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Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Chapter 20: I
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About This Book

Conjunto de ensayos breves que combinan reflexión lingüística y crítica literaria, abordando el estudio del castellano, cuestiones de gramática y ortología, análisis de construcciones en el Quijote y del estilo de Santa Teresa, la evolución desde el latín, el fenómeno del neologismo y la situación del castellano en América. Incluye además comentarios sobre corrientes literarias, refranes, motes y extravagancias del lenguaje, junto a observaciones filológicas y pedagógicas; el tono es divulgativo y busca despertar interés por la tradición y por la renovación en los estudios de lengua y literatura.

Criterio del casticismo

I

Paréceme que esto de lo castizo en el habla es tan claro y tan llano, que por serlo tanto no lo han echado muchos de ver: acaece todos los días que por tender la mirada allá á lo lejos, cuando algo se busca con afán, se nos pasa por alto, teniéndolo menos de dos palmos de las narices. Los que se las echan de muy modernos, con serlo tanto como ellos cuantos hoy pisamos la faz de la tierra y haberlo sido para su hoy los que la pisaron en todo tiempo, torciendo el gesto á todo lo que huele á retórica añeja, oyen con pesadumbre hasta esta misma palabra de castizo, y estoy seguro que algún lector habrá doblado la hoja al leerla como epígrafe de estas líneas. No es, sin embargo, tan necio el león como le pintan, ni por más que á mí me vendan por lingüista y por amigo de lo castizo, estoy muy lejos en la manera de pensar de los que así se amohinan con sólo quererles hacer que miren un momento atrás. Todos nos reimos de las retoricadas de antaño; pero lo del casticismo, precisamente como yo lo entiendo, es cosa tan modernista, y si se quiere es cuestión tan étnica y social, que por eso no la alcanzaron los antiguos. Los estudios sociales y psicológicos de los pueblos han sacado al hombre de entre las instituciones rutinarias y convencionales, y lo han colocado al aire libre, en el campo, rodeado de la bullente naturaleza. Fuera dogmatismos cerrados, escuelas acartonadas, metafísicas empedernidas, fórmulas leguleyas. Y fuera trataditos de retórica, añado yo, Nebrijas y Calepinos. Hasta las ciencias más hondas del espíritu se han convertido en ciencias naturales; el soplo de la naturaleza, que es el de la verdad, ha henchido los pulmones de los sabios.

La cuestión del casticismo no es una cartapuebla sobada y mugrienta; es un capullo por abrir, tan entera está y tan fresca. Lo nacional en el traje son las prendas que visten todos los de una nación y sólo los de aquella nación, digamos, entre españoles hasta la llegada del prosaico pantalón parisién, la capa, el zorongo, la faja, el calzón corto, y, según los gabachos, la navaja en la liga. Pues lo nacional en el habla, eso es lo castizo. Cuestión por consiguiente, de etnografía. Y si el hábito no hace al monje, es porque el monje es el que hace el hábito: la vestimenta no es la psiquis de un pueblo; pero son los rasgos exteriores de su fisonomía. Tampoco el idioma es el alma del pueblo que lo habla; pero es el ropaje sonoro con que se manifiesta afuera. Idioma pobre arguye poca capacidad; mucho préstamo de términos, pobretería y servilismo; falta de color y nervio, flema y sangre de chufas. En ciertas latitudes nevadas y nubosas no se concibe un pincel tan rusiente como el del Greco, el de Velázquez, el de Goya; ni una pluma tan aguzada como la del autor de la «Celestina», del «Quijote», de la «Farsalia»; ni un despeñadero de tan honda y asentada idea ética como la de un Séneca, la de un Quevedo, de una Santa Teresa, un San Juan de la Cruz.

Á todas estas manifestaciones puntiagudas y chillonas del arte ha de responder un idioma en nuestro pueblo de tan finos aceros, de tan honda osamenta, de tan recios nervios. Los vinos de Aragón ni agua admiten, no ya el sabroso agridulce de los vinos franceses: son en demasía broncos y cerriles, la misma azúcar por lo abundante cierra el paso á la fermentación alcohólica y quedan siempre montosos. Aguapiés y agua de cerrajas son ciertos idiomas de por ahí arriba ante el pizmiento castellano. Esa sangre negruzca y ardiente, que corre por sus venas, es su característica; eso, que lo distingue de las demás lenguas, es lo que llamamos castizo. En todo género de cosas apreciamos más lo que lleva más saliente su correspondiente nota propia. La personalidad en el estilo es el estilo de la persona del escritor; los que no lo tienen nos dan una gota de licor desleída en una tinaja de agua, agua de fulano tan parecida al agua de mengano como el agua al agua. ¿Por qué merece esotro el premio? Por haber llevado la nota de sobresaliente, saliéndose de la docena. Cuanto más saliente la nota característica de un idioma es más idioma, y si ninguna trae deja de ser idioma. «Yo no me cuido de casticismo»: salida tan sandia como la del pintor que nos viniera con que él no entiende ni quiere entender de colores. Es pintor que quiere pintura, pero que lo mismo zambulle su brocha en el cieno de la calle que en su paleta: no le importa ésta un bledo. Yo no trato más que de expresar lo mejor que puedo mi pensamiento, dice un escritor enemigo de casticismos. Pues el casticismo no trata de enseñaros más que eso, los matices y combinaciones de los colores.

Enhorabuena que por instinto acertéis en cada caso con el más á propósito; pero ¿no ahorraríais tiempo, trabajo é incertidumbre estudiándolos bien de antemano, formándoos un criterio cierto de lo que es castizo y propio? Los españoles hemos siempre pecado en este punto. Esta falta de disciplina y reflexión se llama filosófica y vulgarmente «pereza».

Hoy saldrá del taller una obra maestra; mañana una mamarrachada. ¿Cómo se llaman esos artistas tan geniales como poco precavidos? Lope y Zorrilla, Goya y todo escritor de pura raza española.

Pero volvamos al propósito. Escojamos de la balumba del Diccionario los vocablos y modos de decir usados en toda España, y que sólo se usan en España: ese es el caudal castizo del castellano. Hacer esa elección no es tan hacedero. Los retóricos y gramáticos que se enojaban al notar un galicismo, jamás se pusieron á hacerla. El casticismo para muchos no es más que eso, el criterio es hoy en día el mismo que entre los antiguos gramáticos y retóricos: razón tienen los modernistas que menosprecian tales niñerías. Evitar en un escrito todos los pecadillos contenidos en los mandamientos de Baralt, es como cepillarse la ropa para quitar de encima las motitas que le han caído estando en la percha; pero la ropa puede ser de uno ú otro paño, y de hechura tan bien entallada y elegante como descuidada y de estrafalario corte. Dejáos de motas, que de lo que se os burlarán será de lo otro.

Descartados los galicismos y neologismos burdos innecesarios, aún quedan las tres cuartas partes del Diccionario, que no es más que borra y tan castizo castellano como el que habló el Preste Juan de las Indias. Esto sí que no lo alcanzaron creo que jamás los gramáticos ni los escritores españoles, por puro llano y claro, salvo escasísimas excepciones.

Castizo para muchos es sinónimo de antiguo: por manera que, conforme á esto, más castizo es Berceo que Cervantes; y, sin embargo, Berceo es de los escritores menos castizos que conozco. Escribió en un lenguaje medio castellano y medio latino, tomó la mayor parte de su caudal léxico, no de labios españoles, sino de los libros de clérigos y escribas. Blasfemia parecerá á los que no distinguen por sus cabales el elemento castellano, que sin duda era el que usaba el pueblo riojano, entre quienes escribía, del elemento artificial que las gentes de letras se habían malamente confeccionado para cuando tomaban la pluma. Y véase aquí lo que hace el criterio acerca del casticismo. Aquellos escritores medioevales tenían por cosa muy asentada que lo que hablaba el pueblo era un latín corrompido, y que, por consiguiente, no debía escribirse sino en un latín algo mejor. Lo malo es que ni sabían cuál era el buen latín, y así se habían ido fabricando uno, que no fuera tan difícil de aprender por parecerse al habla vulgar, y que, sin embargo, no fuera tan corrompido como ésta, no tan cerrado como el latín ni tan mocoso como el romance de los patanes. Á eso llamaban román paladino, que, por más que dijeran, era el que empleaba cada cual para fablar con su vecino, no había tal, ni por pienso. Abro el diccionario de Berceo á ojo: plenero, pleno, pleytesía, plogo, plorar, ploroso, pluvia, pluia. Nada de eso es castellano, y es imposible que el pueblo, cuando cada cual hablaba con su vecino, dijese pleno y lleno indistintamente, plorar y llorar, pluvia y lluvia. Lleno, llorar y lluvia es como los riojanos decían entonces, dicen ahora y habían dicho no pocos siglos antes. Esos terminajos pleno, plorar, pluvia, son del mal latín que hallaban en los escritos y que les parecían más bonitos que lleno, llorar y lluvia. Tal es el criterio medioeval acerca del casticismo. Lo ploroso es que criterio tan monacal é infantil prevaleciera en la misma época del Renacimiento y prevalezca todavía hoy entre los que no calan una cosa tan recóndita como es que lo castizo de un idioma es lo propio del idioma, y lo poco castizo es lo ajeno al idioma, aunque ese ajeno sea mal latín ó buen latín. Lo propio del rabadán es su pellica y cayado, y sería muy de ver qué tal le caía y ajustaba andando con sus cabras el uniforme de capitán general, aunque todos, incluso el mismo rabadán, sabemos que el tal uniforme es más lucido y rico que la sebosa pellica. Por supuesto, que no doy por averiguado el que la lengua latina sea lengua con entorchados y la castellana lengua velluda y cazcarrienta.

Nada de lego tenía el autor de la maravillosa Comedia de Calixto y Malibea, y por lo mismo, en la primera página comienza su erudito protagonista á emplear voces como natura, perfeta, inmérito, incomparablemente, sacrificio, complir, sanctos, etcétera, etc., que tienen tanto de castellano como yo de chino. Verdad es que ni Celestina ni Parmeno ni la demás gente non sancta que anda por allá, habla así: porque son, á pesar de todo, españoles, con cuatro dedos de enjundia de casticismo rancioso; que, á haber hablado tan á lo señor como sus amos, no lo fueran, ni la Comedia valiera lo que vale.

Si castizo no es lo opuesto á neologismos innecesarios y no es lo viejo y rancio, ¿qué podrá ser?

Pues, repito que lo propio, lo idiomático del idioma, y cuanto más exclusivo sea, será más castizo. Un verbo derivado del latín podrá hallarse en francés, en italiano y en castellano, y aun con el mismo valor. Si lo usan todos los españoles, castizo será; pero lo será más otro que, empleándolo italianos y franceses, tenga en España un matiz diferente, porque esa diferencia es el sello nacional, que lo ha diferenciado; y todavía será más castizo otro que ni con diferente ni con el mismo significado se halle en Francia ni Italia, porque en este caso todo él se fraguó en España, lleva el sello español, no ya en la superficie, en una distinción del significado, en el cuño, sino en toda su hechura y en los materiales y ley de la aleación.

De estos tres casos, en el segundo, lo castizo, ó digamos lo propio y exclusivo de España, no puede venir de muy atrás: es agua derivada de la misma fuente latina, que toma cualidades propias en cada terreno, en Francia, Italia, España. En el primero, cuando ni aun ese sabor del terruño lleva consigo, sino que en todas partes es el mismo vocablo y con idéntico sentido, bien podemos pensar que se trajo ayer mismo del latín por los eruditos. En el tercero, ramas, tronco y raíz, corteza y médula, saben á español. ¿De dónde se deriva el árbol? Para los que conocen mis teorías, nada más obvio: es vocablo ibérico, nacional de la primitiva época.

Todas estas simplezas lo son tanto, que repito que no las han visto nuestros autores. Hoy hace el gasto el verbo saciar para expresar lo que todos sabemos. En los siglos XVI y XVII estaba en muy poco aprecio, mayormente aplicado á cosas intelectuales, y es que se ha traído del diccionario latino; si fuera común en España desde los romanos, hubiera sonado sazar. Nuestros clásicos preferían hartar, ahitar, llenar, satisfacer. De éstos, satisfacer gustaba por lo nuevo á los escritores, pero no usándolo el pueblo, es claro que tampoco era muy castizo, como lo dice su misma forma, puramente latina. Llenar, ya era más español, pasó al castellano desde los primeros tiempos. Tal indica su fonetismo, pues lleno de donde salió, viene de plenum, como llorar de plorare, llano de planum, y no menos su significación concretada de la genérica que tuvo plenum, y aun tienen lleno y llenar. El gran orador y obispo aragonés de Barbastro Fr. Jerónimo Bautista Lanuza empleó más que nadie el verbo saciar en sus Homilías sobre los evangelios, 1621. Pero más castizos son sin duda hartar y ahitar. Hartar de harto, es el fartum latino, venido á España en la época romana, y así lo usaba el pueblo lo mismo que los eruditos. Si lo comparamos con ahitar, no hay quien no eche de ver que éste encierra una fuerza y un colorido que deja oscurecidos á los otros. Al oir ahitarse ó ahito se nos van los ojos á la garganta, y nos decimos éste está hasta aquí, y ese aquí es el que señala todo español con el dedo. En Correas leo: darse un papo, una hartazga; en Quevedo: estoy hasta el gollete. Ahitarse, papo y gollete son tan gráficos como el hasta aquí, y sinónimos de todo punto. Este cuadro naturalista, no menos que el otro del dicho de Correas: darse una ventrada, y el popularísimo sacar el vientre de mal año, son exclusivamente españoles. Eso es lo castizo. Ahitarse y ahito, papo y repapilarse ó empapizarse, no son de origen latino, sino ibérico. Vientre, que viene del latín, es muy español; pero nadie negará que lo son mucho más papo, panza, pancho, tripa, todos ibéricos.

Si de entre estos vocablos hubieran de escoger tres autores, pongo por caso Granada, Santa Teresa y Lope de Rueda, á buen seguro que Granada se quedaría con satisfacer y vientre; la santa, menos erudita, bien que algo mirada, daría la ventaja al hartarse y al papo, y el para mí primer cómico español Rueda diría á boca llena, sin melindres, porque sin melindres lo dice el pueblo y lo que el pueblo dice es lo más sano y natural: panza, pancho, tripa, ahitarse y hasta aquí.

Claro está que los que escriben son los eruditos, y que por tales quieren pasar; por el consiguiente, no es de maravillar que lo más castizo quede postergado, y que al regoldar ibérico de Sancho prefieran como curiosos y limpios el latino erutar de Don Quijote, ó el más latino y menos español eructar. Por supuesto, que tan limpio y curioso es lo uno como lo otro, ni los romanos dejaban de regoldar tan feamente como los españoles cuando el caso llegaba, y su vientre no era más de azucenas que la panza y las tripas de esta tierra de garbanzos; pero el hombre vive de fantasías y embelecos, y más las gentes de guantes y levita, hechas á no llamar al pan, pan, y al vino, vino, como los aldeanos que beben puro y sin mezcla el aliento de la naturaleza.

Por este camino el castellano va perdiendo su color, marchitando su fragancia, borrando su sello nacional, deshaciendo lo que tiene de castizo, de genial y propio. El idioma se convierte en lingua franca, gálico-latina, de fácil manejo para el comercio y para darse á entender con extranjeros, pero muy poco estética y menos varonil para el arte y la vida. Porque la vida no se encierra en la bolsa ó aduana, sino en la conversación ordinaria, en la cháchara familiar, en el palique de estrados, portales, rejas y plazas.

De aquí que las comadres del barrio y los tíos del soportal de la parroquia sean para mí y para todo el que entiende algo de arte ó aprecia un grano de la naturaleza más que cien arrobas de artificioso pedantismo, los que más castizamente conservan el castellano, los que mejor lo parlan y los verdaderos maestros de lingüistas, escritores y académicos.

Saber francés, latín y hotentote, cosas son harto buenas para otros menesteres, y aun para conocer á fondo el mismo castellano; pero cuando para hablar castellano castizo ó para formarse un criterio cierto del casticismo sólo sirven de embarazo, como suele suceder, de desear sería que nos olvidásemos del hotentote, del griego y del latín. Y no hay para qué aspaventar, porque no hay novio, por lo menos de los que yo conozco, que le importe un ardite la cara más ó menos apabullada de su futura suegra, con tal que sea linda la de la polla. Cuando hablo ó escribo castellano, viene á decir Valdés en no sé que folio de su Diálogo, procuro olvidarme del latín. No faltaba más, sino que un ochentón, como el castellano, más que diezdoblado, no supiera todavía andar sin andadores y sin su ama de cría al lado, repiqueteando las sonajas.

Yo no digo que prescindamos de todo punto de las millaradas de vocablos latinos que ya han tomado carta de naturaleza en la literatura y aun en el habla de las personas cultas. Lo que sí habíamos de hacer los amantes del castellano, es menudearlos lo menos posible, cerrar la puerta á otros infinitos que nos pretenden introducir los que sin saber latín se entretienen en hacernos creer que lo saben, y sobre todo apurar y acrisolar nuestro criterio acerca del casticismo, estudiando nuestro caudal léxico, para poder dar la preferencia á lo más idiomático, á lo que se amolda á nuestro fonetismo, y á los radicales exclusivos españoles, que son los más pintorescos y robustos por lo mismo que llevan la estampa de la fantasía y del corazón de nuestro pueblo. Tal es el secreto de los grandes hablistas, conocedores de su hacienda, que tienen á gala pasarse la vida desentrañando el tesoro que nos legaron nuestros padres y en él el alma entera del pueblo español, no por prurito de desempolvar vegestorios, sino de sacudir de nuestro idioma la polilla galiparlera que la ignorancia y pisaverdismo ha puesto de moda, sometiendo nuestra rica lengua, como todo lo demás, al yugo extranjero. Los pueblos y los individuos son grandes, cuando libres de ajenos arrimos rebosan de vida propia, cuando llegan á ser verdaderos caracteres, ingenios que se levantan sobre el rebaño de las medianías.

II

Á nada conducen patrioterías halagadoras de hueras vanidades, si no es á acallar con fanfarronadas el grito interior de la propia flaqueza y á colorear la falta de sangre con postizos afeites; pero también harto nos hemos querellado y hecho alarde, más de lo que se nos pedía, de nuestro abatimiento y desgracias.

Ciertas ráfagas de nuevos alientos corren ya entre los escritos de nuestros autores, y la mejor señal para mí de que los desmayos pasaron es advertir que se va cayendo en la cuenta de que no estamos tan muertos, ni aun tan maltrechos como nos figurábamos ó nos hicieron figurar, y de que abriendo los ojos al pasado nos vamos persuadiendo de que nuestra gente ha valido y sido y hecho algo en el mundo, de que también hemos tenido nosotros por acá algunas cosillas no de menospreciar del todo. Un pueblo que reconoce su valor, sea el que fuere, y que alimenta esperanzas y fantasea ideales dignos de sus mayores, no es un pueblo muerto ni herido de muerte.

He dicho esto, abriendo toda la trompetería á propósito del revivir que se nota entre nuestros jóvenes escritores á las letras castizamente españolas. Ya no hay aquí ni un modernista. Fué un sueño de verano eso del modernismo, que dejó como embriagados á unos cuantos mozos hambrientos de ideal, al creerlo hallar en los últimos ecos acá llegados de las escuelas en descomposición de París. ¡Quién sabe si el manco de Lepanto al hacerles volver atrás la vista con su Centenario los despertó de ese sueño y les hizo parar mientes en nuestras cosas de antaño, donde pudieran á poca costa descubrirse soterrados mineros de invención genuinamente nacional, y hacer brotar frescos raudales de aguas que ya corrieron y dejaron cegar los galicistas del siglo XVIII! Lo cierto es que á la par de la oscura labor con que nuestros eruditos labran sus panales, editando libros clásicos antiguos en abundancia que sorprende, tomo tras tomo, biblioteca tras biblioteca, que no se dan manos editores y libreros, la florida juventud que se estrena con artículos sueltos en revistas y periódicos y aun alza el vuelo hasta llenar libritos de poesías, cuentos y novelas, más preñadas de ricas esperanzas que de madura mies, ha dado en poco tiempo una vuelta redonda, y ya no se va tras los oropeles de allende con el afán de antes; ganosa de loable novedad sale al campo á escuchar las voces de la naturaleza, requiere las aldeas y ciudades de provincia para conocer á los hombres como ellos son, y acoge codiciosa cuanto los más leídos descubren en nuestros viejos libros, ya voces de buena cepa y maneras de decir lozanas á vueltas de su antigüedad, ya ideas de nuestros peregrinos é inagotables ingenios.

Ateniéndome al lenguaje castellano, mi anterior articulillo Criterio del casticismo comprueba esto mismo; tanto, que me ha vuelto á poner la pluma en las manos para desenvolver algunas cosas que en él apunté y me han pedido declare más despacio. Sin merecerlo, por sus modestas pretensiones, el articulejo parece que ha hecho vibrar la cuerda patria en algunos, y cuando esa cuerda ha respondido al unísono, de creer es que no está tan destemplada. Siete cartas, amén de las felicitaciones, sinceras ó de cumplido, de amigos y conocidos, han llegado á mis manos, y todas se resumen en darme á entender que mi idea les paladeó el gusto, dejándoles con gana de algo más. ¿Cómo podríamos encauzar los deseos de muchos que sienten la necesidad de españolizar la literatura y el lenguaje literario, que quisieran conocer, sin meterse en hondas disquisiciones, cuáles son los vocablos y modos de decir castizos, de cuño verdaderamente español, fraguados por la fantasía y el corazón de nuestro pueblo?

En esto se cifra el contenido de las cartas á que aludo y á esto quisiera yo responder en este artículo ó en otros que me barrunto habré de enhilar á poco que me dilate. No es tan hacedero, escribía yo, distinguir lo castizo de lo no castizo, mayormente desconociendo tantas lenguas antiguas y modernas, como son las que rodearon desde su cuna al castellano, y han influído y están á la continua influyendo sobre él en bien ó en mal. Ello es que requeriría un estudio muy al por menudo de nuestro caudal léxico. No á la manera tradicional de los diccionarios, especie de museos, donde se hallan amontonados toda suerte de cachivaches fuera de su propio lugar, sin que pueda acertar el lector, si es que no lo sabe, el manejo y papel de cada uno en el habla real, corriente y moliente; sino apurando el origen y mudanzas de los vocablos fónica y semánticamente y con citas de autores, en las cuales se viese su valor y empleo. Por la fonética se vería cuáles eran las voces que llevaban el sello de nuestro fonetismo, y cuáles las traídas en bruto de fuera. Por la semántica nos entraríamos recorriendo el hilo de las mudanzas metafóricas de las voces al través de los tiempos, hasta el obrador donde la metáfora se hila y se teje, que no es más que lo íntimo del alma española, de esa fantasía, cabeza, corazón español, llámesele como se quiera, donde arraigan el sentir, el pensar, el querer, el fantasear de ese todo lógico llamado España. Este cernido y desmenuzamiento psico-fisiológico, fonético-semántico, que hoy llaman análisis fonético y psicológico, pondría á descubierto el alma toda española, tal cual en nuestro idioma se refleja y retrata, y nos aseguraría y abonaría el criterio que habíamos de tener en el elegir de los vocablos, frases y construcciones.

Estudio semejante no se ha hecho de lengua alguna; pero lo creo de tanta monta y gusto, que no me despido yo de emprenderlo y llevarlo hasta donde mis flacas fuerzas alcanzaren. Entonces conoceríamos cuál es la finura y delicadeza de oído de nuestra raza, cuáles los colores que se pintan en su fantasía, cuáles los sentimientos que bullen en su pecho, cuál la profundidad de su pensar y manera de ver las cosas, el Weltansicht, digámoslo á la alemana con Humboldt, el panorama del mundo que la nación se forma, según sus pensamientos y deseos, como se lo forma al respecto cada individuo, según los alcances de su cabeza y de su corazón.

Entretanto, hay una piedra de toque para distinguir lo castizo de lo que no lo es. Ya la apunté en mi artículo anterior y voy á declararla algo más detenidamente. El mismo nombre de idioma lleva en cifra el criterio del casticismo. Díjose idioma el habla particular de un pueblo. El pueblo lo formó en cuanto pueblo; no fulano ó mengano. Es su propiedad, el retrato de su interior. ¿Quién ha de ser, pues, el maestro que lo enseñe y sepa discernir lo castizo y propio de lo extraño y ajeno, sino el pueblo? Pero ¿qué es el pueblo? ¿Las personas cultas, las cuales según las gramáticas todas (página primera) nos dicen que son la norma del buen decir? Pueblo es, desde el rey, inclusive, hasta el último gañán de cortijo; pero aquí solamente cuando hablan como puros españoles, no como más ó menos sabidos en francés, ó como más ó menos enamoriscados del latín y del griego. Sólo que las personas cultas, con esos enamoramientos, andan embelecadas, y ofreciéndoseles tres caminos, el trillado español, el abierto por la moda francesa y la antigua calzada romana, echan por uno de estos dos últimos, dejando el primero que lo chacoloteen los patanes. Para decir lo que siento y saben todos muy bien sabido, ese dictamen gramatical lo que preconiza como dechado de hablar y escribir, es lo culto, lo que se aparta del habla común de las gentes que no escriben y si leen lo hacen á trompicones ó tomando, como el aldeano del cuento en casa del óptico, el periódico al revés. En puridad, pues, el tal dictamen y precepto ha de volverse también patas arriba para que sea valedero.

¡Horror! ¡Hablar como los tíos! Sí, señores míos, con perdón del que no lo sea, como los tíos! Entendámonos, y amohínese el que guste, que por mucha mohina que tome, no dejará de ser cierto que el pueblo que hizo el idioma es el único que tiene en él vara alta; ó bórrese del Diccionario el término idioma, con que lo bautizaron los mismos eruditos, arrastrados por la naturaleza misma á desmentir esos espantos y alharacas. Para curarles de ellos con otro espanto mayor, como con otro clavo, voy á saltar de la lingüística á la agricultura, que no será más que rodear el terreno de lo castizo por otro cabo. Los labriegos españoles, la gente campestre, los tíos, son los verdaderos maestros de la agricultura española. Y ojo con no espantarse, porque sería triste caso de supina ignorancia, el cual con todo es de temer que se dé, si para alguno fuese cosa del otro jueves que los españoles han sido en todo tiempo los grandes maestros de cultivar la tierra, los maestros de romanos, árabes y europeos. Y esos maestros claro está que han sido los tíos. No suelte nadie el trapo, repito, que quedaría graduado de ignorantón á carta cabal. Y no me amenacen los peritos y agrónomos y los peritoagrónomos y otros profesores de agricultura al menorete de Institutos y Escuelas con echarme á la cara centenares de cartillas agrarias, millares de teorías agronómicas, colecciones á pasto de Gacetas, proyectos de granjas modelos, Diccionarios enciclopédicos de agricultura, revistas de ídem, y toda la balumba de papeles que de eso se han escrito desde los tiempos de Carlos III. Porque, sin meterme en más dibujos, sin tenerles que decir bobería tamaña como la de que la Moncloa no es Campiel, ni las riberas del Guadalquivir, ni las huertas de Murcia y Valencia, todos esos papelorrios se revolverán desagradecidos contra ellos al soplo de una sencilla, natural y nada estudiada carcajada mía, con que los habré de recibir, si soy español de casta, que creo que sí. Porque con esa carcajada han despedido bonitamente de todas partes nuestros labradores á los agrónomos, que cargados de mamotretos, aparatos con tornillos y torniquetes, y de dietas, que es lo más sabroso, han ido, enviados por el Estado, á enseñarles á ellos, los tíos. ¡Y esto tiene miga! á los tíos, digo á los baturros de mi tierra, á los del zorongo de entrambas riberas, del Ebro y Jalón, á los de la anguarina de Navarra y Rioja, á los de los zaragüelles de levante, y basta. Llegaron, bien así como llegaban un siglo ha los granaderos franceses á enseñarles justicia, derechos y civilización, llegaron; y después de tanto pompear y pavonear, tras tanto ruido y estruendo, hubieron, cuitaos, de volverse, rabo entre piernas, dejando en los viñedos repastándose á mesa puesta muy á su sosiego y sabor, todas esas animalias (gusana dicen los tíos) que con tanta furia iban á descastar. En aquel entonces soltaron los tíos la carcajada, que aún no la han recogido, que para rato tienen, porque las remesas de gente adietada se suceden que es un descalzarse de risa para los unos, y un ir y venir y un tomar y dejar planes y papeles para los otros.

Pues, señor, que con cuatro ó cuatro mil nociones sobre terrenos y cosechas ideales y aéreas, se nos vuelve un mozuelo al pueblo, donde le vieron en la edad de los tres bolsillos, sin entender jota de cosas que los viejos traen en las uñas y en los callos de sus manos de medio siglo atrás, y pretende el muy estirado y guapo volver de arriba abajo lo que tienen sabido y resabido los vecinos, que así lo aprendieron de sus tatarabuelos, y éstos de sus trasbisabuelos hasta Alonso de Herrera, el primero que trató de agricultura en la Europa moderna sudando más en sus fincas paternas de Talavera que en su escritorio, hasta los escritores árabes de agricultura, que por boca de Iben Galib y de Almaccarí se dan por discípulos de los españoles, en fin, hasta Columela, y aquellos famosos turdetanos é iberos, tan tíos como los de hoy. Y luego nos vendrán con lo de la rutina, la testarudez, la superstición y la ignorancia de los tíos!

Recuerdo que el maestro Clarín, una de las tardes que charla charlando nos pasábamos, él enseñando sin pretenderlo, yo aprendiendo como quien no quiere la cosa, lastimándose de las ligerezas juveniles en que había caído al tratar de puntos religiosos, me dijo estas palabras que se me quedaron hondamente clavadas, porque eran fruto sazonado de aquel profundo pensador: «Hay que tentarse mucho la ropa, y yo cada vez tiemblo más de hacerlo, en eso de hablar sin ton ni son contra una institución, que ha pasado ilesa al través de tantos siglos y de tantas inteligencias superiores, á lo menos tan entendidas como las nuestras». Profundo respeto me infunden á mí todas las cosas populares. Vox populi, vox naturae putanda est. Por algo harán los tíos lo que hacen. Fruto es de infinitas experiencias de los siglos, de las generaciones que pasaron, de hombres, que no somos nosotros más que ellos, que ponían todo su interés en granjear lo más posible con su terruño, que conocían, si no todos los terrenos en teoría, el suyo cada cual en concreto, y el clima, y lo que lleva ó no lleva el pedazo de tierra que heredaron de sus padres. No digo que no sufra mejoras la tradición española, pero á bien que ella y nuestros labradores merecen todo respeto y reverencia. No así como así puede decirse que tal máquina, tal rotación, etc., es buena para tal tierra y su colono, que en correaje gastaría más de lo que saca, aun dado que fueran cosas apropiadas y tan buenas en concreto como lo son en general en las lucubraciones de los sabios. Las cosas del pueblo arraigan muy hondo, donde quiera que se ve la mano del hombre en común, hay que ver la fuerza del instinto humano, de todos los individuos mancomunados de un pueblo, y ese instinto es algo tan natural como las leyes físicas del universo y tan sabio como el instinto en los animales y plantas, y algo más, si el hombre vale algo más que todo eso. Y al aplicar el cuento al idioma, téngase presente que éste es la obra de las obras del hombre y del instinto social, no de uno ú otro individuo. El idioma es lo más sagrado que existe de tejas abajo, pero con tal que sea ese idioma fabricado instintivamente por toda una raza. Es el fruto de la inteligencia humana colectiva, lo más precioso que florece en la naturaleza. La sabiduría de todas las Academias y filósofos es un grano de anís delante de la sabiduría que encierra, como su meollo, el idioma. Que el arte literario, al aprovecharse de esa habla vulgar busque maneras de combinar los materiales, como las demás artes, es cosa que se cae de su peso; pero no lo es el que se eche mano de otros materiales extranjerizos ó el que se tome por módulo el módulo latino ó francés, como hacen los cultos. El pueblo es, pues, el maestro del idioma, es la piedra de toque del casticismo.

III

¿Fueron castizos nuestros clásicos, quiero decir, los escritores alistados como tales en el Diccionario de autoridades de la Academia, con buen golpe de otros allí omitidos? Desentrañemos el vocablo castizo.

Doble valor, activo y pasivo, suelen tener los adjetivos castellanos acabados en izo. Espantadiza es la bestia que se asombra y espanta; pero no es menos espantadizo lo que causa espanto y asombro, y así pudo decir Cabrera de la ley de Moisés que fué espantadiza y de temor (pág. 292). Castizo llamamos á lo que viene de casta; pero no lo es menos lo que la produce, por lo cual Herrera escribió de las palomas: que sean muy castizas, de muchas crías (l. 5, c. 34); y de los toros: Si el señor de las vacas procura tener buen toro castizo (l. 5, c. 42). Es, pues, castizo, lo que viene de casta y lo que la engendra, y sin duda estos dos casticismos, de atrás y de adelante, de pecho y espaldas, que coge á todo el individuo, es todo uno, es decir, que si de casta le viene al galgo el ser rabilargo, rabilargos y no rabicortos saldrán los galguillos.

Estéril es la mula, digamos en castellano mañera ó mañosa, sin casta, porque tampoco la tuvo en sus padres, fué descastada. Lo híbrido ó mestizo es un producto teratológico, aislado, que sale del hilo de la corriente natural, es algo pasiva y activamente no castizo. Terciando en la generación de todas las cosas el espacio y el tiempo, castas se dan que desdicen, decaen y degeneran, se descastan, así como otras van criándose poco á poco merced á las apropiadas condiciones que las rodean.

Los merinos españoles han descaecido y venido á menos al salir de España, y aun en España, trocadas las condiciones y privilegios de la mesta; mientras que en Inglaterra, los esmerados y prolijos cuidados de una sabia zootecnia han dado castas de caballos, cerdos, perros y otros animales acomodados al intento que se pretendía.

Las obras de arte más calificadas han sido las más castizas, por el arraigo mayor de los autores en el terreno de su propia raza y época y de su propia personalidad, y al mismo tiempo por lo fecundas en alentar y dar vida á otras muchas posteriores, es decir, por su ascendencia y descendencia, por su casticismo pasivo y activo. El original y sugestivo Unamuno ha tratado lindamente de lo segundo en un artículo de Los Lunes de El Imparcial. «Lo más grande de la obra de arte», dice, «es que sirve de incentivo para nuevas obras de arte; apenas hay grande obra poética que no tenga copiosa y dilatada descendencia». Es el casticismo activo, mirado por delante. El pasivo, mirado por detrás, consiste en que la obra arraigue en lo más hondo de la personalidad del escritor, que si éste es español de pura sangre, por el mismo hecho, arraigará á la par en lo más hondo é ingénito de la raza española. El casticismo está, pues, entre pecho y espaldas, en el corazón del artista y de su raza. Y cuanto más personal, más suya, sea la obra, más de Fulano y más española, será á la vez más trascendental, más humana, traspasando las lindes del individuo y de la nación. Don Quijote y Sancho son dos retratos personalísimos del alma de Cervantes, y del alma española, y por eso lo son de todo el linaje humano y de cada uno de sus individuos.

La razón es clara: en lo hondo de la personalidad y de la raza es donde asienta lo universal humano, porque allí está monda y limpia la naturaleza, la cual es una, de manera que la naturaleza humana se espeja en la nacional y en la individual, tanto más cuanto más hacia lo hondo las miremos, como se espeja tanto más diáfana y límpida la luna en la sobrehaz de las aguas de un pozo, cuanto más hondo y envuelto en tinieblas.

Nuestros clásicos fueron grandes artistas; pero digámoslo sin rebozo, lo fueron á medias. No son aquellos trozos arrancados del pentélico y labrados por las castizas musas del Pindo ó del Parnaso. De esos montecillos distan bastante el Pirineo y Sierra Nevada. Estamos en una península codiciada de todas las gentes, que la han ido barriendo, sembrando á su paso semilla de perfumadas rosas y de emponzoñado beleño.

En el siglo XVI eran harto andariegos nuestros padres, y por más que cual señores paseasen la Europa y el mundo, algo se les había de pegar de fino oro y de mentido oropel en sus azarosas correrías. Ello es que la savia nacional, alquitarada por el aislamiento y rudo vivir cercado de luchas durante ocho siglos, pujaba recia y bullidora, y si el espacio y el tiempo le hubieran favorecido, el ancho y rico follaje que al soplo del Renacimiento brotó como por ensalmo, podía haber sido gloria y prez de la raza, á ser castizo del todo y por todo: la España del siglo XVI podía haber sido, como ha dicho alguien, la Grecia de los tiempos modernos. Pero no fué así. Desmañados podadores desceparon las más briosas de sus ramas, menospreciando su pujanza por demasiado bronca, vulgar y cerril, quiero decir que lo más sano de la Celestina y de Lope de Rueda fué apartado á un lado por los más enguantados escritores. En cambio injertos desproporcionados de peregrinas literaturas dieron abigarrada mezcolanza de hojas y frutos al árbol nacional. Despego y menosprecio de lo de casa, ciega admiración de lo de fuera: cosas son que se echan de ver no sólo en los frutos literarios de aquel entonces, sino en las quejas y en los anhelos de los escritores. Briosa y rica vena la de fray Luis de León, alma suya de pintor, á quien hablaban los colores de la vera del Tormes, de músico, para quien el gorjear de sus pájaros era lenguaje conocido, cuajado en concertadas armonías, de ángel, que todo lo convertía en apacibles sentimientos al tocar en su pecho sereno y sosegado.

Ante aquel hombre de hechura helénica

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada.

Y ese artista, ese poeta, ese pintor, ese músico, oreada su frente por el céfiro de la Hélada, pero que ¡ay! ya venía de muy lejos y muy ensalmuerado al través del Mediterráneo, deja caer de sus manos la vihuela castiza española, y empuñando bravamente la cítara antigua remienda lastimosamente la maravillosa profecía del Tajo con aquella, para los españoles fría, amanerada, extranjeriza é incolora personificación del muy reverendo señor el padre río, el cual, sin más ni más, con toda la desenvoltura de un jayán nadador

el pecho sacó fuera
y le habló de esta manera.

Triste de D. Rodrigo y de la hermosa Caba, que no entendían tamañas teologías gentílicas, y tristes de los españoles que sólo ven en el río agua que corre, cuando ven y oyen que

el pecho sacó fuera
el río, y le habló de esta manera.

De esta manera, el gran poeta español lo que hace es echarnos, no un jarro de agua, sino todo un río, y por dejar de ser castizo deja de ser poeta español y de ser sencillamente poeta. Esa es la ficción que envenena y encona la más sana y fresca vena poética, ese el desacertado injerto que afea nuestra literatura clásica.

Porque el casticismo no está sólo en el lenguaje, sino también en la idea y en toda la vida; y si menospreciado y tenido como caso de menos valer el casticismo del lenguaje, la literatura española, y aun europea, se descaminó viniendo al cabo á donde bien se podía esperar, á despeñarse en el culteranismo, no menos llegó á desbocarse el pensamiento desarrendado y sin freno en el conceptismo, y se enflaqueció y aniquiló la vida nacional toda entera, parando en el entecado y espiritado fantasma y sombra de pueblo de fines del siglo XVII.

Gallardas hazañerías aquellas del hombre de más talento é ingenio tal vez que ha criado esta tierra española, por haberle hecho nacer el malhadado sino en una era de desquiciamiento del casticismo: de Quevedo hablo.

Desde Cervantes hasta él se abre un abismo literario, y eso que unas mismas prensas hubieran podido publicar sus obras.

Mentira parece que sólo pasara menos de una década entre la creación de lo más castizo en ideas y palabras, el Quijote, las Comedias, las Novelas ejemplares de Cervantes y los monstruosos partos de Quevedo, que nos ponen admiración y lástima á la vez, porque en ellos riñen fiera pelea el poderoso ingenio que se yergue braveando con sus músculos de acero, que llevan la tradición naturalista española en sus venas, y el huero fantasmón del convencionalismo pintarrajeado y retumbante, el robusto pensar de un Séneca y las melindrosas madamerías de aquella infatuada corte. ¿Qué decir de Lope, coetáneo enteramente de Cervantes, bosque secular donde crecen los más corpulentos árboles de la tradición española, pero que injertados con toda suerte de frías mitologías y escuetos escolasticismos resultó una enmarañada selva que no hay quien se meta en ella que no se espine á cada paso y pierda la paciencia?

El que crea que exagero compare en la primera Celestina, en Lisandro y Roselia, en la Selvagia, en Lope de Rueda, los dichos de la gente de casta española con los de la gente de cuenta. Allí está en germen la decadencia: el clasicismo castizo y el clasicismo no castizo bien se ve allí de dónde y cómo se originan. «Maticen los delicados aires mis muchas y dolorosas lágrimas, de miserables y profundos suspiros esmaltadas. Descúbranse los furibundos alaridos, quebrantando los claustros y encerramientos que tanto tiempo han tenido, esparzan con su ligero ímpetu las delicadas exhalaciones de que el no domable corazón solía ser cercado».

Tras estas lindezas hay que oir lo que el mismo Villegas pone en boca de la Libina aquella que sabe desdeñar con recancanillas que abran la bolsa al desgraciado que cae en sus doradas uñas: «Xó que te estriego; por mi vida, que le soltéis el freno y escopirá, ó le asgáis de la barba y deciros ha mil gracias: axó, niño, dalde un tres, que dos merece; ya los diablos le besen, que no tiene mocos». Cotéjese con la insulsez pasada la socarronería presente, el humorismo español, que nos han querido devolver como una gran cosa después de enfriado allá en su paso por Inglaterra; compárese el dilatar del período, el deshilachar de la frase á la latina, con lo apretado y tupido de la castizamente española. Altísima concepción la de La vida es sueño; pero todos los hipogrifos violentos, que corrieron parejas con el viento, amontándose de lo español hacia regiones anticastizas, no supieron jamás escribir ese sencillo párrafo de la menos apreciada de las Celestinas. Tal es el colorido y el brío de nuestra manera castiza de decir, el jugo que encierra, las chispas que despide.

IV

La cuestión del casticismo, que toqué tan someramente como lo pedían las circunstancias en mis últimos artículos de Los Lunes de El Imparcial, no parece ha dejado del todo convencidos á algunos de los aficionados de por acá á las genuinas letras españolas, que por desgracia son menos de lo que pudiéramos y debiéramos prometernos. Según ellos no quedó bien claro mi pensamiento; y como les picó la curiosidad por entrever algo de cierto y de no poco momento para la restauración del estudio del castellano, creo no se llevará á mal el que vuelva á lo mismo, particularizando algunos puntos, en los que no me detuve por creerlos sobradamente conocidos.

Hay quien supone que por mis aficiones al éuskera, pretendía yo no ser castizos cuantos vocablos tiene el castellano de otras lenguas, fuera de ésta, por manera que los del Quijote quedarían reducidos poco menos que á un millar y harto mermado el léxico castellano de nuestros más clásicos autores. Hase dicho que he manifestado en mis obras cierta prevención ó malquerencia á romanistas y al romanismo del castellano. Mal debí darme á entender, cuando personas de tan claro talento no me entendieron.

Dado el concepto general de lo castizo, que á mi manera declaré y creo se aceptará, pues no es más que el de tener por español aquello que se ha usado y usa por la generalidad del pueblo de España, y de la América española, añado aquí, naturalmente, cuanto más español sea un vocablo tanto será más castizo. Y no cabe duda que hay en esto sus más y sus menos. El latín, que evolucionando vulgarmente nos dió toda nuestra gramática, es la base y fundamento del estudio del castellano. El romanismo ó estudio de esa evolución en todas y cada una de las lenguas romances, es, por consiguiente, de la mayor importancia. Que yo sienta prevenciones contra ese romanismo no podrá sospecharlo quien conozca mis obras, pues sobre esos estudios, mayormente los de la Fonética, los más dificultosos é importantes, va cimentado todo mi trabajo sobre La lengua de Cervantes. Tampoco ha de achacarse á prevención contra los romanistas el que por encima de lo que ellos tratan haya yo proclamado la necesidad de estudiar el elemento euskérico en nuestro idioma. Lo cual no es más que extender el estudio del castellano, sacándolo de los estrechos linderos del romanismo, y esto con alguna razón, ya que por poco que se admita de cuanto he traído yo del éuskera, siempre quedarán sufijos, vocablos y fenómenos fónicos tan claramente euskéricos en nuestra lengua, que merezcan estudiarse y tenerse en cuenta. Romanista soy yo, como los demás: mal puedo tener semejantes prevenciones contra los romanistas.

Castizo es en castellano todo cuanto procede del éuskera, quiero decir de la lengua prerromana hablada por los españoles. Nadie me tachará de exagerado al decir que lo que era nuestro, antes de venir ningún extranjero á traernos lo suyo, es lo más nuestro que tenemos.

Llegan los romanos, añaden su civilización y cultura ó dígase la cultura helénica, y con ella la gramática y gran parte del vocabulario de la lengua de los españoles se hacen latinos.

Todo este elemento latino de nuestro idioma claro está que es castizo, aunque no lo sea tanto como la masa de la herencia que antes ya teníamos, y cuyo origen hay que ponerlo en la misma cuna de nuestra raza, que, ciertamente, no es latina. Pero hay que distinguir muy bien cuál es el elemento latino en nuestro léxico, como procedente por evolución natural del latín al pasar por labios españoles en aquella primera época del nacimiento de nuestro romance, para no confundirlo con la mitad del diccionario oficial, que es latino, pero de acarreo, traído en diversas épocas por los eruditos, no del habla viva de los romanos, sino del diccionario del latín, cuando ya este idioma había fenecido. Esa avenida de voces, que ha ido creciendo y subiendo, sobre todo del Renacimiento acá, es lo que yo no tengo por castizo ni lo tienen los demás romanistas. Algunos de estos vocablos, los más antiguos y que se refieren á instituciones populares, han entrado de lleno en la turquesa fonética del castellano por haber penetrado hasta el pueblo. Son los vocablos llamados semieruditos, que ya son castizos por lo mismo, aunque no tanto como los latinos procedentes de la primitiva evolución. Los demás, que no los usa el pueblo, ó si los toma en su boca los estropea, mejor diremos los acomoda al fonetismo castellano, mientras pugnen con este fonetismo y no se derramen á todas las clases sociales, no pueden considerarse como castizos; son la escoria del castellano.

¿Que en qué se diferencian de los anteriores? Nada más claro y averiguado para los romanistas. Los vocablos que evolucionaron naturalmente, desde un principio se atienen á ciertas leyes fonéticas, que pueden verse en La lengua de Cervantes. Los semieruditos atiénense á las mismas leyes en general, aunque en parte á otras que surgieron posteriormente. Pero los vocablos puramente eruditos que no son castellanos saltan por cima de esas leyes y se pronuncian, no ya como los pronunciaban los romanos, sino conforme á la tradición rutinaria y en parte falseada de la pronunciación del latín, porque no se tomaron del habla viva, sino de los escritos y como aparecen escritos se pronuncian. Reputare dió en puro castellano retar, en erudito reputar; pensare dió igualmente pesar y pensar; collocare dió colgar y colocar; examen dió enjambre y examen; limpidus dió limpio y límpido; computare dió contar y computar; fames dió hambre y famélico; colligere dió coger y colegir; pauper dió pobre y paupérrimo; fabulari dió hablar y confabularse; tractus dió trecho, y tratar trato; filius dió hijo y filial. Todos los terminados en ivo son eruditos y vienen de ivus, como repulsivo; vulgarmente ío, como natío, nativo, nativus. Los que llevan dis, son vulgarmente con des, disculpar, entre los clásicos del siglo XVI desculpar. Los que tienen in, vulgarmente con en, an, entender, intendere; añadir, antiguamente, eñadir, inaddere. Los que comienzan por f sonaron antiguamente con h andaluza, ó dígase con j suave; los eruditos trajeron la f, que ni sonaba así en latín, sino como bilabial. De aquí hilo, hilar, á la hila son vulgares, y eruditos filo, fila; hogar, huego, hoguera, ahogar, vulgares; fuego, desfogar, eruditos. Toda la letra F y los que comienzan por in, en el diccionario llevan el influjo erudito.

Resultado, que al fonetismo castellano hase añadido otro fonetismo anticastellano, que ni siquiera es latino. El grupo ns sonaba s en latín, como suena en castellano costar de constare; los eruditos han sacado del cementerio latino el constar, que no pronunciaron los romanos. Estúdiese la Fonética en La lengua de Cervantes; los términos que no se acomoden á ella son eruditos. El pueblo los estropea porque no son suyos. Traed una máquina nueva de Inglaterra y tendréis que traer un ingeniero inglés para montarla, y gracias que nuestros ingenieros sepan ponerle una pieza estropeada aun después de aprender su manipulación, y aun no será mucho no sepan echarle aceite. El pueblo y nuestros clásicos, más castizos y mejores latinistas que los lindos latinistas que hoy gastamos, dice y decían dotor por el feo doctor de hoy; dice y decían malino por el no menos feo maligno, y así de otras muchas palabras en que la ignorancia presuntuosa moderna ha querido corregir á nuestros grandes humanistas de antaño y al pueblo, que es el que mejor conoce su idioma.

¿Hemos, pues, de dejar todo ese caudal que, según dicen, enriquece nuestro léxico literario? Y ¿quién soy yo para imponer leyes á nadie? Yo mismo echo mano de esas palabras cuando me hacen falta, porque una vez formado con ellas el léxico técnico en asuntos no vulgares, extravagancia fuera buscar términos técnicos equivalentes, derivándolos del diccionario vulgar.

Eso se pudo hacer antes, en el siglo XVI, y en parte se hizo; pero estuvieron de moda el latín y el griego, y venció el tecnicismo greco-latino.

Lo único que yo pretendo es poner en claro los hechos, tal como la ciencia lingüística los conoce. La aplicación á la práctica queda á merced de la literatura. Lo que sí debieran hacer los literatos es, reconociendo estas doctrinas, no favorecer tanto los vocablos eruditos como los de buena cepa castellana, no poner de moda los unos y afear como groseros los otros, y en todo caso evitar lo más posible los eruditos, usando cuanto se pueda los vulgares.

Los vocablos eruditos nada dicen á los oídos puramente españoles; mientras que los vulgares llevan en su raíz castiza y conocida y en sus sufijos y prefijos castellanos el sello de la raza y el concepto propio que encierran: son, pues, más estéticos, más coloristas, más sentidos, más españoles.

Amputar lo entendemos los que sabemos latín, que vemos un podar todo alrededor; para los eruditos no latinistas y para el pueblo es un vocablo que nada suena á sus oídos. Sepultar, ni aun para los latinistas dice gran cosa; pero enterrar ó soterrar, bien claro indican que es poner en ó so tierra. Le introdujo la espada en el cuerpo: ¿cuánto más gráfico que ese introdujo no fuera se la envainó, se la envasó, se la ensartó? Defenderse no sabe el pueblo á qué suena; pero dígasele se escudó, se abroqueló, se reparó, se adargó, y además de la idea abstracta ven un cuadro completo, un hombre que se cubre con su escudo, broquel ó adarga, ó se para, echándose atrás. Un hombre confuso ante el rey, es un puro concepto; pero es una pintura si decimos que se corre, se pone colorado, se aturde como tordo, se acoquina como si viera el coco ó fantasma, se empacha como el empachado de indigestión, se azora como la gallina al ver el gavilán, y otra infinidad de vocablos pintorescos, que á manos llenas puede hallar el que ha estudiado el castellano castizo. Siga usted la dirección del camino. El aldeano de Castilla le dirá: Siga el anhelo del camino. Déjase ir al amor del agua, dice Cabrera, lo que el hinchado culto diría siguiendo el agua ó la corriente.

Y esta es la razón por la cual yo prefiero las Celestinas y el primitivo teatro de Juan del Encina, Lucas Fernández, Naharro, Lope de Rueda y los entremeses de Cervantes, al teatro posterior, que ganó en grandiosidad, porque así lo llevaba el adelanto, pero perdió en españolismo y en casticismo de lenguaje. El teatro primitivo pudiera haber llegado á la cumbre á donde llegó el teatro medio escolástico y medio gentílico de Lope y Calderón, si siempre hubieran escuchado con el cariño que Rueda y Cervantes el habla popular en vez de dar oídos á latiniparlantes ó medio latiniparlantes. Español tan español como Lope de Vega en sus mejores dramas, no creo hubiera perdido en apreciar el habla puramente española como apreciaba los asuntos puramente españoles. Por eso yo prefiero el Quijote al Persiles, Rinconete y Cortadillo á la Española inglesa. ¿Y quién que esté convencido de la importancia del material artístico para la ejecución de las obras de arte, y del color local y la sangre de raza que envuelve el léxico vulgar, junto á lo aguado, seco y descolorido de los términos traídos de fuera, no estará de mi parte? ¿Que el asunto también hace al caso? ¿Quién lo duda? El del Persiles y de la Española inglesa hace que Cervantes sea otro que el Cervantes de los entremeses y de Rinconete y Cortadillo. Pero es por lo mismo, porque el asunto no castizo difícilmente lleva á usar el lenguaje castizo; pero cuando el asunto es español, hablan los personajes á la española, ó pueden por lo menos hablar, como en Cervantes lo hacen, aunque no lo hagan siempre en Lope y Calderón.

Y es que esta cuestioncilla del casticismo, que parece tan baladí, tiene más miga, porque el idioma es el alma de la raza, y abogar por el casticismo del castellano es tirar bastante más allá, es anhelar por el renacimiento castizo de España en todo orden de cosas, es querer que volvamos los ojos á lo nuestro, aunque sin desechar lo bueno que de fuera pueda venirnos; porque si España no renace de sí misma, arrimada á sus tradiciones de raza, en vano serán todos los emplastos y paños calientes que se le quieran poner por defuera. Á eso voy yo por lo menos, y vamos todos los que salimos á romper lanzas en pro del casticismo. Literatura en España que no se haga con lengua castiza no será literatura española. Claro está que peor enemigo es el galicismo; pero ese es enemigo declarado, que todo el mundo reconoce. El solapado es el latino-helénico de antaño, que hoy va tomando mayores fuerzas con el tecnicismo científico, que acorrala al lenguaje todo entero y se infiltra hasta en la literatura, tendiendo á convertir su lenguaje en la aguachinada jerga de comerciantes é industriales, jerga cosmopolita y por lo mismo sin color, sin brío, sin aceros, sin alma nacional.