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Chapter 13: XII LOS «VERSOLARIS»
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About This Book

A sequence of travel essays and impressions concentrates on the Basque region, offering lyrical descriptions of verdant countryside and coastal moods alongside close-eyed sketches of towns and rituals. The writer records traditional music and festivals, observes daily life and municipal ceremonies, and contrasts bucolic idyl with industrial incursions such as mining and river pollution. Reflections consider how landscape and climate shape local character, noting patterns of migration and the tension between pastoral softness and harsher external demands. Prose shifts between evocative nature passages and anecdotal, observational vignettes of community life.

Alberto Arrue, pint.

EL viajero que ha cruzado por la ancha y suave llanura duranguesa halla de pronto que el paisaje idílico hace como una arbitraria inversión, y he ahí que aparece la primera escombrera de mineral; surge en el aire una vagoneta transportadora; lanza una chimenea su feo humo; los montes se erizan y se enredan, y son más ariscos, más deformes... En fin, el río Nervión envía al viajero sus reflejos sucios, y una gabarra llena de escorias anuncia toda la gravedad y trascendencia del gran río tentacular, verdadero nervio (Nervión) de Vizcaya.

Es un corto río, más bien arroyo, que al bañar los prados de las tierras interiores tiene un nombre euskérico, campesino: Ibaizabal. Le llaman, pues, Río ancho, y la hipérbole campesina hace reír un poco. Pero después, reforzado con los afluentes y en la proximidad de las mareas, el río toma su apelativo romano, Nervión, y ese es el nombre que le sienta bien. ¡Nervión!

Yo lo recorro en un flujo y reflujo entusiasta, como en una marea de emoción. Aguas arriba, aguas abajo, ¡siempre lo encuentro hermoso, sugestivo, fuerte, complejo, vario, capital! Me gusta correr sus riberas, en tranvía o en tren, o en automóvil. Yo no conozco en España otro río tan sugerente. Es el río máximo de España. Déjese para el Guadalquivir la gloria de las fértiles campiñas y el panorama de Córdoba, con la mezquita aproximándose a las aguas cuatro veces históricas; que el Júcar pueda reflejar la alegría de los naranjales y de las palmas; que el Ebro robusto caiga al mar como una brecha opulenta; sea grande el Tajo por la planicie entonada de Castilla y en los recodos de Toledo. El Nervión es tan pequeño como un arroyo; sin embargo, por virtud expansiva y como milagrosa de la marea, ved ese río parco convertirse en un hondo brazo de mar, en un puerto continuado, en un angosto estuario que vibra y alienta con un insuperable dinamismo. Los otros ríos serán grandes, bellos, rumorosos o teatrales. El Nervión es un río dinámico; el río moderno; el río maquinista, industrial, ejecutivo, activo, osado, vehemente, invasor, anhelante, ambicioso... He acoplado, sin querer, los atributos del hombre actual. En efecto, el Nervión es una persona que tiene un alma.

Es hermano de los otros ríos del mundo, como el Elba y el Támesis, que llevan tierra adentro las flotas y el temblor de las máquinas; y Bilbao es el hermano de las grandes urbes fluviales, Londres, Hamburgo, Bremen, Rotterdam, Amberes.

¡Qué aventurero y qué enérgico este río Nervión! Lejos, en la Edad Media, ya las polacras y las galeras de altura, viniendo de Inglaterra o Flandes, remontaban el curso torcido del estuario y amarraban en la modesta villa de mercaderes, Bilbao. Pero un día, de los cerros empezó a caer mineral con una prisa desacostumbrada. Los cerros abríanse en dos y se desplomaban sobre los embarcaderos; multiplicábanse los buques, todos cargados de hierro; y Bilbao se agrandaba, se enriquecía. Pero Bilbao no es todo. Lo interesante es esa ciudad abigarrada e indefinible que empieza en la iglesia de San Antón y termina en el Abra.

A lo largo del río van sucediéndose los cuadros cinematográficamente y caprichosamente, al arbitrio, al azar, sin norma, sin armonía. Nada menos clásico que ese río. Está hecho de retazos, con una bárbara brutalidad americana, inglesa o anseática. Un chalet sobre un barracón inmundo; una iglesia aristocrática pegante a un albergue de gabarreros; una huerta florida junto a la brecha de una mina; un hospital magnífico frente a un astillero. Y el río arbitrario da vueltas capciosas, como si deseara entorpecer la obra de los hombres. Los hombres no se intimidan. Por los recodos navegan los buques de gran tonelaje, y se roba espacio a las montañas para erigir fábricas y almacenes. Los puentes cruzan sobre la vena de agua. Esta vena de agua, tan somera y económica, es aprovechada casi con angustia.

Confuso, inarmónico, arbitrario, incorrecto, ¡qué admirable y sugerente el enérgico río tentacular, dinámico! No es posible describirlo fríamente; invita sin remedio al lirismo. Tiene, por tanto, este río yanqui, londinense o hamburgués, la sal de la cosa moderna, la síntesis del esfuerzo mecánico, industrial y ciclópeo de nuestros días. Los otros ríos son de otra edad, de otras civilizaciones y otras literaturas; el Nilo, el Ganges, el Tíber, el mismo Sena, esos pertenecen a otros hombres, a los tópicos antepasados. Mientras que estos ríos son nuestros, bien nuestros. De nuestro afán, de nuestra literatura.

Conmueve de veras la vista instantánea del río, cuando lo vemos dentro de la misma ciudad antigua, dentro de la acrópolis bilbaína, soportando un buque ventrudo, que hace la descarga a la sombra de unos árboles.

Desde el restaurant de un club elegante, por la ventana entreabierta, sorprendo el trajín de la calle, el puente populoso, y ahí abajo, próximo, un gran barco de carga, y otro allá, y otros cien, sucesivamente.

Luego, río abajo, hay en el aire un constante rumor de fuerzas en actividad. Martillos golpeando, sirenas vociferando, fraguas rugiendo, los trenes que gritan y pasan veloces... Se percibe un aliento de monstruo domesticado. Emana un olor de acero engrasado o de acero recién laminado. Huele a acero por todas partes. Es una ráfaga de acción vibrante y entusiasta, que circula por la angosta cuenca, que nos invita a la actividad y a la afirmación... ¡Sí! Como una fatalidad de potencia y de vida irreparable, irresistible.

Hasta que el río busca la claridad del Abra y allí se serena, sonríe, entra mansamente en el mar.

 

 

IX

ELOGIO DE LOS CAMPANARIOS

 

 

Ramón Zubiaurre, pint.

LOS pueblos son en el paisaje puntos de orientación estética, hacia los cuales acude el piloto ideal que hay dentro de nuestro espíritu. Un paisaje sin pueblos en lontananza, sin el blanqui-negro de las viviendas y los tejados, nos da la angustiosa sensación de vacío que sentimos en alta mar. Pero los campanarios son, principalmente, los que prestan alma y expresión a un paisaje.

Cada país se reserva una fisonomía diferente; la silueta distante de los pueblos y el carácter de sus torres son las cosas que para mí contribuyen más a esa diferenciación. Cuando trato de representarme una imagen de Londres, todo mi recuerdo queda ocupado con la absorbente y exclusiva visión del Parlamento, el de las altas torres sobre el plomizo Támesis. Los valles de Suiza los recuerdo igualmente en forma de agudas torres, con su afilada flecha, irguiéndose sobre el plano verde de los prados o sobre un lienzo grande de nieve. Así también la Toscana se me representa en la memoria sembrada de aquellos ágiles campaniles florentinos, encaramados como guías rústicas en la cumbre de las colinas armoniosas.

El más hondo prestigio del campo castellano reside en la sugerición de los distantes pueblos, que emergen de la pura planicie y se recortan en el fino horizonte, con el campanario abolengo que parece, como una flecha, penetrar en el infinito azul. Sobre la grave llanura, el castillo de la Mota de Medina ya no es un mero dato arqueológico, sino algo profundamente explicativo y esencial en ese majestuoso paisaje que está, como nada, preñado de historia. La misma trascendencia tiene en el paisaje la gran torre erecta de la catedral de Segovia, cuando sobresale del ras de los collados parecida a una persona viva y pensante que nos observa y sigue desde lejos.

¡Pueblos blancos de la costa mediterránea, presididos por el campanario angosto y alto como un alminar! ¡Pueblos dichosos de Andalucía, claros, rientes sobre la tierra ocre de los opulentos labrantíos, y trémulos por el estremecimiento perezoso de las palmeras!

Si desde lejos deseo levantar en la mente la imagen de Guipúzcoa, la nostalgia toma en mí formas arquitectónicas. El recuerdo, más que la visión de los árboles y las colinas, me trae la imagen de los pueblos, sobre los que destaca siempre el campanario. Los pueblos tienen valor por sus torres. Toda la vida de Hernani está para mí en su recio y culminante campanario. Usúrbil sobre el collado, no es más que una esbelta torre barroca; y si San Sebastián posee algún sentido, es por aquellas elegantes torres gemelas de Santa María, que anteriormente se completaban con la romántica y un poco marcial torre del viejo faro de Igueldo, corona magistral de la japonesa colina, ¡que el turismo beocio ha trocado en una cosa inmunda!

Todos esos pueblos de Guipúzcoa se levantan en espectáculo cuando los solicito con la imaginación. Los conozco uno por uno. Las siluetas de sus torres me son familiares, y cada uno me trae el recuerdo de una pura sensación juvenil. Carreteras blancas entre los prados; olor a manzano florido; posadas rumorosas, llenas de hombres afeitados; color ajerezado de la sidra rezumante; el tamborreo romántico de un tamboril; y dominándolo todo, la torre eclesiástica.

Veo los campanarios, de estilo barroco casi siempre, levantar sus cupulillas de piedra en la simetría verde de los campos. ¡Con qué inteligente sentido de la armonía saben llenar y concluír la estética ruda de un valle, de una encañada, de una loma! Las torres barrocas están allí como elementos de cultura y de universalismo, y su forma vaticana, papal, católica, hace que la simplicidad iletrada, como bárbara, del boscoso y húmedo paisaje, se llene de erudición y se ilustre verdaderamente.

A veces el alma se siente perdida en esas angosturas de un primitivismo antihistórico; la sombra de las montañas cae y amenaza con la pérdida de todo horizonte posible; los caminos se pierden en la maleza; el agro no tiene el sentido culto a la romana, sino que retrocede al jaral hirsuto de las sociedades rudimentarias; el mundo, invadido por la maleza, se achica ante nosotros. Entonces, de pronto, se abre el valle, y en el sitio preciso levanta su cúpula vaticana el campanario, restituyéndonos a la idea de la cultura y de lo universal.

X

EL VIENTO DEL SUR

 

 

A. Arrue. pint.

LA primera impresión que se nota en el país cantábrico, cuando el viajero llega del centro de España o de las llanuras interiores de Francia, es una manera de aplanamiento físico y moral, resultante de la limitación del horizonte y de la pesadez atmosférica. Se siente como si el cielo careciera de altura, y la atmósfera, cargada de humedad, es una cosa densa que cae sobre uno y lo envuelve, lo empapa, lo materializa y le presta peso y gravedad. Los primeros días en el Cantábrico son de lucha y de gimnasia psicológica; el organismo y el ánimo necesitan superar las condiciones naturales, hasta poder librarse de una especie de amodorramiento y hacerse otra vez ágil, desmaterializado y apto para el ejercicio de la imaginación.

Pero si por ventura sopla el viento del Sur, entonces el viajero no advierte aquellas sensaciones depresivas; al contrario, se siente como en ninguna parte ligero, ágil y pronto a las fugas imaginativas... Ese viento del Sur, que seguramente es la sal del país cantábrico, ¿por qué ha sido siempre tan poco simpático a las gentes de la tierra? ¿Por qué lo reciben con mal humor? ¿Es bastante motivo las neuralgias que ocasiona en los hombres y la agravación del histerismo que produce en las mujeres, para que se le aborrezca? Yo prefiero elogiarlo en este capítulo, puesto que es «mi viento».

Cada uno de nosotros tiene su viento, el preferido por nuestro organismo, nuestra salud o simplemente nuestro gusto. Hay quien se encuentra sano, feliz y atemperado cuando sopla el Noroeste; otros disfrutan de buen ánimo y apetito, y recobran la agilidad mental, cuando reina temporal del Norte. Para mi ánimo y felicidad, es el viento Sur el favorable.

Quiero extenderme algo más en este tema, y confesaré que soy un perito, tal vez un poco maniático, en vientos. En otra ocasión dediqué un artículo a estudiar la influencia que tiene la meteorología en la literatura y en todos los afanes del espíritu; hablé también de la relación inmediata que existe entre el viento reinante y nuestra salud.

En ningún país del mundo se opera tan hondo y trascendental cambio de luz, de color, de aspecto y de alma a causa de un viento como el que se produce en el Cantábrico con el viento del Sur. Desde Galicia hasta Navarra, la estrecha y larga zona de valles y barrancos queda barrida, depurada, espiritualizada por ese aliento exótico que salta las alturas de la divisoria y cae como una divina expresión triunfante de la gran sugestión poética: el Mediodía.

Es un viento extraño, sin duda. Diferente, perturbador, atrabiliario, todo lo altera a su soplo y hace tabla rasa de los fenómenos habituales. Procede con el ímpetu imperioso de todo lo meridional; arroja las nieblas, afina la atmósfera, destruye la pesadez y la lentitud, prolonga el horizonte, da nuevo color a las nubes, pone un vivo azul en el cielo, presta gracia y viveza a las colinas, obliga a las montañas a desperezarse, intensifica el color del paisaje, atenúa el excesivo verde uniforme, ablanda el mar y lo hace más azul... Es un viento imperioso, invasor como una ola asaltante que hiciera la conquista del país y lo convirtiese al régimen meridional. El viento soso del Noroeste y el pastoso sirimiri, el marinero y como escandinavo viento del Norte, el penetrante y frío viento del Este, todos huyen vencidos cuando aparece el glorioso aliento del Mediodía.

¿Qué sería de la zona cantábrica si no existiese el viento del Sur? Ante todo le faltaría al país lo insustituíble: la imaginación.

Si relacionamos la calidad de los vientos con el de las personas, podremos decir, aproximadamente, que el viento del Noroeste corresponde a ese hombre cantábrico, lo mismo asturiano, montañés, vizcaíno como guipuzcoano, que ofrece la apariencia algo bovina de un sér grande, lento, linfático, propenso a engordar, de amplio apetito y de exigencias espirituales poco pronunciadas. En cambio el viento del Sur corresponde a ese otro temperamento cantábrico que se señala por su nerviosidad y por su imaginación. La parte de locura indispensable que hay en el país, lo debemos al viento del Sur. Si no existiera ese viento, desde Galicia hasta Navarra no veríamos más que vacas pastando, grandes bosques, nieblas bajas, y unos hombres gruesos, colorados, pacíficos, que comen grandes raciones de alubias con tocino.

El viento del Sur pone agilidad y ensueño en el país; lo pone vibrante y nervioso y hace inevitable el anhelo, cualquier forma de anhelo: el religioso, el político, el literario y el artístico. Produce también el fanatismo y la polémica. Inyecta ardor a la gente y es el padre de la quimera, de la vehemencia y del entusiasmo.

El viento del Sur, como un hada benéfica, nos descorre las cortinas materiales de lo inmediato real, y de un país sin horizontes hace una cosa alada llena de lejanas transparencias. Es el viento perturbador, nervioso, que transporta el Cantábrico al fondo del Mediodía. Y cuando huye, porque vuelve el «sensato» Noroeste, queda en las almas la angustia poética de aquel bien perdido. Esta angustia o anhelo no es más que la eterna aspiración del Norte por el Mediodía glorioso. El ensueño del pino enamorado de la palmera en la canción de Heine; la nostalgia de la Mignon goethiana: «¿Conoces el país donde florece el naranjo?»...

Por mi parte, yo le debo al viento del Sur la mitad de mi vida. En sus cielos gloriosos y en su raro encanto exótico, en el prestigio inefable de sus mañanas divinas, aprendí desde niño a buscar en torno y más allá de lo posible las soluciones nunca hallables del corazón y el espíritu. Le debo el anhelo, y la nostalgia de lo remoto, y un desear lo inexistente o soñado, y un afán de marchar...

El viento del Sur pertenece sobre todo al otoño. Y el otoño, entre la gente cantábrica, no fué nunca estimado. Es una estación que puede llamarse exótica en el país; estación de los temporales y como el portazo iracundo que cierra los felices días del estío; época inútil, estéril, verdadero crepúsculo sombrío del largo invierno.

Como una opinión nueva que penetra poco a poco en los espíritus, la idea de que el otoño es la mejor estación del año en la costa cantábrica empieza a ser admitida por muchas gentes del país.

Para que la reivindicación otoñal pueda haber comenzado, sin duda ha sido preciso un aumento de sensibilidad, y diríamos que de literatura, en la región vascongada. El otoño es un concepto ideal y se manifiesta casi totalmente por matices de color, de ambiente y de pura psicología; es el tiempo propiamente subjetivo, y nada más que por llegar a la percepción subjetiva demuestra el país que empieza también él a madurar con las flores de decadencia, única zona en donde pueden esperarse los frutos de la fina cultura.

En algunos países ha llegado el otoño a penetrar hasta las honduras populares, favorecido sin duda por ciertos cultivos. La viña, sobre todo, ha sido el primer elemento de prestigio otoñal, y todas las civilizaciones mediterráneas (las que rigen todavía el clásico ritmo del arte en el mundo) ponderan y exaltan la embriaguez generosa de las vendimias. Alrededor de la vendimia ¡cuánto arte, cuánta poesía, cuántos fecundos mitos han visto la luz en el curso de las edades! El otoño estaba ya fundido en las fiestas, en los gustos, en el alma de otros pueblos; el otoño era ya en otros países un órgano de arte y de cultura. En la tierra vascongada faltaba el culto otoñal, lo que quiere decir que el espíritu carecía de la cuerda más delicada. Una persona que no vibra ante el otoño, o es inconscientemente juvenil o es irremediablemente grosera; un pueblo que omite al otoño se halla aún en el período preambular de la cultura.

La estación del año que ama el pueblo cantábrico es la primavera, prolongada hasta el corazón del estío. Es el tiempo de plenitud, cuando la tierra se llena de música, de flores, de fecundidad. Entonces las lomas adquieren ímpetus tropicales; las malezas se espesan, los zarzales cubren los caminos, los prados se hinchan y desbordan. Todo canta y vibra en la abundante fertilidad. Y un aliento dionisíaco mueve a las mismas personas, positivamente embriagadas por la energía de la naturaleza. Es la época de las fiestas patronales, de las romerías y los bailes, del campaneo y las comilonas. En su lira titubeante, el vasco sólo ha dedicado cantos a esa estación de plenitud; para el otoño no ha tenido ni una canción, ni una alusión. El otoño no existía en la conciencia vascongada. Ha sido la excitación nula, el tiempo exótico, la época que no pudiendo hablar a los sentidos era imponente para herir las cuerdas vagas, ideales, del espíritu.

Ahora que el país empieza a diferenciarse en dos zonas, la puramente rural y la ciudadana; ahora que el país no es todo caserío como antes, ni casi totalmente vascuence, y la ciudad, como es lógico, quiere imponer su ley, ahora es cuando la conciencia del otoño va penetrando en los espíritus. La aptitud para comprender cuánto hay de hondo en la hora otoñal, es el mejor indicio de la disponibilidad cultural de un pueblo. La aptitud para lo subjetivo y lo inefablemente sensitivo de otoño, y sobre todo la capacidad para sentir el latido de melancolía que hay en el otoño; esto es lo que anuncia que un país ha salido del período rural y pasa a ser candidato de la civilización.

XI

LOS BEBEDORES DE SIDRA

 

 

Ramón Zubiaurre, pint.

QUIERO hablar un poco de los bebedores de sidra, y elogiarlos un poco también hasta arrebatarles la vulgar acusación de prosaicos, sanchopancescos, que sobre ellos pesa. Yo he sido a mi hora bebedor de sidra, y por lo mismo puedo hablar del espiritualismo, vago e inefable, que alienta en el fondo de un sidrero.

No es sólo, no, el gusto material y físico de la agridulce bebida lo que persigue el buen sidrero; debe contarse además una especie de confuso sentimiento de la bella naturaleza cantábrica, cuyo fecundo panteísmo primaveral sabe comprender el sidrero de un modo acaso infuso, pero ciertamente eficaz. Grato es beber en dosis pantagruélicas; pero tal vez sea más grato todavía unirse los camaradas en grupos de buena amistad, dentro del amplio paisaje conmovedor, y al fin, al crepúsculo, cuando se haya bebido algo demasiado, cantar una tierna tonada de zorzico.

Esta inmersión amable en el seno de la naturaleza es en pocos países tan gustosa como en la tierra cantábrica; tierra de idilio y de égloga donde el padre Virgilio se encontraría feliz; país de verdes colinas placenteras, suaves como una tentación a toda renuncia, y de selváticos montes que convidan a errar en caminatas sin objeto.

La primavera es en el país vasco como una tierna rosa sembrada de alegres gotas de lluvia. Y el sidrero, el consumado bebedor de sidra, será quien mejor sabe percibir el encanto de esa flor de poesía. El sidrero puede, sin duda, aventajar a los poetas en su devoción primaveral, porque si todos los vinos y licores exigen su momento para beberse bien, la sidra, si se desea tomarla oportunamente, debe ingerirse en el campo y en primavera. Tal como el champaña requiere mucha luz eléctrica, camareros patilludos y señoras escotadas; tal como la manzanilla ha de beberse al son de las guitarras y de los regocijados palmoteos.

En invierno, cuando la lluvia y el viento azotan las esquinas, el sidrero se obliga a refugiarse en las sidrerías urbanas. ¡Qué tristeza allí dentro! Es un sótano húmedo, con las paredes llenas de churretes negros; en el espacio que los toneles dejan libres se sientan unos tediosos pescadores; huele a sardina asada y a poso rancio; el piso está pringoso, resbaladizo; el frío húmedo se cuela en los huesos. Una mujer llena los vasos, silenciosa y aburrida también ella, y en los paréntesis hace calceta... ¡Esto no es el modo bello de beber la sidra!

El buen sidrero prefiere las excursiones campesinas, el caserío entre nogales, la merienda sobre el blando césped. No es solamente la sidra lo que le emociona, alegra y entusiasma, sino algo más; ese algo indecible que se llama poesía. Al revenir de la primavera sienten los sidreros que el corazón les baila regocijado. Ahora podrán salir de los oscuros sótanos; ahora se buscarán los iniciados para decirse: «¿sabes que en Ramonenea hay una bonita sidra?» Y la noticia, corriendo como la prendida pólvora por talleres, oficinas y tiendas, pondrá en conmoción a los devotos. No son necesarios ni pregones; hay entre todos una especie de masonería singular que no fracasa nunca.

¡Qué bien entonces, en la buena estación del año! ¡Y cuántas veces, en la edad moza, ha utilizado el ánimo la disculpa de la sidrería para ir por el camino de zarzales y madreselvas hasta la cumbre de la colina!... Desde allá alto, el alma pretendía desbordarse, como el agua plena de un vaso, y confundirse en la gran ola panteística.

Desde allá arriba se columbraban tal vez a lo lejos los pueblos pescadores, los cabos y promontorios de la costa, las mansas ensenadas donde duerme un blanco bergantín, todas las velas desplegadas en la calma chicha. Las barcas pescadoras remaban en el inmenso mar. Y la calma de la tarde despertaba en la fantasía vagos anhelos de realizar largas y audaces navegaciones.

De estas esencias poéticas está empapado, a su modo, el espíritu del bebedor de sidra. Y mezclándose en él la delicia del dorado licor con la infusa delectación del paisaje, lo convierten en un sér predestinado y fatal, para quien todas las grandezas del mundo serán ociosas si falta el placer de la sidra. Un sér predestinado que no podrá vivir fuera de su pueblo, de sus colinas y sus caseríos, y que transplantado a América en forzosa emigración, languidecerá como un enfermo de nostalgia y necesitará volver a sus lares, si no quiere morirse de tedio y de tristeza.

¡Aquellas tardes de camaradería epicúrea, entre incontables rondas de vasos espumosos!... Y después, con el apetito que provocan las frescas libaciones, el sidrero sube a la cocina del caserío y él mismo escoge, prepara, y frecuentemente condimenta él mismo, los guisos y frituras, la merluza tierna, el sabroso revuelto de bacalao, las rojas chuletas. Todos en círculo comen; todos, en fila, y a determinados tiempos, se dirigen a la cuba y van transmitiéndose, de la cabeza al pie de la fila, mano tras mano los desbordantes vasos que se beben de un robusto y único tirón.

Cuando la tarde va de vencida, la imaginación del sidrero se llena de inefables brumas. ¡Podéis hablarle entonces de la vida y de la muerte; podéis ofrecerle la fortuna en un país remoto o la corona de España! Su alma se desborda en bondad, su corazón se ofrece a la alegría cósmica. Charla, ríe, canta. El aire tranquilo, la serenidad de la tarde, la belleza del campo; todo se funde en él y lo colma hasta la ternura.

Los últimos vasos han podido beberse ya. La noche comienza a caer, y los grillos inauguran, en fin, su nocturno primaveral. Entonces es cuando una ola de sentimentalismo poético llega y visita el alma del sidrero, que busca en la penumbra la línea blanquecina de la carretera. Es el mejor momento para cantar. Son esas canciones lentas, un poco tristes y dulzarronas, del país cantábrico. Y mientras el sidrero, cada vez más sentimental canta:

Begui belch eder oyec
¿zenentzat-dituzú...?.

el melancólico cuclillo hace en los matorrales: ¡cú-cú!... Y los escarabajos monteses sueltan su chirrido estridente y supersticioso.

 

 

XII

LOS «VERSOLARIS»

 

 

Alberto Arrue, pint.

SERÍA difícil que pudiéramos encontrar algún pueblo donde no existiese un registro, una cuerda, un organismo de poesía. El hombre de todos los tiempos y lugares ha sufrido siempre la divina necesidad de recurrir al canto o al verso para expresar aquellas emociones que realmente no caben en el espacio de la prosa.

Hablemos, pues, de los versolaris, esos rapsodas, bardos, aedas o juglares del país vasco. Entre los recuerdos de la mocedad no es el menos querido aquel que nos rememora el asombro, la admiración sentida delante de unos hombres que recitaban sus versos con una salmodia gutural y monótona, en medio de un grupo de aldeanos, a la hora vesperal en que los «cucos» preludian su sinfonía cristalina y los manzanales en flor expiden su más delicado perfume.

Lo cierto es que en el país vasco, tan sobrio de literatura y poco afecto al lirismo, han podido pervivir unos verdaderos continuadores de la casta trovadoresca. Ahora mismo, ninguna fiesta aldeana quedaría completa si le faltase la ayuda de los «versolaris». ¿Quiénes son estos hombres singulares y necesarios? Su nombre lo revela: «Versolari» quiere decir profesional del verso, versificador.

Si le llamamos rapsoda o juglar, mentiremos, porque aquéllos se constreñían a cantar y repetir las composiciones ajenas. El «versolari» crea y compone los versos que canta, y por esto debe llamársele «trovador».

Un trovador bien rudimentario, es verdad... El «versolari» no canta en los castillos señoriales ni ante las cortes magníficas de Provenza, Aragón y Castilla; simples labradores escuchan sus cantos, en las humosas tabernas o las húmedas sidrerías. Por tanto, no debe exigírsele al «versolari» que tome como asunto de sus versos las complicadas cuestiones del amor platónico, tal como preocupaban a los trovadores y que eran, por ejemplo: «¿Los goces de amor son mayores que sus penas?»

O este otro motivo: «¿Debe ser la dama la solicitante del amor del caballero, o al contrario?» No; el «versolari» no actúa en un medio platónico y exquisito, y necesita arrostrar los temas cuotidianos, un poco bestiales, que preocupan a su humilde y nada exigente auditorio.

Tampoco duda mucho el «versolari» en escoger la categoría de su gloria. Si los trovadores se habían dividido en dos bandos o escuelas, unos que buscaban la estimación de los espíritus selectos («trobar clubs») y otros que pedían la gloria de la muchedumbre («trobar leu»), los «versolaris» renuncian por necesidad a «trobar clubs», o sea la versificación oscura y conceptuosa, porque no hallarían público; se limitan a «trobar leus», y sus versos simples y vulgares llegan directamente al alma de su auditorio.

El «versolari» es un trovador que no emplea el «serventesio», el «panch», la «pastorela», la «albada» ni la «serena»; sólo hace uso de la «tensión», esa forma de diálogo satírico en que dos trovadores riñen un torneo de burlas y sutilezas.

La forma trovadoresca de la «tensión» ha quedado en las costumbres populares de muchos países, sin duda porque llena una necesidad universal del pueblo. Probablemente no fueron los trovadores provenzales quienes inventaron la «tensión», sino que estaba en el uso universal desde antes. El pueblo ama la lucha, el pugilato, tal vez la discordia integral, y verdaderamente le encanta asistir a las riñas de versos en que dos ingenios agudos se acometen con burlas y metáforas.

Mi limitada erudición folk-lorista me impide conocer los hábitos de muchas regiones del globo; pero a través de mis viajes he podido comprobar cuán extendido se halla en el mundo el uso trovadoresco de la «tensión». Asistí en Puerto Rico, dentro de las «pulperías», a luchas de canto y recitado, en que el arma de aquellos «versolaris» era una «décima», naturalmente muy tosca y mal rimada. También en Valencia oí a los huertanos contender uno contra otro, al son de la dulzaina y del parche en aquellas «albaes» tan lindas, tan campestres y musicales. Y en la Argentina, por último, existen los «payadores», semejantes a los «versolaris». El legendario Santos Vega de la pampa, con sus romances de origen español antiguo, es a través del espacio y del tiempo un hermano de Iparraguirre, el bizarro bohemio de la guitarra sonora.

Los «versolaris» emplean para sus torneos una música simple, una especie de salmodia elástica; elasticidad indispensable a los modestos versificadores, que no siempre miden con suficiente honradez sus versos rudimentarios.

Uno de los «versolaris» marca la «entrada», que significa una iniciación de las hostilidades; el otro responde al punto, y hace salir de su robusta garganta una voz semigangosa, gutural, indefinible, con la que responde al reto y alude directamente a algún defecto de su competidor. Al principio están las estrofas envueltas en cierta cortesía; después las alusiones se hacen más cálidas, penetrantes y agresivas. Las burlas chocan y se arañan, las ingeniosidades y las groserías vuelan por el aire, y el auditorio enardece todavía más a los luchadores con sus carcajadas. Ellos procuran mostrarse imperturbables, a pesar de los alfilerazos, e insisten en su salmodia gutural y lenta, de inflexiones largas y ondulantes como el canto llano de un convento.

En la húmeda y penumbrosa sidrería, o en la plaza de la aldea, esos «versolaris», esos poetas primitivos y socarrones prestan al honrado vulgo rural la parte de estética y de literatura que todo sér humano, el más salvaje, exige. Buscad y no hallaréis un pueblo que no haya inventado alguna manera de embriagarse: agria cerveza, cálido aguardiente, sidra, chicha, vino rojo, espumoso champaña, aristocrático y perfumado jerez. El hombre ha pedido siempre y en todas partes, grosera o fina, una burbuja de alcohol que le abra el recinto de la quimera. Idénticamente buscaréis en vano algún pueblo que no pida a lo inefable, música y verso, la expresión de su intimidad poética.

XIII

EL HUMOR ANACREÓNTICO DE LOS VASCOS

 

 

 

Zuloaga, pint.

UN pueblo que carece de literatura, estando por otra parte lleno de diversas aptitudes, es un fenómeno bien extraordinario. En la misma remota Islandia hubo a su tiempo rumor de alta poesía. Rodeado de núcleos culturales, asediado por las más fuertes civilizaciones, el país vasco ha sido en esto una verdadera isla.

No se ha dejado rozar ni menos penetrar por las corrientes literarias, y ha hecho para los menesteres de la poesía una excepción curiosa. Mientras aceptaba la sociabilidad, el régimen político, la arquitectura, la religión, las danzas y los trajes de Castilla, imponía su veto a la cultura literaria.

Los mismos romances, comunes a todas las comarcas de la Península, no han penetrado en el país. Y el país se ha visto al cabo, por esa exclusión del romancero, privado de perpetuar sus episodios épicos, las luchas dramáticas de sus banderizos y las emociones de sus afanes amorosos. A falta de mejores medios, los romances son en muchas regiones las fuentes inapreciables de la historia. Con razón se ha dicho, pues, que el vasco es un pueblo mudo.

Para la poesía erótica se ha sentido el vasco embarazado por una irreprimible timidez que hace del mozo vasco el galanteador más torpe y encogido. Los versos amatorios en vascuence están como dominados por la honestidad un poco imperiosa de la mujer; en vano buscaremos entre sus estrofas el calor lujuriante, la angustia apasionada, el deseo febril y la locura de amor que no falta ni en las canciones anónimas de otros pueblos; el verso vasco elogia a la amada con imágenes sencillas, muchas veces pueriles o ñoñas. De tal modo, que si estas poesías se traducen fielmente a un idioma literario, resultan desconcertantes por su nimiedad. Pero en ellas, sin embargo, late alguna vez un sentimiento candoroso, cuya fragancia de campo, de honestidad, de primitivismo, no se percibe sino después de una saturación local muy profunda.

El poeta amatorio por excelencia en lengua «euzkera» fué sin duda Vilinch (Indalecio Bizcarrondo). Estaba muy influído por la literatura castellana de su tiempo, principalmente por Bécquer. Sus numerosas poesías hiciéronse muy populares. Corrían de boca en boca; las cantaban los ciegos en la plaza de la Brecha, de San Sebastián, y las criadas de servicio, como los jóvenes de veinte años, encontraron en aquellos versos la parte de sentimentalismo erótico que toda mocedad exige.

Una de las poesías de Vilinch se ha hecho célebre, y ahora mismo es una de las que siempre se cantan con prioridad en todos los finales de merienda. Dice así la canción:

Ume eder bat icusi nuben
Donostiaco calean;
itz erdicho bat ari ezan gabe
¿nola pasatu parían?
Gorputza zuben liraña eta
oñaz zebiltzen aidian;
polita goric estet icusi
nere beguiyen aurrían.

Si reducimos estos versos a una traducción directa, no hallaremos más que lo siguiente:

«Una vez vi pasar una hermosa joven—por las calles de San Sebastián;—sin decirle siquiera media palabrita—¿cómo cruzaría yo a su lado?—Tenía el cuerpo esbelto—y llevaba los pies en el aire;—otra más bonita no he visto—delante de mis ojos.....»

Es poco, seguramente; pero en esa nimiedad alienta un algo de sencillo, de tímido, de «ternura ignorante», que nos conmueve. Además, la música está ahí para valorizar la emoción. Aunque, con demasiada frecuencia, la música vascongada suele ir unida al verso en un maridaje verdaderamente monstruoso. A veces un canto dolorido y sentimental, hondo y patético, sirve para acompañar a unos versos que ensalzan las virtudes del vino; otras veces van unos versos vulgares y chocarreros unidos a una tonada briosa y vehemente.

Hay, por ejemplo, una música anónima, de indudable antigüedad, cuyo ritmo parece pedir la ayuda de los romances heroicos o narrativos. Tiene un sonsonete monótono, apto para la narración trágica. No obstante, ese curioso motivo musical se acopla a los ridículos versos siguientes:

Andre Madalén, andre Madalén,
laurden erdi bat oliyó;
aita jornalac artzen badi tu,
ama pagatuco diyó.

«Señora Magdalena, señora Magdalena,—medio cuarterón de aceite:—si padre cobra los jornales,—madre le pagará a usted.....»

El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....

Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de unos humildes «versolaris».

El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada ingenuidad:

Erari maitagarriá,
zu gatic daucat jarriá
argumentuba larriá:
Indarra zera gorputzarentzat,
kentzendezuna egarriá,
¡gausa estimagarriá!.....
Baño zauscat igarriá
zerala engañagarriá.

«Amada bebida,—tú me inspiras este arduo problema:—Eres para el cuerpo la fuerza,—nos quitas la sed,—¡cosa estimabilísima!.....—Pero te he calado—que eres un engañador.»

Una canción guipuzcoana dice:

Donostiaco iru damacho
Errenterían dendarí,
josten ere badakite baña,
ardua eraten obekí...

«Las tres señoritas donostiarras—las tenderas de Rentería,—saben coser muy bien,—pero mejor saben beber.»

E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de torpeza, un estribillo:

Eta kriskitin, kroskitin,
arrosa kraveliñ,
ardua eraten obekí.

«Con el kriskitin, krosquitin,—rosa y clavel,—pero mejor saben beber.....»

Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».

En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban nombres tan bravos y pintorescos como Brocolo, Isquiña, Pello Spañ, Sacristán, Echecalte, Pedro Amezquetarra.

Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca multiplicidad. Isquiña, por ejemplo, apuntaba los tantos en los partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; Pello Spañ, con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; Sacristán era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. Echecalte no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En cuanto a Pedro Amezquetarra, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.

Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de francachela que hay en su fondo.

XIV

VISION DE PUEBLO ANTIGUO