ELEGIA QUINTA.
ARGUMENTO.
Dirije reproches á su señora, quien, á su vista, mientras fingía dormir, habia dado á otro convidado señales inequívocas de su amor.
¡Cupido; huye con tu carcax! el Amor no tiene bastante precio, para que yo invoque tan frecuentemente la muerte. Sí, yo invoco la muerte cuando sueño en tu perfidia, ingrata belleza, nacida para mi eterna desgracia. No son tus tablitas mal borradas las que me descubren tu conducta: no son los presentes recibidos furtivamente los que revelan tu crímen. Quieran los dioses que acusándote yo, no pueda convencerte. ¡Infeliz de mí! ¿por qué mi causa es tan buena? Dichoso el amante que puede defender valientemente lo que él ama, y á quien su señora puede decir: «¡Yo no soy culpable!» Tiene un corazon de hierro y se abandona demasiado á su ira, aquel que quiere adquirir un laurel ensangrentado por la condenacion de una pérfida.
Desgraciadamente lo he visto todo, cuando tú me creias dormido. Sí, he visto por mis ojos, que el vapor del vino no perturbaba, he visto vuestra traicion. Os he visto entenderos por el movimiento de vuestras cejas: vuestros signos de cabeza, lenguaje bastante claro, eran como palabras. Tus ojos no fueron mudos: se trazaron letras con el vino sobre la mesa: tus propios dedos no estaban sin hablar su lenguaje. A pesar de todos vuestros esfuerzos para ocultarle, he penetrado el sentido de vuestras palabras: he comprendido el valor de los signos convenidos entre vosotros. Ya la mayor parte de los convidados se habian alejado; no quedaban más que dos jóvenes, dormidos por la embriaguez. Yo os ví entonces cambiar culpables besos, besos en los cuales, yo lo he visto, vuestras dos lenguas se confundian; no de los besos que recibia de una hermana un hermano virtuoso, sino de los que dá una tierna mujer á su ávido amante; no de los besos que Febo podia dar á Diana, sino de los que Vénus prodigaba á su querido Marte.
«¿Qué haces tú? exclamaba yo, ¿á quién das los favores que me pertenecen? Es mi derecho, es mi bien; yo la vindico y yo la defenderé. Solo para mí tus caricias, solo para tí las mias; ¿por qué un tercero quiere tener una parte en lo que no pertenece mas que á nosotros dos?»
En estos términos es como se exhalaba mi despecho: el color de la vergüenza cubrió bien pronto sus culpables mejillas. Así se colora el cielo al nacer de la esposa de Titon, ó la jóven virgen á la vista de su prometido: así brillan las rosas en medio de los lirios que las rodean: tal enrojece la luna, detenida en su curso por algun encantamiento; tal aun el marfil asirio, que tiñe una mujer de Meome para impedirle se vuelva amarillo con los años. Tal ó poco menos, era el color de la pérfida, y quizás jamás habia estado más bella. Miraba á tierra y esta mirada era hechicera: la tristeza estaba pintada en su cara y esa misma tristeza la agraciaba. Sus cabellos, y nada era tan bello como sus cabellos, estuve á punto de arrancárselos; sus mejillas delicadas, estuve por abofetearlas.
Cuando mis ojos encontraron los suyos, mis nerviosos brazos cayeron á pesar mio, y mi señora encontró su seguridad en sus armas. Al ver que ella venia amenazante, yo me arrojé á sus rodillas, y la supliqué no me diera menos tiernos besos. Sonrió y me dió de todo su corazon el más dulce beso, uno de esos besos que arrancarian á la mano irritada de Júpiter su rayo luminoso. Lo que me atormenta hoy es el temor de que mi rival habrá recibido de tan deliciosos: yo no quiero que los suyos hayan podido ser del mismo género.
Ciertamente habia en aquel beso mucho más arte del que debe á mis lecciones: me parece que ella habia aprendido algo nuevo. Ese refinamiento de voluptuosidad nada bueno me presagia; tengo por mal lo que más plugo; nuestras lenguas, cruzándose mútuamente, fueron todas enteras estrechadas por nuestros lábios, y con todo no es esto solo lo que me apena: no es solamente de aquellos besos voluptuosos de lo que me quejo, aunque no obstante me compadezco; pero tales lecciones no se dan más que en la cama, y no sé qué maestro ha recibido la inestimable paga.