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Carlos Broschi

Chapter 10: VIII
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About This Book

The drama traces tangled romantic and social conflicts within an aristocratic milieu: a gravely ill countess sleeps while her sister Isabel and suitor Fernando confront a disrupted engagement complicated by a marriage contract and hidden motives. Fernando, torn between love and duty, prepares to leave; Isabel attempts to conceal truths to protect others, but a notary's arrival and unexpected contractual clauses bring private tensions into the open. Action moves between cityscapes and a lonely castle, alternating intimate domestic scenes with moments of melancholy and moral doubt as characters contend with honor, obligation, passion, and the prospect of loss.

—»¡Pues bien!—dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo:—sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo nunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quiere matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!

—»¡Ah!—exclamé:—también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos son los míos.

—»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!

»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz temblorosa:

—»¿Le ama usted del modo que él la ama?

»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de bondad, me dijo:

—»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado! Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver a encontrarla.

—»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?

—»Uno hay—contestó con emoción;—si ama usted a Carlos, si se siente capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del mundo, las desgracias, la miseria quizás.

—»Estoy pronta.

—»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero, piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...

»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que acababa de tomar.

—»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos en secreto y ante el altar.

—»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi familia? ¿Quién nos desposará?

—»¡Yo!—repuso Teobaldo.

»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé en sus brazos.

—»¿De dónde proviene esa sorpresa?—continuó:—¿no le tengo dicho hace algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?

»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos, que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y desheredarnos, pero no romper nuestra unión!

»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.

»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde, a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:

—»Esta noche a las doce.

—»¡A las doce!—repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada llena de reconocimiento y de ternura.

»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba hablarle y le esperaba en el parque.

»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido, agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.

»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita imprevista.

»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.

—»¿Eres tú, Carlos?—pregunté.

—»No, hija mía—me contestó una voz temblorosa.

»Era Teobaldo.

»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la capilla, Carlos no había aparecido.

»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse en el castillo.

V

»La ausencia de Carlos—prosiguió la Condesa,—su desaparición misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían recluido en alguna prisión de Estado?

»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva para con Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia, atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado el plazo.

»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!

»¡Era ya condesa de Pópoli!

»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes. Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y Teobaldo me dijo, desesperado:

—»Está visto; nuestro amigo no existe.

»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos nombre alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos, pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin a nuestro dolor y a su ausencia.

»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas, pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio. Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas, Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no lograba desarmarle.

»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía, seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme de ciertas pequeñeces.

»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción y aun del estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar. En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba su virtud.

»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania; estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.

»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas. Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.

»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.

—»Juanita—me dijo:—aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción de armas en los subterráneos del castillo.

—»¿Armas de caza?—le pregunté.

—»No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volvía del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha dicho en voz baja:

—»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.

»En seguida se alejó precipitadamente.

—»Es alguno—le dije,—que ha querido burlarse de usted.

—»No, no—me contestó haciendo la señal de la cruz;—porque me ha parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.

—»¡Carlos!—exclamé;—es imposible.

—»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él. Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:

—»¡Carlos! ¡Carlos!

»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y desapareció velozmente.

»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación. ¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me pareció absurdo y me hizo dudar de todo.

»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi esposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al castillo en toda la noche.

»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después, presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:

—»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de prender a usted.

—»A mí, señor oficial?

—»Sí, a la condesa de Pópoli.

—»¿De orden de quién?

—»Del Rey.

»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la conspiración que se tramaba.

VI

»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido, concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado. Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el conde de Pópoli corría todos los peligros.

»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no había sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma de aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra, se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían una prueba más que suficiente en contra mía.

»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.

»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad; había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro resultado que asegurar nuestra pérdida.

»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier, y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión y que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, en efecto.

»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:

—»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de usted me lo hace concebir.

—»Aun no—me contestó con una sonrisa triste y expresiva.

»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas palabras:

«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese; pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.

»Carlos Broschi.»

»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.

»Fernando.»

»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.

—»¡Carlos existe!—exclamé:—¡existe!

—»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.

—»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese silencio, ese misterio en su destino?

—»Juanita—respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:—no me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.

—»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?

—»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro del Señor... y bajo el secreto de la confesión.

—»Una sola palabra—le dije:—¿sigue amándome aún?

—»Más que nunca.

—»¿Está libre?

—»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es lo que tal vez no debería decirle—continuó con voz trémula...—Pero, comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su palabra.

—»¡Tiene razón!

»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.

—»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión—le dije,—se alejó de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?

—»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el deber.

—»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo mismo?

—»Sí, señora.

—»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora? ¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?

—»Sí—repuso con voz firme.

—»¡Ya estoy tranquila!—exclamé tendiéndolo la mano;—como él, Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber, aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.

»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.

—»¡Adiós, pues, patria mía!—decía llorando.—¡Adiós, hermoso cielo de Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!

»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las olas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lo lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en distinguirlo, y cuando ya no le vi...

—»Todo ha terminado para mí—dije.

»Y me creí sola en el mundo.

»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó a aumentar mis dolores.

»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos; nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas que le debía hacía mucho tiempo.

»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.

»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña, cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra, una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos por un precio módico.

»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.

—»Gracias, Carlos, gracias—murmuré interiormente.

VII

»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina, la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.

—»Sería arriesgarse—me dijo,—a recibir las justas reclamaciones del embajador de España.

»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vio obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo con bondad:

—»Siéntese, Carlos.

»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras hablaba, entró en el patio un carruaje.

»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.

—»Señor—dijo al conde de Pópoli,—debo mi fortuna y mi posición al duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.

»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo contener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:

—»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.

»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.

—»He jurado a Teobaldo—me dijo,—no hablar a usted de mi amor y sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted, protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted... porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.

»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa, elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo, podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra, una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que comprendía sus sufrimientos y su abnegación.

»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.

—»¿Aquel hombre—decíale,—aquel extranjero que llegó la misma tarde del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue la causa de su partida?

—»Sí—contestábame en tono sombrío:—él fue la causa de que mi felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna... ¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que adora... No, no—repitió bajando la voz:—¡que reverencia, que respeta, y que le han arrebatado para siempre!

»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.

—»Carlos—le dijo con dulzura:—hay un secreto que pesa sobre la vida de usted.

—»Sí, un secreto que me matará.

—»¿Ese secreto—proseguí,—que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo conocerlo?

»Se estremeció y me miró como espantado.

—»¡Ignora usted, pues—continué,—que le estimo tanto como Teobaldo, que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.

»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me contestó con tristeza:

—»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré dejado de existir!

»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le caracterizaba.

»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él, seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.

»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni habían oído hablar de la persona así llamada.

»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste probablemente esperaba.

»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.

»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegría y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.

—»No puedo hablar más—decía:—si le conociese usted como yo; si supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando, tal vez, a una persona.

»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.

—»¿Usted aquí?—exclamó:—¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha dado permiso para presentarse delante de mí?

—»Sólo he querido verte un instante, Carlos—contestó el anciano temblando.—¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...

—»¿Qué desea usted?—continuó Carlos procurando disimular su enojo en mi presencia.—Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere quince, quiere más todavía?

—»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.

—»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y de que no le volveré a ver.

—»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.

—»¡Sea!—repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.—¡Pero parta... aléjese!

—»Te obedezco, Carlos—dijo el anciano llorando.—¡No eres cruel y malo sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.

»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno de ira.

—»¡Ah! ¡Dios mío!—le dije acercándome a él:—¿quién es ese anciano?

—»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?—me dijo en tono brusco.

—»¡Ah! No, se lo aseguro.

—»¡Es mi padre!

—»¿Su padre?—exclamé:—¡Mi antiguo maestro de música!... El buen Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy dichosa en abrazarle!...

»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque, y reconociéndole en aquel instante, exclamé:

—»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?

—»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo, donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual, descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que debía efectuarse nuestro matrimonio.

—»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata con tanta dureza a su padre?

»Carlos no me contestó.

—»¿Por qué rehúsa verle?

—»¿Por qué?—me dijo con aire sombrío y temblando convulsivamente:—porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello; pero quiero evitar una desgracia.

»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.

»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:

—»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra? ¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?

»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo lanzó un grito de sorpresa:

—»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la Iglesia!

»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:

—»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?

—»Pero, no por mi talento ni por mis méritos—repuso fríamente Teobaldo,—sino por la protección de algunos amigos.

—»¡Han cumplido su promesa!—exclamé vivamente.

—»No por completo...—dijo en tono de reconvención y dirigiendo una severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.

»Luego, aproximándose a él, le dijo:

—»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.

—»Más tarde, monseñor—le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba Teobaldo.—Tenemos tiempo.

—»No—repuso Teobaldo con dureza.—Vengo a buscarte, a llevarte; necesitamos partir hoy mismo.

—»¿Y por qué razón?

—»Por una muy importante, que ya te explicaré.

—»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda—dijo el conde de Pópoli.—Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.

»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en seguida partió el Conde, y yo quedé sola.

»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su suerte y por consecuencia la mía.

»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante, sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que decían.

VIII

»Me puse a escuchar—repitió la Condesa;—pero sus palabras no llegaban hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la conversación.

—»Sí—decía Teobaldo:—por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya, me habías jurado que no volverías a verla.

—»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!

—»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos, debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los ojos de todos.

—»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran y que mis labios callan.

—»Así, pues—exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la cólera,—es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el reconocimiento y el deber.

—»¡El deber!

—»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.

—»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!

—»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a buscarte y tendrás que seguirme.

—»No puedo abandonar a Juanita.

—»Me seguirás, te digo.

—»Pero al menos, ahora no.

—»Hoy mismo, en seguida.

—»¡Nunca!

—»Yo sabré contenerte.

—»¡Te desafío a que lo hagas!

—»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo todo a Juanita...

»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.

»Carlos dio un grito.

—»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora a su lado.

—»¡Una hora! Sea—contestó Teobaldo.

—»Yo iré a buscarte—dijo Carlos.

—»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti... Esto es más seguro.

»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo quedé sola con Carlos.

»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me había hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas. ¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo que procuré averiguar.

«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y tendiéndole la mano le dije:

—«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.

»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.

»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí, caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.

—»¡Carlos!—exclamé:—Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que te amo!

»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi pecho.

—»¿Dónde estoy?—preguntó.

—»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.

»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo lo que había escuchado.

»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de manifiesto mi alarma y mi amor.

—»¡Angel del cielo!—exclamó.—¡Eres tú quien me llama y quien busca mi alma!

—»No, no—le dije:—esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre la tierra; es nuestra, nos pertenece.

—»Sí, tienes razón—me contestó, entusiasmado;—esa alma es tuya, tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh, Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de ti sin morir!

»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:

—»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de Dios.

—»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!—dijo el Conde, que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una rabia que había de serle fatal.

»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era un amigo, un salvador; era Teobaldo.

—»¡Desdichado!—gritó dirigiéndose a Carlos:—¡Vete, vete! ¡Mi coche está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!

—»¡Y este honor!—exclamé,—¿quién podrá salvarlo ya?

—»Yo—repuso Teobaldo;—yo, por el deber que tengo de velar sobre usted.

»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.

»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.

—»Vayan ustedes—dijo con voz desfallecida a los criados;—hagan venir al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de ellos...

[*] Oficial municipal de Londres.

—»Sí—dijo Teobaldo:—ejecuten las órdenes del señor; pero—agregó en seguida,—déjennos solos con él.

»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde había sido acostado el moribundo.

—»¿Cuál es su propósito, señor Conde?—le preguntó con voz grave y solemne.

—»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez deshonrados con un castigo público y deshonroso...

—»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?—replicó Teobaldo con voz solemne.—¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?

—»En vano espera usted engañarme—dijo el moribundo.

—»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho de muerte y delante de Dios que me escucha.

—»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos magistrados... Sí, hablaré.

«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de éstos y llegaban hasta la escalera.

—»¡Ah!—dije a Teobaldo:—¡Estoy perdida!

—»¡No, mientras yo viva!

»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.

—»¡Escúcheme—dijo a mi esposo;—escúcheme en nombre de la salvación de su alma!

»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que no pudimos entender.

»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a los que le rodeaban, dijo:

—«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y usted, padre mío, bendígame!»

—»¡Que Dios le reciba en su seno!—dijo el prelado al moribundo.

»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.

»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:

—»¡Perdóname!...

»Y el cielo abriose para él.

»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.

»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después de la muerte del conde de Pópoli.

—»Usted no me necesita—díjome.—La dejo rodeada de la estimación pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que usted... ¡porque él es culpable!

»Y se ausentó Teobaldo.

IX

»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza; los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba.

»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella, porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.

»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer: ¡era de Carlos!

»Decíame en ella que Teobaldo le había aconsejado que no me escribiese; pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al deseo de comunicarme sus sentimientos.

»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa que le pertenece y donde la amistad le aguarda.

—»¡Ah!—exclamé.—Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y del que me vi desterrada...

»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y los bienes de mi familia!

»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía!

»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y otros más halagüeños y más dulces me esperaban; iba a ver de nuevo la bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra querida patria!

»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado. Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción; sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía, admirando los cuidados de que me rodeaba.

»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su talento!

—»¡Ah!—me dijo:—se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.

—»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico?

—»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy. Pero, ¡ay de mí! no la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.

»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que entonces experimenté.

—»Se equivoca usted—le dije:—la mejoría que siento la debo a usted, a su presencia.

»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida. Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un crimen, sería después un deber.

»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me importaba lo demás?

»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan seductora, era entonces más grave y más instructiva. Crecida y educada fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de la guerra.

—»¡Dios mío! Carlos—le dije:—¿de dónde ha sacado usted todos esos conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro?

»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado.

»Luego, me contestaba:

—»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha! Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted.

»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba radiante:

—»¡Aquí—exclamaba,—en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!...

»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con voz conmovida y tierna me hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y orgullosa de él y del amor que por mí sentía.

X

»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle; tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto, inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa; luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna graciosa barcarola.

»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía:

—»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque de Arcos?

—»Sí, señor—repuso ella;—y me encuentro sin pan y sin asilo desde que nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.

—»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por ella.

—»Y por usted, señor.

»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido, cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de Sorrento más diestros y trabajadores.

»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo hacia la habitación de aquellas buenas gentes, y entré en ella con Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un profundo dolor que procuraba ocultar!

»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies, Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una caricia.

»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les dirigía la palabra.

—»Creo que ama usted a Fiamma—le dije un día riendo,—y que tiene celos de Bautista.

»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras.

»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el retiro.

»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció aumentarse; sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle.

—»¡Ay!—me dijo:—¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje, Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende ahora mi dolor?

—»¡Sí—le contesté;—yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja usted? ¿Qué le obliga a partir?...

»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que no podía darme cuenta.

—»No quiero saber nada—continué:—nada le pregunto; su amiga no le pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos...

»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle:

—»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que se lleva privándome de su presencia.

»Me juró que volvería antes de un mes... ¡Cuando, al fin, se alejó, lo difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos.

»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época, y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí. Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo, y dirigida a Carlos. He aquí su contenido:

—»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?... porque no te hablo de mí...»

»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé porque parecía que me anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo hermoso.

»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias vecinas.

»Detúveme en Cartagena, donde había desembarcado, y allí descansé de mi viaje. Mi posada estaba cerca de la iglesia, y mis ventanas, como todas las de la calle, estaban colgadas de tapicerías y adornadas de flores. Iba a pasar suntuosa procesión; era el cardenal Bibbiena, que se trasladaba a la iglesia donde debía celebrar.

—»Véale, véale—me dijeron, mostrándome su dedo adornado magníficamente de oro y pedrería.

»Fijé mi vista sobre el santo ministro que echaba su bendición al pueblo arrodillado ante él.

—»¡Teobaldo!—exclamé.

—»Sí—me contestaron,—Teobaldo Cecci, obispo de Nola, el más joven de los cardenales y el último nombrado por el Papa Benito. La influencia de la Reina le ha hecho alcanzar tan alta dignidad, que merece por su piedad y su talento.

»Yo quedé asombrada. Todo lo que veía, todo lo que oía, teníalo por cosa de magia.

»En la mañana siguiente partí para Sevilla: el camino estaba lleno de viajeros de a pie, de a caballo y en litera. En la última casa de postas no me pudieron proporcionar mulas para mi carruaje; solamente había cuatro y estaban tomadas por un gran personaje que viajaba de incógnito. Fue necesario detenerme.

»Hacía un calor asfixiante, un sol que abrasaba, y, para preservarme del polvo, llevaba corridas las persianas de mi berlina, donde permanecí aguardando que llegasen a la posada las mulas para poder continuar mi camino. Oí el látigo del postillón, anunciándome que un coche acababa de llegar; entreabrí las cortinas, y cuando el polvo se hubo disipado, vi una silla de postas inglesa del gusto más exquisito. ¡Pero cómo se harán ustedes cargo de mi sorpresa y del temblor que se apoderó de mí, cuando reconocí a Carlos al lado de una señora joven y extremadamente bella! Su tocado era sencillo y sus maneras distinguidas. En cuanto a su fisonomía, se grabó en mi memoria para no borrarse de ella nunca. Y, ¡todavía la veo en este momento! Sólo algunos minutos tardaron los viajeros en cambiar de tiro; después siguieron rápidamente su camino. Pocos momentos después llegaron las mulas para mi coche, y pregunté a los mozos de postas si conocían a los viajeros que me precedían.

—»No, señora—repuso uno de ellos;—pero son ricos y me pagan bien: deben de ser marido y mujer.

—»O alguna cosa de otro género—agregó con una maligna sonrisa otro mozo de mulas.

—»¿Por qué cree usted tal cosa?

—»¡Por Nuestra Señora de Atocha! ¡Cuando se viaja así frente a frente! Y además, como la señora tuteó al caballero...

—»¡Es verdad!—le dije, sintiendo que mi corazón desfallecía.

—»Sí—le decía ella:—Carlos, ¿qué piensas de este polvo? ¿Verdad que viajamos como los dioses envueltos en una nube?

—»Basta—les dije,—partamos.

»Llegué a Sevilla sin fuerzas casi para sostenerme. Los mozos me habían conducido a la mejor fonda, a la de Las Armas de España; y al entrar en el lujoso aposento que se me destinó, el primer objeto con que tropezó mi vista fue un retrato ricamente adornado. Juzguen ustedes de mi sorpresa: el retrato era de la desconocida viajera, de la compañera de Carlos, cuyo recuerdo y cuyas facciones parecían seguirme por todas partes.

—»¿Quién es esta señora?—pregunté a mi huésped.

»Me hizo una reverencia y repuso:

—»¿Es posible que la señora no haya reconocido a Su Majestad la Reina?

—»¡La Reina!—exclamé, dominada por el espanto.

—»¡Ah! ¡La fortuna y el crédito de Carlos, el misterio que le rodeaba, su secreto terrible del que dependía su libertad y su vida, todo estaba explicado, hasta su tristeza y sus remordimientos!... Afligida, aniquilada, y sin sentirme con valor ni aun para pensar ni para llorar siquiera, ignoré cuánto tiempo permanecí en aquel estado. Cuando recobré la razón, mi huésped díjome que había estado enferma toda una semana, pero que sus cuidados me habían vuelto la salud; me dijo también que hacía dos días que la Corte había marchado a Madrid. Sin quererlo yo misma, hablé a todo el mundo de la Reina, y todos me decían, con gran sorpresa de mi parte, que la Reina era la piedad y la virtud personificadas; que adoraba a su marido, al que ayudaba a llevar el peso de la corona, y que no se ocupaba, imitándole a él, más que de la prosperidad de sus pueblos. Temiendo descubrir el secreto que sólo yo poseía, arriesgaba temblando y con reserva algunas preguntas sobre Carlos. Su nombre era desconocido; nadie había oído hablar de él; y en España, como en Londres, todo el mundo ignoraba que existiese Carlos Broschi.