes le había hecho descubrir que el amor no es el principal objeto de la vida. Existe la libertad, la áspera libertad, y la acción, que exige también esfuerzos y dolores.

Sólo había sido hasta ahora el hombre del deseo, y quería ser el hombre de la acción. Le daba vergüenza que su juventud no conociese el sufrimiento, las lágrimas, el peligro y el combate. ¿Para qué había venido al mundo? ¿De qué podía servir á sus semejantes aquella llamita inquieta pero continua que brillaba en su pensamiento cual una lámpara de luz perpetua?... ¿Qué iba á quedar de su paso por la tierra, si vivía siempre á los pies de Venus?...

Se iba formando un deseo impetuoso dentro de él, que le hacía aborrecer su felicidad presente. Ni siquiera intentaba razonar estos nuevos sentimientos. Le parecía inoportuno someter á análisis los frescos impulsos de su alma. ¡Inútil filosofar! Los hombres como él repelían el raciocinio, guiándose simplemente por impulsos que unas veces vienen del corazón y otras de los sentidos materiales.

Debía huir por unos meses, dejando de ver á Rosaura... La amaba siempre y volvería á tiempo, remozado por la ausencia, sintiendo un nuevo fuego primaveral. Abandonaría la Venusberg para vivir entre los hombres, interviniendo en sus luchas, participando de sus preocupaciones. No podía seguir adormecido á los pies de la diosa, como un caballero encantado. Necesitaba escribir, comunicarse con los otros humanos, darles una chispa de su pensamiento, reflejar como un mundo opaco la luz de los demás.

El canónigo, con sus entusiasmos históricos, había resucitado dentro de él todas las obras ya olvidadas que quiso producir en otro tiempo. Semanas antes, le parecía el Claudio Borja anterior á su encuentro con Rosaura en Aviñón un pobre joven digno de lástima. Ahora lo envidiaba como á un hombre superior porque sentía ambiciones y deseos de acción, porque soñaba con escribir un poema sobre «el Papa del mar», uniendo á tal proyecto otras pretensiones literarias.

Esta vida interna de Claudio, provocada por el rápido paso del erudito sacerdote, empezó á revelarse en su exterior. Mostrábase preocupado. Su carácter, antes plácido y tolerante, era ahora pronto á la irritabilidad, sin motivo alguno.

Huía de Rosaura, inventando pretextos para no ir con ella á Cannes, Niza ó Monte-Carlo. Luego, sin causa cierta, mostrábase celoso, suponiéndola coqueteos é intimidades con los amigos que habría encontrado en dichas fiestas, aprovechando su ausencia.

—¡Pero si eres tú quien no ha querido acompañarme!—protestaba Rosaura.

No impedía esto que Claudio, con el ilogismo de su irritación nerviosa, insistiese en sus quejas injustas.

A los pocos días empezó ella á mirarle con estudiosa insistencia, reflejando cierto asombro en sus pupilas de mirar profundo, como si hubiese descubierto dentro del pensamiento de su amante ideas inesperadas. También se mostró otra en su trato diario, permaneciendo silenciosa cuando quedaba á solas, siguiendo á Borja con una mirada interrogante así que le volvía la espalda para alejarse.

Algunas veces, como resultado de internos soliloquios, movía Rosaura la cabeza, sonriendo al mismo tiempo con amarga expresión. Veía llegar algo que le había hecho sufrir, en ciertas ocasiones, un instante nada más, alejándose á continuación como el aleteo de gasas negras de un murciélago perseguido... «Demasiado joven para mí.»

¡Haberse embarcado en esta pasión ardorosa é incierta, cuando la vida le ofrecía tantos amores fáciles y gratamente desiguales, pudiendo verse adorada lo mismo que el ídolo cruel é injusto que nunca ve disminuir los fanáticos prosternados á sus pies!... Conocía los peligros que hace arrostrar una primera juventud á las mujeres que se fían de ella, una juventud siempre agitada por el deseo del más allá. Venus recién surgida de la espuma de las ondas sólo representa para un amante de veinte años el día actual, el triunfo del momento. En esa edad crédula se espera siempre, y la esperanza va acompañada de ingratitud. «Mañana aún se presentará algo mejor», piensa la petulancia juvenil. Sólo el amante en plena madurez sabe el valor del «hoy», y lo aprovecha, agradeciendo su fortuna presente. «Guardemos lo que me da mi buena suerte y procuremos no perderlo.» Este era el amor sumiso y agradecido que necesitaba ella.

Al fin le resultaron intolerables los largos mutismos de Claudio, sus celos sin causa, seguidos de apartamientos que le dolían como menosprecios. Dejaba de acompañarla á las fiestas, no venía en busca suya á Monte-Carlo, y luego sus amigas lo encontraban paseando á solas por la orilla del mar. Otras veces le veía volver cansado y polvoriento de excursiones á pie por los Alpes, emprendidas sin razón alguna. Era necesaria una explicación entre los dos.

Sintió resquemores de mujer agraviada, y el orgullo era en ella tan intenso como las vehemencias de la sensualidad. No podía comprender el amor sumiso, hecho de sacrificio y anulación voluntaria, que gustaba á otras, como un placer pasivo.

Ella misma buscó la deseada explicación, alegando una ligera jaqueca para no salir de su casa. Prefería pasar la tarde en el jardín, ocupando un profundo sillón de junco, relleno de cojines pintarrajeados, en la parte más alta de aquella sucesión de mesetas floridas que iba á perderse entre las rocas de la costa.

Empezaba á atardecer. El mar brillaba irisado, con reflejos de madreperla. Era un Mediterráneo falto de buques, un infinito líquido sin nada que rompiese el nácar de su inmensa y plana superficie: ni una ola, ni una vedija de espuma, ni una vela.

A espaldas de la casa elevaban los Alpes sus cumbres amarillas y verdes, con turbantes nebulosos, blancos como algodones, que empezaban á empaparse en la sangre clara del ocaso. Parecía más pesada la atmósfera á causa de su inercia. Esta calma lánguida, suspirante, de un rosa pálido, hacía recordar el descanso fatigoso y dulce á la vez, falto de ensueños, que sigue á los grandes excesos de amor.

Ocupaba Claudio un taburete de junco á los pies de Rosaura, la cabeza baja, la frente ceñuda, adivinando la próxima explicación, sintiendo miedo y deseo de ella. Fumaban nerviosamente dorados cigarrillos, y una atmósfera con leve perfume de opio ahuyentaba á las mariposas y otros insectos acorazados de colores, quitándoles parte del espacio saturado de miel vegetal, que era suyo en el resto del día.

Habló ella de pronto, con decisión:

—¿Qué piensas?... ¿Qué tienes?... Eres otro desde hace algún tiempo. ¡Habla! Entre nosotros debe existir una franqueza absoluta. Nada nos une que no pueda romperse... ¿Es que te cansas á mi lado?

Claudio empezó por balbucear, como si no encontrase palabras apropiadas para el disimulo de su pensamiento, y al fin dijo con voz sorda, sin levantar la cabeza:

—¡Tanto tiempo aquí!... Sé bien que no es mas que un año, y me parece una vida entera... Nada de luchas; nada de deseos. Todos los días son iguales; todo es lo mismo. Es verdad que mi existencia no conoce el invierno ni las penas, pero tampoco hay para mí primavera ni regocijo de vivir.

Sonrió Rosaura irónicamente, fijando los ojos en su amante, que continuaba con la cabeza baja, sin atreverse á mirarla.

—Ahórrate imágenes y palabras rebuscadas. Di toda la verdad. ¿Te sientes fatigado de mí?...

Borja levantó la cabeza, mirándola á su vez directamente. Ya no mostraba la indecisión del que dice mentira. Sus palabras tenían el calor de la sinceridad.

—No; te amo como antes, como te amaré siempre, y á mi pasión se une un intenso agradecimiento. Tú me hiciste conocer felicidades que nunca había sospechado, y gracias á tu amor me he creído igual á los dioses. Pudiste escoger entre los hombres más famosos; una de tus miradas habría bastado para hacerlos correr hacia ti en ardiente rivalidad, y sin embargo, te fijaste misericordiosa en mi persona humilde, elevándola hasta la altura de tu belleza.

Calló Borja un momento, y al notar en los ojos de ella una expresión interrogante, no pudiendo sin duda armonizar tales palabras de pasión con el desaliento de sus gestos, continuó, como si se excusase:

—Tú eres digna de un dios, de un héroe; yo no soy mas que un mortal lleno de debilidades, y el corazón del hombre es siempre cambiante. A tu lado hay demasiada felicidad para mí; una paz olímpica. Y tal vez por eso mismo necesito la lucha, el sufrimiento, y te digo como el poeta, en las delicias de la Venusberg: «Diosa, te amo... Déjame partir.»

Rosaura volvió á mirarle con una expresión irónica, y repuso ásperamente:

—Di más bien que te has cansado de mí. He hecho cuanto he sabido por alegrar tu existencia, y tú me lo agradeces con un menosprecio que disimulas bajo hermosas palabras. Está bien... Es el castigo que me impone la suerte por haber sido débil. ¡Quién me hubiera dicho que un hombre iba á permitirse la insolencia de abandonarme, cuando tantos me buscaron!...

Se apresuró Claudio á interrumpirla, no pudiendo aceptar su errónea interpretación:

—Siempre será feliz el hombre á quien hagas la regia limosna de tu amor. Conocerá la más ardiente de las embriagueces: transportes voluptuosos que sólo gustaron los inmortales. La felicidad que tú das va más allá de las felicidades que dispensan las otras. Sólo el que tú distingas con tu amor podrá haber apreciado la verdadera potencia de los atractivos de una mujer. Cuantos placeres encuentre yo en la tierra inmensa durante los años que aún me quedan por vivir no serán nada comparados con los que conocí al lado tuyo.

Otra vez cambió de tono, añadiendo con un acento triste de excusa:

—Pero hay algo en mí que me arrastra muy lejos y no puedo resistirme á sus mandatos; un ansia de libertad absoluta, de vida pobre y modesta, de aislamiento casto y estudioso. Quiero ser alguien, quiero que mi vida tenga una finalidad. Necesito trabajar; necesito sentir deseos. Aquí lo tengo todo. Debo salir de este encantamiento feliz... Yo volveré, arrepentido, á implorar tu perdón, y tú me tratarás como quieras; pero ahora te repito lo mismo: «Rosaura, te amo... deja que me marche.»

Siguió ella mostrándose indecisa ante las palabras contradictorias de su amante: ensalzando su amor y queriendo al mismo tiempo huir.

—Estás loco—dijo—. Hace días que noto el desconcierto entre tus palabras y tus acciones.

Y añadió inmediatamente, con una expresión celosa en los ojos y la voz:

—Tal vez ya no te gusto y te parece preferible alguna amiga mía. Te has entusiasmado ¡pobre hombre! por cualquiera de estas señoras pintadas como un cuadro y de historia larga que coquetean en la Costa Azul. ¡Hacerme eso á mí!...

El no dejó que terminase sus quejas. Había cogido sus dos manos amorosamente; avanzaba la cabeza hacia ella cual si pretendiese besarla; mas la dama, ofendida, rehuyó el encuentro de sus labios.

—No, Rosaura—dijo el joven—. Jamás fuiste tan hermosa como ahora... Sólo te amo á ti... pero deja que me vaya.

Había tal sinceridad en sus palabras, que ella empezó á tranquilizarse y le miró con ojos suplicantes.

—Tú no puedes irte... ¡Dios mío! ¿Cómo sería eso?... Jamás te di motivos de queja con mi conducta. Siempre te guardé fidelidad, y basta una palabra tuya, un leve enfado, para que te obedezca, plegándome á las exigencias de tus celos injustos y pasajeros. Yo, que jamás obedecí á los hombres por orgullo, dejo que me impongas tu voluntad... ¿Qué es lo que te falta? Vives en uno de los países más hermosos de la tierra, llevas una existencia tranquila y dulce, digna de envidia, tienes quien te ama... deja que continúe tu grato deslizamiento. ¿Qué más quieres?...

Esta mujer que se mostraba generalmente ligera y frívola siguió hablando con grave expresión, animados sus ojos por una luz de bondad.

—Yo también, Claudio, he pensado muchas veces en nuestra vida futura. No creas que para mí lo es todo lucir alhajas y vestidos, ir á comidas y bailes. Tu amor me ha hecho reflexionar sobre cosas serias, «aburguesando» mi alma, como tú dirías. «Dos años, tres nada más (he pensado muchas veces), lo necesario para que yo me sacie de esta existencia que á él no le gusta. Y luego, cuando ya no me atraigan las diversiones sociales, regularizaremos nuestra situación, nos casaremos, seré la señora de Borja, me esforzaré en acicalar mi persona para que no se note entre los dos ninguna diferencia de edad; llevaremos una vida de grave apasionamiento, con viajes á países lejanos, tal vez la vuelta al mundo juntos, y vendremos á descansar en este jardín, que ya no será la Venusberg ardiente, sino algo que haga recordar los pequeños jardines de que habla Claudio, por donde paseaban los filósofos griegos, apreciando serenamente las únicas felicidades durables de la existencia y la llegada inevitable de la muerte...» Así he pensado muchas veces y así puede terminar, con una majestad serena, nuestra vida común... Pero antes nos quedan todavía varios años de juventud y de amor, años de «transportes divinos», como tú dices, en los cuales vale casi tanto el recuerdo como la realidad. Y cuando yo preparo esta dicha futura y hago cuanto puedo por mantener la presente, ¡hablas de marcharte!...

Había vuelto Claudio á bajar la cabeza, cual si no pudiese resistir las miradas acariciadoras de Rosaura, y con voz sorda, lo mismo que si hiciese una confesión, empezó á decir:

—Nunca olvidaré esta época de nuestro amor. Un año nada más, y me parece inmenso como la historia humana. Cuando me sienta triste bastará que recuerde este año al lado tuyo, el único que vale en mi existencia, é inmediatamente sentiré el fuego de una divina embriaguez; y si soy viejo, por obra de tu recuerdo volverá á mí la juventud. El que bebe en la fuente de tu amor no puede encontrar ya otra agua que apague su sed.

Y saltando por tercera vez del entusiasmo que le inspiraba el pasado á la melancolía de su presente, añadió con humildad:

—Insúltame, lo merezco. Despréciame, soy un perturbado... Pero deja que me marche. La felicidad perpetua que gozo aquí me parece una esclavitud, y ser libre es ahora mi único deseo. Siento vergüenza al pensar lo mal que colocaste tu cariño. Me conozco; soy un ingrato, un miserable; mas para bien tuyo te repito mi súplica: «Diosa, déjame partir.»

Rosaura, con el ceño fruncido y la mirada dura, moviendo uno de sus pies nerviosamente, interrumpió las súplicas del joven:

—Márchate si ese es tu capricho. Parte lejos y que se cumpla tu suerte. Eres libre. Me convenzo de que no mereces la vida que has llevado aquí. Tus gustos son ordinarios, como los de todos los seres que necesitan combatir para abrirse paso, conquistando el dinero ó el renombre. Amas la vida ruda del luchador. Para ti es un tormento la feliz pereza de los que nacieron únicamente para gozar. No puedes amoldarte á la inactividad de los que ya tenemos nuestro puesto seguro en la vida por el trabajo de otros... Vuelve á la existencia que llevabas en Madrid y que tú me has contado muchas veces, de labores improductivas, de pequeñas luchas, de envidias, de tempestades en un vaso de agua, con la ambición de que tu nombre figure impreso en papeles. Ve á reunirte con tu tío el canónigo, para hablar de historias viejas que á nadie interesan. Puedes también ir á Roma, al lado de don Arístides, y de su hija, esa pobre tontita de Estela, á la que sin duda amas. ¡Dios mío! ¿Cómo no he visto antes todo esto?... Cásate con ella; es la mujer que te conviene; y tened muchos hijos, allá en una casa de Madrid, dentro de un piso como una jaula... ¿Por qué no me dices valientemente la verdad?... ¡Cobarde!... ¡Cobarde!...

Protestó Claudio con sus ademanes más aún que con sus palabras confusas. Estela Bustamante vivía lejos de su pensamiento, y él se asombraba de que Rosaura la hubiese recordado.

—No te excuses; es inútil—continuó la dama con violencia—. Tú te imaginas de buena fe que la tienes olvidada; pero las mujeres sabemos de eso más que los hombres. Es ella la verdadera causa que te aleja de mí. El señor—siguió diciendo irónicamente—siente fatiga de verse querido por una dama chic y desea á la burguesilla tímida y boba. Te conozco, caballero Thannhäuser, mejor que tú mismo. Estás cansado de Venus, como me has llamado tantas veces, y quieres hacer una Elisabeta de esa pobre muchacha que vive en Roma, cerca del fantasmón de su padre... Ve en busca de la paz para no encontrarla nunca. Ni paz ni libertad hallarás en ese mundo de gentes vulgares que ahora te hace falta, y del que te has burlado tantas veces en mi presencia, creyéndote de raza superior.

Calló un momento, para añadir con expresión rencorosa:

—Te conozco y te veo ya volviendo á mí después de la triste experiencia. Vas á sentirte asqueado por la ordinariez de esas personas que ahora buscas; te hará falta la verdadera libertad, que es la de nuestro mundo, tolerante y feliz. Tal vez lamentarás igualmente la ausencia de mi cuerpo y de mi voz, y yo entonces me vengaré cual si fueses un mendigo importuno al que se repele por su tenacidad. Si te vas, que sea para siempre. No vuelvas, porque me mostraré cruel.

Ofendido por la altivez majestuosa de ella, Claudio movió la cabeza negativamente:

—Nunca volveré. Mi dignidad te evitará el placer feroz de despedirme como un pordiosero.

Hubo un larguísimo silencio.

Ahora era Rosaura la que permanecía con la cabeza baja, luchando entre los impulsos de su orgullo y los consejos bondadosos del amor. Dos veces levantó los ojos para mirar á su amante, que también permanecía con el rostro bajo, y la luz débilmente rosada del atardecer hizo brillar sus córneas lacrimosas. Al fin habló con una dulzura insinuante:

—No hagas caso de lo que he dicho. ¿Cómo podría yo repelerte si volvieses á mí?... ¡Qué estúpida amenaza! ¿Por qué darnos todas estas tristezas á causa de un simple capricho tuyo?... Sigue aquí, y verás cuan pronto vuelves á encontrar dichosa la vida que llevas. Todo es efecto del paso de ese don Baltasar, excelente persona, que te ha perturbado sin saberlo. Déjate vivir. Sé egoísta; con ello á nadie causas daño, y á mí me haces feliz. El mundo será lo mismo que tú te preocupes de él ó que lo olvides; que escribas en papeles y libros ó que lleves la misma existencia frívola de muchos que tratas aquí diariamente. Piensa en ti nada más y un poco en mí.

Luego añadió, sonriendo con forzada malicia:

—¿Qué te importa que las personas de la Costa Azul ó de París que forman nuestro mundo conozcan tu valor intelectual ó te consideren simplemente un hombre chic? ¿Qué vale su opinión?... Así es mejor, puedes dejar que se deslice tu existencia sin inquietudes ni rivalidades.

Pero Claudio, insensible á su sonrisa implorante, á las miradas de sus ojos, que parecían pedirle auxilio, contestó con tenacidad:

—Quiero hacer algo en mi vida. Ha llegado el momento de la decisión. ¡Permanecer aquí siempre!... Los verdaderos hombres aman á las mujeres, pero no se dejan dominar por ellas. ¿Qué soy yo?... Tu esclavo. Jaula de oro, mas al fin prisión. No me opongas celos y sospechas, no inventes sentimientos que no tengo. Si huyo de ti, no es para ir en busca de un nuevo placer. Tan grande ha sido tu amor, que no siento deseos de conocer otro. Es la aspereza de la vida libre lo que me atrae. La fatiga del trabajo representa para mí una felicidad desconocida. Deja que me vaya... Yo volveré, si quieres. Esta separación puede ser única, y luego nuestra vida se reanudará hermosa y tranquila, como tú la describiste antes.

Quedó en silencio Rosaura largo rato, mirándolo con fijeza, tal vez sin verle, por estar absorta en la apreciación de sus propios pensamientos, y al fin dijo, con una frialdad que les dió miedo á los dos:

—Márchate para ser libre, como tú dices. Si en eso consiste tu felicidad... así sea. Créeme... haces mal Cuando vuelvas, si es que vuelves, no sé si podré recibirte. Nada de plazo. En nuestra situación el tiempo no cuenta. ¡Quién sabe si nos habremos olvidado á los pocos días!... ¡Quién podrá decir si un recuerdo tenaz no nos impulsará finalmente á buscarnos con toda clase de abdicaciones y bajezas!... Te repito que haces mal. En amor no son prudentes las experiencias ni los alejamientos. La juventud no puede sustentarse sólo de recuerdos... Y los amantes que se acostumbran á vivir sin verse, corren el mayor de los peligros.

PARTE SEGUNDA

LA FAMILIA DEL TORO ROJO

I