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Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

Chapter 4: III
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About This Book

The story traces a lifelong rivalry between two childhood friends, one outwardly charismatic and successful, the other introspective and consumed by envy. As their lives diverge—one pursuing artistic distinction and the other scientific study—the narrator records a confession that reveals obsessive hatred toward the other's achievements, romantic entanglements, and progeny. Fragments of private reflection alternate with narrated episodes from childhood to maturity, showing how jealousy distorts perception, corrodes relationships, and produces moral anguish. The work examines pride, identity, and the destructive effects of resentful devotion.

The Project Gutenberg eBook of Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

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Title: Abel Sánchez: Una Historia de Pasión

Author: Miguel de Unamuno

Release date: December 25, 2013 [eBook #44512]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Carlos Colón and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
created from images of public domain material made available
by the University of Toronto Libraries
(http://link.library.utoronto.ca/booksonline/).)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ABEL SÁNCHEZ: UNA HISTORIA DE PASIÓN ***

Nota del Transcriptor:

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Con la intención de conservar el texto original, signos de interrogación y exclamación no se usan al principio de la mayoría de las preguntas y exclamaciones respectivamente.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

ABEL SÁNCHEZ

UNA HISTORIA DE PASIÓN

IMP. JOSÉ POVEDA.—PRÍNCIPE, 24.—MADRID

ABEL SÁNCHEZ
UNA HISTORIA DE PASIÓN

POR

MIGUEL DE UNAMUNO

RENACIMIENTO
SAN MARCOS, 42
MADRID
1917

ABEL SÁNCHEZ
UNA HISTORIA DE PASIÓN

Al morir Joaquín Monegro encontróse entre sus papeles una especie de Memoria de la sombría pasión que le hubo devorado en vida. Entremézclase en este relato fragmentos tomados de esa confesión—así lo rotuló—, y que vienen a ser al modo de comentario que se hacía Joaquín a sí mismo de su propia dolencia. Esos fragmentos van entrecomillados. La Confesión iba dirigida a su hija.


I

No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos desde antes de la niñez, desde la primera infancia, pues ya sus sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aun ellos no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento casi, más bien hermanos de crianza.

En sus paseos, en sus juegos, en sus otras amistades comunes, parecía dominar e iniciarlo todo Joaquín, el más voluntarioso; pero era Abel quien, pareciendo ceder, hacía la suya siempre. Y es que le importaba más no obedecer que mandar. Casi nunca reñían. «Por mí como tú quieras...!» le decía Abel a Joaquín, y éste se exasperaba a las veces porque con aquel «como tú quieras...!» esquivaba las disputas.

—Nunca me dices que no!—exclamaba Joaquín.

—Y para qué?—respondía el otro.

—Bueno, este no quiere que vayamos al Pinar—dijo una vez aquel cuando varios compañeros se disponían a un paseo.

—Yo? pues no he de quererlo...!—exclamó Abel.—Sí, hombre, sí; como tú quieras. Vamos allá!

—No, como yo quiera, no! Ya te he dicho otras veces que no! Como yo quiera no! Tú no quieres ir!

—Que sí, hombre...

—Pues entonces no lo quiero yo...

—Ni yo tampoco...

—Eso no vale—gritó ya Joaquín.—O con él o conmigo!

Y todos se fueron con Abel, dejándole a Joaquín solo.

Al comentar éste en sus Confesiones tal suceso de la infancia, escribía: «Ya desde entonces era él simpático, no sabía por qué, y antipático yo, sin que se me alcanzara mejor la causa de ello, y me dejaban solo. Desde niño me aislaron mis amigos».

Durante los estudios del bachillerato, que siguieron juntos, Joaquín era el empollón, el que iba a la caza de los premios, el primero en las aulas y el primero Abel fuera de ellas, en el patio del Instituto, en la calle, en el campo, en los novillos, entre los compañeros. Abel era el que hacía reir con sus gracias y, sobre todo, obtenía triunfos de aplauso por las caricaturas que de los catedráticos hacía. «Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel es más listo... si se pusiera a estudiar...» Y este juicio común de los compañeros, sabido por Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. Llegó a sentir la tentación de descuidar el estudio y tratar de vencer al otro en el otro campo, pero diciéndose: «bah! qué saben ellos...» siguió fiel a su propio natural. Además, por más que procuraba aventajar al otro en ingenio y donosura no lo conseguía. Sus chistes no eran reídos y pasaba por ser fundamentalmente serio. «Tú eres fúnebre»—solía decirle Federico Cuadrado—«tus chistes son chistes de duelo».

Concluyeron ambos el bachillerato. Abel se dedicó a ser artista siguiendo el estudio de la pintura y Joaquín se matriculó en la Facultad de Medicina. Veíanse con frecuencia y hablaba cada uno al otro de los progresos que en sus respectivos estudios hacían, empeñándose Joaquín en probarle a Abel que la Medicina era también un arte y hasta un arte bella, en que cabía inspiración poética. Otras veces, en cambio, daba en menospreciar las bellas artes, enervadoras del espíritu, exaltando la ciencia, que es la que eleva, fortifica y ensancha el espíritu con la verdad.

—Pero es que la Medicina tampoco es ciencia—le decía Abel.—No es sino un arte, una práctica derivada de ciencias.

—Es que yo no he de dedicarme al oficio de curar enfermos—replicaba Joaquín.

—Oficio muy honrado y muy útil...—añadía el otro.

—Sí, pero no para mí. Será todo lo honrado y todo lo útil que quieras, pero detesto esa honradez y esa utilidad. Para otros el hacer dinero tomando el pulso, mirando la lengua y recetando cualquier cosa. Yo aspiro a más.

—A más?

—Sí, yo aspiro a abrir nuevos caminos. Pienso dedicarme a la investigación científica. La gloria médica es de los que descubrieron el secreto de alguna enfermedad y no de los que aplicaron el descubrimiento con mayor o menor fortuna.

—Me gusta verte así, tan idealista.

—Pues qué, ¿crees que sólo vosotros, los artistas, los pintores, soñáis con la gloria?

—Hombre, nadie te ha dicho que yo sueñe con tal cosa...

—Que no? pues por qué, si no, te has dedicado a pintar?

—Porque si se acierta es oficio que promete...

—Que promete?

—Vamos, sí, que da dinero.

—A otro perro con ese hueso, Abel. Te conozco desde que nacimos casi. A mí no me la das. Te conozco.

—Y he pretendido nunca engañarte?

—No, pero tú engañas sin pretenderlo. Con ese aire de no importarte nada, de tomar la vida en juego, de dársete un comino de todo, eres un terrible ambicioso...

—Ambicioso yo?

—Sí, ambicioso de gloria, de fama, de renombre... Lo fuiste siempre, de nacimiento. Sólo que solapadamente.

—Pero ven acá, Joaquín, y dime: te disputé nunca tus premios? no fuiste tú siempre el primero en clase? el chico que promete?

—Sí, pero el gallito, el niño mimado de los compañeros tú...

—Y qué iba yo a hacerle...?

—Me querrás hacer creer que no buscabas esa especie de popularidad...?

—Haberla buscado tú...

—Yo? yo? Desprecio a la masa!

—Bueno, bueno, déjame de esas tonterías y cúrate de ellas. Mejor será que me hables otra vez de tu novia.

—Novia?

—Bueno, de esa tu primita que quieres que lo sea.

Porque Joaquín estaba queriendo forzar el corazón de su prima Helena y había puesto en su empeño amoroso todo el ahinco de su ánimo reconcentrado y suspicaz. Y sus desahogos, los inevitables y saludables desahogos de enamorado en lucha, eran con su amigo Abel.

Y lo que Helena le hacía sufrir!

—Cada vez la entiendo menos—solía decirle a Abel.—Esa muchacha es para mí una esfinge...

—Ya sabes lo que decía Oscar Wilde, o quien fuese, que toda mujer es una esfinge sin secreto.

—Pues Helena parece tenerlo. Debe de querer a otro, aunque éste no lo sepa. Estoy seguro de que quiere a otro.

—Y por qué?

—De otro modo no me explico su actitud conmigo...

—Es decir, que porque no quiere quererte a ti... quererte para novio, que como primo sí te querrá...

—¡No te burles!

—Bueno, pues porque no quiere quererte para novio, o más claro, para marido, tiene que estar enamorada de otro? Bonita lógica!

—Yo me entiendo!

—Sí, y también yo te entiendo.

—Tú?

—No pretendes ser quien mejor me conoce? Qué mucho, pues, que yo pretenda conocerte? Nos conocimos a un tiempo.

—Te digo que esa mujer me trae loco y me hará perder la paciencia. Está jugando conmigo. Si me hubiera dicho desde un principio que no, bien estaba, pero tenerme así, diciendo que lo verá, que lo pensará... Esas cosas no se piensan... coqueta!

—Es que te está estudiando.

—Estudiándome a mí? Ella? Qué tengo yo que estudiar? Qué puede ella estudiar?

—Joaquín, Joaquín, te estás rebajando y la estás rebajando...! O crees que no más verte y oirte y saber que la quieres y ya debía rendírsete?

—Sí, siempre he sido antipático...

—Vamos, hombre, no te pongas así...

—Es que esa mujer está jugando conmigo! Es que no es noble jugar así con un hombre como yo, franco, leal, abierto... Pero si vieras qué hermosa está! Y cuanto más fría y más desdeñosa se pone más hermosa. Hay veces que no sé si la quiero o la aborrezco más...! Quieres que te presente a ella...?

—Hombre, si tú...

—Bueno; os presentaré.

—Y si ella quiere...

—Qué?

—Le haré un retrato.

—Hombre, sí!

Mas aquella noche durmió Joaquín mal rumiando lo del retrato, pensando en que Abel Sánchez, el simpático sin proponérselo, el mimado del favor ajeno, iba a retratarle a Helena.

Qué saldría de allí? Encontraría también Helena, como sus compañeros de ellos, más simpático a Abel? Pensó negarse a la presentación, mas como ya se la había prometido.


II

—Qué tal te pareció mi prima?—le preguntaba Joaquín a Abel al día siguiente de habérsela presentado y propuesto a ella, a Helena, lo del retrato, que acojió alborozada de satisfacción.

—Hombre, quieres la verdad?

—La verdad siempre, Abel; si nos dijéramos siempre la verdad, toda la verdad, esto sería el paraíso.

—Sí, y si se la dijera cada cual a sí mismo...

—Bueno, pues la verdad!

—La verdad es que tu prima y futura novia, acaso esposa, Helena, me parece una pava real... es decir, un pavo real hembra... ya me entiendes...

—Sí, te entiendo.

—Como no sé expresarme bien más que con el pincel...

—Y vas a pintar la pava real, o el pavo real hembra, haciendo la rueda acaso, con su cola llena de ojos, su cabecita...

—Para modelo, excelente! Excelente, chico! Qué ojos! Qué boca! Esa boca carnosa y a la vez fruncida... esos ojos que no miran... Qué cuello! Y sobre todo qué color de tez! Si no te incomodas...

—Incomodarme yo?

—Te diré que tiene un color como de india brava, o mejor, de fiera indómita. Hay algo, en el mejor sentido, de pantera en ella. Y todo ello fríamente.

—Y tan fríamente!

—Nada, chico, que espero hacerte un retrato estupendo.

—A mí? Será a ella?

—No, el retrato será para ti, aunque de ella.

—No, eso no, el retrato será para ella!

—Bien, para los dos. Quién sabe... Acaso con él os una.

—Vamos, sí, que de retratista pasas a...

—A lo que quieras, Joaquín, a celestino, con tal de que dejes de sufrir así. Me duele verte de esa manera.

Empezaron las sesiones de pintura, reuniéndose los tres. Helena se posaba en su asiento solemne y fría, henchida de desdén, como una diosa llevada por el destino. «Puedo hablar?», preguntó al primer día, y Abel le contestó: «Sí, puede usted hablar y moverse; para mí es mejor que hable y se mueva, porque así vive la fisonomía... Esto no es fotografía, y además no la quiero hecha estatua...» Y ella hablaba, hablaba, pero moviéndose poco y estudiando la postura. Qué hablaba? Ellos no lo sabían. Porque uno y otro no hacían sino devorarla con los ojos; la veían, no la oían hablar.

Y ella hablaba, hablaba, por creer de buena educación no estarse callada, y hablaba zahiriendo a Joaquín cuanto podía.

—Qué tal vas de clientela, primito?—le preguntaba.

—Tanto te importa eso?...

—Pues no ha de importarme, hombre, pues no ha de importarme...! Figúrate...

—No, no me figuro.

—Interesándote tú tanto como por mí te interesas, no cumplo con menos que con interesarme yo por ti. Y además, quién sabe...

—Quién sabe, qué?

—Bueno, dejen eso—interrumpía Abel;—no hacen sino regañar.

—Es lo natural—decía Helena—entre parientes... Y además, dicen que así se empieza.

—Se empieza, qué?—preguntó Joaquín.

—Eso tú lo sabrás, primo, que tú has empezado.

—Lo que voy a hacer es acabar!

—Hay varios modos de acabar, primo.

—Y varios de empezar.

—Sin duda. Qué, me descompongo con este floreteo, Abel?

—No, no, todo lo contrario. Este floreteo, como le llama, le da más expresión a la mirada y al gesto. Pero...

A los dos días tuteábanse ya Abel y Helena; lo había querido así Joaquín. Quien al tercer día faltó a una sesión.

—A ver, a ver cómo va eso—dijo Helena levantándose para ir a ver el retrato.

—Qué te parece?

—Yo no entiendo, y además no soy quien mejor puede saber si se me parece o no.

—Qué? No tienes espejo? No te has mirado a él?

—Sí, pero...

—Pero qué...

—Qué sé yo...

—No te encuentras bastante guapa en este espejo?

—No seas adulón.

—Bien, se lo preguntaremos a Joaquín.

—No me hables de él, por favor. Qué pelma!

—Pues de él he de hablarte.

—Entonces me marcho...

—No, y oye. Está muy mal lo que estás haciendo con ese chico.

—¡Ah! ¿Pero ahora vienes a abogar por él? Es esto del retrato un achaque.

—Mira, Helena, no está bien que estés así, jugando con tu primo. El es algo, vamos, algo...

—Sí, insoportable!

—No, él es reconcentrado, altivo por dentro, terco, lleno de sí mismo, pero es bueno, honrado a carta cabal, inteligente, le espera un brillante porvenir en su carrera, te quiere con delirio...

—Y si a pesar de todo eso no le quiero yo?

—Pues debes entonces desengañarle.

—Y poco que le he desengañado! Estoy harta de decirle que me parece un buen chico, pero que por eso, porque me parece un buen chico, un excelente primo—y no quiero hacer un chiste,—por eso no le quiero para novio con lo que luego viene.

—Pues él dice...

—Si él te ha dicho otra cosa, no te ha dicho la verdad, Abel. Es que voy a despedirle y prohibirle que me hable siendo como es mi primo? Primo! Qué gracia!

—No te burles así.

—Si es que no puedo...

—Y él sospecha más, y es que se empeña en creer que puesto que no quieres quererle a él, estás en secreto enamorada de otro...

—Eso te ha dicho?

—Sí, eso me ha dicho.

Helena se mordió los labios, se ruborizó y calló un momento.

—Sí, eso me ha dicho—repitió Abel, descansando la diestra sobre el tiento que apoyaba en el lienzo, y mirando fijamente a Helena, como queriendo adivinar el sentido de algún rasgo de su cara.

—Pues si se empeña...

-Qué...?

—Que acabará por conseguir que me enamore de algún otro...

Aquella tarde no pintó ya más Abel. Y salieron novios.


III

El éxito del retrato de Helena por Abel fué clamoroso. Siempre había alguien contemplándolo frente al escaparate en que fué expuesto. «Ya tenemos un gran pintor más», decían. Y ella, Helena, procuraba pasar junto al lugar en que su retrato se exponía para oir los comentarios y paseábase por las calles de la ciudad como un inmortal retrato viviente, como una obra de arte haciendo la rueda. No había acaso nacido para eso?

Joaquín apenas dormía.

—Está peor que nunca—le dijo a Abel.—Ahora es cuando juega conmigo. Me va a matar!

—Naturalmente! Se siente ya belleza profesional...

—Sí, la has inmortalizado! Otra Joconda!

—Pero tú, como médico, puedes alargarle la vida...

—O acortársela.

—No te pongas así, trágico.

—Y qué voy a hacer, Abel, qué voy a hacer...?

—Tener paciencia...

—Además, me ha dicho cosas de donde he sacado que le has contado lo de que la creo enamorada de otro...

—Fué por hacer tu causa...

—Por hacer mi causa... Abel, Abel, tú estás de acuerdo con ella... vosotros me engañáis...

—Engañarte? En qué? Te ha prometido algo?

—Y a ti?

—Es tu novia acaso?

—Y es ya la tuya?

Callóse Abel, mudándosele la color.

—Lo ves?—exclamó Joaquín, balbuciente y tembloroso.—Lo ves?

—El qué?

—Y lo negarás ahora? Tendrás cara para negármelo?

—Pues bien, Joaquín, somos amigos de antes de conocernos, casi hermanos...

—Y al hermano, puñalada trapera, no es eso?

—No te sulfures así; ten paciencia...

—Paciencia? Y qué es mi vida sino continua paciencia, continuo padecer?... Tú el simpático, tú el festejado, tú el vencedor, tú el artista... Y yo...

Lágrimas que le reventaron en los ojos cortáronle la palabra.

—Y qué iba a hacer, Joaquín, qué querías que hiciese...?

—No haberla solicitado, pues que la quería yo...!

—Pero si ha sido ella, Joaquín, si ha sido ella...

—Claro, a ti, al artista, al afortunado, al favorito de la fortuna, a ti son ellas las que te solicitan. Ya la tienes, pues...

—Me tiene ella, te digo.

—Sí, ya te tiene la pava real, la belleza profesional, la Joconda... Serás su pintor... La pintarás en todas posturas y en todas formas, a todas las luces, vestida y sin vestir...

—Joaquín!

—Y así la inmortalizarás. Vivirá tanto como tus cuadros vivan. Es decir, vivirá, no! Porque Helena no vive; durará. Durará como el mármol, de que es. Porque es de piedra, fría y dura, fría y dura como tú. Montón de carne...!

—No te sulfures, te he dicho.

—Pues no he de sulfurarme, hombre, pues no he de sulfurarme! Esto es una infamia, una canallada!

Sintióse abatido y calló, como si le faltaran palabras para la violencia de su pasión.

—Pero ven acá, hombre—le dijo Abel con su voz más dulce, que era la más terrible—y reflexiona. Iba yo a hacer que te quisiese si ella no quiere quererte? Para novio no le eres...

—Sí, no soy simpático a nadie; nací condenado.

—Te juro, Joaquín...

—No jures!

—Te juro que si en mí sólo consistiese, Helena sería tu novia, y mañana tu mujer. Si pudiese cedértela...

—Me la venderías por un plato de lentejas, no es eso?

—No, vendértela no! Te la cedería gratis y gozaría en veros felices, pero...

—Sí, que ella no me quiere y te quiere a ti, no es eso?

—Eso es!

—Que me rechaza a mí, que la buscaba, y te busca a ti, que la rechazabas.

—Eso! Aunque no lo creas; soy un seducido.

—Qué manera de darte postín! Me das asco!

—Postín?

—Sí, ser así, seducido, es más que ser seductor. Pobre víctima! Se pelean por ti las mujeres...

—No me saques de quicio, Joaquín...

—A ti? Sacarte a ti de quicio? Te digo que esto es una canallada, una infamia, un crimen... Hemos acabado para siempre!

Y luego, cambiando de tono, con lágrimas insondables en la voz:

—Ten compasión de mí, Abel, ten compasión. Ve que todos me miran de reojo, ve que todos son obstáculos para mí... Tú eres joven, afortunado, mimado, te sobran mujeres... Déjame a Helena, mira que no sabré dirigirme a otra... Déjame a Helena...

—Pero si ya te la dejo...

—Haz que me oiga; haz que me conozca; haz que sepa que muero por ella, que sin ella no viviré...

—No la conoces...

—Sí, os conozco! Pero, por Dios... Júrame que no has de casarte con ella...

—Y quién ha hablado de casamiento?

—Ah, entonces es por darme celos nada más? Sí, ella no es más que una coqueta... peor que una coqueta, una...

—Cállate!—rugió Abel.

Y fué tal el rugido, que Joaquín se quedó callado, mirándole.

—Es imposible, Joaquín; contigo no se puede! Eres imposible!

Y Abel marchóse.

«Pasé una noche horrible—dejó escrito en su Confesión Joaquín—volviéndome a un lado y otro en la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí, pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte de Abel. Fué una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de rabia. Con el día y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión, comprendí que no tenía derecho alguno a Helena, pero empecé a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. Odio? Aun no quería darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida.»


IV

—Helena—le decía Abel,—eso de Joaquín me quita el sueño...!

—El qué?

—Cuando le diga que vamos a casarnos no sé lo que va a ser. Y eso que parece ya tranquilo y como si se resignase a nuestras relaciones...

—Sí, bonito es él para resignarse!

—La verdad es que esto no estuvo del todo bien.

—Qué? También tú? Es que vamos a ser las mujeres como bestias, que se dan y prestan y alquilan y venden?

—No, pero...

—Pero qué?

—Que fué él quien me presentó a ti, para que te hiciera el retrato, y me aproveché...

—Y bien aprovechado! Estaba yo acaso comprometida con él? Y aunque lo hubiese estado! Cada cual va a lo suyo.

—Sí, pero...

—Qué? Te pesa? Pues por mí... Aunque si tú me dejases ahora, ahora que estoy comprometida y todas saben que eres mi novio oficial y que me vas a pedir un día de estos, no por eso buscaría a Joaquín, no! Menos que nunca! Me sobrarían pretendientes, así, como los dedos de las manos—y levantaba sus dos largas manos, de ahusados dedos, aquellas manos que con tanto amor pintara Abel, y sacudía los dedos, como si revolotearan.

Abel le cojió las dos manos en las recias suyas, se las llevó a la boca y las besó alargadamente. Y luego en la boca...

—Estate quieto, Abel!

—Tienes razón, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en lo que sienta y sufra por ella el pobre Joaquín...

—Pobre? No es más que un envidioso!

—Pero hay envidias, Helena...

—Que se fastidie!

Y después de una pausa llena de un negro silencio:

—Por supuesto, le convidaremos a la boda...

—Helena!

—Y qué mal hay en ello? Es mi primo, tu primer amigo, a él debemos el habernos conocido. Y si no le convidas tú, le convidaré yo. Que no va? Mejor! Que va? Mejor que mejor!


V

Al anunciar Abel a Joaquín su casamiento, éste dijo:

—Así tenía que ser. Tal para cual.

—Pero bien comprendes...

—Sí, lo comprendo, no me creas un demente o un furioso; lo comprendo, está bien, que seáis felices... Yo no lo podré ser ya...

—Pero, Joaquín, por Dios, por lo que más quieras...

—Basta y no hablemos más de ello. Haz feliz a Helena y que ella te haga feliz... Os he perdonado ya...

—De veras?

—Sí, de veras. Quiero perdonaros. Me buscaré mi vida.

—Entonces me atrevo a convidarte a la boda, en mi nombre...

—Y en el de ella, eh?

—Sí, en el de ella también.

—Lo comprendo. Iré a realzar vuestra dicha. Iré.

Como regalo de boda mandó Joaquín a Abel un par de magníficas pistolas damasquinadas, como para un artista.

—Son para que te pegues un tiro cuando te canses de mí—le dijo Helena a su futuro marido.

—Qué cosas tienes, mujer!

—Quién sabe sus intenciones... Se pasa la vida tramándolas...

«En los días que siguieron a aquel en que me dijo que se casaban—escribió en su Confesión Joaquín—sentí como si el alma toda se me helase. Y el hielo me apretaba el corazón. Eran como llamas de hielo. Me costaba respirar. El odio a Helena, y sobre todo, a Abel, porque era odio, odio frío cuyas raíces me llenaban el ánimo, se me había empedernido. No era una mala planta, era un témpano que se me había clavado en el alma; era, más bien, mi alma toda congelada en aquel odio. Y un hielo tan cristalino, que lo veía todo a su través con una claridad perfecta. Me daba acabada cuenta de que razón, lo que se llama razón, eran ellos los que la tenían; que yo no podía alegar derecho alguno sobre ella; que no se debe ni se puede forzar el afecto de una mujer, que, pues se querían, debían unirse. Pero sentía también confusamente que fuí yo quien les llevó, no sólo a conocerse, sino a quererse, que fué por desprecio a mí por lo que se entendieron, que en la resolución de Helena entraba por mucho el hacerme rabiar y sufrir, el darme dentera, el rebajarme a Abel, y en la de éste el soberano egoísmo que nunca le dejó sentir el sufrimiento ajeno. Ingenuamente, sencillamente no se daba cuenta de que existieran otros. Los demás éramos para él, a lo sumo, modelos para sus cuadros. No sabía ni odiar; tan lleno de sí vivía.»

»Fuí a la boda con el alma escarchada de odio, el corazón garapiñado en hielo agrio pero sobrecojido de un mortal terror, temiendo que al oir el de ellos, el hielo se me resquebrajara y hendido el corazón quedase allí muerto o imbécil. Fuí a ella como quien va a la muerte. Y lo que me ocurrió fué más mortal que la muerte misma; fué peor, mucho peor que morirse. Ojalá me hubiese entonces muerto allí.

»Ella estaba hermosísima. Cuando me saludó sentí que una espada de hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazón, junto a la cual aun era tibio el mío, me lo atravesaba; era la sonrisa insolente de su compasión. Gracias! me dijo, y entendí: Pobre Joaquín! El, Abel, él ni sé si me vió. «Comprendo tu sacrificio—me dijo, por no callarse.» No, no hay tal—le repliqué;—te dije que vendría y vengo; ya ves que soy razonable; no podía faltar a mi amigo de siempre, a mi... hermano.» Debió de parecerle interesante mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era allí el convidado de piedra.

»Al acercarse el momento fatal, yo contaba los segundos. «Dentro de poco—me decía—ha terminado para mí todo!» Creo que se me paró el corazón. Oí claros y distintos los dos sís, el de él y el de ella. Ella me miró al pronunciarlo. Y quedé más frío que antes, sin un sobresalto, sin una palpitación, como si nada que me tocase hubiese oído. Y ello me llenó de un infernal terror a mí mismo. Me sentí peor que un monstruo, me sentí como si no existiera, como si no fuese nada más que un pedazo de hielo, y esto para siempre. Llegué a palparme la carne, a pellizcármela, a tomarme el pulso. «Pero estoy vivo? Yo soy yo?»—me dije.

»No quiero recordar todo lo que sucedió aquel día. Se despidieron de mí y fuéronse a su viaje de luna de miel. Yo me hundí en mis libros, en mi estudio, en mi clientela, que empezaba ya a tenerla. El despejo mental que me dió aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento en mí mismo de que no hay alma, moviéronme a buscar en el estudio, no ya consuelo—consuelo, ni lo necesitaba ni lo quería,—sino apoyo para una ambición inmensa. Tenía que aplastar con la fama de mi nombre la fama, ya incipiente, de Abel; mis descubrimientos científicos, obra de arte, de verdadera poesía, tenían que hacer sombra a sus cuadros. Tenía que llegar a comprender un día Helena que era yo, el médico, el antipático, quien habría de darle aureola de gloria, y no él, no el pintor. Me hundí en el estudio. Hasta llegué a creer que los olvidaría! Quise hacer de la ciencia un narcótico y a la vez un estimulante!»


VI

Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cayó Abel enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaquín a que le viese y le asistiese.

—Estoy muy intranquila, Joaquín—le dijo Helena;—anoche no ha hecho sino delirar, y en el delirio no hacía sino llamarte.

Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando ojos a ojos a su prima, le dijo:

—La cosa es grave, pero creo que le salvaré. Yo soy quien no tiene salvación ya.

—Sí, sálvamelo!—exclamó ella.—Y ya sabes...

—Sí, lo sé todo!—y se salió.

Helena se fué al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente, que le ardía, y se puso a temblar. «Joaquín, Joaquín—deliraba Abel,—perdónanos, perdóname!»

—Calla—le dijo casi al oído Helena,—calla; ha venido a verte y dice que te curará, que te sanará... Dice que te calles...

—Que me curará...?—añadió maquinalmente el enfermo.

Joaquín llegó a su casa también febril, pero con una especie de fiebre de hielo. «Y si se muriera...!» pensaba. Echóse vestido sobre la cama y se puso a imaginar escenas de lo que acaecería si Abel se muriese: el luto de Helena, sus entrevistas con la viuda, el remordimiento de ésta, el descubrimiento por parte de ella de quién era él, Joaquín, y de cómo, con qué violencia necesitaba el desquite y la necesitaba a ella, y cómo caía al fin ella en sus brazos y reconocía que lo otro, la traición, no había sido sino una pesadilla, un mal sueño de coqueta, que siempre le había querido a él, a Joaquín y no a otro. «Pero no se morirá!», se dijo luego. «No dejaré yo que se muera, no debo dejarlo, está comprometido mi honor, y luego... necesito que viva!»

Y al decirse este: «necesito que viva!», temblábale toda el alma, como tiembla el follaje de una encina a la sacudida del huracán.

«Fueron unos días atroces aquellos de la enfermedad de Abel—escribía en su Confesión el otro—unos días de tortura increíble. Estaba en mi mano dejarle morir, aun más, hacerle morir sin que nadie lo sospechase, sin que de ello quedase rastro alguno. He conocido en mi práctica profesional casos de extrañas muertes misteriosas que he podido ver luego iluminadas al trágico fulgor de sucesos posteriores, una nueva boda de la viuda y otros así. Luché entonces como no he luchado nunca conmigo mismo, con este hediondo dragón que me ha envenenado y entenebrecido la vida. Estaba allí comprometido mi honor de médico, mi honor de hombre, y estaba comprometida mi salud mental, mi razón. Comprendí que me agitaba bajo las garras de la locura; vi el espectro de la demencia haciendo sombra a mi corazón. Y vencí. Salvé a Abel de la muerte. Nunca he estado más feliz, más acertado. El exceso de mi infelicidad me hizo estar felicísimo de acierto.»

—Ya está fuera de todo cuidado tu... marido—le dijo un día Joaquín a Helena.

—Gracias, Joaquín, gracias—y le cojió la mano, que él se la dejó entre las suyas;—no sabes cuánto te debemos...

—Ni vosotros sabéis cuánto os debo...

—Por Dios, no seas así... ahora que tanto te debemos, no volvamos a eso...

—No, si no vuelvo a nada. Os debo mucho. Esta enfermedad de Abel me ha enseñado mucho, pero mucho...

—Ah, le tomas como a un caso?

—No, Helena, no; el caso soy yo!

—Pues no te entiendo.

—Ni yo del todo. Y te digo que estos días luchando por salvar a tu marido...

—Di a Abel!

—Bien, sea; luchando por salvarle he estudiado con su enfermedad la mía y vuestra felicidad y he decidido... casarme!

—Ah, pero tienes novia?

—No, no la tengo aún, pero la buscaré. Necesito un hogar. Buscaré mujer. O crees tú, Helena, que no encontraré una mujer que me quiera?

—Pues no la has de encontrar, hombre, pues no la has de encontrar...!

—Una mujer que me quiera, digo.

—Sí, te he entendido, una mujer que te quiera, sí!

—Porque como partido...

—Sí, sin duda eres un buen partido... joven, no pobre, con una buena carrera, empezando a tener fama, bueno...

—Bueno... sí, y antipático, no es eso?

—No, hombre, no; tú no eres antipático!

—Ay, Helena, Helena, dónde encontraré una mujer...

—Que te quiera?

—No, sino que no me engañe, que me diga la verdad, que no se burle de mí, Helena, que no se burle de mí...! Que se case conmigo por desesperación, porque yo la mantenga, pero que me lo diga...

—Bien has dicho que estás enfermo, Joaquín. Cásate!

—Y crees, Helena, que hay alguien, hombre o mujer, que pueda quererme?

—No hay nadie que no pueda encontrar quien le quiera.

—Y querré yo a mi mujer? Podré quererla, dime?

—Hombre, pues no faltaba más...

—Porque mira, Helena, no es lo peor no ser querido, no poder ser querido; lo peor es no poder querer.

—Eso dice don Mateo, el párroco, del demonio, que no puede querer.

—Y el demonio anda por la tierra, Helena.

—Cállate y no me digas esas cosas.

—Es peor que me las diga a mí mismo.

—Pues cállate!


VII

Dedicóse Joaquín, para salvarse, requiriendo amparo a su pasión, a buscar mujer, los brazos maternales de una esposa en que defenderse de aquel odio que sentía, un regazo en que esconder la cabeza, como un niño que siente terror al coco, para no ver los ojos infernales del dragón de hielo.

Aquella pobre Antonia!

Antonia había nacido para madre; era todo ternura, todo compasión. Adivinó en Joaquín, con divino instinto, un enfermo, un inválido del alma, un poseso, y sin saber de qué, enamoróse de su desgracia. Sentía un misterioso atractivo en las palabras frías y cortantes de aquel médico que no creía en la virtud ajena.

Antonia era la hija única de una viuda a que asistía Joaquín.

—Cree usted que saldrá de ésta?—le preguntaba a él.

—Lo veo difícil, muy difícil. Está la pobre muy trabajada, muy acabada; ha debido de sufrir mucho... su corazón está muy débil...

—Sálvemela usted, don Joaquín, sálvemela usted, por Dios! Si pudiera, daría mi vida por la suya!

—No, eso no se puede. Y, además, quién sabe? La vida de usted, Antonia, ha de hacer más falta que la suya...

—La mía? Para qué? Para quién?

—Quién sabe...!

Llegó la muerte de la pobre viuda.

—No ha podido ser, Antonia—dijo Joaquín.—La ciencia es impotente!

—Sí, Dios lo ha querido!

—Dios?

—Ah—y los ojos bañados en lágrimas de Antonia clavaron su mirada en los de Joaquín, enjutos y acerados.—Pero usted no cree en Dios?

—Yo...? No lo sé...!

A la pobre huérfana la compunción de piedad que entonces sintió por el médico aquel le hizo olvidar un momento la muerte de su madre.

—Y si yo no creyera en él, qué haría ahora?

—La vida todo lo puede, Antonia.

—Puede más la muerte! Y ahora... tan sola... sin nadie...

—Eso sí, la soledad es terrible. Pero usted tiene el recuerdo de su santa madre, el vivir para encomendarla a Dios... Hay otra soledad mucho más terrible!

—Cual?

—La de aquel a quien todos menosprecian, de quien todos se burlan... la del que no encuentra quien le diga la verdad...

—Y qué verdad quiere usted que se le diga?

—Me la dirá usted, ahora, aquí, sobre el cuerpo aun tibio de su madre? Jura usted decírmela?

—Sí, se la diré.

—Bien, yo soy antipático, no es así?

—No, no es así!

—La verdad, Antonia...

—No, no es así!

—Pues qué soy...?

—Usted? Usted es un desgraciado, un hombre que sufre...

Derritiósele a Joaquín el hielo y asomáronsele unas lágrimas a los ojos. Y volvió a temblar hasta las raíces del alma.

Poco después Joaquín y la huérfana formalizaban sus relaciones, dispuestos a casarse luego que pasase el año de luto de ella.

«Pobre mi mujercita!—escribía, años después, Joaquín en su Confesión—empeñada en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia que sin duda yo debía de inspirarle. Nunca me lo dijo, nunca me lo dió a entender, pero podía no inspirarle yo repugnancia, sobre todo cuando le descubrí la lepra de mi alma, la gangrena de mis odios? Se casó conmigo como se habría casado con un leproso, no me cabe duda de ello, por divina piedad, por espíritu de abnegación y de sacrificio cristianos, para salvar mi alma y así salvar la suya, por heroísmo de santidad. Y fué una santa! Pero no me curó de Helena; no me curó de Abel! Su santidad fué para mí un remordimiento más.

»Su mansedumbre me irritaba. Había veces en que, Dios me perdone!, la habría querido mala, colérica, despreciativa.»


VIII

En tanto la gloria artística de Abel seguía creciendo y confirmándose. Era ya uno de los pintores de más nombradía de la nación toda, y su renombre empezaba a traspasar las fronteras. Y esa fama creciente era como una granizada desoladora en el alma de Joaquín. «Sí, es un pintor muy científico; domina la técnica; sabe mucho, mucho; es habilísimo»—decía de su amigo, con palabras que silbaban. Era un modo de fingir exaltarle deprimiéndole.

Porque él, Joaquín, presumía ser un artista, un verdadero poeta en su profesión, un clínico genial, creador, intuitivo, y seguía soñando con dejar su clientela para dedicarse a la ciencia pura, a la patología teórica, a la investigación. Pero ganaba tanto...!

«No era, sin embargo, la ganancia—dice en su Confesión póstuma—lo que más me impedía dedicarme a la investigación científica. Tirábame a ésta por un lado el deseo de adquirir fama y renombre, de hacerme una gran reputación científica y asombrar con ella la artística de Abel, de castigar así a Helena, de vengarme de ellos, de ellos y de todos los demás, y aquí encadenaba los más locos de mis ensueños, mas por otra parte, esa misma pasión fangosa, el exceso de mi despecho y mi odio me quitaban serenidad de espíritu. No, no tenía el ánimo para el estudio, que lo requiere limpio y tranquilo. La clientela me distraía.

La clientela me distraía, pero a las veces temblaba pensando que el estado de distracción en que mi pasión me tenía preso me impidiera prestar el debido cuidado a las dolencias de mis pobres enfermos.

«Ocurrióme un caso que me sacudió las entrañas. Asistía a una pobre señora, enferma de algún riesgo, pero no caso desesperado, a la que él había hecho un retrato, un retrato magnífico, uno de sus mejores retratos, de los que han quedado como definitivos de entre los que ha pintado, y aquel retrato era lo primero que se me venía a los ojos y al odio así que entraba en la casa de la enferma. Estaba viva en el retrato, más viva que en el lecho la de carne y hueso sufrientes. Y el retrato parecía decirme: «Mira, él me ha dado vida para siempre; a ver si tú me alargas esta otra de aquí abajo.» Y junto a la pobre enferma, auscultándola, tomándole el pulso, no veía sino a la otra, a la retratada. Estuve torpe, torpísimo, y la pobre enferma se me murió; la dejé morir más bien, por mi torpeza, por mi criminal distracción. Sentí horror de mí mismo, de mi miseria.

»A los pocos días de muerta la señora aquella, tuve que ir a su casa, a ver allí otro enfermo, y entré dispuesto a no mirar al retrato. Pero era inútil, porque era él, el retrato el que me miraba aunque yo no le mirase y me atraía la mirada. Al despedirme me acompañó hasta la puerta el viudo. Nos detuvimos al pie del retrato, y yo, como empujado por una fuerza irresistible y fatal, exclamé:

»—Magnífico retrato! Es de lo mejor que ha hecho Abel!

»—Sí—me contestó el viudo,—es el mayor consuelo que me queda. Me paso largas horas contemplándola. Parece como que me habla.

»—Sí, sí—añadí,—este Abel es un artista estupendo!

»Y al salir me decía: «Yo la dejé morir y él la resucita!»

Sufría Joaquín mucho cada vez que se le morían algunos de sus enfermos, sobre todo los niños, pero la muerte de otros le tenía sin grave cuidado. «Para qué querrá vivir...?—decíase de algunos.—Hasta le haría un favor dejándole morir...»

Sus facultades de observador psicólogo habíansele aguzado con su pasión de ánimo y adivinaba al punto las más ocultas lacerías morales. Percatábase en seguida, bajo el embuste de las convenciones, de que maridos preveían sin pena, cuando no deseaban, la muerte de sus mujeres y qué mujeres ansiaban verse libres de sus maridos, acaso para tomar otros de antemano escojidos ya. Cuando al año de la muerte de su cliente Alvarez, la viuda se casó con Menéndez, amigo íntimo del difunto, Joaquín se dijo: «Sí que fué rara aquella muerte... Ahora me la explico... La humanidad es lo más cochino que hay, y la tal señora, dama caritativa, una de las señoras de lo más honrado...!»

—Doctor—le decía una vez uno de sus enfermos—máteme usted, por Dios, máteme usted sin decirme nada, que ya no puedo más... Deme algo que me haga dormir para siempre...

«Y por qué no había de hacer lo que este hombre quiere?—se decía Joaquín—si no vive más que para sufrir? Me da pena! Cochino mundo!»

Y eran sus enfermos para él no pocas veces espejos.

Un día le llegó una pobre mujer de la vecindad, gastada por los años y los trabajos, cuyo marido, en los veinticinco años de matrimonio, se había enredado con una pobre aventurera. Iba a contarle sus cuitas la mujer desdeñada.

—Ay, don Joaquín—le decía,—usted, que dicen que sabe tanto, a ver si me da un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le ha dado esa pelona.

—Pero qué bebedizo, mujer de Dios?

—Se va a ir a vivir con ella, dejándome a mí, al cabo de veinticinco años...

—Más extraño es que la hubiese dejado de recién casados, cuando usted era joven y acaso...

—Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornándole el seso, porque si no, no podría ser... no podría ser...

—Bebedizo... bebedizo...—murmuró Joaquín.

—Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo... Y usted, que sabe tanto, deme un remedio para él.

—Ay, buena mujer; ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un agua que los rejuveneciese...

Y cuando la pobre mujer se fué desolada, Joaquín se decía: «Pero no se mirará al espejo esta desdichada? No verá el estrago de los años de rudo trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a envidias... Que no encuentran trabajo...? Envidias! Que les sale algo mal? Envidias. El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias es un envidioso. Y no lo seremos todos? No me habrán dado un bebedizo?»

Durante unos días apenas pensó más que en el bebedizo. Y acabó diciéndose: «Es el pecado original!»


IX

Casóse Joaquín con Antonia buscando en ella un amparo, y la pobre adivinó desde luego su menester, el oficio que hacía en el corazón de su marido y cómo le era un escudo y un posible consuelo. Tomaba por marido a un enfermo, acaso a un inválido incurable, del alma; su misión era la de una enfermera. Y le aceptó llena de compasión, llena de amor a la desgracia de quien así unía su vida a la de ella.

Sentía Antonia que entre ella y su Joaquín había como un muro invisible, una cristalina y trasparente muralla de hielo. Aquel hombre no podía ser de su mujer, porque no era de sí mismo, dueño de sí, sino a la vez un enajenado y un poseído. En los más íntimos trasportes del trato conyugal, una invisible sombra fatídica se interponía entre ellos. Los besos de su marido parecíanle besos robados, cuando no de rabia.

Joaquín evitaba hablar de su prima Helena delante de su mujer, y ésta, que se percató de ello al punto, no hacía sino sacarla a colación a cada paso en sus conversaciones.

Esto en un principio, que más adelante evitó mentarla.

Llamáronle un día a Joaquín a casa de Abel, como a médico, y se enteró de que Helena llevaba ya en sus entrañas fruto de su marido, mientras que su mujer, Antonia, no ofrecía aún muestra alguna de ello. Y al pobre le asaltó una tentación vergonzosa, de que se sentía abochornado, y era la de un diablo que le decía: «Ves? Hasta es más hombre que tú! El, el que con su arte resucita e inmortaliza a los que tú dejas morir por tu torpeza, él tendrá pronto un hijo, traerá un nuevo viviente, una obra suya de carne y sangre y hueso al mundo, mientras tú... Tú acaso no seas capaz de ello... Es más hombre que tú!»

Entró mustio y sombrío en el puerto de su hogar.

—Vienes de casa de Abel, no?—le preguntó su mujer.

—Sí. En qué lo has conocido?

—En tu cara. Esa casa es tu tormento. No debías ir a ella...

—Y qué voy a hacer?

—Excusarte! Lo primero es tu salud y tu tranquilidad...

—Aprensiones tuyas...

—No, Joaquín, no quieras ocultármelo...—y no pudo continuar, porque las lágrimas le ahogaron la voz.

Sentóse la pobre Antonia. Los sollozos se le arrancaban de cuajo.

—Pero qué te pasa, mujer, qué es eso...?

—Dime tú lo que a ti te pasa, Joaquín, confíamelo todo, confiésate conmigo...

—No tengo nada de que acusarme...

—Vamos, me dirás la verdad, Joaquín, la verdad?

El hombre vaciló un momento, pareciendo luchar con un enemigo invisible, con el diablo de su guarda, y con voz arrancada de una resolución súbita, desesperada, gritó casi:

—Sí, te diré la verdad, toda la verdad!

—Tú quieres a Helena; tú estás enamorado todavía de Helena.

—No, no lo estoy! no lo estoy! lo estuve; pero no lo estoy ya, no!

—Pues entonces?...

—Entonces, qué?

—A qué esa tortura en que vives? Porque esa casa, la casa de Helena, es la fuente de tu malhumor, esa casa es la que no te deja vivir en paz, es Helena...

—Helena no! Es Abel!

—Tienes celos de Abel?

—Sí, tengo celos de Abel; le odio, le odio, le odio—y cerraba la boca y los puños al decirlo, pronunciándolo entre dientes.

—Tienes celos de Abel... luego quieres a Helena.

—No, no quiero a Helena. Si fuese de otro no tendría celos de este otro. No, no quiero a Helena, la desprecio, desprecio a la pava real esa, a la belleza profesional, a la modelo del pintor de moda, a la querida de Abel...

—Por Dios, Joaquín, por Dios...!

—Sí, a su querida... legítima. O es que crees que la bendición de un cura cambia un arrimo en matrimonio?

—Mira, Joaquín, que estamos casados como ellos...

—Como ellos no, Antonia, como ellos, no! Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mí; ellos se casaron contra mí.

Y el pobre hombre rompió en unos sollozos que le ahogaban el pecho, cortándole el respiro. Se creía morir.

—Antonia... Antonia...—suspiró con un hilito de voz apagada.

—Pobre hijo mío!—exclamó ella abrazándole.

Y le tomó en su regazo como a un niño enfermo, acariciándole. Y le decía:

—Cálmate, mi Joaquín, cálmate... Estoy aquí yo, tu mujer, toda tuya y sólo tuya. Y ahora que sé del todo tu secreto, soy más tuya que antes y te quiero más que nunca... Olvídalos... desprécialos... Habría sido peor que una mujer así te hubiese querido...

—Sí, pero él, Antonia, él...

—Olvídale!

—No puedo olvidarle... me persigue... su fama, su gloria me sigue a todas partes...

—Trabaja tú y tendrás fama y gloria, porque no vales menos que él. Deja la clientela, que no la necesitamos, vámonos de aquí a Renada, a la casa que fué de mis padres, y allí dedícate a lo que más te guste, a la ciencia, a hacer descubrimientos de esos y que se hable de ti... yo te ayudaré en lo que pueda... yo haré que no te distraigan... y serás más que él...

—No puedo, Antonia, no puedo; sus éxitos me quitan el sueño y no me dejarían trabajar en paz... la visión de sus cuadros maravillosos se pondría entre mis ojos y el microscopio y no me dejaría ver lo que otros no han visto aún por él... No puedo... no puedo...

Y bajando la voz como un niño, casi balbuciendo como atontado por la caída en la sima de su abyección, sollozó diciendo:

—Y van a tener un hijo, Antonia...

—También nosotros lo tendremos—le suspiró ella al oído, envolviéndolo en un beso—no me lo negará la Santísima Virgen a quien se lo pido todos los días... Y el agua bendita de Lourdes...

—También tú crees en bebedizos, Antonia?

—Creo en Dios!

—«Creo en Dios»—se repitió Joaquín al verse sólo; sólo con el otro—; «y qué es creer en Dios? Dónde está Dios? Tendré que buscarle!»