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Amores: elegías amatorias cover

Amores: elegías amatorias

Chapter 63: ELEGIA DÉCIMOCUARTA. ARGUMENTO.
By Ovid
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About This Book

The collection gathers brief elegies in which the poet reflects on desire, erotic conquest, and the craft of verse, adopting a playful, conversational tone. Poems narrate flirtation, jealousy, and domestic intrigues, interweaving mythological references and invocations to gods to dramatize passion. The speaker alternates boasting and self-mockery, defends poetry against critics, and acknowledges the consolations of friendship alongside sensual pleasure; occasional elegies turn serious to mourn a close companion. Overall the work balances erotic frankness with rhetorical polish, presenting love as both personal experience and a subject for poetic performance.

ELEGIA DÉCIMOCUARTA.
ARGUMENTO.

A su señora.

Yo no te prohibo, bella como eres, tener algunas debilidades; lo que yo no quiero, es el dolor y la necesidad para mí de saberlas. No, yo no exijo censor rígido, que seas casta y púdica; lo que yo te pido es que procures parecerlo. No es culpable la que puede negar el hecho que se le imputa; la confesion que hace es la que la deshonra. ¿Qué manía es esa, de revelar cada mañana los secretos de la noche, y proclamar á la luz del dia lo que no haces más que en la sombra?

La cortesana antes de abandonarse al primero que llega, tiene cuidado de poner entre ella y el público una puerta bien cerrada. ¡Y tú, tú divulgas en todas partes tus vergonzosos extravíos, orgullosa de ser á la vez la delatora y la culpable! Sé en adelante más casta, ó al menos imita á las mujeres púdicas. Que yo te crea honesta aunque no lo seas. Culpable ayer, sé culpable hoy; pero no lo confieses, y no te avergüences en público de hablar un lenguaje modesto.

Un apartado retiro provoca el desarreglo; que sea el solo teatro de todos tus placeres, desterrado de allí el pudor. Pero desde que salgas, no conserves nada de la cortesana, y en tu lecho queden sepultados tus crímenes. Allí, no te ruborices de quitarle la túnica y sostener otro muslo apoyado sobre el tuyo. Allí, recibe hasta el fondo de tu encarnada boca una lengua amorosa, y que para tí el amor invente mil especies de voluptuosidades. Allí ninguna tregua á los dulces coloquios, á las palabras halagüeñas, y que tu cama cruja con los vivos apretones del placer. Toma en seguida, con tus vestidos, la modesta postura de una virgen tímida, y que el pudor de tu frente niegue la lascivia de tu conducta. Engaña al público, engáñame; pero permite al menos que yo lo ignore, y déjame gozar de mi tonta credulidad.

¿Por qué delante de mí, tantos billetes enviados y recibidos? ¿Por qué tu lecho está batanado á la vez por todos lados? ¿Por qué veo sobre tus hombros tus cabellos en un desórden que no ha causado el sueño, y sobre tu cuello la marca de un diente? No te falta más que hacerme testigo ocular de tu vida licenciosa. ¡Oh! si tú te cuidas poco de atender á tu reputacion, cuídate de mí al menos. Mi alma me abandona, y me siento morir todas las veces que tú te reconoces culpable; y en mis venas corre una sangre helada. Entonces amo, entonces me esfuerzo en vano en aborrecer lo que me veo forzado á amar; entonces yo quisiera morir, pero contigo.

No haré yo ninguna averiguacion; no insistiré, desde que te vea pronta á negar: tu denegacion solo equivaldrá á inocencia. Si no obstante llegara yo á sorprenderte en flagrante delito, si mis ojos hubieran de ser un dia testigos de tu vergüenza, lo que yo hubiera visto demasiado bien, niega que lo haya visto, y mis ojos tendrán menos autoridad que tus palabras. Así te será fácil vencer á un enemigo que no pide más que ser vencido. Que solamente tu lengua se acuerde de decir: «No soy culpable.» Cuando puedes tan fácilmente triunfar con estas dos palabras, triunfa, si no por la bondad de tu causa, al menos por la indulgencia de tu juez.