ELEGÍA DÉCIMOQUINTA.
ARGUMENTO.
Dice adios á su Musa lasciva, para seguir otra más severa.
Busca un nuevo poeta, madre de los tiernos Amores; yo no tengo más que tocar la meta de mi carrera elegíaca. Estos cantos que he compuesto, yo, hijo de los campos pelignos, han hecho mis delicias y mi nombradía. Si este honor es alguna cosa, yo he heredado, del primero como del último de mis antepasados, el título de caballero, y no lo debo al tumulto de las armas. Mántua está envanecido de Virgilio, Verona de Catulo: se me llamará á mí, la gloria del pueblo Peligno, de este pueblo cuyo amor por la libertad le impuso el santo deber de combatir, en la época en que Roma inquieta tembló delante de las armas reunidas para su ruina. Un dia, viendo la pantanosa Sulmona encerrada en el estrecho circuito de sus muros, el viajero exclamará: «Villa que has sido cuna de tal poeta, tan pequeña como eres, te proclamo grande.»
Amable niño, y tú, Vénus, madre de este amable niño, arrancad de mi campo vuestros dorados estandartes. El dios cuya frente está armada de cuernos, Baco, agitando cerca de mí su temible tirso, me apresura á lanzar los corceles vigorosos en una más vasta carrera. Vosotras, delicadas elegías, y tú, Musa lijera, adios: mi obra me sobrevivirá.
FIN.