ó la de
ó la de
son poemas fósiles ó primitivos.
Más tarde fueron diferenciándose el arte llamado bello ó inútil si se quiere y el oficio, y hoy hemos venido á tan menguados tiempos que los artistas por antonomasia, los que se dedican al oficio de producir belleza pretenden pertenecer á otra casta y sostienen con toda impertinencia que su actividad no debe regularse como las demás actividades y que su obra no es cotizable ni se le puede ni debe fijar precio como á una mesa, á un chaleco ó á un chorizo. Es de creer, sin embargo, que esto lo hagan para cobrar más, pues da grima ver expuesto en un escaparate un mamarracho pictórico y al pie: 500 pesetas. Esto es como aquello de que el sacerdote vive del altar, y luego de hacernos ver que el santo sacrificio tiene un precio infinito, leemos este anuncio: «Los señores sacerdotes que quieran celebrar misas en la parroquia de San Benito, recibirán estipendio de tres, cuatro, cinco ó seis pesetas según la hora.»
Sin hacer, pues, caso alguno, que no se lo merecen, á los sacerdotes del arte que sostienen que el poeta, el músico y el pintor no deben vivir de su arte sino para él, yo creo que debemos trabajar todos para que llegue día en que nadie viva de su oficio sino para él, y en que comprendan todos que el armar una mesa, el cortar un traje, el levantar una pared ó el barrer una calle puede, debe y tiene que llegar á ser una verdadera obra de arte por la que no se reciba estipendio, aunque la sociedad mantenga al carpintero, sastre y barrendero. Ya Ruskin inició en Inglaterra una nobilísima campaña para infundir arte en los oficios, pero lo que hace falta no es precisamente esta infusión, sino la fusión de ambos, del arte y la industria. Libros hay escritos sobre las artes industriales, nombre que impugnan otros proponiendo se les dé el de industrias artísticas. Sean una ú otra cosa, artes industriales ó industrias artísticas, el hecho es que se va á la fusión de ambos términos.
Y para llegar á tal fusión antes estorba que favorece esa arrogante pretensión de literatos, pintores, músicos y danzantes de que se les coloque en campo aparte y no se les confunda con los demás obreros. Sólo cuando todas participen de la misma ruda suerte, sólo cuando unos y otros estén sujetos al yugo del capital y se sientan de verdad hermanos en esclavitud económica, sólo cuando el poeta comprenda que no tiene más remedio que hacer sonetos como su compañero hace cestas ó zapatos, sólo entonces podrán trabajar todos juntos por la emancipación común y elevar á arte todo oficio, absolutamente todo. Es ineficaz el que el arte abra los brazos al oficio desde los espacios cerúleos diciéndole «¡sube á mí!»; es menester que baje al infierno en que éste hoy arde y se consume, y se consuma y arda con él y á fuego lento se fundan en la común miseria y luego, llevado de sus ansias de elevación y de libertad, suba á los cielos llevándose al oficio con él. Y así y sólo así podrá llegar día en que sea el trabajo espontáneo derrame de energía vital, actividad verdaderamente libre, actividad productora de belleza; así y sólo así llegará á ser la vida misma obra de arte y el arte obra de vida, según las fórmulas de que tanto gusta don Fulgencio.
He aquí la doctrina que bajo la inspiración de mi don Fulgencio he excogitado para explicar y justificar los móviles mercantiles y de negocio que me incitan á poner estrambote á una obra de arte.
Una vez justificada debidamente la existencia de este epílogo, cúmpleme hacer constar que cuando hace ya tiempo expuse, á un amigo mío el plan y argumento de mi novela se mostró muy descontento de que la hiciese terminar con el suicidio del pobre Apolodoro, conclusión desconsoladora y pesimista, y me exhortó á que buscase otro desenlace. «Debe usted hacer—me decía—que venza la vida, que el pobre mozo reaccione y se sacuda de la pedagogía y se case y sea feliz. Si lo hace usted así le prometo traducirle al inglés la novela, pues dada su índole creo que gustaría en Inglaterra.» Hubo un momento en que meditando en las razones que me dió mi amigo y ante el señuelo, sobre todo, de que pudiese entrar mi obra al público inglés, pensé si convendría variar la solución que en un principio viera, mas todo fué inútil, cierta lógica subconciente é íntima me llevaba siempre á mi primera idea. Pensé luego en bifurcar la novela al llegar á cierto punto, dividir las páginas por medio y poner á dos columnas dos conclusiones diferentes para que entre ellas escogiese el lector la que fuese más de su agrado, artificio que ya sé que nada tiene de original pero sí de cómodo.
Esto de bifurcar la novela no sería un disparate tan grande como á primera vista parece, porque si bien es cierto que la historia no se produce más que de un modo y que cuanto sucede sucede como sucede sin que pueda suceder de otra manera, el arte no está obligado á respetar el determinismo. Es más, creo que el fin principal del arte es emanciparnos, siquiera sea ilusoriamente, de semejante determinismo, sacudirnos del hado. No lo de ilógico sino otros y más graves eran los inconvenientes que á tal solución veía.
Y en cuanto á cambiar de desenlace no me era posible; no soy yo quien ha dado vida á don Avito, á Marina, á Apolodoro, sino son ellos los que han prendido vida en mí después de haber andado errantes por los limbos de la inexistencia.
Lo que acaso desee saber el lector es qué efecto produjo á don Fulgencio, á Federico, á Clarita, á Menaguti el fin trágico de Apolodoro, y qué hicieron luego de quedar sin hijos la Materia y la Forma.
Respecto á esto de llamar Forma y Materia á don Avito y á Marina quiero, antes de pasar adelante, mostrar un precedente y protestar ante todo de que se me acuse de plagio en ello. Es el caso que estoy leyendo á Molière, y tres ó cuatro días después de terminada mi novela y de haber remitido su manuscrito á Barcelona, me encontré con estos cuatro versos que dice Filaminta en la escena primera del acto IV de Les femmes savantes:
Por donde se ve que ya la Filaminta molieresca había comparado los dos términos del matrimonio, ó sea marido y mujer, á la materia y la forma, sólo que invirtiendo la relación de mi don Avito, ya que éste considera forma al marido y á la mujer materia y Filaminta se tiene por forma y á Crisalo, su marido, le tiene por materia. Mas esta discrepancia procede de que en la comedia de Molière es la mujer la sabia y en mi novela el sabio es el hombre. Por donde se ve que la materialidad y la formalidad de un matrimonio no la dan la virilidad y la feminidad sino la sabiduría de una de ambas partes.
Pero debemos dejar, oh paciente lector, estos tiquis miquis metafísicos, ateniéndonos en punto á metafísica á lo que enseñaba aquel sargento de artillería que hegelianizaba sin saberlo como Mr. Jourdain—recuérdese que estoy leyendo á Molière—hablaba en prosa sin saberlo. El cual sargento decía á unos soldados:
—¿Sabéis cómo se hace un cañón? ¿no? Pues para hacer un cañón se coge un agujero cilíndrico, se le recubre de hierro y ya está hecho.
Y como al hueco del cañón se le llama alma, bien pudo decir: «se coge un alma, se le pone cuerpo, y hete el cañón.»
Tal es el procedimiento metafísico, que es, como el lector habrá adivinado, el empleado por mí para construir los personajes de mi novela. He cogido sus huecos, los he recubierto de dichos y hechos, y hete á don Avito, don Fulgencio, Marina, Apolodoro y demás. Y si alguien me dijera que este no es procedimiento artístico, por muy metafísico que sea, le diré que se examine bien y vea qué encuentra debajo de sus propios hechos y dichos, y si debajo del hierro de nuestra carne no nos encontramos con un hueco ó agujero más ó menos cilíndrico.
Y volviendo á lo de antes diré que también yo me he preocupado, luego de recibida la carta de mi amigo Valentí Camp, en averiguar qué pensaron y dijeron de la muerte de Apolodoro don Fulgencio, don Epifanio, Menaguti, Federico y Clarita.
Empezando por Menaguti he de decir que cuando el sacerdote de Nuestra Señora la Belleza supo el percance de su amigo empezó á temblar como un azogado y le entró un grandísimo miedo, y que al volver un día á su casa, obsesionado por el recuerdo de Apolodoro, y pasando junto á una iglesiuca á aquella hora abierta miró á todos lados y cuando vió que nadie le veía se entró á ella furtivamente y dando de trompicones, se arrodilló en un rincón y rezó un padrenuestro por el alma de su amigo, pidiendo á la vez fe á Dios, á un Dios en quien no cree. Ahora se encuentra el pobre en el último período de la consunción, hecho un esqueleto y escupiendo los pulmones, y empeñado en matar á Dios, á ese mismo Dios á quien iba á pedir furtivamente fe y que le haga que crea en él. Mientras ve venir la muerte á toda marcha está escribiendo un libro: La muerte de Dios.
De Clarita hemos averiguado que cuando Federico, su marido, le llevó la noticia del suicidio de su antiguo novio, exclamó: «¡pobre Apolodoro! siempre me pareció algo...» y luego se dijo para sí misma: «hice bien dejarle por éste, porque si llegamos á casarnos y se le ocurre hacer esto...»
Federico se dijo: «ha hecho bien; para lo que servía...»; dió un beso á su mujer y quiso ponerse á pensar en otra cosa, pero estamos seguros de que la imagen del difunto ha de presentársele más de una vez y que recordará á menudo la conversación que tuvieron en la alameda del río, cuando iba flotando en las aguas aquel cadáver.
Don Epifanio parece ser que murmuró entre dientes: «¡pero ese Apolo, ese Apolo, quién lo hubiera creído...!» y aquella noche se estuvieron él y su mujer cuchicheando más que de costumbre antes de entregarse al sueño. También les remuerde la conciencia porque todas las personas que figuran en mi verídico relato tienen su más ó su menos de conciencia capaz de remordimientos.
En cuanto al insondable don Fulgencio ¿quién es capaz de contar el torbellino de ideas que la catástrofe de su discípulo le habrá causado? Nos consta que está meditando seriamente en si el verdadero momento metadramático no es el de la muerte. Y ahora al recordar la última entrevista que con Apolodoro tuvo, la del erostratismo, siente don Fulgencio escalofríos del alma al cruzarle la idea de si fué él quien sin quererlo le empujó á tan fatal resolución. Mas su dolor, dolor efectivo, real y doloroso, va cuajando en ideas y proyecta estudiar el suicidio á la luz de la muerte de la vida y el derecho á la muerte de la vida y el deber de muerte.
Mas á quien le ha producido el efecto más hondo y más rudo la muerte violenta de nuestro Apolodoro ha sido á Petra, la criada, á su Petrilla. Esto es para que se vea que la mayor rudeza de inteligencia y de carácter puede ir unida á la mayor profundidad y ternura de sentimientos. Esa pobre muchacha, víctima de las teorías de don Fulgencio obrando sobre los instintos de Apolodoro sobrexcitados á la vista de la muerte próxima,—pues veía claro que tenía que matarse—esa pobre muchacha tuvo la desgracia de enamorarse a posteriori de su señorito, del padre del fruto que ahora lleva en las entrañas. Se ve sola y desamparada, viuda y madre, y en momentos de desesperación medita recursos extremos y funestísimos.
Aunque la congoja ahoga al infeliz Avito y á su mujer, hanse redimido uno y otro en el común dolor, Carrascal se ha dormido y Marina ha despertado á tal punto que ha logrado la pobre Materia que se arrodille junto á ella la Forma y rece á dúo, elevando su corazón á Dios. Y ahora es cuando empieza á hablar algo de su niñez, de aquella niñez que parecía haber olvidado. Mas á pesar de tal congoja no han dejado de advertir el luto de la criada y sus extremos de dolor y esto descubriéndoles ciertos indicios que dormían en sus memorias y avivándolos al asociarlos en torno á este extraño dolor de la pobre Petrilla, les ha hecho vislumbrar la triste y dolorosa realidad que tal luto encubre.
Y llega un día en que llama don Avito á su criada y la interroga y viene la penosa confesión y la pobre muchacha se anega en llanto y el pobre hombre al sentirse abuelo la consuela con dulzura:
—No hagas caso, Petrilla, no hagas caso ni te acongojes por eso, que desde hoy serás nuestra hija y te quedarás con nosotros, y tu hijo será siempre el hijo de nuestro hijo, nuestro nieto, y nada le faltará y le cuidaremos, así como á ti, y le educaré, sí, le educaré... le educaré... y no volverá á pasar lo que con Apolodoro ha pasado, no, no volverá á pasar lo mismo, te lo juro... Le educaré, sí, le educaré, le educaré con arreglo á la más estricta pedagogía, y no habrá don Fulgencio ni don Tenebrencio que me le eche á perder, ni se rozará con otros niños. Le educaré yo, yo solo, que de algo me ha de servir la experiencia de lo pasado, le educaré yo y éste sí que saldrá genio, Petrilla; te aseguro que tu hijo será genio, sí, le haré genio, le haré genio y no se enamorará estúpidamente; le haré genio.
Con lo cual se va Petrilla consolada y hasta dando por bien empleado todo.
Cuando Marina lo sabe todo y la magnánima resolución de su marido abraza primero á éste, que tan noble espíritu demostraba, y cae luego llorando en brazos de hasta hoy su criada, y decimos hasta hoy porque acaba de decidirse que se tome en concepto de tal criada á otra y que quede Petrilla en concepto de hija y de viuda del pobre Apolodoro.
—Sí, Marina, sí, estoy satisfecho de mi resolución; así proceden los hombres honrados, es decir, razonables, y sobre todo muerto nuestro...
—Calla, Avito, no sigas.
—Bueno, faltándonos él yo necesitaba alguien en quien aplicar con toda pureza mi pedagogía...
—¡Por Dios, Avito, por Dios, calla, calla...!—exclama la pobre Marina sintiendo el peso enorme del sueño que parece volverle.
—Es que...
—¡Por Dios, Avito, por Dios! ¿más de eso todavía?
—Es que si aquello no fué de eso... es que no me dejaron aplicar con pureza mi sistema... Verás, verás ahora.
—¡Qué mundo. Virgen Santísima, qué mundo!—y empieza á sentir la pobre pesadísimo sopor sobre los párpados del alma, mientras Petrilla, satisfecha del papel de hija viuda, miró á uno y otro sin comprender nada de aquello, pero sintiendo que se trata del porvenir del fruto de sus entrañas.
Y ahora el pobre Carrascal se recata y á ocultas de su mujer llama á Petrilla para decirle:
—¿Te gustan las alubias, Petrilla?
—Bastante; ¿por qué me lo pregunta usted?
—Por nada, pero procura comer las más que puedas, ¿has oído? las más que puedas, pero sin que se te indigesten, y sobre todo no digas nada de esto á Marina, ¿has oído? ¡no le digas nada de esto!
Y cuando Petrilla se ha ido le llama para repetirle:
—Cuidado con decirle nada, pero nada; mas ten en cuenta que las alubias te convienen mucho.
Petrilla, satisfecha de su papel, se sonríe y se dice para sí misma: «¡Pobre hombre! no está muy bueno, pero le daremos gusto...»
Así á la vez que alargo este epílogo dejo colgada esta historia para poder añadirle una segunda parte, si es que la primera gusta y encuentra buena acogida.
Aquí queda en suspenso este epílogo en espera de la contestación que obtenga una carta que he dirigido hoy mismo á Barcelona preguntando de cuántas cuartillas consta el manuscrito—prólogo y logo—pues sabiendo que son 272 las páginas que el editor quiere llenar, que lo ya remitido no hace más que 219 y que falta, por lo tanto, original para 53 páginas, tengo ya trazada la proporción para hallar el número x, de cuartillas de que este epílogo debe constar, llamando n al número de las que constituyen el manuscrito que obra en manos del editor. La proporción es
219 : 53 :: 281n : x
de donde x = 281 × 53 / 219 = 67 cuartillas. Y no sigo porque me parece que ya estoy abusando.
Y á propósito; paseando esta tarde, como de costumbre, con un amigo mío médico y publicista, le he leído este epílogo, cuya historia conoce y al punto por una naturalísima asociación de ideas le ha venido á las mientes el soneto aquel famosísimo de Lope de Vega que empieza:
Cuando concluya este epílogo, en vista de lo que me contesten, le pondré como remate ó contera el tercer verso del segundo terceto del soneto.
También recordamos, ¿y cómo no? aquel gracioso cuento que en el «Prólogo al lector» de la segunda parte de su obra inmortal nos cuenta el único y grandísimo humorista de nuestra literatura, el cuento del loco aquel de Sevilla que dió en el gracioso disparate y tema de coger algún perro en la calle ó en cualquiera otra parte y «con el un pie le cogía el suyo y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto—el cañuto de caña, puntiagudo en el fin—en la parte que soplándole le ponía redondo como una pelota y en teniéndole desta suerte le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba diciendo á los circunstantes (que siempre eran muchos): pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro.»
Pensarás, lector pacientísimo y benévolo, que es poco trabajo hacer un epílogo, aun con ayuda de Cervantes, diré yo á mi vez cuando haya dado fin á este. Yo también he de decirle como nuestro gran humorista en el prólogo á la primera parte de su Ingenioso Hidalgo que si me costó algún trabajo componer mi novela, ninguno tuve por mayor que el de hacer el prólogo que á este libro encabeza y este epílogo con que le pongo cola y remate. Yo también hubiera querido «dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo» ni demás perendengues y por eso he rechazado el acuerdo, que por un instante me ha revoloteado en la mente, de añadirle notas como las que llevan algunas de las novelas de Walter Scott ó Gualterio Escoto, como el Solitario quería que los españoles le llamásemos.
Ya sé yo que todos estos escarceos y alargamientos habrían de parecer abusivos y poco serios á buena parte de nuestro público; mas confío por otra parte en que esa parte no detenga sus severas miradas en estas páginas y así nos veamos libres ellos de mí y yo de ellos, con lo que no sé quién ganará más, si ellos ó yo. No lo puedo remediar, pero á lo que mi natural más naturalmente me tira es á cierto conversar sin liga ni encadenamiento, á un palique al modo de las odas pindáricas ú horacianas en que sin plan general ni serial vayan enredándose las ideas, por los rabillos de la asociación lógica que en los tratados de psicología se estudia, como las cerezas se enredan. En mi vida sabré escribir una obra rigurosamente científica y didáctica con reducirse esto á llenar con definiciones, divisiones, teoremas, escolios, lemas, corolarios, postulados y eso que se llaman hechos—y que en realidad son citas—un encasillado esquemático N por el estilo de este:
Por no saber llenar este cañamazo científico nunca pasaré de un pobre escritor mirado en la república de las letras como intruso y de fuera por ciertas pretensiones de científico, y tenido en el imperio de las ciencias por un intruso también á causa de mis pretensiones de literato. Es lo que trae consigo el querer promiscuar.
Y no me sirve ponderar lo incientíficos que son nuestros literatos á punto de que un poeta que pasa por eminente pueda ignorar cómo se halla el volumen de un tetraedro ó cómo se producen las estaciones del año ó cuál es la ley de la reflexión de la luz y lo iliteratos que son nuestros científicos de modo que un eminente geómetra ó químico no distinga un soneto de una seguidilla ó un Rembrandt de un Rafael, no me sirve ponderar esto, ni aun yendo al fondo del mal, ni me sirve repetir que debemos tirar á sentir la ciencia y comprender el arte, á hacer ciencia del arte y arte de la ciencia, y sacar á relucir el ya tan resobado y socorrido caso de Goethe, el poeta egregio del Fausto y de Hermann y Dorotea y de las Elegías romanas que parió una teoría científica de los colores y de la metamorfosis de los pétalos de las flores y descubrió el hueso intermaxilar en el hombre; no me sirve nada de esto y por nada de ello habré de justificarme.
Pero sí, consonantes no han de faltarme, y en último caso acudiré á los asonantes ó aun al verso libre. Pues si hay verso libre ó blanco como otros le llaman, blank verse, ¿por qué no ha de haber también prosa libre ó blanca? ¿A título de qué hemos de uncirnos al ominoso yugo de la lógica, que con el tiempo y el espacio son los tres peores tiranos de nuestro espíritu? En la eternidad y en la infinitud soñamos con emanciparnos del tiempo y del espacio, los déspotas categóricos, las infames formas sintéticas a priori; mas de la lógica ¿cómo hemos de emanciparnos? ¿Significa ni puede significar la libertad otra cosa que la emancipación de la lógica, que es nuestra más triste servidumbre?
Ya sé que yo mismo en otras ocasiones y en otros escritos he sostenido y afirmado que la libertad es la conciencia de la necesidad, la conciencia de la ley, que el hombre debe tirar á querer lo que suceda para que así suceda lo que él quiera, pero esos no pasan de esfuerzos con que quiero engañarme á mí mismo y de reflexiones que me hago para encerrar el infinito del espacio en la menguada jaula en que estoy condenado á vivir después de haberme dado de porrazos en vano contra los barrotes de ella.
Sí, ya sé que nos ponemos á escribir versos libres aquellos á quienes no nos sale libremente la rima, los incapaces de hacer fuente de asociación de ideas de la rima generatrice, como hacemos prosa libre ó cháchara suelta á guisa de sangría los incapaces de la verdadera libertad, la que en la conciencia de la ley consiste.
A este propósito recuerdo lo que no hace aún tres días leí en La critique de l'École des femmes de Molière, comedia en un acto estrenada en 1663, comedia en que Dorante dice que la gran regla de todas las reglas es agradar, y si una pieza de teatro ha conseguido este fin es que tomó por buen camino. El cual Dorante asegura que las reglas del arte no son los mayores misterios del mundo, sino «algunas obvias observaciones que el buen sentido ha hecho sobre lo que puede quitar el gusto que se toma á tal suerte de poemas, y el mismo buen sentido que hizo antaño esas observaciones las hace obviamente todos los días sin la ayuda de Horacio y de Aristóteles.» Esto del buen sentido, del bon sens, y sobre todo tratándose del buen sentido francés, me puso en guardia, recordando al punto cuanto acerca del sentido común tengo oído al bueno de mi don Fulgencio, mas ahora al seguir hinchando este epílogo vuelvo á recordar el pasaje de Molière y lo de que la gran regla de las reglas es agradar.
La gran regla de las reglas es en este mi caso presente ir entreteniendo, deleitando é instruyendo ó sugiriendo si se puede al lector,—pariterque monendo, metamos este acreditado ripio ó relleno, pues cae mejor en latín—para llevarle suave y dulcemente á las trescientas páginas «que es el tipo.»
Y en esta mi tarea de sugerirle algo quisiera infundirle una chispa del secreto fuego que en contra de la lógica arde en mis entrañas espirituales ó avivar más bien ese fuego que en él, como en todo hombre hecho y derecho, también arde aunque sea bajo cenizas. Porque ¿qué otra cosa es el sentimiento de lo cómico sino el de la emancipación de la lógica y que otra cosa sino lo ilógico nos provoca á risa? Y esta risa ¿qué es sino la expresión corpórea del placer que sentimos al vernos libres, siquiera sea por un breve momento, de esa feroz tirana, de ese fatum lúgubre, de esa potencia incoercible y sorda á las voces del corazón? ¿Por qué se mató el pobre Apolodoro sino por escapar á la lógica, que le hubiera matado al cabo? El ergo, el fatídico ergo es el símbolo de la esclavitud del espíritu. Mis esfuerzos por sacudirme del yugo del ergo son los que han provocado esta novela, pero la lógica se vengará, estoy seguro de ello, se vengará en mí.
Porque tiene razón don Fulgencio: «sólo la lógica da de comer» y sin comer no se puede vivir y sin vivir no puede aspirarse á ser libre, ergo... hele aquí, hele aquí después de esta especie de sorites al ergo vengador. ¿Y qué más que un ergo fatídico me lleva á ir hinchando con mi cañuto de caña—pues de veras escribo con cañutos de caña á guisa de porta-plumas, por lo cual puedo decir con razón lo de calamo currente—este ergótico epílogo? ¿Es que no tiene acaso el tal epílogo su lógica, una lógica—seamos desnudamente sinceros—una lógica que me da de comer?
Y siendo lo cómico una infracción á la lógica y la lógica nuestra tirana, la divinidad terrible que nos esclaviza, ¿no es lo cómico un aleteo de libertad, un esfuerzo de emancipación del espíritu? El esclavo se ríe, el esclavo se ríe cuando otro esclavo tras momentáneo acto de rebelión recibe sobre sus escuálidos lomos los latigazos de la tirana, el esclavo se ríe y se vuelve al plato, á comer de lo que la Lógica le da, nos volvemos al plato todos, porque «sólo la lógica da de comer.» ¿Pero es que no hay algo grande, algo sublime, algo sobrehumano, en esa rebelión del pobre esclavo? ¿Es que en las entrañas de lo cómico, de lo grotesco, no sangra y llora la sublimidad humana? ¡Pobre corazón! ¡pobre corazón que te ríes para no llorar! ¡pobre corazón que te burlas para no compadecer, porque el compadecer te destroza y te aniquila!
Coged á Aristófanes, el gran cómico, al que no hubo bufonada que le arredrara, y ved cómo hace hablar en su comedia Las ranas á Esquilo, el gran trágico. ¡Desgraciados de nosotros si no sabemos rebelarnos alguna vez contra la tirana! Nos tratará sin compasión, sin miramiento, sin piedad alguna, nos cargará de brutal trabajo y nos dará mezquina pitanza. En cambio, si alguna vez le enseñamos los puños y los dientes y nos revolvemos contra ella, haremos reir á los demás esclavos cuando la verga salpique de sangre nuestros lomos con sus golpes, pero la tirana nos mirará con otros ojos y nos llamará luego aparte á su retirada alcoba y allí nos mostrará la Lógica sus secretos encantos y nos regalará con sus caricias y seremos por algunos instantes no ya sus esclavos, sino sus dueños. Y allí lloraremos en sus brazos lágrimas de redención, lágrimas de las que purifican y aclaran la vista, lágrimas de las que desahogan el vaso del corazón rebosante de amarguras. Allí, en brazos de la tirana lloraremos: ¡bienaventurados los que se ríen porque ellos llorarán algún día! Y los que no se ríen, esos no podrán llorar y las lágrimas se les quedarán en el corazón, envenenándoselo. Ved sino que los hombres graves, los que sólo por fuera y en la máscara se ríen, languidecen en soberbia y en envidia y avanzan fatigosamente uncidos al yugo infame del sentido común, cobarde ministril y capataz de la tirana Lógica.
Aquí alza otra vez la voz maese Pedro y me dice: «llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala» (capítulo XXVI de la parte II de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha) y me parece la voz de maese Pedro, del pícaro, galeote y desagradecido Ginés de Pasamonte la voz del sentido común, de este Ginesillo de Parapilla que acaba en robar rucios á los Sancho Panzas.
Tiene razón maese Pedro, á quien bien á mi pesar sirvo de criado: no debo meterme en dibujos sino hacer lo que don Quijote me manda, que será lo más acertado, siguiendo mi canto llano y sin meterme «en contrapuntos que se suelen quebrar de sotiles», y lo que don Quijote me manda es que no me encumbre sino que siga mi epílogo en línea recta sin meterme en las curvas ó trasversales, «que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.» «Yo lo haré así», no sea que á don Quijote se le antoje salir en ayuda de Apolodoro y la emprenda á llover cuchilladas sobre mi titerera pedagógica y derribe á unos, descabece á otros, estropee á don Fulgencio, destroce á Menaguti y entre otros muchos tire un altibajo tal que si maese Pedro, el que por dentro y bien á mi pesar mueve mi tinglado todo, no se abaja, se encoge y agazapa, le cercene la cabeza con más facilidad que si fuera hecha de masa de mazapán, cercén que se tendría muy merecido. Y de nada sirve que maese Pedro dé voces á don Quijote diciéndole que se detenga y advierta que estos no son sino figurillas de pasta y que me destruye y echa á perder parte de mi hacienda, pues no dejará por eso don Quijote de menudear cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos, que el tal don Quijote es hombre grave si los hay y de los que toman las burlas en veras, por lo cual no sabe tomar las veras en burlas ni se tiene noticia de que se haya reído nunca por dentro aunque haya dado que reir á todo el mundo. Pues tal es la miserable condición humana, que no queda otra salida que ó reirse ó dar que reir como no tome uno la de reirse y dar que reir á la vez, riéndose de lo que da que reir y dando que reir de lo que se ríe, según la fórmula que me enseñó en cierta ocasión, al pie del Simia sapiens, mi don Fulgencio.
¿Y hay, á propósito, nada más cómico que don Quijote? ¿No luchó desesperadamente contra la lógica de la realidad que nos manda que sean los molinos de viento lo que en el mundo de la realidad son y no lo que en el mundo de nuestra fantasía se nos antoja que sean? ¿Y cuándo le volvió la lógica á don Quijote sino cuando la muerte le amagaba y rondaba en torno suyo? Se rebeló contra la lógica el esclavo Alonso el Bueno y la Lógica le llevó á su apartado retiro y le enseñó sus secretos y le regaló con sus caricias, porque ¿no se ve á la Lógica y á la Lógica desnuda y sumisa y entregada y no vestida y tiránica y reservada en las aventuras todas de nuestro inmortal ingenioso hidalgo?
Yo lancé hace algún tiempo el grito de ¡muera don Quijote!, y este grito halló alguna resonancia y quise explicarlo diciendo que quería decir ¡viva Alonso el Bueno! esto es, que grité ¡muera el rebelde! queriendo decir ¡viva el esclavo!, pero ahora me arrepiento de ello y declaro no haber comprendido ni sentido entonces bien á don Quijote, ni haber tenido en cuenta que cuando éste muere es que tocan á muerto por Alonso el Bueno.
Hasta aquí llegaba ayer, habiendo llenado 41 cuartillas de epílogo, cuando recibo hoy, 7 de febrero, carta de que hacen falta otras tantas, es decir, que apenas he llegado á la mitad de este epílogo.
Dejé ayer á prevención concluso el sentido al final de la cuartilla 18, después de hablar del efecto que la muerte de Apolodoro produjo al insondable don Fulgencio, y antes de ocuparme en el que á Petrilla produjo esa misma muerte, y lo dejé así con el objeto de poder intercalar entre las cuartillas 18 y 19 cuantas fueren menester. Y ahora, con objeto de poder cubrir ese hueco que á prevención dejé, voy á ver á don Fulgencio, en busca de lo que acerca del efecto que el suicidio de su discípulo le produjera.
Vengo de ver á don Fulgencio, el cual no ha querido hablarme de los efectos en su espíritu de la violenta muerte de Apolodoro. Apenas le hablé de ello se me mostró muy afectado y dolorido y me dijo: «¡Pasemos á otra cosa!» Y al exponerle los motivos lógicos que me impelían á interrogarle sobre tan doloroso punto, me ha contestado diciéndome que la cosa se arreglaba muy bien publicando á seguida de mi relato y epílogo un trabajo cualquiera de él ó mío, cosa muy dentro de las costumbres y usos literarios. Y tirando del cajón sacó de él un manuscrito que me entregó diciéndome:
—Ahí tiene usted una obra de mi juventud, un pequeño diálogo titulado «El Calamar», que escribí poco después de haber rechazado un duelo que se me propuso. Si no bastara, publique usted algo suyo. Vamos á ver: ¿por qué no lo hace con aquello de «El liberalismo es pecado» que en cierta ocasión me leyó?
—Es que yo quiero—le he dicho—que cuanto en un volumen vaya tenga cierta unidad de tono siquiera; en el chorizo se mete carne de vaca con la de cerdo, pero no sardinas ni ciruelas.
—¡Unidad de tono... unidad de tono...! Siempre salen ustedes con esas tonadillas de antaño que en realidad no hay quien las entienda á derechas. Y dígame, amigo Unamuno, ¿qué unidad de tono le encuentra usted al mundo? Y aunque una obra de arte necesite unidad de tono, el libro, como obra de arte, el libro, entiéndame bien, el libro, no su contenido, es obra de arte tipográfico y no literario y su unidad ha de ser unidad de papel, de tipos, de caja, de impresión. Por lo demás encuentro justificadísimo lo de sus editores, y una de las cosas que más me gustan de nuestro libro inmortal, es que Juan Gallo de Andrada, escribano de cámara del rey don Felipe, certificara de que los señores del Consejo vieron el libro intitulado El ingenioso Hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, y tasaran cada pliego de él á tres maravedís y medio, y teniendo el libro ochenta y tres pliegos, al dicho precio montaba el dicho libro—diciéndome esto tenía don Fulgencio abierto y á la vista el Quijote—doscientos y noventa maravedís y medio, en que se había de vender en papel, y dieron licencia para que á ese precio se pudiese vender, y mandaron poner esa tasa al principio del libro y que no se pudiese vender sin ella. Pienso escribir algo sobre esto de la tasa del Quijote. Y á propósito de ello he de contarle lo que no ha muchos años sucedió en la Corte entre un poeta y un librero. Fué el caso que el poeta le presentó un tomito de composiciones suyas pidiéndole le tomase algunos ejemplares con el consiguiente descuento. Cogió el librero el tomito y sin abrirlo lo revolvió en la mano examinando su longitud, latitud y profundidad, hecho lo cual preguntó al poeta: «¿Y á cuánto ha de venderse esto?» «A tres pesetas», contestó el poeta, y el librero replicó: «Me parece caro.» Y el poeta exclamó entonces: «Es que le advierto que es oro puro.» «¿De oro puro? en ese caso no me conviene», replicó el librero devolviéndole el tomito. Créame, hasta el oro puro hay que saber tasarlo, como tasaron los señores del Consejo el oro puro del Quijote.
Otras muchas cosas me ha dicho don Fulgencio, dejándome convencido, y al salir me ha entregado dos manuscritos suyos, el diálogo de «El Calamar», de que hice mención, y los «Apuntes para un tratado de Cocotología», autorizándome para que haga de ellos el uso que crea conveniente.
Y ahora termino este epílogo, como prometí terminarlo, con el último verso del soneto de Lope de Vega:
Contad si son catorce y está hecho.
APUNTES PARA UN TRATADO DE COCOTOLOGÍA
PROLEGÓMENOS
En esta parte ha de tratarse de todo lo divino y lo humano, de lo conocido, de lo desconocido y de lo inconocible, arrancando siempre, á poder ser, de la nebulosa ó del homogéneo primitivo si fuere preciso. Es de grandísimo interés ante todo y sobre todo establecer el concepto de la ciencia, pues sin haber establecido tal concepto es absolutamente imposible dar un solo paso en firme en ciencia alguna.
Lo del concepto de la ciencia nos llevará á tratar del problema del conocimiento, y con todo esto se puede llenar muy bien un tomo de regulares dimensiones.
HISTORIA DE LA COCOTOLOGÍA
Empezaré diciendo que la historia de la cocotología, como la de todo lo existente, posible y concebible, se pierde en la noche de los tiempos, y acudiré al Larousse á ver qué dice ella. Y como es de suponer que no diga nada, consideraré á las pajaritas de papel como un juego infantil y haré la historia de los juegos infantiles y de todos los juegos en general. Con esto bien puede llenarse otro tomo.
RAZÓN DE MÉTODO
Aquí expondré el por qué trato primero de lo primero y segundo de lo segundo y por qué lo tercero ha de ir antes de lo cuarto y después de éste lo quinto. Esta es una parte muy importante y en que se requiere mucho pulso.
Sabido es, en efecto, que el método lo es todo y que la ciencia se reduce al método, es decir, al camino, pues método significa en griego camino. Y teniendo en cuenta que hay dos clases de caminos, vías ó métodos, unos parados, por los que el caminante discurre y anda, como son los caminos terrestres, y otros «caminos que andan», que llevan al caminante, como son las vías fluviales ó ríos, dividiré á los métodos, y por consiguiente á las ciencias que los encarnan, en dos grandes grupos: métodos parados ó terrestres y métodos en movimiento ó fluviales. De aquí las ciencias terrestres y las ciencias fluviales.
Y si me dijeren que esto es jugar con la metáfora, replicaré que todo es metáfora y así saldré del paso. Forzaré, además, la metáfora hablando de caminos ó métodos férreos, como los de las matemáticas, aéreos, funiculares, vecinales, senderos, veredas, atajos, etc., y terminaré de una manera magnífica y altamente sugestiva hablando del mar, que todo él es camino, y comparándolo con la filosofía, y del aire, que también es todo él camino, comparándolo con la poesía. Porque es preciso hacer entrar la poesía entre las ciencias. Aquí encajará lo de los «húmedos senderos» de Homero y con tal ocasión hablaré de Homero y del helenismo.
ETIMOLOGÍA
La palabra cocotología se compone de dos, de la francesa cocotte, pajarita de papel, y de la griega logia, de logos, tratado. La palabra francesa cocotte es una palabra infantil y que se aplica en su sentido primitivo y recto á los pollos y por extensión á todas las aves. En sentido traslaticio á las pajaritas de papel y á las mozas de vida alegre. Aquí habré de extenderme en una comparación entre estas mozas y las pajaritas, frágiles como ellas.
La primera cuestión que surge respecto al nombre de nuestra nueva ciencia es que es el tal un nombre híbrido, como el de sociología, compuesta de una palabra latina y otra griega, y son muchas las personas graves que han visto en eso del hibridismo de su título un fuerte argumento en contra de la nueva sociología.
Acaso fuera mejor llamar á nuestra ciencia papyrornithiología (παπυρορνιθιολογια), de las palabras griegas papyros (πἁπυρος) papel, ornithion (ὁρνἱθιον) pajarita y logia, pero le encuentro á este nombre graves inconvenientes que me reservo mostrar cuando publique el tratado.
Y no dudemos de la importancia del nombre, importancia tal que precisamente lo más grave de una idea ú objeto es el nombre que hayamos de darle. Rechacemos aquel absurdo aforismo de le nom ne fait pas à la chose, el nombre no hace á la cosa. Sí, el nombre hace á la cosa y hasta la crea.
¿No nos dice acaso el versillo 3 del capítulo I del Génesis que «Dijo Dios: sea la luz, y la luz fué», creándola así con su palabra, y no fué lo primero la palabra, según el versillo primero del capítulo I del Evangelio según Juan, que nos dice que «en el principio fué la palabra?» Fausto halla imposible estimar en tanto la palabra, el verbo, y lo traduce primero así: «en el principio era el sentido» (Im Anfang war der Sinn), mas luego lo corrige diciendo: «En el principio era la fuerza» Im Anfang war die Kraft, y concluye por fin en decir: «en el principio era la acción» Im Anfang war die That. No; Fausto aquí divaga; digamos que en el principio fué la palabra y que luego de haber formado Dios de la tierra toda bestia del campo y toda ave de los cielos «las trajo á Adán para que viese cómo las había de llamar, y todo lo que Adán llamó á los animales vivientes ese es su nombre» (Gen. II, 19). Y este acto de dar Adán nombre á toda bestia del campo y á toda ave de los cielos, fué su toma de posesión de ellos y hoy mismo tomamos posesión intelectual de las cosas al nombrarlas.
¿Qué es, en efecto, conocer una cosa sino nombrarla? Conocer una cosa es clasificarla, nos dicen los filósofos, es distinguirla de las demás, y cuanto mejor la distingues es que la conoces mejor. El hombre ignorante sólo sabe el nombre propio de las cosas, su agnomen, su nombre de pila que diríamos hoy; las llama Cayo ó Tito, Pedro ó Juan; el menos ignorante sabe su primer apellido; cuando se instruye más conoce ya el segundo apellido, y así sucesivamente. Cuanto más adelantamos en la ciencia de las cosas, más apellidos damos á éstas, conocemos mejor su genealogía, las colocamos mejor en el lugar que en su familia las corresponde. ¿La llamada historia natural se reduce para los más á otra cosa que una nomenclatura?
Preguntémosle á la palabra misma por su importancia y oficio, interroguemos á nuestra lengua latina y ella nos dirá que la raíz del nombre nombre NOMEN GNOMEN es la raíz misma, GNO—del verbo gnosco, cognosco, conocer, y que esta raíz GNO es hermana de la raíz GEN—de gigno, engendrar; nombrar es conocer y conocer es engendrar, nombrar es engendrar las cosas. Y si se lo preguntamos á las lenguas germánicas y anglo-sajonas nos dirán éstas que la voz palabra, worth en inglés, wort en alemán, es pariente del verbo werden, devenir, hacerse, generarse, siendo la palabra un hacerse, un devenir, un engendrarse. Sí, inefable é inconocible es una sola y misma cosa.
Razón tiene, pues, Carlyle cuando en su Sartor Resartus (lib. II, cap. I, Génesis), hace decir á Diógenes Teufelsdrockh lo siguiente: «Pues en verdad, como insistía á menudo en ello Gualterio Shandy, estriba mucho, casi todo, en los nombres. El nombre es el primer vestido en que envolvisteis al yo que visitaba la Tierra, vestido á que desde entonces se agarra más tenazmente (porque hay nombres que han durado casi treinta siglos) que á la piel misma. Y ahora, desde fuera, ¡qué místicas influencias no envía hacia dentro, aun hasta el centro, especialmente en aquellos plásticos primeros tiempos en que es el alma toda infantil todavía, blanda, habiendo de crecer la invisible semilla hasta convertirse en árbol frondoso! ¿Los nombres? Si pudiera explicar yo la influencia de los nombres, que son el más importante de todos los vestidos, sería un segundo y gran Trismegisto. No ya sólo el lenguaje común todo, sino la ciencia y la poesía mismas, no son otra cosa, si lo examinas, que un exacto nombrar..... En muy llano sentido, dice el proverbio, «llama ladrón á uno y robará...» Así Carlyle.
Goethe, por su parte, en Poesía y verdad (II, 2), nos dice: «No estaba bien hecho que se permitiera aquellas bromas con mi nombre, pues el nombre propio de un hombre no es una capa que cuelgue de él y á la que se pueda deshilachar y desgarrar, sino un vestido que ajusta perfectamente y hasta como la piel misma que ha crecido con él y sobre él, y á la que no cabe arañar y desollar sin herirle á él mismo.»
Y, por último, para acabar con las citas, conviene trascribir aquí aquellos preñados versos en que nos dice Shelley en su «Prometeo desencadenado» (Prometheus unbound, act. II, sc. IV) que «dió al hombre el lenguaje y el lenguaje creó el pensamiento, que es la medida del universo.»