ELEGIA SÉPTIMA.
ARGUMENTO.
Contra sí mismo, por haberle pegado á su querida.
Ata mis manos, merecedoras de cadenas, ahora que ha pasado la furia, si te muestras amigo mio. El furor fué causa de que levantase contra mi señora mis temerarios brazos, y llora herida por mi mano. Era yo capaz entónces de maltratar á mis caros padres y de golpear á los santos dioses.
¡Mas qué! ¿Ayax, dueño de un impenetrable escudo, no degolló rebaños á través de los campos? El desgraciado Orestes, que no pudo vengar á su padre sino con la sangre de su propia madre, ¿no armó sus manos contra las misteriosas deidades? ¡Yo, pues, he podido maltratar su peinado! Ni el desarreglo de sus cabellos la ha desfigurado, sino que aun así estaba hermosa. De tal modo la Scheneida, dicen que con el arco perseguia las fieras Menalias. De tal modo lloraba la hija del rey de Creta viendo á los raudos vientos llevarse á la vez las promesas y los bajeles del perjuro Theseo; de tal modo, sin la venda que ceñia sus cabellos, se tendió Calandra sobre el pavimento, casta Minerva, de tu templo.
¿Quién no me hubiese tratado de demente? ¿quién no me hubiese llamado bárbaro? Ella nada dijo, paralizada su lengua por el pavoroso temor. Pero sin palabras, su rostro expresaba sus reproches, y, callando su boca, me acusaba con sus lágrimas como reo. Hubiera yo querido que mis brazos se hubieran desprendido de mis hombros. Mejor me hubiera sido carecer de alguna parte de mi cuerpo. Contra mí mismo se volvieron mis fuerzas y mi delirio, y fuí vigoroso para mi suplicio. ¿Qué tengo que ver con vosotros, ministros del asesinato y del crímen? Sufrid, manos sacrílegas, las merecidas cadenas. Si hubiese herido al último de los romanos, seria castigado; ¿tengo mayor derecho contra mi señora? El hijo de Tideo[5] ha dejado un afrentoso monumento de su maldad; fué el primero que pegó á una Diosa; yo he hecho otro tanto, pero aun fué él menos culpable, pues yo he maltratado á la que decia amarme y aquel fué cruel con su enemiga.
Ve ahora, vencedor, á gozar de tu triunfo; ¡ciñe tu frente con el laurel de la victoria, cumple tus votos á Júpiter! Y la turba que seguirá tu carro, clame «Vítor al valiente vencedor de una niña!» Vaya delante tu pobre víctima, suelto el cabello, y blanca desde los piés á la cabeza, á no ser por las lesiones de sus mejillas.
Más á propósito era su boca para marcarla con mis lábios y su cuello para tener la señal de un diente acariciador. En fin, si yo me desencadenaba como un torrente impetuoso y estaba ciego de coraje, ¿no era bastante dar gritos á una tímida niña, sin amedrentarla con demasiado fuertes amenazas ó despojarla torpemente de su vestido hasta la cintura? Al menos hubiese osado no más contra la mitad de su cuerpo; pero despues le he arañado las mejillas, agarrándola por los cabellos.
Quedó ella sin sentido con el rostro descolorido y blanco como el mármol de Páros. He visto sus nervios inanimados y sus miembros temblando como la hoja del álamo agitada por el viento, como la débil caña mecida por el blando céfiro, como la onda rizada por el Noto. Sus lágrimas, retenidas por mucho tiempo, corrieron sobre sus mejillas, como fluye el agua de la nieve que se deshiela. Entónces comencé á reconocerme culpable: las lágrimas que ella derramaba, eran mi propia sangre. Tres veces quise arrojarme suplicante á sus piés, y tres veces rechazó mis temidas manos.
No lo dudes, la venganza disminuirá tu dolor: araña mi rostro con tus uñas, no perdones mis cabellos. La ira ayude tus débiles manos, ó por lo ménos, para borrar las tristes señales de mi crímen arregla y peina tus cabellos.
NOTAS AL PIE:
[5] Diómedes.