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Autobiografía / Obras Completas Vol. XV cover

Autobiografía / Obras Completas Vol. XV

Chapter 61: LX
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About This Book

El relato rememora orígenes familiares y el curioso despliegue del apellido, seguida de recuerdos infantiles en pueblos rurales y ciudades, la separación de los padres y la crianza por parientes. Describe impresiones tempranas —miedos nocturnos, tradiciones locales, juegos y lecturas— y la formación escolar y literaria del narrador, su precoz afición por la lectura y la poesía, experiencias formativas con figuras familiares y militares, y los primeros oficios vinculados a la prensa y a la secretaría presidencial, que acompañan la evolución de su vocación y su mirada sobre la memoria y el lugar de procedencia.

LX

UNA vez vuelto de ese largo viaje, me tomé algún tiempo de reposo en París. Inesperadamente recibí cablegrama del Ministerio de Relaciones Exteriores de Nicaragua, en que se me comunicaba mi nombramiento de Secretario de la Delegación nicaragüense a la conferencia Panamericana del Río de Janeiro. Debería reunirme en Francia con el jefe de la Delegación, señor Luis F. Corea, que era Ministro en Washington. Una semana después salimos para el Brasil. Ya he narrado en un diario las circunstancias, anécdotas y peripecias de este viaje y mis impresiones brasileñas y de la conferencia, a raíz de este acontecimiento. Vine de Río de Janeiro, por motivos de salud, a Buenos Aires. Mis impresiones de entonces quizás las conozcáis en verso, en versos de los dirigidos a la señora de Lugones, en cierta mentada epístola:

... En fin, convaleciente, llegué a nuestra ciudad
de Buenos Aires, no sin haber escuchado
a mister Root, a bordo del Charleston sagrado;
mas mi convalecencia duró poco. ¿Qué digo?
mi emoción, mi entusiasmo y mi recuerdo amigo,
y el banquete de La Nación que fué estupendo,
y mis viejas siringas con su pánico estruendo,
y ese fervor porteño, ese perpetuo arder,
y el milagro de gracia que brota en la mujer
argentina, y mis ansias de gozar de esa tierra
me pusieron de nuevo con mis nervios en guerra.
Y me volví a París. Me volví al enemigo
terrible, centro de la neurosis, ombligo
de la locura, foco de todos surmenage,
donde hago buenamente mi papel de sauvage
encerrado en mi celda de la rue Marivaux,
confiando sólo en mí y resguardando el yo.
¡Y sí lo resguardara, señora, si no fuera
lo que llaman los parisienses una pera!
A mi rincón me llegan a buscar las intrigas,
las pequeñas miserias, las traiciones amigas,
y las ingratitudes. Mi maldita visión
sentimental del mundo me aprieta el corazón,
y así cualquier tunante me explotará a su gusto.
Soy así. Se me puede burlar con calma. Es justo.
Por eso los astutos, los listos dicen que
no conozco el valor del dinero. ¡Lo sé!
Que ando, nefelibata, por las nubes... ¡Entiendo!
Sí, lo confieso, soy inútil. No trabajo
por arrancar a otro su pitanza; no bajo
a hacer la vida sórdida de ciertos previsores.
Yo no ahorro, ni en seda, ni en champaña, ni en flores.
No combino sutiles pequeñeces, ni quiero
quitarle de la boca su pan al compañero.
Me complace en los cuellos blancos ver los diamantes.
Gusto de gentes de maneras elegantes
y de finas palabras y de nobles ideas.
Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas
trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos,
mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos.
No conozco el valor del oro... ¿saben esos
que tal dicen, lo amargo del jugo de mis sesos,
del sudor de mi alma, de mi sangre y mi tinta,
del pensamiento en obra y de la idea encinta?
¿He nacido yo acaso hijo de millonario?
¿He tenido yo Cirineo en mi Calvario?...

De vuelta a París fuí a pasar un invierno a la Isla de Oro, la encantadora Palma de Mallorca. Visité las poblaciones interiores; conocí la casa del archiduque Luis Salvador, en alturas llenas de vegetación de paraíso, ante un mar homérico; pasé frente a la cueva en que oró Raymundo Lulio, el ermitaño y caballero que llevaba en su espíritu la suma del Universo. Encontré las huellas de dos peregrinos del amor, llamémosles así: Chopin y George Sand, y hallé documentos curiosos sobre la vida de la inspirada y cálida hembra de letras y su nocturno y tísico amante. Vi el piano que hacía llorar íntima y quejumbrosamente el más lunático y melancólico de los pianistas, y recordé las páginas de Spiridion.

LXI

EL gobierno nicaragüense nombró a Vargas Vila y a mí—Vargas Vila era Cónsul general de Nicaragua en Madrid—miembros de la Comisión de límites con Honduras, que Nicaragua envió a España, siendo el rey Don Alfonso el árbitro que debía resolver definitivamente en el asunto en cuestión. El ministro Medina era el jefe de la Comisión; pero nunca nos presentó oficialmente ni contaba, ni quería contar con nosotros para nada. Vargas Vila tiene sobre esto una documentación inédita que algún día ha de publicarse. El fallo del rey de España, no contentó, como casi siempre sucede, a ninguna de las partes litigantes, y eso que Nicaragua tenía como abogado nada menos que a D. Antonio Maura. La poca avenencia del ministro Medina conmigo hizo que yo me resolviese a hacer un viaje a Nicaragua.

Hacía cerca de diez y ocho años que yo no había ido a mi país natal. Como para hacerme olvidar antiguas ignorancias e indiferencias, fuí recibido como ningún profeta lo ha sido en su tierra... El entusiasmo popular fué muy grande. Estuve como huésped de honor del Gobierno durante toda mi permanencia. Volví a ver, en León, en mi casa vieja, a mi tía abuela, casi centenaria; y el Presidente Zelaya, en Managua, se mostró amable y afectuoso. Zelaya mantenía en un puño aquella tierra difícil. Diez y siete años estuvo en el poder y no pudo levantar cabeza la revolución conservadora, dominada, pero siempre piafante. El Presidente era hombre de fortuna, militar y agricultor, mas no se crea que fué ese la reproducción de tanto tirano y tiranuelo de machete como ha producido la América española. Zelaya fué enviado por su padre, desde muy joven, a Europa; se educó en Inglaterra y Francia; sus principales estudios los hizo en el colegio Höche, de Versalles; peleó en las filas de Rufino Barrios, cuando este Presidente de Guatemala intentó realizar la unión de Centro América por la fuerza, tentativa que le costó la vida.

Durante su presidencia, Zelaya hizo progresar el país, no hay duda alguna. Se rodeó de hombres inteligentes, pero que, como sucede en muchas partes de nuestro continente, hacían demasiada política y muy poca administración; los principales eran hombres hábiles, que procuraban influir para los intereses de su círculo en el ánimo del gobernante. Esos hombres se enriquecieron, o aumentaron sus caudales, en el tiempo de su actuación política. Otros adláteres hicieron lo mismo; la situación económica en el país se agravó, y las malquerencias y desprestigios de los que rodeaban al jefe del Estado recayeron también contra él. Esto lo observé a mi paso. El descontento había llegado a tal punto en Occidente, cuando se creyó, con motivo del matrimonio de una de las señoritas Zelaya, que el Presidente entraba en connivencias con los conservadores de Granada, que había preparada en León, para una próxima visita presidencial, una conjuración contra la vida del general Zelaya.

Amigos míos, entre ellos, principalmente, el doctor Luis Debayle y D. Francisco Castro, ministro de Hacienda, y el mismo ministro de Relaciones Exteriores, Sr. Gámez, pidieron al presidente la legación de España para mí. La unánime aprobación popular, el pedido de sus amigos, y su innegable buena voluntad, hicieron que el general Zelaya me nombrase ministro en Madrid, pero no sin que tuviese que luchar con intrigas palaciegas y pequeñeces no palaciegas, que hacían su sordo trabajo en contra, y esto a pesar de que la legación tenía un pobre y casi desdoroso presupuesto, que fué todavía mermado a la salida del Sr. Castro del Ministerio de Hacienda.

LXII

PARTÍ, pues, de Nicaragua con la creencia de que no había de volver nunca más; pero había visto florecer antiguos rosales y contemplado largamente, en las noches del trópico, las constelaciones de mi infancia. La familia Darío estaba ya casi concluída. Una juventud ansiosa y llena de talento se desalentaba, por lo desfavorable del medio. Y se sentía soplar un viento de peligro que venía del lado del Norte.

Cuando llegué a París, la contrariedad del ministro Medina al saber que iba yo a sustituirle en su puesto diplomático de España—pues él era representante de Nicaragua en cuatro o cinco países de Europa—se exteriorizó con tal despecho, que me juró aquel provecto caballero no volver a poner los pies en España. Me dirigí a Madrid con objeto de presentar mis credenciales. Me hospedé en el Hotel de París, y procuré que aquella Legación, con información de pobreza, tuviese una exterioridad, ya que no lujosa, decorosa. La prensa me había saludado con toda la cordialidad que inspiraba un reconocido amigo y queredor de España.

Recibí la visita del primer Introductor de Embajadores, Conde de Pie de Concha, noble gentilísimo, y me anunció que el Rey me recibiría en seguida, pues tenía que partir no recuerdo para qué punto. A los tres días debía verificarse la ceremonia de la entrega de mis credenciales; y todavía un día antes andaba yo en apuros, porque no había recibido de París mi flamante y dorado uniforme. Felizmente me sacó del paso mi buen amigo el doctor Manrique, ministro de Colombia; él hizo que me probara el suyo y me quedó a las mil maravillas; y he allí cómo el antiguo Cónsul general de Colombia en Buenos Aires, fué recibido por el rey de España, como ministro de Nicaragua, con uniforme colombiano.

Su Majestad el Rey estuvo conmigo de una especial amabilidad, aunque en este caso todos los diplomáticos dicen lo mismo. Me habló de mi obra literaria. Conversó de asuntos nicaragüenses y centroamericanos, demostrando bien informado conocimiento del asunto, y dejó en mi ánimo la mejor impresión. Cada vez que hablé con él, en el curso de mi misión, me convencí de que no es solamente el rey sportman de los periódicos e ilustraciones, sino un joven bien pertrechado de los más diversos conocimientos, y hecho a toda suerte de disciplinas. Una vez concluída mi conversación con el monarca, pasé a presentar mis respetos a las reinas. La reina Victoria apareció ante mi vista como una figura de arte. Por su rosada belleza, la pompa rica de su elegancia ornamental, y hasta por la manera como estaba dada la luz en el estrecho recinto donde me recibió de pie y me tendió la mano para el beso usual. ¡Cuán hermosa y rubia reina de cuentos de hadas! Hablé con ella en francés; todavía no se expresaba con facilidad en español. Y tras cumplimientos y preguntas y respuestas casi protocolares, fuí a saludar a la reina madre doña María Cristina, delgada y recta, con la particular distinción y aire imperial que reveló siempre la archiduquesa austriaca que había en la soberana española. Se mostró conmigo afable y de excelente memoria. Así, después del acostumbrado diálogo diplomático, me dijo que recordaba la ocasión en que, en una de las ceremonias de las fiestas colombianas, le había sido presentado por su primer ministro, D. Antonio Cánovas del Castillo.

Después hice mi visita a las infantas: doña Isabel, acompañada de su inseparable marquesa de Nájera, hoy fallecida. El excelente carácter de doña Isabel, su cultura y su llaneza, bien conocidos de los argentinos, no ocultan el genio artístico que hay en ella; y cuyo amor al arte supe en esa oportunidad y en otras posteriores, por su conversación y por su museo. La infanta doña Luisa, una linda Orleáns, casada con el viudo D. Carlos, delicada y fina aunque sportswoman airosa y vigorosa que va de cuando en cuando a bañar su beldad de sol a Sevilla. Y la desventurada infanta María Teresa, desventurada como su pobre hermana, y tan desventurada como sencilla y bondadosa, cuya muerte acaba de llorar toda España. Me recibió en compañía de su marido el príncipe D. Fernando de Baviera, hijo de su tía la infanta doña Paz. Doña María Teresa, ingenuamente, sufrió conmigo una equivocación, lamentable para mí, ¡hélas! pues, acostumbrada a representantes hispanoamericanos como los Wilde, los Iturbe, los Candamo, los Beiztegui, me confundió con esos millonarios, y me habló de mi automóvil... ¡Pobrecita infanta María Teresa! A la infanta doña Eulalia no la pude saludar, pues ya se sabe que es una parisiense y que reside en París.

LXIII

EN el cuerpo diplomático, no sabiendo jugar al bridge y con el sueldo que tiene un secretario de legación de cualquier país presentable, y con lo de la literatura y los versos, hacía yo, entre los de la carrera, un papel suficientemente medianejo... Entre los embajadores, disfruté la grata cortesía del fastuoso britano Sir Maurice Bunsen, y la acogida siempre simpática y afectuosa del Nuncio, monseñor Vico, hoy cardenal. Mi único amigo verdadero era el embajador de Francia, porque era también amigo de las musas; íntimo de Mistral, y autor de páginas muy agradables, lo cual, señores positivos, no obsta para que actualmente sea director de la Banque Otomane en Constantinopla.

A todo esto, el gobierno de Nicaragua, preocupado con sus políticas, se acordaba tanto de su legación en España como un calamar de una máquina de escribir... Y ahí mis apuros... No, no he de callar esto... Después de haber agotado escasas remesas de mis escasos sueldos, que según me ha dicho el general Zelaya, tuvo que poner de su propio peculio, y cuando ya se me debía el pago de muchos meses, La Nación de Buenos Aires, o mejor dicho, mis pobres sesos, tuvieron que sostener, mala, pésimamente, pero, en fin, sostener, la legación de mi patria nativa, la República de Nicaragua, ante su Majestad el rey de España... En fin, para no tener que hacer las de cierto ministro turco, a quien los acreedores sitiaban en su casa de la Villa y Corte, trasladé mi residencia a París, en donde ni tenía que aparentar, ni gastar nada, diplomáticamente.

LXIV

LA traición de Estrada inició la caída de Zelaya. Este quiso evitar la intervención yankee, y entregó el poder al doctor Madriz, quien pudo deshacer la revolución, en un momento dado, a no haber tomado parte los Estados Unidos, que desembarcaron tropas de sus barcos de guerra para ayudar a los revolucionarios.

Madriz me nombró Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, en misión especial, en México, con motivo de las fiestas del Centenario. No había tiempo que perder, y partí inmediatamente. En el mismo vapor que yo iban miembros de la familia del presidente de la República, general Porfirio Díaz, un íntimo amigo suyo, diputado, D. Antonio Pliego, el ministro de Bélgica en México y el conde de Chambrun, de la legación de Francia en Washington. En la Habana se embarcó también la delegación de Cuba que iba a las fiestas mexicanas.

Aunque en La Coruña, por un periódico de la ciudad, supe yo que la revolución había triunfado en Nicaragua, y que el presidente Madriz se había salvado por milagro, no diera mucho crédito a la noticia. En la Habana la encontré confirmada. Envié un cablegrama pidiendo instrucciones al nuevo gobierno y no obtuve contestación alguna. A mi paso por la capital de Cuba, el Ministro de Relaciones Exteriores, señor Sanguily, me atendió y obsequió muy amablemente. Durante el viaje a Veracruz conversé con los diplomáticos que iban a bordo, y fué opinión de ellos que mi misión ante el gobierno mexicano era simplemente de cortesía internacional, y mi nombre, que algo es para la tierra en que me tocó nacer, estaba fuera de las pasiones políticas que agitaban en ese momento a Nicaragua. No conocían el ambiente del país y la especial incultura de los hombres que acababan de apoderarse del gobierno.

Resumiré. Al llegar a Veracruz, el introductor de diplomáticos, Sr. Nervo, me comunicaba que no sería recibido oficialmente, a causa de los recientes acontecimientos, pero que el gobierno mexicano me declaraba huésped de honor de la nación. Al mismo tiempo se me dijo que no fuese a la capital, y que esperase la llegada de un enviado del ministerio de Instrucción Pública. Entre tanto, una gran muchedumbre de veracruzanos, en la bahía, en barcos empavesados y por las calles de la población, daban vivas a Rubén Darío y a Nicaragua, y mueras a los Estados Unidos. El enviado del Ministerio de Instrucción Pública llegó con una carta del ministro, mi buen amigo D. Justo Sierra, en que en nombre del presidente de la República y de mis amigos del gabinete, me rogaban que pospusiese mi viaje a la capital. Y me ocurría algo bizantino. El gobernador civil, me decía que podía permanecer en territorio mexicano unos cuantos días, esperando que partiese la delegación de los Estados Unidos para su país, y que entonces yo podría ir a la capital; y el gobernador militar, a quien yo tenía mis razones para creer más, me daba a entender que aprobaba la idea mía de retornar en el mismo vapor para la Habana... Hice esto último. Pero antes visité la ciudad de Jalapa, que generosamente me recibió en triunfo. Y el pueblo de Teccelo, donde las niñas criollas e indígenas, regaban flores y decían ingenuas y compensadoras salutaciones. Hubo vítores y músicas. La municipalidad dió mi nombre a la mejor calle. Yo guardo, en lo preferido de mis recuerdos afectuosos, el nombre de ese pueblo querido. Cuando partía en el tren, una indirecta me ofreció un ramo de lirios y un puro azteca: «Señor, yo no tengo que ofrecerle más que esto»; y me dió una gran piña perfumada y dorada. En Veracruz se celebró en mi honor una velada, en donde hablaron fogosos oradores y se cantaron himnos. Y mientras esto sucedía, en la capital, al saber que no se me dejaba llegar a la gran ciudad, los estudiantes en masa, e hirviente suma de pueblo, recorrían las calles en manifestación imponente contra los Estados Unidos. Por la primera vez, después de treinta y tres años de dominio absoluto, se apedreó la casa del viejo Cesáreo que había imperado. Y allí se vió, se puede decir, el primer relámpago de la revolución que trajera el destronamiento.

Me volví a la Habana acompañado de mi secretario, Sr. Torres Perona, inteligente joven filipino, y del enviado que el Ministro de Instrucción Pública habíale nombrado para que me acompañase. Las manifestaciones simpáticas de la ida no se repitieron a la vuelta. No tuve ni una sola tarjeta de mis amigos oficiales... Se concluyeron, en aquella ciudad carísima, los pocos fondos que me quedaban y los que llevaba el enviado del ministro Sierra. Y después de saber, prácticamente, por propia experiencia, lo que es un ciclón político, y lo que es un ciclón de huracanes y de lluvia en la isla de Cuba, pude después de dos meses de ardua permanencia, pagar crecidos gastos y volverme a París, gracias al apoyo pecuniario del diputado mexicano Pliego, del ingeniero Enrique Fernández, y, sobre todo, a mis cordiales amigos Fontaura Xavier, ministro del Brasil, y general Bernardo Reyes, que me envió por cable, de París, un giro suficiente.

LXV

EL nuevo gobierno nicaragüense, que suprimió por decreto mi misión en México, no me envió nunca, por más que cablegrafié, mis recredenciales para retirarme de la legación de España; de modo que, si a estas horas no las ha mandado directamente al gobierno español, yo continúo siendo el representante de Nicaragua ante su majestad católica.

Y aquí pongo término a estas comprimidas memorias que, como dejo escrito, he de ampliar más tarde. En mi propicia ciudad de París, sin dejar mi ensueño innato, he entrado por la senda de la vida práctica... Llamado por el artista Leo Merelo para la fundación de la revista Mundial, entré luego en arreglos con los distinguidos negociantes Sres. Guido, y he consagrado mi nombre y parte de mi trabajo a esa empresa, confiando en la buena fe de esos activos hombres de capital.

En lo íntimo de mi casa parisiense, me sonríe infantilmente un rapaz que se me parece, y a quien yo llamo Güicho...

Y en esta parte de mi existencia, que Dios alargue cuanto le sea posible, telón.

Buenos Aires, 11 de Septiembre.—5 de Octubre de 1912.


EDITORIAL “MUNDO LATINO”

APARTADO 502.—MADRID

CATALOGO PROVISIONAL

(EXTRACTO DEL CATÁLOGO GENERAL)

 Pesetas
OBRAS COMPLETAS
DE RICARDO DE LEÓN
(de la Real Academia Española)
Edición del Banco de España. Ocho volúmenes en 4.º,
encuadernados en tela, con alegorías de Coullaut
Valera y retrato del autor, por Vacqué
50,00
A plazos (5 pesetas mensuales)60,00
DE FRANCISCO VILLAESPESA
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II.—Luchas.—Confidencias3,00
III.—La copa del Rey de Thule.—La musa enferma3,00
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XII.—El rey Galaor.—El triunfo del amor3,00
DE RUBÉN DARÍO
(Ilustraciones de Ochoa)
Tomos publicados:
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II.—Prosas profanas3,50
III.—Tierras solares3,50
IV.—Azul3,50
V.—Parisiana3,50
VI.—Los raros3,50
VII—Cantos de vida y esperanza3,50
VIII.—Letras3,50
IX.—Canto a la Argentina3,50
X.—Opiniones3,50
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Ediciones especiales de lujo.
HENRIK IBSEN
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IV.—Brand3,50
V.—Peer Gynt3,50
VI.—La unión de la juventud. Las columnas de la sociedad. La casa de una muñeca3,50
VII.—Emperador y Galileo3,50
VIII.—Espectros. Un enemigo del pueblo. El pato silvestre3,50
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JOSÉ FRANCÉS
El año artístico 19156,00
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El año artístico 1917 (con 250 grabados)11,50
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Victoriano de Saussay.—La ciencia del beso 3,50
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Maquiavelo.—Obras festivas: La Mandrágora.—El
P. Alberico.—La Celestina.—El archidiablo
Belfegor3,00
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COLECCION SELECTA
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Kalidasa.—El reconocimiento de Sakuntala1,00
Rousseau.—Discurso sobre las artes y las ciencias1,00
—— Origen de la desigualdad entre los hombres1,00
Luciano de Samosata.—La diosa de Siria1,00
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F. Alvarado.—El filósofo rancio. (Cartas)1,50
COLECCION CIENCIA Y ARTE
Ricardo Yesares.—¿Qué quieres aprender? Electricidad. Encuadernado en tela3,50
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Stendhal.—Del amor6,00
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Rivero.—Legislación de clases pasivas. Volumen de 500 páginas, encuadernado en tela10,00
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LIBROS DE CARTAS
El arte de escribir cartas1,00
Manual epistolar (encuadernado en tela)2,00
Cartas amorosas0,60
Epistolario de amor (encuadernado)2,00