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Belarmino y Apolonio cover

Belarmino y Apolonio

Chapter 11: CAPÍTULO VIII.
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About This Book

The narrative blends episodic storytelling and philosophical monologue anchored in boarding-house life, where a narrator encounters an eccentric long-term lodger and a succession of fellow guests. Through witty character sketches, social caricature and reflective digressions it satirizes manners, culinary habits and institutional routines while examining vocation, asceticism, aesthetic taste and the shaping of identity by quotidian surroundings. The work alternates irony and earnest reflection, combining anecdote, conversational aphorism and short essays to consider how small communal settings influence thought and conduct.

Don Guillen apoyó los codos en las piernas, la frente en las palmas. Hubo un largo silencio. Irguióse y enhebró la interrumpida hebra del discurso:

[Nota: DRAMA DE CONCIENCIA DE DON GUILLÉN]

[Nota: GUILLÉN DE VOTO CASTIDAD]

—Siete años…. La almendra del árbol de la Iglesia: Sagrada Escritura, Teología dogmática, Teología moral. Siete años de triple martirio, no ya en el corazón, como los años anteriores, sino en la carne y en la conciencia. Ya no eran las tentadoras imágenes de antes, fingidas por la humareda que se elevaba del corazón; era la experiencia de la carne, el recuerdo de lo pasado, que, no obstante haber pasado, permanecía actual sobre mi piel, como la cicatriz de las heridas. El contacto de Angustias había impregnado mis nervios ya para siempre: la sensación estaba de continuo sobre mí, me erizaba el vello con un calofrío placentero. Angustias seguía formando parte de mi ser y me dolía como un miembro amputado. Martirio del corazón, martirio de la carne y martirio de la conciencia, acaso más desesperado que todos. A diferencia de mis compañeros, yo continuaba leyendo y estudiando. Ninguno se preocupaba de que yo leyese, ni de los libros que leía. Y lo que yo leía eran obras francesas e inglesas, y traducciones alemanas al francés y al inglés, sobre crítica bíblica. Me apliqué a meditar sobre el problema de los Evangelios sinópticos. Era evidente, ¡ay!, era evidente. Los Evangelios no poseían valor histórico; no eran testimonios personales de la vida y enseñanza de Jesucristo; habían sido urdidos muchos años después, casi un siglo. Las piedras angulares sobre que se asentaba la Iglesia eran otros tantos fraudes. El profesor de Sagrada Escritura se llamaba don Salomón Caicoyas. Salomón, el hijo de David, se había posado brevísimo tiempo en la inteligencia de este otro su homónimo. ¡Hombre más ignorante, soberbio y poseído de sí…! Llevaba el manteo terciado, la teja al bies, y tenía todo el empaque de un majo. En el Seminario se murmuraba que era muy galanteador y que se introducía siempre entre la muchedumbre y en lugares muy concurridos, por disfrutar de apreturas con las mujeres. Su voz era como el estridor de un cuchillo contra un plato. Yo no podía oírle sin sentir dentera y malestar de estómago. Además, no sé por qué, me tenía franca ojeriza, y no perdía oportunidad de recordarme en público la grave falta que yo había cometido. Pues este hombre era quien debía disipar los negros vapores que ensombrecían mi conciencia…. ¡Figúrese usted!… Yo mismo hube de procurarme la salvación; yo mismo, con la ayuda de Dios y de la mano de San Pablo, el apóstol de los gentiles, que no conoció a Cristo. Las epístolas de San Pablo son los documentos más antiguos y fehacientes del cristianismo; son propiamente obra de la fe, de la voluntad de creer. San Pablo no exigía virtudes heroicas; antes bien, virtudes moderadas. Hay un oportunismo de la virtud, que es la verdadera doctrina paulina. La religiosidad sincera, para San Pablo, se cifra en algo más importante que los hechos probados y la rigidez de conducta. En la segunda epístola a los Corintios, San Pablo dice: o Khirios to pneuma estin; el Señor es el espíritu. Los griegos, aunque espiritualistas, no habían acertado a sutilizar el alma humana sino asimilándola y, por ende, denominándola con la palabra psique, mariposa, que para ellos era imagen de la levidad suma. ¡Qué milagroso avance en la espiritualización del alma desde la psique, material todavía, hasta el pneuma, materia inmaterial, sustancia etérea, soplo divino!… El Señor es el espíritu; Dios reside en nuestra alma. Todo el resto, documentos, testimonios y dogmas, es secundario. No hay sino robustecer y exaltar el elemento espiritual de nuestro ser. Tal es el deber religioso primordial y único. El cristianismo enriqueció la historia de la conciencia humana con un acto de creación: la creación del espíritu. El espíritu es algo más fino y elevado que el alma. Los egipcios creían ya en el alma. Pues el espíritu es el alma en libertad. El espíritu, sobre la tierra, existe con conciencia de sí propio—pues antes existía a ciegas—desde hace diez y nueve siglos; desde San Pablo. Acaso un psicólogo experimental me replicará con sorna: «pero, si el espíritu sigue sin existir…. Yo no he tropezado con el espíritu en mis experimentaciones». Responderé yo: «tanto peor para usted, pues es señal de que usted no tiene espíritu y no puede ser cristiano». El espíritu es superior a la psique y no se puede llegar hasta él por la mera psicología. San Pablo fué también el apóstol áspero de la castidad. Más vale casarse que abrasarse; pero la castidad es madre de la fortaleza. Una noche de insomnio, meditando y cavilando sobre lo que habría sido de Angustias, creí oír una voz interior, una voz que resonaba con misteriosa certidumbre: «Esa mujer está perdida. A esa mujer la has perdido tú. Esa mujer no puede pecar, porque es inocente de su caída. Los pecados de esa mujer pesan sobre tu conciencia. Tanto pecarás tú cuanto ella peque, y ella permanecerá limpia, porque no es suyo su pecado. Todo le será a ella perdonado, por haberte amado tanto. Haz tú que tantas culpas te sean perdonadas, compensando con severa castidad la cadena de pecados que tú mismo hubiste de forjar y remachar, y que llevas asida al tobillo y a las muñecas.» Y con resolución que arrancaba del tuétano de mis huesos, exclamé: «Así lo haré.» Y lo cumplí. Creo en el espíritu y soy continente: todo el resto es secundario. Ya más sano en mi alma, volví a bañarme en la onda tépida y vigorizante del Breviario. Ahora, tres himnos se alojaron en mi pecho y ardían de modo inmarcesible, como lámpara de tres lenguas iguales: los tres himnos a María Magdalena, uno precisamente del cardenal Belarmino, otro de San Gregorio, retocado por Belarmino, el tercero de San Odón de Cluny, retocado también por Belarmino. Dice San Odón:

  In thesauro reposita
  Regis est drachma perdita;
  Gemmaque lucet inclita
  De luto luci reddita;

el dracma perdido es repuesto en el tesoro del rey, y la perla luce nuevamente sacada desde la tiniebla hasta la claridad.

Y dice San Gregorio:

  Nardo Maria pistico
  Unxit beatos domini
  Pedes, rigando lacrymis
  Et detergendo crinibus;

con nardo machacado María unge los santos pies del Señor, regándolos de lágrimas y enjugándolos con los cabellos.

Y dice Belarmino:

  Amore currit saucia
  Pedes beatos ungere,
  Lavare fletu, tergere
  Comis, et ore lambere;

herida de amor, corre a ungir los santos pies, a lavarlos con llanto, a enjugarlos con la cabellera, a acariciarlos con la boca. Y un día, vendrá así la mujer a quien perdí; en su inocencia, me pedirá perdón, y yo le diré: «Levántate, mujer. Tú eres quien debe perdonarme. Heme aquí a tus plantas.» Así pensaba yo entonces…, y luego…, muchos años. Y he llevado siempre conmigo la imagen de la mujer, la imagen anterior a su desdicha y a la mía; y no pudiendo hacerla mi amada, hice de ella mi hermana.

Después de breve pausa, prosiguió don Guillén:

—Mi primera misa la dije en la casa de campo de la Somavia. La duquesa fué mi madrina. Me regaló una rica casulla, bordada en oro. Entre sus arabescos, muy disimulado, hay un corazón estrujado por una mano; del corazón cae un hilo de sangre, que, retorciéndose, describe una A equívoca. En lo alto de la capilla enarbolaron una gran bandera blanca. Ofició conmigo el señor obispo, por exigencia de la duquesa; pero Su Ilustrísima, que no me había perdonado la antigua calaverada, me envió, apenas ordenado de mayores, a una parroquia rural inhospitalaria: San Madrigal de Breñosa. Allí tenían una hermosa finca los señores de Neira, de donde tomaron pie para el título; pero jamás iban, por lo muy apartado y fragoso de la comarca. Sucedió que a los dos años de estar yo en aquellos andurriales falleció don Restituto; doña Basilisa, la viuda, fué a guardar el luto en las soledades de San Madrigal, y como era muy devota, y oía, antes del desayuno, misa diaria, me nombró su capellán. Era una señora rechonchita, nada fea, en buena edad todavía, muy blanca, y simple que no cabía más. Sus ideas religiosas eran caprichosas, y aun cómicas. Creía que el cielo de los bienaventurados era un teatro, con su escenario y localidades para el público. Su marido, don Restituto, según ella, se había adelantado a entrar en el teatro, para coger buen sitio y reservárselo a su mujercita. Ello es que, olvidándose en seguida de que su marido la esperaba, con un sitio acotado, dió en enamorarse de mí y en dármelo a entender con palmarias manifestaciones. Otra matrona de Éfeso. La cosa no tenía nada de particular, si se tiene en cuenta que el único hombre de traza humana que allí veía era yo; que su marido había sido mucho más viejo que ella; que poseía un corazón muy tierno y dadivoso, y, por último, que el verme vestido con ropa negra y larga, a modo de falda, como ella, le infundía confianza y atrevimiento para manifestarse, a pesar de su natural tímido y cuitado. Ella sabía de mi fuga con Angustias, y debía de calcular que me rendiría fácilmente al amor. Pero yo me di excelente maña para disuadirla. Con fervor y unción retóricos, lo confieso, me las arreglé para convencerla de que fijásemos nuestra mutua relación en un terreno puro y espiritual. No le prohibía que me amase, pues Dios no pide de sus flacas criaturas lo imposible, e imposible es desarraigar los afectos profundos por un mero movimiento de la voluntad; pero le vedaba declararse paladinamente, pues Dios exige que nos sobrepongamos a la flaqueza y a la pasión, y esto sí le es posible a la voluntad. Le hablé yo mismo de aquel gran pecado de mi atropellada mocedad, de lo arrepentido que estaba y de cuán firme era mi propósito de la enmienda. Le di a entender, fingidamente y por proporcionarle algún alivio a sus afanes, que correspondía a su afecto, pero que mi estado sacerdotal me obligaba a poner una venda sobre los ojos de la carne. Yo sería su padre espiritual; ella, mi hija. En confesión, de penitente a sacerdote, podría confiarme las cuitas de su pecho; de mujer a hombre, jamás. Estaba maravillada de aquello que ella reputaba fortaleza y virtud mías, y que no era sino deseo de tranquilidad y de que no me molestara. «Es usted un santo, un santo de veras; el único santo que he conocido», me decía de cuando en vez, mirándome con adoración, las manos en actitud de rezo. Yo comía siempre con ella. Tal vez me contemplaba con ojos lacrimosos de oveja, interrumpiendo la deglución. Tal vez, de sobremesa, alejado ya el sirviente, lanzaba terribles suspiros; pero no pasaba de ahí. Dormía yo también en la finca; pero elegí una estancia holgada y desnuda, como celda, de luz permanente y plateada, mirando al Norte, al extremo de la casona, y más allá de los dormitorios de la servidumbre, por evitar maledicencias. Era señor de mi tiempo, y me pasaba horas y horas estudiando, ya en la gente del campo, ya en los libros. Allí, en contacto con los esclavos de la gleba, se me reveló la gran tragedia de la sociedad humana. Me aficioné entonces a las ciencias sociales, las cuales siguen siendo mi preocupación. Yo he nacido para reformador social. Que la sociedad está mal organizada y ha de cambiar, es evidente. Los hombres tienen derecho a la felicidad; todos los hombres; pero tienen derecho aquí mismo, en la tierra. El estímulo más vehemente y constante, el móvil más poderoso y activo que ha puesto Dios en la conjunción humana de alma y cuerpo, es el deseo de felicidad. Luego si lo primordial humano, por designio divino, es el deseo de felicidad, el hombre tiene derecho a la felicidad. Todas las grandes actividades conscientes (y no digamos de las reflejas e inconscientes) se engendran de aquel móvil fatal e ineluctable, el deseo de felicidad: la religión, la moral, el derecho, el arte, la ciencia. Todas estas actividades conspiran desde su origen a perfeccionar la sociedad, con el fin de alcanzar últimamente el máximo de felicidad para el máximo de individuos, si bien, por deficiencia humana, todos los ensayos de organización, hasta ahora, se han hecho a base de una manera de felicidad limitada y mediante uno solo de aquellos grandes órdenes de actividad consciente, con preferencia y preterición de los otros. La Iglesia nació como un ensayo de organización para la felicidad. En las epístolas de San Pablo vemos, sin posible interpretación en contrario, que el apóstol se creía inmortal, que cuantos profesasen en la fe de Cristo se harían inmortales, y que el Salvador volvería a establecer el reinado de la felicidad sobre la tierra para sus fieles, lo que él llamaba la Parousia; y como lo predicaba el apóstol así lo creían los secuaces. Pero sucedió en Tesalónica que algunos de los convertidos se murieron, con lo cual los cristianos tesalonicenses movieron grandes motines, llamándose a engaño; y lo mismo los de Éfeso. El apóstol vió al cabo que él y todos los cristianes tenían que morirse; pero como no podía renunciar a la felicidad, decidió que no se moría sino el cuerpo, y que el espíritu, inmortal, penetraba en el reinado de Cristo, en la Gloria. Así, la Iglesia de los primeros siglos fué una dulce y baldía anarquía, un ensayo de organización para obtener la felicidad después de la muerte. En aquel ensayo de organización para la felicidad fueron menospreciados o preteridos los órdenes de actividad consciente distintos del religioso: el científico, el artístico, el político, y muchas veces el moral. Nuestra organización social al presente, esto que dicen la sociedad capitalista, es otro ensayo de organización para la felicidad, a base de dos órdenes de actividad, el político y el científico, con menosprecio y preterición de los otros. Es un estado de anarquía cruel y productiva, así como la Iglesia primitiva era un estado de dulce y baldía anarquía. El socialismo, mayorazgo del capitalismo, pretende ser un ensayo a base solamente de actividad científica. Todos los ensayos de organización para la felicidad, hasta ahora, han sido ensayos fracasados; aunque todos diferentes, tienen de común entre sí que en el fondo de todos ellos late una anarquía disimulada, vergonzante, cohibida. Aunque parezca paradoja, ¿no será tal vez la anarquía la única organización posible para la felicidad? El día que todos los órdenes de actividad consciente, incluso el político y jurídico (por el cual yo no entiendo el arte de gobernar, sino el de vivir en comunidad, sin estorbarse ni dañarse mutuamente), alcancen su plenitud y autonomía, y entre sí se armonicen sin menoscabarse ni lastimarse, ¿no resultará una organización espontánea de perfecta anarquía, libertad absoluta e insuperable felicidad terrena? Bien. No es pertinente que le exponga aquí todas mis ideas sociales. Ello es que allá, en San Madrigal, pensaba yo a veces: «si yo tuviera medios de fortuna, hacienda bastante, para ensayar una comunidad de hombres felices, en lo posible, una experimentación social, como otras que se han hecho, pero aleccionado por los errores de los demás». Cuando he aquí que, un día, la viuda me suelta, como ducha de agua fría, que tiene la intención de dejarme heredero universal; cerca de dos millones de duros. Desde luego no supe qué decir; pero, a poco, Dios me concedió bastante serenidad y reflexión para responderle: «Señora: le agradezco, con emoción no traducible en palabras, su generosidad; generosidad que no acepto, ni aceptaré, no tanto por mí, cuanto por usted y su buena memoria. Se pensaría que la índole de nuestras relaciones me había acarreado esta prueba póstuma de su amor de usted hacia mí.» Y doña Basilisa, tan bobalicona siempre, habló, excepcionalmente en aquella ocasión, con cierta elocuencia y buen sentido: «Lo que digan los juzgadores temerarios, allá ellos con su conciencia. La mía está tranquila y confiada ante Dios, que ve el secreto de mis intenciones. No es esto dádiva de amor, no; ni siquiera premio a su santidad y virtud, sino muestra débil del agradecimiento con que usted me ha obligado, por haberme persuadido a guardar mi virtud y servido de guía en el áspero sendero del bien. Cuando me junte con mi Restituto, en el celestial coliseo, estoy segura que lo primero que me va a decir es: no creas que ahora aplaudo la afinación de los divinos coros; lo que hago es aplaudirte por lo que has hecho.» Sin embargo, yo me negué a aceptar la herencia, a no ser con una condición: que constase en el testamento que me dejaba su fortuna al modo de fideicomiso para que yo la emplease en aquellas empresas y obras de utilidad y beneficio del prójimo que yo juzgase conveniente. Y en eso quedamos. A los siete años de estar yo en San Madrigal murió la duquesa de Somavia. La asistí en sus últimos momentos. Hasta el mismo punto de morir no perdió la alegría ni el desparpajo. En medio de la pena y el llanto que nos causaba verla morirse nos hacía reír con sus salidas. Yo siempre había creído que tenía el pelo muy ensortijado, y era que se lo rizaba todas las noches, mechón a mechón, enroscándolos en unos rollitos de papel, que luego extendía a entrambos cabos, a modo de blanca mariposa. Todas las noches, en su lecho de muerte, hacía que la doncella le aderezase el cabello, poniéndole aquella especie de mariposas, que al día siguiente conservaba durante todo el día. Hacía un efecto muy chusco. Pues así se murió; con la cabeza cubierta de mariposas de papel. Como yo la mirase con sorpresa, al verla por primera vez en aquella guisa, ella, con sus graciosas despachaderas, me dijo: «¿Qué miras ahí, papanatas? ¿Es que nunca has visto una mujer en la cama y sin vestir? ¿O es que te parece mal que las viejas cuidemos de sostener y realzar los restos de belleza que nos quedan? Y no vayas a figurarte, ya que como cura serás malicioso, que sois como mulas resabiadas, y los resabios del mal pensar los habéis adquirido en el confesonario, en donde de la gente no aprendéis sino lo malo y lo feo, y eso que no os lo dicen todo; no vayas a figurarte que me pongo estos moños por vanidad; ¡a buena hora…! Lo hago por decoro, y por algo más. El primer deber de los decentes y bien nacidos es atender al decoro de su persona. Y además lo hago, y lo he hecho toda mi vida, por imponerme una obligación molesta, ya que ninguna otra tenía; un acto de paciencia y disciplina, una mortificación, como vosotros decís. Quiero morirme con los papillons sobre mi cabeza, y cuando el alma se escape de mis labios, que todas estas mariposas la lleven, revoloteando, más ligera al regazo de Dios Padre, que me crió Beatriz Valdedulla, y me sostuvo toda la vida Beatriz Valdedulla, y me aceptará en su eterna misericordia como Beatriz Valdedulla; porque ¿yo qué culpa tengo de ser Beatriz Valdedulla?» Sólo con recordar estas palabras me conmuevo. Una mañana, el día antes de entregar su alma a Dios, en presencia del duque, me dijo: «Don Pedrito, hijo mío; te quiero casi casi como un brote de mi sangre. Pero como las palabras son como moscas, que no se dejan atar por el rabo, he querido dejarte algo de más substancia que la palabra de mi cariño, y por intermedio del duque, mi marido y señor, que tiene mucha mano con el Gobierno, te he conseguido una credencial de canónigo en Castrofuerte. Una canonjía, digan lo que quieran, no es gran cosa. Si yo viviese más años te verías obispo. Lo que yo no he podido hacer, tú, con tu maña y despejo, lo conseguirás. Me voy de entre vosotros con un grande reconcomio y desazón, y es por tu padre. Bolonio debiera llamarse, que no Apolonio. Sus asuntos ya no tienen arreglo. Al duque y a ti os recomiendo que cuando le veáis en la calle, y esto tiene que venir necesariamente, le busquéis un asilo, y allí le enviéis aquellas cosillas imprescindibles a su vanagloria, sin las cuales no podría vivir.» Antes de morir, se expresó de esta suerte: «Duque, has cumplido mal como casado; pero te perdono. Pido tu perdón, si en algo te falté, que habrá sido involuntario. A ti, hijo mío muy querido, nada tengo que perdonarte, que soy de opinión que los hijos no tienen deber alguno para con sus padres, y sí sólo los padres para con sus hijos. Si algún día la vida te pesa demasiado, perdóname; que yo quise darte una vida amasada con dichas y venturas. A ti, Facundo (estaba presente el obispo), ¡cuántas veces te llamé mastuerzo, sin más razón que es verdad que lo eres…! Pero ya sabes que te he estimado, que jamás te perjudiqué a sabiendas; antes por el contrario, te favorecí en lo que pude, y hasta te admiré en una ocasión, que quizás hayas olvidado. Perdóname lo de mastuerzo. A ti, Pedrín, te digo algo como a mi hijo; si alguna vez sientes una carga en la vida, por mi culpa, perdóname; otra era mi intención. Perdónenme todos a quienes haya ofendido o causado dolor. Y tú, Señor mío Jesucristo (besando el crucifijo), ya sé que me perdonas, como perdonas a todos en tu infinita bondad, que si no fuese así llovería fuego sobre la tierra, por lo menos, cada diez minutos. Hasta luego, vosotros; que la vida es breve. Hasta ahora, Señor mío Jesucristo.» Murió como una santa. Era una santa a su manera, pues hay muchas maneras de ser santo. Yo he observado que en el mundo hay muchísimos más santos de lo que ordinariamente se piensa. Es más: yo creo que el mundo anda tan mal porque hay demasiados santos; porque la gente, en general, es demasiado bondadosa y resignada. Pero dejémonos de glosas. Murió la duquesa. Yo pasé de canónigo a Castrofuerte, y allí llevo vegetando hace algunos años. Doña Basilisa me sigue escribiendo cartas frecuentes, prolijas y tiernas. Dice que, últimamente, anda quebrantada de salud. De la herencia nada me dice. No sé si continúo siendo su presunto heredero, o si algún fraile, que sé que la visitan en San Madrigal, le ha socaliñado la herencia para su Orden. Mi padre y Belarmino, éste ya viudo, están en un asilo, como la duquesa predijo. Quise que viviese conmigo, y le llevé a mi casa, en Castrofuerte, por una temporada. Pero era de todo punto imposible. En primer lugar, hacía el amor a todas las criadas de la vecindad, y en cierta ocasión hizo publicar en un periódico local una declaración amorosa, en verso, a la señora del alcalde. Además, contraía tales deudas, que mi módico estipendio canónico no nos bastaba para vivir. En conclusión: que, pesándome mucho, hube de mandarle nuevamente al asilo. Le envío allí a mi padre aquellos regalitos a mi alcance que la duquesa me encomendó. El que ahora tiene en Pilares un gran bazar de calzado mecánico y porradas de dinero es aquel Martínez, antiguo oficial de Belarmino. Por cierto que en el mismo asilo de caridad que mi padre y Belarmino está recogido un usurero apellidado Bellido, causante de la ruina de Belarmino; se arruinó a su vez en la famosa quiebra de la banca Hurtado y Compañía[1]. Rarezas del destino.

[Nota 1: La pata de la raposa, novela de R. Pérez de Ayala.]

Y don Guillén quedó con ojos vacantes, como dicen los ingleses, tan expresivamente; con ojos vacíos, ciego para las cosas ambientes, y acaso enfilando una perspectiva interior y remota de recuerdos inmóviles. Hablando él y yo escuchando, las horas nocturnas, de negra clámide, se habían ido alejando armoniosamente; las horas matutinales danzaban ya en los umbrales del día, y un revuelo de sus túnicas color violeta penetraba por la hendedura de nuestros balcones; la aurora, con dedos de rosa, golpeaba silenciosamente en el vidrio de nuestras pupilas. Ante el suave llamamiento de la luz del cielo en sus ojos, don Guillén exclamó:

—Ya es sábado de gloria; ya es pascua florida. Los almendros están vestidos con un velo rosado y los pomares con un velo de nieve. Dentro de poco resonarán las alegres campanas en toda la cristiandad. Cristo va a resucitar:

Sat funeri, sat lacrymis. Sat est datum doloribus,

canta el laude pascual; no más duelo, no más lágrimas, no más pesados dolores. Y dice la voz inaudible de los coros angélicos: «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.» Todo es paz y todo es contento en el valle de lágrimas. Los hijos de Dios se abrazan y besan en la mejilla, murmurando: «Salud, hermano; salud, hermana; el Señor sea con nosotros.» Y tú, hermana mía—prosiguió, tomando en sus manos el joyel con el retrato y mirándolo con el rostro descompuesto por la piedad y la amargura—, ¿dónde estás, en qué oscura mazmorra te encerré, a ciegas, que no doy con la entrada, aunque sangran mis pies de tanto caminar y mis manos de tanto tropezar a tientas?

Te busqué, y no te he encontrado; te esperé, y no has venido. Mi alma estará triste hasta la muerte; muertos mis oídos a las campanas de resurrección; muertos mis ojos a los colores de primavera.

Yo, naturalmente, juzgué espontánea, sincera, y, por lo tanto, lícita en la ocasión, la pequeña expansión retórica de don Guillén, y apenas concluyó y dejó caer con abatimiento la cabeza, dije, sin vacilar un segundo:

—Ya le he dicho que conozco a esa mujer, y se la voy a traer aquí en un instante.

Supongo que le dejé fulminado y sin acertar a emitir palabra ni sonido articulado. Salí sin volverme a mirarle, sin haberle oído resollar. La ciudad se arrebujaba en la luz cenizosa y aterida de los amaneceres. Me encaminé, rápido, al cafetín. Allí, en su rincón acostumbrado, con el vaso de recuelo ante sí, Angustias esperaba al Tirabeque.

—Mujer, ven conmigo—le dije, emocionado y conminatorio. Angustias se levantó—. Sígueme.

—¿Le ha ocurrido algo al Tirabeque? ¿Una bronca? ¿Una pendencia? No quiero ver nada. No me importa. Es mi libertad—decía de camino, jadeando por seguir mi paso impaciente.

Al llegar a la puerta de la casa, vaciló.

—¿Qué quiere de mí, señor? ¿No me trata de engañar? Siempre le tuve por bueno…. Soy una desdichada.

—Ven conmigo, mujer—insistí, cogiéndole la mano.

—Pero, ¿dónde me lleva?

Yo no sabía qué decir. Se me ocurrió una bobada.

—Hacia la resurrección. ¿No sabes que es pascua florida?

Se detuvo, temblando.

—¿Está usté loco, señor? ¡Ay, Dios mío, ten piedad de mí!

Yo tiré de ella, escaleras arriba.

—Ven conmigo, mujer.

—¡Virgen de Covadonga! Gritaré, aunque se arme un escándalo y me lleven a la delegación—y se detuvo, con firmeza.

—Angustias, no sea usted niña—dije, comenzando, sin darme cuenta, a tratarla de usted—. ¿Cómo puede creer que trato de hacerle mal? Al contrario: la llevo hacia la dicha, al encuentro de alguien que usted espera volver a ver hace varios años.—La cerilla con que nos alumbrábamos me quemó los dedos. Pronuncié una exclamación adecuada, al arrojar la cerilla al suelo. Quedamos a oscuras. Angustias se acercó a mí, medrosa. La sentía tiritar, con miedo del corazón.

—Déjeme usted escapar, huir—suplicaba—. ¿Cómo me atreveré a presentarme delante de él? Lo sabrá todo ya. Usté mismo se lo habrá contado. Me escupirá. Me arrojará lejos de sí, y con razón. Luego, el Tirabeque nos vendrá siguiendo; me matará a mí y le hará a él un chirlo en la cara.

—Ea, Angustias. No nos cuidemos del Tirabeque. Don Pedrito espera a usted. ¿Quiere usted acudir? ¿Quiere usted salvarse?—murmuré con impaciencia, a tiempo que encendía otra cerilla.

¡Qué cara la de Angustias: infantil, contraída, atormentada por un dolor oscuro, apenas consciente!

—¡Quiero salvarme! ¡Quiero salvarme!—dijo con voz sollozante, agarrándose desesperada a mi brazo, como a tabla de salvación.

Llegamos a la habitación de don Guillén. No quiso ella pasar delante, y hube de hacerlo yo. Mi intención era dejarla adentro y retirarme discretamente a mis cuarteles. Contra mi propósito, hube de presenciar el principio de la escena, porque se desarrolló súbitamente, y la continuación, porque, a pesar mío, permanecí asido e inmóvil por la expectación.

Angustias se arrojó a los pies de don Guillén. Se abrazaba con ellos, escorzando, el cuello dúctil y albo; se los regaba de lágrimas; se los enjutaba con la cabellera copiosa y cobriza. Y se reprodujo la imagen emotiva que con línea ingenua y tintas translúcidas bosquejaron los santos melodas del Breviario.

—¡Perdón! ¡Perdón!—imploraba Angustias, en el candor de su alma intachable—. Soy muy mala, pero a nadie he querido sino a ti. El amor me ha perdido, la desesperanza de amor. Ya te contaré y me perdonarás.

Don Guillen, lívido, rígido, balbuciente, pidió:—¡Levanta, hermana!

Angustias obedeció como una criatura pasiva. Entonces, don Guillen se arrodilló ante ella.

—Tú estás limpia. Todos tus pecados se vuelven contra mí. Tú y Dios sois los que debéis perdonarme, y me perdonaréis, porque he amado y sufrido mucho. Di que me perdonas; di un sí con los labios, un sí con la cabeza, aunque no salga del corazón.

—Mil veces sí—dijo Angustias, con un grito sofocado, blandiendo en el aire la cabellera.

Levantábase del suelo don Guillén, y Angustias se precipitó en sus brazos, tendiendo hacia él los labios sedientos, la cabeza derribada hacia la espalda, como inerte. Don Guillén le enderezó suavemente la cabeza y le besó la frente.

Yo comprendí que era el momento preciso de retirarme con disimulo, y giré furtivamente sobre mis talones, cuando oí que don Guillén, con acento entre alarmado y severo, me decía:

—¿Qué va usted a hacer? Aguarde un instante; tengo que pedirle un gran favor. Es menester que me ayude a improvisar un acomodo donde mi hermana descanse unas horas. Si usted tiene en su habitación un diván, o siquiera una butaca, yo puedo dormir allí, si usted no tiene inconveniente, y que Angustias quede en este cuarto.

Arreglamos el acomodo como don Guillén deseaba. Por su voluntad expresa y decidida, se tendió sobre mi diván. El diván estaba contiguo al tabique medianero entre mi habitación y la suya. Al otro lado del tabique, se apoyaba el lecho en donde Angustias reposaba.

Acostados ya, don Guillén me dijo desde su diván:

—Lo más inmediato y urgente ya lo tengo decidido. Dentro de pocas horas, en el primer tren, saldrá Angustias camino de Castrofuerte, con una carta para don Abel Parras, un canónigo viejo, gordo, pacífico y bonachón, que es mi mejor amigo. Angustias vivirá con él, y así se estorbarán murmuraciones malignas. Más adelante, ya veremos lo que se hace…. In thesauro reposita…; el dracma extraviado ha sido repuesto en los tesoros del rey, y la perla luce nuevamente, sacada desde la tiniebla a la claridad. ¡Si a la infeliz de doña Basilisa no se le ocurre modificar el testamento!… ¡Oh, qué hermosas lontananzas al servicio de los hombres, que es el servicio de Dios!…

Con los artejos dió un ligero repique en la pared. Respondióle otro repique cauto. Se echó a reír, volviéndose a mirarme.

—¿No se ha enterado usted lo que nos hemos dicho?

Yo respondí que no, opacamente, porque el sueño me rendía.

—Pues yo dije: «Duerme en paz, hermana; has resucitado con el Señor.»
Ella respondió: «Dios te lo pague; guárdame siempre.»

«¡Qué penetración! Les ha sido otorgado el don de lenguas, como si en lugar de pascua de Resurrección fuese de Pentecostés», pensé borrosamente, entre la penumbra inicial del sueño.

Lo último que le oí a don Guillén, fué:

Sat funeri, sat lacrymis, sat est datum doloribus…. O Khirios to pneuma estin.

Y ya desde muy hondo, a punto de derretirse mi conciencia vigilante, comenté, se me figura que en voz alta:

—¡El don de lenguas! ¡La Pentecostés!

Desperté a las dos de la tarde. Don Guillén había desaparecido del diván y de Madrid. Sobre mi mesa destacaba un blanco escrito, que decía: «Adiós, buen amigo. Le he dado un abrazo de agradecimiento y despedida, sin que usted, profundamente dormido, se haya percatado. Ya sabrá usted de mí. Amigo suyo para siempre, Pedro Guillén Caramanzana

Y, en efecto, años después, supe y presencié grandes cosas de él, las cuales pienso referir en otra ocasión, si se tercia y no tengo nada mejor que hacer.

CAPÍTULO VIII.

SUB SPECIE AETERNI.

Es domingo de Pascua de Resurrección. Hora: poco antes del mediodía. Lugar: en los aledaños de la ciudad de Pilares. Es un día de primavera septentrional. Tierra y cielo, dos gracias femeninas. La tierra, de verdor perenne y tupido, está acicalada y alindada prodigiosamente, y no ha usado de otro afeite ni compostura que las aguas y nieves invernizas. Sobre la bayeta verdegay, de pliegues y lóbulos graciosos, con que se viste la madre tierra, siempre doncella, se ha puesto, aquí y acullá, unos pomares enflorados, cándido ornamento. El cielo es tan gentil, puro y alegre, como colegiala impúber, vestida con atavío de mayo y de domingo; leves crinolinas nevadas, que translucen un fondo de seda azul.

Desde la aldea se columbra la ciudad, caparazón que cubre una colina, como escamado peto de armadura sobre un torso yacente; armadura labrada en cobre y hierro, abollada ya; a trechos oro sucio, a trechos gris rojizo, a trechos verdinosa, de la corrosión de los años y los óxidos. De un lado sale la torre de la catedral, como lanza astillada, que aún se mantiene firme, bajo la axila. Suenan gorjeos y suenan campanas.

Desde la ciudad, carretera arriba, marcha un hombre gordo, bermejo y sudoroso, que luce, en el sol mañanero, una perilla de plata mate, como de aluminio. Síguenle otro hombre y un mozuelo, entrambos de blusón blanco, con sendas banastas sobre la testa.

Sacrebleu, sacrebleu—jura y perjura el hombre gordo y bermejo, a tiempo que se enjuga la exudación de la frente—. Acércate, Nolo, que yo tengo necesidad de confiarme, y es tanto mejor de encontrar un corazón leal que de monologar. ¡Ah, mi Dios, que yo estoy cansado…! Estoy cansado de la patrona, de mi bien amada mujer. Las mujeres en mi país son ahorradoras. Yo amo a las mujeres ahorradoras, buenas manejeadoras. Pero mi mujer es ya muy demasiado ahorradora; muy demasiado, muy demasiado. Yo me encabezo en mi negocio y trabajo como un asno después de la mañana hasta la noche por ganar buena plata; pero yo amo los buenos dineros para darme buena vida y comer a mi grado. Esto es ya lo que me resta. Voilà—dándose una palmada en el vientre—, este amigo es muy exigente. Pero la patrona ella no come, o come como un pequeño pájaro, y ella cree que todos los otros no habemos necesidad de comer como ello hace falta. Y bien, para comer en mi propia casa yo debo inventar ciertas mixtificaciones. ¿No es ello sorprendente y bien desagradable? Pues ahora, ni siquiera de este modo. ¡Que yo estoy cansado…! Te diré lo que me ha venido el otro día, que era día delgado, ¿cómo decís vosotros?, día de vigilia. Yo adoro el salmón; pero mi mujer no compra salmón, porque es muy caro. Entonces yo mismo fui al mercado y compré un salmón magnífico por sesenta pesetas, y yo envié el hermoso pez a mi casa, como si él fuese un regalo de la parte de un amigo; al contrario, si ella sabe que yo lo habré comprado, mi mujer me hace una terrible camorra. He aquí que yo me voy a mi casa del todo feliz, diciéndome: hoy como salmón a mi placer. Mi mujer me recibe con besos amorosos, y ella murmura: que tenemos de la buena suerte, ellos nos han hecho un bello regalo de un salmón demasiado grande, el cual, como no habríamos comido, yo lo he vendido por cuarenta pesetas. Sacrebleu: nada de salmón, y veinte pesetas menos. ¿Qué es lo que tú dices?

—Que yo le doy una somanta que se le quita pa toda la vida la gana de volver a meterse a pescadera.

Voilá. En este país los hombres sois poco cultivados. No se debe golpear a las mujeres, ni aun a causa de la comida; mucho menos a causa de otras razones sin importancia; la infidelidad, por ejemplo.

—¡Caracho!—comentó el llamado Nolo—. Eso de la comida, pase; pero, lo que es lo otro. La muerte pareceríame poco.

—¡Ah! ¿Matarte tú? Eso es diferente. Es una bestialidad; pero yo comprendo.

—¡Qué diaño matarme yo…! Matarla a ella….

—¡Dios mío, que tú eres salvaje…!

—No hay más, señor. O usté manda, o la mujer manda; y si se desmanda, palo. O usté pega, o ella pega. Recuerde usté lo del pobre Belarmino.

—¿Qué es lo que me dices? Pero, ¿es que la Xuantipa estaba infiel al pobre Belarmino? Yo lo ignoraba.

—Ganas, quizás no le faltaban. Lo que digo es que, como Belarmino no sabía curar a su mujer, cuando la tenía, con jarabe de fresno, que no hay melecina mejor pa las mujeronas, pues, la fija, que su mujer le tenía a él siempre atosigao, y pa curarlo, pues, ya sabe usté, le ponía en los lomos cada cataplasma de estaca….

—Ya, ya lo sabía. El pobre hombre, mi amigo muy querido…. Yo le echo bien de menos, desde que está recogido ahí en ese asilo que vosotros decís maletería; nombre verdaderamente chusco.

—No es maletería; es malatería.

—¿No es ello la misma cosa?

—No, señor.

—Entonces, ¿qué es lo que quiere decir malatería?

—Malhaya si lo sé.

—Eso no hace nada. Pero revengamos sobre el amado Belarmino. No me puedo pasar sin él. Yo vengo para visitarle cada semana o cada quince días, durante diez años, a despecho de esta cuesta abominable que yo debo subir para llegar. Él no habla jamás, él no habla jamás. Es la más dulce de las almas, y yo sostengo que una gran inteligencia.

—Un calzonazos, un estúpido; como el otro, Apolonio….

—Cállate, Nolo. Tú no comprendes. Belarmino es un grande hombre. Y Apolonio, él es también un otro grande hombre. Yo quiero mostrarles cuánto les amo y les admiro. Es por esto que les llevo estas gruesas tartas de Pascua y las gruesas fuentes de natillas, y muchas de docenas de gruesos pasteles, como los otros años, ¡tantos!, en este mismo día.

—Que se las comerán las monjitas golosas y los demás asilados, como los otros años, en este mismo día.

—¡Ah, naturalmente! Pero los pasteles pertenecen a Belarmino y Apolonio, y ellos se gozan más en invitar que en ser invitados. Ellos lo han dado todo siempre, y no han querido nada para ellos. Yo no trataba en otro tiempo a Apolonio; solamente después que está en el asilo. Muy interesante, muy interesante. Es una cosa curiosa; Apolonio querría que yo no tratase a Belarmino. Él le odia; es decir, él cree que le odia. Muy divertido. Pero Belarmino no hace atención si yo trato a Apolonio. Él le desdeña; es decir, él cree que le desdeña. Muy picante situación. Yo tengo necesidad de mucho tacto. Pero ello todo es tan extraordinario, tan extraordinario…. Yo amo más a Belarmino, esto no hay que decir; él es una anciana amistad. Pero yo amo también a Apolonio. He aquí que ya estamos en el asilo. No olvides; la patrona no puede conocer que habemos traído este regalo. Ella me haría un gran escándalo.

Por gravitación misteriosa el señor Colignon va a Belarmino.

Es error vulgar suponer que la fuerza de la gravitación hace caer los cuerpos. Esto de caer supone la noción de arriba y abajo, y en el espacio infinito no hay arriba ni abajo; los cuerpos y las almas unas veces suben hacia abajo y otras caen hacia arriba. Lo último es lo que le acontecía al epicúreo Colignon, que, entre jadeos y sofocos, remontaba periódicamente la cuesta del asilo, atraído por el ascético Belarmino; es decir que caía, sin voluntad, subiendo hacia él.

El señor Colignon, bastante avejentado ya, penetra, con sus acompañantes, en el zaguán del asilo; una pieza alongada, de paredes desnudas, con cuatro desvalidas silletas de paja. Frente por frente de la puerta de entrada, hay en el muro una ménsula de madera de pino; sobre ella, una estatuilla, desdichada, de San José, en cartón piedra; al pie del santo, media docena de judías, media docena de garbanzos y un frasquito, con un líquido oliváceo y denso, y una etiqueta que dice: azeite. Estas ofrendas en especie al santo indican que aquello que, al parecer sobra, es precisamente lo que falta en el asilo; para que se enteren las almas caritativas que por allí caen rara vez a cumplir en una obra de misericordia, y que sus dádivas sean las que más se han menester en la pobre casa.

Tintinea, cada vez más lejos, una campanilla, de voz resquebrajada y vieja. Por una puerta, pintada de negro, sale una vieja monjita, que se advierte que es esquelética, a pesar del haldudo faldamento; momificada la faz. Sus ojos, voluminosos y cansados, se reaniman un punto al ver al señor Colignon, que corre a su encuentro, con las manos extendidas.

—¡Ah! Felicita, simpática Felicita.

—Hermana de los Dolores, señor Coliñón—corrige la monja.

—Es verdad, es verdad. Pero yo no puedo olvidar.

—Debemos olvidar; y si no podemos olvidar, debemos parecer como que hemos olvidado—dice la hermana, con unción monjil y acento de nostalgia, como dando a entender que, a pesar de todo, no ha olvidado. ¡Qué había de olvidar la triste Felicita! Sobre todo, el señor Colignon refresca la memoria y conturba el pecho de la hermana de los Dolores. Estos efectos se producen sin intención ni culpa del francés, sólo a causa de su obesidad. Como los viejucos asilados, y asimismo todos los beatones que acuden allí de visita son, sin excepción, gente magra, cada vez que la hermana de los Dolores ve un hombre gordo, imagina tener ante sí al enamorado y malogrado Novillo, y se siente nuevamente la Felicita de antaño. Está ahora con los ojos obstinadamente humillados, por no recibir en ellos la imagen del abdomen, rotundo y endemoniadamente evocador, del señor Colignon.

—Pero, ¡mi Dios!—exclama riendo el recién llegado—, que ya le será a usté bien difícil olvidar y disimular…. Esta es una sucursal de la Rúa Ruera de otras veces. Belarmino está aquí; Apolonio está aquí; el usurero está aquí; usté está aquí. Yo soy solamente el que falto, y yo estoy aquí ahora. Todos los otros que no son venidos al rendez-vous es porque son muertos y en la eternidad de la nada.

—¡Ay!—suspira la hermana, sin elevar los ojos, contra todas las reglas del bien suspirar—. Los de aquí estamos también muertos y miramos el mundo desde la perspectiva de la eternidad.

—¡Qué idea! Pero comemos todavía pasteles. Entretanto podemos comer pasteles, Dios sea bendecido.—Y el señor Colignon se ríe como siempre, con glogó de pavo y trepidación de estómago. Prosigue.—Yo veo ya que hacen falta aquí judías y garbanzos y aceite. Tanto mejor para comer pasteles.

—Dios se lo pagará, señor Coliñón. Antes dejaría de salir hoy el sol que usted de aparecer con su agasajo pascual. Los ancianitos, desde hace ocho días, se relamen de gusto por anticipado, y no hablan de otra cosa que de las ricas confituras del señor Coliñón. ¡Qué poca cosa se necesita para hacer la felicidad de los demás!

—Bien poca cosa: tres kilos de harina, tres kilos de azúcar, tres docenas de huevos, tres palos de canela y dos vainillas. Pero conste que aquellos quienes invitan a los pobres pequeños viejos no soy yo, pero son sus compañeros Belarmino y Apolonio.

—¡Qué poco se necesita para la felicidad, y cómo casi nunca llega ese poco…!—dice para sí la hermana de los Dolores, sin referirse, claro está, a la harina, el azúcar ni los huevos, puesto que no había parado atención en la réplica del francés, sino que estaba abstraída en sus pensamientos. Saliendo de sí, añade:—que dejen aquí estas cestas. Ya pasarán a recogerlas. Vaya usted, señor Coliñón, a ver a sus amigos, hasta la hora del refectorio. Ya conoce el camino. Están en el jardín, de seguro, esperándole con impaciencia.

El señor Colignon recorre unos pasillos, donde huele a bazofia, y sale al denominado jardín; un jardín sin más flores que algunos asfodelos. Es una explanada de pradera; la pradera, cortada por veredas arenosas; en las veredas, bancos de madera; palio de los bancos, las copas de las acacias. Hay un aliento de tierra húmeda. Brilla un sol tenue y amarillo que deshace las formas y las trueca en una insinuación huidera e inmaterial, no se sabe si de aurora o de atardecer, y es mediodía; un vapor áureo que empaña los límites y funde las cosas en unidad fluyente e indecisa, que no se sabe si es de recuerdo o de esperanza. Luz elísea. Cada vez que el señor Colignon, tan carnal y concreto, se asoma a aquel jardín, se figura pisar las lindes primeras de los Campos Elíseos, habitados por las imágenes desencarnadas de los que fueron y ya no son, de aquellos que dejaron en la tierra el cuerpo sólido, sede de los placeres amables, y no conservan sino la apariencia de vida, y con ella las pasiones añejas, porque las pasiones son el alma, y el alma es indestructible. El aliento húmedo de la tierra se le mete al señor Colignon hasta los huesos, y experimenta un escalofrío hondo.

Pero esto es justamente lo que le gusta; penetrar por unos momentos en una especie de más allá, o mundo de ilusión y recuerdo, a solazarse con sus curiosos pobladores y en la certidumbre de que allí también se comen pasteles, y que él, aunque dentro de aquel simulacro de ultratumba, puede salir cuando se le antoje y volver a las delicias de la vida fisiológica y agitada.

Así que asoma el señor Colignon en el jardín, los viejos, desparramados de un lado y otro, acuden a él, con paso vacilante y premioso, como entre sueños, cuando los movimientos están entorpecidos por rémoras pesadas e invisibles. Uno, señaladamente, se rezaga. Viene con paso majestuoso y talante indiferente, decidido a no mostrar vulgar premura: es Apolonio. Sólo otro permanece en su sitio, allá lejos, sentado en un banco, habiendo saludado al señor Colignon con leve ademán de la mano: es Belarmino. Belarmino y Apolonio son bastante más jóvenes que el resto de los asilados.

Una monja, guardadora de aquel rebaño de hombres decrépitos, va caminando por una de las sendas transversales, y acierta a cruzarse con el roncero Apolonio. La monja es la hermana Lucidia. Nada vieja; tampoco nada joven…. Sobre el lado derecho de la cara, cogiéndole desde la sien hasta la comisura de los labios, y todo a través del carrillo, tiene—ya desde que nació—una mancha cárdena, de perfil tentacular, como huella flamante de un bofetón; un bofetón que, antes de salir a la vida, le dió el destino. La hermana Lucidia lleva siempre la cabeza inclinada sobre el lado derecho, como si le pesase aquella vergüenza, como si procurase ocultarla o como si presentase la otra mejilla, pálida e intacta, a la adversidad de la agresiva providencia. Aquella mancha, que parece embadurnada con hollejo de uva negra por la mano lúbrica de un sátiro en el delirio bucólico de la vendimia, sugiere una historia trágica de amor, íntima y sellada. La monja debió de haber sido linda, a pesar de la mancha bochornosa, y todavía más que linda, a causa de la mancha, para un espíritu apasionado y propenso a las emociones dramáticas, como es el de Apolonio. Apolonio se acerca a la monja, y con fuego contenido, porque si alguno espía no se percate, susurra:

—¡Ángel consolador del alma mía! Te adoro; yo te adoro noche y día. Eres al par consuelo y desconsuelo, fulgor y palidez, igual que el cielo. El día y la noche, por manera rara, se representan en tu hermosa cara. De este lado es serena y sin reproche, de palidez mortal; Diana, la noche. Del otro lado es roja y encendida, como Apolo, ígneo padre de la vida. ¡Oh terrible combate! Gozo o peno; ya miro al lado ardiente, ya al sereno; y mirando a tu rostro, noche y día, pasan las horas de la vida mía.

—Señor Apolonio, déjese de coplas. Cuando me habla así es que quiere pedirme algo; lo sé por experiencia. Dígame lo que le ocurre como Dios manda.

—Pedirle algo, sí, lo de siempre: que nos escapemos juntos. Nuestras edades no son, si bien se mira, desproporcionadas. Paso de los sesenta, ¿y qué?; estoy ágil y fogoso como un recental. En cuanto a ganarme la vida, ando ya a punto de concluir un drama, que nos hará millonarios; así como suena. Viviremos en Madrid; tiraremos carruaje. ¿Qué pelo de caballo le gusta a usted más? A mí el alazán o el flor de romero. Decídase; seremos felices. Un día, cuando tengamos confianza, me contará usted su drama, el drama espantoso que adivino, pero que no solicito conocer todavía, por no violar el vedado de su conciencia. Decídase, preciosa Lucidia.

—Lo pensaré, señor Apolonio. Pero, aparte de la escapatoria, que va para largo, usted tiene algo más inmediato que pedirme. Hable sin reparos.

—Tiene usted, divina criatura, el alma clarividente; alma de sibila. Usted lee en mi pecho. ¿Qué necesidad tengo de hablar? Ahórreme el mal rato de tener que decírselo yo.

—O habla usted, señor Apolonio, o quédese con Dios, que no soy amiga de adivinanzas.

—Sea. Sus deseos para mí son un ukase imperial.—Apolonio continúa hablando, cohibido y a tropezones.—No es vanagloria, no es orgullo satánico; es la verdad. ¿Qué le voy a hacer yo? Soy un hombre infinitamente superior a todos los que viven de caridad en esta santa casa; a todos; no dejo afuera a ninguno. Superior por la familia; superior en posición económica; superior en inteligencia. Yo he recibido una educación académica. Yo uso zapatillas de piel de cabra; ellos, de orillo. Yo he estrenado un drama con inenarrable éxito. Yo tengo un estómago delicado.

—Esta última superioridad es la que todos le reconocen.

—A eso voy. Yo necesito beber agua de Vichy en las comidas. Yo comprendo que, cuando vamos en fila al refectorio, yo, el único, con mi botella de agua de Vichy en los brazos, todos los demás me envidian, y diré más, hasta me aborrecen. Cuánto darían ellos por estar enfermos del estómago y por tener un hijo canónigo que les enviase dinero para comprar agua de Vichy y otros lujos y antojos…. Yo podría vivir con mi hijo, si yo quisiera. Pero mi hijo prefiere que yo esté aquí, al cuidado de encantadoras vírgenes, como huésped distinguido, sin que me falte nada. Pues bien: me falta ahora algo. La última botella de agua de Vichy se me ha concluído ayer. La superiora me dice que no ha recibido dinero de mi hijo, para comprar más botellas. Me explico el olvido, porque mi hijo me decía en una de sus últimas cartas que iba a Madrid, a predicar en la Capilla real; fíjese usted bien, en la Capilla real, nada menos. No tendría cabeza para pensar en otra cosa; es explicable. Pero, ¿cómo voy a ir hoy, hoy, precisamente, día de Pascua, al refectorio, sin mi botella de agua de Vichy? ¿Qué no dirían los otros, sobre todo alguno que, por desprecio, no nombro? ¿Cuál no sería la humillación, la befa, el escarnio? No, no y no; antes la muerte.

—¿Y qué puedo yo hacer, señor Apolonio?

—A eso iba, celestial hermana Lucidia.—La voz de Apolonio tiembla.—Yo quería pedirle permiso para que me consienta coger una de las botellas vacías de agua de Vichy, e ir a llenarla con agua del grifo de los laureles. Nadie me verá ni nadie notará nada.

—¿Por qué no? Se lo consiento—responde la hermana, sonriendo plácidamente.

Sepáranse. Apolonio siente maravilloso alivio; se le ha evaporado una gran pesadumbre de encima del corazón. La botella de agua mineral es para él—puesto que él presume que lo es para los demás—una insignia jerárquica, un símbolo de superioridad. ¿Un símbolo, acaso, de superioridad económica? Desde luego; pero esto, para Apolonio, es lo secundario. Lo esencial es que la botella, con su contenido hidráulico y terapéutico, se manifiesta a los ojos de todos como prueba sensible de la superioridad intrínseca y corporal de Apolonio. Este orden de superioridad irrefragable consiste—él mismo acaba de decirlo alardosamente—en padecer una enfermedad del estómago; aunque es lo cierto que disfruta un buche de avestruz y que digeriría piedras volcánicas. Apolonio—por algo es a nativitate autor dramático—supone que la dilección o preferencia de los dioses por algunas criaturas mortales se acredita mediante un estigma o tara original, y que los verdaderos héroes en la tragedia de la vida humana sufren y ostentan cuándo una, cuándo otra enfermedad o adolescencia de la carne, como marca sagrada que distingue al protagonista entre la plebeyez del coro. Apolonio había elegido para sí la dispepsia. Hubiera preferido una mancha sanguinolenta en la faz, como la hermana Lucidia; por eso ama y reverencia a la monja. Pero la dispepsia le basta para sus intenciones, que son ofrecer palpable contraste y parangón con Belarmino. Ya puede Belarmino encerrarse en silencio hermético y filosófico, dando a entender, con la sonrisa de sus labios delgados y sin color, que está, al cabo, por encima y a distancia de todas las cosas. ¿Quién le creerá? Belarmino digiere bien. ¿Cómo admitir que ha trabajado mucho con la cabeza, él, que no se ha puesto enfermo del estómago?

Y Apolonio, con talante trágico y miserable, como un hombre predilecto de las divinidades funestas, se dirige hacia el grupo que componen el señor Colignon con los viejos casi desencarnados en torno suyo. Visten los viejos todos lo mismo: trajes de sayal, color franciscano, de paño casero, tejido en los telares, a brazo, del Hospicio provincial por los nacidos anónimos para los muertos anónimos. A todos les cae el traje demasiadamente holgado, y hace pensar en una mortaja. Apóyanse en cayados de haya descortezada, lustrosa y marfileña, que parecen huesos mondados y antiguos. Hablan con voz temblona, sacudida, como las últimas y desfallecientes repercusiones de los ecos.

Olalla (un viejo que fué borracho):—Buenos son los dulces, señor franchute, pa los neños y las muyeres llambionas. Convídenos a sidrina, señor; la buena sidrina con panizo[1]. ¡Cuánto fa que non la cato!…

[Nota 1: Panizo = burbujeo.]

Monasterio (un viejo que vivió en Cuba):—¿Dónde estás, Olalla? Donde estoy, estaba. Pitillos, señor, aunque sean de los de mataquintos. El hombre es humo, y en faltándole el humo, ya no es nada.

Larrosa (un viejo que fué lechuguino):—Una corbata, señor, una corbatina, de las muchas que le sobrarán en el guardarropa; y si pudiese ser azul persia, que es el color de moda…. Sólo los criados van sin corbata. Aquí tiénennos sin corbata, que es peor que no comer.

Cillero (un viejo glotón):—Calla tú, silbante. ¿Adonde vas? Señor, las lentejas, y las judías y los garbanzos tienen coco. El queso está ratonado. Que lo sepa el excelentísimo señor Presidente de la Diputación. ¿Y carne? Pa agolerla. Juntando con un fuso, porque está desfilachada y en hebras, la que nos dan a todos, saldría, a lo más, a lo más, un ovillo no mayor que este puño.

El señor Colignon (palpándose, satisfecho de reconocerse tan vivo y pingüe, en medio de las sombras quejumbrosas de los hombres pretéritos):—Bueno, bueno, mis queridos pequeños viejos; algún día ello lloverá sidra, cigarrillos, corbatas, un epatante solomillo….

Bellido (el usurero):—Qué sidra, ni pitillos, ni corbatas, ni solomillo. A mí no me importa beber, ni fumar, ni andar en pelota, ni comer lentejas con guijarros. Yo no soy un borracho; yo no soy una chimenea; yo no soy un pisaverde; yo no soy un cerdo; yo soy un hombre honrado, trabajador y justo. Justicia, justicia. Yo quiero lo mío. No moriré tranquilo, señor Coliñón, hasta que no sepa que han dado garrote vil al bandolero de Hurtado, que me robó el fruto de mis privaciones. Y usté sabe, señor Coliñón, que Belarmino me debe dinero. Usté fué socio de Belarmino. Usté debe pagarme ese resto de crédito.

Varias voces:—El bandolero eres tú. Y ladrón. Cochino. Abrenuncio. Fétido. Hasta aquí se arregla para llevarnos las cosas, ya que no hay cuartos.

Bellido (irritado y convulso):—Callaivos, manguanes. Son transacciones lícitas, negocios de buena ley. ¿Quién vos tiene la culpa de ser perros y gandules?

Varias voces:—Engaños. A mí llevóme una camisa. A mí unos brodequines. A mí los pañuelos. Y pecunia también la esconde, señor franchute. Tiene gato. Tiene gato encerrado. Yo bien sé donde se acobija. Una noche llevaráselo la garduña.

Bellido (lívido, iracundo y amedrentado):—Salteadores. Unicornios. No tengo gato, no; ni gato ni liebre. Engañasvos. Vivo por el amor de Dios y de las buenas almas. Todos me robaron, y vosotros también, manguanes, que me pedís cosas emprestadas y luego me negáis los réditos….

En esto, como inflado navío de aparejo redondo, un navío de ensueño, aporta Apolonio en el grupo. La tempestad de los viejos se encalma. Los viejos se alejan.

Están a solas Apolonio y el confitero francés. Apolonio habla, con su acostumbrada prosopopeya. El confitero escucha, con su regocijo acostumbrado. Después de un rato de palique, el señor Colignon se encamina hacia el lugar en donde Belarmino ha permanecido sin moverse. El banco donde descansa Belarmino está emboscado en un macizo de laureles, al modo de muro en semicírculo. Por detrás del muro verde se oye un chorro de agua.

El señor Colignon se sienta al lado de Belarmino y le toma afectuosamente las manos. El francés, sin desasir las manos del amigo, habla, con su acostumbrada profusión. Belarmino escucha, con su mutismo acostumbrado y sonriente.

—¿Qué es lo que es aquello?—interroga el señor Colignon, solicitado por insólito revuelo y algarabía que se ha movido entre los viejos, al pie del casón. Belarmino ni siquiera vuelve la cabeza a mirar. Nada le inspira curiosidad. Pasa algún tiempo.

La hermana Lucidia se acerca al rincón habitual en donde se halla Belarmino, y le entrega un papelito verdiazul, plegado. Es un telegrama. Belarmino, con gesto resignado e indiferente, lo abre y lo lee. Pero, apenas lo lee, se pone blanco. Una lágrima palpita en el borde de sus pestañas. Se pasa una mano por la frente.

—¿Sueño? ¿Estoy soñando? Yo, ¿soy yo? No me facturan las beligerancias, la inquisición, el pongo y quito de los comensales. Resurréxit. Aleluya.

La hermana Lucidia jamás había oído hablar así, ni casi de ninguna otra manera, al taciturno Belarmino. Piensa que, súbitamente, se ha vuelto loco. El señor Colignon eleva los brazos al cielo, en actitud de triunfo y acción de gracias.

—A la fin, a la fin—exclama—, ella se deslía la dulce y deliciosa lengua de otras veces. Habla, habla, mi bien amado amigo.

Pero Belarmino, húmedos los ojos, la voz opaca, extiende un brazo, y dice:

—Ahora, no; ahora, no. Otro día hablaremos; hablaremos, mi muy querido señor Coliñón; hablaremos hasta que el corazón se nos derrita en saliva, y la saliva en palabras, y las palabras en el viento.

Levántase Belarmino y va a ocultar su emoción detrás del macizo de laureles.

La hermana Lucidia y el señor Colignon se retiran. Antes de marcharse, el francés busca a Apolonio; pero no le halla, y se va sin despedirse de él. Apolonio también ha recibido un telegrama. Luego de leerlo, había dicho a los demás asilados:

—Señores: soy un sátrapa; tengo ya más riquezas que el preste Juan de las Indias, Creso y Montezuma juntos. Os prometo erigir un palacio donde viváis y llevéis cada cual la vida que os apetezca.—Y ésta era la causa del revuelo y algarabía de antes. Los viejos zarandeaban a Apolonio, disputándoselo a tirones de chaqueta y formulando, desde luego, solicitudes para lo futuro. Apolonio recibe, embriagado de dicha y vanagloria, como falso ídolo, las preces de aquellos infelices. En esto recuerda que el agua de Vichy se ha concluído, y que tiene que improvisarla, de prisa y corriendo, para la comida, que es a la una de la tarde. Se zafa de sus compañeros; se escurre por un pasillo, en busca de una botella vacía; sale al jardín y da un gran rodeo, porque nadie sospeche la maniobra. Crúzase, por ventura, con la hermana Lucidia, y le dice, al paso, sin detenerse:

—Grandes nuevas han llegado. Nos uniremos en himeneo, ángel consolador. Nuestro tálamo estará labrado en sándalo; digo, ¡qué impropiedad!, en otras maderas preciosas y adornado con gemas orientales.

Ya está Apolonio en la fuente de los laureles, llenando con agua apócrifa la botella de agua de Vichy. Como la postura en cuclillas le resulta incómoda, da una vuelta, y… ahí, frente a él, mirándole de hito en hito, sonriendo con lástima—cuando menos a Apolonio se le antoja una sonrisa de lástima—, descubre a Belarmino en persona. ¿En persona? A Apolonio le flaquean las piernas. Cae de rodillas. Belarmino está en pie, callado e inmóvil.

—¿Eres Belarmino, o eres un fantasma ilusorio?—balbuce Apolonio.

Belarmino no rechista ni se mueve.

—Seas Belarmino, seas su cuerpo astral—prosigue Apolonio, en expansión irresistible de amor propio vejado—, te advierto que es verdad que padezco del estómago; que el agua de Vichy que siempre he bebido era agua de Vichy auténtica; que ahora no venía a llenar de agua la botella, sino a lavarla, porque la necesito para meter agua de Colonia, ya que debo emprender en seguida un largo viaje. Y si pones en duda mi palabra, que es palabra más que de rey, ¡ya quisiera Su Majestad…!, te reto en singular combate.

Y se pone en pie, empuñando la botella por el cuello. Por la frente dramática de Apolonio cruza un negro pensamiento. Ahí está Belarmino, desmedrado e inerme, a su merced. Un botellazo en la cabeza, y asunto concluído. Que luego le procesarían, ¿y qué? Con dinero se cohecha a los jueces. Pero antes de rematar a Belarmino, saciando así un viejo afán de venganza, cuyos motivos, por más que ha rebuscado, Apolonio no ha conseguido encontrarlos en su corazón, ocúrresele humillarlo, rebajarlo cumplidamente, haciendo que por primera y última vez le envidie.

—Toma y lee—dice, ceñudo, Apolonio, alargando despectivamente a Belarmino, como si fuese su sentencia de muerte, el telegrama que acaba de recibir.

Después de haber leído el telegrama de Apolonio, Belarmino saca de la chaqueta otro telegrama, que entrega a Apolonio. Luego abre los brazos, mira al firmamento, y suspira:

—Toma y lee. ¡Bendito sea Dios!

El telegrama de Apolonio decía: «De vuelta en Castrofuerte me informan que soy heredero de fortuna fabulosa. Iré a buscarle en seguida. Viviremos juntos una vida venturosa.—Pedro

El telegrama de Belarmino decía: «Estoy salvada. Pedro me ha salvado. El mismo Pedro le sacará de ahí y le traerá conmigo en seguida. Seremos todos felices.—Angustias

Belarmino se mantiene con los brazos en cruz: pero ahora no mira al firmamento, sino a Apolonio.

Apolonio vacila un segundo, nada más que un segundo. Una fuerza ineluctable, una exigencia del destino le lleva, también con los brazos abiertos, la botella en la mano, y en alto, agresivo, hacia Belarmino. Belarmino se adelanta a su encuentro. Apolonio y Belarmino… se abrazan en un abrazo callado, prieto, efusivo y fraternal.

—Nunca te he odiado; lo juro—dice Apolonio, al cabo—. Nunca te he odiado, aunque tú me despreciabas.

—Nunca te he despreciado—murmura suavemente Belarmino.

Es la primera vez que se hablan, y se tratan de tú con espontaneidad, porque en el misterio del pecho eran íntimos el uno del otro, desde hace muchos años.

—Yo te admiraba y te envidiaba—confiesa Apolonio, con rubor.

—Yo también te he tenido envidia—declara Belarmino, con franqueza.

—Eres como mi otra mitad.

—Sí, y tú mi otro testaferro. (Testaferro = hemisferio.)

—Ya estamos unidos. Qué dramas voy a escribir ahora. Tú serás mi inspirador, como Sócrates lo fué de Sófocles; al menos, Valeiro así me lo aseguraba.

Suena, lejos, la campana que llama al refectorio.

—Concluye de llenar la botella—aconseja Belarmino.

—Es verdad. Pero te aseguro que es la primera vez que hago esto.

—Ya lo sé.

Van del brazo, por el jardín de asfodelos, envueltos en la niebla dorada del sol, que produce una ilusión evanescente, como si aligerase la gravedad de las cosas materiales.

—Pero, ¿no estamos soñando?—interroga Apolonio, anhelante—. Apenas si toco la tierra en donde piso.

—Parece un sueño. El tetraedro es un sueño. Sólo es verdad el amor, el bien, la amistad.

Dentro de la casa, los asilados, en fila, están aguardando que lleguen Apolonio y Belarmino, a fin de ponerse al punto en marcha hacia el comedor y los pasteles.

—¿Por dónde andarán esos chiflados?—pregunta la hermana de los
Dolores. Y sale en busca de ellos.

Al verlos venir del bracero, a lo largo de una vereda, la monja se santigua:

—¡Jesús, María y José! ¿Estoy soñando? ¿Qué milagro es éste? No es sueño, no. Es realidad.—Y añade, ya al par de ellos:—Gracias a Dios que se han reconciliado ustedes. El Señor les ha tocado en el corazón. Nada hay más sabroso que el perdón, sobre el resentimiento. Hoy, que es día de gloria, también yo me atrevo a pedirles que me perdonen. Hace ya años, y aunque con la mejor intención, yo les he hecho sufrir. Y algo peor: yo he contribuído, con mi aturdimiento insensato, a hacer desgraciada a Angustias, quizás a don Pedrito, y, desde luego, a ustedes. ¡Bien lo he pagado! Dios me perdonará. Perdónenme ustedes.

—¿Qué dice usté ahí, Felicita? No sea usté simple. Usté, sin saberlo, y por consecuencia de aquellos manejos de hace años, ha sido el Deus ex machina de este día, el día más feliz de nuestra vida, de don Pedrito, de Angustias, de Belarmino y mía.

—Así es—comentó Belarmino. Y en seguida, meditabundo—. ¿Cuánto durará?

—Lo que nos resta de vivir—afirma Apolonio, accionando con rotundidad escénica.

Y le muestran a Felicita los telegramas. La hermana de los Dolores, invadida de congoja, casi desfallecida, se lleva las manos al corazón.

—A todos les ha llegado su hora de felicidad—bisbisea, como hablando consigo misma—. A todos, menos a mí. ¡Mucho premio me debe Dios en el otro mundo!

Ya están incorporados Apolonio y Belarmino en las dos filas de asilados. Ya se mueven las filas torpemente, con bastoneo, carraspeos y arrastrar de pies. Belarmino va andando, como siempre: con la cabeza baja, sonriente y ensimismado en su mundo interior. Apolonio, como siempre, ya desde su juventud, anda híspido, enhiesto el cráneo, con lentitud y prestancia pontificales. En los brazos, ostentatoriamente, conduce la botella de agua de Vichy, apócrifa, presumiendo que todos los demás contemplan con envidia aquel signo de distinción, testimonio de riqueza e indicio de dolor de estómago.