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A.M.D.G.

Chapter 17: III
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About This Book

La narración se sitúa junto a un colegio jesuita de facha austera que marca tensiones en la aldea vecina. Un hombre huraño, Gonzalfáñez, vuelve a habitar una casita campestre junto a su amigo de infancia Dorín; sus paseos en silencio y la atención de Gonzalfáñez a la naturaleza contrastan con la rigidez institucional del colegio. La construcción del edificio entrelaza a los personajes con la casa religiosa, alimenta habladurías, encuentros íntimos con mujeres trabajadoras —especialmente Teresa— y desemboca en una muerte violenta que siembra sospecha y desasosiego. La obra explora la fe, la sospecha social y el choque entre soledad rural y poder clerical mediante la observación psicológica y el detalle regional.

I

Y empezó el curso.

Comenzó á funcionar aquel ingente y delicado mecanismo, cuya operación consiste en tejer la hilaza de la historia humana, de manera que Dios se gloríe de ella en la mayor medida posible, gracias á los hijos de San Ignacio. La infancia, levadura del pan de lo futuro, aportaba abundante é informe materia que bregar en las innumerables y quebradizas ruedas y engranes del maravilloso mecanismo. Comenzó á funcionar; pero marchaba torpemente aún, con rémora y pesadumbre, á causa del desuso é inacción de los meses estivales. Hacíale falta un pronto lubrificante, y ninguno más á propósito que el suavísimo aceite de la gracia, del cual son representantes sobre la haz de la tierra los jesuítas, como se sabe, y apercibían ya las aceiteras, desobstruyendo el pitorro, á fin de ablandar toda superficie de frotación.

II

Y empezó el curso.

Comenzó el celo jesuítico á pulir y adestrar á su modo inteligencias infantiles y á enderezar almas al fin de la gloria divina. Los primeros pasos eran difíciles. Las vacaciones habían destruído en gran parte la cauta edificación espiritual de otros cursos. Volvían los niños disipados, tibios, melancólicos, con la frente tostada de sol y libertad, el corazón lleno de añoranza y la voluntad rendida al desmayo. Á las horas de recreación volvían á ser fácilmente los antiguos alumnos; empeñábanse en duras partidas de balón y pelota, ó medían en la maroma el esfuerzo del brazo. Con el afán de la lucha y el entusiasmo del ejercicio, purpúreo el rostro y la mirada tranquila, eran de nuevo criaturas dóciles para quienes el pasado no existe. Pero llegaban á los estudios, á las clases... hundíanse en recogimiento... Entonces, á tiempo que el cansancio iba cediendo y el sofoco de la cara apagándose, el inspector, desde la atalaya de su púlpito, podía observar cómo aquellas pupilas se iban poblando de visiones lejanas y las cejas se fruncían con ahinco, como solicitando más energía y vivacidad en la imagen que se intentaba evocar, y las frentes, pensativas, apoyábanse con desaliento en las palmas, y el mundo—toda su claridad infinita, todo su armonioso bullir y sus sabrosísimos señuelos y sus halagüeñas futilidades—venía á alojarse en las tiernas mentes, y, aunque invisible, estaba allí, allí dentro.

Á los pequeñuelos, á los recién llegados, no era empresa ardua saturarlos presto de espíritu religioso, moviéndolos, á voluntad, por el asa del temor de Dios, cultivado sabiamente con narraciones de interés sumo y tales aciertos trágicos, que las carnes de los chiquitines se estremeciesen y el cuero cabelludo se les erizase. Los pipiolos de la tercera división, la mayor parte de ellos en los albores de la vida consciente, no ofrecían dificultad alguna pedagógica ni de otro linaje. Sus profesores é inspectores eran los Padres de más pobre inteligencia y breve ilustración.

En la segunda división, compuesta de niños de diez á doce años, no era tampoco difícil imbuir la resignación claustral, al propio tiempo que se cercenaban leves reliquias de los pretéritos meses de vacaciones. Al fin y al cabo, eran todos aún almas pasivas y ligeras como la arcilla en manos del alfarero.

El hueso estaba en la primera división. En ella había mozalbetes, había hombrecillos, los más eran púberes ya. Los primeros brotes del carácter, de la personalidad, se levantaban impetuosamente á la vida, en cada individuo. La poda de estas vegetaciones espontáneas no era muy hacedera, antes al contrario, faena de tacto y parsimonia exquisitos. De la forma de realizarla dependía el fruto que, andando el tiempo, habían de rendir aquellos arbolitos en flor. Para alguno de ellos era el último año de invernadero, de plantel, de calor artificioso y de cultivo amañado. Los troncos habían adquirido cierta reciedumbre y fortaleza; aspiraban á explayarse en giros fantásticos, y ya no cedían blandamente á la mano del jardinero que pretendía enderecharlos al cielo, perpendiculares, monótonos y adustos, como cipreses.

Á las horas de estudio eran contadísimos los que estudiaban. Unos, con exterior muy formal y los ojos fijos en el libro de texto, paladeaban memorias, vencidos de nostalgia. No era posible castigarlos, porque guardaban la debida compostura y aparentemente se aplicaban. Otros, aprovechando un descuido del Padre Sequeros, bisbiseaban con los vecinos, ó les transmitían recados escritos, ó hacían telégrafos de señales. Estos, aspirantes al laurel de Apeles, á pretexto de resolver cálculos algebraicos ó delinear figuras geométricas, componían minuciosos dibujos, con escenas de la vida de colegio. Bertuco era el más hábil en las artes del dibujo, así como en la poesía. Porque también había en la división unos cuantos poetas en canuto, que mantenían enconadísima lucha de rivalidades, como si ya fueran literatos hechos y derechos. Con todo, la opinión muchachil, casi en pleno, concedía la supremacía á Bertuco, en lo serio, y á Ricardín Campomanes, en lo jocoso. Entrambos tenían fácil vena; pero el carácter de las musas respectivas era opuesto. Así, con ocasión del santo del Padre Sequeros, uno y otro tañeron la lira. La oda de Bertuco comenzaba de esta suerte:.

¡Santo varón á quien la gracia ungiera

por la virtud propicia de Riscal...!

Las estrofas de Campomanes concluían con esta deprecación:

Pido al Padre Sequeros, que es gran petate,

nos regale pastillas de chocolate.

También había quienes enredaban en el estudio, sin disimulo ni cautela, especialmente estando presente el Padre Sequeros, cuya tolerancia y benevolencia eran proverbiales; no así en cuanto el odioso Mur asomaba por la puerta del salón la rubicunda nariz, inquisitiva y husmeante, que, en lo más avanzado de su punta, se complicaba manifestando turgente y sanguinolenta verruga. Conejo, desde que era ministro, tenía en jaque también á los alumnos. Inopinadamente y con pie tácito se filtraba en los estudios, y, andando de puntillas, iba de un lado á otro escudriñando lo que se hacía, metiendo el morro por encima del hombro de los chicos, afanoso de sorprender alguna acción punible, más que por castigarla por darse el gustazo de haberla descubierto, por dar á entender que era hombre á quien nadie engañaba, y, á última hora, por mostrarse, magnánimo y perdonar. Envidiaba á Argos, á causa de su centenar de ojos, y aun á la espléndida cola del pavón, á donde, luego de haber sido asesinado por Mercurio, Juno trasladó las cien pupilas metálicas del hijo de Arestor, porque Conejo era también muy fanfarrón, pero perfectamente ingenuo. Tenía, además, el instinto de lo grotesco y apayasado, que ejercitaba en cuanto veía coyuntura, y muchas veces sin haberla. Con su cuerpecillo diminuto y sus zancas exiguas, de manera que las asentaderas levantaban un palmo escaso de la tierra, hubiera llegado á emular la gloria bufa de Little-Tich, el celebrado clown, si en lugar de haberse adscrito á la milicia ignaciana hubiera seguido el quebrado derrotero del títere. Sentado, pasaba por persona, porque el cuerpo todo se le volvía torso, si bien le mermaba prestancia la cortedad de los brazos, á modo de fantoche. Sus dotes policíacas, su natural activo y diligente, su ineptitud para la enseñanza y su carácter probo, que le hacía simpático á los alumnos, todas estas circunstancias reunidas habían hecho que el Padre Arostegui, Rector, le nombrase Prefecto de disciplina, ó sea jefe de la jerarquía compuesta de inspectores, profesores é internos. Sobre él, en lo atañedero á la vida de los alumnos, no había otra autoridad de apelación que la del propio Rector. Los chicos llamaban al Padre Prefecto Padre Ministro, impropiamente.

III

El Padre Francisco Xavier Arostegui, Superior ó Rector del Colegio de la Inmaculada, tipificaba con toda netitud y precisión el jesuíta vasco. Su cuna fué Azpeitia. Cenceño, aventajado de estatura, rígido, sobrio ó más bien nulo en el ademán. Constante en un mismo gesto, veíasele por primera vez y para siempre; perdurable y hermético como un destino. Cejiapretado, por donde se adivinaba su tenacidad; la boca muy sutil y contraída, componiendo una expresión en que complacencia y desdén se entremecían confusamente. Fanático, pero con fanatismo sordo y cauto, no con el bélico ardor de los corazones sencillos. Su máxima era el dicho del estratega antiguo: Σπευδε βραδεως, apresúrate lentamente. En palabras tan corto que de seguida quebrantaba locuacidades ajenas. En sus hechos, incógnito. Mandaba raras veces; pero se las componía de suerte que las cosas andaban conformes á su voluntad. Gustábale extremadamente que sus jesuítas vinieran á confiarle chismes y cuentos, unos de otros, si bien se guardaba de agradecerles el servicio ó de inducirles claramente á ello, sino que los alentaba con disimulo y por otros medios, estableciendo, por ejemplo, distinciones y privanzas á favor de los más celosos en las delaciones. Su valido era el Padre Mur, á quien exentaba de no flojos deberes, y lo hubiera hecho Prefecto de disciplina si de su inclinación se guiara; pero se lo impidieron, primero, los cortos años que Mur llevaba en la orden, y, segundo, la odiosidad que este joven jesuíta determinaba en los alumnos, razón ésta muy de pesar, que no va en prestigio de la Compañía que los muchachos se duelan de los maestros, ó que, andando el tiempo, guarden recuerdo esquivo de sus años de internado.

Los jesuítas de Regium, antes que respetarle, temían á su Superior, con ese temor mezcla de angustia que ocasionan las perspectivas vagas y de arcana solución.

Tan sólo tres estaban libres de este sentimiento: el Padre Urgoiti, aquel santo varón para quien no existía la realidad externa; el Padre Atienza, aquel varón santo y desenvuelto, excelente en doctrina y en virtud, en la elocuencia único y el más alto en talentos, que pagaba con desprecio la envidia de sus hermanos y la malquerencia con el alejamiento de su trato. Tampoco puede asegurarse que el Padre Sequeros temiera á su Superior; tan perseguido como el Padre Atienza, pero de ánimo más dúctil, había concluído por replegarse sobre sí propio en una actitud resignada, aguardando á cada minuto el mal cierto que sobre su cerviz había de caer; mas, no medrosamente.

IV

Children are excellent physiognomists and soon discover their real friends.

Sidney Smith

El Padre Atienza vivía hundido en el misterio de su celda. En ella comía; en ella explicaba su cátedra. Unos chicos aseguraban que lo tenían preso los demás Padres; otros, que estaba así porque le daba la gana; á casi todos asombraba que le hubieran hecho profesor de Psicología aquel curso, coincidiendo con la prisión ó lo que fuese. Le recordaban de otros años, descendiendo á los recreos y mezclándose en las diversiones de los alumnos, regalándoles confites y estampas alemanas, dándoles cariñosos capones y azotainas paternales. ¡Qué gracioso y qué bueno era!

Si se hubiera convocado un plebiscito entre los muchachos, con el fin de averiguar á qué Padre ó Padres preferían en sus cariños, es indubitable que la unanimidad hubiera recaído sobre Atienza y Sequeros. Y eso que los menores no los conocían sino de vista y por referencia. ¿Qué importa? Bien dijo Sidney Smith: «Los niños son excelentes fisonomistas; al punto averiguan quiénes son sus verdaderos amigos».

Más aún: si entre las gentes de Regium y de la provincia se hubiera hecho el propio ensayo que con los alumnos, el resultado hubiera sido idéntico. ¿Por qué? Eso se preguntaban, sin dar con la respuesta, los demás Padres y Hermanos del colegio al observar la muchedumbre de visitas de toda índole que preguntaban por Atienza ó Sequeros, el gran caudal de misas encomendadas con la voluntad expresa de que habían de celebrarlas Sequeros ó Atienza, los continuos requerimientos que de los pueblos venían solicitando un predicador para tal ó cual fiesta, y añadiendo á guisa de vale, que se vería con placer fuese Atienza ó Sequeros; las gustosas y abundantes golosinas que las beatas enviaban á sus dos Padres favoritos; y esta caprichosa é insultante preferencia fué la causa, que no otra, de que ninguna visita se realizase, cuándo por estar delicados de salud Atienza y Sequeros, cuándo por estar de oración Sequeros y Atienza; de que sus misas las dijeran siempre en la capilla particular y no en la iglesia pública; de que no volvieran á salir á predicar ni á misiones; de que las golosinas fuesen rechazadas á pretexto de la endeblez estomacal de Atienza y Sequeros, y, en suma, de que, al cabo de un tiempo, tanto Sequeros como Atienza, se hallasen acordonados, desgajados por entero del orbe, como pestíferos ó leprosos. Pasándose el uno de listo y no teniendo el otro nada de tonto, claro está que no ignoraban la traidora labor de aislamiento que sus dulces Hermanos ponían en práctica, sin cejar un momento. Cierto día, á la hora del recreo, halláronse, solos y juntos, paseando Sequeros y Atienza; muy raro en verdad, porque la Providencia quiso siempre que no les faltasen testigos presenciales un solo minuto. Paseaban por el tránsito de las celdas; era unos días antes de comenzar el curso. Atienza, poniéndose de puntillas, como si pretendiera colocarse á la par del gigantesco Sequeros, y procurando solemnizar la voz, dijo:

—¡Estamos solos, Sequeros! ¿Qué te parece?—Primero alargó el morro de una manera cómica, y luego rompió á reir abiertamente, mostrando sus grandes dientes, blancos é iguales. Añadió:—¿Pero ves qué gaznápiros?

Sequeros se encogía de hombros y sacudía la cabeza tristemente.

—Pero hombre, Sequeros, eres un sangre gorda, voto al chápiro. ¡Cómo te han cambiado!... Nunca dices nada...—continuó el impetuoso y vivaz Atienza.

—¿Qué quieres que diga? Es la voluntad de Dios... No me hacen ningún mal. Yo no deseaba otra cosa.

—¡Anda, qué cuerno! Y yo también. Si no, ¿crees que me callaba, canario? Te digo que estaba de madreselvas hasta aquí—poniendo la mano dos cuartas por encima del bonete—. Y luego, mira que son feas. ¡Chápiro, rechápiro!—y reía de nuevo con aquella cara miope que era tesoro de alegría honesta y espejo de hombría de bien.

—Vamos, Atienza...—Sequeros hablaba blandamente, así como si quisiera reprochar á su amigo, sin que en puridad hallase razón para hacerlo—. Cualquiera que te oyera...

—¡Qué cuerno! Ya sabes que yo se las canto al más pintado. Y esto, ¿qué tiene de particular, hombre? Las madreselvas me estomagan.

Oyeron pasos á la espalda. No quisieron volver la cabeza. Sequeros murmuró rápidamente:

—No deseaba otra cosa que dedicarme por entero á mis hijitos.

—Y yo á mis librazos, carape.

El Padre Mur se les emparejó. Atienza volvióse al intruso, y con tono campanudo lo interpeló:

—¿Qué hay, mi querida doña Petra? ¿Cuándo se corta usted esa verruga? Vaya, vaya, Petrita, no te enfurruñes, que por tu bien te lo digo. La verruga te afea bastante.

—¡Qué chanzas, Padre Atienza...! Á su edad...—rezongó muy mohino Mur.

—Pero, Petrita, ¿qué te has creído? Cuando más, te aventajo en ocho ó diez años. Pero, aun cuando fuera en cuarenta, ¿ignoras, Petrita, que es más viejo un burro á los veinte que un hombre á los sesenta?

—Bueno, Padre; ya sé que no soy ningún Séneca, ni tampoco entré en la Compañía para cubrirme de gloria mundana. La tiene usted tomada conmigo y yo le digo que un poco de caridad no le estaría mal. Yo no me defiendo; pero lo que usted hace es impropio de un hijo de la Compañía. Si el Padre Superior entendiera en estas minucias...

—Anda, Petrita, ¡corre á decírselo á tu mamá! Vaya, me voy á mi cuarto por no oir á este joven Catón.

Y se fué con mucho tejemaneje de sotana.

Atienza pasó toda aquella tarde encerrado en su celda, y tan zambullido en la lectura que, cuando la campana sonó para la cena, el jesuíta dió un salto de sorpresa. Estaba en mangas de camisa, con la sotana por la cintura; vistiósela de prisa y se ciñó el fajín. La poca luz que había marchábase raudamente. Desde la ventana de Atienza se avizoraba la compacta espesura del parque de Regium, llamado los Campos Elíseos. Había entonces fiestas en la villa; una banda de música latía bajo las frondas lejanas; era un vals de Strauss. Atienza lo recordaba, y con él sus diez y seis años de niño rico. Apagábanse las últimas brasas del crepúsculo. Los ecos amortiguados del vals venían á hundirse en el silencio del colegio sin alumnos. Atienza llevó el compás sobre los cristales un minuto, maquinalmente: luego, suspiró. Salió, á buen paso, á través de pasadizos y escaleras cargados de penumbra, hasta el refectorio de los Padres. De camino iba tarareando, sin parar mientes en ello, el vals de Strauss; los últimos peldaños los bajó haciendo zapatetas al compás de la música. Llegaba muy cerca del refectorio cuando se acordó de las gafas, olvidadas, entre libracos, en la celda. Volvió á buscarlas, corriendo y saltando inocentemente, como chicuelo á quien dan suelta después de larga reclusión. Llegó al refectorio, muy retrasado. La comunidad sorbía en aquel momento, moviendo fuerte rumor, las últimas cucharadas de un puré de lentejas, y era tal y tan sonora la aplicación de los Padres, que apenas si se oían los amplios y castizos períodos latinos de la «Historia Societatis Jesu», auctore Cæsare Cordara, que Ocaña, el jesuitilla quisquilloso y guapito, leía, á pleno pulmón y casi congestionado, desde el púlpito.

El Padre Atienza fué á ocupar su sitio, entre el bienaventurado Urgoiti y el valetudinario Avellaneda, el cual, con sus accesos de asma y aquello de babear en el plato, era una tortura para sus vecinos. No lejos, andaba Iturria, procurador del Colegio, con su cara aguda, bermeja y alegre, siempre en alto, y también al disforme apéndice nasal de Mur veíasele vibrar entre el vaho y husmillo de los manjares presuntos.

El Superior recibió á Atienza con una mirada agria que el recipendiario no advirtió, porque el buen apetito que traía le hizo lanzarse vivamente al plato de puré que le presentó el abrutado fámulo Zabalrazcoa. Atienza contempló el lóbrego caldo con deleitación y sorpresa; después, volvióse á sus vecinos, como diciéndoles: ¿qué novedad es ésta? En efecto, era una novedad que á todos tenía asombrados. Como el vapor del hervoroso puré le empañara las gafas, Atienza las levantó hasta la frente, sin desasirlas de las orejas, y dió comienzo á su refección, luego de haberse santiguado y orado en voz baja.

El Padre Anabitarte, que era ministro, esto es, encargado del material y de los Hermanos, conserje y maître-d’hôtel en una pieza, paseaba por el centro del refectorio, con ampuloso aire de hombre de cuya pericia dependen grandes destinos; acuciaba á los fámulos, examinaba las fuentes, en ocasiones penetraba sigilosamente en la cocina próxima, á fin de activar el servicio.

Y he aquí que el Padre Arostegui susurra con su voz de silbo: Deo gratias. La comunidad permanece un minuto suspensa y en silencio. ¿Habían oído bien? Ocaña absorbe una gran bocanada de aire y se enjuga el sudor. Arostegui repite: Deo gratias. Y todos rompen á hablar á un tiempo. Anabitarte se pasea triunfalmente, mirando á uno y otro lado.

—Pero, hombre—interroga Atienza, que ha ingurgitado ya su puré—, ¿á qué obedece esto? ¿Cómo nos han servido hoy caldo espartano? ¿Por qué han consentido que nuestras lenguas se desaten en dulces palabras?

Una voz corre de mesa en mesa: es el santo del Padre Anabitarte.

—¿Pues qué día es hoy?

—San Nicolás.

—¡Ah, sí! San Nicolás de Tolentino.

Y todos saludan á Anabitarte y le dan mil parabienes.

—Pero, ¿y el caldo espartano?—insiste Atienza, quien, como buen navarro, es tozudo.

Se lo explican. Anabitarte ha estado en Pilares, alojándose en casa del marqués de San Roque Fort, en donde le dieron caldo ó puré, que allí llamaban consommé, antes de la cena; era la gran moda.

—¡Ave María Purísima!—exclama Atienza, santiguándose. Y luego á Ocaña, frontero á él y, como él, de buena familia:—¿Tú ves, Ocañita? Estos hermanos nuestros, que vienen directamente de la rusticidad á la Compañía, son tremendos. Luego dirán por ahí afuera que todos los jesuítas son hombres de mundo... ¡Vaya por Dios!

Hay santa alegría y hay vino y un postre más. Anabitarte se ha portado con magnificencia; ha sabido recabar de Arostegui refinamientos sardanapálicos.

—¡Bravamente! ¡Bravamente, Anabitarte!—clama Atienza cuando el ministro pasa cerca—. Nadie lo esperaría de tu reducida cholla.

Ocaña celebra el desparpajo.

—Este Padre Atienza tiene el hablar escita—. Porque, como influido de Atienza, sumo helenista, es él también algo helenizante, recuerda que la libertad de Anacarsis en el decir dió motivo, en Atenas, á la frase hablar escita, según aseguran historiadores graves.

Mur y algunos otros reprueban con el gesto la procacidad del Padre Atienza. De chancero, lo convierten en cruel y orgulloso.

Sobrevienen unas chuletas empanadas, fritura en que ha logrado renombre el obeso Hermano Calvo, cocinero. Mas ¡ay!, que las indecorosas chuletas abrigan, bajo la ternura del pan, un seno correoso y de invencible dureza específica. Vanamente y en repetidas ocasiones, el bienhumorado Atienza determina hincarlas el diente con redoblado ahinco, á fin de deglutirlas. Las chuletas manifiestan la pasividad heroica de los mártires de la fe. Atienza traduce su contrariedad en palabras someras:

—Este cocinero se ha empeñado en ponernos suelas de zapato y estragarnos los estómagos.

La voz es suave; pero Mur tuerce la luenga nariz á la parte de Atienza, como si todos sus sentidos radicaran en el olfato.

Conejo, á la diestra del Rector en razón de su nuevo cargo, se refocila discretamente y ensaya tímidas payasadas, que algunos Padres comentan con risas.

Á los postres hay unas copas de Jerez generoso. Se reza la acción de gracias y todos suben al pasillo de las celdas. Se distribuyen en grupos, según sus inclinaciones personales. Comienzan á pasear: los unos, hacia delante, conforme á lógica racional; los otros, de espalda, haciéndoles frente á los anteriores. Es preciso recabar café de la condescendencia del Superior. Un buen golpe de Padres pone cerco á Arostegui; lo envuelven en anfibologías y circunloquios, no atreviéndose á pedir derechamente el café, que los legos ya tienen apercibido.

Landazabal, el deforme, misionero que fué en tierras de América, desviado de la espina en términos que para andar ha de sujetarse las posaderas con entrambas manos, inicia el asalto.

—Veamos, Padre Superior: San Nicolás de Tolentino es un hermoso nombre. Tolentino... Tolentino es asonante de caracolillo, ¿verdad?

—Indudablemente—responde Arostegui, desentendiéndose de la indirecta, por dar vaya á sus amados hijos—. Digo, me parece á mí. ¿Estoy equivocado, Padre Estich?

El dulce Padre Estich, profesor de Retórica, poetastro de la comunidad y tan larguirucho y angosto que, como á doña Madama Roanza, pudiera enterrársele en una lanza, aprueba sonriendo al Superior.

Landazabal toca con el codo á Ocaña y le murmura al oído: «Anda tú, hombre, que á ti te ve bien.» Ocaña acude al paño.

—Caracolillo es una clase de café. Me parece entender que es el que tenemos en el colegio...

—No sé, no sé. Es cosa que no me va ni me viene—exclama el Superior, dilatoriamente, enarcando los ojos.

Landazabal se ensombrece. Piensa para su sotana: «¡Á que nos quedamos hoy sin café!» Da un traspié; recobra el equilibrio afianzándose en las propias nalgas. Se había aficionado extraordinariamente al café en Puerto Rico. Entonces mira con ojos suplicantes á Mur, al favorito. Lo que á él se le niegue no lo consigue ningún otro. Pero Mur no le presta atención. El infeliz y deforme jesuíta pone en libertad un sollozo. Al llegar aquí, Olano se planta de por medio.

—Realmente, hoy ha sido un día muy caluroso. El café tiene la virtud, virtud pagana, llamémosla así, de proporcionar á quien lo toma lo mismo el calor que el refresco apetecido. Creo, Padre Superior, que no incurriríamos en sensualidad si usted nos proporcionase sendos pocillos de esta grata mixtura—. Y luego, volviéndose al Padre Atienza, que cruza á corta distancia:—¡Qué pena que no me hayas oído este párrafo! ¡Me ha salido perfecto!

Á lo cual replica el navarro, garbosamente:

—Lo dudo. Como dice un autor de cuya existencia no han llegado noticias hasta aquí, tienes los retorcimientos de la sibila, pero sin su inspiración.

—Pues vaya que tu lengua no se mueve si no es para herir.

—No seas mameluco, Olano, que nadie trata de herirte.

El Padre Arostegui corta la disputa.

—No haya discordias entre hermanos por tan liviano empeño como es el café ó la elocuencia. ¡Venga el café, si así lo desean!

Y como á un conjuro, surgen el abrutado fámulo Zabalrazcoa y el fámulo Azurmendi, de faz lasciva, conduciendo bandejas con tazas de café.

—¡Ah, ah! Había conspiración...—dice el Rector, como si le tomara de sorpresa.

Esto ocurría un día sí y otro no.

Se trasiega el café con reposada voluptuosidad. El valetudinario Avellaneda toma un sofoco que le pone en trance de expirar. Atienza insinúa que acaso en el café infunden poca de la substancia característica de esta poción y que sin esfuerzo se le pudiera creer agua de fregar. Se reanudan los grupos, hasta terminar el recreo, y la conversación corre más animada que antes. Atienza expone ante sus amigos una alegría ruidosa, que los discretos toman como envoltura de una tristeza disimulada.

—¿Qué tal va esa moral, Ocañita? ¿Estudias mucho? ¡Aprovéchate! Supongo que desearás recibir las órdenes prontamente. Á no ser que quieras hacer lo del Padre Valderrábano... Siete suspensos lleva en Moral, y no hay quien le haga cura. Ahí le tienes, en San José, de Valladolid, explicando Historia Natural; nadie lo mueva. Claro, con esto se ahorra rezos, y cuando quiera salir no está comprometido.

—¡Qué cosas tiene, Padre Atienza...!—Al responder, el joven Padre Ocaña hace señas á Atienza, esforzándose en hacerle entender que Mur los puede oir. Atienza se encoge de hombros.

Á la vuelta siguiente descubren á Mur, en cháchara bajita con el Superior.

—¿Lo ve usted, Padre Atienza? Es usted demasiado bueno y demasiado franco. No quieren entenderle—susurra Ocaña.

—Sí, ya veo á ese mariquita insuflándole chismes al Superior. ¿Á mí qué se me da?

Sonó el toque de retiro. El Padre Atienza tomó el derrotero de su cuarto, dispuesto á hacer el examen de conciencia, cuando, acercándosele el Hermano Ortega, le indicó con gran mansedumbre que el Padre Superior le aguardaba.

—¿Á mí?—preguntó con las cejas arrugadas, estupefacto—. Vamos á ver qué tripa se le ha roto.

El Hermano Ortega no quiso oir lo de la tripa. Atienza llegó á los umbrales del Superior y se detuvo unos segundos, contemplando amorosamente la negra cruz clavada sobre el dintel. Dió con los nudillos en la puerta. Una voz incisiva silbó dentro: Adelante. Atienza penetró, llanamente. Sus ojos tenían un resplandor interrogante. El Padre Superior le aguardaba sentado detrás de la mesa. Atienza permaneció en pie, al otro lado, frente á él.

—Le extrañará que le haya llamado á estas horas.

Atienza asintió con la cabeza.

—En realidad de verdad, no tengo queja de usted en materia grave...

—Espero que no, Padre Superior. Bien sabe Dios que me conduzco lo mejor que se me alcanza, y si yerro no será por negligencia, sino por ignorancia. Dígame para qué me llama.

—Yo pienso que es fuera del caso recordarle que al ingresar en la Compañía aspiramos á la perfección. De tal manera, que aquello que fuera de nuestra casa es leve, ó aun indiferente, entre nosotros, indica el germen de un mal que debemos extirpar en seguida.

Atienza se impacientaba. «Este hombre tan seco de palabras—se decía—¿por qué no me pone las cosas claramente?» Y luego, en voz alta y serena:

—Cuanto usted me dice, Padre, es cordura por excelencia. Pero yo quisiera saber para qué me llama.

—¿Y aún me lo pregunta? ¿No tiene nada de qué acusarse?

—De qué acusarme al Superior, nada. Ahora que, como no soy un prodigio, como lo fué San Roque, que ya en mantillas era devoto y no había quien le hiciera mamar los viernes, digo que como yo no soy un prodigio, claro está que tendré muchas cosas de qué acusarme en penitencia, ante Dios. ¿Y quién tira la primera piedra?

—¿Y le parece bien perseguir con cuchufletas de mal gusto y hasta crueldad á un hermano que es la timidez y la inocencia misma? ¿Y le parece bien pregonar á los cuatro vientos que aquí se le mata de hambre? ¿Y le parece bien no encontrar nada que merezca su aprobación ó su respeto dentro de la Compañía, é ir derramando desprecios en torno suyo? Que es usted muy sabio... Peor para usted si lo acompaña de diabólico orgullo. No está mal la ciencia humana, pero siempre arropada en humildad.

Atienza se llevó la mano al pecho. Era la gota que derrama el vaso, la paja precisa que quiebra el espinazo del camello, abrumado bajo la carga. Recogió su energía y con aquella llaneza bondadosa que era su cualidad preponderante, contestó al Padre Arostegui:

—Todo eso son niñadas, Padre Superior. Yo no desprecio á mis hermanos, que los amo muy de veras, y por eso no puedo llevar con bien ciertas cosas. Cuchufletas... ¿Es que yo me ofendo si me las dicen? Usted mismo las califica: cuchufletas. No es herir, no enojar, sino reprender levemente bajo la encubierta del regocijo. Nuestros santos, los castizos, han sido siempre alegres y aun mordaces. Luego, lo del orgullo... ¡Anda, morena!

—¿Qué es eso de anda, morena?—El Superior dió un puñetazo en la mesa y se puso en pie—. Y además, ¿qué autoridad tiene para reprender?

Atienza se puso pálido.

—¿Me consiente retirarme, Padre Superior?

—Retírese cuando le plazca. Y no olvide que esto se terminó, se terminó, se terminó. ¿Estamos?

Al día siguiente el Padre Atienza escribió una carta al Provincial, poniendo de claro su propósito de salir de la Compañía.

El negocio era difícil. El Padre Atienza era conocido por sus obras de ciencia en todo el mundo; estaba emparentado con personas nobilísimas y había cebado los tesoros de la Compañía con un peculio de quinientas mil pesetas. ¿Cómo apechugar con el escándalo? Fueron y vinieron cartas. Atienza se ablandaba. Afirmó, en todo momento, que era jesuíta por vocación; pero declaraba al propio tiempo que le era imposible convivir con la mayor parte de sus compañeros. «Permaneceré—escribía al Padre Provincial—en la Compañía, y aun en este colegio, si usted lo juzga necesario, para evitar tantos males de que me habla y que yo alcanzo cumplidamente; pero, ¡por Dios Santo, Padre mío!, déjeseme solo, consiéntaseme permanecer en mi celda sin mezclarme con nadie, á no ser que yo lo juzgue oportuno.» Suplicaba, luego estaba entregado. Concediéronle muy presto lo de vivir en su celda, que allí era menos peligroso. Intentaron rebajarlo haciéndole profesor de «Psicología, Lógica y Ética». ¡Ligera y secundaria labor de maestrillo impuesta á una lumbrera de la orden! Mas él recibió la nueva con alegría y buen humor.

—Me parece que lo haré con más provecho que el pobre Padre Numarte, ese paquidermo filosófico—exclamó.

Por eso vivía recoleto en su cuarto; en él comía; en él daba la clase, y desde él oía, de tarde en tarde, ecos remotos de un vals de Strauss.

Á raíz de confinarse el Padre Atienza en su rincón, ningún jesuíta pensaba que el arrechucho durase largo tiempo. Conocían lo expansivo de su carácter y su locuacidad impenitente. ¿Qué se va á hacer á solas—preguntaban—, sin blanco cerca á donde enderezar las saetas de su malignidad burlona? Contados eran los que se aventuraban á visitarle, por no atraerse la ojeriza del Superior. Pero los días pasaban, y el turbulento navarro no salía de la covacha como no fuera para ir á la biblioteca, de donde volvía cargado de volúmenes. Encerrado en su celda, rey de sus acciones, se encontraba á las mil maravillas y extraía de la caduca amarillez de los libros viejos un goce inenarrable y tranquilo.

Comenzó el curso. Los seis alumnos, que no eran más, de Psicología, Lógica y Ética, subían á su celda á recibir sus enseñanzas, las cuales de ordinario no eran materia relacionada con la asignatura, sino porción de cosas varias y amenas á propósito para robustecer el temperamento antes que para apesadumbrar la inteligencia con noticias inútiles. Se conversaba no pocas veces, en tono familiar, de los asuntos interiores del colegio; se hacían comentarios á las noticias que desde fuera llegaban; se reía y se decían chancetas, y, en resolución, para los niños eran unas horas de cordialidad y saludable frescura. Adoraban al maestro.

Los demás Padres se hallaban muy á gusto sin la enojosa presencia del desenvuelto Atienza. Aun cuando no se ignorase que la reclusión era voluntaria, considerábase como un triunfo del Superior y prueba patente de la habilidad política de Arostegui, porque ésta no es otra cosa que maña y astucia con que se coloca á los demás en ocasión de hacer de grado lo que uno desea que se haga. Claro está que el que más y el que menos, mirando para su fuero interno, se veía como sujeto posible de esa misma habilidad política y por lo tanto juguete de una fuerza muda que nunca daba el rostro claramente, y de aquí la punta de odio, casi siempre vago é inconsciente, que unos jesuítas, los nacidos para ser mandados, sentían contra otros, aquellos que, sin proferir la voz de mando, mandaban de hecho, moviendo sin plan conocido y arcanamente las figuras del retablo. El Padre Arostegui estaba al cabo de este odio latente; pero se le daba un ardite. Como Calígula, él también lo reputaba por señal cierta de su soberanía; ódienme en tanto me teman, oderint dum metuant. Aquel temor, arraigado y permanente, porque lo infundía el misterio, era la fuerza de cohesión de la comunidad, y merced á su eficacia Arostegui mantenía organizadas sus huestes con suma disciplina.

Se ha dicho de la Compañía de Jesús épée dont la poignée est à Rome et la pointe partout; por lo que se refiere á aquellos parajes en donde radica el Colegio de la Inmaculada, puede asegurarse de la influencia jesuítica que era una espada cuyo puño estaba en la diestra del Padre Arostegui, y su punta donde menos se pensase.

El Padre Arostegui había diferenciado netamente las funciones de cada uno de los confesores y predicadores, de manera que la dirección espiritual de los diferentes poderes sociales fuera de la absoluta incumbencia de la Compañía. Olano corría con las señoras, en general, y con los capellanes de monjas. El Padre Cleto Cueto cultivaba á los políticos de la derecha y, poco á poco, había logrado hacer hijas de confesión á la mayoría de las mujeres de los políticos de las izquierdas, á las cuales tenía muy bien adoctrinadas en punto á la conducta doméstica. También era cargo suyo asistir con alguna frecuencia al Seminario Conciliar de la diócesis, á fin de dar pláticas y visitar asiduamente al señor Obispo, de suerte que no se les fuera de la mano. Era el único Padre que leía periódicos liberales. Á su modo, estaba al tanto de la situación política del país y de algunos de nuestros problemas capitales. Si salía de misión no pronunciaba sermones, sino conferencias para hombres, que se anunciaban como científicas, versaban sobre materias profanas y merecían grandes elogios de la estulticia asinaria de la prensa local. En fuerza de ir y venir, más en aire de conquista que apostólico, había llegado á tomar un continente absolutamente bélico; accionaba levantando en el aire el brazo derecho, cual si blandiese una lanza ó pendón imaginario; se movía pesadamente, como si gravitara sobre su cuerpo la recia armadura de un guerrero medioeval; ante el altar, recordaba aquellos sacerdotes de otras edades que celebraban misa con la espada al cinto y las espuelas calzadas, hasta que León IV prohibió el marcial aparato; tintineaban las vinajeras, y, por instinto, se le miraba al talón, en busca del sonoro acicate. Atienza lo llamaba Pentapolín del arremangado brazo.

El Padre Anabitarte, además de ser ministro, tenía á su cargo la paternal curatela de los bandoleros de levita, salteadores de fortunas y vampiros del tanto por ciento. Para cumplir la misión no se requerían muchos sesos ni fina ductilidad. En este punto, la moral jesuítica ostenta una rara y sapientísima previsión de cuantos artilugios, sonsacas, socaliñas, fraudes y aun saqueos puedan descubrir los hombres con el fin de apropiarse los bienes ajenos á favor de resquebrajaduras legales; estudia los casos de conciencia y los resuelve deliciosamente sin que la restitución sea menester en ninguno de ellos. Un libro hay que es un tesoro. En él Escobar compiló, con orden sumo y en apartados convenientes para la facilidad de la compulsa, la teología moral de los 24 Padres, ó, por mejor decir, soles del firmamento de la Compañía. En el prefacio se hace un cotejo alegórico de este libro y del Apocalipsis. «Jesús—dícese—lo ofrece de esta suerte sellado á los cuatro animales Suárez, Vázquez, Molina y Valencia, ante los 24 jesuítas que simbolizan á los 24 ancianos.» Animales, en un alto sentido místico, se entiende. En esta obra excelente abundan sentencias del más alto valor para la vida. Véase, por ejemplo, la siguiente, del gran Padre Molina: «En conciencia no hay obligación de devolver los bienes que, por frustrar á sus acreedores, otra persona nos haya confiado en custodia.» ¡Con qué expedita holgura, gracias á la ciencia de estos ilustres é iluminados varones, penetra la rapacidad por las puertas del paraíso! La virtud de atar y desatar que Cristo otorgó á sus apóstoles mantúvose como en rudimento y á tientas en la cristiandad hasta tanto que no sobrevino Íñigo de Loyola y reclutó su milicia. ¿Qué nudo gordiano hay que los jesuítas no deshagan con celeste garbo y presteza? ¿Qué lóbrega conciencia que no alumbren? ¿Qué corazón tormentuoso que no apacigüen? ¿Cuántos no les deben fácil fortuna junto con el sosiego del alma? Oid lo que el Reverendo Padre Cellot pone en su libro De la Jerarquía: «De uno sabemos que llevando crecidísima suma de dinero á fin de restituirla por orden de su confesor, húbose de detener en la tienda de un librero. Preguntóle qué tenía de nuevo (num quid novi), á lo cual el librero le mostró un libro reciente de teología moral, escrito por uno de nuestros Padres. Comenzó el hombre á hojearlo con negligencia y sin pensar en nada, mas fué á caer en un pasaje en donde se estudiaba su propio caso, y allí aprendió que no estaba obligado á restituir. De esta suerte descargóse de la pesadumbre del escrúpulo y permaneció con la del dinero, que no le impidió volver ligeramente á su morada.»

Como Anabitarte era un zote, si los hay, y berroqueño de mollera, el ejemplar en donde había de beber la ciencia penitenciaria concerniente á las restituciones, ó sea extracto de teología moral á través del séptimo mandamiento, estaba subrayado y glosado de puño y letra del Padre Arostegui, y, bien que el latín, tanto de Escobar como de los demás Padres, es fácil, algunas sentencias obscuras ó equívocas tenían al margen la traducción castellana, hecha también por el Superior. De las innumerables glosas, apostillas y connotaciones se deducía paladinamente que la muchedumbre de casos de conciencia cuyo origen es el hurto y el robo, se compendian en esta máxima: no es necesario restituir, teniendo siempre en cuenta que el empleo de esta máxima no sea nocivo para el Estado, que entonces no se la permite; tunc enim non est permittendus. (Padre Lessius.) De aquí el que los jesuítas, fieles guardadores de verdades peligrosas, no pongan la posesión de ésta en cualesquiera manos, por temor á que gentecillas sandias se dediquen al latrocinio desembozadamente, lo cual perjudicaría sin duda y de modo notable la buena marcha del Estado, y así, sólo á los que hubieran amasado pingüe fortuna se les hace sabedores de la máxima en cuestión, y las razones se le alcanzan á cualquiera persona de buen juicio. La materia era de tan claro simplismo que hasta el propio Anabitarte llegó á dominarla al punto y á ser confesor y consejero íntimo de cuantos banqueros, industriales, comerciantes y prestamistas puercos había en la provincia. Le traían en palmitas, se hacían visitar de él, le alojaban con magnificencia y molicie, y por su intermedio, disimulada en honestos arbitrios, pasaba una comisión prudente á las cajas de la Compañía. Paradisíaco reposo caía sobre aquellos cráneos de rapiña, roídos antes por cuidados sin cuento. No es de extrañar que don Anacarsis Forjador, el viejo é insaciable forajido, dijera frecuentemente de sobremesa á su padre espiritual:

—Padre Anabitarte, no sé cómo hay personas que pueden vivir sin religión.

Y Anabitarte, una mano sobre el abarrotado bandullo, con la otra levantando en alto una copita de benedictino, respondía distraídamente en tanto miraba al trasluz el denso licor de oro:

—No son personas, que son bandidos, don Anacarsis.

—Y por supuesto, Padre, hay ciertas cosas... vamos, que al vulgo... Usted me entiende.

—Hasta un autor profano, don Anacarsis...—Un sorbo—. Hasta un autor profano lo dice—. Otro sorbo—. ¿Cuál es su nombre, don Anacarsis?—Otro sorbo—. ¿Á que se me ha olvidado?—Otro sorbo—. No, no; es Fontenelle. Pues bien, el señor de Fontenelle dice, verá usted: Si je tenais toutes les vérités dans ma main, je me donnerais bien de garde de l’ouvrir aux hommes. ¿Me entiende usted?

—Está muy bien, caracho—. Y don Anacarsis se reía, sin entender una sola palabra.

Tampoco Anabitarte lo entendía: se lo había hecho estudiar de memoria, con pronunciación figurada, el Padre Arostegui.

Con esta división tripartita de funciones, encomendadas respectivamente á los RR. PP. Olano, Cleto Cueto y Anabitarte, la resaca latente de la vida regional afluía al Colegio de la Inmaculada Concepción y se soldaba en un vértice ó foco de donde partían á su vez nuevos impulsos, porque dase por entendido que ninguno de los esforzados paladines que componían el triunvirato antedicho disfrutaban de autonomía ó espontaneidad en sus movimientos, sino que obraban en todo caso atentos á la norma circunstancial impuesta por el Superior.

Por eso el puño de la espada estaba en la diestra del Padre Arostegui.