ELEGÍA CUARTA.
ARGUMENTO.
Exhorta á un marido á no hacer vigilar tan severamente á su mujer.
Intratable esposo, tú has atado un guardian á los pasos de tu jóven compañera: ¡pena inútil! el guardian de una mujer es su virtud. Es solo casta aquella que no se vé obligada á serlo por el temor y la que es fiel á la fuerza no es verdaderamente fiel. Gracias á tu contínua vigilancia, su cuerpo ha podido quedar intacto; su corazon es adúltero. No se sabria guardar una alma á despecho de ella, y los cerrojos entonces nada valen. Por bien que cierres las entradas de tu casa, el adúltero penetrará: quien impúnemente puede cometer algunas faltas comete menos: el poder de hacer mal enfria el deseo. Cesa, créeme, de incitar al vicio prohibiéndolo: triunfarás mucho mejor por la complacencia.
Yo ví no há mucho un corcel rebelde al freno ponerse furioso y dispararse como el rayo: despues se detuvo de un golpe, desde que sintió las riendas flotar muellemente sobre su larga crin. Nosotros corremos siempre á lo que es prohibido, y deseamos lo que se nos rehusa. Así el enfermo desea el agua que le es vedada.
Argos tenia cien ojos en la cabeza y en la frente, y solo el amor supo frecuentemente engañarle. La roca y la arena componian la imperecedera torre donde Danae fue encerrada vírgen, y allí llegó á ser madre. Penélope, sin estar guardada, quedó pura en medio de tantos jóvenes adoradores.
Cuanto más cuidadosamente se guarda una cosa, más la deseamos: la vigilancia no es más que una provocacion al ladron: pocas gentes aman los placeres permitidos. No es la belleza de tu esposa, es tu amor lo que hace buscarla; se la supone no sé qué atractivos que te cautivan. Una mujer guardada por su marido, no sea virtuosa, sino que sea adúltera, y es codiciada. Los peligros que acompañan á la posesion son más preciosos que la posesion misma. Soy sedicioso, si tú quieres, yo no amo más que los placeres prohibidos. Agrádame solo aquella que puede decir: «Tengo miedo.» Y en tanto está permitido tratar como esclava á la mujer que ha nacido libre, no usamos de esta tiranía más que con las mujeres de naciones extrañas. Tú sin duda quieres que su guardian pueda decir: «Eso es gracias á mí.» ¡Ah, bien! Si tu esposa es casta, que el honor sea todo para tu esclavo.
Es ser muy tonto, ofenderse del adulterio de una esposa: es conocer muy poco las costumbres de la ciudad en donde no nacieron sin crímen Rómulo y Remo, hijos de Marte y de Ilia. ¿Por qué tomarla bella si la quieres virtuosa? virtud y belleza no sabrian ir en compañía.
Si tú haces bien, ten un poco de indulgencia, deja ese aire severo, y no hagas prevalecer tus derechos como un esposo rígido. Acepta los amigos que te dé tu esposa; ella te dará muchos; así es como se obtiene sin trabajo un gran crédito. A este precio tendrás siempre sitio en los banquetes de una juventud juguetona, y encontrarás en tu casa mil objetos que no te habrán costado nada.