»Lo que no ha podido quitarle La cotorra de El Valenciano al Bazar del Papagayo, es la tertulia de prima—noche, lo mismo en invierno que en las demás estaciones del año, pero principalmente en la de invierno. Allí acuden puntualísimos, en cuanto comienza a anochecer, el párroco y los dos coadjutores, el médico viejo don Cirilo, el procurador Ajete, el abogado Canales, y Chichas, antiguo y ya retirado tendero de la plazuela del Maravedí, donde hizo el capitalejo con que ahora vive de holgueta. Éstos son los tertulianos fijos del bazar. El médico, el abogado y el párroco, son los hombres que más saben aquí de cosas de Villavieja, de antaño y de hogaño; y de esas cosas es de lo que más se habla en la tertulia, cuando se habla, porque comúnmente no se habla de nada allí, ni se ve, porque siempre se está a obscuras. Así es que infunde cierto miedo el mirar hacia adentro cuando se pasa de noche por delante de la puerta. Se ve, en aquel antro tan hondo y tan obscuro y tan silencioso, brillar de rato en rato una chispa aquí y otra allá, que son las producidas por otras tantas chupadas a los cigarros en ejercicio... y nada más se ve por mucho que se mire; ni ordinariamente se oyen otros ruidos que algún carraspeo seco, o el crujido de una silla, o la sonada de unas narices. En estos casos, aunque se sabe lo honradas y pacíficas que son las gentes allí congregadas, al pensar en meter la cabeza dentro le asalta a uno el temor de que le agarren por ella manos invisibles que le amordacen y le arrastren más allá, y le lleven, le lleven, hasta la boca de una sima muy honda en la cual le arrojen para que le vayan devorando poco a poco sabandijas y ratones. Cuando la tertulia se deja oír un poco desde el soportal, es porque se hacen (rara vez) comentos de alguna noticia política. Por lo común, el mayor ruido es el murmullo acompasado y dormilento que producen los relatos eruditos o doctrinales del médico o del abogado o de los señores curas. Tienen este bazar y esta tertulia cierto color venerable y especial, y por eso les consagro algunos renglones más que a otras cosas de acá, sabiendo que no le molesto a usted aunque no le diga nada que ignore.
»El relojero Chaves murió años hace; pero queda la relojería donde siempre estuvo, tres puertas más abajo del bazar, lo mismo que usted la conoció. Su hijo, es decir, el del relojero, que es quien está al frente de ella, sabe tal cual su obligación; y, lo mismo que su padre, hace y vende jaulas y ratoneras, y compone cerraduras finas y rosarios, y cura por el método Le-Roy, muy acreditado aquí.
»La tienda verdaderamente nueva para usted en los Arcos, es la de un sastre riojano que vino a Villavieja hará cosa de seis años. No lo hace mal, y presta un gran servicio a los villavejanos que, sin pedir primores ni mucho menos, nos veíamos y nos deseábamos antes para vestirnos fuera de aquí; porque pensar que los otros dos sastres que usted conoció y aún quedan, salieran de sus medidas con tiritas de papel, de sus perneras acampanadas y de sus faldones con frunces, era pensar los imposibles.
»También ha mejorado algo el estilo de nuestros zapateros; pero poca cosa.
»Vive todavía Gorrilla el platero, y en su mismo tenducho lóbrego de la Rinconada de la Colegiata. Allí le verá usted cuando venga, detrás del vidrio roñoso (en el que continúan colgados de un alambre horizontal los mismos tres pares de pendientes de plata y el mismo sonajero y la misma colección de sortijas usadas), con la cabeza gacha y la cara tapada por la visera enorme de su gorra de nutria, medio pelada ya, ocupado en soldar con el soplete una cosa que siempre parece la misma, con la puerta cerrada y sin un marchante dentro ni fuera, ni tampoco en las inmediaciones, yendo o viniendo. ¡Y dicen que vende y que gana, y hasta que tiene mucho dinero! Lo tendrá; pero dudo que lo haya adquirido con el oficio.
»Y ya que ando tan cerca de la Colegiata, no quiero irme a otra parte con el relato, sin presentarle a usted su buen amigo, y mío y de todo el mundo, don Adrián Pérez, tan entero y tan campante como si no pasaran años por él, en su sempiterna farmacia de la Plazoleta y frente por frente del pórtico del templo, con su levita negra de largos faldones, desabrochada siempre; su chaleco, negro también, abotonado hasta el pescuezo, y éste muy liado en una corbata de tres vueltas, negra igualmente, y de seda, sin asomo de cuello de camisa por ninguna parte (aunque sí del cordón del escapulario por debajo del cogote, muy a menudo, o por encima de la nuez), y su sempiterno gorro de terciopelo sobre la cabecita (solamente gris todavía, a pesar de sus setenta y cinco muy corridos), sobándose a cada instante el codo izquierdo con la mano derecha, hablando poco, mirando risueño y sin apresurarse, ni asombrarse, ni conmoverse, ni disgustarse, ni mucho menos enfadarse por nada. Es, como ha sido siempre, la encarnación viva de la parsimonia y del bienestar, en la mejor farmacia del mejor de los pueblos del mejor de los mundos posibles. De la botica no hay que decir que sigue las leyes de su boticario: los mismos tarros de porcelana con los propios nombres en latín abreviado; la misma Virgen de las Mercedes, patrona especial del establecimiento, en su hornacina de caoba, encaramada en lo alto y principal de la estantería, es decir, en el Ojo, el «ojo» a que se endereza la pedrada del refrán; el mismo pildorero de castaño con sus enroñecidos trastes de hierro; el mismo cazo para los cocimientos, la misma tijera para cortar el baldés de los confortantes de siempre, y hasta el mismo papel emborronado, de planas, comprado a lance a los chicos de la escuela, para sus cucuruchos de píldoras y envolturas de medicamentos en polvo.
»La novedad única (a lo menos para usted) de esta botica, es el hijo del boticario, y boticario él también de cinco o seis años acá. Es un bigardón de los demonios, que tan pronto le parece a usted blanco como negro, hábil como inepto, aquí listo y allá simple. Pica en muchas cosas, y aún no he podido averiguar hacia cuál de ellas le arrastran sus verdaderas aptitudes. Parece, por de pronto, de buen acomodar, y ayuda a su padre en la botica con los mejores deseos.
»Excuso decir a usted que en este rinconcito de Villavieja es donde mejor ha caído la noticia de la próxima venida de usted, no porque afirme que ha caído mal en otras partes, sino porque de la cordialidad con que le quiere a usted y a cuanto le pertenece este bonísimo sujeto, respondo con el pellejo, y no me atrevo a tanto con los demás. Bien sabe usted cómo abundan aquí la carcoma y los celillos de clase; y aunque todos los Bermúdez, por dicha suya y desgracia de Villavieja, han sabido aislarse en su nido de Peleches de las intriguillas y miseriucas de acá abajo, al cabo es usted Bermúdez, tiene mucho dinero y raya más alto que nadie entre todos los villavejanos, aunque no se proponga rayar. En fin, ya me entiende usted.
»Como la pintura que voy rasgueando no ha de ser escrupulosa estadística para gobierno de la dirección de Contribuciones, sino cosa muy diferente, hago caso omiso de los demás ramos mercantiles e industriales de la localidad y de la vida que arrastran, amén de que se adivina fácilmente esa situación precaria con lo que dejo apuntado en esta misma carta y le tengo dicho en otras sobre lo a menos que han venido el mercado de los lunes y la feria de primero de cada mes. Estos recursos, que fueron para Villavieja minas de plata en otros tiempos y tanto decayeron después, continúan a esta fecha de mal en peor. Claro es que la enfermedad alcanza en proporción debida a la gente de la Aldea, nuestro barrio de labradores; y ese malestar de este importante gremio, le verá usted bien reflejado en la vega, tan floreciente y pomposa años atrás.
»Decía el inglés de la mina, ingeniero de cuenta y hombre de mucho mundo, que era muy de notarse que los villavejanos, tan indolentes y apáticos en cuanto se refería a mejoras y útiles progresos locales, fueran para todo lo demás tan animosos, tan regocijados, hasta bullangueros, y tan susceptibles y quebradizos de piel. Y decía la pura verdad. Un villavejano de viso se encogerá de hombros al ver cómo se le hunde medio tejado, y perderá el sueño si aquella misma noche se le ha demostrado en el Casino que su levisac atrasa más de dos temporadas en el reló de la última moda. ¡Oh! en éste y otros parecidos asuntos son terribles los villavejanos, sobre todo las hembras. Tenemos mundo, tenemos clases, tenemos distinguidos y cursis; horas de tono y horas vulgares; y si no se puede con ricas telas, imitamos con percalinas la forma y los colores del vestido que, según la revista de modas que reciben las Escribanas o las de Codillo, llevaba una gran señora parisiense en cierta recepción del Elíseo. Para estos apuros y otros semejantes, hay aquí un contingente regularcito de costureras con humos de modistas, que se despistojan con el afán de conseguir que sus exigentes parroquianas no encarguen sus vestidos a la capital, que dista catorce leguas. Y lo mismo se desvela y por idéntica causa, el sastre riojano; porque los hombres elegantes de aquí son punto menos que las hembras distinguidas.
»Las que más se distinguen ahora son las mencionadas Escribanas y de Codillo. Las primeras, llamadas así por ser hijas del difunto escribano Garduño, que dejó bastante dinero, aunque no lo que suponen las gentes, son tres y la madre: ésta bajita y gorda, y aquéllas altas y delgadas, no de mal parecer, pero tampoco guapas. Se atufan por cualquier cosa, y muchas veces van riñendo unas con otras por la calle, a media voz, pero muy sofocadas e iracundas. Las de Codillo, hijas de don Eusebio Codillo, el dueño del Café de la Marina, de la calle del Cantón, hoy arrendado a un murciano, son cinco y muy desiguales entre sí en color, en estatura y en carnes; pero todas ellas tienen cierto andar, cierto sonreír y cierto... vamos; y, sobre todo, unos humos de señoritas principales y acaudaladas, que meten miedo. A Codillo, que siempre fue una tenaza y una esponja para el dinero, le da ahora por despilfarrarse con la familia y hasta por acompañarla vestido de punta en blanco. Es teniente de alcalde, está viudo, y eso le salva, porque su mujer era una fiera hasta para amarrar el ochavo.
»Con menos caudal que estas dos familias y con los trapitos arreglados en casa, forman en la misma clase, primeramente, las dos nietas del Indiano, aquel fachenda que usted conoció ya viejo. El heredero, su hijo Martín, se comió en dos años la mitad de la herencia, y con la otra mitad pretendió en lejanas tierras a una supuesta ricachona, que resultó pobre del todo después de casada, pero muy vanidosa. Vive ella y se murió él; y con lo poco que dejó, bien estiradito y apurado, se dan el gran pisto las tres hembras de la casa.
»Después de ellas, o a par de ellas, mejor dicho, las Corvejonas, así llamadas por ser hijas de don Aniceto Martínez Liendres, Corvejón de apodo, por herencia de su padre que fue herrador y albéitar, con igual mote, como usted recordará. Traficó Aniceto con suerte en ganados; casó bastante bien con una hija de otro traficante asturiano, y ahí le tiene usted con su don como una casa; y aunque le han mermado los caudales en más de la mitad, con unos humos que no le caben en la chimenea.
»Al lado de las Corvejonas figuran las Pelagatas... Pero ¡qué jugo va usted a sacar de la lista que yo forme, si toda esa gente es nueva y desconocida para usted, sin precedentes de nombre ni de arraigo en toda la población? Ya las conocerán ustedes cuando vengan, si conocerlas quieren, lo propio que a las de la jerarquía subsiguiente, las calificadas de cursis por las primeras, y, como tales cursis, menospreciadas.
»Entre tanto, sepa usted que, de poco tiempo acá, anda fluctuando entre las dos categorías, con síntomas de caer en la primera, la sobrina de su señor cuñado de usted, el marido de doña Lucrecia. Desde que empezó a enriquecerse de veras este insigne villavejano, amparó rumbosamente a la familia que le quedaba aquí, su madre y una hermana, ésta casada con un labrador del barrio de la Aldea donde ellos vivían y eran labradores también. Muriose la vieja, y quedó el matrimonio joven, con una niña, ya establecido en el casco de la población y viviendo de sus rentas, o sea de la pensión del mejicano. Metieron a la niña en la «enseñanza» de doña Eustoquia; no era un adoquín, ni fea; desbravose allí bastante; consiguió luego desbastar y pulir algo a su madre, que bien lo necesitaba; muriose el padre de un tabardillo, porque la holganza y el buen pesebre le tenían hecho un odre y algo picado a la bebida; creció la muchachuela y se hizo una moza regular y de buen aire; tomole tal cual a su lado la viuda... y como la espuma hasta hoy. Ambas saben que viene este verano su sobrino de usted, y afirman que se hospedará en su casa cuando pare en Villavieja, y que, como las quiere tanto... «¿quién sabe lo que podrá suceder?» Conque sírvale a usted todo ello de gobierno: lo uno, para su satisfacción, y lo otro, por si ha pensado en preparar cuarto al mejicanillo en Peleches.
»Hablando ahora en serio otra vez, añado a lo dicho sobre las mujeres de tono de Villavieja, que tienen para exhibirse en toda su pomposidad, cuatro bailes de tabla al año: uno, el más solemne, el tradicional del Ayuntamiento el día de la Patrona de la villa, y tres en el Casino, dos de ellos en Carnaval y uno en Pascua de Resurrección. Todos de sala y con larga cola, no de vestidos, sino de disgustos: en unas, porque no fueron invitadas; en las invitadas, porque no debieron serlo muchas «cursis» que lo fueron. Lo propio sucede cuando en el Casino hay veladas artístico-literarias y leen los chicos poetas de la localidad, y tocan el piano las señoritas que lo entienden. Siempre quedan detrás de la fiesta ocho días largos de murmuraciones y disgustos. Por eso, si bien se mira, donde mejor lo pasa durante el invierno la juventud de ambos sexos, es en las reuniones que dan en competencia las Escribanas y las de Codillo, y, a veces, las Corvejonas. Cada cual de ellas invita a «sus relaciones», y nadie tiene derecho a quejarse si no es invitado ni «relación» de la casa. Los paseos de moda son, en invierno y con mal tiempo, los Arcos de la plaza; y con sol, la Chopera de la Campada; en el verano, los mismos Arcos en el primer caso, y en el segundo la Glorieta de la Costanilla, el mejor paseo de Villavieja, como usted sabe, porque le tiene casi lindero de Peleches, dominando la playa y el mar por una parte, por la otra la vega y por la otra la villa; y no domina por la cuarta, es decir, por el sur tanto como por la opuesta, porque allí está Peleches que lo domina todo, incluso la Glorieta.
»Las horas de tono en todas las estaciones del año para pasear las señoras, son las últimas de la tarde y a la salida de misa mayor en los días festivos... En los días de trabajo no se pasea: se callejea por la villa con cualquier pretexto, o se anda, como los simples mortales, por donde se quiere o se puede.
»Como eterna protesta contra todos estos ceremoniales de similor, quedan míseros restos de aquellas pocas familias de relativo abolengo, que en tiempos de nuestra juventud eran gala y ornato de la villa. Se complacen en asistir de trapillo adonde estén las otras muy emperejiladas, o en no asistir de ningún modo, como a sus bailes, o en andar muy majas en sitios y a horas diferentes. Así protestan; pero no triunfan, porque la ley de los más se impone al cabo.
»Se va extendiendo demasiado esta carta, y aún me resta hablar a usted de los hombres; no mucho, porque habría de sucederle a usted con los que bullen y «dan el tono», lo propio que con las hembras equivalentes: no los conocería por más que se los fuera citando uno a uno. Hay clases también, y distinguidos y cursis entre ellos, y distancias, por tanto, que se guardan hasta en el Casino diariamente. Esto le baste, que mundo y habilidad y cacumen le sobran a usted para deducir el resto.
»El Casino es el alma mater de todos ellos. Allí van a parar los más altos y los más bajos, los cursis y los distinguidos, de día y de noche; y si en el establecimiento no se ha puesto una tachuela desde que usted le conoció (donde aún continúa, encima del Bazar del Papagayo), no es por falta de concurrentes abonados, sino porque, más o menos distinguidos, todos los que van pasando por allí son de madera villavejana, que ya sabe usted la virtud que tiene en esto de dejar que las cosas se acaben por sí mismas, aunque no falta quien afirma que en el confort de la casa se gastaría algo más si se jugara algo menos, y no tan a menudo, en la famosa leonera, escondrijo de la sociedad donde los socios se despluman a diario como unos caballeros.
»Ya le indiqué a usted de pasada que había chicos poetas aquí, que leían en ciertas veladas. Es la verdad; y también bullen y peroran en los soportales de la plaza, y a la puerta de la Colegiata cuando entra o sale la gente, y en la Glorieta, y en la Chopera, y en el Casino y donde quiera que haya público que los oiga. Han tenido hasta conatos de un periódico semanal; pero la falta de una imprenta en la villa les aguó la fiesta. A alguien de ellos se le ocurrió después hacerle autógrafo y reproducir los ejemplares con una prensa de copiar, como las usadas en el comercio, y así se hizo, con gran éxito y resonancia en toda la población.
»Comenzaba ya el periódico a producir disgustos entre muchas familias aludidas por los chicos, cuando llegó de la Universidad, va a hacer un año ahora, Tinito Maravillas. Éste es un jovenzuelo chiquitín, paliducho y lacio, con gafas, pelo de ratón y patillitas transparentes. Usa a diario chaquet negro y bastón. Es hijo de un tabernero de aquí, algo levantisco, el cual se ha medio arruinado para darle la carrera, porque desde que Tinito (Agustín) comenzó a hablar, se le antojó a él que sacaba mucho talento y había de llegar a ser una maravilla, si se le educaba convenientemente. Tinito lo creyó así también, y por maravilla se tiene después de licenciado, y por maravilla le ha proclamado y le proclama su padre en la taberna y en todas partes, y Maravillas se le llama donde quiera. Pues este Maravillas, que se había hecho notar aquí en todas las temporadas de vacaciones, ahora es una barbaridad lo que destaca, particularmente entre sus contemporáneos, por lo que sabe y por su modo de pensar. A los chicos del periódico autógrafo los asustó. Villavieja necesitaba, en su lastimoso estado de modorra, algo más que coplas y chismografía. Él había escrito en revistas librepensadoras, de gran importancia, y sabía lo que eran esas cosas. Si querían su colaboración, no tenía inconveniente en prestarla, pero a condición de que el periódico fuera dirigido por él y saliera en letras de molde; lo cual no era difícil imprimiéndole en la capital. La proposición sedujo, y en realizarla se anda desde entonces.
»Tinito habla poco, casi nada; pero se deja ver en todas partes, con la cabecita muy alta y en la cara una sonrisa entre compasiva y desdeñosa. No va a misa, por supuesto; y si se le pregunta por qué, hace un gestecillo como de asombro, sin dejar de sonreírse, y no responde más. Oye hablar de Dios, sonrisita; oye hablar de reyes, sonrisita; oye, en fin, hablar de todo lo corriente en los pueblos regidos por leyes, usos y costumbres a que estamos avezados usted y yo, sonrisita. A su padre se le cae la baba con estas cosas de Maravillas, sobre todo cuando le ve echar desprecios, a su modo, sobre el viejo resabio de «las clases», tan arraigado en Villavieja; y Maravillas, en tanto, teniendo a menos decir de quién es hijo, y pegándose como una lapa a lo que aquí se tiene por aristocracia de la población, que no sabe, a la hora presente, si temerle, si admirarle o si reírse de él; porque en Villavieja ha habido siempre muy poco entusiasmo por las ideas políticas y filosóficas. Lo más exaltado de aquí no pasa todavía del progresismo histórico, tal como lo dejó el Duque de la Victoria al volverse a Logroño en 1856.
»Sin embargo, no ha predicado enteramente en desierto el joven apóstol desde que vino Licenciado de Madrid. Ya tiene algunos partidarios casi entusiastas, entre los mareantes y los zapateros, a quienes se digna hablar, de tarde en cuando, de Compte, de Büchner y de Lombroso, asegurándoles de pasada que él conoce hasta la última palabra de la ciencia experimental, escoba y azote del viejo mundo teológico y metafísico.
»Yo creo que habría palos en el Casino, si a Maravillas le diera por hablar tan recio allí, porque solamente con la estampa y la sonrisita es ya una indigestión continua para ciertos y determinados temperamentos: uno de ellos el fiscal, de seguro; y muy probable, el hijo del boticario, que es atroz por lo sincero, por lo acelerado... y por lo forzudo, y se pasa las horas muertas jugando al billar con el Ayudante de Marina que está siempre desocupado. No tiene otro vicio; pero un taco espantoso.
»El fiscal lleva en este juzgado cuatro años, y es un sujeto digno de estudio. Es aragonés, solterón y joven todavía, pero algo acabado. Detesta la profesión tanto como a la villa, y ni siquiera trata de disimularlo. Las acusaciones suyas son dicterios y palizas contra todo lo que trae entre manos, hasta la ley, que no le da cuanto necesita para despacharse a su gusto. Para él no hay atenuantes ni eximentes. Siempre pide el máximum de la pena para toda clase de delitos. Cuando habla de Villavieja, la acusa del mismo modo, porque está deseando que le echen de la carrera y de aquí. Pone cada mote que no le levanta nadie, por lo bien que cae. Tiene talento y gracia y se deja querer, porque, después de todo, es un lagarto muy apreciable, hombre de bien y de trato muy ameno. Antes jugaba mucho al tresillo; ahora se le halla casi toda la noche y parte de la tarde fumando y tomando café en una mesa, cerca de la de billar, viendo cómo juegan el hijo del boticario y el Ayudante de Marina, hablando con ellos a su modo a ratos, y a ratos con dos abogados y un médico, jóvenes, de lo más culto y tratable que hay aquí, y conmigo, que solemos acompañarle...
»Para concluir, mi señor don Alejandro: continúan los cerdos revolcándose en las calles sin empedrar, y las gallinas picoteando el césped del encachado de la plaza; el casón histórico, llamado de los Capellanes, se desplomó en abril del año pasado; está mal sostenido con puntales lo que queda del convento de Premostratenses; se va a apuntalar la fachada norte de las Casas Consistoriales, y en la calle del Cáncamo se abrió de repente una sima, tres años hizo en febrero, y sin rellenar se encuentra a la hora presente.
»Con esto y lo que se adivina, ya sabe usted de Villavieja casi tanto como su muy obligado y afectísimo amigo q. l. b. l. m.
Claudio Fuertes Y León.»
—V—
Quince días después
QUELLA mañana madrugó don Alejandro casi tanto como el sol, y eso que era el de los días más largos del mes de junio, de los «de por san Juan». No había pegado el ojo en toda la noche; y no por miedo a los ladrones ni por extrañar la cama, sino por la comezón de la pícara curiosidad, que le tuvo en vilo. Por si a Nieves le había pasado lo propio, se acercó a la puerta de su gabinete, aplicó el oído a la cerradura, y, en efecto, Nieves se revolvía allá dentro.
—¡Nieves!—llamó trémulo de gusto.
—¡Papá!—respondió la voz argentina de Nieves—. Estoy concluyendo de arreglarme... Allá voy enseguida.
—¡Ajá! Pero dime: ¿has cumplido tu palabra?
—Como que me estoy vistiendo casi a obscuras.
—Así se hace, ¡canástoles! Pues mira: ya, por lo poco que falta, no lo echemos a perder con una mala tentación. Firmes con ella si acomete, ¿eh?
Se oyó la risa franca de Nieves muy cerquita de la puerta, que a poco rato se abrió dando paso a la sevillanita envuelta en un blanco y holgado peinador, con toda la espesa y fina mata de su pelo rubio dorado tendida sobre la espalda.
—Para que veas que no te engaño—dijo a su padre señalando al fondo del gabinete—, mira qué obscuro está todo.
En efecto: no se veía otra luz allá dentro que la que se filtraba por las rendijas de los postigos cerrados con sus aldabillas sobre las correspondientes vidrieras: la precisa para andar allí sin tropezones.
Entonces fue don Alejandro quien se rió.
—¡Qué cosas tenemos a lo mejor los hombres llamados formales!—dijo—. Pues mira: pequeñeces son y hasta tonterías parecen; pero tienen su encanto, y ¡qué demonios le queda de placentero a la vida si se le quitan esos recreos?... ¿No es así? Pues, canástoles, el que se riera de nosotros ahora, sería un grandísimo majadero.
—Ya se ve que sí—dijo Nieves siguiendo el humor a su padre—. Pero, dime—añadió—: ¿también aquí me está prohibido mirar?
—Aquí no—respondió muy formalmente don Alejandro—, porque esto tiene bien poco que ver. Tú hazte el cargo: ya que la casualidad te metió en Peleches por primera vez de noche cerrada, la gracia de la cosa está para mí en estimar yo mismo el efecto que te produzca lo que te vaya poniendo delante de los ojos, y que no se ve todos los días ni en todas partes. ¿Te enteras? Pues no hay más. Pero aguárdate un poco... ¡Catana!... ¡Catana!...
Esto lo gritó don Alejandro desde la puerta que daba al pasillo, para que acudiera la rondeña, que se llamaba así.
—Tengo yo mi puntillo de vanidad—dijo a Nieves mientras la quintañona venía—, en que este erizo andaluz que desde que salió de la tierra no ha puesto la mirada en cosa que le parezca bien, aprenda a mirar como es debido lo que se ve desde aquí, hasta que se muera de repente por mal de asombro y maravilla.
En esto llegó Catana, con su cabeza gris, su color cetrino, sus ojos negros y bravíos, su sempiterno vestido de indiana muy floreado, y su pañolón negro, de seda, con los picos anudados atrás.
—¿Qué manda zu mercé?—preguntó desde la puerta.
—¿Qué has visto—la preguntó a ella su amo—, de tantísimo como hay que ver desde esta casa?
—Ná, zeñó.
—¡Cómo que nada?
—Ná... zino e peor que ná; porque azomé la fila, andando en mi trajín, por un ventaniyo de eta parte, y too lo vide negro, y dije: po zeñó, pa poca y mala zalú, a la joya... Y no he querío ver má.
—Pues aguántate aquí a la vera nuestra—dijo Bermúdez después de reírse con Nieves de la ocurrencia de Catana, que hablaba siempre con la mayor seriedad—, para que te mueras pronto y de una vez, y a gusto mío... Y vamos a ello, empezando por lo de adentro por ser lo peor. Esta pieza en que nos hallamos, como te dije anoche, ¿te acuerdas Nieves? es el salón de recibir, vamos, el estrado. Ya ves que, por extenso... ¿eh? se pueden correr potros en él. De esto ya te enteraste anoche, pero no de los cuadros por falta de luz... ni del tillado de castaño negro con remiendos de cabretón. Mira qué puertas: de roble, con su cristalillo de a tercia en su correspondiente cuarterón. En cada tiempo su estilo. Esta Purísima tan estropeada, es copia de una de Murillo, y dicen que no era mala cuando la trajo de Madrid mi bisabuelo paterno. Este retrato que la sigue por la izquierda, es de mi padre, y el otro de la derecha, de mi madre. Son obra de un pintor que anduvo tomando vistas por estos sitios, muerto de hambre. Así están ellos. Del mismo pincel y de la misma época son estos cuatro de este lado: Héctor, Aquiles... ¡Demonio! parece que te voy a hablar del sitio de Troya... Cosas de mi padre. Pues son mis hermanos y mi hermana Lucrecia, y yo; yo sin pelo de barba todavía, pero con mis dos ojos cabales... con los que tú me alcanzaste aún, Catana, en época bien memorable para mí... Pero no hablemos de esto, canástoles, que es muy amargo y muy duro de digerir... Corriente. Pues con decirte que estos seis retratos le costaron a mi padre cuarenta duros y el hospedaje del pintor, que todavía se consideraba rumbosamente pagado, te digo cuanto hay que decir sobre el mérito de su pincel.
—Y este señor del pelucón y casaca bordada, ¿quién es?—preguntó Nieves.
—Ese es, digo, ese fue don Cristóbal Bermúdez Peleches, cuarto abuelo mío, y fundador del mayorazgo en los principios del siglo pasado. Desempeñó en Méjico el cargo de Intendente general durante muchos años, y de allá vino nadando en oro; casó en Madrid con una señora de la cepa ilustre de Pacheco, y labró esta casa sobre la más modesta, aunque no menos hidalga, en que él había nacido... Pero de este preclaro ascendiente nuestro ya me has oído hablar muchas veces, lo mismo que de este otro que le sigue, con hábitos de sacerdote y la medalla de la Inquisición colgada del cuello. Fue inquisidor, también en Méjico, y trajo de allá estas cornucopias que ves alrededor de la sala junto a la cornisa del techo. Tiéneselas por cosa notable, aunque no lo parecen a la simple vista. Este vargueño tan roído ya por la polilla, también fue traído de Méjico por el mismo inquisidor... ¿Te fijas en la sillería, eh? Ya habrás notado que no juega con el vargueño ni con las cornucopias, ni se honra con tan señalada procedencia. Es ebanistería de la más mala entre lo peor que se ha hecho y estilado en esta tierra. Con todo, tiene para mí gran mérito por los recuerdos que me trae a la memoria... ¿Te vas enterando tú también, desaboría gitana?
—Zí, zeñó,—contestó la rondeña, muy grave y con los ojos muy abiertos.
—Pues a otra cosa entonces, porque se acabó la sala... Voy ahora a enseñaros algo de lo de afuera, pero de lo menos bueno; lo que corresponde a la fachada del sur, que es adonde miran los tres balcones de ella, o sean éste que voy a abrir, otro del gabinete mío y otro del tuyo, Nieves... Ahí está lo menos hermoso del panorama. Desde la plataforma de la torre os le hubiera enseñado para que le gozarais sin estorbos por todas partes; pero, según noticias de mi amigo Fuertes, la plataforma está de mírame y no me toques, sin contar con que le falta a la torre media escalera, cabalmente la mitad de abajo... Mas esa y otras dificultades parecidas, ya se irán remediando.
Nieves y Catana, mientras hablaba así don Alejandro, después de mirar lo que se descubría de frente y sin esfuerzo, querían salir al balcón para mirar hacia los lados.
—Poco a poco—les dijo don Alejandro conteniéndolas—; no se permite mirar más que por derecho y desde ahí, ¿estamos?: lo otro ya se verá desde donde deba verse. Por de pronto, la fachada es de sillería como la del este... No hay para qué verla, señoras, porque lo afirmo yo, como afirmo que sobre cada balcón de los tres de este piso, hay otro más pequeño y de púlpito, con sendos escudos de armas en los dos entrepaños principales... Quietecitas he dicho, que tiempo les queda de comprobar lo que afirmo... y vayan mirando. Aquí, debajo, un poquito de jardín, bastante disimulado, porque la verdad es que hasta que yo mandé que le aliñaran un poco, contando con que ibas a venir tú, nadie se ha cuidado de él en muchísimos años. Eso que ahora es una tapia regular con puerta enrejada, fue en años témporas, como dicen los poencos de tu Serranía, ¡oh, gitana! casi muralla de sitio con su portón correspondiente; como fue patio con horno y pozo que aún se conserva, según podéis ver, y no sé cuántas accesorias, esto que a la presente es jardín. Después de la calzadita que pasa por delante de la puerta, otro cercado, con árboles, pradera y tierra labrada, que se va hundiendo poco a poco según se va alejando, lo mismo que la faja de pinos que le contornea por nuestra izquierda. Es, como si dijéramos, la huerta de esta casa... Vuelve a subir el terreno después de una larguísima hondonada, pero con otro ropaje más basto y más bravío, y acaba en una gran mancha verdinegra que se esparce a un lado y a otro...
—Eza mancha jué lo negro que yo vide.—dijo Catana sin poderse contener.
—Pues esa mancha negra, mi señora doña... espantos sin substancia, es un magnífico pinar, y de mi legítima pertenencia, como la huerta y lo que sigue hasta él... ¿estamos? y aunque algo triste de color, no es para que nadie enferme al mirarlo, y mucho menos una res brava de ciertas espesuras que yo me sé. ¿No es verdad, Nieves? Sé franca, tú que pintas algo y entiendes más que Catana de estas cosas. Fíjate bien: aquí la lozanía de la huerta; después el recuesto verde sucio; luego el pinar casi negro; enseguida un monte gris, rapado y pedregoso; y en último término, una montaña azul. ¿No tiene todo este conjunto su belleza especial? Además, os lo tengo anunciado como lo menos bello del panorama, y no podéis, en buena conciencia, llamaros a engaño ahora... Y se acabó este primer número del programa... A otro enseguida... y quédense estas puertas abiertas para que se vaya inundando de la gracia de Dios toda la casa...
Por aquí, por el pasadizo éste... Alto en esta puerta de la izquierda, y mucho cuidado con no torceros un pie en algún rendijón del tillado de adentro. Como la pieza tiene balcón, único claro que hay en la fachada correspondiente, la del noroeste, se cuelan las invernadas por él lo mismo que si no vinieran a Peleches más que para eso. ¡Como está tan alto y tan descarado!... Nadie ha podido habitar en esta pieza jamás. Cuidado, repito, mucho cuidado donde se pisa... ¡Ea! ya está de par en par, digo, ya están separados estos pingajos de puerta. Ponte aquí, Nieves, y tú a este otro lado, Catana... Vamos, ¿qué hay que decir a esto?... No os fijéis en este primer término, que es árido y escabroso, como todo terreno de costa, sino en lo demás, en lo llano, que es la vega de Villavieja, verde aquí, parda allá, con sus caseríos salpicados, después alturas grises y alturas verdes, y sierras peladas y montes obscuros... ¿Veis una rayita blanca, allá lejos, que culebrea un ratito en el contorno de la vega y luego se pierde entre dos cerrillos? Pues es el camino real. ¿Veis otra rayita que cruza la vega por este lado de la izquierda, en dirección a los mismos dos cerros en que se pierde el camino? Pues es la senda que une a Villavieja con él. Por ahí vinimos anoche nosotros; sólo que al llegar a la entrada de la villa, tomamos otro camino que sube a Peleches por esta ladera... Vedle aquí arrastrándose debajo del mismo balcón en que estamos... ¿Eh? ¿Qué tal? Me parece, señora serrana, que aquí no hay negruras que maten ni asusten a ciertos corazoncitos temerosos y delicados... Bien claro, abierto, luminoso y variado es por donde quiera que se mire todo ello... Vamos, diga usted que sí o que no, como Cristo nos enseña.
—¿E de zu mercé la vega tamién?—preguntó Catana a su amo, en lugar de responderle.
—Una buena parte de ella—contestó Bermúdez un poco amoscado—. Pero ¿qué tiene que ver lo uno con lo otro? ¿Lo barruntas tú, Nieves?
Nieves, que toda era ojos y respiración, para gozar a sus anchas de la luz y los aromas de que estaba inundada la campiña, adivinando la malicia envuelta en la pregunta de Catana, contestó a la de su padre, sonriéndose con la rondeña:
—Es una salida como otras suyas, por no mentir. Teme que lo sientas si te dice que no la gusta... por lo menos tanto como...
—Como la Serranía de siempre, vaya,—concluyó don Alejandro.
—Ezo igo yo,—confirmó Catana, mirando a Nieves con la cabeza algo gacha.
—¿Y tú también eres de su parecer, hija mía?
—Yo no, papá,—contestó Nieves al punto y sin la menor traza de engañarle—. Es decir: por de pronto, me gusta esto mucho, muchísimo; lo que hay es que no conozco lo otro que le parece mejor a Catana, y pudiera serlo. ¿No es así, Catana?
—Asín,—respondió Catana, acentuando la palabra con la cabeza.
—Pues ahora mismo voy yo a poner a su señoría macarena—dijo Bermúdez empujando hacia dentro a las dos mujeres—, delante de algo que no se pueda ver desde allá por mucho que levante la jeta el serrano de más alzada... ¡Canástoles con los melindres de mi abuela y el pujo de la comparación!... Por el pasillo de la derecha hasta la puerta de enfrente... Esta pieza, Nieves, no te la quise enseñar anoche, porque aún estaba arreglándose cuando te fuiste a acostar: ya te lo dije. Es donde más se ha esmerado don Claudio, y la que más le ha dado que hacer después de tu gabinete. Se ha empapelado, pintado y casi tillado de nuevo... Mírala. Aquí tienes el piano, los avíos de pintar y de hacer labores, libros, dibujos... en fin, tu taller de artista y tu saloncillo de mujer hacendosa. Ahora no hagas más que pasar y mirar, y ni siquiera me des las gracias que se te están escapando por los ojos y por la boca. La cosa, en primer lugar, no vale la pena, y, en segundo, venimos aquí por otras muy diferentes... A la una, a las dos... ¡Ahí está eso, y muérete ya, gitana, porque te ha llegado la hora!... Más afuera todavía las dos: aquí, en la misma barandilla del balcón... Eso es. ¡Mirad, y hartaos!
Nieves prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo, y Catana, con los ojos muy abiertos, se quedó como una estatua. Don Alejandro se gozaba como un chiquillo en el éxtasis de las dos.
—¡Échate leguas de mar!—comenzó diciéndolas—, por el frente, por la derecha, por la izquierda: infinito por todas partes, menos por ésta en que está el palco de Peleches para recrearse los Bermúdez en contemplar esa maravilla de Dios... Y no se me salga ahora con que se ha visto la mar en Cádiz o en Bonanza, ¡canástoles! porque no admito la comparación. Mar será ella, como son mares otras muchas que se pudieran citar; pero no son esto, ni por lo grande, ni por lo hermoso, ni por estar como colgadito del tejado, a la misma puerta del balcón, para deleite de los ojos al abrirlos en la cama. Y que no vale mentir... ¿Ves ese antepecho de la derecha, Nieves? Pues es uno de los dos claros que tiene tu gabinete. ¿Ves este otro de la izquierda? Pues corresponde al gabinete que tiene la entrada por el comedor... el reservado para lo que tú sabes... De manera que no me salgo de lo cierto al deciros que desde la misma cama se puede recrear la vista en este asombro. Llano y sosegadito está ahora como el cristal de un espejo, y gusto da ver cómo saltan y centellean en él las chispas del sol que va subiendo poco a poco; pero no sé si os diga que le prefiero y me gusta más cuando se le hinchan las narices... ¡Ah, lagartija de secano! Aquí te quisiera yo ver cuando esa llanura se encrespa y ruge y babea y comienza a hacer corcovos, y echa las crines al aire, y no cabe ya en su redondel, y embiste contra las barreras bramando a más y mejor, y se esquila canto a canto, y vuelve a caer, y vuelve a embestir por aquí, por allá y por cincuenta partes a un tiempo... ¡Dios, qué rugidos aquéllos, y qué espumarajos y qué!... Entonces no es azul como ahora, ¡quiá!... las iras la vuelven cárdena... En fin, que tiene mucho que ver... Y a todo esto y por mucho que la mar se embravezca, el puerto, aquel rinconcito de la izquierda, lo mismo que un vaso de agua. Y se explica bien: sus contornos interiores son como dos curvas de un paréntesis: la una, la de allá, mucho más saliente que la otra; de manera que resulta por aquel lado una muralla, un cabo que sirve de rompeolas del noroeste, que es de donde vienen siempre los grandes temporales de esta costa; y como los de Levante son rarísimos, haceos la cuenta de que dormir en este puerto es como dormir en la cama.
—Pero ¿dónde están los barcos?—preguntó Nieves.
—¿Qué barcos, hija?
—Los del puerto. No veo ninguno.
—Eso es harina de otro costal... ¿No recuerdas lo que, a este propósito, te leí en Sevilla, de la carta de don Claudio?
—Es verdad: que no hay más que un vapor... cuando le hay. Pues ahora no está.
—No lo sabemos; porque el saliente de la torre nos impide ver el fondeadero, que está muy arrimado a la villa. Desde la otra fachada lo veremos con lo que nos falta que ver de todo el panorama circundante...
—¡Ay, papá!—exclamó Nieves de pronto—, ¡lo que yo gozaría correteando en un barquichuelo por esas llanuras tan azules!
—¡Cabá!—saltó la rondeña estremeciéndose—: pa que la niña ze malograra a lo mejó...
Soltó una risotada el tuerto Bermúdez y dijo:
—Me gusta que te tiente ese deseo, Nieves, y te prometo satisfacértele muy a menudo, sin los riesgos que asustan a Catana... Mira un vapor...
—¿En dónde?
—En el horizonte... Fíjate bien en el punto que yo señalo.
—Ya le veo... ¿Le ves tú, Catana?
—No le veo, niña.
—¿No ves un penacho de humo sobre una mancha negra?
—¡Ajáa! Ahorita le guipé...
—Y ¿no veis más acá unas motitas blancas, como triangulitos de papel?
—Sí que las veo,—respondió Nieves.
—Pues son lanchas de pescar.
—¡Tan allá?
—¡Yo lo creo!
—Y ¿de dónde son?
—De los puertos de esta costa... Dios sabe de cuál de ellos... Porque ¡cuidado que es línea larga, eh?... Vete pasando la vista sobre ella de extremo a extremo... Lo menos cuarenta leguas.
—¡Jezú!
—Y no rebajo una pulgada, señora rondeña... Y a propósito, ¿para cuándo deja usted el morirse? ¿Por qué no se ha muerto ya?
—¿De qué, zeñó?
—De asombro.
—Con la venia de zu mercé—contestó la serrana—, me queo un ratico má: jasta el otro espanto.
—¿Cuál?
—El mayó que me ha e dá zu mercé.
—¿Luego te parece poco lo que estás viendo?
—Psch... Asín, asín.
—Vamos, Nieves, es cosa de matarla de veras.
—No te apure la flema de esta socarrona—dijo Nieves dándola un pellizco en el brazo que estaba más al alcance de su mano derecha—, que aunque no fuera embuste lo que aparenta, aquí estoy yo que me he asombrado por las dos...
—Lo creo, y eso me consuela y la salva a ella de una desgracia... Y ahora, vamos a la otra fachada para ver lo que resta; que la maravilla de este lado aquí quedará aguardándote, por mucho que tardes en volver a saborearla... Síganme, que ya voy andando por el mismo camino que nos trajo acá... Tuerzan a la derecha ahora... Ésta es la entrada a la cocina y sus accesorias... Esta es la puerta del comedor... Otra cuatropea como la sala... ¿eh, Nieves? Bien que ya la viste anoche... El gabinete de que te hablé antes... Un balcón y dos antepechos... Vamos al balcón... No es maleja esta vista tampoco, ¿verdad, Nieves?
—¡Hermosa!—contestó Nieves con entusiasmo.
—¡Yo lo creo!—añadió su padre—. Parte de la mar que vimos desde ese otro lado, y el puerto entero y verdadero... Mira, allí tienes el muelle con... uno, dos, tres... tres botecillos, o lo que sean, porque no se distinguen bien a tan larga distancia. De vapor, ni señal, hija. Pues vete mirando desde el muelle hacia tierra: toda la villa, con su barrio de labradores, que parece un aduar de marruecos; detrás del aduar, el estero con sus junqueras, adonde viene a desembocar el río que ha bajado de aquellas alturas rozando un buen pedazo del perfil de la vega. No se le ve el cauce; pero te le va señalando bien esa faja de vapores que se van elevando y deshaciendo con el sol, la abundancia de arbolado y cierto verdor del terreno... Repara con qué gracia está tendida Villavieja en el suyo. Ella es fea como un demonio, mirada calle a calle y casa por casa; pero vista en conjunto, hasta su color de hollín le hace gracia. La parte de acá, que está en rampa, aunque suave, no la podemos ver toda, porque nos lo impide el borde de la meseta sobre la cual estamos nosotros y a bastante distancia; pero se ve algo de lo principal... casi toda la Colegiata y un poco de los primeros edificios de la Costanilla, que arranca hacia acá del mismo costado de la Colegiata y es el camino más usado para venir desde la villa a Peleches y al paseo de la Glorieta, que es esa especie de alameda que ves a dos pasos de la entrada de este patio, un poco a la derecha. El paseo es bonito, porque lo son sus árboles chaparros; y la vista que se alcanza desde él y el aire salino que le refresca en verano, no tienen precio. Por el extremo de allá baja una senda que conduce al muelle sin tocar en la villa. La senda se llama del Miradorio, porque este nombre se da a aquel lejano término de la meseta por donde pasa para caer de repente cuesta abajo... Viniendo ahora con los ojos a cosas de menos fuste, para tomar nota de todo, aquí a plomo tiene otro patio perteneciente a la casa, con su cerca y entrada correspondientes. Ese cobertizo es el gallinero; el que le sigue, leñera, y este otro de enfrente con honores de casita con la mitad de la panza fuera del cercado, cuadra y pajar... Después os enseñaré la planta baja y el piso alto y hasta los desvanes, para que os vayáis orientando dentro del venerable palomar de Peleches. Abajo veréis el Oratorio, que, según noticias y por encarecidos encargos míos, se conserva bien y servible. Si hallamos cura, nos dirá la misa en él; si no, iremos a oírla a la Colegiata, que no está lejos... si el tiempo lo permite; porque si no lo permite, con la buena intención cumplimos.
Nieves lo miraba todo hasta con voracidad, y escuchaba a su padre delectadísima. Catana, con los brazos uno sobre otro, según su eterna costumbre cuando nada tenía que hacer con ellos, y con la cabeza algo inclinada, revolvía los ojos negros y bravíos, de las cosas señaladas a don Alejandro, y de don Alejandro a Nieves, evitando siempre el choque de la mirada de aquél con el rayo de la suya; pero muy poseída del cuadro y acaso, acaso, gozosa, aunque no lo declarara.
—Si yo viviera aquí mucho tiempo—continuó el buen Bermúdez—, arreglaría las cosas de manera que tú, hija mía, sacaras de estas singulares ventajas que rodean a Peleches, todo el interés y la substancia que ellas son capaces de dar, para hacerte la vida, no solamente llevadera, sino deleitosa. Tendría, por ejemplo, una embarcación ligerita y segura, para recrearte y recrearnos en los placeres de la mar; haría convertir, o convertiría yo a mis expensas, ese mal camino que nos une con el del Estado, en una calzada en regla; tendríamos un carruaje cómodo que nos llevara y nos trajera por esas comarcas de Dios, tan dignas de visitarse, en lugar de las infames tartanas de que se puede disponer ahora por las condiciones de nuestros infernales caminos; tendría... ¡qué sé yo lo que tendría, en mi ardiente deseo de verte gozosa y alegre y sana en el solar de nuestros mayores! Pero esto has de resolverlo tú misma, y a tu resolución absoluta y soberana queda. Conste así, con el testimonio, algo sospechoso, de cierta zaina rondeña que nos escucha, reventando por declarar que no vale toda su tierra de lobos contrabandistas, un puñado de lo que se coja en la parte más triste de cuanto se ve desde Peleches. Entre tanto, echaremos mano de los recursos de que podemos disponer, hoy por hoy; y con ellos solamente, yo te prometo, hija mía, que si perseveras en tus buenos propósitos, no has de aburrirte un minuto aquí, por muy recio que llegue a tronar, como Dios nos dé salud... Ahora, y por de pronto, tenga usted la bondad, señora Catana, de ordenar que se nos sirva en seguidita el desayuno; y con las fuerzas que nos dé y mientras le tomamos, o de sobremesa, haremos el plan de campaña para hoy, o para toda la quincena, si nos conviene a ti y a mí. ¿No es cierto, Nieves?... Pues andando para dentro. Pero aguardaos un poco y oídme la última palabra, como ahora se dice: recorriendo con la vista la inconmensurable extensión de estos horizontes, y respirando el ambiente, medio terral, medio salino, que llena todo el panorama, y anima y engrandece el espectáculo de sus términos y detalles maravillosos, ¿no es verdad que se siente uno como más fuerte y más satisfecho? ¿que si se tienen penas se olvidan? ¿que si le dominan a uno rencores los acalla? ¿que si vacila entre lo cierto y lo falso, entre lo útil y lo pernicioso, entre lo nimio y lo grande, se le revela de pronto, y como por milagro, la verdad desnuda y clara? ¿que no nos asalta, en fin, una idea que huela a innoble, ni un deseo que no sea honrado? Respondedme con franqueza.
Se le respondió que sí inmediatamente; y satisfecho con la respuesta, don Alejandro Bermúdez rompió la marcha hacia dentro, diciendo a las dos mujeres, con el mayor entusiasmo, como si nunca se lo hubiera dicho hasta entonces:
—¡Si no tiene escape! Dadme vosotras un aire puro, y yo os daré una sangre rica; dadme...
Cuando dijo la última palabra de esta conocida tesis, Nieves estaba ya sentada a la mesa del comedor, en espera del desayuno; la rondeña, en la cocina para que acabara la cocinera de prepararle, y abocando al pasadizo frontero, don Claudio Fuertes y León, asombrándose de que hubieran madrugado tanto los insignes dueños y señores del caserón de Peleches.
—VI—
Entre buenos amigos
EÑOR don Claudio! No podía usted llegar más a tiempo ni en mejor ocasión... ¡Catana!... ¡Catana!... ¿Café? ¿chocolate? ¿cosa de tenedor?... Con franqueza, don Claudio: lo que más apetezca y mejor le siente a estas horas... ¡Catana!...
—Pero, señor don Alejandro, ¡si yo no acostumbro a desayunarme hasta más tarde! Cabalmente he venido tan de madrugada, por averiguar de sus sirvientes, mientras ustedes descansaban, qué era lo que habían echado más en falta anoche, para disponer con tiempo el remedio. ¡Cómo había de sospechar yo que después de las fatigas del viaje?...
—Pues ahí verá usted. ¿Y si le digo que hace ya más de una hora que andamos de ronda por toda la casa, de pieza en pieza y de balcón en balcón, mira aquí y asómbrate allá?...
—¡Es posible?...
—Y ¿por qué no ha de serlo?
—En usted, pase, porque está más avezado, es de aquí y lo tiene ley; pero esta señorita...
—¡A buena parte va usted! Cuando me levanté yo, ya estaba ella de vuelta, como quien dice. ¿No es verdad, Nieves? Hay que advertir también que antes de acostarnos anoche habíamos pactado cierto compromiso... Pero que diga ella si le ha pesado la madrugada...
—¿De manera que la ha gustado la situación de Peleches?
—¡Oh, muchísimo!
—Vaya, pues lo celebro infinito; porque temía yo lo contrario.
—¿Por qué, recanástoles?
—Hombre, acostumbrada a la hermosura y la animación de una ciudad como Sevilla, nada de particular tendría que al verse de pronto en una soledad como ésta...
—¿De modo que donde hay soledad, no cabe belleza ni?... ¿Se quiere usted callar, alma de cántaro? No le hagas caso, Nieves... ¡Pues, hombre, me hace gracia la ocurrencia! Desde aquí al cielo, señor don Claudio... Y no me replique, para taparme la boca, que poco he demostrado mi entusiasmo por las maravillas de Peleches volviéndoles la espalda durante tantos años; porque bien dicho lo tengo por qué ha sido y cuánto lo he deplorado... ¿Está usted? Pues ahora díganos qué va a tomar, porque está Catana deseando saberlo para servirle en el aire...
—¡Ea! pues ya que ha de ser... lo mismo que ustedes tomen.
—Ya lo oyes, Catana: lo mismo que nosotros... Y respondiendo ahora a cierta indirecta pregunta que usted nos ha hecho, le digo que lejos de echar en falta cosa alguna en esta casa para nuestra comodidad, todo lo hemos hallado en su punto y lleno de motivos de agradecimiento y de aplauso a la previsión, al acierto... en fin, que ha hecho usted milagros... ¿No es así, Nieves?
—De toda verdad, don Claudio... Nada se echa de menos aquí.
—Repare usted, señorita, que yo no he hecho más que cumplir las órdenes de su papá lo mejor que he podido... De todas maneras, me felicito de no haberme equivocado... Pero ¿de veras le gusta a usted esto, Nieves?
—De veras, don Claudio: se lo juro a usted... Y ¿por qué no había de gustarme?
—Por lo que antes dije a usted. ¡Es esto tan diferente de aquello!
—Pues por esa diferencia me gusta a mí esto.
—¡Ajá!... Tómate esa y vuelve por otra...
—¿De manera que usted está satisfecha?...
—Satisfechísima.
—¿Y dispuesta a sacar partido de?...
—De todo, don Claudio. Y si no lo estuviera, ¿para qué venir aquí?
—¡En los mismos rubios, señor Fuertes!... y vaya usted contando. A usted se le ha figurado que Nieves era una niña dengosa que se nutría de huevo hilado y alfeñique, y le faltaba la respiración en cuanto se la sacaba de la estufa... ¡A buena parte va usted con la suposición!
—No suponía tanto, señor don Alejandro; pero entre los dos extremos... Y en fin, yo celebro en el alma que la señorita Nieves sea como es; y excuso decirles a ustedes que no sólo por deber, sino con muchísimo gusto mío, me pongo a sus órdenes desde ahora para servirla, para acompañarla...
—Ya nos habíamos permitido nosotros contar con ese factor en los cálculos que hemos venido haciendo por el camino; pero, inocente de Dios, ¿sabe usted con quién trata? ¿conoce usted los ánimos, los bríos y los propósitos que hay en ese cuerpecito que se abarca por la cintura con la llave de la mano? ¡Ay, amigo don Claudio! usted y yo, para sopas y buen vino.
—Poco a poco sobre eso, mi señor don Alejandro. Usted sabrá a qué paso le anda la vida por sus adentros; pero no el que lleva la mía por los míos.
—Pues, hombre, ya que me la echa usted de plancheta, le diré que allá saldrán las dos en andadura, como salimos en años uno y otro.
—No es regla esa, don Alejandro.
—Sobre todo, cuando se saca en la cuenta el pico gordo que me saca usted a mí.
—¡Yo a usted?
—¡Toma, y se admira, canástoles!
—¡Yo lo creo!
—Pues mal creído...
—¿Cuántos años tiene usted, entonces, o, mejor dicho, cuántos cree tener?
—Ni tampoco cincuenta y ocho...
—Lo menos sesenta y dos...
—¡Ave María Purísima!... ¡No le hagas caso, Nieves!
—De todas maneras, igual le dé, porque ya no ha de echarse usted a pretender jovenzuelas; pero ésta es una cuenta que se saca en el aire y por los dedos.
—Pues ya está usted sacándola.
—Cuando yo vine a Villavieja por primera vez...
—¡Cómo! ¿No es usted de aquí, don Claudio?
—No, señora. ¿Usted no lo sabía?
—Lo habrá olvidado, porque yo creo habérselo dicho.
—No lo recuerdo.
—Yo soy de Astorga.
—¡De Astorga?
—Sí, señora: de donde son las grandes mantecadas...
—Y los maragatos, canástoles, con sus bragazas de fuelle.
—Sí, señor, y a mucha honra.
—Pues ¿cómo vino usted de tan lejos?
—Lo mejor será que se lo cuente usted todo, don Claudio; porque, a lo que veo, ha perdido la filiación de usted que yo la he dado varias veces.
—Sí, y para que se vaya apartando la atención de cierta cuenta pendiente.
—¡Habrase visto marrullero?... ¡Como si no me importara a mí más que a él dejarla bien saldada!
—Allá lo veremos, mi señor don Alejandro, porque todo se andará. Voy por de pronto a satisfacer la curiosidad de Nieves en cuatro palabras, porque siendo, aunque inmerecidamente, tan íntimo amigo de su padre, no está bien que sea un hombre desconocido para ella...
—Tanto como eso, no, señor don Claudio.
—Es un decir; y vamos allá. Yo vine a Villavieja de teniente de carabineros: no cucharón, señorita, sino de colegio, del de Infantería. Aquí ascendí a capitán y me casé con una villavejana de bastante buen ver y no pobre del todo. ¿No es cierto, don Alejandro?
—Y se queda usted corto. Era de lo mejorcito de aquí... Y pasemos de largo sobre ese punto, antes que empiece a dolerle como de costumbre.
—Bueno. Tuve dos hijos varones. En esto se armó lo de África; tentome un poco el patriotismo y otro poco la ambición; conseguí, bajo cuerda y sin que lo supiera mi mujer, que me mandaran allá; fuime, haciéndola creer que me obligaban a ello; volví de comandante acabada la guerra; destináronme a Barcelona con el regimiento a que pertenecía; y entre si me convenía más dejar aquí la familia o llevarla conmigo, enviudé; vilo todo de un solo color, y ese muy negro; disipáronse de repente todas mis ambiciones; pedí el retiro, concediéronmele, y quedéme en Villavieja donde había vivido muchos años, habían nacido mis hijos, y poseían, por herencia de su madre, media docena de tejas y cuatro terrones. Poco después, el señor don Alejandro, que siempre me había distinguido y honrado con su amistad, quiso honrarme y favorecerme nuevamente dándome plenos poderes para administrarle sus haciendas de aquí, que no son pocas. Esto acabó de afirmar mis raíces en la tierra de mi pobre mujer, raíces no muy agarradas ya desde que mis hijos, hoy oficiales del ejército, se habían ido al colegio militar y yo me veía solo y desocupado. Pero a todo se hace uno, Nieves, en esta breve y espinosa vida. Yo me fui haciendo a mi soledad, y hasta he llegado a encontrarla relativamente placentera. De ordinario, no soy melancólico: al contrario, se me tiene por hombre feliz y regocijado. Yo no trato de desmentir mi fama, por si es merecida, y, sobre todo, porque nada me cuesta; y así vamos viviendo... y así soy, ni menos ni más. Conque ¿me conoce usted ahora?
—Aunque no con tantas señas, bien conocido le tenía a usted, y estimado en lo que merece.
—Muchas gracias... y vamos a rematar ahora el punto de las edades, que quedó empezado antes de abrirse este paréntesis que acabo de cerrar.
—¡Canástoles, cómo le preocupa a usted ese punto, hombre! Pues supongamos que se echa la cuenta y que me sale usted alcanzado en cuatro años, o que los dos salimos pata; después de todo, ¿qué? Nadie tiene más edad que la que representa.
—Eso, mi señor don Alejandro, puede ser, y usted perdone, una huida, como otra cualquiera, del terreno, y desde luego no es exacto; y además, como argumento, es aquí muy sospechoso.
—¡Vaya usted echando canela!
—Porque la hay a mano. Y a la prueba: me ve usted con esta facha algo quijotesca, un si es no es acartonado, con el pelo y los bigotes grises...
—Canos.
—Corriente: canos, al paso que usted, más metido en carnes que yo, con el pellejo más reluciente, su estatura regular y de buen arte, tan aseadito y curro, y tan recortaditas y cepilladas las blancas patillas...
—¡Grises, don Claudio!... mírelas usted bien y juguemos limpio.
—Grises, corriente: vaya también esa ventajilla a favor de usted: poco me importa. Nota usted esa diferencia de ornato, nada más que de ornato, entre las dos fachadas, y piensa que sacadas juntas a la plaza, la de usted se llevará las preferencias. Concedido. Pero enseguida protesto yo y le desafío a que me siga con la escopeta al hombro, o con el bastón en la mano por sierras y montes arriba, a la tostera del sol de junio o con las nieves de enero; y entonces se descubren las máculas que hay debajo del revoque, y falla la máxima esa; porque es bien seguro que cuando yo comience a jadear, está usted agonizando.
—Eso se vería, ¡canástoles!
—Por visto, señor don Alejandro, por visto... Y finalmente, que nos ponga a prueba Nieves, o que me ponga a mí solo al realizar los planes que por lo visto tiene formados, utilizándome como guía y acompañante suyo, que es por donde habíamos empezado, y se verá si sirvo o no sirvo para ello, y quién cae primero de los dos, o el último de los tres, si se atreve usted a acompañarnos...
—¡Vaya si me atreveré! ¡Y nos veremos allá, señor guapo!
—Pues no tienen ustedes más que avisar.
—Le cojo a usted por la palabra, señor don Claudio, con permiso de papá; y comienzo por mandarle que nos ayude, hoy mismo, a formar la lista de las expediciones que hemos de hacer por tierra y a pie...
—Repito que estoy a sus órdenes.
—Y por mar...
—Eso ya varía, Nieves. De la mar no entiendo jota. No me he embarcado aquí seis veces en mi vida; y en tres de ellas eché los hígados, sólo por asomarme a la boca del puerto. Soy de Astorga, y no hay más que decir. Pero no le apure la dificultad, que si los lances de la mar le gustan a usted...
—¡Muchísimo!
—No han de faltarle medios de satisfacer el gusto. Respondo de ello.
—¿De veras, don Claudio?
—Como todo lo que yo prometo, aunque me esté mal el decirlo.
—¡No sabe usted la alegría que me da con la promesa!
—Cuando te digo, Nieves, que hasta lo de Caparrota se compuso... y mira, mira, hasta lo de nuestro desayuno, que empezaba a darme mucho en qué pensar por su tardanza. Ya está aquí... Gracias, señora Catana: bien sé que la culpa no es suya ni de la cocinera, sino de nuestro madrugón, inesperado en la cocina... ¡Ea! don Claudio, adentro con eso... No tienen mala traza esos bollos. Hombre, ¿qué tal se anda aquí de pan?
—Bastante bien, como de carne y de leche... y de confituras.
—Pues estamos como queremos... Si te digo, Nieves, que esto de Peleches es Jauja...
—Vamos a ver, señor don Alejandro, y antes que se me olvide: yo, metiéndome quizá más adentro de lo que debiera, a una pregunta que me hicieron ayer ciertas comparientas de usted, me permití responder afirmativamente.
—Si no se explica usted más...
—Voy a ello: la hija, que, cuando habla de usted con sus amigas, le llama «mi tío Alejandro», y de Nieves «mi prima Nieves...»
—¡Demonio!
—Y ¿quiénes son esas parientas, papá?
—Pues la hermana y su hija del marido de tu tía Lucrecia.
—No veo el parentesco.
—Ni yo tampoco... ni ellas mismas le verán, porque no existe; pero desean aparentarle. Buen provecho les haga, ¿no es verdad?
—Se me olvidó ese detalle en mi carta, y ahora le recuerdo. La madre no llega a tanto. Se queda en «mis comparientes de Sevilla» o «los comparientes de Peleches».
—Bien: ¿y qué?
—Aguarde usted un poco... ¡canario, qué ricamente está hecho este café!
—Como obra de las manos de Catana, que no tienen igual para eso. También está rica la mantequilla...
—Esa es de primera aquí: recuerden lo que les dije de la leche. Pues a lo que íbamos. Rufita, que es la hija, la hija de doña Zoila Mostrencos, hermana carnal de don Cesáreo, esposo de doña Lucrecia; Rufita, digo, la supuesta prima de Nieves y sobrina, por consiguiente, de usted, me paró ayer en la calle yendo con su madre y me dijo: «supongo, don Claudio, que esos señores no nos tirarán con algo si vamos a visitarlos en cuanto lleguen... porque pensamos visitarlos. Ya ve usted: un parentesco tan próximo y tan conocido en Villavieja... y estando ellos tan en armonía con los de Méjico, parecería mal que nosotros no los fuéramos a ver.» Esto dijo Rufita.
—Y usted ¿qué la contestó?
—Que no las tirarían ustedes con nada: al contrario, que las recibirían muy bien...
—Perfectamente respondido... ¿Por qué te ríes, Nieves?
—¡Por qué me he de reír, papá? Por la pregunta de Rufita. ¿Se ha oído cosa más graciosa? ¿Por quién nos tomarán esas señoras?
—No le choque a usted, Nieves: es estilo muy corriente ese por acá.
—Y ¿cuándo piensan venir?
—Pues cuéntelas usted aquí a la hora menos pensada: de seguro antes de comer hoy.
—¿Tan pronto?
—Y no serán ellas solas... Es el estilo también.
—¿De manera que también aquí hay que hacer visitas?
—¡Uff! No se hace otra cosa.
—¡Ay, Dios mío!
—¡Bah! no te apure eso...
—¡No faltaba más! Mire usted, para que le vaya sirviendo de gobierno: vendrán seguramente esta mañana misma, las parientas esas, y acaso, acaso, las de Garduño, es decir, las Escribanas, y Codillo con sus hijas; tal vez se atrevan las de Martínez Liendres, las Corvejonas: creo que se atreverán, lo mismo que las Indianas. A éstas las doy por infalibles en todo el día de hoy; y a otras por el estilo, mañana o pasado. Todas ellas fingiendo cumplir un deber de cortesía con ustedes al visitarlos, se agarran a esa ocasión para darse pisto entre las gentes de la villa y meterles a ustedes sus trapitos por los ojos... Cuando concluya esta tanda, empezará la de las otras, el Faubourg Saint-Germain de aquí, «nuestra vieja aristocracia», como si dijéramos, los Carreños de abajo y los Vélez de arriba, que es ya lo único que nos queda de esa clase, y bastante averiado por cierto. Se da por entendido que no han de faltar ni el juez, ni el clero en masa, ni el médico viejo, ni otros personajes más o menos pesados de palabra, más o menos sinceros de intención.
—Pero, don Claudio, por el amor de Dios, ¡eso va a ser el acabose!
—¿Por qué?
—¡Adónde vamos a parar con tanta visita? Todo el verano hace falta para recibirlas y pagarlas...
—Para ellos estaba, ¡canástoles!
—Ya la he dicho a usted que no se apure por eso. En poco más de tres días les han de visitar a ustedes cuantas personas piensen visitarlos aquí. El ritual de este gran mundo no admite más largo plazo: se tomaría la visita a menosprecio. Pues bien, en otros tres o cuatro días pagan ustedes las deudas, y al sol. Para venir a verlos a Peleches, traerá encima cada cual el fondo del cofre, sobre todo las mujeres; pero este detalle no la obliga a usted a la recíproca, aunque para obligarla le usen ellas. Usted se viste como mejor le parezca; y le doy este consejo, porque la misma cuenta le ha de salir de un modo que de otro: al cabo la han de morder.
—¡A mí?... Y ¿por qué, señor don Claudio?
—Porque también eso es de estilo aquí.
—¡Pues me gusta!
—Y es usted recién venida, y el objeto de la pública curiosidad, y sevillana, y rica, y una Bermúdez del solar de Peleches, y sobre todo... ¡canario! ¿por qué no ha de decirse? guapa; pero ¡muy guapa!
—¿A que al fin me la va usted a echar a perder, canástoles? Por de pronto, ya me la puso usted colorada... ¡Semejante soldadote!
—Me dolería haberla molestado con este rasgo de franqueza, y la suplico que me perdone si he tenido esa desgracia; pero conste que no rebajo una tilde de lo dicho, porque yo no falto a la verdad por ningún respeto humano. A lo que íbamos, Nieves: hasta es posible que algunas de las visitas que reciba la diviertan a usted; pero diviértase con ellas o no, usted, el señor don Alejandro, y yo si les sirvo de alguna cosa, continuaremos trazando planes para hacer usted aquí la vida a su gusto, y hasta poniendo en planta la parte de ellos que no estorbe a la etiqueta obligada en estos tres o cuatro primeros días... Otra cosa y para gobierno de ustedes: en Villavieja se come a la española neta, de doce a una, y se cena de nueve a diez... Y a propósito de estos particulares: mi condición de viudo con casa abierta, me ha hecho entender un poco en los prosaicos menesteres de la vida. Desearía haberlo demostrado a satisfacción de ustedes en el abasto provisional que hice para su cocina y despensa. Puedo jurarles que puse en ello los cinco sentidos.
—Todo está en su punto, señor don Claudio, y nada falta ni sobra... ¡Para declararlo Catana como lo declaró anoche al tomar posesión de sus dominios!... De dos artículos de ello muy importantes, la manteca y el café, no hay que hablar, porque están a la vista las muestras, y ya hemos convenido en que son excelentes...
—Lo celebro de todo corazón, porque tengo, un poquillo de vanidad en ser competente en ese delicado capítulo de la vida doméstica... Respecto a lo demás de la casa...
—Ya le hemos dicho a usted que tampoco tiene pero.
—No lo he olvidado; pero no voy a tratar de eso precisamente, sino de algo que no ha podido hacerse por falta de tiempo, y se podría hacer ahora más despacio y enteramente a su gusto. De esto y otras cosas parecidas quisiera yo hablar con usted cuanto antes.
—¡Qué canástoles, hombre! ¿Tan urgente es el caso?
—Urgente, así en absoluto, no señor...
—Pues entonces, ¡qué demonio! empleemos la sobremesa en puntos de más enjundia... Deme usted alguna noticia más de las gentes de nuestro tiempo. Verbigracia, del famoso boticario...
—Yo, con permiso de ustedes, los voy a dejar. Eso de las visitas me tiene con cuidado, y temo que me falte tiempo para arreglarme.
—Pues adiós, hija mía.
—Buen provecho, y hasta luego.
—A los pies de usted, Nieves.
—¡Ea! ya está usted empezando.
—¿Por dónde?
—Por donde usted guste o más rabia le dé.
—¿Se permite murmurar, ahora que estamos solos?
—¿De quién, hombre malévolo?
—Del primero que salte en la conversación.
—¡Como si supiera hacer otra cosa el inocente!
—Gracias por la lisonja.
—Es justicia, créalo usted... Pero ¿y si el que salte en la conversación no da motivos?
—Aquí todos le dan, poco o mucho, en diferentes sentidos.
—¿Hasta el pobre boticario?
—Ese es hombre aparte, no solamente en Villavieja, sino en todo el mundo sublunar.
—En fin, allá usted, que yo lavo mis manos...
—Pero no le disgusta el tema...
—Hombre, yo no he dicho...