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Antología portorriqueña: Prosa y verso cover

Antología portorriqueña: Prosa y verso

Chapter 75: III
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About This Book

A curated school-oriented collection gathers biographical sketches and selected prose and verse by deceased Puerto Rican writers, accompanied by editorial notes and a pedagogical address to young readers. Arranged by author, the selections range from essays and speeches to letters and poems, highlighting civic, moral, educational, and patriotic themes. The volume offers contextual commentary and readable samples intended to honor earlier generations and guide students in appreciating the island's literary and intellectual heritage.

Lengua inmortal que hablaron mis abuelos,
un bardo triste tu hermosura canta.
________
Tú me recuerdas el amante arrullo
de una madre infeliz; tú de mi infancia
evocas el recuerdo; tú revives
de mi niñez sin sol vagos fantasmas,
mis horas de placer, que fueron cortas,
mis horas de dolor, que fueron largas,
mi titánica lucha por la vida,
mis triunfos breves, mis derrotas vastas.
* * *
Lengua inmortal que hablaron mis mayores,
tan bella como tú no hay lengua humana.
________
Por tus frases enérgicas obtuve
el hermoso concepto de la patria,
y sé por tí que Dios, bondad suprema,
sobre los hombres su piedad derrama;
y al abrir de la historia el libro inmenso,
supe que fueron tuyas las palabras
que pronunció Colón, mirando al cielo,
al descubrir la tierra americana.
* * *
Lengua inmortal, idioma de Cervantes,
el colono de ayer tu gloria canta.
________
Eres raudo torrente. Te despeñas
y caes en deslumbrante catarata,
llenando de sonidos el espacio
y de notas de fuego, que se apagan
con ese ritmo vago y misterioso
de un suspiro de amor. Sonora y clara,
expresas la pasión, y el pensamiento
por tí se viste con brillantes galas.
* * *
¡Lengua inmortal, tesoro de armonías,
honor á tí, del mundo soberana!
________
Son tuyos el apóstrofe vibrante
que hiere como el filo de la espada,
y la frase de célica ternura
con que forma la virgen su plegaria,
y el acento melódico que tiene
la dulce voz de la mujer amada,
la que rayos de sol lleva en los ojos,
nieve en la frente y en los labios grana.
* * *
Lengua inmortal, á tu existencia unida
por siempre esté mi tierra borincana.
________
Tronó el cañón, soldados extranjeros
aquí pusieron su atrevida planta,
y se cumplió una ley inexorable,
y su gran infortunio lloró España
con la misma amargura y la tristeza,
llena de luto y de dolor el alma,
que otro gran infortunio lloró un día
el último rey moro de Granada....

III

Ese lazo que ayer rompió la fuerza,
átalo tú, mi lengua castellana.
________
Mensajera perenne de concordia,
cruza el inmenso mar que nos separa
y lleva de la América latina
á la nación que puebla nuestra raza,
con el pobre cantar del bardo triste,
el beso fraternal de nuestras almas,
¡¡que se puede cambiar una bandera,
pero los sentimientos no se cambian!!

SALVADOR BRAU

Este poeta, autor dramático, historiador y periodista eminente, nació en el pueblo de Cabo Rojo el día 11 de Enero de 1842. Era su padre natural de Cataluña, y su madre pertenecía á una familia venezolana, de las que emigraron á Puerto Rico durante la guerra de la independencia de aquel país.

Cursó en Cabo Rojo la instrucción primaria y tuvo la fortuna de que fuera su maestro don Ramón Marín, educador inteligente, y entusiasta publicista más tarde, que figura en la presente Antología. El talento de Salvador fué despertándose con las acertadas lecciones del maestro, y hacía ya versos y componía discursos á los 16 años.

No era muy holgada la situación económica de sus padres, y Salvador se dedicó al comercio en calidad de dependiente y auxiliar del escritorio, al terminar su instrucción elemental.

La lectura asidua en las horas de descanso y el estímulo de los pocos que entonces triunfaban aquí en el arte literario, fueron influyendo en la mente de Brau, y fomentando en él anhelos de triunfo. Poco más de veinte años contaría cuando emprendió la composición de un drama basado en la revolución de los Comuneros de Castilla, en tiempo del Emperador Carlos V. Terminada esta obra, se hicieron de ella varias representaciones en el teatro de Cabo Rojo, en el de Mayagüez y en algunos otros de la isla, y el joven autor recibió entonces su primer bautismo de aplausos. La obra estaba bien versificada, y estaban escritas con vigor dramático las principales escenas. Si no era un triunfo definitivo, era el indicio de que aquel joven podía dar días de gloria á las letras de su país.

Dió después otras dos obras á la escena, desde Cabo Rojo, tituladas De la superficie al fondo y La vuelta al hogar, drama este último de profunda emoción y de escenas vigorosas é interesantes; pero era ya muy estrecho el círculo de aquel pequeño pueblo de la costa para la creciente capacidad literaria de Salvador Brau, y varios amigos suyos le indujeron á trasladarse á San Juan, facilitándole el camino.

Y aquí, en la capital de la isla, llegó á su plenitud el talento literario y político del joven caborrojeño. Ingresó en el periodismo de combate, fué redactor de El Agente, de El Clamor del País, y de El Asimilista; colaboró en El Buscapié y en la Revista Puertorriqueña, y en todas estas publicaciones dejó impresa la garra de león de su dialéctica formidable, y de su vigor mental de pensador y de polemista. Luchó siempre en favor de las reformas liberales de su país, demostrando su amor á España, á la que se sentía unido por los lazos de la sangre, del idioma y de la tradición.

Publicó también algunos estudios sociales, libros y folletos, como Las clases jornaleras, premiado en un certamen del Ateneo; La campesina, La herencia devota, y un hermoso ensayo de novela rural, titulado La pecadora.

Llevóle de nuevo al teatro su afición á la poesía dramática, y produjo entonces su mejor obra de este género, Los horrores del triunfo, una de las más bellas y valientes dramatizaciones de las sangrientas vísperas sicilianas.

Dió luego una serie de conferencias sobre historia de Puerto Rico, en las que demostró notable aptitud para los estudios de crítica histórica, y que más tarde reunió en un volumen titulado Puerto Rico y su Historia.

Hacia el año 1894 la Diputación Provincial de Puerto Rico, ganosa de contribuir al acopio de materiales autorizados y verídicos para depurar y continuar la historia de su país, comisionó á Salvador Brau para que investigara con este objeto los archivos españoles llamados de Indias, donde existe la riqueza mayor de datos históricos sobre Puerto Rico. Dando cumplimiento á esta comisión permaneció Brau en la capital de Andalucía cuatro años, escogiendo y copiando preciosos manuscritos, hasta que las reformas autonómicas convirtieron la Diputación Provincial en Cámara Insular Legislativa.

Esta permanencia de Brau en aquella rica fuente de historia americana y en aquel fecundo ambiente literario, dióle á su talento una firme orientación hacia la cual había demostrado ya frecuentes inclinaciones. La investigación y la crítica histórica fueron desde entonces sus ocupaciones preferentes.

En 1903, siendo administrador de la Aduana de San Juan, publicó una Historia de Puerto Rico para las escuelas que, compendiada y sencilla, como para uso de niños, es todavía la mejor que hasta ahora se ha escrito acerca de este país. Tres años después publicó la Historia de los cincuenta primeros años de la conquista y la colonización de Puerto Rico, patrocinada por el Casino Español de San Juan, y cuando se hallaba ya muy enfermo y paralítico, publicó en un volumen sus poesías líricas con el título de Hojas Caídas, en el que figuran sus hermosos poemas Patria y Mi camposanto, laureados y juzgados con gran elogio por famosos literatos de España.

Las Cámaras Legislativas de Puerto Rico le nombraron Cronista oficial, con una modesta asignación, que le sirvió para mantenerse, ya valetudinario, en los últimos años de su vida, y falleció el día cinco de Noviembre de 1912.

Su obra como periodista fué noble, magistral y valiente; como poeta dramático figura á la cabeza de los que hasta hoy han cultivado este género en el país; como poeta lírico era correcto, grave, de inspiración robusta y enérgica, por lo que se dijo de él que era la cuerda de bronce de la lira portorriqueña, y como historiador fué justo, severo, muy diligente y escrupuloso en la investigación de la verdad.

Dejó sin publicar una voluminosa compilación de documentos interesantes para la historia de Puerto Rico.

Sus amigos y admiradores tratan de erigir un monumento que honre y perpetúe la memoria de este ingenio meritísimo ante las generaciones venideras.

¡PATRIA!

Las leyes de las sociedades humanas sólo pueden establecerse ajustándolas á la Naturaleza.

Bernardino De Saint-Pierre.

¡Bien lo recuerdo, sí, que en mi memoria,
cuanto agravio mayor la edad agrega
más viva alienta mi infantil historia!
Así como en la ruina solariega
arraiga más tenaz la parietaria
á medida que el muro se disgrega.
Transida como débil procelaria,
el alma busca puerto sosegado
donde calmar la agitación voltaria,
y del nido en el soto abandonado
al respirar de nuevo la terneza,
palpita el corazón vigorizado.
Cuando á merced de lánguida tristeza,
en labor incansable, el pensamiento,
revive de aquel nido la belleza,
del labio paternal el puro acento
paréceme que vibra en mis oídos
como los ayes hondos de un lamento.
—"¡Patria!—escucho decir á esos gemidos—
"Siento helarse la sangre de mis venas,
"de tu sol sin los rayos bendecidos."
"¡Patria, que el alma con tu nombre llenas,
"dame que vuelva á tu región hermosa
"á cavar mi sepulcro en tus arenas!"
Y, á compás de esa queja dolorosa,
el llanto resbalaba en su mejilla
salpicando mi frente candorosa.
Movido el sentimiento á maravilla,
—¿Qué es Patria, padre, que llorar te hace?
del labio inquiere la expresión sencilla:
y un suspiro y un beso, en dulce enlace,
aun siguen repitiendo en mi conciencia:
—"¡Hijo, Patria es la tierra en que se nace—!"
________
La flor primaveral de mi inocencia
estivo rayo marchitó inclemente,
y me llamó al combate la existencia.
Entusiasta ambición quema mi frente;
la libertad mis sueños engalana;
bríndame la razón su luz potente.
Amor de Patria mi sentir afana.
Patria reclamo; y una voz severa,
mostrándome en ceñuda barbacana
el oro y gules de triunfal señera,
—"¿Patria buscas?—me dice—Es el derecho,
y su símbolo guarda esa bandera."
Al recuerdo filial deja maltrecho
de la docente fórmula el mandato,
y el áspid de la duda muerde el pecho.
De la enseñanza la expresión acato;
mas si es la Patria el pabellón glorioso,
¿por qué de la nostalgia el hielo ingrato,
trayendo á la memoria el lar dichoso,
al noble ser que me infundió la vida
arrancaba un quejido fatigoso?
¿Por qué volver el ánima afligida
al espejismo de nativa aldea,
ya del regreso la ilusión perdida,
si esa bandera que en el aire ondea
todo el perfume de la Patria vierte,
y es Patria igual la tierra que sombrea?
¿Á qué rendir, medroso, el pecho fuerte
del anciano colono sin ventura,
la visión espantable de la muerte
que ofrece tierra extraña á su envoltura,
si ha de amparar la Patria los despojos
cubriendo el pabellón la sepultura?
¡Cuanto de luz más ávidos antojos
agitan el cerebro en lucha interna,
más crecen del problema los enojos!
¿Pudo acaso mentir la voz paterna...?
¿Patria es la tierra donde nace el hombre,
ó el régimen no más que le gobierna...?
________
¡Necio...! ¿No quieres que el error te asombre
—murmura en el espacio nuevo acento—
y así reduces la extensión de un nombre?
¿Por qué atar á una roca el pensamiento,
si al dar vida el Creador á la criatura
le trazó todo el orbe por asiento?
¡Sublime tradición...! No en noche obscura
se ocultó su destello, revelado
de materna piedad por la dulzura.
¡Padre...! ¡el soplo vital de lo creado!
¡Humana raza...! ¡fraternal familia!
¡Patria...! ¡el planeta con sudor regado!
Mas si en esa trilogía se concilia
del humano consorcio el mecanismo,
¿cómo el coraje sanguinoso auxilia
la aspiración fatal del egoísmo,
que en fragmentos la tierra subdivide
y abre para arrojarlos hondo abismo?
Si la extensión de Patria el globo mide,
¿por qué al estruendo del clarín de guerra
que, en nombre del honor, ¡Venganza! pide,
por el imperio de un girón de tierra
odio y saña despliegan los humanos
como los tigres que la Hircania encierra?
¡Derecho...! ¡Humanidad! Conceptos vanos
no entrañan esos nombres luminosos,
de la historia social en los arcanos.
Multiplica sus frutos provechosos
de la higuera de Adán la cepa erguida
que halló en un tallo gérmenes copiosos;
pero borrad las cuencas en que anida,
quitad la tierra donde el tallo crece:
si no arraiga la planta, ¿tendrá vida?
Al hombre el Hacedor el globo ofrece,
mas también dió al león la selva obscura,
y su grito el Moncayo no estremece.
Al ananás el trópico madura,
en el mar la madrépora vegeta,
tiñe el liquen los Alpes de verdura,
y, en la vital corriente del planeta,
cada zona su fuerza circunscribe
á la cósmica ley que la sujeta.
La humanidad el límite proscribe;
mas, por mucho que extienda su ramaje,
de un tronco el árbol médula recibe.
Bajo albergue de rústico atalaje
que el dulce rayo del amor caldea,
se agrupa con sus hijos el salvaje.
Cuanto el circuito del hogar rodea,
el bruto, el vegetal, la dura roca,
todo avasalla provechosa idea.
El brazo empeño colosal provoca,
ley augusta el combate santifica,
la voluntad obstáculos sofoca,
el dominio sus lindes amplifica,
y con la actividad del señorío
de tal modo el señor se identifica,
que llama suyos el volcán bravío
del mugidor torrente la cascada,
el confuso rumor del bosque umbrío,
ambiente, nube, flor embalsamada,
lujosa esplendidez del firmamento,
del sol la omnipotente llamarada,
y con el trueno de huracán violento
enlaza el beso plácido del hijo
y el afán de su propio pensamiento.
Así de Patria la noción, colijo
que germinó del hombre en la conciencia
á los embates de luchar prolijo.
Esa es la Patria: terrenal esencia
que infunde las primeras sensaciones
al dar jugo inicial á la existencia.
No de un predio la acotan los rincones,
que su potencia misteriosa aduna,
de raza con las viejas tradiciones,
los fantásticos sueños de la cuna,
y, á su nombre, en el ánimo encadena
la ciega veleidad de la fortuna,
ambición y poder, ventura y pena,
del amor el purísimo embeleso,
de la mente y el brazo la faena,
necesidad, evolución, progreso,
altar, familia, leyes, sepultura...
¡de la humana labor todo el proceso!
¡Así la Patria en la razón fulgura!
Guardada en opulento relicario,
culto recibe de filial ternura.
Si al solemne reposo del santuario
osa llegar, con mano arrasadora,
de usurpación el ímpetu nefario,
estalla el pecho en furia aterradora,
y como fiera que en letal demencia,
su prole por salvar, ruge y devora,
se exalta del patriota la vehemencia,
y oro y goces y sangre sacrifica
ante el ara de augusta independencia.
No el concepto preciado se duplica
de profusa oblación en el incienso:
con la tierra el derecho se complica,
como del cosmos en el giro inmenso,
el providente espíritu destella
del organismo físico en lo intenso.
Guarda el terruño el hierro que lo huella,
alientan en la flor tinte y perfume,
y es la atmósfera vida de la estrella.
________
¿Qué escucho murmurar...? ¿Que no resume
tierra y derecho, la excepción ingrata
que al suelo patrio la colonia asume?
Esa objeción que el círculo dilata,
muéveme á recordar la herida artera
que la nostalgia paternal desata.
Por eso niega mi razón austera
que de Patria el exacto simbolismo
se encierre en el blasón de una bandera.
Surca la nave proceloso abismo,
en el mástil llevando el oriflama
que fronteras señala al patriotismo:
en convulsión sañuda el ponto brama,
sacude el viento la gallarda entena,
surca el espacio sulfurosa llama,
y, al fin, halla el bajel tumba de arena.
La tempestad que la bandera abate,
el confín de la Patria no cercena;
Mas si, de guerra al bárbaro acicate,
del terruño un fragmento se desprende,
botín ó represalia de combate,
por más que, ileso el pabellón, extiende
en derredor su sombra bendecida,
rayos de indignación el pecho enciende,
al ver la Patria desmembrada, herida,
como raudo condor, que, el ala rota,
se precipita en fúnebre caída.
Puede el ardor febril que al hombre azota,
esa insignia que en timbres resplandece
triunfante desplegar en tierra ignota.
Con la conquista la heredad acrece;
pero al efluvio de la tierra extraña
no el nativo abolengo palidece:
del héroe vigoriza la campaña
el beso de la Patria, perfumoso,
que laurel inmortal guarda á su hazaña.
Así ¡Patria!, en gemido doloroso,
clamar pudo el colono sin ventura
al amparo del lábaro glorioso.
Así puede de Patria la estructura,
que á la tierra natal une el derecho,
quebrantarse al poder de la natura.
________
No el dardo suspicaz vibre en acecho.
Nací colono; mas la sangre fiera
á que brindan mis venas cauce estrecho
la heredé con mi nombre y mi bandera.
Esa triple divisa hereditaria
herrumbre corrosiva no tolera.
Yo quiero que en mi tumba solitaria
la cruz, que al nombre maternal va unida,
recoja de mis hijos la plegaria,
formulada en la lengua esclarecida
que, de cultura al verbo prodigioso,
estremeció la América escondida.
Yo espero que mi fúnebre reposo
ampare con su sombra esa bandera
que dió á mi cuna pabellón hermoso,
y que, al soplo de brisa placentera,
muestra ufana el ibérico linaje
que el polvo de los siglos no vulnera.
Tributo á esos emblemas vasallaje.
Mas ¡Patria! he de llamar, en tanto viva,
con el vehemente paternal lenguaje,
á la encantada Boriquén nativa,
que encendió con su sol mis ilusiones,
que las cenizas de mi hogar cautiva,
que entraña en su vigor mis afecciones,
y con el jugo de mi carne muerta
ha de nutrir sus ásperos terrones.
Hijo del siglo, mi razón abierta
ofrezco á la sanción cosmopolita
que del progreso la virtud concierta.
¡Fraternidad universal! me grita
la ciencia en sus arranques soberanos.
¡La aurora avanza de esa luz bendita!
Pero mientras los ímpetus tiranos
de expoliación y odio no concedan
todo el globo por Patria á los humanos,
á mis labios dejad que, libres, puedan
Patria llamar á la región querida
donde en goces de amor las horas ruedan;
donde la paz fructífera se anida
bajo el regio dosel de los palmares,
en que repite el aura embebecida,
como intensa oración de los hogares,
del trabajo el exámetro estridente,
perfumado por lirios y azahares,
cortado por el ritmo persistente
de un mar que copia en su cristal sereno
el zafiro de un cielo trasparente.
________
¡Esa es mi Patria! De verdura lleno,
un risco que á la errátil golondrina
abrigo, amor y pan brinda en su seno.
¡Esa es mi Patria! Concha peregrina
que en su regazo recogió mi cuna
al instable vaivén de onda marina.
Enlazada mi suerte á su fortuna,
fué su amargo sufrir mi sufrimiento,
nuestra sed de justicia sólo una.
En su amor se templó mi sentimiento,
y al culto de su gloria y su grandeza
erigió mi razón un monumento.
Sí; yo anhelo que luzca su belleza:
no cual inverecunda cortesana
que arroja al lodazal su gentileza,
ni así como odalisca, flor liviana
de uno en otro serrallo trasmitida,
gaje ó juguete de opresión villana.
La quiero entre los pliegues guarecida
de esa insignia que trajo á sus riberas
el numen de cultura bendecida;
mas no aherrojada en cárceles severas,
ni herida por torpeza desdeñosa
ni desangrada por pasiones fieras.
La quiero ver, matrona vigorosa,
mostrando en el festín de sus mayores
de virtudes diadema primorosa;
uniendo su dolor á los dolores
que un ¡ay! arranquen al materno pecho;
al honor nacional rindiendo honores;
Libre, alzando su voz por su derecho,
en el íntimo pacto de familia,
de sus amantes hijos en provecho.
¡Así quiero á mi Patria! Así concilia
su lealtad, su reposo y su grandeza
la fe consoladora que me auxilia!
Así de Boriquén cedo á la alteza
toda la sangre que en mis venas corre,
todo el fuego que exalta mi cabeza.
Favor no busco ni ambición me acorre.
Ni laurel de la Patria es necesario;
que harta dicha obtendré, si me socorre
un rayo de su sol como sudario,
en su peña por tumba una hendidura,
y por salmo piadoso, funerario,
el himno redentor de su ventura.

FRANCISCO J. AMY

Entre los literatos y poetas portorriqueños del siglo XIX era Francisco Javier Amy el más versado en idiomas extranjeros, y el que aportó mayor caudal de otras literaturas á la del país.

Nació en Arroyo el 2 de agosto de 1837. Antes de haber cumplido 14 años se trasladó á los Estados Unidos, en donde aprendió pronto el idioma inglés, recibió su educación en la Episcopal Academy, Cheshire, Connecticut. Á los 17 años ejercía ya la enseñanza de los idiomas inglés y español, y escribía algunas producciones en prosa y verso para el Waverley Magazine y otras publicaciones de Nueva Inglaterra.

Volvió á Puerto Rico en 1858 para realizar algunas propiedades heredadas de uno de sus tíos, y aceptó aquí algunas proposiciones que se le hacían para el cargo de corresponsal extranjero de varias casas comerciales. Pero habituado á la vida de la libertad en los Estados Unidos, no se avenía bien con las prácticas restrictivas del régimen colonial que imperaba en Puerto Rico, y no tardó en volverse para el Norte de América, en donde se naturalizó como súbdito americano.

Regresó más tarde á Ponce, donde fundó, en unión del Dr. Zeno Gandía, una revista literaria y científica titulada El Estudio, y publicó una colección de poesías, unas originales y otras traducidas por él concienzudamente. Este libro se titula Ecos y Notas.

En 1888 volvió á los Estados Unidos, en donde publicó un nuevo libro de prosa y de verso, titulado Letras de Molde, y dió á la literatura inglesa una preciosa traducción de El Sombrero de Tres Picos, de Alarcón, con el título de The Cocked Hat Publicó también, durante algunos años, La Gaceta Ilustrada, de Nueva York, y escribía para varios periódicos en inglés y en castellano.

Al efectuarse en Puerto Rico el cambio de soberanía después de la guerra hispanoamericana, fué requerido Amy por el nuevo gobierno en calidad de traductor oficial, cargo en el que prestó importantes servicios al gobierno y al país.

Producto de su observación directa y de su honrada sinceridad al apreciar procedimientos y opiniones de la política del país, fueron los artículos que forman su libro Predicar en Desierto, no bien apreciados en la época en que los dió á la publicidad.

Pero su obra culminante fué sin duda el libro titulado Musa Bilingüe, colección de poesías escritas en idioma inglés y traducidas con gran acierto al castellano por el mismo Amy y otros buenos poetas, y de poesías castellanas, hispanoamericanas y portorriqueñas puestas en verso inglés por insignes poetas de lengua inglesa ó por el mismo Sr. Amy. Hay en todas sus traducciones una gran fidelidad y respeto al pensamiento y áun al estilo del autor. Era realmente un traductor modelo, y elegía bien los autores y las obras.

De los poetas angloamericanos tradujo poesías famosas de Bryant, de Longfellow, de Whittier, de Whitman y de Stedman; de los británicos tradujo poesías selectas de Moore, de Hood y de algunos más. Tradujo también al inglés algunas joyas poéticas de Cuba y Puerto Rico.

La influencia de su labor en la poética de este país fué beneficiosa: contribuyó á moderar el excesivo floreo retórico y la adjetivación más abundante que apropiada, y puso algún freno á los alardes innecesarios de la verbosidad y la fantasía, ampliando por otra parte los buenos modelos y los horizontes de la inspiración.

Su estilo, como su carácter, era sobrio, preciso, austero á veces, pero siempre decoroso y correcto.

Fué siempre admirable su laboriosidad, y actuó valientemente en su mesa de trabajo hasta que le rindió su enfermedad mortal, cuando había él cumplido más de 75 años de vida.

Falleció el día 30 de noviembre de 1912.

La siguiente traducción de una de las composiciones de Longfellow más difíciles de reproducir en otro idioma, puede dar una idea de la capacidad de Amy para esta clase de trabajos.

EL VIEJO RELOJ

En un confín de la rústica aldea
Alzase antigua mansión imponente,
Cuyo portal, con sus lóbregas formas,
Olmos añosos en sombra mantienen;
Y en la antesala un reloj carcomido
Va repitiendo, pausado y solemne:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Allí en su rígida caja de roble,
Con sus inquietas agujas, parece
Un viejo monje en su negra capucha
Que se persigna y murmura sus preces;
Que con acento fatídico y grave
Á cuantos llegan les dice entre dientes:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Suaves sus golpes se escuchan de día,
Mas de la noche en las horas silentes,
Cual misteriosas pisadas, sus ecos
Acompasados los tímpanos hieren;
Y á cada puerta de aquella morada
Llegan y dicen en tono doliente:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Horas fugaces de gozo y de vida,
Horas tremendas de luto y de muerte;
Todas las raudas mudanzas del mundo
Marca el reloj, sin que nada le altere;
Sin que un instante su lengua ominosa
El estribillo monótono deje:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Franca acogida encontraba el extraño
De esa mansión al cruzar los dinteles;
Vivo chispeaba el hogar espacioso,
Mientras bullía ruidoso el banquete:
Mas, entre brindis y risas llegaba,
Cual de un espectro, el augurio solemne:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Allí los niños jugaban gozosos;
Allí las cándidas almas ardientes
Á sus ensueños de amor se entregaban...
¡Oh, rica edad que al fugarse no vuelve!
Así contaba el reloj, cual avaro,
Esos de dicha momentos tan breves:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
De aquella alcoba salió deslumbrante
La desposada en su traje de nieve;
En el salón silencioso y obscuro
Vióse tendido el cadáver inerte;
Y á cada pausa en los rezos, marcaba
Lento el reloj su tic tac elocuente:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Todos dispersos están los que un día
Vida prestaron al tétrico albergue;
Y al exclamar melancólico: "¡Cuándo,
Cuándo otra vez se unirán los ausentes!"
Como en los tiempos pasados, escucho
Sólo del viejo reloj los vaivenes:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
¡Nunca en el mundo falaz, engañoso!
¡Por siempre allá de la mística muerte
En el tranquilo, amoroso regazo,
Donde sin penas ni afanes se duerme!...
Esto el vetusto reloj de los siglos
Á todos dice en su lengua solemne:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!

MANUEL MARÍA SAMA

Nació en Mayagüez, el día 22 de Mayo de 1850, y allí recibió la instrucción primaria.

Cuando Sama crecía, era Mayagüez una de las poblaciones más literarias de Puerto Rico. Su proximidad á Santo Domingo, en donde había ya en aquel tiempo propensión á las revueltas políticas, hacía que afluyeran allí los personajes desterrados ó emigrados temporalmente de aquella República, y entre ellos solían venir publicistas, poetas y profesores de enseñanza, que contribuían á mantener y propagar entre los mayagüezanos el amor á las letras.

Empezó á florecer allí hacia el año 65, cuando Sama tenía quince años, una juventud literaria inteligente y no exenta de entusiasmo. Freyre, Bonilla, José María Monge, Bonocio Tió, y algunos más, publicaban en un periódico local artículos y poesías, y Brau empezaba á manifestar su afición á las letras desde el cercano pueblo de Cabo Rojo.

Sama entró desde muy joven en el movimiento literario que le rodeaba. Poseía un temperamento poético exquisito y una gran delicadeza de sentimiento. Por la pureza de sus afectos y la elegancia y aliño de su dicción, parecía un espíritu femenino en cuerpo varonil. No gustaba de la sátira ni de riñas literarias, ni tampoco era aficionado á las luchas políticas, aunque fué siempre un consecuente liberal. Agitaba solamente las ideas generosas sin contradecir á nadie, y le entusiasmaban los actos de cultura y las cosas bellas. Fué siempre un cooperador decidido de las acciones nobles y benéficas.

En unión de su buen amigo Monge, publicó la notable colección de Poetas Puertorriqueños; escribió un buen número de composiciones poéticas, muy estimables por su dulzura y elegancia; escribió y publicó un drama sentimental, titulado Inocente y Culpable, de escenas emocionantes y de hermosos versos; una disquisición histórica sobre el viaje de Cristóbal Colón á Puerto Rico, y una loa en verso relativa al descubrimiento de América. Obra suya fué también una interesante Bibliografía Portorriqueña, laureada en certamen público del Ateneo.

Fomentó una familia muy en harmonía con su propio carácter dulce y con sus gustos delicados, y vivía en perpetuo idilio.

Hacia la edad de cincuenta años se sintió enfermo, y vivió una temporada con su familia en las amenas alturas de Aibonito. Más tarde se trasladó á San Juan, en donde fué electo presidente del Ateneo, cargo que desempeñó con inteligencia, actividad y buen éxito.

Vivió siempre de su trabajo personal, fué muy estimado entre los hombres de letras, y entre lo más culto y distinguido de la sociedad portorriqueña.

Falleció en Miramar, San Juan, el día 5 de Abril del presente año.

La siguiente poesía suya es una de las más celebradas por su ternura y sentimiento, y una de las que da más aproximada idea de su estilo y de su complexión literaria:

DESDE EL MAR

Á mi madre

¡Madre! deidad tutelar
De mi purísimo amor,
Oye el humilde cantar
Que da á las brisas del mar
El errante trovador.
Oye del dulce instrumento
Las plácidas barcarolas
Que, en alas del sentimiento,
Mezcla á las notas del viento
Y al murmullo de las olas.
Para cantarte, lugar
Digno me ofreció mi anhelo;
Lejos de mi patrio hogar,
Asunto me brinda el mar
Y cubre mi frente el cielo.
Aquí la mente adormida
Despierta, y sube hasta Dios;
Aquí el amor nos convida;
Aquí, madre de mi vida,
Debemos hablar los dos.
Hoy que mi tierra adorada
Se pierde en el horizonte,
Y en vano ansiosa mirada
Busca la cumbre elevada
Del más elevado monte;
Hoy que en brazos del dolor
Miro el corazón deshecho,
Y te llamo en derredor...
Comprendo todo el amor
Que guardo dentro del pecho.
¿Y cómo, madre, no amarte,
Y eterno culto rendirte,
Y templo en el alma alzarte,
Y como á Dios adorarte,
Y como á Dios bendecirte,
Si eres tú el ángel divino
Que cubre de hermosas flores
Las zarzas de mi camino,
Tú el astro de mi destino,
Tú el amor de mis amores?
¡Ah! Si en mi pecho encendiste
De la patria el fuego santo,
Tú la inspiración me diste,
Y amorosa recibiste
De mi lira el primer canto.
Tú el honor me hiciste amar,
La caridad ejercer,
Y la virtud respetar...
Tu me enseñaste á rezar,
¡Tú me enseñaste á querer!
¡Mil y mil veces bendita
Sea la madre dulce y tierna,
Que deja en el alma escrita
Una ventura infinita
Con una esperanza eterna!
¡La que de moral herida
Con besos el dolor calma,
Y, gozosa y sonreída,
Nos da mitad de su vida
Y la mitad de su alma!
¡Bendita la que atesora
Bienes de eterna belleza,
Que luz de los cielos dora,
Y que por nosotros llora,
Y que por nosotros reza!
¡Ay madre! á nada, en mi anhelo.
Puedo mi amor comparar;
Miro el mar..., al éter vuelo,...
Y es más inmenso que el cielo,
Y más profundo que el mar.
Amor, que luz deja en pos
Como la noche rocío;
Tan grande, que sólo dos
Podemos guardarlo: Dios,
Y un corazón como el mío.
No importa que suerte impía
De tus brazos seductores
Me arrebate, madre mía;
Siempre serás mi poesía
Y el amor de mis amores.
Siempre las plácidas brisas,
Del hijo que adoras tanto
Y que hoy ¡triste! no divisas,
Te llevarán las sonrisas
Y el perfume de su llanto.
Y si la mar irritada,
Rompiendo el alma en pedazos,
Me ofrece tumba ignorada,
Sin contemplar tu mirada,
Sin reclinarme en tus brazos;
No por el bien que yo adoro
Abrigues, madre, temor;
Enjuga el amargo lloro,
Que yo salvaré el tesoro
De mi purísimo amor.

ANTONIO CORTÓN

Era uno de los literatos más capaces y de más elegante y atildado estilo de la América española.

Nació en San Juan de Puerto Rico, el día 29 de mayo de 1854, y fueron sus padres don Francisco Javier Cortón, empleado de la administración civil en el país, y doña Asunción del Toro.

Adquirió en esta ciudad la instrucción primaria, cursó las asignaturas del Bachillerato en el Seminario Conciliar, y publicó su primeros ensayos literarios y políticos en varios periódicos de esta ciudad.

En el año 1873 se trasladó á Madrid en compañía de su madre, ya viuda, con el propósito de seguir la carrera de Derecho y estudiar Filosofía y Letras en la Universidad Central; pero su pereza ingénita y su carácter algo voluntarioso, que en vano trataba de modificar su cariñosa madre, le apartaron de las aulas antes de haber alcanzado el triunfo completo de sus estudios.

Dedicóse al periodismo, al que era desde jovenzuelo muy aficionado, y para el cual poseía condiciones excepcionales. Hacia el año 1876 publicó en La Prensa, de Mayagüez, una serie de artículos de ciencia política y social, abogando por el establecimiento del matrimonio civil en Puerto Rico, artículos que dieron ocasión á discusiones apasionadas y á denuncias contra el citado periódico. Casi al mismo tiempo obtuvo plaza de redactor en El Globo, importante diario que recibía inspiraciones del ilustre Castelar, y que era su órgano más autorizado en la prensa. Cortón publicó en ese diario madrileño muchos artículos notables, y entre ellos dos biografías americanas de gran interés, una del general Guzmán Blanco, y otra de Toussaint Louverture.

En el año 1881, asociado á varios jóvenes residentes en Madrid, entre los que figuraban Díaz Valero, Ortiz de Pinedo, Gamir Soldado, Guerra y Alarcón y el malogrado García Vao, fundó una sociedad llamada en un principio "Juventud antiesclavista," y más tarde Círculo Nacional de la Juventud, de la cual fué Cortón Secretario y Bibliotecario. En este Círculo leyó una interesante Memoria sobre Patria y Cosmopolitanismo, que fué muy celebrada por la prensa española, traducida al francés y publicada en La Gironde, de Burdeos. Fué redactor literario del famoso Correo de Ultramar, que dirigía en París don Julio Nombela, desempeñó durante más de dos lustros el cargo de corresponsal de El Buscapié, de Puerto Rico, é ingresó en la Redacción de El Liberal, de Madrid, considerado ya como uno de los mejores diarios de España y aún de Europa. Dirigió durante muchos años la edición barcelonesa de este gran rotativo, y llegó á ser uno de sus primeros cronistas, allí donde cultivaban este difícil género Fernanflor, Zozaya, Dicenta, Gómez Carrillo y otros celebradísimos ingenios. Las crónicas de Cortón se distinguían casi siempre por la importancia del asunto, la gracia y viveza de la dicción, la sagacidad de las observaciones, el humorismo picante y lo certero del juicio, cualidades características de este ameno y talentoso escritor.

Publicó en sus mocedades un estudio de costumbres literarias femeniles titulado La literata, lleno de intención satírica, de donaire y de sutileza de ingenio. Algunos años después dió á la estampa una deliciosa colección de estudios literarios y de crítica y sátira con el título de Pandemonium, que contribuyó poderosamente al acrecentamiento de su fama de escritor de estilo primoroso y ameno. Más tarde publicó la casa de Maucci, con el título de El fantasma del separatismo, una serie de estudios políticos y sociales que había escrito Cortón en defensa de las justas aspiraciones de las provincias catalanas á su autonomía administrativa, estudios que llegaron á tener notable resonancia cuando se publicaron en El Liberal.

Fué Cortón durante muchos años Secretario de la Sociedad de Escritores y Artistas, de la que era Presidente el insigne poeta Núñez de Arce, que le distinguió siempre con su amistad.

Su obra culminante entre las que llegó á publicar, y aparte del tesoro de observación, de pensamiento y de gracia que deja desparramado en sus crónicas no recopiladas, es la que publicó en 1911 con el título de Espronceda. Se proponía continuar la serie, y anunciaba la próxima publicación de otros estudios análogos acerca de Larra, Zorrilla y otras figuras importantes de las letras españolas en el siglo XIX.

El libro Espronceda es de lo más bello, juicioso y concienzudo que ha producido la historia literaria y la crítica, en idioma castellano.

Al constituirse en Puerto Rico el Gobierno autonómico, en 1898, fué electo Diputado á Cortes, cargo en el cual prestó servicios importantes á su país.

Á fines del año 1913, cuando los amigos y admiradores de Cortón empezaban á impacientarse por la tardanza del nuevo libro de la serie comenzada, llegó de Madrid la noticia de haber fallecido allí, á los 58 años de edad, aquel esclarecido escritor portorriqueño.

Murió pobre, pero deja á su patria una viuda que le llora, un hijo inteligente, menesteroso de recursos para continuar su educación, y un nombre digno de figurar honrosamente en la Antología portorriqueña.

El gracioso artículo siguiente pertenece á su libro Pandemonium.

SARASATE

No tengo que reprocharme el haber dado nunca el nombre glorioso de artista á cualquier rascatripas, por el mero hecho de gastar melenas ó de exhibirse todas las noches en el Paraíso del teatro de la Opera. No creo, por lo tanto—y en esto me opongo al parecer de algunos maestros—que sea un timbre de gloria, digno de perpetuarse en los anales de la provincia, el que uno de sus hijos, residente en la corte, haya formado dignísima parte de la orquesta de uno de sus teatros líricos. Porque, artista, en la verdadera acepción del vocablo, es el compositor, el creador, no el ejecutante; no el que interpreta, con mayor ó menor fidelidad, la obra ajena, sino el que extrae de su cerebro la idea musical y le da forma en el pentágrama. No es posible calificar con un mismo nombre ni comprender en una misma categoría á Stradella, Cimarosa, Pergolese, Rossini, los grandes melodistas, á Palestrina, Händel, Bach, Beethoven, los armonistas, y á la Patti, la Nilsson, Gayarre, Sarasate y Monasterio, los grandes intérpretes. Y aun dentro de la creación, de la composición artística, hay jerarquías diversas y múltiples, que nacen de la mayor ó menor transcendencia de la obra de cada uno; que no es lo mismo componer, verbi gracia, la sinfonía pastoral de Beethoven y las romanzas de las zarzuelas del plagiario Gaztambide, como no son lo mismo tampoco, en la esfera de la pintura, un paisaje de Beruete y el maravilloso Cristo en la cruz, de Velázquez.

Al paso que vamos, todos los españoles, dentro de poco, seremos artistas sin saberlo. Porque aquí llamamos artista al bailarín, al acróbata, al torero, al fabricante de cerillas, al domador de fieras y al que hace sonar las campanas en la torre de una catedral ó el organillo en cualquier cosmorama de feria. Y no de otro modo que allá en mi aldea los astrónomos dieron en llamar sol, estrella y hasta creo que vía láctea á Canuta Pérez, sólo porque cantaba y gemía, con voz más dulce que el guarapo, algunas piezas de Norma, aquí en Madrid, donde se murió casi de hambre Narciso Serra, se reservan las ovaciones y con ellas las monedas de cinco duros para el tenor Gayarre, en cuya garganta prodigiosa parece que anida el pájaro azul que entona el himno de la redención de la patria. Gayarre, esa celebridad europea, esa gloria nacional, como sus amigos y devotos le llaman, es un antiguo herrero de las provincias vascongadas, sin cultura, sin formas sociales, casi sin entendimiento. Á pesar de esto, ¡con cuánta emoción le hemos oído aquellas suaves notas de la inmortal salutación de Fausto á Margarita: Permettereste á me....! ¡Qué eléctrica chispa de emoción cundía por todo el Paraíso cuando murmuraba, en actitud de bailar un rigodón, aquella frase: Ja sorge il di....! Pero no llevemos nuestro entusiasmo hasta el punto de arrojarle al escenario coronas de laurel; las coronas son para las cabezas y el cantante sólo trabaja con la garganta y con la boca; tengamos, pues, para el cantante un collar de perlas ó una dentadura de oro, para el torero un par de cuernos, para el acróbata una bala de cañón, para la bailarina unas zapatillas, ó, si le pareciera poco, unas botas de montar. Y no les pidamos gollerías... No pidamos, por ejemplo, á Gayarre, hombre sin instrucción alguna, que sepa interpretar, en el pentágrama de Gounod, el pensamiento filosófico del viejo doctor alemán, rejuvenecido por la musa de Goethe, ni pretendamos tampoco que, comprendiendo las metafísicas algún tanto locas de Wagner, entienda que pueda conseguirse la expresión de tipos y de caracteres por medio de trémolos sobre la cuerda del violín. Para comprender eso necesitaría el cantante... poca cosa... ser artista.

No puede ocultarse que á las veces hay una obra personal en la interpretación, y que el artista—si damos este nombre al cantante, al cómico y al instrumentista—suele tener, de raro en raro, el derecho de decir que él ha creado un papel puesto que se lo apropia, poniendo en él su alma y su inteligencia é infundiéndole su propia sangre. Sin elevarnos hasta Rachel, la Ristori, Talma, Romea, Rossi, Coquelin y la divina Sara, puede asegurarse que al talento de Vico, nuestro insigne actor, débese en gran parte el éxito de muchos dramas de Echegaray, más feos que el no tener.

Lo que no ofrece sombra de dudas es que, si bien cualquier tenorcillo de la legua puede interpretar, si á mano viene y casi con perfección absoluta, el tipo de Guillermo Tell, un aldeano patriota, el de Otelo, un africano celoso, y hasta, en caso de apuro, el de Don Juan, un burlador impenitente, en cambio, no todos los tenores de primera línea pueden salir airosos en la interpretación del carácter de Fausto, el filósofo á lo Hegel, del tipo de Hamlet, el sombrío escéptico, del tipo de Poliuto, el mártir de la fe religiosa. De mí sé decir que cuando Berlioz, el potente colorista del sonido, me transporta, en su fulgurante corcel, con fatigoso movimiento al abismo de la Damnation de Faust, veo allí mejor el laboratorio obscuro del doctor alemán y oigo allí después con más deleite la errante cantinela de la Pascua florida que en la obra inmortal del maestro Gounod, porque la concepción del poeta y la idea, las líneas melódicas del músico suelen ser casi siempre mejor interpretadas por el violín y por la flauta que por la parlera garganta de algún tenor coreográfico, maniquí con sombrero de plumas, que no comprenderá nunca la razón de que Fausto se devanase los sesos esclareciendo el oculto sentido de la primera frase del Génesis. Con respecto á las cantantes hembras, soy algo más benévolo. Tengo mis razones... Toda mujer, por muy tiple ó muy soprano que sea, lleva siempre dentro de sí misma algo de la inocente Margarita, la pequeña Eva alemana, Sibila del amor, eternamente feliz en su modesto jardincito, con su oráculo de flores. Las mujeres que viven con aérea vida en el mundo del arte y que surgieron vestidas de blanco del manantial del llanto del poeta, ó bajaron desprendidas del astro piadoso que alumbró las veladas febriles del músico para evaporizarse en el sonido y pasar del pensamiento al ensueño, ora revoloteando en los labios, ora permaneciendo aprisionadas en el mármol y el lienzo, y siempre envueltas en la nube de una existencia ideal; las mujeres de la leyenda y del arte, Ofelia, Desdémona, Julieta, Margarita, Elena, Aïda, Ifigenia, Clarisa, Leonora, son, sobre todo, representaciones sinceras del Eterno femenino, creaciones sencillas, cuya interpretación puede hallarse y se halla, en efecto, al alcance de cualquier alumna del Conservatorio de Madrid.


He apuntado la idea y no la retiro; á pesar de poseer mayor suma de recursos y medios el instrumento humano que se llama tenor ó barítono, yo no he saboreado las verdaderas notas de Gounod, hasta que he oído la otra noche las divinas notas del violín de Sarasate. ¡Sarasate! Perdóneseme que no pueda escribir este nombre sin ver reaparecer bajo mi pluma esa figura de un gran intérprete musical, el más completo que he conocido. Actualmente recorre en las regiones andaluzas un camino triunfal, después de haber sido aplaudido y festejado, con entusiasmo frenético, en Madrid, donde se presentó por última vez al público en un concierto celebrado á beneficio de la Asociación de escritores y artistas. Ese concierto tiene una historia que hace honor al gran violinista. Como España es tierra donde germina y se desarrolla esa pasioncilla inmunda que se llama la envidia, no es extraño que un español como Sarasate, que nació bajo el influjo de bienhechora estrella y que ha llegado á ser en toda Europa el ídolo de un pueblo de almas, despertase en la tierra donde nació rencores de esa gentecilla, que, impotente para acercarse á la gloria, tiene un insensato placer en amenguar la gloria ajena. Unos cuantos rascatripas y sopladores, de esos que tocan el violín y la flauta en el café ó en el circo ecuestre, armaron contra Sarasate terrible conjura; y no atreviéndose á decir que Sarasate maneja mal el "stradivarius," le llamaron en obscuros artículos anónimos, mal español, sosteniendo con error indiscutible, que había renunciado á su nacionalidad; y le llamaron avariento, tacaño y ambicioso, acusándole de cobrar el cincuenta por ciento de los productos de los conciertos en que trabajaba. Sarasate respondió á esas acusaciones ofreciéndose á trabajar de balde en un concierto á beneficio de la Asociación de escritores y artistas.

Yo le había oído muchas veces pero nunca me ha entusiasmado tanto como aquella noche. Los artistas italianos del Renacimiento, con el mal gusto propio de la época, eran muy aficionados á pintar ángeles tocando el violín. Yo me acordaba de aquellas figuras, aguzando el oído y cerrando los ojos para no ver las melenas y los bigotes de guardia civil que gasta Sarasate. Porque si existiera el cielo de Mahoma ó de Cristo, sólo allí debería escucharse algo parecido al celestial gorjeo del violín de Sarasate.

Diderot ha escrito: "Para que el artista me haga llorar, es preciso que él no llore." Nada más exacto, pero también es preciso que haya llorado. Su emoción individual debe convertirse en emoción artística y la interpretación animarse con el eco de sentimientos experimentados y desaparecidos. Las lágrimas no deben salir á los ojos del intérprete; pero debe tener lágrimas en el instrumento. Gracias á esa transformación, Sarasate ejerce sobre el público una acción magnética, que repercute sobre sí mismo. "Si el público supiera—suele decir—cuanto puede obtener de nosotros con sus aplausos, nos mataría." ¡Oh, bien lo ha probado el infeliz! En todos sus conciertos, apenas termina la última pieza clásica del programa, ya está el público pidiéndole á grito pelado, la indispensable propina de siempre, es decir, los aires populares españoles, la jota aragonesa, la muiñeira, la petenera, el zorzico, etc. Y aquí se comprueba la modificación que hice á la frase de Diderot. El artista debe sentir siempre lo que ejecuta. Si en el corazón de Sarasate no estuviese viva la llama del sentimiento patriótico, ¿qué mérito tendría la jota aragonesa por él ejecutada? Un violinista ruso ó teutón no podría herir acaso, con esas notas, nuestro sentimiento artístico. Ese aire popular que tiene tantos títulos de gloria como la Marsellesa canturreado, con voz aguardentosa, por un gañán, al conducir sus bueyes al establo, no es fácil que despierte emoción estética alguna; pero, al rozar las cuerdas del violín de Sarasate, ese aire popular, que unas veces gime y otras ruge y siempre expresa el sentimiento de la patria, nos transporta en alas de la fantasía á la falda del Moncayo y á la orilla del Ebro, ó allá donde murieron de amor Isabel y Marsilla, y evoca en nosotros el recuerdo del épico suicidio de Zaragoza, y nos hace asistir á las sencillas fiestas de las aldeanas en honor de la más patriota de las Vírgenes, la Virgen del Pilar.

Pues ¿y dónde dejamos la muiñeira? Yo no tengo el honor de ser gallego. Pero, declaro sinceramente que la muiñeira hubo de causarme siempre una emoción profundísima. Yo se la he oído á Sarasate, no sólo en Madrid, sino también en la misma Coruña, y puedo asegurar que nunca he presenciado una ovación tan imponente.

Cuando algún tiempo después de haber oído la muiñeira en Galicia, se la volví á escuchar la otra noche á Sarasate, vino á mi memoria la zagala rústica que sentada sobre la piedra del lar humilde ó cargando en sus fornidos hombros el saco repleto de centeno y maíz, ó comprimiendo con sus manos de color de arcilla las gruesas ubres de la vaca, ó partiendo en el monte el espinoso tojo, no bien oye á lo lejos el gemido agreste y melancólico de la gaita y el regocijado son del tamboril y del pandero, suelta la hoz de la siega y loca de alegría, llama á sus rapaces y se pone á bailar con ellos la tradicional muiñeira, pegando sendos y descompasados brincos á la sombra del castañar hojoso....

Aquélla, aquélla es la misma muiñeira de Pablo Sarasate, tocada por el autor y acompañada al piano por su secretario mein-herr Otto, un alemán que le sigue en todas sus excursiones artísticas y que á fuerza de escuchar el canto saudoso, ya dice como cualquier gallego vagabundo á la orilla de extranjeros lagos: