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Amor y Pedagogía

Chapter 11: IX
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About This Book

The narrative follows an obsessive father who resolves to rear his son by scientific principles to counteract maternal sentimentalism, treating the child's development as an experiment and comparing individual growth to species evolution. The household includes a dreamy mother and a grotesque tutor whose eccentric doctrines and manipulations produce comic and unsettling outcomes. Through satirical episodes the work probes tensions between reason and feeling, the limits of pedagogical systems, and an ambivalent attitude toward science, literature, and language. Tone shifts between burlesque humor and philosophical reflection while characters often function as mouthpieces for ideological debate.

—¿De tonterías, mujer?

—¿Y de qué otra cosa más que de tonterías pueden hablar dos hombres solos que se están dale que le das á la sin hueso?

—Mira que tú...

—Sí, hombre, que yo entiendo muy bien de todo; te lo he repetido mil veces, hasta de tus extravagancias...

—Es que tú eres una excepción...

—No, la excepción eres tú, Fulgencio... ¿Cuánto va á que murmuráis de nosotras, de las mujeres?

—¡Pero qué cosas se te ocurren...!

—Vamos, Fulge, seme franco; ¿á qué estabais murmurando?

—Hablábamos de ciencia...

—Bien, vosotros los hombres llamáis ciencia á la murmuración...

—¡Pero qué cosas se te ocurren, Mira! ¡Y qué guapetona te conservas todavía...!

—Bueno, sí, te entiendo... ahora me vienes con piropos para despacharme ó para no contestarme... Vaya, deja eso, y ven á leerme un poco y luego á coserme unas cosas en la máquina.

—Pero...

—No, hombre, no, nadie lo sabrá, no tengas cuidado. Anda, deja eso, hombre, déjalo.


VIII

Ha corrido tiempo, Apolodoro ha crecido y cree don Fulgencio que ha llegado por fin el día de dirigírsele directamente. No le conoce más que de vista, de rápidas inspecciones.

Es día miliar para el futuro genio. Espérale el maestro en su sillón de vaqueta, al pie del Simia sapiens, medio oculto tras un rimero de libros, en la misteriosa penumbra del despacho. Entra Apolodoro con el corazón alborotado, y como viene de más claro ámbito, apenas ve nada, no más que, en la sombra, el rostro hierático de don Fulgencio, ribeteado por la leve luz cernida, con ojos que parecen no mirar, con el bigote lacio. El maestro contempla á este muchacho pálido y larguirucho, de brazos pendientes como si, aflojados los tornillos, colgaran de los hombros, de labio superior recogido que le deja entreabierta la boca.

—¡Mi hijo!—exclama don Avito tendiendo á él los brazos como quien muestra un género de mercancía.

—¡Nuestro Apolodoro!—añade con calma don Fulgencio, y como el muchacho calla—¡bueno... bueno... bueno... está crecido!

—¡Muchas gracias!—murmura Apolodoro sin moverse.

—Bueno, hombre, bueno—y el maestro se levanta para ponerse á pasear la estancia,—¡siéntate!

—¿Y yo?—dice don Avito.

—Usted... mejor es que nos deje solos.

El padre se va al maestro y le aprieta efusivamente la mano como diciéndole: «ahí queda eso; trátemelo con mimo», y sin atreverse á mirar á su hijo, sale. Apolodoro se ha dejado sentar y espera con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas.

—Bueno, hombre, bueno—y se detiene el filósofo un momento ante Apolodoro, le pone una mano sobre la cabeza, á lo que el mozo tiembla de pies á ella, le examina escudriñador, mientras los latidos del corazón sofocan al futuro genio, que mira al vacío,—bueno, hombre, bueno: ¿conque Apolodoro? ¿nuestro Apolodoro?

El mozo se sofoca y el sofoco le trae el recuerdo del pobre conejillo de antaño; esa mirada le desasosiega en lo más íntimo.

—¡Pero, hombre, di algo!

Y como un eco repite Apolodoro:

—¡Algo!

—¡Demonio de mozo, tiene gracia!

Y se sonríe el maestro.

El chico, repuesto ya algo, mira al Simia sapiens.

—¿Pero no se te ocurre nada más, muchacho?

—¿Y qué quiere usted que se me ocurra, don Fulgencio?

—Hombre, como querer...

—Mi padre...

—Pues bueno, sí, ataquemos las cosas de frente. En primer lugar que se te quite de la cabeza...

Detiénese el maestro; va á decirle que se le quite de la cabeza lo de ir para genio, pero al recordar que sólo aspirando á lo inaccesible puede cada cual llegar al colmo de lo que le sea accesible, se lo calla. En esto asoma la cara plácida y sonrosada de doña Edelmira, orlada por su rubia peluca, y después de envolver al mozo en una de sus inquisitivas miradas de presa, dice:

—Fulge, haz el favor de salir un momento; enseguida vuelves.

—Mira, Mira, no me llames Fulge—dice el filósofo á su mujer, cuando no les oye el chico.

—Sí, te entiendo; no importa.

Y quedan cuchicheando un rato. Entre tanto Apolodoro contempla en su memoria ese rostro sonrosado y plácido, aniñado, bajo la rubia peluca y sobre aquella figura corpulenta. Mira en derredor, al Simia sapiens y al Homo insipiens, ¿qué va á decir todo esto?

Entra don Fulgencio, se va derecho á su sillón en el que se sienta, y luego de haber escrito en su cuadernillo esta sentencia: «el hombre es un aforismo» empieza:

—Querido Apolodoro: Vienes iniciado ya, preparado á la nueva y grande labor que se te ofrece... ars longa, vita brevis que dijo Hipócrates en griego y en latín lo repetimos... Voy á hablarte, sin embargo, hijo mío, en lenguaje exotérico, llano y corriente, sin acudir á mi Ars magna combinatoria. Eres muy tiernecito aún para introducirte en ella, á gozar de maravillas cerradas á los ojos del común de los mortales. ¡El común de los mortales, hijo mío, el común de los mortales! El sentido común es su peculio. Guárdate de él, guárdate del sentido común, guárdate de él como de la peste. Es el sentido común el que con los medios comunes de conocer juzga, de tal modo que en tierra en que un solo mortal conociese el microscopio y el telescopio diputaríanle sus coterráneos por hombre falto de sentido común cuando les comunicase sus observaciones, juzgando ellos á simple vista, que es el instrumento del sentido común. Líbrate, por lo demás, de mirar con microscopio á las estrellas y con telescopio á un infusorio. Y cuando oigas á alguien decir que es el sentido común el más raro de los sentidos, apártate de él; es un tonto de capirote. ¡Zape!—y sacude al gato que se le ha subido á las piernas,—¿qué estudias ahora?

—Matemáticas.

—¿Matemáticas? Son como el arsénico, en bien dosificada receta fortifican, administradas á todo pasto matan. Y las matemáticas combinadas con el sentido común dan un compuesto explosivo y detonante: la supervulgarina. ¿Matemáticas? Uno... dos... tres... todo en serie; estudia historia para que aprendas á ver las cosas en proceso, en flujo. Las matemáticas y la historia son dos polos.

Detiénese á escribir un aforismo y prosigue:

—Te decía, hijo mío, que no frecuentes mucho el trato con los sensatos, pues quien nunca suelte un desatino, puedes jurarlo, es tonto de remate. Una jeringuilla especial para inocular en los sesos todos un suero de cuatro paradojas, tres embolismos y una utopia y estábamos salvados. Huye de la salud gañanesca. No creas en lo que llaman los viejos experiencia, que no por rezar cien padrenuestros al día le sabe una vieja beata mejor que quien no le reza hace años. Es más, sólo nos fijamos en el camino en que hay tropiezos. Y de la otra experiencia, de la que hablan los libros, tampoco te fíes en exceso. ¡Hechos! ¡hechos! ¡hechos! te dirán. ¿Y qué hay que no lo sea? ¿qué no es hecho? ¿qué no se ha hecho de un modo ó de otro? Llenaban antes los libros de palabras, de relatos de hechos los atiborran ahora, lo que por ninguna parte veo son ideas. Si yo tuviese la desgracia de tener que apoyar en datos mis doctrinas los inventaría, seguro como estoy de que todo cuanto pueda el hombre imaginarse ó ha sucedido ó está sucediendo ó sucederá algún día. De nada te servirán, además, los hechos, aun reducidos á bolo deglutivo por los libros, sin jugo intelectual que en quimo de ideas los convierta. Huye de los hechólogos, que la hechología es el sentido común echado á perder, echado á perder, fíjate bien, echado á perder, porque lo sacan de su terreno propio, de aquel en que da frutos, comunes, pero útiles. Ni por esto te dejes guiar tampoco por los otros, por los del caldero de Odín. Son éstos los que llevan á cuestas á guisa de sombrero, como el dios escandinavo, un gran caldero, enorme molde de quesos, cuyo borde les da en los talones y que les priva de ver la luz; van con una inmensa fórmula, en que creen que cabe todo, para aplicarla, pero no encuentran leche con que hacer el queso colosal. Es mejor hacerlo con las manos.

Detiénese para escribir: «La escolástica es una vasta y hermosa catedral, en que todos los problemas de construcción han sido resueltos en siglos, de admirable fábrica, pero hecha con adobes.» Y prosigue:

—Extravaga, hijo mío, extravaga cuanto puedas, que más vale eso que vagar á secas. Los memos que llaman extravagante al prójimo ¡cuánto darían por serlo! Que no te clasifiquen; haz como el zorro que con el jopo borra sus huellas; despístales. Sé ilógico á sus ojos hasta que renunciando á clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, especie única. Sé tú, tú mismo, único é insustituible. No haya entre tus diversos actos y palabras más que un solo principio de unidad: tú mismo. Devuelve cualquier sonido que á ti venga, sea el que fuere, reforzándolo y prestándole tu timbre. El timbre será lo tuyo. Que digan: «suena á Apolodoro» como se dice: «suena á flauta» ó á caramillo, ó á oboe ó á fagot. Y en esto aspira á ser órgano, á tener los registros todos. ¿Qué te pasa?

—¡Nada, nada... siga usted!

—Hay tres clases de hombres: los que primero piensan y obran luego, ó sea los prudentes; los que obran antes de pensarlo, los arrojadizos; y los que obran y piensan á la vez, pensando lo que hacen á la vez misma que hacen lo que piensan. Estos son los fuertes. ¡Sé de los fuertes! Y de la ciencia, hijo mío, ¿qué he de decirte de la ciencia? Lee el aforismo—y le mostró el cartel que decía: «el fin del hombre es la ciencia».—El Universo se ha hecho, fíjate bien, se ha hecho y no ha sido hecho ni lo han hecho, el Universo se ha hecho para ser explicado por el hombre. Y cuando quede explicado...

Irradian los fulgurantes ojos del filósofo y con tono profético continúa:

—¡La ciencia! Acabará la ciencia toda por hacerse, merced al hombre, un catálogo razonado, un vasto diccionario en que estén bien definidos los nombres todos y ordenados en orden genético é ideológico, órdenes que acabarán por coincidir. Cuando se hayan reducido por completo las cosas á ideas desaparecerán las cosas quedando las ideas tan sólo, y reducidas estas últimas á nombres quedarán sólo los nombres y el eterno é infinito Silencio pronunciándolos en la infinitud y por toda una eternidad. Tal será el fin y anegamiento de la realidad en la sobre-realidad. Y por hoy te baste con lo dicho; ¡vete!

Apolodoro se queda un instante mirando al maestro y recordando tras él á doña Edelmira. ¿Qué es todo esto? Al salir, en la calle, al pie de la puerta, encuéntrase con dos viejas que hablan; la de la cesta dice á la otra: «que más da, señora Ruperta, para lo que hemos de vivir...» El mozo recuerda el «¡qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!» de su madre, y los abrazos de ésta á su hermanita Rosa. Y luego se le representa esa muchachuela pálida, clorótica, á la que encuentra casi todos los días cuando va á clase de matemáticas, esa muchachuela que le mira con ojos de sueño. Y acuérdase enseguida cuando de niño vió á otros niños coger un murciélago, clavarle á la pared por las alas y hacerle fumar y cómo se gozaban con ello.

—¿Bien, y qué?—le pregunta su padre con ansia así que llega á casa.

El hijo calla y el padre se dice: «este chico es una esfinge... ¿germinará?»


Acaba de conocer Apolodoro á Menaguti, al melenudo Menaguti, sacerdote de Nuestra Señora la Belleza, ó como su tarjeta de visita dice:

Hildebrando F. Menaguti

poeta

poeta sacrílego, entiéndase bien.

—El amor, el amor lo es todo; toda grande obra de arte en el amor se inspira; no hay más tábano poético—Menaguti traduce estro—que el del amor; todos los trillamientos del alma—sabe que de tribulare vino «trillar»—del amor vienen; el amor es el gran principio hupnótico—aspirando la h—la Iliada, la Divina Comedia, el Quijote mismo y hasta el Robinsón en el amor se inspiran, tácita ó expresamente. Hay que hacer obra de amor, obra de arte; no hay más genio que el genio poético. Haz poesía, Apolodoro.


IX

¡Con qué ansia coge Apolodoro la cama, por las noches! Son entonces sus auroras, las fiestas de su alma. Recógese al frescor de las sábanas, acurrucadito, como estuvo, antes de nacer, en el vientre materno, y así, en postura fetal, espera al sueño, al divino sueño, piadoso refugio de su vida y tierra firme en que recobra ganas de vivir. Antes suele leer de alguno de esos libros que le ha dejado Menaguti y que á hurtadillas de su padre se lleva consigo y que esconde bajo la almohada. Al llegar á ciertos pasajes el corazón le martillea, y con la boca entreabierta, respirando anheloso, tiene que suspender durante un momento la lectura. ¿Es que luego sueña? Ni él mismo lo sabe desde que le hizo leer su padre una doctísima obra acerca del sueño, sus causas y sus leyes.

Espera al sueño y es su más dulce vivir el de esperarlo. El sueño es la fuente de la salud, porque es vivir sin saberlo. No sabe que tiene corazón quien le tenga sano, ni sabe que tiene estómago ó hígado sino quien los tenga enfermos; no sabe que vive el que duerme. En el sueño nadie le enseña nada. ¡Pero no! hasta el sueño, hasta el sueño le viene con ensueños, con pedagogía. ¿Dónde estará uno á salvo? ¿dónde habrá un sueño sin ensueños é inacabable? ¡Qué sueño el de la vida!

Acuéstase casi todas las noches proponiéndose atrapar al sueño en el momento preciso en que le arranque de la vigilia, darse cuenta del misterioso tránsito, pero no hay medio, siempre el sueño llegándole cauteloso y por la espalda, sin meter ruido, le atrapa antes de que él pueda atraparle y sin darle tiempo á volverse para verle la cara. ¿Sucederá lo mismo con la muerte?—piensa y pónese á imaginar qué será eso de la muerte, aun cuando asegura su padre que no es ni más ni menos que la cesación de la vida, la cosa más sencilla que cabe. Para don Avito no hay tal problema de la muerte; eso es un contrasentido; la muerte es un fenómeno vital.

Ese enjambre de ideas, ideotas, ideitas, idezuelas, pseudo-ideas é ideodes con que su padre le tiene asaeteado van despertándole ensueños sin forma ni color, anhelos que se pierden, ansias abortadas. ¡Vaya un caleidoscopio que es el mundo! Pero un caleidoscopio que huele y que huele á perfumes que encienden la sangre, sobre todo en primavera y en la juventud. «Papá ¿por qué huelen las flores?» había preguntado una vez, y su padre: «¡para atraer á los insectos, hijo mío!» Y «¿para qué atraen á los insectos?» «¡Para que llevando el polen de unas en otras flores, las fecunden y den fruto!» Y «¿qué es eso de fecundar?»... ¿Qué le había contestado á esto su padre? No lo recordaba ya. Los libros que le prestara Menaguti sí que lo explican todo, lo hacen sentir. ¡Y pensar que su padre le privara de tales libros...! Poesía, dulce poesía, derretimientos de amor, suspiros y ternezas, crudezas á las veces.

¡Qué caleidoscopio es el mundo! Y todo con su rotulito á la espalda, por el otro lado, por el que no se ve, todo con su correspondiente explicación. ¡Vaya una ocurrencia que es el mundo!

¡Qué de cosas pasan en el campo, y qué de cosas pasan en la calle! Coches, carros, caballos, perros, con sus esqueletos dentro de la carne, hombres, mujeres... ¡mujeres! algunas altas, fuertes, carnosas, corpulentas, de sangre caliente, con corazón y entrañas, con alto seno que al andar les tiembla, y algunas ¡cómo miran al muchachuelo! ¡cómo huele el mundo!

Hoy en que ha ido á recibir la palabra de don Fulgencio se ha colado al encontrar abierta la puerta deteniéndose á la entrada del santuario. Esto está mal hecho, pero... Don Fulgencio, ¿era él? tenía junto á sí á doña Edelmira, ciñéndole con un brazo el robusto talle, acariciándole con la mano del otro brazo la barbilla. La madurez de la venerable matrona respiraba juventud; relucía su peluca.

—Tú, tú sola has creído en mi genio. Mira—y la atraía á sí.

—Sí, un genio tan bueno, tan pacífico, tan complaciente...

—Pero ¡qué cabellera de oro!

Y le pasaba la mano por la peluca.

—¡No seas burlón!—contestaba ella, ruborizándosele la frente.

—¿Burlón? ¿qué, es postizo? ¿y qué? ¿no somos nosotros mismos postizos y quitadizos?

Y le ha dado un beso.

—¡Treinta años. Fulge, treinta años!

—¡Treinta años, Mira!—y la ha abrazado, añadiendo:—¿te acuerdas?

Lo demás no ha podido oirlo Apolodoro porque doña Edelmira se ha levantado de pronto, exclamando: «quién anda ahí?» y ha entrado él enteramente confuso. Así es que el maestro no ha dado hoy pie con bola, y ahora se sueña Apolodoro con doña Edelmira.


Le tiene encargado su padre que le ponga por escrito su concepción del universo, y por más vueltas que le da á la cosa en la cabeza, nada sale. En primer lugar, ¿tiene acaso concepción alguna de semejante universo? ¿Concebirlo? si es que apenas empieza á olerlo.

Y allá va, puesto que está tan buena la tarde, preocupado con lo de la concepción, camino del río, á la alameda. Es un día sereno y tibio de primavera; ábrese al sol cual verde plumoncillo el naciente follaje de los álamos; sonríe el río; está terso el océano del cielo, sin más que ligera espuma de nubes al occidente; sustancioso y henchido de aromas el aire. Siéntase el mozo en el césped; ciérnense vilanos por el aire. Al otro lado del río la ciudad, con sus torres y chapiteles, cual inmensa floración de piedra, primaveral también, refléjase en el espejo tersísimo de las mansas aguas, así como el bruñido azul de que se destaca, y de tal modo se reflejan que parece continuarse el cielo en el río y que es la desdoblada imagen de la ciudad friso en mármol cerúleo burilado, esmalte sin bulto. Es un libro abierto. Y recuerda cuando de niños cogían cabezas de moscas y las aplastaban en un papel doblado para obtener una figura simétrica, el principio del caleidoscopio. Y mira los álamos reflejados en las aguas y recuerda los versos de Menaguti:

En el cristal de las fluyentes linfas
Se retratan los álamos del margen
Que en ellas tiemblan,
Y ni un momento á la temblona imagen
La misma agua sustenta...

El alma de Apolodoro se vierte y empapa en esta visión; no se siente respirar; no tiene el hermoso esmalte inscripción alguna á la trasera, en el lado que no se ve, ni siquiera tiene, por no tener, semejante invisible lado. ¡Qué sueño, qué dulce sueño! ¡qué sueño con los ojos abiertos y abierta el alma á la visión de primavera!

De pronto ahora le llama el corazón con un latido, vuelve la cabeza y tras la ráfaga de esos ojos, sólo ve dos trenzas rubias que por la espalda le caen, como dos ramas de un árbol florecido, y abajo el arranque del tronco. El pobre corazón le toca á rebato, ¿qué es esto? De vuelta á casa se pone á escribir febrilmente su concepción del universo, pero tiene que suspenderla, para escribir versos.

—¿Versos? ¿versitos, hijo mío?—exclama su padre al sorprendérselos, y como él calla, añade:—Como ensayo, para probar de todo... ¡pase!

—¿Es que no hay genios poetas?

—Los había, hijo mío, los había, cuando las gentes apenas se fijaban más que en lo que se les decía en verso, pero el genio moderno no puede ser más que sociológico, y la poesía es un arte de transición, puramente provisional... Y tu concepción del universo, ¿cómo va?

—Poco á poco, padre.

Mas todo recato es inútil; don Avito sorprende al cabo libros, grabados, papeles, dibujos, y se queda perplejo. Y es Marina, la madre, la pobre Materia soñolienta, la que entre sueños dice un día:

—Eso es que el chico está enamorado.

—¿Enamorado? ¿mi hijo enamorado? ¡No digas disparates! No puede ser...—Y como la pobre madre sonríe triste y silenciosa, añade el padre:—¿Es que sabes algo?

—Yo, no.

—¿Entonces?

—¡Bien claro se ve! ¿qué otra cosa va á ser?

—¡Lo verás tú... en soñación! ¡Vaya un desatino! ¿Iba á atreverse á enamorarse á su edad? ¡si apenas es púber...!

Y la voz del demonio familiar: «caíste, y como tú caíste caerá él, y caerán todos y estaréis cayendo sin cesar.» Y da en cavilar y acaba por convencerse de que hay algo y resuelve reñir la más ruda batalla para salvar al genio. Y siente un momentáneo acceso de indignación contra Marina que se le ha adelantado en descubrir el secreto, que ha dado á luz un hijo capaz de enamorarse tan joven, que le enamoró á él mismo antaño. ¡El amor! ¡siempre el amor atravesándose en el sendero de las grandes empresas! ¡qué de tiempo no ha hecho perder á la humanidad ese dichoso amor! Es inevitable tal vez, ¡herencia materna! ¿no se enamoró acaso de él Marina? ¿no sigue después de todo, y bien consideradas las cosas, enamorada todavía?

Fáltale tiempo para ir á ver á don Fulgencio.

—¡Se ha enamorado!

Y cuando espera otra cosa oye la voz flemática del filósofo, que dice:

—¡Es natural!

—Natural sí, pero...

—¿Pero... qué?

—¡Que no es racional!

—La naturaleza supera á la razón.

—Pero la razón debe superar á la naturaleza.

—Sale la razón de la naturaleza.

—Pero debe la naturaleza entrar en razón.

—Es el Hado—replica secamente don Fulgencio, molestado por la contradicción que ahora le hace don Avito.

—¿Y contra el Hado?

—¡El Hado mismo!

—¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¡se ha enamorado! No vamos á tener genio...

—¿Es que los genios no se enamoran?

—No, los genios no pueden enamorarse.

—Y además, quítesele de la cabeza lo de hacerle genio; harto haremos con que se nos quede en talento.

—¡Se ha enamorado! Y ahora, ¿qué hace la pedagogía?

—Pero entendámonos, amigo Carrascal; ¿el mozo está enamorado abstracta ó concretamente?

—No lo entiendo.

Y abre los ojos en espera de algo estupendo.

—Quiero decir si está enamorado de una muchacha ó mujer determinada, individual y concreta, ó si está enamorado tan sólo de la mujer en abstracto.

—¿En abstracto?

Y se queda Carrascal como quien ve visiones.

—En abstracto, sí. El amor, amigo don Avito, no es nominalista sino realista, no sube de lo concreto á lo abstracto, sino que baja de lo abstracto á lo concreto, es más platónico que aristotélico, empieza por enamorarse de la mujer y en cada individuación de ella no ve más que el género; sólo más tarde parece concretarse... Parece, sí, porque en realidad sólo se concreta en las pasiones heroicas, en las históricas, en las que han pasado á la leyenda, porque en ellas se concreta en absoluto lo abstracto. Julieta, Beatriz, Dido, Isabel de Segura, Carlota, Manon Lescaut, son concretos-abstractos...

«¡Qué lío!»—le dice á Carrascal su demonio familiar, y ya en la calle, se dice: «¡Se ha enamorado! ¡se ha enamorado! ¿Y si este amor se concreta?»


X

Y se ha concretado al fin el amor de Apolodoro. Ha sido en casa de su maestro de dibujo, á donde acude, con otros mozos, á perfeccionarse.

El bueno de don Epifanio, gran artista fracasado según muchos, ha llegado á cobrar hondo cariño al mozo. Mientras le corrige el dibujo suele decirle:

—Hay que vivir, Apolo, hay que vivir y lo demás son lilailas.

No agradan mucho á don Avito las peculiares ideas ó según él no ideas, anideas, de don Epifanio, pero acaso estorben las ideas para enseñar dibujo. Y transige. ¡Lleva tanto transigido ya!

Alguna vez, al salir ó entrar en el estudio, al que se pasa por las habitaciones privadas del maestro, ha visto Apolodoro pasar, semi-flotante, sin hacer ruido, por la penumbra, una visión de doncella. Otra vez ha descubierto, por una puerta entreabierta, allá en el fondo, junto á un balcón cerrado, envuelta en la mansa luz que los visillos tamizaban, una figura encorvada sobre la blanca labor, algo como eternizado en cuadro de ingenua mano, cosa no de bulto, algo como la flor de aquel ámbito de doméstica penumbra, tranquila violeta de hogar. La luz ribeteaba con luminosa franja los contornos de su rostro, que cual emplomada pintura de vidriera se mostraba, su entreabierta boca parecía orar en silencio, mientras el inclinado seno se le alzaba y bajaba con lento ritmo. Apolodoro se enajenó en la visión.

Y ahora sale Clarita á abrirle la puerta, con una sonrisa desintencionada, con juguetones ojos, ¡qué ojos! ¡qué ojos tan persuasivos, tan sugestivos, tan educativos, tan pedagógicos! ¡viviente invitación á la vida, constante lección de sencillez y de amor! Balbuce Apolodoro sus buenos días y se ruboriza ella al oirle balbucir.

—¡Pase usted, Apolodoro, pase usted!

«¡Que pase! ¡oh, que pase! ¡Qué música de palabras! ¡qué talento de muchacha! ¡qué evolutiva! ¡qué selectiva! ¡qué subconciente! ¡qué inmanente! ¡qué trascendente! ¡qué integral! ¡qué cíclica! ¡Que pase, oh, que pase! En estas palabras se resume todo. ¡Ciencia pura! ¿Ciencia? Algo más, sobre-ciencia. ¡Algo más aún! ¿Algo más?» Y entra Apolodoro tropezando, y al tropezar le roza la mejilla un rizo de la muchacha, pámpano de aquella vid de hogar, y siente luego el mozo comezón allí, y más tarde, á solas, bajo el latido del corazón, se lleva los dedos al punto del roce y los besa y hasta se los lame.

Pero ¿de dónde le sale está súbita resolución, tan poco pedagógica aunque tan genial? Se le altera la sangre; muda de piel espiritual y brota en él un nuevo hombre, el hombre. Emprende ahora su corazón un galope, y este galope le echa á la cabeza un ataque de amor. Sí, son ataques, estallidos de amor, de amor lancinante, accesos que le sobrecogen en cualquier parte, con la amorosa imagen chorreando vida. Sí, «hay que vivir, hay que vivir y lo demás son lilailas», lo dice el padre de la vida. Ya tiene Apolodoro con que hacer sus furtivas escapatorias al triste jardín del deleite. Se le abre el mundo.

—Es menester que te penetres bien de la importancia de la ley de la herencia—le dice don Avito.

—Sí, padre, la estoy estudiando.

—Pero á fondo.

—¡Qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo!—suspira la Materia.

Y espía Apolodoro el momento, que ha estado á punto de lograr hace poco, pero habiéndosele desvanecido Clarita, con su sonrisa á que hace de amoroso ámbito el hogar. Porque este hogar ¿es una difusión de su sonrisa, ó es acaso ésta una concentración del hogar? Algo barrunta, sin duda, la doncella, pues sus ojos miran más hondo y sus labios se entreabren más al ver á Apolodoro.

¿Y don Epifanio? Algo debe de saber también, porque ¿no da otro tono á sus plácidas sentencias? ¡Qué sentencias! ¡Qué talento de hombre! ¡haber sabido hacer esta hija! Un talento inconciente, es decir, genial. ¿Cómo va á comparársele don Fulgencio? ¡Para aforismo y Ars magna y filosofía rítmica sobre-humana Clarita, Clarita! «¡Esas son teorías!» como dice con resignación el padre, don Epifanio.

¡Por fin! ¡qué trote el del corazón! No le deja oirse, no le da respiro, le ahoga. Y Clarita, también suspensa, anhelante, espera el parto del solemne silencio.

—Clarita... Clarita... haga el favor... lea esto—y deslizándole la carta, entra al estudio.

—Vamos, hombre—le dice ¿con sorna acaso? don Epifanio;—parece que vienes sofocado... No hay que correr, Apolo, no hay que correr; al paso se llega antes... Anda, acaba esa pierna y no le pongas tan duras las sombras.

Y hoy, trascurrido de esto un día, parece que la casa toda, el colgador del pasillo, los grabados, que todo se le esfuma en torno á ella; todo su cuerpo, su aire, su aliento, son una anhelosa pregunta.

—Bueno, ¿y qué me dice usted?

—¡Que... sí!

¡Oh, se siente genio!

—¡Gracias, Clarita, gracias!

—¿Gracias? ¡á usted!

—¿Usted?

—A...

—A ti—y entra triunfador y resuelto.

Entra en la vida. Los amorosos ataques irán cesando, convirtiéndosele en continuo é incesante hormigueo crónico.

En cuanto á Clarita ya tiene novio como las más de sus amigas, y ahora va á saber qué es eso y de qué hablan los novios y qué se dicen. Tiene ya novio, es mujer.

El Amor, como niño que dicen que es, enseña á Apolodoro una infantil astucia, y es que se haga amigo de Emilio, el hermano de Clarita, y entre así más dentro de la casa. Y don Epifanio como si no lo viese, pero en la mesa, al tiempo de comer:

—¡Vaya con Apolo! ¡vaya con Apolo!

—Es algo raro—dice Emilio.

—¡Psé! cada cual es como le hacen y cada uno con su cadaunada...

—¡Si vieras qué cosas le decía su padre la otra tarde!...

—¡Filosofías! ¿No comes más de eso, Clarita?

—No, no tengo ganas.

—Por tu cuenta, allá tú, pero sin comer ni...

—El otro día me estuvo hablando de dónde venimos y á dónde vamos... ¡qué sé yo!

—¡Psé! de alguna parte vendremos... ¡Déjate de eso!

—¡Y lee unas cosas!

—¡Bah! ganas de perder el tiempo que nos dió Dios para ganarnos la vida.

Y Apolodoro va metiéndose en la casa y empieza á hacer, á excusa de su amistad con Emilio, largas estancias en ella, mientras parece decirse don Epifanio: «¡qué le hemos de hacer!» y don Avito se dice: «¡pero dónde se mete este muchacho!...» y Marina no dice nada.

¿Y de noche, en estas noches de invierno? La roja lumbre del hogar enciende el ámbito en rubor reflejándose en el fuelle, en las tenazas; Clarita ante las llamas que danzan retira con la mano los vestidos para que no se le caldeen y asoman los piececitos; la lumbre le enciende la cara, y resbala por ella, por su tez cual pellejo de albaricoque, de dulce albaricoque de estufa, con su pelusilla para coger y cerner luz. Y los ojos, unos ojos hechos tan sólo para mirar tranquilos. ¡Oh, qué animal! ¡qué gracioso animal doméstico esta muchacha! Una gatita sobona, runruneante, pegajosa, silenciosa... ¿Y cuando habla? ¡qué hermosas simplezas dice! Sobre todo cuando pueden cruzarse la palabra á solas, un momento, en el zaguán.

—Hoy te he visto, Apolodoro.

«¡Hoy me ha visto! ¡que me ha visto hoy! ¡pero qué buena es este ángel de Dios! ¡hoy me ha visto, me ha visto con esos ojos sin mancha; hoy he estado en ellos, chiquitico, patas arriba, acurrucadito en las redonditas niñas de sus ojos virginales!» Y al retirarse se dice: «no he estado bastante tierno, no le he dicho lo que pensaba decirle... volveré... estoy por volver á decírselo... ¡mañana!... ¡mañana!» Y es siempre mañana y ciérnese siempre lo más tierno, lo inefable, en el silencio, sobre el gorjeo del amor.

Emilio por su parte se da aires de protector, parece estar diciendo de continuo á su hermana con su actitud: «mira, que sé tu secreto», mas á la vez empieza á pensar que esto no está bien, que no es serio ni formal, que hay que decir algo á los padres; ¡andar así cuchicheando, á hurtadillas, en el zaguán y en las escaleras! Y ¡qué tontos son estos novios! ¡qué babosos!

«Pero ¿qué es esto? ¿qué le pasa á mi hijo?—piensa don Avito;—parece otro... ¿estará sufriendo alguna enfermedad de la personalidad? ¿tendrá alguna honda perturbación en la cenestesia? ¿estará de muda? ¿tendrá la solitaria? ¿le estará entrando alguna monomanía? ¿será la incubación del genio? ¿estará en el momento metadramático, en el instante de la libertad, próximo á parir su morcilla? ¿se le estará concretando el amor?» Y el demonio familiar le repite: «caíste, caíste, y como tú caíste cae él ahora y volverá á caer y caerán los hombres todos.»

Y Apolodoro siente de noche, en la cama, como si se le hinchase el cuerpo todo y fuera creciendo y ensanchándose y llenándolo todo, y á la vez que se le alejan los horizontes del alma y le hinche un ambiente infinito. Empieza la Humanidad á cantar en él; en los abismos de su conciencia sus pretéritos abuelos, muertos ya, canturrean dulces tonadillas de cuna á los futuros nietos, nonatos aún. Revélasele la eternidad en el amor; el mundo adquiere á sus ojos sentido, ha hallado sendero el corazón, sin tener que galopar á campo traviesa. El ruido de la vida empieza á convertírsele en melodía; medita, comprendiéndolo ya, en aquello de los juicios sintéticos y de las formas a priori de Kant, sólo que el único juicio sintético a priori, el interno ordenador del caos externo es el amor. Toca la substancialidad de las cosas, su tangibilidad por el tacto espiritual; le es ya el mundo de bulto, macizo, sólido, con contenido real. Esto es lo único que no necesita demostrarse, que se demuestra por sí, mejor dicho que no se demuestra, que es indemostrable. Esto no es teatro, diga lo que quiera don Fulgencio; ha entrado al escenario aire de la infinitud, de la inmensa realidad misteriosa que al teatro envuelve.

Y ¡qué lumbre! ¡qué lumbre se le ha encendido en el corazón! ¡cómo alumbra su propio hogar! ¿Hogar? «¡Pobre padre!»—le dice su demonio familiar con voz tenue, mostrándole su hogar á la nueva luz—«¡pobre madre!» ¿Por qué es, porque cogiéndole hoy su pobre madre, la soñadora, cogiéndole en brazos le ha dado un beso, sollozando: «Luis, mi Luis, Luis mío, Luis?...» Un beso intempestivo, ilógico, sin ilación, un beso que ha arrancado lágrimas á madre é hijo.

—¡Oh, tu padre!—ha exclamado la Materia despavorida al oir un rumor.

Y aquí que entra don Avito diciendo:

—Se habla de un ingeniero industrial que ha descubierto la trisección del ángulo...

Esta noche sorpréndese Apolodoro con que las oraciones que de niño anidara en su memoria la madre le revolotean en torno á la cabeza, rozándole los labios á las veces con sus tenues alas. Y tras un «¡pobre padre!» susurrado mentalmente encuéntrase con el padrenuestro en la boca.

Y piensa en su madre y se le va el alma al pensar en ella. Y bajito, muy bajito, en silencio casi, le susurra al oído del alma el demonio familiar: «¿No has notado como se parece Clarita á tu madre?»


XI

Con la invasión del amor ¡qué marea de melancolía! Es un sentir la vida como un derretimiento, es un soñar en dormirse para siempre en brazos de Clarita.

Va de paseo á orillas del río; de los blancos álamos nievan aladas semillas, copos de vida. Y ve que se agolpan las gentes á contemplar algo. Es que va flotando en las aguas, llevado por la corriente, un hombre muerto. Parece dulcemente dormido, mecido por las ondas suaves. Va á posarse sobre él una de las mullidas simientes de los álamos.

«El hombre vivo va al fondo, muerto flota»—piensa Apolodoro, y empieza al punto á cavilar, con la sangre paterna, en el principio de Arquímedes—«pesa ahora menos que el agua... peso específico menor que cero; de vivo pesaba más que ella, por encima de cero... luego la vida pesa... la vida pesa y la muerte aligera... ¡Duerme! duerme...

Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco
á llevarse á las niñas
que duermen poco...

¡pobre madre!...» «Ya te tengo dicho que no le cantes esos desatinos, que no le mientes al Coco, ¡Marina!...» Esta es la letra, letra paterna, mientras la música, música materna, va cantándole por debajo: «vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida... vida... sueño... muerte... muerte... sueño... vida...»

«¿Y si esa alada simiente posara en él y en él prendiese y fuera flotando el cuerpo por el océano, isla errante, llevando plantas? La circulación universal... omne vivum ex ovo... ex nihilo nihil fit... el círculo vital... trasformación de materia y fuerza... conservación de la energía...

Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco...

lo Inconocible... lo Inaccesible...»

—Es un espectáculo bien poco artístico.

Vuélvese y se encuentra de manos á boca con Federico. Reprime un gesto de impaciente porque le inquieta y desasosiega este Federico, sonriente siempre, pero con sonrisa de máscara.

—¿Usted por aquí, por el campo, Federico, usted?

—¡Psé! de vuelta de una visita. Además conviene verlo de vez en cuando para mejor apreciar luego los encantos únicos de la ciudad, única morada digna del ser racional, pues el campo lo es del animal humano.

Apolodoro procura distraerse; no puede resistir la roja corbata de Federico, esponjosa é hinchada, que le revienta del cuello.

—Algún melancólico—dice Apolodoro como hablando consigo mismo,—monomanía... lipemanía...

—No—contesta Federico,—alguno á quien aterraba la muerte.

—¿Pues cómo?

—Se entregó á ella sin duda porque la odiaba, como se entregan á la mujer algunos hombres...

—¡Paradojas!

—¡Tal vez! Sólo se suicida el que odia á la muerte; los melancólicos enamorados de ella viven para gozar en esperarla, y así cuanto más tiempo la esperan, más tiempo gozan, y el melancólico es ante todo y sobre un sensual, un... ¡cuerpo de Baco, qué crimen!

—¿Cuál es el crimen?—y se vuelve Apolodoro.

Pasa un joven dando el brazo á una muchacha cuyos ojos, fijos en él, parecen flores de vida. Apóyase la muchacha perezosamente en su hombre.

—¡Qué chica más hermosa era!—exclama Federico.

—Y lo es.

—Ya no; ha perdido la virginal inmadurez; ese bárbaro la ha hecho fructificar... ¿Ve usted ese talle? Eso es un crimen, un crimen que debiera castigarse...

—Pero si es su marido...

—Eso es un crimen, digo. Hay que restablecer las vestales y que quemen de continuo incienso en el altar de Citerea... ¡bárbaro!

—Pero si es un excelente sujeto...

—Todo el que se apodera y hace dueño de una mujer hermosa es un bruto. Una belleza debe ser el noli me tangere, el «mírame y no me toques» del vulgo, es para los ojos tan sólo.

—No pensaba usted así...

—Hace tres días, ¿no es eso? ¡Exacto! Las ideas duran como las corbatas, hasta que se gastan ó pasan de moda.

Apolodoro se queda mirándole á la insolente corbata.

—El otro día conocí al fin á su padre de usted, á don Avito. Es un sujeto interesante. Le felicito...

Siente Apolodoro que algo así como una bola le tapona el gaznate, y le entran ganas de arrancar á Federico la corbata y de tirársela al río.

—Sus concepciones pedagógicas ofrecen tanto atractivo como las concepciones opuestas... Eso de la pedagogía no ha entrado aún en un campo verdaderamente experimental, aunque, por lo visto, algo ha intentado en tal sentido su señor padre de usted...

Y como Apolodoro calla, dice de repente Federico:

—¿De modo y manera que queremos á Clarita?

—¿Queremos?—preguntó Apolodoro al notar que el otro recalcaba la palabra.

—Queremos, sí.

—Pero es que queremos...

—Es primera persona del plural del presente de indicativo, plural de yo, según dicen, aunque no veo porque ha de ser más plural de yo que de tú, puesto que se trata ahora de usted, que es un tú y de mí...

—Los dos somos yos...

—Y los dos tús.

—Sin duda.

—Luego si por una parte es usted un yo y yo otro yo, y por otra parte usted un tú y yo otro tú, resultamos ser los dos yo y tú á la vez. Bien dijo el filósofo, que todo es uno y lo mismo. De donde resulta que queremos los dos á Clarita.

—¿Queremos?

—¡Sí, la queremos, usted... y yo!

—¿Y usted?

—¡Sí, yo!

—¿Usted?

—Sí, yo; y la cosa es clara, amigo Carrascal, usted la quiere, yo la quiero, ella es querida por los dos y decide entre ambos...

—Pero...

—Sí, hombre, sí, que no reconozco aquí el derecho de primer ocupante ó pretendiente á ocuparla y que aspiro también, como usted, á la posesión de Clarita. Simple cuestión de concurrencia.

—Es que...

—Es que no tienen usted y ella celebrado ningún contrato y no sé por qué, aunque estén ustedes en relaciones, no he de intentar yo romperlas.

—¿Pero en tal concepto la tiene usted?

—Hombre, usted me es útil, me ha preparado el terreno, la ha aficionado á tener novio, es mi precursor...

—¿Y sería usted capaz de estropearla, si llegase el caso?—exclama de pronto, como por súbita inspiración, Apolodoro.

—¡Bah! Esa obligación del respeto á las vírgenes hermosas sólo reza, como tantas otras cosas, con los demás...

«Pero ¿por qué no le pego?—piensa Apolodoro—debo pegarle... Y para qué... para qué... papá dice que no hay por qué ni para qué sino cómo... Y ¿cómo le pego?»

—Quedamos, pues, amigo Apolodoro, en que la queremos los dos y será menester que ella se decida por uno...

«¿Por quién me tomará este hombre?»

—Bueno, que decida ella...

—Es sin duda la posición más despejada y más gallarda. Además, si se decide por mí dejándole á usted, en tal caso, claro está, no merece que usted se inquiete ni lo tome á pechos, porque una novia que deja así á su novio, sin más que por atravesarse otro en el camino... Pero ¿en qué piensa usted, amigo Carrascal?

—¡Ah, es verdad! ¿decía usted?

—Hombre, bien podía su padre que tantas otras cosas le ha enseñado, haberle enseñado educación.

—¿Educación?

—Sí, educación. ¿No sabe usted lo que es?

—No ocupa puesto en la clasificación genética de las ciencias.

—Pero qué guasón está usted...

—¿Guasón? No sé lo que es eso.

—¿Y usted pretende á Clarita?

«Pero por qué no le pego... para qué no le pego... cómo no le pego...» Y llegan así á la entrada de la ciudad.

—Conque quedamos en remitir á ella el pleito y que lo decida, ¿no es eso? ¡Y tan amigos! Hasta más ver.


¡Qué laxitud! ¡qué enorme laxitud! ¡qué ganas de derretirse con la ciencia toda acumulada en su cerebro! «Y toda esta ciencia, cuando yo muera y mi cerebro se descomponga bajo tierra, ¿no se reducirá á algo? ¿en qué forma persistirá? porque nada se pierde, todo se trasforma... Equivalencia de fuerzas... ley de la conservación de la energía... ¡Ay, Clarita, mi Clarita! ¡Qué vida ésta, Virgen Santísima, qué mundo! Y todo ¿para qué? ¿qué más da? Ese Federico, ese Federico... ¿habrá querido burlarse de mí? ¿llevará á cabo sus propósitos? ¿la pretenderá? Pero ella no me dejará, no puede dejarme, no debe dejarme, no quiere dejarme... ¿Me quiere? ¿Hay modo de saber cuándo una mujer nos quiere? ¿Quiere de veras una mujer? ¿me quiere? Ese Federico... ese Federico...»

—Luis, Luis mío...

—¿Mamá?

—La he visto, la he conocido, Luis, la he conocido... me gusta.

—¿Te gusta?

—Sí, Luis, me gusta... Aquí está papá, Apolodoro.

Y Apolodoro se retira á trabajar en un cuento largo ó pequeña novela, sentimental y poética, que trae entre manos, porque le ha entrado, á despecho de su padre, una gran comezón por ser literato, puro literato, no pensador, ni filósofo, ni sociólogo, sino poeta, aunque sea en prosa, y cuenta las angustias de un primer amor y lima y acaricia la forma que quiere salga amorosa y dulce al oído y se esmera en los remates psicológicos, y á tal propósito analiza sus propios sentimientos y va ya á sus entrevistas de amor con una finalidad artística. Empieza á amar para hacer literatura y ha erigido dentro de sí el teatro y se contempla y se estudia y analiza su amor.

«Porque... vamos á ver; después de todo, ¿no me aburro con Clarita? ¿no es estúpida la conversación que me da? ¿tiene acaso algún ingenio la pobre muchacha? ¿dice más que gansadas y vulgaridades? La quiero por inercia, por hábito; soy una víctima del amor. Sé todo esto, pero así que me encuentro á su lado lo olvido ya y no discurro. Y en cuanto á guapa... no, no es guapa; es como tantas otras... pero, sí, ¡es la más guapa! ¿No será que me he acostumbrado á su cara?»


XII

¿No está hoy Clarita displicente? ¿no se distrae sin motivo justificado? Contesta, no á lo que Apolodoro le pregunta, sino á lo que ella cree que le iba á preguntar, y aunque esto sea genuinamente femenino ¿no indica algo? Mas no se puede hablarle de Federico, ni siquiera dejarle presumir que se presume algo. Y don Epifanio mismo ¿no parecía hace poco con cara de pocos amigos? Hay que redoblar la ternura.

—Tú, tú eres la verdadera Pedagogía, mi pedagogía viva, mi pedagogía—y se le acerca.

—No me pongas ese nombre tan feo...

—¡Es verdad, Clara, mi Clara, Clarita!

Silencio. «Pero ese Federico...»—piensa Apolodoro, á quien saca de su ensimismamiento este disparo:

—¿Oyes misa, Apolodoro?

—Como tú quieras, Clarita—y al decirlo álzansele las figuras de su padre y de don Fulgencio, como dos nubarrones, sobre la conciencia.

—Como yo quiera... como yo quiera no... ¿la oyes?

—Pues no, no la oigo, pero la oiré—y piensa: «acaso oyéndola disipe á Federico...»

—¿Rezas por las mañanas al levantarte y al acostarte por las noches?

—Rezaré.

—Pero tu madre...

—Mi madre no es nadie en casa...

—Debes ir á ver á don Martín, no te quiero judío...

—Es que...

—Es que no te quiero judío.

—Bueno, Clarita, pero mira...

—¿Irás á ver á don Martín?

—¿Para que me convierta?

—¿Irás á ver á don Martín?

—¿Pero para qué?

—¿Irás á ver á don Martín?

«¡Qué irracional es una mujer!» piensa, y en voz alta:

—Iré á ver á don Martín.

—¿Conque irás á ver á don Martín?

—Sí, mujer, sí, iré á verlo.

—Bueno, así te quiero.

—¿Así me quieres? ¿me quieres así? ¿me quieres? ¿me quieres, dí? ¿me quieres? No bajes los ojos; vamos, Clarita, sé buena; ¿me quieres?

—Ya lo sabes...

—Ya lo sabes, no; ¿me quieres?

—Pero, hombre, eso no se pregunta.

—Sí, se pregunta, se pregunta eso; te he prometido ir á ver á ese don Martín; dí, ¿me quieres?

—Pues bueno, sí.

«Pues bueno, sí... este «sí» con ese «pues bueno»... ese Federico... ese Federico...»

Sepáranse y apenas separados se pone Clarita, cándidamente, á contestar á Federico. Y piensa: «Me gusta ese chico y presenta la cuestión muy clara; quiere que despache á Apolodoro para tomarle á él. Apolodoro ¡pobrecillo! ¡es tan bueno, tan infeliz! ¡me quiere tanto! Y yo ¿le quiero? Y ¿qué es eso de querer? ¿qué será eso que llaman querer? No, no está bien hecho despacharle así, después de haberle admitido, pero... ¿por qué no está bien hecho? Ellos nos dejan por otra cuando esta otra les gusta más: ¿hemos de ser nosotras menos que ellos? Y el otro ¿me gusta más acaso? A papá creo que no le hace mucha gracia Apolodoro, le parece algo estrafalario, pero... ¡es tan bueno! ¡tan infeliz! ¡me quiere tanto! Federico es más elegante, parece más listo, es menos raro, es más... En fin, allá ellos, que lo arreglen; le diré á Federico que sí y que no, que estoy comprometida pero que no estoy comprometida, y no le daré esperanzas ni se las quitaré tampoco. Y luego que riñan ellos y á ver quién puede más; que será Federico, de seguro... Me parece más hombre.» Y contesta á Federico unas cuantas ambigüedades que le esperanzan.

Y el pobre Apolodoro quiere ser algo, quiere ser algo por ella y para ella, y trabaja en tanto en su novelita. Tras horas de meditación se levanta desesperanzado diciéndose: «jamás seré nada». Y al salir de su cuarto ve pasar la imagen de su madre, con un suspiro mudo en los labios y la indiferencia del estupor crónico en los ojos.

«Voy esta noche á provocar una escena que me hace falta, la escena en cuya descripción estoy atascado... No puede dudarse de que una novia, aparte de otras cosas, es un excelente sujeto de experimentación literaria. Tiene razón Menaguti, los grandes amores tienen por fin producir grandes obras poéticas; los amores vulgares terminan en hacer hijos, los amores heroicos en hacer poemas ó cuadros ó sinfonías. Veremos esta noche.»

He aquí la noche y Apolodoro, en el portal, se siente más osado, atrayéndole su novelita por delante mientras la sombra de Federico le empuja por detrás. Empieza el corazón á martillearle la cabeza, coge á Clarita y de buenas á primeras la abraza, dejándose ella hacer. «Estoy conquistador, resuelto, masculino.»

—¿Me quieres?

—Ya lo sabes, pero déjame... déjame...

Y apretándola contra su pecho, con voz sofocada:

—Ya lo sabes, no; ¿me quieres?

Se le escapa á ella un sí.

—¿Sí, nada más?

—Pues ¿qué quieres que te diga? pero déjame... déjame...

Apolodoro le mira á los ojos y ella los cierra para que no hablen. Le besa y ella tiembla; aprieta sus labios contra uno de los ojos de la muchacha, y ésta, de pronto, azorada:

—¡Mi padre!

Y se separan.

«¡Pobrecillo! ¡pobrecillo! ¡cuánto me quiere! ¡Y habrá creído lo de que venía mi padre!»

Y él: «no ha resultado el experimento, no ha resultado; esto no es lo que necesito; hay que repetirlo.»

Cuando llega don Epifanio llama aparte á su hija, que acude con el pecho anhelante, y le dice:

—Mira, hija mía, allá tú, que esas son cosas vuestras; pero que sepas que estamos al cabo de todo. Tú verás, digo, pero no estás ya en edad de juegos, aunque tú creas otra cosa, que no la crees. Piénsalo en serio. Los dos son buenos chicos, pero alguno será mejor. Este es tan raro... En fin, tú verás, Clara, tú verás; pero la cosa es que te decidas y les hagas que se decidan, porque así no podemos estar. Resuélvete de una vez y juega limpio.

—Es que...

—Es que eso es cosa tuya y eres tú quien tiene que decidirlo. La cuestión es que no digan—y dejando aquí plantada á su hija, se sale.

Y rompe á llorar la muchacha, invadida por una vergüenza enorme. ¿Es que la creen una chiquilla, una coquetuela? Entra la madre y entonces Clarita se deja sentar ahogando los sollozos.

—Vamos, boba, no te pongas así, que todo ello no vale la pena. Decídete de una vez. Las demás también hemos pasado por trances parecidos. Para casarme con tu padre tuve que dar calabazas á un estudiante de minas, y no me pasó nada, ni le pasó nada á él. Ese hijo de don Avito...

—Pero, mamá...

—Sí, sí, si ya lo comprendo y es natural; pero hay que ponerse en las cosas...

—Es que...

—¡Quiá! tú no le quieres; te equivocas. Quererle... quererle... sí, todos nos queremos unos á otros, es natural. Es un prójimo al fin y al cabo y hay que querer á todos; pero querer, lo que se llama querer, mira, eso viene después de casada, con los años, cuando una menos se lo figura.

Clarita oculta la cara entre las manos y llora, llora de vergüenza; no sabe bien por qué llora. Levanta al cabo la frente y dice: «¡bueno!» Y se decide que sea esta noche la primera entrevista con Federico.

Y esta misma tarde llama don Avito en casa de don Epifanio; entrevístanse y se saludan. Viene Carrascal á pagarle la última mesada de su hijo.

—Y le comunico, don Epifanio, que no va á poder seguir viniendo al dibujo con usted.

—Está bien.

—No estaba del todo descontento de su enseñanza.

—Muchas gracias.

---No, no estaba del todo descontento de su enseñanza, para lo que aquí se usa, pero tengo mis planes respecto á mi hijo, amigo don Epifanio.

—Es natural.

—Y usted comprenderá que teniendo yo planes...

—Claro está.

—Acaso usted mismo...

—No, no, yo no los tengo; ¿para qué?

—Pero querrá para su hija...

—Lo que ella más quiera.

—Es que...

—Es que eso es cosa de ellos.

—Pero mis planes...

—¿Planes? ¿qué más da? Cada cual es cada cual y por todas partes se va á Roma...

«Este hombre es un imbécil», piensa don Avito y levantándose:

—Pues bueno, yo sabré qué hacer...

—Me parece bien, señor Carrascal, me parece bien.

—¡Usted siga bueno!

—Beso á usted la mano.

Y ya en la calle se dice don Avito: «No tengo carácter... teorías, nada más que teorías... Me está saliendo cualquier cosa... Marina... Marina... esta Marina... ¡oh, la herencia!» Y sin saber cómo, por atracción del abismo sin duda, se encuentra en casa de don Fulgencio.

—Déjele, por Dios, amigo Carrascal, déjele que adquiera la experiencia del amor, y como el amor no da fruto de ciencia más que muerto, como el grano de que la Buena Nueva nos habla, déjesele que se le muera. Necesita desengaños para que aprenda á conocer el mundo; le es precisa la muerte de la vida, tiene derecho á la muerte de la vida. ¿Tiene apetito?

—Cada vez menos.

—Buena señal.

Y al salir de casa del filósofo, se dice don Avito: «Pero este hombre... este hombre... este hombre me está engañando... me ha engañado... ¡la ciencia! ¡la ciencia!» Se encierra en su cuarto y se pone á leer un tratado de fisiología.


Se ha publicado en una revista la novelita de Apolodoro y ha sido recibida con absoluta indiferencia, menos por su padre, que ignorante del caso, no sale de su asombro. «Me he equivocado—se dice—me he equivocado; de aquí no sale nada; me ha faltado voluntad para imponer la pedagogía; la pedagogía no me ha enseñado á tener voluntad; esta Marina... esta Marina...» Pero se rehace, vuelve á leer el trabajo de su hijo y va encontrándole algo. «Sí, es indudable, tiene cosas; todavía se puede hacer de este muchacho, si no un genio, algo que se le parezca, y ¿por qué no un genio? El genio es la paciencia, su aparecer es cosa de largo proceso. ¿Y es que acaso se han acabado los genios literarios? Esperaré.»

A Clarita, que ha empezado á leerla y que está ya á punto de dejar á Apolodoro por Federico—para hacerlo pidió un plazo á sus padres y á su nuevo novio,—le ha aburrido soberanamente la tal novelita, y como ha adivinado haber servido de materia literatizable, acaba diciéndose: «pero este Apolodoro, este Apolodoro... ¡pobrecillo!»

Y Apolodoro sufre con el fracaso, con el absoluto fracaso; ni un ataque violento, ni una censura, no más que una mención de obligado elogio de Menaguti, que alaba lo que hay de él en la obra. Parece que desde la publicación de la novelilla hay más ironía en las miradas de los amigos y conocidos, porque es indudable que todos se ríen de él por dentro. Y Clarita, cada vez más fría, cada vez más reservada, nada de eso lo dice, pero lo ha leído.

¿Y sigue queriendo á Clarita? ¿la ha querido alguna vez de veras? Ahora, luego de haberla aprovechado para hacer literatura, parece que el amor se le desvanece.

Mas la herida honda la recibe de don Fulgencio, á quien hace tiempo que no veía.

—Bien, Apolodoro, bien, bien merecido lo tienes. Un fracaso, un completo fracaso. Eso no es nada. ¿Has querido ser artista? Bien merecido lo tienes. Porque no creas que he dejado de comprender que tu preocupación principal ha sido la forma, la factura, el estilo, ¡cosas de Menaguti! Allí aparece tu novia, hacia la mitad, pero es tu novia vista por ojos de Menaguti. Ni aun á tu novia has sabido ver por ti mismo. Bien, bien merecido. ¿Conque estilo, forma, eh?

—En la forma consiste el arte.

—¿En la forma? ¿en la forma dices? Saber hacer... saber hacer... ¡mezquindad! La cosa es como dicen por ahí, pensar alto y sentir hondo, y perdona que...

—Es que eso impide...

—Sí, no sigas, lo impide, sí, lo impide. Ya sé lo que ibas á decir, si un pensamiento elevado ó un sentimiento hondo pierden su elevación ó su hondura por estar bien dichos. ¿No es eso?

—Yo creo que las realzan.

—Pues crees mal. Apolodoro, crees mal. La pierden, pierden su elevación y su hondura por estar bien dichos, eso que llamamos bien dichos, que es á medida de las tragaderas del común de los mortales que ni se elevan ni ahondan, ni quieren fatigarse en pensar ni en sentir, sino que se les dé todo hecho. Has querido ser clásico... ¡buen provecho te haga! Lo clásico es repugnante; el saber hacer es repugnante. Shakespeare fundido con Racine sería un absurdo. ¡El arte es algo inferior, bajo, despreciable, despreciable, Apolodoro, despreciable! Y el buen gusto es más despreciable aún. ¿El arte por el arte? ¡porquerías! ¿el arte docente? ¡porquerías también! Es preferible sacudir las entrañas ó las cabezas de cuatro semejantes, aunque sea lo menos artísticamente posible, á ser aplaudido y admirado por cuatro millones de imbéciles. Métete, métete á artista. Bien merecido lo tienes.

Apolodoro sale de casa del maestro diciéndose: «¡me ha fastidiado! ¡fracaso! ¡fracaso completo! Nadie me hace caso; todos se burlan de mí aunque me lo ocultan; Clarita no me quiere; ese Federico... ese Federico... Y luego que me venga Menaguti con todo eso del arte... ¡El arte! ¿tendrá razón este hombre? ¿será una porquería?»