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Al primer vuelo

Chapter 24: —XXII— Un incidente grave
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About This Book

The narrative follows Alejandro Bermúdez Peleches, the last male heir of a rural household who inherits family property after siblings' deaths, returns from university and city life, marries, loses his wife and an eye, and maintains lively correspondence with a prosperous sister abroad. It sketches village social life in vivid vignettes—local clubs, gossip, professions, visits, maritime outings and civic incidents—mixing comic observation and regional detail. Episodes concentrate on small-town institutions, family fortunes, legal and personal entanglements, and the routines of rural characters, producing a panorama of customs and interpersonal tensions across episodic chapters.

—XXII—
Un incidente grave

N buen grado de tensión estaban las impaciencias de Leto para dejadas así hasta el día siguiente, sin el riesgo de un estallido! En cuanto entró en la botica le dijo a su padre:

—Me voy a buscar a don Claudio.

Y se fue. Le buscó en el Casino: no estaba allí. En su casa: tampoco. Anduvo por los sitios en que solía vérsele paseando algunas veces: ni la menor huella de él.

—Pues está en Peleches sin remedio—se dijo consternado—. Mi desgracia es indudable.

Enderezó los pasos hacia la botica; y al entrar en la plazuela, vio, entre las sombras del fondo, junto a la desembocadura de la Costanilla, un bulto negro que se movía hacia él.

—Es la silueta de don Claudio,—pensó dirigiéndose a su encuentro.

Lo era efectivamente. Se reconocieron; y dijo al instante Leto:

—He andado buscándole a usted por todo Villavieja.

—Y yo venía dudando—dijo a su vez el comandante—, si colarme ahora en la botica para hablar con usted delante de don Adrián, o dejarle recado para que se viera conmigo en mi casa.

—¿Luego tiene usted algo grave que decirme?—observó Leto casi afónico y temblándole todas las entrañas.

—Tanto como grave—repuso Fuertes—, no; pero algo que les conviene saber a ustedes por más de un concepto, sí.

—«A ustedes»—pensó el mozo repitiendo con cierta fruición estas palabras de don Claudio—. Luego no va conmigo solo el cuento; y no yendo conmigo solamente, puede ser otro cuento distinto del que tanto miedo me da. A salir de dudas—. Pues hágame usted el favor—dijo a su amigo, lo bastante bajo para que no lo oyera nadie más que él—, de referirnos lo que haya, sea malo o pésimo, pues bueno, ni casi regular, no lo espero; porque desde el portazo que se nos dio esta noche en Peleches, estamos mi padre y yo que no nos llega la camisa al cuerpo...

—Lo presumía—respondió Fuertes—, y por eso no me ha chocado oírle a usted decir que anduvo buscándome por toda la villa... Porque yo estaba dentro cuando ustedes llegaron, y sabía lo que había de suceder, si llegaban, desde un rato antes por haber oído el recado que dio don Alejandro a Catana... Situaciones que el demonio prepara y no puede uno remediar. Al caso.

Y comenzó a referir a Leto lo que afirmó ser «lo único» que él sabía. Según el relato aquél, Nieves y su padre habían tenido una escena un poco desagradable con motivo de la próxima llegada del mejicanillo. Discordancias radicales en el modo de estimar cada uno de los dos aquel suceso. A Nieves, nerviosa y algo trasmudada desde el tremendo de la antevíspera, que continuaba ignorando su padre, se le habían escapado ciertas franquezas que cayeron sobre las suspicacias de don Alejandro como la pólvora sobre el fuego. Porque don Alejandro andaba muy suspicaz desde aquel día, como le constaba a Leto muy bien. Se había dado en él un caso que no dejaba de ser frecuente: el de hallar algo en que no pensaba, buscando otra cosa muy distinta; y lo que había encontrado sin buscarlo, era el fuego en que habían caído las franquezas de su hija; o si lo quería más claro Leto, las franquezas de Nieves le demostraron, no solamente que su hallazgo no era ilusorio ni soñado, sino que el mal estaba ya hecho y con hondas raíces en la víctima. Bermúdez no había llegado con sus sospechas más que hasta el arranque del camino que conducía a ese mal: no era difícil presumir el efecto que le habría causado el descubrimiento, teniendo, como tenía, sus cálculos hechos y sus ilusiones acariciadas, con otros derroteros muy distintos. A él, a don Claudio, le había confiado sus cuitas, para pedirle informes, si podía dárselos; algo de luz clara con que guiarse en la lóbrega sima en que habla caído tan de repente; porque no podía contarse con lo que espontáneamente declarara Nieves entonces, ni convenía apurarla más en el estado de exaltación en que se hallaba. Más adelante ya se vería. Fuertes se había guardado, muy bien de decir a don Alejandro lo que pensaba acerca de tan delicado particular: al contrario, puso todo su empeño en convencerá su amigo de que estaba alarmado sin fundamento alguno. Tarea inútil: don Alejandro quedaba en sus trece y resuelto a poner de su parte todos los medios que considerara prudentes para combatir el mal como debía combatirle. ¿Qué medios eran ellos? No lo sabía aun con certeza; pero no tardaría en saberlo. Él no culpaba, no quería mal a ninguno; porque la mayor parte de las veces se causaban los daños más graves con los propósitos más honrados; pero se hallaba en una situación de ánimo tan apurada, en un temple tan singular de espíritu, que temía cometer, en presencia de las personas que eran el principal motivo de su disgusto, algún acto que le pesara después. En este pasaje del diálogo se había dado a Catana la orden de no recibir a Leto ni a su padre. «Esto, por de pronto»—había dicho enseguida don Alejandro—, «y bien sabe Dios que me duele en el alma. Iremos tirando con paliativos así, lo que se pueda; y después... ya se verá. Usted me hará el favor de entretener a esos señores, con la mejor disculpa que su discreción le dicte, alejados de aquí por unos días, si no le parece que abuso de su bondad».

—Esto es lo que hay en substancia, Leto—le dijo don Claudio en conclusión—. No sé si refiriéndoselo a usted como se lo he referido, falto o no falto a la confianza depositada en mí por don Alejandro; pero sé que no es usted hombre que se conforma con parvidades en tragos de esta naturaleza; y, sobre todo, sé que en ninguna sima más honda, ni en arca mejor cerrada que usted, puede guardarse este secreto. Ahora, refiera usted de él lo que mejor le parezca a su señor padre, como yo pensaba hacerlo, para que se cumplan las órdenes de nuestro amigo, sin contratiempos como el de esta noche para ustedes... y ánimo ¡voto al chápiro! que más amargo y más duro fue lo de anteayer, y se portó usted como un hombre.

El pobre muchacho, con las manos en los bolsillos y la cabeza caída sobre el pecho, no dijo una palabra. El comandante, después de contemplarle unos momentos con expresión compasiva, le puso blandamente la mano sobre la espalda y le preguntó, con esa aspereza cariñosa, tan propia de los hombres que han educado sus afectos entre los rigores de la ordenanza militar:

—¿Duele, amigo?

Irguiose entonces el valiente mozo, y le respondió, oprimiéndole una mano con las dos suyas:

—¡Ay, señor don Claudio! si después de salvarse Nieves me hubiera quedado yo en el fondo, de la mar, ¡qué fortuna para ellos y para mí!

Y sin poder averiguar el comandante si aquel relucir extraño de los ojos de Leto eran lágrimas o no, le vio caminar a largos pasos hacia la botica, y sin entrar en ella, subir a casa por el portal contiguo.

Don Claudio Fuertes entonces, hiriendo el suelo con un pie antes de echar a andar, exclamó entre dientes con verdadero coraje:

—¡Y qué mejor empleada que en ti, voto al demonio?

Leto subió en derechura a su cuarto con el doble fin de serenarse un poco y de pensar lo que debía referir a su padre, entre todo lo que el comandante le había referido a él. Fue tarea de tres cuartos de hora escasos. Al cabo de ese tiempo, bajó a la botica a menos de media serenidad y con el relato en hilván. No le permitió mayores lujos su pícaro temperamento.

Poco fue lo que dijo a su padre, encerrados los dos en el despacho de la trastienda, como explicación del portazo de Peleches; pero de tal modo y con tal arte de voz, de miradas y de greñas, que dejó al pobre boticario más aturdido de lo que estaba.

—De manera, hijo—observó don Adrián, dale que dale al codo, pero muy suave y lentamente, con el gorro sobre las cejas y la carita rechupada—, que por fas o por nefas... eso es, pues propiamente luz, no resulta del relato: por fas o por nefas, repito, esa nube no ha cogido a nadie más que a nosotros... a nosotros dos, eso es. ¡Caray si es duro eso de pensar! Aflige, Leto, aflige... contrista, sí, señor, verdaderamente; apenas considerarlo, ¡caray! porque si uno sospechara cuando menos... si a la dureza, eso es, del castigo, correspondiera la... vamos, la falta; pero si por más que reflexiono, que repaso la... Hombre, ¿a ti te dice algo la conciencia?... Pero ¡qué te ha decir... supongo yo? ¿Por qué camino andamos hijo y padre... eso es, con esos señores, que no sea llano y descubierto, caray? Si se nos llamara, es un suponer, a residencia, podría uno... Pero ni eso, Leto: ni eso que es tan... de justicia... ¿Habrá, hijo, de por medio algún informe, eso es... algún informe alevoso? Porque verdaderamente, ¡caray! sin una razón así, no se penetra... Por último, hijo del alma: hagámonos superiores mientras pasen esos pocos días que dice el señor don Claudio... y Dios dirá, eso es; Dios dirá luego... Pero por lo pronto, duele, sí, señor... ¡caray, si duele!

Mala noche pasó el pobre boticario a vueltas con sus inútiles investigaciones mentales; peor que Leto, mucho peor; porque éste, al fin, logró encontrar en medio de sus escozores y espasmos, ya que no un calmante de ellos, un remedio para sufrir hasta con gusto sus rigores; y fue que de pronto cayó en una idea en que hasta entonces no había caído de lleno, a causa de tener la sensibilidad fuera de quicio por la fuerza de sus aprensiones extremadamente pesimistas. Él había sentido con lo dicho por don Claudio, que era un estorbo en Peleches, y un motivo de perturbación para ciertos planes de don Alejandro Bermúdez. Así, considerándolo en montón; pero estudiándolo mejor después; separando las cosas y examinándolas una por una, acordose de que los enojos del señor de Peleches contra él, dimanaban, según don Claudio, de ciertas franquezas de Nieves que le habían confirmado en las sospechas que ya tenía. ¡Santo Dios, lo que él vio, lo que él sintió en aquellos momentos! ¡Qué efusiones tan hondas, jamás experimentadas! ¡qué terrores tan nuevos y tan sublimes! ¡qué recelos tan extraños!

Póngasele el sol de repente en las manos a un hombre que le haya estado adorando sin otro fin que adorarle. Pues en una situación por el estilo se vio Leto al dar a las franquezas de Nieves la única interpretación que podía darlas por la virtud de los hechos y la fuerza de la lógica. El peso de la mole le aplastaba, la luz resultaba fuego; pero ¡qué martirios, qué torturas, qué muerte tan adorables! Porque él se daba por muerto, como dos y tres eran cinco. Que no estorbaba a Nieves en ninguna parte; que Nieves le había entendido la metáfora del aire y del sol y del humilde puesto para tomarlos, y que lejos de ofenderse con el símil, hasta le había reprendido a él porque no colocaba su banqueta en primera fila, bien sabido se lo tenía, y bien justipreciado en las entretelas de su corazón; pero que el sol descendiera de su trono para... ¡Dios clemente! ¡Cómo no había de execrarle el señor don Alejandro Bermúdez? Por otra senda bien distinta esperaba él aquella execración; pero ya que había llegado y pues que era de necesidad que llegara, bien venida fuera por donde había venido. Cierto que el abismo resultaba así más hondo para él que de la otra manera; pero, en cambio, menos frío y solitario; y eso salía ganando en definitiva.

Así entretuvo las largas horas de aquella noche y las del día que la siguió. Poco más o menos, como las entretenía su padre en la botica y en la cama, y los señores de Peleches en su empingorotado caserón.

Se cruzaban poquísimas palabras entre la hija y el padre; no por enojos mutuos, sino porque temían entrar en conversación. Ella, ya en plena posesión de sí misma y sabiendo por Catana la orden dada por su padre contra los dos Pérez de la botica, le preguntó, muy serena, al tercer día del percance gordo:

—¿Sabes tú por qué no han vuelto por aquí esos señores?

—¿Qué señores?—preguntó a su vez don Alejandro, descubriendo en su turbación que por demás sabía de qué sujetos se trataba.

—Don Adrián y su hijo,—respondió Nieves con la mayor tranquilidad.

Bermúdez se quedó lo que se llama cortado; amagó una respuesta evasiva, y lo puso peor. Su hija no pudo menos de sonreírse al verle tan apurado, y le dijo muy templada:

—Mejor pago merecían de ti: créeme.

Esto ocurría al irse cada cual a su agujero después de la sobremesa.

A media tarde recibió el correo don Alejandro; y en el correo, nueva carta de su sobrino Nacho, fechada la víspera en la ciudad. Debía llevar en ella, por su cuenta, dos días y medio. ¿Le anunciaría ya la salida para Peleches?... ¡Pues en temple estaba el horno para aquella clase de rosquillas! ¡Canástoles, qué lío! Leyó la carta, que era breve, y se le cayó de las manos convulsas.

«Según noticias de buen origen—decía el mejicanillo—, que acabo de recibir, mi alojamiento en Peleches podría originar grandes contrariedades a mi prima, cuyos entretenimientos y placeres, autorizados y consentidos sin duda alguna por usted, son incompatibles con la presencia continua de un extraño que hasta pudiera suscitar recelos de cierta especie en el afortunado conquistador de los entusiasmos de Nieves. Como no tenía la menor idea de estas cosas y se aproxima la hora de emprender la marcha que le anuncié a usted en mi carta anterior, le pido la merced de una declaración explícita sobre lo indicado, para saber a qué atenerme antes de salir de aquí, o para no salir con ese rumbo, si hasta este sacrificio fuere necesario en bien de ustedes, y particularmente de mi encantadora prima».

Don Alejandro Bermúdez permaneció un buen rato como descoyuntado sobre la silla en que se sentaba, con la cabeza gacha y mirando la carta, que estaba a sus pies, hasta con el ojo huero.

De pronto se sintió poseído de una comezón irresistible; recogió de una zarpada el funesto papel; y estrujándole con los dedos temblones, salió de su gabinete a todo andar en busca de Nieves que estaba en el saloncillo.

—Entérate de esa carta que acabo de recibir—la dijo poniéndola en su regazo—. Otra prueba más de lo injusto que estoy siendo con tus buenos amigos, y dime, después que te enteres de ella, qué contestación he de darla.

También a Nieves, que ya se había alarmado no poco al ver el continente de su padre, le tembló la carta entre las manos: primero por zozobra, y después por indignación. Ésta le prestó fuerzas; y con la ayuda de ellas pudo decir a su padre, devolviéndole al mismo tiempo la carta de su primo:

—Esto es una infamia, y nada más.

—¿De quién?—la preguntó su padre dando diente con diente.

—De Rufita González: apostaría la cabeza—respondió Nieves sin vacilar—. Ya sabes el empeño que tiene en que su primo vaya a vivir con ellas.

—Es posible que no te equivoques—dijo Bermúdez menospreciando aquel detalle del asunto—; pero ¿por qué sabe Rufita González esas cosas? mejor dicho, ¿por qué han de ser ciertas esas cosas que?... Tampoco es esto: ¿por qué lo que yo me sospechaba viene a confirmarlo Rufita González, o quien sea el que haya dado la noticia a que se refiere tu primo? Este es el caso, Nieves: éste es el caso de importancia para mí. Niega ahora mis supuestos y llámame injusto, y, sobre todo, dime qué contestación he de dar yo a ese pobre muchacho.

—Si has de darle la que merece—respondió Nieves con gesto despreciativo—, no hay que calentar mucho la cabeza para discurrirla.

—A ver.

—Rufita González—prosiguió Nieves muy entera—, podrá haber cometido una infamia, disculpable en su mala educación, dando las noticias que le ha dado a tu sobrino; pero ¿con qué disculpará él la trastada de haberte venido a ti con el cuento sin más ni más? ¿Te parece eso a ti rasgo de hombre de fuste, ni siquiera de persona decente?

—Poco a poco—repuso don Alejandro tomando con entera decisión y completa buena fe la defensa de su sobrino—. Para fallar sobre ese caso, hay que ponerse en lugar de tu primo. Está para llegar a nuestra casa, y se le dice que va a servir de estorbo en ella en el sentido, que a él le duele mucho, porque cabe que traiga el infeliz sus planes muy acariciados... Pues, mujer, qué menos ha de hacer en tales casos una persona sensible y delicada, que preguntar, para evitarse un portazo en las narices: ¿estorbo o no estorbo? ¿voy o no voy? Y digo, ¡una persona que viene desde un extremo del mundo, solamente para eso! ¿Te parece que tiene vuelta el argumento, Nieves? Pues no la tiene, aunque otra cosa se te figure. De todas maneras, no se trata aquí de ese particular que, por ahora, es secundario. Mi tema es otro bien distinto, que más tarde o más temprano había de ventilarse entre los dos, y quisiera yo ventilar ahora mismo, puesto que la oportunidad se nos ha venido a las manos. ¿Estás pronta a complacerme, hija mía?

Nieves, pasando y repasando maquinalmente la aguja con que bordaba, por el cendal finísimo que cubría su bordado, y la vista perdida en el aire, dio a entender con un gesto y una leve sacudida de sus hombros, que lo mismo le daba.

—Pues a ello—prosiguió su padre optando, por lo que prefería—. Anteayer, aquí mismo y a estas mismas horas, tuvimos una escena que nos dolió mucho a los dos, por un motivo muy emparentado con el de hoy... Yo te acusé entonces, y tú ni confesaste claro ni negaste, ni tampoco te defendiste; pero dijiste y otorgaste con tu silencio lo suficiente para que yo pudiera formar juicio de todo, como le formé; y teniéndole por bien fundado, tomé una resolución que tú has calificado de injusta pocas horas hace. ¡Es tan distinto del mío tu punto de vista! Pero es el caso que el otro día nos anduvimos tú y yo, por salvar ciertos respetillos, con paños calientes y figuritas retóricas, y que hoy piden las circunstancias que dejemos esos respetillos a un lado y llamemos las cosas por sus nombres para acabar de entendernos... ¿No te parece así?...

—Como quieras,—volvió a decir Nieves con el mismo ademán y el mismo gesto de antes, pero algo más descolorida y emocionada.

—Pues allá va en plata de ley—añadió Bermúdez, no muy sereno tampoco—. Entre ese muchacho y tú ha llegado a desenvolverse un... vamos, un afecto, digámoslo así, más... más hondo, más fuerte que el de la amistad...

—¿Qué muchacho?—preguntó Nieves, casi sin voz y temblorosa, con ánimo de alejar un poquito más la respuesta que se la pedía tan en crudo.

—El hijo de don Adrián... Leto, vamos.

—No sé yo—dijo aquí la pobre niña aturrullada y convulsa—, cómo responderte a eso; porque no está bien claro...

—A ver si puedo yo ir ayudándote un poquito—interrumpió Bermúdez con un gesto, como si mascara ceniza—. Tú eres una jovenzuela sin experiencia y sin malicias; y él un mozo que, aunque no largo de genio, al fin ha rodado por las universidades; se ha visto agasajado en Peleches y muy estimado por ti, que no eres costal de trigo; y ¡qué canástoles! hoy una palabrita y seis mañana, habrá ido insinuándose y atreviéndose poco a poco, hasta despertar en ti...

—¡Él?—exclamó Nieves, reviviendo de pronto por la virtud de aquella injusta suposición de su padre.

—Él, sí—insistió éste con verdadera saña—. ¿De qué te asombras?

—De que seas capaz de creer eso que dices,—respondió Nieves más serena ya—. ¡Él, que es la humildad misma! Se le había de presentar hecho y aceptado por nosotros todo cuanto tú supones, y no había de creerlo. Te juro que no me ha dicho jamás una sola palabra de esas, y que ni le creo capaz de decírmela.

—Pues entonces, ¿qué hay aquí?

—Y ¿lo sé yo acaso, papá? Tú mismo le has traído a casa; tú mismo me has ponderado mil veces sus prendas y sus talentos; si yo me ha confiado a él y le he tomado por guía en unas ocasiones, y por maestro y confidente en otras, por tu consejo y con tu beneplácito ha sido. Tratándole con intimidad y a menudo, como le he tratado delante de ti, casi siempre, he visto que vale mucho más de lo que juzgábamos de él, y que es capaz de dar hasta la vida por nosotros sin la menor esperanza de que se lo agradezcamos. Todo esto sé de él. ¿Tiene algo de particular que yo lo sepa con gusto y que me complazca con el trato de un mozo de tan raros méritos? Pues no hay más, papá, y en eso se estaba cuando me anunciaste la venida del otro.

—Y ahí está el dedo malo precisamente—replicó Bermúdez arañándose las palmas de las manos con las respectivas uñas—. Resultó el contraste, y ¡pum!... a la cárcel Nacho.

—Yo no me opuse a que viniera, recuérdalo... y recuerda también lo que te prometí.

—¿Qué fue lo que me prometiste? porque, a la verdad...

—Te prometí que dejándome libre la voluntad para... esas cosas, jamás me empeñaría en imponértela a ti, aunque me fuera en ello la vida. Pues hoy te repito la promesa, y sin esfuerzo, papá, créemelo. Yo empiezo a vivir ahora, y me encanta esta libertad que gozo a tu lado y entre pocos y buenos amigos. ¡Cómo han de caber en mí otros planes tan contrarios, ni siquiera tentaciones de hacerlos?

—Concedido que no me engañas en eso que dices... ni en nada, porque la condición de veraz tampoco quiso negártela Dios; pero no basta para remate de este condenado pleito. Por lo mismo que careces de experiencia para discernir ciertos achaques del alma, es de necesidad que yo estreche un poco más los argumentos para saber a qué atenerme sobre el particular de que tratamos. No tienes planes de cierta especie, ni la menor idea de imponerme tu voluntad ni tus caprichos: corriente; pero suponte ahora que yo te digo: es indispensable, absolutamente indispensable, cambiar de vida, de estado... en fin, hija, casarse, porque, de otro modo, ahorcan. Aquí tienes dos aspirantes: tu primo Nacho y Leto. Elige.

—Pues a Leto,—eligió Nieves sin vacilar.

—¡Muy bien!—dijo su padre dando pataditas en el suelo para desahogar la inquietud que le consumía—. Pues ahora te pongo delante al propio boticario ese, y al mejor mozo y más rico y más honrado y decente de Sevilla, y te vuelvo a decir: elige.

—A Leto,—insistió Nieves.

—¡Canástoles!—exclamó don Alejandro en los últimos extremos ya de la congoja que le ahogaba—: ¡qué aberraciones, hombre! Pues ahora te mando elegir entre el propio desastrado farmacéutico y el Príncipe de Asturias, si le hubiera, y soltero y galán... el Emperador de todas las Rusias y del Universo mundo...

—Pues también a Leto...

—¡Y afirmabas que no había planes ni!...

—¡Pero si vas tú dándomelos hechos, papá!...

—Pues arderá Troya, hija... y por los cuatro costados, antes que las cosas vayan por donde no deben de ir.

Mascullando estas palabras se apartó de Nieves sin detenerse a observar el estrago causado en ella por sus nunca vistas destemplanzas.

En parecido temple de nervios le halló poco tiempo después don Claudio Fuertes. Cabalmente llevaba encargo de don Adrián, muy encarecido y casi llorado, de interceder por ellos, de suavizar asperezas, y propósito muy bien hecho de complacer al bendito boticario, por creerlo conveniente y hasta de justicia.

¡En mal hora lo intentó!

—No solamente—le dijo don Alejandro, hecho un erizo—, mantengo la resolución tomada el otro día contra ellos, sino que la adiciono con el propósito firme de que en todos los días de su vida vuelvan a poner los pies en mi casa. Que lo tengan entendido así.

Don Claudio Fuertes no halló modo de calmar la iracundia de su amigo, a quien desconocía en aquel estado, ni siquiera de hacerle soportable ninguna conversación. Sospechando que preferiría estar solo, despidiose de él a poco de haber llegado, y se fue sin poder averiguar qué nueva mosca había picado al buen señor de Bermúdez para ponerle tan rencoroso como estaba contra los dos Pérez de la botica, aunque presumiendo que todo sería obra de alguna «franqueza» de Nieves, por el estilo de las de marras.

Diole mucho que cavilar la racional sospecha; vio las cosas con espíritu sereno y por todas sus caras a la luz de los antecedentes que tenía, y sacó en limpio que, saliera pez o rana en definitiva, era de necesidad, por de pronto, enterar a don Adrián del mal éxito de sus negociaciones, para que Leto, que se hallaría presente, lo tuviera entendido en la correspondiente proporción.

Y se fue derecho a la botica donde, por haber hallado a los dos Pérez solos, les informó, con las debidas atenuaciones de caridad, de lo mal que andaban sus negocios en Peleches.

A don Adrián le faltó poco para desmayarse.

—XXIII—
La tribulación del boticario

EDIA hora después, con la faz macilenta y alargada, el ojo triste, las rodillas trémulas y la respiración anhelosa, subía el pobre hombre hacia Peleches. El sobrepeso agregado por don Claudio a su cruz, se la había hecho insoportable. No podía vivir así. Formó su resolución con voluntad heroica; y en cuanto llegó el mancebo a la botica, y se marchó el comandante, y Leto subió al piso, cogió él el sombrero y la caña... y ¡hala para arriba! Podría suceder que no se le franqueara la puerta al primer golpe: él insistiría una, dos y ciento y mil veces, hasta que los mismos robles se ablandaran; o se colaría por los resquicios, o tomaría la casa por asalto... Que el señor don Alejandro, al verse con él cara a cara, se la llenaba de oprobios... ¿y qué? Cualquier afrenta, la más dura agresión. «antes, eso es, que aquellas incertidumbres, ¡caray! sí, señor; que aquel estado violento, eso es, en que no podía él vivir».

Iluminaban a Peleches las últimas tintas sonrosadas, pero frías, del crepúsculo, cuando el viejo boticario, con la mano lívida y convulsa, empuñaba el llamador (un lebrel de hierro dulce con una bolita entre las garras delanteras) de la puerta de ingreso al piso principal del caserón de los Bermúdez. Dio tres golpes muy desconcertados, como los que a él le producía en el angustiado pecho el acelerado latir de su corazón, y salió Catana. En cuanto vio a don Adrián le dijo sin acabar de abrir la puerta:

—El zeñó no pué...

Pero el boticario se coló en el vestíbulo por la abertura, y desde allí interrumpió a la rondeña de esta suerte:

—Ya, ya; pero esa orden no reza, eso es, conmigo; porque vengo, sí, señor, con su beneplácito... Tenga usted la bondad de prevenirle, eso es, de avisarle, que estoy aquí a sus órdenes.

Y por si esto era poco, mientras Catana iba con el recado, él la siguió de lejos, como si tratara de ponerse en el rastro de su presa para que no se le escapara por ninguna parte. Así llegó al extremo del pasadizo que conducía al estrado. Era indudable que don Alejandro estaba en su gabinete... hasta creyó percibir su voz momentos después; su voz algo destemplada, por cierto. «¡Caray, caray, qué desmayos!»

Volvió a aparecer Catana. Con un gesto bravío le reprendió su atrevimiento de colarse hasta allí, y con otro no más dulce y un ademán adecuado, le mandó que pasara al gabinete que le señaló con el índice cobrizo.

Pasó don Adrián entre vivo y muerto, y se plantó a la puerta con el altísimo sombrero en una mano y el bastón en la otra, inmóvil, derecho, rígido. Desde allí vio a don Alejandro dando vueltas desconcertadas en el fondo del gabinete. En una de aquellas vueltas se encaró con él, se detuvo y le dijo, con una sequedad a que no tenía acostumbrado al excelente farmacéutico de Villavieja:

—Pero ¿qué hace usted ahí?

—Esperando, señor don Alejandro—contestó el pobre hombre con la voz como un hilo—, a que me dé usted su licencia.

—Según mis noticias—replicó Bermúdez sin ablandarse más—, esa licencia la traía usted ya desde su casa.

—Mi señor don Alejandro—dijo aquí don Adrián enjugándose el rostro macilento con su pañuelo de yerbas, y entrando a cortos pasos en el gabinete,—me he permitido afirmar esa... mentirilla, eso es, para que se me franquearan, sí, señor, estas puertas... ¡Mal hecho, caray, mal hecho! Verdaderamente lo conozco, eso es... pero no había otro modo de lograr, eso es, una entrevista, una entrevista con usted, mi señor don Alejandro.

—Y ¿para qué necesita usted, señor don Adrián, una entrevista conmigo?

—¡Para qué, mi señor don Alejandro?—preguntó el farmacéutico relajando todos los músculos de su cara—. ¡Para qué?... Para mi sosiego... para dormir, para comer... para vivir; ¡caray! para vivir, mi señor don Alejandro... Para todo eso.

Bermúdez que, por lo que le decían aquellas palabras y lo que leía en la voz y en el aspecto lastimoso de aquel hombre a quien tanto había estimado y estimaba, calculaba la intensidad del daño que le había hecho con su violenta medida, sintió muy hondos pesares de no haberla meditado más, y maldijo la negra fortuna que le conducía a extremos tan rigurosos.

—Siéntese usted, amigo mío—le dijo apiadándose de él—; repóngase un poco, y dígame luego cuanto tenga que decirme.

Le arrimó una silla y se sentó en ella don Adrián. Él permaneció de pie delante del boticario, y con las manos en los bolsillos. Don Adrián Pérez, después de colocar el sombrero en la silla inmediata y de enjugarse otra vez la carita lacia con el pañuelo, comenzó a hablar de esta suerte:

—Yo, señor don Alejandro, me encontré antes de anoche... precisamente antes de anoche, eso es, cerradas las puertas de esta casa... quiero decir, nos las encontramos; porque mi hijo venía conmigo: veníamos juntos, eso es... El caso era de notar por nuevo... por nuevo, es verdad, pero no por cosa peor; porque cabía creer que fuera medida, sí, señor, medida general. ¡Caray, si cabía! Pero no lo fue, mi señor don Alejandro, ¡no lo fue!; fue medida propia y particularmente para nosotros; para nosotros dos, eso es: para mi hijo y para mí. El señor don Claudio Fuertes tuvo la bondad de informarnos de ello, con tino, eso sí, y con todo miramiento, porque es persona de suma delicadeza; como usted sabe muy bien... Nos dio algunas esperanzas de que, corridos unos días, eso es, mejorarían las circunstancias... Pero el hecho, mi señor don Alejandro, estaba en pie; y dolía, dolía... Preguntamos la razón, eso es; y la ignoraba el buen amigo... Pasó la noche... sin sueño, por de contado; y otro día, el de hoy, sin apetito naturalmente... Ya ve usted, mi señor don Alejandro: el castigo notorio y la culpa desconocida, ¡caray! en corazones de bien... aflige, eso es, agobia... Y así todo el día de hoy, hasta que el señor don Claudio Fuertes, después de hablar con usted, nos ha venido a advertir, un momento hace, que nuestro litigio aquí, iba ¡caray! de mal en peor... Esto fue ya cegar, mi señor don Alejandro, para los que estábamos a obscuras; eso es, cegar verdaderamente, ¡cegar, y cegar en la agonía!.. Pues, muerte por muerte, me dije en cuanto me vi solo, démela el amigo irritado, eso es, si me cree merecedor de ella... Y aquí estoy, señor don Alejandro.

Éste dio dos medias vueltas, conservando una de las manos en el bolsillo y resobándose con la otra la barbilla; y después, deteniéndose de nuevo delante de don Adrián, que no apartaba de él la vista anhelosa, y volviendo a enfundar la mano en el bolsillo correspondiente, dijo al boticario:

—Continúe usted, señor don Adrián, todo lo que tenga que decirme: después hablaré yo, si le parece.

—Pues en dos palabras termino—contestó el boticario tomando nueva postura en la silla—. Así las cosas, mi señor don Alejandro, y téngalo usted bien entendido, eso es, bien entendido, desde luego, por anticipado, le doy a usted la razón por ser una persona incapaz de faltar a la justicia... Yo me confieso culpable, y mi hijo, sí, señor, también se confiesa: los dos, nos confesamos culpables; los dos le habremos faltado a usted... no admite duda, cuando, teniéndole ¡caray! por el más cariñoso y noble, eso es, de los amigos, y el más caballero de los hombres, nos castiga... Pero ¿por qué? ¿En qué ha consistido la falta, eso es, o la ofensa? Este es el clavo, mi señor don Alejandro; éste es mi mate día y noche. ¿Cuál es nuestro delito? Sépale yo, sépale mi hijo, para la debida reparación, eso es; porque de otro modo, ¿de qué vale el buen deseo, caray? ¿de qué la voluntad mejor dispuesta? De nada, mi señor don Alejandro, de nada, ¡caray! de nada. Que no cabe reparación, eso es; que usted no la admite ni la quiere... que estas puertas continúan cerradas para nosotros... cerradas, eso es... Malo, triste, ¡caray! muy triste, muy malo, sí, señor; pero se sabe el motivo, se reflexiona sobre él; resulta justo, justa y merecida la pena; y ya es distinto, eso es; ¡pero muy distinto, caray!.. Y esto es todo lo que verdaderamente tenía que decir a usted, sí, señor; nada más, eso es.

Y mientras don Alejandro Bermúdez daba otras dos vueltas en corto, él se pasó nuevamente el pañuelo por toda la cara, reluciente de sudor frío. El de Peleches, al regreso de su última vuelta, dijo al boticario:

—Empecemos, señor don Adrián, por declararle a usted, como le declaro, que soy tan amigo de usted como lo era antes, y que no le estimo menos de lo que le estimaba.

—Gracias, mi señor don Alejandro—contestó el boticario desde el fondo de su corazón. Eso ya consuela mucho, ¡caray si consuela!

—Y declarado esto—continuó Bermúdez voltejeando a la vez por el gabinete, porque seguía nervioso y espeluznado—, le declaro además que no es tan fácil como parece la tarea de decirle a usted todo lo que desea saber.

—¡Es posible?

—Sí, señor: como que es cierto. Y vamos a ver si consigo explicarme de modo que usted me comprenda, sin decirle más que lo que debo. Figúrese usted que el amigo a quien más usted quiere, resulta inficionado de una peste ¿dejará usted de querer bien a ese amigo por tomar ciertas precauciones... sanitarias contra él?..

—Conformes—observó don Adrián abriendo mucho los ojillos y la boca, como si le sorprendiera la gravedad del ejemplo—. Conformes, señor don Alejandro: no querría mal a ese amigo... inficionado, eso es, apestado, mejor dicho, por alejarle de mi familia; no, señor: medida prudente y de conciencia... de conciencia, eso es; pero le advertiría en debida forma... del mejor modo posible, eso es, para que no extrañara, para que no se doliera... En fin, mi señor don Alejandro, entiendo el símil; pero con la debida dispensa de usted, verdaderamente nada me dices sino que por apestados, eso es, por inficionados de algo, se nos han cerrado estas puertas, de repente, a mi hijo y a mí. Que hay peste en nosotros, ya se lo he concedido a usted antes de todo, sí, señor, concedido; pero ¿qué peste es ella, mi señor don Alejandro? Este es el punto... digo, me parece a mí, y el clavo, sí, señor, muy doloroso.

—Efectivamente—repuso Bermúdez mordiéndose los labios de inquietud—, nada resuelve mi ejemplo en el sentido que usted desea. Vaya otro más al caso. Imagínese que usted no es don Adrián Pérez, sino don Alejandro Bermúdez; que siendo don Alejandro Bermúdez, tiene una hija exactamente igual a la que tengo yo: vamos, que Nieves es hija de usted; que usted se ha consagrado en cuerpo y alma al cuidado y a la educación de esa hija; que desde que su hija era niña, trae usted formados y acariciados ciertos planes que, una vez realizados, han de hacer su felicidad, la felicidad de esa hija por todos los días de su vida; que está usted en la cuenta, por señales que parecen infalibles, de que su hija consiente y aprueba y hasta acaricia los mismos planes que usted; que en esta inteligencia, y para afirmarlos y asegurarlos mejor, de la noche a la mañana, y de mutuo y entusiástico acuerdo, dejan ustedes su residencia de Sevilla, y se plantan, llenas las cabezas de ilusiones, en este solar de Peleches; que limita usted su trato de intimidad aquí a tres personas, muy estimadas, muy queridas de usted: de esas tres personas, una soy yo, don Adrián Pérez, y la otra, mi hijo, Leto de nombre; usted continúa abriéndonos su casa y recibiéndonos en ella con la mayor cordialidad; y nosotros correspondiendo a ese afecto con otro tan hidalgo como él, e independientemente de todo esto, usted, Alejandro Bermúdez, llevando adelante y por sus pasos contados, el plan consabido; que se deja usted correr así tan guapamente, tranquilo y descuidado, y que un día, con motivo de un suceso muy relacionado con ese plan, descubre usted que se le han llevado los demonios, encarnados para ello en su hija de usted y en mi hijo; o si lo quiere más claro aún, en Nieves y en Leto... ¿Me va usted comprendiendo mejor ahora, señor don Adrián?

Don Adrián, amarillo y desmoronándose por todas partes, apoyó la frente entre las dos manos cadavéricas colocadas sobre el puño del bastón, y no dijo una palabra.

Don Alejandro, hondamente condolido de él, para dulcificarle en lo posible el amargor de las suyas y acabar de explicarse, continuó en estos términos:

—Yo no tengo nada que tachar en Leto, amigo mío, y mucho menos en usted: por donde quiera que se les considere, valen tanto como nosotros, más si es preciso; pero yo, como le he dicho, tenía mis planes; los vi desbaratados de repente y cuando más seguros los creía; supe la causa de ello; y ¡qué canástoles! don Adrián, hice, por de pronto, lo que hubiera hecho usted en mi caso: aislarme del peligro para pensar a solas, para discurrir sobre él... No es uno dueño de los primeros movimientos del ánimo; y la amarga sorpresa me ofuscó. No me detuve a elegir un pretexto que, sirviendo a mis fines, no le causara mortificaciones a usted: lo confieso. Además, contaba con que la ráfaga pasaría pronto, si es que no era una ilusión de mis sentidos; pero sucedió lo contrario, don Adrián: lo sospechado resultó evidente, de toda evidencia, y entonces acabé de cegarme. Este es el caso. Perdóneme usted lo que le haya alcanzado indebidamente de mi enojo; y para conseguir ese esfuerzo de su corazón, póngase, como antes dije, en mi lugar.

Callóse Bermúdez; y alzando enseguida la cabeza el boticario y levantando poco a poco los ojuelos hasta él, exclamó entre acobardado y aturdido:

—Verdaderamente, sí, señor,—es sorprendente... y espantoso, el caso ese... ¡lo que se llama espantoso!... Vamos, que necesito haberle oído en boca de usted, para darle crédito, sí, señor. Algo así tenía que ser para un castigo como el impuesto... que es dulce, ¡caray, muy dulce! para la enormidad de la falta, eso es. Pero, señor, ¿cómo la ha cometido ese chico? ¿qué espíritu malo le emborrachó? Porque él es incapaz de atreverse a tanto, verdaderamente, de por sí: la misma cortedad andando, eso es, y el respeto, ¡caray! y la gratitud... Es más: él me ha visto en las angustias de estos días, sí, señor, y me ha oído amontonar, eso es, conjeturas y supuestos; y nada, ni una palabra, ¡él, que es todo franqueza y sencillez!... Vamos, señor don Alejandro, que lo creo, eso es, pero que no me lo explico.

Los dos podemos tener razón, señor don Adrián—replicó Bermúdez continuando sus paseos en corto—. Cabe perfectamente que su hijo de usted haya hecho el daño sin propósito de hacerle, y que ignore a estas horas lo que ha hecho. El corazón humano es así muy a menudo: para saber el valor positivo de lo que contiene, necesita, como ciertos metales, probarse en la piedra de toque. Eso hice yo en mi casa, don Adrián: someter un afecto, quizá desconocido del alma que le contenía, a aquella prueba... Y así le descubrimos los dos. La misma prueba hecha en casa de usted, hubiera producido idéntico resultado.

—No me atrevo a negarlo ni a ponerlo en duda, señor don Alejandro: después de lo que usted me ha dicho, eso es... creo, creo hasta en agüeros... ¡y hasta en las brujas mismas, caray!

—El caso es, amigo mío, que el daño existe, para mi desgracia.

—Esa es, mi señor don Alejandro, la que yo lamento: no la mía, que ya no me preocupa.

—Y vuelvo a repetirle que no me quejo de nadie, sino de mi mala fortuna; que no alzo ni bajo ni estimo en más ni en menos a su hijo de usted, ni le quito ni le pongo al acudir a ciertos extremos y al expresarme de cierto modo; pero yo tenía mi rumbo trazado, mis planes hechos...

—Sí, mi señor don Alejandro: usted tenía sus planes, ¡muy bien tenidos!... eso es, y muy bien hechos; planes ¡caray! de toda la vida, que son, sí, señor, los más estimados; y si esos planes, supongamos, le hubieran fallado por una causa... ordinaria y corriente, eso es, y común de todos los días, usted hubiera formado otros a su gusto; mientras que de este otro modo, eso es...

—Por consiguiente, señor don Adrián, no debe chocarle a usted que, sin dejar de estimarlos a los dos, a usted y a su hijo, en lo que valen, persista por ahora en mi determinación... Esto no es cerrar a usted las puertas de mi casa, entiéndalo usted bien...

—¡Chocarme a mí nada de eso!—exclamó don Adrián levantándose de la silla, tembloroso y con los ojos empañados—. ¡Creer que me cierra usted las puertas de su casa... cuando voy, eso es, a cerrármelas yo mismo! Porque debo cerrármelas, eso es, y no volver a llamar a ellas mientras no traiga en las manos, sí, señor, las pruebas de haber reparado la ofensa inferida a usted... Y se reparará, sí, señor, yo lo fío.

—No es fácil, amigo don Adrián.

—Yo repito que lo es, mi señor don Alejandro... ¡Yo repito que lo es! Yo conozco a mi hijo; yo sé que es de noble condición, honrado, sí, señor, y pundonoroso como él solo... Yo sé que es incapaz de levantar, eso es, los ojos más arriba de la talla, digámoslo así, que le pertenece; que estima y considera la amistad de usted, ciertamente, por encima, eso es, de toda otra ambición; que no ignora lo que yo me pago y me enorgullezco de ser... de haber sido, el amigo más estimado, eso es, del señor don Alejandro Bermúdez Peleches; mi hijo sabe, finalmente, que es gusano de la tierra, sí, señor, y tiene demasiada inteligencia, y rectitud por demás, para atreverse... con las águilas de las alturas. Eso es.

—Pero don Adrián—díjole Bermúdez mientras encendía con una cerilla una vela puesta en un candelero sobre la mesa, porque había anochecido ya—, si no se trata...

—Por anticipado, desde luego, mi señor don Alejandro continuó el farmacéutico sin hacer caso de la interrupción—, le prometo a usted que mi hijo cumplirá con su deber, como yo cumplo ahora, y he de cumplir en adelante, con el mío; eso es. Si tiene también sus planes, que lo dudo, contrarios a los de usted, yo le diré, sí, señor, que los destruya; y los destruirá; que no mire jamás hacia Peleches, eso es; y cegará antes, sí, señor, que faltar a mi mandato; que se hunda en el polvo de la tierra; y se hundirá, eso es; se hundirá hasta los abismos, sí, señor, más tenebrosos y profundos. Lo fío, porque le conozco, y por ser además todo ello de justicia... de reparación debida a usted, verdaderamente, por una parte; y por otra, de pundonor ¡caray! para nosotros, eso es.

—Repito que usted extrema las cosas, amigo don Adrián.

—¡Ojalá fuera verdad! Pero estoy en lo justo, sí, señor, por mi desgracia, don Alejandro; en lo que debo, eso es, en lo que debo, en lo que debemos a usted mi hijo y yo, eso es, como le decía, y en lo que nos debemos a nosotros mismos. En el mundo, señor don Alejandro, aquí, en este rinconcito de Villavieja, hay muchos ojos ¡caray! y muchas lenguas; no todos los ojos ven las cosas por una misma cara, ni todas las lenguas explican de un mismo modo lo que los ojos ven. La señorita Nieves es hija del rico caballero don Alejandro Bermúdez Peleches, y el padre de Leto es el pobre don Adrián Pérez, boticario de Villavieja... eso es; y en un paño como éste ¡caray! pueden entrar muchas tijeras, como haya ganas de cortar, que nunca faltan... En fin, ya puede usted comprenderme; y yo, mi señor don Alejandro, que he conservado con honra durante setenta y cinco años, eso es, la vida que recibí de Dios, con honra quiero entregársela el día en que me la reclame, que bien cercano está ya... Eso es.

Bermúdez ya no daba vueltas por el gabinete: se había detenido delante del boticario; y a pie firme y con la cabeza algo gacha y la mirada de su único ojo clavada en los humedecidos de él, escuchaba sus ardorosos razonamientos.

—Y ahora—dijo en conclusión el atribulado farmacéutico, que ya llevo lo que venía buscando, y aun algo más, eso es, si bien se mira, y sé a lo que debo atenerme, si usted me da su permiso me vuelvo a mi casa... para terminar debidamente lo comenzado a tratar aquí... Pero me atrevería, por término, eso es, y por remate de nuestro coloquio, a pedir a usted una gracia... ¡la última, señor don Alejandro, por no molestar!

—Yo tendré siempre—le respondió Bermúdez afablemente—, el mayor gusto en servirle en cuanto pueda, señor don Adrián: no lo dude usted un momento.

—No lo dudo, señor don Alejandro—replicó el otro—. Y voy, en prueba de ello, a la súplica. El camino hasta mi casa no deja de ser largo y escabroso, y ya ha cerrado la noche, eso es; ordinariamente, no me las arreglo bien con las tinieblas; pero en el estado ¡caray! en que me encuentro ahora... a la verdad, fío poco de mis fuerzas; y una caída a mis años... ¡caray! ¿Tendría usted inconveniente en que me acompañara un ratito, por lo más obscuro nada más, eso es, su criado Ramón?

—Sí, señor, que le tengo—respondió Bermúdez dirigiéndose a la alcoba de su gabinete—, porque quien le va a acompañar a usted, soy yo.

—¡Usted, señor don Alejandro?—exclamó asombrado el boticario.

—Yo mismo, señor don Adrián—respondió Bermúdez desde allá dentro—, en cuanto me calce las botas. Así como así, no me vendrá mal orear un poco la cabeza fuera de casa. Don Adrián sintió la fineza de su amigo, como una lluvia serena en el estío las plantas mustias.

Apareció pronto don Alejandro con todos los pertrechos necesarios para ponerse en marcha, y el boticario le dijo:

—No he intentado siquiera saludar, eso es, ofrecer mis respetos a la señorita Nieves, porque verdaderamente es mejor que ignore, eso es, que yo he hablado con usted.

—Nieves anda otra vez maleando de la cabeza, y se había tendido sobre la cama un poco antes de llegar usted. Sin eso, la hubiera usted saludado, porque no quita lo cortés a lo valiente, señor don Adrián. Con que cuando usted guste...

Salieron ambos del gabinete; entró don Alejandro en el de su hija; volvió a la sala a poco rato, dando al boticario la noticia de que Nieves estaba mejor, y se fueron los dos pasillo adelante.

Al desembocar en la plazuela de la Colegiata, se despidió Bermúdez de su viejo amigo con un fuerte apretón de manos.

—Ya está usted en sagrado—le dijo—, y yo me vuelvo a mi escondite.

—Gracias por todo, ¡por todo, sí, señor!—respondió el boticario trémulo de voz y conmovido, como si se despidiera de don Alejandro hasta la eternidad.

Retrocedió Bermúdez hacia Peleches; y andando cuesta arriba y meditando, dejó escapar de su pensamiento, y como si fueran el resumen de sus meditaciones, estas palabras:

—¿Qué apostamos ¡canástoles! a que ese pobre boticario vale mucho más que yo?

—XXIV—
«El Fénix villavejano»

COMPAÑADO del propio Maravillas, que para eso y para dirigir y mejorar a su gusto la edición, había ido dos días antes a la ciudad, entraba en Villavieja el paquete de los quinientos ejemplares, húmedo todavía y exhalando el tufo que enloquece a los pipiolos y regocija a los veteranos en la esgrima de la péñola, al mismo tiempo que subía hacia Peleches don Alejandro Bermúdez.

Tinito el sabio se encaminó a su casa por los callejones más extraviados, para no ser visto por sus amigos y colaboradores, pues así convenía para sus planes; y una vez encerrado en ella y después de encargar muy encarecidamente que se dijera a cuantos llegaran a preguntar por él, si alguien llegaba, que no había venido aún, procedió a romper las ligaduras del paquete con mano codiciosa y a dividir su contenido en cuatro porciones: una para cada repartidor de los tres que tenía apalabrados, y la más pequeña para dejarla de reserva. Era cosa convenida con «los chicos de la redacción» que el periódico se repartiría de balde en la villa entre todas las personas cuya lista se había formado con la mayor escrupulosidad, sin perjuicio de distribuir el sobrante entre «lo menos irracional de la masa anónima» (palabras textuales del propio Maravillas).

El periódico era de corto tamaño y llevaba por nombre, en letras muy gordas, el que se ha puesto al frente de este capítulo, adicionado con esta leyenda: Revista literaria y de altos intereses sociales, políticos y religiosos. La primera plana y gran parte de la segunda, iban atestadas de prosa sarpullida de signos ortográficos, bajo el rótulo de Nuestros ideales. Después versos, ¡muchos versos! Una Melancolía, dedicada «a la distinguida señorita doña I. G.» (la Escribana segunda); un Éxtasis «a M. C.» (Mona Codillo); tres Ovillejos «al ilustrado Fiscal de este juzgado, mi distinguido y bondadosa amigo don F. R., en señal de consideración y afecto entrañable»; unos Cantares tiernos «a la encantadora joven villavejana A. C.» (Adelfa Codillo); Mis confidencias, «composición graciosa, a la chispeante señorita R. G.» (Rufita González); algunas coplas más por este orden, varios sueltos en prosa, y en prosa también una Variante histórica a la fábula de Hero y Leandro. Cada poesía llevaba al pie todos los nombres y apellidos de su autor. Maravillas firmaba con los suyos el artículo de entrada, y sólo con iniciales la Variante.

—Y de todo esto, ¿cuál es lo tuyo, hijo?—le preguntó el tabernero su padre, que presenciaba, por no atreverse a cosa mayor, las operaciones de deshacer el fardo y contar ejemplares para separar los correspondientes a cada lista de las tres desplegadas sobre la mesa.

—¿Pues no lo ve usted?—le respondió el sabio poniendo el dedo sobre la firma del programa y las iniciales de la fábula—. Todo lo que no son coplas estúpidas y sin substancia: lo que ha de levantar ronchas. ¡Vaya si levantará!... hasta estos sueltecitos, que también son míos, y de pronto no parecen nada: ya lo verá usted.

—Y ¿lo conocen, lo conocen ya tus amigos, esos de las copias?

Miró el sabio a su padre con el gesto de más altivo desdén, y le dijo:

—¡Qué han de conocer esos mentecatos, ni a título de qué? Lo conocerán mañana cuando el periódico circule y no les quepa la vanidad en el cuerpo al ver el magnífico resultado de mi aparición en El Fénix. Ellos son los que me han buscado: yo he consentido en que colaboren bajo mi dirección en el periódico, que dirá lo que yo tenga por conveniente, y nada más. ¿Les parece poco? ¿Qué más honra pueden desear? ¡pues buena sindéresis es la suya para que yo me hubiera rebajado a consultarles lo que pensaba publicar en El Fénix! ¡Estúpidos y pusilámines! Capaces eran de no consentir la salida del periódico.

—Verdaderamente—contestó el tabernero, electrizado con aquel pensar, aquel decir y aquel mirar de su hijo—, que no son quién para lo que tú sabes, esos muchachuelos ignorantes y desaplicados... ¿Y de veras crees tú que esos escritos meterán bulla?... No haga el diablo que te traigan algún disgusto...

—¡Bah!—repuso Maravillas creciéndose dos palmos—; no irán los huracanes por donde usted se figura. El efecto de mi primer artículo será de asombro, como el de la centella, como el del relámpago. El de la fábula le sentirán pocos; y éstos se guardarán muy bien de decir lo que les duele y en qué parte. Vea usted unas muestras de la calidad científica y filosófica del artículo, o mejor dicho, del programa.

Arrimose en esto Maravillas a la cómoda, sobre la cual estaba la luz con que se alumbraban allí él y su padre; subió las gafas hasta dejarlas encaramadas sobre las cejas; levantó el periódico que tenía entre las manos, bajando al mismo tiempo la cabeza, de manera que no quedó el espacio de dos pulgadas entre los ojos y el papel, y comenzó a leer con voz nasal, atiplada y clamorosa, mientras el tabernero se le acercaba de puntillas, con una mano colocada detrás de la oreja y mordiéndose el labio inferior.

—«Nuestros ideales...»

Aquí se detuvo de repente; y cambiando su tono campanudo por el llano y de todos los días, advirtió a su padre:

—Ha de saber usted, ante todo, que el fénix es un pájaro fabuloso o imaginario, del que se cuenta que renacía de sus propias cenizas, como la muerta planta renace de la semilla que ha producido en vida... ¿Se entera usted?

El tabernero contestó afirmativamente con una cabezada, sin apartar la mano de la oreja, y añadió a la contestación otro ademán y otro gesto que querían decir: «adelante».

Entendió la mímica Tinito el sabio; y metiendo nuevamente los ojos por el papel, volvió a su interrumpida lectura y al registro campanudo de su voz:

—«Nuestros ideales... Sal de tu sueño letárgico; despierta ya, ¡oh, Villavieja, pueblo fósil, merecedor de más honrosos destinos!... ¡Despierta y sacude la ignominia de tu mortaja enmohecida por la lobreguez insana de tres siglos de barbarie! ¡Despierta, levántate y contémplate! Nosotros te pondremos delante de los ojos el gran espejo de la Verdad, iluminado por la esplendorosa luz de los nuevos días. Mírate en él... ¡Ah, desdichada! Te turbas, te sonrojas... ¡te avergüenzas!... ¡Lo comprendemos, sí, lo comprendemos! Te ves andrajosa y fea, y esclava vil, y degradada y sola, entre la muchedumbre de otros pueblos risueños, hermosos, libres y florecientes...»

—Sigue a esto—dijo a su padre Maravillas, interrumpiendo la lectura—, un largo párrafo muy bonito y de gran efecto, de conjuros y de apóstrofes por el estilo de los que ha oído usted, que duran hasta la mitad de esta segunda columna, y digo enseguida... «¿Sabes por qué eres andrajosa, y fea y esclava vil y degradada, ¡oh, Villavieja infelice? Porque el templo de tu Dios está henchido de riquezas, y sus criminales derviches adormeciéndote con sus cánticos soporíferos, como adormece el vampiro a sus víctimas con el aire de sus alas para chuparles la sangre...»

—Continúa después otro párrafo, también muy hermoso, todo lleno de respuestas de esta, clase, con unos ejemplos y unas comparaciones admirables por lo oportunas y la mucha erudición que revelan, y concluyo diciendo: ¿Quieres ¡oh, mi villa natal infortunada! romper tus cadenas, y ser grande y rica y bella? Pues demuele tus templos; sepulta entre sus escombros a tus ídolos grotescos, y arroja su recuerdo de tu memoria, y de tu mente la idea que los derviches te han cristalizado en ella de un Dios incompatible con la extensión que alcanzan a estas horas las exploraciones hechas en las regiones científicas por la razón humana. No por eso ¡oh pueblo de las grandes melancolías! quedarás huérfano y desamparado de ideales que te sublimen y ennoblezcan, algo más que las absurdas abstracciones metafísicas con que hoy te engañan. ¿Quieres saber a quién adoramos nosotros? a la Razón. ¿En qué templo? En el gabinete de estudio, en el laboratorio, en el taller. ¿Cuál es nuestra Biblia? La Naturaleza, con sus leyes físicas y su génesis racional y científicamente comprobada. ¿Nuestros Santos? Todos los hombres ilustres que han concurrido y concurren a la obra colosal de nuestra Redención verdadera, sustentando y propagando los dogmas imperecederos del positivismo materialista, que es nuestra religión y nuestra fe; las mismas que venimos a predicar entre vosotros, porque os amamos y queremos vuestro bien...»

—¿Eh? ¿Qué tal, padre? Me parece que está bien rematadita la cosa; y picante... y hasta la empuñadura, ¿eh?

El tabernero trasladó la mano que tenía junto a la oreja, al cogote, entre cuyos pelos grises, cerdosos y tupidos metió las uñas para rascarse.

—No he comprendido cosa mayor—dije mientras se rascaba, la entraña de todo eso que has plumeado ahí. Como gustar, me gusta el palabreo y la... ¡Vaya! de lo mejor. Es manifactura de sabio: se ve al golpe; pero todo es de echar la iglesia abajo y otras cosas al simen... ¿qué te diré yo? Pudiera caer mal en Villavieja.

—No lo crea usted—observó Maravillas riéndose del candor de su padre—. Aquí, en este pueblo, hay materia dispuesta para todo: lo que faltaba eran manos. Pues ya están acá. Sorprenderá, deslumbrará el artículo, como la dije a usted antes; pero la luz se habrá visto, y las gentes vendrán a ella, como pájaros bobos... No lo dude usted.

—Más valdrá así—dijo el tabernero bajando la mano y apoyando el codo sobre la cómoda—. ¿Y qué más, hijo?

—A este programa—continuó el sabio—, siguen, como usted ve, unos versos, tontos y malos, como todo lo que pueden escribir estos majaderos villavejanos; a los versos, un sueltecillo sobre policía urbana; al suelto, más versos, detestables también; y así alternando versos chabacanos con gacetillas mías, concluye la tercera plana, y comienza la cuarta con esta noticia que voy a leer a usted, y dice así: «Percance grave: El jueves último salieron a voltejear fuera de la bahía, como lo tienen por costumbre, en un balandro de recreo, un joven muy conocido, de esta población, y una linda y elegante señorita forastera que reside en sus inmediaciones. No sabemos si por distracción de los dos o por algún accidente imprevisto, porque escribimos de referencia, se fueron al agua de repente, uno tras otro, en alta mar; y en ella hubieran perecido, porque el balandro llevaba mucho andar, sin la serenidad y la destreza del marinero que los acompañaba a bordo y logró recogerlos. Celebramos de todo corazón que el percance no tuviera otras consecuencias que el susto del momento y los sinsabores subsiguientes por la falta de recursos con que se halló el joven para socorrer a la señorita en el estado angustioso y a todas luces lamentable en que salió de la mar. Afortunadamente, la necesidad, que es ingeniosa de suyo, suplió por todo, y la robustez y el buen ánimo hicieron lo demás. Nuestra más cordial enhorabuena a los entusiastas expedicionarios del hermoso yacht

—En esta noticia—dijo Maravillas a su padre—, no hay nada, absolutamente nada de particular; de particular malicioso, se entiende: la relación, hasta galante y cortés, del caso que se refiere de público en la villa. Pues enseguida viene la Variante histórica... fíjese usted bien, histórica, a la fábula de Hero y Leandro. Hero y Leandro fueron dos personajes imaginarios también, como el pájaro fénix. Hero una zagala y Leandro un zagal, vivían separados por el Helesponto, un brazo de mar, casi mar. Hero y Leandro se amaban, y Leandro de costa a costa nadando para echar un párrafo con Hero. En una de éstas, se enfurruñaron las aguas y pereció Leandro. Pues en la Variante se cuentan las cosas de otro modo: Hero visitaba a Leandro, no pasando el Helesponto a nado, sino en un barquichuelo, y a la vela. Un día se le puso el esquife quilla al sol, y Leandro, que lo presenciaba, se arrojó al mar y sacó a Hero medio asfixiada y hecha una sopa. En aquella soledad no había con qué socorrerla. Desnudola el infeliz, lleno de angustia; y, a buena cuenta, la dio unos fregoteos de arriba abajo con unos herbachos secos que había a sus alcances: lo que me ha dado ocasión para pintar una escena muy notable del género naturalista, que es el que impera hoy en todas las manifestaciones del arte... Resultado, que la chica vuelve en sí; que se pasa la mañana con el chico; que, en tanto, se le va secando la ropa al sol; que se la viste al fin, y que arreglado también el barquichuelo por el diligente y placentero galán, Hero se vuelve a su casa tan despreocupada y campante como si no hubiera roto un plato... Tampoco en este cuentecillo, considerado aisladamente, hay cosa en que pueda cebarse la malicia del lector al primer golpe; pero vaya usted observando que el cuento sigue inmediatamente, en el orden de colocación en el periódico, a la relación del percance del jueves; y va seguido, a su vez, de esta noticieja, que no puede ser más inocente: «Dentro de muy pocos días llegará a Villavieja un acaudalado, culto y distinguido joven, ciudadano de una de las más florecientes repúblicas hispano-americanas, e hijo de dos ilustres villavejanos, cuyos deudos y tierra nativa viene a conocer el ilustre viajero, después de haber recorrido lo más digno de verse en Europa. Es casi seguro que entre los dos alojamientos que se le tienen dispuestos en la parte más alta y en la baja, respectivamente, elegirá el último contra lo que se esperaba hasta hace pocos días. Como las razones que pueda tener para ello no son de nuestra incumbencia ni de la del público, nos limitamos a consignarlo y a anticiparle la más cordial bienvenida».

—Colocada esta última pieza, ¿no ve usted cómo van formando las tres seguidas un solo cuerpo con una misma intención, bien manifiesta y clara?

El tabernero confesó, bien a su pesar, que no lo veía tan manifiesto y claro como su hijo afirmaba: vamos, que no caía en la malicia.

—Eso consiste—díjole el sabio sin apurarse por la respuesta de su padre—, en que no está usted en antecedentes, como lo están las personas para quienes se ha escrito eso: verá usted que luego lo pescan... Lo que ahora importa es que no sepan mis colaboradores la llegada del paquete ni la mía; porque andarán, como novicios que son, con un palmo de lengua fuera de la boca, por la curiosidad de ver y oler el periódico; y si le ven y le huelen, lo mejor que puede ocurrir es que relaten lo más substancioso de él esta misma noche en el Casino, quitándole así el interés a los asuntos. ¡Pues me he dado yo poca fatiga para lograr que el paquete esté aquí cuando debe de estar para que el reparto se haga a su debido tiempo! Mañana, domingo, cuya fecha lleva el periódico, ha de quedar distribuido en Villavieja antes de las ocho de la mañana. No se le olvide a usted volver a advertírselo a los repartidores, cuando les entregue, muy tempranito, la lista y los ejemplares correspondientes, que quedan aquí, como usted ve, ni encarecerles mucho las instrucciones que le tengo dadas para el reparto... ¿Se entera usted? Corriente. Pues a su sitio ahora todo el mundo, y que me suban algo de cenar enseguida, porque vengo desfallecido y con muchas ganas de acostarme.

A la mañana siguiente, antes de la misa segunda, que se decía a las ocho, ya no quedaban en manos de los repartidores de El Fénix otros ejemplares que los destinados a la masa anónima. Todos los demás se habían distribuido de casa en casa, conforme a lo acordado. En algunas de ellas y en determinados puntos, se dejaron varios ejemplares: cincuenta en la de las Escribanas; otros tantos en el Casino; diez a Rufita González; cinco a las Corvejonas; igual número a las de Codillo y a las Indianas doce a los Carreños, y doce también a los Vélez, contando Maravillas con que todas estas gentes habían de tener señalado gusto en que la cosa circulara y se fuera propagando por la villa y fuera de ella.

A don Alejandro Bermúdez, que había ido con Nieves a misa primera, le entregaron su correspondiente ejemplar a la salida de la Colegiata, ahorrándose el repartidor una subida a Peleches. Allí mismo se repartieron otros muchos ejemplares de los destinados «a la masa». Don Alejandro, después de mirar el papel con más indiferencia que curiosidad, le plegó en tres dobleces y le guardó en el bolsillo. Nieves, entre tanto, echaba una ojeada a la botica, en cuyo fondo solamente vio al mancebo con los brazos en alto y una botella en cada mano, trasegando líquido de una a otra. Ni señal de Leto ni de su padre. Éste, contra su costumbre de toda la vida, no había madrugado aquel día. Las emociones y las batallas de los anteriores le habían pegado a la cama a aquellas horas, bien a pesar suyo.

En cuanto a Leto, que se había pasado la noche en claro, después de la larga entrevista que tuvo con su padre recién llegado de Peleches, estaba encerrado en el cuartucho de la trastienda con El Fénix Villavejano. Por bajar a la botica se le entregó el mancebo con una mano, poniendo el índice de la otra, y sin hablar una palabra, sobre el renglón en que se leía: Percance grave. Diez minutos después no parecía Leto un hombre, sino una fiera recién enjaulada.

Por este lado, los vaticinios de Maravillas se cumplían bastante bien: las malicias resultaban donde las había puesto él; por otro, el éxito había sobrepujado a sus esperanzas: el periódico fue una bomba en cada casa, particularmente en las de «los chicos de la redacción», que se espantaron al pasar la vista por el artículo programa, motivo de indignación y de escándalo hasta para el más tibio de los villavejanos. ¡Qué no sería para los pobres chicos que con sus firmas se habían hecho solidarios de aquellas empecatadas doctrinas? ¡Cómo convencer a nadie de que habían sido engañados y sorprendidos? Buscáronse, en ayunas y en chancletas, como estaban; halláronse, reuniéronse y deliberaron. ¿Qué hacer? Romperle la crisma. En eso convinieron todos, sin discusión; pero ¿y después? Arrancarle una declaración y dar ellos un manifiesto; pero faltaba la imprenta para propagarle con la abundancia y la rapidez que la urgencia del caso pedía...

Deliberando sobre esto quedaban a las nueve y media todavía, mientras Tinito, que tenía su plan, continuaba encerrado en casa, donde había recibido, por conducto de su padre, las felicitaciones de los cuatro prosélitos que, como se sabe, tenía entre los gremios de zapateros y mareantes.

Esto había enorgullecido mucho al tabernero, y le había parecido a él signo de buen augurio. A un recado que se le mandó de parte de sus colaboradores, respondió por él su padre diciendo que había salido de casa.

Así hasta las diez y media. A esa hora, muy planchadito y repeinado, erguido hasta la rigidez, risueño de oreja a oreja, y solemne y augusto en su apostura, apareció delante de la Colegiata, dispuesto a aceptar los honores del triunfo que habían de decretarle allí, en el momento de salir de misa mayor, las gentes más importantes de la villa.

Entre tanto ocurría dentro, en la iglesia, un suceso muy extraordinario. El párroco don Ventura, después de leer dos proclamas de casamiento y de anunciar las fiestas de la semana, cogió otro papel que a prevención tenía sobre la mesa del altar; reclamó con mucho encarecimiento toda la atención de sus feligreses, y comenzó a leerle, en voz recia, pero alterada por una gran emoción. Era una protesta firmada por los seis colaboradores de Maravillas, contra todo lo que pudiera contenerse en El Fénix Villavejano, de ofensivo para las creencias religiosas o el honor y la fama de las familias de aquel pueblo; ofensas ingeridas en el periódico, sin el conocimiento ni la menor aquiescencia de ellos. Se valían de aquel medio de publicidad para su protesta, por no tener otro a sus alcances, y a reserva de utilizar cuantos les sugiriera su vehemente deseo de entregar al juicio de la conciencia pública la conducta incalificable del tal y del cual... ¡Bueno le ponían!

De todo ello tomó pie don Ventura para alabar la conducta de los declarantes y condenar las doctrinas impías, objeto principal de la protesta. «Atacar la religión de cierto modo, vamos, se ve a menudo; pero, hombre, ¡negar a Dios; a Dios Uno y Trino, Grande, Omnipotente y Misericordioso!... ¡y en Villavieja! ¡Qué barbaridad!» Y lloraba de espanto y pesadumbre el bendito varón. Y sus feligreses, indignados antes, se conmovían con sus lágrimas y lloraban también.

Y Maravillas que oía estos rumores desde afuera, pensaba que eran rezos de los «fanáticos», y se reía de ellos a la vez que se impacientaba por lo que la gente tardaba en salir de la iglesia. Para entretener sus impaciencias, paseaba arriba y abajo en la faja de sombra que proyectaba la mole, observado de una media docena de muchachuelos y otros tantos menestrales que andaban por allí matando el rato. Desde que había salido de casa, donde quiera que había puesto los ojos o el oído, había visto el periódico suyo, o pescado alguna palabra referente a él; y los que le veían pasar, le miraban, le miraban, ¡con una fijeza y un interés!... Hasta los menestrales y los muchachos aquéllos que andaban por la plazuela, le comían con los ojos. Pues ¡cuantos no había detrás de las vidrieras en las casas inmediatas, mirándole y admirándole? Y en estas ilusiones, media hora larga; y la gente en la iglesia.

En esto apareció Leto en la bocacalle inmediata a la botica. Aquel domingo (Dios se lo perdonara) se había quedado sin misa. Se le pasó la de ocho corriendo el temporal desaforado en el cuartuco de la trastienda. Después, por no ahogarse allí de ira y de indignación, había salido sin saber por dónde ni a qué: de calle en calle; y si al paso se topaba con Maravillas... Porque no podía ser de otro la lacería aquélla de la cuarta plana del periódico: la Fábula desde luego lo era, porque llevaba sus iniciales. Pues, carape, ¿qué menos que un par de bofetadas para desahogarse un poco? Esto no podía chocarle a nadie: era de razón y de necesidad. En una de sus viradas, tropezó con el fiscal que le detuvo para decirle:

—Vamos, amiguito, «si buenos azotes me dan, bien caballero me iba». No hay que quejarse.

—¿Lo dice usted—le preguntó Leto enronquecido y algo convulso—, por lo del libelo ese?

—Hombre—respondió el fiscal recogiendo velas delante de aquel huracán a la sordina, sí y no. Con pretexto de ello quería yo aconsejarle a usted que lo echara a risa; porque comparado con el bollo que tantos le envidian a usted, ¿qué vale el coscorrón que le cuesta?

—Pues mire usted, fiscal, y para que le vaya sirviendo de gobierno—respondió el otro temblándole los labios—: si quiere usted que no se le atragante el bollo ese, guárdese mucho de volver a tomarle en boca delante de mí; porque por encima de cuanto le estimo a usted y hasta del sol que nos alumbra, pongo yo el respeto que se debe a la persona a quien apunta usted en su broma de mal gusto. Y dejémoslo aquí si le parece.

Y allí se dejó, con mucho placer del fiscal, que no tenía interés alguno en probar sobre su persona la fuerza de los puños de Leto embravecido. Fuese cada cual por su lado; y de esta aventura volvía, con la espina de su recuerdo atravesada en la garganta, el hijo de don Adrián Pérez, cuando se le ha visto aparecer en la plazuela por el lado de la botica.

—¡Carape!... Allí está,—se dijo estremeciéndose todo al reparar en Maravillas.

Y se fue derecho a él con propósito de abofetearle; pero al llegar a su lado y verle tan poca cosa y empalidecer de susto, cambió de idea por escrúpulos de su conciencia hidalga, y se conformó, después de volverle de espaldas tirándole de las orejas, con administrarle una descarga de puntapiés, algunos de los cuales le levantaron más de un palmo sobre el encachado de la plazuela. Huyendo de los golpes que le contundían, trató de refugiarse en la iglesia; pero cabalmente comenzaba a salir entonces la gente; y aun quiso su mala fortuna que el primero que salía fuera Nilo Chuecas, el colaborador poeta de los Cantares tiernos; el cual, al verse cara a cara con el sabio, le plantó en ella el mejor par de bofetones que se había dado en Villavieja muchos años hacía. Ocurrió también que detrás de Nilo salía de la iglesia Tapas, uno de los zapateros ateos admiradores de Maravillas; pero muy devoto rezador al mismo tiempo, y hermano de la Orden Tercera de San Francisco. Era mozo robusto y fuerte, y al ver a su ídolo huir de los puños de Nilo para caer en las punta; de los pies de Leto, fuese hacia éste en actitud de pedirle cuentas de lo que pasaba allí. ¡A buena puerta llamaba y en buena ocasión! Cabalmente estaba Leto deseando habérselas con alguno en quien desfogar sus iras sin que protestara su conciencia por abuso de poder. Y respondió a la interpelación del zapatero con una bofetada que sonó en toda la plazuela, e hizo dar a Tapas tres vueltas en redondo; salió entonces a la defensa del abofeteado uno de los menestrales que contemplaban a Maravillas poco antes, y obtuvo igual recibimiento que Tapas del hijo del boticario, púsose Nilo Chuecas al lado de éste; salieron de la iglesia otros dos ateos de los prosélitos de Maravillas, y uniéronse a los que peleaban por él; fueron entrando en pelea por aquí y por allá gentes que no habían soñado en ello ni tenían por qué soñarlo; comenzaron los gritos de las mujeres y los conjuros de los hombres pacíficos; presentáronse en escena otros dos colaboradores del maldecido periódico; llegó el mancebo de la botica; salió de la iglesia don Adrián, y detrás don Claudio Fuertes, que tomó sitio junto a Leto y comenzó a sacudir garrotazos a diestro y a siniestro; huyeron hacia la izquierda los Vélez y hacia la derecha los Carreños, que tenían un miedo horrible a los alborotos populares; desmayáronse dos Escribanas, una Codillo y Rufita González, y abriéronse todos los balcones que daban a la plaza y llenáronse de gente que se llevaba las manos a la cabeza y estaba sin color y sin pulsos al ver a los combatientes de aquel campo de Agramante, rodar aquí en montón confuso por los suelos, allá esgrimiendo los puños en el aire, acá forcejeando entrelazados, y acullá a Leto y al comandante segando hombres en un espacio de tres varas en rededor, que siempre estaba desembarazado de estorbos. Por todo se reñía allí entonces menos por la obra empecatada de Maravillas, de quien nadie se acordaba ya y de cuyo paradero no se sabía.