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Angelina / (novela mexicana)

Chapter 79: FIN
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About This Book

La novela narra un amor juvenil idealizado que, alimentado por lecturas románticas, desemboca en desengaño y sacrificio. El narrador rememora las pasiones de la juventud y la vida provincial, la enfermedad y muerte que marcan a las protagonistas, y la retirada de una joven a un convento para olvidar un afecto perdido. A través de episodios sentimentales y costumbristas se exploran la influencia del romanticismo, las tensiones entre fantasía y realidad, y las convenciones sociales que condenan los afectos desbordados, mientras el autor mezcla memoria personal y detalle regional en una prosa melancólica.

María Josefa».

Esta carta de la tía me devolvió la tranquilidad. Todo quedaba explicado. Angelina no había escrito por los quehaceres de la Semana Santa y por los huéspedes. Pero escribiría, sí, escribiría. De seguro que al llegar a Villaverde tendría yo carta de Linilla, y acaso dentro de pocas semanas vendría el Padre, y con él Angelina. ¡Bueno era el santo señor para no traerla!

Después de la cena, luego que los empleados se retiraron a sus habitaciones, me fui a la sala, abrí el balcón, y sentado en una mecedora, gozando del fresco de la noche, una hermosa noche de luna, me puse a pensar en Linilla. ¡Sí, sí, ella sería la dulce compañera de mi vida! ¡Me la imaginaba yo vestida de blanco, cubierta con vaporoso velo, coronada de azahares, tímida, sonrojada, radiante de alegría! Ya me parecía verla a mi lado, de rodillas, delante del altar.

Por el balcón, abierto de par en par, llegaban hasta mí, en alas de la brisa, los rumores del río, el susurro de los árboles, el zumbido de los insectos, el silbido de los reptiles, la voz vibrante de alado trovador. Delante de mí se abría dilatada calle de árboles. La luz de la luna pasaba a través del follaje y dibujaba en la arena blanquecina círculos vagarosos. En los vecinos naranjales se abrían los últimos azahares.

¡Hermosa noche! ¡Qué dulcemente que susurraban los vientos! Pero, ¡ay, qué solitaria y triste me pareció la sala!... Estaba fría como una tumba, desolada como una alcoba de la cual han sacado un cadáver. El piano mudo; los pinceles olvidados; las rosas, pálidas y desfallecidas, se inclinaban al borde del rico tazón de Sévres, y cuando el viento las movía dejaban caer, uno a uno, sus pétalos marchitos. Aun quedaba en el aposento el aroma de los vestidos de Gabriela.... El rumor de las hojas secas que caían, en el balcón remedaba el roce de una falda de seda....

Se había ido la hermosa señorita. No vivía para mí, no me amaba, no podía amarme, y ¡ay! ¡me había robado el corazón!...

Pensé muy seriamente en la vida. ¡La vida! Un crepúsculo espléndido que dura unos cuantos minutos. Después... sombras y obscuridad. Todo nos engaña... la fortuna, la gloria, la amistad, el amor. Amamos, queremos ser amados, caemos a los pies de una mujer, y le ofrecemos el corazón, la vida, el alma, y luego, cuando somos correspondidos, cuando la dicha y la felicidad nos sonríen, olvidamos nuestras promesas más sinceras, nuestros juramentos más sagrados.

Me sentí desalentado y triste; comprendí que aquel amor que poco a poco iba apoderándose de mi alma, era un delirio, una locura que me arrastraba hacia la ingratitud y la infidelidad.

¡Pobre niña desgraciada, huérfana, víctima del infortunio! Me amaba; había escuchado mis ruegos; me había dado su corazón, aquel corazón hecho pedazos por el dolor, y yo pagaba tanta ternura con el olvido. ¡No; mi conducta era infame, inicua, vergonzosa! ¿Qué amaba yo en Gabriela? ¿La hermosura, la discreción? También Angelina era hermosa y discreta. ¿La elegancia? Sí, Angelina con sus trajes humildes y sencillos era tan elegante como Gabriela.... ¿La riqueza? ¡No; la riqueza no puede dar felicidad a los corazones!... Tía Carmen me había dicho que la señorita Fernández era rica... sí, pero también me decía: «no seas causa de que una mujer llore un desengaño».

Ahogaré este amor y viviré para Linilla;—pensé—¡sólo para ella! Le escribiré, iré a verla, ¡y le confesaré todo! ¡Es tan buena, tan sencilla, tan cariñosa!... «Mira Angelina, Linilla mía, ¡perdóname!—le diría yo.—He sido infiel a tu cariño, a tu amor. De hoy más, ¡te lo juro por la memoria de mis padres! viviré para ti, sólo para tí. ¿Qué haré si me faltas tú, si me niegas tu cariño? ¿Qué haré abatido y postrado por el dolor si no tengo el consuelo de tus palabras? Eres buena, muy buena, eres un ángel.... Yo quiero ser bueno como tú. Sálvame, Angelina. Una palabra tuya puede salvarme. ¿Verdad que me perdonas? ¿Verdad, niña mía, que todo lo olvidarás? Nadie te ha dicho nada, y yo mismo, yo mismo, sin temer tus enojos, vengo a confesarte que durante varios días otra mujer ha sido dueña de este corazón que es tuyo, solamente tuyo. ¡Pero nunca te olvidé, aunque quise olvidarme de ti!»

Linilla me perdonaría, seríamos felices, viviríamos dichosos, y veríamos realizadas nuestras más bellas esperanzas.

Pensando en estas cosas pasé dos o tres horas, en lucha conmigo mismo. La codicia, sí, la codicia, porque sólo ella me podía hablar de ese modo, me decía:—«¿Dices que Gabriela ama a otro, que vive pensando en otro, que no puede amarte? ¡Ten paciencia, ten calma, que no todo ha de ir tan de prisa como tú quieres! Ese joven a quien ya detestas, aunque no le conoces, no es digno del amor de Gabriela, y tarde o temprano, el mejor día, se casará, con alguna señorita más rica que ésta a quien ya amas. Gabriela le olvidará, y entonces.... ¡Ten calma! ¡Eres un muchacho sin experiencia! Déjate de melancolías y de novelas; abomina de Lamartine y de Zorrilla, y recuerda que tu poeta favorito fué rico porque se casó con una inglesa millonaria. Ya verás cómo Zorrilla se muere de hambre, sin que le valgan glorias ni laureles, sin que los favores de príncipes y reyes le hayan sacado de pobre. ¡Ya sé lo que vas a responderme! ¿Que eso de casarse por interés te parece indigno de un caballero? ¡Escrúpulos pueriles! Ya procederás de modo que tu buen nombre salga ileso. ¿Qué Gabriela no te ama? Espera».

El amor hablaba noblemente.—¡«Eres un villano! ¡No seas egoísta! Angelina te ama con todo el corazón, con toda el alma.¡Pobre niña! Piensa que ha sido muy desgraciada; recuerda con qué franqueza, con qué sublime sencillez te contó la triste historia de su vida. Puedes hacerla dichosa. No tiene parientes ni amigos. El día que muera el P. Herrera la hermosa Linilla se quedará sola en el mundo, y se quedará en la miseria.... ¡Qué de amarguras se le esperan! ¡Aun no te había visto y ya te amaba; viniste y desde que tú llegaste fué dichosa! Gabriela es buena, pero Angelina es un ángel. Rodolfo ¡eres un loco! El corazón de la huérfana es un manantial inagotable de ternura. En esa alma dolorida viven el amor con todas sus virtudes, y el desinterés, y la abnegación. Estás en uno de los momentos más solemnes de tu vida: ¡mira lo que haces! No eres codicioso ni avaro; no ambicionas riquezas; sueñas con una felicidad modesta y tranquila.... Hace pocos días pintabas en una carta bellísimo cuadro. ¿Te acuerdas? Una casa embellecida por Angelina; tus tías, felices, complaciéndose en verte; el P. Herrera lleno de alegría; tú y Linilla preparándole una sorpresa; y allá en el jardín dos niños, que parecían dos querubines, jugando con un arillo encascabelado. ¡Eso es lo que tú quieres! Lo tendrás a poco que te empeñes. Oyeme, óyeme: tú eres el único amor de Angelina. Antes de amarte a tí no amó a ninguno.... Gabriela ama a otro, ¡y acaso no le olvide jamás!... Supongamos que mañana eres esposo de esa elegante señorita.... ¿Quién responde, quién, de que Gabriela, es decir, tu «esposa», no piense algunas veces en Ernesto? El otro día le viste escribir una letra... ¡y sentiste celos, celos horribles! ¿Me pides consejo? Haz lo que quieras; pero antes consulta con tu conciencia».

Esta me acusaba de ingrato. La conciencia quedaría tranquila y callaría. La firmeza de mis propósitos y mi conducta futura lograrían dejarla satisfecha. Linilla no sabría nunca que su Rodolfo le había sido infiel.

Me asaltó entonces horrible presentimiento. Las señoritas Castro Pérez estaban en San Sebastián.... ¡Eran tan indiscretas! Pero, en suma, ¿qué podrían decir? Los embustes que todos repetían en Villaverde, ¡y nada más!

Cuando me levanté de la mecedora para cerrar el balcón, daban las doce en el reloj del escritorio. Allá, en el fondo del jardín, seguía cantando el trovador alado.

Al atravesar la sala aspiré con delicia el aroma de las flores que se morían en el tazón de Sévres; el piano de Gabriela me pareció como todos los pianos; los pinceles esparcidos en la mesa de trabajo, junto a la acuarela principiada, nada me dijeron de la rubia señorita.

Dormí tranquilamente. Así deben dormir los que tienen una buena conciencia.


LX

¡Valiente fiesta! Villaverde fué imperialista hasta la médula de los huesos, y por aquellos tiempos hizo alarde de su hostilidad al partido imperante. En mi querida ciudad natal todos eran conservadores, y al advenimiento del régimen monárquico más de un budista villaverdino soñó con títulos y blasones.

Ya se comprenderá, por lo dicho, que las fiestas del Cinco de Mayo no podían ser en Villaverde ni populares ni lucidas. Los patrioteros alborotaban el cotarro, pero sin resultado alguno.

Repiques y disparos de morterete al amanecer, a medio día y a la caída de la tarde; procesión cívica a las once de la mañana; discurso de Jurado y versos de Venegas en la alameda de Santa Catalina, y fuegos artificiales en la Plaza principal, bautizada ese día con el nombre de «don Pancracio de la Vega». Este era el programa acordado por la R. Junta Patriótica, el cual, impreso en grandes pliegos de papel tricolor, fué repartido profusamente y fijado en todas las esquinas. En un artículo «transitorio» se decía que «la Junta pedía y reclamaba de los villaverdinos que decorasen por el día e iluminasen por la noche el frente de las casas».

Pero a pesar de los esfuerzos del H. Ayuntamiento y de la R. Junta Patriótica, presidida por el eterno don Basilio, nadie correspondió a tan cortés invitación. Los edificios públicos, esto es, el Palacio municipal, la Aduana, el Juzgado, la Escuela y el Hospital «Pancracio de la Vega» amanecieron muy adornados con banderas de papel y festones de «rama de tinaja», y así la casa del Alcalde, la de Venegas y la de Jurado.

La procesión cívica, o, como dicen en Villaverde, el «paseo», salió muy «rascuacho» y ratonero. Iban en ella los individuos del Ayuntamiento y de la Junta, los empleados, el comandante de la policía, diez o doce gendarmes, y los chicos de la Escuela.

Estos llevaban sendas banderitas de papel de China. Cerca de don Basilio marchaban los oradores: Jurado y Venegas. El primero, muy orondo y gravedoso, con vestido negro y sombrero de seda, dejando ver entre las solapas de la levita voluminoso papasal; el segundo no se echó encima el fondo del baúl, iba con el traje diario, pero aseado y limpio, y fingía una modestia verdaderamente angelical.

Leíase en el rostro de todos que la indiferencia del público los tenía contrariados, y que la hostilidad de mis paisanos los hacía rabiar. De seguro que Jurado previó el desaire y se preparó para el desquite, porque en su discurso, que duró cerca de una hora, trató atrozmente a los conservadores, dijo pestes de las testas coronadas, y maldijo mil veces de quienes habían vendido a su patria por un «puñado de lentejas». El tal discurso fué aplaudido calurosamente. No pude oir los versos del pedagogo, porque las doce habían dado ya, y me esperaban en la casa del señor Fernández.

—Usted me perdonará:—le dije—mis tías me aguardan....

—¡Tiene usted razón!—me contestó.—Pero vendrá usted esta noche. Desde aquí gozaremos de la fiesta.

Me pasé la tarde con mis tías.... Andrés fué a comer con nosotros, y allá, como a las seis, me propuso que saliéramos a dar una vuelta. El viejo servidor estaba contentísimo.

-¡Qué gusto!—exclamaba a cada rato.—¡Qué gusto! Hijo: ¿no te lo dije? El señor don Carlos es muy buena persona. Apúrate, aprende esas cosas del comercio que antes no sabías, y ¡adelante, hijito! El corazón me dice que antes de morirme te veré establecido y casado.

—¿Casado?

—¡Por supuesto!

—¿Con quién?

—Con una muchacha buena, hacendosa, que te quiera mucho.

—¿Pobre o rica?

—¡Eso será como Dios quiera! Por mi gusto... ¡pobre! Como Angelina.... Yo he sospechado...—el buen viejo sonreía maliciosamente, guiñaba los ojuelos vivarachos—yo me sospecho que no le pareces a Linilla un costal de paja.... ¡Vaya! Y ella, ¡bien que te agrada! Te alabo el gusto, ¡hijito! Trabaja, trabaja con fe, con mucha fe, y cásate. Si tus padres vivieran estarían muy contentos.... Las muchachas así, como Angelina, le gustaban mucho a tu mamá. Cásate. Yo no me casé porque cuando pude hacerlo ya era viejo, y además no necesitaba de familia. Con los de tu casa tenía yo bastante. Siempre me quisieron mucho. Lo único que siento es que no he podido pagarles tantos favores como les debo. Amito: si yo fuera rico no tendrías que servir a nadie, nadie te mandaría....

El pobre Andrés me abrazaba enternecido.

Llegamos a la tienda de «La Legalidad».

—¿Entras?—me dijo.—¿Quieres un refresco?

—No; voy a tomar chocolate con las tías, y luego a casa de don Carlos.

—¿A qué hora saldrás de allá?

—Después de los fuegos, o, si puedo, antes.

—Te aguardaré en la esquina de la parroquia.

—Pasa por mí a la casa del señor Fernández.

—No....

—¿Por qué no?

—¡Bonita facha la mía para ir allá! ¿Qué viene a buscar ese viejo?—dirán.

—¡Andrés!

—No, amito; conocerse no es morirse....

A las nueve y media llegué a la casa de Gabriela. En la antesala jugaban a los naipes varios amigos. Sarmiento, Porras, don Carlos y el P. Solís. La señora y Pepillo estaban todavía en el comedor. No bien saludé a los jugadores cuando apareció Gabriela.

—Rodolfo: usted no gusta del tresillo.... Venga usted acá. Le enseñaré unas acuarelas de mi maestro.... Nos dirigimos a la sala que estaba a media luz. Mientras Gabriela fué a traer los dibujos yo me acerqué a la reja.

La plaza estaba iluminada a «giorno», como decían los programas de la Junta. En el Palacio ardían centenares de vasos de colores. Cerca de la fuente, en un tablado, la charanga del Maestro Bemoles tocaba una desastrada fantasía del «Baile de Máscaras». La concurrencia era numerosa, pero popular, popularísima: gente humilde, la que acude en tropel a los espectáculos gratuitos. Al pié de la balaustrada, a lo largo del atrio y a la orilla de las aceras, puestos de cacahuates, de torrados, de nueces, iluminados con hogueras de ocote, y algunos con mortecinas linternas. En todas partes se oían los gritos de los vendedores: «¡Cuarenta nueces!» «¡Al buen tostado!» «¡A tomar la niii ... eve!» «¡De limón y de leche!» En los espacios libres de paseantes jugaban al toro los granujas. Los chicos quemaban petardos y cohetes chinos, y todo era bullicio y confusión. No lejos de mí una vieja de superabundante plasticidad freía sus buñuelos. La fina membrana, blanca, suavísima, iba en pocos minutos de la rodilla de la buñolera, de la servilleta nivea, a la sartén hirviente; chillaba la manteca al apoderarse de la masa, la cual se esponjaba en mil ampollas, y a poco salía el buñuelo incitante y tentador, aunque despidiendo cierta fragancia empalagosa.

De tiempo en tiempo, un cohete de arranque subía rasgando los aires, estallaba en las alturas, y se deshacía en chorros de fuego, en luces blancas, verdes, rojas, que esmaltaban con los colores nacionales el obscuro cielo. Tronaban en el atrio los mortereres disparando marquesas, reventaba la bomba, y se iluminaban con rapidísima claridad, cúpulas y torre.

—¡Aquí, Rodolfo!—me dijo la señorita desde el velador.—Verá usted qué linda colección.

Y me mostró veinte o treinta acuarelas: flores, frutas y pájaros, pintados magistralmente.

¡Nunca vi a Gabriela más hermosa! Vestía galano traje azul, de un azul desvanecido, pálido, como el color del cielo en una mañana de otoño.

—Nosotros nos colocaremos en esa ventana. Dejaremos la otra para Pepillo que se divierte mucho con estas cosas....

Repito que nunca me pareció más bella la rubia señorita. Cuando la contemplé a la luz del quinqué la vi como envuelta en una atmósfera de oro. Todos mis proyectos vinieron a tierra; la pasión adormecida se despertó anhelante, y la imagen de Linilla, presente hasta ese momento en mi memoria, se desvaneció de pronto en las tinieblas del olvido. Me sentí sin fuerzas ante la hermosura de Gabriela, vencido, avasallado.

—Sopla un viento muy fresco... cosa rara en este mes. Sin duda ha llovido en la Sierra.... ¿No tiene usted frío? Yo sí. Será porque estoy muy nerviosa. Voy por un abrigo.

Se dirigió a la recámara. Mis ojos la siguieron.... A poco salió envuelta en un chal anchísimo, de felpa de seda, color de púrpura.

—Vea usted:—exclamó, sentándose en una mecedora,—cerca tenemos el castillo....

En aquel instante levantaban frente a nosotros a cincuenta pasos de la acera, un árbol de fuego, la pieza principal, que era saludada por los granujas con jubiloso vocerío. Los discípulos de Bemoles volvían a la carga con festiva polca, «Arlequín», muy en boga a la caída del Imperio y popularizada por los famosos músicos de la Legión austríaca.

—Deseaba yo hablar con usted, Rodolfo. Tengo que contarle muchas cosas; tengo que darle muy alegres noticias....

—¿Alegres noticias?

—Sí, muy alegres....

—Veamos cuáles son.

—No merece usted, amigo mío, que yo le confíe dichas de mi corazón. ¡No; ciertamente que no! Usted no ha sido franco conmigo. Creí que usted y Linilla se amaban, y lo dije; quería yo que tuviese usted en mí una amiga, una hermana, a quien le contara usted sus dichas y sus penas.... Y usted, Rodolfo, no me dijo la verdad....

—Bien,—prosiguió alegremente—yo no pago en la misma moneda. Sé bien que el amor, el verdadero amor, es tímido y pudoroso, que no gusta de revelar secretos, que se afana por vivir escondido.... ¡Merece usted disculpa! Pero sé también que cuando amamos, cuando se ama como yo sé amar, es necesario que hablemos con alguno, de la persona amada. Se entiende que con alguno que sepa sentir como nosotros. Yo me había soñado que seriamos muy buenos amigos.... Usted sería el confidente de mis tristes amores; yo, de los venturosos amores de usted. Pero el caballero don Rodolfo no tuvo confianza, en Gabriela, en la pobre Gabriela que amaba y no era feliz. Y me decía yo: ¡Dichosa Linilla! ¡Ama, y es amada!...

En aquellos momentos principiaron los fuegos. Ni Gabriela ni yo volvimos el rostro hacia la calle. Ardían ruedas y ruedas, tronaban las marquesas, surcaban el aire vistosos cohetes, y nosotros no mirábamos nada.

Gabriela prosiguió:

—Dígame usted.... ¿No es verdad que está usted enamorado de Linilla?

No pude articular una palabra.

—¿No es cierto que ustedes se aman? ¡Respóndame, Rodolfo!

—Oiga yo antes, Gabriela, esas noticias alegres que tienen a usted tan contenta.

—¡Ah!—prorrumpió la hermosa señorita, iluminada por los reflejos multicolores de las luces de Bengala.—¡Tan contenta!.... ¡Quiero que usted participe de mi dicha!

Presentí lo que Gabriela iba a decir. Un ser invisible lo murmuró a mis oídos. Entorné los ojos, deslumbrado por el incendio general del árbol de fuego, y a través de la mancha rojiza que percibían mis lastimadas pupilas, me pareció ver el rostro de Angelina pálida y llorosa.

—Diga usted, Gabriela...—dije muy quedito....

—¡Me ha escrito! ¡Me ha escrito! ¡Una carta muy tierna, una carta muy sentida!

—¿Quién?

—Ernesto.

—¿Sí?

—¿Le sorprende a usted?

—No... pero no lo esperaba. La resolución de usted... los deseos de don Carlos....

—Mi padre cederá.... En cuanto a mí.... Soy mujer, esto es, soy débil. Ernesto me ama, ¡estoy segura de ello!... Ahora me escribe, implorando mi perdón. Ruega, suplica, y no puedo despreciarle porque le amo.... Puede mucho una mujer.... Yo mataré en el corazón de Ernesto esa pasión funesta... yo seré su ángel tutelar... y cuando le vea yo regenerado, cuando haya dejado para siempre ese vicio horrible... ¡le daré mi mano! Dicen que soy hermosa, dicen que soy inteligente, que soy amable.... Pues bien, todas esas cualidades me servirán para redimirle.... ¿Aprueba usted mi pensamiento?

—¿Y si no consigue usted lo que se ha propuesto?

—Entonces.... ¡Entonces seguiré amándole como ahora! ¡Si es mi primer amor, mi único amor!

La pobre señorita bajó la mirada, y quedó pensativa y silenciosa. Entraba por la ventana un torrente de luz, y la estancia, casi obscura, se iluminó con melancólica claridad lunar. Los fuegos habían terminado. Centenares de cohetes de arranque, disparados a la vez, salían del atrio. Ascendían, trazando en los espacios gigantescas curvas, tronaban en lo alto, y de la explosión brotaban raudales de polvo de oro, centenares de luces que al descender semejaban una lluvia de piedras preciosas. La charanga se soltó tocando el Himno Nacional. Dominó Gabriela su abatimiento, y me dijo en voz baja, con expresivo acento sigiloso:

—Hoy le contesté a Ernesto. Papá lo ignora, sólo usted lo sabe.... Dígame, Rodolfo: ¿Quiere usted a Angelina, así, como yo quiero a Ernesto?

—Sí.

—¿Y ella le ama a usted?

—¡Sí, mucho! ¡Cómo no lo merezco!

—Pues bien, amigo mío: ¡sea usted digno de ella!

La fiesta había concluido, la multitud se dispersaba, y los tertulios de don Carlos salían en busca de las señoras para despedirse de ellas. Media hora después estaba yo en mi casa. Me encerré en mi cuarto y escribí larguísima carta. ¡Ay! Una carta que nunca llegó a manos de Angelina.


LXI

A las siete, cansado de esperar a mi tía Pepilla, me senté a la mesa. Juana se apresuró a servirme. En esos momentos llegó la anciana.

—¡Ay, Rorró! ¡Qué dirás de mi! ¡Pero, hijito de mi alma, qué misa tan larga! ¿Ya te desayunaste? ¿No? Pues aquí tienes compañera.... ¡Vamos, Juana; pronto, prontito, vea usted que Rorró tiene que irse!...

Tía Pepilla puso en un extremo de la mesa el libro y el rosario, y quitándose el pañolón le arrojó sobre el respaldo de una silla.

—¿Te vas hoy?

—Sí, tía; luego que acabemos. Ahí en mi mesa está una carta para Linilla. Mándela usted con el que venga de San Sebastián. Hoy o mañana vendrá el muchacho....

—Si tú vieras, Rorró,—contestó mi tía precipitadamente—que ya voy entrando en cuidado. Hace más de quince días que no tenemos noticias de Angelina. Antes... ¡vaya!... la Semana Santa... luego los huéspedes...pero ahora... Las niñas Castro Pérez llegaron desde antier.... ¿Por qué no escribió con ellas?

—¡Así la dejarían de aburrida!

—Tal vez.... ¿Quieres mantequilla? Juana: ¡traiga usted la mantequilla! Yo voy a escribir esta tarde, para que si alguno viene no tenga que esperar.... Luego tengo que andar a las carreras.

—Oiga usted, tía: si Angelina me escribe, ya lo sabe usted, luego, lueguito, me manda usted, la carta. Le diré a Mauricio que pase por acá todos los días.

—¡Bueno! Con él te mandaré la ropa. Ese Mauricio tiene cara de buen muchacho. ¡Qué respetuoso! ¡Qué bien hablado!

Y la tía se soltó charlando alegremente. Estaba muy contenta, contentísima.

¡Qué gusto, Rorró, qué gusto! Nada de lidiar con los chicos.... Desde el día primero voy a descansar.... ¡Ya los niños me tienen hasta aquí! ¡Para eso Angelina!... ¡Lo mismo que para cuidar de un enfermo!... Ya te lo he dicho, Rorró; si Angelina no se casa ha de parar en hermana de la Caridad. ¡Tiene vocación, hijo, tiene vocación! El otro día se lo dije al P. Solís, y me contestó: «¡Tiene usted razón!»

—¡Vaya con usted y con el P. Solís! ¿Angelina monja? ¡Dios nos libre! Linilla será esposa y madre de familia....

Miróme fijamente la anciana, y, sonriendo, me dijo:

—¿Te casarías con Linilla?

—¡De mil amores!

—Ese casamiento seria muy de mi gusto. Dicen por ahí, pero yo no lo creo, que estás enamorado de Gabriela....

—¡No, tía! Ya sabe usted que las gentes dicen cuanto se les ocurre....

—Pues mejor, hijo, ¡mejor! ¡Yo quiero mucho a Linilla!... Gabriela será muy elegante, muy bonita, muy rica, ¡cuánto tú quieras! pero donde está Angelina....

Era preciso irse.

—Bien, tía...—dije levantándome—ya es hora, de montar a caballo....

—¿No te despides de tu madrina?

—Sí, ¡cómo no!

Nos dirigimos a la recámara.

Tía Carmen estaba cerca de la cama, sentadita en su sillón. Me recibió risueña y cariñosa.

—¿Ya te vas?

—Sí, tía... quiero llegar temprano.

Nunca la vi más pálida ni más débil; apenas oíamos lo que decía, la parálisis era casi completa. La pobre anciana tenía un brazo completamente inmóvil y los dedos contraídos. En las extremidades inferiores no había fuerza; los pies estaban hinchados.

—Rorró:—exclamó tía Pepilla—dile a tu madrina lo que te recomendó el doctor.

—Sí, tía; ejercicio, mucho ejercicio; siquiera una vuelta por la sala todos los días; una vuelta, una sola, ¡madrina! Eso de estar así, sentada, todo el día sentada, ¡no puede ser bueno!...

—¡Pero... si... no puedo!—murmuró.

—Un esfuerzo....

Tía Pepa me hizo una seña para que viera yo los pies de la enferma. Los tenía tan hinchados que apenas cabían en los pantuflos.

—¿Verdad, madrina, que hará usted todo lo que le mande el doctor?—Me respondió que sí, moviendo la cabeza.

—¿Verdad que tomará usted las medicinas? Sonrió e hizo un movimiento afirmativo.—Tía Pepilla tenía húmedos los ojos. Me acerqué, y arrodillándome junto al sillón quise abrazar a la anciana.

—¡Adiós, tía! Vendré la próxima semana.

—Bueno... bueno!—dijo con mucha dificultad, y con voz tan débil, que apenas la oíamos.—¡Quiera Dios que me encuentres viva! Estoy muy mala... pero... ni ésta ni Sarmiento quieren creerlo.

—¡No tía!—prorrumpí, riendo.—Está usted nerviosa y por eso se siente usted tan débil....

—Vaya... vaya,—me dijo sonriendo dolorosamente—dame un abrazo....

Cuando me levanté y me incliné para darle un beso en la frente, vi que por las pálidas mejillas de la enferma rodaban dos lágrimas, dos lágrimas de esas que en el rostro de un cadáver parecen gotas de rocío en el seno de una rosa blanca.

Salí del aposento con el corazón hecho pedazos. Tía Pepa me seguía silenciosa y cabizbaja....

Por fin habló:

—¿Qué dices de eso?

—¡Nada, tía; que si por mí fuera... no me iría yo!...

—¿Cuándo vuelves?

—El domingo.... Pediré licencia.

—Sí, sí, ven.... ¡Mira que estoy sola, muy sola!...

—Dígale usted a Andrés que venga todas las noches....

—¡No dejes de venir el domingo!

—Aquí estaré.

No quise irme sin hablar con Sarmiento. Le hallé en su casa.

—¡Vaya, muchacho.... Ten valor!... Fía en mí.... Si algo tenemos que me parezca grave, no tardaré en avisarte... pero no quiero que vivas engañado.... Todas las cosas tienen su fin.... El estado general de tu tía es malo, malísimo, pero, repito: por ahora no hay que temer.... Más tarde, cualquier día.... En fin.... ¡Dios dirá! Vete con Dios.

Al pasar hablé con Andrés.

—No tengas cuidado, amito. Iré todas las noches.... Vete tranquilo.... Anoche estuve con tu tía y estaba muy contenta.

Y tomé el camino de la hacienda. El corazón me iba diciendo que tía Carmen no viviría mucho.... ¡Siete años de enfermedad! ¡Ya era tiempo!...


LXII

No me atreví a pedir licencia para ir a Villaverde, aunque las noticias recibidas esa tarde no eran buenas. Tía Carmen había tenido calentura muy ligera. Un resfriado, en concepto del doctor, y nada más. Sin embargo, no estaba yo tranquilo.

Trabajamos en el escritorio hasta las ocho de la noche, y al sentarnos a la mesa, me dijo don Carlos:

—Mañana, después de misa, escribirá usted esas cartas, y por la tarde haremos la liquidación esa. Quiere Gabriela unos papeles de música. Me dice que están en el piano; recójalos usted y mándeselos. Ahí en la mesa está la lista....

Cenamos alegremente. El señor Fernández estaba de buen humor, y durante la comida charló a su gusto de las fiestas de Villaverde. Después habló de trabajos agrícolas y de las obras del camino de hierro.

—Es de sentirse,—decía—que el ferrocarril no pase por Villaverde. Pluviosilla será la ciudad que saque más provecho. En sus aguas y en sus ríos tiene una fuente de riqueza.... ¿Cuántas fábricas tiene ahora? Una.... Pues de aquí a veinte años ¡ya verán ustedes!... Sería oportuno adquirir terrenos en Pluviosilla, particularmente cerca de los ríos.... Dentro de pocos años han de valer el doble de lo que ahora cuesten. Pluviosilla será, no hay que dudarlo, la primera ciudad fabril del Estado y de la República....

Los criados se habían retirado ya. De pronto apareció Mauricio en el comedor, diciendo que alguien me buscaba.

—¿A mí?—pregunté sobresaltado.

—Sí, traen una carta....

—¿Quién la trae?

—No lo conozco.

Me levanté precipitadamente en busca del desconocido. Me traía dos cartas: una de Linilla y otra de tía Pepa. Corrí a leerlas.

—¿Qué pasa?—preguntó don Carlos.—¿Algo de cuidado?

Abrí el pliego. No contenía más que unos cuantos renglones.

«Carmen está muy grave. Ya el doctor mandó que se disponga, y a las cinco recibirá el Viático. Vente luego, luego; pide permiso, que el señor don Carlos no te lo ha de negar. Considérame».

Puse la cartita en manos de don Carlos. Leyóla de una ojeada, y exclamó:

—Pues que ensille Mauricio, y ¡vayase usted!

Y dirigiéndose al mozo agregó:

—Te vas con el señor.

Media hora después íbamos, y a buen paso, camino de Villaverde.

La noche estaba obscura. Allá en el corazón de la Sierra fulguraba lejana tempestad. Oíanse truenos lejanos, muy lejanos, y de cuando en cuando, a la luz de los relámpagos, descubríamos las cimas de los montes más distantes. El cielo parecía envuelto en una red de rayos.

Amenazábanos la lluvia, caían gruesas gotas, y en el bosque cercano resonaban las arboledas como al paso de impetuoso viento. Silbaban las serpientes entre los matorrales del camino, zumbaban mil insectos entre las hierbas, y el ruido del aguacero se aproximaba rápido y pavoroso. Los árboles me parecían espectros; las luces de las chozas cirios que ardían delante de un cadáver.

Ibamos al trote. Yo iba silencioso y angustiado; Mauricio me seguía diligente y respetuoso. La lluvia no invadió el valle, se detuvo en las montañas, descargó allí, y pronto fué despejándose el cielo. Allá, rumbo a Villaverde, centelleaban las estrellas del Carro. La tempestad seguía batallando, pero ya floja y desmayada, en lo más remoto de la Sierra.

«¡La muerte!—pensaba yo, mientras Mauricio silbaba entre dientes un canto melancólico.—¡La muerte! Voy a verla llegar... acaso ha llegado a esta hora.... Nunca creí que los míos, los que yo amaba, pudieran morir!»....

Me dolía el corazón, y mi pensamiento iba de una cosa a otra sin detenerse en ninguna. Complacióme el recuerdo de mejores años, de venturosos días; suspiraba yo por la tranquilidad del colegio en que pasé dos lustros, y me parecía que las alegres memorias de la infancia alejaban de mí pesares y dolores. ¡Angelina! ¿Dónde estaba Angelina? ¡Cómo lloraría por la enferma! ¡Gabriela! ¡Qué dulcemente consolaría a su amigo! Pero luego caía yo en un abatimiento tal y tan grande, que no acertaba a guiar la caballería. «¿Por qué se mueren las gentes ¡Dios mío! ¿por qué?—repetía yo.—¿Por qué quieres llevarte a la pobre anciana?» ¡Necio de mí que no acerté a pensar que la muerte estaba tan cerca! No, sí, lo pensé; lo pensé muchas veces; pero siempre la ví lejos, ¡muy lejos!... Y ahora venía de pronto, ¡insidiosa, inesperada... cruel... terrible!... El que se muere—me decía yo—es como un náufrago arrebatado por las olas: lucha por ganar la orilla, todos los que le aman quieren salvarle, y no pueden, y es imposible, todo esfuerzo es inútil... y el infeliz pide socorro... ¡y parece que no le oyen!... ¡Horrible! ¡Horrible!

Angustiado, trémulo, me dirigía yo a Dios, pidiéndole ayuda, ¡pidiéndole un milagro!... El corazón, rendido de cansancio, quedaba insensible; la inteligencia entorpecida no acertaba a fijarse en nada... hasta que recobraba fuerzas el corazón. Entonces me ocurría que todo aquello era una pesadilla espantosa, de la cual despertaría consolado y feliz. Pero ¡ah! la realidad estaba allí, delante, cruel, implacable. Y oraba devotamente, lleno de fe, con fe de santo, y acudían a mis labios las oraciones que aprendí de niño, y las recitaba cuidadosamente, poniendo el alma y la vida en cada frase, en cada palabra, en cada sílaba. Deseaba llegar a Villaverde, y me sentía tentado de volverme a la hacienda, y huir, huir a las montañas, a los bosques, a ciudades remotas, para no saber nada, nada de lo que acontecía en mi casa. Quería verme rodeado de mis amigos, de todos mis amigos, de todos, para refugiarme en su afecto como en un puerto de salvación.... Tenía miedo de estar solo, y a cada rato miraba si Mauricio iba cerca de mí....

No sé qué hora sería cuando entramos en Villaverde. Pasada la garita seguimos por la calle Principal. ¡Estaba desierta! No podía ser de otra manera, pero yo esperaba que estuviese llena de gentes, de amigos que vendrían a mi encuentro para decirme: «No temas: ¡todo ha sido un sueño!...»

Y no había nadie, ¡nadie! Aullaba un perro en una callejuela. Los serenos que dormitaban en las esquinas, sentados cerca de su linterna, se levantaban al oir el paso de los caballos, saludaban, y se iban a lo largo de las aceras perezosos y distraídos.... Los faroles mortecinos brillaban de trecho en trecho con luz rojiza en la obscuridad de las calles, como cirios en funeraria pompa.

Unos cuantos minutos y estaría yo a la cabecera de la enferma. Las pulmonías y las fiebres perniciosas son terribles en Villaverde, pocos ancianos las resisten, y mi pobre madrina, achacosa, débil, extenuada por largos padecimientos, tendría que sucumbir. Pero no, por qué, si la queríamos tanto... si era tan buena, tan cariñosa... ¡si era una santa!

—Por aquí, señor, por aquí llegaremos más pronto...—me dijo Mauricio, que iba a mi lado.—Yo conozco muy bien las calles, porque antes venia yo todos los días a vender leche.

Le seguí sin oir lo que el mancebo decía. ¡Cómo resonaba en la calle desierta el paso de las cabalgaduras!

—¡Aquí!—exclamó Mauricio, deteniendo el caballo.

—No es aquí....

—Sí, señor.

—El zaguán estaba abierto. Por una de las ventanas salía un torrente de luz.

Lo comprendí todo. Sentí que se me desgarraba el corazón, que la sangre se me subía al cerebro. Al apearme del caballo ví, sin quererlo, el cadáver de mi madrina. Estaba velado con un lienzo blanco.

Andrés me recibió en sus brazos.

—¡Bien te lo decía el corazón!

Vacilante, sin saber lo que hacía, me dirigí a la sala, apoyado en el noble servidor que no podía contener los sollozos.

Tía Pepa salió a mi encuentro, reclinó en mi hombro la encanecida cabeza, y sin decir una palabra me abrazó fuertemente.


LXIII

Cuando regresamos del cementerio me retiré a mi cuarto. Allá me siguió Andrés. Sentado cerca de mi pretendía distraerme con no sé qué historias de mi infancia. Yo le oía sin contestar. De pronto entró mi tía.

—Rorró: ¿te dieron una carta de Angelina?

—No.

—¿Cómo no? Te la mandé ayer con el mozo que fué, a llamarte....

—Tiene usted razón.

Me levanté y fui en busca de la carta. La tenía yo en el bolsillo de la blusa.

«Rodolfo:

«Perdóname si esta carta te llena de amargura. Bien sé que me amas, y comprendo que mis palabras van a lastimarte el corazón; pero algún día, cuando seas feliz, porque hoy no lo eres, me agradecerás lo que ahora ha de causarte tanta pena.

«Olvídame, olvídame, yo te lo ruego, yo te lo pido por la santa memoria de tus padres que están en el cielo, por tus tías, a quienes tanto quieres y que te quieren tanto.

«Al escribir estos renglones estoy bañada en lágrimas, siento que el alma se me va, porque te he amado y te amo todavía con todas las fuerzas de mi corazón; pero he comprendido que debo ser franca; que haría mal, muy mal, si fomentara en el tuyo un sentimiento que te cierra las puertas de un porvenir que yo no debo malograr. ¿Te causan sorpresa mis palabras? Pues óyeme en calma. Muchas veces le he preguntado a mi corazón si te ama como mereces ser amado, y siempre me responde que sí; pero mis gustos me inclinan hacia otro lado, me llevan por otro camino.... ¿A dónde? Yo misma no lo sé. Acaso a servir a los pobres, a los enfermos, a los huérfanos como yo, para quienes el mundo es un desierto. Tal vez no sería yo una buena esposa, y tú puedes y debes ser amado de quien sea digna de tí. La ilusión engaña; la esperanza es una sirena que nos atrae a los abismos. ¿Estás seguro de que el amor que me tienes no es una impresión fugitiva? ¿Verdad que no? Empiezas a vivir, eres un niño, y no sabes que los afectos son efímeros. Te engañas cuando dices que a nada aspiras, que nada ambicionas. ¡No sospechas cuántos encantos y cuántas seducciones tiene la vida!

«Perdóname, y no pienses mal de mí; serías injusto, y la injusticia no cabe ni cabrá nunca en un corazón tan noble y tan generoso como el tuyo. Vive para tus tías, vive para ser feliz, que yo buscaré en Dios otra felicidad mejor que todas esas tan codiciadas en el mundo.

«No pienses que el término de nuestros amores se debe a todos esos embustes que corren en Villaverde, que trajeron hasta aquí las Castro Pérez, y de los cuales tú mismo me has hablado; no, Rodolfo: no soy injusta ni ligera. Ya me conoces. Nunca he creído que fueses capaz de engañarme. Tampoco creas si elijo un estado distinto del que prefieren todas las mujeres, que lo hago por despecho o atraída por una falsa vocación. No; considera que si no he querido engañar a un hombre, no he de querer engañarme yo misma, ni engañar a Dios.

«Mucho le pido que te dé fuerzas y resignación para sufrir este golpe, y te dará las dos cosas porque en cambio le he ofrecido mi vida.

«Papá te dará tus cartas; tú le entregarás las mías. ¿Te acuerdas que al despedirme de tí me quité del cuello una medallita, y te la di? Pues deseo que la conserves siempre, para que si un día te casas y tienes hijos se la des al que tú prefieras. ¿Harás lo que te pido? Sí; porque con eso me darás una prueba de que mi memoria es dulce para tí.

«¿Verdad, Rodolfo, que no me guardarás rencor? Eres muy bueno, y me perdonarás.

«No me escribas. ¿Para qué? Acabaron nuestros amores, es cierto, pero en lo de adelante seremos muy buenos amigos.

«Cuida mucho de tus tías. Si algún día necesita papá de tus cuidados, vela por él, y págale, en nombre mío, cuanto le debo yo.—Angelina».

Indignado, colérico, estrujé la carta, y yo que no tuve en mis ojos una lágrima ni en los momentos de amortajar a mi tía, a quien tanto amé, a quien tanto debía yo, que tanto me quiso, que fué para mí como una madre, no pude resistir aquel nuevo dolor. Sentí que me ahogaba, y me eché a llorar como un chiquillo.

—¿Qué te pasa?—gritó Andrés asustado.

—¡Nada!—le respondí sollozando.


LXIV

Respeté, con gran dolor de mi alma, los deseos de la joven. Seguro de la sinceridad de sus palabras, oculté mi pena y busqué consuelo en el trabajo.

Luego que Angelina supo el fallecimiento de mi tía, nos escribió una carta muy sentida. El P. Herrera vino a Villaverde pocos meses después, le hospedamos en nuestra casa, y estuvo con nosotros varios días. Entonces le contó a mi tía, muy en secreto, que la «muñeca» quería dejar el mundo y hacerse hermana de la Caridad. El santo sacerdote estaba muy triste. Todos temíamos que aquel monjío le costara la vida.

—¡Hágase la voluntad de Dios!—exclamaba.—Yo me había soñado que Linilla y Rodolfo.... Pero, en fin.... ¡Vaya con la «muñeca»! ¡Dios me la trajo y Dios se la lleva!

Aun conservo las cartas de Linilla. El P. Herrera nunca me dio las mías.

—¡Para qué!—pensaría.—¡Cosas de muchachos!

Angelina profesó en México dos años después. Cuando las Hermanas fueron expulsadas pasó a París, y de allí la mandaron a Cochinchina.

En París la vieron los señores Fernández.

—¡Si usted la viera, Rodolfo!—me decía la señora.—¡Lindísima! Parece una santa.

El P. Herrera murió a fines del 78 en su curato de San Sebastián. Poco antes fué llamado al coro de la Catedral de Jalapa, pero el humilde anciano renunció la prebenda.

—¡No! ¡No!—contestó.—No quiero canongías.... ¡De aquí... al cielo, si Dios Nuestro Señor tiene piedad de este pobre pecador!

Gabriela casó con Ernesto, y es madre de dos niños tan hermosos como ella. ¿Es feliz? Creo que sí. La rubia señorita era muy lista e hizo de su novio un marido discreto, laborioso y de excelentes costumbres.

A mi juicio nunca fué calavera ni jugador. Sospecho que le calumniaron, que para el caso cualquiera ciudad se parece a Villaverde, y en todas partes abunban los amigos como Ricardo Tejeda y los señorones como Castro Pérez.

Mi generoso rival cayó en la red, y se casó con Teresa. Luisa se ha quedado para vestir santos.

Ocaña se metió a tinterillo. Venegas renunció la «Escuela Nacional», se lanzó a la revolución, y ahora es diputado—por obra y gracia de Tuxtepec.

Buena memoria dejaron en Villaverde el doctor Sarmiento y mi buen maestro don Román. Todos se acuerdan de ellos, alaban sus virtudes, y se dicen amigos del uno y discípulos del otro.

Andrés y tía Pepilla vivieron todavía mucho tiempo tranquilos y contentos. Tuve la dicha de cerrarles los ojos, y les dí cristiana sepultura junto a la tumba de mis padres.

En cuanto a mí.... No me he casado, y vivo muy feliz, gozando del fruto de mi trabajo. En él encontré consuelo y fortaleza. El trabajo productivo me apartó de aquellos idealismos románticos que me causaron tantas amarguras. No soy rico, pero estoy contento con mi suerte; ya sé lo que valen los hombres, y no espero de ellos lo que no pueden darme. Tengo pocos amigos, pero, eso sí, muy buenos y merecedores de toda estimación.

No hago versos, ni vivo entregado a los delirios de la fantasía. Creo que no es cuerdo andarse por las nubes cuando hay abajo tantas cosas que reclaman nuestra atención. Sin embargo, no desdeño los libros, he comprado muchos, y con ellos me paso largas horas. Aun suelo leer versos de Lamartine... y... a la verdad... ¡como Lamartine no hay otro poeta para mí!


LXV

Aquí concluye esta novela sencilla y vulgar. He «vivido» otras muchas, (que no merecen ser escritas) muy dramáticas e interesantes, pero ninguna como ésta tan sincera y tan casta, triste flor de mi dolorida juventud.

«Angelina» se llama en memoria de la pobre niña que sacrificó por mí, con sublime heroismo, todas las ilusiones de su vida.

En lo más hondo de mi corazón, como la huérfana lo deseaba, hay un rinconcito que no he profanado con el amor de otra mujer,—y allí vive Linilla.

Orizaba, Diciembre de 1893.


FIN