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Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Chapter 27: II
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About This Book

Conjunto de ensayos breves que combinan reflexión lingüística y crítica literaria, abordando el estudio del castellano, cuestiones de gramática y ortología, análisis de construcciones en el Quijote y del estilo de Santa Teresa, la evolución desde el latín, el fenómeno del neologismo y la situación del castellano en América. Incluye además comentarios sobre corrientes literarias, refranes, motes y extravagancias del lenguaje, junto a observaciones filológicas y pedagógicas; el tono es divulgativo y busca despertar interés por la tradición y por la renovación en los estudios de lengua y literatura.

El castellano en América

I

Es un asunto este de esos que, por ajenos que parezcan al acaloramiento de las pasiones, y por fríamente que se discutan en la región serena de la ciencia y de las ideas, si no levantan ronchas, no pueden menos de hacer cosquillas. Si americano hablase á americanos, si español á solamente españoles, buscando á contentar á unos ó á otros, el carril estaba trazado. Si como español que soy pretendiese darme á conocer en el mercado americano, no había más que seguir el que otros han abierto con gran contentamiento de sus ánimas y bolsillo, y con no menos bien satisfecha vanidad de los lectores que pagan el pato. Soy demasiado Quijote y me apaño harto desmañadamente en estas cosas; en cambio mi brutal aragonesismo me arrastra, quieras que no, á cantar las verdades en sí bemol, si á mano viene, con tal de quedarme satisfecho con el desahogo de la cantata. Soy admirador y amante de los americanos. El gran movimiento lingüístico promovido entre ellos por la ocurrencia que tuvo un Andrés Bello de publicar una sugestiva gramática, y el silencio, lingüístico también, que al propio tiempo por acá en España formaba notabilísimo y lamentable contraste, me pone de parte de los de allá y me aleja de los míos. Á los escritores americanos que de una ó de otra manera conozco, no debo más que mil finezas y atenciones. Nada para mí se ha escrito de más subidos quilates acerca de nuestra lengua que el Diccionario de construcción y régimen, y con más hondo conocimiento de la psicología del castellano que las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, y las modestísimas y magníficas Notas á la gramática de Bello. Estas obras, producto del cerebro lingüístico de primer orden y del arsenal inmenso de papeletas de la incansable y bien organizada laboriosidad de don Rufino José Cuervo, me atarían de pies y manos para no soltar la lengua sino en toda suerte de encomios para los escritores americanos, aunque la talla gigantesca del jefe no me dejara ver la cerrada falange que le sigue. Y cuenta que no son astros de pequeña magnitud Emiliano Isaza, con el mejor Diccionario de la conjugación castellana que poseemos; ni Bello, con su genial Gramática castellana; ni Peña, con la suya; y pasando del estudio del castellano general al de americanismos, tampoco son estrellas telescópicas Esteban Pichardo, que abrió á todos el camino con el Diccionario provincial casi razonado de voces cubanas; ni Zorobabel Rodríguez, con su Diccionario de chilenismos; ni Daniel Granada (español), con su Vocabulario rioplatense razonado; ni Ricardo Palma, con sus Neologismos i americanismos y sus Papeletas lexicográficas; ni Julio Calcaño, con El castellano en Venezuela; ni Alberto Membreño, con su Vocabulario de los provincialismos de Honduras; ni Antonio Batres Jáuregui, con los Provincialismos de Guatemala; ni Eufemio Mendoza, con sus Apuntes para un catálogo razonado de las palabras mejicanas introducidas en el castellano. Menos para Bolivia, Nicaragua y Paraguay, existen obras especiales que tratan de los provincialismos de cada una de las Repúblicas americanas. En España, si exceptuamos el Diccionario aragonés de Borao, apenas si merece citarse hasta estos últimos años obra alguna, no sólo de provincialismos, pero tal vez ni aun de gramática castellana en general. En cambio, de toda esa inmensa labor americana, sólo se conoce aquí de veras el Diccionario de galicismos de Baralt. No se conocen ni siquiera las obras trascendentales ó, como ahora dicen, mundiales, de Cuervo, Bello é Isaza; porque no es conocerlas el que el Diccionario de construcción y régimen se halle en algunas bibliotecas públicas tan cerrado como el cofre del Cid, ni el que de la Gramática de Bello se hayan hecho dos infames reimpresiones en Madrid, mientras serán contadísimos los maestros de escuela que hayan oído el nombre de Bello y los profesores de latín y castellano de nuestros Institutos que hayan tenido la curiosidad de consultar, y hasta de abrir, su Gramática.

Estoy, pues, por los americanos, y desearía dar á conocer á los españoles ese inmenso trabajo lingüístico, ese nuevo mundo intelectual, enteramente inexplorado y desconocido; pero no sé si en este artículo me quedará espacio para hacerlo. Pocos meses ha nos convocó á unos cuantos aficionados á los estudios lingüísticos la Unión Ibero-Americana, para que tratásemos de una ponencia sobre lengua castellana: habían comprendido los señores de la Junta general lo que el peruano Palma escribió hace tiempo: que «el lazo más fuerte, el único quizá que, hoy por hoy, nos une con España, es el del idioma». Todo se desbarató, como suele suceder aquí, por causas que me guardaré bien de manifestar. Pero lo que viene al caso es que se propuso una especie de Congreso lingüístico, moral, por decirlo así, sin asistencia de los congresistas, y consistente en que se invitase á los centros literarios y á las personas competentes de América á contribuir con papeletas á la formación de un Diccionario de vicios y deficiencias de la lengua castellana en todos los países donde se habla, y de sus correspondientes enmiendas. Lo que allí no se dijo fué que ese sin fin de papeletas que se buscaban estaban ya no sólo recogidas, sino publicadas en otro sin fin de libros americanos, de los cuales son contados los ejemplares llegados á Madrid, y eso de las obras que hayan tocado las costas de la Península, que son la menor parte.

Nuestras publicaciones pasan el charco á duras penas, mayormente si no son novelas, y tresdoblan su precio en manos de aquellos libreros, y aun en las de éstos, hasta el punto de que ciertos libros, aquí baratísimos, solamente los muy acomodados se los pueden procurar. Pero las publicaciones de allá, ni á peso de oro se hallan en nuestras librerías. Si tienen ó no la culpa los libreros, ó los estafadores de correos, ó lo que fuere, otros lo sabrán, que no yo. Ello es que la vía más directa y económica es la de Alemania ó Francia, camino que, por corto que sea, no deja de ser tan largo como extraño y peregrino.

Pero yo me sospecho que si de América no se traen más libros, es sencillamente porque á los españoles no nos da el naipe ni nos pirramos por la literatura americana. Y aquí entra el cuento. Apreciabilísimas son las obras que por allí se han escrito acerca del castellano, y no menos de estimar algunas obras literarias. Pero, digámoslo brutal y secamente, es tan floja por término general la literatura americana, tan ligera y tan híbrida en el fondo y en la forma, en el pensamiento y en el lenguaje, es un reflejo tan pálido de otras literaturas que tenemos ahí en pasando los Pirineos, y se presenta con tan desgarbado desaliño de lenguaje y estilo, con tan extraña vestimenta de percalinas, cuya hilaza, de manufactura francesa, choca con el clima de los trópicos, de las selvas, de las pampas, que no hay paladar español capaz de arrostrar diez estrofas ó tres capítulos de tan desaborido manjar. Ésta es una verdad como un templo: está en la conciencia de todo literato español. Y el menosprecio por esa literatura descolorida y extranjeriza, que suena á castellana y americana y no tiene el alma americana ni el timbre castellano, ha envuelto en la condena general toda producción de allende los mares, desde los más genuinos partos de las musas andinas, que (¿quién lo duda?) bailotean por aquellos oteros que es una delicia, hasta los trabajos lingüísticos, que deberían ser de otra manera apreciados.

La cuestión es compleja, el ovillo bastante enmarañado. Yo voy á prescindir del elemento estético, ciñéndome al lingüístico; aunque á decir verdad, si por el hilo se ha de sacar el ovillo, los cabos del hilo estético y del hilo lingüístico hay que buscarlos en París de Francia: allí está la devanadera, allí se devanó la madeja, se hizo el ovillo, se armó el telar, se cruzaron los lizos, y de allí se embarcó la hilaza para ultramar.

Al hilo, pues, lingüístico, y á París por él. Pero ante todo aclaremos ideas sin salir de casa.

Hay aquí quien, juzgando solamente por los escritos que han caído en sus manos, se ha formado una idea muy errada de lo que es el habla americana, y está muy persuadido de que en América el castellano se halla en un estado de corrupción que no tiene remedio, está desahuciado. Y ese quien son la mayor parte de los españoles que no han salido de su casa. Contra tan general opinión conviene hacer ver que no es así, poniendo las cosas en su punto. Yo distingo en América dos lenguas de tendencias muy diversas, que se encuentran en pugna. No es fácil adivinar cuál saldrá vencedora. Estas dos lenguas son el habla del pueblo no ilustrado y el habla de los escritores y de la gente culta que los imita. El habla del pueblo americano no sólo no está en decadencia, sino que se conserva más sana y fresca que el habla de la Península. Regiones hay, como Chile, donde el carácter fonético del habla indígena y otras circunstancias han hecho evolucionar al castellano en una dirección abiertamente separatista: una nueva lengua se está formando; ni hay diques que la contengan ni lágrimas y quejas que valgan, ni siquiera que sean justificadas. En otras, como en la Plata, es una verdadera Babilonia, donde se han amontonado toda suerte de pueblos y labios. Las lenguas andan como las sociedades y la historia. Forjarse un idioma en la fantasía como algo que va perfeccionándose, pero que al llegar á la cumbre de una imaginada perfección se estanca ó debe pretenderse que se estanque, ó que, por el contrario, al emprender la carrera por la opuesta pendiente degenera, se corrompe y fenece, es un puro fantasear de los antiguos gramáticos, que contradice á la naturaleza del lenguaje. No nace hoy una lengua, mañana florece y al día siguiente se deshoja y marchita. El habla es una misma en todo el curso de la historia, pero que siempre evoluciona y por lo mismo es siempre distinta. Ni tiene momentos de subida ó de bajada, de perfección ó enfermedad; siempre es un organismo completo, acomodado á la sociedad que lo elaboró, y el más perfecto y acabado para aquel momento histórico de aquella sociedad. Tan acabada es el habla castellana del siglo XII para los españoles del siglo XII, como el habla americana del siglo XX para los americanos del siglo XX. Tan mal entallada le vendría al Cid el habla de Porfirio Díaz, como á Porfirio Díaz el habla del Cid. Las ideas son otras, los sentimientos son otros, y otro es el lenguaje. Dejemos ya estas alturas, y bajando á lo llano, vuelvo al lenguaje de algunas regiones americanas. Estábamos en Chile, y repito que allí ha tomado el castellano otro derrotero. ¿Lo habrá tomado igualmente en las demás regiones americanas? Si es así, ¿estará escrito en la historia del porvenir que divergirán cada vez más aquellas hablas y se apartarán para siempre del castellano? Parecer mío particular es que sí, rotundamente que sí. La naturaleza del lenguaje lo lleva consigo. No hay profecía más cierta para un lingüista, ó la lingüística es una filfa. Para los que se les hace duro queda un consuelo. La evolución lingüística es muy lenta: tenemos para siglos. Y si se añade el freno de la literatura, cada vez más influyente en las hablas vulgares, podemos tranquilamente aguardar y podrán aguardar nuestros nietos hasta que puedan decirse lenguas distintas del castellano las americanas.

El daño está en que la literatura americana, si sigue por el camino emprendido, en vez de contener la evolución la despeñará, y por derroteros más desviados todavía que los seguidos por el curso natural del habla vulgar. Ésta en América, hablando en general, se guarda más tradicional y conservadora que en España en muchos puntos. Podría citar centenares de vocablos y construcciones, que los españoles hemos desechado, y que los americanos conservan desde la época de la conquista. Algunos de los autores de americanismos la emprenden contra estos hermosos restos de nuestros mayores, teniéndolos por corruptelas del vulgo ó groserías de la gente rústica. Con esto no hacen más que contribuir á la emancipación del habla americana, dando bien á entender el criterio que les guía, que no es otro que el de la segunda lengua que he dicho hallo en América: la lengua literaria y del habla entre las gentes de cuenta, en cuanto en ella se infiltra del elemento literario. De esta lengua es de la que he dicho que teníamos que ir á París á buscar el hilo y toda su manufactura. Voy á copiar un ejemplar del género, porque no hay manera de formarse idea cabal de lo que él es, pues sobrepuja á cuanto pueda inventar el más destartalado ingenio, aunque sea el de Don Quijote. El párrafo trata precisamente del punto que ventilamos: es un bocado exquisito, ó digamos retal, que á los lectores dejo decidir si se tejió en cerebro americano de raza española ó en cerebro americano que piensa y teje en París, ó en cerebro que de todo eso tiene, como es lo más cierto. Estamos, pues, en París, y dice así:

Antes de solucionar una cuestión, precisa llevarla á la barra (llegamos al puerto). De momento, el juicio crítico, que se ha hecho hoy un prestigio remarcable, debe dictaminar las prescripciones donde tenga lugar una contestación de idioma. ¿Entiendes, lector? Pues yo tampoco: y eso que todos los vocablos son latinos; sólo que con el latín se pueden hacer muchas cosas: puede hacerse francés, castellano, y mezcla, como la presente, que el diablo que la digiera. Y sigue: No tenemos de menester más razones. Y el juicio crítico no es más que el uso que nos fundamentalizamos (hay que tomar el exprés para cogerle el rabo á ese vocablillo) para plantear el monopolio de palabras nuevas. El que no las adopcione merece que le espuyan el nombre como hostil á las grandes conquistas modernas, y tras espuirle débese fustigarle el dorso del honor como imbécil que se sale del rango debido. ¿Qué nos interesa el que los sexcentistas expresionasen sus sentimientos con palabras y ambages que ya persona no entiende? ¿Por cuáles imprentamos nosotros sino por los de hoy? ¿Y cómo nos haremos entender de ellos si los propinamos una dosis repelente? (Con esas propinas repelentes te entenderán, ¡vaya, hombre imprentador!..., hasta los cocheros). No resultará; y no sólo arruinaremos el éxito (parece un fabricante francés), si que también privaremos de las ovaciones debidas al genio inventor (aquí al fabricante le nacen alas y vuela, es un genio). ¿Quién sería en estado de obligacionarnos? (¡señores viajeros, al tren!) á llevar aparejo, (¡demonio!) para comulgar (¡tres veces demonio!), á catar heridas al enfermo, á cutir con el enemigo, ó topar con el amigo, á recordar del sueño, á tener responsión de los criados (¿quién diablos, ó aparejos de diablos, le dice que hable así?) y á otras mil banalidades de los sexcentistas (Cervantes á la cabeza) que pudibundizarían (¡ay Cervantes de mi alma! ¡ay rucio de mis entretelas! échale el aparejo que se cubra á ese buen señor que se pu-di-bun-di-za) al hombre menos dotado del espíritu de combatividad? De todos modos, no me hace menester desilusionar á los sabios; ellos no revocan en duda (¡qué han de revocar, si ese testuz aun para pared no es buena!) que esas minquionerías, que son el ridículo al colmo (al con acento de tres varas), no pueden hacer la ley en un siglo de luz. Abajo, pues, las antiguallas, que no llenan más condiciones valiosas (aquí debía de estar llenando la valija y haciendo la maleta para echar á andar). Al que me hiciese homenaje de semejante retroceso, yo, después de ringraciarle (¿no decía yo? aquí de la propina á la criada) con correctas maneras, le diría que tratar de imponerse al siglo es erigirse en juez sin serlo y portarse como inconveniente (él no se erige en juez, es muy conveniente). Pocas contestaciones (habla á la criada, que sin duda no era respondona) tendría yo con el que pretendiese que yo defeccionase de mis ideales literarios (con su pan se los coma). Porque es incontestablemente cierto (¡algo menos, hombre!) que las frases antes sublineadas ya muchos y valiosos sexcentistas las miraban como de insignificancia absoluta y no insumían tiempo en perseguir el placer de usarlas (menos Sancho Panza, que era así... tan dócil). ¿Por qué nos han de estorquear (nadie le aprieta las tuercas, no hay que apurarse) á nosotros el sacrificio de nuestra respetabilidad (aquí sin querer imitó á Teresa Panza, cuando trata á la duquesa de vuestra pomposidad; pero no es hurto mayor; adelante) con tan estudiada manera? Lo que es por nosotros, no caemos en su sentir; queremos independizarnos en absoluto (hágase, pues, de una vez turco). Trabajemos en grande escala (aquí se mete á farolero) por dispensar favoritismo á la propaganda del nuevo estilo, y no choquemos las pretensiones modernas (no hay miedo que tropiece; sube usted por esa escala que es un primor). Como sepamos mantenernos en una conducta perfectamente correcta (aquí ya es moralista de confesonario) respecto de un estilo racional (nada de estilos asnales), no habemos de menester implantar unas leyes absurdas sobre la dicción. Si estas líneas están concebidas en un tono autoritativo y rotundo (en do de pecho muy redondo, quiere decir; nada de becuadros), es debido á las circunstancias que atraviesa la prensa actual. Nuestra misión, que no puede pasar desapercibida, sería improducente atacarla por el lado más sensible, que es el de la libertad moderna. Del resto (de los relieves que caen de esa mesa de la libertad, de la cual no quiere perder migaja; aunque la de disparatar la tiene todo el que quiera parlar por parlar), sería darse los aires (con abanico japonés) de redentor (¡recóncholis!) y hablar en el aire (como un acróbata) el querer con tan pretencioso designio avanzar un sistema preconcebido, que se haría responsable á los resultados de hacer atmósfera (aquí nos mete en una fábrica de gas) que de ahí se inseguirían bajo estas bases (bajo bases y losas nada se insigue, no puede uno menear un dedo, está uno aconchado como una tortuga). Breve: la síntesis del lenguaje está reasumida en el uso. Bajo este punto de vista, el adoptamiento de los clásicos faltará siempre de idiosincrasia (idiota sin grasa, que diría Sancho). No nos ocupemos de ellos, toda vez que su caracterización no se compagina con nuestros sentimientos y lesiona (esto es ya grave) los más sagrados (¡tate!) intereses (¡ah! vamos, era cosa de cuartos!) de la actual sociedad; por esto no puede tener suceso todo autorizado que se le suponga.

Nuestra actitud reluctante no sabría ser bastante enérgica para hacer aparecer más profunda la solución de continuidad entre ellos y nosotros. El que se coaliga con otros para implantar reformas literarias, se inmiscuye donde no le piden, y como á tal se expone á que le mixtifiquen (hacerle mixtos ó fósforos) si no va á retiro buscándose otra misión (entre infieles como misionero, ó al retiro como paseante en corte). Sólo resta de practicar lo corriente en el estilo, y en lo respectante á la locución picar á la puerta del uso (bien se conoce que no se la abren, pues ni una de sus locuciones las entienden allá adentro los americanos que hablan puro español, y aun yo le entiendo á medias con saber francés) en demanda de proteccionalidad (que bien la ha de menester), pues las ilustraciones (no ibero-americanas) de la prensa y las notabilidades de la ciencia se enrolaron hace tiempo (usted sí que está hecho un buen rollo de mantequilla de Soria) al sistema de hablar que personalizamos (y tan personalizado, que es exclusivísimo de su fábrica de usted). Después de todo, jugar el papel de reformista (que lo juega usted á las mil maravillas) es no prevenirse contra el peligro de perder todo el prestigio (porque ya lo tiene perdido). Estar á la altura del presente (haciendo pinitos sobre la veleta de la pedantería) y lanzar en olvido el pasado, es el espíritu de conducta (de vino será mejor para acabar de disparatar) que se debe perseguir (como al ratón el gato), si debemos resumir en síntesis concreta lo exposicionado (buena medalla le habrán dado en tal exposición). Inspirémonos en el uso (de fulano, que se llama yo); fijarse bien en ello (no equivocar la persona, aunque no es fácil), bajo el respecto del lenguaje español (¡eso no! español, ni por asomo), que hoy debe de ser el portabandera de nuestra cultura contra los faramalleros de fantasía (como un servidor de ustedes).

«En idioma genízaro y mestizo,
Diciendo á cada voz: yo te bautizo
Con el agua del Tajo,
Por más que hayas nacido junto al Sena,
Y rabie Garcilaso, en hora buena.
Que si él hablaba lengua castellana,
Yo hablo la lengua que me da la gana».

¡Ay, Iriarte de mis pecados, que no sabías de la misa la media cuando esto escribiste! Ahora, ahora es cuando hay que rechupetearse los dedos, que los dan con azúcar y canela. El nuevo espíritu de conducta no cabe en odres viejos, es demasiado volátil. La agudeza de un Quevedo es chata junto á los conceptos de las grandes conquistas modernas, que hay que expresionar é imprentar en condiciones más valiosas y fundamentalizadas, para que no pudibundicen al hombre menos dotado de combatividad.

Esta jerga literaria, en vez de arrancar de la tradición, de la literatura clásica castellana, es un mal injerto de castellano en francés; es querer pensar y hablar á la francesa con palabras castellanas, de origen castellano por lo menos. Y esta hibridez, vive Dios que nada tiene de loable. Esa es la gangrena del lenguaje empleado por los autores americanos. Por ella no gustan en España sus escritos, ni pueden gustar á nadie. En vano la quieren colorear con el pomposo calificativo de progreso, de evolución del lenguaje, y riñen á brazo partido descomunales batallas contra la literatura clásica, contra la literatura española que en la clásica arraiga, y contra los centros conservadores, como la Academia Española. Pero eso ni es progreso, ni verdadera evolución del habla. La avenida del culteranismo, que inundó el castellano literario de palabras latinas, era de ese jaez, no hizo más que emporcar las claras aguas del castellano, que se deslizaban por su curso natural. El aguaducho galiparlista desde el siglo XVIII no lo ha llenado de menores inmundicias. Nada de evolución natural ni de progresivo desarrollo del lenguaje hay en todo eso, y menos le hay en el afrancesamiento del modo de pensar y de escribir de los americanos. ¿Por qué extrañan que el Diccionario no dé pasaporte á tan sucia mercancía? Vengan con vocablos del habla vulgar de las diversas regiones americanas, con términos de plantas y animales que la necesidad hizo tomar de las lenguas indígenas. Todo eso es castellano de América, y deberá aceptarlo el Diccionario, como los vocablos exclusivos de Castilla, Aragón y Andalucía. Pero no se confundan las cosas. Esa habla reciente de los escritores americanos no es castellana; acudan con ella á su Academia correspondiente. Ni es del habla genuina del pueblo americano; son, repito, dos lenguajes tan distintos como antagónicos en sus tendencias.

Estas tendencias no pueden ser más claras. Copio á Palma: «Jóvenes muy inteligentes é ilustrados de la nueva generación me han revelado su poco ó ningún apego por la lengua castellana, con estas palabras no escasas de fundamento: la pobreza del anémico vocabulario español, en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel del pensamiento. El cartabón académico es exageradamente estrecho, y para acatarlo habría que pasar la existencia hojeando el Diccionario para convencerse de qué vocablos de uso frecuente están excluídos del léxico. Hoy, en la mayoría de las Repúblicas, no son muy leídos los libros españoles, y la juventud universitaria devora los textos en francés, inglés ó alemán. No es entusiasta, como la de la anterior generación, por la lectura de los clásicos españoles. El purismo pasó de moda. El siglo XX impone un vocabulario más rico que el tan admirado del siglo de oro ó de esplendor para las letras castellanas. Hoy tiene caracteres de aforismo esta espiritual frase de Unamuno: «no caben, en punto á lenguaje, vinos nuevos en viejos odres».

Aquí está bien puntualizada con todos sus pelos y señales esa jerga literaria, que han barrido sobre todo del francés «jóvenes muy inteligentes é ilustrados de la nueva generación», pero que tienen «poco ó ningún apego por la lengua castellana». Á la verdad, no quieren castellano; quieren otra lengua distinta, híbrida de castellano y francés. ¿Y los nuevos términos extranjerizos de esa jerigonza, son los que tienen empeño en que los acepte la Academia Española? Á nueva lengua, nueva Academia. Ténganse ellos, pues, su Academia de esa nueva lengua. Si tienen poco ó ningún apego á la lengua castellana, ¿qué les importa de nuestra Academia ni de nuestra lengua?

Esotra cantilena de que «la pobreza del anémico vocabulario español, en la marcha progresiva del siglo, es una rémora para la expresión fiel del pensamiento», no faltan jóvenes que la solfeen también por acá en España. El vocabulario español lo dejaron precisamente anémico, en camisa y casi en cueros los galiparlistas, que redujeron el sobreabundantísimo léxico del siglo XVI al pobrísimo del siglo XVIII por ceñirse en castellano á solos los términos que tienen su equivalente en francés. Y á pesar de eso, ese «anémico vocabulario español» es el doble en grueso del vocabulario francés; y no tiene el lector, para convencerse, más que tomar en su mano cualquier Diccionario español-francés y francés-español, y comparar el grueso del lomo de los volúmenes. Si con la mitad tienen los franceses que les sobra para «la expresión fiel del pensamiento», ¿por qué con el doble de palabras y con el triple de metáforas y frases que empleaban nuestros clásicos, y en parte no queremos nosotros emplear, sólo porque no las tienen los franceses, no podremos expresar ese pensamiento? ¿Tan sutil es y alambicado, tan hondo, tan cerrado, ese pensamiento moderno, que no cabe en el castellano, que abarcó, cual ninguna lengua, desde la mística hasta la picaresca, desde el Renacimiento, donde se hallaba todo lo moderno, hasta la antigüedad greco-latina, que distaba bastante más del siglo XVI que no dista del mismo siglo el siglo XX? Por lo menos esos jóvenes «muy inteligentes é ilustrados» en su nueva jerga, ¿habrán expresado esas sutilezas, alambicamientos y honduras, que pasan del alcance del castellano? En la literatura americana yo no hallo nada de eso, sino más bien mucha ligereza y superficialidad, y conceptos más romos que agudos, sentimientos más secos que jugosos, filosofías que nada tienen de germánicas, de hondas, de trascendentales. El Sr. Palma escribe lindísimamente: no por esa nueva jerga, que él no emplea, sino por lo picaresco de su habla, adaptada á la bohemia, á la picaresca, que remedó allá en Lima el modo de ser y de hablar de la vieja España.

Claro está que si esos jóvenes no leen nuestra literatura, sino la francesa, tropezarán á cada paso al querer expresar tan bien en castellano como los hallan escritos en francés los sentimientos y pensamientos franceses. Es que cada pueblo tiene su matiz propio y exclusivo en el sentir y pensar, que sólo puede expresarse en el propio idioma, que con ese sentir y pensar nació. Ahora, que el sentir y pensar francés y su idioma sean más ricos, originales, hondos, pintorescos, vivos, que los del pueblo que creó el castellano, esa es una cuestión que puede resolver la literatura comparada y la comparación de los idiomas de entrambas naciones, y el fallo está dado tiempo ha por nacionales y extranjeros.

El sol de Andalucía no cabe parearlo con las nieblas de París, ni la sangre hirviente, negra y tenaz española con la belicosa y rubia, pero ligera como el agua, de nuestros vecinos. La picaresca, la mística, el teatro á lo Calderón y Lope, la novela cervantista, los manolos y chulas, son cosas que les dan á ellos en rostro y que los críticos alemanes é ingleses califican, por el contrario, de lo más original, naturalista, profundo y característico en punto á costumbres y literatura.

Ejemplo al canto: esta espiritual frase dice Palma del dicho del Evangelio y de Horacio. ¿Qué significa aquí espiritual? Mucho en francés, porque tiene un matiz intraducible. Pero en castellano es simplemente una gansada. Toda frase que exprese un pensamiento, ó dígase cosa del espíritu, es espiritual. Ese matiz francés del vocablo es, pues, tan bonito como ligero, pero tan poco profundo como lo son ellos mismos: bueno para hacer efecto al primer golpe, y por lo mismo para que lo lleven y sepan venderlo en todos los escaparates del globo terráqueo los modistos parisinos y esté de moda unos días; pero como le falta profundidad filosófica y colorido de fantasía, su moda pasa y se desvanece como todas las modas parisinas.

Pero, en fin, es inútil que á esos «jóvenes muy inteligentes é ilustrados» les queramos persuadir de que el léxico castellano nada tiene de anémico, sino de sobrado, que es por lo que siempre pecó, como por lo sobrado y exuberante pecaron nuestros ingenios, desde Séneca y Lucano hasta Lope y Calderón, desde Castelar hasta el anémico Tostado. Porque bastaría preguntarles que ¿por dónde saben ellos que nuestra lengua padece de anemia, si, como dice Palma, no han leído á nuestros clásicos? Tiene gracia que, movidos de aversión por todo lo que sepa algo al nombre español, devoren textos no castellanos, piensen extranjerizamente, no hayan abierto un libro clásico castellano, ¡y nos vengan después con lo de la anemia de nuestro caudal léxico! Pero aún tiene más gracia el que, después de haberse hecho para su uso particular un vocabulario de palabras barridas con ignorante é inexperta mano de otras lenguas, nos vengan con la ingenua pretensión de que las incluya la Academia en el Diccionario castellano. Pónganlas, noraental, en el Diccionario de esa riquísima, progresiva y espiritual lengua, que ellos se van apañando con tanta inteligencia como ilustración, y dejen estar al Diccionario castellano con lo que es suyo y á la Academia con lo único que le incumbe, que es registrar los vocablos que emplea todo aquel que pretende hablar castellano, no los que empleen «jóvenes inteligentes é ilustrados que tienen poco ó ningún apego por la lengua castellana».

Para no condenar en globo á todos los escritores americanos, conviene aclarar las cosas y hacer una distinción importante, que hace el mismo Palma, escritor tan castizo y á la antigua española, que más bien tiende á lo viejo que á lo moderno en su vocabulario y estilo, aunque ciertos desabrimientos, en parte justificados, le hayan hecho últimamente portaestandarte del neologismo y párroco de esa nueva feligresía, muy inteligente é ilustrada.

Los americanos ya entrados en años, los hijos de los que se hicieron independientes, á vueltas de cierta aprensión de tiranía, que acerca de los españoles les llevó á las narices el humo de la pólvora que cuando niños les rodeaba, conservaron un grato recuerdo de la madre patria, que, si no todas veces oyeron de labios de sus padres, leyeron por lo menos en sus más hondos y arraigados sentimientos.

Los que de entre ellos se han dedicado á las letras se han mostrado hasta extremosos en acatar la autoridad de nuestros clásicos y de la Academia Española. No conozco obra lingüística escrita en España donde tantos miramientos se guarden con la Academia, como se echan luego de ver en las mejores compuestas en América. Bello, Cuervo, Peña, Isaza, Baralt, Calcaño, Membreño, Batres Jáuregui, el mismo Palma, son académicos hasta exagerados. No lo soy yo tanto, ni muchos de los mismos miembros de la Academia, y en este punto había de llevarles la contra. Quéjanse, es cierto, y repiten en todos los tonos de la gama, de que son una mayoría, cuyos modismos debiera tener en cuenta el Diccionario académico, que algo pesa el voto de cincuenta millones junto al de diez y seis, que el castellano es tan suyo como nuestro; pero estas mismas quejas y la escrupulosidad con que hojean el Diccionario y Gramática de la Academia compulsando con las de ella sus propias doctrinas, y el afán de que se les atienda y el proclamarla como centro de autoridad, ¿no prueban más que manifiestamente que son quejas de hijo desatendido, pero en ninguna manera desamorado y rebelde?

¡Cuán otros se nos presentan los jóvenes de la nueva generación! Sin el menor apego á la España, que sus padres, al cabo como españoles, respetaban; antes, con la prevención y aun inquina no disimulada, cautelosos y escamados, han vuelto la espalda y alejádose lo más que han podido de cuanto huela á español. Cual perro recién desatado de la cadena, se lanzaron tras el resplandor que admiraron en países de otra raza, y allí, encandilados, embaucados, emborrachados como niños inexpertos, que niñas son las nuevas nacionalidades, con los vicios y virtudes de los hombres niños, dieron rienda suelta á su hambre por los apetitosos pastos de la novedad, y se hicieron franceses y hasta ingleses ó canchadales, con tal de dejar el habla castellana, último resto que les quedaba de españoles.

Alimentos extraños, mal digeridos y asimilados, no podían producir más que ese hartazgo y esa jerigonza de lenguaje que afea las obras de los mejores ingenios sudamericanos. Los españoles no nos hemos cuidado para nada de esos pródigos del habla castellana. No asomó á nuestros labios la menor mueca de desdén ó de resentimiento. Creer que en España se odia ó se mira, aunque no sea nada más que con cierta prevención, á los americanos, es otra niñería por parte de los que por allá crean semejante paparrucha. Lo único que aquí ha caído mal entre los literatos que conocen sus escritos es esa monserga empleada por escritores que, gloriándose de hablar castellano, lo han ido á aprender á París. No hay punta de malquerencia en ello: es el desagrado natural que causa lo deforme, y el sentimiento de que de lo deforme se alardee.

Y el hecho es á todas luces clarísimo, mal que les siente á nuestros hermanos de allende los mares. Hay que decirlo francamente. Salvo las raras excepciones de aquellos varones eminentes, que en punto á literatura estudian nuestro pasado, los americanos escriben mal, la mayor parte horriblemente mal, y, á vueltas de delicadísimos chispazos de poesía, los mejores poetas dan de bruces y sueltan necedades de á tomo. No es el habla del pueblo americano, ni el ingenio de los escritores: es esa novelería extranjeriza, la que los malea. El galicismo es un cáncer que hay que sajar hasta en sus últimas fibras. Los que lo defienden, sea como fuere, favorecen esa peste del lenguaje literario de América. Ni admite defensa alguna razonable, porque el galicismo es cosa distinta del neologismo necesario.

Hablando de galicismos y anglicismos, dice seriamente el inteligentísimo y muy querido amigo mío Sr. Palma «que algunos de ellos son precisos por no existir en castellano voz equivalente, como sucede con las palabras revancha, sport y otras pocas». Adán, cuando llegó á ser abuelo, no sé yo si mandaría traer de París los juguetes que el día de Reyes regalaba, sin duda alguna, á sus rubios netezuelos; lo que sí tengo muy averiguado es que aquellos rapazuelos jugaban y se daban al deporte con más gusto que el más estirado de los ingleses. También sé de buena tinta que cuando Caín jugó aquella mala partida á su hermano, de dejarle en el sitio de un guijarrazo, no faltó quien desease tomar el desquite, y, para que no se desquitasen sin cuenta y razón, tomó Dios por suya la causa del fratricida, señalándole en la frente, y él por su parte se tuvo el cuidado de guardar la pelleja, emboscándose lejos de la gente. ¿Cree el señor Palma que nuestros abuelos tenían sangre de chufas, para no sentirse picados y procurarse el despique, y que los nietos del rey que rabió fueron tan severos que en su niñez, ni en su mocedad, ni en su edad madura, ni en su misma chochez, no les gustaba entretenerse, divertirse, jugar, espaciarse, holgarse y echar una cana al aire cuando llegaron á tenerlas? Pues créame que todos hemos sido hijos de Adán y nietos del rey que rabió. Y á eso se reduce todo el alegato en favor del galicismo, y esa es la sencilla contestación que se le debe dar.

II

Ya yo me lo había calado, que por algo me quise curar en salud. Parece que al leer mi último artículo en La España Moderna no ha faltado quien sintiese cierto cosquilleo y una no del todo agradable comezoncilla, hasta el punto de hacerle soltar la maldita contra el arrojado é insolente español que tan malparados dejó á los americanos. Doleríame que el que así se picó fuera de los que les coge de lleno mi caritativa crítica. Que caritativa fué en el fondo, aunque confieso llanamente que en el modo anduve un si es no es de indiscreto. Tal les ha parecido también á mis amigos de por acá, y yo, reconociendo la culpa, pido de ella perdón. Lejos de mí el haber intentado envolver en la condena á todos los que por América se dan á escribir. Por ejemplo, al autor de un libro impreso el año 1904 y que hará unos meses llegó á mis manos. Su encabezamiento es precisamente este mismo de El castellano en América. No es él un fulano de por ahí; es «individuo de la Facultad de Derecho, abogado honorario del Brasil, correspondiente de la Real Academia de la Lengua, de la Matritense de Jurisprudencia y Legislación, de la Sociedad de Historia Diplomática de París», y hasta catorce líneas de títulos, según reza la portada. No nos las habemos ya aquí con cualquier mequetrefe, que se deja embair por ñoñerías insustanciales; sus años bien cumplidos lleva á cuestas á par de sus títulos y fama. Creo que para conocer la cultura americana, hará al caso ver qué piensa de estas quisquillas lingüísticas y cómo maneja la pluma escritor tan calificado.

En el primer capítulo, donde hace una sucinta reseña de la historia del castellano, deja ya entrever lo al tanto que está de las últimas conclusiones de la ciencia. Allí vemos que «los egipcios fueron dejando rastros de su cultura y lengua en el castellano». Efectivamente, los antiguos nos hablan del egipcio Osiris, que muchos piensan no distinguirse de Baco, y de sus celebérrimas excursiones y andanzas por todo el universo mundo; y aunque no conozcamos con certeza el itinerario que siguió al frente de sus huestes, ¿quién será tan osado que niegue la posibilidad de haber venido á España, donde sin duda dejaría rastros de su cultura y lengua? ¡Cuántas etimologías castellanas están por averiguar, entre las cuales una buena porción bien pudiera aclararse por el egipcio, lengua antiquísima, merecedora de esto y de mucho más!

Añade que el castellano «tuvo origen y extendióse en las montañas de Castilla la Vieja». Los mozárabes, los castellanos nuevos, los aragoneses, hablaron siempre castellano, sin haber bajado de esas montañas; pero ¿quién duda de que el castellano nació en Castilla, pues ahí está su mismo nombre que lo está diciendo?

Dice que «el germano concluyó con el latín literario». Bien es verdad que literatura latina hubo y sigue habiéndola todavía; pero realmente de entonces acá el latín que se ha escrito dista tanto del de Cicerón, que muy bien puede afirmar el autor haber desaparecido el latín literario para el tiempo de las invasiones germánicas, tanto más que el germano nunca supo escribir en buen latín; de modo que podemos decir que el germano de una ú otra época concluyó con él.

De los que han trabajado acerca de la gesta del Cid conoce el autor á Bello. Aquí vemos confirmado lo que en el artículo anterior insinué: son tantas las dificultades que se ofrecen para la comunicación con algunas Repúblicas americanas, que no sólo de Europa, pero ni aun de los Estados Unidos han podido llegar noticias de los muchos trabajos que después de Bello se han hecho sobre tan interesante poema, y eso á un autor, como el nuestro, que sigue tan de cerca la pista de los últimos descubrimientos científicos.

Yo tenía creído que por América no se estudiaban las lenguas orientales; pero me ha sacado, y con gran gusto mío, de esta ignorancia nuestro eruditísimo autor, el cual no sólo parece ser aficionado, sino que ha debido de hacer de ellas estudios muy profundos, según se ve claramente por estas palabras: «Oriental la sintaxis española durante los siglos XIII y XIV, llega después á ser clásica, con ricas galas y hermosas preseas». Algo de esto había apuntado cierto académico de la Española en su discurso de recepción; pero eso no quita el mérito al escritor americano, cuyo descubrimiento no puede negarse que es sobre todo encarecimiento importantísimo, y el día que lo exponga detenidamente en libro particular, que sí lo hará, como lo requiere el asunto, la gramática histórica del castellano se volverá de arriba abajo, y la lingüística general podrá asentar como una de las partidas más raras y asombrosas este fenómeno, desconocido hasta hoy, del paso de una sintaxis á otra muy desemejante en una misma lengua.

No menos enterado en los estudios románicos se nos presenta el autor en esta gravísima afirmación: «Los germanos, destruyendo el patriciado romano, propagaron el latín popular, el romance paladino». Es una nueva y originalísima solución del intrincado problema del latín vulgar y del nacimiento de los idiomas neolatinos, que asimismo toca á otra cuestión histórica, á la del fenecimiento del patriciado. Y era lógico y natural que, desaparecidos los patricios, sólo quedase pueblo, cuyo lenguaje bien pudieron propagar los germanos, aunque ellos mismos no lo hablasen, y ese es el «romance paladino».

Aunque en los siglos XIII y XIV la construcción sintáctica del castellano fué oriental según la teoría del autor, hasta las Partidas no fué menos extraña, pues éstas son «la obra portentosa en que el castellano se exhibe ya con propias construcciones». Tenemos, pues, una sintaxis extraña hasta las Partidas, otra propia hasta el siglo XIII, otra oriental durante los siglos XIII y XIV, finalmente, otra clásica de entonces acá. Todo ello quiso tal vez condensarlo el autor en el siguiente párrafo, cuya oscuridad se debe á la preñez de tantas y tan exquisitas ideas: bien merece que el lector lo lea y torne á leer, y lo estudie con toda calma y sosiego, para desentrañar toda la doctrina que encierra. Dice así: «El Poema del Cid colmó de orgullo á la musa castellana, que, restaurado en 1215 el puro latín de Cicerón, se entra prepotente por catedrales y monasterios, suntuosísimos alcázeres (sic) de todo saber; y allí, en las sagradas inspiraciones del monge de Berceo, nos da ya transformado en hermosa leyenda literaria y artística el román paladino, en qual suele el pueblo fablar á su vecino».

Finalmente: «Desde que los reyes Católicos, Don Fernando y Doña Isabel, proclamaron la lengua de Castilla como idioma oficial, cobró inmenso lustre y donosura»; acto que debió de ser de ruido y estruendo, aunque la incuria de los tiempos y la poca curiosidad de los historiadores lo hayan dejado (¡mal pecado!) en las tinieblas del olvido.

Con tan concisas y luminosas frases nos pone al tanto de los últimos descubrimientos acerca de la filología castellana. Los demás libros de esta clase publicados en América suelen llevar una introducción parecida; aunque hay que confesar que, por lo general, con menor brillantez y con datos menos apurados por la crítica moderna. Ponderadas después las grandes ventajas que aportó á nuestra lengua el descubrimiento del Nuevo Mundo, saca el autor las conclusiones, que, por leerse casi por las mismas palabras en los demás libros sus congéneres, pasaré por alto. ¿Á qué repetir el conocido cascabeleo de que «no deben repelerse de los diccionarios aquellos numerosos vocablos que usan millones de gentes», es á saber, los americanos, y la machaqueadora estadística de los «cincuenta millones de hombres», que por allá dicen que hablan nuestra lengua? Bien que estos desahogos, por cargantes que nos parezcan á nosotros con tanto repetirlos, no dejan de tener grave fundamento. ¿Por qué, efectivamente, no han de ser atendidos 50 millones de hombres, tanto por lo menos como los 10 millones á que se reducen los que por acá hablamos castellano, cifra sin duda exacta, pues según cómputo del autor el castellano es hablado «por sesenta millones?»

Ya que hasta aquí he alabado y puesto en su punto, como se merece, al autor, no dejaré, para que no se me tenga por demasiado parcial, de advertir algunas faltas, que se le han escapado, de menor cuantía.

Como lo de decir que «difiere el latín del español en la falta de conjugación por terminaciones diversas que tiene el primero, y de la (¿falta?) que carece nuestra lengua». «La palabra que en dilatadas regiones acostumbra la gente culta»: debió dejarse el cajista algún verbo. «Pues bien, ese poeta, que si hubiera escrito en español, supera á Bello»: hubiera superado piden los rudimentos de la sintaxis. «El árbol de ancha copa y rico follaje riega al viento su semilla para que nunca se extinga». Pero estos deslices han de atribuirse á la pujanza de aquellas tierras vírgenes, pues el lenguaje del autor, sin ser ampuloso ni retumbante, lleva ecos andinos; y, sin recargo de perfumes picantes, huele al suave aroma de las sabanas. Verdad es que hay entre esos ecos andinos algunos que hieren algo ásperamente el tímpano. Pongo por caso, cuando el pronombre viene tras el nombre suelen sufijarlo malamente los escritores americanos. «Y ya que mencionamos al insigne don Andrés Bello, es el caso de apuntar que cábele la gloria de». Semejantes pujos de cursilería fuera de tono, de la cual disculpo como es debido, al autor, van cundiendo también entre los periodistas españoles, y me sospecho que lo que les ha embotado los oídos para no percibir lo poco rítmico de tal sufijación, hasta poco ha desconocida, ha podido ser el estilo telegramático, añadiéndosele un cierto pisto de gusto estrafalario, afectado por los que andan á caza de originalidad. «El elemento popular americano debe ser materia prima en el diccionario de nuestra lengua». Por haber olvidado que hubo, allá en tiempo del rey que rabió por gachas, una cierta filosofía que llamaron escolástica, puso aquí el autor esa materia prima que ofrece alguna ambigüedad «Los hombres no se clasifican sociológicamente..., sino á mérito de la educación, de la cultura».

Á mérito de su origen americano habrá que conceder al autor el que exagere tal vez más de lo que pidiera un razonable andalucismo el valer de los que por allá escriben levantándolos por cima de los demás, como sobre una basa que sustente la memoria de tan peregrinos ingenios. «Pero quien ha manejado con más abundancia de vocablos la rica lengua de Castilla, quien más de cerca ha seguido al autor del Quijote, quien con más limpieza emplea múltiples y variados giros, quien derrocha primores y elegancias de dicción, quien arcaico, si se quiere, es el más clásico de cuantos últimamente han escrito en castellano, es el atildado estilista D. Juan Montalvo, de quien pudo decirse, en verdad, que al dejar su espíritu la tierra, recibióle en el empíreo Garcilaso y fué á confundirse con Cervantes». ¡Cáspita con el encarecimiento! ¡Confundirse con Cervantes! Contento se vería sirviendo de caudatario al americano Palma, por no citar á otros americanos y españoles. Montalvo enjaretó en su libro no pocos galicismos y extravagancias cultas y modernas, pensando buenamente que remedaba á Cervantes, y creyó darle cierta tonalidad arcaica con añadirle cuatro antiguallas que le llenaron el ojo. Recrecióseles á los lectores americanos, digo á los que estaban ayunos de clasicismo, y lo han levantado sobre los cuernos de la luna. Aquí sí que debieran leer á Valera y atender á lo que de Montalvo escribió, en vez de agarrarse á él, como á lapas, cuando abogan por la introducción de americanismos.

Ahí está publicado el Diccionario del Quijote: el que guste, puede buscar en él todo ese derroche de primores y elegancias de Montalvo. Seamos más mirados y modestos, dejando á Montalvo á la cabeza de los que en la imitación del asendereado manco gloriosamente fracasaron, y no será pequeño lustre el permitirle capitanear esas huestes.

Que «Don Antonio José de Irisarri desentrañó, en sus Cuestiones Filológicas, los organismos del castellano», sí será verdad, pero con eso y con todo lo de más allá, á pesar de nuestras ganas y de leer libros de Irisarri y de los no Irisarri, no ya las entrañas y redaños, pero ni dos dedos de la piel adentro hemos logrado, los demás y yo, calar y ver de esos organismos. Lo cual no se entienda contra el saber de Irisarri, que sabía tan bien como nosotros lo poquísimo que de tales organismos se nos alcanza á los lingüistas de estos tiempos. Otros vendrán, en los cuales se sepa más y haya más «dignos intérpretes de las galas académicas de nuestra abundosa lengua, asaz esmaltada por el ameno estilista de aquella tierra (Venezuela), el popular y talentoso Nicanor Bolet Peraza». Por vía de los talentosos, académicos y asaz esmaltados, y cuan abundantes y por los suelos andan en América, «La obra de Zorobabel Rodríguez, de la Barra y de Reyes son, si vale la frase, una autopsia de la lengua»: y ¡cómo que vale!; que con esas y esotras la van poniendo de talle, que pronto habrá menester la pobre lengua castellana que se la hagan en alguna clínica de París, á pesar de los que, como nuestro autor, se desviven por conservarla lozana y fresca.

«Eduardo de la Barra es un filólogo insigne, que escribió lo mejor que se ha publicado sobre métrica castellana». ¿No sobraría decir que escribió mucho de bueno? Por lo menos los admiradores de Benot, Sicilia y Bello se retorcerán los mostachos al estampido de tan fiero escopetazo. Bello tuvo un oído delicadísimo y apuntó observaciones métricas de gran valer y de mayor alcance de lo que se figuran los que no lo han estudiado; Benot no le va en zaga, añadiendo otras de no menor sagacidad; De la Barra ha sistematizado matemáticamente, como buen ingeniero que es, algunas leyes, que podrán ser de mayor ó menor provecho; pero la Métrica castellana continúa sin hacer, á pesar de estos autores, de Sicilia y de Robles con su Ortología clásica, estrellado pajar donde centellean algunos tenues hilos de luz.

Lo que no se debiera tolerar es que se pregonaran á bombo y platillos libros disparatados hasta dejarlo de sobra: «ha publicado el doctor D. Santiago Ignacio Barberena El curso elemental de Historia de la Lengua Española, que contiene mucho de filología de los idiomas sabios, y no poco respecto del germen, desarrollo y pubescencia del habla castellana. El lujo de doctrina y las citas oportunas avaloran esa obra interesante, en la cual se engolfa D. Santiago Ignacio, buscando el origen del lenguaje como andaba el inglés de marras en pos de la calavera de Adán, para ofrecerla al Museo Británico de Londres... Sea de todo eso lo que fuere, la obra del doctor Barberena es una prueba más de que en la América latina hay hombres de letras merecedores de sincero elogio, que honran la lengua que de sus antepasados heredaron. Los Quicheísmos de tan apreciable filólogo así como varios otros de sus libros, le han recomendado en el mundo científico, en el cual ya gozaba, en concepto de matemático, de una reputación bien adquirida». ¡Válame la burra de Balaam! y ¡qué de sinceros elogios nos vemos precisados á tragar los que escribimos! ¡Con esto, vaya usted á almibararse y ponerse bien hueco, cuando en revistas y periódicos le espeten una andanada de encomios lisonjeros y adormecedores! Es cosa de chuparse los dedos y de confitarse el alma de gusto dando de patas en ellos como mosca golosa. ¿De veras dice el autor todo eso del famosísimo y celebérrimo Barberena, tan recomendado en el mundo científico por lo entretenido y graciosísimo de sus escarceos y payasadas? Mejor le hubiera estado al bueno del Doctor haberse quedado en su retraimiento de cándida doncella, resolviendo inocentes incógnitas matemáticas, sin meterse en caballerías, ni Quicheísmos, ni Historias de lenguas. Todo lo cual, mía fe, que no son inquinas ni exageraciones de crítico malhumorado: nadie mejor que el autor lo sabe, y no había para qué venírsenos á ensalzar tan ladinamente las cosas patrias con libros de esa marca.


En el capítulo segundo, donde el autor descubre los Vicios de locución en la América latina, tenemos una bonita muestra de lo que pasaría en España, si se lograse, como muchos pretenden, desterrar de la enseñanza el estudio greco-latino, madre del cordero, que habiéndolo abandonado por aquellas tierras, no es mucho lo hallemos tan roñoso, trasijado y enclenque. Quezada, quezo, Baltazar, faces, exhuberante, silvido, explendor, expontáneo, hechar, cólega, diábetes, páis, bául, máiz, autopsía, disinteria, ópimo, etc., son lindezas que dice se dicen y escriben por aquellas bienaventuradas regiones. En cambio entre estos barbarismos pone Sardanápalo y cóndor, que él cree deben decirse Sardanapálo y condór, aunque no veo por qué, pues cuanto á cóndor, tal sonaba en la lengua quechua, de donde procede, si hemos de dar crédito á Arona, Lafone, Lenz, Mitre, Bello, y á la misma Academia, que lo aceptó en 1884, y al uso de Chile, y puede decirse que de toda la América. Que por acá digan condór no lo extraña el que sabe que las voces terminadas en consonante suelen ser agudas en castellano; pero en éstas y otras palabras americanas los americanos son los que han de dar la ley. Por las mismas tendencias idiomáticas prefiero yo Sardanápalo, pues en voz tan extraña se nos hace recio el decir cosa que suene á palo tratándose de un tan pomposo emperador. Menos razón asiste al autor cuando reprueba arcaísmos que no lo son en América. Enjaguar es más castizo que enjuagar, que es su metátesis, de ex-aquare; la color no es «remembranza de Berceo y Santillana, que usaron esa palabra como femenina, á la provenzal, que daba tal género á los acabados en or», sino de uso no interrumpido en todos los siglos, en Cervantes y demás clásicos, y hoy día en Castilla; ni es de origen provenzal. Menos se me alcanza por qué hayamos de tener por arcaísmos truje, mesmo, agora, siendo así que viven en todas las regiones de habla castellana y son más conformes á la etimología.

Lo diré francamente: las Academias y autores que no hacen caso de tales formas, prefiriendo traje, mismo, ahora, como únicas voces correctas, juzgan con arbitrariedad injustificada lo que no es suyo, pues de las voces populares, como son éstas, el pueblo es el único juez. Ni me vengan con que el juez son las personas cultas. Tales personas cultas saben más latín que el pueblo, y por eso son suyas infinitas voces traídas á manos limpias del latín, contraviniendo, por supuesto, al fonetismo castellano; pero saben menos del habla popular, que precisamente por eso acuden al latín. El pueblo dice maniego; ignorándolo los cultos, acógense al ambidextro latino, y se quedan tan campantes y satisfechos. Tal es la razón por qué el pueblo pronuncia mal esas voces latinas, diciendo ambidestro, si es que alguno lo dice. Es que no sabe el pueblo más que su lengua; pero esa la sabe á las mil maravillas. ¿Quién, si no, la sabe? Á él toca, pues, juzgar de lo suyo, y á los cultos del lenguaje culto. Así cae por tierra aquel criterio de los gramáticos, de que el juez son las personas cultas y doctas. Error es este que, por asentado que esté en la mollera de todos los gramaticastros á la antigua, la lingüística moderna combate victoriosamente. ¿Queréis verlo? Tomad un fonógrafo y recoged en él toda una conversación entre personas cultas, aunque sea de insignes literatos. Idos después á una aldea y haced otro tanto con los tíos en la taberna ó en el portal de la parroquia. Confrontad, y sacaréis en limpio varias importantísimas conclusiones.

La primera, que los cultos pronuncian muy bien las voces eruditas, y las pronuncian muy mal los tíos; porque no son castellano, sino latín á medio castellanizar. Y de aquí el común decir, de que el pueblo estropea los vocablos. ¡No ha de estropear los que os empeñáis que se los apropie siendo latinos! Precisamente con estropearlos muestran saber mejor el castellano que los doctos, pues los adaptan al fonetismo castellano. No estropearán así las voces realmente castellanas; antes los doctos son los que las echan á perder, diciendo, por ejemplo, ahora en vez de agora, ya que hac hora, conforme á la evolución natural, ha de sonar agora.

Tras esta segunda conclusión viene la tercera, y es que en la conversación de los eruditos hallaréis que más de la mitad de los vocablos son latinos de ese jaez, traídos del Diccionario latino, y pronunciándolos, no como los latinos, sino como jamás se pronunciaron, guiándose tan solamente por las letras escritas y dando á éstas sonidos en gran parte diferentes de los que entre los romanos tuvieron. En vez de castellano hablan, pues, jerigonza, mezcla de una lengua viva, de otra que murió y de otra artificial que se han forjado y que no existió nunca. En cambio, los tíos hablan castellano, y sólo se les han pegado de los eruditos algunos de esos vocablos extraños, y aun esos los adaptan mejor á la pronunciación castellana.

Cuarta consecuencia: lo dicho de los latinismos pasa con los galicismos: el pueblo, alguno que otro, va cogiéndoles á los doctos; pero en la conversación de éstos campean que es una bendición.

Total: la gente culta sabe mejor el latín y el francés que la gente indocta; pero en vez de castellano usa una jerga de castellano, mal latín y mal francés. Y luego, como parte interesada, se nos descuelgan los mismos doctísimos varones con que el pueblo habla mal, y que ellos son los jueces del lenguaje. Los lingüistas modernos juzgan de muy diversa manera. Ningún botánico que quiera enseñar á sus discípulos la taxonomía ó la naturaleza de las plantas, de la rosa y el clavel, pongo por caso, los llevará á un jardín, y mucho menos á una tienda de flores de tela ó celuloide, sino al campo. Tratándose de lenguaje, el campo son los tíos, y los doctos son fabricadores de flores de trapo.

Estoy oyendo ya decir entre dientes á más de cuatro: «Pero la rosa de cien hojas del jardín es más vistosa que la natural de cinco, que brota por los campos, y el lenguaje literario es el lenguaje vulgar perfeccionado por los buenos ingenios». Muchos distingos y salvedades había que hacer para desenmarañar esta vieja opinión. También es más hermosa la Venus de Milo que todas las mujeres del mundo; y con todo, si en el arte la rosa de cien hojas y la Venus de Milo son hermosas, en la Naturaleza lo son más la rosa de los prados y las mujeres de carne y hueso, cuanto va de lo natural á lo artificial y de lo vivo á lo pintado. Hasta hace muy poco no se ha tenido verdadera noción de lo que es el habla; creíase un artificio como el de la escritura. Un abismo los separa. El habla es tan natural y efecto de todo el genio de una raza, como lo es el gesto y el carácter de la misma raza. Un lenguaje artificial, como el que los literatos han formado tomando vocablos del Diccionario latino, cual viejas osamentas desenterradas de un cementerio, se parece al artificio con que el cómico remeda en las tablas el hablar, el gesticular, el pensar y querer, el carácter, en suma, de un personaje histórico. Cuanto difiere esa farsa que remeda á Alejandro del mismo Alejandro, tanto difiere un lenguaje artificial del lenguaje natural, producto espontáneo y secular de un pueblo, que lleva el sello de su pensar, querer y fantasear, que vive en la cabeza y en la fantasía y en el corazón de los hombres, y sale afuera formando un todo con su pensamiento y sus afectos. Todos los eruditos y gramáticos del mundo son incapaces de crear un solo vocablo metiendo en él el alma de una raza, como la lleva cada uno de los vocablos del habla natural.

Pero dejando este terreno, que no hago más que señalar desde lejos, en el mismo lenguaje literario lo sano es cuanto encierra del habla vulgar; lo que se le añada de otras lenguas sin asimilación lenta, y como apegándose superficialmente, repugna en el fonetismo y en la semántica al genio del propio idioma. El arte literario no debe amalgamar elementos léxicos ni gramaticales que sean ajenos al idioma, so pena de formar un lenguaje híbrido, y por lo mismo repugnante é infecundo. Por eso tales elementos flotan, cambian á cada época, van y vienen, y si de ellos solamente constara el lenguaje literario, éste perecería, como pereció el latín clásico, mientras el vulgar siguió viviendo. Cuanto á la estética de los vocablos, los que vienen de fuera nada dicen á los españoles, fuera del significado convencional en el que se les emplea, mientras que los castizos llevan consigo larga historia, presentan en su leyenda el color de la época en que fueron acuñados y el carácter del ingenio patrio. La estética en el lenguaje literario no está en barajar el castellano con toda suerte de extranjerismos léxicos ó sintácticos, sino en saber sacar al alma del idioma sus propios aceros.

Y dejando ya este episodio, dice el autor que no se usan del todo zahareño, añasca, azacán. No es de maravillar que un americano haga tales afirmaciones, cuando los mismos españoles ignoramos multitud de voces corrientes entre la gente vulgar. Tampoco debe admirarnos de que tenga por castizas otras que no lo son, porque otro tanto sucede á muchos de por acá, que no gustan de leer libros viejos. «Así y todo, dice, creo yo que es muy castizo ese verbo batirse». Dijera que le entraba por el ojo derecho, ó que á pesar de haber venido de Francia parece que se ha connaturalizado en España y América, y estuviera en lo cierto; pero ni castizo, ni menos muy castizo, es un verbo que ningún americano ni español empleó antes del siglo XVIII, es decir, antes de la invasión galiparlera. Combatirse de combate, es como se dijo siempre; eso de batirse se deja para los huevos en tortilla. Sólo que batir dicen los franceses, y batir hemos de decir sus acólitos; y para colmo de servilismo é ignorancia, hemos de afirmar que es castizo y muy castizo. Al revés, tacha de galicismo demasiada amistad, demasiada confianza, y aun aprovechándose de sus vastos conocimientos éticos, añade que demasiada virtud y demasiado bueno «son frases disparatadas, toda vez que en la virtud y en la bondad no cabe exceso». Si con criterio tan cerrado hubiésemos de apurar las frases castellanas, quedarían calificadas sus dos terceras partes como solemnísimos disparates. El castellano es exagerador y andaluz hasta por los pelos de la cabeza, complácese en las metáforas más estupendas, en las elipsis más descomunales. No hay frases elípticas más castizas y comunes que éstas, reprobadas por el autor: otro que tú lo habría hecho, que dice debe ser: cualquiera otro, menos tú, lo habría hecho; y si cede, no es que tema sus iras, que asegura ha de dejarse por esta otra: si cede, no es porque tema sus iras. Mucha flema ha de gastar y mucha saliva el que así quiera hablar en castellano. ¿Á qué detenernos en pelillos, como en las dos aes que se deja el autor al decir «Provoca risa el oir ciertas gentes», en vez de: Provoca á risa el oir á ciertas gentes; en la «melomanía en la dicción», por melodía ó euritmia, ó como se quiera decir, pues la manía la dejamos para indicar el prurito vicioso y de loco, la cual no tiene lugar en el buscar el melos ó sonoridad, dote muy envidiable en el escritor. Tampoco suena bien: «Con vista de todo eso, creo que en mérito de la sonoridad».

Tiene el autor por impropia la frase asestar un palo, una bofetada, una puñada, porque dice que «asestar es apuntar ó dirigir el tiro de cañón, de flecha, de pistola ó de otra arma que necesite puntería»; pero además de que el uso corriente antiguo y moderno le llevan la contra, la misma etimología de asestar dice que equivale á asentar, y sólo por metáfora se dijo por apuntar; y si no, échese á discurrir sobre la puntería que hay en el echar uno la siesta y en el sessitare ó sedere. «Atravesar un puente no es propio, dado que lo que se atraviesa es el río»: el puente es lo que propiamente atraviesa el río, y sólo atravesando ó pasando el primero atravesamos el segundo sin mojarnos. «El análisis filosófico es en castellano la análisis filosófica»; ó el análisis, con perdón, pues de entrambas maneras se dice, y más todavía como masculino.

No conviene ser tan apretados y cortos de manga en ciertas quisquillas, cuando se ensancha más de lo justo tratándose de galicismos y otras aves de mal agüero. La exquisitez, que en Valera criticó Fabié, que el mismo Valera puso entre los pecados cometidos en su larga vida, que el conde de Cheste creyó mejor arrojar al limbo, de donde había nacido, según nos dice el autor, es un vocablo muy bien formado, como los formaban á porrillo Cervantes y los demás clásicos; y si la Academia no lo aceptó, allá ella. Si ni para eso tenemos autoridad los que tenemos por hacienda nuestra nuestro idioma, quiero decir para valernos de él, con tal que no vayamos contra su manera de ser, ¿qué decir de los que le hacen hablar á la francesa? De esos vocablos de común derivación tiene derecho á inventarlos todo español, cuanto más un tan discretísimo literato como D. Juan Valera. El Diccionario de la Academia no es un código cerrado de leyes, ni los señores académicos sueñan en que lo sea, que fuera un desvariado soñar. Ninguno mejor que ellos sabe que es faltosísimo en palabras y frases, y asaz rico en gazapos, que se han trasconejado, como por fuerza ha de suceder en obra de tal índole, tan vasta y nunca acabable, en la que tantas manos han andado y personas de tan diversos criterios y pareceres. El discreto ha de saber escoger y enmendar en todas partes, sin exceptuar el Diccionario de la Academia y los escritos de los académicos, que al entrar allá no se desnudan de los galicismos y de las extravagancias que antes pudieron tener.

Hablando de la y griega nos dice el autor cosas que, á oirlas de labios de otro, las rebatiera sin más; pero que en latinista tan consumado no puedo menos de acatarlas y oirlas con pasmo y admiración: «Pero el hecho es que esa letra mal llamada y griega no es griega, sino la forma que prevaleció para representar la i doble de genitivos latinos, como ingeii, que se escribía ingeny». Confieso mi supina ignorancia: no he visto jamás tal ingeny entre los romanos, y aunque ingenij es cosa conocida, pero la y no creía que viniese de ij, sino que no eran más que dos íes, ii, y, en fin, yo suponía que los romanos habían adoptado sencillamente la y griega mayúscula, de la cual procede nuestro signo y; pero puesto que el eruditísimo autor americano así lo asevera, sus razones tendrá.

Otras muchísimas originalísimas doctrinas pudiéramos ir viendo, todas como parto de su feliz ingenio; pero sería por demás prolijo querer examinar todo el libro. Lo apuntado creo que bastará para formar idea del nivel á que se hallan los conocimientos lingüísticos por aquellas tierras.