XXXI
Una vez arriba, el ayo informó a los viajeros de lo que ocurría, y pasando adentro las tres señoras, el diplomático se quedó con don Paco en el comedor.
—Aquí estamos consternados, Sr. D. Felipe—dijo el ayo—. Y si mi amo no parece, el mundo habrá perdido en el fragor de horripilante batalla a un joven que prometía ser gran filósofo y que ya era insigne calígrafo.
—¡Demonio de contrariedad!—dijo el diplomático, sacando su caja de tabaco y ofreciendo un polvo al ayo, después de tomarlo él—. Lo siento.... A nuestra edad nos gusta tener quien nos suceda y herede nuestras glorias para desparramar su luz por los venideros siglos. Vea usted la razón por qué me apresuré a reconocer a mi querida hija.... ¡Ah!, Sr. D. Francisco, yo he tenido una juventud muy borrascosa, como todo el mundo sabe, y hartas noticias tendrá usted de mis aventuras, pues no había en las Cortes de Europa dama alguna, casada ni soltera, que no se me rindiese. Después de todo, es una desgracia haber nacido con tal fuerza de atracción en la persona, señor D. Francisco; tanto, que todavía..., pero dejemos esto. Ahora no me ocupo más que del bienestar de mi idolatrada niña. Y a fe que si es cierto que no existe D. Diego, no por eso se quedará soltera, pues cartas tengo aquí del príncipe de Lichenstein, del archiduque Carlos Eugenio, del conde de Schöenbrunn y de otros esclarecidos jóvenes de sangre real pidiéndomela en matrimonio. Como tengo tantos amigos en las Cortes de Europa, y en España mismo, pues ... ya he sabido que las principales familias acogidas en Bayona o residentes en Madrid, se disputan la mano de mi hija. ¿La ha visto usted, Sr. D. Francisco? ¿Ha observado usted en su cara los rasgos que indican la noble sangre mía y la de aquella hermosísima cuanto desgraciada señora extranjera...? ¡Oh!, me enternezco, Sr. D. Francisco.... Pero hablemos de otra cosa: cuénteme usted cómo ha sido esa batalla. ¿Conque hemos ganado? ¿Y hay capitulación? De modo que he llegado a tiempo. ¡Oh!, Sr. D. Francisco, temo que hagan un desatino, si no les asisto con mis luces, porque los militares son tan legos en esto de tratados.... Yo traigo un proyectillo, mediante el cual la Rusia ocupará Despeñaperros, España pasará a guarnecer las orillas del Don y de la Moscowa, y Prusia....
Cuando me marché, el diplomático continuaba calentando los cascos al buen preceptor, que le ofreció algunos manjares y vino de Montilla para reparar sus fuerzas. Al salir de la casa, vi en la puerta de la calle a varios hombres, no de muy buena facha por cierto, uno de los cuales llegóse a mí, y tomándome por el brazo, me dijo:
—¿Conoces tú a esa gente que acaba de llegar?
—No, Sr. de Santorcaz—repuse—. No sé qué gente es ésa ni me importa saberlo.
Apartámonos todos de la casa, y por el camino me dijo otra vez D. Luis que tendría mucho gusto en verme en las filas de su compañía.
Al día siguiente, que era el 20, nos ocupamos Marijuán y yo en buscar otra vez a nuestro amo. Uniósenos D. Paco, y el General español escribió un oficio a Dupont, rogándole que nos permitiera hacer indagaciones en el campamento francés, para ver si se encontraba allí a D. Diego, herido o muerto. Visitamos el hospital enemigo, y entre los heridos no había ningún español, lo cual nos desconsoló sobremanera. Yo no era el que menos se acongojaba con esta contrariedad, aunque sabía el casamiento de Inés. ¿Qué significaba aquel generoso sentimiento mío? ¿Era pura bondad, era puro interés por la vida del semejante, aunque fuese enemigo, o era un sentimiento mixto de benevolencia y orgullo, en virtud del cual yo, convencido de que Inés no amaba sino a mí, quería proporcionarme el gozo de ver a D. Diego despreciado por ella? Francamente, yo no lo sabía, ni lo sé aún.
Cuando recorrimos el campo francés, pudimos observar la terrible situación de nuestros enemigos. Los carros de heridos ocupaban una extensión inmensa, y para sepultar sus tres mil muertos, habían abierto profundas zanjas, donde los iban arrojando en montón, cubriéndoles luego con la mortaja común de la tierra. Algunos heridos de distinción estaban en las Ventas del Rey; pero la mayor parte, como he dicho, tenían su hospital a lo largo del camino, y allí los cirujanos no daban paz a la mano para vendar y amputar, salvando de la muerte a los que podían. Los soldados sanos sufrían los horrores del hambre, alimentándose muy mal con caldos de cebada y un pan de avena, que parecía tierra amasada.
Todos anhelaban que se firmase de una vez la capitulación para salir de tan lastimoso estado; pero la capitulación iba despacio, porque los generales españoles querían sacar el mejor partido posible de su triunfo. Según oí decir aquel día, cuando regresamos a Bailén, ya estaba acordado que se concediese a los franceses el paso de la sierra para regresar a Madrid, cuando se interceptó un oficio en que el Lugarteniente general del reino mandaba a Dupont replegarse a la Mancha. Comprendieron entonces los españoles que conceder a los franceses lo mismo que querían, era muy desairado para nuestras armas. Pero aún el día 21 los contratantes del lado francés, generales Chabert y Marescot, y los del lado español, Castaños y conde de Tilly, no habían llegado a ponerse de acuerdo sobre las particularidades de la rendición.
También alcanzamos a ver a lo largo del camino la interminable fila de carros donde los imperiales llevaban todo lo cogido en Córdoba. ¡Funestas riquezas! Dicen algunos historiadores que si los franceses no hubieran llevado botín tan valioso, habrían podido salvarse retirándose por la sierra; pero que el afán de no dejar atrás aquellos quinientos carros llenos de riquezas les puso en el aprieto de rendirse, con la esperanza de salvar el convoy. Yo no creo hubieran podido escapar con carros ni sin ellos, porque allí estábamos nosotros para impedírselo; pero sea lo que quiera, lo cierto es que Napoleón dijo algún tiempo después a Savary en Tolosa, hablando de aquel desastre tan funesto al Imperio: «Más hubiera querido saber su muerte que su deshonra. No me explico tan indigna cobardía sino por el temor de comprometer lo que había robado[3]».
No nos atrevimos a volver a la casa con la mala noticia de que el niño no parecía, y seguimos visitando todos los contornos, para preguntar a la gente del campo. Don Paco estaba tan fatigado, que no pudiendo dar un paso más, se arrojó al suelo; pero al fin pudimos reanimarle, y firmes en nuestra santa empresa, nos dirigimos al campamento de Vedel, con otro oficio del general Reding. Mas vino la noche, y los centinelas no nos dejaron pasar, viéndonos por esto obligados a diferir nuestra expedición para el día siguiente muy temprano. Ni Marijuán, ni D. Paco, ni yo teníamos esperanza alguna, y considerábamos al mayorazgo perdido para siempre.
Desde que amaneció corrían voces de que la capitulación estaba firmada, y más nos lo hacia creer la circunstancia de que varios ofi ciales pasaron frecuentemente de un campo a otro, trayendo y llevando despachos.
No distábamos mucho de la ermita de San Cristóbal, cuando advertimos gran movimiento en el ejército de Vedel. Apretando el paso hasta que les tuvimos muy cerca, observamos que camino abajo venía hacia nosotros un joven saltando y jugando, con aquella volubilidad y ligereza propia de los chicos al salir de la escuela. A ratos corría velozmente; luego se detenía, y acercándose a los matorrales sacaba su sable y la emprendía a cintarazos con un chaparro o una pita; luego parecía bailar, moviendo brazos y piernas al compás de su propio canto, y también echaba al aire su sombrero portugués para recogerlo en la punta del sable.
—¡Qué veo!—exclamó D. Paco con súbita exaltación—. ¿No es aquel mozalbete el propio D. Diego; no es mi niño querido, la joya de la casa, la antorcha de los Rumblares?... ¡Eh ... D. Dieguito, aquí estamos..., venid acá!
En efecto; cuando estuvimos cerca, no nos quedó duda de que el mozuelo bailarín era D. Diego en persona. Nos vió, y al punto vino corriendo para abrazarnos a todos con mucha alegría.
—Venid acá, venid a mis brazos, esperanza del mundo—exclamó D. Paco, loco de contento—. ¡Si supiera usted cómo está mamá!... ¡Buen susto nos ha dado el picaroncillo!... ¿Pero qué ha sido eso, niño? ¿Estaba usía prisionero?
—Me cogieron prisionero junto a la ermita —dijo D. Diego—. ¿Pero estás vivo, Gabriel? ¿Y tú también, Marijuán? Yo creí que os habían matado en aquella furiosa carga. ¿Y Santorcaz?... Pero os contaré lo que me pasó. Después de la carga, y cuando entró la caballería de España, quedé a retaguardia del regimiento; se me murió el caballo, y corrí a las filas del regimiento de Irlanda. Cuando vinimos aquí, nos cogieron prisioneros los franceses, y yo les dije tantas picardías que quisieron fusilarme.
—¡Qué horror!—exclamó D. Paco—. Pero veo que es usted un héroe, ¡oh mi niño querido! Creo que la mamá piensa dirigir una exposición a la Junta para que le den a usted la faja de capitán general.
—Iban a fusilarme—continuó el rapaz—, cuando un oficial francés tuvo lástima de mí y me salvó la vida. Después lleváronme a sus tiendas, donde me dieron vino y....
—Vamos, vamos pronto a casa, y allí contará usted todo—dijo D. Paco—. ¡Qué alegría! Volemos, señores. ¡Cuando la Sra. Condesa sepa que le hemos encontrado!... ¡Ah! ¿No sabe usted que está ahí su novia?... ¡Qué guapísima es!... La pobre no cesa de llorar la ausencia del niño, y si no hubiese usted parecido, creo que la tendríamos que amortajar. Vamos, vamos al punto.
Corrimos todos a Bailén muy contentos. Al llegar al pueblo, uno de nosotros propuso anticiparse para anunciar a Dª. María la fausta nueva; pero no permitió D. Paco que nadie sino él en persona se encargase de tan dulce comisión, y con sus piernas vacilantes corrió hasta entrar en la casa, diciendo con desaforados gritos: «¡Ya pareció, ya pareció!» Cuando nosotros llegamos con el joven, todos salieron a recibirle, excepto Amaranta, a quien un fuerte dolor de cabeza retenía en su cuarto. Era de ver cómo los criados, las hermanitas, y la misma D.ª María, sin poder contener en los límites de la dignidad su maternal cariño, le abrazaban y besaban a porfía, y uno le coge, otro le deja, durante un buen rato le estrujaron sin compasión. Al fin, reuniéndose todos, incluso los huéspedes, en la sala baja, D. Diego fué solemnemente presentado a su novia. No puedo olvidar aquella escena que presencié desde la puerta con otros criados, y voy a referirla.
[3] «Je ne m'explique cette indigne lacheté que par la crainte de compromettre ce que l'on avait volé» (Mem Duc dé Rovigo, vol. IV.)
XXXII
Inés, confusa y ruborosa, no contestó nada, cuando el diplomático se fué derecho a ella llevando de la mano a D. Diego, y le dijo:
—Hija mía, aquí tienes al que te destinamos por esposo: mi sobrino, varón ilustre, a quien veremos general dentro de poco, como siga la guerra.
—Hijo mío—añadió Dª. María—, las altas prendas de la que va a ser irremisiblemente tu mujer no necesitan ser ponderadas en esta ocasión, porque harto las conocemos todos. Ahora, con el trato, se avivará el inmenso cariño que os profesáis desde hace algunos años, señal evidente de que Dios tenía ya decidida vuestra unión en sus altos designios.
—Bonito es el retrato—dijo D. Diego, con un desenfado impropio de la situación—; pero usted, Inés, lo es más todavía. ¿Y por qué no quería usted salir del maldito convento? Sin duda las pícaras monjas la retenían a usted por fuerza, esperando que al profesar les llevara un buen dote. Pero no; yo juro que estaba decidido a sacar de allí a mi monjita, y ya discurría el modo de saltar por las tapias de la huerta y romper rejas y celosías para conseguir mi objeto.
Doña María, al escuchar esto, palideció, y luego las centellas de la ira brillaron en sus ojos. Pero con disimulo habló de otro asunto, procurando que el noble concurso y discreto senado olvidara las palabras del incipiente chico.
—Pero cuéntanos de una vez lo que te ha pasado en el campamento francés—dijo a don Diego.
—Pues quisieron fusilarme—repuso el mayorazgo, sentándose—. Ya me tenían puesto de rodillas cuando un oficial mandó suspender la ejecución.
—¿Y por qué te querían asesinar esos cafres?
—Porque les dije mil perrerías. Después, cuando me llevaron a la tienda, todos se reían de mí. Luego me dieron vino, obligándome a beberlo, y yo mientras más bebía más charlaba, diciendo atroces disparates y frases graciosas, hasta que me quedé como un cuerpo muerto.
—¿Y no sabes tú—observó D.ª María, sin poder disimular su indignación—que las personas de buena crianza no beben sino poquito?
—Es verdad; pero aquel vino tenía un saborcillo que me gustaba, y los franceses se reían mucho conmigo. Todos iban a verme, llamándome le petit espagnol.
—Lo cual quiere decir el pequeño español—dijo D. Paco.
—Pero no debió usted dejarse emborrachar, joven—indicó el diplomático—. Juro que si eso hubiera pasado conmigo, de un sablazo descalabro a todos los oficiales de la división de Vedel.
Doña María, profundamente indignada, silenciosa, ceñuda, parecía una sibila de Miguel Ángel.
—Pero si todos aquellos señores me querían mucho ...—continuó D. Diego—. Por la tarde, y luego que desperté de aquel largo sueño, me dijeron que si sabía yo lidiar un toro. Les dije que sí, y poniéndose muy contentos, me mandaron que diese al punto una corrida. No quería yo más para divertirme: así es que, poniendo una silla en lugar de toro, le capeé, le puse banderillas y le dí muerte con mi sable, pasándole de parte a parte. ¡Cuánto se rieron aquellos condenados! Hasta el General acudió a verme.
—Veo que has aprovechado el tiempo en el campamento francés—dijo la señora madre con tremenda ironía.
—Si no querían dejarme venir. Después me dijeron que les cantase el jaleo, y lo canté de pie sobre una banqueta. ¡Ave María Purísima! Hasta los soldados se acercaban a la tienda para oír. Entre los oficiales había dos que no me dejaban de la mano, y me decían que si me pasaba al ejército francés me tomarían por ayudante, llevándome a Francia, a París, y de París a recorrer toda la Europa.
—¡Y no les diste una bofetada!—exclamó D.ª María, clavando sus dedos en el cuero del sillón.
—¡Quía! Me eché a reír y les dije que ya pensaba ir a Francia con el Sr. de Santorcaz, que es mi amigo y ha de ser mi maestro cuando me case.
Esta vez no fué D.ª María la que se estremeció de sorpresa e indignación: fué la marquesa de Leiva, quien mudando el color y con absortos ojos miró sucesivamente a su prima, a su primo y al ayo.
—Pero ¿qué está diciendo el niño?—preguntó éste mirando a la Condesa—. ¿Quién dice que es su maestro y su amigo?
—Cualquiera menos usted—contestó con insolencia el heredero—. ¡Vaya un maestro, que no sabe enseñar sino mentecatadas y simplezas!
—¡Jesús! Diego, mira lo que hablas ...—dijo D.ª María, conteniendo con grandes esfuerzos los gestos amenazadores, natural expresión de su ira.
Don Paco se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar una lágrima. Inés a todo atendía discretamente y sin hablar. ¡Ah! Mientras allí la juzgaban indiferente al peligroso diálogo, ¡qué admirables observaciones, qué exactos juicios le sugeriría semejante escena! Su talento y alto criterio dominarían sobre las pasiones, los errores y las querellas de la histórica familia como el sol inmutable sobre la volteadora tierra.
Asunción y Presentación, que aguardaban coyuntura para dar expansión al comprimido gozo de sus almas, hubieran querido reír como su hermano; pero la seriedad de su madre las tenía mudas de terror.
—Esta predisposición de usted—dijo el Marqués—a visitar las Cortes europeas me indica que se siente el niño con inclinaciones a la diplomacia. Hija mía—añadió, dirigiéndose a Inés—, cada vez descubro más eminentes cualidades en el que te destinamos por esposo, y veo justificado el amor que desde hace tiempo en silencio le profesas, y que, en tu delicadeza y castidad, procuras disimular hasta el último instante.
—¡Ah!, se me olvidaba decir—añadió don Diego, riendo a carcajadas—, que los franceses me han enseñado a decir algunas palabras en su lengua.
Y levantándose al punto, hizo profundas reverencias ante Inés, diciéndole:
—Ponchú, madama. ¿Cómo la porta vú?
Asunción y Presentación, después de mirarse una a otra, creyeron que había llegado el momento de reír, y rieron dando desahogo a sus oprimidos corazones; pero como D.ª María no desplegó sus labios, las dos madamitas tuvieron que ponerse serias otra vez.
—¡Oh! ¡Très bien!—dijo el diplomático—. Sr. D. Francisco, su alumno de usted demuestra las luces y copiosa doctrina de tan erudito maestro.
Hizo D. Paco graciosa reverencia, y su rostro compungido y lloroso se esclareció con una sonrisa.
Doña María callaba; pero en su pecho rugía la tempestad. Ella y su prima la de Leiva se miraban de vez en cuando, transmitiéndose una a otra el fuego de sus iracundos sentimientos.
—Otras muchas palabras sé—continuó el rapaz—, como Crenom de Dieu, sacrebleu!, exclamaciones que se dicen cuando uno esta rabioso, en vez de ¡Caracoles! ¡Canastos!
Doña María se levantó de su asiento ... y se volvió a sentar.
—¡Cómo me querían aquellos demonios de franceses! Uno de ellos sabía español y hablaba a ratos conmigo. Me dijo que los españoles eran muy valientes y muy honrados; pero que hacían mal en defender a Fernando VII, porque este Príncipe es un farsantuelo que engañó a su padre y ahora está engañando a la nación y al Emperador.
Doña María se llevó la mano a los ojos.
—Yo le aseguré que los españoles les echaríamos de España, y él me contestó que parecía probable, porque la guerra iba tomando mal aspecto; pero que esto sería un mal para nosotros, porque de venir otra vez Fernando VII, España seguiría con su mal gobierno y con las muchas cosas perversas, injustas y anticuadas que hay aquí.
—¡Oh! ¿Y no se le ocurrió a usted la contestación a tan atrevido y antipatriótico aserto?—preguntó con énfasis el diplomático.
—Yo le dije que aquí pensábamos arreglar todas esas cosas, y quitar la Santa Inquisición, y los diezmos, y los mayorazgos, como me decía el Sr. de Santorcaz.
Doña María aferró sus manos a los brazos de la silla como si quisiera estrujar la madera entre sus dedos.
—Sobre todo los mayorazgos—prosiguió Rumblar—. También le dije al francés que yo soy mayorazgo, y que después de casado tendré dos vinculaciones. ¡Como se reía cuando le dije que era Grande de España! Todos acudían a verme y me volvieron a dar de beber, y me caí otra vez al suelo, cantando que me las pelaba.
¡Ay! Doña María se llevó las manos a la cabeza; D.ª María cerró los ojos; D.ª María golpeó el suelo con su pie derecho; D.ª María semejaba la imponente imagen de la Tradición aplastando la hidra revolucionaria.
—Esta mañana me preguntaron si yo tenía hermanas guapas. Díjeles que eran muy bonitas, y ellos me dijeron que vendrían a verlas, y que si queríamos dárselas para casarse con ellas, puesto que también serían mayorazgas. Yo les contesté que mayorazgo era el que había nacido primero.
Y luego, dirigiéndose a sus hermanitas, les dijo:
—Os fastidiasteis, chicas, por haber nacido hembras y después que yo. Una de ustedes se casará con cualquier pelele, y la otra se meterá en un conventito a rezar por nosotros los pecadores, a no ser que algún día vea un galán por la reja, y se enamore, y luego se tire por la ventana a la calle.
Doña María no podía resistir más. Iba a estallar su furibunda cólera; pero aún era mayor el caudal de su prudencia que el caudal de su enojo...; se contuvo y cerró otra vez los ojos, ya que no podía cerrar los oídos.
—Después—siguió el mancebo—me preguntaron si mis hermanas usaban navaja, si tocaban la guitarra, si iban a los toros y si yo era familiar de la Inquisición. ¡Cómo se reían aquellos condenados! Lo gracioso era que no me dejaban salir de allí, y a cada rato me decían so, so, so.
—Un sot—dijo el diplomático—. Pues sospecho que os llamaron tonto. ¡Oh iniquidad de la nación francesa! ¡Vea usted, Sr. D. Paco, lo que es un pueblo carcomido por el jacobinismo!... ¿Y no les dió usted un par de sablazos?
—¡Si me querían mucho...! Ayer me tuvieron toda la noche bailando el bolero y la cachucha, en medio de un corrillo donde había más de cuarenta oficiales.
Asunción y Presentación seguían esperando con ansia la ocasión de reír; pero ésta no llegaba, y consultando el rostro de su madre, veíanle cada vez más borrascoso. Las dos estaban muertas de miedo.
Don Paco, conociendo que se preparaba un cataclismo, quiso conjurarlo y dijo a su discípulo:
—Vamos, basta de franceses, D. Diego. Hable usted de otra cosa. Si no fuera demasiado largo, os mandaría que recitarais aquel capitulo sobre la batalla del Gránico que os hice aprender de memoria; mas para que tan escogido concurso, y especialmente este fresco azahar de Andalucía, vuestra prometida; para que todos, en una palabra, puedan apreciar la buena pronunciación de usted y su oído cadencioso, échenos cualquiera de esos romances que sabe..., vamos. Atención, señores.
—El del Barandal del cielo—dijo Asunción, respirando con alegría.
—El de los Santos pechos—dijo Presentación.
—Vamos, no se haga usted de rogar.
—Pues voy a echarles una canción que me enseñaron los franceses.
—No, nada de franceses.
—Si es muy bonita, aunque a decir verdad, yo no la entiendo.
Y sin esperar más, púsose en pie D. Diego, y accionando como un cómico, con voz fuerte y exaltado acento, cantó así:
le jour de gloire est arrivé!
Contre nous de la tyrannie
l'étandart sanglant est levé!
Asunción y Presentación reían como locas y D.ª María no dijo nada. Ninguno de la familia había entendido una palabra.
—Es bonita la canción—dijo D. Paco—; pero no la comprendemos.
Entonces el diplomático levantóse ceremoniosa y gravemente, y tomando un tono de hombre severo habló así:
—¿Sabe usted lo que está cantando? Pues está cantando la Marsellesa, esa canción impía y sanguinaria, señores; esa canción que acompañó al suplicio a todos los mártires de la Revolución, incluso Luis XVI, mi querido amigo..., porque han de saber ustedes que Luis XVI y yo teníamos muchas bromas y nos echábamos el brazo por el hombro, paseándonos por Versalles.... ¡La Marsellesa, señores, la Marsellesa! También acompañó al cadalso a María Antonieta ... ¡y qué buena era aquella señora! ¡Cuántas veces la vi marcando pañuelos en una ventana baja del pequeño Trianon! ¡Cómo me quería!... En fin, este joven me ha horripilado con la tal tonadilla.... Señora Condesa, ¿está usted indispuesta? ¿Y tú, hermana? ¡El caso no es para menos! Hija mía, ¿estás nerviosa? ¿Te has puesto mala? ¿Te causa miedo esa canción?
Inés le contestó que no tenía pizca de miedo. En tanto, D.ª María, no pudiendo resistir más, salió del cuarto con sus hijas. Desconcertóse al punto aquella ilustre reunión, y luego no quedó en la sala más que la familia de Inés con D. Diego. Al poco rato tuvo lugar una escena lamentable, y fué que D.ª María, ciega de furor, y necesitando desahogar aquella tormenta de su espíritu sobre alguien, descargó su enojo al fin; ¿pero sobre quién?, dirán ustedes.... Sobre las dos inocentes niñas, sobre los dos angelitos celestiales, Asunción y Presentación. ¿Y todo por qué? Porque entusiasmadillas con la llegada de su hermano, habían dejado de hacer no sé qué cosa encomendada a sus tiernas manos. ¡Pobres pimpollitos! La dignidad impedía a mi señora Condesa castigar al primogénito delante de la novia y del suegro, y era forzoso que pagaran el pato las dos niñas desheredadas. Yo las ví llorando como unas Magdalenas y soplándose las palmas de las manos, escaldadas por aquel fatídico instrumento de cinco agujeros que pendía de fatal espetera en el despacho de D. Paco. Las pobrecillas estuvieron a moco y baba todo el día.
XXXIII
Este libro concluye, queridísimos lectores, a quienes adoro y reverencio; se acaba, y los notables y jamás vistos sucesos que me acontecieron por el proyectado matrimonio de Inés y por el encuentro de aquellas dos familias en el tortuoso y difícil camino de mis amores, serán escritos, por no caber en este volumen, en otro que pondré a vuestra disposición lo más pronto posible. Tened, pues, un adarme de paciencia, y mientras aquellas distinguidas personas se preparan para ponerse en camino hacia Madrid, adonde con vuestra venía pienso acompañarlas, atended un poco más.
El mismo día 22 encontré a Santorcaz, puesto ya al frente de su partidilla, la cual, como he dicho, estaba formada de lo mejorcito del país. Les digo a ustedes que tropa más escogida que aquélla no la capitanearon los famosos caballistas José María y Diego Corrientes.
—¿Va usted ya de marcha?—le pregunté.
—Sí; dispusieron que fuera alguna fuerza de paisanos a guardar el paso de Despeñaperros, y yo solicité esa comisión, que me agrada mucho. Allá voy con mi gente. ¿Quieres venir? ¿Has estado en casa de Rumblar?
—De allá vengo.
—¿Y esa familia que está ahí es la de la novia de D. Diego?
—Justamente.
—Creo que van todos para Madrid.
—Así parece.
—¿No sabes cuándo?
—Según he oído, pasado mañana. Esperan saber lo de la capitulación para llevar la noticia.
—¿Conque pasado mañana? Bien.... Adiós. ¿Quieres venir en mi partida?
—Gracias; adiós.
Les vi partir, y todo el día y toda la noche estuve pensando en aquella gente.
Yo no vi el triste desfile de los ocho mil soldados de Dupont cuando entregaron sus armas ante el general Castaños, porque esto tuvo lugar en Andújar. A pesar de que la primera y segunda división habían sido las vencedoras de los franceses, la honra de presenciar la rendición fué otorgada a la tercera y a la de reserva, por una de esas injusticias tan comunes en nuestra tierra, lo mismo en estos días de vergüenza que en aquellos de gloria. Por delante de nosotros desfilaron las tropas de Vedel, en número de nueve mil trescientos hombres, y dejando sus armas en pabellón, nos entregaron muchas águilas y cuarenta cañones.
Les mirábamos y nos parecía imposible que aquéllos fueran los vencedores de Europa. Después de haber borrado la geografía del continente para hacer otra nueva, clavando sus banderas donde mejor les pareció, desbaratando imperios y haciendo con tronos y reyes un juego de títeres, tropezaban en una piedra del camino de aquella remota Andalucía, tierra casi olvidada del mundo desde la expulsión del islamismo. Su caída hizo estremecer de gozosa esperanza a todas las naciones oprimidas. Ninguna victoria francesa resonó en Europa tanto como aquella derrota, que fué, sin disputa, el primer traspiés del Imperio. Desde entonces caminó mucho, pero siempre cojeando. España, armándose toda y rechazando la invasión con la espada y la tea, con la navaja, con las uñas y con los dientes, probaría, como dijo un francés, que los ejércitos sucumben, pero que las naciones son invencibles.
—¡Cuánto siento que no esté aquí el señor de Santorcaz!—me dijo Marijuán, al ver pasar por delante de nosotros a aquellos hermosos soldados, medio muertos de fatiga y de vergüenza—. ¿Te acuerdas de las grandes bolas que nos contaba cuando veníamos por la Mancha y nos refería las batallas ganadas por éstos contra todo el mundo?
—Lo que nos contaba Santorcaz—respondí—era pura verdad; pero esto que ahora vemos, amigo Marijuán..., verdad es también.
XXXIV
Considerad ahora lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel mismo mes de julio. El día 7 había jurado José en Bayona la Constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día 9, el mismo José traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El día 15 ganaba Bessières en los campos de Ríoseco una sangrienta batalla, y al tener de ella noticia Napoleón, decía lleno de gozo: «La batalla de Ríoseco pone a mi hermano en el trono de España, como la de Villaviciosa puso a Felipe V.» Napoleón partió para París el 21, creyendo que lo de España no ofrecía cuidado alguno. El 20, un día después de nuestra batalla, entró José en Madrid, y aunque la recepción glacial que se le hizo le causara suma aflicción, aún le parecía que el buen momio de la Corona duraría bastante tiempo.
Pero hacia los días 25, 26 y 27 se esparce por la capital un rumor misterioso que conmueve de alegría a los españoles y llena de terror a los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas tropas de línea han derrotado a Dupont, obligándole a capitular. Este rumor crece y se extiende; pero nadie quiere creerlo, los españoles por parecerles demasiado lisonjero, y los franceses por considerarlo demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero la Corte de José se ríe y no da crédito a aquel cuento de viejas. Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la Corte, que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado a la Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el país por donde pasan. Aquel fantasma de reino napoleónico se disipaba como el humo de un cañonazo.
Y ahora os he de hablar de cómo la guerra, que parecía próxima a concluir, se trabó de nuevo con más fuerza; he de hablaros de aquel infeliz y bondadoso rey José, y de su Corte, y de su hermano, y del paso de Somosierra con la famosa carga de los lanceros polacos, y del sitio de Madrid, y de otras muchas curiosísimas cosas; pero todo se ha de quedar para el libro siguiente, donde estos históricos sucesos han de tener feliz consorcio con los no menos dramáticos de mi vida, y todo lo mucho y bueno que ocurrió en el matrimonio de Inés.
Ahora guardaré prudente silencio sobre estos sucesos, pues decidido estoy a seguir al pie de la letra la reservadísima escuela del diplomático, y así os digo:
«No, no me obliguéis, abusando de la dulce amistad, a que revele estos secretos de que tal vez depende la suerte del mundo. No me seduzcáis con ruegos y cariñosas sugestiones que en vano atacan el inexpugnable alcázar de mi discreción.»
A pesar de esto, ¿insistís, importunos amigos? Nada más os digo por ahora, sino que la familia de Inés salió para Madrid hacia fin de mes y en los días en que el ejército vencedor marchaba hacia la capital de España.
Esta circunstancia me permitió ir en la escolta que por el camino debía custodiar a tan esclarecida familia; así es que formé con los diez a caballo que galopaban a la zaga de los dos coches. ¡Ay! Por la portezuela de uno de ellos solía asomarse durante las paradas una linda cabeza, cuyos ojos se recreaban en la marcial apostura del pequeño escuadrón.
—Estos valerosos muchachos, hija mía—le decía su padre—, son los que en los campos de Bailén echaron por tierra con belicosa furia al coloso de Europa. Veo que les miras mucho, lo cual me prueba tu entusiasmo por las glorias patrias.
Basta con esto, señores, y no digo más. En vano me hacéis señas; excitándome a hablar; en vano fingen conocer mentirosos hechos, para que yo les cuente los verídicos. ¿A qué conduce el anticipar la relación de lo que no es de este lugar? A los impacientes les diré que nada ocurrió hasta que llegamos al desfiladero de Despeñaperros. Lo pasábamos en una noche muy obscura, cuando de pronto detuviéronse los coches, oímos gritos, sonó un disparo, y algunos hombres de mal aspecto, saltando desde los cercanos matorrales, se arrojaron al camino. Al instante corrimos sable en mano hacia ellos...; pero basta ya, y déjenme dormir, pues ni con tenazas me han de sacar una palabra más.
FIN DE «BAILÉN»
Octubre-noviembre de 1878.
TRADUCCIONES DE DIVERSAS OBRAS
DE
Don BENITO PEREZ GALDOS
EN INGLÉS:
Doña Perfecta, a tale of modern Spain. Traducción de D.P.N.—London, Samuel Tinsley, 1886.
Idem. Traducción de Clara Bell. New-York, Gottsberger, 1883.
Idem.. New-York, 1884.
Idem. Traducción de D.P.W. New-York. George Munro, Publisher, 17 a 27, Vandewater Street, 1883.
Gloria. Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher. 11 Murray Street, 1882.
Idem. Traducción de Nathan Wetherell. London, Remigton and Co., 5, Arundel Street, Strand. W.C., 1879.
León Roch. Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberqer, Publisher, 11. Murray Street, 1888.
Marianela. Traducción de Clara Bell. New-York. William S. Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street. 1883.
Marianela. Traducción de Helen W. Lester. Chicago, A.C. Mac-Clurg and Company, 1892.
Trafalgar. Traducción de Clara Bell. New-York, William S. Gottsberger, Publisher, 11, Murray Street, 1884.
Zaragoza.. Traducción de Minna Carolina Smith. Boston, Little. Brown and Company, 1899.
La batalla de los Arapiles. Traducción de Rollo Ogden. Filadelfia, J.B. Lippincot Company, 1895.
EN FRANCÉS:
Doña Perfecta. Traducción de L. Lugol. París, Giraud, 1885.
Idem. Traducción de L. Lugol. París, Hachette.
La campaña del Maestrazgo (Le Roman de Soeur Marcela). Traducción de L. de L***. París, Calmann-Levy, Editeurs, 3, rue Auber.
Marianela. Traducción de Julien Lugol. París. Librairie des publications a 50 centimes; 34, rue de la Montagne-Sainte-Geneviève.
Idem. Traducción de A. Germond de Lavigne. París, Librairie Hachette et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1884.
El amigo Manso. Traducción de Julien Lugol. París, Librairie Hachette et Cie., 79, Boulevard Saint-Germain, 1888.
Misericordia. Traducción de Maurice Bixio. París, Librairie Hachette. 1900.
EN ALEMÁN:
Doña Perfecta. Dos tomos, traducción de J. Reichell. Dresde y Leipzig, Pierson's Verlag, 1886.
Electra. Traducción de Rodolfo Beer. Wiener Verlag. 1901.
Electra. Traducción de Rodolfo Beer, arreglada para la escena alemana por Ricardo Fellner. Berlín. 1901.
Gloria. Traducción del Dr. Augusto Hartmann. Berlín, Verlag von L. Schleiermacher, 1880.
El amigo Manso (Freund Manso). Traducción de E. von Buddenbrock. Berlín, Verlag von Karl Siegesmund, 1894.
Trafalgar. Traducción de Hans Parlow. Dresde y Leipzig, Verlag von Karl Reitzner, 1896.
Marianela. Traducción de E. Plücher. Breslau, Auterhaltungsblatt, 1888.
EN SUECO:
Doña Perfecta. Traducción de K.A. Hagberg. Stockolm, Skoglunuds Förlag.
León Roch. Traducción de A.P. de la Cruz Frölich. Kjöpenhaun (Copenhague). Förlag. Andr. Schous, 1881.
Torquemada en la hoguera. (Torquemada paa baalet). Traducción de Johanne Alleu. Cristiania y Copenhague, Förlag A. Christiansens, 1898.
EN ITALIANO:
Nazarín (Sicut-Christus). Traducción de Guido Rubetti y José León Pagano. Firenze, G. Nerbini.
Gloria. Traducción de Italo Argenti. Firenze, R. Bemporad & Figlio, 1901.
Marianela. Traducción de G. de Michelis. Bologna, Tipografía Pont. Maregiani, vía Volturno. 3, 1880.
La Fontana de Oro. Traducción de G. de Michelis. Milán. Fratelli Treves. 1890.
Doña Perfecta. Traducción de Cunes. Milán. Fratelli Treves. 1897.
EN HOLANDÉS:
Doña Perfecta. Traducción de M.A. de Goeje Leiden. Brill, 1883.
Electra. Leiden, A.H. Adriani, 1901.
EN PORTUGUÉS:
Electra. Traducción de Ramalho Ortigão. Oporto, Librería Chardron. de Lello & Irmao, editores, 1901.
EN DINAMARQUÉS:
Fru Perfecta. Traducción de Gigas. Copenhague, Priors, 1895.