III
A D. Julio Saavedra.
(Santiago de Chile).
Muy señor mío y de toda mi consideración. Mi artículo de Setiembre en La España Moderna con este mismo encabezamiento le ha movido á usted á enviarme una atenta carta, un artículo del Sr. Manuel J. Ortiz para que me entere de «las ideas que al respecto flotan en nuestra atmósfera», y la revista Le Maître phonétique y Panthesis con artículos de usted.
Ante todo, he preferido contestarle aquí, porque deseo que sirva para el público chileno y americano, y aun español, lo que dijere, ya que no será otra cosa más que aclarar las mismas doctrinas que he sustentado en La España Moderna.
Mi segundo artículo lo habrá usted leído para cuando éste salga, y si el primero le pareció algún tanto inexacto y molesto ¿qué no le habrá parecido el segundo? Y con todo, dejando aparte lo de la molestia, que su benevolencia de usted sabrá disculpar, reconociendo que no ha sido mi intención el causársela, sino que es un efecto natural el que amargue lo que va contra lo propio, por más que el médico trate de dorar la píldora, voy á satisfacerle en la mejor forma que pudiere, siempre, por supuesto, dando el primer lugar á la verdad, de la cual es usted tan amante como yo.
Contentóme en extremo ver que mi artículo hubiese interesado á un escritor de la valía de usted, que ha estudiado la lingüística moderna en París; lo cual no es poco para que mejor nos entendamos, á causa de profesar entrambos las mismas doctrinas glotológicas.
Mi intención no fué envolver á todos los americanos en la censura, como su finura le hace reconocer, añadiendo que esa censura es justa. Yo hice una distinción capital respecto del castellano en América, distinción que aclara todas las dudas y torcidas interpretaciones, y es la que separa enteramente el habla del pueblo, no contaminada con lo que viene de París, y el lenguaje de los escritores, su habla y la de las personas cultas, que está empapada y calada hasta los tuétanos de galicismo en todos los órdenes de cosas, en lingüística, en literatura, en doctrinas morales, sociológicas, etc., etc. Esta distinción usted mismo y todos los americanos convendrán en que hay que hacerla antes de pasar adelante. Ustedes mismos se glorían de traer á la patria la cultura y modales de París, y no trataré yo de censurarles en esto, porque en París hay cosas harto buenas y dignas de tomarse, y de París se sacan y traen á España y América muy nobles ideas, modas elegantes y bonitas, juguetes entretenidos, perfumes y cosméticos delicados, en fin, un sinnúmero de doctrinas y de artefactos, con las cuales damos nuevo lustre á lo enrutinado de nuestras opiniones, y con los cuales pulimos, acicalamos y desengrasamos nuestras herrumbrosas y mugrientas personas de lo que se nos pegó durante varios siglos, en que el lavarse, y más con jabón, era melindre de sólo los más atildados y curiosos.
Puesta y admitida esa distinción, tomo de su carta de usted la nota que distingue esos dos lenguajes: «En estos mismos impresos, me escribe usted, puede usted comprobar que nuestro castellano corriente ni es afrancesado ni arcaico, sino en un todo semejante al suyo de Castilla ó Aragón». Lo de afrancesado y arcaico son para mí las notas que califican esos dos lenguajes. El habla del pueblo americano es tan castiza como el habla de Castilla y Aragón; pero es más arcaica. Esto, no sólo en Chile, sino en toda América, y más que en el resto de América en Chile. Y no es una tacha, ni mengua ese arcaísmo, antes una prenda segura de más acrisolado casticismo, y de que el pueblo americano es más español que el pueblo español. Porque hay construcciones gramaticales, fonemas y vocablos, que el pueblo de España ha olvidado, trastrocado, cambiado por otros menos castizos, mientras que en el pueblo de América se conservan con un tan delicioso saborcillo á antigüedad, que se cree uno trasportado á otros tiempos dorados, y se imagina encontrar por esas sabanas y serranías al primitivo conquistador, con su caballo anterior al de la raza cordobesa de los guzmanes. Figúrese usted si yo me voy á amohinar de esto, sino antes regocijar y sentirme metido como en un baño de Reyes Católicos. Mayormente Chile fué una segunda España, no como la Nueva España ó Méjico, sino como un pedazo de la Península llevado al Pacífico, con la ventaja de una grandiosidad de cordilleras que sobrepujan á Sierra Morena y los Pirineos, tanto como al Mediterráneo el Pacífico. No había pasado siglo y medio desde Colón, y hubo un escritor chileno, natural de Santiago, el P. Ovalle, que manejaba el castellano como el que mejor lo ha manejado, y que era artista de la palabra de tan subidos colores, que no hay poeta americano que en sus descripciones le haya llegado á la suela del zapato. Humboldt se quedó corto y descolorido y como asombrado por aquel maravilloso pintor de los Andes.
Pero me dirá usted que á dónde voy á parar, y le contestaré que me deje, por su vida, desahogarme recordando aquella cinta de oro, pedazo de tierra española, que se llama Chile, y aquel su valiente historiador Ovalle, que harto lo he menester. Porque se me aprieta el corazón y se me nublan los ojos al considerar qué ha sido por allí de aquellos grandes humanistas que quedaron después de la independencia. Creyeron que el latín y el griego olían á vieja España, desterraron estos estudios, á los cuales debían cuanto ellos eran, y eran grandes, que grande fué Bello, para no mentar más que uno, y desde entonces, si el habla popular siguió tan virgen, tan casta, tan española, porque el castellano vulgar tiempo ha ya que no necesita de su madre la lengua del Lacio, el lenguaje literario y el habla de las altas capas sociales se despeñó y se dió á juguetear por las novelerías francesas, y abrazó todo lo que de extranjis se le metía en casa con halagos de civilización. El amor á los estudios había echado hondas raíces, y ya que, como suele, con los estudios clásicos se había desterrado todo estudio macizo, se llamó á Profesores extranjeros. Ellos han removido el rescoldo y avivado las medio apagadas cenizas. Por ellos Chile es el rincón de América donde más se sabe, sobre todo en materias lingüísticas. Pero voy á decirle al oído algo que me descontenta: como extranjeros, esos insignes Profesores no tienen cariño al castellano, digo al castellano práctico, á la literatura castellana. Les traen mucha y muy sana lingüística, estudian lingüísticamente el mismo castellano, más el preclásico que el clásico; pero con la frialdad del químico que deshace despiadadamente en su laboratorio un magnífico trozo de roca por el capricho, científico sin duda, de analizar sus elementos componentes. No aman con cariño el castellano, no sienten aversión á lo extraño, y el lenguaje literario y el habla de la gente culta se va embebiendo más y más de galicismos é italianismos. En este punto veo que usted disiente, pues me asegura que el castellano corriente de la clase social instruída no es afrancesado. Yo desearía que así fuese, porque tengo más cariño á nuestra lengua y más amor á la literatura chilena que apego á lo que puedo sacar en llevarle la contra á una persona tan fina y amable y á un lingüista tan serio como usted. ¿Pero he de creer más á quien pudiera estar algún tanto cegado por amor á su patria, que á mis ojos y oídos, que han visto y oído y ven y oyen harto frecuentemente lo contrario? Póngase en mi lugar y falle. Claro está que hay sus más y sus menos, que personas habrá en Chile, y usted puede contarse entre ellas, que no quieren el galicismo extremado, y que no lo menudean. Pero, créame que demasiados abogados tiene y que son muchos sus aficionados, y más son todavía los que sin darse cuenta, por sólo seguir lo que suena como de buen tono, chorrean extranjerismos por todos los poros de sus afrancesados cuerpos y de sus empecatadas ánimas. El saber distinguir lo castizo de lo que no lo es parece fácil; pero no es sino grandemente dificultoso, aun estudiando mucho y leyendo á pasto libros de castellano clásico. Yo estoy metido en libros clásicos hasta los codos, y con todo se me escapan no pocos gazapos. ¿Qué será de los que no leen más que obras modernas? ¿Qué, de los que sólo leen en francés y se educan en Francia? ¿Qué, de los que tienen declarada ojeriza á los clásicos? ¿Qué, de los que son esclavos del buen tono, digo del mal tono? Y en esto último he de hacer hincapié, porque sabido es que son rarísimos los que saben sobreponerse á las modas pasajeras, y no lo es menos que el galicismo anda más de moda de lo que fuera menester. Usted mismo me lo da á entender al enviarme el artículo del señor Ortiz, que aboga por el neologismo con los falsos sofismas que ya he rebatido yo en mis artículos, y lleva la contra al Sr. Oyuela, que sustenta la doctrina más sólida.
Comienzo por esta frase que ciertamente no es castellana: «Deja constancia el señor Oyuela de que en la Argentina se habla y se escribe mal el castellano». Yo pregunto á todos los españoles, si hay uno que entienda esa frase. Tal vez lo habrá, si ha estado por América; pero si no, con saber castellano los españoles, que creo que lo saben, no habrá uno que la entienda.
Mas vengamos á la doctrina del Sr. Ortiz, doctrina que usted dice contener «las ideas que al respecto flotan en esa atmósfera». «Podrá argüirse, dice Ortiz, que no se trata de las transformaciones del lenguaje hablado, sino de las que se verifican en el lenguaje literario; no de las que involuntariamente produce el pueblo, sino de las que con pleno conocimiento introducen en la lengua los escritores por medio de sus obras». Efectivamente, la evolución del lenguaje es un fenómeno admitido, irresistible y loable, como todo lo natural. Pero las innovaciones por las cuales ustedes abogan no son efecto de la evolución natural del habla, sino aguaducho que nos traen de París los malos escritores, es algo pegadizo, como costra de gente poco limpia, al habla natural, cuya evolución es lentísima y sigue otros rumbos diametralmente opuestos, como que siguen el cauce del fonetismo de la raza, mientras que los extranjerismos rebosan de él y se van hacia fonetismos extraños. ¿Cómo suelta el señor Ortiz esta dificultad, que él mismo se objeta? De una manera muy cándida. Dice: «Pero los escritores no hacen ni pueden hacer otra cosa que seguir al pueblo, de lejos ó de cerca, en esta obra de evolución». Repito que esta es una candidez columbina. Los escritores galicistas no siguen al pueblo, el cual está muy ayuno de galicismos y ni los entiende ni los quiere. Sálgase usted al campo, acompañe al Sr. Lenz en sus excursiones lingüísticas, á ver qué galicismos oye en los bohíos y barracas de la gente enteramente alejada de esa influencia francesa. Los escritores siguen y pueden seguir á otro que al pueblo, siguen á los franceses; ¿quién lo duda que pueden y lo hacen con delectación y gusto? Ojalá siguieran sólo al pueblo; pero qué han de seguirlo, si se aborrecen con muchos de sus términos, teniéndolos por groseros, cuando son los de más noble abolengo, como que los hallará usted en Oviedo, en Ovalle, en nuestros gigantes del habla castellana. ¿No dicen ustedes por ahí un roto á un pillete, como lo llamaban ellos juntamente con desgarrado, y rotura como desgarro, siempre en el sentido moral, por natural metáfora de lo físico? Esa es habla de Cervantes, que los escritores pocas veces imitan, porque no es de buen tono. La atmósfera de que usted me habla es una atmósfera del Sena, cuajadita de los vahos malsanos que encierran las nieblas flotantes sobre el Sena. Y añade: «Si por desgracia todos los escritores resistieran por sistema la corriente popular, ello, sencillamente, los dejaría atrás». No, sino que la que se queda atrás y avejentada es el habla popular, que la literaria es demasiado progresista.
«Creo que todo neologismo aceptado por el uso general responde á una verdadera necesidad». Ese uso general no lo es del pueblo: prueba manifiesta de que la gente culta está de una manera general contaminada del neologismo. Esotro de la necesidad, ya sabemos que hay muchas necesidades que nos creamos innecesitadamente, y una vez creada no nos faltan argumentos para cohonestarla. El uso del tabaco es un ejemplo fehaciente.
«La mayoría de ellos, dando pruebas de un loable buen sentido, se amoldan sencillamente al uso corriente del país en que escriben; dan cabida en sus obras á todo neologismo aceptado por la generalidad de las personas medianamente cultas, en lo cual no hacen otra cosa que ejecutar hoy de buen grado lo que mañana tendrían que hacer á pesar suyo, para no quedarse, como los dómines y latinistas de la Edad Media, sin lectores que pudieran entenderles». Ya ve usted cómo esas ideas son las que flotan en la atmósfera. ¿Por qué, pues, extraña usted que yo diga que por América lenguaje y literatura son un descolorido reflejo de lo que se hace en París, que generalmente se escribe mal por ahí y que el galicismo está en boga? Por supuesto que eso de quedarse sin lectores no empleando neologismos, es cosa de risa. No habrá americano que no haya entendido mis artículos, con no llevarlos. Si el pueblo americano es más bien arcaico, hasta el punto de estar en mejor disposición que el español para entender á Cervantes, ¿cómo no ha de entender lo que se le sirva sin esos condimentos de neologismos y francesismos? Cada cual entiende cuanto se le habla en su lengua; lo que no entiende es lo extraño y nuevo. ¡Tener que echar mano de esos pistos para «hacerse comprensibles»! Lo que hace falta para darse bien á entender á todo individuo de raza española es hablar á la antigua española, en cristiano, como Dios manda, como habla el pueblo español ó americano, no como quieren que se hable cuatro pelagatos, que con haber venido á Francia ya creen que ellos solos hablan como se debe, cuando son los únicos que lo hacen muy retemal, que hablan algarabía, franchutería insoportable. Y luego cándidamente se dan á creer que para que les entiendan han de hablar así. Esto, mi señor Saavedra, y querido colombroño, ya usted lo ve, es candidez de marca mayor, y necedad campanuda y pistonuda, y bobería por los cuatro costados, y es cosa de descostillarse, y de apretarse las quijadas, y de despatarrarse á puro reir.
Los que se figuran que con esas importaciones de mercancía extraña va á ganar el lenguaje literario de Chile, se engañan de medio á medio. Con esto no hacen más que desviarse del vulgar, no á pasos agigantados, sino á pasos de zapatos de siete leguas, como los que se calzó el pulgarcito. Con eso van contra la evolución natural, que ellos suelen echarnos á la cara para cohonestar sus desafueros.
No soy purista cimarrón y empedernido. Un bledo se me dan ciertos galicismos que se me escapen de menor cuantía, aunque procuro estar en los estribos y declararles á todos en general y á cada uno en particular guerra sin cuartel. Lo que sí aborrezco á par de muerte, porque es la muerte y perdición del castellano, es que por principio se les dé audiencia, se les acaricie y regale como á personas de casa, siendo unos tunos aventureros que se nos cuelan para atosigar nuestra lengua, que se les defienda en nombre de la evolución natural lingüística y de otros principios científicos, y que lo que es vilísimo rebajamiento y servilismo de nuestra casta, de españoles y americanos, para con gentes extrañas que no nos lo agradecen para nada, y hacen bien porque el servilismo no debe agradecerse, sino mirarse con malos ojos, pase entre españoles y americanos por cosa de buen tono, de europeización y de adelanto. Cada cual ha de procurar desenvolver y acrecentar lo propio, no con emplastos traídos de fuera, sino como lo pide y lleva todo organismo, por intususcepción y propio desenvolvimiento orgánico, por asimilación lenta y duradera.
Por último, tengo que decirle que, aunque no es universal mi censura de que maleen el castellano los escritores de esas Repúblicas, es general, de los más, y que aun los que de ello están libres, como usted, no dejan de caer en groseros galicismos cuando menos se percatan. Para evitarlo es fuerza leer mucho castellano rancio de los siglos XVI y XVII, y mejor del XVI, porque el del XVII está repleto de necedades aun en los mejores escritores, y no tienen la frescura, la originalidad, el casticismo, la fuerza inventiva dentro de lo castizo, que tienen los escritores del siglo XVI. Y ese leer continuo es faena con la cual poquísimos quieren apechugar. Usted lo sabrá de sí, yo lo sé de otros y de mí mismo.
Afectísimo servidor y amigo, etc.
IV
Los tristísimos sucesos de Cuba en estos días no pueden menos de llegarnos al alma á cuantos llevamos en las venas una misma sangre, á todos los españoles y americanos. Americanos son y españoles los cubanos, que no así como quiera se desmembra y descuartiza en trozos una raza de una plumada, aunque esa plumada se rasguñe en un Congreso de París. Dolorosos acaecimientos que sólo pueden parar en una de dos: ó en la pérdida de la independencia y el consiguiente deshacerse y desleirse la raza cual gota que cae en el océano de otra raza extraña, como está sucediendo á ojos vistas á nuestros hermanos de ayer, los españoles de La Florida, de California, de Tejas, que no sé yo hasta qué punto lo serán ya hoy; ó pasar por la secular tragedia de guerras intestinas, tiranías brutales, degüellos y bandolerías, por donde han pasado las demás Repúblicas americanas después de haberse escabullido del regazo de la madre patria. Paraderos lastimosos, pero ello era de esperar, y no pocos cubanos se lo temían con sobrada razón á poco que tuviesen conocido y calado el metal de nuestra gente.
Si algo hay que pueda sacarse en limpio del estudio de nuestra historia, es el humor levantisco, nada domeñable, y como efecto natural el amor á la independencia, entrañado hasta el tuétano de nuestros huesos, pero de la independencia tan por el cabo que no se ciñe dentro de las fronteras de la Nación para desalojar al extranjero que se arroje á hollarlas, sino que va particularizándose á la provincia, al municipio, al barrio, á la familia, hasta llegar al individuo. Ese individualismo que diz trajeron al imperio romano los germanos, era fruta asaz saboreada y resaboreada por estas tierras de los Viriatos y de las Numancias, de los Saguntos y Calahorras. Cada español fué siempre rey en su casa, y los cubanos son españoles, éranlo por lo menos hace unos meses, y los hispano-americanos son españoles, fuéronlo al menos hace unos años, y ni unos meses, ni unos años, ni aun unos siglos pesan un comino ni miden un jeme tratándose de razas.
Achaque excusado, porque nadie se lo pide, es el no quererse llamar españoles, ni hispano-americanos, sino latino-americanos. Dícese que somos de raza latina, y todo porque pasaron acá hará la friolera de veinte ó veintiún siglos algunos miles de latinos; en cambio los americanos no son españoles, por más que toda la población culta esté compuesta de españoles que pasaron, ayer como quien dice, á América. Los negros allá llevados de África no son para ellos americanos, y sí los latinos llegados de España. Es donoso el cuento. D. Pedro Pérez y D.ª Juana López hubieron de partirse para la Cochinchina, no sé con qué motivo. Nacióles allí un robusto vástago á quien llamaron José Pérez y López, doméstica y caseramente Pepito. ¡Vaya usted á decir á D. Pedro Pérez y á D.ª Juana López que José Pérez y López no es español! Arremangaráse el uno sus mostachos y encrespará la otra su copete, y hechos unas furias os dirán que su Pepito nada tiene de cochín ni de chino.
El hábito no hace al monje: menos lo hace un nombre que se pega todavía menos á las carnes. Eres peruano, mejicano, chileno, rioplatense, cubano; pero esos son sobrenombres: tu propio y natural nombre, el que brota de la sangre de tus venas, de tu testarudez y apego á lo tuyo, de tu individualismo brutal, de tu cariño á independizarte, es el de español. No te sonroje el apelativo de tu raza, no te corras de proceder de esta tierra de garbanzos, que no es, créeme, tan villana y ratera como te lo zumban al oído algunos lindos que ayer andaban por las selvas.
La raza y el idioma son los que fraguan el natural de los hombres: la raza en el cuerpo, el idioma en el alma; bien que, á decir verdad, raza é idioma se compenetran tal vez más que alma y cuerpo.
Al cubano de casta, quiero decir al español de Cuba, no puede caerle muy en gracia el que los anglo-sajones, con ser la flor y nata del género humano, como dicen, con ser los sobrehombres de la presente generación, vayan á meterle en pretina, y el que su sangre, sea latina ó sea española, se desustancie y aniquile, anegada en el mar de otra raza. Tampoco es de esperar que eso caiga en gracia á los demás hispano-americanos. Á vista del peligro común todas esas Repúblicas se mancomunarán, porque siempre fué así, que olvidadas las reyertas de barrio, los españoles, acicateados por el espíritu de conservación, convirtieron su individualismo en amor á la independencia nacional.
El idioma no es una simple enseña y bandera; es algo más, es el alma de la raza, y por consiguiente la fuerza y baluarte último, el más interior y recogido, el que ante todo y por cima de todo hemos de procurar defender los que en caso de rebato esperamos alzarnos como un solo hombre. El pensar y el querer, las dos caras del alma, distinguen la manera de ser de cada raza; y el idioma no es un mero espejo del pensar y del querer, es la turquesa en que se han vaciado, al propio tiempo que es el vaciado sonoro formado en la turquesa del pensar y querer de la raza. Porque son dos cosas que se forjaron á la par el alma y el idioma de cada pueblo, moldeándose entre sí, siendo cada una materia y forma á la vez de la otra, correspondiéndose como los dos polos eléctricos, positivo y negativo, que sólo se distinguen convencionalmente por esos nombres, siendo entrambos tan importantes el uno como el otro para que salte la chispa y se establezca la corriente, es decir, para que brote esa fuerza que llamamos electricidad.
Tal es para mí la importancia de procurar la conservación del idioma castizo, y ajeno de extrañas escorias, entre todos los pueblos de raza española. Mientras esa unidad de idioma se guarde como la joya más rica y preciada que es, el alma será una, la raza no se habrá despedazado, la unión de pensares y quereres se levantará sobre las divisiones políticas y territoriales habidas y por haber, y al estruendo de los invasores venidos de fuera, esa raza una despertará por adormecida que esté y se apiñará como un solo pueblo robusto y recio al amago del peligro común.
Ahora bien, la conservación y unidad de un idioma repartido entre Naciones y Repúblicas tan distantes y separadas geográfica y políticamente sólo puede lograrse mirando todos á un ideal, á un dechado común, norma y pauta del lenguaje literario. Ese dechado no puede ser otro que el lenguaje del cual arranca toda la literatura hispano-americana, el lenguaje clásico del siglo XVI, de aquel maravilloso lenguaje que, llevando en sí la pujanza del movimiento histórico en que nuestra raza se agigantó y rayó más alto que en ningún otro de antes ni después, mostró más á las claras lo que bien cultivado y cuidado con esmero puede dar de sí. No que nuestro lenguaje de hoy haya de enlazarse y abrazarse á él cual hiedra á un tronco envejecido y trasañejado. El lenguaje literario de hoy está pegoteado y empañado de remiendos traídos de otras lenguas, con los que creyeron ataviar nuestro idioma los que lo tuvieron por enfermizo, enclenque y para poco. No es el lenguaje un ser orgánico que crece por yuxtaposición ó agregación externa de moléculas; es un organismo, un árbol que crece por intususcepción, como dicen, por desenvolvimiento propio, por empuje del zumo vital que echa nuevos brotes y lozanos ramones, escogollándose y acopándose conforme á su natural gallardía.
Ese zumo vital está en el habla popular, lo mismo de América como de España, y de él ha de renovar el suyo á la continua el lenguaje literario. Nuestros clásicos no fueron modelos de lenguaje castizo por haber abierto la puerta á todas las novedades, ó digamos vejestorios del latín y del griego de lo cual se lamentan Lope y todos los buenos españoles á vueltas de caer ellos mismos en lo que condenaban. Fuéronlo por haber sabido diestramente traer á la literatura el riquísimo y nunca agotado caudal del habla del pueblo español, de aquel pueblo que pasó á América con su habla pintoresca de Castilla, y por haber tenido habilidad para formar derivados y compuestos lindos y expresivos conforme al ingenio del mismo idioma y al buen humor y poético natural de la raza.
El que quiera engalanar su pluma con bizarría verdaderamente castiza, no tiene que andarse mendigando términos desusados del francés ó del latín; los hallará á manos llenas en nuestros clásicos y entre las gentes del campo y de las aldeas.
Los vocablos traídos de fuera ni encajan en el fonetismo castellano ni los entienden más que los que conocen esos idiomas; los populares y los clásicos llevan todo el corte fonético y semántico del modo de pensar y fantasear de nuestra raza, y su valor se trasluce tan claramente como el agua de la fuente para todos los que se criaron con el idioma castellano, porque está encerrado en los radicales y sufijos derivativos bien conocidos.
Desentendámonos, pues, de cierta nota infamante, de cierto olor á rutina leñosa y sin vida, que lleva malhadadamente consigo el término de clásico, y entendiendo por él lo castizo, lo ingénito y propio de esta tan menospreciada y hollada casta española, no sólo por los extraños que la ven postrada, sino por sus mismos hijos de España y América, apreciemos en lo que vale nuestro idioma bebiéndolo en el clasicismo castizo de otros tiempos mejores, envidia y causa tal vez de la mordacidad de los extranjeros y en los siempre corrientes manantíos del habla popular de España y América, no menos despreciada por las personas de juicio somero, que sólo se pagan de culturas superficiales y de oropeles, por no haber gustado jamás los insondables veneros de la virgen naturaleza.