WeRead Powered by ReaderPub
Abel Sánchez: Una Historia de Pasión cover

Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

Chapter 16: XV
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

The story traces a lifelong rivalry between two childhood friends, one outwardly charismatic and successful, the other introspective and consumed by envy. As their lives diverge—one pursuing artistic distinction and the other scientific study—the narrator records a confession that reveals obsessive hatred toward the other's achievements, romantic entanglements, and progeny. Fragments of private reflection alternate with narrated episodes from childhood to maturity, showing how jealousy distorts perception, corrodes relationships, and produces moral anguish. The work examines pride, identity, and the destructive effects of resentful devotion.

X

«Cuando Abel tuvo su hijo—escribía en su Confesión Joaquín—sentí que el odio se me enconaba. Me había invitado a asistir a Helena al parto, pero me excusé con que yo no asistía a partos, lo que era cierto y con que no sabría conservar toda la sangre fría, mi sangre arrecida más bien, ante mi prima si se viera en peligro. Pero mi diablo me insinuó la feroz tentación de ir a asistirla y de ahogar a hurtadillas al niño. Vencí a la asquerosa idea.

»Aquel nuevo triunfo de Abel, del hombre, no ya del artista—el niño era una hermosura, una obra maestra de salud y de vigor, un angelito» decían—me apretó aun más a mi Antonia, de quien esperaba el mío. Quería, necesitaba que la pobre víctima de mi ciego odio—pues la víctima era mi mujer más que yo—fuese madre de hijos míos, de carne de mi carne, de entrañas de mis entrañas torturadas por el demonio. Sería la madre de mis hijos y por ellos superiora a las madres de los hijos de otros. Ella, la pobre, me había preferido a mí, al antipático, al despreciado, al afrentado; ella había tomado lo que otra desechó con desdén y burla. Y hasta me hablaba bien de ellos!

»El hijo de Abel, Abelín, pues le pusieron el nombre mismo de su padre y como para que continuara su linaje y la gloria de él, el hijo de Abel; que habría de ser andando el tiempo instrumento de mi desquite, era una maravilla de niño. Y yo necesitaba tener uno así, más hermoso aún que él.»


XI

—Y qué preparas ahora?—le preguntó a Abel Joaquín un día en que, habiendo ido a ver al niño, se encontraron en el cuarto de estudio de aquél.

—Pues ahora voy a pintar un cuadro de Historia, o mejor, de Antiguo Testamento, y me estoy documentando...

—Cómo? Buscando modelos de aquella época?

—No, leyendo la Biblia y comentarios a ella.

—Bien digo yo, que tú eres un pintor científico...

—Y tú un médico artista, no es eso?

—Peor que un pintor científico... literato! Cuida de no hacer con el pincel literatura!

—Gracias por el consejo.

—Y cuál va a ser el asunto de tu cuadro?

—La muerte de Abel por Caín, el primer fratricidio.

Joaquín palideció aún más, y mirando fijamente a su primer amigo, le preguntó a media voz:

—Y cómo se te ha ocurrido eso?

—Muy sencillo—contestó Abel sin haberse percatado del ánimo de su amigo;—es la sugestión del nombre. Como me llamo Abel... Dos estudios de desnudo...

—Sí, desnudo del cuerpo...

—Y aun del alma...

—Pero piensas pintar sus almas?

—Claro está! El alma de Caín, de la envidia, y el alma de Abel...

—Alma de qué?

—En eso estoy ahora. No acierto a dar con la expresión, con el alma de Abel. Porque quiero pintarle antes de morir, derribado en tierra y herido de muerte por su hermano. Aquí tengo el Génesis y el Caín de lord Byron; lo conoces?

—No, no conozco el Caín de lord Byron. Y qué has sacado de la Biblia?

—Poca cosa... Verás—y tomando un libro, leyó: «y conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y parió a Caín y dijo: He adquirido varón por Jehová. Y después parió a su hermano Abel y fué Abel pastor de ovejas, y Caín fué labrador de la tierra. Y aconteció, andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová y Abel trajo de los primogénitos de sus ovejas y de su grosura. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda, mas no miró propicio a Caín y a la ofrenda suya...»

—Y eso, por qué?—interrumpió Joaquín. Por qué miró Dios con agrado la ofrenda de Abel y con desdén la de Caín?

—No lo explica aquí...

—Y no te lo has preguntado tú antes de ponerte a pintar tu cuadro?

—Aún no... Acaso porque Dios veía ya en Caín el futuro matador de su hermano... al envidioso...

—Entonces es que le había hecho envidioso, es que le había dado un bebedizo. Sigue leyendo.

—«Y ensañóse Caín en gran manera y decayó su semblante. Y entonces Jehová dijo a Caín: Por qué te has ensañado? y por qué se ha demudado tu rostro? Si bien hicieres, no serás ensalzado? y si no hicieres bien el pecado está a tu puerta. Ahí está que te desea, pero tú le dominarás...»

—Y le venció el pecado—interrumpió Joaquín—porque Dios le había dejado de su mano. Sigue!

—«Y habló Caín a su hermano Abel, y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y le mató. Y Jehová dijo a Caín...»

—Basta! No leas más. No me interesa lo que Jehová dijo a Caín luego que la cosa no tenía ya remedio.

Apoyó Joaquín los codos en la mesa, la cara entre las palmas de la mano, y clavando una mirada helada y punzante en la mirada de Abel, sin saber de qué alarmado, le dijo:

—No has oído nunca una especie de broma que gastan con los niños que aprenden de memoria la Historia sagrada cuando les preguntan: «Quién mató a Caín?»

—No!

—Pues sí, les preguntan eso y los niños, confundiéndose, suelen decir: «su hermano Abel!»

—No sabía eso.

—Pues ahora lo sabes. Y dime, tú que vas a pintar esa escena bíblica... y tan bíblica! no se te ha ocurrido pensar que si Caín no mata a Abel habría sido éste el que habría acabado matando a su hermano?

—Y cómo se te puede ocurrir eso?

—Las ovejas de Abel eran aceptas a Dios, y Abel, el pastor, hallaba gracia a los ojos del Señor, pero los frutos de la tierra de Caín, del labrador, no gustaban a Dios ni tenía para él gracia Caín. El agraciado, el favorito de Dios era Abel... el desgraciado Caín...

—Y qué culpa tenía Abel de eso?

—Ah, pero tú crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos, no tienen culpa de ello? La tienen de no ocultar y ocultar como una vergüenza, que lo es todo favor gratuito, todo privilegio no ganado por propios méritos, de no ocultar esa gracia en vez de hacer ostentación de ella. Porque no me cabe duda de que Abel restregaría a los hocicos de Caín su gracia, le azuzaría con el humo de sus ovejas sacrificadas a Dios. Los que se creen justos suelen ser unos arrogantes que van a deprimir a los otros con la ostentación de su justicia. Ya dijo quien lo dijera que no hay canalla mayor que las personas honradas...

—Y tú sabes—le preguntó Abel sobrecojido por la gravedad de la conversación—qué Abel se jactara de su gracia?

—No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto a su hermano mayor, ni pidió al Señor gracia también para él. Y sé más, y es que los abelitas han inventado el infierno para los cainitas porque si no su gloria les resultaría insípida. Su goce está en ver, libres de padecimiento, padecer a los otros...

—Ay, Joaquín, Joaquín, qué malo estás!

—Sí, nadie es médico de sí mismo. Y ahora, dame ese Caín de lord Byron, que quiero leerlo.

—Tómalo!

—Y dime, no te inspira tu mujer algo para ese cuadro? no te da alguna idea?

—Mi mujer? En esta tragedia no hubo mujer.

—En toda tragedia la hay, Abel.

—Sería acaso Eva...

—Acaso... La que les dió la misma leche; el bebedizo...


XII

Leyó Joaquín el Caín de lord Byron. Y en su Confesión escribía más tarde:

«Fué terrible el efecto que la lectura de aquel libro me hizo. Sentí la necesidad de desahogarme y tomé unas notas que aún conservo y las tengo ahora aquí, presentes. Pero fué sólo por desahogarme? No; fué con el propósito de aprovecharlas algún día pensando que podrían servirme de materiales para una obra genial. La vanidad nos consume. Hacemos espectáculo de nuestras más íntimas y asquerosas dolencias. Me figuro que habrá quien desee tener un tumor pestífero como no le ha tenido antes ninguno para hombrearse con él. Esta misma Confesión no es algo más que un desahogo?

»He pensado alguna vez romperla para librarme de ella. Pero me libraría? No! Vale más darse en espectáculo que consumirse. Y al fin y al cabo no es más que espectáculo la vida.

»La lectura del Caín de lord Byron me entró hasta lo más íntimo. Con que razón culpaba Caín a sus padres de que hubieran cojido de los frutos del árbol de la ciencia en vez de cojer de la del árbol de la vida! A mí, por lo menos, la ciencia no ha hecho más que exacerbarme la herida.

»Ojalá nunca hubiera vivido!—digo con aquel Caín. Por qué me hicieron? Por qué he de vivir? Y lo que no me explico es cómo Caín no se decidió por el suicidio. Habría sido el más noble comienzo de la historia humana. Pero por qué no se suicidaron Adán y Eva después de la caída y antes de haber dado hijos? Ah, es que entonces Jehová habría hecho otros iguales y otro Caín y otro Abel. No se repetirá esta misma tragedia en otros mundos, allá por las estrellas? Acaso la tragedia tiene otras representaciones, sin que baste el extremo de la tierra. Pero fué extremo?

»Cuando leí cómo Luzbel le declaraba a Caín cómo era éste, Caín, inmortal, es cuando empecé con terror a pensar si yo también seré inmortal y si será inmortal en mí mi odio. «Tendré alma—me dije entonces»—será este mi odio alma? y llegué a pensar que no podría ser de otro modo, que no puede ser función de un cuerpo un odio así. Lo que no había encontrado con el escalpelo en otros lo encontré en mí. Un organismo corruptible no podía odiar como yo odiaba. Luzbel aspiraba a ser Dios, y yo desde muy niño, no aspiré a anular a los demás? Y cómo podía ser yo tan desgraciado si no me hizo tal el creador de la desgracia?

»Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, como nada le costaba a él, al otro, hacer sus cuadros; pero a mí? a mí me costaba mucho diagnosticar las dolencias de mis enfermos.

«Quejábase Caín de que Adah, su propia querida Adah, su mujer y hermana, no comprendiera el espíritu que a él le abrumaba. Pero sí, sí, mi Adah, mi pobre Adah comprendía mi espíritu. Es que era cristiana. Mas tampoco yo encontré algo que conmigo simpatizara.

»Hasta que leí y releí el Caín byroniano, yo, que tantos hombres había visto agonizar y morir, no pensé en la muerte, no la descubrí. Y entonces pensé si al morir me moriría con mi odio, si se moriría conmigo o si me sobreviviría; pensé si el odio sobrevive a los odiadores, si es algo sustancial y que se trasmite, si es el alma, la esencia misma del alma. Y empecé a creer en el Infierno y que la muerte es un ser, es el Demonio, es el Odio hecho persona, es el Dios del alma. Todo lo que mi ciencia no me enseñó me enseñaba el terrible poema de aquel gran odiador que fué lord Byron.

»Mi Adah también me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba, cuando no podía trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo. «No vayas con ese Espíritu!»—me gritaba mi Adán. Pobre Antonia! Y me pedía también que le salvara de aquel Espíritu. Mi pobre Adán no llegó a odiarlos como los odiaba yo. Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido capaz de quererla me habría salvado. Era para mí otro instrumento de venganza. Queríala para madre de un hijo o de una hija que me vengaran. Aunque pensé, necio de mí, que una vez padre se me curaría aquello. Mas acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para trasmitir mi odio, para inmortalizarlo.

»Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de Caín y Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecojí de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. Y yo que tanto me había reído de la creencia en él! Era el Infierno!

»Cuando leí cómo Adah habló a Caín de su hijo, de Enoc, pensé en el hijo, o en la hija que habría de tener; pensé en ti, hija mía, mi redención y mi consuelo; pensé en que tú vendrías a salvarme un día. Y al leer lo que aquel Caín decía a su hijo dormido e inocente, que no sabía que estaba desnudo, pensé si no había sido en mí un crimen engendrarte, pobre hija mía! Me perdonarás haberte hecho? Y al leer lo que Adah decía a su Caín, recordé mis años de paraíso, cuando aun no iba a cazar premios, cuando no soñaba en superar a todos los demás. No, hija mía, no; no ofrecí mis estudios a Dios con corazón puro, no busqué la verdad y el saber, sino que busqué los premios y la fama y ser más que él.

»El, Abel, amaba su arte y lo cultivaba con pureza de intención y no trató nunca de imponérseme. No, no fué él quien me la quitó, no! Y yo llegué a pensar en derribar el altar de Abel, loco de mí! Y es que no había pensado más que en mí.

»El relato de la muerte de Abel tal y como aquel terrible poeta del demonio nos le expone, me cegó. Al leerlo sentí que se me iban las cosas y hasta creo que sufrí un mareo. Y desde aquel día, gracias al impío Byron, empecé a creer.»


XIII

Le dió Antonia a Joaquín una hija. «Una hija—se dijo—y él un hijo!» Mas pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empezó a querer a su hija con toda la fuerza de su pasión y por ella a la madre. «Será mi vengadora»—se dijo primero, sin saber de qué habría de vengarle, y luego: «Será mi purificadora».

«Empecé a escribir esto—dejó escrito en su Confesión—más tarde para mi hija, para que ella, después de yo muerto, pudiese conocer a su pobre padre y compadecerle y quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando su inocencia, pensaba que para criarla y educarla pura tenía yo que purificarme de mi pasión, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decidí hacerle que amase a todos y sobre todo a ellos. Y allí, sobre la inocencia de su sueño, juré libertarme de mi infernal cadena. Tenía que ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel.»

Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado su cuadro, lo llevó a una Exposición, donde obtuvo un aplauso general y fué admirado como estupenda obra maestra, y se le dió la medalla de honor.

Joaquín iba a la sala de la Exposición a contemplar el cuadro y a mirar en él, como si mirase en un espejo, al Caín de la pintura y a espiar en los ojos de las gentes si le miraban a él, después de haber mirado al otro.

«Torturábame la sospecha—escribió en su Confesión—de que Abel hubiese pensado en mí al pintar su Caín, de que hubiese descubierto todas las insondables negruras de la conversación que con él mantuve en su casa cuando me anunció su propósito de pintarlo y cuando me leyó los pasajes del Génesis, y yo me olvidé tanto de él y pensé tanto en mí mismo, que puse al desnudo mi alma enferma. Pero no! No había en el Caín de Abel el menor parecido conmigo, no pensó en mí al pintarlo, es decir, no me despreció, no lo pintó desdeñándome, ni Helena debió de decirle nada de mí. Les bastaba con saborear el futuro triunfo, el que esperaban. Ni siquiera pensaban en mí!

»Y esta idea de que ni siquiera pensasen en mí, de que no me odiaran, torturábame aun más que lo otro. Ser odiado por él con un odio como el que yo le tenía, era algo y podía haber sido mi salvación.»

Y fué más allá, o entró más dentro de sí Joaquín, y fué que lanzó la idea de dar un banquete a Abel para celebrar su triunfo y que él, su amigo de siempre, su amigo de antes de conocerse, le ofrecería el banquete.

Joaquín gozaba de cierta fama de orador. En la Academia de Medicina y Ciencias era el que dominaba a los demás con su palabra cortante y fría, precisa y sarcástica de ordinario. Sus discursos solían ser chorros de agua fría sobre los entusiasmos de los principiantes, acres lecciones de escepticismo pesimista. Su tesis ordinaria que nada se sabía de cierto en Medicina, que todo era hipótesis y un continuo tejer y destejer, que lo más seguro era la desconfianza. Por esto, al saberse que era él, Joaquín, quien ofrecería el banquete, echáronse los más a esperar alborozados un discurso de doble filo, una disección despiadada, bajo apariencias de elogio, de la pintura científica y documentada, o bien un encomio sarcástico de ella. Y un regocijo malévolo corría por los corazones de todos los que habían oído alguna vez hablar a Joaquín del arte de Abel. Apercibiéronle a éste del peligro.

—Os equivocáis—les dijo Abel.—Conozco a Joaquín y no le creo capaz de eso. Sé algo de lo que le pasa, pero tiene un profundo sentido artístico y dirá cosas que valga la pena de oirlas. Y ahora quiero hacerle un retrato...

—Un retrato?

—Sí, vosotros no le conocéis como yo. Es un alma de fuego, tormentosa...

—Hombre más frío...

—Por fuera. Y en todo caso dicen que el fuego quema. Es una figura que ni a posta...

Y este juicio de Abel llegó a oídos del juzgado, de Joaquín, y le sumió más en sus cavilaciones. «Qué pensará en realidad de mí?», se decía.—«Será cierto que me tiene así, por un alma de fuego, tormentosa? Será cierto que me reconoce víctima del capricho de la suerte?»

Llegó en esto a algo de que tuvo que avergonzarse hondamente, y fué que, recibida en su casa una criada que había servido en la de Abel, la requirió de ambiguas familiaridades aun sin comprometerse, no más que para inquirir de ella lo que en la otra casa hubiera oído decir de él.

—Pero, vamos, dime, es que no les oíste nunca nada de mí?

—Nada, señorito, nada.

—Pero no hablaban alguna vez de mí?

—Como hablar, sí, creo que sí, pero no decían nada.

—Nada, nunca nada?

—Yo no les oía hablar. En la mesa, mientras yo les servía, hablaban poco y cosas de esas de que se habla en la mesa. De los cuadros de él...

—Lo comprendo. Pero nada, nunca nada de mí?

—No me acuerdo.

Y al separarse de la criada sintió Joaquín entrañada aversión a sí mismo. «Me estoy idiotizando—se dijo.—Qué pensará de mí esta muchacha!» Y tanto le acongojó esto que hizo que con un pretexto cualquiera se le despachase a aquella criada. «Y si ahora va—se dijo luego—y vuelve a servir a Abel y le cuenta esto?» Por lo que estuvo a punto de pedir a su mujer que volviera a llamarla. Mas no se atrevió. E iba siempre temblando de encontrarla por la calle.


XIV

Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió la noche de la víspera.

—Voy a la batalla, Antonia—le dijo a su mujer al salir de casa.

—Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.

—Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita...

—Sí, ven, mírala... está dormida...

—Pobrecilla! No sabe lo que es el demonio! Pero yo te juro, Antonia, que sabré arrancármelo. Me lo arrancaré, lo estrangularé y lo echaré a los pies de Abel. Le daría un beso si no fuese que temo despertarla...

---No, no! Bésala!

Inclinóse el padre y besó a la niña dormida, que sonrió al sentirse besada en sueños.

—Ves, Joaquín, también ella te bendice.

—Adiós, mujer!—Y le dió un beso largo, muy largo.

Ella se fué a rezar ante la imagen de la Virgen.

Corría una maliciosa expectación por debajo de las conversaciones mantenidas durante el banquete. Joaquín, sentado a la derecha de Abel, e intensamente pálido, apenas comía ni hablaba. Abel mismo empezó a temer algo.

A los postres se oyeron siseos, empezó a cuajar el silencio, y alguien dijo: «Que hable!» Levantóse Joaquín. Su voz empezó temblona y sorda, pero pronto se aclaró y vibraba con un acento nuevo. No se oía más que su voz, que llenaba el silencio. El asombro era general. Jamás se había pronunciado un elogio más férvido, más encendido, más lleno de admiración y de cariño a la obra y a su autor. Sintieron muchos asomárseles las lágrimas cuando Joaquín evocó aquellos días de su común infancia con Abel, cuando ni uno ni otro soñaban lo que habrían de ser.

«Nadie le ha conocido más adentro que yo—decía;—creo conocerte mejor que me conozco a mí mismo, más puramente, porque de nosotros mismos no vemos en nuestras entrañas sino el fango de que hemos sido hechos. Es en otros donde vemos lo mejor de nosotros y lo amamos, y eso es la admiración. El ha hecho en su arte lo que yo habría querido hacer en el mío, y por eso es uno de mis modelos; su gloria es un acicate para mi trabajo y es un consuelo de la gloria que no he podido adquirir. El es nuestro, de todos, él es mío sobre todo, y yo, gozando su obra, la hago tan mía como él la hizo suya creándola. Y me consuelo de verme sujeto a mi medianía...»

Su voz lloraba a las veces. El público estaba subyugado, vislumbrando oscuramente la lucha gigantesca de aquel alma con su demonio.

«Y ved la figura de Caín—decía Joaquín dejando gotear las ardientes palabras,—del trágico Caín, del labrador errante, del primero que fundó ciudades, del padre de la industria, de la envidia y de la vida civil, vedla! Ved con qué cariño, con qué compasión, con qué amor al desgraciado está pintada. Pobre Caín! Nuestro Abel Sánchez admira a Caín como Milton admiraba a Satán, está enamorado de su Caín como Milton lo estuvo de su Satán, porque admirar es amar y amar es compadecer. Nuestro Abel ha sentido toda la miseria, toda la desgracia inmerecida del que mató al primer Abel, del que trajo, según la leyenda bíblica, la muerte al mundo. Nuestro Abel nos hace comprender la culpa de Caín, porque hubo culpa, y compadecerle y amarle... Este cuadro es un acto de amor!»

Cuando acabó Joaquín de hablar medió un silencio espeso, hasta que estalló una salva de aplausos. Levantóse entonces Abel y, pálido, convulso, tartamudeante, con lágrimas en los ojos, le dijo a su amigo:

—Joaquín, lo que acabas de decir vale más, mucho más que mi cuadro, más que todos los cuadros que he pintado, más que todos los que pintaré... Eso, eso es una obra de arte y de corazón. Yo no sabía lo que he hecho hasta que te he oído. Tú y no yo has hecho mi cuadro, tú!

Y abrazáronse llorando los dos amigos de siempre entre los clamorosos aplausos y vivas de la concurrencia puesta en pie. Y al abrazarse le dijo a Joaquín su demonio: «Si pudieses ahora ahogarle en tus brazos...!»

—Estupendo!—decían.—Qué orador! Qué discurso! Quién podía haber esperado esto? Lástima que no se haya traído taquígrafos!

—Esto es prodigioso—decía uno.—No espero volver a oir cosa igual.

—A mí—añadía otro—me corrían escalofríos al oirlo.

—Pero mírale, mírale qué pálido está!

Y así era. Joaquín, sintiéndose, después de su victoria, vencido, sentía hundirse en una sima de tristeza. No, su demonio no estaba muerto. Aquel discurso fué un éxito como no lo había tenido, como no volvería a tenerlo, y le hizo concebir la idea de dedicarse a la oratoria para adquirir en ella gloria con que oscurecer la de su amigo en la pintura.

—Has visto cómo lloraba Abel?—decía uno al salir.

—Es que este discurso de Joaquín vale por todos los cuadros del otro. El discurso ha hecho el cuadro. Habrá que llamarle el cuadro del discurso. Quita el discurso y qué queda del cuadro? Nada! A pesar del primer premio.

Cuando Joaquín llegó a casa, Antonia salió a abrirle la puerta y a abrazarle:

—Ya lo sé, ya me lo han dicho. Así, así! Vales más que él, mucho más que él; que sepa que si su cuadro vale será por tu discurso.

—Es verdad, Antonia, es verdad, pero...

—Pero qué? Todavía...

—Todavía, sí. No quiero decirte las cosas que el demonio, mi demonio, me decía mientras nos abrazábamos...

—No, no me las digas, cállate!

—Pues tápame la boca.

Y ella se la tapó con un beso largo, cálido, húmedo, mientras se le nublaban de lágrimas los ojos.

—A ver si así me sacas el demonio, Antonia, a ver si me lo sorbes.

—Sí, para quedarme con él, no es eso?—y procuraba reirse la pobre.

—Sí, sórbemelo, que a ti no puede hacerte daño, que en ti se morirá, se ahogará en tu sangre como en agua bendita...

Y cuando Abel se encontró en su casa, a solas con su Helena, ésta le dijo:

—Ya han venido a contarme lo del discurso de Joaquín. Ha tenido que tragar tu triunfo... ha tenido que tragarte...!

—No hables así, mujer, que no le has oído.

—Como si le hubiese oído,

—Le salía del corazón. Me ha conmovido. Te digo que ni yo sé lo que he pintado hasta que no le he oído a él explicárnoslo.

—No te fíes... no te fíes de él... cuando tanto le ha elogiado, por algo será...

—Y no puede haber dicho lo que sentía?

---Tú sabes que está muerto de envidia de ti...

—Cállate.

—Muerto, sí, muertito de envidia de ti...

—Cállate, cállate, mujer, cállate!

—No, no son celos, porque él ya no me quiere, si es que me quiso... es envidia... envidia...

—Cállate! Cállate!—rugió Abel.

—Bueno, me callo, pero tú verás...

—Ya he visto y he oído y me basta. Cállate, digo!


XV

Pero no, no! Aquel acto heroico no le curó al pobre Joaquín.

«Empecé a sentir remordimiento—escribió en su Confesión—de haber dicho lo que dije, de no haber dejado estallar mi mala pasión para así librarme de ella, de no haber acabado con él artísticamente, denunciando los engaños y falsos efectismos de su arte, sus imitaciones, su técnica fría y calculada, su falta de emoción; de no haber matado su gloria. Y así me habría librado de lo otro, diciendo la verdad, reduciendo su prestigio a su verdadera tasa. Acaso Caín, el bíblico, el que mató al otro Abel, empezó a querer a éste luego que le vió muerto. Y entonces fué cuando empecé a creer: de los efectos de aquel discurso provino mi conversión.»

Lo que Joaquín llamaba así en su Confesión fué que Antonia, su mujer, que le vió no curado, que le temió acaso incurable, fué induciéndole a que buscase armas en la religión de sus padres, en la de ella, en la que había de ser de su hija, en la oración.

—Tú lo que debes hacer es ir a confesarte...

—Pero, mujer, si hace años que no voy a la iglesia...

—Por lo mismo.

—Pero si no creo en esas cosas...

—Eso creerás tú, pero a mí me ha explicado el padre cómo vosotros, los hombres de ciencia, creéis no creer, pero creéis. Yo sé que las cosas que te enseñó tu madre, las que yo enseñaré a nuestra hija...

—Bueno, bueno, déjame!

—No, no te dejaré. Vete a confesarte, te lo ruego.

—Y qué dirán los que conocen mis ideas?

—Ah, es eso? Son respetos humanos?

Mas la cosa empezó a hacer mella en el corazón de Joaquín y se preguntó si realmente no creía y aun sin creer quiso probar si la Iglesia podría curarle. Y empezó a frecuentar el templo, algo demasiado a las claras, como en son de desafío a los que conocían sus ideas irreligiosas, y acabó yendo a un confesor. Y una vez en el confesonario se le desató el alma.

—Le odio, padre, le odio con toda mi alma, y a no creer como creo, a no querer creer como quiero creer, le mataría...

—Pero eso, hijo mío, eso no es odio; eso es más bien envidia.

—Todo odio es envidia, padre, todo odio es envidia.

—Pero debe cambiarlo en noble emulación, en deseo de hacer en su profesión y sirviendo a Dios, lo mejor que pueda...

—No puedo, no puedo, no puedo trabajar. Su gloria no me deja.

—Hay que hacer un esfuerzo... para eso el hombre es libre...

—No creo en el libre albedrío, padre. Soy médico.

—Pero...

—Qué hice yo para que Dios me hiciese así, rencoroso, envidioso, malo? Qué mala sangre me legó mi padre?

—Hijo mío... hijo mío...

—No, no creo en la libertad humana, y el que no cree en la libertad no es libre. No, no lo soy! Ser libre es creer serlo!

—Es usted malo porque desconfía de Dios.

—El desconfiar de Dios es maldad, padre?

—No quiero decir eso, sino que la mala pasión de usted proviene de que desconfía de Dios...

—El desconfiar de Dios es maldad? Vuelvo a preguntárselo.

—Sí, es maldad.

—Luego desconfío de Dios porque me hizo malo, como a Caín le hizo malo. Dios me hizo desconfiado...

—Le hizo libre.

—Sí, libre de ser malo.

—Y de ser bueno!

—Por qué nací, padre?

—Pregunte más bien que para qué nació...


XVI

Abel había pintado una Virgen con el niño en brazos, que no era sino un retrato de Helena, su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro tuvo éxito, fué reproducido, y ante una espléndida fotografía de él rezaba Joaquín a la Virgen Santísima, diciéndole: «Protégeme! Sálvame!»

Pero mientras así rezaba, susurrándose en voz baja y como para oirse, quería acallar otra voz más honda, que brotándole de las entrañas le decía: «Así se muera! Así te la deje libre!»

—Con que te has hecho ahora reaccionario?—le dijo un día Abel a Joaquín.

—Yo?

—Sí, me han dicho que te has dado a la iglesia y que oyes misa diaria, y como nunca has creído ni en Dios ni en el Diablo, y no es cosa de convertirse así, sin más ni menos, pues que te has hecho reaccionario!

—Y a ti qué?

—No, si no te pido cuentas; pero... crees de veras?

—Necesito creer.

—Eso es otra cosa. Pero crees?

—Ya te he dicho que necesito creer, y no me preguntes más.

—Pues a mí con el arte me basta; el arte es mi religión.

—Pues has pintado Vírgenes...

—Sí, a Helena.

—Que no lo es precisamente.

—Para mí como si lo fuese. Es la madre de mi hijo...

—Nada más?

—Y toda madre es virgen en cuanto es madre.

—Ya estás haciendo teología!

—No sé, pero aborrezco el reaccionarismo y la gazmoñería. Todo eso me parece que no nace sino de la envidia, y me extraña en ti, que te creo muy capaz de distinguirte del vulgo, de los mediocres, me extraña que te pongas ese uniforme.

—A ver, a ver, Abel, explícate!

---Es muy claro. Los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y como no pueden sufrir que otros se distingan, les quieren imponer el uniforme del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan. El origen de toda ortodoxia, lo mismo en religión que en arte, es la envidia, no te quepa duda. Si a todos se nos deja vestirnos como se nos antoje, a uno se le ocurre un atavío que llame la atención y pone de realce su natural elegancia, y si es hombre hace que las mujeres le admiren, y se enamoren de él mientras otro, naturalmente ramplón y vulgar, no logra sino ponerse en ridículo buscando vestirse a su modo, y por eso los vulgares, los ramplones, que son los envidiosos, han ideado una especie de uniforme, un modo de vestirse como muñecos, que pueda ser moda, porque la moda es otra ortodoxia. Desengáñate, Joaquín: eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impías, no son sino las que no se les ocurre a los pobres de ingenio rutinario, a los que no tienen ni pizca de sentido propio ni originalidad y sí sólo sentido común y vulgaridad. Lo que más odian es la imaginación y porque no la tienen.

—Y aunque así sea—exclamó Joaquín,—es que esos que llaman los vulgares, los ramplones, los mediocres, no tienen derecho a defenderse?

—Otra vez defendiste en mi casa, ¿te acuerdas?, a Caín, al envidioso, y luego, en aquel inolvidable discurso que me moriré leyéndotelo, en aquel discurso a que debo lo más de mi reputación, nos enseñaste, me enseñaste a mí al menos, el alma de Caín. Pero Caín no era ningún vulgar, ningún ramplón, ningún mediocre...

—Pero fué el padre de los envidiosos...

—Sí, pero de otra envidia, no de la de esa gente... La envidia de Caín era algo grande; la del fanático inquisidor es lo más pequeño que hay. Y me choca verte entre ellos...

«Pero este hombre—se decía Joaquín al separarse de Abel—es que lee en mí? Aunque no, parece no darse cuenta de lo que me pasa. Habla y piensa como pinta, sin saber lo que dice y lo que pinta. Es un inconsciente, aunque yo me empeñe en ver en él un técnico reflexivo...»


XVII

Enteróse Joaquín de que Abel andaba enredado con una antigua modelo, y esto le corroboró en su aprensión de que no se había casado con Helena por amor. «Se casaron—decíase—por humillarme.» Y luego se añadía: «Ni ella, ni Helena le quiere, ni puede quererle... ella no quiere a nadie, es incapaz de cariño, no es más que un hermoso estuche de vanidad... Por vanidad, y por desdén a mí, se casó, y por vanidad o por capricho es capaz de faltar a su marido... Y hasta con el mismo a quien no quiso para marido...» Surgíale a la vez de entre pavesas una brasa que creía apagada al hielo de su odio, y era su antiguo amor a Helena. Seguía, sí, a pesar de todo, enamorado de la pava real, de la coqueta, de la modelo de su marido. Antonia le era muy superior, sin duda, pero la otra era la otra. Y luego, la venganza... es tan dulce la venganza! Tan tibia para un corazón helado!

A los pocos días fué a casa de Abel, acechando la hora en que éste se hallara fuera de ella. Encontró a Helena sola con el niño, a aquella Helena, a cuya imagen divinizada había en vano pedido protección y salvación.

—Ya me ha dicho Abel—le dijo su prima—que ahora te ha dado por la iglesia. Es que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas huyendo de Antonia?

—Pues?

—Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o escapando de ella...

—Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.

—Sí, eh?

—Sí, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ese, no sabe algo más, y es que no sólo rezo en la iglesia...

—Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus devociones en casa.

—Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me salve.

—Me parece muy bien.

—Y sabes ante qué imagen pido eso?

—Si tú no me lo dices...

—Ante la que pintó tu marido...

Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, al niño que dormía en un rincón del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcertó. Mas reponiéndose dijo:

—Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, Joaquín, que tu nueva devoción no es más que una farsa y algo peor...

—Te juro, Helena...

—El segundo: no jurar su santo nombre en vano.

—Pues te juro, Helena, que mi conversión fué verdadera, es decir que he querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasión que me devora...

—Sí, conozco tu pasión.

—No, no la conoces!

—La conozco. No puedes sufrir a Abel.

—Pero por qué no puedo sufrirle?

—Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me le presentases.

—Falso!... Falso!

—Verdad! Verdad!

—Y por qué no he de poder sufrirle?

—Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre... No tienes tú clientela? No ganas con ella?

—Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. No me basta con eso! Yo querría haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo en mi ciencia, haber unido mi nombre a algún descubrimiento científico...

—Pues ponte a ello, que talento no te falta.

—Ponerme a ello... ponerme a ello... Habríame puesto a ello, sí, Helena, si hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies...

—Y por qué no a los de Antonia?

—No hablemos de ella!

—Ah, pero has venido a esto? Has espiado el que mi Abel—y recalcó el mi—estuviese fuera para venir a esto?

—Tu Abel... tu Abel... valiente caso hace de ti tu Abel!

—Qué? También delator, acusique, soplón?

—Tu Abel tiene otros modelos que tú.

—Y qué?—exclamó Helena, irguiéndose.—Y qué si las tiene? Señal de que sabe ganarlas! O es que también de eso le tienes envidia? Es que no tienes más remedio que contentarte con... tu Antonia? Ah, y porque él ha sabido buscarse otra vienes tú aquí hoy a buscarte otra también? Y vienes así, con chismes de estos? No te da vergüenza, Joaquín? Quítate, quítate de ahí, que me da bascas sólo el verte.

—Por Dios, Helena, que me estás matando... que me estás matando!

—Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, envidioso; vete a que tu mujer te cure, que estás muy malo.

—Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! Por cuanto más quieras, Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!

—Ah, y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mío?

—A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. Nada le importa de ti. Es incapaz de quererte. Yo, yo soy el que te quiero, con toda mi alma, con un cariño como no puedes soñar.

Helena se levantó, fué al niño y despertándolo, cojiólo en brazos, y volviendo a Joaquín le dijo: «Vete! Es éste, el hijo de Abel, quien te echa de su casa; vete!»


XVIII

Joaquín empeoró. La ira al conocer que se había desnudado el alma ante Helena, y el despecho por la manera como ésta le rechazó, en que vió claro que le despreciaba, acabó de enconarle el ánimo. Mas se dominó buscando en su mujer y en su hija consuelo y remedio. Ensombreciósele aun más su vida de hogar; se le agrió el humor.

Tenía entonces en casa una criada muy devota, que procuraba oir misa diaria y se pasaba las horas que el servicio le dejaba libre, encerrada en su cuarto haciendo sus devociones. Andaba con los ojos bajos, fijos en el suelo, y respondía a todo con la mayor mansedumbre y en voz algo gangosa. Joaquín no podía resistirla y la regañaba con cualquier pretexto. «Tiene razón el señor», solía decirle ella.

—Cómo que tengo razón?—exclamó una vez, ya perdida la paciencia, él, el amo.—No, ahora no tengo razón!

—Bueno, señor, no se enfade, no la tendrá.

—Y nada más?

—No le entiendo, señor.

—Cómo que no me entiendes, gazmoña, hipócrita? Por qué no te defiendes? Por qué, no me replicas? Por qué no te rebelas?

—Rebelarme yo? Dios y la Santísima Virgen me defiendan de ello, señor.

—Pero quieres más—intervino Antonia—sino que reconozca sus faltas?

—No, no las reconoce. Está llena de soberbia!

—De soberbia yo, señor?

—Lo ves? Es la hipócrita soberbia de no reconocerla. Es que está haciendo conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es que toma mis accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la virtud de la paciencia. Y a mi costa, no! No, no y no! A mi costa, no! A mí no se me toma de instrumento para hacer méritos para el cielo. Eso es hipocresía!

La criadita lloraba, rezando entre dientes.

—Pero y si es verdad, Joaquín—dijo Antonia—que realmente es humilde... Por qué va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habrías irritado aún más.

—No! Es una canallada tomar las flaquezas del prójimo como medio para ejercitarnos en la virtud. Que me replique, que se insolente, que sea persona... y no criada...

—Entonces, Joaquín, te irritaría más.

—No, lo que más me irrita son esas pretensiones a mayor perfección.

—Se equivoca usted, señor—dijo la criada, sin levantar los ojos del suelo;—yo no me creo mejor que nadie.

—No, eh? Pues yo sí! Y el que no se crea mejor que otro, es un mentecato. Tú te creerás la más pecadora de las mujeres, es eso? Anda, responde!

—Esas cosas no se preguntan, señor.

—Anda, responde, que también San Luis Gonzaga dicen que se creía el más pecador de los hombres; responde: te crees, sí o no, la más pecadora de las mujeres?

—Los pecados de las otras no van a mi cuenta, señor.

—Idiota, más que idiota. Vete de ahí!

—Dios le perdone, como yo le perdono, señor.

—De qué? Ven y dímelo, de qué? De qué me tiene que perdonar Dios? Anda, dilo.

—Bueno, señora, lo siento por usted, pero me voy de esta casa.

—Por ahí debiste empezar—concluyó Joaquín.

Y luego, a solas con su mujer, le decía:

—Y no irá diciendo esta gatita muerta que estoy loco? No lo estoy acaso, Antonia? Dime, estoy loco, sí o no?

—Por Dios, Joaquín, no te pongas así...

—Sí, sí creo estar loco... Enciérrame. Esto va a acabar conmigo.

—Acaba tú con ello.


XIX

Concentró entonces todo su ahinco en su hija, en criarla y educarla, en mantenerla libre de las inmundicias morales del mundo.

—Mira—solía decirle a su mujer,—es una suerte que sea sola, que no hayamos tenido más.

—No te habría gustado un hijo?

—No, no, es mejor hija, es más fácil aislarla del mundo indecente. Además, si hubiésemos tenido dos, habrían nacido envidias entre ellos...

—O no!

—O sí. No se puede repartir el cariño igualmente entre varios: lo que se le da al uno se le quita al otro. Cada uno pide todo para él y sólo para él. No, no, no quisiera verme en el caso de Dios...

—Y cuál es ese caso?

—El de tener tantos hijos. No dicen que somos todos hijos de Dios?

—No digas esas cosas, Joaquín...

—Unos están sanos para que otros estén enfermos... Hay que ver el reparto de las enfermedades...

No quería que su hija tratase con nadie. La llevó una maestra particular a casa, y él mismo, en ratos de ocio, le enseñaba algo.

La pobre Joaquina adivinó en su padre a un paciente mientras recibía de él una concepción tétrica del mundo y de la vida.

—Te digo—le decía Joaquín a su mujer—que es mejor, mucho mejor que tengamos una hija sola, que no tengamos que repartir el cariño...

—Dicen que cuanto más se reparte crece más...

—No creas así. Te acuerdas de aquel pobre Ramírez, el procurador? Su padre tenía dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su casa no se comía sino sota, caballo y rey, cocido, pero no principio; sólo el padre, Ramírez padre, tomaba principio, del cual daba alguna vez a uno de los hijos y a una de las hijas, pero nunca a los otros. Cuando repicaban gordo, en días señalados, había dos principios para todos y otro además para él, para el amo de la casa, que en algo había de distinguirse. Hay que conservar la jerarquía. Y a la noche, al recojerse a dormir Ramírez padre daba siempre un beso a uno de los hijos y a una de las hijas, pero no a los otros dos.

—Qué horror! Y por qué?

—Qué sé yo... Le parecerían más guapos los preferidos...

—Es como lo de Carvajal, que no puede ver a su hija menor...

—Es que le ha llegado la última, seis años después de la anterior y cuando andaba mal de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. Por eso le llama la intrusa.

—Qué horrores, Dios mío!

—Así es la vida, Antonia, un semillero de horrores. Y bendigamos a Dios el no tener que repartir nuestro cariño.

—Cállate!

—Cállome!

Y le hizo callar.


XX

El hijo de Abel estudiaba Medicina, y su padre solía dar a Joaquín noticias de la marcha de sus estudios. Habló Joaquín algunas veces con el muchacho mismo y le cobró algún afecto; tan insignificante le pareció.

—Y cómo le dedicas a médico y no a pintor?—le preguntó a su amigo.

—No le dedico yo, se dedica él. No siente vocación alguna por el arte...

—Claro, y para estudiar Medicina no hace falta vocación...

—No he dicho eso. Tú siempre tan mal pensado. Y no sólo no siente vocación por la pintura, pero ni curiosidad. Apenas si se detiene a ver lo que pinto ni se informa de ello.

—Es mejor así acaso...

—Por qué?

—Porque si se hubiera dedicado a la pintura, o lo hacía mejor que tú, o peor. Si peor, eso de ser Abel Sánchez, hijo, al que llamarían Abel Sánchez el Malo o Sánchez el Malo o Abel el Malo, no está bien ni él lo sufriría...

—Y si fuera mejor que yo?

—Entonces serías tú quien no lo sufriría.

—Piensa el ladrón que todos son de su condición.

—Sí, venme ahora a mí, a mí, con esas pamemas. Un artista no soporta la gloria de otro, y menos si es su propio hijo o su hermano. Antes la de un extraño. Eso de que uno de su sangre le supere... eso no! Cómo explicarlo? Haces bien en dedicarle a la Medicina.

—Además, así ganará más.

—Pero quieres hacerme creer que no ganas mucho con la pintura?

—Bah, algo.

—Y además, gloria.

—Gloria? Para lo que dura...

—Menos dura el dinero.

—Pero es más sólido.

—No seas farsante, Abel, no finjas despreciar la gloria.

—Te aseguro que lo que hoy me preocupa es dejar una fortuna a mi hijo.

—Le dejarás un nombre.

—Los nombres no se cotizan.

—El tuyo, sí!

—Mi firma, pero es... Sánchez! Y menos mal si no le da por firmar Abel S. Puig!—que le hagan marqués de Casa Sánchez. Y luego el Abel quita la malicia al Sánchez. Abel Sánchez suena bien.


XXI

Huyendo de sí mismo, y para ahogar con la constante presencia del otro, de Abel, en su espíritu, la triste conciencia enferma que se le presentaba, empezó a frecuentar una peña del Casino. Aquella conversación ligera le serviría como de narcótico, o más bien se embriagaría con ella. No hay quien se entrega a la bebida para ahogar una pasión devastadora en ella, para derretir en vino un amor frustrado? Pues él se entregaría a la conversación casinera, a oirla más que a tomar parte muy activa en ella, para ahogar también su pasión. Sólo que el remedio, fué peor que la enfermedad.

Iba siempre decidido a contenerse, a reir y bromear, a murmurar como por juego, a presentarse a modo de desinteresado espectador de la vida, bondadoso como un escéptico de profesión, atento a lo de que comprender es perdonar, y sin dejar traslucir el cáncer que le devoraba la voluntad. Pero el mal le salía por la boca, en las palabras, cuando menos lo esperaba, y percibían todos en ellas el hedor del mal. Y volvía a casa irritado contra sí mismo, reprochándose su cobardía y el poco dominio sobre sí y decidido a no volver más a la peña del Casino. «No—se decía—no vuelvo, no debo volver; esto me empeora, me agrava; aquel ámbito es deletéreo; no se respira allí más que malas pasiones retenidas; no, no vuelvo; lo que yo necesito es soledad, soledad. Santa soledad!»

Y volvía.

Volvía por no poder sufrir la soledad. Pues en la soledad, jamás lograba estar solo, sino que siempre allí el otro. El otro! Llegó a sorprenderse en diálogo con él, tramando lo que el otro le decía. Y el otro, en estos diálogos solitarios, en estos monólogos dialogados, le decía cosas indiferentes o gratas, no le mostraba ningún rencor. «Por qué no me odia, Dios mío!—llegó a decirse.—Por qué no me odia?»

Y se sorprendió un día a sí mismo a punto de pedir a Dios, en infame oración diabólica, que infiltrase en el alma de Abel odio a él, a Joaquín. Y otra vez: «Ah, si me envidiase... si me envidiase...!» Y a esta idea, que como fulgor lívido cruzó por las tinieblas de su espíritu de amargura, sintió un gozo como de derretimiento, un gozo que le hizo temblar hasta los tuétanos del alma, escalofriados. Ser envidiado...! Ser envidiado...!

«Mas no es esto—se dijo luego—que me odio, que me envidio a mí mismo...?» Fuese a la puerta, la cerró con llave, miró a todos lados, y al verse solo arrodillóse murmurando con lágrimas de las que escaldan en la voz: «Señor, Señor. Tú me dijiste: ama a tu prójimo como a ti mismo! Y yo no amo al prójimo, no puedo amarle, porque no me amo, no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo. Qué has hecho de mí, Señor!»

Fué luego a cojer la Biblia y la abrió por donde dice: «Y Jehová dijo a Caín: dónde está Abel tu hermano?» Cerró lentamente el libro, murmurando: «Y dónde estoy yo?» Oyó entonces ruido fuera y se apresuró a abrir la puerta. «Papá, papaíto!», exclamó su hija al entrar. Aquella voz fresca pareció volverle a la luz. Besó a la muchacha y rozándole el oído con la boca le dijo bajo, muy bajito, para que no lo oyera nadie: «Reza por tu padre, hija mía!»

—Padre! Padre!—gimió la muchacha, echándole los brazos al cuello.

Ocultó la cabeza en el hombro de la hija y rompió a llorar.

—Qué te pasa, papá, estás enfermo?

—Sí, estoy enfermo. Pero no quieras saber más.


XXII

Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. Cada día se inventaba a sí mismo un pretexto para ir allá. Y el molino de la peña seguía moliendo.

Allí estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oía que alguien elogiaba a otro preguntaba: «Contra quién va ese elogio?»

—Porque a mí—decía con su vocecita fría y cortante—no me la dan con queso; cuando se elogia mucho a uno, se tiene presente a otro al que se trata de rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no se le elogia con mala intención, por ensañarse en él... Nadie elogia con buena intención.

—Hombre—le replicaba León Gómez, que se gozaba en dar cuerda al cínico Cuadrado—ahí tienes a don Leovigildo, al cual nadie le ha oído todavía hablar mal de otro...

—Bueno—intercalaba un diputado provincial,—es que don Leovigildo es un político y los políticos deben estar a bien con todo el mundo. Qué dices Federico?

—Digo que don Leovigildo se morirá sin haber hablado mal ni pensado bien de nadie. El no dará acaso ni el más lijero empujoncito para que otro caiga, ni aunque no se lo vean, porque no sólo teme al código penal, sino también al infierno; pero si el otro se cae y se rompe la crisma, se alegrará hasta los tuétanos. Y para gozarse en la rotura de la crisma del otro, será el primero que irá a condolerse de su desgracia y darle el pésame.

—Yo no sé cómo se puede vivir sintiendo así—dijo Joaquín.

—Sintiendo cómo?—le arguyó al punto Federico.—Como siente don Leovigildo, como siento yo o como sientes tú?

—De mí nadie ha hablado!—Y esto lo dijo con acre displicencia.

—Pero hablo yo, hijo mío, porque aquí todos nos conocemos...

Joaquín se sintió palidecer. Le llegaba como un puñal de hielo hasta las entrañas de la voluntad aquel hijo mío! que prodigaba Federico, su demonio de la guarda, cuando echaba la garra sobre alguien.

—No sé por qué le tienes esa tirria a don Leovigildo—añadió Joaquín, arrepintiéndose de haberlo dicho apenas lo dijera, pues sintió que estaba atizando la mala lumbre.

—Tirria? Tirria yo? Y a don Leovigildo?

—Sí, no sé qué mal te ha hecho...

—En primer lugar, hijo mío, no hace falta que le hayan hecho a uno mal alguno para tenerle tirria. Cuando se le tiene a uno tirria, es fácil inventar ese mal, es decir, figurarse uno que se lo han hecho... Y yo no le tengo a don Leovigildo más tirria que a otro cualquiera. Es un hombre y basta. Y un hombre honrado!

—Como tú eres un misántropo profesional...—empezó el diputado provincial.

—El hombre es el bicho más podrido y más indecente, ya os lo he dicho cien veces. Y el hombre honrado es el peor de los hombres.

—Anda, anda, qué dices a eso tú, que hablabas el otro día del político honrado, refiriéndote a don Leovigildo?—le dijo León Gómez al diputado.

—Político honrado!—saltó Federico.—Eso sí que no!

—Y por qué?—preguntaron tres a coro.

—Que por qué? Porque lo ha dicho él mismo. Porque tuvo en un discurso la avilantez de llamarse a sí mismo honrado. No es honrado declararse tal. Dice el Evangelio que Cristo Nuestro Señor...

—No mientes a Cristo, te lo suplico!—le interrumpió Joaquín.

—Qué? Te duele también Cristo, hijo mío?

Hubo un breve silencio, oscuro y frío.

—Dijo Cristo Nuestro Señor—recalcó Federico—que no le llamaran bueno, que bueno era sólo Dios. Y hay cochinos cristianos que se atreven a llamarse a sí mismos honrados!

—Es que honrado no es precisamente bueno—intercaló don Vicente, el magistrado.

—Ahora lo ha dicho usted, don Vicente. Y gracias a Dios que le oigo a un magistrado alguna sentencia razonable y justa!

—De modo—dijo Joaquín—que uno no debe confesarse honrado. Y pillo?

—No hace falta.

—Lo que quiere el señor Cuadrado—dijo don Vicente, el magistrado—es que los hombres se confiesen bellacos y sigan siéndolo; no es eso?

—Bravo!—exclamó el diputado provincial.

—Le diré a usted, hijo mío—contestó Federico, pensando la respuesta.—Usted debe saber cuál es la excelencia del sacramento de la confesión en nuestra sapientísima Madre Iglesia...

—Alguna otra barbaridad—interrumpió el magistrado.

—Barbaridad, no, sino muy sabia institución. La confesión sirve para pecar más tranquilamente, pues ya sabe uno que le ha de ser perdonado su pecado. No es así, Joaquín?

—Hombre, si uno no se arrepiente...

—Sí, hijo mío, sí, si uno se arrepiente, pero vuelve a pecar y vuelve a arrepentirse y sabe cuando peca que se arrepentirá y sabe cuando se arrepiente que volverá a pecar, y acaba por pecar y arrepentirse a la vez; no es así?

—El hombre es un misterio—dijo León Gómez.

—Hombre, no digas sandeces!—le replicó Federico.

—Sandez, por qué?

—Toda sentencia filosófica, así, todo axioma, toda proposición general y solemne, enunciada aforísticamente, es una sandez.

—Y la filosofía, entonces?

—No hay más filosofía que ésta, la que hacemos aquí...

—Sí, desollar al prójimo.

—Exacto. Nunca está mejor que desollado.

Al levantarse la tertulia, Federico se acercó a Joaquín a preguntarle si se iba a su casa, pues gustaría de acompañarle un rato, y al decirle éste que no, que iba a hacer una visita allí, al lado, aquél le dijo:

—Sí, te comprendo; eso de la visita es un achaque. Lo que tú quieres es verte solo. Lo comprendo.

—Y por qué lo comprendes?

—Nunca se está mejor que solo. Pero cuando te pese la soledad, acude a mí. Nadie te distraerá mejor de tus penas.

—Y las tuyas?—le espetó Joaquín.

—Bah! ¡Quién piensa en eso...!

Y se separaron.