ELEGIA SEGUNDA.
ARGUMENTO.
Los juegos del Circo.
«Si me siento aquí, no es por el interés que tomo en los famosos corceles; y sin embargo, mis votos no son menos para aquel que tú favoreces. Vengo para charlar contigo, para estar á tu lado, para no dejarte ignorar todo el amor que tú me inspiras. Tú miras la corrida y yo te miro á tí. Gocemos los dos del espectáculo que nos agrada, ambos repasemos nuestras miradas holgadamente. ¡Oh, dichoso, sea quien quiera, el competidor que tú favorezcas! tiene la dicha de interesarte. Que semejante dicha me alcance; al instante me lanzaria de la barrera, abandonándome á mis impetuosos corceles. Sabria, aquí, soltarles las riendas; allá, marcar sus flancos con golpes de látigo; más lejos, estrechar el círculo dando vuelta. Pero si, en mi carrera rápida, llegara á divisarte, ¡oh! me detendria, y las riendas se me escaparian de las manos. ¡Ah! faltó poco para que Pelops no cayera en medio de la carrera de Pisa, ocupado como estaba en contemplarte, ¡bella Hippodamia! Y no obstante él debió su victoria á los votos de su señora. ¡Así pudiesen todos los amantes deber su triunfo á los votos de sus bellas!
¿Por qué tratas vanamente de alejarte de mí? la misma grada nos retiene al uno junto al otro: es una ventaja que debo á los reglamentos del Circo. Pero tú, que estás á la derecha de mi bella, sostente bien; la molestas, apoyándote sobre ella. Y vosotros que estais colocados detrás, no extendais tanto vuestras piernas; tened bastante circunspeccion para no ajar sus espaldas con vuestra ruda rodilla. Cuidado, amiga mia, tu ropa demasiado baja arrastra por tierra; levántala como voy á hacerlo yo mismo. Oh ropa, estabas celosa por cubrir tan bellas piernas; tú querias ser sola en verlas; si, tú estabas celosa. Tales eran las piernas de la lijera Atalante, que Milanion hubiera querido tocar con sus manos: tales tambien las de Diana, cuando, levantada la ropa, perseguia en las selvas los venados, menos intrépidos que ella misma. Estoy encendido por aquellas piernas que no he podido ver; ¿qué sucederá al ver las tuyas? tú vienes á añadir fuego á un brasero, y agua al mar. Juzgo, por lo que he visto, lo que pueden ser los otros atractivos tan bien cubiertos bajo tu lijera ropa.
¿Quieres tú, entretanto, que un aire agradable venga á refrescar tu rostro? esta tablilla agitada por mi mano, te dará ese placer; á menos que no sea el fuego de mi amor, más bien que el calor del aire, lo que te ahoga, y que tu corazon no arda con una placentera llama. Mientras que te hablo, una negra polvareda ha empañado el brillo de tu blanca ropa: ¡huye de encima de aquellas espaldas de nieve, polvorosa tierra! Mas vé ahí venir la corte; callad, y prestad toda vuestra atencion. Es llegado el momento de aplaudir: la brillante corte se adelanta.
En primer lugar aparece la Victoria, con las alas desplegadas. Oh diosa, seme favorable, y haz que mi amor sea vencedor. Aplaudid á Neptuno, vosotros los que tanta confianza teneis en sus ondas. Por lo que á mí toca, nada tengo de comun con el mar, y no amo mas que la tierra que habito. Tú, soldado, aplaude á tu dios Marte. Yo huyo de los combates: amo la paz y el amor al que la paz favorece. Que Febo sea propicio á los augures, Febé á los cazadores. Tú, Minerva, recibe el saludo de todos los amigos de las artes. Y vosotros, labradores, saludad á Céres y al tierno Baco. Que Pólux oiga los votos del gladiador, y Cástor los del caballero. Nosotros te aplaudimos á tí, dulce Vénus, á tí y á los Amores armados de flechas. Secunda mis esfuerzos, tierna diosa; dá otro génio á mi amante; que ella se deje amar. Con un signo de cabeza, me predice Vénus el éxito. Lo que ella me ha prometido, prométemelo tú tambien. Atiende mi súplica, y perdóneme Vénus, serás á mis ojos más grande que esta diosa. Te lo juro, y pongo en testimonio de mi juramento á todos los dioses que brillan en esa corte, tú serás siempre mi querida señora. Pero tus piernas no tienen punto de apoyo: puedes, si quieres, apoyar en medio de estos barrotes la punta de tus piés.
Ya la carrera está libre, y los grandes juegos van á empezar: el pretor acaba de dar la señal: los cuádrigas[10], se han lanzado todos á un tiempo, desde la barrera. Miro aquel por que te interesas; quien quiera que sea el que tú favoreces, saldrá vencedor. Los mismos caballos parecen adivinar tus voces. ¡Ay! qué círculo describe alrededor del mojon, desgraciado ¿qué haces? te lleva ventaja tu rival, que ha rasado de más cerca. ¿Qué haces, imprudente? Dejas inútiles los votos de la belleza. Por favor sujeta fuertemente la rienda izquierda. Nos hemos interesado por un torpe. Vamos, romanos, llamad, y dad la señal sacudiendo de todos lados vuestras togas. Hé aquí, que se le llama: pero, por miedo á que el movimiento de las togas no desordene la simetría de tu tocado, puedes ponerle al abrigo bajo la falda de la mia.
Ya la liza se abre de nuevo, la barrera está levantada, y los rivales, á quienes distingue su color, lanzan sus caballos en la arena. Esta vez al menos sé vencedor, y vuela por el espacio que se abre ante tí. Haz que mis votos, y los de mi señora se vean cumplidos. Lo son efectivamente los de mi señora y aun más los mios. Ha conquistado la palma; me resta ganar la mia.» La bella ha sonreido, y su chispeante mirada ha prometido alguna cosa. Por ahora es bastante: en otra parte darás el resto.
NOTAS AL PIE:
[10] Carro de dos ruedas con cuatro caballos. (N. T.)