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Amor y Pedagogía

Chapter 8: VI
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About This Book

The narrative follows an obsessive father who resolves to rear his son by scientific principles to counteract maternal sentimentalism, treating the child's development as an experiment and comparing individual growth to species evolution. The household includes a dreamy mother and a grotesque tutor whose eccentric doctrines and manipulations produce comic and unsettling outcomes. Through satirical episodes the work probes tensions between reason and feeling, the limits of pedagogical systems, and an ambivalent attitude toward science, literature, and language. Tone shifts between burlesque humor and philosophical reflection while characters often function as mouthpieces for ideological debate.

Carrascal vigila la evolución del pequeño salvaje, meditando en el paralelismo entre la evolución del individuo y la de la especie, ó como decimos entre la ontogenia y la filogenia. «Su madre le hará fetichista—se dice—¡no importa! Como la especie, tiene el individuo que pasar por el fetichismo; yo me encargaré de él. Ahora, mientras siga siendo un invertebrado psíquico, un alma sin vértebras ni cerebro, allá con él su madre, pero así que se le señale la conciencia reflexiva, así que entre en los vertebrados, así que se me presente de amfioxus psíquico, le tomo de mi cuenta.»

Marina, por su parte, sonambuliza suspirando: ¡Qué mundo este, Virgen Santísima! y aduerme al niño cantándole:

Duerme, duerme, mi niño,
Duerme enseguida,
Duerme, que con tu madre
Duerme la vida.
Duerme, sol de mis ojos,
Duerme, mi encanto,
Duerme, que si no duermes
Yo no te canto.
Duerme, mi dulce sueño,
Duerme, tesoro,
Duerme, que tú te duermes
Y yo te adoro.
Duerme para que duerma
Tu pobre madre,
Mira que luego riñe
Riñe tu padre.
Duerme, niño chiquito,
Que viene el coco
A llevarse á los niños
Que duermen poco...

Y Apolodoro va aprendiendo, bajo la dirección técnica de su padre, el manejo del martillo de su puño, de las palancas de sus brazos, de las tenazas de sus dedos, de los garfios de sus uñas y de las tijeras de los recién brotados dientes. Y por sí solo, ¡cosa singular! sin dirección alguna, adelantando la cabeza cuando quiere, sí, cuando quiere comer de lo que le presentan y sacudiéndola de un lado á otro para que no se lo encajen en la boca, cuando no lo quiere, no, no quiere comerlo, aprende á decir mudamente y no, las dos únicas expresiones de la voluntad virgen.

Su padre, sin embargo, se dedica un rato todos los días á frotarle bien la cabeza por encima de la oreja izquierda para excitar así la circulación en la parte correspondiente á la tercera circunvolución frontal izquierda, al centro del lenguaje, pues algo de la excitación ha de atravesar el cráneo y ayudar al niño á romper á hablar.


IV

Ahora en que el alma de Apolodoro se acerca, merced á las fricciones superauriculares, al anfioxus psíquico, ahora ha venido á habitar en nuestra ciudad el verbo de Carrascal, el insondable filósofo don Fulgencio.

Es don Fulgencio Entrambosmares hombre entrado en años y de ilusiones salido, de mirar vago que parece perderse en lo infinito, á causa de su cortedad de vista sobre todo, de reposado ademán y de palabra en que subraya tanto todo que dicen sus admiradores que habla en bastardilla. Jamás presenta á su mujer por avergonzarse de estar casado y sobre todo de tener que estarlo con mujer. El traje lo lleva de retazos hábilmente cosidos, intercambiables, diciendo: «esto es un traje orgánico; siempre conserva las caderas y rodilleras, signos de mi personalidad, mis caderas, mis rodilleras

Tiene en su despacho, junto á un piano, un esqueleto de hombre con chistera, corbata, frac, sortija en los huesos de los dedos y un paraguas en una mano y sobre él esta inscripción: Homo insipiens, y al lado un desnudo esqueleto de gorila con esta otra: Simia sapiens, y encima de una y de otra una tercera inscripción que dice: Quantum mutatus ab illo! Y por todas partes carteles con aforismos de este jaez: «La verdad es un lujo; cuesta cara.» «Si no hubiera hombres habría que inventarlos.» «Pensar la vida es vivir el pensamiento.» «El fin del hombre es la ciencia.»

Son, en efecto, los aforismos uno de sus fuertes, y el Libro de los aforismos ó píldoras de sabiduría su libro exotérico, el que ha de dar como ilustración al común de los mortales. Porque el otro, su Ars magna combinatoria, su gran obra esotérica, que irá escrita en latín ó en volapük, la reserva para más felices edades. Trabaja en ella de continuo, mas decidido á encerrarla, desconocida, en un hermético cofrecito de iridio ó de molibdeno, cuando muera, ordenando que la entierren con él y dejando al Destino que al correr de los siglos aparezca á flor de tierra un día, entre roídos huesos, cuando sea ya el género humano digno de tamaño presente.

Porque es lo que se dice á solas: «¿Trabajar yo para este público donde han caído como en el vacío mis más profundos y geniales estudios? ¿para este público que tarda tanto en admitir como en despedir á aquel á quien una vez ha ya admitido? Esto es como caminar en un arenal; esto es romperse el brazo del alma al ir á dar con todo esfuerzo y encontrarse con el aire nada más. Hay aquí cien escritores, publica cada cual cien ejemplares de cada una de sus obras y las cambian entre sí, como cambian los saludos y las envidias. El que no escribe no lee, y el que escribe tampoco lee como no le regalen lo que haya de leer. Como ninguno se halla sostenido por público compacto, numeroso y culto, ni creen en sí mismos ni en los otros—pues necesitamos de que los demás nos crean para creernos—y á falta de esa fe, de la fe en la popularidad, única de nuestro escritor, desprécianse mutuamente ó creen despreciarse más bien.»

Hechas estas consideraciones se vuelve á trabajar en su Ars magna combinatoria, labor que ha de ser un día asombro de los siglos. No es, en efecto, la filosofía, según don Fulgencio, más que una combinatoria llevada á los últimos términos. El trabajo hercúleo, genial, estribaba en dar, como él ha dado, con las cuatro ideas madres, dos del orden ideal y dos del real, ideas que son, las del orden real: la muerte y la vida; y las del orden ideal: el derecho y el deber, ideas no metafísicas y abstractas, como las categorías aristotélicas ó kantianas, sino henchidas de contenido potencial. A partir de ellas, coordinándolas de todas las maneras posibles, en coordinaciones binarias primero, luego ternarias, cuaternarias más adelante y así sucesivamente, es como habrá de descifrarse el misterio del gran jeroglífico del Universo, es como se sacará el hilo del ovillo del eterno Drama de lo Infinito. Está en las coordinaciones binarias ó simplemente combinaciones, como él, aunque apartándose del común tecnicismo, las llama estudiando el derecho á la vida, á la muerte, al derecho mismo y al deber; el deber de vida, de muerte, de derecho y de deber mismo; la muerte del derecho, del deber, de la misma muerte y de la vida; y la vida del derecho, del deber, de la muerte y de la vida misma. ¡Qué fuente de reflexiones el derecho al derecho, el deber del deber, la muerte de la muerte y la vida de la vida! ¡qué fecundas paradojas las de la vida de la muerte y la muerte de la vida! Ibsen ha presentido á don Fulgencio al hacer decir al Obispo de su drama «Madera de reyes» (Kongs-Aemnerne) aquello de: «¿Pero con qué derecho tiene derecho Hakon y no vos?» (Men med hvad Ret fik Hakon Retten og ikke I?) Luego que acabe con las binarias se meterá don Fulgencio con las coordinaciones ternarias ó más bien conternaciones, que es como él las llama, tales cuales las de la vida de la muerte del derecho, el derecho á la muerte de la vida, el deber del derecho al deber, y ¡oh fuente de paradójicas maravillas! el derecho al derecho al derecho, ó la muerte de la muerte de la muerte. Hanle presentido, además de Ibsen, Ihering con eso de que no hay derecho á renunciar los derechos, y todos los que hablan del derecho á la pena, es decir, á la muerte. Las conternaciones son sesenta y cuatro y luego vienen las doscientas cincuenta y seis concuaternaciones y las mil veinticuatro conquinaciones más tarde y... ¡qué porvenir se abre á la Humanidad! Esta ha de ser inacabable, eterna, pues no basta la infinita consecución de los tiempos para agotar la infinita serie de las infinitas coordinaciones.

El método coordinatorio es, sin duda, la fuente de toda filosofía, el modo de excitar el pensamiento. ¿Oyes decir que el amor es el hambre de la especie? pues inviértelo y dí que el hambre es el amor del individuo. Ya Pascal, como buen filósofo, volvió aquello de que el hábito es una segunda naturaleza en lo de que la naturaleza es un primer hábito. ¿Te hablan de la libertad de conciencia? pues compárala al punto con la conciencia de la libertad; ¿te proponen la cuadratura del círculo? medita en la circulación del cuadrado.

Cuando se pone don Fulgencio á pensar en esto, de noche y oscuras, descansando sobre la almohada su cabeza, junto á la de doña Edelmira, su mujer, desciende á él el sueño al peso de tan graves meditaciones. Con razón llama filosofía rítmica sobre-humana á la suya.

Profesa un santo odio, un odium philosophicum, al sentido común, del que dice: «¿el sentido común? ¡á la cocina!» y cuando llega á sus oídos esa estúpida conseja de que es una olla de grillos su cabeza, recítase este fragmento poético que para propio regalo tan sólo ha compuesto:

Amados grillos que con vuestro canto
De mi cabeza á la olla dais encanto,
Cantad, cantad sin tino,
Cumplid vuestro destino,
Mientras las ollas de los más sesudos
De sentido común torpes guaridas,
De sucias cucarachas, grillos mudos,
Verbenean manidas.
Resuenen esas ollas con el eco
Del canto de lo hueco.

Tal es el guía á quien para la educación del genio se ha confiado don Avito.


Han anunciado á don Fulgencio que Carrascal le busca, sale el filósofo en chancletas, echa á don Avito una mano sobre el hombro y exclama:

—¡Paz y ciencia! amigo Avito... cuanto bueno por aquí...

—Usted siempre tan magnánimo, don Fulgencio... Vengo algo sudoroso; está tan lejos esta casa... Se pierde mucho tiempo en recorrer espacio...

—Casi tanto como el espacio que se pierde en pasar el tiempo... ¿Y qué tal va el papel?

Don Avito queda confundido ante esta profundidad de hombre, y como al entrar en el despacho, le salta á la vista lo de que «el fin del hombre es la ciencia», vuélvese al maestro y se decide á preguntarle:

—¿Y el fin de la ciencia?

—¡Catalogar el Universo!

—¿Para qué?

—Para devolvérselo á Dios en orden, con un inventario razonado de lo existente...

—A Dios... á Dios...—murmura Carrascal.

—¡A Dios, sí, á Dios!—repite don Fulgencio con enigmática sonrisa.

—¿Pero es que ahora cree usted en Dios?—pregunta con alarma el otro.

—Mientras Él crea en mí...—y levantando episcopalmente la mano derecha, añade:—dispense un poco, Avito.

Frunce los labios y baja los ojos, síntomas claros del parto de un aforismo, y tomando una cuartilla de papel escribe algo, tal vez un trozo del padrenuestro, ó unos garrapatos sin sentido. Entre tanto la voz interior le dice á Carrascal: «caíste... has vuelto á caer, caes y caerás cien veces... éste es un mixtificador, este hombre se ríe por dentro, se ríe de ti...» y Avito, escandalizado de tan inaudita insolencia, le dice á su demonio familiar: «¡cállate, insolente! ¡cállate! ¡tú que sabes, estúpido!»

—Puede usted seguir, Avito.

—¿Seguir? ¡Pero si no he empezado...!

—Nunca se empieza, todo es seguimiento.

Confuso Carrascal ante tamaña profundidad de hombre, le explana de cabo á rabo la historia toda de su matrimonio y lo que respecto á su hijo proyecta. Le oye don Fulgencio silencioso, interrumpiéndole por dos veces con el gesto episcopal para asentar algún aforismo ó escribir cualquier cosa ó ni cosa alguna. Al concluir su exposición quédase Carrascal bebiéndose con la mirada el rostro del maestro, sintiendo que á su espalda tiene al Simia sapiens y delante, sobre la augusta cabeza del filósofo, lo de «si no hubiera hombres habría que inventarlos.» Mantiénese don Fulgencio cabizbajo unos segundos, é irguiendo su vista, dice:

—Importante papel atribuye usted á su hijo en la tragicomedia humana; ¿será el que el Supremo Director de escena le designe?

Responde Carrascal con un pestañeo.

—Esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este obrar más que un accionar; recitamos el papel aprendido allá, en las tinieblas de la inconciencia, en nuestra tenebrosa preexistencia, el Apuntador nos guía; el gran tramoyista maquina todo esto...

—¿La preexistencia?—insinúa Carrascal.

—Sí, de eso hablaremos otro día; así como nuestro morir es un des-nacer, nuestro nacer es un des-morir... Aquí de la permutación. Y en este teatro lo tremendo es el héroe...

—¿El héroe?

—El héroe, sí, el que toma en serio su papel y se posesiona de él y no piensa en la galería, ni se le da un pitoche del público, sino que representa al vivo, al verdadero vivo, y en la escena del desafío mata de verdad al que hace de adversario suyo... matar de verdad es matar para siempre... aterrando á la galería, y en la escena de amor ¡figúrese usted! no quiero decirle nada...

Interrúmpese para escribir un aforismo y prosigue:

—Hay coristas, comparsa, primeras y segundas partes, racioneros... Yo, Fulgencio Entrambosmares, tengo conciencia del papel de filósofo que el Autor me repartió, de filósofo extravagante á los ojos de los demás cómicos, y procuro desempeñarlo bien. Hay quien cree que repetimos luego la comedia en otro escenario, ó que, cómicos de la legua viajantes por los mundos estelares, representamos la misma luego en otros planetas; hay también quien opina, y es mi opinión, que desde aquí nos vamos á dormir á casa. Y hay, fíjese bien en esto, Avito, hay quien alguna vez mete su morcilla en la comedia.

Cállase un momento; mientras Carrascal se recrea en interpretarle el pensamiento, irrádianle los fulgurantes ojos y mirando al enchisterado Homo insipiens, prosigue:

—La morcilla, ¡oh, la morcilla! ¡Por la morcilla sobreviviremos los que sobrevivamos! No hay en la vida toda de cada hombre más que un momento, un solo momento de libertad, de verdadera libertad, sólo una vez en la vida se es libre de veras, y de ese momento, de ese momento ¡ay! que si va no vuelve, como todos los demás momentos y que como todos ellos se va, de ese nuestro momento metadramático, de esa hora misteriosa depende nuestro destino todo. Y ante todo, ¿sabe usted, Avito, lo que es la morcilla?

—No—contesta Carrascal pensando en su matrimonio, en la hora aquella misteriosa de su visita á Leoncia, cuando se encontró con Marina, en aquel momento metadramático en que los tersos ojazos de la hoy su mujer le decían cuanto no se sabe ni se sabrá jamás, en aquel momento de libertad... ¿de libertad? ¿de libertad ó de amor? ¿el amor, da ó quita libertad? ¿la libertad, da ó quita amor? Y la voz interior le dice: «caíste y volverás á caer.»

—Pues morcilla se llama, amigo Carrascal, á lo que meten los actores por su cuenta en sus recitados, á lo que añaden á la obra del autor dramático. ¡La morcilla! Hay que espiar su hora, prepararla, vigilarla y cuando llega meterla, meter nuestra morcilla, más ó menos larga, en el recitado y siga luego la función. Por esa morcilla sobreviviremos, morcilla ¡ay! que también nos la sopla al oído el gran Apuntador.

Interrúmpese don Fulgencio para escribir este aforismo: «hasta las morcillas son del papel», y continúa:

—Prepararle para su morcilla ha de ser la labor pedagógica de usted. Lombroso...

Al oir este nombre vuelve Avito hacia atrás la vista, mas al encontrarse con la mirada de los huecos ojos del esquelético Simia sapiens, torna á atender.

—Lombroso, ese filósofo del sentido común, dirá del genio lo que quiera, pero genio es aquel cuya morcilla se ve obligado á aceptar el Supremo Dramaturgo. Es, pues, menester obligar al Autor Supremo á que meta en el papel nuestras morcillas, ya que del papel mismo surgen. O hablando exotéricamente, genio es el que corrige la plana al Supremo Autor, y como este Autor sólo en nosotros, por nosotros y para nosotros los cómicos es, vive y se mueve, genio es el Autor mismo encarnado en comediante y corrigiéndose á sí mismo la comedia por boca de éste...

Carrascal medita; las palabras de don Fulgencio le han invadido á borbotones el alma, como aguas de inundación que entran en honda sima, formando remolino en su conciencia.

—Es decir que...—dice como quien despierta de un sueño.

—¡A preparar, á espiar su momento metadramático!—añade don Fulgencio.

Esto es demasiado para Avito; excede de su ciencia. Es una tan sublime filosofía que sólo en parábolas puede encarnar.

—Se lo traeré á usted, don Fulgencio...

—No, no, de ninguna manera—exclama vivamente el filósofo, que no tiene hijos;—no, yo no debo verle ni debe él verme hasta que llegue la hora. Es conveniente que haya una mano, aunque humana, oculta é invisible, en su sendero; nos entenderemos nosotros dos, y cuando le juzgue en sazón vendrá á oir mis revelaciones para disponerse así al momento de la libertad...

—¿Y si le llega éste antes?

—No, ese momento sé bien hacia qué edad llega.

Siguen algún tiempo más planeando la educación del niño, cuyo principio consiste en que lo vea todo, lo experimente todo, de todo se sature y pase por todo ambiente. «Intégrese, intégrese en busca de su morcilla», repite el filósofo. Pero todo debidamente explicado, con su glosa y comentario científico. La Naturaleza—la naturaleza con letra mayúscula, se entiende—es un gran libro abierto al que ha de poner el hombre notas marginales é ilustraciones, señalando á la vez con lápiz rojo los más notables pasajes. «Lápiz rojo, mucho lápiz rojo, y como todo es en realidad notable, lo mejor sería dar de rojo al libro todo», dice don Fulgencio, que publica en cursiva todo.

Quedan, además, en que apuntará don Avito todo lo digno de mención que haga ó diga el futuro genio, para estudiarlo luego los dos y proveer en vista de ello.

Retírase ahora Carrascal y se encuentra con doña Edelmira en el pasillo. Mujer alta, serena, estatuaria, entrada en años ya, sonrosada, de rostro plácido; gasta peluca. Se saludan ceremoniosamente, y Carrascal sale.

—¿Es ese don Avito Carrascal, Fulgencio?

—Sí, ¿pues?

—No, nada; parece un buen hombre.

El filósofo coge con la mano la barbilla de su solemne esposa y le dice:

—Vamos, Mira, no seas mala.

—El malo eres tú, Fulgencio.

—Los malos somos los dos, Mira.

—Como quieras, pero yo creo que somos muy buenos...

—Acaso tengas razón—añade el filósofo pensativo, y luego:—¡Caramba! pero qué guapetona te me conservas á pesar de tus...

—Chist, chist, Fulgencio, que las paredes oyen... y ven...


«Caíste, caíste y volverás á caer cien veces»—le dice la voz interior á Carrascal mientras va á su casa;—«ese hombre, Avito, ese hombre... ese hombre...» Mas al entrar en su casa y ver la rueda montada sobre el ladrillo de la ciencia se aquieta.


V

Así como todo principio tiene un fin, todo fin implica un principio, y en este se halla Apolodoro todavía. Va destetándose ya con mezcla de pesar y agrado por parte de Marina. Le hace comer su padre á reló, á tal hora y tantos minutos, pesando la comida que le da y luego le pesa á él, tres veces al día. La higiene y la educación física ante todo; por ahora hay que hacer un buen animal y tupirle de habas; fósforo, mucho fósforo.

Empieza á andar. Para que lo logre le deja su padre en una gran pieza muellemente tapizada, que se las componga, ofreciéndole sillas y otros objetos á que se agarre y un palo que le sirva de bastón. Y si Marina quiere acudir á él, al verlo vacilar, tendiendo los bracitos:

—Quieta, quieta, déjale que se caiga, que no pasará del suelo.

—¡Qué mundo éste, Virgen Santísima!—y sigue soñando la madre.

La madre, que á hurtadillas coge en brazos al hijo y le dice: «di mamá, querido, di mamá.»

Las fricciones superauriculares han dado resultado; Apolodorín rompe á hablar y el padre espía la primera palabra, su expresión natural, individuante. Y hete aquí que es ésta: ¡gogo! ¡Gogo! ¡solemne misterio! ¡gogo! fórmula cabalística acaso de la personalidad del nuevo genio... Porque si eso de la grafología tiene, como parece, su fundamento y le tienen otras misteriosas relaciones psicofisiológicas, ¿no ha de tenerlo la primera palabra que cada cual de nosotros pronuncia? ¡Gogo! Consulta con don Fulgencio al punto. La sonora gutural g, seguida de la o, la vocal media de las tres a-o-u que no tienen más que una nota específica, y repetido por dos veces... ¡gogo! ¡gogo! ¡gogo! ¿Qué relación habrá entre este misterioso gogo y el futuro momento metadramático?

Don Fulgencio recuerda la experiencia que nos cuenta Herodoto hiciera el rey egipcio Psamético para comprobar cuál fué el lenguaje primitivo, cuando entregó dos niños recién nacidos á un pastor con encargo de que los criara sin que oyesen hablar á nadie, y al trascurso de dos años entrando un día el pastor á verlos los oyó decir becos, que era como los frigios llamaban al pan, con lo cual se convencieron los egipcios de que era el de los frigios y no el suyo el pueblo primitivo. Las investigaciones de don Fulgencio dan por resultado que en el idioma vascuence ó eusquera gogo equivale á «deseo, ganas, humor, ánimo» y acaso por extensión, voluntad.

—El niño desea algo, sólo que lo desea en vascuence...

Luego aprende papa, mama, pa, aba, titi, chicha... y un día sorprende don Avito á Apolodorín pronunciando misteriosas sílabas, á solas, como hablando consigo mismo: puchulili, pachulila, titamimi, tatapupa, pachulili.

—No lo entiendo, no acabo de entenderlo, no lo entiendo—se dice el padre, camino de la casa del filósofo;—¿serán fatales indicios? Fué una caída... una caída... la sangre materna... Y este hombre...—mas reponiéndose, añade entre dientes: «¡cállate! ¡cállate!»

En tanto el niño juega al creador, forjando de todas piezas palabras, creándolas, afirmando la originalidad originaria que para tener más tarde que entenderse con los demás habrá de sacrificar; ejerce la divina fuerza creadora de la niñez, juega, egregio poeta, con el mundo, crea palabras sin sentido: puchulili, pachulila, titamimi... ¿Sin sentido? ¿no empezó así el lenguaje? ¿no fué la palabra primero y su sentido después?

Don Avito observa los solitarios juegos del geniecillo, estos tanteos de actividad, este palpeo espiritual, ese recorrer en todas direcciones el bosque por si se le presenta un nuevo camino. Observa qué efecto le hace el enseñarle una pulga á simple vista primero y al microscopio después. El hule que cubre la mesa es de esos en que están representados los principales inventos con los retratos de los inventores. A Montgolfier le llama papá porque se parece á don Avito, su padre.


Mientras el padre se encierra con el filósofo, enciérrase la madre con el hijo y allí es el besuquear al sueño de su sueño.

—Mamá, di querido.

—¡Querido! ¡querido mío! ¡rico! ¡rey de la casa! ¡cielo! ¡querido! ¡querido...! Luis, Luisito, Luisito, mi Luis...

Porque al bautizarle hizo le pusieran Luis, el nombre de su abuelo materno, del padre de Marina, en vez de aquel feo Apolodoro, y es Luis el nombre prohibido, el vergonzante, el íntimo.

—Luis, mi Luis, Luis mío, Luisito, mi Luisito—y se lo come á besos.

Le aprieta la boca contra la boca sacudiendo la cabeza á la vez, la separa luego de pronto, quédasele mirando un rato, y gritando «¡Luis! ¡mi Luisito!», vuelve á unir boca á boca con ahinco.

—¿Di, mamá, me quieres?

—Mucho, mucho, mucho, Luisito, mi Luis, mucho, mucho, mucho, sol, cielo, mi Luis, ¡Luisito...! ¡Luis!

—¿Me quieres mucho, mamá?

—Mucho... mucho... mucho... Luis, sol de mi vida... ¡Luis!

—¿Cuánto me quieres?

—Más que todo el mundo.

—¿Más que á papá?

Núblase la frente de Marina, ¡si viese esto Avito...!

Con el remordimiento de un furtivo crimen, aterrada ante la aparición invisible del Destino, se levanta de pronto y deja al niño para seguir soñando.

Y aquí ahora otra vez que apretándole contra su seno exclama: «Mío, mío, mío, mío, mi Luis, mi Luisito, Luis, Luis mío, mío, mío, sol, cielo, rey, mi Luis, Luis mío, mío, mío», mientras el niño la mira sereno, como se mira al cielo cuando se va de paseo. En estas furtivas entrevistas le habla la madre de Dios, de la Virgen, de Cristo, de los ángeles y de los santos, de la gloria y del infierno, enseñándole á rezar. Y luego: «no digas nada de esto á papá, Luisito; ¿has oído, querido?» Y al sentir los pasos del padre, añade: «¡Apolodoro!»

Acaba de persignarse Apolodoro ante su padre y empieza el corazón á martillearle á Marina el pecho, mas ¡oh lógica del sueño! una vez más lo inesperado.

—Me lo suponía, Marina, me lo suponía, y no voy á reñirte, pues he hablado ya con don Fulgencio acerca de ello. El embrión pasa por las fases todas por que ha pasado la especie, el proceso ontogénico reproduce el filogénico, es infusorio primero, casi pez después, mamífero inferior luego... La humanidad pasó por el fetichismo; pase por él cada hombre. Yo me encargo de sacarle más adelante de este estado convirtiendo en potencias ideales sus actuales fetiches. Háblale del Coco, que ya verás en qué se le convierte ese Coco al cabo...

Vuelve Marina á someterse al sueño, con su soñada lógica.

Más que la influencia de la madre teme Avito la de las niñeras, los cuentos de brujas, las preocupaciones populares. Y ¿por qué estima estos cuentos y estas preocupaciones más graves que aquellas tradicionales leyendas que su madre le imbuye? «Mira, Avito—le dice la voz interior—que al temer más que le hablen del Coco que de Dios, al no inquietarte de que le imbuyan la creencia en ángeles y sí la creencia en brujas, mira que al hacer eso los pones en distinta esfera... Mira, Avito, mira bien», y se le revuelve el poso de su niñez, de esa niñez de que nunca habla. «¡Cállate! ¡cállate! ¡cállate, impertinente!» le dice Avito.


Con la facultad de hablar empieza á ejercer Apolodorín su imaginación, inventando mentirijillas; adiéstrase en la única potencia divina, burlándose de la lógica. Despiértasele el santo sentido de lo cómico, se recrea en toda incongruencia y en todo absurdo. Ríe de todo corazón, de corazón de niño, echando hacia atrás la cabecita, todo ensarte de palabras sin sentido, goza con romper el nexo lógico de la asociación de ideas y el cincho de su enlace normal; espacíase por el campo de lo incongruente.

Acaba de sorprenderle hoy su padre recitando este relato, aprendido de la niñera, acaso, ó de otros niños:

Teresa,
de la cama á la mesa;
Confites,
de los que tú me distes;
Tabaco,
no lo gasta mi majo;
De hoja,
para meterme monja;
Del Carmen,
para servir á un fraile;
Francisco,
por las llagas de Cristo;
Barbero,
sángrame, que me muero;
De lado,
de dolor de costado;
Arriba,
hay una verde oliva;
Abajo,
hay un verde naranjo;
En medio,
hay un niño durmiendo.

Y ahora le sorprende esto otro:

Chúndala, que es buena,
Chúndala, que es mala,
Ha comido berros,
Ha bebido agua,
Y por eso tiene
La barriga hinchada.

Cuando Carrascal, todo alarmado, cuenta esto á don Fulgencio, frunce el maestro la frente ladeando la pensadora cabeza, contrariado porque al apoyarse Avito contra la mesa le movió los cachivaches que llenan su bufete. Pónelos en orden el filósofo, porque tiene cada objeto, tintero, lápices, tijeras, reló, fosforero, plumas, adscrito á su lugar, y exclama:

—¡Esfuerzos por salirse del escenario, por sacudirse de la verosimilitud, ley de nuestra tragicomedia!

—¿Y qué hacer?

—¿Qué hacer? dejarle, dejarle que vuele, que él tendrá que volver á tierra, á picar el grano pisando en suelo firme. No se cogen granos volando. Sólo la lógica da de comer.

Y mientras se detiene para escribir este aforismo, que como los más de ellos, se le ocurren hablando, pues es hombre el filósofo que piensa en voz alta, se dice don Avito: «¡dejarle! ¡siempre que se le deje! ¡á todo que se le deje! ¡extraña pedagogía! ¿qué se propondrá este hombre?»

—¿Dejarle?

—¡Sí, dejarle! ¿Ha sido usted alguna vez niño, Carrascal?

Avito vacila ante esta pregunta y responde:

—No lo recuerdo al menos... Sí, sé que lo he sido porque he tenido que serlo, lo sé por deducción, y sé que lo he sido por los que de mi niñez me han hablado, lo sé por autoridad, pero, la verdad, no lo recuerdo, como no recuerdo haber nacido...

—Aquí, aquí está todo, Avito, ¡aquí está todo! ¿Usted no recuerda haber sido niño, usted no lleva dentro al niño, usted no ha sido niño, y quiere ser pedagogo? ¡pedagogo quien no recuerda su niñez, quien no la tiene á flor de conciencia! ¡pedagogo! Sólo con nuestra niñez podemos acercarnos á los niños. Conque

¿Arriba
hay una verde oliva,
Abajo
hay un verde naranjo?

Eso, eso, eso, porque no tiene sentido, sí, porque no tiene sentido... Tampoco las morcillas tienen sentido, porque no están en el papel. ¿Pues qué quiere usted que cante? ¡Dos por dos, cuatro; dos por tres, seis; dos por cuatro, ocho...! ¿No es eso? Ya le llegará su hora, ya le llegará la hora terrible de la lógica. Ahora déjele, déjele, déjele...

«Que le deje—se dice Avito en la calle—que le deje... que le deje... le dejaré, sí, pero repitiéndole, aunque no me entienda, otras cosas. ¿Por qué habrán fracasado cuantos han intentado componer canciones de corro con lógica y buen sentido y que los niños las adopten? ¿por qué ama el niño el absurdo?»

Llega á casa, oye á su hijo una absurda conseja y le pregunta:

—Pero vamos á ver, Apolodoro, ¿crees eso?

El niño se encoge de hombros. ¡Vaya una pregunta! ¡Que si cree en ello...! ¿Sabe acaso el niño lo que es creer en algo que se dice?

—Vamos, dímelo, ¿crees en eso? ¿crees que eso es verdad?

¿Verdad? El niño vuelve á encogerse de hombros. ¿Será que para el futuro genio no hay aún pared entre lo real y lo fingido? ¿Será que inventa las cosas y las cree luego, como asegura don Fulgencio? ¿Será el principio de la morcilla?

Y he aquí que al oir un día el niño á la niñera que le acusa de una picardigüela, exclama:

—¡Eso lo habrás soñado!


Vuelve á quedar encinta la Materia, con estupor de la Forma, que no contaba con semejante contratiempo. Y maldice una vez más del instinto, porque el nuevo ser ¿estorbará ó ayudará á la formación del genio? ¿no conviene acaso que éste se críe solo? ¿será genio también?

—Anda, anda—exclama Apolodorín un día,—¡qué gorda se está poniendo mamá!

Y mientras la pobre Marina se enciende en rubor, el padre dice:

—Mira, Apolodoro, de ahí, de esa gordura, va á salirte un hermanito ó hermanita...

—¿De ahí?—exclama el niño,—¡qué risa!

—¡Avito!—suspira en sueños, suplicante, la Materia.

—Sí, de ahí. Nada de eso de que los traen de París y otras bobadas por el estilo; la verdad, la verdad siempre. Si fueras mayor, hijo mío, te explicaría cómo brota la mórula del plasma germinativo.

La Materia, sofocada, empieza á rezumar lágrimas de los ojos.

Y ahora que Carrascal cuenta, satisfecho, lo ocurrido á don Fulgencio, recibe una nueva sorpresa.

—Dotes de observador no le faltan, por lo visto, al chiquillo—dice el maestro,—pero no veo por qué había de haberle usted dicho eso, ó no haberle dicho una mentira...

—¡Una mentira!—exclama Carrascal ensanchando los ojos.

—Sí, una mentira... provisional.

—Aunque sea provisional... ¡una mentira!

—¿Pero aun está usted en eso, Carrascal? ¿Hay acaso mayor mentira que la verdad? ¿No nos está engañando? ¿No está engañando la verdad nuestras más genuinas aspiraciones?

«Pero este hombre... pero este hombre...», se dice Carrascal en la calle, confundido. La imperfecta realidad es un muro de bronce contra sus planes; no tiene voluntad. «Pero este hombre...» mas al recordar lo de: «¿Aun está usted en eso, Carrascal?» reacciona y se dice: «sí, ¡tiene razón!»

«¿Y si da á su madre? ¿Puede la pedagogía trasformar la materia prima? ¡No hice acaso un disparate al ceder al... al... al...—se le atraganta en el gaznate mental el concepto—al... confiésatelo, Avito, al amor!» Y una vez aceptado el concepto, acallando la voz del demonio familiar que le murmura: «¿lo ves? caíste, caíste y caerás cien veces», prosigue pensando: «¡El amor! el pecado original, la mancha originaria de mi hijo, ¡oh, qué simbolismo más hondo encierra eso del pecado original! No me va á resultar genio; he fiado con exceso en la pedagogía, he desdeñado la herencia y la herencia se venga... La pedagogía es la adaptación, el amor la herencia, y siempre lucharán adaptación y herencia, progreso y tradición... mas ¿no hay tradición de progreso y progreso de tradición, como dice don Fulgencio? ¿no hay pedagogía de amor, pedagogía amorosa y amor de pedagogía, amor pedagógico á la vez que pedagogía pedagógica y amor amoroso? ¡Lo que se pega en el contacto con este hombre! ¡es mucho hombre! Tengo que vencer en mi hijo toda la inercia que de su madre ha heredado; sé claro, Avito, toda la irremediable vulgaridad de tu mujer... El Arte puede mucho, pero ha de ayudarle la Naturaleza... Tal vez como un torpe impulsivo he sacrificado mi hijo al amor en vez de sacrificar el amor á mi hijo... La Humanidad vivirá sumida en su triste estado actual mientras nos casemos por amor, porque el amor y la razón se excluyen... Padre y maestro no puede ser; nadie puede ser maestro de sus hijos, nadie puede ser padre de sus discípulos; los maestros deberían ser célibes, neutros más bien, y dedicar á padrear á los más aptos para ello; sí, sí, hombres cuyo solo oficio fuera hacer hijos que educarían otros, dar la primera materia educativa, la masa pedagogizable... Hay que especializar las funciones... ¡El amor... el amor...! Pero es, Avito, ¿que has amado alguna vez á Marina...? ¿La he amado? ¿Y qué es esto de amar?»

Al llegar á este punto de sus meditaciones, tropieza su vista con un niño que está meando en un hoyo que ha hecho.

«¿Qué significa esto? ¿por qué hace eso? Y si me hubiese casado con Leoncia, ¿cómo sería Apolodorín, mi Apolodoro? y si ese Medinilla que va á casarse con Leoncia se hubiera casado con Marina, ¿cómo sería Apolodorín, su Luis? Y...» Al llegar á este punto ocúrrele á la mente aquella paradoja de don Fulgencio, de qué habría sido de la historia del mundo si en vez de habernos descubierto Colón América hubiera descubierto á Europa un navegante azteca, guaraní ó quichúa.

«¿Qué será mi Apolodoro?» piensa al subir las escaleras de casa, y le sale el niño al paso exclamando:

—¡Papá, quiero ser general!

Exclamación que cae como un bólido en sus meditaciones.

—No, hombre, no; no puedes querer eso... te equivocas, hijo mío... ¿Quién te ha enseñado eso? ¿quién te ha dicho que quieres ser general? ¡Ah, sí! ¿porque has visto hoy pasar la tropa? No, Apolodoro, no; mi hijo no puede querer eso... interpretas mal tus propios sentimientos... La sociedad va saliendo del tipo militante para entrar en el industrial, como enseña Spencer; fíjate bien en este nombre, hijo mío, Spencer, ¿lo oyes? Spencer, no importa que no sepas aún quién es, con tal que te quede el nombre, Spencer, repítelo, Spencer...

—Spencer...

—¡Así... así! no, no puedes querer eso...

—¡Sí, papá, quiero ser general!

—¿Y si te dan un tiro en la guerra, hijo mío?—insinúa dulcemente Marina desde el fondo de su sueño.

Mira Carrascal á su mujer y á su hijo, baja la cabeza y dice: «¡dejarle! ¡dejarle! que le deje... pero ese hombre... ese hombre... ¡Hay que proceder con energía!»


VI

El filósofo insiste en que se dé al niño educación social, en que se forme en sociedad infantil, que se le mande á que juegue con otros niños, y al cabo Carrascal, aunque á regañadientes primero, cede. Pero es terrible, oh, es terrible, es terrible la escuela. ¡Qué de cosazas trae de ella!

—Papá, el sol les dice á los planetas por dónde tienen que ir...

«¡Oh, la escuela, la escuela! ¡Le están enseñando en ella antropoformismo! ¿Que el sol dice...? Y ¿cómo le desarraigo esto? ¿desarraigar? ¿pero es que tiene raíces? ¡desarraigar! La lengua misma con que hacemos la ciencia está llena de metáforas. Mientras no la hagamos con álgebra no habrá cosa buena. Decididamente, tengo que intervenir ya, y aunque vaya á la escuela, instruirle yo.»

—Papá, todos quieren ser ladrones y á mí me ponen de guardia civil siempre, porque soy el más chiquito...

—Mejor, hijo mío, mejor; vale más ser guardia civil que ladrón...

—¡No, no es mejor; los ladrones se divierten más!

«¡Oh, esta educación socio-infantil! ¿qué buscará con ella don Fulgencio? ¡es terrible! ¡verdaderamente terrible!»

Y ahora, al pasar por la plaza, acaba de oir que una madre dice á su hijo que le viene llorando de una pelea: «¡Antes con las tripas fuera que llorando! ¡Coge un canto y rómpele la cabeza!» «¡Oh, los niños, los desgraciados niños sin pedagogía alguna...! ¿para qué sirven como no sea para que con el contraste se ponga de relieve el valor de la pedagogía de los que la tienen?» Y al llegar á casa:

—Mira, Apolodoro, tú no pegues nunca á ninguno, déjate antes pegar ó mejor aun huye...

—Es porque me pueden, que cuando sea grande...

Y he aquí que acaba de encontrarle su padre trabado á moquetes con otro muchacho.

—¡Pero, Apolodoro, ven acá! ¡acá te he dicho!

—Es que siempre me andan burlando: «¡Apolo! ¡bolo, bolo, boliche...! ¡Polodoro... boloro... boloriche!» siempre me andan burlando con el nombre—y rompe á llorar.

«¡Oh, no, no, esto es anti-científico, tengo que imponerme... hora es ya de aplicar mis principios!»

Se decide á enseñarle á hablar, á leer y á escribir como se debe. Y para enseñarle á hablar, por leyes y no por reglas, pónese á estudiar lingüística y á los pocos pasos tropieza. «¡Qué absurda es una lengua! ¡Se ahogó en el río, v. gr. ahogarse... de ad-focare se, de focus, fuego, como quien dice enfogarse, y enfogarse... en agua! Es como si dijéramos: se enaguó en fuego... Otra cosa: es probable... y probable es lo que puede probarse, y nada hay más seguro que lo probable... Lástima que tengamos que hablar en lenguajes así y no en álgebra.» Y renuncia á enseñarle á hablar por leyes.

Pero no á enseñarle á escribir con ortografía fonética, la del porvenir, la única racional. Duda primero si optar por la q ó por la k para la gutural fuerte, si escribir Qarrasqal ó Karraskal, pero se queda al fin con la k para no quitar á las palabras kilómetro y kilogramo su tradicional y científico aspecto. Además Kant, Kepler, etc., empiezan con k, y con q ¿qué grande hombre hay? No recuerda más que á Quesnay y á Quetelet. I así es komo empezó el niño á berter su pensamiento en forma gráfika, i en la únika berdaderamente zientífika ke ai, por lo menos oí, asta ke no adoptemos el áljebra.

«Pero... ¿no hubiera sido mejor dejarle que ideara jeroglíficos y ayudarle en el proceso evolutivo de ellos, hasta que hallase por sí la escritura? La escritura científica sería escribir con las curvas mismas que la palabra registra en el cilindro del fonógrafo; mas para llegar á eso tenemos que acabar de entrar en la edad positiva.»

Pónele también á aprender dibujo, á que adquiera el sentido de la forma, único camino para llegar á adquirir el del fondo. Y el método de enseñanza es ingenioso si los hay. Le hace dibujar pajaritas de papel en todas posturas y proyecciones, pues las pajaritas, sobre ser objetos de bulto, afectan formas geométricas.

Y paseos á diario, pues es paseando como mejor le instruye. Detiénese de pronto don Avito, levanta una piedra del suelo y dice:

—Mira, Apolodoro—suelta la piedra,—¿por qué cae?

Y como el chico le mira silencioso, repite:

—¿Por qué cae y no sube cuando la suelto?

—Si fuera un globo...

—Pero no lo es... Vamos, ¿por qué cae?

—Porque pesa.

—¡Ahaha! ¡ya estamos en camino! porque pesa... ¿y por qué pesa?

El chico se encoge de hombros, mientras allá, en sus entrañas espirituales, su demoñuelo familiar—pues también le tiene—le dice: «este papá es tonto.»

—¡Papá, tengo frío!

—¡El frío no existe, hijo mío!

«Es tonto, decididamente tonto.»

Otras veces toca preguntar al chico, para tormento del padre. «Papá, ¿por qué no tienen barbas las mujeres?» A punto estuvo Carrascal de responder: «porque la tienen los hombres; para diferenciarse en la cara», pero se calló.

—Mira, hijo, en un triángulo que tenga dos ángulos desiguales, á mayor ángulo se opone mayor lado...

—Sí, ya lo veo, papá.

—No basta que lo veas, hay que demostrártelo.

—Pero si lo veo...

—No importa; ¿de qué sirve que veamos las cosas si no nos las demuestran?

Y así empieza á dar vueltas en la cabeza de Apolodoro Carrascal el caleidoscopio, en que cada figura tiene trampa; un mundo de vistas con su inscripcioncilla, que hay que descifrar, debajo de cada una.

Hoy pregunta Apolodoro:

—Papá, ¿para qué es este ladrillo en que dice «Ciencia» y la ruedecita de encima?

—¡Gracias á Dios, hijo, gracias á Dios!—y mientras al demonio familiar que le susurra: «¿á Dios? ¿á Dios, Avito? ¿á Dios? caíste, caíste y seguirás cayendo», le contesta en su interior: «¡cállate, tonto!», prosigue:—¡al fin te fijaste en ello! Hace tiempo que lo esperaba. Mira, Apolodoro, hay que dar algo á la imaginación, sí, hay que dar algo á la imaginación, creadora de las religiones; necesita su válvula de seguridad. Ese es el altar de la religión de la cultura.

—¿Altar?

—Sí. Mira, el ladrillo cocido fué, según Ihering, el principio de la civilización asiria, fué el principio de la civilización; supone el fuego, la invención que hizo al hombre hombre, y permitió la escritura, pues las más antiguas inscripciones se nos conservan en ladrillos cocidos. Los primeros libros eran de ladrillos...

—¿De ladrillos? ¡Oivá! y ¿cómo los llevaban?

—La casa era el libro; hoy es el libro nuestra casa. El ladrillo hizo posible la escritura; por eso lleva ese ladrillo escrita la palabra Ciencia.

—¿Y la ruedecita?

—¿La ruedecita? ¡Ah, la rueda! ¡la rueda, hijo mío, la rueda! La rueda es lo específico humano, la rueda es lo que de veras ha inventado el hombre, sin tomarlo de la naturaleza. En los organismos vivos verás palancas, resortes, pero no verás ruedas. De aquí que el medio más científico de locomoción es la bicicleta. Este es el altar de la cultura, ¿no sientes tu imaginación satisfecha?

De paseo llevan la brújula para orientarse, y algún día el sextante para tomar la altura del sol, y termómetro, barómetro, higrómetro, lente de aumento.

Y es tiempo de que el niño empiece á llevar sus cuadernitos, la contabilidad de su experiencia, y nota de la temperatura y la presión máximas y mínimas, y que haga gráficas estadísticas de todo lo gráfico-estadisticable.


Ahora van á ver en un museo de historia natural la Evolución, pues no bastan los grabados de casa. Entran en la sala en que trasciende á enjuagues y drogas y allí, tras las vitrinas, pellejos rellenos de algodón, pajarracos, avechuchos, bichos de todas clases en actitudes cómicas ó trágicas, sujetos á sus peanas; algunos conservados en frascos de alcohol. Apolodoro se agarra fuertemente á su padre.

—¿Son de verdad, papá? ¿son de carne?

Y cuando se ha serenado:

—¿Cómo los han cogido?

—Mira, mira aquí, hijo mío; mira el oso hormiguero ó mejor dicho Myrmecophaga jubata; mira, tiene esa lengua así para...

—¿Puede más que el leopardo?

—Tiene esa lengua así para coger hormigas, las garras...

—¿Quién salta más?

—Pero fíjate en el oso hormiguero, niño, que en nada te fijas, fíjate en el oso hormiguero que es un excelente caso...

—Sí, ya me fijo; ¡qué feo es!... Y éste, éste, ¿cómo se llama éste?

—Este es el canguro; lee ahí, ¿qué dice?

Ma... ma... cro... cro... macro... macropus... ma... ma... major...

Macropus major.

—¿Y qué es eso?

—Su verdadero nombre, su nombre científico; les ponen ahí el nombre.

Retíranse al poco rato á casa, cariacontecido el padre y meditabundo; ¡el niño no se fija, no se fija...! De buena gana para abrirle el apetito le daría á leer novelas de Julio Verne si no fuesen novelas, si les quitasen lo novelesco. Así es que queda estupefacto cuando al decir esto á don Fulgencio le contesta el filósofo:

—Pues yo le aconsejaría de buena gana que las diese á leer si fueran novelas, y les quitasen lo científico.

«Este hombre... este hombre...»—le dice el demonio familiar:—«Ten ojo con este hombre, Avito.»

Vuelve don Fulgencio á la carga para que envíe al hijo á la escuela, encargando que no le enseñen nada.

—Pero si el ensayo...

—El ensayo no ha sido malo, diga usted lo que quiera.

—Pero si allí no le han enseñado más que disparates...

—De esos supuestos disparates surgirá la luz.

—Pero si mi hijo tiene tendencias mitológicas y en la escuela en vez de combatírselas se las corroboran.

—¿Tendencias mitológicas?

—Sí, tendencias mitológicas. Un día me salió diciendo que ya sabe quién enciende el sol, que es el solero, y al preguntarle yo cómo sube, me contestó que volando...

—Una especie de Apolo...

—Si en la escuela...

—¡Nada, nada, á la escuela, á la escuela! Luego entraremos nosotros.

—Luego... luego... siempre luego...

Y vuelve Apolodoro á la escuela, y hoy, primer día de su segundo ensayo de escuela, al volver de ella dice á su padre:

—Papá, ya sé quién es el más listo de la escuela...

—¿Y quién es?

—Joaquín es el más listo de la escuela, el que sabe más...

—¿Y crees tú, hijo mío, que el que sabe más es el más listo?

—Claro que es el más listo...

—Puede uno saber menos y ser más listo.

—¿Entonces, en qué se le conoce?

Y el pobre padre, despistado con todo esto, sin lograr reconstruir á su hijo y diciéndose: «¡parece imposible que sea hijo mío!» ¡Qué niño tan extraño! ¡No se fija en nada, no para la atención en nada, nada le penetra, y hasta le estorban los brazos para dormir!

—Vamos, Apolodoro, escribe á tu tía.

—No sé cómo decirle eso, papá.

—Como quieras, hijo mío.

—Es que no sé cómo querer.

«Que no sabe cómo querer... ¡Oh, la pedagogía no es tan fácil como creen muchos!»


—Vaya, aquí está la policlínica del doctor Herrero; vamos á verla, hijo mío, que hay que ver de todo.

—Bueno.

Y una vez dentro:

—¡Oh qué conejito, qué mono! ¡qué ojos tiene! ¡si parecen de ágata, de esa de hacer canicas! y debe de tener frío; ¡cómo tiembla!

—No, pequeño, no tiene frío, es que se va á morir pronto.

—¿A morir? ¡pobrecito! ¡pobre conejito! ¿por qué no le curan?

—Mira, hijo mío, este señor le ha metido esa enfermedad al conejo para estudiarla...

—¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!

—Para curar á los hombres luego...

—¡Pobre conejillo! ¡Pobre conejillo!

—Pero mira, niño, hay que aprender á curar.

—Y ¿por qué no le curan al conejillo?

Esta noche sueña Apolodoro con el pobre conejillo y Avito con su hijo.


¡Qué escenas silenciosas y furtivas cuando en los raros momentos en que el padre los deja coge la madre á su hijo, lo abraza y sin decir palabra le tiene así abrazado, mirando al vacío, llenándole de besos la cara! El chico abre los ojos, sorprendido; este es otro mundo, tan incomprensible como el otro, un mundo de besos y casi de silencio.

—Ven acá, hijo mío, Luis, Luisito, mi Luis, Luis mío, ven acá mi vida, Luis, mi Luis... ¡Luis! ven, repite: Padre nuestro...

—Padre nuestro...

—Sí, tu padre, el otro, el que está en el cielo... Padre nuestro que estás en los cielos...

—Padre nuestro que estás en los cielos...

—Santificado sea tu nombre... ¡ah! ¡la puerta! Luis, mi Luis, Luisito, Luis mío, mi Luis, ¡vete! ¡calla! no le digas nada; ¿has oído? ¡aquí viene...! ¡Apolodoro!

Y por el espíritu del niño desfila en pelotón: «¿Por qué caen las piedras, Apolodoro? ¿por qué á mayor ángulo se opone mayor lado? ¡Apolodoro! ¡Polodoro... boloro... boloriche...! ¡Apolo... bolo...! ¡Ese Ramiro me las tiene que pagar...! Luis, Luis, mi Luis, Luisito... santificado sea tu nombre... no le digas nada, ¿has oído? ¿por qué me llamará mamá Luis?... El oso hormiguero tiene la lengua así... ¡Pobre conejillo! ¡pobre conejillo!»


VII

El segundo hijo que ha dado á Avito Marina ha sido hija. Ni la ha pesado ni medido ni abierto expediente al nacer; ¿para qué? ¿Hija? Carrascal vuelve á pensar en eso del feminismo al que jamás ha logrado verle alcance. ¿Hija? Allá por dentro le encocora la cosa, es decir, la hija.

Tiempo hace que se formara convicciones respecto á lo que la mujer significa y vale. La mujer es para él un postulado y como tal indemostrable; un ser eminentemente vegetativo. La galantería es enemiga de la verdad, piensa, y debemos á la mujer, en su pro mismo, la verdad desnuda y aun más que desnuda descarnada, porque ¿es acaso verdad una verdad que no esté en huesos, demostrable?

—No hay cuestión feminista—decía años hace don Avito á su fiel Sinforiano, de sobremesa, en casa de doña Tomasa;—no hay cuestión feminista; no hay más que cuestión pedagógica y en ésta se refunden todas...

—Pero habrá cuestión pedagógica aplicada á la mujer...—se atrevió á insinuar Sinforiano.

—¡Psé! vista así la cosa... Lo peor es, amigo Sinforiano, eso de que la hayan puesto los hombres en un altar y la tengan allí, sujeta al altar, en mala postura, molestándola con incienso...

—¡Oh, muy bien, muy bien!...

—El fin de la mujer es parir hombres, y para este fin debe educársela. Considérola, amigo Sinforiano, como tierra dispuesta á recibir la simiente y que ha de dar el fruto, y por lo tanto es preciso, como á la tierra, meteorizarla...

—¡Qué teorías, oh qué teorías, don Avito!

—Meteorizarla, sí; mucho aire, mucho sol, mucha agua... De aquí que yo crea que es la mujer la que principalmente debe dedicarse á la educación física...

Teorías en que se afirma ahora Carrascal, después de su matrimonio. La mujer representa la Materia, la Naturaleza; material y naturalmente hay que educarla por lo tanto.

—Con la niña, Marina, mucho aire, mucho sol, mucho paseo, mucho ejercicio, que se haga fuerte... Yo tengo mis ideas...

Y la pobre Materia mira á esta su Forma, que, tiene sus ideas, apretando contra el seno á la pequeñuela, á la pobre hija, á la que será mujer al cabo, ¡pobrecilla! Se la dejan, se la dejan para ella sola, le dejan la flor de su sueño, la triste sonrisa hecha carne. Es un encanto de niña sobre todo cuando en sueños parecen mamar sus labios de invisible pecho. Entranle entonces á la madre, que la contempla, con golpe de apoyadura, ansias de hartar de besos á esta flor de su sueño; mas por no despertarla, ¡que duerma! ¡que duerma! ¡que duerma lo más que pueda! Por no despertarla se los tiene que guardar, los besos, y allí se le derraman por las entrañas cantándole extraños cánticos. ¡Oh, la niña! ¡la niña! ¡vaso de amor!

Y la niña, Rosa—porque don Avito deja ahora á su mujer que le dé nombre, ¿qué importa cómo se llame una mujer?—crece junto á Apolodoro, crece mimosa, apegada al regazo materno. Y rompe á andar y á hablar antes que á ello rompió su hermano.

—Me sorprende, don Fulgencio, la cosa; la niña parece más despierta que el niño...

—Cuanto más inferior la especie, amigo Carrascal, antes llega á madurez; según se asciende en la escala zoológica, es más lento el desarrollo de la cría...

—Sin embargo, suelo pensar si las hijas heredarán del padre la inteligencia y de la madre la voluntad, y si será cierto lo que aseguraba Schopenhauer de que los hombres heredan la inteligencia de la madre y la voluntad del padre...

—Eso lo dijo el terrible humorista de Danzig porque su padre se suicidó y su madre escribió novelas, cuando acaso el suicidio fué la novela de su padre y las novelas fueron el suicidio de su madre.


Cuando Rosita, que es muy caprichosa, llora, exclama el padre:

—Déjala llorar, mujer, déjala llorar que así se le desarrollan los pulmones. Que los meteorice con el llanto. Trae al despertarse su tensión nerviosa que ha de descargar y lo hace llorando. Y como tiene que llorar tanto ó cuanto inventa motivo. Te pide ese dedal y se lo das; te pedirá luego el reló y se lo darás, y luego otra cosa y al cabo la luna sabiendo que no se la puedes dar, para motivar sus lágrimas. Déjala llorar, mujer, déjala llorar; que se meteorice.

Y son los besos á enjugar las lágrimas mientras don Avito frunce las cejas, son los besos de inconciente protesta, son los besos con que á las barbas del pedagogo regala á su hija, llenándola de microbios mientras desde un rincón mira de reojo Apolodorín, con tristes ojos de genio abortado.

Esta niña, estos lloros, estos besos... ¡oh, el feminismo!

Y pasa tiempo y la niña empieza ya á coger cepillos, un barómetro, lo primero que encuentra y lo envuelve en un babero y lo arrulla apretándolo contra el seno, y le mece cantándole. Y el padre espía cómo arrulla y mece al barómetro y se empeña en que lo acuesten con él, con el guingo ó niño. ¡Oh, el instinto! ¡el instinto! ¡palabra que inventó nuestra ignorancia!


Acaba de llegar Carrascal á presencia de don Fulgencio cuando éste, con la jícara de chocolate, frío ya, al lado, medita un aforismo.

—¡Nada, no acabo de resolverlo!—exclama de pronto el filósofo, rompiendo el silencio con que ha recibido á su fiel don Avito;—aforismo le hay, no me cabe la menor duda, aforismo le hay, pero ¿en qué sentido? ¿hemos de decir que la mujer nace y el hombre se hace ó viceversa, que nace el hombre y se hace la mujer? ¿es la mujer de herencia y el hombre de adaptación ó por el contrario? ¿cuál es el primitivo? ¿ó se han diferenciado de algo primitivo que no era ni hombre ni mujer?

—Precisamente...—empieza Carrascal, asombrado de esta concordancia de preocupaciones.

—Porque—continúa el filósofo volviéndose ya al chocolate—la mujer es rémora de todo progreso...

—Es la inercia, la fuerza conservadora...—agrega don Avito.

—Sí, ella es la tradición, el hombre el progreso...

—Apenas si discurre...

—Hace que siente...

—Como no parimos, exagera los dolores del parto...

—Como discurrimos, finge discurrir...

—Es un hombre abortado...

—Es el anti-sobre-hombre.

Óyense pasos de doña Edelmira, métese en la boca el filósofo una sopa de chocolate y callan los dos hombres.

—Acuérdate, Fulgencio—dice, luego de saludar á don Avito, doña Edelmira—de que hoy tienes que ir á casa del notario...

—¡Ah, es cierto, memoria mía!; pero ¡qué cabeza...!

—¡Qué memoria tienes, chico! Mira que si lo dejas...

—Nada, que si lo dejo me perdía cinco mil pesetas...

—Y luego hubieras dado contra mí... Pero ¡qué memoria!...

—Mi memoria eres tú...

—Y tu voluntad...

—¡Hombre, hombre...! ¡digo, mujer!

—Sí, aunque esté aquí este señor...

—Nada, que podía haberme perdido cinco mil pesetas... ¡Que Dios te lo pague, memoria mía!

—¿Dios?—pregunta don Avito así que se ha retirado doña Edelmira.

—Ya le tengo dicho cien veces que no tenga esa manía á Dios, que no padezca de teofobia que es mala enfermedad, y sobre todo á cada cual hay que hablarle en su lenguaje, so pena de que no nos entendamos; ¿qué más da, después de todo, decir Dios que decir...?

—Sin embargo...

—¿Y cómo hablar, si no, á las mujeres?

—¡Ah, las mujeres, rémora de todo progreso...! apenas si discurre...

—Hace que siente...

—Es un hombre abortado...

—Es el anti-sobre-hombre...

Y continúa el dúo, al acabar el cual, exclama don Fulgencio pensando en el Sócrates de los diálogos platónicos:

—¿No quedamos, Carrascal, en que es el hombre lo reflexivo y lo instintivo la mujer?

—Quedamos.

—¿No parece que sea la mujer la tradición y el hombre el progreso?

—Así parece.

—¿No resulta ser la mujer la memoria y el hombre el entendimiento de la especie?

—Resulta así.

—¿No decimos que la mujer representa la naturaleza y la razón el hombre, Avito?

—Eso decimos.

—Luego la mujer nace y el hombre se hace—agrega triunfalmente don Fulgencio.

—¡Luego!

—Y el matrimonio, mal que nos pese, amigo Carrascal, es el consorcio de la naturaleza con la razón, la naturaleza razonada y la razón naturalizada; el marido es progreso de tradición y la mujer tradición de progreso.

Carrascal mira, sin responder ya, al Simia sapiens, que parece reirse y luego al cartel de «si no hubiera hombres habría que inventarlos», mientras el filósofo se enjuga, con frote trasverso, la boca.

Cuando don Avito llega á casa está su anti-sobre-hombre besando en la garganta á Rosita que se agita riéndose á carcajadas, bajo el cosquilleo de la caricia, mientras lo contempla desde un rincón, con sus tristes ojos de genio. Apolodorín.

Y en tanto entra doña Edelmira en el despacho de su marido.

—Vamos á ver, Fulgencio, qué demonio traéis aquí los dos encerrados las horas muertas y charlando de tonterías...