Oyendo estas palabras en boca de la infeliz joven, al paso que compadecía su desventurada pasión, admiraba la gran perspicacia de su entendimiento.
—Pues ten valor. Di a tu madre que no quieres ser monja—indicó Inés.
—Ayudada por tu amistad, podría hacerlo. Sola no me atrevo. Ella considerará esto como una deshonra, y entonces tendré el claustro en casa, porque me encerrará para siempre.
—Todo eso puede vencerse. Principia por rechazar a lord Gray.
—Lo haré si no le veo, si no me persigue...
Asunción pronunciaba estas palabras, cuando sentimos los pasos de lord Gray.
—¡Es él!—dijo con terror.
—Ocúltate y sal de la casa.
Amaranta hizo pasar a lord Gray a una estancia inmediata y al instante me llamó a su lado. El inglés afectaba tranquilidad; mas la condesa adivinando sus propósitos, le desconcertó al momento.
—Ya sé a que viene usted—le dijo—. Sabe que Asunción ha entrado en mi casa... Por Dios, lord Gray, retírese usted. No quiero tener nuevas ocasiones de disgusto con doña María.
—Discreta amiga mía—repuso él con vehemencia—. Usted me juzgue mal. ¿Impedirá usted que me despida de ella? Dos palabras nada más. ¿Saben que me voy esta noche?
—¿Es de veras?
—Tan cierto como que nos alumbra el sol... ¡Pobrecita Asunción!... También ella se alegrará de verme... Vamos, no salgo de aquí sin decirle adiós...
—Francamente, milord—indicó Amaranta—. No creo en su partida.
—Señora, aseguro a usted que partiré de madrugada. Me ha detenido tan sólo la broma que pensamos dar a Congosto... Sea testigo Araceli de lo que digo.
La condesa sin aguardar más, abrió la mampara, y las dos muchachas aparecieron ante nosotros.
Asunción no podía ocultar la angustia que la dominaba y quiso retirarse.
—¿Se marcha usted porque estoy aquí?—dijo secamente lord Gray—. Pronto saldré de Cádiz y de España, para no pisar más esta tierra de la ingratitud. Los desengaños que aquí he padecido me impelen con fuerza a huir, aunque mi corazón no ha de encontrar ya reposo en ninguna parte.
—Asunción no puede detenerse para oírle a usted—dijo Inés—. Tiene que marcharse a su casa.
—¿No merezco ya ni dos minutos de atención?-afirmó con amargura el noble lord—. ¿Ya no se me concede ni el favor de una palabra?... Está bien, no me quejo.
—Ahora parece indudable que parte—dijo Amaranta.
—Señora, adiós—exclamó lord Gray con emoción profunda, verdadera o fingida—. Araceli, adiós; Inés, amigos míos, procuren olvidar a este miserable. Y usted, Asunción, a quien sin duda debo haber ofendido, según el encono con que me mira, adiós también.
La infeliz se deshacía en lágrimas.
—Había solicitado de usted el último favor, una entrevista para despedirme de la que tanto he amado, pero no espero conseguirlo. He sido un insensato... Ha hecho usted bien en cobrarme de pronto ese aborrecimiento que me están revelando sus bellos ojos... ¡Miserable de mí, he aspirado a lo que me era tan superior! En mi demencia juzgué posible apartar esta noble alma de la piedad a que desde el nacer se inclina; aspiré a lo imposible, a luchar con Dios, único amante que cabe en la inconmensurable grandeza de ese corazón... Adiós, vuelva usted a sus santidades, remóntese usted a aquellas celestiales alturas, de donde este infame quiso hacerla descender. Entre usted en el claustro... entre usted... Perdóneme Dios mis arrebatados pensamientos... cada cual a su puesto. Ángeles al cielo, miseria y debilidad a la tierra... Antes amor, locura, ardientes arrebatos; ahora respeto, culto. Mañana, como ayer, vivirá usted en mi corazón; pero ahora, santa mujer, está usted dentro de él canonizada... Adiós, adiós.
Y apretando calurosamente las manos de la joven, partió con tales modos, que todos le creíamos con el corazón despedazado y tuvimos lástima de él.
Poco después Asunción, acompañada de su ayo, salió a la calle, y la santa imagen, entrando en la casa materna, volvió a su altar.
Mis lectores creerán, juzgando a lord Gray por las palabras arriba reproducidas, que el astuto seductor partía realmente renunciando a la empresa frustrada en la célebre noche. ¡Qué error! Sigan leyendo un poco más, y verán que aquella despedida, admirable y hábil recurso estratégico empleado contra la alucinada muchacha, sirviole de preparación para el hecho (catástrofe podemos llamarlo) consumado aquella misma noche, y con el cual da fin la curiosa aventura que estoy contando.
XXXI
Narraré punto por punto. Aconteció, pues, que cerca ya del oscurecer en el siguiente día entraba yo con toda tranquilidad en casa de doña Flora, cuando esta, Amaranta y su hija saliéronme al encuentro con gran sobresalto y alarma.
—¿No sabes lo que ocurre?—dijo doña Flora—. El bribón de lord Gray ha cargado con la santa y la limosna. La Asuncioncita ha desaparecido anoche de la casa.
—Pero ha sido violentamente—dijo Inés—porque D. Paco apareció atado al barandal de la escalera. Ella debió de resistir... A sus gritos despertose doña María, pero cuando salieron ya estaban fuera. Esta mañana, Presentación, hostigada por su madre, hizo confesión de los amores de su hermana.
—No me digan a mí que ha resistido—objetó doña Flora—; lord Gray es muy galán y muy lindo mozo... ¿A qué vienen con hipocresías?... La niña se marchó con él porque le dio la gana.
—Doña María estará satisfecha de la formalidad de las niñas...—dijo Amaranta riendo—. Ahora repetirá su muletilla: «Yo educo a mis hijas como me educaron a mí».
—¿Pero se ha marchado lord Gray con ella?-pregunté.
—Se dispone a partir.
—Ahora acaba de estar aquí un capitán de navío, el cual me ha dicho que milord ha fletado el bergantín inglés Deucalión, que sale mañana.
—¿Pero no corremos a impedirlo?—dijo Inés con gran zozobra—. Aún es tiempo.
—Eso será de cuenta de doña María.
—Pero será forzoso avisarle que el Deucalión sale esta noche y que lo ha fletado lord Gray.
—Sí, es preciso avisárselo—repitió Inés con energía—. Iré yo misma.
—Gabriel irá al momento.
—¿Por qué no? Aunque doña María me arrojó ayer de su casa, no tengo inconveniente en prestarle este servicio.
—Pero no pierdas tiempo... Yo me muero de impaciencia—indicó Inés.
—Ve pronto, que la niña se impacienta.
—Allá voy... De veras no creí volver a poner los pies en aquella casa... ¿Conque el Deucalión?... Un bergantín inglés... Me parece que no les atraparán.
Corrí a la casa de Rumblar, y desde que entré todo me indicó que reinaba allí la consternación más profunda. D. Diego y D. Paco estaban sentados en el corredor, el uno frente al otro, mirándose como dos esfinges de la tristeza, y en las manos del último los verdes cardenales indicaban el suplicio de que había sido víctima. El infeliz anciano a ratos hendía los aires con la ráfaga de sus fuertes suspiros, que habrían hecho navegar de largo a un navío de línea. Cuando entré, levantáronse los dos, y el ayo dijo:
—Vamos a ver si la encontramos ahora. Es el sétimo viaje...
La condesa de Rumblar y su hija menor estaban escondiendo su dolor y vergüenza en un gabinete inmediato a la sala, y en ésta la marquesa de Leiva, atada por el reuma a un sillón portátil; Ostolaza, Calomarde y Valiente sostenían viva polémica sobre el gran suceso. Cuando oí la voz de la de Leiva, lleno de recelo, aunque sin arredrarme, dije para mí:
—Ahora va a ser la tuya, Gabriel. La marquesa te conocerá, con lo cual, hijo, has hecho tu suerte.
Entré, sin embargo, resueltamente.
—De modo—decía la marquesa—que un inglés se puede burlar impunemente de toda España...
—En la embajada—indicó Valiente—rieron mucho cuando les conté lo ocurrido, y dijeron: «Cosas de lord Gray».
—Yo he afirmado siempre—dijo Ostolaza con petulancia—que la alianza con los ingleses sería a España muy funesta.
Yo corté de súbito el coloquio, diciendo:
—Traigo noticias de lord Gray.
La marquesa examinome de pies a cabeza, y luego, señalándome impertinentemente con la muleta que sus doloridas piernas le obligaban a usar, preguntó:
—¿Usted?... ¿Y usted quién es?
—Es el Sr. de Araceli—dijo Ostolaza con sonsonete desdeñoso.
—Ya... ya conozco a este caballero—dijo la de Leiva con malicia—. ¿Sigue usted al servicio de mi sobrina?
—Me honro en ello.
—¿Viene usted de allá? ¿Inés está ya dispuesta a volver a su casa? Ya sabrá que el gobernador de Cádiz va esta noche misma por ella...
—No saben nada—repuse tan desconcertado como sorprendido.
—Creo que bajo el punto legal, la cosa no ofrecerá dificultad alguna, ¿no es verdad, señor de Calomarde?
—Absolutamente ninguna. La niña volverá a casa de usted, que es el jefe de la familia, y cuantas sutilezas se aleguen en contrario no tienen fuerza de derecho.
—Tal vez la señora condesa—dije—alegue algún motivo que no esté previsto.
—Todo está previsto; Sr. Calomarde, ¿no es verdad? Y agradézcame mi sobrina que no he solicitado se dicte auto de prisión contra ella... Pero a esta fecha no nos ha dicho usted lo que anunciaba con respecto a lord Gray. ¿En qué piensa usted, señor de... de qué?
—De Araceli—repitió Ostolaza con el mismo sonsonete.
Muy brevemente les dije lo que sabía.
—Pues hay que avisar a la Comandancia de Marina—replicó la de Leiva con viveza—. Plumas, papel...
En aquel instante entró en la sala un personaje grave, al cual saludaron todos con el mayor respeto. Era D. Juan María Villavicencio, gobernador de la ciudad, varón estimabilísimo, buen patriota, instruido, algo filósofo y hábil por demás en el conocimiento y trato de las gentes.
—Ya tenemos datos, Sr. Villavicencio—dijo la marquesa, contándole lo del Deucalión.
—En este negocio, señora—respondió el funcionario bajando la voz—hay que andar con prudencia... Antes de ocuparme de lord Gray voy a cumplir el acto legal, en cuya virtud la Inesita volverá esta noche a su casa.
El alma se me partió al oír esto.
—Pronto, pronto, amigo mío—dijo la reumática—. También temo que se me escapen. La gente de esta casa se marcha por el escotillón, y esto parece escenario de un teatro... Y creímos que había sido robada por lord Gray. La pícara se marchó sola...
—En cuanto a lord Gray—dijo Villavicencio en tono dubitativo y con cierto embarazo—me parece que no podemos hacer nada contra él... La Asuncioncita volverá al lado de su madre o a donde la quieran llevar; pero eso de prender y castigar a milord...
—Pero...
—Señora, no podemos chocar con la embajada... Ya conoce usted las circunstancias; Wellesley es quisquilloso... la alianza...
—¡Maldita sea la alianza!
—¡Y esto lo dice una dama española—exclamó Villavicencio con entusiasmo—el día en que nos llega la noticia de una gloriosa batalla, de esa gran victoria, señores, ganada por españoles, ingleses y portugueses en los campos de Albuera!
—¡Otra batalla!-exclamó la marquesa con hastío—. Siempre batallas, y la guerra no se acaba nunca.
—Creo que ha sido muy sangrienta—dijo Calomarde.
—Como todas las que damos—repuso con orgullo Villavicencio—. Hemos perdido cinco mil hombres y matado a los franceses más de diez mil... ¡Precioso resultado!... Han muerto dos generales franceses, dos ingleses, y de los nuestros han quedado heridos D. Carlos España y el insigne Blake.
—De todo eso se deduce que no podemos hacer nada contra Gray—dijo con disgusto la de Leiva.
—Nada, señora... Se va a erigir un monumento a Jorge III... La embajada inglesa... Wellesley... ¡Oh!, esta batalla de la Albuera estrechará más aún las relaciones entre ambos países.
—¡Gran victoria!—dijo Valiente—. En Extremadura nos envalentonamos un poco.
—Pero está muy mal de la parte del Ebro. Tortosa ha caído ya en poder del enemigo...
—Traición, pura traición del conde de Alacha.
—También se han apoderado los franceses del fuerte de San Felipe en el Coll de Balaguer.
—Pero aún resiste Tarragona.
—Y resistirá más todavía.
—Y de Manresa, ¿qué se ha dicho hoy?
—Ya es seguro que ha sido incendiada.
—Nada de eso nos importa por ahora—dijo la marquesa, interrumpiendo la chispeante conversación patriótica—. En suma, Sr. Villavicencio, si milord se escapa...
—¡Qué le hemos de hacer! Nadie sabe dónde está.
—Creo que esta noche se le podrá ver—dijo Valiente—porque a las diez se verificará, según he oído, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto una especie de desafío quijotesco con que espera reírse mucho la gente.
—Bobadas... En fin, señora marquesa, Wellesley me ha prometido que la muchacha volverá, pero hay que dejar en paz a lord Gray... Señora marquesa, me llama mucho la atención este extraño caso. Soy experto en ciertos asuntos, y creo que en el lance de que nos ocupamos juega alguna persona que no es lord Gray.
—¿Lo cree usted? Yo opino que Inés se ha marchado sola.
—Pues yo creo que no.
—O con lord Gray. Ese señor inglés se propone desocupar mi casa.
—Algún otro pájaro, señora, algún otro pájaro ha enredado aquí, y no pararé hasta averiguar quién es... Los dos raptos tienen entre sí íntima conexión.
—Busque usted, pues—dijo la marquesa—a ese cómplice desconocido, y haga caer sobre él todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse contra lord Gray.
—Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche.
—Verdaderamente—dijo Calomarde—si ha de haber un choque con la embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cómplice si se descubre, y decir: «aquí que no peco».
—Así anda la justicia en España—objetó la de Leiva.
—Veremos lo que saco en limpio—dijo Villavicencio—. Vaya, señora mía, me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Verónica. Creo que bastará mi autoridad...
De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclamó:
—¡Ahí está, ahí está ya!... al fin la encontramos.
—¿Quién?
—La señora doña Asuncioncita... ¡Pobre niña de mi alma!... Está en la escalera... No quiere subir... ¡parece medio muerta la pobrecita!...
XXXII
Reinó sepulcral silencio, y miramos todos a la puerta del fondo por donde apareció doña María. Con decoroso silencio, que no con lágrimas, mostraba esta señora su honda pena. El color blanco de su cara habíase convertido en una palidez pergaminosa; su frente estaba surcada de repentinas arrugas, y los secos ojos tan pronto irradiaban el fulgor de la ira como se abatían amortiguados. Pero otro incidente llamó la atención más que el grave silencio y la amarillez y las arrugas, y fue que sus cabellos, entrecanos algunos días antes, estaban enteramente blancos.
—¡Está ahí!-repitió un sordo murmullo.
—¿Te negarás a recibirla?—dijo con emoción la marquesa, adivinando los pensamientos de doña María.
—No... que venga aquí—repuso la madre con energía—. Veré a la que ha sido mi hija... ¿La encontró usted? ¿Estaba sola?
—Sola, señora—exclamó llorando D. Paco—. ¡Y en qué triste y lastimoso estado! Los vestidos están rotos, en su preciosa cabecita tiene varias heridas, y en su voz y ademanes demuestra el más grande arrepentimiento. No ha querido subir, y yace exánime y sin fuerzas en la escalera.
—Que entre—dijo la de Leiva—. La infeliz empieza a expiar su culpa. María, pasó la ocasión del rigor y ha llegado el momento de la benevolencia. Recibe a tu hija, y si acabó para el mundo, no acabe para ti.
—Retirémonos para evitarle la vergüenza de verse delante de nosotros—dijo Valiente.
—No, queden todos aquí.
—Sr. D. Francisco—dijo doña María al ayo—traiga usted a Asunción.
El ayo salió determinando fuertes corrientes atmosféricas con la violencia de sus suspiros.
Bien pronto oímos la voz de Asunción que gritaba:
—Mátenme, que me maten: no quiero que mi madre me vea.
Por D. Diego y el ayo conducida, a intervalos suavemente arrastrada, casi traída a cuestas, entró la infeliz muchacha en la sala. En la puerta arrojose al suelo, y sus cabellos en desorden sueltos, le cubrían la cara. Todos acudimos a ella, la levantamos, la consolamos con palabras cariñosas; pero ella clamaba sin cesar:
—Mátenme de una vez. No quiero vivir.
—La señora doña María la perdonará a usted—le dijimos.
—No, mi madre no me perdonará. Estoy condenada para siempre.
Doña María, por largo tiempo llena de entereza y superioridad, comenzó a declinar y su grande ánimo se abatió ante espectáculo tan lamentable. Después de mucho luchar con la sensibilidad y el cariño materno, pugnó por sobreponerse a este, y resueltamente exclamó:
—¿He dicho que la traigan aquí? No, me equivoqué. No quiero verla, no es mi hija. Váyase a los lugares de donde ha venido. Mi hija ha muerto.
—Señora—exclamó D. Paco poniéndose de rodillas—si la señora doña Asuncioncita no se queda en la casa, usted se condenará. ¿Pues qué ha hecho? Salir a dar un paseo. ¿Verdad, niña mía?
—No; ¡mi madre no me perdona!-gritó con desesperación la muchacha—. Llévenme fuera de aquí. No merezco pisar esta casa... Mi madre no me perdona. Vale más que me maten de una vez.
—Sosiégate, hija mía—dijo la de Leiva—. Grande es tu culpa; pero si no puedes reconquistar el cariño de tu madre y la estimación de todos, no serás abandonada a tu dolor. Levántate. ¿Dónde está lord Gray?
—No sé.
—¿Vino a buscarte con conocimiento y consentimiento tuyo?
La desgraciada se cubría el rostro con las manos.
—Habla, hija mía, es preciso saber la verdad—dijo la de Leiva—. Tal vez tu culpa no sea tan grande como parece. ¿Saliste de buen grado?
La presencia de doña María se conocía por su respiración que era como un sordo mugido. Luego oímos distintamente estas palabras que parecían salir de la cavernosa garganta de una leona:
—Sí... de grado... de grado.
—Lord Gray—dijo Asunción—me juró que al día siguiente abrazaría el catolicismo.
—Y que se casaría contigo, ¡pobrecita!—dijo con benevolencia la marquesa.
—Lo de siempre... historia vieja—balbuceó Calomarde a mi oído.
—Señores—dijo Villavicencio—retirémonos. Estamos aumentando con nuestra presencia la confusión de esta desgraciada niña.
—Repito que se queden todos—dijo la de Rumblar con fúnebre acento—. Quiero que asistan a los funerales del honor de mi casa. Asunción, si quieres, no que te perdone, sino que tolere tu presencia aquí, confiesa todo.
—Me prometió abrazar el catolicismo... me dijo que marcharía de Cádiz para siempre, si no... Yo creí...
—Basta—exclamó Villavicencio—. Que se retire a buscar algún reposo esta criatura.
—Pero ese infame hombre la ha abandonado...
—La ha arrojado de su casa—dijo D. Paco.
Múltiple exclamación de horror resonó en la sala.
—Esta mañana—añadió Asunción sacando difícilmente de su pecho el aliento necesario para hablar—lord Gray salió dejándome sola en la casa. Yo temblaba de zozobra... Entraron luego unas mujeres, unas mujerzuelas... ¡qué horrible gente!... Con sus gritos me desvanecieron y con sus manos me maltrataron. Todas se reían de mí y me desgarraron los vestidos, diciéndome palabras ignominiosas... Bebían y comían en una mesa que el criado de milord les dispuso... disputaban unas con otras sobre cuál de ellas era más amada por él... Entonces comprendí el abismo en que había caído... Lord Gray volvió... Le increpé por su vil conducta... Estaba taciturno y sombrío... Tomó una chinela y con ella les azotó la cara a aquellas viles mujeres... Me colmó de cuidados. Me dijo que me iba a llevar a Malta... Yo me negué a ello y empecé a llorar amargamente invocando el nombre de Jesús... Volvieron las mujeres acompañadas de hombres soeces; uno de ellos quiso ultrajarme. Lord Gray le rompió la cabeza con una silla... Corrió la sangre... ¡Dios mío, qué horror!...
Deteníase a cada rato, y luego con gran esfuerzo seguía:
—Lord Gray me dijo después que él no podía hacerse católico, y que se alegraba de que yo entrase en el convento para robarme. Quise salir y el criado anunció la llegada de una señora... ¡Oh! Entró una señora principal que le llamó ingrato... La señora se reía de mí... ¡Qué hora, Dios mío, qué hora!... La señora dijo que yo era la más piadosa y devota señorita de todo Cádiz, y luego me rogó que encomendase a lord Gray a Dios en mis oraciones... La vergüenza me inflamaba, y busqué un cuchillo para matarme... Después...
Estábamos todos conmovidos y aterrados con la patética relación de la desgraciada niña, digna de mejor suerte.
—Después... entraron unos hombres; ¡qué hombres! Vestían de cruzados como don Pedro del Congosto, y venían a recordar a lord Gray que este le había desafiado... Entraron los amigos de lord Gray y todos se rieron mucho del desafío con D. Pedro. Luego... milord me rogó de nuevo que partiese con él a Malta... Yo le decía que me hiciese el favor de matarme... Reíase a carcajadas y jugando con un puñal hacía como que me quería matar... Me inspiraba tal horror que huí de su lado... Yo corrí por la casa dando gritos... él se reía... un criado me dijo: «milord me ha mandado que la acompañe a usted a su casa». Salimos a la calle y en la puerta añadió: «No tengo ganas de ir tan lejos: vaya usted sola», y cerró la puerta... Di algunos pasos... una mujer frenética que dijo haber perdido por mí los favores de lord Gray, quiso castigarme... ¡Ay!, yo estaba medio muerta y me dejé castigar... Libre al fin recorrí varias calles... me perdí... yo buscaba la muralla para arrojarme al mar... al fin después de dar mil vueltas volví junto a la casa de lord Gray... Encontráronme D. Paco y mi hermano... yo no quería venir aquí... pero me trajeron al fin a mi casa de donde salí culpable, y a donde vuelvo castigada, pues las penas todas del purgatorio y el infierno no son superiores a las que yo he padecido hoy... Aun así no merezco perdón. Mi falta es grande... No merezco más que la muerte, y pido a Dios que me la conceda esta noche misma, para que ni un día más soporte la vergüenza y el deshonor que han caído sobre mí. ¡Señora madre mía, adiós! ¡Hermana mía, adiós! ¡No quiero vivir!
No dijo más y cayó desmayada en el pavimento.
Conmovidos y aterrados, contemplamos el semblante de doña María, que reclinada en el sillón, con la barba apoyada en la mano, silenciosa, ceñuda primero como una sibila de Miguel Ángel, y conmovida después, pues también las montañas se quebrantan al sacudimiento del rayo, derramó lágrimas abundantes. Parecía que su rostro se quemaba. Su llanto era metal derretido.
—Hija mía—dijo la marquesa—, retírate a descansar... Sr. D. Francisco, o tú, Diego, llévala a su cuarto.
El conmovedor espectáculo de la infeliz Asunción desapareció de nuestra vista.
—Señoras—dijo Villavicencio—tengo el alma despedazada, y me retiro.
—Siento mucho... pues...-murmuró Ostolaza, y se retiró también.
—He tenido un verdadero sentimiento...—dijo Valiente, marchándose tras el anterior.
—Por mi parte...-indicó Calomarde saludando—. Si es preciso entablar recurso...
Se fueron todos. Yo me quedé, porque una fuerza irresistible me clavaba en aquella sala, y no podía apartar el pensamiento del desolado cuadro que había visto. Delante de mí estaba la de Rumblar en la misma actitud en que antes la he descrito. El fenómeno de su llanto me llenaba de asombro. A mi lado la marquesa de Leiva lloraba también.
Pero no estábamos solos los tres. Acababa de entrar una figura estrambótica, un mamarracho de los antiguos tiempos, una caricatura de la caballería, de la nobleza, de la dignidad, del valor español de otras edades. Mirando aquella figura de sainete que se presentaba tan inoportunamente, dije para mí:
—¿Qué vendrá a hacer aquí D. Pedro del Congosto? ¿Si creerá que sus caballerías ridículas sirven de alguna cosa en estas circunstancias?
La de Leiva abrió los ojos, vio al estafermo, y como si no diera importancia alguna a su persona, volviose a mí y me dijo:
—¿Qué piensa usted de lord Gray?
—Que es un infame, señora.
—¿Quedará sin castigo?
—No quedará—exclamé arrebatado por la ira.
D. Pedro del Congosto dio algunos pasos, púsose delante de doña María, y alzando el brazo, con voz y gesto que al mismo tiempo parecían trágicos y cómicos, habló así:
—Señora doña María... ¡esta noche!... ¡a las once!... ¡en la Caleta!
—¡Oh! ¡Gracias a Dios!-exclamó la noble señora levantándose con ímpetu—. Gracias a Dios que hay en España un caballero... Cuatro personas han presenciado el lastimoso cuadro de la deshonra de mi hija, y a ninguno se le ha ocurrido tomar por su cuenta el castigo de ese miserable.
—Señora—dijo Congosto con voz hueca, que antes que risa, como otras veces, me produjo un espanto indefinible—. Señora, lord Gray morirá.
Aquellas palabras retumbaron en mi cerebro. Miré a D. Pedro y me pareció trasfigurado. Aquel espantajo, recuerdo de los heroicos tiempos, dejó de ser a mis ojos una caricatura desde el momento en que me lo representé como providencial brazo de la justicia.
—No es usted, D. Pedro—dijo con incredulidad la de Leiva—quien ha de arreglar esto.
—Señora doña María—repitió el estafermo sublimado por una alta idea de su propio papel, por la idea de la hidalguía, del honor, de la justicia—¡esta noche!... ¡a las once!... ¡en la Caleta! Todo está dispuesto.
—¡Oh! Bendita sea mil veces la única voz que ha sonado en mi defensa en esta sociedad indiferente. Abominables tiempos, aún hay dentro de vosotros algo noble y sublime.
Esto que en otras circunstancias hubiera sido ridículo, tratándose de D. Pedro, en aquellas me hacía estremecer.
—Bendito sea mil veces—continuó doña María—el único brazo que se ha alzado para vengar mi ultraje en esta generación corrompida, incapaz de un sentimiento elevado.
—Señora—dijo D. Pedro—adiós... voy a prepararme.
Y partió rápidamente de la sala.
—María—dijo la de Leiva a su parienta—sosiégate; debes procurar dormir...
—No puedo sosegar—repuso la dama—. No puedo dormir... ¡Oh Dios mío! Si permites que el miserable quede sin castigo... Si vieras, mujer... siento una salvaje complacencia al recordar aquellas palabras «esta noche... a las once... en la Caleta».
—No esperes de D. Pedro más que ridiculeces... Sosiégate... Han dicho aquí que el desafío de D. Pedro con lord Gray era una función quijotesca. ¿No es verdad, caballero?
—Sí, señora—repuse—. Son ya las diez... Soy amigo de lord Gray y no puedo faltar.
Respetuosamente me despedí de ellas y salí. Detúvome en la escalera D. Diego, que a toda prisa y muy sofocado subía, y me dijo:
—Gabriel, ahí me traen otra vez a la buena alhaja de doña Inesita.
—¿Quién?
—El gobernador. Esta noche todas las ovejas descarriadas vuelven al redil... Vengo de allá... si vieras. La condesa ha llorado mucho y se ha puesto de rodillas delante de Villavicencio; pero no pudo conseguir nada. La ley y siempre la ley. Si es lo que yo digo: la ley... Por supuesto, chico, no puedo negarte que me dio lástima de la pobre condesa. Lloraba tanto... Inés estaba más serena y se conformaba. Aguárdate y la verás llegar. Sin embargo, más vale que no parezcas en tu vida por aquí. Villavicencio quiso averiguar el cómo y cuándo de la fuga de Inés, y allá le dijeron que la sacaste tú de la casa. Te anda buscando porque no te conoce. Dice que eres cómplice de lord Gray y el verdadero criminal. Calumnia, pura calumnia; pero no te metas en vindicar tu honra mancillada y echa a correr, que Villavicencio tiene malas pulgas, y aunque te escuda el fuero militar... Conque en marcha y no vuelvas a Cádiz en tres meses.
—Pues sí; yo fui quien la sacó de casa.
—¡Tú!-exclamó con tanto asombro como cólera—. Ya no me acordaba que eres servidor de mi famosa parienta la condesa. ¿Conque la sacaste tú?
—Y la volveré a sacar.
—Tú bromeas... no pienses que me apuro mucho... ¿Crees que insisto en casarme con ella?... Pues ahora de mejores veras debes poner los pies en polvorosa, porque voy a contarle a mamá tu hazaña... Francamente, yo creí que era una calumnia. Ahora me explico el furor de Villavicencio contra ti. ¿Pues no dice que tú eres el autor de todo y que es preciso sentarte la mano?
—¿A mí?
—Y disculpaba a lord Gray... Se me figura que quieren hacer justicia en tu persona sin molestar para nada al señor milord. Ándate con cuidado, pues se le ha puesto en la cabeza que tú eres cómplice del maldito inglés y le ayudaste en esta gran bribonada que nos ha hecho.
—¿Ha visto usted a lord Gray?-le pregunté—. ¿Dónde se le podrá encontrar?
—Ahora mismo me han dicho que le acaban de ver paseando solo por la muralla. ¡Maldito inglés! Las pagará todas juntas... Hace poco la Inesita me llamó vil y cobarde por dejar sin castigo esto de anoche, y aseguraba que si ella fuera hombre... estaba furiosa la niña. Por supuesto, yo pienso buscar a lord Gray, y cuando le vea le he de decir «so tunante...», pues... conque márchate... tú también eres buena pieza. Adiós.
No me podía detener a contestar sus majaderías, porque un pensamiento fijo me atormentaba, y dirigida mi voluntad a un punto invariable con arrebatadora fuerza; nada podía apartarme de aquella corriente por donde se precipitaba impetuosamente todo mi ser.
XXXIII
Un cuarto de hora después tropezaba en la muralla, frente al Carmen, con lord Gray, el cual, deteniendo la velocidad de su paso, me habló así:
—¡Oh, Sr. de Araceli... gracias a Dios que viene alguien a hacerme compañía!... He dado siete vueltas a Cádiz corriendo todo lo largo de la muralla... ¡Aburrimiento y desesperación!... Mi destino es dar vueltas... dar vueltas a la noria.
—¿Está usted triste?
—Mi alma está negra... más negra que la noche—repuso con alucinación—. Camino sin cesar buscando la claridad, y no hago más que dar vueltas recorriendo un círculo fatal. Cádiz es una cárcel redonda, cuya pared circular gira alrededor de nuestro cerebro... Me muero aquí.
—¡Tan feliz ayer y tan desgraciado hoy!-le dije—. ¡Cuán limitada es la creación que está a nuestro alcance! ¡Cuán pobre es el universo!... El Omnipotente se ha reservado para sí lo mejor, dejándonos la escoria... No podemos salir de este maldito círculo... no hay escape por la tangente... El ansia de lo infinito quema nuestra alma, y no es posible dar un paso en busca de alivio... Vueltas y más vueltas... ¡Mula de noria... arre!... Otro circulito y otro y otro...
—Lord Gray, Dios le ha dado a usted todo y usted malgasta y arroja las riquezas de su alma haciéndose infortunado sin deber serlo.
—Amigo—me dijo apretándome la mano tan fuertemente que creí me la deshacía—soy muy desgraciado. Tenga usted lástima de mí.
—Si eso es desgracia, ¿qué nombre daremos a la horrenda agonía de una criatura, a quien usted acaba de precipitar en la mayor deshonra y vergüenza?
—¿Usted la ha visto?... ¡Infeliz muchacha!... Le he rogado que vaya conmigo a Malta y no quiere.
—Y hace bien.
—¡Pobre santita! Cuando la vi, más que su hermosura que es mucha, más que su talento que es grande, me cautivó su piedad... Todos decían que era perfecta, todos decían que merecía ser venerada en los altares... Esto me inflamaba más. Penetrar los misterios de aquella arca santa; ver lo que existía dentro de aquel venerable estuche de recogimiento, de piedad, de silencio, de modestia, de santa unción; acercarme y coger con mis manos aquella imagen celestial de mujer canonizable; alzarle el velo y mirar si había algo de humano tras los celajes místicos que la envolvían; coger para mí lo que no estaba destinado a ningún hombre y apropiarme lo que todos habían convenido en que fuese para Dios... ¡Qué inefable delicia, qué sublime encanto!... ¡Ay!, fingí, engañé, burlé... Maldita familia... Luchar con ella es luchar con toda una nación... Para atacarla toda la inteligencia y la astucia toda no bastan... Mil veces sea condenada la historia que crea estas fortalezas inexpugnables.
—La audacia y la despreocupación de un hombre son más fuertes que la historia.
—Pero cómo se desvanece todo... Aquello que ayer aún valía, hoy no vale nada y su encanto desaparece como el humo, como la nave, como la sombra... El hermoso misterio se disipó... La realidad todo lo mata... ¡Ay! Yo buscaba algo extraordinario, profundamente grandioso y sublime en aquella encarnación del principio religioso que caía en mis brazos; yo esperaba un tesoro de ideales delicias para mi alma, abrasada en sed inextinguible; yo esperaba recibir una impresión celeste que transportara mi alma a la esfera de las más altas concepciones; pero ¡maldita Naturaleza!, la criatura seráfica que yo soñaba rodeada de nubes y de angelitos en sobrenatural beatitud, se deshizo, se disipó, se descompuso, como una imagen de máquina óptica cuya luz sopla el bárbaro titiritero diciendo: «buenas noches...». Todo desapareció... Las alas de ángel agitándose zumbaban en mi oído, pero yo me desencajaba los ojos mirando y no veía nada, absolutamente nada más que una mujer... una mujer como otra cualquiera, como la de ayer, como la de anteayer...
—Hay que conformarse con lo que Dios nos ha dado y no aspirar a más. En resumen: usted sacó a Asunción de su casa, jurándole que abrazaría el catolicismo y se casaría con ella.
—Es verdad.
—Y lo cumplirá usted.
—No pienso casarme.
—Entonces...
—Ya le he dicho que venga conmigo a Malta.
—Ella no irá.
—Pues yo sí.
—Milord—dije dando a mis palabras toda la serenidad posible—usted debajo de ese humor melancólico, debajo de los oropeles de su imaginación tan brillante como loca, guarda sin duda un profundo sentido y un corazón de legítimo oro, no de vil metal sobredorado como sus acciones.
—¿Qué quiere usted decirme?
—Que una persona honrada como usted sabrá reparar la más reciente y la más grave de sus faltas.
—Araceli—me dijo con mucha sequedad—es usted impertinente. ¿Acaso es usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida?
—Lo mismo que si lo fuera—repuse, obligándole a detenerse en su marcha febril.
—¿Qué sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa? Quijotismo, puro quijotismo.
—Un sentimiento que no sé definir y que me mueve a dar este paso con fuerza extraordinaria—repuse—. Un sentimiento que creo encierra algo de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro... No le puedo contener ni sofocar. Quizás me equivoque; pero creo que usted es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y castigar.
—¿Es usted doña María?-me dijo con los ojos extraviados y la faz descompuesta—¿es usted doña María que toma forma varonil para ponérseme delante? Sólo a ella debo dar cuentas de mis acciones.
—Yo soy quien soy. Por lo demás, si parte de la responsabilidad corresponde a la madre de la víctima, eso no aminora la culpa de usted... Pero no es una sola víctima; las víctimas somos varias. La salvaje pasión de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus estragos a cuanto la rodea. Por la acción de usted personas inocentes están expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco responsable de faltas que no he cometido.
—En fin, Araceli, ¿en qué viene a parar toda esa música?—dijo con tono y modales que me recordaban el día de la borrachera en casa de Poenco.
—Esto viene a parar—repuse con vehemencia—en que usted se me ha hecho profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de mí, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir más.
Yo sentía inusitado fuego circulando por mis venas. No me explicaba aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario; pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes había visto, me hacía crispar los nervios, apretar los puños, y el corazón se me quería saltar del pecho. No había cálculo en mí. Todo lo que determinaba mi existencia en aquel momento era pasión pura.
—Araceli—añadió respirando con fuerza—, esta noche no estoy para bromas. ¿Crees que soy Currito Báez?
—Lord Gray—repuse—tampoco yo estoy para bromas.
—Todavía—dijo con amargo desdén—no he gustado el placer de matar a un deshacedor de agravios propios y amparador de doncellas ajenas.
—Maldito sea yo, si no es noble y nuevo lo que inflama mi espíritu en este instante.
—¡Araceli!-exclamó con súbita furia—¿quieres que te mate? Deseo acabar con alguien.
—Estoy dispuesto a darle a usted ese gusto.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo.
—¡Ah!—dijo riendo a carcajadas—. Tiene la preferencia el Sr. D. Quijote de la Mancha. España, me despido de ti luchando con tu héroe.
—No importa. Después de las burlas pueden venir las veras.
—Nos batiremos... ¿Quiere usted antes recibir las últimas lecciones de esgrima?
—Gracias, ya sé lo bastante.
—¡Pobre niño!... ¡Le mataré a usted!... Pero son las diez y media... mis amigos me esperan...
—A la Caleta.
—¿Nombramos padrinos?
—No nos faltarán amigos para elegir.
—Vamos pronto.
—Ahora mismo.
—Creí—dijo con espontánea fruición—, que no había en Cádiz más Quijote que D. Pedro del Congosto... ¡Oh, España! ¡Delicioso país!
XXXIV
La noche era oscura y serena. Al acercarnos a la puerta de la Caleta vimos de lejos la iluminación que había en la plazuela de las Barquillas, junto al teatro y en las barracas. Inmensa multitud se apiñaba en aquellos improvisados sitios de recreo, y oíanse los gritos y vivas con que se celebraba el gran suceso de la Albuera.
Aguardamos largo rato. Los amigos de lord Gray y D. Pedro esperaban en la muralla en dos grupos distintos.
—¿Se han traído los garrotes?-preguntó sigilosamente uno de los de lord Gray.
—Sí... son vergajos de cuero para que pueda ser vapuleado sin recibir golpes mortales...
—¿Y las hachas de viento?
—¿Y los cohetes?
—Todo está—dijo uno sin poder disimular su gozo—. El figurón vestido de todas armas a la antigua que ha de presentarse en lugar de lord Gray aguarda en aquella casa. Mamarracho igual no le ha visto Cádiz.
—Pero D. Pedro no parece...
—Allá viene... sus amigos los cruzados le rodean.
—Todo ha de hacerse como lo he dispuesto yo...-indicó lord Gray—quiero despedirme de Cádiz con buen bromazo.
—Lástima que esto no pudiera hacerse en el escenario del teatro.
—Señores, se acerca la hora. ¿Baja usted... Araceli?
—Al instante voy.
Bajaron todos, y me detuve deseando aislarme por breve rato para recoger mi espíritu y dar alas a mi pensamiento. Habíame paseado un poco entre la puerta y la plataforma de Capuchinos, cuando vi en la muralla una persona, un bulto negro, cuya forma y figura no podía distinguirse bien, y que se volvía hacia la playa, siguiendo con la vista a los espectadores y héroes del burlesco desafío. Picábame la curiosidad por saber quién era; mas teniendo prisa, no me detuve y bajé al instante.
Dos grandes grupos se formaron en la playa, y los de uno y otro bando, excepto algunos bobalicones que vestían el traje de cruzados, estaban en el ajo. Entre los de lord Gray, vi un figurón armado de pies a cabeza, con peto y espaldar de latón, celada de encaje, rodela y con tantas plumas en la cabeza que más que guerrero parecía salvaje de América. Dábanle instrucciones los demás y él decía:
—Ya sé lo que tengo que hacer. Triste cosa es dejarse matar, manque sea de mentirijiyas... Yo le diré que me pongo en guardia, luego hablaré inglés así: «Pliquis miquis...», y después daré un berrido, cétera, cétera...
—Haz todo lo posible por imitar mis modales y mi voz—le dijo lord Gray.
—Descuide miloro.
Uno de los presentes acercose al otro grupo y dijo en voz alta:
—Su excelencia lord Gray, duque de Gray, está dispuesto. Vamos a partir el sol; pero como no hay sol, se partirán las estrellas... Hagamos una raya en la arena.
—Por mi parte, pronto estoy—dijo D. Pedro, viendo avanzar hacia el ruedo la espantable figura del caballero armado—. Me parece que tiembla usted, lord Gray.
Y en efecto, el supuesto lord temblaba.
—Dios venga en mi ayuda—exclamó huecamente Congosto—y que este brazo, pronto a defender la justicia y a vengar un vergonzoso ultraje, sea más fuerte que el del Cid... ¿Lord Gray, reconoce usted su error y se dispone a reparar la afrenta que ha causado?
El Sr. Poenco (pues no era otro) creyó prudente contestar en inglés de esta manera:
—Pliquis miquis... ¡ay!, ¡ooo!... Esperpentis Congosto... ¡Nooo!
—¡Pues sea!—dijo D Pedro sacando la espada—y a quien Dios se la dé...
Cruzáronse los terribles aceros; daba don Pedro unos mandobles que habrían hendido en dos mitades al Sr. Poenco, si este con prudencia suma no se retirara dando saltos hacia atrás. Los presentes aguantaban con gran trabajo la risa, porque el desafío era una especie de baile, en el cual veíase a don Pedro saltando de aquí para allí para atrapar bajo el filo de su espada al supuesto lord Gray. Por fin, después de repetidas vueltas y revueltas, este exhaló un rugido y cayó en tierra, diciendo:
—Muerto soy.
Al punto D. Pedro viose rodeado por un lado y otro. Multitud de vergajos cayeron sobre sus lomos, y con loco estrépito repetían los circunstantes:
—¡Viva el gran D. Pedro del Congosto, el más valiente caballero de España!
Las hachas de viento se encendieron y comenzó una especie de escena infernal. Este le empujaba de un lado, aquel del otro, querían llevarle en vilo; pero fue preciso arrastrarle, y en tanto llovían los palos sobre el infeliz caballero y los dos o tres cruzados que salieron en su defensa.
—¡Viva el valiente, el invencible D. Pedro del Congosto, que ha matado a lord Gray!
—¡Atrás canalla!-gritaba defendiéndose el estafermo—. Si le maté a él, haré lo mismo con vosotros, gentuza vengativa y desvergonzada.
Y apaleado, pinchado, empujado, arrastrado, fue conducido hacia la puerta como en grotesco triunfo, hasta que condolidos de tanta crueldad, le cargaron a cuestas, llevándole procesionalmente a la ciudad. Unos tocaban cuernos, otros golpeaban sartenes y cacharros, otros sonaban cencerros y esquilas, y con el ruido de tales instrumentos y el fulgor de las hachas, aquel cuadro parecía escena de brujas o fantástica asonada del tiempo en que había encantadores en el mundo. Ya en lo alto de la muralla, dejaron de mortificar al héroe, y llevado en hombros, su paseo por delante de las barracas fue un verdadero triunfo. La espada de D. Pedro quedó abandonada en el suelo. Era según antes he dicho, la espada de Francisco Pizarro. A tal estado habían venido a parar las grandezas heroicas de España.
Lord Gray y yo con otros dos, nos habíamos quedado en la playa.
—¿Una segunda broma?-preguntó Figueroa, que era uno de los padrinos, sobre el terreno nombrados.
—Acabemos de una vez—dijo lord Gray con impaciencia—. Tengo que arreglar mi viaje.
—Dense explicaciones—dijo el otro—y se evitará un lance desagradable.
—Araceli es quien tiene que darlas, no yo—afirmó el inglés.
—A lord Gray corresponde hablar, sincerándose de su vil conducta.
—En guardia—exclamó él con frenesí—. Me despido de Cádiz matando a un amigo.
—En guardia—exclamé yo sacando la espada.
Los preliminares duraron poco y los dos aceros culebrearon con luz de plata en la oscuridad de la noche.
De pronto uno de los padrinos dijo:
—Alto, alguien nos ve... Por allí avanza una persona.
—Un bulto negro... Maldito sea el curioso.
—Si será Villavicencio, que ha tenido noticia de la broma y creyendo venir a impedirla, sorprende las veras...
—Parece una mujer.
—Más bien parece un hombre. Se detiene allí... nos observa.
—Adelante—dijo lord Gray—. Que venga el mundo entero a observarnos.
—Adelante.
Volvieron a cruzarse los aceros. Yo me sentía fuerte en la segunda embestida; lord Gray era habilísimo tirador; pero estaba agitado, mientras que yo conservaba bastante serenidad. De pronto mi mano avanzó con rápido empuje; sintiose el chirrido de un acero al resbalar contra el otro, y lord Gray articulando una exclamación, cayó en tierra.
—Muero—dijo, llevándose la mano al pecho—. Araceli... buen discípulo... honra a su maestro.
XXXV
Arrojando la espada, mi primer impulso fue correr hacia el herido y auxiliarle; pero Figueroa lleno de turbación, me dijo:
—Esto es hecho... Araceli, huye... no pierdas tiempo. El gobernador... la embajada... Wellesley.
Comprendiendo lo arriesgado de mi situación, corrí hacia la muralla. Turbado y hondamente impresionado y conmovido andaba hacia la puerta, cuando me detuvo una persona que avanzaba resueltamente hacia el lugar de la catástrofe.
—¡El gobernador Villavicencio!—dije en el primer momento antes de distinguir con claridad el bulto de aquel extraño espectador del duelo.
Mas reconociendo a la persona al acercarme a ella, exclamé con asombro:
—Señora doña María... ¡Usted aquí a esta hora!
—Ha caído—dijo mirando con viva atención hacia donde estaba lord Gray—. Acertó la marquesa al asegurar que no era D. Pedro hombre a propósito para llevar adelante esta grande empresa. Usted...
—Señora—dije bruscamente—no alabe usted mi hazaña... Quiero olvidarla, quiera olvidar que esta mano...
—Ha castigado usted la infamia de un malvado, y el alto principio del honor ha quedado triunfante.
—Lo dudo mucho, señora. El orgullo de mi hazaña es una llama que me quema el corazón.
—Quiero verlo—dijo bruscamente la señora.
—¿A quién?
—A lord Gray.
—Yo no—exclamé con espanto, deseando alejarme de allí.
Doña María se acercó al cuerpo y lo examinó.
—Una venda—dijo uno.
Doña María arrojó un pañuelo sobre el cuerpo, y quitándose luego un chal negro que bajo el manto traía, hízolo jirones y lo tiró sobre la arena.
Lord Gray abriendo los ojos, con voz débil habló así:
—¡Doña María! ¿Por qué tomaste la figura de este amigo?... Si tu hija entra en el convento, la sacaré.
La condesa de Rumblar se alejó con presteza de allí.
Movido de un sentimiento compasivo, acerqueme a lord Gray. Aquella hermosa figura, arrojada en tierra, aquel semblante descolorido y cadavérico me inspiraba profundo dolor. El herido se incorporó al verme, y alzando su mano me dijo algunas palabras que resonaron en mi cerebro con eco que no pude nunca olvidar; ¡extrañas palabras!
Aparteme rápidamente de allí y entraba por la puerta de la Caleta, cuando la de Rumblar, andando a buen paso tras de mí, me detuvo.
—Lléveme usted a mi casa. Si es preciso ocultarle a usted, yo me encargo. Villavicencio quiere prenderle a usted; pero no permito que tan buen caballero caiga en manos de la justicia.
Ofrecile el brazo y anduvimos despacio. Yo no decía nada.
—Caballero—prosiguió—. ¡Oh, cuánto me complazco en dar a usted este nombre! La hermosa palabra rarísima vez tiene aplicación en esta corrompida sociedad.
No le contesté. Seguimos andando, y por dos o tres veces me prodigó los mismos elogios. Yo principiaba a cobrar aborrecimiento a mi estupenda caballerosidad. La sangre de lord Gray corría en surtidor espantoso delante de mis ojos.
—Desde hoy, valeroso joven, ha adquirido usted el último grado en mi estimación, y le daré una prueba de ello.
Tampoco dije nada.
—Cuando mi hija se presentó en casa en el lastimoso estado en que usted pudo verla, invoqué a Dios, pidiéndole el castigo de ese verdugo de nuestra honra. Me indignaba ver que de tantos hombres como en casa se reunieron, ni uno solo comprendió los deberes que el honor impone a un caballero... Cuando vi al buen Congosto dispuesto a vengar mi ultraje, creí firmemente que Dios le había hecho ejecutor de su justicia. Dicen que D. Pedro es ridículo; pero ¡ay!, como la hidalguía, la nobleza y la elevación de sentimientos son una excepción en esta sociedad, las gentes llaman ridículo al que discrepa de su nauseabunda vulgaridad... Yo, no sé por qué confiaba en el éxito del valor de Congosto... Anhelaba ser hombre, y me consumía en mi profundo dolor. Yo creía que la armonía del mundo no podía existir mientras lord Gray viviera, y una curiosidad intensa devoraba mi alma... No podía dormir, el velar me hacía daño... no se apartaba de mi pensamiento la escena que después he presenciado aquí, y cada minuto que pasaba sin saber el resultado de una contienda que yo creí seria, me parecía un siglo...
—Señora doña María—dije procurando echar fuera el gran peso que tenía sobre mi alma—el varonil espíritu de usted me asombra. Pero si vuelve usted a nacer y vuelve a tener hijas...
—Ya sé lo que me quiere usted decir, sí... que las tenga más sujetas, que no les permita ni siquiera mirar a un hombre. He sido demasiado tolerante... Pero apartémonos de aquí... el ruido de esa canalla me hace daño.
—Son los patriotas que celebran la victoria de Albuera y la Constitución que se ha leído hoy a las Cortes.
Detúvose un instante ante las barracas y al andar de nuevo, habló así lúgubremente:
—Yo he muerto, he muerto ya. El mundo acabó para mí. Le dejo entregado a los charlatanes. Al dirigirle la última mirada, mi espíritu se recoge en sí mismo, se alimenta de sí mismo, y no necesita más... Siento haber nacido en esta infame época. Yo no soy de esta época, no... Desde esta noche mi casa se cerrará como un sepulcro... Valeroso joven, al despedirme de usted para siempre, quiero darle una prueba de mi gratitud.
Tampoco dije nada... Lord Gray continuaba delante de mí.
—Usted—prosiguió—se presenta desde este instante a mis ojos rodeado de una aureola. Usted ha respondido a mis ideas como responde el brazo al pensamiento.
—Maldita aureola—exclamé para mí—maldito brazo y maldito pensamiento.
—Le premiaré a usted del modo siguiente. Ya sé que usted ama a la estudianta... me lo ha dicho la de Leiva.
—¿Quién es la estudianta, señora?
—La estudianta es Inés, hija como usted sabe... dejémonos de misterios... hija de la buena pieza de mi parienta la condesa y de un estudiantillo llamado D. Luis. He querido sacar algún partido de esa infeliz; pero no es posible. Su liviana condición la hace incapaz de toda enmienda. Vale bien poco. ¿Es cierto que la sacó usted de casa?
—Sí, señora. La saqué para llevarla al lado de su madre. Me vanaglorio de esta acción más que de la que usted acaba de presenciar.
—¿Y la ama usted?
—Sí, señora.
—Es una lástima. La estudianta es indigna de usted. Yo se la regalo. Puede usted divertirse con ella... Será como su madre... le han dado una educación lamentable, y criada entre gente humildísima, tuvo tiempo de aprender toda clase de malicias.
Oí tales palabras con indignación, pero callé.
—Me asombro de mi necedad. ¡Oh! Mi hijo no puede casarse con tal chiquilla... La condesa la reclama, la llama su hija, desbarata la admirable trama de la familia para asegurar el porvenir de la hija y poner un velo al deshonor de la madre. La condesa la reclama... ¿Qué nombre llevará? Desde este momento Inés es una desgraciada criatura espúrea, a quien ningún caballero podrá ofrecer dignamente su mano.
Continué en silencio. Mi entendimiento estaba como paralizado y entumecido por el estupor.
—Sí—prosiguió—. Todo ha concluido. Pleitearé... porque el mayorazgo me corresponde. La casa de Leiva no tiene sucesión... Supongo que usted no será capaz de dar su nombre a una... Llévesela usted, llévesela pronto. No quiero tener en casa esa deshonra... Una muchacha sin nombre... una infeliz espúrea. ¡Qué horrible espectáculo para mi pobrecita Presentación, para mi única hija!...
Doña María exhaló un suspiro en que parecía haberse desprendido de la mitad de su alma, y no dijo más por el camino. Yo tampoco hablé una palabra.
Llegamos a la casa, donde con impaciencia y zozobra esperaba a su ama D. Paco. Subimos en silencio, aguardé un instante en la sala, y doña María después de pequeña ausencia apareció trayendo a Inés de la mano, y me dijo:
—Ahí la tiene usted... Puede usted llevársela, huir de Cádiz... divertirse, sí, divertirse con ella. Le aseguro a usted que vale poco... Después de la declaración de su madre, yo aseguro que ni la marquesa de Leiva ni yo haremos nada por recobrarla.
—Vamos, Inés—exclamé—huyamos de aquí, huyamos para siempre de esta casa y de Cádiz.
—¿Van ustedes a Malta?-me preguntó doña María con una sonrisa, de cuya expresión espantosa no puedo dar idea con las palabras de nuestra lengua.
—¿No me deja usted—dijo Inés llorando—entrar en el cuarto donde está encerrada Asunción, para despedirme de ella?
Doña María por única contestación nos señaló la puerta. Salimos y bajamos. Cuando la condesa de Rumblar se apartó de nuestra vista; cuando la claridad de la lámpara que ella misma sostenía en alto, dejó de iluminar su rostro, me pareció que aquella figura se había borrado de un lienzo, que había desaparecido, como desaparece la viñeta pintada en la hoja, al cerrarse bruscamente el libro que la contiene.
—Huyamos, querida mía, huyamos de esta maldita casa y de Cádiz y de la Caleta—dije estrechando con mi brazo la mano de Inés.
—¿Y lord Gray?-me preguntó.
—Calla... no me preguntes nada—exclamé con zozobra—. Apártate de mí. Mis manos están manchadas de sangre.
—Ya entiendo—dijo ella con viva emoción—. La infame conducta de ese hombre ha sido castigada... Ha muerto lord Gray.
—No me preguntes nada—repetí avivando el paso—. Lord Gray... Yo tuve más suerte que él en el duelo. Mañana dirán que el honor... pues... me pondrán por las nubes... ¡Infeliz de mí!... El desgraciado cayó bañado en sangre; acerqueme a él y me dijo: «¿Crees que he muerto? ¡Ilusión!... yo no muero... yo no puedo morir... yo soy inmortal...».
—¿De modo que no ha muerto?
—Huyamos... no te detengas... yo estoy loco. ¿Esa figura que ha pasado delante de nosotros no es la de lord Gray?
Inés estrechándose más contra mí, añadió:
—Huyamos, sí... quizás te persigan... Mi madre y yo te esconderemos y huiremos contigo.
FIN
Septiembre-Octubre, 1874.