—¿Lo ves, hombre—dijo María a Antoñico—como eres un gallina? A tí el miedo te hace ver visiones.
III
Transcurrieron bastantes días. Las adúlteras relaciones de nuestros héroes seguían la misma marcha dulce y borrascosa a la par: sobresaltos, temores, ansias, vacilaciones sin cuento: regalos, vivos deleites, instantes de dicha, con todo. Tal es el lote de la pasión criminal. María había olvidado enteramente el episodio del agujero en el bastidor; Antoñico soñaba todavía algunas veces con aquel ojo fantástico, escrutador, y despertaba despavorido; poco a poco se fue convenciendo de que había sido una ilusión del miedo y el miedo abrió paso a la confianza.
Una noche el tramoyista le habló de esta manera:
—Oye, Antoñico; ¿sabes que el tercer telón, el de las columnas, debía colocarse más atrás...?
—¿Pues?
—No hay perspectiva.
—Sí la hay..., y además tropezaría casi con el lago.
—El lago también puede correrse un poco.
—No hay sitio.
—Tenemos todavía metro y medio.
—¡Qué hemos de tener, hombre! ¿Lo has medido?
—Sí, lo he medido: ¿tienes tú ahí el metro...? Pues ven a verlo y te convencerás.
El tramoyista emprendió la marcha y Antoñico le siguió. Subieron por la estrecha y frágil escalerilla que conduce a las bambalinas. Cuando estaban a la mitad de la altura, el tramoyista volvió la cabeza, y sus ojos se encontraron con los del traspunte. ¿Qué había de particular en aquella mirada? ¿Por qué empalidece el rostro de Antoñico? ¿Por qué se le doblan las piernas?
Vacila un instante entre seguir o retroceder: la barretina colorada se detiene y se agita presa de mortal incertidumbre. El tramoyista exclama:
—¡Diablo de escalera...! La subo setenta veces al día y no acabo de acostumbrarme... Me moriré del pecho, Antoñico, me moriré del pecho.
El traspunte se siente fortalecido y sigue su camino.
IV
Aquella noche se representaba un drama histórico, acaecido en tiempo de los godos. El primer galán era un mancebo muy simpático, rebosando de entusiasmo y de décimas calderonianas. La primera dama gastaba una túnica muy larga y comenzaba a llorar desde que subían el telón. El barba hacía de rey y debía morir al fin del acto tercero a manos del mancebo de las décimas: buena voz, potente y cavernosa, como convenía a un rey visigodo.
El público aguardaba con impaciencia la catástrofe: cuando le parecía bien, bostezaba; cuando lo creía necesario, sacaba La Correspondencia de España y leía. Había muchas personas que llegaban a desear que el barba cayese pronto bañado en su sangre para escapar a casa y meterse en la cama.
En el acto segundo había un monólogo del rey, de inusitadas dimensiones. El público ya tenía entre pecho y espalda setenta y cinco endecasílabos de este monólogo y se disponía a recibir con resignación otra partida no menos crecida, cuando de pronto...
—¿Qué ha pasado... qué sucede? ¿Por qué se levanta el público? ¿Por qué se puebla la escena de gente?
Un bulto, un hombre, acaba de caer de las bambalinas sobre el escenario con espantoso estruendo. Un grupo de gente le rodea en seguida. El público aterrado se agita y se alborota: quiere saber lo que ha pasado. Al fin uno de los actores se destaca del grupo y dice en voz alta: «que el traspunte Antonio García, caminando por los telares del teatro, había tenido la desgracia de caerse.
—¿Pero, está muerto?... ¿está muerto?—preguntan varias voces.
El actor hace con la cabeza señal afirmativa.
LLOVIENDO
Cuando salí de casa recibí la desagradable sorpresa de ver que estaba lloviendo. Había dejado al sol pavoneándose en el azul del cielo, envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... ¡Quién había de sospechar!...
En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extrañas; la duda se alojó en mi espíritu atormentado. ¿Subiría por el paraguas? En aquella sazón mi paraguas ocupaba una de las más altas posiciones de Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero. Arranquémosle la careta: era un piso quinto.
Las escaleras me fatigan casi tanto como los dramas históricos: a veces prefiero escuchar una producción de Catalina o Sánchez de Castro, con reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una de estas ocasiones. La verdad es que llovía sin gran aparato, pero de un modo respetable. Los transeúntes pasaban ligeros por delante de mí, bien guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no le llevaba, vino a buscar techo a mi lado. Todavía aguardé unos instantes presa de horrible incertidumbre. Dí algunos paseos en el portal y eché todos los cálculos que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones. De un lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de la escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estarían ya reunidos en el café despellejando a alguno, ¡tal vez a mí! Además, el café, según los datos que me ha suministrado una persona muy versada en estas cosas, debe tomarse inmediatamente (cuidado con ello) inmediatamente después de las comidas. Al fin adopté una resolución violentísima. Me remangué los pantalones y salí a la calle.
¡Pues qué! Yo que he aguantado sin pestañear noches enteras todas las leyendas de la Edad-Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos líricos de su misma familia, han dejado caer desde la tribuna del Ateneo, ¿flaquearía ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis días: si la faz no ha empalidecido, si el corazón no ha temblado ante ningún poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las alteraciones atmosféricas no prevalecerán contra mi heroísmo.
En esta admirable disposición de espíritu atravesé casi toda la calle del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipócrita: declaro que fui todo el tiempo pegado a las casas, con lo cual evité que me cayese una tercera parte de agua de la que por clasificación me correspondía. Antes de llegar a la puerta del Sol eché una mirada al cielo, mirada escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada dio por resultado además el que tropezase con un guardia municipal, que me preguntó con severidad dónde tenía los ojos; yo, lleno de respeto y sumisión hacia el poder ejecutivo, le contesté, procurando ablandar su corazón con una sonrisa:—Donde usted guste.—La verdad es que estuve demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera, ¡pero la idea de la Prevención ejerce tal ascendiente sobre mí!... Me contenté con volverme y echarle una mirada terrible, que cayó sobre su capote de hule y resbaló por encima como el agua resbalaba en aquel instante.
Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente, para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas, gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy poca gente; algunos carruajes, cuyos aurigas parecían envoltorios de paño pardo; algunas mujeres remangando con la coquetería que permitían las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies fantásticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo me preocupaba más de mis pantorrillas que de las ajenas, como era, después de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba salvar apelando a mis recuerdos gimnásticos.
Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendiéndome sus redes en silencio y asegurando sus pasos con cautela, fue penetrando en mi corazón el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle del Arenal y la del Carmen, casi se enseñoreó de él por completo. Sombrías perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron ante mi vista, y con la visión intensa y terrible del alucinado, me vi metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.
Y temblé. Y eché una cobarde mirada en torno buscando un simón vacío. Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero aún quedaban los portales. ¡Ah, los portales! Los portales me parecían un recurso de mala ley, indigno de ser tomado en consideración por el momento. Para estar metido en un portal viendo caer la lluvia, más valía haberse quedado en casa. Además, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesión, aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. ¡Quién va a exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!
Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las ideas del hombre se van modificando insensiblemente al través de la existencia; las convicciones más profundas se desarraigan de nuestro espíritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva, y el entusiasmo se enfría y se calienta incesantemente durante nuestra peregrinación por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el corazón, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos partido muchos para recorrer los campos de la política; a los pocos pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han solicitado, más allá otro, más allá otro: al poco tiempo la caravana se ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde más le conviene. Esta es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su experiencia, y es, que cuando llueve, todo el mundo se cobija.
Yo también claudiqué en aquella ocasión refugiándome en un portal, aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografía. Las paredes estaban cubiertas de retratos: señoras bonitas, haciendo resaltar sus gracias con actitudes lánguidas, dirigiendo una sonrisa insinuante a todos los timadores y fosforeros que se paraban a contemplarlas; varones con los ojos estáticos, en muda y eterna admiración de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban disfrazados: había uno vestido de fraile haciendo oración entre las malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que era un muchacho de la nobleza que había renunciado al mundo por desengaños de amor. Bien se le conocía al pobre, a pesar de su vestimenta eremítica, que había tirado muchos tiros al pichón. Había otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta jurisprudencia. Tenía un birrete en la mano y otro sobre la mesa, quizás para el caso de que se inutilizase el primero.
Seguía cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa, aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los edificios de la Puerta del Sol, desahogándose un poco de su peso; cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendría un claro que permitiera escaparse. Los poquísimos carruajes que pasaban vacíos eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales, quedándose con ellos, como sucede en todo lo demás, los más osados.
Al fin, en cierto paraje del espacio se divisó un agujerito azul: por aquel agujerito pasó tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol empapado todavía en agua, que fue a chocar en los cristales de los balcones más altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divisó otro, algo más allá, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa raya, azul también. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empezó a funcionar una manga de riego. ¿Por qué salen a relucir las mangas de riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay más misterios en el cielo y en el Municipio de los que puede soñar la filosofía.
El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caía como un espléndido penacho sobre la calle: el empleado municipal lo sacudía sin curarse de su belleza, haciéndole servir a los fines prosaicos de la policía urbana; mas el chorro salía altivo y alegre de la manga y se esparcía en el aire, cayendo en lluvia de plata unas veces, otras en lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que producía al azotar el pavimento, era dulce y gozoso. Yo y un perro de Terranova (me coloco el primero para no dar armas a los frenópatas del Ateneo), fuimos los únicos que supimos apreciar su hermosura. El perro, más exaltado o con menos miedo al ridículo, se lanzó a la calle expresando su entusiasmo por medio de ladridos y saltos prodigiosos, ahora parándose bajo el chorro y dejándose bañar, ahora brincando sobre él, ahora dando un millón de volteretas y haciendo cómicas contorsiones, sin cesar nunca de exhalar el frenesí de su entusiasmo en ladridos más o menos correctos e inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no obstante, que había más sinceridad en ellos que en el soneto del Sr. Grilo a las cataratas del río Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos fantasía.
La lluvia no cesaba. Con todo, se fue debilitando de tal modo, que ni para la salud ni para el sombrero había gran peligro en salir y llegar hasta Fornos. Así quise realizarlo, y desde luego me fui pegadito a los edificios, observando cómo rápidamente el cielo se despejaba y la lluvia se enrarecía. Todavía continuaba mucha gente en los portales. Al llegar al del ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi camino, y una manecita blanca y hermosa trató de averiguar si aún llovía. Era una mano fina, correcta, aristocrática, con graciosas y leves rayas azules; además, aún no estaba ajada, a juzgar por su color sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus movimientos resueltos; la muñeca estaba aprisionada por un sencillo brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien, ¿qué hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera una mirada a su dueño. Detrás de mí oí gran algazara y muchas carcajadas femeninas, por lo cual comprendí que se me perdonaba de buen grado la audacia. Llegué al café sano y salvo y de un humor excelente. Pero estuve un poco inquieto toda la tarde. ¡Los nervios, sin duda, los nervios!
EL PASEO DE RECOLETOS
Voy a denunciarme ante el severo tribunal de la sociedad fashionable de Madrid, y entregarme con las manos atadas a su justa reprobación.
«Egregias damas: señores sietemesinos: Tengo la vergüenza de confesar a ustedes que la mayor parte de los domingos y fiestas de guardar me paso la tarde dando vueltas en el paseo de Recoletos lo mismo que un mancebo de la Dalia azul. Y no subo hasta el Retiro, a admirar respetuosamente vuestros chaquettes y vuestros perros ratoneros, porque deje de poseer carruaje; pues si bien es mucha verdad que no lo poseo (¡misericordia!) no es menos exacto que tengo unas piernas que no me las merezco, las cuales han hecho con fortuna más de una vez la competencia al tranvía, y de ello puedo presentar testigos. Me quedo, por tanto, en Recoletos sin motivo alguno que pueda justificarme, por pura perversidad, lo cual revela mi depravada índole. Vuestra conciencia distinguida se alarmaría aún más si supieseis... ¡pero no me atrevo a decirlo!... ¡que me gustan mucho las cursis! ¡Perdón, señores, perdón! Ahora que he confesado mi indignidad descargando el alma del peso que la abrumaba, aguardo resignado vuestro fallo. Condenadme, si queréis, a perpetuos pantalones anchos. Los llevaré como marca indeleble de mi deshonra, los pasearé hasta la muerte como la librea del presidario... pero los pasearé los domingos por Recoletos».
El paseo de Recoletos no es bello ni grande; los árboles que lo guarnecen dejan mucho que desear en cuanto a corpulencia y follaje; la acera que lo atraviesa a lo largo cansa y lastima los pies. Pero tiene la ventaja de estar dentro de la población. Parece hecho para la gente de negocios que dispone de poco tiempo para pasear. Los días de trabajo no suele haber mucha concurrencia: en cambio los domingos no hay quien camine libremente por allí, lo cual declara bien paladinamente la condición social de sus habituales concurrentes. Es el paseo de la burguesía, y esto basta para que se haya captado la antipatía de la sociedad distinguida y ociosa.
Mas en el sexo femenino que allí acude los días de fiesta suelen verse rostros muy lindos, dicho sea con perdón de aquella sociedad. Las damas que cruzan arrellanadas en su landau hacia el Retiro, podrán volver desdeñosamente la cabeza y no verlos; los jóvenes, que apetecen la gloria inmarcesible de vivir y morir perteneciendo al Veloz, pasarán velozmente con la cabeza erguida, el sombrero ladeado y el bastón a guisa de lanza, dando miradas amorosas a todos los carruajes y ansiando descubrir su cabeza venerable ante alguna duquesa ajamonada, sin fijar la atención en ellos; pero no es menos cierto que allí están para honra y gloria de Dios y regocijo de los villanos y pecheros que en tales lugares paseamos.
La palabra cursi, que la magnanimidad nunca bastante loada de los señores de la calle de Valverde ha introducido en nuestro diccionario, se emplea como proyectil mortífero contra aquellos rostros celestiales. Todo sietemesino bien criado tiene en su carcaj una buena cantidad de tales flechas para arrojar a la primer belleza anónima que se presente en su camino. Si habéis gozado la honra de acompañar alguna vez en sus expediciones gloriosas por la carrera de San Jerónimo a uno de estos jóvenes y habéis incurrido en la flaqueza de alabar la hermosura de alguna niña modesta, de seguro le habréis visto fruncir el noble entrecejo, alargar el labio inferior en testimonio de desdén y dejar caer estas o semejantes palabras:
—¡Pero, hombre, que siempre te has de fijar en estas cursilillas de media tostada!
Efectivamente, tengo esa desgracia. Lo mismo me pasa con las flores: la rosa y el clavel, las más cursilonas de la jardinería, son las que más me gustan. Pero no soy el único. Antes que yo el doctor Fausto fue decidido partidario de las cursis y por ellas vendió su alma al diablo. Los abonados al paraíso del Teatro Real saben muy bien que cuando Gayarre en el primer acto brama con voz atiplada la giovinezza, es con el objeto exclusivo de ir a decir ternezas a Margarita en el tercero. ¿Y quién era Margarita? Una muchacha que hilaba, barría, lavaba la ropa de sus hermanos y paseaba los domingos por Recoletos. Pues eso es precisamente lo que le seduce a Gayarre, y bien se le conoce cuando se queda tan abrazadito con ella al tiempo de caer el telón y suelta aquellas feroces carcajadas el artista mallorquín señor Uetam.
En general, bien se puede decir que Goethe no ha amado ni pintado más que cursis. Margarita, Federica Brion, Carlota, Lilí, Olimpia, eran mujeres muy bonitas, pero absolutamente incapaces de molestar con su charla desde las plateas del teatro Real a los abonados de las butacas, los cuales, si no oyen la ópera en paz, en cambio tienen el honor de ser molestados por alguna dama ilustre, descendiente de los guerreros de la reconquista.
Tengo la seguridad, pues, de que Goethe se hubiera paseado los domingos por Recoletos. Esto le habría enajenado las simpatías de los salones (si es que los salones pueden tener simpatías) y le colocaría en el concepto de los nobles sietemesinos (si es que los sietemesinos pueden tener concepto) muy por bajo del señor Grilo. Yo creo que ha hecho muy bien en vivir en la corte de Weimar donde tales flaquezas se perdonaban fácilmente.
Y para terminar con el paseo de Recoletos. Ahora en la estación primaveral queda cubierto por una bóveda de follaje que le presta frescura y belleza. Cualquier ciudadano pacífico, incluso los poetas líricos, puede pasar un rato agradable viendo desfilar una muchedumbre de Margaritas rubias y morenas con las cuales se pudieran empezar novelas tan amenas, si no tan famosas, como la de Fausto. Además, en el centro del paseo hay un estanquillo.
LA CASTELLANA
La acera de Recoletos termina en la plaza de Colón. A la derecha se encuentra la casa donde se fabrican las pocas pesetas buenas que hay en España. A la izquierda está la que proporciona las pocas novelas bellas; la casa de D. Benito Pérez Galdós. Todos los españoles saben lo primero: muy pocos somos los que tenemos noticia de lo segundo. Pero los que lo sabemos—dicho sea para nuestra honra y prez—solemos mirar con más atención a la izquierda que a la derecha. Al cabo, las monedas que se fabrican en aquel gran edificio de ladrillos irán como esclavas sumisas a procurar deleites a los poderosos, a halagar sus torpes pasiones y sus vicios, mientras las novelas que se escriben en aquel alto y silencioso despacho, vendrán a posarse delante de nuestros ojos dándonos algunos instantes de placer honrado, elevando nuestro espíritu y esclareciéndolo.
La inmensa mayoría, casi la totalidad de los hombres, guarda consideración y respeto a los ricos sólo por el hecho de serlo. Los grandes escritores sólo lo infunden cuando ejercen un cargo oficial. Y, no obstante, el rico es un hombre que trabaja y se afana únicamente para proporcionarse goces, de los cuales no nos hace, bien seguro, partícipes, mientras el escritor se priva de los suyos, gasta sus fuerzas, enferma del estómago o la cabeza y acorta su vida para procurarnos deleite y cultura. Después, se da por satisfecho con un estipendio parecido al de un albañil y con que le digamos: «¡Amigo, qué bonito libro ha escrito usted!»
El paseo de la Castellana, que sigue a la plaza de Colón, consiste en una amplia carretera para los caballeros y dos caminos estrechos a los lados para los peones. Hace unos cuantos años estaba concurridísimo por las tardes: la carretera se henchía de carruajes y los caminos de gente distinguida y ordinaria. Hoy apenas va nadie hacia allí porque está a la moda el Retiro. Sin embargo, bien puede asegurarse sin temor a engaño, que llegará un día en que la Castellana recobre su antiguo esplendor: al cabo de los años mil, vuelven los coches por donde solían ir.
En los buenos tiempos de la Castellana observábase un fenómeno que atestigua bien claramente de la exquisita delicadeza de sentimientos que suele existir en nuestra sociedad distinguida. Como no había gente bastante para llenar los dos caminos que ciñen la carretera, acaecía que el paseo se fijaba en uno de ellos. Pues bien, las jóvenes distinguidas no pudiendo soportar, como es natural, el contacto de otras jóvenes menos distinguidas, empezaban a desertar del paseo acostumbrado yéndose por pelotones al otro camino. Desde allí, irguiendo la noble cabeza, miraban, al través de la red de carruajes, desfilar a sus enemigas naturales por el paseo de enfrente. Que en esta mirada se advertía un soberano desdén no hay para qué decirlo, y que este desdén se hallaba perfectamente justificado, tampoco creo necesario demostrarlo. ¿Cómo ha de sufrir con paciencia, verbigracia, la hija de un auxiliar de la clase de primeros, que la de uno de la clase de cuartos pasee y disfrute de la vista del mundo en el mismo paraje que ella? Claro está que todos somos hermanos, pero no hay más remedio que atender un poco a los escalafones que de vez en cuando publica el ministerio de la Gobernación, pues para algo se publican. Además, este deseo de separarse de la muchedumbre y del vulgo, señala en quien lo siente un espíritu fino y superior y temperamento aristocrático.
Sucedía, no obstante, que este temperamento o abundaba en demasía o se falsificaba, como todas las cosas buenas, pues es lo cierto que unas tras otras, con más o menos disimulo, todas las niñas del camino despreciado se iban pasando al camino despreciador, quedando aquél al cabo de algún tiempo totalmente desierto. Entonces las jóvenes del verdadero y genuino temperamento aristocrático se comunicaban, no sé en qué forma, sus impresiones dolorosas, y una tarde, cuando menos se pensaba, enderezaban el paso, arrastradas por altos sentimientos, al camino abandonado, donde permanecían hasta que de nuevo se veían molestadas y tornaban a ejecutar graciosamente la idéntica maniobra. Cuando la Castellana vuelva a ser lo que antes, el paseo más concurrido de Madrid, confiamos en que se repetirá este fenómeno consolador hijo de una noble altivez, sin la cual no es posible el refinamiento de las costumbres ni el progreso de los pueblos.
Aunque solitario, o porque lo esté quizá, el paseo no deja de ofrecer atractivos, sobre todo para los melancólicos. No es frondoso y quebrado como el Retiro, ni presenta variación de ninguna clase; es una línea recta que se prolonga indefinidamente con cierta severidad clásica y municipal convidando a los graves y tranquilos sentimientos. La línea recta tiene también sus encantos, por más que yo prefiera la curva, como ya he tenido el honor de decir en tres distintas ocasiones. De noche, las dos hileras de faroles colocadas a entrambos lados de la carretera, ofrecen una perspectiva muy bella: son dos cintas paralelas y luminosas que van a perderse en un fondo oscuro, donde una imaginación viva puede forjar, selvas dilatadas, abismos inmensurables o un desierto poblado de monstruos. No sé hasta qué punto la comisión de alumbrado público ha hecho bien en buscar este nuevo aliciente para excitar la fantasía del vecindario. Sin embargo, fuerza es confesar que en esta ocasión ha sabido herirla de un modo delicado y útil, revelando lo infinito por medio de una misteriosa e indefinida sucesión de faroles.
Adornando los flancos del paseo, álzanse un número considerable de hoteles y palacios de formas muy diversas, no siempre bellas, aunque sí caprichosas. Nuestros banqueros y contratistas de obras públicas no queriendo, como es natural, pagar tributo a lo prosaico de las construcciones modernas, han solicitado el concurso de las edades más poéticas de la humanidad y de las comarcas más pintorescas para levantar sus viviendas suntuosas. Se encuentran allí, a poca distancia unos de otros, palacios egipcios, árabes, asirios, babilónicos, gallegos y catalanes. Por regla general están rodeados de jardines que la naturaleza, secundada eficazmente por las mangas de riego, ha poblado de flores y verdor. He pasado muchas veces por allí y jamás he visto a nadie disfrutando de su amenidad, salvo los pájaros. Las ventanas de los palacios tienen las persianas echadas y reina tal silencio en sus inmediaciones, que cualquiera los creería deshabitados. Esto contribuye a despertar en la imaginación de los paseantes recuerdos o sueños romancescos. Aquellos palacios deben de guardar seres bellos y felices que se alejan del ruido de la corte a fin de paladear con más tranquilidad su dicha. El amor debe de ser el dios a quien se rinde culto en tales nidos tibios y suntuosos. Algunas veces al través de sus persianas he oído los dulces acordes de un piano. ¡Cuántas cosas bellas cruzaron entonces por mi mente! ¡Cuántas novelas interesantes se me presentaron de improviso!
Una mañana de primavera, impresionado por la reciente lectura de cierta novela de Octavio Feuillet, iba paseando distraído por aquellos silenciosos lugares gozando de la frescura y aroma de los árboles y de la grata soledad que allí imperaba. De pronto, al pasar por delante de uno de los palacios, creí percibir rumor de voces en el jardín. Al fin sorprendo a la enamorada pareja de este nido, me dije sonriendo; y con el corazón agitado y el paso cauteloso, me acerco a la verja revestida de una espesa cortina de madreselva y aplico el oído. Detrás del muro de verdura dos voces poco argentinas disputaban acaloradamente sobre el proyecto de conversión de la deuda.
Más allá de la Castellana se tropieza con el Hipódromo. Quisiera decir algunas palabras acerca del Hipódromo, pero creo que aún no ha llegado la época de juzgar con verdadera imparcialidad esta nueva institución. Las grandes reformas necesitan algunos años para desenvolverse y dar el fruto que el legislador ha buscado. Juzgando hoy aquélla, temo incurrir en errores y apasionamientos, de los cuales me arrepentiría ya tarde.
LOS MOSQUITOS LÍRICOS
I
Emilio Zola sostiene que los poetas líricos de ahora son pajaritos que cantan en el árbol de Víctor Hugo. Es la pura verdad. Carduci, Núñez de Arce, Copee, Sully Prudhome, Campoamor y otros pocos no hacen más que glosar con dulzura el canto sublime del titán del siglo XIX, reflejar la luz gloriosa del astro que se está acostando entre vivas y esplendorosas llamaradas.
Los grandes poetas gozan el privilegio de fundar ciclos donde van a reunirse los que cierta misteriosa simpatía y una evidente semejanza en la manera de sentir y pensar arrastra hacia ellos. Sin remontarnos a tiempos antiguos, y fijándonos solamente en la época moderna, saltan a la vista ejemplos. Ahí está Goethe con su brillante falange de poetas alegres, serenos, razonadores y sensibles. Ahí está Byron con su numeroso cortejo de desgraciados, a quienes el mundo no comprende, almas doloridas, corazones que destilan sangre y versos lacrimosos. Y por último, vivo está todavía, por dicha nuestra, el egregio autor de las Orientales y la Hojas de Otoño, y viva también una gran parte de sus discípulos, cuyos trinos y gorjeos escucha el mundo con placer.
Ni quiere decir esto que la circunstancia de estar comprendidos en un ciclo, prive a los poetas de originalidad. No hablamos aquí, ni valiera la pena de que hablásemos, de aquellos que rastrean servilmente la pista del maestro para posar sus pies en las huellas que va dejando, porque no merecen los tales nombre de poetas. Hacemos referencia tan sólo a los que, recibiendo impulso y dirección de algún ingenio extraordinario, caminan solos y sin andadores, representando cada cual dentro del ciclo un brillante color de los muchos en que la luz de la poesía puede descomponerse. Los que hemos citado más arriba pertenecen a ese número. Son poetas, por privilegio, de nacimiento, pero han nacido bajo la influencia de un astro que aún resplandece sobre el horizonte, y no pueden sustraerse a ella. Esto no les quita ningún mérito. Todos los objetos hermosos que existen en el mundo necesitan absolutamente la luz del sol, y, sin embargo, ¿quién se acuerda de éste al contemplar su belleza? Además, en el firmamento las estrellas con luz refleja aparecen tan bellas como las que la tienen propia. Algunas veces, cuando los astros de primera magnitud brillan muy lejos, no ostentan tanta hermosura como otros más pequeños y cercanos; bien así como tal o cual poeta de la antigüedad, con ser mucho más grande, no nos produce la impresión viva y profunda que otros modernos de importancia secundaria, pero que participan de nuestra manera de sentir y pensar, y la reflejan.
Adviértase también que los ingenios extraordinarios que comunican movimiento y señalan derrotero a un período literario, los que Juan Pablo Richter denomina genios activos, son o han sido muy pocos en el mundo. La mayor parte de los poetas que admiramos y nos deleitan pertenecen a la categoría de los que el mismo crítico llama genios pasivos, si bien, a nuestro entender, incluye en este número a algunos que merecen ser colocados entre los primeros, como Rousseau y Schiller.
Dejemos, pues, sentado que nos gustan todos los pájaros, ruiseñores, canarios, malvises y jilgueros que cantan en el árbol de que nos habla Zola. ¡Ojalá nos fuera permitido pasar la vida reclinados dulcemente bajo su frondosa copa escuchándolos! Pero todo el mundo se empeña en aconsejarle a uno que trabaje. Apenas nos distraemos un poquito con sus gorjeos, cuando nos dice la voz de cualquier fiscal municipal o jefe de sección: «¡Hola! ¿Versitos, eh? ¡Vaya una gana que tiene V. de perder el tiempo!»
Y no es eso lo peor. Debajo del árbol no se disfruta tampoco la paz y sosiego necesarios. Los mosquitos y moscones, las arañas, los cínifes y bichos de todo linaje no dejan un instante de atormentarle a uno con su zumbido cuando no con sus pinchazos. Excuso decir que me refiero a la nube de poetastros de todos sexos, edades y condiciones que, para escarmiento de pícaros, existe en la capital.
II
Voy a hablar de algunos de nuestros mosquitos más distinguidos. Conviene de vez en cuando sacudirse las moscas. Divídense en cuatro grandes familias a cual más perversa y endemoniada. La primera es la de los mosquitos sentimentales, que son los de apariencia más inofensiva, aunque en realidad haya motivo para guardarse bien de ellos. Tienen un zumbido dulce y quejumbroso, que al principio no molesta gran cosa, pero que llega a hacerse insoportable. De estos mosquitos, algunos empiezan a disgustarse de la vida así que entran a cursar la segunda enseñanza; salen generalmente suspensos en los exámenes, reciben innumerables coscorrones del jefe de la familia y se enamoran perdidamente y en secreto de una mujer de treinta años. Hasta aquí sus estragos no pasan del círculo de la familia; mas al llegar a los diez y seis años comienzan a hacer coplas amargas como la hiel, inspiradas por lo común en La desesperación de Espronceda, un estúpido y obsceno poema fabricado por algún estudiante de medicina para deshonrar el nombre del ilustre poeta. Estas coplas se escriben con lápiz mientras los papás se figuran que está allá en su cuarto enfrascado en el estudio, y sólo son admiradas de algún amigo discreto que recíprocamente presenta a su admiración otras coplas no menos amargas. Tal vez que otra estas coplas, que ruedan por los bolsillos de los pantalones hasta que se pudren, caen en manos de la mamá al tiempo de coser o acepillar la ropa: la mamá, claro es, no sabe lo que aquello significa, pero corre a mostrárselo al papá, ¡y aquí fue Troya! Éste considera a su hijo sumido en un piélago de liviandades, se pone lívido, lanza profundos suspiros de congoja, y después de un enérgico discurso, encierra al culpable bajo llave durante ocho días. La mamá, más dispuesta como mujer a los sentimientos dulces, acude a la religión y le lleva a confesar con un sabio jesuita, no sin que el joven poeta proteste sordamente, pues ya han huido de su atormentado espíritu las consoladoras creencias de los primeros años. Aunque pide perdón a su mamá y le promete no volver a escribir porquerías, el mosquito sentimental no puede prescindir de continuar zumbando a escondidas de su familia: las persecuciones, lejos de abatirle, encienden más y más el horno de su inspiración y le acaban de persuadir de que la copa de la vida está llena hasta los bordes de cierto licor ponzoñoso, y que él se encuentra obligado a apurarla hasta las heces. Un periódico semanal de la población se encarga de comunicar este su convencimiento al público, expresado en términos solemnes, aunque sin gramática. Desde esta fecha, nuestro mosquito comienza a gozar de una envidiable reputación que se extiende como mancha de aceite por toda la provincia.
No obstante, por más que la opinión favorable de sus paisanos sea un bálsamo precioso para cicatrizar las heridas del corazón, todavía no está satisfecho y medita seriamente un día y otro en venir a zumbar a Madrid, a fin de que se le oiga en todos los ámbitos de la península. El papá, que ya se va convenciendo de que su hijo, aunque haya salido suspenso en la mayor parte de las asignaturas, llegará a ser hombre célebre, consiente en hacer un sacrificio. Ya le tenemos en la Corte. A los cuatro meses justos publica una composición en cierta revista literaria; a los quince días otra, a los quince días otra, y así sucesivamente sigue zumbando periódicamente durante dos años. Al fin se decide a coleccionar sus poesías en un tomo. El papá vende una finca y le remite dinero. Pide un prólogo a Cañete, y este señor, que jamás se niega a tales cosas, dice al frente del libro en lenguaje castizo que hay en él composiciones muy lindas, y las cita; que el autor muestra por lo general mucha «elegancia, donaire y estro», y que el joven mosquito, si no se desgracia, llegará a ser un moscón insigne. Desgraciadamente, esta profecía permanece guardada como santa reliquia en el almacén de algún librero que ha aceptado el tomo en comisión. Transcurren meses sin que ningún humano venga en demanda del tomo de Preludios (estos mosquitos casi siempre ponen a sus zumbidos algún nombre musical: preludios, arpegios, acordes, calderones, etc.), hasta que el librero se cansa de tener tanto papel inútil en el almacén y decide volvérselo a su dueño o comprarlo al peso. Esta es una de las soluciones. Otra consiste en que D. Modesto Fernández y González interponga su influencia para que el Ministerio de Fomento le tome quinientos ejemplares con destino a las bibliotecas públicas. Los súbditos españoles que las frecuentan no podrán menos de agradecer al Ministro el interés con que mira el cultivo de sus facultades imaginativas: todos los años les remite algunos miles de quintales de ternezas rimadas.
De todos modos, la falta de dinero es una de las causas primeras de mortandad en la familia de los mosquitos sentimentales. Los que consiguen sobrevivir a tal causa y llegan a dar una velada en el Ateneo de Madrid, están salvados. El Ateneo es para los mosquitos el oxígeno. Cuando alguno anda alicaído, asfixiado por la indiferencia del público y a medio morir, no tiene más que venir a leer ante esta docta corporación, y se le verá inmediatamente revolotear lleno de vida y alegría. El Ateneo, en achaque de versos, es de una potencia digestiva superior a la de los tiburones y avestruces. Los botones de metal y los pedazos de vidrio que dicen que estos animales digieren, no son nada comparados con los versos que yo he visto tragar en el Ateneo; un padre cariñoso no haría más por su hijo que lo que suele hacer este cuerpo docente por los mosquitos de que acabo de hablar.
III
Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los mosquitos líricos, es la de los filósofos o trascendentales. No tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan numerosa, pero en cambio es infinitamente más devastadora. El mosquito filosófico suele leer mucho, y está, por lo general, bastante enterado de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta con ellos sus híbridos engendros; no es partidario del arte por el arte, ni gusta de la literatura frívola que sólo aspira a conmover y recrear; de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y profundidad, no admite más que la última. Es mucho más objetivo que sus colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy marcadas hacia el pesimismo, no llega a él por el camino puramente subjetivo y personal de aquéllos sino mediante el estudio reflexivo de los fenómenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre más lúgubre, más desgarrador, como que es el resultado lógico de un sistema, de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde niño se observa en él gran amor a lo general y mucho desdén por lo particular. Estas nobles aficiones le han perdido a menudo en los exámenes durante la segunda enseñanza: se empeñaba en contestarlo todo a ratione y en resolver las más arduas cuestiones de plano y según le dictaba su alto entendimiento. En historia natural salió suspenso, porque habiéndole preguntado las clasificaciones, contestó que él no admitía clasificaciones en la naturaleza, que el mundo debía considerarse siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, según los progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores de instituto (salvo honrosas excepciones), son más dados a lo temporal que a lo permanente, y el mosquito filósofo padece por esta causa muchos vejámenes en los albores de la vida.
Después de formada su opinión en lo que atañe a la existencia, al amor, a la religión, a la muerte, etc., etc., nuestro mosquito adopta la manera que le parece más interesante para zumbarla al oído del público. Unas veces se presenta con un escepticismo risueño y paradójico que parece decir a los lectores: «Yo no creo en nada, ni en Dios, ni en los hombres, ni en la madre que me parió, pero me gusta aprovecharme de las cosas buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenos vinos, los paisajes bonitos, etcétera, etc., y vamos viviendo.» Su maestro es Campoamor, a quien imita no tan sólo en el pensamiento sino en la frase, expresando las ideas elevadas y abstrusas en forma llana y corriente, y así como el ilustre poeta, también él desciende a los pormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lo pequeño e insignificante.
«Yo no voy a la escuela
aunque me pegue mi señora abuela.»
¡Qué sobriedad tan encantadora! ¡Qué amable sencillez se advierte en esta y en otras frases que se encuentran esparcidas por una muchedumbre de poemas no bastante apreciados del público!
Otras veces prefiere envolver sus vastas concepciones poéticas y metafísicas, en un misterioso simbolismo atestado de laberintos. Su modelo entonces es el Fausto de Goethe, o el Manfredo de Byron. Pasa unos cuantos años escribiendo un grandioso poema, del cual lee solamente de vez en cuando, en Academias y Ateneos algunos fragmentos que dejan en suspensión y espanto el ánimo de algunos amigos. En este poema todos los seres animados o inanimados del universo expresan su opinión acerca del misterio de la existencia; y de la suma de estas ideas se propone el autor que resulte la clave de todo. Las diversas opiniones se expresan en el poema del mosquito filósofo por medio de voces que van sucesivamente gritando por las páginas del libro. Cuanto existe y cuanto ha existido tiene voz y voto en el poema: la voz de la esclavitud, la voz de la libertad, la voz de las ciudades, la voz de los campos, la voz de la iglesia, la voz de la administración, la voz de los colegios electorales, la voz de los tribunales colegiados, la voz de los edificios del Estado, etc., etc. Pero las cosas mejores las dice siempre una voz anónima, que debe de ser la del autor. De todo ello resulta que la vida es un lazo insidioso que nos ha tendido una voluntad perversa, y que para vencer a esta voluntad no hay otro medio que el suicidio, el suicidio de la humanidad entera.
A pesar de estas lúgubres y espantosas conclusiones, y del pesimismo que mina su preciosa existencia, el mosquito filósofo gusta extremadamente de que El Imparcial y El Globo digan en su hoja literaria que zumba con corrección y elegancia.
Viene después la familia de los legendarios, que estaba a punto de desaparecer de la fauna, y que merced a ciertos trabajos misteriosos de la naturaleza poderosamente secundada por la sección de literatura del Ateneo de Madrid, ha vuelto a cobrar vida en estos últimos años.
Los legendarios aborrecen la edad moderna y desprecian la antigua. La única época histórica que les seduce es la comprendida entre la irrupción de los bárbaros y el Renacimiento. Dentro de esta época la institución que despierta en su juvenil fantasía mayor copia de romances octosílabos y endecasílabos, es el feudalismo. El mosquito legendario no comprende cómo se puede vivir sin almenas, sin alfanjes, puentes levadizos, cascos y cimitarras. El amor no tiene atractivo para él, sino cuando la dama aguarda toda la noche a su galán en una ventana del castillo, sin miedo a catarros ni a reumatismos, y el galán despacha al otro barrio media docena de deudos para llegar hasta ella. Los combates, las emboscadas, los asaltos, los pisos que se hunden para sumirle a uno en profunda mazmorra, los fosos, los despeñaderos, etc., etc., son las únicas cosas que entusiasman a nuestro mosquito. En su concepto, no se puede vivir a gusto, sino con el alma en un hilo. Sus poemas, por consiguiente, están saturados de aquellos elementos que admiten muchas y variadas combinaciones, según puede verse en las infinitas leyendas que los lectores habrán, sin duda, oído recitar en su vida.
El argumento es lo único permanente o inalterable en estas leyendas; un amor desgraciado por la enemistad tradicional de los papás de los novios; dos señores feudales de cortos alcances y que padecen de atrabilis; los chicos que no se resignan a ser desgraciados y continúan sus relaciones hasta que una noche los sorprenden juntos y les arman un belén; el padre de la niña que encierra a su presunto yerno en una mazmorra, y le tiene a pan y agua sujeto con cadenas; el novio que se escapa ayudado por la niña, y viene después con su mesnada a dar un asalto a su suegro; rapto de la novia; el papá suegro que no se resigna, arma su mesnada y va a dar otro asalto a su yerno y le lleva la novia; el yerno, que tiene muy malas pulgas y arma de nuevo su mesnada y vuelve a robar la chica, etc., etc. Los asaltos se prolongan hasta que la novia, fatigada de tanto trasiego de un castillo a otro, se decide a espirar.
Con este sencillo argumento, que muchos años de uso han consagrado, lograron triunfos imperecederos una muchedumbre de mosquitos, cuyos nombres guardará tan cuidadosamente la historia, que nadie los averiguará jamás. Dentro de él caben infinitas combinaciones, bellas e interesantes, según el número y distribución de los asaltos y lo sangriento de la lucha; según la calidad del novio, que puede ser caballero y trovador o caballero solamente; el carácter del paisaje, que puede estar cerca del oceano o en lo interior de la sierra; el corcel del amante, que puede ser blanco, negro o alazán, etc., etc. De todos modos, yo aconsejo a los jóvenes líricos que no se aventuren por ninguna consideración a cambiarlo, pues al romper con los usos establecidos se corre grave peligro, y no en vano está sancionado desde tiempo inmemorial por cien generaciones de mosquitos.
Por último, hablaré del mosquito clásico. Lleva la ventaja a sus compañeros de que ha estudiado regularmente la segunda enseñanza y conoce la retórica de Hermosilla. Ha obtenido siete escribanías de plata en otros tantos certámenes poéticos abiertos en varias provincias de España, y en todas partes se han hecho lenguas de su forma, que los periódicos califican constantemente de gallarda. Como es natural, desprecia profundamente el fondo, en el cual no ha brillado ni brillará, y admira en primer término, tratándose de poesía, la paciencia, que es la facultad que todo clásico debe cultivar con predilección. Así que, cuando habla de alguna composición poética, nunca se mete a averiguar si es elevada o rastrera, original o vulgar, si tiene o no tiene inspiración: lo único que aprecia en ella es si está o no está bien trabajada. No puede ver a un buen ebanista dando los últimos toques a una cómoda sin exclamar para sus adentros: ¡Qué lástima de poeta!
Por lo general viene a Madrid recomendado a D. Aureliano Fernández Guerra o a Barrantes, a quienes admira de buena o de mala fe, que eso no importa, y les lee unos cuantos sáficos adónicos y algunas espinelitas: los académicos se dignan decirle que es muy «donoso y maleante», y que sus composiciones están llenas de «sentencias briosas y sales irónicas». Abroquelado con este juicio nuestro mosquito, da algunas lecturas en la Juventud Católica y publica varios fragmentos en La defensa de la Sociedad, hasta que, por consejo de sus amigos académicos, deja repentinamente de zumbar. Escribiendo y publicando no se va a ninguna parte. Para que un literato alcance respetabilidad y obtenga la admiración de la gente, es condición ineludible que no escriba poco ni mucho.
Entonces el mosquito clásico se dedica a despellejar a Echegaray, a Castelar, a Pérez Galdós, y en general a los escritores que son leídos y aplaudidos. Al mismo tiempo se deshace en elogios de todo lo ñoño, pobre y ridículo que se publica o se representa, con lo cual satisface sus instintos y a la vez regocija a los astros literarios que le iluminan en su carrera.
Es el peor intencionado de los mosquitos que hemos estudiado, y por eso es el único que tiene buen paradero. Sus compañeros arrastran una vida miserable y triste; o vuelven a vegetar a su pueblo, o se distribuyen por los ministerios de auxiliares y escribientes, o entran de factores en alguna compañía de ferrocarriles, o mueren en el hospital. Pero el mosquito clásico ¡ni por pienso! Ahí están sus protectores, que le hacen archivero-bibliotecario, o le dan una comisión lucrativa en país extranjero, o le ayudan a salir diputado y a ser director general y ministro. Después de algunos años de mantenerse firme en no escribir, de frecuentar los salones aristocráticos y de despellejar sin piedad a cualquier escritor que muestre talento y fantasía poco comunes, el mosquito clásico como recompensa de su brillante campaña, es conducido en triunfo a la Academia de la Lengua. Que a todos mis lectores deseo. Amén.
EL ÚLTIMO BOHEMIO
No hace todavía dos años que pasando por la Carrera de San Jerónimo di con un amigo periodista, que me dijo al tiempo de saludarme:—Vaya usted por la calle de Sevilla y verá V. a Pelayo del Castillo acostado en la acera.
Había oído hablar muchísimo de este personaje y tenía la cabeza llena de sus extravagancias y proezas tabernarias: había visto en los teatros una pieza suya titulada El que nace para ochavo, no desprovista enteramente de gracia: no quise, pues, perder la ocasión de conocerle. A los pocos pasos encontré a Urbano González Serrano, conocido seguramente de todos mis lectores, y le invité a venir conmigo, lo que aceptó con gusto. Ambos nos dirigimos al lugar que me habían designado, o sea, la acera de la calle de Sevilla colocada en el sitio de los recientes derribos, donde tumbado boca arriba, con la cabeza apoyada en una piedra y expuesto a los rigores del sol, vimos a un mendigo sucio y desarrapado. ¡Cómo se nos había de ocurrir que aquel hombre fuese Pelayo del Castillo! Tenía la cabeza enteramente descubierta y llena de greñas, el rostro encendido, el cuerpo envuelto en un andrajo que parecía el residuo de una capa, los pies metidos en dos cosas asquerosas que en otro tiempo habían sido alpargatas.
Todo nos volvíamos mirar a un lado y a otro explorando la calle en busca de nuestro literato, sin lograr hallarle. Al fin nuestros ojos se encontraron y le pregunté recelosamente designando al mendigo:
—¿Será ese?
—¡Imposible!—replicó Serrano.
No obstante, en la frente de aquel hombre había algo que no suele verse en las de los braceros; era una frente degradada, pero era una frente donde se había pensado. Insistí en que lo averiguásemos, y acercándonos a él, Serrano le sacudió levemente:
—Oiga V..... ¿es V. D. Pelayo del Castillo?
El mendigo se incorporó lentamente y restregándose los ojos y abriéndolos con dificultad a causa de la gran irritación de los párpados, contestó mal humorado:
—No señor, yo no soy ese Pelayo del Castillo.
Serrano se quedó un instante suspenso. Los dos comprendimos, sin embargo, que era él.
—¿De veras no es V. Pelayo del Castillo?
—No señor.
Después de comunicarnos en voz baja nuestra opinión contraria, sacamos cada cual una moneda del bolsillo.
—Tome V.
—No señor—repuso rechazándolas con la mano y el gesto—yo no puedo aceptar eso..... yo no les conozco a ustedes.
—Somos dos aficionados a las letras; tome V.
Con algún trabajo hicimos que al fin las aceptase. Levantando entonces la cabeza que tenía doblada sobre el pecho, nos preguntó.
—¿A quién debo dar las gracias?...
—Nuestros nombres no importan nada: somos dos amigos de la literatura: quede V. con Dios.
Y nos alejamos apresuradamente mientras él repetía esforzando la voz.
—Gracias, caballeros... yo quisiera saber...
A los pocos pasos volví la cara. Estaba mirando las monedas. Al verle de aquella suerte, sentado en el suelo, cubierto de andrajos y la cabeza desnuda al sol, me sentí conmovido. ¡Será posible que ese desdichado sea un literato; que haya escuchado los aplausos del público y alternado con los hombres más distinguidos de España! Y en aquel instante se me ocurrió escribir algo acerca del estado en que se hallan los literatos y artistas en nuestra nación. Celebro no haberlo hecho, porque desde entonces hasta ahora se han modificado bastante mis opiniones en este asunto.
Impresionado por el espectáculo que acababa de presenciar, no pude menos de dirigir in mente amargas recriminaciones a la patria que deja perecer de hambre a todo el que se dedica al cultivo de las letras y las artes y ensalza y pone sobre su cabeza a cualquier necio que se engolfa en la política sin más equipaje que su desvergüenza. Algo, y aun mucho de esto, es verdad; pero no es toda la verdad. Para resolver un problema es necesario examinarlo en todos sus aspectos.
Primeramente, la nuestra, es una nación de diez y seis millones de habitantes: por lo mismo, es absurdo pretender que el literato que vive del público, sea aquí remunerado como en Francia o Inglaterra, donde la población es más del doble. A más de ser el número de lectores menor en absoluto, lo es también relativamente: si en Francia leen diez por cada ciento, en España no lee siquiera uno, entre otras razones, porque no saben, y es fuerza, por lo tanto, que este uno o este medio por ciento eche sobre sus hombros la carga de alimentar a todos los que con razón o sin ella nos dedicamos a escribir para el público. Harto hace, a mi entender, con ayudarnos a vivir modestamente: no le pidamos hoteles, coches y alfombras como en Francia o Inglaterra porque no puede dárnoslos.
Claro es que el número insignificante de lectores depende del atraso del país, del detestable gobierno que nos ha regido, nos rige y nos regirá, de la influencia venenosa de la política y de otras mil causas enumeradas a la continua en libros y en periódicos. Aquí está la parte de culpa de la nación, que realmente no es menuda.
Mas también los artistas y literatos ayudan con su conducta al estado miserable en que se hallan. En España se ha entendido hasta ahora que el poeta o el artista es un ser mitad humano mitad angélico a quien no sientan bien los deberes y hábitos exigidos a los demás hombres. Todo hombre debe trabajar para ganarse el sustento; pues el literato no. Todo hombre debe ser previsor y separar de lo que gana una parte para mañana; pues el literato está exento de tal carga. Pasar la vida holgando y tomar la pluma en los momentos de inspiración (que no suelen venir precisamente cuando se está ayuno); vender los productos del ingenio al primer editor usurero con quien se tropieza; gastarse el dinero alegremente en un día y pasar el resto del mes viviendo del crédito, si es que lo hay; tal ha sido hasta la fecha el proceder de la mayor parte de nuestros literatos. En algo se han de distinguir los seres inspirados de los que no lo son.
Y si esta era la conducta de los grandes ingenios, de los hombres más eminentes, calcúlese cuál sería la de los adocenados, los que no pudiendo elevarse hasta ellos por la belleza de las obras imitan su vida exterior y hasta pretenden oscurecerla (y a veces lo consiguen) por medio de enormes extravagancias y atrocidades. Hubo una época en que la bohemia invadió toda la literatura. Para ser literato era preciso no sólo ser un perdulario sino afectarlo; vivir a la ventura, no pagar a la patrona (este era el artículo primero del código bohemio), dormir algunas veces al aire libre, rodar noche y día por los cafés, pedir dinero a todo el mundo con resolución de no devolverlo, ponerse las camisas y las botas de los amigos, dar mico al sastre, jugar, emborracharse, etc., etc. Los que tenían gracia solían emplearla en estas cosas y se hacían célebres. Todavía se cuentan con entusiasmo las pasadas que a sus patronas, sastres y zapateros han jugado algunos escritores de menor cuantía, y hay quien les admira por ellas más que por sus obras: quizá tengan razón, porque estos literatos tan chistosos para no pagar, no solían serlo tanto para escribir.
De la falange de los bohemios, que repito comprende la mayor parte de los escritores que han parecido de treinta o cuarenta años a esta parte, algunos, muy pocos por supuesto, han conseguido inmortalizarse con sus escritos; otros abandonando la literatura se han hecho personas formales y han entrado en la política o los negocios: éstos son los que mejor han librado; pero uno que otro, o más viciosos o más soberbios o menos aptos han persistido con extraña tenacidad en su vida aventurera y en sus costumbres abyectas que los han conducido rápidamente a un abismo de degradación. El representante genuino de estos últimos, el más empedernido, el que gozaba de más notoriedad era Pelayo del Castillo, fallecido recientemente en el hospital. Este desgraciado fue víctima de su indolencia y de sus vicios, pero en parte también de las ideas dominantes en su tiempo acerca del papel que en el mundo debe el literato representar. Si en vez de celebrarse como chistes los vicios, el desaseo, la desvergüenza y el desarreglo de las costumbres, se consideraran como graves y repugnantes defectos, ni éste ni otros desdichados hubiesen llegado a tal extremo de miseria. Nada hay tan funesto como presentar al hombre un ideal que no esté de acuerdo con los preceptos de la virtud y halague al propio tiempo sus malas propensiones.
Por fortuna el ideal ha desaparecido y sus representantes no tardarán en desaparecer. El literato ya no pide a la sociedad privilegios inmorales: es un hombre que debe trabajar como los demás y sacar el mejor partido posible de sus productos. Si no puede vivir de la pluma, porque en España no existan todavía medios de remunerarle cumplidamente, debe alternar sus ocupaciones literarias con otras de diversa índole. Si puede vivir, aunque sea modestamente, debe trabajar diariamente como cualquier otro obrero. Claro es que no se le han de exigir las mismas horas de trabajo que a un covachuelista, porque el del escritor es más intenso; pero se marcará las que sin detrimento de la salud pueda llenar. La teoría de la inspiración es falsa y ridícula: la inspiración acude delante de las cuartillas y de los libros, no en las mesas de los cafés ni en las salas de juego: cuando no gusta lo que se ha escrito, se rompe y se escribe de nuevo preparándose convenientemente con el estudio y la meditación; pero no se van a buscar ideas a la ruleta.
Hay ejemplos irrecusables que comprueban la verdad de lo que acabo de manifestar. El hombre más inspirado del siglo xix, Víctor Hugo, el inmortal autor de las Hojas de Otoño, trabaja diariamente un número crecido de horas. Balzac, el coloso que rivaliza con él, trabajó más que nadie en el mundo. Ni uno ni otro han necesitado esperar la inspiración jugando a las siete y media. No obstante, es fuerza declarar que para hacer lo que estos hombres, además de su ingenio soberano, se necesita un gran vigor corporal que pocos poseen: mas a nadie se le pide sino lo que puede ejecutar buenamente. En España tenemos dos ejemplos notabilísimos: uno es el del primero de los oradores contemporáneos, D. Emilio Castelar, el cual se puede decir que trabaja de la salida a la puesta del sol como el último obrero, haciendo sudar a todas las prensas del orbe y atendiendo al propio tiempo a sus tareas políticas: es de la raza de los atletas como Víctor Hugo y Balzac. Otro es el ilustre novelista D. Benito Pérez Galdós, embebido noche y día en un intenso trabajo literario, aprovechando todos los momentos de la existencia para preparar y escribir sus obras inmortales.
Abandonemos, pues, para siempre el romanticismo bohemio, plaga de nuestra literatura, que degrada al escritor y lo pone a merced de los intrigantes políticos y de los especuladores avaros. El literato necesita independencia, un relativo bienestar y sosiego para entregarse a su trabajo, el cual de esta suerte se hace leve y ameno. Nada me aflige tanto como ver a un hombre ilustre y respetado en la república de las letras, arrastrarse a los pies de cualquier político estólido en demanda de un destino o una pensión: me parece que aún subsiste aquel doloroso estado del tiempo de Cervantes, en que los literatos eran los domésticos de los magnates; aún peor hoy, pues que tienen que adular a los que han sido sus compañeros, a quienes han aventajado siempre en el talento, y que por dedicarse a la política, maltrechos quizá en la literatura, ocupan altas posiciones y otorgan mercedes.
Pero si todavía es poco lisonjera la situación del escritor en España, en el horizonte se divisan ya señales de un nuevo y mejor estado. De algunos años a esta parte ha mejorado notablemente el aspecto económico de las letras: ya los autores o poetas que abastecen el teatro, pueden vivir de sus obras, y dentro de algunos años tal vez los que escriben libros y artículos puedan hacer lo mismo. Se fundan casas editoriales serias y acaudaladas en sustitución de los editores sórdidos e ineptos que antes se lucraban con la miseria del escritor; muchos literatos administran sus obras con acierto, otros se hacen pagar dignamente, y casi han desaparecido los necios que por verse en letras de molde escriben de balde. En este respecto, preciso es confesar que la población de España que más está haciendo para procurar independencia al literato, beneficiando sus obras con habilidad en la península, explotando los mercados de América para nosotros cerrados hasta ahora y arriesgando fuertes capitales en este negocio, es Barcelona. Siguiendo de tal suerte, y si Madrid no trabaja algo más en pro de las artes y las letras patrias, barrunto que pronto será Barcelona el centro intelectual de España.
LOS AMORES DE CLOTILDE
(NOVELA)
En el cuarto de Clotilde, primera actriz de uno de los teatros más importantes de la capital, se reúnen todas las noches hasta media docena de amigos. La tertulia dura casi siempre tanto como la representación; pero tiene algunos paréntesis. Cuando la actriz necesita cambiar de traje se dirige a sus tertulios con sonrisa graciosa y ojos suplicantes:
—Señores, ¿me dejan ustedes un momentito?... un momentito nada más.
Todos se van al saloncillo y aguardan con paciencia: me he equivocado, no todos, porque el más joven de ellos, que estudia hace tres años el doctorado de medicina, aprovecha la ocasión y va a dar una vuelta por los bastidores a estirar un poco las piernas y a pescar algún beso descarriado. Pero en fin, la mayoría espera paseando o sentada a que Clotilde entreabra la puerta y asomando su cabeza de reina o de villana, según el papel que va a representar, les grite:
—Adelante, caballeros... ¿He tardado mucho?
Para D. Jerónimo siempre. Es el último que sale refunfuñando y el primero que entra en el cuarto. No acaba de transigir con esta púdica costumbre: y aunque no se atreva a expresarlo, allá en el fondo de su pensamiento encuentra poco cortés que se le eche de su asiento para que aquella mocosita se vista: ¡a él que hace treinta años pasa la vida entre bastidores y ha sido el íntimo de todas las actrices y actores antiguos y modernos!
Tiene cincuenta y cuatro años, y es empleado en el Ministerio de Ultramar desde los veinticinco. Todos los Gobiernos le han respetado como una rueda indispensable de la maquinaria administrativa de las colonias: soltero y mártir de las patronas. Allá en su juventud se cuenta que escribió un drama que le valió una silba y la entrada por toda la vida en el escenario de los teatros. Resignado o no resignado con el fallo del público, dejó de escribir dramas y adoptó el noble papel de protector de autores y artistas desconocidos y de empresas arruinadas. El joven provinciano que llegase a Madrid con un drama en el bolsillo, no podía emprender camino mejor para verlo representado que el de la casa de D. Jerónimo. Todo lo acogía con los brazos abiertos, malo y bueno. Sin embargo, como era asaz rudo en sus modales, no escatimaba a los autores noveles que se confiaban en él y le leían sus producciones, las censuras fuertes y hasta los insultos:—«Toda esa relación es puro fárrago; eche V. tinta sobre ella.—Pero venga V. acá, alma de Dios, ¿cómo quiere usted que un hombre que está a punto de matar a otro, suelte diez y siete décimas sin respirar!—¡Jesús qué disparate! ¡Amor platónico a una prostituta! ¡Usted se ha caído de un nido, joven!» El que entendía un poco la aguja de marear no se incomodaba, seguía adelante y al terminar depositaba el manuscrito en manos de D. Jerónimo. Y era bien seguro que el drama se ponía en escena. El veterano de los bastidores ejercía mucho ascendiente con ribetes de miedo sobre empresas y cómicos: cuando se incomodaba ¡tenía una lengua! Si el drama era silbado, protestaba lleno de ira contra el juicio del público y seguía protegiendo con más fuerza al autor. Si lograba buen éxito, callaba y sonreía voluptuosamente, pero no volvía a acercarse al poeta aplaudido. Cuando éste se quejaba de su desvío, respondía: «Usted ya ha demostrado que tiene alas; vuele V., amigo mío, vuele V., que yo tengo que soltar a otros pobrecitos».
Su vida privada ofrecía muy poco de particular. Todas las noches, al salir del teatro, se iba al café Habanero, donde cenaba constantemente un beefsteak con una chica de cerveza. Y, según cierto amigo que le había observado repetidas veces, combinaba siempre su refacción con tal arte, que había de concluir al mismo tiempo con el último bocado de carne, el último de pan y el último sorbo de cerveza.
Esta noche la tertulia se presenta muy animada. Los amigos de la actriz charlan y ríen más que de costumbre. Don Jerónimo, embozado en su capa (es privilegio), arrellanado en el sillón de la esquina y con un empedernido cigarro en la boca (es privilegio también), deja escapar famosos chistes, que a veces obligan a los tertulios a dirigir la vista hacia Clotilde y a colorearse levemente las mejillas de ésta. Don Jerónimo no lo echa de ver; la ha conocido tan niña, que se cree con derecho a prescindir de ciertos miramientos debidos a las damas; suponiendo que se los haya tributado en su vida a alguna, que no lo creemos. La ha conocido muy niña y la ha encaminado al teatro: cuando tropezó con ella vivía muy estrechamente aprendiendo el oficio de florista: hoy, merced a su talento, gana lo bastante para mantener con decoro a su madre y sus hermanas.
Es agraciada y simpática más que hermosa; la tez morena, los ojos rasgados y negros, lo más bonito de su rostro; la boca un poco grande, pero fresca con dentadura admirable. Está vestida de dama del tiempo de Luis XV, con una peluca blanca que le sienta a maravilla. No toma parte apenas en la conversación. Parece muy satisfecha con escuchar solamente, girando sin cesar sus ojos serenos de uno a otro interlocutor y sonriendo a menudo cuando se dirigen a ella.
Al llegar a cierto punto, se oye la voz del traspunte.
—Señorita Clotilde, cuando V. guste...
—Vamos allá—dice levantándose.
Se dirige al espejo, se da los últimos toques a las cejas y pestañas con el pincel, arregla con mano un poco nerviosa los tirabuzones de la peluca, la cruz de brillantes que lleva al cuello y los pliegues del vestido. Sus amigos guardan un instante silencio y contemplan estas maniobras distraídamente.
—Señores, hasta luego.
Y sale del cuarto seguida de su doncella, que le lleva recogida la cola, una espléndida cola de raso color crema.
—¡Cada día va estando más linda esta Clotilde!—dice el estudiante del doctorado, dejando escapar un imperceptible suspiro.
D. Jerónimo da una enorme chupada al cigarro y queda envuelto instantáneamente en una nube de humo. Por eso nadie advierte la sonrisa de triunfo con que acoge la observación.
—A mí también me parece más bonita cada día—dice otro tertulio;—pero creo que se ha modificado mucho su genio de algún tiempo a esta parte... Usted, pollo, no la ha conocido como nosotros... Era una loquita encantadora, ¡tan alegre! ¡tan traviesa!... Nadie podía estar a su lado de mal humor... Ahora la encuentro grave, triste casi siempre...
—Es verdad que me ha chocado la melancolía que hay en sus ojos...
D. Jerónimo dio otra enorme chupada al cigarro. Nadie vio el relámpago de ira que pasó por su rostro.
—Estos cambios, pollo, solamente los opera el amor.
—¿Algún novio?
—Eso... D. Jerónimo conoce bien la historia...
—Voy a contarla—dijo sordamente aquél desde el fondo de su embozo,—y crean ustedes que no es plato de gusto contar estas niñerías... Pero se trata de una chica a quien todos queremos y cuanto a ella se refiere debe interesarnos.
Hará cosa de tres años se presentó al director de este teatro un joven elegantemente vestido, con el manuscrito de un drama bajo el brazo. No hay nada en el mundo más imponente y aterrador que un joven bien vestido que lleva debajo del brazo el manuscrito de un drama. El director procuró escurrir el bulto, le dio algunos quiebros con maestría y varios pases, pero al fin fue cogido en la misma cuna; quiero decir, que el joven le convidó un día a almorzar, le llevó engolosinado ofreciéndole la perspectiva de unas cuantas docenas de ostras empapadas en Sauterne, y como postre le descerrajó el drama a quema ropa.
El drama era efectivamente un tiro. Pepe hizo lo que ustedes saben que se hace en estos casos; se admiró profundamente de la versificación, dijo ¡bravo! al llegar a ciertos pensamientos enrevesados, y por último propuso algunas reformitas en el acto segundo, con las cuales quedaría la obra que ni pintada.
El poeta incauto se fue a su casa muy complacido y se puso a trabajar con ardor en las reformas. Al cabo de quince días volvió a presentarse a Pepe; pero éste halló entonces el acto primero un poco lánguido y le aconsejó que a todo trance le diera más movimiento y lo acortase un poquito. En mover el acto primero tardó el poeta un mes: cuando se presentó de nuevo, el director, mostrándose muy admirado siempre de la versificación y de algunos pensamientos, manifestó algunas dudas respecto a que la obra fuese teatral. Que fuese literaria no tenía ninguna, al contrario, le parecía que en ese concepto podía competir con las mejores de Ayala... pero teatral... realmente teatral... eso ya era otra cosa.
—¿Qué diferencia es esa, D. Jerónimo?... No entiendo...
—Pues se la explicaré a V., pollo. Llamamos entre bastidores, teatrales a las obras buenas y literarias a las malas.
—¡Ah!
Después de manifestar estas dudas, concluyó por proponer otras cuantas reformitas en el acto tercero.
Al fin el poeta comprendió, cosa verdaderamente maravillosa, porque los poetas, que todo lo comprenden, que saben por qué vuela tan alto el cóndor, ascienden a los cielos y bajan a los abismos y penetran el sentido íntimo de todas las cosas creadas, no son capaces de entender que sus obras a veces no gustan a los que las escuchan. Nuestro joven, a quien llamaremos Inocencio, recogió no poco mohíno su manuscrito y estuvo algún tiempo sin dar cuenta de sí; mas al fin, sin duda después de haber meditado profundamente, se presentó cierta mañana en casa de Clotilde. Excuso decirles a ustedes que llevaba el manuscrito debajo del brazo.
Esperó con paciencia en la sala a que nuestra amiga hiciese su toilette, y cuando ésta se presentó al cabo, vio delante de sí a un joven ruboroso, confundido, pero simpático y elegante, que la rogó con labio balbuciente le otorgase el favor de escuchar la lectura de un drama. Deben ustedes saber que a las mujeres les gusta mucho ejercer protectorados, muy singularmente sobre los jóvenes simpáticos y elegantes; así que no les sorprenderá que Clotilde escuchase con paciencia el drama y hasta lo hallase muy aceptable. El joven se confió a ella enteramente, depositando en sus hermosas manos el manuscrito, cual si fuese un niño recién nacido, y ella lo recogió como madre cariñosa y lo tomó bajo su amparo, prometiendo velar por su preciosa existencia y presentarlo en el mundo. El joven manifestó que esa resolución era digna de un noble corazón cuya fama había llegado ya a sus oídos. Clotilde contestó que no era bondad de su parte el trabajar porque el drama se representase, sino un acto de justicia. El joven dijo que le halagaba muchísimo esa idea, porque el inmenso talento de Clotilde y el acierto de sus juicios estaban bien reconocidos por todos, pero que no osaba forjarse tal ilusión. Clotilde declaró que había muchas reputaciones usurpadas en el mundo y que una de ellas era la suya, pero que en esta ocasión creía estar en lo firme. El joven replicó que cuando el río suena, agua lleva, y que cuando todo el mundo se empeña en admirar no sólo la singular belleza y la inspiración artística de una persona, sino también su claro ingenio y su brillante ilustración, era necesario bajar la cabeza. Clotilde dijo que no la bajaría en esta ocasión porque estaba bien persuadida de que el mundo se engañaba mucho acerca de lo que llamaba su talento y que no era otra cosa que un puro instinto. El joven puso el grito en el cielo contra esta mistificación, que no tenía absolutamente ninguna razón de ser; pero dulcificándose de pronto, mostrose profundamente conmovido ante la modestia de su protectora, y juró por todos los santos del cielo que jamás había conocido otra semejante. En fin, que el manuscrito fue ganando por momentos terreno en el corazón de nuestra simpática amiga, y que el joven se despidió de ella, embargado por la emoción, hasta el día siguiente.