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Antología portorriqueña: Prosa y verso

Chapter 36: IV.
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About This Book

A curated school-oriented collection gathers biographical sketches and selected prose and verse by deceased Puerto Rican writers, accompanied by editorial notes and a pedagogical address to young readers. Arranged by author, the selections range from essays and speeches to letters and poems, highlighting civic, moral, educational, and patriotic themes. The volume offers contextual commentary and readable samples intended to honor earlier generations and guide students in appreciating the island's literary and intellectual heritage.

En estas blancas hojas que circundan
Negros crespones que un dolor exaltan,
Venid de Borinquén ilustres bardos,
Un suspiro á exhalar de vuestras arpas.
Verted aquí las lágrimas que surgen
Por los que en aras de la patria mueren,
Y el doliente clamor que el arpa vibre
Hasta el egregio compatriota llegue.
Que nunca, nunca enmudecido el plectro
Rompiera el nudo que letal le embarga
En más noble ocasión, con amor tanto,
Que al ensalzar las glorias de la patria.
Y él de allá, de los ámbitos etéreos
Donde es al alma el sacrificio grato,
Agradecido exclamará y gozoso:
«Digna eres, Borinquén, de mi holocausto!»

EUGENIO MARÍA DE HOSTOS.

Fué hombre de gran talento, de estudios muy variados y copiosos, y de gran energía de voluntad.

Nació en un barrio cercano á la ciudad de Mayagüez, el día 11 de Febrero de 1839, y adquirió casi toda su instrucción primaria en un colegio particular que dirigía en San Juan el Profesor don Jerónimo Gómez. Estudió algunos cursos de la enseñanza secundaria en el Seminario Conciliar de Puerto Rico, y obtuvo el grado de Bachiller, en Bilbao. Más tarde se graduó de Abogado en la Universidad Central de Madrid.

Agitábanse á la sazón en España las ideas de libertad y de reforma política que produjeron más tarde la Revolución del 68, y Hostos, sin dejar de estudiar, tomaba parte en los trabajos periodísticos y orales de mayor empeño, al lado de otros estudiantes amigos suyos, que se llamaban Castelar, Salmerón, Labra y Giner, y que llegaron á ser más tarde figuras eminentes de la tribuna y de la cátedra. Al terminar Hostos su carrera trató de regresar á su país, con el propósito de influir briosamente en su cultura y en su mejoramiento político y social; pero se había distinguido tanto en la Metrópoli por el radicalismo de sus ideas y por sus sueños generosos de libertad y federación Antillanas, que su vuelta á Puerto Rico hubiera atraído sobre él persecuciones y peligros. Se trasladó entonces á los Estados Unidos, desde donde prestó servicios importantes á la revolución de Cuba; pasó más tarde á la América del Sur en solicitud de recursos para sostener aquella revolución; ejerció el periodismo en varias repúblicas hispanoamericanas, siempre con propósitos de independencia para Cuba y Puerto Rico, y en 1877 contrajo matrimonio con doña María Belinda de Ayala, descendiente de una distinguida familia Cubana.

Ya por entonces había demostrado grandes aptitudes de educador, y después de firmada la paz en Cuba aceptó proposiciones del gobierno de la República Dominicana para dar impulso allí á la enseñanza pública. Obtuvo en Santo Domingo un éxito admirable en la organización de las Escuelas Normales y en la perfección de los métodos educativos. En nueve años que dedicó á esta obra regeneradora, no sólo formó maestros excelentes, sino que escribió libros de estudio para todas las asignaturas de la primera y la segunda enseñanza. Muchos de estos libros se conservan todavía como verdaderos modelos de su género.

En 1889 recibió encargo del Gobierno de Chile para reformar la enseñanza en aquella importante República, en donde se conocían y se estimaban ya las grandes aptitudes pedagógicas de Hostos. Mientras desempeñaba en la Universidad de Santiago de Chile la cátedra de Derecho Constitucional, escribió para uso de sus discípulos un tratado, que adquirió extraordinaria resonancia por la novedad y excelencia de su doctrina, y por el buen método de su exposición.

Cuando estalló de nuevo la guerra cubana pensó Hostos en las complicaciones que podían alcanzar á Puerto Rico en el caso de que los Estados Unidos se decidieran á intervenir, y tan pronto como terminó su compromiso en Chile, trató de organizar en Puerto Rico una Liga de Patriotas que trabajase en favor de la independencia de esta isla, procurando que no llegase á ser teatro de luchas sangrientas. Pero los sucesos se habían precipitado, el país aceptó voluntariamente la nueva soberanía, y Hostos se fué á continuar en Santo Domingo su obra de educador, después de haber fundado en Mayagüez el Instituto Municipal.

Á pesar de lo accidentado de su vida y de los trabajos políticos á los cuales prestó siempre gran atención, escribió Hostos cerca de cincuenta volúmenes, entre libros y folletos, todos interesantes y útiles, y muchos de ellos merecedores de alto elogio y de gran estimación.

Analizando atentamente sus obras, y estudiando bien las circunstancias de su vida entera, se adquiere el convencimiento de que Hostos estaba dotado de un carácter noble y austero, de que poseía una cultura extraordinaria, y de que tenía grandes condiciones de pensador y de pedagogo.

En los dos trabajos suyos que se insertan á continuación de estas líneas se reflejan dos aspectos distintos de su entidad moral: lo tierno y delicado de su naturaleza afectiva, y la severidad y pureza de sus ideas en punto á deberes humanos y de disciplina social.

EN BARCO DE PAPEL.

á ángela rosa silva,

en pago de un artículo suyo que inadvertidamente rompí.

I.

Al entrar en mi casa, á descansar de la brega cotidiana, oí con negligente oído que me recomendaban la lectura de un artículo literario, «muy bien escrito,» que expresamente me habían dejado sobre mi mesa de lectura.

Á ella acababa de sentarme, cuando la víctima menor de mis extremos paternales abrió la puerta de mi toma-café, se me sentó en la falda, me sobornó con un beso, y me pidió un barco de papel.

Tendí el brazo, tomé el primer papel impreso que hube á mano, le arranqué un pedazo, saqué las tijeras que, para ese y otros oficios de padrazo, llevo siempre en un bolsillo, y recorté lo mejor que pude un cuadradito. Lo doblé primero en un doblez rectilíneo; después, en dobleces angulares; en seguida, en rebordes muy simétricos; luego, en dirección de fondo á borde; acto continuo, en repliegues de adentro para afuera, y tomándolo gloriosamente, y mostrándolo con aire victorioso á la atentísima sobornadora:—¡Ea!—le dije—un beso, ó no hay barco! Me dió el beso, le dí el barco.

II.

Y ¡qué barco...! Cuando lo echamos al mar en la jofaina llena de agua, y promovíamos con los dedos un oleaje, era de ver cómo la leve embarcación cabeceaba; orzaba, se iba de bolina; y ya con el viento en popa que salía de nuestro aliento, ya con furioso mar de proa, que producíamos agitando la jofaina, se balanceaba gallardamente, ó se estremecía de proa á popa, ó amenazaba írsenos á pique.

III.

No bastándonos nosotros mismos para ser á la vez tantas cosas, vientos de todos los cuadrantes, trepidaciones, oscilaciones, remos, velas, capitán, timonel y tripulación, fuímos al airecillo del balcón, que á ella se le ocurrió abrir de par en par, pusímonos á distancia para ver desde lejos nuestra embarcación, realizando así el concierto de la realidad y la idealidad, (que ¡las pobres...! viven desconcertadas en el mundo...), siendo realidad el barco visto, siendo idealidad las tiernas despedidas que dirigíamos á los imaginarios tripulantes.

IV.

Ya, sin saberlo, para el momento de las despedidas éramos muchos: primero que todos, el inseparable compañero de diabluras; enlazadas, detrás, en su contínuo abrazo la madre dilecta y la hija predilecta; más atrás, empujando para ponerse por delante, los dos más endiablados botafuegos que el sol de las Antillas ha ingerido en corazones y cabezas de muchacho. Faltaba sólo uno: es uno que ya está camino del porvenir, que es un camino muy áspero, muy cuesta arriba, muy sin horizonte, muy sin luz, sobre todo, en la América del Sud. Y suspiramos.

V.

Y allá iba la nave por el mar de la jofaina al embate de los vientos del balcón, desapareciendo ya sin duda en alta mar, porque apenas veíamos un punto. Un punto fijo que se mira es un imán que se pone á la atención, al sentimiento y al deseo. De tal modo pendíamos del punto, que estábamos efectivamente presenciando el alejamiento de la nave.

—Y ¿para dónde irá?... hubo una voz.

—Y ¿cómo se llamará? hubo otra voz.

—Yo quiero que se llame lo que parece.

—¿Qué parece?

—Una gaviota.

—Pues yo quiero que se llame Cuba Libre.

—¡Silencio!... El nombre de la víctima no se pronuncia en casa de los cómplices.

—¡Verdad! "Cuba libre", en la América del Sud, suena como "Creta" en la Europa del Norte.

Ya estaba convenido: se llamaba La Gaviota, y navegaba con rumbo á Cuba libre.

Entonces hubo una algarada de alegría que acabó en una algazara de entusiasmo. Todos querían embarcarse para Cuba.

La verdad es que, así á la lejanía, y desde la oscura penumbra, cielo cerrado, atmósfera de hielo, soledad de desierto, desde donde la contemplábamos, la radiante nave, bañada á fondo por el sol, sostenida en un mar libre, caminando hacia la luz, era una tentación.


Ya estábamos en dirección á bordo, cuando un portazo dió al traste con el mar, con el barco y con el propósito de embarque.

Una vez, caminando por una de esas costas, desde lejos habíamos visto como un esqueleto negro abandonado á la orilla de la playa. Al acercarnos, ¡qué triste! todos nos compungimos, era el esqueleto de un barco, era el testimonio de un naufragio.

La aflicción al imaginar la agonía de los náufragos, no fué más íntima que la sentida ahora al ver el naufragio del barco de papel.

El que primero llegó al lugar de la catástrofe, leyó en voz alta "La Gaviota."

—¿Cómo es eso? ¿Tenía el nombre en la borda, como las goletas de verdad?

—Creo que no, porque esto parece, por los dobleces, que era quilla....

—¡Deja ver...!

Y poniendo con precaución sobre la mesa el húmedo papel, la interpeladora leyó, como leyendo para sí: "La Gaviota, de Fer...."

Y levantando inquieta la cabeza, interpeló á la chiquitina:

—¿Dé dónde tomaste ese papel?

Á lo cual, rehuyendo bulto y responsabilidad, contestó la amenazada:

—¡Fué papá!

Y yo, confuso y asustado con el susto de la pequeñuela, balbucí, una excusa:

—Lo encontré ahí.

—¡Pues buena la hemos hecho!...

Y riéndose á risotada al ver mi facha de delincuente honrado:

—Pero papá, si éste era el artículo literario que yo le recomendaba....

—"Et voila comme —"Et voila comme
une femme abîme un homme,"

murmuré yo, acariciando la cabellera de mi sobornadora; acordándome de una canción de boulevard, en los tiempos aquellos en que París me sonreía.

—Y ¿qué vamos ahora á hacer?

—¡Qué hemos de hacer! continuar el viaje, dije yo con honrada convicción, y defendiendo el derecho que mi cómplice tenía á proseguir el juego.

—Pero si ya no hay goleta....

—Pero aquí hay papel....

¡Vaya si fué grito! No tuve más remedio que soltar el papel que había cogido, al oir:

—¡No! ¡no! ¡que ese es el pedazo que queda del artículo de R....!

—Pues entonces....

Y me encontré cara á cara con el íntimo tonto que todos encontramos en el primer repliegue de nuestra segunda circunvolución frontal, cada vez que no sabemos lo que hemos de hacer.

Contra ese desorientado.... (¿qué es el hombre más que un íntimo tonto que va desorientado por el mundo?)

Decía, que contra el sublime desorientado no hay como el único orientado de este mundo, el niño, que siempre sabe lo que quiere hacer, y que, entonces, queriendo nuevo barco, me miraba con chispas en los ojos.... (porque eran ella y él, los dos chiquitines). Á cien chispas por ojo, eran cuatrocientas chispas eléctricas, que no digo á un desorientado, á todo Oriente hubieran sido capaces de poner en movimiento.

Y cuando roto el papel, y hecho otro barco, y vaciado otro mar, volvimos á navegar en la jofaina con la imaginación, y la amiga de la autora del artículo descuartizado, me preguntaba:

—Y ¿qué le vamos á decir?

—Dile, le dijo, que así como no hay vuelta á la patria como la que se hace en un buque imaginario, en barco de papel, en sueño de despiertos, con las velas del deseo, con el vapor de la imaginación, con las valvulaciones del corazón, por el mar de la esperanza, bajo el cielo de la caridad, bajo el ala de la inocencia, así no hay artículo literario ni composición poética ni obra de arte, que no valga más en la región de lo impalpable, que en la mísera región de lo palpado.

Chile, 1897.

LA MORAL Y LA ESCUELA.

Las profesiones espirituales, como podemos llamar á las que más directamente se relacionan con el gobierno ó dirección espiritual de las sociedades, son las peor desempeñadas. La razón es obvia: reclaman una vocación más decidida y una noción y cumplimento del deber mucho más austeros que cualesquiera otras funciones, y es claro que si la moral condena el descarrío general de vocaciones que caracteriza el período industrial de la civilización, cuanto mayor sea la transcendencia social de la profesión, tanto mayor será su responsabilidad en el mal que se condena.

Se comprende que el labriego no sepa que es una entidad social de primer orden; se explica que el obrero ignore su importancia social; se concibe la ignorancia en que viven de la transcendencia de sus funciones sociales los mil agentes del trabajo industrial: la sociedad de hoy está fundada sobre la sociedad de ayer, y la sociedad de ayer, ignorando la igualdad natural de los servicios, ignoraba la igualdad social de los méritos. Pero que el maestro no sepa á punto fijo el papel que desempeña; que el cura de almas y el de cuerpos estén casi siempre por debajo del alto deber de su función; que el sostenedor de la ley y el que la aplica prefieran los gajes del oficio á la gloriosa responsabilidad que los distingue y enaltece: que el periodista, guardián de la civilización, haya reducido á industria comercial de innoble especie su vasta representación de la razón y la conciencia populares, ni se concibe ni se comprende ni se explica.

Y aquí no es la sociedad, aquí es el funcionario el primer responsable del desnivel entre él y su función: también por estar basada la sociedad contemporánea en la sociedad pasada, duran aún las preocupaciones en favor de los sacerdocios liberales ó espirituales, y cuanto obsta en las sociedades no completamente reformadas para la dignificación de los funcionarios industriales, tanto consta la ayuda y favor de las profesiones que se tienen por más dignas.

Entre las más, la primera por el orden de su transcendencia, es el magisterio. Aún no han llegado las sociedades humanas hasta proporcionar escrupulosamente los honores y la recompensa á la dignidad del magisterio; pero no hay una sola, principalmente entre las esclarecidas por la democracia, que no incluya prácticamente entre las primeras y más dignas de respeto, á la función social que tiene por objeto la guia de las generaciones.

En cambio no es tan general entre los encargados de esa función el conocimiento de sus responsabilidades, de su grandeza y de su fin social. Así, con excepción del corto número de sociedades que tienen de la educación fundamental la exacta idea que practican los norteamericanos, la escuela no es lo que debe, porque el maestro no sabe ser lo que debe ser.

Antes que nada, el maestro debe ser educador de la conciencia infantil y juvenil; más que nada, la escuela es un fundamento de moral. Si educa la razón, ha de ser para que se desarrolle con arreglo á la ley de su naturaleza y para que realice el objeto de su ser, que es exclusivamente la investigación y el amor de la verdad; si educa los sentimientos, es porque son el instrumento más universal del bien en cuanto son instrumento de la atracción universal entre los hombres; si educa la voluntad, ha de ser para enseñarla á conocer el bien como el único modo en esencia y el mejor en práctica, de ejercitar la actividad; en suma, si educa lo que debe y como debe, ha de ser con el supremo objeto de educar la conciencia, de formar conciencias, de dar á cada patria los patriotas de conciencia, y á toda la humanidad los hombres de conciencia que hacen falta. Á ese fin, la Escuela tiene que satisfacer tres condiciones: ha de ser fundamental, ha de ser no sectaria, ha de ser edificante.

Fundamental, suministrará sin reservas de ninguna especie los fundamentos coordinados de toda la verdad que se conozca: así educará la razón, es decir, la guiará hacia su propio fin, y preparará hombres que amen la verdad como se ama un bien necesario y conocido, y que detesten el error con la fuerza viril con que se debe detestar el mal.

No sectaria, la Escuela deberá defender con vigor su independencia de todo dogma religioso, de todo dogma político, de todo dogma económico, de todo dogma científico, de todo dogma literario; en una palabra, de todo dogma. Religión, moral, derecho, Estado, sociedad, literatura, todo es progresivo, porque todo es expresión de una fatalidad biológica que ha sujetado y sujeta á la ley de su propio desarrollo á todos los seres, y triplemente progresivo el ser de razón, de conciencia y de sociabilidad reflexiva.

Edificante, la Escuela ha de educar en vista y previsión contínua de su propio objeto moral y del objeto que tiene en la vida y en la humanidad el niño. El niño es la promesa del hombre, el hombre la esperanza de alguna parte de la humanidad: la Escuela tiene por objeto moral la preparación de conciencias. Así, por su objeto como por el del niño que va á ser hombre, la Escuela ha de edificar en el espíritu del escolar, sobre cimientos de verdad y sobre bases de bien, la columna de toda sociedad, el individuo.

Si la sociedad, concibámosla como la concibamos, es de todos modos un compuesto de individuos, y si experimentalmente se prueba que las sociedades más sanas son las compuestas de individuos menos corrompidos; y si la corrupción del individuo empieza por la ignorancia de la realidad, sigue por el fanatismo de cualquiera orden de creencias y acaba por el olvido sistemático de la propia conciencia y del deber que la mejora, es lógico inducir que allí donde empieza el individuo social, que es en la Escuela, empieza la tarea de moralizarlo socialmente, como empieza en el hogar, su primer centro, la tarea de moralizarlo individualmente.

Para que la Escuela moralice, se repite, será fundamental y suministrará los fundamentos precisos de cuantos conocimientos positivos están organizados en ciencia y son capaces de educar á la razón en el amor de la verdad; será no sectaria y educará el sentimiento y la voluntad, no en dogmas religiosos ó morales ó políticos, ó científicos ó literarios que sean germen de fanatismo exclusivista, sino en el ejercicio de lo bello bueno y del bien concreto, en la práctica de todas las tolerancias y en los horizontes abiertos del sentir y del querer, que no son fuerzas para puestas al servicio de sistemas deleznables, sino para manifestar la eficacia de las leyes inconmovibles de la naturaleza; será edificante la Escuela, y edificará hombres de conciencia y de deber, para la familia, para la patria y para la humanidad. Los edificará para la familia, que es la base moral de la patria; los edificará para la patria, que es el fundamento moral del amor á la humanidad; los edificará para la humanidad, que es el centro moral de atracción á que convergen y sobre el cual gravitan todos los seres de razón consciente.

MANUEL CORCHADO.

Los portorriqueños de la nueva generación no pueden formarse una idea cabal de las facultades extraordinarias de Corchado como orador. Los pocos discursos suyos que se han conservado impresos son una pálida y desmayada expresión de las ideas en que se inspiraba al pronunciarlos; pero no queda casi nada en ellos de la exaltación magnífica de aquel temperamento impresionable y nervioso, ni de las inesperadas gallardías de la acción, espontánea y vehemente, con que acentuaba sus frases y daba mayor viveza y colorido al caudal abundantísimo de su elocuencia. Era imposible copiar sus palabras, y tampoco había entonces taquígrafos que se atrevieran á intentarlo. Él mismo no podía reconstruir sus discursos, ni recordar tampoco la estructura de sus principales párrafos.

No escribía ni siquiera componía mentalmente sus discursos antes de pronunciarlos. Estudiaba bien el asunto de su oración, acariciaba con el pensamiento los puntos más interesantes de ella, y dejaba después libre curso á su espontaneidad é inspiración.

Había nacido en Isabela, el día 12 de Septiembre de 1840. Cursó en Barcelona la segunda enseñanza, y se graduó más tarde de Abogado en la misma ciudad. Allí ejerció su profesión durante algunos años, y allí adquirió también legítima fama en la tribuna y en la prensa.

Á los 22 años, cuando era todavía estudiante, fué laureado en un certamen poético que celebró la Sociedad Económica de Amigos del País, en elogio del pintor portorriqueño José Campeche. Cultivó indistintamente, durante toda su vida, el verso y la prosa, y en uno y otro género obtuvo merecidos triunfos; pero su inspiración ardorosa y vehemente encontraba más adecuada y completa exteriorización en el discurso oral, en la palabra que fluía raudamente de sus labios, sin las cortapisas de la rima y la versificación.

Sus triunfos profesionales más celebrados fueron un admirable discurso que pronunció en el Ateneo Catalán, combatiendo La pena de muerte; la defensa que hizo de Ángel Ursúa, ante la Audiencia de Madrid, y la magnífica conferencia que pronunció en Madrid, sobre La prueba de indicios, en la época en que se hallaba en estudio el Código penal español.

Durante la agitación que se produjo en España en favor de la abolición de la esclavitud, compuso una preciosa Biografía de Lincoln. Publicó también por aquel tiempo un canto lírico Al Trabajo, y un juicioso estudio político y social titulado Las Barricadas.

Escribió asimismo algunas obras notables para el teatro, entre las que descuella un drama trágico titulado María Antonieta.

En 1871 fué electo diputado á Cortes por el distrito de Mayagüez, y su elocuente palabra resonó con frecuencia en el Congreso español, en defensa de las reformas liberales de Puerto Rico. En 1879 regresó Corchado á su país, y trabajó briosamente en el foro, en la tribuna y en la prensa en favor de la justicia y de las libertades patrias. Ejerció también con éxito brillante el cargo de Diputado Provincial.

Era de estatura baja, de temperamento nervioso; muy afable y servicial en su trato, muy amante de la verdad y de la caridad, y muy sensible á los afectos de la amistad y de la familia.

Fatigado por la constante labor del espíritu, y sintiendo su salud algo quebrantada, se trasladó de nuevo á Madrid en 1884, y allí falleció, en Noviembre del mismo año.

Esta prematura muerte privó á Puerto Rico de un valioso factor de su cultura, y de un elocuentísimo defensor de sus derechos y de sus libertades.

UNA CONSULTA.

La faz entre el velo oculta,
Entró en mi despacho ayer
Temblorosa una mujer,
Para hacerme esta consulta:
—Busqué labor; no me dieron;
Limosna, y no conseguí,
Y cuando á casa volví,
Mis hijos pan me pidieron.
Presa de horror y de afán,
Desde mi propia cocina
Con un gancho, á una vecina
Conseguí robarle un pan.
Nada comimos ayer,
Y hoy lo mismo aconteciera,
Si al robo no recurriera.
Pregunto: ¿lo debo hacer?
La escuché petrificado;
Pan y dinero le dí,
Y por respuesta añadí:
—Que conteste otro abogado.

LA JUSTICIA.

Fragmento de un discurso de Corchado.

Contemplando Fidias, el gran artista griego, la inimitable labor de su cincel, sintióse dominado por la ambición de gloria, sintió el anhelo de inmortalidad, y concibió la idea de dejar su nombre escrito de un modo imperecedero. Labró entonces su maravillosa estatua de Minerva, apoyada majestuosamente en el escudo, y en medio de éste esculpió en visibles caracteres el nombre de "Fidias."

¿Por qué lo esculpió en el escudo, y no en otro sitio más importante de la famosísima escultura? Porque el escudo estaba tan íntimamente adherido á la mano, la mano al brazo y el brazo al resto del cuerpo, que no era posible arrancar el nombre sin arrancar el escudo; éste, sin destruir la mano; la mano, sin romper el brazo; el brazo, sin arruinar la obra en su totalidad. Así está, Señores, así está la Justicia grabada en la conciencia del hombre y de los pueblos. ¿Queréis arrebatarla de mi alma? Pues destruidme, pulverizadme, si queréis conseguir vuestro propósito.... Pero he dicho mal; ni aún así llegaréis á conseguirlo; no lo conseguiréis jamás. Mi alma, donde reside necesariamente la idea de la justicia, no puede morir. Libre, por vuestro atropello, de las ligaduras corporales, se remontará viva y fulgente al trono del Eterno, arquetipo de lo justo, y allí, alimentándose de su bondad sin límites, sentirá anhelo infinito de imitarle, y habrá de ser justa con Dios que la ha creado; justa con las otras almas que la solicitarán hacia el bien, y justa consigo misma.... ¿No veis, no comprendéis ahora claramente que la justicia, siendo ingénita en los seres humanos, tiene que ser al mismo tiempo eterna? ¿No existe el alma? ¿No es inmortal? Sí; luego la razón, que es facultad del alma, será eterna como ella, y conservará eternamente entre sus formas la forma indestructible de la justicia.

JOSÉ R. FREYRE.

Las energías humanas de la vocación en lucha constante con las dificultades del medio económico y social, ofrecen en la vida de don José Ramón Freyre un ejemplo digno de estudio y de meditación.

Nació en Mayagüez, en el año 1840. Su padre (hijo del general Freyre, de noble abolengo portugués y héroe de la famosa guerra española de la Independencia contra las legiones de Napoleón I) ejercía en Mayagüez el oficio de platero, con muy escasos recursos. Por esta causa no pudo alcanzar José Ramón más enseñanza que la de primeras letras, y en las horas que la escuela le dejaba libres ayudaba á su progenitor en los trabajos de aquel oficio.

Desde muy temprana edad se fué desarrollando en él una gran afición á la lectura y al estudio, y solicitaba con frecuencia la cooperación y el consejo de los hombres doctos, especialmente la de su maestro y amigo don José Ma. Serra, un dominicano inteligente, emigrado de su país por causas políticas, que ejerció en Mayagüez, durante muchos años, la enseñanza y el periodismo. Así se fué desarrollando y nutriendo la inteligencia de Freyre hijo, sin menoscabo de su labor diaria en el taller del padre.

Las primeras aficiones literarias que en José R. Freyre se despertaron, iban preferentemente hacia la forma poética. El verso era su encanto, y la colección de sus primeros ensayos forma un abultado tomo, que conservan sus hijos con noble y legítima estimación. Pero como él aspiraba á ser actor en la lucha que ya por entonces se iniciaba en favor de las reformas del régimen colonial, trató de ejercitarse también en la prosa, como instrumento más apto para la lucha diaria de las ideas. Hizo su primera tentativa de escritor fundando un pequeño periódico, que circulaba durante los entreactos en las funciones teatrales. Se titulaba Los Gemelos, y se hizo notar bien pronto por lo ingenioso y urbano de su crítica, y por la gracia y novedad de sus observaciones.

En el año 1870, cuando se organizaba el partido reformista portorriqueño al calor de las ideas democráticas de la Revolución española, los reformistas de Mayagüez eligieron á Freyre para la dirección de un periódico que propagara y defendiera en aquella ciudad las ideas y los intereses de su partido; y en ese periódico, que tuvo por nombre La Razón, se pusieron en evidencia las grandes dotes de escritor de aquel inteligente joven.

Baldorioty de Castro, en su periódico El Derecho, calificaba á Freyre de "concienzudo publista," y añadía que "ningún otro escritor del país había sido más recto ni más firme en la defensa de la Justicia y la Libertad."

Era, en efecto, un periodista excelente, que supo conservar en medio de las más ardientes luchas un lenguaje digno, mesurado y cortés, un aplomo completo y una dialéctica admirable. La abolición de la esclavitud tuvo también en Freyre un esforzado y constante paladín. Llegaba hasta el heroísmo en el cumplimiento de sus deberes políticos y en la defensa de su dignidad personal; era muy agradable y ameno en su trato, y en el seno de la familia era un constante modelo de ternura y amor.

Murió en 1873, en lo más florido de su juventud, y cuando la República española había libertado ya los esclavos de Puerto Rico, y concedido amplias libertades políticas á todos sus habitantes.

Es de lamentar que los trabajos periodísticos de este escritor no se hayan coleccionado, pues si como expresión de ideas y manifestación de luchas de otra edad carecen de aquel interés palpitante que tuvieron en su origen, siempre hubieran servido como buenos modelos de discusión política, de urbanidad literaria y de bien decir.

La siguiente composición poética fué escrita por Freyre en los primeros años de su juventud.

EL LAÚD.

FANTASÍA.

Al Supremo Hacedor de lo creado
Dirigí fervoroso mis cantares,
Pidiéndole calmara los pesares
Que desgarraron ¡ay! mi juventud.
Y el Sumo Ser oyóme con agrado
Y conmovióle mi cristiano acento;
Y mitigar queriendo mi tormento,
Del Rey Profeta me cedió el laúd.
Instrumento dulcísimo y sonoro,
De madera del Líbano formado,
Con dibujos magníficos grabado,
Embutido de nácar y marfil;
De sus cuerdas finísimas de oro
Salen acordes de sonidos suaves,
Semejantes al cantó de las aves
Cuando alegres recorren el pensil.
Ese laúd será mi compañero;
Con él he de marchar en mi camino,
Y doquiera me lleve mi destino
Sus cuerdas armoniosas vibraré.
Ora cruce resuelto erial sendero,
O de verdura un valle delicioso;
Ora esté en la mansión del poderoso,
O del mendigo en el hogar esté.
Pulsaré mi laúd con valentía,
Que en ello cifro mi ventura sólo,
Y como alumno del divino Apolo
Él me dará su sacra inspiración.
Y el mundo admirará mi fantasía
Al comprender el fuego de mi mente,
Y sin cesar esperará impaciente
Que salga de mis labios la canción.
Pero no esperará: porque fecundo
Prodigaré los cantos á millares,
Y armónicos los ecos, tras los mares
Repetirán los sones del laúd,
Y sumergido en éxtasis el mundo
Al escuchar las voces del poeta,
Como calmó á Saul el Rey Profeta
Yo calmaré del mundo la inquietud.
Cuando de fama me contemple rico,
Yo buscaré á mis padres afanoso,
Y obediente, sumiso y cariñoso
El báculo seré de su vejez.
Y á mi patria feliz, á Puerto Rico,
Arrullaré cual cumple á mi deseo,
Y de mis lauros el mejor trofeo
La sien adornará de Mayagüez.
Y al dirigirme á la mujer que adoro,
Al ángel tutelar de mis amores,
Envidia me tendrán los ruiseñores
Que no podrán mis cantos igualar;
Y los querubes del Castalio coro
Atónitos oirán mi melodía.
Cuando llame á esa hermosa prenda mía,
Mi Dios, mi bien, mi cielo, mi ideal.
Por la virtud sublime y bendecida,
Por la amistad, que enlaza á los humanos,
Siempre dispuestas estarán mis manos
Para tañer las cuerdas del laúd.
Y en recompensa, al acabar mi vida
El Universo admirará mi gloria:
Mi humilde nombre guardará la Historia,
Y adornarán laureles mi ataúd.

JOSÉ Mª. MONGE.

Nació en Mayagüez, en el año 1840, y sin más instrucción escolar que la primaria llegó á ser uno de los escritores más eruditos y cultos del país. Por sus estudios personales, sin auxilio de maestro alguno, aprendió el latín y pudo leer en sus textos originales á Horacio, Virgilio, Juvenal y otros autores clásicos, de su devoción. Aprendió también literariamente los idiomas inglés, francés y algo del italiano, y llegó á ser un buen hablista de su propio idioma.

Escribió en prosa y en verso, cultivó con buen éxito el género satírico en ambas formas, suscribiendo esta clase de producciones con el pseudónimo de Justo Derecho; fué uno de los periodistas más ilustrados é ingeniosos del país, y como poeta lírico deja verdaderos modelos de versificación y galanura de estilo.

Y todos estos triunfos los alcanzaba en medio de los accidentes fatigosos y á veces violentos de la lucha por la vida, á costa muchas veces del necesario descanso, y por medio de grandes esfuerzos de la voluntad.

Fué uno de los escritores antillanos que con más instrucción y acierto ejercieron en el siglo anterior la crítica literaria, y fué también un aventajado defensor de las ideas liberales en Puerto Rico.

Aunque no carecía de altas dotes poéticas, la preocupación retórica y el afán incesante de la corrección y de la rima solían acortar á veces el vuelo de su inspiración.

Joven aún, se unió en matrimonio á una bella mayagüezana, que fué su Musa inspiradora de toda la vida, y supo honrar su memoria después de muerto.

En un viaje que hizo á Italia en 1884, y acerca del cual escribió Monge un precioso libro, contrajo una fiebre malaria, que fué minando poco á poco su naturaleza y le ocasionó la muerte. Falleció en el mes de Marzo de 1891.

La esposa de Monge recogió cuidadosamente las obras inéditas de su dulce cantor, y las publicó en un bello libro, en 1897.

De ese libro fueron copiados los dos trabajos que se insertan á continuación:

LOS CAMPOS DE MI PATRIA.

Ya en el oriente la argentada lista
Al mundo anuncia el reluciente coche
Del poderoso rey, á cuya vista
Recoge el manto la callada noche.
De ópalo y grana, y oro y amatista,
Se van las pardas nubes decorando:
Murmura el manso río,
Y en las húmedas hojas resbalando
Las gotas de rocío,
En mil cristales diminutos saltan,
Que el valle alegre en su extensión esmaltan.
Del monte oscuro en la poblada cumbre
Destácanse mil árboles gigantes,
En cuyas copas la apolínea lumbre
Finge colores vívidos, brillantes.
Los crujientes bambús y los helechos
En sus dormidas aguas silenciosas
El lago azul retrata,
Y en recamados lechos
Las fuentes bulliciosas
Quiebran sus hilos de bruñida plata.
Ya en el risueño prado
Saltan los corderillos revoltosos,
Sale el buey del cercado;
El campesino la cabaña deja,
Y estirando los miembros perezosos,
La desgastada reja
Apresta sin tardanza,
Y removiendo fértil el terreno,
Deposita en su seno
Con la rica semilla, su esperanza.
Y mientras de su frente
Abundante sudor la tierra baña,
Óyense en la cabaña,
De su fiel compañera
Los sencillos cantares
Que entona, preparando los manjares,
Con los que ufana á su amador espera.
¡Oh, quién habrá que ciego
Á los encantos viva de Natura!
¡Quién que placer no sienta
Al contemplar el plácido sosiego,
La majestad sublime y la hermosura
De los alegres campos, donde ostenta
El Hacedor su inmenso poderío!
Venid, los que en la orilla
Del Támesis sombrio,
El canto no escucháis del avecilla
Que con presteza suma
Los espacios cruzando diligente,
En el cristal de solitaria fuente
Viene á empapar la matizada pluma.
Venid, los que del Sena
En la poblada margen bulliciosa,
Sólo miráis esplendidos placios
Y cúpulas soberbias, que parecen
Escalar de las nubes los espacios:
Y los que en leños débiles se mecen
Al compás de las aguas turbulentas
Del histórico Rhin, en cuya orilla,
Salvando de los tiempos el abismo,
Las ya negruzcas torres nos recuerdan
El pasado esplendor del feudalismo.
Venid todos, venid: en esta Antilla
Breve porción del mundo americano,
Donde Natura desplegó sus galas
En cielo, y mar, y cúspides y llano;
Donde agitan sus alas
El ruiseñor, la alondra y el jilguero;
Donde crece el banano
Y el rico limonero,
De la ciudad ornato y de la granja;
Donde brota el hicaco diminuto,
Al oro imita la sin par naranja,
Y el alto cocotero
Mece en los aires su sabroso fruto;
Aquí al rayo de lumbre matutina
Que ofrece por doquier bellos celajes,
Naturaleza ostenta mil paisajes
Que envidia dan á la región alpina,
Y á los fecundos valles
Que el Ararat altísimo domina.
¡Oh, si á las obras de natura sabia
También viese yo unidas
Aquellas que pregonan
La inteligencia y el esfuerzo humano!
¡Si desde las alturas que coronan
Las lomas florecidas
Y los extensos llanos
Donde crecen la caña cimbradora,
La palmera, y el mango, y el yagrumo,
Viese cruzar con rapidez que impone,
Entre penachos de humo,
Veloz locomotora!
¡Si en los bosques espesos
Que forman los cocales,
Viese pasar la barca silenciosa
Por los anchos canales
Trazados por la ciencia, que orgullosa,
Parte de su caudal quitando al río,
En múltiples variadas direcciones
Va llevando riqueza y poderío
Á lejanas é incógnitas regiones....
Entonces yo diría
Lleno de orgullo y de emoción sincera,
Que tú eras, patria mía,
Entre todas las otras, la primera!

CARTA DE JUSTO DERECHO AL CARIBE.

Héme ya otra vez, Sr. Caribe, por estos mundos de Dios, con la pluma detrás de la oreja y el biberón en los labios, dispuesto á seguir ocupando las columnas del Museo, á pesar de los peligros que corrió mi pobre persona al dar á luz mi último artículo, escrito lejos de aquí.

Al empezar el que hoy me ocupa, muéveme ante todo contestar la atenta carta que me dirigió Ud. en 17 de Febrero último, sintiendo que mis muchas ocupaciones no me hubiesen permitido hacerlo antes. Quizás le causará extrañeza saber que un liberal reformista esté ocupado, pero esa es la verdad, Sr. Caribe. Sin parientes ricos que me dejasen una herencia, y sin apercibir sueldo del Estado, cuéstame para ganar la vida trabajar sin descanso, hasta ver si reuno un capitalito, para perderlo con las Reformas, las cuales, según los vaticinios de los modernos Isaías, vendrán en forma de crecientes, inundándolo todo y dejando al país en completa ruina.

Créame, Sr. Caribe; cuando pienso que las libertades se han de tragar el fruto de nuestro trabajo, casi me dan tentaciones de pasarme al otro partido, y á fe que si no lo hago es porque me acuerdo de los tiburones.

Pero dejando al tiempo que resuelva si hemos de hallar en las reformas nuestra felicidad ó nuestra ruina, pasaré á tratar de su citada carta, en la cual me invita Ud. á entablar una correspondencia, con el fin de revelarnos mútuamente el resultado de las observaciones que hagamos en nuestras respectivas localidades. Acepto gustoso, Sr. Caribe, semejante proposición; pero no olvide que para lograr nuestro objeto tenemos que preparar de antemano nuestros aparatos fotocríticos, á fin de obtener copia exacta de innumerables tipos que nos rodean.

¡Si viera Ud. cuántas especies nuevas he encontrado á mi regreso á esta Villa, y las transformaciones que han sufrido algunas de las que ya conocía!

Los hombres patos, por ejemplo, que á mi salida frecuentaban los dos partidos aquí existentes, parece que no han podido sostenerse por más tiempo en la política anfibia, y han tenido que declararse. Unos, convertidos en verdaderos zaramagullones, se han lanzado por completo á la laguna conservadora; y otros, por temor del agua, han alzado el vuelo y recorren ahora las campiñas liberales. Huya Ud., Sr. Caribe, de los hombres patos, huya de una especie que, como ésta, es susceptible de vivir y engordar en dos elementos tan opuestos.

Otra de las que más han llamado mi atención, es la de los hombres boyas, individuos que sin conocimiento alguno de la geografía hidrográfica, se han colocado por sí mismos en el mar de nuestras reformas, para indicar á nuestro Gobierno los escollos que en él se encuentran y los peligros que corre la nave del Estado que los cruza en estos momentos.

Entre ellos, unos creen de buena fe en los peligros de la nación, y merecen nuestro respeto; otros temen los de sus intereses, y hay que dejar al tiempo que los desengañe; los menos, en fin, fervientes devotos de San Hermenegildo, desean crearlos para medrar y obtener una posición que por sus méritos no llegarían jamás á obtener.

Y ¿qué diría Ud., Sr. Caribe, si viese á los hombres gusarapos, esos que presentándose rara vez en la superficie, se agitan constantemente en el fondo, y allí sin ser vistos fomentan con sus maquinaciones los odios que deberían esforzarse en aplacar?

Y ¿qué diría Ud. de los hombres triquitraques, que hacen muchísimo ruido en todas partes, pero son incapaces de hacer daño? ¿De los hombres Janos, de esos que tienen dos caras en un solo cuerpo, y estrechan hoy vuestra mano y os llaman amigo, para injuriaros mañana, sólo por saciar su vil mordacidad?

Si no fuera por temor de extenderme demasiado y de cansar su paciencia, le iría presentando uno por uno los tipos de mi variada colección.

Hombres actores, que aparecen solos ante el público ocupando el escenario, pero que en realidad representan el papel que les asigna la comparsa que se agita tras de bastidores.

Hombres caracoles, que salen á insultar á los demás, lanzándoles epítetos injuriosos, y que tan pronto se ven combatidos por la razón y la justicia, corren á refugiarse en la concha de la nacionalidad.

En fin ¡son tantos y tan variados los personajes que van apareciendo desde hace poco en el campo de los partidos! ¿Y para qué? ¿No sabemos por experiencia que la política de nuestra isla es un organillo cuya manigueta está en manos del Ministro de Ultramar, y el registro en las del Gobierno, y que á merced de ambos está que el instrumento deje oir las notas de la marcha Real ó del himno de Riego?

Y si nuestro porvenir depende del porvenir de la madre patria, ¿por qué ese encarnizamiento entre nosotros? ¿Se necesita, por ventura, un juicio despejado para comprender que si aquella continúa en la marcha de regeneración y de progreso hemos de seguir los reformistas de acá pegados al biberón, mal que les pese á los conservadores, y que si viceversa el pueblo español retrocede, si vuelven los aciagos tiempos borbónicos, hemos de continuar comiendo conserva, mal que nos pese á los liberales? Si comprendemos todo esto; si unos y otros estamos como los muchachos jugando al catre, ¿por qué no correr cada uno por su lado, sin necesidad de insultarnos, hasta ver cuál llega primero?

Pero ¡ah! Sr. Caribe, para esto sería indispensable desterrar de la política á los hombres intransigentes, y esto es imposible.

Á nosotros nos llaman el partido de Ponce de León, porque creemos que las Reformas serán la fuente de Biminí que vendrá á rejuvenecer nuestra vida política. Á ellos les llamamos el partido el Calipso, porque acostumbrados á vivir en la gruta de las prerrogativas sin ser molestados, empiezan á ver en el horizonte algo que no les conviene, y porque á semejanza de aquella diosa, pasan su vida llorando á lágrima viva, ne pouvant se consoler du départ d'Ulysse.

En esta dilatada lucha, Sr. Caribe, ¿cuál partido triunfará, el de Ponce de León ó el de Calipso? El tiempo, cuya mano de hierro rasga el velo de la incertidumbre, vendrá pronto á disipar nuestra duda. Mientras tanto, luchemos llenos de fe y de confianza; pero luchemos con lealtad y con nobleza, dejando que otros menos escrupulosos sigan esparciendo en todas partes la semilla de la odiosidad.

Me he extendido, Sr. Caribe, más de lo que debiera, y á fe que si me dejase guiar por la comezón que siento de escribir, áun llenaría muchos pliegos de papel.

Siento no poder dar á mis lectores los atolitos liberales que les había ofrecido; pero ¿cómo soltar el biberón cuando las Reformas no han llegado aún todas?

Yo á veces, al ver la manera con que van llegando, me he figurado que siendo el Sr. Ministro un tanto aficionado al arte dramático, quizás haya concebido la idea de enviárnoslas en cuatro actos. Faltando solamente el último, que es nada menos que el desenlace, pronto podremos conocer el mérito de la obra.

Se me olvidaba decirle que los empleados de por acá, Sr. Caribe, están de enhorabuena, pues se acabaron los sueldos mezquinos, y hoy el que menos gana tres ó cuatro mil pesetas, y según va nuestro sistema monetario, el año entrante nos metemos en reales de vellón, y al siguiente, sin saber cómo ni cuando, nos encontramos con las papeletas.

¡Y luego nos quejaremos de que no se hacen reformas!

No terminaré mi artículo, Sr. Caribe, sin aconsejarle que cuando escriba sus observaciones, tenga, como, yo, mucha sangre fría, y se prepare á oir los injuriosos epítetos que nos lanzarán mezquinos contrarios. En cuanto á mí, ya sabe Ud. que me llaman mamalón, aunque no acostumbro vivir del prójimo ni pertenezco á la especie de hombres Telémacos, de esos náufragos que se presentan en la isla de Calipso, para vivir allí regaladamente, á costilla de la diosa, contando sus pasadas aventuras. Ya sabe Ud. que me llaman injusto y torcido, aunque soy partidario de la igualdad y á pesar de andar derecho, sin que mi cuerpo revele defectos físicos.

Así, pues, con la cabeza erguida y á despecho de ciertas capacidades que sólo deslumbran á unos pocos, continuaré impertérrito mi camino, esperando que Ud., Sr. Caribe, haga lo mismo, pues de este modo nos hemos de divertir mucho con las miserias de este mundo.

GABRIEL FERRER HERNÁNDEZ

Nació en San Juan, el día 5 de Octubre de 1847. Aunque hijo de padres pobres, logró á fuerza de aplicación y constancia graduarse de Bachiller en Artes en el Seminario Conciliar, y á los 21 años de edad ejercía en Bayamón el cargo de maestro de instrucción primaria.

Aspiraba Ferrer á mayores triunfos intelectuales, y reunió algunos recursos para trasladarse á Europa, con el propósito de estudiar Medicina. Estudió con admirable empeño, se graduó en la Universidad de Santiago de Galicia, y regresó luego á su país, en donde se hizo pronto notable en la práctica de su profesión.

Prestó también importantes servicios políticos y administrativos como Diputado provincial y miembro del Directorio del partido autonomista y de la Cámara de Representantes; fué catedrático de Física y Química en el Instituto civil, y de Anatomía en la Institución de Estudios Superiores. Cooperó con verdadera eficacia á los progresos del Ateneo, del que fué Vicepresidente; dió en él conferencias importantes; colaboró en los principales periódicos del país y en algunos del extranjero, y prestó ayuda entusiasta á casi todas las empresas de utilidad pública que se iniciaron en el país desde 1875 hasta el día de su fallecimiento.

Era muy aficionado á los estudios literarios en prosa y verso; cultivó también el género dramático, y de sus aficiones educativas nos quedan como recuerdo un valioso estudio acerca de La Mujer puertorriqueña, y la mejor Memoria que se ha escrito bajo la soberanía de España sobre La Instrucción pública en Puerto Rico.

Publicó un poema titulado Consecuencias, y deja inédito un tomo de poesías líricas.

Era hombre de arranques generosos, algo apasionado y vehemente, pero de inteligencia muy clara y de noble corazón.

Á EMILIO CASTELAR.