ELEGÍA DÉCIMAQUINTA.
ARGUMENTO.
Al anillo que él habia enviado como presente á su señora.
Anillo, que vas á ceñir el dedo de mi bella señora, tú que no tienes otro precio que el amor de aquel que te dá, sé para ella un presente agradable: ojalá te reciba con placer, ¡y te coloque desde luego en su dedo! Sé hecho para ella, como ella para mí; que tu círculo abrace cómodamente su dedo, sin lastimarlo.
Dichoso anillo, tú vas á ser tocado por mi señora. ¡Ay! yo envidio ya la suerte de mi presente. ¡Oh! que no pueda yo de un golpe transformarme en tí, por el arte del májico de Ea ó del viejo de Carpthos. Entonces yo querría que tú tocaras su cuello, ó te introdujeses con su mano izquierda bajo su túnica. Yo me escaparia de su dedo, por muy apretado y ajustado que estuviese, y me libertaria por encantamiento para ir á caer sobre su seno. Yo tambien, cuando ella querria sellar sus tabletas misteriosas, é impedir á la cera adherirse á la piedra muy seca, yo tocaria ante todo los húmedos lábios de mi bella señora, con tal solamente de no sellar jamás un escrito doloroso para mí. Si ella quiere hacerme colocar en su joyero, rehusaré dejar su dedo; me encojeré para sujetarle más fuertemente.
Que jamás, oh tú que eres mi vida, sea yo para tí un motivo de vergüenza, una carga muy pesada para tu delicado dedo. Llévame, ya te zambullas en un baño tibio, ya te bañes en el agua corriente. Pero quizá entonces viéndote desnuda, el amor despertará mis sentidos, y ese mismo anillo tomará de nuevo su papel de amante.
¡Ay! ¿qué significan estos avisos inútiles? Parte, débil presente, y que mi señora no vea en tí más que la prenda de mi fidelidad.