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Alma vasca

Chapter 6: V CATALIÑ
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About This Book

A sequence of travel essays and impressions concentrates on the Basque region, offering lyrical descriptions of verdant countryside and coastal moods alongside close-eyed sketches of towns and rituals. The writer records traditional music and festivals, observes daily life and municipal ceremonies, and contrasts bucolic idyl with industrial incursions such as mining and river pollution. Reflections consider how landscape and climate shape local character, noting patterns of migration and the tension between pastoral softness and harsher external demands. Prose shifts between evocative nature passages and anecdotal, observational vignettes of community life.

The Project Gutenberg eBook of Alma vasca

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Title: Alma vasca

Author: José María Salaverría

Release date: April 19, 2020 [eBook #61874]
Most recently updated: October 17, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This book was
produced from images made available by the HathiTrust
Digital Library.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ALMA VASCA ***

AL INDICE

 

A L M A   V A S C A


ITINERARIOS ESPAÑOLES

ALMA VASCA

POR

JOSÉ M. SALAVERRÍA

(SEGUNDA EDICIÓN)




MADRID
LIBRERÍA Y EDITORIAL RIVADENEYRA
Avenida del Conde Peñalver, 8



PROPIEDAD
DERECHOS RESERVADOS
 

Elías Salaverría, pint.

RETRATO DEL AUTOR

 

 

I

LA INMENSIDAD VERDE

 

 

Darío Regoyos, pint.

BELLO rincón del Cantábrico, dulce y fuerte Vasconia! Eres toda verdor y jugosidad, y tienes la profunda seducción que el marino de raza conoce: nostalgia y encanto de pleno mar.

Cuando en la descampada cima del monte, sentado bajo el cielo luminoso, veo tenderse a mis pies la muchedumbre de colinas, cañadas y vallecicos, no puedo decir propiamente que mi impresión sea entonces intelectual, porque apenas toman parte las ideas en mi arrobo; es, mejor, una sensación de delicia casi exclusivamente sensual. ¡El alma se asoma entera a los ojos, y todo el paisaje se ha acumulado en la absorta fijeza de los ojos!

Los ojos, poseyendo una especie de facultad divina, reflejan y absorben el verdor del paisaje, y todo el sér queda convertido en una blanda cosa tierna, amable, verde. Todo es verdura allá abajo. Y la misma altitud desde donde contemplo el panorama facilita a los ojos la posibilidad de admirar las cosas como en un plano de relieve, como en un cuadro de Navidad, como en una demostración idílica.

Lo idílico es lo particular de la naturaleza cantábrica, desde Galicia al Pirineo. En vano las sierras abruptas y los cerros boscosos ensayan con frecuencia sus rasgos terribles y masculinos; siempre resalta y vence el idilio, en su acepción infantil y femenina.

A mis pies, a tiro de piedra, debajo del monte desierto y erial, veo el lomo suave de un collado, con una casa blanca en el centro. Ninguno de los elementos clásicos que componen un cuadro de égloga falta allí; el prado de terciopelo, el manzanal simétrico, el bosquecillo de castaños, la huerta, el arroyo en la hendidura de la cañada, y, finalmente, el hilo de manso humo que brota del tejado rojizo, como una definitiva expresión de paz bucólica.

Este mismo cuadro, tal vez un poco banal por demasiado visto, acaso excesivamente de cromo o de lección elemental de dibujo, se repite hasta el infinito. Collados de suave lomo, colinitas cultivadas, praderas y casas albas, hondonadas con arroyos y bosquecillos de castaños: todo eso, tan amable e igual siempre, forma el manto encantador del país, especialmente en su proximidad a la costa.

De ese paisaje está sin duda llena el alma, porque él nutrió las primeras contemplaciones de la niñez. Es el leitmotiv de los recuerdos adolescentes, los más importantes de la vida y los que en suma prestan carácter a nuestros sentimientos. Esos cuadros de égloga, junto a la grandeza variante del mar, impresionaron con vigor el tierno espíritu, a la edad en que las cosas se fijan como verdaderas sustancias trascendentales.

¿Pero no hay un peligro en el fondo de esa naturaleza tan blanda e idílica? Sin duda existe en ella el riesgo de lo excesivamente mimoso. Su blandura demasiado fácil, su poco de banalidad, y algo como un abuso de la ternura verde, guardan el mal de lo que no ofrece resistencia. Es un paisaje demasiado accesible y nos amenaza con la tentación del conformismo. Invita a un epicureísmo fácil y tiene, por tanto, el riesgo de provocar en nuestras ideas y sensaciones la voluntad negativa de la no lucha. Es tal vez por lo que el genio cantábrico, desde Galicia al Pirineo, cuando permanece fiel y pegado a la tierra, cae fácilmente en la simplicidad y en la ñoñez. Y esto explica acaso el por qué las figuras vascongadas, que han actuado con fuerza en el mundo, nunca han actuado en su propio país. El vasco es un hombre de emigración, y el país vasco es ante todo un almácigo de energías humanas que fructifican en su trasplante a otros climas. El clima castellano es el que mejor prueba al genio vasco, quizá por lo que tiene de nutrido, sobrio y denso Castilla; por lo que tiene de compensador y complementario.

Desde la altura contemplo las colinas, los collados, y más lejos, al fondo, el vago azul de las severas e ingentes montañas. La inmensidad de ese verdor tierno recién humedecido de lluvia e iluminado por un sol risueño que no calienta, sino que acaricia; esa inmensidad de verdor concluye por empaparme todo el sér y enternecerme...

Es tal vez una sola nota de verde; es un verde sin duda poco rico en matices, monótono en su unanimidad de prado jugoso y de bosquecillo húmedo; pero el alma no desea más. Es lo suficiente para descansar. Destínese a otros paisajes la trascendencia, el vigor caliente, la sorpresa y complicación de los matices; el paisaje que ven mis ojos y que empapa mi sér de recuerdos y de ternura, es como un regazo materno en el que no buscamos la complicación, sino un amable reposo.

Si los paisajes debemos asociarlos a la melodía, la musicalidad del verde campo cantábrico debe expresarse con un ritmo dulce y sencillo. Se está oyendo sonar el tamboril.

 

 

II

EL CEREMONIOSO TAMBORIL

 

 

Alberto Arrue, pint.

A PRIMERA hora de la mañana, el pueblo, bajo un toldo de inmóviles y sucias nubes, me parece perfectamente vulgar. Una plaza, unas tiendas, unos chicos que hacen volatines temerarios entre los hierros de una verja; un guardia civil, paseando por los soportales, descifra las noticias cotidianas de un periódico, y aumenta con su actitud la vulgaridad del pueblo. En un lado de la plaza, la estatua broncínea de un ilustre evangelizador antiguo tiene toda la mediocridad deseable, como gesto y como factura.

De pronto, porque es domingo, sale el tamboril de la villa a recorrer las calles. Suenan las dos flautas acordes, tamborilean los dos tamboriles unánimes, y el chato tambor repiquetea gravemente. Y tan pronto como la música ha sonado, el pueblo adquiere nuevo valor. Todas las cosas se han entonado, se han estirado, se han magnificado. ¡En la vida hubiese creído que un tamboril tuviera tal arte milagroso!

Los tamborileros recorren la ronda, van por las calles, se ocultan a mi mirada. Pero oigo su música, que resuena claramente, melodiosamente, por todo el ámbito del pueblo. El pueblo se estremece a la música de tamboril, o creo yo que se estremece, y es lo mismo. La tonada viene por los callejones, sube por los tejados, rodea y empapa de melodía al pueblo entero, y finalmente se introduce en mi alma como una gran ola sugeridora.

Sí; la edad antigua de mi historia personal vuelca ahora de repente sus recuerdos. Me acuerdo de los innumerables tamboriles de la niñez y de la adolescencia. Cuando sonaba en la plaza de la ciudad, en las tardes dominicales, entre la lluvia insistente que envolvía a los bailadores: muchachos del muelle oliendo a sardinas rancias, y chicas greñudas de parla procaz. Cuando en la fiesta del Corpus iban los tamborileros, vestidos de frac anacrónico, a la cabeza de la procesión, y nosotros, con el traje nuevo de verano, recogíamos las espadañas que alfombraban las calles. Cuando en los domingos primaverales íbamos a las romerías, y llenos de sol, un poco chispos por la calaverada de los vasos de sidra varonilmente tragados, pretendíamos, entre tímidos y jaques, bailar con las chicas.

Ahora los tamborileros terminan su ronda y entran los tres en la plaza principal. La plaza de la villa se ha llenado de nobleza y de gravedad. Más graves que todos, los tres tamborileros se han dado cuenta de su alta misión y caminan ceremoniosamente, erguidos, en fila exacta, con paso de parada, pero no al modo rítmico de los soldados, sino con la suficiencia un poco irregular que usan los toreros al dirigirse en la plaza hacia el palco de la presidencia.

Y los tamborileros, en fin, como buenos funcionarios municipales que cumplen su elevada misión, se dirigen a los soportales del Ayuntamiento, y allí, entre las simples columnas de piedra, se cuadran los tres, se yerguen más todavía y rematan con verdadero fuego la tonada, que es un lindo aire de zortzico muy entreverado de filigranas y bordaduras.

¡Cómo canta, salta y juega la flauta de los tamborileros! Además, ¿qué genio misterioso se inmiscuye en los pueblos vascongados, que todos los tamborileros son ágiles, diestros y consumados músicos? La flauta se somete en su boca a las mayores habilidades, y nada hay más elástico y vibratil, más juguetón y ligero que esas flautas embrujadas. Su voz pastosa, un poco femenina y sensual; su voz entre aldeana y señoril; su voz engolada a veces, y otras veces palpitante y atiplada; esa voz posee el secreto de sugerir quién sabe cuántas impresiones seculares.

Nadie les escucha a los tamborileros; para los vecinos de la villa, su música se hizo familiar y habitual, como el son de las campanas. Pero esto no les inquieta; ellos son funcionarios que conocen la gravedad de su función; saben que están destinados a infundir, en cada tiempo determinado de la semana, un tono de ceremonia o de unción cívica al pueblo, igual que el campanero está encargado de inspirar, de tiempo en tiempo, unción religiosa a la villa. ¡Qué sería de los pueblos, sin estas voces funcionarias que pueden elevar el tono de los espíritus y librarlos de permanecer demasiado al ras de la tierra!

En efecto, las flautas, con sus modulaciones inspiradas y los tamboriles con su ronco y cortante son, han logrado entonar a las cosas. Todo en la plaza se ha erguido, como en aire de ceremonia, y todo ha recobrado su sentido, su expresión y su alma. ¡Oh, milagro de la voz, de la música, de lo ceremonioso!... Los chicos que juegan ya no parecen vulgares, sino promesas de ciudadanos conscientes; la estatua del evangelizador no muestra ya su pobreza artística, sino que el gesto de su mano, cayendo sobre el indio que está de hinojos, tiene la sublime significación de aquella empresa española, larga de tres siglos y extensa en tres continentes arrancados a la barbarie. Asimismo el guardia civil, que lee su periódico anodino, recupera su sentido de guarda vigilante, de brazo justiciero, de escudo social, símbolo de la ley, con su arma al cinto y su tricornio legislativo a la cabeza.

Una casa antigua, de grandes balcones y alero saledizo, ostenta su escudo de armas sobre la fachada. Otra casa, allá enfrente, tiene pintados en los muros unos cuadros al fresco, con borrosas escenas donde un caballero de capa y espada hace reverencia a unas señoras.

Piénsase entonces en la virtud social de la ceremonia, y en cómo el tamboril vulgar y aldeano llega a cumplir una alta función de entonamiento colectivo. El tamboril ha pasado triunfante por la zona del siglo XVIII, ha vivido seguramente en la época de los Austrias españoles, y, en fin, ha recogido el zumo de las elegancias antiguas, cuando el rigor cortesano y ceremonioso de los castillos y las ciudades extendíase a las capas inferiores del pueblo; cuando el baile y los usos caballerescos rozaban hasta las cabañas de los labradores; cuando los mismos labriegos empleaban la ceremonia como los propios señores. Hoy es al revés; porque las mismas fiestas de los señores están dañadas por el contagio de la plebe, y es la plebe la que influye hacia arriba.

¡Oh grave significación de la ceremonia! Lo ceremonioso está patente en la misma Naturaleza, porque un crepúsculo otoñal, una llanura rodeada de montañas, el mar, la noche estrellada, la voz de los vientos, ¿todo esto no es, por ventura, ceremonioso? La ceremonia vale tanto como decir entonación; es cuando las almas, tocadas por un mandato ideal, se ponen de pie...

Y los tres tamborileros, en un enfático acorde, arqueando todavía más sus brazos derechos con los que, aparatosamente, golpean los tamboriles, han dado fin a su tonada. El pueblo queda suspenso, callado, como empapado de unción cívica.

III

DIA DE FIESTA EN UN PUEBLO VASCO

 

 

Valentín Zubiaurre, pint.

LA música virgiliana del tamboril ha despejado la última niebla de mi sueño, y he corrido a la ventana para admirar conjuntamente la gloria del sol que ríe sobre las montañas boscosas y el inocente regocijo del pueblo.

En la plaza bullen y brincan ya los niños. Los graves y solemnes tamborileros marchan los tres en una exacta fila, y los dulces arpegios de las flautas, hermanados con el redoblar de los pequeños tambores, van llenando las calles de un aire de alborada campesina. Y las viejas casas solariegas, avanzando sus tallados aleros, parecen conmoverse al son de la música tradicional.

Sobre las lomas cercanas yergue su aguda cumbre de roca el venerable Aralar; semeja un gigante que se incorporase, hasta tocar en el cielo, para mirar la fiesta aldeana. Al otro lado levanta sus crestas el Aizgorri, largo y enorme como un monstruo que avanzase sobre un sendero de selvas.

De repente, un estampido. Y el tronar de los cohetes se confabula con el precipitado compás de las dos charangas, que irrumpen en la plaza al son orgiástico de la Cale-gira, y que llevan detrás, delante, entremezclados, un montón de jóvenes de ambos sexos, todos enardecidos por el entusiasmo erótico de la carrera. Desde entonces, ¡adiós la paz de la aldea, adiós silencio y adiós reposo! El pueblo vibra y tiembla con todos los ruidos imaginables, en una verdadera embriaguez sonora.

Desde la ventana asisto a la fiesta, y veo la muchedumbre que ríe y brinca en la plaza, poseída del vértigo de la danza. En la mano tengo abierto todavía el libro confidencial: son las cartas que escribiera Leopardi a lo largo de su miserable y melancólica vida. Y existe tal contraste entre la filosofía desconsolada del bardo de Recanati y el ingenuo alborozo de la multitud aldeana que bulle a mis pies, que en cierto momento me figuro haberme transformado en una visible paradoja... Al fin el libro se desprende de mis manos y dejo que los ojos y el alma se sumerjan en la cándida orgía de los jóvenes bailadores.

¡Oh vida, eternamente mal interpretada! ¡Tú que al espíritu enfermo y lacerado y al cuerpo decadente te presentas como un destino de dolor y como un propósito estúpido, mientras al ánimo sano y juvenil eres como la mesa henchida de un banquete!

Los tamborileros han subido al tablado que hay en el centro de la plaza, y un cerco de guirnaldas rústicas les sirve de marco y adorno. Hacen las flautas sus arpegios acordes, repican monótonos los tamboriles, y el tambor, por último, marca su son infatigable. Las muchachas de blanca tez y faldas ondulantes bailan en grupos de cuatro; pronto las solicitan los mozos de ágiles piernas. Y entreverados los danzarines improvisan anchos círculos que se mueven con un vaivén gracioso y largo, mientras los pies, en un delirante temblor, bordan rápidas filigranas. El tamborilero mayor, entretanto, enardecido también él por la furia dionisíaca, arranca a su flauta inverosímiles modulaciones, gritos bruscos, brincos sonoros...

Es la hora en que el pico erecto del viejo Aralar se arrebuja en un cendal de niebla. Cae el crepúsculo, y toda la cumbre solitaria de la sierra se ha convertido en una ampolla divina, prodigiosamente morada bajo el tenue azul del cielo.

Entonces, cuando la penumbra comienza a cubrir el pueblo, las dos charangas inician un pasacalle vertiginoso. Es el Cale-gira, especie de ronda o marcha a través de las calles. Los mozos se agarran de las manos en filas imponentes, y corren bailando, gritando, riendo. Las muchachas imitan a los mozos, y bien pronto se mezclan las dos juventudes en una comunión de risas y brincos. Y allá van mezclados, en largas filas, por las calles adelante, perseguidos por el precipitado son de las alegres y ruidosas charangas.

Hay un instante de exaltación en el pueblo, de locura, de frenesí, que trae a la memoria los días helenos, tan remotos, cuando el culto de Dyonisos transfiguraba a las personas y las sumía en el vértigo de la más sublime embriaguez. Pero en este caso, aquí donde las hayas y los helechos prestan misteriosa sombra a las montañas, faltan los pámpanos y los racimos de oro, y la sensualidad del aire abrasado. La orgía pierde en esplendor trágico y en exaltación voluptuosa. Y todo se reduce, al fin, a una mera tentativa báquica...

Y cuando enmudecen las charangas, los jóvenes quedan jadeantes, roncos de gritar y sudorosos de tanto correr. En los rostros de las muchachas, en cambio, se adivina la vaga sensación de lo indescriptible y lo inconfesable. ¡El Amor ha pasado junto a ellas, y era el verdadero Amor desnudo de los climas y siglos remotos, aquel Amor que Grecia hubo de divinizar y que el Cristianismo hizo insurgente y réprobo!

Perplejas, asustadas y curiosas porque han presentido el paso del Amor misterioso, las muchachas vuelven un poco enigmáticas, mudas de miedo de mostrar demasiado sus indecibles sensaciones... Entonces, como una voz patriarcal y honesta, el tamboril inicia una tocata, y todo en el pueblo recupera su sér y su sentido. Huye el Amor heleno, meridional y pagano. El sensual Dyonisos adquiere forma nórtica. Llega de las montañas olor a pradera fresca y a helechos. Las flautas bordan sus tonadas melífluas y los monótonos tamborinos repiquetean campesinamente. Las muchachas se han puesto a bailar en corro, y con su danza cándida y graciosa parece que intentaran alejar el pecado de haber visto pasar al ardiente Dyonisos...

 

 

IV

JUNTO A LA CARRETERA

 

 

Arteta. pint.

MI primera visita, apenas me levanto por la mañana, es para la carretera. Yo no sé qué efecto atávico, o qué instinto malogrado de vagabundo, pone en mi alma ese cariño un poco extraño; lo cierto es que me gustan las carreteras, cauces por donde van las vidas hacia fines desconocidos. El aire de azar y de aventura, de fantasía y errabundaje que hay en las carreteras: eso me atrae sobre todo.

Todas las carreteras me gustan; pero reservo un cariño aparte para las del país vasco. En ellas probé de chico las primeras fuerzas de caminante; siguiendo su línea blanquecina ensayé, obstinado soñador, las quimeras de la juventud, y por los recodos solitarios, en las hondonadas que la semibruma de otoño hace misteriosas, más de una vez pretendió el alma reducir a métrica las vagas inquietudes de la melancolía.

Tal como las carreteras de los países extensos nos producen ideas universales, las de los países chiquitos y muy poblados originan en nosotros sentimientos íntimos, cordiales y familiares. Aquellas largas e imponentes carreteras, cruzando por la soledad de las llanuras y dirigiéndose de un horizonte a otro, nos parecen aptas para los viajes trascendentales, como el de los peregrinos remotos que van a Santiago o el de los hombres que marchan a incorporarse a una expedición de Indias. Las carreteras de los países pequeños, si es verdad que reducen la trayectoria de nuestra imaginación, en cambio nos brindan mayor calor de intimidad.

Asisto, pues, desde la mañana al paso de los caminantes, y oigo con especial agrado el ¡aidá!, ¡aidarí! de los boyeros, que bajan con sus carros de piedra rubia, de piedra blanda y tierna. Pasan también las ágiles chicas de andar garboso; sus cuerpos bonitos y firmes diríase que son elásticos sobre las blancas alpargatas. Al verlas pasar, especialmente si es lunes, algún joven boyero asoma al portal de la venta y lanza, rijoso y piropeante, un súbito grito: ¡aufá!...

También me complace entrar abajo, a la taberna, y ver uno a uno a los bebedores. Difícil será que un boyero, tanto al bajar como al retorno, deje de parar el carro a la puerta de la venta. Piden al vehemente vino navarro un refuerzo de brío, y que el alcohol, como un verdadero espíritu, les aligere la amodorrada y rudimentaria fantasía. Luego, enarbolando la aguijada, se van al paso lento de los bueyes. ¡Aidarí, motza!

Esto es a la mañana, en las horas razonables y pacíficas; es cuando vuelven a sus caseríos las lecheras, arreando a los borriquillos de áspero pelaje, con redondos panes de seis libras a la grupa. Por la tarde, una vez que el sol interrumpe su faena de luminaria, es cuando la venta y la carretera adquieren un aire menos ecuánime. Llega entonces el boyero que padece una sed insatisfecha; el que ha detenido su carro ante la venta muchas veces al día; el que todas las noches se duerme, ¡pobre!, un poco borracho; el que se cae en las altas horas de los domingos, por las quebraduras de las canteras, y tiene el rostro sellado de cicatrices. Con su gesto de buen hombre pide el último vaso, y al beberlo sonríe a las venteras como agradeciéndoles la merced de aquel vino vesperal, que tan deliciosamente cierra los episodios del día.

También llegan los troneras del villorrio. Conocen los couplets de moda y entienden de política. ¡Cómo saben comer! Sus merendolas del domingo duran hasta media noche, salpicadas de chistes ciudadanos y de socarronerías aldeanas. Los otros caseros escuchan, admirados de tanto saber. Saben cantar una tonada de zarzuela y un antiguo motivo de Vilinch, un couplet de la Argentinita y un trozo de ópera italiana. También saben tocar el acordeón.

¡Qué triste suena siempre en mi oído la música del acordeón! Me parece un órgano fracasado. Además me recuerda todo el tedio de la vida adolescente. En fin, ese órgano fracasado me recuerda las tardes en los puertos lejanos; un marino, refugiado a proa, en la soledad del malecón, tocaba sonatas de un país septentrional, tiernas y sentimentales, nostálgicas hasta el llanto.

En esos momentos de la noche en que la francachela rebasa y se excede un poco, sólo necesito salir a la carretera para que el milagro quede cumplido. La sombra y el silencio vagan sobre los campos. Una tenue penumbra, largo resto del sol, baña el cielo por la parte del mar. Luce tal vez su fosforescencia supersticiosa un gusano de luz. Un perro ladra distante sin saber por qué. Guiñan los faros. Y estando cerrada la puerta de la venta, viene la música del acordeón cernida, decantada, y adquiere entonces una fuerza de misterio y poesía que conmueve, que invita a soñar... ¿en qué? No se sabe.

 

 

V

CATALIÑ

 

 

Ramón Zubiaurre, pint.

TODAS las mañanas, próximo al mediodía, se oye la voz fresca, ligeramente engolada, de Cataliñ. Se detiene unos minutos en la venta, y es como si llegase una ráfaga de feminidad trascendente, o como una expresión de la belleza integral. Trae de la ciudad las cartas, los encargos, y esta misión de portadora y recadista no es sólo la que hace deseable su llegada; es ella misma, por sí misma, quien se hace desear.

Su voz, su risa, su aire, rompen el silencio de la carretera, y la perturban deliciosamente. Y mientras los boyeros, con malicia cazurra, aluden a su garbo y le insinúan algún piropo, ella va y viene, toda ruborizada, sin dejar de hablar. La misma turbación pone en sus mejillas un vivo color de juventud desbordante, y sus ojos, siempre reidores, entonces brillan como dos animadas joyas.

¡Arri, arri!... Su caballito de ancas finas es el más lindo del contorno. Pero la hermosa Cataliñ no monta en él. ¿Para qué? A ella le basta su fuerte, su rica juventud para bajar andando hasta la ciudad, tan pronto alumbra el día, y subir a la hora meridiana hasta el remoto caserío que está posado, realmente como un ave blanca en una gran pradera, al pie de una montaña.

Unas cuantas muchachas labradoras hacen cuotidianamente la jornada en cuadrilla. Portean hatos de ropa lavada, hortalizas jugosas, cándida leche. Y al retorno, cada borriquillo vuelve con un enorme pan moreno. El caballito de Cataliñ es el noble y el aristócrata de la reata; con su paso firme y vivaz abre la marcha y va delante de los asnillos llevando el pan más crugiente de todos.

¡Arri, arri!... La cuadrilla se aleja por el camino blanco; trotan las dóciles bestias, en un respingo voluntarioso, y las mujeres recobran su rítmico, su cimbreante paso. Todavía se oye la voz de Cataliñ. ¡Oh qué dulce, qué humana, qué femenina voz de perla!

Al pasar, cuando se apresura para incorporarse al grupo de sus amigas, parece que cruzara una flor de la divinidad. Ante ella se siente la presencia de lo perfecto. Si la imaginación recurre a los modelos clásicos del Arte, el recuerdo de las eximias esculturas griegas no logra reducir el valor de esa obra carnal, viva y radiante. Pálida y como esfuerzo artificioso del intelecto nos parecería aquí, en plena montaña, la Venus más hermosa. Entretanto, el cuerpo de Cataliñ vive pleno de gracia. Bajo el vestido recatado y normal no se ve, no se adivina nada; la forma, como línea expresa, diríase que no existe; y sin embargo se sabe que jamás la naturaleza ha creado un cuerpo de más consumada humanidad.

Transpiran juventud, fuerza y alegría su cuerpo, su rostro, su boca, sus ojos, su cabellera. No huele a nada, y se sabe que toda ella es fresca y olorosa como una flor de monte. Se sabe que es limpia, con limpieza ajena al baño y a los afeites; se sabe también que es limpia de alma y que su imaginación queda exenta de cualquier impureza; palabras y gestos resbalan sobre ella sin afectarla; tiene la imaginación, y es lo que vale siempre, virgen.

Cuando la hermosa chica hace un cariñoso y no estudiado gesto de adiós, frente al mar, inundada de luz vehemente, brillante el fino peinado semioscuro; cuando avanza ágil y esbelta, llena de gracia, riente aún y exclamando una última frase con su tierna voz engolada, ingenuamente pronuncio una tácita invocación: ¡Que nunca se apoderen de ti, bella Cataliñ, los lobos de las furiosas pasiones, y que un cerco de ángeles te guarde contra la liviandad, y que la alegría de tu risa no vea jamás el otoño, y que tu cuerpo trascendente se reproduzca en flores tan bellas y fragantes como tú!...

VI

LOS REMEROS OLIMPICOS

 

 

Ramón Zubiaurre, pint.

EN la finura un poco decadente con que termina el estío en el Cantábrico, las regatas de traineras iluminan el ambiente frívolo de San Sebastián como al paso de un vigoroso aliento varonil. Para mi gusto no existe un juego de hombres en que resalte con más energía la exaltación dionisíaca del esfuerzo masculino y la casi épica voluntad del triunfo.

¿Qué otra clase de juego o de pugilato podrá interesar hasta las entrañas a la gente vascongada, como interesa la «estropada» de traineras? El ardor pugilista que vive dentro del sér vasco, el culto por la fuerza y la destreza que siente la raza, y el mismo vicio de la apuesta, tienen en las regatas un motivo de manifestarse con pleno entusiasmo. El aire libre, la luz setembrina, la excitación propia del mar, todo ayuda a convertir esa fiesta hermosa en una reproducción de los mejores pugilatos olímpicos de Grecia.

La bahía de la Concha se llena de una ondulante y nerviosa muchedumbre que asalta las terrazas, los paseos, los muelles, las alturas del Castillo y las colinas cercanas. Vienen en grupos animados los hombres de los pueblos pescadores y los campesinos del interior. Cada cual trae su cariño; a favor de su bando, los ahorros y el jornal y el mismo precio de la vaca serán jugados sin vacilación. Todos confían en sus pugilistas, porque conocen el vigor de sus brazos y el brío de sus corazones; en ellos ponen su fe, su orgullo, su honra, y si el afán de los miles de pechos que palpitan sobre la bahía tuviese la virtud material del soplo y del empuje físico, ¡cómo volarían, como saetas milagrosas, las agudas traineras!

Pero las traineras, aunque ágiles y sensibles, no se mueven más que al empuje de los nervudos brazos. Allí aguardan, temblando al menor choque, las largas barcas de fina proa. Los remeros están en su sitio; las manos sobre el remo, la cabeza sin boina, el pecho hinchado bajo la endeble camisa. Y el patrón, grave y responsable, serio y firme como un verdadero capitán de hueste, vigila a sus hombres y atiende presto a la inminente señal del Jurado.

Ved alrededor. La bahía es como un vaso policromo en que el cielo y los hombres han aglomerado luminosidades, adornos y agitados movimientos. Un aire jocundo, cálido, hace vibrar las banderas, las sombrillas, los humos y las jarcias. Los inquietos bateles van, vuelven, giran sin cesar. Unos balandros esbeltos ponen la nota blanca y elegante de sus velas en la abigarrada bahía. Los vaporcitos corren humeando, vociferando con el alarido de sus sirenas.

Vedlos ahí. Son los remeros de San Sebastián. ¿No los conozco yo tal vez, desde la infancia ingenuamente picaresca?... Los rostros cetrinos y angulosos me son familiares. Manu, Gabriel, Joshé, Telesh, Quirico, Torre, Pepe, Inashio, Mala Cara... De pronto ha sonado la señal. Y de repente, en una verdadera locura, en un arranque vertiginoso y exaltado, las dos traineras rivales han embestido de frente como dos cosas vivas, como dos caballos de raza que dan un brinco de salida. Las trece camisas blancas de cada trainera figuran ser trece puntos de delirio. ¡Señor, qué bello impulso de pugilato! ¡Qué entusiasta aspiración de triunfo! ¡Qué noble coraje, tendido en una locura de vencer! El agua se arremolina en torno a las traineras. Un ancho margen de espuma rodea y persigue a los veloces pugilistas. Y mientras los trece remeros se acompasan en un ritmo tenso e igual, el patrón, de pie en la popa, hace con una mano, dirigiéndose a sus hombres, un gesto casi maniático y casi angustioso que parece decir: ¡Más, todavía más, muchachos; siempre más, por vuestra vida, por vuestro honor, por el honor de vuestras mujeres y vuestros amigos!

Todos hemos presenciado alguna vez la lucha de esos frágiles esquifes ingleses, elegantes, barnizados, mecánicamente dóciles a la maniobra, movidos por unos tripulantes de camisetas a rayas, que son, frecuentemente, empleados de escritorio o señoritos que aspiran al premio de una copa inservible. Aquí se trata de hombres de mar, verdaderos hombres curtidos. Sus cuerpos y sus almas simples están cobijados en el seno de la Naturaleza, y el triunfo, como la derrota, dejan en ellos una huella imborrable.

Para ellos es el fracaso un aplanamiento definitivo, y la victoria es un frenesí y una delirante explosión de todas las emociones masculinas. Desde el muelle asisten las mujeres y los chicos al pugilato; desde los bateles y los vapores lanzan los amigos sus voces de aliento. ¡Ah, si los sudorosos remeros flaqueasen! Las mismas esposas están dispuestas al ultraje, con ese vocabulario un poco demasiado realista que la gente pescadora emplea para sus insultos, y que con frecuencia se refieren a los puntos más vivos de la virilidad.

No de otro modo, en los cantos de Homero, los soldados pelean largamente bajo la muralla, mientras las mujeres gritan, lloran e insultan desde el vano de las almenas...

Después, cuando la regata concluye, un aplauso denso atruena los malecones, la bahía, el muelle. Las mujeres ríen, desgreñadas, o cantan y bailan como poseídas del frenesí dionisíaco. Las músicas suenan, los cohetes rompen el aire. Ahí llega la trainera vencedora, con sus hombres manando sudor. ¡Indecible expresión de triunfo en que los rostros angulosos de los remeros parecen sublimarse y positivamente adquieren un valor de episodio homérico, olímpico, estatuable!

La fuerza muscular, la hermosa apostura varonil, la alta talla, la aptitud para la lucha y el triunfo: éstas son cualidades que el vascongado estima sobremanera; sentimiento muy lógico en una raza hermosa y vanidosa, que conserva además hasta hoy un primitivismo ruralista. Los cuentos, pues, y las leyendas del género hercúleo abundan mucho entre los vascongados.

Los chicos nos contábamos con fruición la epopeya del «marinero vasco que mató sobre las rodillas a un boxeador inglés». Era un marinero que estaba en Londres, acompañado de sus amigos. De pronto vieron en una plaza a un inglés que retaba a quien quisiera. El marinero vascongado salió a pelear, pero ignoraba la esgrima del box. El inglés le aporreaba lindamente, en las narices, en los riñones y en donde quería. Entonces el vascongado, todo furioso, atrapó al inglés con las dos manos, lo agarró del pescuezo y de los muslos y gritó a sus amigos: «¿Será libre el matar?» Los amigos respondieron: «¡Sí!» Y en seguida el marinero quebró y tronchó al inglés sobre la rodilla, como quien parte un leño.

Esta devoción franca y noble, un poco ingenua, por la fuerza sin doblez, no excluye el culto de la astucia, de la agilidad y de la esgrima. El juego de la pelota exige una alta tensión de los nervios, de los sentidos, de la inteligencia, y ese juego, que ciertamente no tiene un origen muy vascongado, ha concluído por convertirse en una esencial característica vasca. Desde niños se ensayan en las contiendas del frontón, y allí encuentra el vascongado su sitio sustancial, su pequeño y caro mundo de capacidades y de posibilidades. Corriendo tras la vibrante pelota, el vascongado ejercita las aptitudes de una robusta y bella masculinidad: fuerza, resistencia, rápido salto, golpe ágil, mirada pronta, carrera veloz, voluntad de triunfo, argucia, malicia, tozudez que sólo el aniquilamiento jadeante quebranta.

Más de una vez, cuando los barquitos de vapor no habían arrinconado a las traineras de pesca, las barcas, en los buenos días de mar calmosa, corrían unánimes a buscar el banco de sardinas que las atalayas divisaron. Y olvidándose de pescar, despreciando acaso el banco de sardinas, las traineras lanzábanse en una improvisada regata, y los cuerpos vigorosos sudaban entonces más a gusto por el entusiasmo de la pugna, que por el logro de la práctica pesca...

Eternamente y en diversos climas se repetirá, y es fortuna que así sea, el símbolo de la emulación física que los griegos, mejor que nadie, hubieron de ejercitar y que consagraron para siempre en la gloria de sus luchadores olímpicos, de sus Discóbolos. Los frisos helenos están ahora mismo aleccionándonos en la doctrina inmortal que quiere, a pesar de todos los cambios y civilizaciones, que el hombre recupere su sentido esencial en el contacto de la Naturaleza, y que destine su fecundo amor al cuerpo (la hermosura divina que jamás fracasa).

 

 

VII

ELOGIO DEL MAR CANTABRICO

 

 

Tellaeche, pint.

CÓMO se enternece nuestro corazón cuando al cabo de una larga ausencia volvemos a ver el mar, y sobre todo el mar de nuestra niñez! No es una emoción intelectual la que sentimos; es un golpe de ternura que necesitamos incluírlo entre las sensaciones puramente amorosas.

Una forma de pena incomportable sería, pues, la que nos condenase a no poder contemplar ya nunca el mar. Desterrados del mar para siempre, ¡qué terrible castigo! Cuando habitamos un país interior, lo que nos consuela es la esperanza de que volveremos a ver las olas y la llanura de agua infinita. Y estando lejos del mar es como se le estima y quiere con más fuerza, como la separación del sujeto amado nos hace más firme y querido su recuerdo.

Todo el que ha nacido al borde del mar es un poco marinero, o es, para decir mejor, un marino infuso. Este elogio que se hace aquí del mar quedará entonces explicado pronto, al declarar su autor que sus primeros chillidos pueriles fueron sofocados por el grave zumbido de las olas.

El hijo de la costa vive en tierras interiores con la obsesión nostálgica del mar; de repente, por un impulso irreflexivo y casi cómico, ese marino infuso toma el camino de las afueras de la ciudad pensando que se dirige a la escollera del puerto. Varias veces nos ocurre que remontamos una colina de Madrid, de París, de Roma, en la ilusión de que vamos a sorprender a lo lejos el ancho mar azul. Es así que en todo país interior o mediterráneo el hijo de la costa cree que el mar está siempre al otro lado de cualquier elevación del terreno.

El mar se me representa a mí como una orquestación sublime en la que intervienen, como elementos de armonía, los montes, la ciudad, los acantilados, el cielo jocundo y el trombón de las olas espumantes. Resulta así una sinfonía majestuosa, a la que no faltan siquiera, para ilustrar la emoción, el vuelo sentimental de los recuerdos adolescentes.

Sube, por tanto, la idea del mar en mi imaginación al modo de una divina y luminosa ampolla, clara como un concepto intelectual, conmovedora como un sentimiento nostálgico, sonante como una música.

Desde niño se habituó mi espíritu a comprender la belleza del mar en esta forma armoniosa y lírica. Y desde niño, para siempre, la imagen sublime se ha resellado en la lámina ideal de la mente donde se graban las sensaciones e ideas trascendentales. He aquí la imagen:

Hora de pleamar, en el equinoccio de otoño; viento tibio del Sur; color de azul y leche en las aguas calmas; una bahía circular de líneas clásicas; una ciudad clara y linda en anfiteatro; colinas verdes alrededor; una vieja fortaleza al fondo, con sus bastiones severos y agrietados; un bergatín a toda vela maniobra en el canal del puerto; distante, como un incensario, un vapor emite su humo en el azul.

Los violines claman finamente en la terraza del casino. Tarde serena de sol. El aire calla. El mundo se reclina como en un prurito de soñar. Tal vez allá, en lo alto del castillo, un soldado ensaya con su corneta una marcha militar. De esta manera la bahía, inflada, llena toda ella por la plenitud de la marea equinoccial, parece elevarse como el crescendo de una sinfonía en busca del gran azul, del divino y matriz azul del cielo.

Otras veces se me representa el concepto del mar en una forma menos aliñada. Entonces me veo sentado en una roca a espaldas de la ciudad y lejos de los hombres. Desde la cresta del acantilado distingo las sinuosidades de la costa y los promontorios lejanos. Toda la inmensidad líquida se abre ante mí, y yo siento la caricia falaz del vértigo invitándome a caer y a sumirme en el infinito seno.

Entonces el mar ya no es la idea académica, sino un modo de exaltación de lo libre, lo majestuoso y lo profundamente eterno. Una sensación de fuerza incontrastable parte de allí, como cuando nos asomamos al fondo de la mitología helénica. Ráfagas del infinito; forcejeo de ocultas potencias; contorsiones de monstruos olímpicos; luchas de semidioses; cantos de sirenas; alaridos de caracolas... El carro de Neptuno despeñado entre las nubes tornasoladas. Y allí Polifemo que sale de su espantable gruta a amenazar al barco dorado del ingenioso Ulises, teniendo aún el monóculo chirriante de llamas y de sangre...

¡Inmenso y hermoso mar, oh grandioso espejo que retratas el infinito!

VIII

EL RIO DINAMICO