ELEGIA DÉCIMANOVENA.
ARGUMENTO.
A un hombre cuya mujer amaba.
Insensato, si para tí tú no tienes necesidad de vigilar tu mujer, vigílala al menos para mí á fin de hacérmela desear más. Lo que nos está permitido nos es insípido; lo que nos está prohibido excita más fuertemente nuestra pasion.
Aquel que ama lo que otro le permite amar, tiene un corazon de hierro. En cuanto á nosotros, los que sabemos amar, nos falta esperar y temer á la vez, y, para desear más vivamente, tener que sufrir algunas repulsas.
Que no se me hable de una fortuna que me pondria al abrigo de toda decepcion. No sabria amar lo que no pueda inquietarme en ningun tiempo. Este es mi flaco; bien lo habia visto la astuta Corina: demasiado sabia ella por dónde podíaseme cojer. ¡Cuántas veces, ay le tengo visto ¡la mentirosa! fingir un violento mal de cabeza, á fin de despedirme! ¡Cuántas veces he debido, aunque me costase, alejarme á paso lento! ¡Cuántas veces me ha supuesto culpas, y, culpable ella misma, se ha supuesto la inocente! Despues de haberme atormentado, despues de haber así reanimado mis fuegos medio apagados, volvía á estar dulce y sensible á mis deseos. ¡Qué de caricias, qué de ternuras entonces me prodigaba! ¡Cuántos besos y ¡grandes dioses! qué besos!
Tú tambien, que recientemente has embelesado mis ojos, recurre frecuentemente á la astucia, seas á menudo sorda á mis súplicas; déjame tendido en el umbral de tu puerta, sufrir el penetrante frio de una larga noche de invierno. Mi amor no tiene fuerza, únicamente á este precio tiene duracion. Vé ahí lo que le falta, vé ahí lo que alimenta mi pasion. Un amor llano y sin dificultad me llega á ser insípido: es como un manjar muy dulce, que no puede excitarme el corazon. Si nunca Danae hubiese estado encerrada en una torre de metal, jamás Júpiter la hubiese hecho madre. Juno, haciendo vigilar á Io, con la frente cargada de cuernos, la volvió á los ojos de Júpiter más graciosa que antes.
Aquel que limita sus deseos á lo que es fácil y permitido, vaya á cojer la hoja sobre los árboles, y beba en plena ribera. Bellas, si quereis aseguraros un largo imperio, sabed abusar de vuestros amantes. ¡Ay! ¿Para qué es menester que yo dé lecciones contra mí mismo? No importa; ame quien quiera una complacencia sin límites: á mí me sirve de molestia. Yo huyo de quien se detiene á mi paso, y me detengo al paso de quien de mí huye.
Pero tú, que estás tan seguro á la vista de tu bella compañera, comienza desde hoy á cerrar tu puerta desde la caida del dia; comienza á preguntar á quien viene tan frecuentemente á golpearla furtivamente; lo que hace ladrar á tus perros en el silencio de la noche; entérate de los billetes que lleva y vuelve á llevar una diligente sirvienta; y por qué tu bella, tan á menudo, quiere dormir sola en su cama. Deja en fin estos cuidados roedores penetrar alguna vez hasta la médula de tus huesos, y dame lugar para recurrir á la astucia.
Ha nacido para hurtar la arena de las riberas desiertas, quien puede ser amante de la mujer de un tonto. Te prevengo, que si no vigilas más á tu mujer, no tardará en cesar de ser mi señora. Yo esperaba que llegaria dia en que tu atenta vigilancia me obligase á más astucia. Tú no te mueves, tú sufres lo que no sufriria ningun marido. ¡Ah, bien! soy yo quien pondrá fin á un amor que tú permites.
¡Qué desgraciado soy! ¿No es esto lo mismo que decir que jamás me impedirás la entrada en tu casa? ¿Que no estaré durante la noche expuesto á tu venganza? ¿Que jamás tendré nada que temer de tí? ¿Que jamás encontrará mi sueño un suspiro tímido? ¡Qué! ¿no harás nada que me dé el derecho de desear tu muerte? ¿Es á mí á quien conviene un marido fácil, un marido que prostituye á su mujer? Tú acabas de emponzoñar mis placeres con tu complacencia. ¿Por qué no buscas á otro, que se avenga á una tan prolongada paciencia? Si te conviene que yo sea tu rival, prohíbeme serlo.