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Abel Sánchez: Una Historia de Pasión cover

Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

Chapter 31: XXX
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About This Book

The story traces a lifelong rivalry between two childhood friends, one outwardly charismatic and successful, the other introspective and consumed by envy. As their lives diverge—one pursuing artistic distinction and the other scientific study—the narrator records a confession that reveals obsessive hatred toward the other's achievements, romantic entanglements, and progeny. Fragments of private reflection alternate with narrated episodes from childhood to maturity, showing how jealousy distorts perception, corrodes relationships, and produces moral anguish. The work examines pride, identity, and the destructive effects of resentful devotion.

XXIII

Andaba por la ciudad un pobre hombre necesitado, aragonés, padre de cinco hijos y que se ganaba la vida como podía, de escribiente y a lo que saliera. El pobre acudía con frecuencia a conocidos y amigos, si es que un hombre así los tiene, pidiéndoles con mil pretextos que le anticiparan dos o tres duros. Y lo que era más triste, mandaba a alguno de sus hijos, y alguna vez a su mujer, a las casas de los conocidos con cartitas de petición. Joaquín le había socorrido algunas veces, sobre todo cuando le llamaba a que viese, como médico, a personas de su familia. Y hallaba un singular alivio en socorrer a aquel pobre hombre. Adivinaba en él una víctima de la maldad humana.

Preguntóle una vez por él a Abel.

—Sí, le conozco—le dijo éste,—y hasta le tuve algún tiempo empleado. Pero es un haragán, un vago. Con el pretexto de que tiene que ahogar sus penas, no deja de ir ningún día al café, aunque en su casa no se encienda la cocina. Y no le faltará su cajetilla de cigarros. Tiene que convertir sus pesares en humo.

—Eso no es decir nada, Abel. Habría que ver el caso por dentro...

—Mira, déjate de garambainas. Y por lo que no paso es por la mentira esa de pedirme prestado y lo de «se lo devolveré en cuanto pueda...» Que pida limosna y al avío. Es más claro y más noble. La última vez me pidió tres duros adelantados y le di tres pesetas, pero diciéndole: «Y sin devolución!» Es un haragán!

—Y qué culpa tiene él...!

—Vamos, sí, ya salió aquello, qué culpa tiene...

—Pues claro! De quién son las culpas?

—Bueno, mira, dejémonos de esas cosas. Y si quieres socorrerle, socórrele, que yo no me opongo. Y yo mismo estoy seguro de que si me vuelve a pedir, le daré.

—Eso ya lo sabía yo, porque en el fondo tú...

—No nos metamos al fondo. Soy pintor y no pinto los fondos de las personas. Es más, estoy convencido de que todo hombre lleva fuera todo lo que tiene dentro.

—Vamos, sí, que para ti un hombre no es más que un modelo...

—Te parece poco? Y para ti un enfermo. Porque tú eres el que les andas mirando y auscultando a los hombres por dentro...

—Mediano oficio...

—Por qué?

—Porque acostumbrado uno a mirar a los demás por dentro, da en ponerse a mirarse a sí mismo, a auscultarse.

—Ve ahí mi ventaja. Yo con mirarme al espejo tengo bastante...

—Y te has mirado de veras alguna vez?

—Naturalmente! Pues no sabes que me he hecho un autorretrato?

—Que será una obra maestra...

—Hombre, no está del todo mal... Y tú, te has registrado por dentro bien?


Al día siguiente de esta conversación Joaquín salió del Casino con Federico para preguntarle si conocía a aquel pobre hombre que andaba así pidiendo de manera vergonzante. «Y dime la verdad, eh, que estamos solos; nada de tus ferocidades».

—Pues mira, ese es un pobre diablo que debía estar en la cárcel, donde por lo menos comería mejor que come y viviría más tranquilo.

—Pues qué ha hecho?

—No, no ha hecho nada; debió hacer, y por eso digo que debería estar en la cárcel.

—Y qué es lo que debió haber hecho?

—Matar a su hermano.

—Ya empiezas!

—Te lo explicaré. Ese pobre hombre es, como sabes, aragonés y allá en su tierra aún subsiste la absoluta libertad de testar. Tuvo la desgracia de nacer el primero a su padre, de ser el mayorazgo y luego tuvo la desgracia de enamorarse de una muchacha pobre, guapa y honrada, según parecía. El padre se opuso con todas sus fuerzas a esas relaciones amenazándole con desheredarle si llegaba a casarse con ella. Y él, ciego de amor, comprometió primero gravemente a la muchacha, pensando convencer así al padre, y acaso por casarse con ella y por salir de casa. Y siguió en el pueblo, trabajando como podía en casa de sus suegros, y esperando convencer y ablandar a su padre. Y éste, buen aragonés, tesa que tesa. Y murió desheredándole al pobre diablo y dejando su hacienda al hijo segundo; una hacienda regular. Y muertos poco después los suegros del hoy aquí sablista, acudió éste a su hermano pidiéndole amparo y trabajo, y su hermano se los negó, y por no matarle, que es lo que le pedía el coraje, se ha venido acá a vivir de limosna y del sable. Esta es la historia, como ves, muy edificante.

—Y tan edificante!

—Si le hubiera matado a su hermano, a esa especie de Jacob, mal, muy mal, y no habiéndole matado mal, muy mal también...

—Acaso peor.

—No digas eso, Federico.

—Sí, porque no sólo vive miserable y vergonzosamente, del sable, sino que vive odiando a su hermano.

—Y si le hubiera matado?

—Entonces se le habría curado el odio, y hoy, arrepentido de su crimen, querría su memoria. La acción libra del mal sentimiento, y es el mal sentimiento el que envenena el alma. Créemelo, Joaquín, que lo sé muy bien.

Miróle Joaquín a la mirada fijamente y le espetó un:

—Y tú?

—Yo? No quieras saber, hijo mío, lo que no te importa. Bástete saber que todo mi cinismo es defensivo. Yo no soy hijo del que todos vosotros tenéis por mi padre; yo soy hijo adulterino y a nadie odio en este mundo más que a mi propio padre, al natural, que ha sido el verdugo del otro, del que por vileza y cobardía me dió su nombre, este indecente nombre que llevo.

—Pero padre no es el que engendra; es el que cría...

—Es que ese, el que creéis que me ha criado, no me ha criado sino que me destetó con el veneno del odio que guarda al otro, al que me hizo y le obligó a casarse con mi madre.


XXIV

Concluyó la carrera el hijo de Abel, Abelín, y acudió su padre, a su amigo, por si quería tomarle de ayudante para que a su lado practicase. Lo aceptó Joaquín.

«Le admití—escribía más tarde en su Confesión, dedicada a su hija—por una extraña mezcla de curiosidad, de aborrecimiento a su padre, de afecto al muchacho, que me parecía entonces una medianía y por un deseo de libertarme así de mi mala pasión a la vez que, por más debajo de mi alma, mi demonio me decía que con el fracaso del hijo me vengaría del encumbramiento del padre. Quería por un lado, con el cariño al hijo, redimirme del odio al padre, y por otro lado me regodeaba esperando que si Abel Sánchez triunfó en la pintura, otro Abel Sánchez de su sangre marraría en la Medicina. Nunca pude figurarme entonces cuán hondo cariño cobraría luego al hijo del que me amargaba y entenebrecía la vida del corazón.»

Y así fué que Joaquín y el hijo de Abel sintiéronse atraídos el uno al otro. Era Abelín rápido de comprensión y se interesaba por las enseñanzas de Joaquín, a quien empezó llamando maestro. Este su maestro se propuso hacer de él un buen médico y confiarle el tesoro de su experiencia clínica. «Le guiaré—se decía—a descubrir las cosas que esta maldita inquietud de mi ánimo me ha impedido descubrir a mí».

—Maestro,—le preguntó un día Abelín,—por qué no recoje usted todas esas observaciones dispersas, todas esas notas y apuntes que me ha enseñado y escribe un libro? Sería interesantísimo y de mucha enseñanza. Hay cosas hasta geniales, de una extraordinaria sagacidad científica.

—Pues mira, hijo—(que así solía llamarle) respondió—yo no puedo, no puedo... No tengo humor para ello, me faltan ganas, coraje, serenidad, no sé qué...

—Todo sería ponerse a ello...

—Sí, hijo, sí, todo sería ponerse a ello, pero cuantas veces lo he pensado no he llegado a decidirme. Ponerme a escribir un libro... y en España... y sobre Medicina...! No vale la pena. Caería en el vacío...

—No, el de usted, no, maestro, se lo respondo.

—Lo que yo debía haber hecho es lo que tú has de hacer, dejar esta insoportable clientela y dedicarte a la investigación pura, a la verdadera ciencia, a la fisiología, a la histología, a la patología y no a los enfermos de pago. Tú que tienes alguna fortuna, pues los cuadros de tu padre han debido dársela, dedícate a eso.

—Acaso tenga usted razón, maestro; pero ello no quita para que usted deba publicar sus memorias de clínico.

—Mira, si quieres, hagamos una cosa. Yo te doy mis notas todas, te las amplío de palabra, te digo cuanto me preguntes y publica tú el libro. Te parece?

—De perlas, maestro. Ya vengo apuntando desde que le ayudo todo lo que le oigo y todo lo que a su lado aprendo.

—Muy bien, hijo, muy bien!—y le abrazó conmovido.

Y luego se decía Joaquín: «Este, éste será mi obra! Mío y no de su padre. Acabará venerándome y comprendiendo que yo valgo mucho más que su padre y que hay en mi práctica de la Medicina mucha más arte que en la pintura de su padre. Y al cabo se lo quitaré, sí, se lo quitaré! El me quitó a Helena, yo les quitaré el hijo. Que será mío, y quién sabe?... acaso concluya renegando de su padre, cuando le conozca y sepa lo que me hizo».


XXV

—Pero dime—le preguntó un día Joaquín a su discípulo—cómo se te ocurrió estudiar Medicina?

—No lo sé...

—Porque lo natural es que hubieses sentido inclinación a la pintura. Los muchachos se sienten llamados a la profesión de sus padres; es el espíritu de imitación... el ambiente...

—Nunca me ha interesado la pintura, maestro.

—Lo sé, lo sé por tu padre, hijo.

—Y la de mi padre menos.

—Hombre, hombre, y cómo así?

—No la siento y no sé si la siente él...

—Eso es más grande. A ver, explícate.

—Estamos solos; nadie nos oye; usted, maestro, es como si fuese mi segundo padre... segundo... Bueno. Además usted es el más antiguo amigo suyo, le he oído decir que de siempre, de toda la vida, de antes de tener uso de razón, que son como hermanos...

—Sí, sí, así es; Abel y yo somos como hermanos... Sigue.

—Pues bien, quiero abrirle hoy mi corazón, maestro.

—Ábremelo. Lo que me digas caerá en él como en el vacío, nadie lo sabrá!

—Pues sí, dudo que mi padre sienta la pintura ni nada. Pinta como una máquina, es un don natural, pero sentir?

—Siempre he creído eso.

—Pues fué usted, maestro, quien, según dicen; hizo la mayor fama de mi padre con aquel famoso discurso de que aún se habla...

—Y qué iba yo a decir?

—Algo así me pasa. Pero mi padre no siente ni la pintura ni nada. Es de corcho, maestro, de corcho.

—No tanto, hijo.

—Sí, de corcho. No vive más que para su gloria. Todo eso de que la desprecia es farsa, farsa, farsa. No busca más que el aplauso. Y es un egoísta, un perfecto egoísta. No quiere a nadie.

—Hombre, a nadie...

—A nadie, maestro, a nadie! Ni sé cómo se casó con mi madre. Dudo que fuera por amor.

Joaquín palideció.

—Sé—prosiguió el hijo—que ha tenido enredos y líos con algunas modelos, pero eso no es más que capricho y algo de jactancia. No quiere a nadie.

—Pero me parece que no eres tú quien debieras...

—A mí nunca me ha hecho caso. A mí me ha mantenido, ha pagado mi educación y mis estudios, no me ha escatimado ni me escatima su dinero, pero yo apenas si existo para él. Cuando alguna vez le he preguntado algo, de historia del arte, de técnica, de la pintura o de sus viajes o de otra cosa, me ha dicho: «Déjame, déjame en paz» y una vez llegó a decirme: «apréndelo, como lo he aprendido yo! ahí tienes los libros». Qué diferencia con usted, maestro!

—Sería que no lo sabía, hijo. Porque mira, los padres quedan a las veces mal con sus hijos por no confesarse más ignorantes o más torpes que ellos.

—No era eso. Y hay algo peor.

—Peor? A ver!

—Peor, sí. Jamás me ha reprendido, haya hecho yo lo que hiciera. No soy, no he sido nunca un calavera, un disoluto, pero todos los jóvenes tenemos nuestras caídas, nuestros tropiezos. Pues bien, jamás los ha inquirido y si por acaso los sabía nada me ha dicho.

—Eso es respeto a tu personalidad, confianza en ti... Es acaso la manera más generosa y noble de educar a un hijo, es fiarse...

—No, no es nada de eso, maestro. Es sencillamente indiferencia.

—No, no, no exageres, no es eso... Qué te iba a decir que tú no te lo dijeras? Un padre no puede ser un juez...

—Pero sí un compañero, un consejero, un amigo o un maestro como usted.

—Pero hay cosas que el pudor impide se traten entre padres e hijos.

—Es natural que usted, su mayor y más antiguo amigo, su casi hermano, le defienda aunque...

—Aunque qué?

—Puedo decirlo todo?

—Sí, dilo todo!

—Pues bien, de usted no le he oído nunca hablar sino muy bien, demasiado bien, pero...

—Pero qué?

—Que habla demasiado bien de usted.

—Qué es eso de demasiado?

—Que antes de conocerle yo a usted, maestro, le creía otro.

—Explícate.

—Para mi padre es usted una especie de personaje trágico, de ánimo torturado, de hondas pasiones. «Si se pudiera pintar el alma de Joaquín!» suele decir. Habla de un modo como si mediase entre usted y él algún secreto...

—Aprensiones tuyas...

—No, no lo son.

—Y tu madre?

—Mi madre...


XXVI

—Mira, Joaquín—le dijo un día Antonia a su marido,—me parece que el mejor día nuestra hija se nos va o nos la llevan...

—Joaquina? Y a dónde?

—Al convento!

—Imposible!

—No, sino muy posible. Tú distraído con tus cosas y ahora con ese hijo de Abel al que pareces haber prohijado... cualquiera diría que le quieres más que a tu hija...

—Es que trato de salvarle, de redimirle de los suyos...

—No; de lo que tratas es de vengarte. Qué vengativo eres! Ni olvidas ni perdonas! Temo que Dios te va a castigar, va a castigarnos...

—Ah, y es por eso por lo que Joaquina se quiere ir al convento?

—Yo no he dicho eso.

—Pero lo digo yo y es lo mismo. Se va acaso por celos de Abelín? Es que teme que le llegue a querer más que a ella? Pues si es por eso...

—Por eso no.

—Entonces?

—Qué sé yo...! Dice que tiene vocación, que es adonde Dios la llama...

—Dios... Dios... será su confesor. Quién es?

—El padre Echevarría.

—El que me confesaba a mí?

—El mismo!

Quedóse Joaquín mustio y cabizbajo, y al día siguiente, llamando a solas a su mujer, le dijo:

—Creo haber penetrado en los motivos que empujan a Joaquina al claustro, o mejor, en los motivos por que le induce el padre Echevarría a que entre en él. Tú recuerdas cómo busqué refugio y socorro en la iglesia contra esta maldita obsesión que me embarga el ánimo todo, contra este despecho que con los años se hace más viejo, es decir, más duro y más terco, y cómo, después de los mayores esfuerzos, no pude lograrlo? No, no me dió remedio el padre Echevarría, no pudo dármelo. Para este mal no hay más que un remedio, uno sólo.

Callóse un momento como esperando una pregunta de su mujer, y como ella callara, prosiguió diciéndole:

—Para ese mal no hay más remedio que la muerte. Quién sabe... Acaso nací con él y con él moriré. Pues bien, ese padrecito que no pudo remediarme ni reducirme empuja ahora, sin duda, a mi hija, a tu hija, a nuestra hija, al convento, para que en él ruegue por mí, para que se sacrifique salvándome...

—Pero si no es sacrificio... si dice que es su vocación...

—Mentira, Antonia; te digo que eso es mentira. Las más de las que van monjas o van a trabajar poco, a pasar una vida pobre, pero descansada, a sestear místicamente o van huyendo de casa, y nuestra hija huye de casa, huye de nosotros...

—Será de ti...

—Sí, huye de mí! Me ha adivinado!

—Y ahora que le has cobrado ese apego a ese...

—Quieres decirme que huye de él?

—No sino de tu nuevo capricho...

—Capricho? capricho? capricho dices? Yo seré todo menos caprichoso, Antonia. Yo tomo todo en serio, todo, lo entiendes?

—Sí, demasiado en serio—agregó la mujer llorando.

—Vamos, no llores así, Antonia, mi santa, mi ángel bueno, y perdóname si he dicho algo...

—No es peor lo que dices, sino lo que callas.

—Pero, por Dios, Antonia, por Dios, haz que nuestra hija no nos deje; que si se va al convento, me mata, sí, me mata, porque me mata! Que se quede... que yo haré lo que ella quiera... que si quiere que le despache a Abelín, le despacharé...

—Me acuerdo cuando decías que te alegrabas de que no tuviéramos más que una hija, porque así no teníamos que repartir el cariño...

—Pero si no lo reparto!

—Algo peor entonces...

—Sí, Antonia, esa hija quiere sacrificarse por mí, y no sabe que si se va al convento me deja desesperado. Su convento es esta casa!


XXVII

Dos días después encerrábase en el gabinete Joaquín con su mujer y su hija.

—Papá, Dios lo quiere!—exclamó resueltamente y mirándole cara a cara su hija Joaquina.

—Pues, no! No es Dios quien lo quiere, sino el padrecito ese—replicó él.—Qué sabes tú, mocosuela, lo que quiere Dios? Cuándo te has comunicado con él?

—Comulgo cada semana, papá.

—Y se te antojan revelaciones de Dios los desvanecimientos que te suben del estómago en ayunas.

—Peores son los del corazón en ayunas.

—No, no, eso no puede ser; eso no lo quiere Dios, no puede quererlo, te digo que no lo puede querer!

—Yo no sé lo que Dios quiere, y tú, padre, sabes lo que no puede querer, eh? De cosas del cuerpo sabrás mucho, pero de cosas de Dios, del alma...

—Del alma, eh? Con que tú crees que no sé del alma?

—Acaso lo que mejor te sería no saber.

—Me acusas?

—No, eres tú, papá, quien se acusa a sí mismo.

—Lo ves, Antonia, lo ves, no te lo decía?

—Y qué te decía, mamá?

—Nada, hija mía, nada; aprensiones, cavilaciones de tu padre...

—Pues bueno—exclamó Joaquín como quien se decide,—tú vas al convento para salvarme, no es eso?

—Acaso no andes lejos de la verdad.

—Y salvarme de qué?

—No lo sé bien.

—Lo sabré yo...! De qué? de quién?

—De quién, padre, de quién? Pues del demonio o de ti mismo.

—Y tú qué sabes?

—Por Dios, Joaquín, por Dios—suplicó la madre con lágrimas en la voz, llena de miedo ante la mirada y el tono de su marido.

—Déjanos, mujer, déjanos, déjanos a ella y a mí. Esto no te toca!

—Pues no ha de tocarme? Pero si es mi hija...

—La mía! Déjanos, ella es una Monegro, yo soy un Monegro; déjanos. Tú no entiendes, tú no puedes entender estas cosas...

—Padre, si trata así a madre delante mío, me voy. No llores, mamá.

—Pero tú crees, hija mía...?

—Lo que yo creo y sé es que soy tan hija suya como tuya.

—Tanto?

—Acaso más.

—No digáis esas cosas, por Dios—exclamó la madre llorando—si no me voy...

—Sería lo mejor—añadió la hija.—A solas nos veríamos mejor las caras, digo, las almas, nosotros, los Monegros.

La madre besó a la hija y se salió.

—Y bueno—dijo fríamente el padre, así que se vió a solas con su hija,—para salvarme de qué o de quién te vas al convento?

—Pues bien, padre, no sé de quién, no sé de qué, pero hay que salvarte. Yo no sé lo que anda por dentro de esta casa, entre tú y mi madre, no sé lo que anda dentro de ti, pero es algo malo...

—Eso te lo ha dicho el padrecito ese?

—No, no me lo ha dicho el padrecito; no ha tenido que decírmelo; no me lo ha dicho nadie, sino que lo he respirado desde que nací. Aquí, en esta casa, se vive como en tinieblas espirituales!

—Bah, esas son cosas que has leído en tus libros...

—Como tú has leído otras en los tuyos. O es que crees que sólo los libros que hablan de lo que hay dentro del cuerpo, esos libros tuyos con esas láminas feas, son los que enseñan la verdad?

—Y bien, esas tinieblas espirituales que dices, qué son?

—Tú lo sabrás mejor que yo, papá; pero no me niegues que aquí pasa algo, que aquí hay, como si fuese una niebla oscura, una tristeza que se mete por todas partes, que tú no estás contento nunca, que sufres, que es como si llevases a cuestas una culpa grande...

—Sí, el pecado original—dijo Joaquín con sorna.

—Ese, ese!—exclamó la hija.—Ese, del que no te has sanado!

—Pues me bautizaron...!

—No importa.

—Y como remedio para esto vas a meterte monja, no es eso? Pues lo primero era averiguar qué es ello, a qué se debe todo esto...

—Dios me libre, papá, de tal cosa. Nada de querer juzgaros.

—Pero de condenarme, sí, no es eso?

—Condenarte?

—Sí, condenarme; eso de irte así es condenarme...

—Y si me fuese con un marido? Si te dejara por un hombre...?

—Según el hombre.

Hubo un breve silencio.

—Pues sí, hija mía—reanudó Joaquín,—yo no estoy bien, yo sufro, sufro casi toda mi vida; hay mucho de verdad en lo que has adivinado; pero con tu resolución de meterte monja me acabas de matar, exacerbas y enconas mis males. Ten compasión de tu padre, de tu pobre padre...

—Es por compasión...

—No, es por egoísmo. Tú huyes; me ves sufrir y huyes. Es el egoísmo, es el despego, es el desamor lo que te lleva al claustro. Figúrate que yo tuviese una enfermedad pegajosa y larga, una lepra, me dejarías yendo al convento a rogar por Dios que me sanara? Vamos, contesta, me dejarías?

—No, no te dejaría, pues soy tu única hija.

—Pues haz cuenta que soy un leproso. Quédate a cuidarme. Me pondré bajo tu cuidado, haré lo que me mandes.

—Si es así...

Levantóse el padre, y mirando a su hija a través de lágrimas, abrazóla, y teniéndola así, en sus brazos, con voz de susurro, le dijo al oído:

—Quieres curarme, hija mía?

—Sí, papá.

—Pues bien, cásate con Abelín.

—Eh?—exclamó Joaquina, separándose de su padre y mirándole cara a cara.

—Qué? Qué te sorprende?—balbució el padre, sorprendido a su vez.

—Casarme? Yo? Con Abelín? Con el hijo de tu enemigo?

—Quién te ha dicho eso?

—Tu silencio de años.

—Pues por eso, por ser el hijo del que llamas mi enemigo.

—Yo no sé lo que hay entre vosotros, no quiero saberlo, pero al verte últimamente cómo te aficionabas a su hijo, me dió miedo... temí... no sé lo que temí. Ese tu cariño a Abelín me parecía monstruoso, algo infernal...

—Pues no, hija, no! Buscaba en él redención. Y créeme, si logras traerle a mi casa, si le haces mi hijo, será como si sale al fin el sol en mi alma...

—Pero pretendes tú, tú, mi padre, que yo le solicite, le busque?

—No digo eso.

—Pues entonces?

—Y si él...

—Ah, pero lo teníais ya tramado entre los dos y sin contar conmigo?

—No, lo tenía pensado yo, yo, tu padre, tu pobre padre, yo...

—Me das pena, padre.

—También yo me doy pena. Y ahora todo corre de mi cuenta. No pensabas sacrificarte por mí?

—Pues bien, sí, me sacrificaré por ti. Dispón de mí!

Fué el padre a besarla, y ella, desasiéndosele, exclamó:

—No, ahora no! Cuando lo merezcas. O es que quieres que también yo te haga callar con besos?

—Dónde has aprendido eso, hija?

—Las paredes oyen, papá.

—Y acusan!


XXVIII

—Quién fuera usted, don Joaquín—decíale un día a éste aquel pobre desheredado aragonés, el padre de los cinco hijos, luego que le hubo sacado algún dinero.

—Querer ser yo! No lo comprendo!

—Pues sí, lo daría todo por poder ser usted, don Joaquín.

—Y qué es eso todo que daría usted?

—Todo lo que puedo dar, todo lo que tengo.

—Y qué es ello?

—La vida!

—La vida por ser yo!—y a sí mismo se añadió Joaquín: «Pues yo la daría por poder ser otro!»

—Sí, la vida por ser usted.

—He ahí una cosa que no comprendo bien, amigo mío; no comprendo que nadie se disponga a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera comprendo que nadie quiera ser otro. Ser otro es dejar de ser uno, de ser el que se es.

—Sin duda.

—Y eso es dejar de existir.

—Sin duda.

—Pero no para ser otro...

—Sin duda.

—Entonces...

—Quiero decir, don Joaquín, que de buena gana dejaría de ser, o dicho más claro, me pegaría un tiro o me echaría al río si supiera que los míos, los que me atan a esta vida perra, los que no me dejan suicidarme, habrían de encontrar un padre en usted. No comprende usted ahora?

—Sí que lo comprendo. De modo que...

—Que maldito el apego que tengo a la vida y que de buena gana me separaría de mí mismo y mataría para siempre mis recuerdos si no fuese por los míos. Aunque también me retiene otra cosa.

—Qué?

—El temor de que mis recuerdos, de que mi historia me acompañen más allá de la muerte. Quién fuera usted, don Joaquín!

—Y si a mí me retuvieran en la vida, amigo mío, motivos como los de usted?

—Bah, usted es rico.

—Rico... rico...

—Y un rico nunca tiene motivo de queja. A usted no le falta nada. Mujer, hija, una buena clientela, reputación... qué más quiere usted? A usted no le desheredó su padre; a usted no le echó de su casa su hermano a pedir... A usted no le han obligado a hacerse un mendigo! Quién fuera usted, D. Joaquín!

Y al quedarse luego éste solo se decía: «Quién fuera yo! Ese hombre me envidia! me envidia! Y yo quién quiero ser?»


XXIX

Pocos días después Abelín y Joaquina estaban en relaciones de noviazgo. Y en su Confesión, dedicada a su hija, escribía algo después Joaquín:

«No es posible, hija mía, que te explique cómo llevé a Abel, tu marido de hoy, a que te solicitase por novia pidiéndote relaciones. Tuve que darle a entender que tú estabas enamorada de él o que por lo menos te gustaría que de ti se enamorase sin descubrir lo más mínimo de aquella nuestra conversación a solas, luego que tu madre me hizo saber como querías entrar por mi causa en un convento. Veía en ello mi salvación. Sólo uniendo tu suerte a la suerte del hijo único de quien me ha envenenado la fuente de la vida, sólo mezclando así nuestras sangres esperaba poder salvarme.

»Pensaba que acaso un día tus hijos, mis nietos, los hijos de su hijo, sus nietos, al heredar nuestras sangres, se encontraran con la guerra dentro, con el odio en sí mismos. Pero no es acaso el odio a sí mismo, a la propia sangre, el único remedio contra el odio a los demás? La escritura dice que en el seno de Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. Quién sabe si un día no concebirás tú dos mellizos, el uno con mi sangre y el otro con la suya, y se pelearán y se odiarán ya desde tu seno y antes de salir al aire y a la conciencia! Porque esta es la tragedia humana y todo hombre es, como Job, hijo de contradicción.

»Y he temblado al pensar que acaso os junté, no para unir, sino para separar aún más vuestras sangres, para perpetuar un odio. Perdóname! Deliro.

»Pero no son sólo nuestras sangres, la de él y la mía; es también la de ella, la de Helena. La sangre de Helena! Esto es lo que más me turba; esa sangre que le florece en las mejillas, en la frente, en los labios, que le hace marco a la mirada, esa sangre que me cegó desde su carne!

»Y queda otra, la sangre de Antonia, de la pobre Antonia, de tu santa madre. Esta sangre es agua de bautismo. Esta sangre es la redentora. Sólo la sangre de tu madre, Joaquina, puede salvar a tus hijos, a nuestros nietos. Esa es la sangre sin mancha que puede redimirlos.

»Y que no vea nunca ella, Antonia, esta Confesión; que no la vea. Que se vaya de este mundo, si me sobrevive, sin haber más que vislumbrado nuestro misterio de iniquidad.»

Los novios comprendiéronse muy pronto y se cobraron cariño. En íntimas conversaciones conociéronse sendas víctimas de sus hogares, de dos ámbitos tristes, de frívola impasibilidad el uno, de helada pasión oculta el otro. Buscaron su apoyo en Antonia, en la madre de ella. Tenían que encender un hogar, un verdadero hogar, un nido de amor sereno que vive de sí mismo, que no espía los otros amores, un castillo de soledad amorosa, y unir en él a las dos desgraciadas familias. Le harían ver a Abel, al pintor, que la vida íntima del hogar es la sustancia imperecedera de que no es sino resplandor, cuando no sombra, el arte; a Helena, que la juventud perpetua está en el alma que sabe hundirse en la corriente viva del linaje, en el alma de la familia; a Joaquín, que nuestro nombre se pierde con nuestra sangre, pero para recobrarse en los nombres y en las sangres de los que las mezclan a los nuestros; a Antonia no le tenían que hacerle ver nada, porque era una mujer nacida para vivir y revivir en la dulzura de la costumbre.

Joaquín sentía renacerse. Hablaba con emoción de cariño de su antiguo amigo, de Abel, y llegó a confesar que fué una fortuna que le quitase toda esperanza respecto a Helena.

—Pues bien—le decía una vez a solas a su hija;—ahora que todo parece tomar otro cauce, te lo diré. Yo quería a Helena, o por lo menos creía quererla y la solicité sin conseguir nada de ella. Porque, eso sí, la verdad, jamás me dió la menor esperanza. Y entonces le presenté a Abel, al que será tu suegro... tu otro padre, y al punto se entendieron. Lo que tomé yo por un menosprecio, una ofensa... Qué derecho tenía yo a ella?

—Es verdad eso, pero así sois los hombres.

—Tienes razón, hija mía, tienes razón. He vivido como loco, rumiando esa que estimaba una ofensa, una traición...

—Nada más, papá?

—Cómo nada más?

—No había más que eso, nada más?

—Que yo sepa... no!

Y al decirlo, el pobre hombre se cerraba los ojos hacia adentro y no lograba contener al corazón.

—Ahora os casaréis—continuó—y viviréis conmigo, sí, viviréis conmigo, y haré de tu marido, de mi nuevo hijo, un gran médico, un artista de la Medicina, todo un artista, que pueda igualar siquiera la gloria de su padre.

—Y él escribirá, papá, tu obra, pues así me lo ha dicho.

—Sí, la que yo no he podido escribir...

—Me ha dicho que en tu carrera, en la práctica de la Medicina, tienes cosas geniales y que has hecho, descubrimientos...

—Aduladores!

—No, así me ha dicho. Y que como no se te conoce, y al no conocerte no se te estima en todo lo que vales, que quiere escribir ese libro para darte a conocer.

—A buena hora...

—Nunca es tarde si la dicha es buena.

—Ay, hija mía, si en vez de haberme somormujado en esto de la clientela, en esta maldita práctica de la profesión que ni deja respirar libre ni aprender... si en vez de eso me hubiese dedicado a la ciencia pura, a la investigación...! Eso que ha descubierto el doctor Alvarez y García y por lo que tanto le bombean, lo habría descubierto antes yo, yo, tu padre, yo lo habría descubierto, pues estuve a punto de ello. Pero esto de ponerse a trabajar para ganarse la vida...

—Sin embargo, no necesitábamos de ello.

—Sí, pero... Y además, qué sé yo... Mas todo eso ha pasado y ahora comienza vida nueva. Ahora voy a dejar la clientela...

—De veras?

—Sí, voy a dejársela al que va a ser tu marido, bajo mi alta inspección, por supuesto. Lo guiaré, y yo a mis cosas! Y viviremos todos juntos, y será otra vida... otra vida... Empezaré a vivir; seré otro... otro... otro...

—Ay, papá, qué gusto! Cómo me alegra oirte hablar así. Al cabo!

—Qué te alegra oirme decir que seré otro?

La hija le miró a los ojos al oir el tono de lo que había debajo de su voz.

—Te alegra oirme decir que seré otro?—volvió a preguntar el padre.

—Sí, papá, me alegra!

—Es decir que el otro, que el otro, el que soy, te parece mal?

—Y a ti, papá?—le preguntó a su vez, resueltamente, la hija.

—Tápame la boca!—gimió él.

Y se la tapó con un beso.


XXX

—Ya te figurarás a lo que vengo—le dijo Abel a Joaquín apenas se encontraron a solas en el despacho de éste.

—Sí, lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita.

—Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. Y no sabes bien cuánto me alegro! Es como debía acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi tuyo; te quiere ya como a padre, no sólo como a maestro. Estoy por decir que te quiere más que a mí...

—Hombre... no... no... no digas así.

—Y qué? Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira, Joaquín, si entre nosotros había algo...

—No sigas por ahí, Abel, te lo ruego, no sigas...

—Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que mi hijo va a serlo tuyo y mía tu hija, tenemos que hablar de esa vieja cuenta, tenemos que ser absolutamente sinceros.

—No, no, de ningún modo, y si hablas de ella, me voy!

—Bien, sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidaré nunca, tu discurso aquel cuando lo del cuadro.

—Tampoco quiero que hables de eso.

—Pues de qué?

—Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo del porvenir...

—Pues si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, de que vamos a hablar? Si nosotros no tenemos ya más que pasado!

—No digas eso!—casi gritó Joaquín.

—Nosotros ya no podemos vivir más que de recuerdos!

—Cállate, Abel, cállate!

—Y si te he de decir la verdad, vale más vivir de recuerdos que de esperanzas. Al fin, ellos fueron y de éstas no se sabe si serán.

—No, no, recuerdos, no!

—En todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras esperanzas.

—Eso sí!

—De ellos y no de nosotros, de ellos, de nuestros hijos...

—Él tendrá en ti un maestro y un padre...

—Sí, pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera tomarlo, que ya la he preparado para eso. Le ayudaré en los casos graves.

—Gracias, gracias.

—Eso además de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirán conmigo.

—Eso me ha dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben poner casa; el casado, casa quiere.

—No, no puedo separarme de mi hija.

—Y nosotros de nuestro hijo, sí, eh?

—Más separados que estáis de él... Un hombre apenas vive en casa; una mujer apenas sale de ella. Necesito a mi hija.

—Sea. Ya ves si soy complaciente.

—Y más que esta casa será la vuestra, la tuya, la de Helena...

—Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.

Después de una larga entrevista en que convinieron todo lo atañedero al establecimiento de sus hijos, al ir a separarse Abel, mirándole a Joaquín a los ojos, con mirada franca, le tendió la mano, y sacando la voz de las entrañas de su común infancia le dijo: «Joaquín!» Asomáronsele a éste las lágrimas a los ojos al cojer aquella mano.

—No te había visto llorar desde que fuimos niños, Joaquín.

—No volveremos a serlo, Abel.

—Sí, y es lo peor.

Se separaron.


XXXI

Con el casamiento de su hija pareció entrar el sol, un sol de ocaso de otoño, en el hogar antes frío de Joaquín, y éste empezar a vivir de veras. Fué dejándole al yerno su clientela, aunque acudiendo, como en consulta, en los casos graves y repitiendo que era bajo su dirección como aquél ejercía.

Abelín, con las notas de su suegro, a quien llamaba su padre, tuteándole ya, y con sus ampliaciones y explicaciones verbales, iba componiendo la obra en que se recojía la ciencia médica del doctor Joaquín Monegro, y con un acento de veneración admirativa que el mismo Joaquín no habría podido darle. «Era mejor, sí—pensaba éste—era mucho mejor que escribiese otro aquella obra, como fué Platón quien expuso la doctrina socrática.» No era él mismo quien podía, con toda libertad de ánimo y sin que ello pareciese no ya presuntuoso, mas un esfuerzo para violentar el aplauso de la posteridad, que se estimaba no conseguible; no era él quien podía exaltar su saber y su pericia. Reservaba su actividad literaria para otros empeños.

Fué entonces, en efecto, cuando empezó a escribir su Confesión, que así la llamaba, dedicada a su hija y para que ésta la abriese luego que él hubiese muerto, y que era el relato de su lucha íntima con la pasión que fué su vida, con aquel demonio con quien peleó casi desde el albor de su mente dueña de sí hasta entonces, hasta cuando lo escribía. Esta confesión se decía dirigida a su hija, pero tan penetrado estaba él del profundo valor trágico de su vida de pasión y de la pasión de su vida, que acariciaba la esperanza de que un día su hija o sus nietos la dieran al mundo, para que éste se sobrecojiera de admiración y de espanto ante aquel héroe de la angustia tenebrosa que pasó sin que le conocieran en todo su fondo los que con él convivieron. Porque Joaquín se creía un espíritu de excepción, y como tal torturado y más capaz de dolor que los otros, un alma señalada al nacer por Dios con la señal de los grandes predestinados.

«Mi vida, hija mía—escribía en la Confesión,—ha sido un arder continuo, pero no la habría cambiado por la de otro. He odiado como nadie, como ningún otro ha sabido odiar, pero es que he sentido más que los otros la suprema injusticia de los cariños del mundo y de los favores de la fortuna. No, no, aquello que hicieron conmigo los padres de tu marido no fué humano ni noble; fué infame, pero fué peor, mucho peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontré desde que, niño aún y lleno de confianza, busqué el apoyo y el amor de mis semejantes. Por qué me rechazaban? Por qué me acojían fríamente y como obligados a ello? Por qué preferían al lijero, al inconstante, al egoísta? Todos, todos me amargaron la vida. Y comprendí que el mundo es naturalmente injusto y que yo no había nacido entre los míos. Esta fué mi desgracia, no haber nacido entre los míos. La baja mezquindad, la vil ramplonería de los que me rodeaban, me perdió.»

Y a la vez que escribía esta Confesión, preparaba, por si ésta marrase, otra obra que sería la puerta de entrada de su nombre en el panteón de los ingenios inmortales de su pueblo y casta. Titularíase Memorias de un médico viejo y sería la mies del saber de mundo, de pasiones, de vida, de tristezas y alegrías, hasta de crímenes ocultos, que había cosechado de la práctica de su profesión de médico. Un espejo de la vida, pero de las entrañas, y de las más negras, de ésta; una bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta literatura y de filosofía acibarada a la vez. Allí pondría toda su alma sin hablar de sí mismo; allí, para desnudar las almas de los otros, desnudaría la suya; allí se vengaría del mundo vil en que había tenido que vivir. Y las gentes, al verse así, al desnudo, admirarían primero y quedarían agradecidas después al que las desnudó. Y allí, cambiando los nombres a guisa de ficción, haría el retrato que para siempre habría de quedar de Abel y de Helena. Y su retrato valdría por todos los que Abel pintara. Y se regodeaba a solas pensando que si él acertaba aquel retrato literario de Abel Sánchez, le habría de inmortalizar a éste más que todos sus propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del porvenir llegasen a descubrir, bajo el débil velo de la ficción, al personaje histórico. «Sí, Abel, sí—se decía Joaquín a sí mismo—la mayor coyuntura que tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo único que has luchado, por lo único que te preocupa, por lo que me despreciaste siempre o, aun peor, no hiciste caso de mí, la mayor coyuntura que tienes de perpetuarte en la memoria de los venideros, no son tus cuadros, no! sino es que yo acierte a pintarte con mi pluma tal y como eres. Y acertaré, acertaré, porque te conozco, porque te he sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre mí. Te pondré para siempre en el rollo, y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre que yo te dé. Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros, dirán las gentes: «Ah, sí, el de Joaquín Monegro!» Porque serás de este modo mío, mío, y vivirás lo que mi obra viva, y tu nombre irá por los suelos, por el fango, a rastras del mío, como van arrastrados por el Dante los que colocó en el Infierno. Y serás la cifra del envidioso.»

Del envidioso! Pues Joaquín dió en creer que toda la pasión que bajo su aparente impasibilidad de egoísta animaba a Abel, era la envidia, la envidia de él, a Joaquín, que por envidia le arrebatara de mozo el afecto de los compañeros, que por envidia le quitó a Helena. Y cómo, entonces, se dejó quitar el hijo? «Ah—se decía Joaquín,—es que él no se cuida de su hijo, sino de su nombre, de su fama, no cree que vivirá en las vidas de sus descendientes de carne, sino en las de los que admiren sus cuadros, y me deja su hijo para mejor quedarse con su gloria. Pero yo le desnudaré!»

Inquietábale la edad a que emprendía la composición de esas Memorias, entrado ya en los cincuenta y cinco años, pero, no había acaso empezado Cervantes su Quijote a los cincuenta y siete de su edad? Y se dió a averiguar qué obras maestras escribieron sus autores después de haber pasado la edad suya. Y a la par se sentía fuerte, dueño de su mente toda, rico de experiencia, maduro de juicio y con su pasión, fermentada en tantos años, contenida pero bullente.

Ahora, para cumplir su obra, se contendría. Pobre Abel! La que le esperaba...! Y empezó a sentir desprecio y compasión hacia él. Mirábale como a un modelo y como a una víctima, y le observaba y le estudiaba. No mucho, pues Abel iba poco, muy poco, a casa de su hijo.

—Debe de andar muy ocupado tu padre—decía Joaquín a su yerno;—apenas parece por aquí. Tendrá alguna queja? Le habremos ofendido yo, Antonia o mi hija en algo? Lo sentiría...

—No, no, papá—así le llamaba ya Abelín,—no es nada de eso. En casa tampoco paraba. No te dije que no le importa nada más que sus cosas? Y sus cosas son las de su arte y qué sé yo...

—No, hijo, no, exageras... algo más habrá...

—No, no hay más.

Y Joaquín insistía para oir la misma versión.

—Y Abel, cómo no viene?—le preguntaba a Helena.

—Bah, él es así con todos!—respondía ésta.

Ella, Helena, sí solía ir a casa de su nuera.


XXXII

—Pero dime—le decía un día Joaquín a su yerno—cómo no se le ocurrió a tu padre nunca inclinarte a la pintura?

—No me ha gustado nunca...

—No importa; parecía lo natural que él quisiera iniciarte en su arte...

—Pues, no, sino que antes más bien le molestaba que yo me interesase en él. Jamás me animó a que cuando niño hiciera lo que es natural en niños, figuras y dibujos.

—Es raro... es raro...—murmuraba Joaquín.—Pero...

Abel sentía desasosiego al ver la expresión del rostro de su suegro, el lívido fulgor de sus ojos. Sentíase que algo le escarabajeaba dentro, algo doloroso y que deseaba echar fuera; algún veneno sin duda. Siguióse a esas últimas palabras un silencio cargado de acre amargura. Y lo rompió Joaquín diciendo:

—No me explico que no quisiese dedicarte a pintor...

—No, no quería que fuese lo que él...

Siguióse otro silencio, que volvió a romper, como con pesar, Joaquín, exclamando como quien se decide a una confesión:

—Pues sí, lo comprendo!

Abel tembló, sin saber a punto cierto por qué, al oir el tono y timbre con que su suegro pronunció esas palabras.

—Pues...?—interrogó el yerno.

—No... nada...—Y el otro pareció recojerse en sí.

—Dímelo!—suplicó el yerno, que por ruego de Joaquín ya le tuteaba como a padre amigo—amigo y cómplice!—aunque temblaba de oir lo que pedía que se le dijese.

—No; no, no quiero que digas luego...

—Pues eso es peor, padre, que decírmelo, sea lo que fuere. Además, que creo adivinarlo...

—Qué?—preguntó el suegro, atravesándole los ojos con la mirada.

—Que acaso temiese que yo con el tiempo eclipsara su gloria...

—Sí—añadió con reconcentrada voz Joaquín,—sí, eso! Abel Sánchez hijo, o Abel Sánchez el Joven! Y que luego se le recordase a él como tu padre y no a ti como a su hijo. Es tragedia que se ha visto más de una vez dentro de las familias... Eso de que un hijo haga sombra a su padre...

—Pero eso es...—dijo el yerno, por decir algo.

—Eso es envidia, hijo, nada más que envidia.

—Envidia de un hijo...! Y un padre!

—Sí, y la más natural. La envidia no puede ser entre personas que no se conocen apenas. No se envidia al de otras tierras ni al de otros tiempos. No se envidia al forastero, sino los del mismo pueblo entre sí; no al de más edad, al de otra generación, sino al contemporáneo, al camarada. Y la mayor envidia entre hermanos. Por algo es la leyenda de Caín y Abel... Los celos más terribles, tenlo por seguro, han de ser los de uno que cree que su hermano pone ojos en su mujer, en la cuñada... Y entre padres e hijos...

—Pero y la diferencia de edad en este caso?

—No importa! Eso de que nos llegue a oscurecer aquel a quien hicimos...

—Y del maestro al discípulo?—preguntó Abel.

Joaquín se calló, clavó un momento su vista en el suelo, bajo el que adivinaba la tierra, y luego añadió, como hablando con ella, con la tierra:

—Decididamente, la envidia es una forma de parentesco.

Y luego:

—Pero hablemos de otra cosa, y todo esto, hijo, como si no lo hubiese dicho. Lo has oído?

—No!

—Cómo que no?...

—Que no he oído lo que antes dijiste.

—Ojalá no lo hubiese oído yo tampoco!—y la voz le lloraba.


XXXIII

Solía ir Helena a casa de su nuera, de sus hijos, para introducir un poco de gusto más fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de burgueses sin distinción, para corregir—así lo creía ella—los defectos de la educación de la pobre Joaquina, criada por aquel padre lleno de una soberbia sin fundamento y por aquella pobre madre que había tenido que cargar con el hombre que otra desdeñó. Y cada día dictaba alguna lección de buen tono y de escojidas maneras.

—Bien, como quieras!—solía decirle Antonia.

Y Joaquina, aunque recomiéndose, resignábase. Pero dispuesta a rebelarse un día. Y si no lo hizo fué por los ruegos de su marido.

—Como usted quiera, señora—le dijo una vez y recalcando el usted, que no habían logrado lo dejase al hablarle;—yo no entiendo de esas cosas ni me importa. En todo eso se hará su gusto...

—Pero si no es mi gusto, hija, si es...

—Lo mismo da! Yo me he criado en la casa de un médico, que es ésta, y cuando se trate de higiene, de salubridad, y luego que nos llegue el hijo, de criarle, sé lo que he de hacer, pero ahora, en estas cosas que llama usted de gusto, de distinción, me someto a quien se ha formado en casa de un artista.

—Pero no te pongas así, chicuela...

—No, si no me pongo. Es que siempre nos está usted echando en cara que si esto no se hace así, que si se hace asá. Después de todo no vamos a dar saraos ni tés danzantes.

—No sé de dónde te ha venido, hija, ese fingido desprecio, fingido, sí, fingido, lo repito, fingido...

—Pero si yo no he dicho nada, señora...

—Ese fingido desprecio a las buenas formas, a las conveniencias sociales. Aviados estaríamos sin ellas...! No se podría vivir!

Como a Joaquina le habían recomendado su padre y su marido que se pasease, que airease y solease la sangre que iba dando al hijo que vendría, y como ellos no podían siempre acompañarla, y Antonia no gustaba de salir de casa, escoltábala Helena, su suegra. Y se complacía en ello, en llevarla al lado como a una hermana menor, pues por tal la tomaban los que no las conocían, en hacerle sombra con su espléndida hermosura casi intacta por los años. A su lado su nuera se borraba a los ojos precipitados de los transeuntes. El encanto de Joaquina era para paladeado lentamente por los ojos, mientras que Helena se ataviaba para barrer las miradas de los distraídos. «Me quedo con la madre!»—oyó que una vez decía un mocetón, a modo de chicoleo, cuando al pasar ellas le oyó que llamaba hija a Joaquina, y respiró más fuerte, humedeciéndose con la punta de la lengua los labios.

—Mira, hija—solía decirle a Joaquina,—haz lo más por disimular tu estado, es muy feo eso de que se conozca que una muchacha está encinta... es así como una petulancia...

—Lo que yo hago, madre, es andar cómoda y no cuidarme de lo que crean o no crean... Aunque estoy en lo que los cursis llaman estado interesante, no me hago la tal como otras se habrán hecho y se hacen. No me preocupo de esas cosas.

—Pues hay que preocuparse; se vive en el mundo.

—Y qué más da que lo conozcan...? O es que no le gusta a usted, madre, que sepan que va para abuela?—añadió con sorna.

Helena se escocía al oir la palabra odiosa: abuela, pero se contuvo.

—Pues mira, lo que es por edad...—dijo, picada.

—Sí, por edad podía usted ser madre de nuevo—repuso la nuera, hiriéndola en lo vivo.

—Claro, claro...—dijo Helena, sofocada y sorprendida, inerme por el brusco ataque.—Pero eso de que se te queden mirando...

—No; esté tranquila, pues a usted es más bien a la que miran. Se acuerdan de aquel magnífico retrato, de aquella obra de arte...

—Pues yo en tu caso...—empezó la suegra.

—Usted en mi caso, madre, y si pudiese acompañarme en mi estado mismo, entonces?

—Mira, niña, si sigues así nos volvemos en seguida y no vuelvo a salir contigo ni a pisar tu casa... es decir, la de tu padre.

—La mía, señora, la mía, y la de mi marido y la de usted...!

—Pero de dónde has sacado ese geniecillo, niña?

—Geniecillo? Ah, sí, el genio es de otros!

—Miren, miren la mosquita muerta... la que se iba a ir monja antes de que su padre le pescase a mi hijo...

—Le he dicho a usted ya, señora, que no vuelva a mentarme eso. Yo sé lo que me hice.

—Y mi hijo también.

—Sí, sabe también lo que se hizo, y no hablemos más de ello.