ELEGIA SEXTA.
ARGUMENTO.
Deplora la muerte del papagayo que habia regalado á su señora.
El ave imitador venido de las Indias Orientales, aquel papagayo no existe. ¡Llegad en tropel á sus funerales; venid todos, piadosos habitantes de los aires; herid vuestro pecho con las alas, y surcad con aguzadas uñas vuestras cabezas delicadas! En defecto de plañideras que se arranquen los cabellos, despedazad vuestras plumas erizadas; en defecto de los acentos del clarin que resuena á lo lejos, haced oir funerarios cantos.
¿Por qué te quejas, Filomela, de la maldad del tirano ismario? el tiempo ha debido poner término á tus lamentos. Resérvalos para la muerte del ave más rara. La suerte de Itis fué un gran motivo de dolor, pero es un asunto muy antiguo.
Vosotras que os balanceais dulcemente en las llanuras de los cielos, y tú más que otra, tórtola querida, exhalad vuestras lúgubres quejas. Estuvo toda su vida en perfecta inteligencia con vosotras, y su fidelidad á toda prueba no se desmintió jamás. Lo que fué el griego Pílades para su amigo Orestes, la tórtola, oh papagayo, lo fué para tí, mientras viviste.
¿De qué te ha servido esa fidelidad? ¿De qué te ha servido el brillante explendor de tu raro plumaje? ¿De qué te ha servido esa voz tan hábil para imitar nuestro lenguaje? ¿De qué te ha servido haber agradado á mi señora desde que le fuiste regalado? ¡infeliz! ¡eras la gloria de las aves, y ya no existes! Tú podrias, por el brillo de tu plumaje, eclipsar la verde esmeralda, y el rojo color de tu pico igualaba al brillo de la púrpura. Ninguna ave en la tierra hablaria tan bien como tú: ¡tan grande era tu habilidad en repetir tartajeando los sonidos que no habias entendido!
La muerte envidiosa te ha herido; tú no declarabas la guerra á ninguna ave, tú eras á la vez hablador y amigo de las dulzuras de la paz. Vemos las codornices, siempre en guerra, y por esto mismo quizás, alcanzar frecuentemente la vejez. Los menores alimentos te bastaban; el placer que encontrabas en hablar no te permitía tomar un frecuente alimento. Una nuez constituia tu comida; algunas adormideras le invitaban al sueño; algunas gotas de agua pura extinguian tu sed. Vemos vivir al insaciable buitre, y al milano, el que en su vuelo, describe grandes círculos en medio de los aires, y al grajo, que pronostica la lluvia. Vemos á la corneja, odiosa á la belicosa Minerva: apenas muere al cabo de nueve siglos. ¡Y ha muerto el pájaro que sabia imitar tan bien la voz del hombre, aquel papagayo, raro presente traido de las extremidades del mundo! Casi siempre las manos avaras de la muerte hieren desde luego lo que hay de mejor en la tierra, y las cosas más malas cumplen su destino. Thérsistes vió los tristes funerales de Phylácides: Héctor estaba reducido á cenizas, cuando sus hermanos aun vivian.
¿Á qué recordar los tiernos votos que hizo por tí mi señora alarmada, votos que el tempestuoso Noto llevó al medio de los mares? Habias alcanzado el séptimo dia, que debia ser el último para tí: ya la Parca habia enteramente dividido su huso: sin embargo, tu lengua tuvo el valor de hacerse oir aun y exclamaste muriendo: «¡Corina, adios!»
En el Elíseo, en la pendiente de una colina hay una selva á la que dan sombra las apiñadas encinas; allí la tierra húmeda está siempre ornada de un verde césped. Aquel lugar, si se dá crédito á la fábula, se dice es la mansion de las aves piadosas: las aves de augurios malos no penetran en él. Es donde habitan los inocentes cisnes y el eterno fénix, siempre único entre las aves. Es donde el pavo real ostenta con orgullo su brillante plumaje, y donde la paloma cariñosa prodiga sus besos á su ávido esposo. Recibido en medio de ellas, en esta riente floresta, nuestro papagayo llama por su lenguaje la atencion de esas piadosas aves.
Sus huesos están cubiertos por una tumba, y esta tumba, pequeña como su cuerpo, presenta una pequeña piedra con esta corta inscripcion: «Por este monumento se puede juzgar cuánto gusté á mi señora: mi boca para hablarla sabia más que un pico de ave.»