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A.M.D.G.

Chapter 21: VII
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About This Book

La narración se sitúa junto a un colegio jesuita de facha austera que marca tensiones en la aldea vecina. Un hombre huraño, Gonzalfáñez, vuelve a habitar una casita campestre junto a su amigo de infancia Dorín; sus paseos en silencio y la atención de Gonzalfáñez a la naturaleza contrastan con la rigidez institucional del colegio. La construcción del edificio entrelaza a los personajes con la casa religiosa, alimenta habladurías, encuentros íntimos con mujeres trabajadoras —especialmente Teresa— y desemboca en una muerte violenta que siembra sospecha y desasosiego. La obra explora la fe, la sospecha social y el choque entre soledad rural y poder clerical mediante la observación psicológica y el detalle regional.

V

Algunos niños refirieron á sus padres en la visita el caso misterioso del Padre Atienza. Del salón de visitas salió la noticia al mundo. Los amigos, admiradores é hijos de confesión del Padre Atienza hacíanse cruces y cábalas, con ocasión de tan insólito suceso; menudeaban los plañidos y las elegías sobre el triste sino del desventurado é ilustre jesuíta; se le comparaba con el Papa, prisionero en el Vaticano, y con el Padre Coloma, de quien se decía sufrir también idéntica adversidad que Atienza; en resolución, la voz corrió prestamente de hogar en hogar y de puebluco en puebluco, por la región.

Un periódico anticaciquil y anticlerical, El Pulpo, arremetió contra los jesuítas con inusitada violencia, acusándolos de mantener secuestrado contra su voluntad á un hombre insigne, y sobre todo opulento, que por serlo y no por otra cosa le retenían aherrojado en una celda mefítica, á pan y agua, sin que el infortunado hallara expediente hacedero con que transmitir sus quejas fuera de la clausura. El Pulpo requería á las autoridades, conjurándolas á que averiguaran y dieran fin inmediato al secuestro, baldón de nuestra hermosa villa. Recordaba al maestro de obras, Aurrecoechea, que había sumido en el deshonor á una hija de Regium. Y, por último, á vuelta de unas cuantas frases grandilocuentes, venía á llamar á los benditos Padres milanos y estupradores.

En vano el insidioso Benavides, director de La Reconquista, aquel periódico fundado por el Padre Cleto Cueto á poco de llegar á la localidad, intentó poner en entredicho las burdas ficciones y soeces apóstrofes de El Pulpo, asegurando que si el Padre Atienza guardaba un retiro casi absoluto era porque tenía en preparación cierta obra magna y había menester de soledad para darla gloriosa cima. Cundía el escándalo. Los buenos amigos de los jesuítas les aconsejaron que hallaran con urgencia el remedio de estancar tanta y tan grosera maledicencia. El Padre Arostegui recibía á los consejeros sin inmutarse, sin perder aquel gesto peculiar suyo, entre burlón y despectivo, con que acostumbraba á desconcertar á sus interlocutores. El Padre Olano, en un recreo, no pudo menos de exclamar:

—Ese jabato, dondequiera que está, destruye todas las siembras.

Entretanto, el Padre Atienza, de la parte de fuera del revuelo, sin conocerlo ni sospecharlo, continuaba su vida cenobítica y plácida.

Subía una tarde el Padre Ocaña á su celda, después de haber explicado la clase de Geometría, cuando se tropezó con el Padre Mur.

—¡Vaya con Dios!—le dijo, sin ánimo de detenerse.

Mas, el valido del Superior se le plantó delante.

—Á propósito, Padre Ocaña. Cuánto celebro haberme dado con usted á solas. ¿Tiene mucho que hacer? ¿Puede concederme unos minutos? ¿Á dónde iba? ¿Á su celda? Le acompañaré.

Continuaron en silencio hasta la puerta del cuarto.

—Pase, Padre Mur.

—¿Qué más tiene? Entre hermanos...—Y luego, riéndose—: Reliquias de la falsedad del mundo.

—¿Qué quiere, Padre Mur? Cuando no es falsedad, la educación no está mal, ni entre hermanos—. Aquella tarde se encontraban de malas pulgas.

—Bueno, bueno. Agradezco la lección. Sentémonos. ¿No sospecha de qué quiero hablarle?

—No se me ocurre...

—Ya sabe á qué punto ha llegado lo del Padre Atienza. Usted, como todos, estará consternado.

—Lo lamento; pero no me atrevo á cargar á nadie con la culpa.

—No se trata de eso. La Compañía pierde... Y en cuanto á culpa... No digo que la tenga el Padre Atienza...

—Desde luego.

—Claro está; pero... ¿que no gustaba de nuestro trato? Es triste para nosotros... Se mete en su cuarto, y acabado. No se tendría con todos la misma transigencia.

—Dicen que quiso salir de la Compañía.

—¡Bah! No lo creo. Bien. Ya está en su cuarto. Pero eso ¿impide que de vez en cuando salga á dar un paseo por la población? ¿Que se deje ver de las gentes?

—Usted ya sabe que nunca salía de paseo...

—Ahora debe salir. Es preciso aplastar las lenguas envenenadas.

—Acaso él no sepa lo que ocurre. Ningún Padre lo visita. No le digo ninguna novedad; pero temen no ser gratos al Padre Superior.

—¡Dulce Jesús! ¿Por qué? Le aseguro que me maravilla. Siempre creí que era porque no tenía amigos... El Padre Superior, tan bondadoso... Y por usted siente gran afecto, lo sé. Mire, Padre Ocaña, pienso que ganaría mucho en su favor si usted lograra sacar de paseo al Padre Atienza. Hágale ver que es en servicio de Dios, y los males que ya nos ha causado, inocentemente sí, ni que decir tiene. Yo iría, pero... No le soy simpático, ¿á qué me he de engañar? Le convence usted y salen los dos, por la población, claro está. Convendría evitar detenciones con madreselvas y curiosos. Bueno, ¿qué le voy á decir yo á usted? ¿Quedamos en eso, eh? Vaya, adiós.

—Adiós, Padre Mur. Lo haré como usted me lo indica.

Á los pocos minutos estaba el Padre Ocaña en el cuarto del Padre Atienza. Comenzó por referirle la historia del secuestro, del antro mefítico y del ayuno á pan y agua. Atienza se retorcía de risa.

—Pero ¿qué me dices, Ocañuela?

Ocaña continuó puntualizándole ce por be las patrañas y estolideces que se habían urdido.

—Se creían que yo soy un sandio y mal hostalero, un badulaque de tres al cuarto... Ya sabía yo que les iba á salir la burra mal capada...

—Por Dios, Padre Atienza; déjese de burras y... de lo otro. El trance es serio. La Compañía pierde.

—Naturalmente que pierde. ¿Crees tú que gana con otras cosas que se hacen?

—Si no es eso, Padre.

—¿Y yo qué le voy á hacer? ¿Quieres que envíe un comunicado á La Reconquista?

—¡Qué chanza!

Le explicó el plan de Mur, dándolo como propio.

—¡Cuerno! Pues tienes razón. El jueves por la tarde salimos, si te parece. Iremos al muelle, á ver el mar. Vamos, lo que más me ofende es que haya papanatas capaces de creer que á mí se me tiene á pan y agua. ¡Se necesitaría mucho ombligo!

Y con esto, se despidieron hasta el jueves.

El día convenido, y como á cosa de las cuatro de la tarde, los dos jesuítas salían del colegio, con rumbo á la villa.

—¿Querrás creer, Ocaña, que estoy nervioso? Bien sabe Dios el sacrificio que hago, porque el salir me revienta sobre toda ponderación.

—Así se lo agradece más. Y se lo agradecemos todos.

—¿Todos?

—Evidente.

—¡Puun! He dado un tropezón. Se me ha olvidado andar.

Entraron por el paseo público del Salvador. Á los veinte pasos mal contados ya tenían una beata delante de las narices.

—¡Ay! ¡Bendito sea Dios! ¿Cómo está, Padre Atienza? ¿Cómo está, santín? Si paez que está gordo y arrecachao...

—¿Pues cómo quiere que esté, doña Ramona, una persona que come bien y no se mueve del sillón, holgando, porque leer no es trabajar?

—Ya me lo parecía á mí. ¿Y los demás Padres?

—Tan gordos y tan arrecachaos, doña Ramona. Quede con Dios.

De que se apartaron de la beata, resolvieron encaminarse al muelle, siguiendo calles extraviadas. El objeto estaba conseguido; doña Ramona sería heraldo incansable y pregonera del buen estado y robustez de Atienza.

Llegados al puerto, avanzaron hasta el malecón más saliente, que en Regium llaman punta de Liquerica. Apoyados de bruces en el alto pretil de caliza, estuviéronse un tiempo con los ojos perdidos sobre el vasto y cantante mar.

—¿Qué te parece de subir al cerro de Santa Delfina? Allí podremos tumbarnos sobre la hierba...

—Muy bien, Padre Atienza.

Treparon á la montañuela, en cuya rocosa raíz yace de una parte el puerto, y más hacia el mar un fuerte. Desde allí dominaban la villa; la masa cuadrada y roja del colegio en las afueras, entre verde veronés de praderías. La villa, con sus casitas cucamente apiñadas, era como rompecabezas de niño; el colegio, una pieza inútil dejada de lado. Más allá del colegio, colinas, boscajes, que alejándose azuleaban; al fondo, una sierra azul; y el cielo, de un azul menos agrio que el serraniego, por encima. Volviendo el rostro, mar, mar... traineras de vuelta al seguro; humaredas tenues de invisibles buques; una gaviota, cerniéndose.

El Padre Atienza suspiraba. Despojóse de la teja y oró en silencio. Ocaña estaba conmovido. No hablaron. De vuelta al colegio, el joven atrevióse á decir:

—Padre Atienza, quiero consultarle. Yo tengo mis escrúpulos.

—Hábleme usted lo que guste, Ocaña. Poco vale mi consejo, mas...—Su voz era grave—. Volveremos rodeando, de manera que nos dé tiempo.

—Sí, Padre; tengo mis escrúpulos. Muchas veces intento recogerme dentro de mí mismo, verme tal como soy y en relación con lo que fuí. ¡Ay, qué tristeza! No veo sino neblina y tinieblas; pienso que es artificio de Satanás. Me parece que no vivo, que soy un tinglado sin alma en donde hacen y deshacen manos invisibles. Es algo así como si yo hubiera sido una esponja que estrujaran, estrujaran hasta echarle todo el jugo y luego la empaparan en un líquido turbio. El jugo es mi infancia, es mi pasado, era mi yo, como dicen los filósofos de ahora, y todo lo he perdido en mis años de noviciado. ¡Ah, el noviciado! Me pregunto: ¿son los caminos de Dios? ¡Las incertidumbres que hube de sufrir en Carrión y luego en Oña...! ¡Las noches de aridez y desconsuelo...! ¡Si viera usted con qué fervor, esto es, con qué crueldad, atormentaba mi carne á disciplinazos, así que el distributario apagaba la luz, como es de rigor! Oía el runrún de mis compañeros, y con el rumor mi brazo adquiría nuevos bríos. Al día siguiente, en los recreos, escuchaba á otros novicios con gran asombro, porque se jactaban de fingir los disciplinazos, que denominaban guitarreo. Y éstos precisamente son los que suben y son considerados y objeto de mimo y favor. Me refugié en los libros; estudié el latín, el griego, retórica y humanidades, y más tarde las ciencias y la filosofía de Perrone, con todo ahinco, y no por vanagloria, sino por anularme y quizá con un anhelo confuso de ser útil á la Compañía. Aquí estoy ya, en el magisterio, explicando geometría. Como le he dicho, me contemplo y no me conozco. Imaginé que nosotros, los maestrillos, éramos considerados como personas. No sé si algunos lo serán: yo no lo soy. No sé nada, no veo nada claro, no sé á dónde vamos, ando á tientas, entre zozobras y presentimientos de un no sé qué. ¿Ha de ser así para salvar el alma? ¿Por qué no habíamos de vivir en una fraternidad en donde todas las opiniones tuvieran su voz y todas las almas su peso en los destinos de la orden? Alma... ¡Cuántas veces temí que se me hubiera evaporado, derretido, Dios sabe dónde! Pero, con todo, ciego había de ser para no advertir un singular fenómeno, y es que aquellos de entre nosotros que descuellan, ya sea en ciencia, ya en virtud, se les persigue y acorrala, siendo así que ellos tan sólo dan lustre á la Compañía. He dicho persigue y no está bien, porque la persecución es algo visible, y propiamente no se puede asegurar que se les persiga á usted y á Sequeros, por ejemplo. No es eso. Ya está aquí la niebla, la turbiedad, que es lo que me enajena. ¿Qué seres ocultos conviven con nosotros y lo trastruecan todo á su antojo? ¿Es la voluntad de Dios?

—Es la voluntad de Dios, Ocaña, no lo dude usted. Nada mortal es perfecto; no puede pretenderse que lo sea la Compañía. Sin embargo, por las trazas, hay presunciones y hechos históricos que las fundamentan, de donde puede inferirse lógicamente que Dios ama con predilección á nuestro instituto. Dios no ha echado tantos vicios al mundo á humo de pajas, sino para que se entienda cómo hasta por caminos errados se puede alcanzar un buen fin. Observe que, vicio por vicio, todos ellos traen en pos, entre noventa y nueve malas, una consecuencia provechosa. El vicio de orgullo, por ejemplo, es por naturaleza de tal índole que contribuye como ningún otro á conservar y enaltecer en la consideración ajena tanto á los individuos, como á las comunidades y á los pueblos. Voltaire nos ha acusado á los jesuítas de orgullo, y al orgullo atribuía lo que él juzgó nuestra perdición. Al contrario, el orgullo nos salvó y nos sigue manteniendo en el candelero. El orgullo está repartido entre nuestros miembros á dosis iguales; pero no así los merecimientos en los cuales ha de arraigar y afirmarse; de donde deducirá usted que para justificar el orgullo se requiere, lo primero, dar gran aire y publicidad á quien tenga mérito ó brille con algún prestigio, al Padre A., que es un gran filósofo; al Padre B., que es un gran filólogo; al Padre C., que es un gran novelista; al Padre D., que es hijo de un duque con grandeza; pero, comprenderá usted que si se mantuviese siempre ante el juicio público á estos cuatro ó cinco privilegiados, de manera que fuera sencillo el contraste entre ellos y la masa de jesuítas, lo que ganaban los menos lo perdía con creces, y á riesgo del servicio de Dios, la Compañía, y su orgullo en tal caso sería risible, pues tan breve número de eminencias no es para gloriarse. Por el contrario, apenas se ha pasado la miel del arte, de la ciencia, de la virtud ó del nacimiento por el paladar público, sirviéndose de este ó de aquel Padre á guisa de hisopo, cuando se le retira al proviso de la circulación, de suerte que los de fuera no han tenido respiro para detenerse á pensar que el virtuoso ó el sabio era el padre Tal, sino un jesuíta, in genere. Añádase que si por azares de la maledicencia trascienden nuevas de que algunos de nosotros viven obscurecidos, no es raro que se discurra de esta suerte: «Cuando á ese que, según se reconoce de público, vale tanto, lo tratan con desdén y él se lo calla, ¿qué no valdrán los otros?» De donde, por uno que es astrónomo de fuste, todos pasamos por Pitágoras; porque otro escribió una novela mejor ó peor, todos le damos ciento y raya á Balzac y á Dickens; porque éste obró milagros, todos nos tratamos mano á mano con la Santísima Trinidad; porque aquél surgió del vientre de una marquesa, todos somos azules por la sangre, en el trato exquisitos y dechados de cortesanía y sutileza, aun cuando la mayor parte hayan nacido entre breñas en el monte, como terneros; y nos lo tomamos en serio, ya lo creo, como que todo el mundo lo toma. ¿Comprendes qué terrible fuerza es este orgullo? También te digo que si las cosas son así yo juraría que no hay conspiración, ni se hacen deliberadamente. Instinto, puro instinto, y es sorprendente lo certero que va. Yo veo la mano de Dios en esto. ¿No te ha ocurrido á ti descubrir con mayor transparencia á Dios á través de los animalucos y en los elementos naturales, es decir, en todo aquello que obra inconscientemente, que en el hombre? ¡Cuánta armonía! ¡Con cuánta justeza se acoplan causas y efectos! ¡Qué hermosura y bondad! ¿Qué ojos no se mojan, contemplando, ó qué corazón no se enternece? Pues en esas nieblas de que antes me hablabas y por donde vas á tientas, yo veo la mano de Dios. El día de mi tropezón, ya sabes, el santo de Anabitarte, resolví salir de la Compañía... ¡Figúrate! Después vi claro. Jesús quiso iluminarme. Ahora, hablando de otra cosa; lo que pasa con ese pobre Sequeros... Yo lo amo entrañablemente. Ten en cuenta que sumadas la viuda de Zancarro con la Villabella, son no sé cuántos millones. Para eso Sequeros se da un arte... Ya verás cómo, si se presenta otro caso parecido, echamos mano de Sequeros, porque cuando el trance apura no basta el orgullo; entonces, fuerza es servirse del mérito positivo. Pues bien, temo que la razón de Sequeros está en peligro. Su misticismo no me parece cosa natural; hasta incurre en idolatría. No extraño que se le haya alejado de los ministerios...

Caía la noche rápidamente. Entre la penumbra, destacaba anguloso el colegio.

—¿Nos habremos retrasado, Ocaña?

Y ya en el portal, por lo bajo:

—Sé bueno, Ocañita; sé siempre bueno. ¡Ese pobre Sequeros...!

Atravesaron el umbral santiguándose.

VI

¡El pobre Padre Sequeros hasta incurría en idolatría...!

Habiéndose separado el joven Ocaña del autorizado Atienza no se le apagaba aquella frase en las mientes, como si continuase oyéndola. De buena gana hubiera acudido á la celda del recluso voluntario en demanda de una aclaración. Con toda prudencia contuvo de momento las solicitaciones de la curiosidad.

Á la noche, en el refectorio, el Padre Superior definió su acostumbrado gesto equívoco resolviéndolo en sonrisa de evidente complacencia enderezada á Ocañita y que todos los Padres le envidiaron. Pero él andaba distraído; le atraía Sequeros, idólatra y loco presunto. Por algo chiflado siempre lo había tenido; pero idólatra... Esto era grave.

Leía aquella semana Estich, el ahilado y larguísimo retórico, vocalizando exageradamente de manera que sus oyentes pudieran coger al punto consonancias, asonancias, endecasílabos esporádicos y otros defectos de la prosa, porque frecuentando de continuo las obras satíricas de Valbuena, había caído en la presunción de poseer mucha agudeza crítica. El libro era Varones ilustres de la Compañía de Jesús, por el Padre Juan Eusebio Nieremberg. En los intersticios alimenticios, de plato á plato, la atención crecía. Encomiaba Nieremberg á un santísimo varón tan amante de la pobreza, que en los muchos años que vivió en la Compañía no había gastado sino un sombrero. Puntualizaba luego las otras virtudes del bendito Padre. «Era tan recogido que nunca salió de casa.» Y aquí se levantó un bisbiseo de risas, ahogadas tras de la servilleta. ¡Qué candor el de Nieremberg!

—¿De qué se ríen?—preguntó por lo bajo Ocaña á su vecino.

—Calle, hermano; luego se lo diré.

En el recreo de la noche, paseando por el tránsito del piso principal, todo se les volvía acosar á preguntas á Ocaña. Mur lo tomó aparte unos segundos.

—Creo, Padre Ocaña, que no estaría de más repetir otro día la cosa. Segunda salida de don Quijote. La de hoy ha tenido mucho éxito. El Padre Superior está satisfechísimo. No hay sino verle la cara.

Ocaña no quería otra cosa que volver á salir con Atienza; pero, no atreviéndose á tomar la iniciativa, dió gracias á Dios por venir los acontecimientos tan bien encarrilados para su gusto. Pasó el viernes y el sábado impaciente. El domingo á la tarde, así que se alongaron un trecho de la casa, Atienza propuso:

—¿Qué le parece ir hoy hacia la aldea?

—No se lo apruebo, Padre. Aunque la comparación parezca dura, yo no soy más que el gitano, y usted el osezno con argolla en la nariz que yo voy mostrando por las calles para que las gentes admiren su domesticidad.

—¡Cuerno! Tienes mucha razón. Vamos por las calles á divertir á la gente. Pero te advierto que tengo pocas ganas de andar, así es que volveremos pronto al cubil.

—Como usted resuelva. Y ahora voy á preguntarle algo que me importa.

Y le espetó lo de la idolatría.

—¡Voto al chápiro verde! Qué cosas se te ocurren... Idólatra y fetichista, y todo lo que quieras, pero sin herejía, no vayas á imaginar. No des nunca mucha importancia á las palabras gruesas que yo diga. Me explicaré. Quería referirme á la devoción exagerada y absorbente que Sequeros rinde y propaga al Corazón de Jesús, y señaladamente al venerable Padre Crisóstomo Riscal. Sabes que en la Iglesia de Cristo, á partir ya de San Pedro y San Pablo, se manifiestan dos porciones, como las valvas de una concha, una espiritualista y otra materialista. Nuestra Sociedad, no la dudes, trajo nueva substancia á la valva materialista. Atiende á los ejercicios de San Ignacio, á la manera que tiene de hacer intervenir las potencias del alma en la meditación; la composición de lugar, ó sea la materialización del espíritu, es lo primero y es el todo, en rigor, porque de esta suerte, en lugar de elevarnos de golpe, y con evidente riesgo, claro está, á las huecas y cristalinas regiones de lo inefable, permanecemos asidos á lo sensible, á lo tangible y concreto. Y esto es de manera tal, que trabajando el entendimiento sobre cosas casi palpables, en fuerza de imaginarlas atentamente, se inflama la voluntad y se robustece y determina el propósito. Con lo cual no parece sino que San Ignacio se propuso dar un gran sentido práctico á su Compañía, un impulso de acción, y, al propio tiempo, alejar á sus hijos del grave peligro de aletazos inútiles en la abstracción pura, en cuyo vientre vacío han germinado la mayor parte de las herejías y sandeces sin número. Pero, así como se incurre en anatema y error por aletazo de más del lado del espíritu, no se yerra menos revolcándose en la parte material y de cándido sensualismo. Esto es muy delicado. Si el hombre fuera más perfecto y de más firme inteligencia, no dudo que la religión se iría purificando de gran parte del rito y del culto, á lo menos en aquello que no es sino incentivo de la contemplación y vestidura de verdades que desnudas cegarían la flébil razón de las muchedumbres. Dios habló en el Antiguo Testamento con lenguaje apropiado al caletre de quienes le habían de oir; las verdades fundamentales de la creación y la historia milagrosa del pueblo elegido se guardan bajo la suave sombra que, como si fuera tupida ramazón, tiende el estilo, pintoresco, imaginativo, al gusto oriental, sembrado aquí y acullá de ocasionales errores, á los cuales se han agarrado los sabios chirles con ridículo regocijo. ¡Infelices! No comprenden que tenía que ser así... Por eso conviene, más que conviene, es de razón y necesidad distribuir en toda propaganda religiosa un atinado pasto de los sentidos, promoviendo el culto á ciertos idolillos inocentes y adobando la ceremonia con magnificencia, pompa y arte. Nuestra Sociedad, ateniéndose al ejemplo bíblico antes citado, ha hecho derivar la adoración teológica de la Trinidad, de suyo harto metafísica y á propósito para suscitar telarañas bizantinas, hacia la de una trinidad más moderna y de fácil comprensión, la de Jesús, María y José, matematizados, por decirlo así, en la fórmula JMJ. ¿Quién sino nuestra Compañía ha logrado que los Pontífices Pío IX y León XIII elevasen á San José al rango de patrono de la Iglesia católica, por encima de San Pedro y San Pablo? Hay que dar á Dios lo que es de Dios, y al vulgo lo que es del vulgo; pero, aquí de la cautela, del tacto, de la serenidad para mantenerse siempre fuera de esas nimiedades tristemente necesarias y exclusivamente externas, de trámite como quien dice. ¿Me entiendes? Y Sequeros se ha hundido de hoz y coz en ellas. Con toda reserva voy á comunicarte una cosa. No soy partidario del culto al Sagrado Corazón de Jesús, con parecer ello una cosa tan característica de nuestra Sociedad para ojos extraños, como el fajín que ceñimos. No me sorprende que Roma, en un principio, se opusiera á este culto de latría. El trueque de corazones entre la Alacoque y Jesucristo me parece una torpe y burda superchería. Sin embargo, nuestro Padre La Colombière y sus cofradías de cordiocolismo se impusieron. Él sabría lo que se hacía. Pero ahora ya no estamos en el siglo XVII. Este culto, puramente simbólico, del amor divino, es de condición tan frágil, en su forma sensible, que las gentes de poco seso al punto lo adulteran, convirtiéndolo en devoción á una víscera, sagrada por haber pertenecido al cuerpo de nuestro Salvador, pero no en mayor grado que otras vísceras de Cristo, porque ¿la ciencia es tan despreciable que vayamos á creer, á estas alturas, que, orgánicamente, el corazón es la residencia de los afectos? Revestir un concepto de carne simbólica es empresa de mucho fuste, como que no se requiere menos que abundar en genialidad poética; y en nuestra Sociedad, en donde relumbran varones conspicuos en muchos órdenes, no ha habido ningún poeta, ni malo ni bueno, porque supongo que no los reputarás por tales á nuestro amado, pero grotesco, Padre Alarcón, y mucho menos á Estich. ¿Eh?

—¡Qué cosas tiene! Siga, siga, aun cuando me sature de confusión; es como si al hambriento le embutiesen manjares recios y amostazados con toda violencia. Pero, siga, siga...

Atienza extrajo de la sotana un gran pañuelo á cuadros, exoneró con estrépito la nariz, carraspeó y se dispuso á continuar su disquisición.

—Te hablo desordenadamente, sin método, y de aquí nace quizá tu confusión. Pero esta confusión es aparente; á medida que tu espíritu trabaje en reposo (bonita paradoja) sobre cuanto te digo, verás cómo cada idea tiende á su justo plano y se superponen adecuadamente formando el pequeño universo de un sistema. Creo que por hoy tenemos bastante...

—No, no. ¿Y Sequeros?

—¡Recuerno! Te he dicho todo lo que tenía que decirte. Sequeros es un alma de cántaro: bueno, bueno, bueno, mejor no puede ser; pero cargado de flato y de visiones á tanta presión, que el peor día estalla. Sí, hijo mío. Ya sabes que en las constituciones de San Ignacio se prohibe que sean admitidos en la Compañía aquellos individuos que propenden al ensueño. ¿Conoces á nadie que propenda más determinadamente que Sequeros? ¿Cuál es la teogonía y teología de Sequeros? ¿De qué manera concibe la región de los bienaventurados? Helo aquí: un puchero rojo, ceñido de una guirnalda de juncos y espinas, coronado por una llama que surge de su seno, del propio modo que de una tortilla al ron...

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús! Padre Atienza...

—¡Voto al chápiro! Que no hay de qué horrorizarse... No es culpa mía, sino de los malos artistas, como el Hermano Ortega, como el Padre Quevedo, que con sus pecadoras manos han traído á tan baja condición una cosa tan alta. Examina, examina atentamente las imágenes y lienzos devotos que gozamos en este punto. Pues en ellos se inspira Sequeros. Bien. Esta cosa que te he dicho, en el centro y sitio más eminente del cielo. Al lado, su administrador, que es el Padre Crisóstomo Riscal, con la imagen de la cosa en cuestión, grabada en el pecho, sobre la sotana, y del cacharro sale una voz que dice: «Reinaré en España y con más veneración que en otras partes». Luego ya, todo lo que hay en el empíreo, es secundario para Sequeros. Ahora, serénate y atiende. Como Sequeros tiene vehemencia, sinceridad, efusión, y es honesto y buen mozo, comienza á hacer sus propagandas de cordiocolismo y riscalismo, y todas las madreselvas se vuelven locas. Es natural. Pero, una vez que ha traído á casa todo lo que tenía que traer, ¿conviene que su fuego apostólico siga propagándose á otras esferas de la sociedad con aquella puerilidad inconsistente que es su característica? ¡Líbrenos Dios! Hasta ahora se nos ha escarnecido, injuriado, perseguido; nunca se ha intentado ponernos en ridículo. Y ¡ay, cuando se abra la brecha! Por eso Sequeros está que ni pintado para los chicos: en casita, sí, en casita...

Aquel día no se dijeron más cosas que importen.

VII

EL PROFETA

Todos los alumnos creían en la santidad de Sequeros; le consideraban adornado con ese don especialísimo que Dios otorga raras veces: la previsión de los acontecimientos por venir. Era profeta. Los hechos lo tenían suficientemente comprobado. Además sustentaba relaciones íntimas con el mundo suprasensible, espiritual; sabía los minutos cabales que su madre había permanecido en el purgatorio y los siglos que le habían durado; había visto con los ojos del alma, pero tan claramente como con los de la carne, el sitio que le estaba asignado en el cielo, á corta distancia del amadísimo Padre Riscal y de la favorecida Alacoque; había retumbado en sus oídos mortales la voz áspera y fétida de Satanás, á quien había conjurado con el signo de la cruz; y otra porción de prodigios que él mismo refería á los alumnos de la división, á las horas de recreo y en los paseos. De esta suerte les satisfacía la curiosidad con el elixir de lo maravilloso, les aligeraba la voluntad y los conducía por medio del prestigio y del amor. Pero, desgraciadamente, el sol rudo de estío, la holganza y las malas compañías, disipaban los vapores místicos que Sequeros con tanta diligencia alimentaba en las tiernas mentes. ¡Dichosas vacaciones del diablo!... Los niños volvían escépticos, con el corazón empedernido. Y aquel año más que nunca. Sequeros se mostraba atribuladísimo, extremaba sus narraciones milagrosas, quedábase algunos momentos como en arrobo, llevaba la mano al pecho y compungía el rostro, dando á entender horribles dolores y amarguras; suspiraba sonoramente cuando menos se pensase, á lo mejor en el silencio de los estudios, por que no pasase inadvertida su cuita. Á pesar de todo, los niños no entraban por los deberes religiosos, y los pocos que retornaban á las antiguas prácticas devotas parecían hacerlo con frialdad, remolona ó hipócritamente. El primer sábado, á la hora de la confesión, sólo acudieron al santo tribunal cuatro alumnos: Abelardo Macías, aquel muchachete anémico, acosado de alucinaciones y con pretensiones de santidad; Manolito Trinidad, el lánguido hipócrita, desconfianza perdurable de sus camaradas; Casiano López, bodoque de remoquete, candoroso mancebo y objeto de vaya continua por el fútil pretexto de haber rotulado el engendrador de sus días «La costura acerada» á un bazar de calzado, muy boyante, de que era dueño, y Ángel Caztán, el mexicano, de lúbricos labios bozales, tez mate y ojillos codiciosos. Dióse la palmada, en el estudio de la noche. «Salgan los que quieren confesar», dijo el Padre Sequeros. Y se levantaron aquellos cuatro, que, acompañados de Mur, se encaminaron á la celda del confesor elegido. Dijérase que fué una cuchillada que le asestasen al pobre Padre Sequeros: tal se puso de lívido, y con tanta angustia revolvió los ojos en sus órbitas. Algunos niños se sintieron pesarosos y á punto de querer confesarse; pero pudo más en ellos la timidez de evacuar en el seno de un confesor leves torpezas de los amables meses libres.

Las oraciones, al comienzo y final de los estudios, las rezaban contadísimas bocas, y esas como por rutina, con frialdad y voz endeble.

Un día, el Padre Sequeros comenzó como de costumbre:

—En el nombre del Padre, del Hijo, del...

Le siguieron dos ó tres. El resto, de rodillas sobre los bancos, permanecía en distracción absoluta, algunos cruzados de brazos, los más con las manos en los bolsillos del blusón, arrebolados aún por la fatiga del juego. El inspector asegundó, casi adusto:

—En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu...

Santiguábase con mucha solemnidad, dando gran amplitud al movimiento del brazo. Le siguieron los mismos de la primera vez. Hubo un silencio enojoso. El Padre Sequeros comenzó de nuevo, ahora con voz entrecortada:

—En el nombre del Padre...

Y como su ejemplo no fuera eficaz rompió en sollozos, los cuales, á causa del acento fuertemente masculino, eran conmovedores. Abrió los brazos en cruz; la garganta se le henchía, bermeja y congestionada. Los niños le miraban con ojos espantados. Macías se echó á llorar. Bertuco pensó desfallecer. Unos pocos se guiñaban el ojo, burlándose. Coste susurró á Bárcenas:

—¡Está chiflado!

Bárcenas le colocó entre las costillas un codazo que dejó sin sentido al pobre gallego. Y, al fin, espontáneamente, la división entera, aullando con frenética devoción y arrepentimiento, se santiguó.

—¡En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. Amén!

Sentáronse, dispuestos á sus faenas y con propósito de enmendarse. Sin embargo, á los dos ó tres días el entusiasmo se congeló por entero.

En los paseos, cuando después de romper filas vagaban los niños por algún pradezuelo ó bosque aldeano, el Padre Sequeros solía ensayarles en himnos corales; el de San Ignacio, el del Padre Riscal, que él mismo había compuesto:

¿Quién dió á la España la nueva alegre

de los amores del Salvador?

Riscal ha sido, que en San Ambrosio

del mismo Cristo la recibió.

Este año ¡ay! los cantos eran inútiles; ningún alumno estaba para músicas celestiales. Otro paso de tortura para Sequeros.

El segundo sábado, el número de confesandos subió á seis; número misérrimo.

Esto aconteció un día de Octubre, ceniciento é ingrato. Llovía acerbamente. La noche salió de su escondrijo antes que de costumbre. Los recreos hubieron de ser bajo los cobertizos. Al comenzar el estudio de las cinco y media, la obscuridad lo envolvía ya todo. Los alumnos se hallaban con desgana para el estudio, díscolos é inquietos como nunca, especialmente Ricardín Campomanes, á quien el Padre Sequeros amaba señaladamente, á causa de su inocente condición: era un azogue. Le reprendió varias veces, inútilmente. Del propio modo amonestó á toda la división. La voz se le fué calentando y haciendo conminatoria. Los ojos le despedían flechas de luz; la sangre huyó de sus labios.

—¡Os burláis de Dios; apuñaláis el delicadísimo y amorosísimo Corazón de Jesús, lo apuñaláis, lo apuñaláis con saña, con frenesí, cobardemente...! Habéis cerrado los oídos á sus mansos requerimientos. Le tenéis á vuestro lado y no le queréis ver. Os quiere envolver en misericordia y le rechazáis... Pues bien; ha llegado la hora de la justicia. ¿Os reisteis? Ahora lloraréis. ¿Desdeñasteis? Ahora imploraréis. ¿Fuisteis duros? Ahora os ablandaréis, mal que os pese. La mano de Dios está sobre vuestras cabezas. ¡Ay de vosotros si descarga su justo enojo!

¡Sí, sí! Todo aquello estaba muy bien para las beatas viejas, pero no para aquel vivero de mocetes que se creían ya hombres, de la cabeza á los pies. Macías, Trinidad y otros pocos, manifestábanse consternadísimos. Bertuco estaba serio, reconcentrado. El resto, atendía á la lluvia tanto como al machaqueo terrorífico del inspector. Ricardín andaba atareadísimo en cazar moscas. Había hecho una plaza de toros de papel, con sus toriles, en donde aprisionaba las moscas, habiéndoles mutilado las alas, y luego las sometía á torturas inenarrables, rematándolas á descabello con una pluma de corona. Escuchó vagamente las amenazas del Padre Sequeros, más por frivolidad que por despego. Un moscardón, atontado por el frío, vino á pararse sobre el pupitre de Ricardín. ¡Este sí que es bueno! El niño adelanta la mano, con toda precaución, doblando los dedos en forma de cáscara marina, hasta ponerla próxima al aterido animalucho; la imprimió rápido movimiento transversal, en sentido del moscardón, rasando el pupitre, y ¡oh triunfo! lo aprisionó. Pero ¿en dónde lo guardaba? Se acordó de un alfiletero para barras de lápiz automático que estaba dentro del pupitre. Disimuladamente, con infinitas combinaciones y una mano sola, que la otra guardaba la presa, logró apoderarse del alfiletero sin que el inspector parase en él la atención. El bicho, con el calor de la mano, revivía y se agitaba desesperado; pasó á su nuevo alojamiento sin peripecia digna de mención. Y ya en este punto, Ricardín se aplicó á componer un dístico jocoso, que había de colocar á manera de rabo y banderín en la trasera del moscardón. Cortó una tira de papel y escribió esta singular y enigmática aleluya:

Al fuelle Trinidad le da el azteca

un buen pitón de lavativa seca.

Arrolló la tira de papel, aguzándola en un extremo, que hundió en el vientre del bichejo, y lo echó á volar, lleno de orgullo por la hazaña. Siendo el bagaje mucho, el moscardón batió las alas con toda su fuerza, de manera que movía un gran zumbido, el cual hubo de poner alerta al estudio y dar ocasión á risas sofocadas cuando se vió cruzar por el aire la bandera de papel, de insólitas dimensiones. Las traicioneras miradas denunciadoras indicaron en seguida al inspector quién fuese el culpable. Ricardín quedó anonadado. ¡Tan bien como le había salido...! ¡Malditos fuelles!

—Veo que no tienes enmienda, Ricardín. Ponte de rodillas en el centro del estudio.

El niño obedeció. Llevaba el rostro muy compungido. Á los dos minutos ya estaba en cuclillas, revolcándose por el suelo, gateando bajo las mesas, pellizcando á sus amigos en las piernas, hasta que por su mala fortuna llegó á la femenina pantorrilla de Manolo Trinidad, á quien pellizcó de la propia suerte que á los otros; pero fuera por la más aguda sensibilidad de este jovencito, fuera con el malévolo propósito de poner en evidencia al enredador, ello es que Trinidad lanzó un alarido de parturienta, adredemente prolongado durante medio minuto; y justo es decir que la segunda parte del lamento tuvo causa bastante, porque Coste, que había sufrido heroicamente varios pellizcos con retorcimiento por no comprometer á su compañero, viendo que el dulce Trinidad se dolía tan de pronto y con escándalo, no pudo reprimirse, y le aplicó tal pisotón, que á poco le quiebra los huesos de un pie, convirtiéndoselo en pata de palmípedo, y por lo bajo le dijo colérico:

—¡Calla, marica!

El Padre Sequeros levantó los ojos del libro de oraciones en oyendo el alarido. Ricardín salía de debajo de las mesas, corriendo á todo correr, en cuatro patas.

—Esto es ya intolerable. Salga usted del estudio, señor Campomanes.

—¡Si no fué él! ¡Si no fué él!—suspiraba Manolo Trinidad.

Pero Sequeros, á quien desagradaban las artes hipócritas y rastreras de Trinidad, le hizo callar sin más averiguaciones. Coste respiró, y en la primera coyuntura, hundiendo mucho la cabeza en el libro, de modo que aparentaba estar absorto en el estudio, envió á Trinidad estas palabras, lentas y cortantes:

—¡Si dices algo, te saco los hígados; te los saco, fuelle!—Y le lanzaba ojeadas iracundas, sin dejar de tañer el invisible cornetín.

El trueno rebullía sordamente, á lo lejos. Caía la lluvia, emperezada y rumorosa. Bertuco pensaba en su émulo poético, Ricardín, que en aquel momento estaba á la intemperie, en el patio central del colegio, al cual dan los estudios.

Ricardín, entretanto, poseído de zozobra y pavor, no sabía qué hacerse. Ahora se acurrucaba contra el quicio de la puerta, como oveja rezagada que, fuera de la majada, busca el calor del hato; luego corría tiritando, la mano sobre los ojos, por guardarse del flechazo de los relámpagos.

La tormenta rodaba, acercándose. Una vaga desazón invadía el pecho de los niños. La luz de los velones parecía amortiguarse, asustada. Por los resquicios de las contraventanas filtrábase, de vez en vez, la fosforescencia de las exhalaciones, trayendo á la zaga formidables estampidos.

Comenzó el rosario. El primer misterio se rezó de rodillas sobre los bancos; los otros cuatro en el asiento, para volver á arrodillarse en la letanía. Abelardo era el guía; respondían todos fervorosamente.

—Vas spirituale.

—Ora pro nobis.

—Vas honorabile.

—Ora pro nobis.

—Vas insigne devotionis.

—Ora pro nobis.

El recinto se inflama con una cegadora luz azulina. Horrísono tableteo de cataclismo estremece los muros. Ábrese la puerta violentamente é irrumpe Ricardín, enloquecido, clamoroso, con los brazos abiertos, demudado el rostro, los ojos como cristalizados é insensibles, híspido el cabello; da unos cuantos pasos vacilantes y cae en tierra. Todos los niños gritan, espantados; pegan la frente sobre las losas, y, juzgando que es el fin del mundo, el desatarse de la cólera divina, según había predicho Sequeros, imploran angustiadamente:

—¡Misericordia! ¡Absolución! ¡Absolución!

El jesuíta los bendice. Pasan unos minutos, inacabables, en espera de la segunda sacudida, que ha de hacer añicos y escombros el universo. Mas ya la tormenta huye; los monstruos del estrago braman cada vez más lejos.

Los niños van recobrándose lentamente; se miran unos á otros con extraviada pupila; rezan en voz baja; todos quieren confesarse en el acto. El Padre Sequeros les disuade.

—El sábado próximo lo haréis, y no se os olvide esta lección.

Pero los niños tienen memoria de pájaros. Á los dos días, si se acordaban del medroso paso, era para avergonzarse de tanta pusilanimidad. Le echaban la culpa á Campomanes por haberlos sobresaltado con su aparición súbita y la caída, que lo tomaron por muerto. Y Ricardín contestaba:

—Sí, sí; quisiera yo haberos visto afuera.