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Amor y Pedagogía

Chapter 17: XV
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About This Book

The narrative follows an obsessive father who resolves to rear his son by scientific principles to counteract maternal sentimentalism, treating the child's development as an experiment and comparing individual growth to species evolution. The household includes a dreamy mother and a grotesque tutor whose eccentric doctrines and manipulations produce comic and unsettling outcomes. Through satirical episodes the work probes tensions between reason and feeling, the limits of pedagogical systems, and an ambivalent attitude toward science, literature, and language. Tone shifts between burlesque humor and philosophical reflection while characters often function as mouthpieces for ideological debate.

XIII

Clarita sueña un duelo por su causa, mas no hay tal duelo. En la primera entrevista que tiene á solas con Federico, lo primero que éste hace es cogerla en brazos y besarle furiosamente la boca, y ella, en desmayo, bajo el machaqueo del corazón, piensa: «¡este es un hombre! ¡pobre Apolodoro!» Federico acostumbra hacer lo primero que el cuerpo le pide, lo que le da la real gana, y gracias que ante gente, puesta la irónica máscara, se contenga.

—Y en adelante has de ser mía y sólo mía, ¿has oído?

—Sí.

—¡Ah! y tienes que escribir á ese una carta que voy á dictarte.

—Hombre...

—No tengas cuidado; sé lo que debes decirle.

—Pero ya la haré yo...

—¡Bueno!

Y se encuentra Apolodoro, en una tarde lluviosa, con la carta fatal, y apretándola en el bolsillo, se echa á la calle, á tomar el aire, á andar sin rumbo, bajo los latidos de la cabeza. Y sufre á la vez del fracaso del cuento, y cree que cuantos cruzan con él le miran y se ríen de él por dentro. Y en esto se encuentra con el melenudo Menaguti, el poeta sacrílego, sacerdote de Nuestra Señora la Belleza.

—¿Qué es eso, joven? ¿no disciernes á la gente, amigo Apolodoro?

—¡Ah, dispensa...!

—¿Qué es eso de dispensa? ¿qué te pasa? ¿qué te acaece?

—¡Oh! nada... nada...

—¿Nada? ¿No cosa nada? No te vale ocultarlo... mira que me adiestro en la inquisición psicológica... y esos ojos, ese aspecto...

—Pues bien, sí, que Federico me ha quitado la novia.

—¿Federico Vargas?

—El mismo.

—¿Y á eso denominas nada, no cosa nada, nonada? ¿Y dejas que ese... esportulario del espíritu te birle la novia? ¿Y así lo dejas?

—¿Y qué le voy á hacer?

—¿Qué? Bien se echa de ver que tu genitor te ha empapuzado de ciencia, de esa infame bazofia que con la religión es la causa de nuestra ruina. «Los sabios y los ricos no sirven más que para corromperse mutuamente»; acabo de leerlo en Rousseau. ¡Oh, la libertad! ¡la santa libertad! ¡Virgo Libertas!, para los que merecemos ser libres, se entiende, que somos muy pocos. ¡Oh, la Belleza! ¡la santa Belleza! ¡Alma Venustas! Eres un esclavo, Apolodoro.

—¿Y qué le voy á hacer?

—¿Qué? ¡matarle!

—¿Matarle? ¿pero sabes lo que estás diciendo?

—¡Matarle ó matarte! Justar vuestras vidas ante Helena.

—Se llama Clara, Hildebrando.

—Sé lo que me digo, justar vuestras vidas ante Helena, ante la mujer.

Nam fuit ante Helenam cunnus deterrima belli
Causa, sed ignotis perierunt mortibus illi.

Te lo digo en latín para no escandalizar tus oídos, no avezados á la hermosa sinceridad pagana. Justa tu vida ante Helena, y si no eres capaz de ello... ¡esclavo!—y al decir esto se sacude la melena,—enviar tu dimisión de la vida al

brutto
poter, che ascoso, a comun danno impera

que dijo Leopardi, al Ser Supremo, como le llaman los que pretenden conocerle mejor.

—Pero fíjate en que...

—No me fijo. Anda, vé ahora mismo y provócale, y si no le provocas no eres hombre. Provócale... ¡que le provoques te he dicho! Y no vuelvas á ofertarme la palabra sino después de haberle borrado del libro de la vida ó de haberte borrado de él tú. ¡A provocarle!—y le vuelve las espaldas.

Y se queda Apolodoro suspenso, retintinándole el «¡provócale!» Y recuerda cuando de niño presenció una mañana aquella famosa cachetina entre Pepe y Narciso, y como rodeaban á uno y otro los amigos de ambos, y mientras se miraban los desafiados diciéndose: «¡anda, dame motivo!», les gritaban del corro: «anda con él, ¡cobarde, cobardón! ¡te puede! ¡que te puede! ¡anda! ¡provócale! ¡mójale la oreja! ¡anda! ¡provócale! ¡provócale!» «¡Provócale! ¡teorías! ¡pedagogía también! ¡mátale ó mátate! ¡mátate... mátate...!» y se encuentra de manos á boca con Federico.

—¿Hombre, usted por aquí?

—¡Sí, tenemos que hablar!

—Cuando usted quiera, donde quiera y como quiera: ¿le conviene ahora y aquí mismo, según paseamos?

—Es que...—empieza Apolodoro vencido por esta decisión.

—¿Será por lo de Clarita?

—Tenemos que arreglar eso.

—¿Arreglarlo? ya ella se ha encargado de hacerlo.

—Es que uno de los dos sobramos.

—Usted, si es caso.

—Es que... tenemos que batirnos...—y apenas lo suelta, se dice: «¿pero, quién ha dicho esto? ¿he sido yo?»

—Pero venga acá, infeliz, y no sea ridículo: ¿quién le ha metido eso en la cabeza? ¿á que ha sido el imbécil de Menaguti?

—¿Es que usted cree que necesito de quién me meta en la cabeza nada?

—¡Schsch! no tan alto: no hay que dar gritos.

Y Apolodoro alzando aún más la voz:

—¿Es que cree que soy un maniquí? es que conmigo...

—Le he dicho ya que no tan alto, que si sigue dando voces tendré que meterle el pañuelo en la boca.

—¿Es que cree usted que soy un majadero?

—¡Basta! Y no sea niño ni haga el tonto. Su padre le ha echado á perder con la pedagogía. La verdad es que después de tanto prepararse, salir con esa sandez de novelita, no autoriza á pretender el amor de una joven como Clarita. Aprenda á vivir, tome tila y reflexione. Y ahora déjeme, que llevo prisa.

Y entrando en un portal le deja en medio de la calle. Brótanle las lágrimas, y al través de ellas se le enturbia el mundo, y el gusto á la vida empieza á derretírsele y se queja diciéndose: «sí, dimito, dimito... me mato... oh, este padre... este padre...»

Todos contra él, todos se burlan de él. Va avergonzado, pues le miran todos de reojo diciéndose: «ahí va el hijo de don Avito, el que va para genio... ¡pobrecillo!» El condenado mundo, todo él mentira é injusticia, empieza á estropearle el estómago, produciéndole hipercloridia, y ésta le produce hipocondría y se le envenena la sangre y la sangre le envenena el cerebro. Y llega un día en que un amigo se atreve á preguntarle: «¿Cómo va tu ex-futura?» ¡Ex-futura! ¡llamar á Clarita ex-futura!

Decide ir á vengarse viendo á don Fulgencio, la fascinadora serpiente, el hombre todo ironía y mala intención. Y verá á doña Edelmira, ¡qué buenas carnes todavía! ¡qué sonrosadas y rellenas! y ¡qué peluca!


Ya está en casa de don Fulgencio. ¡Qué extraña seriedad la del filósofo!

—¡Hola, Apolodoro! ¿qué te trae? ¿dónde has andado? ¡pareces preocupado! ¿qué te pasa?

—¡Qué me ha de pasar, don Fulgencio! Me pasa que entre usted y mi padre me han hecho desgraciado, muy desgraciado; ¡yo me quiero morir!—y rompe á llorar como un niño.

—Pero, hijo mío, pero Apolodoro... cálmate, hombre, cálmate... Alguna niñería. ¡Vamos, hombre, no seas así...!

—Que no sea así... que no sea así... ¿Y cómo soy sino como ustedes me han hecho?

—Pero, vamos, dime ¿qué te pasa? ¿Es por el fracaso del cuento? Sí, estuve duro, lo reconozco, mas has de tener en cuenta...

—No, no es eso.

—¡Ah, ya caigo! ¿Es que te ha dejado la novia?—y tras un silencio:—¡Bah!, eso no vale nada.

—No vale nada... que no vale nada... no, para usted no. ¡Y todos se burlan de mí, todos!

—¡Visiones!

—Es que me desprecia todo el mundo...

—Vamos, sé formal, ven acá, ten confianza en mí y ábreme tu pecho. Desahógate, Apolodoro, desahógate.

Y va don Fulgencio y cierra con llave la puerta del gabinete, y en lágrimas y sollozos es toda una confesión auricular de entrecortadas frases. Y al acabarla Apolodoro, se levanta el filósofo y se pasea cabizbajo, y luego acerca su silla á la del mozo, se sienta junto á él y casi al oído, en la penumbra de la caída de la tarde, le dice:

—¿Sabes lo que es el erostratismo, Apolodoro?

—No, ni me importa.

—Sí, te importa, nos importa mucho saberlo. El erostratismo es la enfermedad del siglo, la que padezco, la que te hemos querido contagiar.

—¿Y qué es eso?

—¡Ves cómo te importa! ¿Sabes quién fué Eróstrato? Fué uno que quemó el templo de Éfeso para hacer imperecedero su nombre; así quemamos nuestra dicha para legar nuestro nombre, un vano sonido, á la posteridad. ¡A la posteridad! Sí, Apolodoro—cogiéndole de una mano,—no creemos ya en la inmortalidad del alma y la muerte nos aterra, nos aterra á todos, á todos nos acongoja y amarga el corazón la perspectiva de la nada de ultratumba, del vacío eterno. Comprendemos todos lo lúgubre, lo espantosamente lúgubre de esta fúnebre procesión de sombras que van de la nada á la nada, y que todo esto pasará como un sueño, como un sueño, Apolodoro, como un sueño, como sombra de un sueño, y que una noche te dormirás para no volver á despertar, nunca, nunca, nunca, y que ni tendrás el consuelo de saber lo que allí haya... Y los que te digan que esto no les preocupa nada, ó mienten ó son unos estúpidos, unas almas de corcho, unos desgraciados que no viven, porque vivir es anhelar la vida eterna, Apolodoro. Y se irá todo este mundo y todas sus historias y se borrará el nombre de Eróstrato y nadie sabrá quién fué Homero, ni Napoleón, ni Cristo... Vivir unos días, unos años, unos siglos, unos miles de siglos ¿qué más da? Y como no creemos en la inmortalidad del alma, soñamos en dejar un nombre, en que de nosotros se hable, en vivir en las memorias ajenas. ¡Pobre vida!

Apolodoro, secas ya las lágrimas, tiembla á las palabras del filósofo.

—¿Qué soy yo? Un hombre que tiene conciencia de que vive, que se manda vivir y no que se deja vivir, un hombre que quiere vivir, Apolodoro, vivir, vivir, vivir. Yo tengo voluntad y no resignación de vivir; yo no me resigno á morir porque quiero vivir; no, no me resigno á morir, no me resigno... ¡y moriré!

Esta última palabra suena á lágrima.

—Aquí me tienes, Apolodoro, aquí me tienes tragándome mis penas, procurando llamar la atención de cualquier modo, haciéndome el extravagante... Aquí me tienes, meditando en la eternidad día y noche, en la inasequible eternidad, y sin hijos... sin hijos, Apolodoro, sin hijos...

Los sollozos ahogan sus palabras. Mozo y anciano se abrazan llorando.

—¡Oh, cuántas fantasías! ¡qué ensueños! ¡qué ensueños los de la muerte de la vida y los de la vida de la muerte! ¿Tenemos derecho á la vida? ¿tenemos deber de morir? ¡Ser dioses! ¡ser dioses! ¡ser dioses! ¡ser inmortales! ¡La muerte! ¡Mira!

Y le enseña un papel en que están escritos nombres de sabios, filósofos, pensadores, seguidos de una cifra: Kant, 80; Newton, 85; Hegel, 61; Hume, 65; Rousseau, 66; Schopenhauer, 72; Spinoza, 45; Descartes, 54; Leibnitz, 70; y otros muchos, seguidos de su cifra.

—¿Sabes lo que es esto? Los años que vivieron, hijo, los años que vivieron estos grandes pensadores, para sacar el promedio y hallar mi vida probable. ¿Ves estos papeles de este otro cajón? Proyectos de obras. Y yo me decía: «hasta que las lleve á cabo todas no me muero». ¡Y no poder tener fe... no poder tener fe en mi inmortalidad! ¿Por qué no he de ser yo el primer hombre que no se muera? ¿es acaso una necesidad metafísica la muerte? E inventé aquella broma de que quien tenga fe, robusta y absoluta fe en que no ha de morir nunca, fe sin un instante de chispa de duda, nunca morirá. Mas ¡ay de él si tiene un solo momento, por fugaz que sea, de duda! ¡ay de él si en las ansias mismas de la agonía deja que le pase sombra de duda de que no ha de morir! ¡ay de él si llega á decirse: «¿y si me muriera?»! Porque entonces está perdido, muerto. Jugaba así, ideando estas bromas, con el terrible espectro. Tú sabes que nada se pierde...

—Ley de la conservación de la energía... trasformación de las fuerzas...—murmura Apolodoro.

—Nada se pierde, ni materia, ni fuerza, ni movimiento, ni forma. Cuantas impresiones hieren nuestro cerebro quedan en él registradas, y aunque las olvidemos, y aun cuando al recibirlas no nos hubiéramos de ellas dado cuenta, allí quedan, como en toda pared quedan las huellas que las sombras todas pasajeras sobre ella proyectaran una vez. Lo que falta es un reactivo lo bastante poderoso para provocarlas. Todo cuanto nos entra por los sentidos en nosotros queda, en el insondable mar de lo subconciente; allí vive el mundo todo, allí todo el pasado, allí están también nuestros padres y los padres de nuestros padres y los padres de éstos en inacabable serie...

—¿Cómo?

—Sí, déjame que sueñe. ¿No heredamos de nuestros padres facciones, órganos, raza, especie? Pues lo heredamos todo; llevamos á nuestro padre dentro, sólo que sus más menudos rasgos, sus más personales peculiaridades están sumergidas en lo más hondo de nuestros abismos subconcientes... Y así, cuando entre los nietos de nuestros nietos surja el hombre-espíritu, cuando sea todo él conciencia, conciencia refleja su organismo todo, cuando la tenga de la vida de la última de sus células y del espíritu de ésta, entonces resucitarán en ellos sus padres y los padres de sus padres, resucitaremos todos en nuestros descendientes...

—¡Qué hermosura!—se le escapa á Apolodoro.

—Hermosura, sí, pero ¿es lo hermoso verdad? ¿Y los que no tengamos hijos, Apolodoro? Aquí está el problema que me ha torturado siempre. Los que no tenemos hijos nos reproducimos en nuestras obras, que son nuestros hijos; en cada una de ellas va nuestro espíritu todo y el que la recibe nos recibe por entero. Y ¿qué sé yo si al morirme y deshacerse mi cuerpo no se liberta alguna de mis células y convertida en ameba se propaga y propaga consigo mi conciencia? Porque mi conciencia está toda en mí y toda en cada una de mis células, Apolodoro, que éste es el misterio de la humana eucaristía... Pero... lo más seguro es tener hijos... tener hijos... Ten hijos, haz hijos, Apolodoro. ¡Qué hermosura! ¿no?

—¡Oh, qué ensueños, don Fulgencio!

—Sí, ensueños. Y leo á Weissmann, y quiero pensar que somos ideas divinas, porque necesito á Dios, Apolodoro, necesito á Dios, necesito á Dios para hacerme inmortal... Vivir, vivir, vivir...

¡Morir... dormir! ¡dormir... soñar acaso!

¿De dónde ha nacido el arte? De la sed de inmortalidad. De ella han salido las pirámides y la esfinge que á su pie duerme. Dicen que ha salido del juego. ¡El juego! El juego es un esfuerzo por salirse de la lógica, porque la lógica lleva á la muerte. Me llaman materialista. Sí, materialista, porque quiero una inmortalidad material, de bulto, de sustancia... Vivir yo, yo, yo, yo, yo... Pero, haz hijos, Apolodoro, ¡haz hijos!

Y al conjuro de estas palabras dolorosas siente Apolodoro un furioso deseo de tener hijos, de hacerlos, y se acuerda de Clarita y suspira al acordarse de ella. Al despedirse le abraza don Fulgencio, llorando. Y ya en la calle, piensa Apolodoro: «Soy un genio abortado; el que no cumple su fin debe dimitir... Dimito, dimito, me mato. ¡Pobre don Fulgencio! Me mato... si no ¿cómo voy á presentarme ante Menaguti? Pero antes tengo que asegurarme esa inmortalidad, por si es verdad, pues ¿quién sabe? ¿quién sabe? ¿quién sabrá? Mamá cree en la otra y espera y sufre, sufre á papá... cree en la otra... Ese que pasa también me mira de esa manera especial; ó ha leído mi cuento ó sabe lo de Clarita; debe conocerme ó conocer á mi padre, y por dentro se ríe de mí, como todos. ¡Oh, dimito, dimito!»


XIV

Ayer vió á Clarita, á lo lejos y de paso y se le encendió el mal extinguido amor, y ahora es cuando comprende que la quería, que la quería con toda el alma, ahora que otro la quiere y quiere ella al otro. Y se dice: «Ya que no puedo ser genio en vida, lo seré en la muerte; escribiré un libro sobre la necesidad de morirse cuando el amor nos falta y me mataré, me mataré por no dejarme morir...

Fratelli a un tempo stesso amore e morte
Ingenerò la sorte;

mas antes, Apolodoro, haz hijos, haz hijos; ¡busca la inmortalidad en ellos... por si acaso...!»

Y al llegar á este punto de su soliloquio, hiere su vista y su corazón un espectáculo terrible. Es que en un rincón yace un pobre epiléptico, haciendo las más grotescas contorsiones, torciendo boca y ojos, sacudiendo la mano como quien toca la guitarra, y le rodean cinco chiquillos, que celebran la gracia.

—¡Anda, Frasquito, toca malagueñas!

Y Frasquito hace que toca y guiña los ojos y tuerce la boca y los chicos le remedan y hacen gestos como él. Apolodoro se indigna y les grita:

—Ú os vais de aquí ú os hecho á puntapiés, chiquillos. Burlarse así de la desgracia...

Y mientras el pobre, á cuya gorra echa Apolodoro una moneda, le agradece con más profundas contorsiones, los chicuelos desde lejos:

—¡Vaya con el señorito! ¡señoritín!... ¡aburrido!

«¡Aburrido!» el supremo insulto aquí para los niños, por lo menos cuando él lo era; hasta los niños le desprecian. ¿Sabrán lo del cuento? ¿sabrán lo de Clarita? ¿sabrán de quién es hijo? ¿sabrán que le criaban para genio?

Y sigue su camino llevando la visión del epiléptico, visión que sin saber cómo, le trae á las mientes una doctrina que oyera ha tiempo exponer á don Fulgencio. Y es que de lo sublime á lo ridículo no hay más que un paso, según dicen, mas deben añadir que tampoco hay más que un paso de lo ridículo á lo sublime. Lo verdaderamente grande se envuelve en lo ridículo; en lo grotesco lo verdaderamente trágico. De lo sublime á lo ridículo no hay más que un paso, un paso hacia dentro, el que da lo sublime al sublimarse aún más convirtiéndose en sublimado corrosivo. Si hubiera dioses y tuvieran que vivir con los hombres, nos resultarían los seres más grotescos. Y se añade Apolodoro: «¡qué ridículo, qué sublime debo de ser! dimito... dimito y así mi ridiculez se sublimará... dimito... Pero antes ¡haz hijos, Apolodoro!»

Llega á casa, entra en su cuarto, abre un libro y ante las abiertas páginas le dice su demonio familiar: «Tu padre es un majadero; si no hubieses nacido de un majadero así... Mas acaso no sea majadero, sino envidioso; te ha educado así tal vez por celos, para que no le sobrepujes... No, no, es que está trastornado.» Llaman á la puerta, manda entrar, y entra don Avito.

—Tenemos que hablar, Apolodoro.

—Tú dirás.

—Observo en ti desde hace algún tiempo algo extraño y que cada vez respondes menos á mis esperanzas.

—No haberlas concebido.

—No las concebí yo, sino la ciencia.

—¿La ciencia?

—La ciencia, sí, á la que te debes y nos debemos todos.

—¿Y para qué quiero la ciencia si no me hace feliz?

—No te engendré ni crié para que fueses feliz.

—¡Ah!

—No te he hecho para ti mismo.

—Entonces, ¿para quién?

—¡Para la Humanidad!

—¿La Humanidad? ¿Y quién es esa señora?

—No sé si tenemos ó no derecho á la felicidad propia.

—¿Derecho? Pero sí á destruir la ajena, la de los hijos sobre todo.

—¿Y quién te ha mandado enamorarte?

—¿Quién? El Amor, ó si quieres el determinismo psíquico, ese que me has enseñado.

El padre, tocado en lo vivo por este argumento, exclama:

—¡El amor! siempre el amor atravesándose en las grandes empresas... El amor es anti-pedagógico, anti-sociológico, anti-científico, anti...-todo. No andaremos bien mientras no se propague el hombre por brotes ó por escisión, ya que ha de propagarse para la civilización y la ciencia.

—¿Qué líos son esos, padre?

—Vaya, veo que no estamos todavía para oir á la severa Razón—y se retira don Avito.


Y empieza ahora un horror, un verdadero horror, tales son los despropósitos que al fracasado genio se le ocurren. Ocúrresele unas veces si estará haciendo ó diciendo algo muy distinto de lo que cree hacer ó decir y que por esto es por lo que le tienen por loco los demás; otras veces se le ocurre que está el mundo vacío y que son todos sombras, sombras sin sustancia, ni materia, ni cosa palpable, ni conciencia. Arde en deseos de verse desde fuera, como los demás le ven, y para lograrlo salirse de sí mismo, dejar de ser él mismo, y dejando de ser él mismo, ¡dejar sencillamente de ser, dimitir! Y para matar el tiempo se pone á descifrar logogrifos y charadas y á resolver solitarios en la baraja. Y tras los reyes caballos, sotas y ases aparece Clarita, Clarita siempre, escoltada por don Fulgencio, don Epifanio, Menaguti, su padre, y al lado Federico. Y ¡cómo se parece á don Fulgencio esta sota de bastos!

Piérdese en paseos por el campo en los que se entretiene en fecundar las flores sacudiendo el polen de los estambres sobre los pistilos, ó en soplar la corona de semillas del amargón á que se esparzan por el campo.

Un día va á dar al cementerio, á meditar allí, entre aquellas filas de nichos y apenas se le ocurre cosa alguna. «Si no me quiere Clarita y no sé hacer cuentos, ¿para qué vivir?» La Muerte lo mismo que el Amor le dice: ¡Haz hijos! «La Muerte, ¿es distinta del Amor? Para la ameba morir es reproducirse.» A sus pies lee en una losa: «¡Mariquita! ¡Mariquita! ¡Mariquita!» Y se sale del cementerio diciéndose: «Dimito, dimito; aquí está el sitio de los jubilados; mas antes haz hijos, Apolodoro.» Y llega á casa y le trae la criada el chocolate.

—Oye, Petra, ¿has pensado alguna vez en morirte?

—¿Yo? ¡Ni ganas!—y se echa á reir.

Y ¡cómo ríe! ¡y qué dientes enseña al reir! unos dientes blanquísimos, sanos, bien alineados, unos dientes hechos para reir, para comer y para morder. ¡Qué salud! ¡qué colores! se le ve y se le oye respirar.

—¿Y en tener hijos, has pensado?

—Vaya, vaya, déjese de bromas, señorito—y se va.

¡Caramba con la moza! ¡excelente molde!


Don Avito medita, entre tanto, en eso de Lombroso del parentesco entre el genio y la locura, y á punto de convencerse del fracaso de su hijo, va á ver á don Antonio el médico y deciden examinar á Apolodoro.

—Mira, Apolodoro, tú no estás bueno, tú tienes algo, algún mal interior de que ni tú mismo sospechas y es menester que el médico te examine.

—Sí, ya te entiendo y sé lo que crees que tengo, pero es otra cosa; conozco mi enfermedad.

—Sí, el amor.

—No, la pedagogía.

Y llega el médico y le examina y se va diciendo: «Pues señor, aquí no veo nada.» Y Apolodoro se dice: «No sabe qué tengo ni lo sabrá nadie, aunque algo debo de tener, sin duda. Ha de ser un caso patológico interesante, raro... ¿No sobrevive acaso el nombre de Dalton más que por otra cosa por la enfermedad que padeciera? ¡Erostratismo, puro erostratismo! ¡ansia de inmortalidad! ¡Haz antes hijos, Apolodoro! ¿Pero serviré para el caso? porque yo estoy malo, muy malo; yo duro poco; ni me dará la vida tiempo á dimitir, me dejará cesante... Estoy muy malo.» Y llama.

---¿Qué quiere usted, señorito?

—Nada, Petra, verte antes de salir, porque difundes tal aire de salud, se exhala tal salubridad de tu vista, que parece me alivia...

—Vamos, no se burle así...

—Espera, espera que te toque á ver si se me pega tu sanidad—y le pasa la mano por la cara.

—Estése quieto y dígame qué quiere.

—Que te vayas.

«Sí, mejor es que se vaya», y sale Apolodoro de paseo. «Allá va Menaguti; tengo que volverme y tomar otro camino, porque ¿con qué cara me presento á él? ¿me habrá visto? y si me ha visto, ¿caerá en la cuenta de que le evito?» Y tuerce y sale á la alameda y topan sus ojos con Clarita, tan hermosa, y Federico al lado. Enciéndesele la sangre. Y les sigue, acomodando su paso al lento paso de ellos. Las piernas de Clarita van y vienen á compás, marcando alternativamente sus contornos en la falda, y ondean al vientecillo los rizos de su nuca, al vientecillo que orea el tierno follaje de primavera, el verde plumoncillo de los álamos que despiertan desperezándose del invierno... Oh ¡qué hermosa! ¡qué hermosa! «¡Y yo que creía no quererla! ahora, ahora es cuando comprendo cuán enrocinado estaba por ella.» El vientecillo le da de cara, viene de ella y le trae sus efluvios, su aliento, su perfume, algo de su tibieza; entreabre la boca para mejor aspirarlo. «Algo me tragaré de ella y en ese algo vendrá toda entera.» Y va creciéndole un abceso de amor, como un repentino tumor amoroso del ánimo, y le entran ganas de abalanzarse y de ahogarle á él y de forzar á ella y de dimitir luego, sí, de dimitir, pero después de haberle hecho un hijo. «Yo no estoy bueno, no estoy bueno; así no puedo seguir; á casa, á casa, que estoy muy malo.» Y sube las escaleras casi en fiebre, y cuando Petra le abre la puerta, se abalanza á ella y le da un beso, y la fiebre se le calma.

—¿Pero está usted loco, señorito?

Y á la noche, en la cama, besa primero á la almohada, con furia, y acaba por morderla, con más furia aún.


Vuelve á intentar el padre nueva conferencia y á las pocas frases exclama el hijo:

—Bueno, pero la ciencia ¿me enseña á ser querido?

—Enseña á querer.

—No es eso lo que me importa.

—¡El amor! ¡herencia fatal! Es un caso de la nutrición después de todo y nada más. Este tropiezo te servirá. También yo pasé por ahí...

—¿Tú?—y abre los ojos como queriendo tragarle con ellos,—¿tú? ¿tú?—y se echa á reir como un loco.

—Yo, sí, yo, yo; ¿pues qué se te figura, chiquillo? ¿que sólo tú eres capaz de enamorarte? También yo, sí, también yo me enamoré de tu madre, también yo, y así has salido tú, como engendrado en amor...

—¿En amor? ¿engendrado en amor yo? te equivocas.

—Sí, tú. Pero para algo me has servido, para algo servirás á la humanidad, porque ahora se pone en claro que no haremos con la pedagogía genios mientras no se elimine el amor.

—¿Y por qué no hacer del amor mismo pedagogía, padre?

Don Avito se queda un rato suspenso, y dice luego:

—Mira, es una idea que no se me había ocurrido, y aunque me parezca absurda puede conducir á algo como ha conducido á Lobacheusqui el hacer una geometría partiendo del absurdo de que desde un punto fuera de una recta pueda bajarse más de una perpendicular á ella. Mira, dedícate á desarrollar esa idea y tal vez des en la pedagogía meta-pestalozziana y en la cuarta dimensión educativa; ve ahí un campo abierto á tu genialidad...

—¡Padre, no se juega así con el corazón!

Y vuelven á separarse sin resultado.


Va llegando ya al colmo el desaliento nada científico de don Avito, quien da en recordar las más estupendas y peregrinas ocurrencias de aquel funesto de don Fulgencio, el mixtificador que por tanto tiempo le ha tenido preso en sus encantos maléficos, aquellas ocurrencias como la de la cura del sentido común, rémora de toda genialidad, mediante el masaje histológico del cerebro logrado por cierta trepidación eléctrica que obligue á las células nerviosas á entrecruzar de otro modo que como lo tienen sus prolongaciones pseudopódicas, la microcirugía psíquica, de donde se deduce la utilidad pedagógica del pescozón en cuanto éste hace vibrar el cerebro y sus 612.112.000 células; ó recuerda lo de la cura de la monotonía mental mediante inyecciones de gelatina. Y luego se dice: «¿No será mejor que pretender hacer el genio, hacer primero la madre del genio? Tengo muy abandonada á Rosa, y la pobrecilla no me gusta, no, no me gusta; va desmejorando mucho, pero mucho; no sirve meteorizarla. Todo me sale mal, todo me sale mal; quiero guiar á Apolodoro por el buen camino, y va y se me enamora; quiero robustecer físicamente á Rosa, y nada, cada vez más enteca. Esa Marina me la echa á perder con sus mimos.»


XV

El pobre Apolodoro, tras días de besar y morder la almohada por las noches, va encalmándose y ya parece no pesarle que Clarita le dejara, antes bien se complace, allá, muy en su interior, en tener tal excusa para dimitir la vida, como es su secreto anhelo. Porque ¿para qué sirve ya, fracasado como cuentista y como novio? Diríase que esta necesidad de morir él ha guiado al Destino, al Determinismo, á que Clarita le deje. Era menester una motivación. Y se recrea en la infidelidad de su ex-novia y en el recuerdo de sus amores, más poéticos ahora que han pasado. «Nací como los más de los mortales, hastiado de la vida desde nacimiento, sin que haya logrado en mí la vida, como en los demás logra, borrar con el adquirido apetito la nativa saciedad. Y ahora ¿qué dirán si dimito? ¿qué pensará papá? ¡vaya unas cavilaciones que va á costarle! ¡pobrecillo! ¿Me daré un tiro? ¿me tiraré de una torre? ¿tomaré un veneno? ¿me ahorcaré? Pero, ¿y mamá? ¡mamá! ¿y Rosa, la pobre Rosa que está tan delicada? ¿no acelerará esto su fin, que está tan próximo? ¿no será mejor diferirlo hasta que ella acabe?» Y le invaden mil recuerdos vagarosos y se encuentra con el padrenuestro en los labios, y al acabar de paladearlo se dice: «¡no nos dejes caer en la tentación!» y desde el fondo del alma le dice la voz de don Fulgencio: «¡haz hijos, Apolodoro, haz hijos!»

—Cuando usted guste, señorito.

—¿Eh?

—Está ya la sopa en la mesa.

—¡Pero qué salud, Petra, qué salud! Si la salud se pegara... Ven acá.

Mas la criada desaparece.


Don Avito se ha vuelto á su hija, á Rosa, la meteorizada, que arrastra dulce y tristemente una vida lánguida, de silencio y de clorosis, á pesar de los meteoros todos. Y empieza el padre á luchar con un temperamento rebelde á cambiarlo por procedimientos científicos, porque la ciencia... ¡oh, la ciencia!

Mas á pesar de la ciencia, la muchacha decae á galope tendido y encama y esto se va. El padre lucha desesperadamente, pero sereno y tranquilo, recobrada su antigua firmeza y ayudado por don Antonio en la faena, hasta que un día, convencido ya de la impotencia de la ciencia en este caso, ve que la Muerte se acerca al lecho de la joven.

¿La Muerte? ¿y qué es la muerte? Un fenómeno fisiológico, la cesación de la vida. ¿Y qué es la vida? El conjunto de las funciones que resisten á la muerte, un cambio entre las sustancias albuminoideas orgánicas y el exterior, la desoxidación del organismo.

Están ante la moribunda, confesada ya, su madre, don Avito y Apolodoro. Marina reza y llora en silencio, en sueños, hacia dentro; Apolodoro piensa en su dimisión y en la inmortalidad. Y don Avito, ante lo irremediable, da una lección:

—Va á concluir el proceso vital; el cianógeno ó biógeno que dicen otros, pierde su explosividad estallando, y se convierte en albúmina muerta. ¿Qué íntimos procesos bioquímicos se verifican aquí?

Rosa parece querer coger algo con las manos casi esqueléticas, revuelve la vista sin mirar, y entreabre la boca para estertorar.

—La verdad es que no recuerdo bien la explicación fisiológica de esto del estertor.

La moribunda calla. Le toma el pulso su padre, acerca un espejo á su boca por si se empaña.

—No tiene aún la ciencia medios eficaces para averiguar con exactitud cuándo un individuo ha muerto...

Marina se levanta, corta un rizo de la cabellera de la muerta, le besa, se arrodilla y oculta la cara entre las manos. Apolodoro va también á besarla, y su padre le detiene:

—¡Cuidado! hay que saber dominarse.

Y el hijo, diciéndose: «¡qué guapa está! no parece que sufre», va á un rincón y oculta también la cara entre las manos. Y el padre prosigue:

—Aunque el individuo haya muerto como tal, continúa la sustancia viviendo. Si ahora le aplicáramos una corriente galvánica, se movería. No se han coagulado aún los albuminoideos, no están las células reducidas á su mayor concentración, no ha llegado la rigidez cadavérica. La concentración es la muerte, la expansión la vida; fíjate en esto, Apolodoro, y no te concentres, expansiónate. ¿Qué es eso, lloras?

—Sí, por ti, padre.

—¿Por mí? pues no lo entiendo. Y aun rígido el cadáver, seguirán las cejas vibrátiles conservando su actividad normal y seguirán viviendo los glóbulos blancos ó leucocitos, estas células amiboideas. No hay un momento preciso en que la vida cese para empezar la muerte; la muerte se desenvuelve de la vida, es lo que llaman los fisiólogos la necrobiosis, la muerte de la vida de ese don Fulgencio.

«¡Haz hijos!» oye Apolodoro al oir este nombre.

—La muerte tiene su vida, digámoslo así, sus procesos histolíticos y metamorfóticos...—y al oir suspirar á Marina, añade:—¡Es natural! ¡cuánto le queda por hacer á la ciencia hasta dominar nuestros instintos!—y se sale del cuarto.

Marina levanta la cabeza, y como quien despierta de una pesadilla, con ojos despavoridos exclama: ¡Luis, Luis, Luis! Y Apolodoro va á sus brazos y se estrechan y se mantienen en silencio, estrechados, llorando:

—¡Rosa, Rosa, mi Rosa, mi sol, mi vida... mi Luis, Luis, Luis, Luis, mi Luis, Luis, Rosa, mi Rosa...! ¡qué mundo, Virgen Santísima, qué mundo! Luis... Luis... Luis...!

—Papá...

—Cállate, Apolodoro... Luis... Luis... mi Luis... Luis... cállate... ¡Rosa... mi Rosa... Rosa... Rosa!

—Pero, mamá...

—Yo quiero morirme, Luis... ¿no quieres tú morirte?

Apolodoro mira á la muerta y tiembla al oir estas palabras.

—Cálmate, mamá.

—Calla, no hables alto, que la despiertas... ¿ves cómo duerme?

Los dos callan y parecen oir á lo lejos, que del espacio invisible bajan estas palabras del silencio:

Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco
á llevarse á las niñas
que duermen poco.

Y la voz silenciosa se aleja cantando:

Duerme, duerme, mi niña,
duerme enseguida;
Duerme, que con tu madre
duerme la vida.
Duerme, niña chiquita,
que viene el Coco...

—¡Mamá!

—¡Chit! calla, que viene él, Apolodoro.

—No, no viene.

—¿No viene?

—No.

—Mírala qué guapa, Luis, mi Luis, mírala... ¡Rosa, mi Rosa, Rosa, Rosa de mi vida!

«¡Ay, Clarita!» murmura Apolodoro. Cierran los ojos á la muerta y salen.


Y ahora, después de esta muerte, parece que le grita con más fuerza á Apolodoro su instinto: ¡hazte inmortal! Es un ansia loca, ansia que se exaspera un día en que ve á Clarita y ya no puede contenerse. Y he aquí que á las pocas noches es, á oscuras, un: «calla, calla... ¡Clarita! ¡Clarita! ¡Clarita!» Previa promesa, claro está, para que Petra cediera.

Cuando á los pocos días se entera Apolodoro de lo que ha hecho, éntrale una enorme vergüenza y asco y desprecio de sí mismo, y acaba en un: «¡dimito! ¡ahora sí que dimito!» ¡Pobre Petra!

A lo que se agrega que va á casarse Clarita, las amonestaciones de cuyo enlace se han echado ya.


¿Escribirá algo antes, una especie de testamento? No, un acto solemne, serio, sin frases ni posturas, pero original. Que no se rían de él después de muerto.

Se recoge y medita: «¡A descansar! ¡á descansar! ¡al eterno asueto! Soy un miserable; he cometido una infamia; todos se burlan de mí; no sirvo para nada. ¡Todo han querido convertírmelo en sustancia sin dejar nada al accidente! Hasta cuando me dejaban por mi propia cuenta era por sistema. Ahora sabré á dónde vamos... ¡cuanto antes, mejor! Aunque sólo fuese por curiosidad, por amor á saber, era cosa de hacerlo. Así se sale antes de dudas respecto al problema pavoroso. ¿Y si no hay nada?»

Llaman á la puerta.

—¡Adelante!

—Por Dios, señorito, no se olvide...

—No tengas cuidado, Petra, todo se arreglará; vete ahora, déjame.

«Soy un miserable; he cometido una infamia. ¡Adiós, mi madre, mi fantasma! Te dejo en el mundo de las sombras, me voy al de los bultos; quedas entre apariencias, en el seno de la única realidad perpetua dormiré... ¡Adiós, Clara, mi Clara, mi Oscura, mi dulce desencanto! ¡Pudiste redimir de la pedagogía á un hombre, hacer un hombre de un candidato á genio... que hagas hombres, hombres de carne y hueso; que con el compañero de tu vida los hagas, en amor, en amor, en amor y no en pedagogía! ¡El genio, oh, el genio! El genio nace y no se hace, y nace de un abrazo más íntimo, más amoroso, más hondo que los demás, nace de un puro momento de amor, de amor puro, estoy de ello cierto; nace de un impulso el más inconciente. Al engendrar al genio pierden conciencia sus padres; sólo los que la pierden al amarse, los que como en sueño se aman, sin sombra de vigilia, engendran genios. ¡Qué lástima que el deber de dimitir mañana no me permita desarrollar esta luminosa teoría! Al engendrar al genio deben de caer sus padres en inconciencia; el que sabe lo que hace cuando hace un hijo, no le hará genio. ¿En qué estaría pensando mi padre cuando me engendró? En la carioquinesis ó cosa así, de seguro; en la pedagogía, sí, en la pedagogía; ¡me lo dice la conciencia! Y así he salido... ¡Soy un miserable, un infame, he cometido una infamia...!»


Llega la hora. Se encierra, sube á la mesa sobre la que pone un taburete y prepara el fuerte cordel pendiente del techo; agárrase á él y de él se suspende para ver si le sostiene; hace el nudo corredizo y se lo echa al cuello, subido en el taburete. Detiénele por un momento la idea de lo ridículo que puede resultar quedar colgado así, como una longaniza; pero al cabo se dice: «¡es sublime!» y da un empellón al taburete con los pies. ¡Qué ahogo, oh, qué ahogo! Intenta coger con los pies el taburete, con las manos la cuerda, pero se desvanece para siempre al punto.

Al ver que tarda tanto en venir á comer, don Avito va en su busca, registra la casa, y al encontrarse con aquello que cuelga, tras fugitivo momento de consideración salta á la mesa, corta la cuerda, tiende el cuerpo de su hijo sobre la mesa misma, le abre la boca, le coge la lengua y empieza á tirarle rítmicamente de ella, que acaso sea tiempo. Al poco rato entra la madre, más soñolienta desde que perdió á su hija, y al ver lo que ve se deja caer en una silla, aturdida, murmurando en letanía: «¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡hijo mío! ¡Luis! ¡hijo mío!» Es una oración al compás de los rítmicos tirones de lengua. A su conjuro siente Avito extrañas dislocaciones íntimas, que se le resquebraja el espíritu, que se le hunde el suelo firme de éste, se ve en el vacío, mira al cuerpo inerte que tiene ante sí, á su mujer luego, y exclama acongojado: ¡hijo mío! Al oirlo se levanta la Materia, y yéndose á la Forma le coge de la cabeza, se la aprieta entre las manos convulsas, le besa en la ya ardorosa frente y le grita desde el corazón: ¡hijo mío!

—¡Madre!—gimió desde sus honduras insondables el pobre pedagogo, y cayó desfallecido en brazos de la mujer.

El amor había vencido.


Mi primer propósito al ponerme á escribir esta novela fué publicarla por mi cuenta y riesgo, como hice, y por cierto con buen éxito, con mi otra; pero necesidades ineludibles y consideraciones de cierta clase me obligaron á cederla, mediante estipendio, claro está, á un editor. El editor se propone publicar, á lo que parece, una serie de obras editadas con cierta uniformidad, y para ello le conviene que llegue cada una de ellas á cierta cantidad de contenido, porque todo, incluso las obras literarias, debe estar sujeto á peso, número y medida. Ya yo por mi parte, previendo que la obra resultara demasiado breve para los propósitos del editor, la hinché mediante el prólogo que la precede y con tal objeto se lo puse, mas ni aun así parece que he llegado á la medida. Hace seis días remití el manuscrito á mi buen amigo Santiago Valentí Camp, y he aquí que hoy, 6 de febrero, recibo carta fechada en Barcelona á 4 de febrero de 1902, en que este amigo, bajo el membrete Ateneo BarcelonésParticular, me dice lo que sigue:

«Acabo de hacer entrega del original al señor Henrich, y por tanto queda ya casi terminada mi gestión en este asunto. Digo casi porque después de haber estudiado detenidamente con el señor Henrich y el jefe de la sección de cajas las proporciones del libro y el número de cuartillas que tiene el original resulta, que aun haciendo uso de todos los recursos imaginables, no alcanza más que 200 páginas. Usted dirá cómo se resuelve el conflicto. A mí se me ocurren dos medios para arreglarlo.»

A seguida me expone mi amigo los dos medios que se le ocurren para resolver el conflicto, uno de los cuales es alargar el prólogo y añadir dos capítulos á la novela, aunque ve á esto el inconveniente, inconveniente que yo también se lo veo, de que quitaría espontaneidad y frescura á la obra de arte, pues así la llama mi amigo. Opto por añadirle un epílogo, con lo cual se consigue además que tenga mi libro la tan acreditada división tripartita, constando de prólogo, logo y epílogo, y es lástima que las necesidades del ajuste y el tipo fatal de 300 páginas por una parte y por otra lo apremiante del tiempo no me permitan estudiar el modo de dar á esta división tripartita cierto módulo especial tal como el de la llamada sección áurea—que tanto papel jugaba en la estética arquitectónica—de manera que fuese el prólogo al epílogo como éste al logo, ó sea este epílogo una media proporcional entre el prólogo y el logo, artificio digno de mi don Fulgencio. De todos modos creo que es un epílogo lo que resolviéndonos el conflicto, puede menos «quitar espontaneidad y frescura á la obra de arte.»

Ya veo á algún lector, más ó menos esteta, que tuerce el gesto y hace un mohín de desagrado al leer esto de «obra de arte» entre consideraciones, que tendrá por cínicas, de tan pedestre mercantilismo, mas debo aquí hacer á tal respecto algunas reflexiones sobre las relaciones entre el arte y el negocio, con lo que consigo, de añadidura, ir hinchando este epílogo.

Me tienen ya hartos los oídos de todo eso de la santidad del arte y de que la literatura no llegará á ser lo que debe mientras siga siendo una profesión de ganapán, un modo de ganarse la vida. Tiéndese con tal doctrina á hacer de la literatura un trabajo distinto de los demás y á presentar la actividad del poeta como algo radicalmente distinto de la actividad del carpintero, del labrador, del albañil ó del sastre. Y esto me parece un funesto y grave error, padre de todo género de soberbias y del más infecundo turrieburnismo. No, hacen bien los obreros ó artesanos que se llaman á sí mismos artistas, sin dejar que acaparen este título los otros.

Podría aquí extenderme—llenando mi objeto de tal manera—acerca de cómo en la edad media, en la época en que se levantaron las soberbias fábricas de las catedrales góticas, artista y artesano eran una sola y misma cosa y cómo el arte brotó del oficio, mas es esta una materia que puede verse desarrollada en muchos tratados especiales. Sólo quiero desarrollar brevemente un principio que oí asentar en cierta ocasión á don Fulgencio y es el de que así como el arte surgió del oficio, así todo oficio debe reverter al arte, y si en un principio fueron la pintura, la música y la literatura algo utilitario, tienen que llegar á ser la carpintería, la labranza, la sastrería, la veterinaria, etc., artes bellas. Don Fulgencio que, como habrá adivinado el lector, pasó por su temporada de hegelianismo, tomó gusto á las fórmulas del maestro Hegel y solía decir que el oficio era la tesis, la oposición entre oficio y arte la antétesis, y el arte sólo la síntesis ó bien que es el oficio la primitiva homogeneidad en que se cumple luego la diferenciación de oficio y arte, para que lleguemos al cabo á la integración artística.

Todo tiene, en efecto, un origen utilitario y sabido es que el cerebro mismo podría sostenerse que proviene del estómago; no la curiosidad sino la necesidad de saber para vivir es lo que originó la ciencia. Mas luego ocurre que lo en un principio útil deja de serlo y queda como adorno, como recuerdo de pasada utilidad, como esperanza de utilidad futura tal vez, y de aquí el que haya dicho un pensador británico—no recuerdo ahora cuál—que la belleza es ahorro de utilidad. La belleza, añado, es recuerdo y previsión de utilidad.

Las artes llamadas bellas surgieron de actividades utilitarias, de oficio, y así puede sostenerse que los primeros versos se compusieron, antes de la invención de la escritura, para mejor poder confiar á la memoria sentencias y aforismos útiles, de lo que nos dan buena muestra los actuales refranes. Y así diremos que composiciones poéticas como esta