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Antología portorriqueña: Prosa y verso

Chapter 58: III
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About This Book

A curated school-oriented collection gathers biographical sketches and selected prose and verse by deceased Puerto Rican writers, accompanied by editorial notes and a pedagogical address to young readers. Arranged by author, the selections range from essays and speeches to letters and poems, highlighting civic, moral, educational, and patriotic themes. The volume offers contextual commentary and readable samples intended to honor earlier generations and guide students in appreciating the island's literary and intellectual heritage.

Sin tempestad que en los espacios brame
Fuera menos querida la bonanza,
Y la paz del espíritu se alcanza
Cuando se vence á la pasión infame.
Quien á las puertas de la gloria llame,
Tome primero la guerrera lanza,
Entre en la lucha con viril pujanza,
Y antes la acción que la molicie ame.
Así la patria que angustiada gime
Bajo el pie de la odiosa tiranía,
Con palabras de amor no se redime.
Si el hambre fiera, demacrada y fría,
Siempre en Egipto su segur no esgrime....
¡Es porque el Nilo se desborda un día!

LA EDUCACIÓN DE LA MUJER.

Decía Napoleón I, y la experiencia ha confirmado su dicho, que el porvenir de un hijo es siempre la obra de su madre. Nosotros, parodiando al invicto Emperador, consignamos que la felicidad del hombre será siempre la resultante de una buena educación de su compañera. Pues qué, ¿no son patrimonio de la ignorancia y el escándalo las palabras mal sonantes, la falta de prudencia, el olvido, en fin, de todas las conveniencias sociales? El buen ejemplo de una madre, es el bello cuadro en que deben recrearse constantemente los hijos. Y ¿cómo ha de servir de modelo la que empieza por desconocerse á sí misma?

El hombre, siempre ávido de nuevas sensaciones, y con tendencia natural á satisfacerlas con lo que mejor se aviene á su carácter; más culto, más ilustrado, llega á cansarse de la conversación insulsa de la esposa. Sus modales ásperos, su desenvoltura quizás, le repugnan; el no poderla pedir consejo, le desespera; lo impertinente de sus exigencias le llena de ira; y ¿qué sucede con semejantes defectos? El cariño se convierte en indiferencia; los momentos de permanencia en la casa son como siglos que no pasan nunca, y surgiendo el encono, naciendo la disidencia, tomando forma el despecho, la dulce tranquilidad del hogar y la dicha que en él reinaba desaparecen para no volver. Todo ha sufrido un horrible cambio; escombros sólo quedan del magnífico edificio que el amor había levantado, y los hijos ¡oh! los hijos, esos pedazos del alma que todo esto debieran ignorar, recogen el fruto de tanta discordia; connaturalizándose con lo que de sus padres aprendieron, tocando más tarde en la vida práctica las tristes consecuencias del mal ejemplo, llegan á maldecir, no lo dudéis, á los autores de tantos sufrimientos.

La educación, fuente inagotable de bondades, ha de ser la piscina sagrada en donde, bebiendo la mujer el puro néctar de la ciencia, regenere sus naturales inclinaciones, modere las tendencias de sus caprichos.

"La mujer ilustrada, dice el Doctor Salustio, está exenta de las supersticiones que degradan el alma, de la charlatanería y de la murmuración.

"Con el cultivo de las ciencias y las artes, ejercitará su inteligencia, enriquecerá su entendimiento y podrá comprender al hombre, colocándose á su nivel.

"La mujer debe ser iniciada por su madre en los importantes deberes que está llamada á cumplir en sociedad; debe ser hacendosa, casta, benéfica, sincera y trabajadora; necesita conocer la economía doméstica, la higiene, la fisiología, la botánica, la medicina doméstica, que la cariñosa madre echa tanto de menos al velar junto á la cuna de su niño enfermo, viéndolo sufrir, sin poder hacer nada para aliviarlo, en un accidente repentino ó desgraciado.

"La madre debe saber además, que de la habitación que un niño ocupa, de la apreciación bien ó mal hecha de tal ó cual predisposición hereditaria ó adquirida, de los alimentos y de los ejercicios, pueden resultar la salud ó la enfermedad y el estancamiento de su organización física; las afecciones escrofulosas, raquíticas, etc., de la infancia, que según la opinión unánime de todos los médicos son susceptibles de ser ahogadas en sus gérmenes, no harían tantos estragos, si llamados aquellos oportunamente por madres previsoras, opusiesen á su desarrollo los medios que la ciencia aconseja."

Todos estos conocimientos, que tan sabiamente reconoce como necesarios en la mujer el Doctor de referencia, y que indudablemente le son de absoluta é indispensable necesidad, ni puede adquirirlos hoy en Puerto Rico, ni en manera alguna son conocidos de la mayoría.[3]

Con el sistema de enseñanza tan deficiente en nuestra Isla, no diré ya de las niñas, sino de los mismos jóvenes, imposible de todo punto se hace el llenar la obligación que de educarlos tenemos, cuando ni siquiera el número de las escuelas primarias es suficiente á cubrir las más apremiantes necesidades.

Sin saber leer ni escribir, es imposible de todo punto dar un solo paso en el camino de la ilustración; y como de aquella base han de arrancar los conocimientos que en adelante puedan adquirirse, de aquí el que, siendo preciso empezar por establecer esa base, haya necesidad de crear número suficiente de escuelas, hasta llenar el defecto que hoy acusamos.

No nos cansaremos de manifestar una y mil veces, que para poner remedio á tantos males se necesita centuplicar los centros de instrucción, haciéndola de todo punto obligatoria, sin que tengamos por despotismo ni tiranía, sino más bien como práctica digna de todo encomio, el que se castigue severamente á los padres, tutores ó encargados que, teniendo un deber de conciencia que cumplir, no aprovechan los medios que se hallan á su alcance para llenar la noble misión que les está encomendada.

Dado este importante paso, echados los primeros cimientos del suntuoso edificio de la regeneración de la mujer, vencidos los primeros inconvenientes, las futuras generaciones, más ricas, más fecundas en bienes, ofrecerán al hombre una digna y virtuosa compañera.

Pero no basta todavía que haya escuelas; es preciso ante todo, para que el resultado corresponda á lo que deseamos, que las profesoras, educadas expresamente para este objeto, reunan dotes indispensables para dirigir á la juventud.

Creemos que las señoras ó señoritas encargadas de guiar á las niñas, habiendo adquirido sus títulos en escuelas normales, deben unas dirigir á la infancia amoldando su tierno corazón á los principios de la sana moral, robusteciendo otras esa educación moral recibida, por medio de los conocimientos superiores.

Pero como además de estos que pudiéramos llamar indispensables, necesítanse otros que completen la educación femenina, las profesoras de primera enseñanza, convenientemente preparado el terreno, pueden ampliarlo con las labores propias del sexo, sin abandonar un solo instante la educación moral, sobre la que debe cimentarse todo cuanto la mujer aprenda, sea cualquiera el oficio, arte ó profesión á que cada una piense dedicarse.

Los conocimientos llamados de adorno, y que tanto se avienen con su carácter, no se les deben escasear en modo alguno; la música, depurando los sentimientos más delicados del corazón; la pintura, despertando el sentimiento de lo bello; la escultura enseñando á percibir las imperfecciones del cuerpo, remedo de las del alma, además de la actividad intelectual que desarrollan, facilitan la manera de matar el ocio, causa muchas veces del olvido del deber.

Es preciso, por otra parte, tener muy en cuenta que no conviene exigir á las niñas nada que no se avenga con su edad y naturales disposiciones.

El olvido de este consejo, altamente práctico, tiende positivamente á sofocar las más envidiables dotes, facilitando la manera de contraer enfermedades que consumen los más privilegiados organismos.

¿Cómo obligar á una niña á permanecer horas enteras guardando un silencio mortificante á su edad? ¿Cómo exigir de su naciente inteligencia progresos incompatibles con su desarrollo? No siempre el que marcha más de prisa llega el primero al término deseado.

Entreténgase solamente á la niña en los primeros años, permítasele la distracción y el juego; hágase que los mismos objetos de entretenimiento sirvan de medios para irla disponiendo al estudio, y no se la obligue á ejercitarse en labores inmediatamente, pues ni tiene fijeza para observar lo que se le enseña, ni sus manecitas están todavía preparadas para manejar la aguja, como equivocadamente se supone.

¿Por qué no poner en práctica, para la educación de las niñas menores de siete años, el recomendado sistema de Froebel, sustituyendo la demostración material con la enseñanza intuitiva á la tan difícil abstracta y teórica?

JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ

Fué uno de los poetas portorriqueños de más exquisita sensibilidad, y el que ha exteriorizado hasta ahora mayor intensidad de sentimiento en sus composiciones.

Nació en Caguas, el año 1850, y fueron sus padres Don Rodulfo Gautier y Doña Alejandrina Benítez, poetisa de notable inspiración y cultura. Huérfano de padre en la adolescencia, quedó su educación y dirección social á cargo de la inteligente madre, y ésta influyó de manera decisiva en la vocación literaria y sentimental de su hijo.

No poseía muchos bienes de fortuna la familia Gautier Benítez, por lo cual José, que era el único varón de ella, tuvo que pensar en ganarse la vida, antes de dar cima á una carrera literaria, como eran sus propósitos. Ingresó en una Academia Militar establecida en San Juan, obtuvo el grado de cadete de infantería hacia el año 1867, y se trasladó á Toledo (Castilla) en donde fué graduado subteniente.

Pero á pesar de la libre, bulliciosa y pintoresca vida de la oficialidad militar en España, sentía Gautier Benítez una profunda nostalgia, un anhelo vehementísimo, irremediable, de volver á su patria querida, de hollar y besar el suelo siempre floreado de su Boriquén.

Se disculpaba entre sus compañeros de la abstracción y añoranza en que vivía, en sentidísimas estrofas como ésta:

Perdonadle al desterrado
este dulce frenesí:
pienso en mi mundo adorado,
y yo estoy enamorado
de la tierra en que nací.

No pudo permanecer mucho tiempo en esta tensión de espíritu, y el amor á Puerto Rico venció bien pronto al amor á la carrera militar y aun á la gloria de las armas. En 1872 renunció su nueva profesión, se embarcó para su amada tierra, y al divisarla desde el horizonte improvisó una de sus más tiernas y populares composiciones.

Formó parte de la Redacción de El Progreso, que dirigía entonces Don José Julián Acosta; pero no era apto para la lucha política, á que se reducían entonces casi todos los trabajos de la prensa. Escribió una serie de sátiras en versos contra ciertos errores y malas costumbres sociales, y luego desempeñó algunos cargos administrativos en los centros oficiales de San Juan.

En el año 1878 fundó, en unión de Don Manuel Elzaburu, la Revista Puertorriqueña, repertorio mensual de literatura y ciencias, que gozó de gran estimación; pero que duró poco tiempo, á causa de la enfermedad del pecho que ya minaba aquella naturaleza excepcionalmente delicada y poética.

Recluído en su hogar, donde le acompañaban amorosamente su esposa é hijos, escribió en sus últimos años, muy enfermo ya, las mejores poesías que de él nos quedan, como el canto Á Puerto Rico, laureado en certamen público, y que se inserta á continuación; La Barca, Insomnio, Apariencias, y algunas estrofas amargas de su canto de cisne, Renacimiento, del que sólo ha dejado algunos fragmentos notabilísimos.

También escribió en los últimos días de su vida las siguientes estrofas dirigidas á sus amigos:

Cuando no reste ya ni un solo grano
De mi existencia en el reloj de arena,
Al conducir mi gélido cadáver,
No olvidéis esta súplica postrera:
No lo encerréis en los angostos nichos
Que llenan la pared, formando hileras,
Que en la lóbrega angosta galería
Jamás el sol de mi país penetra.
El campo recorred del cementerio
Y en el suelo cavad mi pobre huesa;
Que el sol la alumbre y la acaricie el aura
Y que broten allí flores y hierbas;
Que yo pueda sentir, si allí se siente,
Á mi alredor, y sobre mí, muy cerca,
El vivo rayo de mi sol de fuego
Y esta adorada borinqueña tierra.

Falleció en 24 de enero del año 1880, y sus amigos, como los de Alfredo de Musset, cumplieron al pie de la letra esta súplica del poeta moribundo. En un sitio céntrico de la necrópolis de San Juan, completamente bañado por el sol, y entre flores y hierbas de perpetua lozanía, se alza un elegante túmulo coronado por un bien esculpido busto del poeta, en mármol de Carrara, y allí, en contacto con la tierra que tanto amó, yacen los restos del dulce cantor de Puerto Rico. En su lápida principal están grabados los anteriores versos, como á manera de epitafio.

¡PUERTO RICO!

¡Borinquen! nombre al pensamiento grato
Como el recuerdo de un amor profundo,
Bello jardín, de América el ornato,
Siendo el jardín América del mundo.
Perla que el mar de entre su concha arranca
Al agitar sus ondas placenteras;
Garza dormida entre la espuma blanca
Del níveo cinturón de tus riberas.
Tú, que das á la brisa de los mares
Al recibir el beso de su aliento
La garzota gentil de tus palmares;
Que pareces en medio de la bruma
Al que llega á tus playas peregrinas,
Una ciudad fantástica de espumas
Que formaron jugando las ondinas.
Un jardín encantado
Sobre las aguas de la mar que domas,
Un búcaro de flores columpiado
Entre espuma y coral, perlas y aromas.
Tú que en las tardes sobre el mar derramas
Con los colores que tu ocaso viste
Otro oceano de flotantes llamas;
Tú que me das el aire que respiro
Y vida al canto que espontáneo brota,
Cuando la inspiración en raudo giro
Con sus alas flamígeras azota
La frente del cantor; ¡oye mi acento!
El santo amor que entre mi pecho guardo
Te pintará su rústica harmonía;
Por tí lo lanzo á la región del viento,
Tu amor lo dicta al corazón del Bardo
Y el Bardo en él su corazón te envía.
¡Óyelo, patria! El último sonido
Será, tal vez, de mi laúd; muy pronto
Partiré á las regiones del olvido.
Mi juventud efímera se merma,
Y ya en su cárcel habitar no quiere
Un alma melancólica y enferma.
Antes que llegue mi postrero día
Y mi cantar se extinga con mi aliento,
¡Toma, patria, mi última poesía!
¡Ella es de mi amor el testamento!
¡Ella el Adiós que tu cantor te envía!
Tres siglos ha, que el hombre
Encerrado en el viejo continente,
Ni en tí pensaba ni soñó tu nombre.
Tu ser fué una bellísima quimera
Á los que vían el confín del mundo
De Thule en la fantástica ribera;
Pero sonó una hora en el gigante
Reloj que marca su existencia al orbe,
Y abrió sus ondas el airado Atlante.
El dedo del destino
Tocó de un hombre en la ardecida frente,
Y entre las ondas le mostró un camino.
Él tan sólo quería,
Cruzando las regiones de Occidente
Volver al sitio donde nace el día;
Al viento del azar tendió sus velas
Desde el confín del túrbido oceano,
Y la suerte llevó sus carabelas
Á chocar con el mundo americano.
De ese mundo, bellísimo fragmento
Eres ¡oh patria! que en el mar lanzara
Un cataclismo al estallar violento;
Mas trajiste tan sólo su belleza,
Sin copiar del inmenso continente
La pompa y el horror de su grandeza;
Ni el Tigre carnicero,
Ni el León, ni el Jaguar en tu montaña
Lanzan su grito aterrador y fiero;
Ni el Boa se retuerce en la llanura.
Ni entre las aguas de tu manso río
Turbar el onda transparente y pura
Se ve al Caimán indómito y bravío.
Ni arrojas al Atlante
De la playa pacífica, el inmenso
Rey de los ríos, Marañón gigante.
Ni tus montes con ruido subitáneo
Estremecidos en su base crujen,
Cuando con ronco respirar titáneo
El Orizaba y Cotopaxi rugen.
Y no estremece un Niágara tu suelo
Al desplomar la inmensa catarata,
En la que el Iris, el pintor del cielo,
Une á las franjas de luciente plata,
Oro, y carmín, y púrpura, y topacio,
Mientras en los cristales se retrata
Fiero el Condor, monarca del espacio.
Tienes.... la caña en la feraz sabana,
Lago de miel que con la brisa ondea,
Mientras su espuma, la gentil guajana
Como blanco plumón se balancea.
Y la palma, que mece en el ambiente,
Encerrada en el ánfora colgante,
La linfa pura de su aérea fuente;
Y de tus montes en el ancha falda
Donde el Cedro y la Péndola dominan,
Luce el Cafeto la gentil guirnalda
Del combo ramo que á la tierra inclinan
Las bayas de carmín y de esmeralda.
Tú tienes, sí, tus noches voluptuosas
Que amor feliz al corazón auguran,
Y en un verjel de lirios y de rosas
Manantiales de plata que murmuran.
Tórtolas que se quejan en los montes
Remedando suspiros lastimeros,
Palomas y turpiales y sinsontes
Que anidan en floridos limoneros.
Todo es en tí voluptuoso y leve,
Dulce, apacible, halagador y tierno,
Y tu mundo moral su encanto debe
Al dulce influjo de tu mundo externo.
Por eso, en aquel día
Que abordaron las naves castellanas
Á tus bellas riberas, patria mía;
Tus tribus aborígenes,
Dominado el temor que las llevara
Al seno oscuro de tus selvas vírgenes;
Tranquilas contemplaron
Regresando apacibles á tu orilla,
Cómo los brazos de la Cruz se alzaron
Bajo el rojo estandarte de Castilla.
Pura amistad vehemente
Unió los hombres que aportó el abismo,
Del indio rudo en la tostada frente
Cayó el onda sagrada del bautismo.
Después ya roto del temor el dique
La llama del amor lució esplendente,
La dulce hermana del primer Cacique
Llamó su esposo al paladín de Oriente.
Y tú fuiste el joyel que traspasaba
El casto beso de su amor primero.
Del señorial cintillo de Agueynaba
Á la corona del monarca ibero.
Y después.... y después...., nunca mi canto
Pinte el hondo luchar de las pasiones,
Ni el exterminio, la crueldad, y el llanto,
Mancha de los humanos corazones.
Borremos del error las hondas huellas
Que á la infeliz humanidad desdoran,
Porque hombre soy.... y me avergüenzo de ellas.
Llegó un día fatal de horror y duelo,
Que en el del oro tras el torpe lucro
La vil esclavitud manchó tu suelo;
¡Y el huracán del golfo americano
Dejó las naves abordar tranquilas
Á las riberas del jardín indiano!
Y tú, ¡patria! la perla de Occidente,
No te volviste al seno de los mares
Para lavar la mancha de tu frente!
Mas no en vano en Judea
Corrió la sangre de Jesús, sellando
El triunfo santo de su santa idea,
Mas no en vano anhelante
Camina el mundo por el ancha vía
Del progreso, adelante;
Brilló una aurora de feliz memoria
En que cesaron lágrimas y duelos
Borrándose una mancha de la historia,
Y mil y mil acentos,
Dieron tu nombre ¡Libertad sagrada!
Á los montes, los valles, y los vientos.
¡Y ni una sola represalia impía!
Ni una venganza profanó tu suelo!
¡Bendiciones y cantos, patria mía,
Perdiéronse en las bóvedas del cielo!
¡Extraño cuadro! que en el ancha tierra
Al vencer la opresión en lucha santa,
De entre el lago purpúreo de la guerra
La libertad sangrienta se levanta.
Dios debió sonreír viendo á su hechura
Hacer del paria hermano cariñoso,
Y del ángel tomar la investidura
Al realizar un acto tan hermoso.
Y bendecirte conmovido y tierno,
Porque sólo en tu suelo hospitalario,
Al dulce influjo de tu mundo externo
Se vió la Redención sin el Calvario.
Otro paso adelante; sin que vibres
El arma fratricida.
En el concierto de los pueblos libres
Se levanta tu voz; savia de vida
Y juventud circula por tus venas,
Cuando la noble España conmovida
Quebranta del colono las cadenas.
Ya no eres, patria, un átomo perdido
Que al ver su propia pequeñez se aterra,
Ni un jardín escondido
En un pliegue del manto de la tierra.
Eres el pueblo que su voz levanta
Si la justicia y la razón le abona,
Que las exequias del pasado canta
Y el himno santo del progreso entona.
Tú no serás la nave prepotente
Que armada en guerra al huracán retando
Conquista el puerto, impávida y valiente
Las ondas y los hombres dominando;
Pero serás la plácida barquilla
Que al impulso de brisa perfumada
Llegue al remanso de la blanca orilla;
Que ése es, patria, tu sino,
Libertad conquistar, ciencia y ventura,
Sin dejar en las zarzas del camino
Ni un jirón de tu blanca vestidura.
Y, patria,.... Si me engaño.
Si me reserva mi destino impío
Llorar tu ruina y contemplar tu daño;
Si he de escuchar tus ecos
Devolverme entre lágrimas y horrores
El ronco acento de los bronces huecos;
Si fuera mi laúd el destinado
Para cantar tu pena y tu agonía....
¡Ah! que le mire pronto destrozado
¡En mis trémulas manos, patria mía!
Y antes que el mal en tu recinto nazca
Y contemplarlo con espanto pueda....
¡Que disponga el Señor cuando le plazca
De este resto de vida que me queda!
Mas si Jehová le concedió al poeta,
Al cantar á su patria y su destino,
La doble vista del veraz profeta;
Si ha de unirse mi nombre con tu historia
Para ser el cantor de tu alegría,
Para ser el heraldo de tu gloria;
Dios me conceda al verte
De venturas y triunfos coronarte,
¡Una vida sin fin para quererte!
¡Y una lira inmortal para cantarte!

FRANCISCO ÁLVAREZ

Si faltaran ejemplos para demostrar el maravilloso poder de la vocación y los prodigios de la constancia y de la voluntad, muchos y excelentes pudieran encontrarse en la vida y en las obras de este infortunado poeta.

Nació en Manatí á mediados de Diciembre del año 1847. Sus padres, don Manuel Álvarez y doña Carmen Marrero, eran pobres y no pudieron dar á su hijo más que una instrucción elemental muy defectuosa é incompleta.

Murió el padre de Francisco Álvarez cuando éste llegaba apenas á los trece años, y le quedó por herencia una enfermedad de la sangre, de imposible curación, según el parecer de los médicos que le asistían. Débil, enfermo y sin poderse valer á sí mismo, tuvo que acudir al trabajo para vivir y auxiliar en algo á su madre achacosa y de escasas energías.

Recurrió al trabajo personal como dependiente en una pequeña tienda del campo, fundada para recolectar y preparar frutos para el mercado. Trabajó con gran diligencia y honradez, y obtenía una retribución insignificante; pero le alentaba la idea de ser útil á su madre, á la que profesaba un gran cariño.

Pero bien pronto se vió atormentado por dos grandes inquietudes: su enfermedad y su inspiración. Se agravaron sus males físicos, y en medio de las fiebres que amenazaban aniquilar por grados aquella naturaleza endeble, se sintió poeta.

No es fácil formar una idea exacta de las angustias de aquella alma privilegiada que propendía á subir, á elevarse, á dominar las alturas, aprisionada en un cuerpo mezquino, doliente, lacerado, que se movía con dificultad y se inclinaba á la tierra, amenazado de muerte prematura. Otro conflicto mental, derivado del anterior, le atormentaba también: sentía bullir en su cerebro y palpitar en su corazón un mundo de ideas generosas y de sentimientos poéticos, que no lograba exteriorizar por falta de expresión adecuada, de vocabulario, de forma estética, de cierta preparación literaria que le permitiera vestir decorosamente aquellas ideas y aquellos sentimientos.

Así empezó á escribir sus primeros ensayos, que rasgaba y destruía después, avergonzado del desequilibrio enorme que notaba entre lo que concebía y lo que lograba expresar.

Renunció á su colocación mercantil, aprovechando la mejoría de salud de su madre; pidió libros prestados, y pidió consejos á las personas de alguna instrucción literaria, que iba conociendo; leyó con avidez, compuso y destruyó muchos de sus ensayos poéticos, hízose agente y corresponsal de algunos periódicos, y por último fundó y dirigió uno, titulado "La Voz Del Norte," en el que publicó sus primeros ensayos poéticos.

Eran éstos muy deficientes al principio, pero mejoraban notablemente cada día, por efecto del estudio incesante y del ejercido metódico y razonado del autor.

Una de estas composiciones, dirigida á un amigo suyo pidiéndole libros, terminaba así:

¡Dadme libros, dadme libros
que templen mis hondas penas,
y esta sed que siente el alma
de arte, luz, verdad y ciencia!

De este modo fué Francisco Álvarez enriqueciendo su mente y perfeccionando su dicción, hasta llegar á escribir un libro de versos muy estimables y un drama en dos actos, titulado Dios en todas partes, que se representó en Manatí, el 19 de Febrero de 1881, tres semanas antes de su muerte.

Hay en sus obras una gradación notable, que indica al observador los progresos que iba realizando en lucha con tanta desgracia y con su propia decadencia física, y que permite calcular hasta dónde hubiera llegado en la perfección de sus producciones si hubiera vivido algún tiempo más. Por desgracia falleció el día 4 de Marzo de 1881, á los treinta y dos años de edad, en plena florescencia de su ingenio, retardada por la enfermedad, y cuando iba logrando dar forma literaria á sus pensamientos, á favor de esfuerzos admirables.

Sus poesías más celebradas son: Á América, Meditación Nocturna, La Primavera y Últimos Cantos.

El pueblo de Manatí ha honrado merecidamente la memoria de este poeta mártir, que dejó en sus obras, aunque imperfectas, muestras muy valiosas de su ingenio, de la bondad de su alma y de su cristiana resignación.

Á AMÉRICA

¡Cuántas veces, oh América, he templado
Mi inacorde laúd para cantarte,
Y cuántas ¡ay! mi plectro ha vacilado!...
De admiración absorto al contemplarte,
Por tan rara belleza fascinado,
Nunca pudo mi acento consagrarte
El himno de mi amor grande y profundo;
Canto digno de tí, virgen del mundo.
Y decía mi mente contristada:
¿Cómo, al concierto universal que brota
De esa región espléndida, encantada,
De mi plectro uniré la débil nota,
Si yo, cual avecilla en la enramada
Que aun es al valle su canción ignota,
No tengo voz par elevar cantares
Á esa ondina que flota entre dos mares?...
Mas hoy resbala en el laúd mi mano,
Y no me es dable contener mi acento;
Y desde el mar de Atlante al Oceano
Que apenas riza el aura con su aliento,
Del Hudson hasta donde el araucano
Libre habita, mi voz el raudo viento
Lleve en sus ondas, cual la esencia pura
De la humilde oración lleva á la altura.
Y al ensalzar la mágica belleza
De ese edénico mundo rico, ingente,
Evoque mi memoria la grandeza
Del genovés intrépido y sapiente,
Que realizó la sin igual proeza
De arrancar al abismo un continente;
Y al nombre de Colón, que mi estro inspira
Adune el de Isabel mi pobre lira.
Y si tú, grave Musa, inspiradora
De Herodoto, de Tácito y Mariana,
Ocultas á la mente escrutadora,
De la bella región americana
El prístino existir, deja en buen hora
Á mi entusiasta inspiración, que ufana
Pida á la egregia Erato noble aliento,
Que dé vida á mi pobre y rudo acento.
Y escalando la andina, enhiesta cumbre
Mi osada fantasía, el panorama
De mi soñado edén ledo columbre....
¡Oh!... ya en lecho de flores, que recama
Natura, y abrillanta fébea lumbre,
Contemplo á la deidad, de quien es fama
Que un tiempo fué cacica, ¡cuyo imperio
Trocó el conquistador en cautiverio!
Mas vedla: ya no es india desgraciada:
Es la vestal ceñida de azahares
Que en ropaje de flores recatada,
Entre plátanos, cedros y palmares
Se mira muellemente reclinada;
Y extendiendo por brazos los dos mares,
Brinda amorosa, en fraternal exceso,
Próvido asilo al hombre y al progreso.
¡Salve, aurora del mundo bendecida,
Que á los caducos pueblos del Oriente,
Cual amante esperanza concebida,
Te muestras en tu alcázar de Occidente;
Y luces cual tu hermana, que ceñida
De rosas, al Ofir brilla riente;
Ella brindando luz á la mañana;
Tú, albor de paz á la familia humana!
Que tú, precioso búcaro esmaltado,
Que del amor universal la esencia
Ocultas en tu seno perfumado;
Oasis, que creó la Providencia
Para el pueblo infeliz, que fatigado
Sufre tal vez, errante, la inclemencia
De la bárbara guerra maldecida....
¡Tú eras la amada tierra prometida!
Que allá, cuando del arte el férreo brazo
Dome el ítsmico, ingente promontorio,
Y Anfitrite y Neptuno en tierno abrazo
Celebren en tu suelo el desposorio;
Cuando de paz y libertad el lazo
Una á tus hijos; tú, virgen emporio
De belleza y de amor, el casto beso
Recibirás del inmortal progreso.
Y en ese fausto día en que las fiestas
Celebren de tu dicha, alborozadas
Las Driades en tus bosques y florestas,
En tus ríos las Náyades sagradas,
Y en tus valles las Ninfas más apuestas;
Un coro se alzará de bellas Hadas,
En Sorata[4] y en Sierra Verde altiva,
Ceñidas de laurel, mirto y oliva.
Será la excelsa pléyade que alienta
Los más preclaros hechos de la Historia;
Concurso de vestales que sustenta
El sacro fuego de la patria gloria;
Legión que en su estandarte al orbe ostenta,
De universal progreso la victoria...
Hosanna, ellas dirán en sus canciones,
Proclamándote emporio de naciones.
Sin savia entonces, juventud ni vida
Los pueblos del Oriente, mi estro abona
Que desde el viejo mundo, conmovida
De maternal orgullo, una matrona
Elevará su voz de gloria henchida;
Será la ilustre España, que á tu zona
Este acento enviará de amor profundo:
"¡Yo fuí tu madre, emperatriz del mundo!"
Yo entonces, en el lecho del olvido,
En rincón apartado y silencioso,
Moraré con las sombras confundido;
Mas al oir el eco misterioso
Por la brisa en mi tumba repetido,
Se exaltará mi espíritu, orgulloso
(Aun de la muerte en el oscuro arcano)
De haber sido español y americano.

MARIO BRASCHI

Aunque no dejó libro ninguno que dé á las nuevas generaciones idea clara de su talento y de su estilo, no sería justo prescindir en esta Antología de un luchador por la cultura y las libertades públicas tan ardiente y asiduo como Mario Braschi.

Nació en Juana Díaz, el 19 de enero de 1840, y en ese mismo pueblo recibió la instrucción primaria.

Su vocación por las tareas periodísticas le llevó en los primeros años de su juventud á Ponce, y empezó á publicar crónicas y artículos varios en los periódicos de aquella ciudad, con el transparente seudónimo de Riomar, que después cambió por el más expresivo de Cantaclaro. Había ya en estos trabajos cierta tendencia incisiva y mortificante para la administración y el gobierno de la colonia, y el censor de imprenta hacía con frecuencia destrozos en los artículos del novel escritor.

Vino luego con la Revolución española de 1868 mayor actividad en la lucha política y más amplitud en la legislación de imprenta, y Mario Braschi fundó y dirigió entonces en aquella misma ciudad, un semanario satírico titulado Don Severo Cantaclaro, que hizo campañas vigorosas en favor de la abolición de la esclavitud, contra el restrictivo régimen colonial, y contra los excesos del clericalismo. En este semanario colaboraba desde San Juan el poeta Gautier Benítez.

La reacción que siguió á la caída de la República española en 1874 mató á este valiente periódico, y Mario Braschi ocupó, algunos años después, una plaza de redactor en un periódico trisemanal titulado El Pueblo, fundado y dirigido en Ponce por don Ramón Marín.

Fundó allí también Mario Braschi El Heraldo del Trabajo, en el que agitó briosamente varias cuestiones sociales de importancia, y fué más tarde redactor de la Revista de Puerto Rico, fundada por don Francisco Cepeda, que produjo una gran agitación política en Ponce, á raíz de los sucesos lamentables del año 1878. Fué también redactor principal de un semanario titulado La Juventud Liberal, y director de una revista masónica, titulada El Delta.

Por último fué llamado á Mayagüez para que dirigiera y redactara el valiente periódico La Razón, que había fundado y dirigido el Sr. Freyre, y después de realizar allí una buena campaña en favor del régimen autonómico para su país, contrajo la enfermedad que le produjo la muerte en 19 de diciembre de 1891.

Era un escritor muy activo y animoso, gran agitador de ideas liberales, patriota decidido y leal, y amigo consecuente hasta la abnegación.

Periodista de batalla, no tuvo nunca tiempo ni paciencia para perfeccionar su estilo ni para dar forma muy académica á sus trabajos. Escribía con gran rapidez, y no revisaba lo escrito sino después de haberlo dado á la imprenta.

Sus párrafos eran muy cortos, como los versículos hebreos y la prosa rápida y enérgica de Victor Hugo, forma que se adapta mejor á la estructura del idioma francés que á la flexibilidad y gallardía del castellano.

De aquí la dificultad de elegir un trabajo suyo que pueda servir literariamente de modelo á la juventud estudiosa. Todo en Mario Braschi fué excelente y ejemplar, excepto su estilo de escritor.

Era en él instrumento de combate antes que ostentación decorativa.

El siguiente artículo suyo forma parte de la colección publicada con motivo de la muerte de Gautier Benítez:

¡EN EL INFINITO!

Á La Memoria del Malogrado Poeta Portorriqueño

D. JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ

Los genios suelen descender de las alturas á la tierra, así como descienden los ígneos rayos del soberano de la luz: éstos, la calientan y fecundan; aquéllos abren á la humanidad senderos de fe, de esperanza y de amor. En su paso, son breves como la aurora.

I

Una tumba... y una lira...!

Una tumba...! es decir, la eternidad...!

Una lira...! es decir, el arte, la poesía, el genio. Lo misteriosamente grande, lo bello, lo inmortal: he ahí lo que ahora contempla mi espíritu.

En ese sublime consorcio de lo infinito y de lo imperecedero, está envuelta una memoria para Puerto Rico; esta dulce patria de nuestros amores.

Una memoria tan querida, como es querida una esperanza hermosa.

La memoria de uno de sus poetas que, con el corazón enfermo, así enfermo, palpitaba por ella: era JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ.

Poeta de cuya alma brotaban raudales de sentimiento, como de los espacios brota la luz.

Poeta de mente soñadora, de inspiración ardorosa, de fibras delicadas; que se olvidaba de sus dolores, y cantaba.

Cantaba, como canta el ave en las enramadas del bosque donde está su nido.

Puerto Rico era su bosque idolatrado, y referíale sus cuitas en armoniosos trinos.

Alma modelada en el sufrir, su acento era, á veces, un quejido.

Alma centelleante de amor y de poesía, también derramaba ternuras y bellezas al son de las cuerdas de su lira.

El sentía palpitar, dentro de su ser, las aspiraciones de los espíritus elevados.

El amaba y perseguía, con afán febril, el ideal de los genios.

Vivía en la tierra y en el infinito.

Era hombre y era idea.

Sus cantos á Dios, son como el incienso de la fe más pura.

En ellos, su alma de poeta, sube hasta la esencia de lo Absoluto; comprende toda su grandeza; la desvela de la sombra de los errores terrenales, y la proclama, envuelta en mil resplandores.

Sus cantos á la patria, en los que pide á ese mismo Dios, para celebrarla en sus glorias y alegrías, una vida sin fin y una lira inmortal, son lo sublime en la inspiración y en el amor. En el amor de lo bello y de lo grande.

Ellos son como una harmonía celestial, que resonará al través del tiempo, infundiendo, en los pechos indiferentes, el calor del elevado patriotismo.

El patriotismo de la fe en el progreso; de la fe en la ciencia; de la fe en la libertad.

El los llamó su testamento; y más que un testamento, son la apoteosis de su genio.

El "Encargo á Mis Amigos," brilla, sobre su sepultura, con esa indefinible melancolía del último rayo de sol que se hunde en el horizonte.

Es una melodía cantada por el poeta en instantes solemnes.

En los instantes lentos en que iba á dormir, no el sueño de la muerte, sino á vivir en la inmortalidad.

¡Dejadle gozar de su nueva existencia!...

II

Mientras lejos de la patria su espíritu vaga por la región de las eternas armonías; mientras se inunda de nueva luz, y de las alturas, aun contempla su bella patria, virgen inocente; cubierta de guirnaldas; besada por los céfiros; y embriagada siempre por la sonrisa de un cielo azul, purísimo; llévele esa patria, doliente, coronas á su última morada.

Los vates que á su lado dieron sus notas al viento, enviénle sus recuerdos de amor al compañero ausente en el infinito.

Á todos los que en esta tierra amamos las letras; á todos los que en esta tierra sentimos nobilísimo orgullo con el talento que brilla, la memoria de JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ nos impone el gratísimo deber de honrarla.

Sí; honrar el genio que, como la rápida exhalación que cruza el éter, deja una estela luminosa en las regiones intelectuales, es practicar el culto que más engrandece á los hombres y á los pueblos.

El culto del recuerdo, consagrado á los seres en cuya frente el pensamiento lanzó rayos de luz.

¿No se ciñen coronas á las sienes del guerrero, se inmortalizan sus hazañas y se cantan sus glorias?

Pues el poeta es también un guerrero, y el más egregio.

Un guerrero no cargado con el peso de las armas que dan la muerte, sino con la irradiación de las ideas que dan la vida.

Luchar y vencer: tal es su destino.

En la lucha, hiere; pero, como el Dante, hiere al mal, al error, á las pasiones.

Su victoria tiene un nombre: se llama regeneración humana.

Que no hubiese un solo poeta en la tierra, cuyo idealismo desentrañase la belleza que se oculta en el fondo de su espíritu; que con sus armonías no despertase el sentimiento que duerme; que con su lira, cual divina paleta, no dibujase los sublimes cuadros que su fantasía vislumbra en el infinito, y la tierra y la vida y el alma humana, se agitarían en el aislamiento y en el vacío.

Faltaríales algo de lo que es esencial en su existencia.

¿Qué es el idealismo?

Es la tendencia del espíritu humano á buscar la verdad absoluta; la belleza y el bien absolutos, sin poder realizar jamás su afán.

Si no existiese el amor, ha dicho Victor Hugo, se apagaría el sol.

Si no existiese el idealismo, digo yo, modestamente, no existiría el progreso de la existencia.

III

JOSÉ GAUTIER BENÍTEZ, vivía en la región del idealismo.

Bajo este concepto, él también contribuía á desarrollar el progreso.

Y, como todos los que se agitan en ese otro mundo que el ser humano lleva dentro de su alma, al descender á la realidad, sentía que los abrojos le herían sin piedad.

Amar, pensar, buscar lo bello; recorrer la vida sin contaminarse con el mal, nada de esto puede hacerse sin sufrir.

El no fué más que una estrella que apareció, iluminó breves instantes el cielo de la patria, y luego fué á perderse, donde se pierde la luz: en el insondable infinito.

¡Sí; allí; allí vive... allí está...!

Su tumba y su lira, legadas á la patria, señalan dos grandes verdades: las transformaciones de la materia y de la vida en la creación, y la inmortalidad del genio...

Para honrar su memoria, poco digno de cuanto ella merece, puedo ofrecer sólo estas líneas; que si dan pobre idea de mi aun más pobre ingenio, son testimonio fiel del cariño y la admiración que siempre le consagré.

MANUEL ELZABURU

Fué éste uno de los portorriqueños que con más diligencia y fortuna trabajaron por la cultura de su país en el último tercio del siglo XIX.

Nació en 2 de enero del año 1851. Cursó la instrucción secundaria en el Colegio de los Jesuitas, en San Juan, y la carrera de derecho en la Universidad Central de Madrid. Fué discípulo de Castelar en su famosa cátedra de Historia, y gran admirador de este insigne tribuno.

Vivía Elzaburu en casa de su tio don Julio Vizcarrondo, en Madrid, y en ella formaban tertulia entonces muchos oradores, políticos y literatos de la corte, con motivo de la agitación abolicionista y política de aquella época. Con el ejemplo y la dirección de ellos, y con el ambiente literario de las aulas universitarias, se despertaron las aficiones literarias del joven portorriqueño, que empezó á escribir unos artículos cortos en prosa elegante, casi lírica, especie de breves poemas en prosa, por el estilo de los que solían publicar en aquel tiempo Baudelaire y el ruso Ivan Tourgeneff. Los publicaba en revistas y periódicos de aquel tiempo, suscritos con el seudónimo de Fabian Montes. Los primeros que se publicaron en Puerto Rico llamaron la atención por la novedad de la forma y la extraña condensación del pensamiento, casi siempre transcendental.

La vuelta de Elzaburu á su país produjo un movimiento literario favorable. Convirtió su bufete de abogado, en ciertas horas de la tarde y de la noche, en una especie de cenáculo de poetas y de escritores, al que daban el nombre de Parnasillo. De allí salió el proyecto de la fundación del Ateneo Portorriqueño, en el que fué Manuel Elzaburu el factor principal, actuando como Secretario en los primeros años, y después como Presidente. Á él se debe la galería de retratos de portorriqueños ilustres en el Ateneo. Fundó también la Institución de Estudios Superiores, anexa á dicho establecimiento, y agregada á la Universidad de la Habana, para el estudio de la Medicina, la Abogacía y las facultades de Letras y Ciencias, y fué en la Diputación Provincial uno de los campeones más decididos del Instituto Civil de segunda enseñanza.

Era un activo cooperador de toda obra de cultura y de progreso que se iniciara en el país.

Poseía con bastante propiedad el idioma francés; estudiaba con entusiasmo las obras literarias y científicas de su tiempo, y había adquirido una cultura sólida y extensa.

Tradujo en verso muy acertadamente varias composiciones poéticas de Teófilo Gautier, demostrando que no le eran desconocidos los encantos de la rima; pero no escribió nunca versos originales.

Era un orador fácil é instructivo.

El artículo El Mar, que se inserta á continuación es de los primeros que escribió, hallándose de veraneo en la costa de Guipúzcoa, y el fragmento oratorio es de uno de sus últimos discursos en el Ateneo.

Falleció repentinamente en San Juan, el día 12 de febrero de 1892, cuando acababa de realizar un viaje de estudio y de recreo por la capital de Francia.

El Ateneo dedicó una gran solemnidad literaria y una lápida de mármol en honor de este su meritísimo fundador, é hizo colocar su retrato en la galería pictórica de portorriqueños ilustres.

EL MAR

Si hay algo que se asemeje al cielo es el mar. Como él tiene furores temibles y calmas dichosas; como él es azul, y como él, al parecer, infinito.

Así es que, cuando yo lo he visto hoy, después de una ausencia de dos años, venir á romperse en espumas contra las rocas, he pensado que no hay nada más grande, más imponente ni majestuoso, que este rico manto bordado en plata, que cubre gran parte de la tierra, y que se agita altivo bajo la mirada del cielo, que muchas veces pretende rivalizar con él en hermosura, engalanándose con su divino cendal de blancas, ideales y vagorosas nubes.

Lo confieso, no puedo vivir sin el mar. Hijo yo de una isla que se mece en las turbulentas y juguetonas aguas del Atlántico, acostumbrado á su vista, á su vida y á su movimiento, cuando no le tengo ante mis ojos padezco una especie de nostalgia en el alma, y cuando le miro tras larga separación siento como llenarse un vacío de mi ser, como cumplirse una necesidad de mi espíritu.

¡Oh, mar! Tu aspecto es como el aspecto de todo lo grande que sublima, yo en los largos ratos que guardo para tí de extática contemplación, noto que se espacía mi ánimo y se ensancha á toda la extensión del maravilloso espectáculo, flotando con delicia en las ondulaciones de tus aguas.

Tú satisfaces los sentidos á la vez que alimentas el alma; para la vista eres el más sublime de los cuadros, ya reposes con la tranquilidad de un lago, ya te agites con la vehemencia de las tempestades; para el oído eres la más cadenciosa harmonía, ora gimas rabioso por el huracán hostigado, ora la brisa te lleve en tranquilas ondas á morir sordamente en la playa; tú, en fin, eres para el hombre torrente inagotable de poesía, que le arrobas con los caprichos de tus bellezas, ó misteriosa enseñanza que con la eternidad de tus movimientos le recuerdas la eternidad de su supremo autor.

¡Inefable creación! En el horizonte es una línea que marca el nivel de ese gigantesco vaso; luego toma un tinte nebuloso; más acá el azul obscuro se quiebra con el continuo movimiento; más adelante se hincha y crece hasta formar una montaña líquida, que el viento empuja, que se salpica en su cúspide de blanco, que comienza á encresparse, que se enrolla en sí misma, y que por último cae deshecha en una catarata de espumas, que viene mansa á romper sus innumerables globos cristalinos sobre las doradas arenas de la orilla.

No hay nada, al parecer, más monótono ni más pobre; no hay más que agua, se dice: sin embargo, nada le supera en riqueza y variedad: en sus profundos abismos guarda infinitos misterios bajo lechos de algas, entre laberintos de sombras; en su movible fondo inagotables tesoros perdidos entre arenas; en sus gotas saladas se revuelven milagros de organizaciones animales, que todavía sorprenden á la ciencia y cautivan al hombre; entre nacaradas conchas guarda las opacas perlas escondidas, como amorosos secretos; en las piedras que erizan el lecho donde se posa, se adhieren multitud de moluscos entre el musgo que las cubre como aterciopelado manto; sobre yerbas que no se atreven á salir del seno de las aguas, yacen caídos trozos de corales bellos de distintos colores, como fragmentos de ricos palacios derruídos; mientras que, sobre las cambiantes luces de aquella superficie que esconde tanto prodigio, se desliza y vive el marino, ese héroe curtido por el sol y desposado con la mar, que se agita contento en su diminuta isla flotante, y alegre alienta en su buque, verdadero oasis en un desierto de agua.

Permitidme que admire un momento á ese hombre. Ninguna vida tan agitada como la suya, ninguna tan llena de combates; hoy le arrulla el viento, mañana le azotará; hoy le besa la ola, mañana quizás le sacuda y le hiera; vida que tiene algo de sobrenatural y extramundana, siquiera porque el hombre parece que abrevia el mundo y se aisla como en monasterio errante, siquiera porque se aparta de la tierra, como para perseguir esa línea fantástica donde se juntan y se besan el cielo y la mar, en ese misterioso espejismo, que se aleja á cada ola que pasa ó á cada minuto que cuenta el que lo persigue, en la celeridad del tiempo.

¡Bendito seas, Océano! ¡Bendito tú que murmuraste á mi oído tu contínuo murmullo, cuando aun mis pupilas vírgenes no habían recogido el primer rayo de esta luz tropical!! ¡Bendito tú que con tus ruidos has apagado tantas veces las voces de mi inquietado espíritu, y con tus tormentas acallado las tormentas de mi alma!!!

Yo quisiera pintarte tal cual eres, para que te viesen con los ojos del alma los que leyeran estos repetidos alfabetos trabados en tan varias combinaciones, pero no puedo; te he descrito diez veces ó más, y he roto mi trabajo, ó he arrojado mi pluma, porque me encontraba impotente; porque las palabras me parecían hielo; porque decía y no pintaba; porque eras todo aquello escrito, pero eras mucho más; aquello aumentado mil veces; un no sé qué magnífico, que sólo pudo hacerlo Dios, y sólo comprenderlo quien lo mirara con los ojos del cuerpo y pudiera embeberse ante el divino espectáculo de su colosal grandeza.

Inmensas extensiones azules que os salpicáis de fugitivas estrellas blancas formadas por puntas de olas, apenas rotas en espumas por el viento; tintas violáceas, que flotáis en las superficies de las aguas, bajo cuyas transparencias vegetan multiplicadas plantas marinas; sombras de lejanas tierras, veladas por las vaporosas gasas de la bruma; guirnaldas plateadas, que circundáis á la altiva roca elevada en la soledad del Océano, que amoroso la estrecha, rodea, abraza y acaricia; puntos blancos que, divisados á lo lejos, reveláis otras tantas velas que se redondean como el seno de las vírgenes con el aire que viene de los cielos; profundidades cavernosas, donde entre verdes cristales se miran serpear peces de infinitos colores; claras ondas, que os complacéis en ver cómo el sol se goza quebrando en vosotras sus rayos; aves que pasáis mojando las puntas de vuestras alas en el movible espejo en que os miráis volar; olas, que arrebatadas por el viento os esparcís en la atmósfera como irisadas lluvias, en cada una de cuyas gotas va retratado el Universo; espumas blancas, que bordáis las orillas con caprichosos dibujos renovados de momento en momento; amantes brisas, que al tocar el reluciente líquido le imprimís sombrías manchas circulares, rastros de vuestros besos; pequeños ondulados movimientos del agua, donde centella la luz como en las facetas de un diamante; presentáos todos; olas, brisas, sombras, rayos del sol, aves y espumas; presentáos en conjunto clarísimo y harmónico á la mente, para que después digamos si este cuadro, cubierto por el dosel de un cielo de zafiro, y acompañado por la eterna nota sonora que se eleva incesante á las nubes, como la plegaria eterna de la mar, no es la obra fantástica más grande de los creadores éxtasis de Dios.

San Sebastián, España, (1873).

TROZO ORATORIO

(Fragmento de un discurso pronunciado en el Ateneo Portorriqueño, sobre "Relaciones de la Literatura con la Historia de los pueblos.")

Hace ya más de un siglo que los métodos históricos se han ido enriqueciendo poco á poco, con la idea de que una obra literaria "no era un simple juego de imaginación, el capricho aislado de una cabeza caliente, sino una copia de las costumbres que la rodearon, y como el cuadro representativo de un estado del espíritu humano," á tal extremo, que, para grandes pensadores modernos, un documento literario importante podría servir, bien interpretado, para estudiar en él la psicología de un alma, como en Jocelyn; generalmente la de un siglo, como en la Divina Comedia; y á veces la de una raza, como en la Iliada ó en los poemas indios, el Ramayana y el Mahabharata, llegando á concluír de todo ello, que principalmente por el estudio de las literaturas es que se podrá hacer la historia moral de los pueblos, y marchar hacia el conocimiento de las leyes psicológicas de donde emanan los acontecimientos, como expone victoriosamente Hipólito Taine, en su Historia de la literatura Inglesa.

Tales ideas aplicadas á los procedimientos históricos, han sido parte á que se obtuviesen los grandes resultados que se palpan en escritores como Thierry y Michelet, como Sainte Beuve y el mismo Hipólito Taine, los cuales ocupándose (como señalada y expresamente lo hace este último en su notable estudio sobre los orígenes de la Francia contemporánea, y en sus demás trabajos sobre Filosofía del arte en Grecia, en Italia, en Inglaterra y en los Países Bajos) de la raza, el medio y el momento, es decir, de la cuna ú origen en el personaje histórico de que se trata, que puede ser un pueblo entero; del lugar y clima é instituciones donde esa misma representación se mueve; y del momento en que acontece el suceso que se comenta y estudia, llegan á conclusiones maravillosas, de precisión y lógica, garantizadoras de toda verdad y prometedoras de acierto.

Y no cabe duda.

Para conocer bien un pueblo, que no es mas que una individualidad colectiva; para hacer el examen de su estado moral, en una determinada época, ó en el trascurso de varias, eslabonadas unas con otras, hasta llegar, si se quiere al completo de su existencia, no basta examinar los acontecimientos aislados realizados en él, y contarlos sencillamente, como si aun fuera la historia más que la narración escueta de los hechos, sin complemento de explicaciones y sin ayuda de juicios y meditaciones más hondas.

¡No! Ya eso no responde, ni siquiera á los tiempos en que Vico inmortal echaba los cimientos de la ciencia nueva, y en que Montesquieu se adelantaba á su época, penetrando en la observación al escribir sobre la historia de la humanidad.

Hoy, como el naturalista acude á los principios ó leyes de la herencia y de la adaptación al medio, para explicar un ejemplar cualquiera de la especie; y como el criminalista moderno, acude, para el comentario del delito, á la antropología y á la psicología humanas, la historia llama en su auxilio á las literaturas, para que ayuden á hacer también la psicología de los pueblos.

¿Y quién puede hacerla mejor? ¿Quién puede decir mejor cómo ha pensado y cómo ha sentido un pueblo, si no sus mismos pensadores y sus mismos poetas por cuyos labios han salido las manifestaciones vivas de su alma, la sublimidad de sus pensamientos, el vuelo de sus trasportes ó la voz triste y grave de sus desventuras?

Y si para hacer la historia verdadera es necesario, como dice Thierry, abrigar un sentimiento vivo por ese mismo pueblo todo entero, por esa masa de hombres así llamada, sin predilección alguna por personajes históricos determinados, por ciertas existencias, ni por determinadas clases tampoco, que quitan el tinte nacional á la narración, en la cual no reconocemos después bien, el alma, el espíritu, el carácter predominante en nuestros antepasados, sin distinción de clases, ni de rango; si se necesita hacer de esa manera la historia de un pueblo ¿á quién mejor preguntar que á él mismo, á su literatura que retrata su vida, que copia su cielo, que respira su ambiente, y que está llena de color y de verdad local?

He ahí el interés tan grande del tema á que aludimos.

Nosotros tenemos ya nuestra historia regional á la manera antigua en Fray Iñigo Abad de la Sierra; la tenemos modernizada en los suplementos de esa historia, ampliada por nuestro sabio maestro, modelo de patricios y gran educador de buenos ciudadanos, el castizo y elegante escritor académico Don José Julián de Acosta; pero á esa historia falta, en la parte posible, el empeño que él no pudo acometer, ni se propuso por la misma índole de su libro y que nosotros empezamos á intentar ahora, cual es: la continuación de aquellos orígenes de nuestra sociedad actual, estudiada en los hechos, pero ayudado este estudio por el examen de la incipiente literatura nuestra, de tal manera que, en comentario mutuo, los documentos literarios muestren los sentimientos y cultura de los autores del suceso historiado, y el acontecimiento examinado en sus relaciones de raza, medio y momento, razone elocuentemente á su vez los documentos literarios.

Estudiada así la historia, llegaremos á conocemos mejor; y aquel será el día de acabado ese estudio por nuestro ignorado historiador, que tengamos el árbol de la genealogía psicológica de nuestras almas, el cual contribuya á describirnos por medio de las leyes que hemos apuntado, la transformación lógica y fatal del español de ayer, fundado en este suelo, en sus descendientes de hoy que hemos nacido en este rincón, el más genuinamente español del mundo americano.