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Amores: elegías amatorias cover

Amores: elegías amatorias

Chapter 13: ELEGÍA SEXTA. ARGUMENTO.
By Ovid
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About This Book

The collection gathers brief elegies in which the poet reflects on desire, erotic conquest, and the craft of verse, adopting a playful, conversational tone. Poems narrate flirtation, jealousy, and domestic intrigues, interweaving mythological references and invocations to gods to dramatize passion. The speaker alternates boasting and self-mockery, defends poetry against critics, and acknowledges the consolations of friendship alongside sensual pleasure; occasional elegies turn serious to mourn a close companion. Overall the work balances erotic frankness with rhetorical polish, presenting love as both personal experience and a subject for poetic performance.

ELEGÍA SEXTA.
ARGUMENTO.

Imprecaciones contra el portero que rehusaba abrirle la puerta.

Portero, indignamente cargado de hierros, abre, haciendo rodar los goznes la rebelde puerta. Poco es lo que te pido: entreábrela solo lo suficiente para que pueda yo pasar de lado. La prolongada pasion amorosa, ha extenuado mi cuerpo y ha puesto mis miembros á propósito para ello. El amor me enseña á insinuarme suavemente á los guardianes, y dirije, protegiéndolos, mis pasos.

En otro tiempo, empero, yo temia la noche y sus vanos fantasmas, y me admiraba de que álguien se aventurase entre tinieblas. Se burló á mis oidos Cupido con su tierna madre, y díjome por lo bajo: «Tú tambien te volverás valiente.»

La hora del amor ha llegado sin tardanza y no temo las sombras que vagan durante la noche, ni las manos dirigidas contra mi persona. No temo mas que tu lentitud; solo á tí te halago; tú tienes el rayo con que puedes perderme. Para que mejor lo veas quita estas crueles barreras, y mira cómo esa puerta está regada con mis lágrimas. Cuando desnudo estabas para recibir azotes, intercedí por tí ante tu señora. Así, pues, mis súplicas que entónces pudieron alcanzar gracia en favor tuyo, ¿no podrán ¡oh infamia! alcanzarla hoy en mi favor? Págame lo que me debes, hé aquí la ocasion de mostrarte agradecido, como deseas. La noche avanza: descorre los cerrojos. Hazlo, y ¡así seas libertado de la larga cadena y no bebas perpétuamente el agua de los esclavos!

Duro como el hierro, no me oyes, portero, cuando te suplico, y la puerta de fuerte roble permanece cerrada. Que las cerradas puertas sirvan á las ciudades sitiadas; pero en medio de la paz, ¿por qué temes las armas? ¿Qué harás con un enemigo, si así resistes á un amante? La noche avanza; descorre los cerrojos.

No vengo con armas y soldados, yo estaria solo si el cruel Amor no viniese conmigo. Aunque quiera, no puedo alejarle. Me acompañaria aunque me dividiese en dos. El Amor, un poco de vino que se me sube á la cabeza, una corona que se desprende de mis perfumados cabellos, es lo que llevo conmigo: ¿quién temerá tales armas? ¿quién no correrá á su encuentro? La noche avanza, descorre los cerrojos.

¿Es tu inercia ó es el sueño, contrario del que ama, la causa de que sin que las atiendas se lleve el viento mis palabras? Pero yo me acuerdo que en otro tiempo cuando me queria ocultar de tí, te hallaba en pié y vigilando á media noche. Tal vez á estas horas duerme á tu lado tu compañera. ¡Ah, cuánto mejor es tu suerte que la mia! Así pasasen á ese precio á mis manos tus duras cadenas. La noche avanza, descorre los cerrojos.

¿Me engaño? ¿no ha crujido la puerta sobre sus goznes, como en señal de que está franca la entrada? Me he engañado; el impetuoso viento habrá impulsado las puertas. ¡Ay de mí! ¡cuán lejos el viento se ha llevado mi esperanza! Por poco que te acuerdes, Borcas, del rapto de Oritia, llega aquí y con tu violencia derriba estas puertas, sordas á mi ruego. Todo calla en la ciudad, y humedecida con trasparente rocío avanza la noche: descorre los cerrojos, ó yo mismo, más activo que tú, fuerzo á hierro y á fuego, la puerta que se me niega.

La noche, el Amor y el vino nada moderado me aconsejan. La noche no conoce el pudor, el Amor y el vino no conocen el miedo. Todo lo he probado; pero ni con súplicas, ni con amenazas te he podido mover, ¡oh portero más sordo que tu misma puerta! Tú no sirves para guardar la casa de una hermosa jóven; eres más digno de estar guardando un calabozo. Ya el lucero de la mañana aparece en el horizonte y el gallo llama á los pobres al trabajo. Pero tú, corona arrancada á mi triste frente, queda por el resto de la noche sobre los duros umbrales; serás testimonio ante su señora, cuando mañana te vea por tierra, del tiempo tan lastimosamente perdido. «Adios;» á pesar de todo, «¡Adios!» Ojalá experimentes lo que siente su amante despedido. Y vosotras tambien, crueles puertas con inalterables goznes, «Adios;» y tú tambien, umbral cruel como tu guardian, «¡Adios!»