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Canto a la Argentina, Oda a Mitre y otros poemas / Obras Completas Vol. IX cover

Canto a la Argentina, Oda a Mitre y otros poemas / Obras Completas Vol. IX

Chapter 10: VII
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About This Book

The collection gathers odes and lyric poems that exalt Argentina's landscapes, people, and civic energy, alternating expansive patriotic declamations with intimate portrayals of rural life, urban growth, immigration, and female beauty. Poems celebrate the pampas, agricultural abundance, the bustle of a rising metropolis, and the mingling of diverse immigrant traditions, while reflecting on modern industry, transport, and cultural renewal. A recurring voice merges mythic imagery with pastoral detail, praising communal labor, hospitality, and poetic lineage, and balancing civic pride with elegiac tenderness toward memory, song, and everyday rituals.

DIRÉ la beldad y la gracia
de la mujer. Así cual
por singular eficacia
el buen jardinero acierta
a crear en su arte vegetal
por lo que combina e injerta,
por lo que reparte o resume,
inédito tipo de rosas,
de crisantemos o jacintos,
con raro aspecto y perfume,
con corolas esplendorosas,
con formas y tonos distintos,
así la mujer argentina
con savias diversas creada
espléndida flor animada,
esplende, perfuma y culmina.

TALLE de vals es de Viena,
ojo morisco es de España,
crespa y espesa pestaña
es de latina sirena;
de Britania será esa piel
cual la de la pulpa del lis
y que se sonrosa en el
rostro angélico de la miss;
esa ondulante elegancia
es de la estelar París,
y esa luminosa fragancia
de las entrañas del país.
Concentración de hechizos varios,
mezcla de esencias y vigores,
nórdico oro, mármoles parios,
algo de la perla y del lirio,
música plástica, visión
del más encantador martirio,
voluptuosidad, ilusión,
placidez que todo mitiga,
o pasión que todo lo arrolla,
leona amante o dulce enemiga,
tal la triunfante Venus criolla.

SE tejerán frescas coronas
en recuerdo de las patricias
que fueron como las matronas
de Roma, como las mujeres
de Esparta. Las que son delicias
y ensueños de las moradas,
cumplirán filiales deberes
con las genitoras pasadas;
y recordándolas a ellas,
siendo las amadas y esposas
llenarán radiantes y bellas
la obligación de las estrellas
y la misión de las rosas.

DIRÉ de la generación
en flor de las almas flamantes,
primavera e iniciación;
de vosotros, oh, estudiantes,
empenachados de ilusión
y acorazados de audacia,
que tendéis vuestras almas plenas
de amor, de fuerza y de gracia,
al divino Platón de Atenas
o al celeste Orfeo de Tracia,
a la Verdad o a la Armonía,
al Cálculo o al Ensueño,
firmes de ardor, vivos de empeño,
robustos de confianza propia
y a quien es justo que ceda
la fugaz Fortuna su rueda,
la Abundancia su cornucopia;
vosotros que sabéis por qué
abre Pegaso las alas
y hay misterio en la lumbre de
los ojos del buho de Palas,
sed cantados y bendecidos.
Estad atentos a los ruidos
que preceden la alba naciente,
estad atentos a los nidos
que se incuban en el presente,
a lo que vendrá y que se anuncia,
en la palabra que pronuncia
vuestra boca. El grito sagrado
para vosotros resuena
como pitagórico verso,
clamad así ante el universo:
¡Ave, Argentina, vita plena!
¡Jóvenes, frentes para lauros,
brazos para amantes abrazos,
pero también gímnicos brazos
para hidras y minotauros;
infantes de mundial estirpe,
que vuestra voluntad extirpe,
falso anhelo, odio victimario,
y en el patriótico sagrario
dejéis como ofrendas de aristos
ansias de Perseos o Cristos
en la fiesta del Centenario!

CUANDO el carro de Apolo pasa
una sombra lírica llega
Junto a la cuadriga de brasa
de la divinidad griega.
Y se oyen como vagos aires
que acarician a Buenos Aires:
es el alma de Santos Vega.
El gaucho tendrá su parte
en los jubileos futuros,
pues sus viejos cantares puros
entrarán al reino del Arte.

CANTARÉ del primer navío
que velivolante saliera
desde las aguas del Río
de la Plata con la bandera
bicolor al mástil gallardo.
Recordad al nauta que vino
de Saint-Tropez, a Buchardo,
el capitán franco-argentino,
hábil bajo las marejadas,
bajo las tormentas ufano;
y a todos sus camaradas
que fueron por el oceano,
denodados predecesores
de los que hoy en acorazadas
naves portan a sol y bruma
los dos simbólicos colores
flameantes sobre la espuma.
Bien vayan torres y palacios
erizados de cañones
suprimiendo tiempo y espacios
a visitar a las naciones,
pero no por guerra voraz,
productora de luto y llanto,
mas diciendo como en el canto
del italiano: ¡Paz! ¡Paz! ¡Paz!
Heroica nación bendecida,
ármate para defenderte;
sé centinela de la Vida
y no ayudante de la Muerte.
Que tus máquinas de hierro
y que las bruñidas bocas
cruentas no alegren al perro
negro avernal. Que tu lanza,
cual la libertad que invocas,
garantía a tu pueblo sea;
que tu casco abrigue la Idea,
sabiduría y esperanza,
como el de Palas Atenea.

SALGAN y lleguen en buen hora,
dominando los elementos
las velas que el marino adora,
y los steamers humeantes
que conducen los alimentos,
la carga de los fabricantes,
los ejércitos de emigrantes,
el designio, el brazo que va
a arar, sembrar y producir
en el latifundio, en el pago,
partan las naves de Cartago
y arriben las naves de Ofir!
¡Y bien se escuche en las funciones
de conmemoración el trueno
de las salvas de los cañones
del mar conmoviendo el estuario
de hímnicas vibraciones lleno
en la fiesta del Centenario!

GLORIA a América prepotente!
Su alto destino se siente
por la continental balanza
que tiene por fiel el istmo:
los dos platos del continente
ponen su caudal de esperanza
ante el gran Dios sobre el abismo.
¿Y por quién sino por tu gloria,
oh, Libertad, tanto prodigio?
Aguila, Sol y Gorro Frigio
llenan la americana historia.
Y en lo infinito ha resonado,
júbilo de la humanidad,
repetido el grito sagrado:
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
Antes que Ceres fué Mavorte
el triunfador continental.
Sangre bebió el suelo del Norte
como el suelo Meridional.
Tal a los siglos fué preciso.
Para ir hacia lo venidero,
para hacer, si no el paraíso,
la casa feliz del obrero
en la plenitud ciudadana,
vínculo íntimo eslabona
e ímpetu exterior hermana
a la raza anglo-sajona
con la latino-americana.
Proles múltiples, muchedumbres,
tupidas colmenas de hombres,
transformadoras de costumbres,
con vosotras está la suma
de fuerza en que América finca;
fuisteis presentidas del inca;
os adivinó Moctezuma.
En este día supremo:
¡Excelsior! se oye en un extremo;
en el otro se oye ¡Adelante!
¡Glorificado el instante
en que resurge Triptolemo!
América que la dicha encierra
vivirá del sol y la tierra;
y hoy la tierra, pánico incensario
encendido por el destino,
perfuma el día argentino
en la fiesta del Centenario.

A las evocaciones clásicas
despiertan los dioses autóctonos,
los de los altares pretéritos
de Copán, Palenque, Tihuanaco,
por donde quizá pasaran
en lo lejano de tiempos
y epopeyas Pan y Baco.
Y en lo primordial poético
todo lo posible épico,
todo lo mítico posible
de mahabaratas y génesis,
lo fabuloso y lo terrible
que está en lo ilimitado y quieto
del impenetrable secreto.

CANTARÉ la Paz sobre todo.
Huya el Demonio perverso,
huya el Demonio beodo
que incendia en mal el universo,
desaparezcan las furias
que con sangre de los ejércitos
empurpuraron las centurias;
que no más rujan los tigres
marciales sino de alegría,
y que a la Paz se alce un templo
como aquel que dando un ejemplo
insigne Augusto romano
ordenara elevar un día.
El industrioso ciudadano
el ramo de olivo venere:
que tenga sus armas listas,
no para inhumanas conquistas,
mas para defender su tierra
donde por la patria se muere.
¡Guerra, pues, tan sólo a la guerra!
Paz, para que el pensamiento
domine el globo, y vaya luego,
cual bíblico carro de fuego,
de firmamento en firmamento.
¡Paz para los creadores,
descubridores, inventores,
rebuscadores de verdad;
paz a los poetas de Dios,
paz a los activos y a los
hombres de buena voluntad!
En paz la hora renaciente,
continua y poliformemente,
el movimiento y no la inercia,
legiones dueñas de sus actos,
gente que osa, que comercia,
multiplica los artefactos,
combate la escasez, la negra
miseria, y pasa sus revistas
a las usinas y talleres;
y sus horas áureas alegra
con la invención de los artistas
y la beldad de las mujeres.
¿A qué los crueles filósofos?
¿A qué los falsos crisóstomos
de la inquina y de la blasfemia?
¡Al pueblo que busca ideal
ofrezca una nueva academia
sus enseñanzas contra el mal,
su filosofía de luz;
que no más el odio emponzoñe,
y un ramaje de paz retoñe
del madero de la Cruz!

¡Argentina! el cantor ha oteado
desde la alta región tu futuro.
Y vió en lo inmemorial del pasado
las metrópolis reinas que fueron,
las que por Dios malditas cayeron
en instante pestífero; el muro
que crujió remordido de llamas
la hervorosa Persépolis, Tiro,
la imperial Babilonia que aun brama,
y las urbes que vieron a Ciro,
a Alejandro, y a todos los fuertes
que escoltaron victorias y muertes.
Y miró a Bizancio y a Atenas,
y a la que, domadora del mundo
siendo Lupa indomable, fué Roma.
Y vió tronos, suplicios, cadenas,
y con tiaras a tigres y hienas,
Y cien más capitales precitas
donde el hombre fué ciego a la vasta
Libertad, donde fueron escritas
terroríficas y duras leyes,
contra tribus y pueblos y casta,
o las leyes fueron voluntades;
y a través de tragedias y gestas
derrumbáronse tronos y reyes,
o se hicieron cenizas ciudades
por ensalmos de frases funestas.
Y después otros siglos y luchas,
otra vez lo que arrasa y escombra,
muchos reinos que surgen y muchas
vanidades que caen en la sombra
infinita. Mane, Thecel, Phares.
Y el poeta miró un astro eterno
sobre ruinas y tierras y mares,
que alumbraba con su claridad
nuevos cultos, cultura y gobierno
y a su brillo quedó deslumbrado:
era el astro de la Libertad.
Argentinos, la inmortal estrella
a vosotros simbólica es Sol:
las naciones son grandes por ella:
lo sabía el abuelo español.
Dad a todas las almas abrigo,
sed nación de naciones hermana,
convidad a la fiesta del trigo,
al domingo del lino y la lana,
thanks-giving, yon kipour, romería,
la confraternidad de destinos,
la confraternidad de oraciones,
la confraternidad de canciones,
bajo los colores argentinos!

ARGENTINA, el día en que te vistes
de gala, en que brillan tus calles
y no hay aspectos ni almas tristes
en alturas, pampas y valles;
el día en que desde tus fuertes,
tus cruceros y tus cuarteles
salvas lanzas, músicas viertes
entre las palmas y laureles,
visitada por los príncipes
de reinos y tierras lejanas
y mensajeros de repúblicas,
son las patrias americanas
las que más comparten tu júbilo.
Son las próximas hermanas
las que te proclaman primera
en el decoro familial,
después de heroica y guerrera,
hospitalaria y maternal.
Argentina tiarada de ónice
y de mármol, se puede ver
cuál luce sobre tu frente
el diamante refulgente
de las alturas, Lucifer:
pues eres la aurora de América.
Magnifícase tu apoteosis,
regazo de múltiples climas,
preferida del nuevo siglo,
y en sus cláusulas y en sus rimas
te profetizan tus profetas
y te poetizan tus poetas.
Crece el tesoro año por año
mientras prosigues las tareas
de las por Dios suspendidas
civilizaciones de antaño;
encarnas, produces, creas
cerebro para otras ideas,
útero para nuevas vidas.
Tus hijos llevarán en sí
por su sangre el hierro y rubí
de los cuatro puntos del globo.
Concentración de los varones
de vedas, biblias y coranes,
en el colmo de sus afanes,
en el logro de sus acciones,
tu floración de floraciones
tendrá un perfume latino.
En el primitivo crisol
Roma influyó en tu destino,
cuando a través del español
puso su enérgico metal.
Y sus históricas llamas
animarán genios y famas
al argentino Arco Triunfal.

¡Y yo, por fin, qué he de decirte
en voto cordial, Argentina!
Que tu bajel no encuentre sirte,
que sea inexhausta tu mina,
inacabables tus rebaños
y que los pueblos extraños
coman el pan de tu harina.
¡Cómalo yo en postreros años
de mi carrera peregrina,
sintiendo las brisas del Plata!
Que libre de hambre y pestes
por tus tesoros y tu ciencia,
jamás enemigas huestes
te combatan. Tu preeminencia
sea siempre mayor, y homérica
voz de tu genio viril
por ti diga el triunfo de América.

Y mi inspiradora, alumna
del Musagetes, al viento
las alas, mi pensamiento
florido da a la columna,
riega junto al monumento;
y en lo solemne del coro
del himno, el acento canoro
une mi amor y mi acento:
¡Argentina tu día ha llegado!
¡Buenos Aires, amada ciudad,
el Pegaso de estrellas herrado
sobre ti vuela en vuelo inspirado!
Oid, mortales, el grito sagrado:
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

ODA A MITRE

1906

CINGOR Apollinea victircia tempora lauro
Et sensi exsequias funeris ipse mei.
Decursusque virum notox mihi donaque regum;
Cunctaque per titulus oppida lecta suos;
Et quo me officcio portaverit illa juventus,
Quæ fuit ante meum tam generosa forum;
Denique laudari sacrato Cæseris ore
Emerui lacrimas elicuique Deo.
Ovidio.

I

¡OH, captain! Oh, my captain!», clamaba Whitman. ¡Oh,! gran Capitán de un mundo nuevo y radiante, yo qué diría sino «¡mi General!» en un grito profundo que hiciera estremecerse las ráfagas del día!

Gran Capitán de acero y oro,
gran General que amaste en la acción y el sueño
de Psiquis el decoro,
el único tesoro
que en Dios agranda el átomo de este mundo pequeño.

II

Á la sabia y divina Themis
colocaron las Parcas, según Píndaro,
en un carro de oro para ir hacia el Olimpo.
Que las tres viejas misteriosas
hayan parado en un momento—el
instante de un pensamiento—
el trabajo continuo de sus manos,
cuando, de un lauro y una palma
precedida, ha pasado el alma
de Aquel que los americanos
miraron hace tiempo trasladado y fundido
en el metal que vence la herrumbre del olvido.

III

Es de todos los puntos de nuestra tierra ardiente
que brota hoy de los vibrantes pechos
voz orgullosa o reverente
para el que siendo un alma de todo un continente,
defendió, Cincinato sabio y Catón prudente,
todas las libertades y todos los derechos.
Pues él era el varón continental. Y era
el amado Patriarca continental. ¡Patriarca
que conservó en sus nobles canas la primavera,
que soportó la tempestad más dura,
y a quien una paloma llevó una rosa al arca,
rosa de porvenir, rosa divina,
rosa que dice el alba de América futura,
de la América nuestra de la sangre latina!

IV

Jamás se vieron una lealtad mayor
que la del León italiano
al amigo de América que amó en fraterno amor.
¡De Garibaldi y Mitre las dos diestras hermanas
sembraron la simiente de encinas italianas
y argentinas que hoy llenan la tierra de rumor!
A ambos cubrió la gran sombra del Dante,
y en el Dante se amaron. En el vasto crisol
se encontraron un día dos almas de diamante
hechas de libertad y nutridas de sol.

V

¡Condor, tú reconoces esos sagrados restos!
¡Oh, tempestad andina, tú sabes quién es él!
Doncellas de las pampas, rellenad vuestros cestos
de las más frescas flores y de hojas de laurel.

VI

De las fechas de púrpura de la Historia Argentina,
del fulgor de sus glorias, de su guerrero horror,
de todo ello se enciende tu apoteosis divina
hecha de patrio fuego y universal amor.
Cristal y bronce el verbo y de cristal tu idea,
tuviste el equilibrio que mantiene en sí mismo,
y ajeno a los halagos de la nocturna Dea,
subiste a las alturas sin miedo del abismo.
«Los dioses y los hombres tienen un mismo origen»,
dice el lírico. Y sabe que el orbe entero gira
por las manos supremas que un plan supremo rigen
como los sacros dedos el alma de la lira.
Cuando hay hombres que tienen el divino elemento
y les vemos en cantos o en obras traspasar
los límites de la hora, los límites del viento,
los reinos de la tierra, los imperios del mar,
¡sepamos que son hechos de una carne más pura;
sepamos que son dueños de altas cosas, y los
que encargados del acto de una ciencia futura
tienen que darle cuenta de los siglos a Dios!

VII

De la magnífica marea
hecha de sombra, hecha de idea,
que sube del mar popular,
asciende a tus conquistas sumas
el perfume de las espumas
de ese inmenso y terrible mar.
Pues tu pueblo te ama, austero
y pensativo caballero
que hiciste del deber tu cruz,
y a quien el arcángel ardiente
de la guerra besó en la frente
dejando una estrella de luz.
¡Cuántas veces tu diestra augusta,
cuántas tu palabra robusta
conjurara la tempestad!
¡Cuántas salvaste la bandera,
y cuántas la Argentina fuera
por ti sacra a la Humanidad!
¡Cuántas evitaste los llantos,
la triste faz, los negros mantos
y el morder las manos de horror!
¡Cuántas con tus acentos grandes
apartaste sobre los Andes
nubes de trueno y de dolor!

VIII

¡Ilustre abuelo!, partes, pero
cuando contempla el orbe entero
la obra en que hiciste tanto tú,
¡triunfo civil sobre las almas,
el progreso llena de palmas,
la libertad sobre el ombú!
Tu gloria crece y se ilumina
en la República Argentina
con una enorme luz de sol,
y tu idea en el continente
ha derramado su simiente
en donde se habla el español.

Lleno de cívico decoro
y limpio de odio y de oro
hacia la eternidad te vas,
como un jefe amado y amante,
con las banderas por delante
y las bendiciones detrás.
¡Oh, Capitán! ¡Oh, General!;
jefe sereno e inmortal
que hacia la sombra te encaminas,
recibe el voto de los nobles
y la inclinación de los robles
y el saludo de las encinas.

IX

Belgrano te saluda y San Martín y el mundo
americano. El alma latina te decora
con la palma que anuncia el porvenir fecundo,
y una guirnalda fresca y blanca, color de aurora.
Pues tú fuiste aquel fuerte que se reposó un día
después de los horrores terribles de la guerra,
hallando en los amores de la santa Armonía
la esencia más preciosa del zumo de la tierra.
En el dintel de Horacio y en la dantesca sombra,
te vieron las atentas generaciones, alto,
fiel al divino origen del Dios que no se nombra,
desentrañando en oro y esculpiendo en basalto.
Y para mí, Maestro, tu vasta gloria es ésa:
amar los hechos fugaces de la hora,
sobre la ciencia a ciegas, sobre la historia espesa,
la eterna Poesía más clara que la aurora.
Cuando, cual los centauros de metopas y estampas,
ibas en un revuelo de tempestad marcial,
bravo generalísimo, jinete de las pampas,
envuelto ya en el alba de un futuro real,
quizás te acompañaba, junto al corcel guerrero,
la musa de tus años en flor; quizás entonces
pensabas en los épicos exámetros de Homero,
sublimes como mármoles y eternos como bronces.
Y luego ya en tus horas de Néstor Argentino,
sintiendo en ti la fuerza que las edades doma,
te acompañaba el soplo del rudo Gibelino
y Flacco te traía sus músicas de Roma.
Supiste que en el mundo los odios, la mentira,
los celos, las crueles insidias, los espantos,
se esfuman ante el alma celeste de la Lira
que puebla el universo de estrellas y de cantos.
¡Gloria a ti sobre el sistro antiguo y sobre el parche
que ha sonado con duelo a tu fúnebre paso!
¡Gloria sobre el ejército que en lo futuro marche
con los ojos en ti como en sol sin ocaso!
¡Gloria a ti que a Catón y a Marco Aurelio hubiste
rimando versos que eran siempre de cosas puras,
pues las Gracias brindaron a tu espíritu, triste
de pensar, los diamantes de sus minas obscuras!

¡Gloria a ti que en tu tierra, fragante como un nido,
rumorosa como una colmena y agitada
como un mar, ofrendaste, vencedor del olvido,
paladín y poeta, un lauro y una espada!
¡Gloria a ti, pensativo de los grandes momentos,
para traer el triunfo del instante oportuno,
o cuando hechos relámpagos iban tus pensamientos
vibrando en tus vibrantes arengas de tribuno!
¡Ya tu imagen el útil del estatuario copia;
ya el porvenir te nimba con un eterno rayo;
las líricas victorias vierten su cornucopia,
la Fama el clarín alza que dora el sol de Mayo!
¡Gloria a ti que, provecto como el destino plugo,
la ancianidad tuviste más límpida y más bella;
tu enorme catafalco fuera el de Víctor Hugo,
si hubiera en Buenos Aires un Arco de la Estrella!

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