WeRead Powered by ReaderPub
Amores: elegías amatorias cover

Amores: elegías amatorias

Chapter 36: ELEGIA ONCENA. ARGUMENTO.
By Ovid
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

The collection gathers brief elegies in which the poet reflects on desire, erotic conquest, and the craft of verse, adopting a playful, conversational tone. Poems narrate flirtation, jealousy, and domestic intrigues, interweaving mythological references and invocations to gods to dramatize passion. The speaker alternates boasting and self-mockery, defends poetry against critics, and acknowledges the consolations of friendship alongside sensual pleasure; occasional elegies turn serious to mourn a close companion. Overall the work balances erotic frankness with rhetorical polish, presenting love as both personal experience and a subject for poetic performance.

ELEGIA ONCENA.
ARGUMENTO.

Trata de disuadir á Corina de su proyecto de ir á las bayas de Campania.

El Argo, despojado del monte Peliaco, es el primero que se abrió en las olas embravecidas un camino peligroso y sembrado de escollos, para traer el toison de oro. ¡Oh! ¡quiera el cielo que Argo haya sido absorbido en los profundos abismos del mar, á fin de que ningun mortal fatigue con su remo la inmensidad de las olas!

Vé aquí que, abandonando su cama acostumbrada y sus penates domésticos, Corina se va á confiar al falaz elemento. ¿Por qué obligas á tu desgraciado amante á temer para tí el Zéfiro y el Euro, el viento glacial de Borea y el caliente aliento del Noto? No verás en tu camino ni villas ni selvas dignas de ser admiradas. Por todo espectáculo no tendrás más que la vista de un mar azulado y pérfido. No es lejos donde se encuentran lijeros mariscos y guijarros ricamente matizados, sino en las claras aguas de la ribera. La ribera es, pues, solamente la que debeis, jóvenes bellezas, hollar con vuestros delicados piés: solo allí hay seguridad: más allá existen escondidos escollos. Que otros os cuenten los combates que libran los vientos, qué mares son infestados por Carybdis y Scyla, sobre qué rocas están asentados, amenazantes, los montes Ceranios, en qué lugar están escondidas las Syrtes ó Malea. Que otros os instruyan, cualesquiera que sean sus relaciones, creedlas: creer en la relacion de una tempestad, no es correr riesgo alguno.

Se está mucho tiempo sin ver la tierra, cuando, una vez apartado de la ribera, la nave voga á velas llenas en el vasto mar. El navegante inquieto teme el furor de los vientos, y vé la muerte tan cerca como las olas. ¿Qué vendrás á ser tú si Triton levanta con furia sus agitadas ondas? ¡Cómo entonces palidecerá tu semblante! Invocando á los compasivos hijos de la fecunda Leda, exclamarás: «¡Dichoso aquel que vive en su tierra natal!» Es mucho más seguro dormir en buen lecho, leer algun libro, hacer resonar bajo sus dedos la lira de Thracia.

Pero si el viento de las tempestades se lleva mis vanas palabras, ¡que al menos favorezca Galatea á la nave que te conduce! Si llega á perecer tal belleza, vuestro seria el crímen y de vuestro padre, Diosas y Nereidas. Parte pensando en mí para volver al primer viento propicio, y que su soplo más fuerte hinche entonces tus velas. Que el poderoso Nereo vuelva la mar inclinada sobre esta ribera; que el viento empuje las naves hácia aquí: y por aquí el flujo precipite las aguas. Tú misma ruega á los céfiros soplen de lleno en tus velas, que tus propias manos ayudarán á hacer mover.

Yo seré el primero en descubrir desde la ribera tu nave querida; y diré: «esa nave trae otra vez mis dioses.» Te recibiré en mis brazos, tomaré rápidamente desordenados besos; la víctima ofrecida para tu regreso caerá al pié de los altares. Extenderé en forma de lecho la lijera arena de la playa, y el primer otero nos servirá de mesa. Allí con el vaso en la mano me contarás todas tus aventuras; me describirás tu navío medio engullido por las oleadas; me dirás que viniendo hácia mí no temias ni al frio ni á la noche, ni á los austros impetuosos. Todo esto, aunque fuese fingido, será verdad para mí; lo creeré todo. ¿Y por qué no he de creer yo con complacencia lo que más deseo? ¡Ojalá pudiese la estrella de la mañana, brillando en un cielo sin nubes, traerme desde luego este dichoso dia!