ELEGÍA DÉCIMA.
ARGUMENTO.
A una jóven para apartarla de la prostitucion.
Como la princesa, que arrebatada en las orillas del Eurolas sobre los bajeles frigios, fué para sus dos esposos la causa de una tan larga guerra; y la bella Leda, que el diestro Júpiter, oculto bajo la engañosa apariencia de un cisne de blancas plumas, sedujo con menosprecio de himeneo; y Anémona corriendo con una urna sobre la cabeza, los campos estériles de la Argólida: tal eras tú á mis ojos. Temia para tí la metamórfosis del águila y del toro, y todas las astucias que sugiere el Amor al poder de Júpiter. Hoy dia, no temo nada; estoy fuera de mi error, y tu belleza no anubla mis ojos. ¿De qué proviene, pues, este cambio? me preguntas. Consiste en que tú la pones á precio: y vé ahí lo que hace que tú no sabrias gustarme. Cuanto más sencilla y sin arte fueras, tanto más amaria tu alma y tu cuerpo: hoy dia, la enfermedad de tu alma ha despojado tu cuerpo de todos sus encantos. El Amor es á la vez niño y desnudo. Si su edad es tan tierna, si no lleva ningun vestido, es por mostrarse en toda su sinceridad. ¿Para qué querer que el hijo de Vénus nos haga pagar sus favores? No tiene ropa donde pueda guardar su precio. Ni Vénus, ni su hijo, son propios al duro manejo de las armas. ¿Conviene que los Dioses que no son hechos para la guerra reciban un sueldo?
Una prostituta se vende, á tal precio, al primero que llega: entregando su cuerpo, es como adquiere miserables riquezas. Aun maldice la tiranía de su avaro corruptor, y lo que haceis de buen grado, ella no lo hace más que con desagrado.
Tomad por modelos los animales desprovistos de razon: os abochornareis al ver que las bestias son más tratables que vosotras. La yegua nada exige al garañon, ni la vaquilla al toro; el carnero no tiene que pagar á la oveja que le gusta. Solo la mujer quiere engalanarse con los despojos del hombre; solo ella pone sus noches á precio, solo ella se dá en locacion. Vende un placer hecho para dos, un placer que ambos han buscado; y su tarifa está establecida por ella en razon de su goce. Cuando el amor debe tener el mismo hechizo para ambos, ¿qué razon para comprarlo el uno, para venderlo el otro? ¿Por qué perderé yo mientras que vos ganais, en un juego en que el hombre y la mujer van asociados?
Los testigos no pueden, sin cometer un crímen, perjurarse por el dinero; sin cometer un crímen, el juez no puede tender la mano á la seduccion. Es una vergüenza para un abogado el vender sus palabras á un pobre; es una vergüenza para un tribunal el enriquecerse vendiendo la justicia; así como es una vergüenza para la mujer aumentar su patrimonio con las rentas de su cama, y prostituir sus gracias al que más ofrece. Se debe reconocimiento por un favor gratuito, nunca por la odiosa locacion de una cama. Una vez recibido el precio de vuestra mercancía, todo acabó, y el arrendatario no está obligado á más.
Guardaos, bellas, de poner á precio el favor de una noche: una ganancia mal adquirida nunca aprovecha. ¿Qué valieron los brazaletes de los Sabinos á la jóven vestal que pereció aplastada bajo el peso de sus armas? Un hijo traspasó con su espada el vientre de que nació: un collar fué la causa de su crímen.
No quiere decir esto que sea excusado exijir de un rico algunos presentes; tiene que satisfacer vuestras exijencias: rebuscad los racimos en las viñas ricas de uvas; cojed los frutos en los fecundos vergeles de Alcino. En cuanto al pobre, tomad en cuenta sus buenos oficios, sus cuidados, su fidelidad. Lo que se tiene, es todo lo que se puede dar al dueño. Mi riqueza, consiste en ilustrar con mis versos á las bellas que se hacen dignas. Aquello que me place llega á ser célebre, en gracia á mi arte. Se verá gastarse los vestidos, y desgastarse el oro y las piedras preciosas; pero la gloria que darán mis versos durará eternamente. Lo que me indigna y me subleva, no es el dar, es ver que se pide un salario. Lo que rehuso á tus solicitaciones, deja de quererlo, y lo tendrás.