ELEGÍA ONCENA.
ARGUMENTO.
Suplica á Nape lleve un billete amoroso á Corina.
¡Oh tú, tan hábil para reunir y disponer con arte los cabellos de tu dama, y que no te se debe colocar en la clase de los simples sirvientes, Nape, tú que, no menos hábil en concertar citas nocturnas que en llevar billetes amorosos, has decidido más de una vez á la indecisa Corina á venirme á encontrar! Oh tú, cuya fidelidad frecuentemente me ha sacado de embarazos; toma estas tablillas y entrégalas, esta mañana misma, á tu señora; que tu solicitud allane todos los obstáculos. Tú no tienes en el corazon la dureza del diamante, la inflexibilidad del hierro, y tu simplicidad no es más grande de lo que conviene: tú, además, verosímilmente, has sentido los dardos de Cupido; defiende, pues, para mí la bandera bajo la cual marchamos ambos. Si ella te pregunta cómo estoy, dile que la esperanza de obtener una noche me hace vivir; en cuanto á lo demás, mi amorosa mano lo ha confiado á esta cera.
Mientras hablo, el tiempo vuela. Ve, escoje el momento en que estará sola para entregarle estas tablillas, pero haz de modo que las lea en seguida. Observa sus ojos y su frente mientras lea: su mirada muda puede enseñarte mi destino. Así que haya acabado, pídele una larga respuesta; nada me hace tanto daño como ver un grande espacio de cera sin llenar. Que estreche sus líneas; que mis ojos estén fijos por largo tiempo en su letra; que llene hasta las extremidades del márgen. ¿Pero qué necesidad tengo de que se fatigue en manejar el estilo? Que en la tableta se lea únicamente esta palabra «Ven,» y habré así cubierto de lauro mis tablillas victoriosas, y bien pronto las habré suspendido en el templo de Vénus con esta inscripcion: «A Vénus os consagra Ovidio, fieles instrumentos de su amor, vosotras que ahora mismo no érais más que un vil fragmento de árbol.»