—¡Cómo! ¿No ha venido? Me había usted prometido traerlo... ¡Es fastidioso!... Querida Condesa, me va usted a guardar rencor por esta decepción, pero no es mía la culpa.
El desagrado de la Condesa Vannier era visible a pesar de sus protestas de urbanidad. La especialidad de esta Condesa consiste en conocer y recibir en su casa a todas las celebridades, no sólo de París, sino del mundo entero, cualquiera que sea su clase de celebridad. Creo que tendría orgullo en recibir en su salón a un licenciado de presidio, con tal que su crimen hubiese sido un poco ruidoso. Le falta Lacante en su colección, y Luciana le había prometido procurárselo valiéndose de mí.
Me esforcé por excusar a Lacante con vagas razones, pero Lautrec cortó mi inútil retórica.
—Si Máximo no trae a Lacante—dijo,—trae en cambio una novela inédita.
—¡Una novela! Veamos, veamos... Señor Cosmes, no puede usted negarse.
Tuve que contar de nuevo la historia de Elena, que interesó y divirtió mucho al auditorio.
Las mujeres se enternecieron por la enfermedad de la inocente y vieron en ella un castigo por la insensibilidad de Lacante.
Los hombres decían:
—Es acaso un desenlace y una buena solución.
Sofía Jansien resumió todas las opiniones con su voz de clarín:
—Si ha de perder a su hija, más vale que no la haya educado él mismo, pues así se consolará más fácilmente. Si vive, tendrá tiempo para hacer que olvide el pasado y para hacerla feliz... Señoras, no nos enternezcamos por Lacante... Ha amado y esto basta; su misión está cumplida. El gran negocio en esta vida es el amor.
Luciana preguntó:
—¿Es bonita esa joven? No nos lo ha dicho usted.
—¡Lindísima!
Procuré, con algo de malicia, acentuar mi respuesta, pues nada molesta a las mujeres como la belleza de las demás.
—¿Tan bonita es?
—¡Deliciosa!
—El viaje, entonces, no le habrá a usted parecido largo...
—¡Oh! Máximo no se ha aburrido—dijo Lautrec riendo.
Me pareció leer un poco de despecho en los ojos de Luciana; y como todo lo que atestigua el amor gusta al que ama, aquel despecho me resultó agradable.
La Condesa Vannier creyó que debía defenderme y habló de misión de confianza, de joven doncella sin protector, de lealtad, de delicadeza, de honor y otros lugares comunes, que todo el mundo tenía en la mente antes de que ella los dijese.
Pero la de Grevillois intervino oportunamente, rogando a Lautrec que nos recitara alguna de sus poesías.
Lautrec se excusó diciendo, con un acento de ironía más picante que todas las frases, que la paternidad de Lacante le tenía fuera de su estado normal; pero unas palabras de Luciana, acompañadas de una de sus irresistibles miradas, lo decidieron, y nos recitó un soneto de corte romántico, según el cual la crisis fatal de la vida humana no es el día en que se ama ni el en que se muere, sino aquel en que se sufre el primer desengaño de amor...
—Hay también el día en que se paga al casero—dijo una voz.
Hubo risas, pero el éxito de esta melancólica reflexión se perdió en el ruidoso triunfo de Gerardo Lautrec. Leyendo los versos no es posible formarse idea del efecto que produjeron dichos por él, con su voz cálida y envolvente, patético sin esfuerzo y con matices de infinita ternura o de varonil altivez. ¡Cómo tenía atentas y palpitantes a todas las mujeres! ¡Y cuánta era mi irritación al ver a Luciana suspendida de sus labios! Es el tal casi hermoso, alto y rubio como un inglés y con su flema y su tiesura un poco altanera. Joven, rico y con bastante talento para deslumbrar, tiene con las mujeres todos los éxitos que puede desear y hasta algunos más. Luciana, que tenía los ojos brillantes de entusiasmo, le dio las gracias con efusión y se lo llevó después al comedor con el pretexto de darle un refresco.
Lautrec, sin embargo, no tardó en despedirse, y yo me ofrecí el pobre desquite de hacer rabiar un poco a Luciana.
—¡Cómo!—la dije,—¿ya se ha marchado el poeta, a pesar de los encantos de usted?
—¡Ay de mí!—exclamó riendo;—olvidemos lo que es triste y hablemos un poco de esa joven tan deliciosa... de la hija de Lacante.
—Tampoco eso es alegre; la pobre niña está acaso a estas horas en el duro trance de la muerte.
—Entonces hablemos de otra cosa—dijo secamente; y me dejó casi en seguida.
No me he engañado sobre aquella sequedad aparente ni sobre aquel movimiento de mal humor: todo ese despecho viene de que he ponderado la belleza de Elena, de que está celosa, y sus celos prueban que me ama. ¿Qué más puedo desear?
Pronto la vi reír con unos cuantos hombres agrupados a su alrededor. Me mantuve a distancia, y mientras la de Jansien me confiaba a voz en cuello sus ideas soldadescas sobre el grande y único negocio de la vida, que es el amor, yo me embriagaba, de lejos, con la belleza de Luciana, con su ingenio, con su gracia, con los incomparables encantos de su talle y de sus movimientos, y pensaba que aquellos tesoros eran míos. ¿Comprendes que haya yo podido agradarla? Es increíble.
Máximo de Cosmes a su hermano.
30 de julio.
La enfermedad de Elena se prolonga sin dejar de ser grave. Los médicos esperan el veintiún día para pronosticar, entonces deberá producirse una crisis que será decisiva. La vi la otra mañana, muy blanca, en su camita de campaña instalada en la biblioteca para dos o tres noches y que será, acaso, el lecho de su eterno reposo. Su cara, tan pálida como las sábanas, se destacaba sobre la obscura encuadernación de los libros y sus ojos hundidos brillaban en la penumbra.
Me vio en la rendija de la puerta, donde estaba yo medio escondido, y me hizo una señal con la mano. Sus labios se movieron al mismo tiempo, pero su débil voz no pudo llegar hasta mí.
—¿Qué quiere?—pregunté a Polidora que estaba allí.
—Dice que no entre usted, porque se le puede pegar su enfermedad.
¡Pobre niña! Aquel cuidado por los demás, en medio de su fiebre, era conmovedor.
Polidora la cuida con un celo que la rehabilita a mis ojos. Después de todo, es posible que no le haya faltado más que la ocasión de tener virtudes.
He recibido esta mañana una deliciosa carta de Luciana. No la he visto desde la reunión de la otra noche y creía, no sé por qué, que estaba enfadado. La he tranquilizado en seguida con unas palabras dirigidas a la lista del correo, como está convenido entre nosotros. Nada más legítimo, puesto que somos prometidos. Sería duro a nuestra edad someter nuestra correspondencia a la buena señora de Grevillois, y acaso más duro todavía el excluirla de ella. Hemos pensado que lo mejor era ahorrarle ese disgusto.
Adoro las cartas de Luciana, porque se muestra en ellas más libre y más tierna que hablando. En los raros instantes en que podemos hablar solos está reservada y casi fría y me hace feliz esta reserva, hija de su pudor y de su dignidad. El lazo que nos une, aun siendo un poco místico, no deja de ser fuerte.
Máximo de Cosmes a su hermano.
6 de agosto.
¿Sabes que estoy celoso del interés que tomas por todo lo que se refiere a Elena Lacante?
La pobre niña es interesante, pero yo también, qué diablo... Y tú no parece que te das cuenta de ello.
Voy, pues, a decirte el estado de Elena. La crisis que se esperaba ha traído un alivio de la fiebre y la muchacha empieza a revivir, a mirar a su alrededor y a darse cuenta de las cosas. Hay todavía, sin embargo, alteraciones y lagunas en su memoria.
Lacante es extraordinario. Aunque el médico ha recomendado el reposo y el aislamiento a la enferma, Lacante entra diez veces al día en el cuarto de su hija, ya con el pretexto de buscar un libro, ya con el de cerciorarse de la buena temperatura. La fibra paternal hasta ahora inerte y muda, ha vibrado por fin al contacto de esta débil criatura, tan dulce en sus sufrimientos y tan linda en su doliente palidez. ¡Ah, querido! La belleza es una maga poderosa.
Además, a Lacante le parece deliciosa la novedad del sentimiento que experimenta a una edad en que todo se ha probado y agotado hasta las heces. En la pureza inmaculada de tales sentimientos ¡qué irresistible fuerza la de esas sensaciones todavía no gustadas! Lacante saborea su encanto con una alegría temblorosa por miedo de ver agotarse ante sus ojos ese manantial en el que sueña con apagar la sed de su vejez.
Creo que no podría ya separarse de su hija. El otro día le oí encargar una institutriz inglesa o alemana para acompañar a Elena durante su convalecencia... Piensa, con razón, que Polidora, con toda su buena voluntad, no será una compañía conveniente para su hija. También me ha hablado de un cuartito que se alquila en el mismo piso que el suyo y que podría completar su casa. Creo que las cosas se arreglarán de ese modo, y, realmente, puesto que la existencia de Elena no es ya un secreto para nadie, no veo por qué se ha de privar de la alegría de su presencia. Esto le obligará acaso a sacrificar algunas intimidades y a moderar el tono de las conversaciones. El buen gusto no perderá nada con ello.
Máximo de Cosmes a su hermano
8 de agosto.
Hoy ha sido gran fiesta para Lacante y sus amigos: Elena se ha presentado un momento en la sala. Hace quince días que han vuelto a verificarse las veladas de los jueves y esta noche el dueño de la casa, aunque algo atacado de la gota, nos había parecido de muy buen humor. A eso de las diez nos ha dejado sin decir palabra, y, casi en seguida, ha vuelto a entrar con Elena de la mano.
¡Qué aparición, querido mío, la de aquella niña olvidada, demacrada, vestida con una bata blanca, flexible y sedosa, que le daba un aspecto de figura antigua! Con sus cabellos obscuros separados en la frente y unidos por detrás en una gruesa trenza, y con el tímido asombro de sus ojazos, un poco hundidos, parecía un ser celestial. Su padre, radiante, se la presentó a la Marquesa de Oreve, que allí estaba y que la acogió con miradas, fijamente investigadoras y palabras de bienvenida un poco arrulladoras y afectadas. Me gustaría saber lo que ha pensado la muchacha de aquella cara redonda, coronada por un complicado edificio de trenzas y rizos y que se paseaba de un hombro a otro con lentitud presuntuosa. Nunca me había chocado tanto como entonces, por el contraste con la cándida sencillez de Elena, la ridiculez de aquellas maneras y de aquellos adornos.
Lacante hizo que su hija se sentase y le presentó, uno por uno, sus invitados, añadiendo al nombre de cada cual una nota característica destinada a fijar sus recuerdos. Cuando llegó a mí, Elena dijo con presteza:
—A este caballero lo conozco. Es el amigo de Quimper, que tan bueno ha sido conmigo.
Y me ofreció su manita demacrada.
En este momento entró el doctor Muret y se indignó al encontrarla todavía de pie siendo más de las diez. Hubo que ver a Lacante, confuso como un colegial cogido en falta, dándose prisa para llevarse a Elena, a pesar de su pie gotoso, y volviendo la espalda a la cólera del médico. Parecía rejuvenecido con la belleza de su hija.
Cuando volvió, fue unánime y calurosamente felicitado. Gerardo Lautrec improvisó, en honor de Elena, un soneto de rimas sonoras y raras, en el que la comparaba con las vírgenes de las Propilias y rimaba ánfora con canéfora, lo que es rico, nuevo... y no hace daño a nadie.
Máximo de Cosmes a su hermano.
20 de agosto.
Acabo de recibir tu carta y quiero responder sin tardanza a tu afectuosa reprimenda.
Me regañas por mi elección porque hubiera podido hacer un matrimonio mejor. Dí, si quieres, que hubiera podido hacerlo más rico, pero no con tan bella prometida. El matrimonio, para mí, no debe ser un buen negocio, cómodo y fructuoso; el buen matrimonio es aquel en que los corazones se unen, las inteligencias se comprenden y los gustos se adaptan, y esto es lo que sucede con Luciana y conmigo.
Lo que tú piensas sin atreverte a decirlo; lo que yo veo a través de tus precauciones oratorias, es que he debido de dejarme engañar por una ambiciosa coqueta y pobre, que ha creído hacer una excelente presa y que finge el amor para asegurarse una posición. No lo niegues; adivino tu pensamiento a pesar de los velos que le disfrazan... Pero ten en cuenta que conoce la insuficiente medianía de mis recursos actuales y lo incierto de mis lejanas esperanzas, que se reducen a una cátedra en el Colegio de Francia cuando Marignol tenga a bien dejarme la suya.
¿Crees realmente que con su belleza, su juventud, tiene veintitrés años, el nombre honrado de su padre, su ingenio y su talento, necesita representar la comedia del amor para procurarse un marido?
La sospecha es injuriosa y poco agradable para mí. No soy fatuo ni me creo en condiciones de hacer perder la cabeza a las mujeres que encuentro al paso. Pero ¡qué diablo! no soy tampoco un monstruo y no me parece enteramente imposible que una muchacha de talento y de corazón se enamore de un mozo que no es tonto, aunque no tenga la belleza de Apolo ni las gracias perversas de don Juan.
Y, además amigo mío, aun cuando se me probase que Luciana ha querido ante todo asegurarse una posición y un marido de buena voluntad, y que había usado de astucia para pescarme en el anzuelo de su belleza, sería ya tarde para desdecirme, pues he dado mi palabra. Pero tranquilízate; me ama y me prefiere a todos los que la asedian con sus adulaciones. De otro modo, ¿por qué me había de escoger?
Ayer, en casa de la Marquesa de Oreve, donde nos reunimos a festejar la convalecencia de Elena, Luciana deslumbraba. Las demás mujeres parecían comparsas destinadas a hacerla valer y resultaba entre ellas una estrella refulgente. La misma Elena, muy linda, sin embargo, bajo el velo de timidez y de modesto silencio en que se envuelve, se eclipsaba y desaparecía. Nadie puede compararse con Luciana.
Puesto que te divierten mis crónicas, voy a contarte aquella comida en casa de la Marquesa.
La de Oreve tenía a su derecha a Lacante, por supuesto, y a su izquierda a Kisseler, el escultor.
Enfrente de ella, su augusto esposo.
¿Lo conoces? No creo. Un hombre alto y delgado, barba escasa y una cabellera bermeja, muy indisciplinada a pesar de los emplastos de cosmético que tratan de civilizarla. Fuera de esta malignidad de unos pelos rebeldes, el Marqués es feliz. Tiene la nariz aguileña y larga; lo que es eminentemente aristocrático y le llena de satisfacción. Es aficionado a la historia y se pasa la vida rebuscando las antiguas crónicas. Sabe al dedillo las alianzas, buenas y malas, de todas las grandes familias y las juzga soberanamente, para hacer olvidar, sin duda, que él se casó con Leontina Marsh, hija de un fabricante de drogas. Con la cabeza un poco echada hacia atrás y con los ojos ahuevados y vagos, pasea su pensamiento por un pasado tan lejano y ve tan alto en las jerarquías de Príncipes, que no puede ver lo que pasa delante de sus narices. ¡Y deben de haber sucedido unas cosas!...
El Marqués tenía a sus dos lados a la de Grevillois y a Sofía Jansien, y, mientras nos sentábamos, le oí decir:
—En 1590, una señorita La Fertè-Jonchère se casó con un caballero de Grevaulx-Loys, de donde debe de haber salido, después de varias alteraciones de lenguaje, la familia de usted: Grevaulx-Loys... Greville-Loys... Grevillois... ¿Comprende usted?
Lo abandoné a su disertación para ir a sentarme en el extremo de la mesa con la juventud, pues mi escasa importancia social me permite asociarme a ese batallón ligero. No me atreví a sentarme al lado de Luciana, que me había dicho por lo bajo, siempre prudente en su táctica: «No llamemos la atención.»
Gerardo Lautrec tenía el honor de ser su vecino y yo estaba enfrente, sin perder ni un movimiento, ni una expresión, ni un matiz siquiera de sus fisonomías. Acaso me hubieran molestado las solicitudes de Gerardo si Luciana, con una seña y una imperceptible sonrisa, no me hubiera probado que estábamos secretamente unidos.
La conversación versó al principio sobre la literatura y las novelas nuevas. Desde que Lacante es de la Academia, la Marquesa se ha vuelto de una intolerancia feroz para los otros escritores, y su celosa amistad no reconoce el mérito de ninguno. Ni siquiera Loti encuentra gracia con este adorable Bamountcho. Los extranjeros le parecen de una rivalidad menos próxima y son tratados menos severamente. D'Annunzio no sale mal librado. Lacante sonríe con bondad ante esos holocaustos en su honor y defiende a las víctimas con buenas razones un poco flojas. Su equidad natural se deja adormecer por el rumor de esas adulaciones abundantes y locuaces, que no le permiten siquiera desarrollar su opinión. Se resigna e inclina la cabeza bajo el peso de las indiscretas razones que le asesta la inagotable elocuencia de la dueña de la casa, a no ser que el Marqués, molestado por el ruido, no la detenga con un ademán de su larga mano incolora:
—Querida amiga, nos gusta oír hablar a Lacante; permítenos escucharlo.
La primera parte de la comida se consagró a la literatura. Hacia el asado, sin embargo, la conversación se extravió, y dejando los laberintos literarios, hicimos una excursión atrevida hasta las más altas cimas del arte, bajo la dirección de Kisseler. Después, como cediendo a la atracción del vacío, dimos un inmenso chapuzón en el obscuro abismo en que lucha la metafísica contra las religiones, que la desdeñan, y contra la ciencia que la desprecia.
Te hago gracia de los largos rodeos por donde llegamos, de digresión en digresión, al concepto de la divinidad. Kisseler fue también quien inició el asunto con una audaz apología de la belleza plástica que fue como divinizar la forma: la belleza era para él el primer atributo de un dios; y el culto de la belleza, el primer dogma de una religión: la Grecia antigua fue la cuna de la verdadera religión, única digna de conmover a la conciencia humana y de unirla en un culto común, la adoración de la belleza. Gerardo Lautrec trató de espiritualizar la idea mostrándonos en la belleza de la forma la imagen y el símbolo de la belleza moral, única representación de la divinidad. Al oír esto Sofía Jansien, roja como la grana bajo sus ricillos de un negro azabache, preguntó con indignado desprecio cómo era posible que se perdiese el tiempo en definir lo que no existe.
—Nosotros—dijo,—somos nuestros propios dioses, puesto que siempre dotamos a la divinidad de nuestros propios atributos, incluyendo nuestros vicios, como lo prueba la mitología de los griegos.
La Marquesa interpeló a Lacante, que se había limitado hasta entonces a aprobar sucesivamente todas las teorías con la benevolencia ligeramente irónica y con la sonriente indiferencia que opone generalmente a las opiniones ajenas en todo, lo que se refiere a las cuestiones de metafísica religiosa. Es este un terreno en el que se cree maestro y en el que no soporta incursiones extrañas más que con sonriente piedad. Hubiera él preferido no verse obligado a responder, y salió del paso con su habilidad acostumbrada para no herir a nadie.
Desarrolló primero la idea de que para los que consideran el Universo como una fuerza independiente que saca de sí misma todo lo que existe, no es necesaria la hipótesis Dios; y la cuestión de saber si Dios es bueno o justo, bueno o malo, no significa nada.
—Es verdad—añadió—que si no se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios, no es absolutamente imposible que exista. Lo prudente es, pues, obrar como si su existencia estuviese demostrada y reconocerlo como fuente de todo el bien que hay en nosotros.
—¿Para qué?—exclamó la impetuosa Sofía, contrariada por aquella hábil balanza entre las diversas opiniones.—¿Para qué ese engaño impuesto a nuestra credulidad? Lo que subleva en las religiones es que hablen en nombre de un Dios que no pueden definir.
Gerardo replicó que la palabra dios expresa justamente lo inexpresable; y yo hice observar que la ciencia usa el mismo procedimiento al emplear ciertas palabras para expresar hipótesis, como el éter y el átomo, lo que facilita la explicación de los fenómenos.
Muy bajo, por deber de conciencia, sin duda, la de Grevillois afirmó que la virtud no existiría sin la creencia en Dios, y esto proporcionó a Kisseler la ocasión de dar una carga furiosa contra las virtudes asalariadas, letras de cambio giradas contra el Padre Eterno.
Y entonces (he querido traerte aquí por este largo rodeo) Luciana, que había guardado hasta entonces un prudente silencio, levantó la linda cabeza y dijo con emoción:
—No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo en el áspero camino de la vida. Necesitamos saber que está presente, invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen, nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el mundo.
Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos amables, más por su asombrosa belleza que por su elocuencia.
—Luciana nos hace ver maravillosamente—dijo con galantería Lacante—una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejón sin salida—añadió riéndose—es el gran infortunio de los filósofos.
Después, dirigiéndose a Elena, que estaba escuchando con profunda atención, le preguntó:
—¿Qué comprendes tú de todo esto, hija mía?
Bajo la transparencia de su piel corrió la llama de rubor. La muchacha bajó los ojos sin responder; pero su cortedad divertía a Lacante, que insistió:
—Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como tú debe estar muy enterada de estas cosas. ¿Qué te representa mejor a Dios, la bondad o la belleza?
Elena respondió con gran dulzura:
—¡El amor!
Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.
Sofía nos echó a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:
—¡Bravo! ¡Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religión es la del amor.
—El amor, hijo de Venus—murmuró el Marqués, a quien aburrían estas cuestiones y buscaba un refugio, habitual para él, en la genealogía.
La Marquesa creyó que debía explicar el pensamiento de Elena.
—Esta niña, señores, sólo ha querido hablar del amor divino y no conoce otro; ¿verdad, querida? En el convento de Bretaña no enseñaron a usted más que a amar a Dios...
—A Dios y a los hombres, señora—respondió Elena con cándida intrepidez y sin echar de ver las sonrisas de todos.
—¡Diablo!—exclamó Kisseler con su brutalidad de siempre;—pido que se agregue a las señoras...
Elena no lo oyó, aturdida por la risa estrepitosa de Sofía, a quien estas bromas gustan extraordinariamente.
Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al salón.
Elena Lacante al Padre Jalavieux.
Agosto.
Señor cura:
Me siento muy culpable y muy ingrata para con usted. Le había prometido darle noticias de mi viaje, de mi llegada a casa de mi padre y de lo que fuera de mí. Han pasado cerca de dos meses y no he cumplido, mi promesa; y aunque pudiera excusarme por haber estado mala, muy mala, según dicen, prefiero acusarme y pedir a usted perdón, para oír en mi corazón aquellas palabras tan dulces que pronunciaba usted después de la confesión de mis faltas: «¡Váyase en paz!»
¡Cuánta necesidad tendría de sus consejos en esta existencia tan nueva! Y no tengo nadie a quien dirigirme, porque nadie me conoce bastante para interesarse por mí. Mi padre es muy bueno, pero necesitaría consejos para agradarle y no me atrevo a pedírselos. Me intimida hasta el extremo, a pesar de su bondad, que excede a todo lo que podía esperar. Me demuestra hasta ternura, y esto es un verdadero prodigio, pues nada he hecho hasta ahora para que me quiera. Creo que se ha aficionado a mí, por los cuidados que me ha prodigado durante mi enfermedad, y que me agradece que viva, como si tuviese yo en ello algún mérito. Si por eso es feliz no debe dar gracias más que a Dios. Por desgracia (y este es un gran secreto que confío a usted) no creo que piense en tal cosa y esto me produce una pena extremada. Según lo que mi ignorancia me permite juzgar, me parece que Dios es para él un asunto de estudios, un problema interesante e insoluble, y no ese Padre lleno de justicia y de amor al que usted me ha enseñado a amar y a temer. Y esta diferencia en el modo de concebir a Dios, la vida eterna, nuestra alma misma, pues todas estas creencias se encadenan, es acaso lo que me hace ser tan tímida al lado de mi padre. Hay entre nosotros una equivocación, más todavía, una dificultad para entendernos, que me hace encontrarme como en país extranjero entre esta sociedad tan inteligente, tan ingeniosa y, según creo, tan sabia. Mis sentimientos no encuentran eco. Todo lo que digo asombra y hace sonreír.
Todo esto viene acaso de mi ignorancia y de que no sé el sentido exacto de las palabras; pero lo que sí veo claramente es que las prácticas religiosas no se usan en París y que el domingo se diferencia poco de los demás días de la semana. Mi padre, sin embargo, es tan bueno, que me permite obrar según mi conciencia, con tal que no le moleste en sus costumbres, lo que es, después de todo, muy natural. ¿Lo creerá usted, señor cura? Lo poco que hago por Dios, discretamente y en silencio, lo hago con más fervor y me proporciona más dulzura por lo mismo que tengo que superar más dificultades. Deseo mucho complacer a mi padre y que me quiera. Piense usted que es el único ser en el mundo a quien puedo consagrar mi vida: ¿qué iba yo a hacer de mi corazón si nadie se cuidase de él?... ¿Lo escandalizo a usted, señor cura? Usted piensa que Dios nos pide ese corazón y esa vida, y que esto es bastante para llenarlos. Pero, se lo ruego a usted, no piense eso. Dios es demasiado grande y yo demasiado pequeña, y necesito intermediarios para elevarme hasta Él, como los peldaños de una escala de amor; pero si mi inteligencia va derecha hacia Él, y no pide más luz; si la fe me basta para creer; mi corazón no podría subir tan alto de un solo vuelo. Siento mi corazón como vacío, y pesado por estar vacío... Es acaso absurdo lo que estoy escribiendo, pero me resiento todavía de esta larga enfermedad, tengo la cabeza débil y no sé cómo van mis pensamientos. Es preciso, pues, perdonarme si digo alguna tontería.
Adiós; escribiré a usted otro día más en detalle mis impresiones sobre la gente que rodea a mi padre. Hasta este momento las mujeres me gustan menos que los hombres... Quiero decir que me desorientan más, porque son realmente de otra especie que las mujeres de Quimper, al menos que las que conocí en casa de mi pobre tía. Aquí, por mucho que las miro, me es imposible saber si son jóvenes o viejas, guapas o feas, buenas o malas, pues tienen un aspecto, que desconcierta, de serlo todo a la vez. En el mismo momento se presentan bajo aspectos enteramente contrarios y la incertidumbre que producen es causa de cierto malestar. He visto, sin embargo, una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero... Señor cura, borro el "pero" hasta que la conozca mejor.
Adiós, mi bueno y venerado padre, usted me permite, ¿verdad? continuar dándole ese nombre. No olvide usted en sus oraciones a su hija respetuosa,
Elena Lacante.
Máximo a su hermano.
25 de agosto.
Hace unos días llegué a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle algunas notas que me había pedido. Lacante había ido a una reunión del Diario de los Sabios, y no encontré en su despacho más que a Elena, muy ocupada en acabar una carta.
—¿A quién escribe usted con tanta aplicación?—le pregunté sentándome enfrente de ella.
Elena me enseñó el sobre.
—Al padre Jalavieux.
Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunión.
—¿Y qué le dice usted que tan largo es? ¿Los pecados mortales?
—No, por cierto. Podían equivocarse de camino y... figúrese usted. Las cartas se pierden algunas veces.
—Enséñeme usted la carta, ¿quiere usted?
—No.
—¿Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?
Elena titubeó.
—No son precisamente secretos...
—¿Qué son, entonces?
—Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.
—¿No tiene usted bastante confianza en mí para decírmelas?
La muchacha bajó la cabeza sin responder.
Estaba tan linda con aquel aspecto de confusión juvenil y sincera, que quise divertirme en continuar la broma.
—¿No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas, por sus sentimientos?...
—Sé que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de esto, bien puede usted interesarse por mí.
—A causa de eso y otras muchas razones además, Elena. La quiero a usted ya... como a una hermanita.
—¡Oh! mejor—exclamó la muchacha con cándida alegría.
—En ese caso enséñeme usted su carta como lo haría si tuviese yo la suerte de ser su hermano.
Elena movió la cabeza y se puso grave.
—No... no puedo. Me parece que sería faltar a las consideraciones debidas al señor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que él lo sepa.
—He ahí un escrúpulo sutil... Por otra parte, ese señor no lo sabrá.
—¿Qué importa? La ofensa existiría aunque fuese ignorada... Puede que esté yo en un error, pero lo siento así.
Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo me incliné rápidamente y se la quité.
—Ahora—dije poniéndola lejos para que no pudiera cogérmela,—soy dueño de sus secretos de usted, señorita Elena.
Echéme a reír al ver la indignación que había en su mirada por mi audaz atentado, y mientras me reía, mis ojos se fijaron casualmente en esta frase: «He visto una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero...» Esta última palabra, aunque muy legible todavía, había sido tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tomó para mí una singular importancia.
—¿Es a la señorita de Grevillois a la que encuentra usted tan linda?—le dije enseñándole el párrafo de lejos.
—No quiero responder a usted.
Elena parecía enfadada y volvía la cabeza para no verme.
—Si me responde usted, le devolveré la carta.
—Sí, es esa señorita.
Cogió la carta, que le devolví, y se apresuró a meterla en el sobre.
—¿Qué quería decir ese «pero» que ha borrado usted?
—Eso no tiene importancia, puesto que lo he borrado.
—Quisiera saber qué tiene usted que reprochar a esa amable persona.
Elena me miró con fijeza.
—¿Le interesa a usted mucho esa amable persona?
—Lo que me interesa, Elena, es la manera que usted tiene de juzgar las personas... Me gustaría penetrar en su alma, tan secreta y prudente, y aprovecho para ello todas las ocasiones que se presentan...
Una coqueta no hubiera dejado de hacer con este motivo unas cuantas monadas; pero Elena, que es demasiado sencilla y natural, reflexionó unos instantes y me dijo con acento de sincero pesar:
—Quisiera responder a usted; pero no debo, en conciencia. Sería injusto comunicarle una impresión poco favorable, cuando a mí misma me ha parecido bastante precipitada y superficial para no querer atenerme a ella.
Insistí yo, secretamente picado y deseoso de saber qué podía reprochar a mi amada Luciana, pero se negó obstinadamente a responder.
—No, no; estaría muy mal. No insista usted, porque perderá el tiempo.
Vi que, en efecto, sería inútil insistir, pues su cara había tomado una expresión de dulce resolución, contra la cual se veía que no prevaldría ningún esfuerzo.
Y, como se trataba de Luciana, aquella resistencia me mortificó.
—Decididamente, es usted demasiado perfecta, señorita Elena, y su conciencia se alarma demasiado fácilmente... La caridad cristiana gana mucho cuando no se la exhibe con cierta pedantería... Aquí están las notas que deseaba su padre de usted. Sírvase usted entregárselas cuando vuelva.
Saludé y me fui.
Elena hizo un movimiento como para retenerme, pero nada dijo sin embargo.
Y nos separamos enfadados.
Máximo de Cosmes a su hermano.
...Diversos obstáculos me han impedido ir a casa de Lacante durante varios días. Ayer, jueves, día de la comida semanal, me fui temprano para poder hablar con él tranquilamente.
Elena estaba sola en la salita, y me salió al encuentro con expresión de cándida ansiedad.
—¿Todavía enfadado?—me preguntó, y su voz, su mirada, su hermosa mirada, pues no se puede negar que tiene unos ojos admirables, todo, en su joven fisonomía y en su actitud, parecía implorar.
Yo no pude fingir un descontento que tenía ya olvidado, y respondí:
—Nada de eso... ¿Cómo guardar rencor a una niña como usted?
Le dí la mano, la tomó, y antes de que yo pudiera preverlo ni impedirlo, me la besó...
Si te crees que el beso de aquellos lindos y frescos labios me produjo un inmenso placer, te engañas. Ese beso me ocasionó sorpresa y confusión, además del secreto chasco de sentir bajo su candor un sentimiento de inconsciente veneración. Y, ¡qué diablo! si es hermoso el ser venerable, y honroso el ser venerado, con todo, la cosa es, a mi edad, un poco desconsoladora.
Lacante, con gran estupefacción de todos, nos anunció aquella noche que se va a instalar en el campo. Si lo conocieras como yo, comprenderías lo que tiene de revolucionaria esa extraña decisión. Hace mucho tiempo que nos dejaste y que estás corriendo por el mundo de las embajadas, para darte cuenta de la fijeza proverbial de las costumbres de nuestro amigo.
Piensa que nunca ha viajado para no separarse de sus libros y de su mesa.
Aquel espíritu tan curioso se ha condenado a no conocer nada del vasto mundo más que por la lectura y por su maravillosa intuición de las cosas. Así fue que le hicimos repetir varias veces su declaración.
Parece ser que es la Marquesa la que ha provocado esta revolución, que ella sola aprovechará, pues la casita que Lacante ha alquilado en Vaucresson está muy cerca de su «Villa del Lys.» Ha convencido a Lacante de que el aire puro de los bosques es necesario para el completo restablecimiento de Elena, y acaso tiene razón, pues la convaleciente tarda en recobrar sus colores. Este arreglo me agrada desde que he sabido que Luciana y su madre están invitadas para fin del verano en la «Villa del Lys.» La Marquesa quiere que Luciana le haga su retrato en miniatura y dar al mismo tiempo a Elena una amiga joven y distinguida que dispense provisionalmente a Lacante de la necesidad de buscarle una señora de compañía. Todo está habilidosamente combinado en favor de los intereses de la Marquesa, que no puede pasarse sin Lacante.
Es asombrosa la influencia que ha tomado esta mujer sobre un hombre de una inteligencia notable, de una penetración extremadamente sutil y dotado de un sentido tan distinguido de lo delicado y de lo raro. Ella es pesada y ruda, sin conjunto ni elegancia natural. A pesar de los artificios de la modista y del peluquero, sigue ordinaria, tiesa y evidentemente salida de los almacenes de productos químicos de su señor padre. Y su espíritu está en armonía con su cuerpo. Tiene inteligencia, pero vulgar, y sus ideas, que ella quiere presentar como superiores, son todas prestadas y reflejas, no se apoyan en nada personal y sólo descansan en el vacío. Tiene opiniones generalmente extremas, porque se figura que pensar fuera del sentido común es colocarse en la categoría de las almas privilegiadas. Sus juicios son duros e inflexibles, porque su escasa vista no distingue los matices, pero pronuncia sus sentencias en voz baja e indiferente, por haber oído decir que es de buen tono no animarse por nada. Tiene pocos o ningunos principios, y pasa, sin embargo, por haberse mostrado virtuosa en más de una circunstancia. Pero emplea una especie de ostentación en adornarse con la amistad de Lacante, cuyo alcance parece que trata de acentuar.
Y es que así conviene a su vanidad. Con cierta instrucción y alguna memoria, quiere echarlas de ingeniosa, y puedes pensar cuánto contribuye a su reputación la presencia habitual de Lacante y cuánto se la envidian.
Lo más asombroso es que a él le guste, pues no es posible que se haga ilusiones sobre lo que vale la señora. Pero esos demonios de escépticos y de «ironistas» no necesitan ilusión y toman de cada cual lo bueno que tiene, sin ocuparse de lo demás.
Hay varias cosas que le han gustado en la Marquesa de Oreve y alrededor de ella. En primer lugar, la atmósfera de lujo y de elegancia en que vive. Sabes tan bien como yo que Lacante es de una familia de las más modestas y que ha conocido en su juventud la estrechez y las vulgaridades de las existencias necesitadas, la fealdad de los mueblajes de ocasión y el olorcillo de las alcobas demasiado pobladas, en las que se mezclan las emanaciones de las camas con las de la cocina. Ha comido en mesas en que un hule hacía de mantel y en vajillas desportilladas. Fuera ya de la familia y durante las languideces de sus largos comienzos en la república de las letras, ha sufrido trabajos y hasta ayunado, más ávido entonces de libros que de bienestar, aunque llevando en sí mismo, oculto y comprimido, el sentido de las cosas bellas, delicadas y exquisitas.
El prestigio y la influencia encantadora de tales cosas se apoderó de él al entrar en la existencia íntima de los Oreve y en aquella casa de una suntuosidad elegante, en la que sus consejos y su innato buen gusto han introducido refinamientos de arte. Las atenciones de la de Oreve ganaban a sus ojos con estar adornadas de alhajas, de sedas y de encajes y hasta su título de Marquesa tenía como un perfume de polvos «a la maréchale» que le hacían retroceder un siglo, lo que gustaba a su imaginación curiosa del pasado. Puede ser también que lo conquistase el culto entusiasta de la Marquesa y su admiración fecunda en adulaciones, pues los más listos se dejan atrapar por ellas. La vanidad del uno y del otro, aunque desde puntos de vista diferentes, ha podido ser el lazo de esa amistad tan desproporcionada en apariencia. La verdad es, sí, que los afectos más tiernos se cansan algunas veces, la vanidad subsiste siempre por lo mismo que nunca se harta.
¿Se sabe jamás en qué consiste el atractivo de dos seres, el uno hacia el otro? Los mismos que le experimentan no se dan cuenta de ello muchas veces.
También el Marqués ha contribuido a mantener esa rara intimidad. La solemnidad beatífica con que encubre su nulidad, sus manos cuidadas de ocioso, sus pretensiones de resolver las cuestiones de etiqueta diplomática, porque fue en otro tiempo simple agregado a la legación de Berna, y hasta ese pueril conocimiento de las genealogías aristocráticas que le permite jugar con los grandes nombres como un chicuelo con las tabas, todo ese conjunto de necedades divierte a Lacante y completa el decorado.
El Marqués, por su parte, encuentra natural, conveniente y ajustado en todo a las tradiciones, que un literato coma a su mesa, y sea el amigo íntimo de su mujer. La satisfacción que le inspira el espejo cuando contempla en él la palidez aristocrática de su cara, a la que sirven de marco unas patillas escasas pero bien peinadas, su ancha frente y hasta su cabellera bermeja e indisciplinada, no le permiten sospechar nada malo por la familiaridad de Lacante en su casa, y acaso, tiene razón. En todo caso, sería verdaderamente difícil suponer ahora nada incorrecto en tales relaciones.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Puesto que usted me lo permite, querido y respetable padre, y hasta me lo pide con insistencia, voy a continuar, con toda sinceridad y confianza, el relato de mis impresiones. Debo decirle, ante todo, que procuro adaptarme a sus consejos no juzgando demasiado de prisa a las personas que me rodean.
Tiene usted razón al decir que un cambio brusco de localidad puede producir dos efectos contrarios y casi igualmente peligrosos: o una especie de entusiasmo por la novedad de las cosas y de las personas, o una tristeza que exagera la crítica. Con este último sentimiento es con el que yo tengo que luchar y así lo procuro desde que usted me lo ha advertido.
¡Es todo aquí tan diferente de lo que estaba acostumbrada a ver y a conocer en Quimper!
Y no es que todo fuera allí para mí gozo y dulzura. Usted, señor cura, conocía a mi pobre tía, y aunque no quisiera decir nada que pareciese un reproche a su memoria, sabe, sin embargo, que era severa, y, a veces, hasta un poco gruñona. Detestaba el ruido y el movimiento y me obligaba a estar inmóvil y muda a su lado, cuando tanto hubiera yo querido moverme y hablar. Decía que hay que saber aburrirse, porque la vida no es una expedición de placer.
A pesar de esto, me quería y me cuidaba bien, y como siempre me estaba recordando que yo no tenía madre y que mi padre no se cuidaba de mí, la encontraba muy buena por tenerme a su lado y soportar mis defectos, y estaba tan acostumbrada a ella, a sus maneras un poco rudas y a sus manías, que cuando murió, no sabía qué hacer de mi vida sin ella. También estaba muy hecha a aquellas costumbres tan metódicas: a misa por la mañana, el almuerzo a las diez, la comida a las seis, y entre uno y otra, lo más delicioso del día, que era la merienda de pan y fruta, que se me permitía comer en el jardín, corriendo, saltando y hasta trepando a los árboles, lo que no era muy bonito para una joven.
¡Cómo me gustaba aquel jardín, con sus cuadros de huerta, con sus orlas de flores rodeadas de boj, con sus musgosos y viejos manzanos, sus rosales grandes como árboles y la parra y las campanillas azules que vestían la fachada de la casa! También tenía cariño a aquel destartalado caserón, en el que corrían los ratones por delante del indolente gato, que les dejaba correr.
¡Y qué bien me parecían los amigos de mi tía cada uno en su género! Aquel señor de Tintellier y aquella señora de Rech, empaquetada en su traje de seda granate, y su hermana Malvina, tan sentimental, de cuyos largos «arrepentimientos» se burlaba usted, señor cura, con un poco de malicia, que también me gustaba.
Después había allí la Catedral. ¡Qué a mis anchas me encontraba en su gran nave obscura, tan sonora, por la que corrían ruidos que no se pueden expresar, bajo aquella bóveda alta y misteriosa y entre aquellos severos pilares por los que parecía que circulaban los ángeles! Y los sonidos del órgano que subían, subían, entre nubes de incienso, y parecía que me arrebataban con ellos... ¡Cuánto me agradaba todo aquello! Sólo el recordarlo me conmueve y me ocupo en hablar a usted de esto en vez de describirle mi nueva vida.
Aquí todo ha cambiado, y cada variación que echo de ver es como un muro de olvido que se levanta y me separa de aquellas cosas del tranquilo pasado. No sólo han cambiado el cuadro exterior y las personas, sino también, y sobre todo, la atmósfera en que se agita la gente a mi alrededor y en la que me siento como aturdida de perfumes desconocidos y embriagadores, tan diferentes de los sanos olores de mi ciudad natal, como las esencias en que aquí se impregnan las señoras son distintas del aroma de las violetas y de las rosas. Todo me parece artificial y contrahecho, las figuras, las fisonomías, las actitudes, las conversaciones, los sentimientos... Parece que, aquí, todo el mundo desconfía de la Naturaleza y trabaja para alejarse de ella; y todos viven con tal soltura en estas sutiles complicaciones, que estoy al verlos estupefacta, sin aliento y anonadada. Me cuesta trabajo comprender y no soy comprendida. Tomo en serio simples chistes, y cuando digo con sinceridad lo que me viene en mientes, todos se asombran o se ríen. Hay veces en que parece que me encuentran ingenio, siendo así que, sencillamente, no han comprendido lo que yo quería decir. Este perpetuo error me cansa. He rogado a mi padre que me preste unos cuantos libros de literatura y de historia; cuando esté acostumbrada a los asuntos que son el objeto habitual de la conversación, acaso mi inteligencia será más flexible y más despierta y pareceré menos tonta. Lo malo es aquí (se va usted a reír, señor cura, y, sin embargo, es la verdad), que yo no soy bastante joven. Todas las personas que me rodean saben reír y bromear y como yo no sé, debo de parecer terriblemente fastidiosa. Esto me da pena, porque tengo mucho amor propio, y lo siento además por mi padre. También él, se lo aseguro a usted, es demasiado joven para mí. Físicamente tiene el aspecto bastante aviejado; es grueso, algo cargado de espalda, muy calvo y tiene un cerquillo de cabello blanco que le hace parecer un fraile, mucho más, con una especie de solideo redondo que usa por casa y que completa el parecido. Con sus piernas gotosas, no parece ciertamente un muchacho; pero su sonrisa, la movilidad de su cara, su vivacidad, su calor de vida interior y una llama de pensamiento que le corre de pies a cabeza, le hacen vivir en un instante, más de lo que se vive en Quimper en diez años. No diga usted esto a nadie, señor cura, pero en el primer momento encontré a mi padre más bien feo; ahora, me gusta su cara de tal modo, que creo que no habría otra alguna que me gustase más. ¡Es todo el mundo tan insignificante a su lado!... Ciertamente, tiene el aspecto menos... ¿cómo lo diré? menos padre de familia que el señor Ravenaz, por ejemplo, el mayordomo de cofradía que cantaba tan fuerte en la misa mayor y hacía cantar con él a sus cuatro hijas y siete hijos, todos dóciles a una señal de sus ojos; o que el señor Tintellier, que sólo tiene un hijo, pero que es tan escéptico y no ríe nunca más que con un lado de la boca, de modo que su alegría se parece al esfuerzo de tragar algo amargo y más da lástima que envidia. Mi padre ríe de tan buena gana, no a carcajadas, pero con tal fe e intención, que se toma parte en su alegría aun sin saber por qué. Sus ojos ríen al mismo tiempo que sus labios y las mejillas, la barba y hasta las orejas parece que se divierten a la vez con lo que le hace reír, que es, a veces, un pensamiento que ni siquiera ha dicho. Yo no puedo separar de él la mirada, tanto me interesa y me encanta.
Tiene algunos amigos bastante agradables. Primero, don Máximo de Cosmes, al que vio usted en Quimper y que es el favorito de mi padre. Tiene hermosos ojos (no sé si usted lo repararía), bonitos dientes que se ven mucho, aunque él no trata de enseñarlos, y un carácter que creo en armonía con su cara franca y simpática. Hay otro también que me gusta bastante, porque defiende generalmente ideas que se aproximan a las mías. Mis ideas, señor cura, puede usted figurarse que no son inventadas por mí, pues son las del catecismo y el Evangelio. Las de don Gerardo Lautrec no son tan límpidas, pero son hermosas, sin embargo, y él las sostiene con formas elegantes, con palabras lindas y musicales y con una especie de emoción entusiasta, sin decir nunca nada que me mortifique, mientras que noto en los demás una indiferencia hostil y hasta aversión y desprecio declarados contra todo lo que es más sagrado para mí... Y todavía se contienen por mi causa... He visto a don Máximo hacerles señas y contener en sus labios palabras que iban a decir. Lo más sorprendente es que las mujeres, muchas al menos, hablan exactamente igual que los hombres, con el mismo atrevimiento respecto de todos los asuntos, y acaso, con más violencia todavía.
Con toda esta charla, señor cura, no le he dicho a usted que, hace una semana, estamos instalados en el campo, a unas leguas de París y en un sitio delicioso, rodeado de bosques y praderas. Más bonito sería, sin embargo, si no hubiera tantas casas, pues las hay por todas partes y eso desfigura el paisaje. Más parece esto un arrabal que el campo.
Muy cerca de nosotros, la Marquesa de Oreve, de la que ya he hablado a usted, tiene una hermosa casa, a la que llaman la «Villa del Lys». Aquí se llama así a cualquier casa por pequeña que sea. La nuestra es la «Villa Sol», nombre retumbante y pomposo para tan modesta casita. La verdad es, sin embargo, que está bañada de sol de la mañana a la tarde, lo que parece que es muy bueno para mi salud.
Estoy tan débil todavía, que me cansa el escribir y aquí hago punto, a pesar de todo lo que tengo todavía que decir a usted. Otra vez será.
Bendiga usted a esta su hija, mi buen señor cura, y deséele prudencia y salud.
Elena Lacante.
Máximo a Su hermano.
5 de septiembre.
La de Grevillois y su hija se han instalado en la «Villa del Lys», y Luciana ha bosquejado ya el retrato de la «patrona,» como llamamos a la Marquesa. Creo que está muy parecido, demasiado casi, y preveo que a Luciana le costará trabajo contentar a su modelo. La Marquesa ha manifestado ya cierta discreta indignación ante el boceto.
«Sobre todo, hija mía, cuide usted de no engordarme exageradamente... Sin criticar a usted, creo que me da las proporciones de una nodriza... Creo también (y usted me dispensará, ¿verdad? esta pequeña coquetería) que me hace usted la cara demasiado ancha y demasiado corta... Además, los ojos no están parecidos... Siempre me han dicho que son lo mejor que tengo... Pero usted corregirá todo esto cuando revise mañana su obra... Hace falta tiempo para acostumbrarse al modelo y sólo se ve exactamente a la larga...»
Luciana estaba un poco nerviosa y traté de calmarla como pude durante un corto paseo que hicimos solos para ir a la «Villa Sol». El tiempo estaba hermoso y de una suavidad encantadora. Vagos y finos perfumes embalsamaban el aire, penetraban en los sentidos y ablandaban el corazón, que parecía fundirse en el pecho con una sensación de desvanecerse y de evaporarse en el éter... Era aquello delicioso y hubiera yo querido que Luciana participase de mi encanto, pero seguía nerviosa y despechada.
—Es estúpido—decía—el ser pobre y depender de la primer tonta que se presente... Porque tiene dinero y lo paga, cree tener derecho para decírselo a una todo, a no ahorrarle humillaciones ni críticas, a exasperarla con sus consejos de idiota y a aplastarla bajo la enorme y pesada superioridad de su fortuna... Juventud, ingenio, talento, belleza, todo, absolutamente todo, es juzgado, medido y pesado desdeñosamente por cualquier imbécil encaramado en sus sacos de pesos, desde donde dominan a la despreciada multitud de los pobres diablos de uno y otro sexo...
Mi pobre Luciana tenía los hermosos ojos llenos de lágrimas de cólera mientras lanzaba sus imprecaciones con risa nerviosa y un calor de despecho que denunciaba su humillación.
Yo sufría por ella y tanto como ella, pero le contesté con dulzura y logré hacerle comprender que su resentimiento era excesivo y hasta injusto, pues, al fin, la vanidad de la Marquesa de Oreve no hace daño a nadie más que a ella misma y en modo alguno al artista que la pinta como es. La superioridad del dinero no existe realmente más que para aquellos que la reconocen, e indignarse por ella es un modo de reconocerla. Seamos, pues, orgullosos y permanezcamos libres de todo sentimiento de envidia, de adulación y de cólera, le dije besando sus bonitas manos.
Luciana sonrió débilmente.
—Habla usted como un sabio—me dijo,—pero la cordura es difícil, se lo juro, cuando hay que habérselas con la suficiencia presuntuosa. Quisiera tener esa hermosa filosofía; pero carezco de fuerza de alma, lo confieso, y tengo rencor a la Marquesa por ser rica, única cualidad que es indiscutible. Todo puede ser puesto en duda, la belleza, el mérito, hasta la juventud, puesto que no se tiene en el mundo más que la edad que se representa y los sabios artificios de una mujer de cuarenta años hácenla asemejarse a otra de veinticinco. Solamente la fortuna se pesa y se mide y sólo las cifras tienen una realidad inflexible.
—Lo que se cuenta, se mide o se pesa—contesté;—no vale nada al lado de una sola gota de infinito...
Luciana dejó ver su bella y seductora sonrisa y respondió:
—Lo veo a usted venir: el amor es infinito, ¿verdad?
—Lo es el mío, ciertamente.
—Diga usted el nuestro, Máximo.
Mi amada recobró su alegría y su gracia seductora, Íbamos lentamente por los frondosos senderos del bosque y habíamos olvidado el objeto de nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos aún, a Elena con Polidora, que no nos habían visto y se detenían de vez en cuando para cortar flores.
—Ahí tiene usted al retoño de Lacante en su elemento—dijo Luciana con un dejo de desdén.
—¿No le gusta a usted, Elena?
—¿Qué quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es más que una chiquilla...
—Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la sociedad de usted podría serle muy provechosa.
Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.
—No sabría qué decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas más opuestas que la de la hija de Lacante y la mía. No sabe nada de lo que a mí me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraña mucho que pueda usted hablar con ella más de diez minutos.
—Pues yo la encuentro encantadora... y rara.
—Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra más que en las selvas vírgenes o en las estepas de Bretaña. Que es encantadora... me lo ha dicho usted varias veces...
—Aseguro a usted que me complacería mucho procurando trabar amistad con ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para mí.
—¡Hacerme amiga suya!—exclamó.—Enséñeme usted entonces por dónde hay que tomarla.
Estábamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoció y nos saludó con un gran ramo que traía en la mano.
—¿De dónde viene usted?—le pregunté.—¿De una santa peregrinación, de una iglesia, de una capilla?
—No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo más profano... Vea usted mi cosecha.
Y nos enseñó el ramo.
Polidora, tomando un aspecto de importancia, empezó a decir con algún retintín:
—Venimos de...
Elena se volvió vivamente hacia ella.
—No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que enseñar a don Máximo a no ser curioso.
—Tendré que contar, ciertamente, su fechoría de usted a su señor padre—respondió el ama de gobierno.—Nada me impedirá cumplir con mi deber.
Elena respondió con dulzura:
—Hará usted bien.
Y dirigiéndose a Luciana, le preguntó si le gustaban las flores e hízole admirar las que formaban su ramo...
Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto desdeñoso, iba detrás como para separar sistemáticamente su causa de la de Elena. Era evidente que había discordia entre ellas, y como la vieja estaba deseando charlar, no esperó a que yo la preguntase.
—¡Dios mío! No es que esta muchacha sea mala, ¡oh! no; pero es imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un país donde no hay civilización... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero que se presenta.
—¡Cómo!—exclamé.—Pues parece más bien tímida y más inclinada a callarse que a hablar.
—Sí, aquí, en la buena sociedad... porque conoce que no está en su centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo ni una paleta sin que arme conversación con ellos. No tiene malicia, ni desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por más que le digo: «¡Eso no se hace!» ya está hecho cuando yo hablo... El otro día iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza y ¿qué es lo que veo? La señorita, que iba empujando por detrás con todas sus fuerzas y que siguió así hasta lo alto de la cuesta, por más que le dije. Además le dio todo el dinero que llevaba... No es por el dinero, pues me gusta que las jóvenes tengan la mano abierta, pero las conveniencias...
—¿Y hoy... ha empujado algún otro carro?
—¡Mucho peor!... Figúrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar a la puerta, y la señorita les dio pan y unos centavos y les hizo hablar. No dije nada, porque su padre estaba allí y lo permitía... Pero hete aquí que esta mañana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me dice muy amablemente: «Querida doña Polidora, quisiera ir hacia la Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos niños que vinieron ayer; está enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qué sé yo cuántas cosas más.» Parecía al oiría, que no había otras miserias en la tierra... «¿Cómo se llama?» le dije. «La Briffarde; vive en el campo Quemado... Vamos allá, ¿verdad? ¿Quiere usted, mi querida doña Polidora?» Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije: «Vamos,» no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el camino de vez en cuando, y por último llegamos a la Celle. «El campo Quemado, me dijo un segador, está allá, en lo bajo del camino. ¿Qué va usted buscando en el campo Quemado? No hay por allí nada bueno.» «Buscamos a una familia de pobres que vive allí.» «Entonces allí la encontrarán ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes.» El tono en que me dijo esto me dio qué pensar. Veo a dos pasos unas mujeres trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: «¿Vive por aquí la Briffarde?» No tardé mucho en oír más de lo que quería: una perdida, una arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces marcharme más que a paso y llevarme a la señorita; pero, que si quieres; ya se había echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer con sus crías. Naturalmente, tuve que seguirla y aún tengo levantado el estómago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos chiquillos y de los guiñapos infectos que servían de cama a la madre.
—¿Pero estaba verdaderamente enferma? ¿No habían mentido los niños?
—Lo estaba y mucho, según creo. Habían dicho la verdad. Los chicos se echaron como lobos sobre las provisiones que llevábamos. ¡Buen día tuvieron, los desgraciados! La madre trató de comer; pero no pudo... Lo que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero ¿cree usted, caballero, que es el sitio de la señorita Elena la casa de una mujer así?... Ya sé, ya sé; la caridad... Pero también existen las conveniencias...
Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de «las conveniencias.»
Pensé, sin embargo, como ella, que no sería prudente dejar que Elena volviese a aquel antro, donde podía tener malos encuentros para su inocencia.
Hablaré de esto con Lacante, pues no me atrevería a iniciar con ella la cuestión. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul que nada puede reemplazar después. La pureza de un alma virgen realiza la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial, superior a todo conocimiento, antagónico con la ciencia misma, en una palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un día se atentará contra la divina ignorancia. Querría uno colocar para siempre a la joven inocente en un altar, como esas celestiales vírgenes de los Primitivos cuyo colorido deslumbrador y cuya cándida gracia llegan intactos hasta nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno candor de aquellas vírgenes. ¿No te gusta, como a mí, esa valentía y esa misericordia para con la pecadora?
En la «Villa Sol» encontramos a Lacante esperándonos sentado a la sombra del único tilo, y Polidora le contó sin tomar aliento la aventura de la Briffarde y le rogó que prohibiese a Elena volver a casa de aquella mujer de mala vida.
Elena estaba extraordinariamente desolada.
—Pero, ¿y los hijos, papá, qué mal han hecho? ¡Si los hubieseis visto devorar el pan y la carne! Tienen hambre y están hechos jirones... ¡Y la madre está tan enferma! No creo que tenga cura.
—Seguramente que no—exclamó Polidora.—Todo lo que se haga por ella será como no hacer nada.
—Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.
—Pero tú quieres arruinarme—dijo Lacante sonriendo y acariciando el cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.
—¿Quieres, verdad?—le dijo Elena besándole la mano.—Estoy segura de que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.
Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.
¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su pureza?
Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su caridad.
Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...
—¡Y por mí!—se apresuró a decir Luciana.
Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena, radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos hecho un rico regalo.
Elena al Padre Jalavieux.
Septiembre.
Me pregunta usted, señor cura, si tengo amigas y cómo son... Todavía no he encontrado ninguna a mi gusto.
Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y artista. La veo con frecuencia, casi todos los días, desde que vivimos en la «Villa Sol». Viene a buscarme, sola o acompañada, para que demos un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos aún pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podrá ser cierto sin que yo me dé cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice así en mi cara, porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba directamente de mí, le he oído expresarse duramente contra las personas demasiado devotas y cuyas prácticas diarias empequeñecen la religión. Sabe usted, sin embargo, señor cura, con cuánta facilidad se cae en la indiferencia cuando se descuida el rezar todos los días. Dios se vuelve entonces como extraño, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia, no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohíbe y, en ese silencio de la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.
Hace un momento, Luciana, así se llama, me ha preguntado de repente, después de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no sentía a Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la delicada pequeñez de los musgos y de las flores lo mismo que en la iglesia.
Le respondí que, en efecto, nada me hace más sensible la presencia de Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.
—Entonces, ¿por qué le gusta a usted tanto ir a las iglesias?
—Porque allí es donde se realizan los misterios.
Me miró con una especie de asombro y no insistió.
Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, más sensible, acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo sólido que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque así se lo digo me encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su desdén sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta trabajo dominar.
Su madre, la señora Grevillois, es una persona dulce, siempre cansada y sin aliento. Es muy piadosa, pero no del mismo modo que su hija, a la que sólo el respeto impide juzgar a su madre como a mí. Esta excelente persona pasa los días enteros sentada en una butaca junto a la ventana, con un bastidor de tapicería en las rodillas, y, casi sin levantar los ojos, clava la aguja en el cañamazo con una regularidad apacible y mecánica que da sueño. Es viuda, no tiene fortuna y creo que trabaja para ganar dinero. De todas las mujeres que me rodean, ella es la que me inspira más simpatía. Es la única que no se ríe con los chistes del señor Kisseler, un escultor amigo de mi padre, cuyo ingenio hace gracia a todo el mundo. Este señor me disgusta y me parece grosero, acaso porque no le comprendo, pues da a las palabras más sencillas, en apariencia, un sentido particular que hace reír a los hombres y ruborizarse a las señoras, sin perjuicio de reírse también. La de Grevillois permanece seria y con una expresión de placidez, como si no oyera lo que se dice. A la Marquesa de Oreve, por el contrario, le divierten extraordinariamente las ocurrencias del señor Kisseler y, si está callado, lo que es raro, no deja de incitarlo: «Kisseler está triste esta noche... Se conoce que no le inspiramos.»
Y esto basta para inflamar la pólvora. Mi padre dice muchas veces a la de Oreve:
—No lo provoque usted, señora, porque tenemos aquí muchachas esta noche.
Pero ella responde tranquilamente:
—No se apure usted; hay gracias de estado para las jóvenes y no entienden más que lo que deben entender. ¿Verdad, señoritas? Todo es puro para los puros.
Y el señor Kisseler se dispara.
La otra noche tuvo la ocurrencia de parodiar las ceremonias de la Iglesia, el modo de andar, las actitudes y genuflexiones del sacerdote en el altar. Al mismo tiempo murmuraba sílabas raras e incomprensibles, con inflexiones de voz cómicas, resoplidos grotescos y contorsiones extáticas y devotas. Estaba tan gracioso que, a pesar de la repugnancia que me inspiraba aquella farsa burlesca que era una profanación, no podía guardar mi seriedad ante aquella cara mofletuda, aquella nariz arremangada y aquellas muecas de compunción. La risa me retozaba en los labios, y puedo asegurar a usted, señor cura, que contra mi voluntad.
Por la noche, antes de volverse a París en el último tren, esos señores quisieron acompañarnos, a mi padre y a mi, a la «Villa Sol». Mi padre, un poco molestado de la gota, iba apoyado en el brazo de don Máximo. El señor Kisseler revoloteaba y mosconeaba alrededor de nosotros como un gran saltamontes aturdido, y don Gerardo Lautrec iba a mi lado, explicándome como poeta, las bellezas del claro-obscuro, mientras se levantaba en el horizonte una fina luna nueva. Este señor Lautrec es una persona muy agradable, alto, esbelto y rubio. Tiene unos ojos muy brillantes y muy rápidos, con los que parece que recorre el horizonte entero de una ojeada, y creo que su ingenio tiene la misma prontitud que su mirada.
Iba yo muy entretenida con lo que me decía, pero escuchándolo sin responder, intimidada por sus brillantes ojos, que se posaban a veces en mí como un relámpago, y avergonzada por la necedad de mi silencio, cuando el señor Kisseler vino involuntariamente en ayuda de mi torpeza. En una de sus piruetas, puso el pie en falso sobre una piedra, tropezó y se quedó bonitamente sentado en el camino, con el sombrero por un lado y el bastón por el otro. Sin turbarse absolutamente nada, sacó tranquilamente el pañuelo y se puso a enjugarse la frente con expresión satisfecha, como si el sueño de su vida se hubiera realizado al encontrarse allí gozando de un reposo definitivo. La carcajada fue general, pues la flema del señor Kisseler en tal aventura resultó irremisiblemente cómica. Fueron necesarias las instancias de sus amigos, que temían perder el tren, para decidirlo a levantarse del polvo donde estaba sentado y que le cubría la ropa. No fue floja tarea la de sacudírsela para ponerlo presentable.