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Angelina / (novela mexicana)

Chapter 63: L
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About This Book

La novela narra un amor juvenil idealizado que, alimentado por lecturas románticas, desemboca en desengaño y sacrificio. El narrador rememora las pasiones de la juventud y la vida provincial, la enfermedad y muerte que marcan a las protagonistas, y la retirada de una joven a un convento para olvidar un afecto perdido. A través de episodios sentimentales y costumbristas se exploran la influencia del romanticismo, las tensiones entre fantasía y realidad, y las convenciones sociales que condenan los afectos desbordados, mientras el autor mezcla memoria personal y detalle regional en una prosa melancólica.

«Dos almas con un mismo pensamiento
Y palpitando acorde el corazón».

Sentado al pie de aquel naranjo, mudo testigo de nuestro amor, pensaba yo en Angelina, cuando llamaron a la puerta.

Presentí que alguien me traía noticias de mi amada y acudí presuroso. No me había engañado el corazón. Era el caballerango del P. Herrera.

—Aquí tiene usted...—me dijo, sin bajarse del caballo,—esta cajita y estas cartas. Volveré mañana por la contestación. ¡Cartas de Angelina! Una para mis tías; otra para mí.

Corrí a mi cuarto y cerré la puerta. Deseaba estar solo, solo....

«Ya comprenderás—me decía la niña—cuan grata fué tu carta para mí. ¡Qué ansia! ¡Qué impaciencia! Toda la noche estuve pensando en la llegada del mozo, hasta que al fín me quedé dormida. ¡Soñé contigo! Soñé que estaba yo en Villaverde, en tu casa y cerca de tí. Tú leías y yo estaba pintando pétalos de rosa. De pronto cerraste el libro, lo pusiste en la mesa, y pasito a pasito te acercaste a mí, hasta reclinarte en el respaldo del sillón.... Entonces... (como aquella noche ¿te acuerdas?) me dijiste quedito: «¡Angelina.... Angelina... te amo!» Y desperté. Desperté llorosa y apenada, como si ya no me quisieras, como si no hubiera de verte más. Pero ¿verdad que no me olvidas; verdad que a todas horas piensas en mí? ¿No es cierto que estoy siempre en tu memoria? La semana pasada salimos a pasear. La tarde estaba lindísima.... ¡Qué cielo! ¡Qué nubes! ¡Qué celajes! ¡Qué colores tan hermosos los del horizonte al ponerse el sol! Papá me dijo: «Muñeca: ¿quieres venir conmigo?» Lo dije que sí. Salimos hasta el principio de la cuesta, y allí, en una sabanita, nos detuvimos. Abrió papá el breviario y se puso a rezar maitines. Yo me fui a lo largo de una milpa. Crecen entre los surcos ciertas plantas que dan unas flores como margaritas, y yo corté muchas, muchas, tantas que ya no me cabían en el delantal; luego me senté en una roca, y, acordándome de un poema que tú me leíste, me entretuve en preguntar a las flores si me querías. Deshojé todas, y todas me decían, con el último pétalo, que me quieres... «¡mucho!»... «¡mucho!» Ya no tengo ratos de tristeza, ya no. Estoy muy contenta y muy segura de tu cariño. Perdóname; perdóname si alguna vez he dudado de tu constancia y de tu fidelidad.

«Pero a todo esto no te he dicho cómo recibí tu carta. No pude ir hasta el rancho de los Ocotes para encontrar al mozo y me conformé con aguardarle en el corredor. Yo esperaba que papá, no estuviera presente, pero sí estuvo. ¡Qué miedo, Rorro! ¡Qué miedo!. El mozo que llega, y papá que sale. El recibió el paquete, lo abrió, tomó sus cartas y me dio las mías, sin decir palabra. Después no me preguntó nada. Yo me apresuré a leer la carta de doña Pepita. ¡Qué larga se me hizo la velada! Al fin me vi sola en mi cuarto, y entonces leí, y releí, y volví a leer tu cartita. ¿Por qué eres tan perezoso a tu Linilla? ¡Seis plieguitos! ¿No es cierto que ahora será más? Si no es así, voy a castigarte. Y ya verás: una hojita... y... ¡será mucho!

«Te quiero con toda el alma, Rodolfo mío; no vivo más que para tí, y me duele mucho que me digas esas cosas tan tristes. ¿A qué hablar de la muerte cuando somos tan dichosos? Tú dices que la muerte debe ser deseada en los momentos de felicidad, y entonces más que en las horas de dolor. ¿Dónde has aprendido eso? Dime: ¿dónde? Tienes unas cosas muy raras. Hay en tí no sé qué muy lúgubre; cierta tristeza y cierto desconsuelo que no me gustan, que me hacen padecer, que me hacen llorar. No parece sino que tienes poco amor a la vida. Pues óyeme: yo no pienso así, no. ¡Dios me libre de ello! La vida, por amarga que sea, es muy hermosa y amable; si tiene penas y dolores, tiene también dichas y alegrías, muchas, y yo quiero vivir, vivir para ti, mi Rorró; para ser dichosa si eres dichoso; para amar lo que tú ames y aborrecer lo que tú aborrezcas; para padecer si tú padeces, que en eso cifro mi dicha mayor. ¿No es verdad que tú no aborreces a nadie? No, estoy segura de ello. Rodolfo mío: es preciso que cambies de modo de pensar; que apartes de tí esas ideas tan raras y tan negras, y que ames la vida; que la ames como yo la amo, como un don del cielo. ¿Dices que la vida no es más que dolor? No es cierto. Cuando dices que me amas, cuando recuerdas que eres amado, eres dichoso, y entonces amas la vida. ¿No te sientes feliz cuando haces algo bueno, cuando socorres a un necesitado, cuando enjugas una lágrima o das una palabra de consuelo? Pues yo sí, y tú también, tú también, porque eres bueno. Por eso te quiero, por eso te amo.

«La última parte de tu cartita me dejó muy contenta de tí. Así te quiero, así te soñé, así debes ser siempre con tu Linilla.

«Tengo aquí en el corazón una cosa que me apena, y quiero decírtela; pero me falta tiempo para escribir. Pablo ha de salir a las tres, son las doce y media, aun no he visto si la mesa está lista, y ya sabes que mi papá come a la una en punto; suena el reloj, y no bien acaba de dar la hora ya le tienes en el comedor, dando palmadas y pidiendo la sopa.

«Pablo te entregará una cajita; en ella va un pañuelo; he bordado el monograma en los ratos desocupados. Dice papá que está muy bonito; le ha gustado mucho, y creo que a tí te parecerá lo mismo.

«Cuida mucho de tus tías, principalmente de doña Carmelita; mira que le gusta mucho que la mimen. ¿La ves así, que es tan seca y adusta? Pues sin cariño no puede vivir.

«Vivo por tí y... sólo para tí, tu

Linilla».


XLV

Estuvo escribiendo hasta después de media noche. A esa hora salí al patio y corté los ramos más lindos de «myosotis» para meterlos en mi carta y que llegaran a manos de Angelina.

«Ahí van—escribí—esas flores de color de cielo, tan amadas de mi Linilla. Son las primeras que brotaron en el cuadro que tú sembraste. Está lindísimo; parece llovido de chispas de zafiro. Me encanto mirándole y pensando en tí.

«Linilla mía: me has ganado la apuesta. Tus plantas han florecido antes que las mías; pero eso no es porque tú me quieras tanto como yo te quiero a tí. Las mías no dan ni esperanzas, pero ya florecerán, y se pondrán más hermosas que las tuyas, lo cual será prueba de que yo te amaré toda mi vida.

«He tenido un gran disgusto en estos últimos días; un disgusto que me ha causado gran pena. Bien vista la cosa no era para tanto, y acaso he pasado días muy amargos sin que hubiese motivo para ello. El día que nos veamos te contaré todo. ¿A qué perder el tiempo en referir cosas desagradables? No te pongas a cavilar en esto. Chismes villaverdinos... ¡y nada más!

«Debo decirte que hace tres días me separé de la casa de don Juan. El doctor me ha conseguido un empleo, muy bueno, en la hacienda de Santa Clara, que, como tú sabes, es del señor Fernández, el papá de Gabrielita, tu compañera de Conferencia. Estuve en la casa de ese caballero que es muy buena persona; me recibió con mucha cortesía, como a un amigo, no como a empleado, nos arreglamos en un dos por tres, y el día 15 salgo para la hacienda. Yo siento mucho separarme de mis tías; pero, hija mía, no hay más remedio, ¡Qué hacer! No entiendo de campo, pero aprenderé; cosas más difíciles he aprendido. Me apena el pensar que voy a vivir lejos de tí, y que en mucho tiempo no he de verte, pues no me sera posible ir a San Sebastián como se lo ofrecí a tu papá. Lo siento, lo siento mucho; pero, como tú comprenderás, no debo perder la colocación que el pobre don Crisanto me ha buscado. Con lo que gane yo en Santa Clara habrá lo necesario en esta casa para que tía Pepilla no tenga que trabajar en sus flores, ni con la chiquillería. ¡Gracias a Dios! Voy a subvenir a todos los gastos de la casa, y acaso este destino será para tu Rorró el principio de una vida laboriosa, sí, muy laboriosa, pero bien retribuida. Ya te digo que no entiendo de cosas de campo; y que no sé de eso ni una jota. Aprenderé todo, aunque, según entiendo, mi ocupación estará en el escritorio. Procuraré ser útil y hasta necesario. Haré que el señor Fernández estime mi empeño y mi laboriosidad; y, si mis ilusiones no se malogran, este empleo será el medio más apropiado para conseguir la felicidad; es decir, para que pueda yo unir mi suerte a la tuya. No deseo más, no aspiro a otra cosa, y en ello cifro toda mi dicha.

«¿Por qué me echas en cara mis tristezas y melancolías? Piensa que he sido muy desgraciado, y que padezco de murrias y fastidios. Tienes razón: la vida es amable, amabilísima, a pesar de que el dolor, inherente a la naturaleza humana, nos persigue por todas partes y a todas horas. Tienes razón: cuando el hombre ama y es amado la vida es amable. Hacemos mal en aborrecerla; si la empleáramos en hacer el bien, en aliviar los dolores ajenos, en consolar al triste y socorrer al necesitado, no pensaríamos que la vida es dura y que mejor sería no tenerla. ¡Perdóname, Linilla mía, perdóname! Es cierto que mi carácter es un poco sombrío y taciturno; lo conozco y no puedo remediarlo. ¡Qué quieres! Así soy, así me he vuelto en estos últimos años, y aunque tu amor y tu cariño alegran mi existencia; aunque tú eres para mi alma desmayada luz y regocijo, en ciertos momentos se entenebrece mi alma y me complazco en alimentar mi pena, hundiéndome voluntariamente en la tristeza. Sé tú mi redentora; disipa esas tinieblas que suelen nublar mi alma, y torna en plácida aurora las noches de mi espíritu.

«Tienes razón: la vida es amable; debo amar la vida como un don del cielo; debo amarla para hacer el bien, y... ¡para amarte mucho, mucho, como tú mereces ser amada!

«¿Me dices que las margaritas de los maizales te han dicho que te amo? No te han engañado como a la heroína del poema. ¡Sí; te amo, te amo, Linilla mía! Yo no consulto eso con las flores, que suelen ser engañosas y lagoteras, sino con mi corazón que es todo tuyo.

«Imagínate un hombre que hubiera vivido muchos años en la obscuridad de un calabozo, y que de pronto, cuando tenía perdida toda esperanza de libertad, le sacaran a la luz. ¡Cómo amaría la claridad del cielo, los celajes veladores, los horizontes límpidos y serenos! Pues así te amo yo, así, ni más ni menos.

«Sé justa. ¿No es verdad que ese hombre recordaría con placer, acaso con incomparable alegría, las sombras del calabozo en que vivió tantos años? ¿No es cierto que algunas veces suspiraría amorosamente al recordar su prisión, el estrecho recinto que fué para él casa, patria y mundo? Pues así vuelven a mí las tristezas y melancolías de ayer, cuando aun no me amabas, cuando la luz de tu cariño no iluminaba mi alma. A las veces no creo, no puedo creer que me amas, que te amo, y que soy dichoso. Así te explicarás eso que tú llamas «cosas mías muy raras». Así te explicarás esa lúgubre tristeza, ese desconsuelo que has observado en mí, y que te hace padecer. Imploro tu perdón, Linilla mía. Perdóname; no volveré a pensar en eso, y si pienso en esas cosas no te las diré. ¿No es verdad que me perdonas? ¿Verdad que sí?

«El pañuelo está lindísimo; el monograma es soberbio, muy elegante, y muy sencillo, como dibujado y bordado por tí. Saluda a tu papá, si crees oportuno hacerlo, de modo que no sospeche nuestros amores. Acaso no los apruebe, y sea el recuerdo mío motivo de disgusto para tí y para él.

Ya me dirás eso que te apena, Linilla, Linilla mía, dime: ¿tienes secretos para mí? Dímelo, dímelo. Ya me imagino lo que es: alguna niñería....

No dirás ahora que no te escribo como tú deseas. El día que tú no me escribas como sabes hacerlo, yo, a mi vez, te he de castigar, y ¡pobre de tí!

«¡Adiós, bien mío!

Rodolfo.»


XLVI

Rara vez salía yo de casa, y sólo para visitar a don Román. Me pasaba la mañana en mi cuarto, y la tarde en el jardincillo, entregado a mis poetas favoritos.

—¿Qué libro lees ahora?—solía preguntarme el «pomposísimo», cuando iba a verle.—¿Lamartine? ¿Víctor Hugo? ¿Novelitas de Dumas?

Contestaba yo afirmativamente, y el buen anciano hacía un gesto, gruñía, y agregaba mohino:

—¡Uf! No, niño; no pierdas el tiempo. ¡Los clásicos! ¡Los grandes autores del siglo de Augusto! Virgilio... ¡el dulce Virgilio! Horacio.... Y si no tienes muy firmes tus latines, los clásicos españoles.... Fr. Luis de León, Herrera.... Déjate de los románticos; son intemperantes y monstruosos.... ¿Qué ha dicho Víctor Hugo que no esté superado por los poetas latinos? ¿En qué han sobrepujado él y tu Zorrilla, tu gran Zorrilla, a Lope y a Calderón? Vamos, muchacho, ¿quieres tener buen gusto? Pues deja de la mano esos mamarrachos. Si tú, a quien yo inicié en las grandes bellezas de la literatura clásica, gustas de las novedades esas, ¿qué harán los discípulos de Venegas y Ocaña? ¡Así anda todo! ¡Así andan las letras patrias!... ¡Por eso ya no hay Carpios ni Pesados!

Pero yo no escuchaba los consejos de don Román, y repasaba las páginas más elocuentes de Chateaubriand, los versos más dulces de Lamartine, y me aprendí de memoria las mejores escenas del «Hernani», en una colección de comedias, traducidas por no sé quién. Aun recuerdo algo del célebre drama romántico, aquello de doña Sol a Carlos V:

—«¡Callad, que me avergonzáis...!
Don Carlos, entre los dos
todo amorío es locura....
Mi padre su sangre pura vertió
en la guerra por vos,
y yo, que airada os escucho,
soy, pese a furor tan loco,
para esposa vuestra, poco,
para dama vuestra, mucho.»

Desdeñaba los libros clásicos, y me engolfaba en el piélago anchuroso de la literatura romántica. Andrés compró cierto día, en su tienda de «La Legalidad», un tercio de papeles viejos, entre los cuales hallé folletines, libros, folletos, entregas, y tomos de «La Cruz», que me apresuré a recoger. Entonces leí buena parte de «El Fistol del Diablo»; devoré las novelitas de Florencio del Castillo, y en dos días me eché al colecto los dos tomos de «La Guerra de Treinta Años», de Fernando Orozco, el más intencionado de nuestros novelistas.

¡Qué impresión tan penosa me causó ese libro! Me llenó de tristeza, y lastimó cruelmente mi corazón. No pude más: tiré el volumen, cogí el sombrero, y me lancé a la calle.

Hermosa tarde primaveral, dorada, luminosa.... Me dirigí hacia la colina, y subí hasta mi sitio predilecto.

El cielo sin nubes ni celajes parecía una bóveda de cristal cerúleo. Las arboledas, frescas y reverdecidas, hacían gala de su flamante veste, y en las dehesas y en los collados flotaba una misteriosa claridad rosada. Medio valle gozaba aún de los últimos esplendores del día, y allá detrás de la iglesia de San Juan, a espaldas de un molino, medio escondido entre los platanares y los «izotes», en la curva más ancha y despejada del Pedregoso, los últimos rayos del sol trazaban una estela de plata, que partía de un foco esplendoroso, cuyas poderosas irradiaciones lastimaron mis pupilas.

La ciudad estaba como envuelta en una gasa de oro, y hacia el Oriente se perfilaban las cimas de los montes, el pico de los Otates, y los crestones de Mata Espesa, sobre un fondo verdoso de suaves opalinas. Del lado del Poniente fingían las nubes ardiente cordillera, un abismo de llamas, entre las cuales se ocultaba el sol. En Villaverde, lo mismo que en Pluviosilla, esos crepúsculos de fuego son anuncio seguro de caluroso día; anuncia el «sur», el viento abrasador que caldea la atmósfera y calcina la tierra.

Llegaban hasta mí las voces de los transeuntes que atravesaban la Alameda, o iban a lo largo del ancho camino carretero orillado de fresnos.

El grato vientecillo nocturno acariciaba mi frente con sus perfumados besos.

Aun brillaban en la Sierra los últimos reflejos del día, y mientras subían del valle los mil rumores de la naturaleza adormecida, las voces del río y el canto de los pájaros, me puse a contemplar el magnífico cuadro que tenía delante.

Las sombras invadían poco a poco la ciudad. Bajaban de las montañas; surgían de los barrancos; salían de los bosques; corrían por las llanuras, y se precipitaban en tropel por los «callejones». Tímidas y cautelosas se detenían allí, un instante nada más, y luego avanzaban presurosas hacia la plaza. Brilló en el río la última ráfaga de luz; la verdosa claridad del aire se tornó en un vago reflejo de color de violeta, ennegrecióse el valle, y llegó la noche.

—«Así,—pensaba yo,—así se van las alegres ilusiones, así se desvanecen las más risueñas esperanzas: La vida es un perpetuo dolor. Lo pasado nos entristece con el recuerdo del bien perdido; en lo presente no encontramos la dicha; lo porvenir nos llena de espanto...»

«¿Será cierto que el dolor es el triste patrimonio de la mísera humanidad? ¿Será cierto que no es posible la realización de nuestros más nobles deseos? Malógrense enorabuena los planes del malvado; disípense como la niebla los proyectos del perverso; pero ¿por qué han de ser inútiles y vanos todos los pensamientos generosos, todas las desinteresadas aspiraciones de la juventud? ¿Será cierto que la maldad nos acecha por todas partes? ¿Será verdad que el vicio se disfraza con el blanco traje de la virtud, y que la flor más bella está comida de gusanos? ¿Si es una verdadera miseria vivir en la tierra, no es mejor morir cuando no hemos probado aún las amarguras de la vida?»

«Me dí a pensar en mi suerte. Me ví solo en el mundo, sin padres, sin parientes, sin amigos. ¿Quiénes me amaban? Dos ancianas que estaban, sin duda, a orillas del sepulcro; un pobre médico, rendido al peso de los años; un buen servidor; un maestro de escuela, enfermo y miserable; una niña desgraciada, huérfana, condenada a padecer. La desdicha y el infortunio nos habían juntado, y serían siempre nuestros compañeros...»

«A veces me sentía dichoso, feliz; aleteaban en mi alma las mariposillas de la ilusión; me sonreía la esperanza, y soñaba con auroras primaverales y venturosos días. Y ¿qué era todo eso? Delirios, fantasías, locuras de muchacho que no sabe nada de la vida. ¡Ah! Si me fuera dable matar en mí esta voluntad, siempre activa, siempre inquieta.... No buscar la felicidad, huir del dolor...»

Entregado a estas ideas pasé largo rato, cerrados los ojos, de codos en la roca, oculto el rostro entre, las manos. Había obscurecido y era preciso volver a la ciudad. El caserío estaba iluminado y el firmamento tachonado de luceros. Un fulgor de plata inundaba el horizonte, y allá, tras los picachos de la Sierra, surgía la luna llena, espléndida y magnífica.


XLVII

A las cuatro de la tarde ya todo estaba listo. Tía Pepilla arregló mi petaca en dos por tres, y concluída la faena me dijo cariñosamente, echándome los brazos:

—Rorró... ¿no vas a despedirte de tus amigos?

—¿Amigos?

—Sí; el doctor, tu maestro, Ricardito Tejeda....

—Sí, iré, es natural... tiene usted razón. Pero no veré a Ricardo....

—¿Por qué, Rodolfo? Te quiere mucho... desde niños fueron amiguitos. Si tú vieras... cuando estabas en el colegio, siempre que venía a vacaciones, o de paseo, no dejaba de visitarnos. Y nos decía: «Doña Pepita: yo quiero mucho a Rorró, mucho; somos muy buenos amigos; siempre andamos juntos. ¿Necesita algo? Yo se lo doy. ¿Yo lo necesito? El me lo da. ¡Cómo dos hermanos!

—Pero, tía: ¿no ve usted que no viene a verme, ni me busca? ¿Cuántas veces ha venido?

—Sí, eso es cierto; pero la verdad es que no ha estado aquí. Su mamá me dijo que en Pluviosilla tiene unos parientes con quienes ha pasado todo el mes. Vas a visitarlo.... ¡Antes tan amigos... y ahora...! Mira, vas; irás porque yo te lo ruego. Sus padres han sido muy buenos con nosotros. ¿Verdad que irás?

—Tía: ¿para qué he de mentir? No.

—¿Por qué, dime, por qué? ¿Han tenido ustedes algún disgusto?

—No, tía; pero no es decoroso que yo le busque, cuando él se muestra conmigo desdeñoso y frío.

No insistió la anciana; sospechó, tal vez, que motivos muy justos me obligaban a no visitar a mi amigo, y se limitó a decirme:

—Bueno; harás lo que quieras... pero no dejes de ir a la casa de don Crisanto; no dejes de ver a don Román....

—¡Iré, iré de mil amores!

El doctor no estaba en su casa. Le encontré en la calle, cerca de la Parroquia, y hablamos largamente.

—¿Te vas mañana? Me alegro; es preciso que salgas de aquí. Comprendo lo que ha pasado; todo lo sé; en la botica me lo dijeron todo. Yo hablaré con Castro y le diré cuántas son cinco. Nada de eso me ha causado extrañeza; me lo esperaba yo. Por eso te recomendé que no dijeras nada, y te dije: «¡Chitón!» Así es Castro Pérez. Se le ha metido en la cabeza que el señor Fernández le quita todos los escribientes, cuando el buen señor es incapaz de semejante cosa. Además, quieren que le sirvan de balde, y no paga debidamente a quienes le sirven. No te apenes: esa murmuración es aquí común y corriente, y nadie para mientes en ella....

—Sí; pero temo que el señor Fernández desconfíe de su nuevo empleado....

—Tienes razón. ¡Calma, muchacho, calma! A fin de semana estaré en la hacienda; iré a ver al niño, a ese pobre chiquillo que está muy delicado, y entonces, delante de tí, arreglaremos eso. Nada tengo que decirte. Visitaré a tus tías, cuidaré de ellas.... Puedes irte tranquilo. ¡Verás qué bien te va...! ¡Adiós, muchacho; dame un abrazo, y que Dios te bendiga!

Don Román me recibió cariñosamente, como de costumbre:

—¡Gracias a Dios! me duele en el alma que te vayas; pero ¿no es cierto que de cuando en cuando vendrás a visitarme? Eres mi único amigo. ¿Quién me hubiera dicho que tú, el chiquitín que yo conocí de este tamaño, que cabía en un azafate, sería mi amigo? Ya sabes cuánto te quiero, y cuánto te estimo, y los buenos ratos que pasamos aquí, charlando de mis cosas y de las tuyas; de mis tristezas mortales y de tus alegres esperanzas; de tus penas de niño y de mis desengaños de viejo.... Sí, me apena que te vayas. Ya me acostumbré a verte por aquí.... Oye: ¡se me olvidaba! ¿Quieres tomar chocolate? ¡Con franqueza!... Si quieres... llamaré a María para que te haga el chocolatito. ¿No? Pues tú te la pierdes. Ven a visitarme, aunque sea de cuando en cuando, y un ratito, para que no digan las tías que te alejo de allá. Sí, ven; mira que el mejor día sabrás que me dió un supiritaco y estoy de muerte, o enterrado, y que no volverás a ver a tu maestro. Tú no quieres creer que ya estoy viejo. Pues, hijo mío, ¡nada más cierto! Las piernas están más débiles cada día; la cabeza no anda de lo mejor.... ¡Ya es tiempo! ¡A mi edad todo es decadencia!

El pobre anciano me dirigía miradas tristísimas, tenía húmedos los ojos, y le temblaba la voz. Traté de consolarle, y él me interrumpió:

—¡Tú que has de decir! Me quieres, me amas, me respetas, y deseas consolarme. ¡Gracias, hijo mío! ¡Gracias! ¡Resígnate con la voluntad de Dios! El vela por sus criaturas. Recibe humildemente cuanto él te mande; mira que no se mueve la hoja del árbol sin la voluntad de Dios. El hombre no puede explicarse por que padece y llora; pero no hay mal que por bien no venga. El señor Fernández es muy fina persona.... Sírvele con empeño, procura agradarle.... Estoy seguro de que sabrá estimar tus buenas cualidades. ¡Me alegro, me alegro de que te vayas! He observado que el amor a las letras, que es en tí tan vivo y constante, como lo fué siempre en este pobre viejo, suele quitar a las gentes el sentido práctico. Los literatos no entienden sino de libros, de su arte, y no sirven para otra cosa. Déjate un poco de versos y libros, y aplícate al trabajo. Serás más feliz que yo.

Don Román me abrazaba, y me acariciaba la frente apesarado y conmovido.

—¿Cuándo te vas? ¿Mañana? No podré ir a decirte adiós.... ¿Te vas a caballo? ¡Cuidado, niño! Mira que esos animalitos hacen de las suyas el mejor día. Pero, en fin, si sales tan jinete como tu padre, no hay que temer por tí....

Cuando llegué a mi casa, a eso de las siete, me entregaron una carta del señor Fernández:

«Mañana,—decía—a las seis en punto irá por usted mi caballerango. Si trae usted algún bulto mándelo a mi casa, para que a medio día se lo traigan los arrieros».

Andrés estaba en la sala con mis tías. Al verme exclamó:

—¡Aquí está el campirano! Ya lo verán ustedes mañana, qué plantadote, con el sombrero charro y el pantalón ceñido!

Y me tomó del brazo y me llevó a mi cuarto.

—¡Vaya! Aquí está todo. Me parece que toda está bueno. Mira: qué bonito salió el pantalón! La chaqueta y el chaleco no pueden ser mejores.... El sombrero.... Vamos, ¿qué dices del sombrero? Está decentito. Tú lo quisieras galoneadote.... Ya lo comprarás así. Ahora toma.... Mi manga de hule.... Las gentes de campo la necesitan mucho. Este joronguito es para que te lo pongas cuando haga frío.... Es fino, de muy buena clase. ¿Te gusta? Te lo regalo.... Para tí lo compré hace mucho tiempo, cuando eras catrín, y por eso no te lo dí. Ahora te servirá. Te falta una pistola... pero tus tías no quieren que andes armado. Aquí la traigo; escóndela, y mira lo que haces mañana para que no te la vean. La pistola es necesaria... causa respetillo, y a un hombre armado no se le atreve cualquiera. Allá con los mozos no estará de sobra; que te la vean, para que no te falten al respeto. Hay gente mala... eres muy muchacho, y bueno es que sepan que tienes esto para defenderte. Ponte la ropa; vístete de charro; quiero verte, porque mañana no podré venir....

Quise darle gusto, y procedí a mudar de vestido. Andrés me ayudó. Pronto estuve listo. Zapato vaquerizo; ceñido y bien cortado pantalón; chaquetilla gentil; sombrero bien ladeado, y joronguillo al hombro.

—¡Buena facha! ¡Eso es! ¡Bien plantado! Pero.... ¡Ven, para que te vean tus tías!

Echóme el brazo y me condujo hacia la sala. Al entrar exclamó:

—¡Aquí está el hombre! Vamos a ver... ¿qué le falta?

Tía Pepilla sonreía regocijada. La enferma me veía apenada y triste.


XLVIII

Faltaban pocos minutos para las cinco cuando desperté. Ya señora Juana andaba por la cocina disponiéndome el desayuno. Tía Pepa no salía aún de sus habitaciones.

El «sur» soplaba furioso, y la campanita chillona de San Francisco sonaba alegremente, llamando a misa.

Me vestí el famoso traje de charro, cerré el ropero, y cuando me dirigía yo al comedor, la tía Pepilla me detuvo.

—Rorró....

—Buenos días, tía....

—¿Me haces un favor?

—Mande usted.

—Coge el sombrero, y corriendito te vas a oír misa. Oye: están llamando; es la misa del P. Solís, que es ligera.... ¡Anda, ve, pídele a Dios que te vaya bien!

Obedecí a la anciana, corrí al templo, y oí la misa muy devotamente. Media hora después estaba yo de vuelta. Cuando llegué, los caballos me esperaban a la puerta. El criado se adelantó, y descubriéndose me dijo:

—¿Usted es el señor que ha de ir a la hacienda?

—Sí.

—Pues... ¡aquí están los caballos! Cuando usted lo disponga....

Entré, y me desayuné muy de prisa, sin apetito, abatido, silencioso. Tía Pepa se sentó a mi lado. Trataba de animarme, y hacía esfuerzos para disimular su pena.

Llegó la hora de partir. No quise irme sin decir adiós a la enferma. Aun estaba en el lecho la pobrecilla. Al verme sonrió tristemente.

—¿Ya te vas?—murmuró con voz muy trémula.

—Sí, tía;—le contente, abrazándola—ya es hora de irnos; ya dieron las seis y me están esperando....

—Bueno... ¡vete, y que Dios te bendiga! Escribe luego que puedas. Saludas de nuestra parte al señor Fernández, y a la señorita. Escribe con frecuencia. Acaso tengas que tratar con los mozos.... Te encargo mucha prudencia, mucha seriedad.... ¡Vamos, dame otro abrazo, y que Dios te lleve con bien!

La pobre anciana tenía los ojos arrasados en lágrimas, y hacía grandes esfuerzos para aparentar calma y serenidad. Tía Pepa nos miraba y sonreía tristemente. Abracé a la enferma, le dí un beso en la frente, y salí de la estancia. Me puse al cinto la pistola, dije adiós a mi casita, y a mis libros, mis buenos amigos, mis cariñosos compañeros, y me dirigí a la calle. Mientras el mozo arreglaba la silla y ataba a la grupa la manga y el joronguillo, salió mi tía Pepa, y tras ella señora Juana.

—Vamos, hijo mío, ¿no me dices adiós? ¿Te olvidas de mí?

—No, señora, ¡cómo!

—¿Cuándo vendrás?

—No sé. Acaso dentro de ocho o quince días.

—¿No me haces ningún encargo?—me preguntó entre llorosa y risueña.

—Sí, tía. La ropa limpia. Con ella el traje nuevo.

—¿Y nada más?

—Nada más. ¡Ah! Si escribe Angelina mándeme usted las cartas. Las mete usted en otra cubierta. A mi buen Andrés muchas cosas. Y adiós, tía, que no hay tiempo que perder.... ¡Vaya, un abrazo, señora mía! ¡Otro a usted, señora Juana! Cuide usted de mis pájaros y mis flores.

Monté a caballo y eché a andar. El criado, un mancebo vivaracho y listo, me miraba de hito en hito, como si dudara de mis aptitudes para la equitación. Cuando puse el pie en el estribo sonrió maliciosamente. Sin duda decía para sí:

—Este es un «cachalete»....

Me avergonce. El mancebo me seguía a corta distancia. Tomé por las calles más apartadas y solitarias, temeroso de que las gentes me vieran a caballo. «¡Charrito de barro, charrito de agua dulce!...—dirían.—¿De cuándo acá?»

La idea de que podía yo ser objeto de risas y de burlas me atormentaba cruelmente. Ya me parecía oir a los murmuradores villaverdinos en la botica de don Procopio.

—¿Saben ustedes la gran noticia?

—¿Cuál?—preguntarían en coro con Ricardo, Venegas y Ocaña.

—¡Gran noticia! Asómbrense: ¡Rodolfo a caballo! Yo lo he visto; lo hemos visto nosotros....

—¿Y qué tal?

—Mala facha y mala ficha. Muy vestido de charro, tamaño sombrerote, y al cinto una pistola que parece un cañón.

Por fin me ví fuera de la ciudad, al principio de aquel camino por donde pasé diez años antes acongojado y lloroso, una fría mañana del mes de Enero. Recordé aquellos días amargos en que por primera vez me alejé de los míos, niño tímido y medroso, en quien cifraban sus tías las más risueñas esperanzas. ¡Cuán distinto me pareció el camino! Entonces le ví ancho, anchísimo; ahora angosto, como una vereda montañesa. Entonces miraba yo en el último término del viaje una ciudad populosa, brillante, de todos alabada, para todos alegre y festiva, hasta para el niño que con los ojos llenos de lágrimas y con el corazón hecho pedazos acababa de salir de la casa paterna. Ahora... ¿á dónde iba yo? A ganar en ajena morada, entre desconocidos y extraños, un pedazo de pan. ¡Cuántas ilusiones malogradas! ¡Cuántas esperanzas desvanecidas!

Ni la hermosura del paisaje ni el aspecto incomparable de las montañas, coronadas por el Citlaltépetl con brillante cono de nieve, ni la belleza sin igual del Pedregoso que corría gárrulo y cantante, distrajeron mi mente y ahuyentaron de mi alma la tristeza....

Pocas horas después me apeaba yo a las puertas de la hacienda. Estaba yo en Santa Clara.


XLIX

Acerqué el caballo a la puerta principal. ¡Cómo me río ahora de aquellas timideces mías! Cerca de la hacienda, al descubrir el caserío a través de las arboledas, me sentí tentado de volverme a Villaverde, y desde allí escribir cuatro letras, dar las gracias al señor Fernández, y renunciar al destino. Me asaltaban tristes presentimientos; me dominaba la idea de que iba yo a ser mal recibido, y me puse temeroso y asustadizo. Temblaba yo al apearme del caballo; estaba yo rojo como una guindilla, y las miradas de cuantos en aquel instante me veían se me antojaron hostiles y burlonas, particularmente las de cierto mancebo muy gallardo que conversaba con otros empleados a la puerta del «rayador». Mirábame de pies a cabeza, con cierta insistencia insolente y tenaz, como sorprendido de mi ridículo aspecto de colegial convertido en jinete. Me dirigí al grupo, y pregunté por el señor Fernández.

—En el comedor...—me contestaron desdeñosamente.

—Le aguardaré aquí....

El mancebo levantó los hombros y me señaló un asiento.

—No;—advirtió otro de los empleados, el de más edad,—¡le esperan a usted!

Llamaron a un criado que me condujo hasta la puerta del comedor. Toda la familia estaba allí reunida. Fernández, en la cabecera; cerca de él, a la izquierda, un niño, como de seis años, pálido y enclenque; en seguida una señora que pasaba de los cuarenta, y a la derecha del dueño de la casa, Gabriela.

—Pase usted, joven;—me dijo el caballero con mucha cortesía—pensábamos que no llegaría usted y no le esperábamos a almorzar; pero llega usted a tiempo ¿Tendrá usted apetito, no? ¡Ah! El aire del campo.... Aquí tienen ustedes,—agregó dirigiéndose a las señoras—al joven de quien me habla el doctor. Tú Gabriela, ya le conoces.... Esta señora es mi esposa.... Este niño es mi hijo.... Pero... ¡ea! siéntese usted....

Y me señaló una silla al lado de la joven. Después prosiguió, sin darme tiempo para hablar:

—Este es Pepillo.... Aquí le tiene usted... enfermo. Pero ya vamos bien; ¿no es eso? Y pronto estará muy guapo y muy alegre....

El niño contestó con una sonrisa, dejándome admirar la hermosura de sus ojos negros, muy brillantes y expresivos.

Mientras Gabriela me servía, observé al chico. Era corcovado y tenía color de cadáver. Causóme dolorosa impresión la figura de aquel pobre niño enfermizo y lisiado. Su rostro era el rostro de un polichinela: naricilla de poeta satírico, boca grande y sarcástica, sonrisa burlona. El cráneo voluminoso, bien conformado, acusaba rara inteligencia, aterradora precocidad. El pobre chico apuraba a sorbos una taza de leche, y no dejaba de mirarme.

El señor Fernández me habló de la belleza del camino, de la buena condición del caballo que me había mandado, y terminó preguntándome por mis tías.

-¿Y Angelina?—dijo la señorita.

-¿Angelina?... En San Sebastián... con el P. Herrera...—contesté.

—Papá: ¿conoces a esa joven?

—No;—respondió el caballero—pero debe ser muy hermosa, y sobre todo muy estimable... porque tú nos hablas de ella a cada instante.

—¿Verdad, señor,—dijo la señorita dirigiéndose a mí—verdad que Angelina es una muchacha muy inteligente y muy cariñosa? Es compañera mía en la Conferencia, y todos la queremos mucho, ¡mucho!... Y, dígame usted: ¿por qué es tan retraída? Yo siempre empeñada en llevarla a casa, y ella excusándose. Cuando usted la vea, dígale que la quiero mucho; que la estimo en todo lo que vale; y que hace mal en no corresponder a mi cariñosa amistad.

—No, señorita:—me apresuré a replicar—Linilla (así le decimos en casa) corresponde al afecto de usted como es debido. Usted hace de ella muchos elogios, y ella no escasea las alabanzas.

Entonces la señora preguntó con inoportuna curiosidad:

—¿Esa joven es de la familia de usted?

—No, mamá;—interrumpió Gabriela—ya te he dicho la historia de Angelina. El P. Solís nos la contó una noche. Esa joven es hija adoptiva del P. Herrera.

—¡Ah que mamá!—exclamó el corcovadito.—¡Qué memoria la tuya! Acuérdate, acuérdate.... El P. Solís contó la historia. Esa joven....

—Calla, Pepillo; no hables de eso.... No son cosas de niños...—dijo Gabriela.

El chico prosiguió:

—Esa joven, que el señor llama Linilla, es hija de un militar, y el P. Herrera la recogió en un mesón; es huérfana, no tiene ni padre ni madre....

—Pues ¡yo no me acuerdo de eso!...—dijo la señora con mucha calma, sirviéndose una tajada de rosbif.

—¡Ah que mamá! ¡Pues yo sí me acuerdo! Todo eso nos lo contó el P. Solís, allá en casa, una noche, a la hora de la cena. ¿No es cierto, Gabriela? Y también dijo que a él le gustaría mucho que el señor se casara con Linilla.... ¡Vaya... con la señorita Angelina!

Rieron todos de la indiscreción del corcovado. Gabriela me miró, y pasándome un plato murmuró a mi oído:

—No haga usted caso, señor; este niño es así.... ¡Le miman tanto!

Al terminar el almuerzo me invitó el señor Fernández a visitar las oficinas.

—¿Viene usted contento? Las señoras se quedarían muy tristes, ¿no es eso? ¡Calma!... Ya le verán a usted. He dispuesto que se encargue usted de mi correspondencia. No estaba yo satisfecho del empleado que antes la despachaba... pero, en fin, como hacía cuanto estaba de su parte, nunca le dije nada. Se va, usted viene a sustituirlo, y estoy seguro de que la cosa andará mejor. Aquí vivirá usted en familia, con nosotros, como en propia casa. Entiéndalo usted: no será, no será usted aquí un empleado como los demás. Cada cual merece ser tratado conforme a su clase y condiciones. Llevará usted la correspondencia; desempeñará usted otros trabajos que se ofrezcan en el escritorio, y no tendremos dificultades. Desde hoy tendrá usted una pieza cerca de nuestras habitaciones, un sitio en nuestra tertulia, un asiento en nuestra mesa, y un lugar en nuestra estimación. Ayer me escribió Sarmiento. Algo me cuenta de ciertas murmuraciones. Me dice que estaba usted muy apenado.... En cuanto a mí, ¡quede usted tranquilo!... Aprenda usted a vivir, y vaya usted conociendo a los hombres. ¡Esta ciencia de la vida, que es tan difícil y tan amarga!... ¡Valor, joven! De todo eso sé yo, que he pasado, y con mucha dificultad, por ese camino... ¡y nada de eso me sorprende! Conocí al padre de usted, era persona muy estimable....

Se detuvo delante de una puerta cerrada, la abrió, y me hizo entrar.

—La habitación de usted.... Esta ventana da al jardín. No es de las mejores piezas, como usted ve, pero está junto al escritorio.

La distinción y la cortesía del señor Fernández me cautivaron desde luego, y cambiaron en pocos minutos el estado de mi alma. Me sentí fuerte y vigoroso para luchar contra todo, para salir vencedor de las mil contrariedades de la vida. Nada me importaba el trabajo, el más duro trabajo; por el contrario le deseaba yo, a diario, constante, sin un momento de reposo.

A la verdad: no merecía yo ser objeto de tantas atenciones. ¿Quién era yo para ser tratado de tal manera? El pobre amanuense de Castro Pérez, herido y lastimado por la murmuración villaverdina; un pobre estudiante, recién salido de aulas, favorecido por los elogios de don Quintín Porras, y llevado a Santa Clara por las recomendaciones de un maestro de escuela, de un médico a la antigua, sin fortuna ni fama, y de un mendigo franciscano. Acaso me abonaban también la buena memoria de mi padre y el nombre respetabilísimo de mi abuelo. Quedé prendado de la nobleza de carácter y de la esmerada educación del señor Fernández. Desde ese día le tuve en altísimo concepto, sin que durante los años que viví a su lado se amenguara en mí la opinión que de él me formé desde el primer momento.

Era el señor don Carlos Fernández un caballero en toda la extensión de la palabra, fino, delicado, discreto, de clara inteligencia y de nobilísimo corazón. Tenía conciencia de su mérito, y procuraba, por todos los medios que estaban a su alcance, conservar su buen nombre, y cuidar de que ni la sombra más leve empañara su envidiable reputación. En ella, más que en la riqueza, cifraba su dicha, y solía decir muy sinceramente:

—No temo el juicio de los demás. Temo el fallo severísimo de mi propia conciencia.

No gustaba de parecer generoso, pero no era mezquino ni avaro. Nunca le alabaron en Villaverde por liberal y desprendido, elogio que fácilmente se consigue en mi querida ciudad natal, donde la generosidad y el desprendimiento no son virtudes muy al uso, antes solían tacharle de egoísta y codicioso. Pero sé muy bien, y muchos no lo ignoran, que no era duro de corazón, ni muy cerrado de bolsillo.

Cuando yo le conocí pasaba de los cincuenta y cinco, y las canas que brillaban entre sus rubios cabellos, como hebras de plata, lo decían muy claro. Afable con todos, cortés y comedido con cuantos le trataban, era, sin embargo, enemigo de andar en reuniones y corrillos, y tal vez por eso se pasaba en Santa Clara buena parte del año, y cuando residía en Villaverde no concurría a la tertulia de don Procopio ni al tresillo de mi querido amigo Quintín Porras.

—Mis negocios y mi casa—decía cuando le acusaban de huraño y retraído—aquí estoy a mis anchas, con mi familia, con los míos. ¿Los amigos? ¡Vengan, vengan, que serán bien recibidos!

Conoció desde luego el carácter de los villaverdinos, y quiso evitarse el andar en lenguas. Se comprende que no lo consiguiera, cosa difícil en aquella tierra, pues le trajeron y le llevaron de aquí para allá, durante varios meses; pero al fin le declararon huraño y orgulloso, y le dejaron en paz.

Sarmiento me contó muchas veces el origen de la fortuna del señor Fernández. A la muerte de sus padres quedó don Carlos muy niño, y nominalmente heredero de una fortuna, muy mermada y comprometida, que en manos de tutores y albaceas, perseguida por acreedores y legatarios, y tamizada por leguleyos y abogados, se volvió sal y agua en menos de diez años. Algo logró salvar el heredero, gracias a la habilidad de un jurisconsulto michoacano, y con ese pico, unos cuantos miles de duros, y a fuerza de inteligencia, de trabajo y de economías, el capitalillo fué en aumento, hasta convertirse en una fortuna muy saneada y redonda, hecha contra viento y marea, en los días más desastrosos de la guerra civil. La tal fortuna consistía en fincas urbanas, y no de las manos muertas; en algunos capitales bien colocados, y en la hacienda de Santa Clara que don Carlos compró muy barata, casi en ruinas, y que él restauró y engrandeció allá por el 64, al advenimiento del régimen imperial.

Que don Carlos había padecido mucho en su juventud no cabía duda; él mismo contaba que se vió obligado a trabajar al lado de personas extrañas que le trataron mal; que más tarde tuvo un jefe que le estimó y le impartió franca protección, hasta que le fué dado ponerse al frente de sus propios negocios.

Y, cosa rara en personas que han padecido mucho en la mocedad, no se tornó misántropo, ni egoísta, ni se le agrió el carácter. Era, en cierto modo, desconfiado y receloso, digamos mejor, cauto. Difícilmente le engañaban. Experimentado, conocedor de la maldad humana y de las flaquezas del prójimo, poseía una cualidad rarísima en los que como él salieron victoriosos de los combates de la vida: no juzgaba de las gentes por las apariencias; a cada cual daba lo suyo; no creía en patentes virtudes, ni andaba a caza de vicios escondidos, y con pasmoso acierto descubría en los individuos defectos encubiertos y ocultas virtudes.

Era bueno, inteligente, franco, leal, desinteresado, (que también en el rico cabe el interés) y se preciaba de urbano y atento; pero justo es decir que solía ser desdeñoso con las personas en quienes no hallaba corrección y buenos modales, y acaso el único camino por donde fuera fácil vencerle era el de la más exquisita pulcritud; todo lo perdonaba, los mayores defectos, los más grandes vicios, menos el trato burdo, la maledicencia y la mala crianza. De aquí que su conversación fuese por extremo grata, y de aquí las maneras irreprochables de él y de los suyos. La señora doña Gabriela me pareció siempre un simpático y elegante tipo de mujer. Fina y correcta como su esposo, elegante por naturaleza y educación, desdeñosa como él para con las gentes vulgares y ordinarias, la señora doña Gabriela poseía el rarísimo don de hacerse amar de todos, sin que para ello empleara lisonjas y lagoterías. Lujosa sin ostentación, elegante sin pretender atraerse las miradas de los demás, fina sin charla zalamera, para todos tenía una palabra cariñosa. Había en ella algo o mucho de aquellas damas mexicanas, chapadas a la antigua, piadosas sin gazmoñería, caritativas sin parecer sensibleras, y en las cuales no podemos pensar sin imaginárnoslas vestidas de negro y veladas con rica y aristocrática mantilla. En doña Gabriela sólo una cosa merecía censura: su bondadosa tolerancia para con el pobre niño corcovado. Cierto es que la miserable condición de Pepillo, enfermizo y lisiado, explicaba muy bien los mimos y consentimientos de sus padres.

Muchas veces les oí decir dolorosamente:

—Si este niño tuviera salud y robustez como esos chiquitines que pasan por ahí... ¡aunque fuésemos tan pobres como un mendigo!

Pepillo era en aquella casa tristeza y dolor.

Gabriela, felicidad y alegría.


L

En poco tiempo me hice amigo de los otros empleados. Mi edad y mi carácter tímido e irresoluto me fueron propicios en esta ocasión. Mis compañeros creían habérselas, sin duda, con balandrón mancebo, presumido, jactancioso y pagado de sí, que vendría a imponérseles, abusando de la bondad con que le trataba el señor Fernández. Este hizo en presencia de ellos grandísimos elogios de su nuevo empleado, y tal vez por eso me recibieron reservados y desdeñosos; pero al ver que se habían engañado, que me esforzaba en ser comedido y cortés, cambiáronse en grata simpatía la reserva y menosprecio manifestados a mi llegada. Sólo uno, el joven cuyo puesto ocupé, me vió con malos ojos. Entonces lo mismo que ahora. ¿Por qué? Sépalo Dios. Enrique, así se llamaba, salía de aquella casa por su gusto, para mejorar de empleo, para ir a desempeñar otro muy codiciado, en no se qué oficina administrativa. Por mi parte no acierto a explicar la antipatía con que siempre me ha visto. Aun vive, rico y estimado; suelo encontrármele en el casino, en el paseo, en los teatros; pasa cerca de mí y no se digna saludarme; no olvida ni quiere olvidar que yo le sustituí en el escritorio del señor Fernández. Repito que muy pronto fueron muy buenos amigos míos los demás empleados. En ellos tuve siempre auxiliares y consejeros. Procuré serles útil: los ayudaba en cuanto podía, y más de una vez ocupé su puesto para que ellos pasearan o se divirtieran, ya en alegres partidas de caza, ya en Villaverde con motivo de alguna fiesta o de algún espectáculo teatral que llamaba la atención.

Era yo en Santa Clara objeto de las atenciones de toda la familia. La señora solía decirme:

—Rodolfo: ¡está usted en su casa! Tendré mucho gusto en hacer con usted las veces de madre....

Don Carlos no me trataba como a un mozo inexperto y vano, antes, por el contrario, me distinguía con su afecto, me confiaba planes y negocios, y conversaba conmigo franca y lealmente, con la sinceridad y llaneza de un amigo viejo. A las veces, después del trabajo, me encerraba yo en mi habitación, o, cediendo a mis inclinaciones de soñador, me iba a vagar por los campos, deseoso de estar solo con mis pensamientos, con el recuerdo de Linilla.

Cuando don Carlos me veía salir o advertía que estaba yo en mi cuarto, me detenía o me llamaba.

—¿A dónde va usted? ¿Qué hace usted allí? Vengase a charlar con nosotros.

Por la noche, después de la cena, nos reuníamos en la sala. La señora se recogía temprano para cuidar del corcovadito, siempre delicado y enfermo; don Carlos jugaba ajedrez con alguno de los empleados, y Gabriela tejía o leía y revisaba sus periódicos de modas. Entre tanto recorría yo los papeles de Villaverde y los diarios de la capital. Allí se recibían casi todos, además de alguna publicación exclusivamente literaria que Gabriela coleccionaba con el mayor cuidado.

Entonces leí muchos versos de Justo Sierra, las crónicas teatrales de Peredo, y las revistas que Altamirano escribía en «El Siglo XIX» y en «La Revista de México». No olvido ni olvidaré jamás el interés con que devoré algunos trabajos literarios publicados en aquellos días. El estudio del «Edipo» en que Peredo hizo alarde de su saber en materia de arte dramático; el juicio de Altamirano con motivo de la representación del «Baltasar» de la Avellaneda, artículo brillante y galano que me pareció insuperable. «El Renacimiento» fué mi periódico favorito. ¡Qué amena y grata lectura me proporcionó esta revista! Versos de Luís G. Ortiz, de Collado, de Roa Bárcena, de Sierra, de Segura, de Ipandro Acaico.... ¡Qué amable, qué simpática me parecía la unión de todos estos escritores, algunos contrarios en ideas políticas, todos amigos sinceros en literatura y en arte! Así debía ser, así me imaginé siempre la república literaria, sin odios, sin envidias, sin rencores. Todos los ingenios mozos y viejos, conservadores y liberales, unidos por el amor a la belleza.

Me seducían las estrofas de Justo Sierra.... Aun ahora las recito con el entusiasmo de los diez y nueve años.

Cuando en los periódicos trataban mal a algún poeta, de uno u otro bando, (los partidos me eran repugnantes y odiosos) me sentía yo lastimado, y saltaba indignado al venir en acuerdo de que tales censuras y tales críticas, de ordinario desentonadas y acerbas, eran inspiradas por el rencor político. ¡La política! ¿Qué me importaba a mí la «vieja inmunda» como Altamirano la llamaba? Los jóvenes de aquella época se cuidaban poco o nada de la política. Nacidos y criados en los días azarosos de la guerra civil, testigos de horribles catástrofes, de tremendas injusticias y de sangrientos combates, nos repugnaban aquellos horrores, tan opuestos a la nobleza y a la generosidad juveniles. No simpatizábamos con ninguno de los partidos contendientes; odiábamos las luchas de la política, y los mejores artículos de Zarco o de Aguilar y Marocho, y los más elocuentes discursos de Montes o de Zamacona, no valían para nosotros lo que un sonetito mediano publicado a la zaga de cualquier periódico villaverdino.

He oído decir muchas veces que los jóvenes de aquel tiempo amaban poco a su patria. Sí la amaban y con todas las fuerzas de su corazón; pero no querían para ella agitaciones y turbulencias, ni avances peligrosos ni retrocesos inútiles. Deseaban paz y justicia para todos, para vencedores y vencidos; paz fecunda en bienes, a cuya sombra prosperaran los pueblos y se aumentara la riqueza pública; paz que hiciera renacer las artes y las letras, a los cuales reservaba la gloria días venturosos y felices; y justicia para todos y en todas partes, justicia sin la cual no puede existir la libertad.

A ruego mío, mientras don Carlos se engolfaba en su partida de ajedrez, abría Gabriela el piano, un soberbio «Erard», y tocaba lo más selecto del repertorio en boga....

Las horas pasaban dulcemente, dulcemente, como las ondas del río lejano que nos enviaba, a través de los bosques rumorosos, y de las alamedas del jardín, el canto misterioso de sus turbias aguas.

El balcón abierto; las llanuras adormecidas; la selva silenciosa; el cielo límpido y puro, sin nubes ni celajes; la luna a la mitad de su carrera; el piano derramando a torrentes la música de los grandes maestros; la belleza y la juventud rindiendo culto al arte, y en mi alma la dulce alegría de quien ama y es amado, el enjambre cerúleo de las más risueñas esperanzas....

Pero ¡ay! de repente me sentía yo acometido de profunda tristeza, de mortal melancolía, de aquella melancolía mortal, mi dulce compañera en las tardes de otoño, cuando sentado en la florida vertiente del Escobillar me abismaba en la contemplación del hermoso valle nativo iluminado por los últimos fuegos del crepúsculo.


LI

La rubia Gabriela era franca, alegre, expansiva, y había en ella cierta sencillez infantil muy en harmonía con el azul violado de sus ojos y el áureo color de sus joyantes cabellos. Destrenzados, sueltos, atados con una cinta de seda, se me antojaban un haz de mies madura.

Gabriela subyugaba las almas con la dulzura de su carácter, mejor que con su delicada y elegante belleza. Y era lindísima: fisonomía suave y aristocrática; perfil correcto; labios ingenuos, expresivos, como entreabiertos levemente por una exclamación de sorpresa; las mejillas con los tintes de la rosa: la cabeza artística y gentil; el cuello delgado y donairoso. Poseía la blonda señorita, algo, o mucho, de la singular belleza de dos mujeres muy célebres y admiradas entonces: Adelina Patti y la Emperatriz Eugenia.

Alta, delgada, esbeltísima, «ideal», como acostumbran a decir los poetas, en Gabriela se juntaban maravillosamente la frescura de una arrogante juventud y los encantos misteriosos de una belleza apacible y casta.

Durante los primeros días la joven se mostró conmigo seria y ceremoniosa, lo cual, a decir lo cierto, no fué muy grato para mí. Procuré portarme de la misma manera; correspondiendo así a la reservada actitud de la doncella; pero el trato diario en la mesa, en la tertulia, en el paseo y en las horas de descanso nos acercó poco a poco, y pronto hubo entre los dos cierta confianza decorosa y afable de la cual nació una amistad placentera y cordial.

Entonces pude admirar en Gabriela no sólo la sencillez de su alma, sino lo que en ella valía más, la nobleza de su corazón.

Habituada al trato de personas cultas y distinguidas; educada con esmero; rodeada de cuanto la opulencia y el amor paternal pueden ofrecer a una niña de su clase y condiciones, la señorita Fernández ni estaba engreída con su elegancia, ni pagada de su hermosura, ni satisfecha de sus raras habilidades. Tocaba el piano como una profesora y se creía una pobre aficionada; dibujaba magistralmente, pintaba lindas acuarelas, frutas, flores, pájaros, paisajes, y no se daba cuenta de sus aptitudes artísticas, ni de que sabía robar a la naturaleza la línea, el tono, la expresión, el ambiente que aisla y destaca las figuras, el rasgo oportuno que anima los objetos, la tinta desvanecida, vaga, vaporosa, que hace resaltar las imágenes sin endurecer los contornos.

Obediente, sumisa a la voz de sus padres, jamás se oponía a sus mandatos, como suelen hacerlo las señoritas de las clases elevadas, que gustan de ser caprichosas y se complacen en ser mimadas por los suyos. La vida de Gabriela estaba consagrada a sus padres. Obsequiarlos, tenerlos alegres y contentos era su único deseo, y de seguro que nunca dejó de agradarlos. Sufría con paciencia ejemplar al infeliz jorobadito en quien estaban reunidos todos los defectos morales y todas las desgracias físicas. El pobre niño, lisiado, enfermizo, horrendamente precoz, era ruin, mezquino, insolente, atrevido y deslenguado. Como todos le halagaban y le complacían, y no había capricho que no consiguiera ni falta que no le fuese perdonada, imperaba en aquella casa como soberano absoluto, como señor de vidas y haciendas, siempre dispuesto a hacer el mal, complaciéndose en atormentar a los animales que caían en sus manos, gozándose en insultar y calumniar a los criados, en burlarse de todos, y en repetir las palabras más soeces aprendidas en la calle o de labios de los cocheros. La señorita Gabriela, objeto frecuente de las iras del niño, a causa, sin duda, de que sólo ella le corregía y le castigaba, pasaba ratos muy amargos. El corcovadito la aborrecía de muerte, como a todos cuantos se oponían a sus caprichos y deseos, y a la menor corrección la insultaba con dichos y palabras de taberna.

La joven solía implorar en su defensa la autoridad del señor Fernández.

—¡Papá!—decía suplicante y apenada.—Oye a Pepillo.... Abrió una jaula, atrapó un canario y le ha quebrado las alas.... Le reprendo... y me contesta con Unos dichos y unas palabras....

—¡Perdónale, hija!—respondía el padre.—¡Pobre niño!...

El corcovadito quedaba victorioso, fingía arrepentimiento, se acercaba a la joven para acariciarla y darle un beso, y luego que se iba el señor Fernández volvía a los improperios y a las obscenidades. Reía, se mofaba de su hermana, e inventaba nuevas fechorías.

Una tarde, después de una escena de éstas, fuimos al jardín; Fernández y la señorita se quedaron con el niño en un merendero; Gabriela y yo nos perdimos, a lo largo de una calle de fresnos, en busca de violetas. La niña lloraba y no levantaba los ojos.

—No llore usted, Gabriela....

—¿Que no llore?—murmuró enjugándose los ojos.—¡Cómo no he de llorar! Quiero a Pepillo con toda mi alma. Día y noche le tengo en la memoria.... Su desgracia es la eterna amargura de mi vida. ¡Deforme, enfermizo, y... malo! Sí, Rodolfo; ese niño es malo. ¿A quién ha salido? ¿De quién ha heredado esa perversidad de corazón? ¿Qué será de él si llega a hombre? Me odia, me detesta, y yo le amo.... Ya usted ha visto cómo me trata.... ¡Y todas las gentes me envidian, y todos dicen que soy la más feliz de las mujeres!... ¿Feliz?—Debe usted perdonar a Pepillo....—Le perdono... pero no puedo permitir que sea así.... La perversidad de ese niño crece de día en día.... ¡Por fortuna no vivirá mucho!... No le deseo la muerte, no. ¡Dios me libre de ello! Pero, ¿a dónde iremos a parar si Pepillo sigue con esos instintos crueles y depravados? Si viera usted cómo tiemblo al pensar que el mejor día, por cualquier motivo, será, usted objeto de las iras de esa infeliz criatura.—No tema usted.... Me quiere, hacemos buenas migas....

—No, Rodolfo; es mi hermano, le quiero mucho, pero le conozco; no hay que fiar de ese niño....

Entonces Gabriela me refieró mil incidentes desagradables, y me hizo comprender, muy claramente, que temía que Pepillo dijera el mejor día algo que me lastimara y me ofendiera, y con este motivo la pobre niña me abrió su corazón.

—Todos me envidian y codician mis riquezas, pero, a decir verdad, amigo mío, ¿de qué me sirven lujo, comodidades y bienestar, si en medio de todo eso soy víctima de ese pobre niño, de mi hermanito, de mi único hermano a quien amo y compadezco?

De pronto, como si aquella conversación le fuese penosa, varió de asunto y deteniéndose al pie de un árbol se puso a contemplar, entre el follaje las últimas luces del día, el cielo dorado, sobre el cual se dibujaban, límpidas y claras las ramas de un gran, fresno desnudo, mientras yo ataba un haz de violetas.

—¡Hermosa tarde! ¡Quién pudiera trasladar al papel el espléndido cuadro que tenemos delante! Usted está triste... ¿por qué? Nosotras deseamos verle contento. ¿A qué ese rostro abatido y melancólico? Papá nos ha dicho que ha sufrido usted mucho....

Ciertamente, me rendía la tristeza. Pensaba yo en los míos, en mi pobre casita, en las buenas ancianas cuyo recuerdo me era tan querido, y en Linilla, en mi dulce Linilla.

—No, señorita...—murmuré sonriendo.—A las veces se me va el pensamiento hacia Villaverde, en busca de los que me aman....

—Y más allá... más allá... detrás de esas montañas que atraen las miradas de usted.

Sonrió la niña, y me señaló a lo lejos los picos más altos de la Sierra, y agregó:

—Diga usted: ¿No es en aquellos valles donde está el pueblo de San Sebastián?

—Sí.

—Pues... ¡allí está Angelina!


LII

De madrugada, antes de salir el sol, monté a caballo y salí de la hacienda camino de Villaverde.

Era domingo. Delante de mí avanzaban lentamente algunos peones y una media docena de rancheros que iban al tianguis, jinetes en malas caballerías. Clareaba el alba en la cima de los montes, y sobre la esplendorosa claridad del sol naciente se dibujaban los perfiles boscosos de los cerros de Villaverde, las grandes moles de la cordillera meridional, y las montañas de Pluviosilla envueltas en los vapores matinales que parecían gasas hechas girones en los picachos. Repicaban alegremente en el campanario de una aldea cercana, y del profundo lecho del Pedregoso, protegido por los ahuehuetes y los álamos, se alzaba espesa y se desvanecía vagarosa blanquecina nube que velaba las arboledas.

¡Qué largo me parecía el camino! ¡Con qué ansia me aguardarían mis tías! ¡Qué anhelo el mío por llegar a la ciudad! La campana de la aldea sonaba festiva, y el viento matinal, fresco e impetuoso, traía hasta allí las mil voces de los templos villaverdinos; música incomparable que repetida por los ecos parecía el canto de los valles y de los bosques. A poco descubrí el caserio, las torres y las cúpulas en cuyos azulejos centelleaba el sol.

Media hora después estaba yo al lado de mis tías.

—¡Muchacho!—exclamó tía Pepilla.—Entra, entra para que te vea tu madrina.... La pobrecilla ha estado muy mala; buen susto nos dió.... Por eso no te hemos escrito. ¿Quién lo había de hacer? Si Angelina estuviera aquí....

Entré en el cuarto de la enferma. La pobre anciana estaba en un sillón, muy abatida y trémula. Se animó al verme, y cuando me acerqué para abrazarla me miró tristemente, y con voz muy débil, tan débil que apenas la oímos, me dijo:

—Al fin viniste.... ¡Gracias a Dios! Temí que no volvieras a verme.... Pero ya pasó... ya pasó! ¡Ya estoy bien, muy bien! ¿Estás contento? ¿Te gusta la hacienda?

Me apresuré a contestarle que el señor Fernández me trataba muy bien; que toda la familia me distinguía con su afecto; que el trabajo era ligero y agradable, y que tenía yo un sueldo muy bueno, como nunca pensé alcanzarle, como jamás le soñé.

—¡Así lo esperaba yo! ¡Me alegro, hijito, me alegro mucho! Si tú vieras cuánta pena me causaba ver que en la casa de Castro Pérez ganabas poco y trabajabas mucho... ¡Vaya! A desayunarte, hijo mío.... Y después quítate ese traje de ranchero.... ¡No me gusta! ¡No quiero verte así! Ponte otro vestido, y vete a pasear.... ¿Cuándo te vas, esta tarde o mañana?

—Mañana tempranito....

Tía Pepilla me esperaba en el comedor, en el pobre comedor donde señora Juana iba y venía muy deseosa de atenderme y obsequiarme.

Mientras yo me desayunaba alegremente y con buen apetito, tía Pepilla conversaba.

—Tengo una carta para tí, una carta de Angelina. Ayer la trajeron; hasta ayer vino el mozo.... Ahora te la daré....

—Venga esa carta, tía; venga esa carta....

—¡Impaciente! Come y calla. Para todo hay tiempo.... Y dime: ¿qué tal es la señorita Gabriela?

—¡Lindísima!

—¡No tanto, hijo, no tanto! No es fea... ya me lo sé. Pero, ¿es buena, es simpática? ¿No es orgullosa ni altiva? Vamos: dime, dime....

—¡Antes la carta, tía; antes la carta de Linilla!

—¡Paciencia, niño, paciencia! ¿Qué fugas son esas? Cualquiera diría....

—¿Qué diría?

—¡Nada!...

La anciana sonrió dulcemente, y salió del comedor. A poco apareció en la puerta, mostrándome la carta deseada.

—¿Qué me das por esto?

—Un abrazo.

—¡Es poco!

—Un beso.

—Es poco.

—Pues entonces, ¿qué quiere usted?

—¡Tu cariño! ¡Tu cariño, muchacho, que con eso me basta!

La señora llegó hasta mí, me abrazó, me acarició dulcemente, y puso delante de mí la carta de Linilla, diciéndome:

—¡Ay, Rorró! Anoche soñé una cosa....

—¿Qué?

—La diré.... ¡No; mejor es callar!

—Hable usted, tía.

—Soñé que te habías enamorado de.... Gabriela.

—¿De Gabriela?

—Si, de esa señorita que es tan buena, tan amable, tan elegante, tan inteligente, tan linda, y... ¡tan rica!

—No, tía. Mi corazón tiene dueño.

—¿Y quién es?

—Ese es mi secreto.

—¿Secreto?

—Secreto.

—Mira, Rorró; a mí no me engañas....

—¡Ah!

—Mira, lee tu carta... ¡y déjame en paz!

En mi cuarto, a solas, leí la carta de Lanilla.