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Bailén

Chapter 19: XV
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About This Book

A convalescent narrator lodged in a crowded boarding-house observes neighbors whose memories, boasting, and gossip illuminate popular reactions to a foreign military presence and to past campaigns. Through lively portraits—an ex-soldier, an enthusiastic admirer of the invader, and talkative household figures—the narrative alternates anecdote and domestic detail to show how rumor, pride, fear, and humor shape communal life during wartime. Episodes combine battle reminiscences with everyday exchanges, examining how public events penetrate intimate spaces and define social identities.

XIV


—Gabriel—me dijo con voz temblorosa y sin dejar de mirar hacia el sitio del tumulto—, vas a hacerme un favor.... ¡Los franceses! ¡Están ahí los franceses! Sí..., yo he visto pasar por esas calles las gorras de pelo de a dos varas de alto.... Bien lo decía yo.... ¡Mi sobrinita y mi hermana tienen unas cosas...! A ellas solas se les ocurre mandarme con esta comisión, sin reparar que la pierna gotosa no me deja correr. Pero no doy un paso más..., me retiro a casa...; tú te encargarás de llevarlas flores, la carta y el recado.... ¿No oíste un tiro? Me parece que vienen por ese lado. ¡Jesús, esto es atroz! Si viene una bala perdida.... Adiós, me voy; toma, chiquillo, encárgate tú de esto. Es muy fácil. Ahí está el convento. Mira, en aquel callejón está la puerta del torno. Entras, preguntas por la Srta. Inés, la novicia..., pues. Dices que vas de parte de la Sra. Marquesa de Leiva. ¿Lo olvidarás?... ¡Dios mío! ¡Esas mujeres que pasan corriendo!... Sin duda los muy tunantes intentan deshonrarlas. Me voy.... Toma, entra tú en el locutorio. ¡Para qué vendría yo a estos malditos barrios! Toma el ramo de flores contrahechas..., toma la carta, que darás a la Srta. Inés...; le dices que la Sra. Marquesa está enojada con ella, y que es preciso que a salir del convento se decida. Insiste mucho en esto, ¿eh?; dile que nos vamos para Madrid, y que en la Corte del nuevo rey José I.... ¡Demonio, eso que ha sonado es un tiro de obús!... Me parece que ha caído una granada en el techo de esa casa.

—¿Una granada? Lo menos cincuenta van disparadas ya—dije yo, atizando el fuego de su miedo para que se marchara pronto y me dejase tan sublime comisión.

—Conque, chiquillo—continuó, temblando como un azogado—, ¿lo harás bien? Si te dan contestación la llevas a casa. Ve pronto. Yo me escaparé corriendo por esta calle donde no se siente ruido...; adiós.

Desapareció el diplomático, llevado por su miedo, y al punto entré en la portería del convento con febril alegría, y di fuertes porrazos en el torno. Una voz regañona me contestó.

Deo gratias—dije—. Vengo de parte de mi ama, la Sra. Marquesa de Leiva, a traer un recado a la Srta. Inés.

La portera me dijo que esperara en el locutorio, y al poco rato de estar allí corrióse la cortina de éste y vi dos monjas. No sé cómo pude mantenerme en pie. Una de ellas era Inés.

No me cabía duda, era ella misma: en su semblante, adelgazado y pálido, habían impreso terribles huellas los sesenta días de incesantes pesares transcurridos desde el 2 de mayo; pero la reconocí, a pesar de la escasísima luz del locutorio, y la hubiera reconocido en la obscuridad de las entrañas de la tierra. Parecióme que al verme cerró los ojos, y que asíó las rejas con sus dos manos para sostenerse. Cuando me dirigió la primera pregunta, temblaba su voz de tal modo, que era imposible entender sus palabras. Sin poder decir una sola, incapaz de discurso y de movimiento, permanecí yo breve rato con la cara apoyada en la reja.

La monja que la acompañaba me obligó por fin a romper el silencio.

—La Sra. Marquesa me ha dado este ramo de flores y esta carta—dije, introduciendo ambas cosas para que las tomara Inés.

—¡Ah, el ramo para el Santo Niño de la Enfermería!—dijo la monja vieja—. La señora Condesa no se olvida de nosotras.

—También me ha dado un recado de palabra para la Srta. Inés—continué—, y es que se prepare a salir del convento para partir con ella a Madrid dentro de algunos días.

—¡Oh!—exclamó la vieja—. La Sra. Condesa y la Sra. Marquesa hacen mal en contrariar la decidida vocación de esta niña. ¡Por qué ese empeño de llevarla a Madrid, cuando ella quiere dejar las maldades y abominaciones del siglo! La pobrecita no quiere cuentas con nadie más que con su prometido Esposo, que es Nuestro Señor Jesucristo.

Madre Transverberación—dijo Inés con voz más entera—, el chocolate y los bollos que han hecho sus mercedes ayer para la señora Condesa, ¿dónde están? ¿Los ha traído su merced?

—No por cierto.

—¡Si tuviera su merced la bondad de ir a buscarlos para que los lleve este mozo...!

—Bien pudo usted haberlos traído—replicó gruñendo la vieja.

—Si la Sra. Condesa no lo recibe esta tarde, se enojará mucho, y me será difícil convencerla de que no quiero dejar nunca más esta santa morada.

—Voy por él..., ¡qué niñas éstas!

Dejónos solos la Madre Transverberación, y entonces hablé así:

—Inés mía, estoy vivo, he resucitado. Salí vivo de aquel montón de muertos, donde perdimos para siempre a nuestro buen amigo don Celestino. Al verme vivo y sin ti, pensé que Dios me había devuelto la vida para castigarme; pero ahora que te encuentro, alabo a Dios porque veo que no una, sino dos veces, me ha dado la vida.

—¿Debo salir de aquí? ¿Debo hacer lo que me mandan esas señoras?—me preguntó Inés con impaciencia, porque temía la vuelta de la Madre Transverberación.

—Si, Inés, sal de aquí. Haz lo que te mandan esas señoras. ¿Qué dicen en esa carta?

—Toma, léela—dijo, alargándola al través de la reja.

A la escasa luz del locutorio pude leer la carta, que decía, entre otras cosas relativas al ramo y al chocolate, lo siguiente: «Esperamos que cesará tu obstinación en profesar. Nos oponemos resueltamente a ello, y no queremos que tu ingreso en el seno de esta familia sea señal de aniquilamiento de nuestra casa. Ya te dijimos que habíamos determinado casarte con un joven de alto linaje, proyecto en el cual estriba la felicidad, grandeza y lustre de la familia a que perteneces. Todo está concertado, y aunque se aplace por motivo de la guerra, al fin tiene que ser; de modo que si persistes en profesar, nos llenarás de dolor. ¿No anhelas servirnos de consuelo en nuestra soledad? ¿No correspondes al mucho amor que te profesamos? ¿No deseas ocupar el puesto que te pertenece en nuestro corazón y en nuestra casa? Mi sobrina y yo iremos a convencerte, y en tanto disponemos el viaje a Madrid, adonde nos acompañarás, porque tu presencia es indispensable a las diligencias de tu legitimación.»

—Sí, saldré—dijo Inés cuando acabó de leer la carta—. Ya no quiero estar más aquí.

—¿Pues qué, estabas decidida a profesar?

—Sí, muy decidida. No tenía yo más consuelo que la idea de encerrarme aquí para siempre. Cuando me trajeron a Córdoba..., ¡qué días y qué viaje!, yo no sabía lo que era de mí. Me encerraron en este convento..., luego vinieron esas señoras a decirme que era su sobrina..., me besaron..., lloraron mucho las dos...; luego dijeron que me iban a casar, y cuando les contesté: «Pues ya que me han puesto aquí, aquí he de quedarme toda la vida», ambas se afligieron mucho.... Me visitan con frecuencia, acompañadas de un señor de edad, que me hace mil caricias y asegura quererme mucho; pero nunca he cedido a sus ruegos para salir.

—¿Y ahora?

—Las paredes del convento se me caen encima, y anhelo salir.

—¡Pero te van a casar!—exclamé indignado—. Te quieren casar, y no se hunde el mundo.

Entonces se rió, creo que por primera vez desde mucho tiempo, y aquella espontánea alegría me pareció expresión de una renaciente vida. Inés salía del seno del claustro como yo del montón de muertos de la Moncloa, y al contestar con una sonrisa a mis amorosas quejas, sacaba del sepulcro de la Orden el pie que tan impremeditadamente había metido dentro. Viéndola reír, reíme yo también, y al punto, olvidando la situación, nos hablamos con la confianza de aquellos tiempos en que de nuestras penas hacíamos una sola.

—¡Ay, chiquilla! Ahora que eres archiduquesa y archipámpana, ¿no tienes vergüenza de quererme?

—¿Pero qué quieren hacer de mí?—preguntó, poniéndose triste otra vez.

—Mira, princesa, haz lo que te mandan esas señoras: obedécelas en todo. Ya habrás conocido el parentesco que tienes con ellas. Dios te ha puesto en sus manos; acepta lo que Dios te da, y Él arreglará lo demás.

Saldré del convento—afirmó ella—. ¡Ay! No se asustarán poco las Madres cuando me lo oigan decir. Pero ya Dios no quiere que yo sea monja.

—No lo serás, no; y cuando yo vuelva de la guerra....

—¿Pero vas tú a la guerra? Chiquillo, ¿quién te ha metido a ti en guerras?

—¿Pues qué he de hacer? ¿Quieres que toda la vida sea criado? Escucha, Inés, lo que me pasó hace días en casa de la Sra. Condesa. Fuí a visitarla, y habiendo cometido la indiscreción de decirle que te quería, se enfureció de tal modo, que me hizo poner en la puerta de la calle.

Inés cruzó las manos, dejándolas caer luego con desaliento sobre su falda, mientras elevaba sus ojos al cielo, sin decir nada.

—¡No soy más que un criado, Inés!—exclamé, agarrándome con fuerza a la reja y sacudiéndola, como si quisiera hacerla pedazos—; no soy más que un miserable chico de las calles, indigno de ser mirado por personas de tu categoría. Después que nos separamos, mira qué distantes estamos uno de otro. Pero no creas que lo siento; me gusta verte donde estar debes.

—¿Y tú?—me preguntó con perplejidad.

—Yo haré lo que deba, Inesilla. Sal de este convento, ve con esas señoras y espérame tranquila, con la segundad de que iré a buscarte. Si para entonces no has variado..., si te encuentro la misma....

Contestóme al instante pasando su dedo índice por uno de los huecos de la reja. Yo se lo besé, se lo mordí tan sin pensarlo, que ella no pudo contener un ligero grito, a punto que la Madre Transverberación regresaba con el chocolate y los bollos.

—¿Qué es eso, niña?—preguntó la vieja, asombrada de oírla chillar.

—Nada, Madre Transverberación. Esta reja tiene unos picos.... Al mover la mano me lastimé un dedo—dijo Inés, chupándose la coyuntura del dedo índice y sacudiéndolo después para fingir el dolor del supuesto rasguño.

—Aquí están el chocolate y los bollos—añadió la monja—. Vaya, ya es tiempo de que se marche ese mocito, porque obscurece y no es ésta hora de tener abierto el locutorio.

—Rabiando estoy por marcharme—repliqué—. Vengan acá esos bollos y ese chocolate, que la Sra. Marquesa estará con el alma en un hilo aguardando tan buenas cosas. ¿Y qué le digo a su merced en contestación al recado que tuve el honor de traer?

—Que está muy bien—contestó Inés, apretando su cara contra la reja.—Que haré lo que me mandan, y que cuando quieran venir por mí, estoy dispuesta a salir del convento.

—¿Cómo es eso, niña?—gruñó alarmada la monja—. ¡Que quiere usted salir! ¡Qué pensará su futuro Esposo Jesucristo si llega a sus oídos lo que usted ha dicho! Y tiene que saberlo forzosamente, porque Él está en todas partes y todo lo oye. Nada, nada—añadió, arrimando su hocico a la verja—. Rapaz, a la Sra. Marquesa dirá usted que la niña persiste en su ejemplar vocación, y que si quieren verla enfadada y bufando de rabia, que le hablen del siglo y sus tentaciones.

Inés prorrumpió en una carcajada tan natural, tan graciosa, tan fresca, tan jovial, que hasta las paredes del convento parecían regocijarse con tan alegre música.

—¿Qué risas tan mundanas son ésas?—dijo la Madre Transverberación—. Es la primera vez que se ríe usted de ese modo en esta casa. ¿Qué pasa para tanta alegría?... Adentro, niña, adentro; daremos parte de este inaudito desenfado a la Madre Abadesa.

Cerróse el locutorio y salí a la calle. Sentíame con nueva vida, con centuplicadas fuerzas en mi espíritu y en mi cuerpo; sentíame capaz de todo, de la abnegación, de la lucha, hasta del heroísmo, porque la presencia y las palabras de Inés habían abierto desconocidos horizontes, inmensos espacios delante de mí.


XV


Antes de llegar a la posada, fuerte ruido de tambores y cornetas me anunció la salida del ejército. Corrí a buscar mis armas y mi caballo, y antes de que se notara mi falta, ya estaba en fila con el señorito conde de Rumblar, Marijuán y los demás de la partida. Era ya de noche cuando salimos, y el pueblo todo tomó parte en aquella espontánea fiesta de nuestra despedida: millares de luces se encendieron a nuestro paso en balcones y puertas; ninguna mujer dejó de saludarnos desde la reja, ya sin galán, y todos los chicos engendrados por aquella fecunda generación salieron delante de los tambores, acompañándonos hasta más allá de la Puerta Nueva.

Anduvimos toda la noche, y al día siguiente, al salir del Carpio, nos desviamos del camino real de Andalucía, tomando a la derecha en dirección a Bujalance. Durante esta primera jornada encontramos a Santorcaz, que había salido de Bailén para incorporarse a su cuadrilla, y a todos nos dió mucho gusto el verle.

—Aquí traigo varios regalitos que le manda a usted su señora mamá—dijo a mi amo, entregándole unos paquetes—. La señora estaba desazonada por no haber tenido noticias de usted, y me encargó que le cuidase bien. ¿Hizo el Sr. Conde las visitas que D.ª María le encargó?

—Puntualmente—contestó mi amo—. Y usted, ¿por qué no ha venido antes?

—¡Qué demonio! Con estas cosas ni tenemos posta ni quien lleve una carta. Sin embargo, yo recibí las que esperaba, y aquí estoy al fin, deseando, como los demás, que tropecemos con los franceses.

Desde entonces fué Santorcaz el principal personaje de la cuadrilla después del amo, lugar que supo conquistarse con la desenvoltura subyugadora de su conversación. Ponía él todo suesmero en agradar a D. Diego, cosa fácil de conseguir, y siempre fijo al lado de éste, cautivó prontamente el ánimo del buen chico, ya contándole hazañas y extraordinarios hechos, ya sugiriéndole con su fértil imaginación ideas y conceptos propios para enloquecer a un joven de chispa, pero muy atrasado en su desarrollo intelectual.

Y a todas estas, señores míos, ni una palabra os he dicho de aquel ejército, ni de su extraña composición; pero atended ahora, que lejos de ser tarde, es ésta la coyuntura propicia de hacerlo, según el refrán que dice: «Cada cosa en su tiempo, y los nabos en Adviento.»

La base del ejército de Andalucía estaba en las tropas del campo de San Roque, mandadas por Castaños, y en las que después trajo don Teodoro Reding de Granada. Componíase de lo más selecto de nuestra infantería de línea, con algunos caballos y muy buena artillería, no excediendo su número de trece a catorce mil hombres. Agregáronse algunos regimientos provinciales y los paisanos que espontáneamente o por disposición de las Juntas se engancharon en las principales ciudades de Andalucía. Difícil es conocer la cifra exacta a que se elevaron las fuerzas de paisanos armados; pero seguramente eran muchos, porque la convocatoria había llamado a todos los mozos de diez y seis a cuarenta y cinco años, solteros, casados y viudos sin hijos, de cinco pies menos una pulgada, medidos descalzos. Además de los notoriamente inútiles, como cojos, mancos, ciegos, etc., eran exceptuados los que tenían su mujer encinta o ejercían cargos públicos, así como a los ordenados de Epístola; pero no había excepción por razón de cosecha o labores del campo. Los únicos rechazados de las filas, sin tener aquellos reparos, eran los negros, mulatos, carniceros, verdugos y pregoneros. Con paisanos, pues, creó Sevilla cinco batallones y dos regimientos de caballería; Cádiz mandó el batallón de tiradores que llevaba su nombre, y las ciudades y villas de Utrera, Jerez, Osuna, Carmona, Jaén, Montoro y Cabra enviaron cuerpos de infantería y caballería de número irregular.

Esto aumentó el ejército; pero aún debía crecer un poco más aquél, que empezó enano y debía ser gigante terrible, si no por su tamaño, por su fuerza. Los militares españoles que el Gobierno de Madrid incorporaba a las divisiones de Moncey, de Vedel o de Lefebvre iban huyendo de sus traidoras filas en cuanto se les presentaba ocasión para ello, de tal modo, que al verificar sus marchas aquellos ejércitos por parajes montuosos o quebrados, veían que los españoles se les escapaban por entre los dedos, como suele decirse. Los desertores acudían a engrosar las tropas del ejército de Blake, del de Cuesta o del de Castaños; y a Carmona y a Córdoba llegaron muchos, escapados de las filas de Moncey, así como casi todos los que hacían la campaña de Portugal con Junot. Aquellos oficiales y soldados, al romper la disciplina literal que los sujetaba a la Francia invasora para acudir al llamamiento de la disciplina moral de su patria oprimida, hacían el viaje disfrazados, traspasaban a pie las altas montañas y los ardientes llanos, hasta encontrar un núcleo de fuerza española. Daba lástima verles llegar rotos, descalzos y hambrientos, aunque su gozo por hallarse al fin en tierra no invadida les hacía olvidar todas las penas. Con estos desertores, entre quienes había guardias de Corps, valones, ingenieros y artilleros, aumentó un poco nuestro ejército.

Pero aún creció algo más. La Junta de Sevilla había indultado el 15 de mayo a todos los contrabandistas y a los penados que no lo fueran por los delitos de homicidio, alevosía o lesa majestad humana o divina, y esto trajo una partida, que si no era la mejor tropa del mundo por sus costumbres, en cambio no temía combatir, y fuertemente disciplinada, dió al ejército excelentes soldados. Ibros, lugar célebre en los fastos del contrabando; Jandulilla, Campillo de Arenas, y otras localidades, entregadas más tarde al sable de la Guardia civil y de los Carabineros, enviaron respetables escuadrones, con la particularidad de que por venir armados hasta los dientes, y ser todos unos caballeros de muy buen temple, que sabían dónde echaban la boca del trabuco, se les reputó como auxiliares muy eficaces del ejército. Cuerpos reglamentados españoles, con algunos suizos y valones; regimientos de línea, que eran la flor de la tropa española; regimientos provinciales, que ignoraban la guerra, pero que se disponían a aprenderla; honrados paisanos, en su mayor parte muy duchos en el arte de la caza, y por lo general tiraban admirablemente; y, por último, contrabandistas, granujas, vagabundos de la sierra, chulillos de Córdoba, holgazanes convertidos en guerreros al calor de aquel fuego patriótico que inflamaba el país; perdidos y merodeadores, que ponían al servicio de la causa nacional sus malas artes; lo bueno y lo malo, lo noble y lo innoble que el país tenía, desde su general más hábil hasta el último pelaire del Potro de Córdoba, paisano y colega de los que mantearon a Sancho: tales eran los elementos del ejército andaluz.

Se formó de lo que existía: entraron a componer aquel gran amasijo la flor y la escoria de la nación; nada quedó escondido, porque la fermentación lo sacó todo a la superficie, y el cráter de nuestra venganza esputaba lo mismo el puro fuego que las pestilentes lavas. Removido el seno de la patria, echó fuera cuanto habían engendrado en él los gloriosos y los degenerados siglos, y no alcanzando a defenderse con un solo brazo, trabajó con el derecho y el izquierdo, blandiendo con aquél la espada histórica y con éste la navaja.

En cuanto a uniformes y trajes, habíalos de todas las formas conocidas. Es prodigioso cómo se equipó aquel ejército de paisanos en diez y seis días. La Administración actual, con todos sus recursos, es un sastre de portal comparada con aquel confeccionador que puso en movimiento millones de agujas en dos semanas. En cierto estado que la Historia no ha creído digno de sus páginas, pero que existe aún, aunque en el olvido, se consigna el número de piezas de vestuario que hicieron gratuitamente las monjas y señoras de Sevilla. Dice así:

«Por las Comunidades y señoras de distinción se han hecho 3.335 camisas, 1.768 pantalones y 167 casacas de soldado; 1.001 camisas, 312 pantalones y 700 chalecos de sargento; 374 botines de paño, 149 sacos de caballería, 16 mochilas y 1.684 escarapelas.» Las señoras de Alcolea, las de Carmona, Lora del Río y otros pueblos figuran en la cuenta con cifras parecidas.

Esta diversidad de manos en la hechura de vestimenta indica que la voz uniforme, en lo tocante a voluntarios, era una vana palabra. Al lado de las casacas blancas con solapa negra, carmesí o azul, que vestían la mayor parte de los regimientos de línea; al lado de las levitas azules con bandolera que vestían valones y suizos, veíamos los chaquetones de paño pardo con que se cubría la gente colecticia. Entre los altos morriones de la artillería y las gorras de los granaderos, llamaban la atención nuestros blancos sombreros portugueses, y las gorras de cuartel, y los tocados de innumerables clases con que cubrían sus chollas los tiradores y voluntarios de los pueblos. Como antes he dicho, aquel ejército hacía reír.

¿Y el dinero para la guerra? Causa risa ver cómo se da hoy de calabazas un ministro de Hacienda para arbitrar, con destino a otra guerra, unos cuantos millones que nadie quiere darle si no hipoteca hasta el último pingajo de la nación. Aprended, generaciones egoístas. Leed las listas de donativos hechos por los gremios, por los comerciantes, por los nobles y hasta por los mendigos. ¡Aquel sí era llover de dinero, y reunirlo a montones, sin que ni un realito de vellón se escapase por entre los agujeros del cesto administrativo! En la lista de donaciones hay una partida conmovedora que dice así: «La Sra. Condesa viuda de Montelirios ha entregado su toaleta de plata, manifestando el sentimiento de que sus medios no alcancen tanto como su voluntad.»

¿Habrá hoy quien dé su toaleta?...


XVI


Nuestra marcha por Cañete de las Torres en dirección al río Salado era un verdadero paseo triunfal, mejor dicho, casi no parecía que marchábamos, porque la gente de los pueblos, incluso mujeres, ancianos y chicuelos, nos seguían a un lado y otro del camino, improvisando fiestas y bailes en todas las paradas. Cuando el ejército se detenía, eclipsábanse en apariencia todos los males de la patria, porque la tropa, recobrando el buen humor, convertía el campamento en una feria. Yo no sé de dónde salían tantas guitarras; no pude comprender de qué estaban hechos aquellos cuerpos, tan incansables en el baile como en el ejercicio, ni de qué metal durísimo eran las gargantas, para ser tan constantes en el gritar y cantar.

Como durante la primera semana del mes de julio no nos faltaron víveres abundantes, lo pasábamos perfectamente; y como tampoco tropezamos con los franceses, establecidos, aunque muy inquietos, al otro lado del río, a todos, especialmente a los inexpertos, nos parecía la guerra una ocupación dulcísima. Sobre todo, el condesito de Rumblar no cabía en su pellejo de puro alborozado; y como con el roce de tanta y tan diversa gente se iba despabilando por extremo, llegó a adquirir un desembarazo, un dominio de su propia persona que antes no tenía. Santorcaz, como dije, había logrado en poco tiempo gran ascendiente sobre D. Diego, de tal modo, que cuanto nuestro mozalbete ponía por obra, lo consultaba con aquél. Marijuán, en cambio, hacía buenas migas con un servidor de ustedes, y siempre juntos en las marchas y en los descansos, nos contábamos nuestras cosas, compadeciéndonos y consolándonos mutuamente. Nosotros dos solos, y sin dar parte a nadie, nos comimos el divino chocolate y los bollos de la Madre Transverberación.

Todo el ejército tenía gran impaciencia por venir a las manos con la canalla. Como existen en todo campamento, además del supremo consejo que se celebra en la tienda del General, tantos consejillos como grupos de soldados se escalonan aquí y allá, en la cantina o en campo raso, para echar una caña o tirar un par de cartas, nosotros siempre estábamos dilucidando en corros más o menos grandes la eterna cuestión de nuestro encuentro con los franceses. ¡Cuántas veces, reunidos junto a un tambor, donde había un jarro de vino, dispusimos el paso del río, el ataque del enemigo en su posición de Andújar, u otras hazañas de la misma harina!

Un día, hallándonos en Porcuna, y después que se nos unió el ejército de Reding, resolvimos, tras de ardiente discusión, que los generales estaban atolondrados y sin saber qué plan adoptarían. El conde de Rumblar dijo que iba a escribir a su maestro D. Paco, para que le dijera qué operaciones convenían más; pero como todos se rieran de esta ocurrencia, nuestro generalito se amoscó y fué a que le consolara con sus adulaciones interminables el lugarteniente Santorcaz.

Por último, tras largo consejo celebrado por los generales, se dijo que iban a ser distribuídas las divisiones para tomar la ofensiva inmediatamente. Aquél día, que fué, si no recuerdo mal, el 12 o el 13 de julio, vi por primera vez al general Castaños, cuando nos pasó revista. Parecía tener cincuenta años, y por cierto que me causó sorpresa su rostro, pues yo me lo figuraba con semblante fiero y ceñudo, según a mi entender debía tenerlo todo general en jefe puesto al frente de tan valientes tropas. Muy al contrario, la cara del general Castaños no causaba espanto a nadie, aunque sí respeto, pues los chascarrillos y las ingeniosas ocurrencias que le eran propias las guardaba para las intimidades de su tienda. Montaba airosamente a caballo, y en sus modales y apostura había aquella gracia cortés y urbana que tan común ha sido a nuestros Césares y Pompeyos. Es preciso confesar que a caballo y en las paradas hemos tenido grandes figuras. Esto no es decir que Castaños fuera simplemente un general de parada, pues en 1808, y antes de inmortalizar su nombre, tenía muy buenos antecedentes militares, aunque había hecho su carrera con rapidez grande, si no desusada en aquellos tiempos. A los doce años de edad obtuvo el mando de una compañía; a los veintiocho le hicieron teniente coronel, y a los treinta y tres, coronel. Si en su juventud no asistió a ninguna campaña, en 1794, y cuando contaba treinta y ocho años y poseía la faja de mariscal de campo, estuvo en la del Rosellón a las órdenes del general Caro, y allí le hirieron gravemente en el lado izquierdo del cuello. Cuentan que la ligera inclinación de su cabeza hacia aquel lado provenía de la tal herida.

Voy a decir de qué manera nos distribuyeron. La primera división la mandaba Reding; la segunda, Coupigny, y la tercera, Jones; la reserva estaba a las órdenes de D. Juan de la Peña, y mandaban destacamentos sueltos, de mil hombres poco más o menos, en calidad de tropas volantes para mortificar al enemigo, D. Juan de la Cruz, el marqués de Valdecañas y D. Pedro Echevarri, que después fué uno de los más famosos polizontes de la reacción. Trescientos escopeteros, que habían salido Dios sabe de dónde, eran capitaneados por el presbítero D. Ramón de Argote. ¿No es verdad que hubiera estado mejor diciendo misa?

A caballo éramos tres mil, fuerza no muy grande si se considera que íbamos a operar en país entrellano y contra jinetes muy aguerridos; pero, en cambio, nuestra artillería era de primer orden. Teníamos veinticuatro piezas, servidas por el Real Cuerpo, con lo más florido de aquella oficialidad a quien estaba reservado la mayor gloria de la guerra, desde el 2 de mayo hasta la batalla de Vitoria.

Nosotros nos extendíamos por la izquierda del Guadalquivir, ocupando los pueblos de Porcuna y Lopera; y alargando una de nuestras alas por el camino de Arjonilla, observábamos la orilla derecha, mientras la otra ala se extendía hacia Higuera de Arjona buscando a Menjíbar. Ocupaba el francés a Andújar con las fuerzas que primitivamente trajo a la tierra andaluza, y que habían vencido en el puente de Alcolea y saqueado a Córdoba. La división de Vedel, fuerte de diez mil hombres, hallábase en Bailén, y la pequeña división de Ligier-Belair, el mismo general que vimos batirse con los vecinos de Valdepeñas en los primeros días de junio, estaba en Menjíbar guardando el paso del río. Andújar, Bailén, Menjíbar. Del primero al segundo punto corría la carretera general de Andalucía, desde Bailén a Menjíbar el camino que iba a Jaén, y desde Menjíbar a Andújar el río. Conserven ustedes en la memoria la disposición de este triángulo para comprender la importancia de los movimientos de ambos ejércitos.

Cualquiera que fuese el pensamiento de nuestros generales, lo cierto es que la primera división recibió orden inmediata de ponerse en marcha, mientras Castaños con la tercera y la reserva se dirigía hacia el puente de Marmolejo para pasarlo y atacar a Dupont en Andújar. Ya he dicho que mandaba D. Teodoro Reding la primera división; lo que aún no ha sido escrito por la Historia ni dicho por mí es que yo formaba parte de ella, porque toda la caballería voluntaria había sido incorporada, mejor dicho, fundida en los batallones del ejército, que apenas contaban con la mitad del contingente. A mi amo y a los que le seguían nos tocó formar en las filas del regimiento de Farnesio, mientras que los lanceros de Sevilla fueron casi todos incorporados al regimiento de España.

El día 13 nos separamos de nuestros compañeros y tomamos el camino, mejor dicho, las veredas y trochas que conducen a Menjíbar. No llegábamos a seis mil; pero éramos buena gente, aunque me esté mal el decirlo. El regimiento de guardias valones, los suizos, el de la Corona, el de Irlanda, el de Jaén, los granaderos provinciales, los fusileros de Carmona, la caballería de Farnesio y las seis bocas de fuego que mandaba D. Antonio de la Cruz, eran piezas respetables, orgullosas de sí mismas. Teníamos por General a un hombre impetuoso, de más arrojo que prudencia; mediano táctico, pero incansable en las marchas. Nuestro Jefe de Estado Mayor, D. Francisco Javier Abadía, era un militar muy entendido, quizás de los mejores que entonces tenía el ejército español, y el coronel puesto al frente de la artillería pasaba por un oficial de mucho entendimiento en su arma. Nosotros le llamábamos el sainetero, por ser hijo de D. Ramón de la Cruz.

Adelante, pues al llegar a Menjíbar, encontramos la población muy alborotada porque un destacamento francés, enviado a Jaén en busca de víveres, después de saquear horriblemente esta ciudad, había retrocedido a su cuartel general, asolando a su paso la comarca. De Jaén se contaban atrocidades que apenas son creíbles en militares de un país europeo. Dijéronnos que mujeres y niños habían sido inhumanamente degollados, y que igual muerte padecieron dentro de sus mismos hospitales varios frailes agustinos y dominicos enfermos. La consternación de aquellos pueblos era excesiva, y al aproximarse las tropas, acudían en tropel a nuestro encuentro, derramando lágrimas de ira, suplicándonos que no dejáramos vivo un francés, y pidiendo los viejos aún fuertes y los rapaces de doce años que se les dejase marchar entre las filas para ayudarnos. Según nos decían después del saqueo, en los caseríos inmediatos al tránsito, Almenara, Fuente del Rey, Grañena y otros, no habían dejado ni un grano de trigo, ni un azumbre de vino, ni un puñado de paja. Hasta las medicinas de las boticas y de los hospitales de Jaén fueron robadas, y al propio tiempo, ni un carro ni una mula quedaron en todos aquellos contornos.

Muchas familias expoliadas habían acudido a Menjíbar. En la plaza del pueblo dos frailes escapados a las carnicerías de Jaén, predicaban el exterminio de los franceses. Al ver la indignación de aquella infeliz gente robada y vejada, al ver las mujeres que acudían frenéticas y rabiosas pidiéndonos que vengáramos a sus inocentes hijos, degollados sin piedad en la cuna, comprendí las crueldades de que por su parte empezaban a ser víctimas los franceses cuando se rezagaban.


XVII


Antes de decidirse a pasar el río, nuestro General mandó una pequeña fuerza en reconocimiento de la situación de las tropas de Coupigny. Algunos jinetes de Farnesio tomaron parte en esta expedición, y Marijuán, que fué en ella, nos contó a su regreso, en la tarde del 15, que habían encontrado la división del Marqués hacia Villanueva de la Reina, donde le entregaron los pliegos de Reding. Desde el campamento de Coupigny se había visto una gran polvareda en la orilla derecha, y parecía que la división de Vedel marchaba desde Bailén a Andújar, para reforzar a Dupont, que ya había trabado la lucha con Castaños. La gente venida de Arjonilla aseguraba haber oído fuerte cañoneo hacia la parte de los Visos.

—A estas horas—decía Marijuán—, o ellos o los de Castaños han de estar derrotados.

—¿Y qué esperaba el Marqués en Villanue va de la Reina?—preguntó Santorcaz con aquella suficiencia estratégica que le hiciera tan digno de admiración a los ojos del joven D. Diego.

—Allí se estaba tan quieto—repuso Marijuán—. Parece que está de acuerdo con nuestro General para operar en combinación y atacar juntos a Bailén.

—¿Pero qué estrategia es ésa, ni a qué conduce atacar a Bailén?—dijo Santorcaz, atrayendo en su alrededor un círculo de soldados—. ¿No dices que la división Vedel salió de Bailén y está ya sobre Andújar?

—Sí; así lo decían en Villanueva.

—Pues si no hay enemigos en Bailén, ¿qué es eso de atacar a Bailén? Se tratará de ocuparlo para luego avanzar por el arrecife y embestir a Dupont y a Vedel por la espalda, mientras Castaños, Jones y Peña lo atacan de frente.

—Eso, eso será—dijimos todos—. De ese modo les cogeremos entre dos fuegos, y no escapará ni una patena de las que robaron en Córdoba.

—Pero si ése es el plan, ya debía estar puesto en ejecución. Si se están batiendo en Andújar, a estas horas deberíamos estar nosotros cayendo sobre la retaguardia francesa; mientras que si nos ponemos en marcha esta noche y llegamos mañana, sabe Dios....

Al anochecer se nos ordenó marchar río arriba, lo cual no comprendimos ni poco ni mucho hasta que algunos compañeros, que eran del país y conocían el terreno, nos dijeron que íbamos buscando el vado del Rincón para pasar al otro lado. Por la noche, algunas fuerzas de infantería y dos piezas pasaron por junto a la barca, mientras el grueso del ejército con la caballería nos disponíamos a hacerlo media legua más arriba. Antes de amanecer sentimos algunos tiros del otro lado, y diósenos orden de hacer el menor ruido posible y de no encender lumbre. La noche era calurosa; habíamos comido poco y mal el día anterior, y con esto y el no dormir no estábamos del mejor humor; pero la guerra tiene mil contrariedades, y ojalá fueran todas como aquélla. Entramos al fin en el río, cuyo frescor agradecieron mucho nuestros cuerpos, secos e irritados por el calor y el polvo, y algún tiempo después, cuando comenzaban a iluminar el horizonte los primeros vislumbres de la aurora, ya éramos dueños de la orilla derecha. El Mayor General Abadía, que había dirigido el paso, nos mandó replegarnos a un sitio bajo, donde casi toda la fuerza podía permanecer oculta, y allí aguardamos más de media hora. No se veían los enemigos por ningún lado; pero allá lejos, hacia la barca, continuaba cada vez más vivo el tiroteo de fusil.

El terreno es por allí bastante quebrado, abundando los matojos, y entre éstos designaron un camino de trocha por donde avanzó la infantería, mientras a los de a caballo se nos mandó caminar por terreno más alto. Habíamos tomado tan al pie de la letra la orden de no hacer ruido, que avanzamos despacio y silenciosamente con el alma en suspenso, los ojos atentamente fijos en el último término del terreno hacia la izquierda, punto donde se había trabado la acción. Vimos al fin a los franceses tiroteándose con nuestros compañeros, con aquellos que habían pasado la barca durante la noche, y luchaban en un campo bajo, salpicado de espesos matorrales.

En una loma, y como a dos tiros de fusil de aquel sitio, brillaba inmóvil e imponente una cosa que desde el primer momento atrajo nuestras miradas, infundiéndonos algún recelo. Era un escuadrón de coraceros, la mejor caballería del ejército de Dupont. Todos los jinetes contemplamos el resplandor de las bruñidas corazas, en cuyos petos el sol naciente producía plateados reflejos; y después de mirar aquello sin decir nada, nos miramos unos a otros, como si nos contáramos. Ni una voz se oía en nuestras filas; a todos se nos había cambiado el color, y temblábamos, aunque cada cual hiciera esfuerzos para disimularlo. El único rumor que turbaba el profundo silencio de nuestro regimiento, donde hasta los caballos parecían contener el aliento y explorar el campo con atónitos ojos, era un ligero y casi imperceptible son metálico producido por las estrellas de las espuelas. Aquel temblor de piernas es un accidente que la caballería observa siempre en el comienzo de toda batalla.

El combate, principiado en guerrillas, arreciaba desde que empezó la infantería a desplegar un frente compacto de consideración. Pero casi toda la tropa española se mantenía en reserva, esperando a saber fijamente si los franceses ocultaban una gran fuerza en la carretera de Bailén. Mientras el frente español aumentaba sus tiros, resistiendo a las innumerables guerrillas francesas que al abrigo de sus posiciones medio atrincheradas hacían fuego mortífero, la artillería continuaba a retaguardia, y la caballería, asimismo fuera de acción, recibió orden de ocupar un cerro a mano derecha. Fijos allí, no quitábamos los ojos de la tremenda fila de corazas que resplandecían en la loma de enfrente, quietas y confiadas en su valor y pesadumbre. Aquella fuerza era muy superior a la nuestra por su organización y marcialidad; pero nosotros teníamos sobre ella, además de la ventaja numérica, que no era de gran valor, dada nuestra impericia, la siguiente ventaja moral: puestos ellos en la vertiente anterior de una loma, todo su poder y su número se presentaban a nuestra vista; no había más coraceros que aquéllos, y podíamos contarlos uno por uno. Nosotros, en cambio, estábamos sabiamente colocados por el Mayor General en otra altura parecida; pero sólo una quinta parte del regimiento ocupaba la parte culminante de la loma, mientras que todo lo demás se extendía en la vertiente posterior, permaneciendo oculto a la vista del enemigo; de modo que si nosotros les contábamos perfectamente a ellos, los franceses, engañados por la apariencia, se reirían de los cuarenta jinetes sin uniforme, enseñoreados del cerro con aire de perdonavidas.

Nosotros teníamos sobre ellos la ventaja de lo desconocido, que es el genio tutelar de las batallas, de eso que no se ve y que en el momento apurado y crítico sale inopinadamente de lo hondo de un camino, del respaldo de una loma, de la espesura de un bosque; combatiente de última hora que la tierra echa de su seno, y se presenta fresco, sin heridas ni cansancio, a decidir la victoria.

Nuestras filas habían desalojado a los franceses de sus posiciones. Les vimos replegarse en desorden, y entonces cesó la inmovilidad de los coraceros. Los resplandecientes petos despedían reflejos múltiples, y ordenadamente descendieron de la colina en perfecta fila. Relincharon sus caballos, y los nuestros relincharon también, aceptando el reto. Pero entonces ocurrió uno de esos cambios de escena tan frecuentes en la guerra, y cuyo artificio, si cae en buenas manos, basta a decidir la victoria. Arrojadas nuestras filas sobre las guerrillas enemigas, clareado el terreno y puestas en juego algunas piezas de artillería, vióse que los franceses vacilaban, agrupándose y retrocediendo como si buscaran nuevas posiciones. Se nos dió orden de avanzar bajando, y una vez en llano, convertirnos sobre nuestro flanco, para formar un largo frente de batalla. La infantería francesa estaba delante de nosotros, resguardada por sus coraceros; pero éstos, observando nuestro movimiento y reconociendo al instante su indudable inferioridad, invadieron precipitadamente la carretera. La retirada era cierta. Se nos formó en columnas, dándonos orden de cargar, y el regimiento se puso rápidamente al galope. Parecía que la misma tierra, sacudiéndose bajo las herraduras de nuestros caballos, hacia adelante nos lanzaba. A aquellos primeros pasos tras un ideal de gloria acompañaron voces de guerra mezcladas con piadosas invocaciones.

—¡Madre nuestra, santa Virgen de Araceli, ven con nosotros!

—¡Viva España, Fernando VII y la Virgen de la Fuensanta!

Ya nadie pensaba en tener miedo; muy lejos de esto, todos los de mi fila rabiábamos por no estar en las de vanguardia, en aquellas filas dichosas que acometían a sablazos a los franceses de a pie, ya pronunciados en completa dispersión. Tal era nuestro furor bélico en aquella fácil victoria, que D. Diego, Marijuán y yo, no encontrando a derecha e izquierda francés alguno, hacíamos grande estrago con nuestros sables en los arbustos del camino, diciendo: «Perros, canallas, ya sabréis cómo las gastamos los españoles.»

La gloria de cargar sobre la infantería francesa perteneció tan sólo a las primeras filas, aunque no les duró mucho el regocijo, porque los enemigos, convencidos ya de que no tenían fuerza bastante para hacernos frente, tomaban a toda prisa el camino de Bailén. Una vez posesionados del camino, seguimos adelante; pero los caballos franceses corrían a todo escape, y la infantería se puso en salvo por las veredas, dispersándose a un lado y otro de la carretera. Sobre las diez nos detuvimos, y, puestas en orden las columnas, avanzamos despacio, porque recelábamos de ser atacados por una división entera. Entretanto, nuestras pérdidas habían sido nulas en la caballería, y escasas, aunque sensibles, en la infantería, qué perdió un capitán del regimiento de la Reina y bastantes soldados.

Después de haber perdido de vista a los enemigos, continuamos la marcha hacia Bailén, si bien con mucha cautela, pues había la presunción de que los franceses, reforzados con gran número de tropas, caballos y artillería, se nos presentarían de nuevo en mitad del camino, sorprendiéndonos en nuestra triunfal carrera. Así fué, en efecto. A eso del mediodía nuestras columnas avanzadas recibieron el fuego de los imperiales, que rehechos con un destacamento que de Linares había llegado, trataban de ganar lo perdido.

Furiosos por el reciente desastre, acometieron briosamente a nuestra vanguardia. Tomamos posiciones, y las tropas ligeras, ayudadas de un enjambre de paisanos, se diseminaron por las escabrosidades próximas, desde cuyos matorrales mortificaban a los franceses con fuego menudo. La caballería, entretanto, continuaba muy lejos de la acción, y aunque nuestro deseo hubiera sido que a lo más recio se nos enviara para desahogar nuestro enardecido pecho, Dios quiso por fortuna que no llegase esta ocasión, pues la escaramuza terminó de improviso, cesaron los tiros, y vimos con sorpresa que los franceses, como poseídos de súbito pavor, retrocedían a la desbandada hacia Bailén, recogiendo precipitadamente sus heridos.

¿Qué ocurría? Según después supimos, Francia había tenido una pérdida funesta, la de su general Gobert, el cual cayó mortalmente herido por una de esas balas de guerrero invisible, que salían de entre las malezas para taladrar el corazón del Imperio. Aquel valiente militar murió pocas horas después en Guarromán. Dueños nosotros del campo, y sin enemigos a la vista, parecía natural que fuéramos sobre Bailén; pero el ejército volvió hacia Menjíbar para repasar el río, movimiento que no fué por nosotros comprendido. Muy orgullosos estábamos, y especialmente los inexpertos paisanos no cabíamos en el pellejo.

—¡Hoy es día del Carmen!—exclamó don Diego—. ¡Viva la Virgen del Carmen, y mueran los franceses!

Ruidosas exclamaciones alegraron y conmovieron nuestras filas. Era el 16 de julio; en este día la Iglesia celebra, además de la advocación del Carmen, el Triunfo de la Santa Cruz, fiesta conmemorativa de la gran batalla de las Navas de Tolosa, ganada contra los infieles por castellanos, aragoneses y navarros, en aquellos mismos sitios donde nosotros nos batíamos con Francia, y en el mismo 16 del mes de julio. Habían pasado quinientos noventa y seis años. La coincidencia del lugar y la fecha nos inflamaba más, y añadido a nuestro patriotismo una profunda fe religiosa, nos creímos héroes, aunque hasta entonces no habíamos tenido ocasión de probarlo.

Antes de cruzar el río, descansamos para llevar algo a la boca. ¡Oh, qué desengaño! Estábamos muertos de hambre y cansancio, y se nos dijo que no había más que un tercio de ración. Pero como buenos chicos que éramos nos conformamos, supliendo los dos tercios restantes con la substancia moral del entusiasmo.

—Pero, Sr. de Santorcaz—pregunté a mi compañero, cuando, con el agua al estribo, vadeábamos el Guadalquivir—, ¿nos quiere usted decir por qué no se nos ha llevado adelante? ¿Por qué después de esta victoria desandamos lo andado?

—¡Zopenco!—me contestó—. Esto no ha sido más que una fiestecilla de pólvora, y todavía no ha empezado lo bueno. ¿Crees que no hay más franceses que esos cuatro gatos de Ligier-Belair? ¿Qué sabes tú si a estas horas Vedel, que a Andújar fué en auxilio de Dupont, habrá regresado a Bailén? Ahora, o yo me engaño mucho, o vamos en busca del marqués de Coupigny para reunirnos y emprender juntos un nuevo ataque. ¿Estás al tanto de lo que digo? ¿Ves cómo no en vano ha mordido uno el cebo en Hollabrün, en Austerlitz y en Jena?

Efectivamente, la intención de nuestro General era reunirse con Coupigny; pero esto no se verificó hasta la noche del 17 al 18.